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Benutzer:Arian/Klett-Mini-Test/es
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De la agrotecnología al arte de la agricultura
Rasgos esenciales del cultivo biodinámico
Una agricultura del futuro
Versión en línea en biodyn.wiki: © Copyright 2025 by François Hagdorn, Todos los derechos reservados
Diseño de cubierta: Wolfram Schildt, Edición: Hans-Christian Zehnter, Claus Jahncke, Conceptos de imágenes: Manfred Klett, Realización: Mathias Buess e Ivana Suppan, salvo indicación contraria, Composición tipográfica: Atelier Doppelpunkt, Johannes Onneken, Münchenstein, Impresión: Beltz, Grafische Betriebe, Bad Langensalza
Versión impresa disponible en Verlag am Goetheanum, 2021, ISBN 978-3-7235-1668-3 www.goetheanum-verlag.ch
Dedicado a los cofundadores de la Betriebsgemeinschaft Dottenfelderhof (1968)
y a quienes, por propia capacidad de juicio y en el mismo espíritu,
quieren una nueva cultura agrícola y social.Con dolor se ha
consolidado nuestra
Madre Tierra.
Nuestra misión es
espiritualizarla de nuevo,
reelaborándola mediante
la fuerza de nuestras manos
en una obra de arte
llena de espíritu.
Rudolf Steiner[1]- Die Kulturströmungen der Landwirtschaft bis zur Zeitenwende 56
- Das Ereignis der Zeitenwende, das Mysterium von Golgatha 59
- Der Wandel des Organismusprinzips bis zur Neuzeit 61
- Punkt und Umkreis 63
- Das Organismusprinzip in der Neuzeit 70
- Die neuen Keime 84
- Die Dreigliederung des Menschen und die landwirtschaftliche Individualität 88
- Die Viergliederung des Menschen und die Geschlossenheit des Hoforganismus 97
- Das Bild der Viergliederung der landwirtschaftlichen Individualität 101
- Die physische Organisation 101
- Die Lebensorganisation 104
- Die Seelenorganisation oder der Astralleib des landwirtschaftlichen Organismus 111
- Die Wildtierarten – Organe des Hof- und Landschaftsorganismus 112
- Vier Gruppen innerhalb der Wildfauna 114
- Die Haustiere – Organe im Hof- und Landschaftsorganismus 126
- Die Honigbiene 130
- Das Hausgeflügel 131
- Das Hausschwein 134
- Pferd und Esel 137
- Hund und Katze 140
- Schaf und Ziege 143
- Das Rind 146
- Die Schwelle von der Außen- zur Innenwelt 154
- Die Bedeutung der Hörner und Klauen 155
- Kosmisch-qualitative Analyse und Ich-Anlage 156
- Überschussleistungen 157
- Verzicht 158
- Rinderherde und Hoforganismus 158
- Der Mensch und die Ich-Organisation des landwirtschaftlichen Organismus 160
- Die Geistesforschung als Mittlerin zwischen Wesen und Erscheinung 160
- Aspekte zur sozialen Problematik 162
- Zur Bildung und Handlungsfähigkeit landwirtschaftlicher Betriebsgemeinschaften 165
- Zur geistigen Entwicklung und Führung einer landwirtschaftlichen Betriebsgemeinschaft 177
- Impulse des biologisch-dynamischen Landbaus für die Entwicklung des sozialen Organismus 187
- Vom Wesen der Bodenbearbeitung im Zusammenhang mit der Bodenentwicklung im Jahreslauf 205
- Der Boden 205
- Der Winterprozess und die Bodenbearbeitung 207
- Der Frühjahrsprozess und die Bodenbearbeitung 213
- Der Sommerprozess und die Bodenbearbeitung 220
- Der Herbstprozess und die Bodenbearbeitung 228
- Vom Wesen der Fruchtfolge 235
- Die Fruchtfolge und die Lebensorganisation des landwirtschaftlichen Organismus 235
- Zum System der Fruchtfolge 237
- Das Verfahren der Unkrautsamenveraschung 244
- Die mechanische Unkrautregulierung 246
- Fruchtfolge, Krankheiten und Schädlingsbefall 250
- Die Fruchtfolge in Beziehung zur Düngung, Humusbilanz und Pflugbearbeitung 257
- Vom Wesen der Düngung 259
- Zur Stoff- und Kräftefrage 259
- Zur Frage nach Geist, Wesen und Individualität 268
- Die Düngungsfrage und die landwirtschaftliche Individualität 271
- Stufe 0: Die Anwendung von Mineralstoffen 274
- Stufe 1: Die Düngung aus dem Lebendigen der Pflanzennatur 286
- Vom Wesen der Kompostierung 287
- Die Anwendung des Kompostes 299
- Stufe 2: Die Düngung aus dem Seelischen der Haustiernatur 303
- Die Bewahrung der Dünger des Haustierbestandes 304
- Die Anwendung der hofeigenen tierischen Dünger 311
- Die Wirksamkeit der hofeigenen tierischen Dünger 312
- Der Licht-Schatten-Versuch 313
- Bewertungen durch morphologische Befunde 314
- Bewertungen anhand der analytischen Befunde 317
- Bewertung durch die kristalldiagnostische Methode der Kupferchloridkristallisation 318
- Stufe 3: Die Düngung aus dem Geist des Menschen 323
- Die Stoffwechselausscheidungen 323
- Die Geisttätigkeit in der Arbeit 324
- Die landwirtschaftliche Individualität und die biologisch dynamischen Präparate 325
- Der geisteswissenschaftliche Forschungsweg 329
- Der naturwissenschaftlich-goetheanistische Forschungsweg 331
- Der Forschungsweg der Willenserfahrung 332
- Herstellung, Anwendung und Wirksamkeit der Präparate im Jahreslauf 334
- Grundlegende Aspekte zur Methodik der Herstellung und Anwendung der Präparate 336
- Annäherung an ein Verständnis der Ausgangsstoffe für die Präparation 339
- Herstellung und Handhabe der biologisch-dynamischen Präparate 344
- Das Hornmist- und Hornkieselpräparat – Herstellung, Anwendung und Wirksamkeit 344
- Die Kompost- oder Düngerpräparate 360
- Die Komposition des Schafgarbenpräparates 361
- Die Komposition des Kamillenpräparates 372
- Die Komposition des Brennnesselpräparates 379
- Zur Frage der Stoffumwandlung 384
- Die Komposition des Eichenrindepräparates 389
- Die Komposition des Löwenzahnpräparates 405
- Die Komposition des Baldrianpräparates 427
- Das Schachtelhalmpräparat 448
- Der Kanon der sechs Düngerpräparate, ihr Zusammenwirken unter Bildung eines neuen Mittleren – eine Zusammenschau 456
- Die Praxis der Landbaukunst in drei Schritten 473

Palabras preliminares
El presente libro «Von der Agrartechnologie zur Landbaukunst» (De la tecnología agraria al arte del cultivo de la tierra) puede considerarse la síntesis de la obra vital de Manfred Klett.
Manfred Klett, nacido en 1933, es el decano del movimiento biodinámico. Después de haber viajado por el mundo durante décadas, junto a sus tareas y responsabilidades prácticas, como orador, docente y interlocutor, cabría imaginárselo ahora instalado en una plácida vejez. Pero esa imagen engaña, pues desde esa tranquilidad exterior Manfred Klett sale nuevamente a la luz pública con una obra de aliento amplio. Y quien lo conoce intuye de inmediato qué nos pone en las manos con ella: la quintaesencia de su actuación de toda una vida en pro de una agricultura del futuro. Con la mirada vuelta atrás, los frutos de esa vida son examinados y ordenados; un inventario estructurado de lo que la agricultura fue y es. Con la mirada puesta en adelante, tenemos ante nosotros una exhortación a las generaciones venideras en el sentido de orientaciones de trabajo, para que tomen en sus manos aquello que la agricultura lleva en sí como potencial de futuro.
El primer subtítulo, «Rasgos esenciales de la agricultura biológico-dinámica», puede entenderse como un índice resumido del contenido. Sí, se trata de la agricultura biodinámica, pero no en el sentido de una visión desde dentro, de un entendimiento interno de la 'comunidad' biodinámica consigo misma. ¿Se trata entonces de una visión desde fuera? Tampoco, pues en este escrito no se contempla nada desde fuera. Podría decirse, sin embargo, que se trata de una visión «hacia afuera». Una visión en la que aquello que llamamos 'biodinámico' es investigado más allá del movimiento y de su propia comprensión de sí, para encontrar en sus rasgos esenciales algo de lo que la agricultura es por su determinación. Eso es una gran exigencia, que requiere una fundamentación sólida. La obra que aquí se presenta puede leerse como esa fundamentación, y creo también que en el sentido del autor así quiere ser leída, tanto por su contenido como por su estilo. Por su contenido, contiene entre otras cosas
- una historia de la agricultura en su relación con el desarrollo cultural y de la conciencia de la humanidad occidental
- un estudio socioeconómico sobre la relación entre la industria y la agricultura
- una doctrina sobre el organismo agrícola en su triple y cuádruple articulación
- una investigación sobre la 'Individualidad agrícola'
- en el marco de los tres pilares del cultivo de la tierra —laboreo del suelo, rotación de cultivos y abonado— una exposición detallada de los preparados biodinámicos
- un manual para campesinos biodinámicos
- un manual para comunidades de granja e iniciativas asociativas en el entorno de fincas
Por su estilo, la fundamentación merece llamarse goetheanista en el mejor sentido. Es decir, no es abstracta, lógica y sistemática, sino que se orienta por el fenómeno. La biografía del autor es una vida para y con el impulso biodinámico. Las experiencias concretas de trabajo y los descubrimientos de ideas de fondo se pertenecen. La vida vivida es el entretejido de ambos, y el escrito que aquí se presenta permanece fiel a ese lenguaje de la vida. Experiencias prácticas concretas —ya sea en el campo, en el establo o en la reunión de trabajo— y formulaciones urfenoménicas sobre el suelo, los animales domésticos o la colaboración están próximas entre sí. Eso es deliberado. El estilo puede denominarse ‹real-ideal›. Y es la realización de lo que Manfred Klett llama en el título 'el arte de la agricultura'. Lo real no se pierde atomísticamente en los pormenores de datos y hechos, y lo ideal no se pierde en la abstracción de lo general; se buscan mutuamente y se fecundan entre sí en una unidad superior; ese arte puede llamarse el arte de la agricultura.
***
De los muchos temas, dos están desarrollados de manera asombrosamente extensa. El primero es el análisis socioeconómico de la situación actual de la agricultura. Dicho brevemente: la agricultura se ha industrializado, sin poder ser jamás industria. La formación de capital y el rendimiento del capital son ajenos a la naturaleza de la agricultura en la medida en que todavía tiene algo que ver con la 'tierra'. En cambio, le es propia lo que la industria desconoce: no consume sus medios de producción —suelo, plantas, animales— en el proceso productivo, sino que los preserva o los mejora. Este balance positivo en el sentido de la economía de la vida de la Tierra, incluido el balance hídrico y climático, es su contribución real a la economía general; y el autor conduce toda la reflexión de tal manera que esta perspectiva recibe una iluminación desde el futuro. Pues de ahí le crece a la agricultura biodinámica una tarea de configuración social que aún no ha sido reconocida ni asumida en la medida en que este escrito la presenta. Todo
El mundo busca un balance sostenible de la economía mundial —aquí se señala un punto de partida y con ello se pronuncia la invitación a desarrollarlo y llevarlo al diálogo.
El segundo ámbito temático son los preparados biodinámicos. Con ello el autor expresa que considera los discretos aditivos al abono como de la mayor importancia esencial. Si se pone esto en relación con el título del libro, puede formularse así: los preparados en particular son el *arte de la agricultura*, son *el ser* del cultivo biodinámico de la tierra, y son precisamente los preparados los que hacen posible una *agricultura del futuro*. ¿Cómo ha de orientarse la mirada para que esta intencionada puesta en relieve de los preparados se vuelva comprensible? La dirección de la mirada de Manfred Klett es la relación fundamental entre el ser humano y la naturaleza. En esta relación se opera, con los preparados y mediante ellos, una inversión de polaridad entre el tomar y el dar: el ser humano puede hoy, como ser humano individual, crear desde el caudal de su *alma espiritual* —cual artista— e incidir en el tejido interior de la naturaleza; y ella —la naturaleza que siempre lo ha sostenido, de cuyo seno ha brotado como ser terrestre— puede y quiere confiarse a esta cultivación que avanza, a la obra-de-manos del ser humano. Esta visión amplia sobre los preparados pertenece al legado agrícola que aquí se presenta. No se dice menos que esto: que la Agri-Cultura milenaria recibe, a través de los preparados biodinámicos, el impulso de renovación que le abre en absoluto el futuro.
***
intenta pensar la agricultura en todos sus aspectos consecuentemente desde el ser humano. La frase paradigmática del Curso agrícola de Rudolf Steiner, «el ser humano se convierte en fundamento», se convierte para el autor en la fuente a través de la cual mucho de lo ya conocido aparece bajo una nueva luz. Pero el libro es también la cosecha de una vida que ha estado siempre enraizada asimismo en la práctica de una agricultura activa y emprendedora, y puede ser así ejemplo y fuente de inspiración para muchos agricultores y agricultoras que quieran entenderse y actuar como investigadores de la práctica.
«Landbaukunst» —el arte de la agricultura— figura como orientación en el título del libro, y cabe preguntarse: ¿Ha de traer eso la solución para los desafíos del cambio climático, de la erosión del suelo, de la alimentación mundial? La respuesta puede ser: Sí, porque arte, el arte de la agricultura significa: cada persona con su compromiso individual, en su lugar del todo específico, vive una aportación insustituible. Cada granja, cada lugar donde se trabaje en el sentido de este libro, es un representante de la Tierra que nos ha sido confiada para su cultivo.
El libro aparece en 2021. Me tomo la libertad de recomendarlo a los lectores y de entenderlo como preludio a los eventos del centenario del Curso agrícola de Rudolf Steiner de 1924 en Koberwitz. Estamos al final del primer siglo de la agricultura biodinámica. Y con ello surge la pregunta: ¿Qué es preciso hacer ahora encaminándonos hacia un segundo siglo de acción del impulso biodinámico? Hoy nos enfrentamos en parte a realidades difíciles en las explotaciones y en la comercialización. Pero también conocemos los principios y pensamientos fundamentales de la Antroposofía, desde los cuales podemos albergar la esperanza de no fracasar ante esas realidades. Tenemos la posibilidad de desarrollarnos a nosotros mismos y a la agricultura desde el futuro, y así no solo conducir los problemas de la agricultura hacia una solución y abrir su futuro, sino también ganar impulsos de futuro para el lado natural del mundo y para la configuración social de la vida humana. A ello nos convoca Manfred Klett.
Das Buch erscheint 2021. Ich nehme mir die Freiheit, es der Leserschaft zu empfehlen und es als Präludium zu den 100-Jahr-Ereignissen des Landwirtschaftlichen Kurses von Rudolf Steiner 1924 in Koberwitz zu verstehen. Wir stehen am Ende des ersten Jahrhunderts biodynamischer Landwirtschaft. Und somit entsteht die Frage: Was ist jetzt zu tun zugehend auf ein zweites Jahrhundert des Wirkens des biodynamischen Impulses? Wir stehen heute vor teils schwierigen Realitäten auf den Betrieben und in der Vermarktung. Wir kennen aber auch die Prinzipien und Grundgedanken aus der Anthroposophie, aus denen heraus wir hoffen können, an diesen Realitäten nicht zu scheitern. Wir haben die Möglichkeit, uns und den Landbau aus der Zukunft heraus zu entwickeln und so nicht nur die Probleme der Landwirtschaft einer Lösung zuzuführen und deren Zukunft zu erschließen, sondern auch Zukunftsimpulse für die Naturseite der Welt und die soziale Gestaltung des menschlichen Lebens zu gewinnen. Dazu ruft uns Manfred Klett auf.
Für die Sektion für Landwirtschaft am Goetheanum
Vorwort
Keine Friedenszeit der jüngeren Geschichte hat es, wie die gegenwärtige, den Menschen so schwer gemacht, einen landwirtschaftlichen Betrieb aus seinen ureigenen, irdisch-kosmischen Lebensgesetzen heraus zukunftsfähig zu gestalten. Diese Aussage lässt erstaunen, gibt es doch Subventionen und einen wachstumsfreudigen Biomarkt. Und sind nicht die Biobetriebe zu Einkaufsund Begegnungsorten geworden? Ja, gewiss! Alles dies täuscht aber über ein umfassendes, das soziale Leben beherrschendes Defizit hinweg. Auf drei Gebieten ist dieses existenziell erlebbar:
- Trotz aller großartigen Erkenntnisse über die Natur und die Fülle ihrer Erscheinungen lebt der Mensch heutzutage in einem so nie dagewesenen abgekoppelten, emanzipierten Verhältnis zu ihr. Die vor Augen liegenden Phänomene der Herrlichkeit der Schöpfung geraten außer Sicht. Das wird erst so recht deutlich, wenn man aus dem Wissensstand, den man heute haben kann, das Stück Erde eines landwirtschaftlichen Betriebes zu einer lebendigen Ganzheit zu gestalten sucht. Man bemerkt, die Begriffe decken sich nicht mit der Wirklichkeit, in die man hineinarbeitet. Sie sind dieser gegenüber tot, da sie nur Beziehung zum Physisch-Anorganischen haben. Was man mit diesen Begriffen machen kann, ist, ein Reich neben der Natur zu begründen, das Reich der Technologien. Mit diesen droht sich der Mensch vollends aus der Natur auszuschließen; er stellt sich als Zuschauer neben sie, steuert von außen und ist auf dem Weg, seine Steuerfunktion ganz und gar an ein «intelligentes», sich selbst steuerndes digitales System abzugeben. Durch seine Begriffswelt schafft er geistig-seelisch in sich selbst und in der Natur um sich herum eine Wüste. Da dürstet es ihn und es kann die Frage aufdämmern, wie man die eigenen Gedanken so beleben kann, dass sie nicht nur totes Abbild des Sinnesfälligen bleiben, sondern zu geistdurchdrungenen gelebten Ideen werden, die zu dem wesenhaften Sein um uns herum Bezug haben. Welchen Übungsweg muss man im Denken, Fühlen und Wollen beschreiten, um die Kluft zwischen dem Erleben des Eigenseins und der Natur, dem Weltsein, mit vollem Bewusstsein überbrücken zu können? Wo sind die Menschen, die sich um ein solches Ideenvermögen bemühen, wo die vielen Hände, die aus diesen Ideen heraus ein Stück Erde zu einem kleinen Universum, zum Organismus eines landwirtschaftlichen Hofes gestalten wollen? Dies zu leisten ist ein künstlerischer Akt, und zwar im doppelten Sinn: Des Geistes bewusst werden, der zum Kunstwerk der Natur geronnen ist, und aus dieser 22Geistgesinnung Menschen zu Initiativgemeinschaften zusammenführen, die aus eigener Kraft landwirtschaftliche Betriebe zu Kunstwerken neuer, zukunftsoffener Art gestalten. Wo solches auch nur ansatzweise geschieht, fallen zivilisatorische Mauern.
- Die Landwirtschaft wird förmlich durch eine Flut von Gesetzen, Verordnungen, Auflagen, Regulierungen, Kontrollen erdrückt. Dieses Rechtsgestrüpp knüpft sich immer enger und wirrer mit jeder Katastrophe, die ein Fehlverhalten im industrialisierten Intensivanbau (Biozide)[2] oder in der Massentierhaltung (z.B. BSE)[3] auslöst. Dieser Zwang zu einem überbordenden Bürokratismus, der dann alle betrifft, bremst die Eigeninitiative, Recht-gestaltend zu wirken. Er lässt das Vertrauen, die geistige Substanz des von Mensch zu Mensch gelebten Rechts, nicht aufkommen. Man hat nur sich im Blick, und lebt am anderen vorbei. Das Recht wird zu einer Art «Technologie der Vormundschaft». Gelingt es aber, vor Ort durch gemeinsam gepflegte Ideenbildung den Willen zur Tat zu erwecken, bekommt das Rechtsgefühl Nahrung. Man lernt fühlen, was in der konkreten Zusammenarbeit einer Hofgemeinschaft rechtens ist, wie je nach Fähigkeit sich die Arbeit gliedert, wie die Eigentümerschaft bezüglich Boden und Kapital, wie die Einkommens- und Wohnrechte etc. sich gestalten. Wieder tut sich ein Übungsfeld auf, jetzt ein solches des Fühlens, durch welches die Gemeinschaft das soziale Kunstwerk selbstloser, vertrauensvoller aufbauen lernt. In Entwicklungsschritten strahlt es aus und erfüllt das Rechtsempfinden der Menschen auch im Umkreis eines landwirtschaftlichen Betriebes mit Leben.
- Auf wirtschaftlichem Feld steht die Landwirtschaft unter dem Druck anonymer, preisdiktierender Märkte, einer Technologie des berechnenden Egoismus. Ihr, ihrem Wesen nach fremder, enorm hoher Kapitalbedarf hinsichtlich des Zukaufs von Produktionsmitteln (wie Maschinen, Dünger-, Futter-, Pflanzen- und Tierbehandlungsmittel, Biozide, Energie etc.) zwingt sie zu einseitiger, umweltbelastender Massenproduktion, die ihrerseits die Preise verbilligt, weltweit Verdrängungswettbewerb auslöst, der Globalisierung der Agrarmärkte Vorschub leistet und in den Drittländern für Hungersnöte verantwortlich zeichnet. Die Landwirtschaft, am23Gängelband der Kapitalinteressen hängend, ist ihrer selbst entfremdet; sie ist durch und durch kommerzialisiert. Wege und Mittel zu finden, um aus diesem Gefängnis auszubrechen, stellt heute für jeden landwirtschaftlichen Betrieb die größte Herausforderung dar. Diese Mauern zu überwinden, kann dann gelingen, wenn der Hof sich mit Weiterverarbeitung, Handel und Verbraucherschaft in der Region wirtschaftlich assoziiert. Hier eröffnet sich ein drittes, ganz und gar in die Zukunft gerichtetes Übungsfeld im Sozialen. Der Blick weitet sich über die Hofgrenzen hinaus in das soziale Umfeld. Man sucht und findet die Wirtschaftspartner, die willens sind, ihre wirtschaftende Tätigkeit in den Dienst eines assoziativen Miteinanders zu stellen und auf die Wohlfahrt aller Beteiligten auszurichten. Das Strebensziel ist, mit der Assoziation ein Kunstwerk der «Geschwisterlichkeit» zunächst vom Hof ausgehend und im regionalen Rahmen unter den Wirtschaftspartnern zu schaffen. Es handelt sich um die Kunst, in Gemeinschaft in der Heranbildung eines Gemeinsinns die wirtschaftlichen Tatbestände bildhaft in ihren Zusammenhängen denken zu lernen. Sie findet ihren Ausdruck in einer Kultur von Vereinbarungen des selbstlosen Umgangs in Hinblick auf regionale Bedarfsdeckung und die Findung eines wertgerechten Preises.
La agricultura del siglo XX/XXI se convierte cada vez más en una cuestión ecológica y, yendo más allá, en una cuestión acerca de la formación de la Tierra, en el sentido de Novalis: «Estamos llamados a la formación de la Tierra».[4]Pero al mismo tiempo — y apenas reconocida todavía en su inmensa trascendencia — se presenta hoy, abarcando toda la vida civilizatoria, como una cuestión social. Es ella la que clama en alta voz por un cambio de mentalidad en la conciencia del ser humano frente a las cosas y los seres de la naturaleza. El ser humano ha ascendido desde la creación hacia una creatividad autónoma y libre. ¿Quiere «reconocer» esto y obrar en consecuencia? ¿Quiere, en lugar de servirse únicamente a sí mismo, lanzarse a la brecha con abnegación y valentía por los otros y por lo otro? La agricultura carece — tal como se ha vuelto bajo la dominación de la tecnología racional y tal como promete volverse cada vez más bajo la tendencia a la dirección digital — de impulsos que renueven la cultura. Pero quienes tienen el coraje de trabajar biodinámicamente siguiendo sus propias intuiciones observarán que pronto, desde gérmenes iniciales, florece insularmenterupting una nueva cultura que irradia hacia fuera. Quedan entonces llenos de la certeza de que el camino emprendido, por muchos obstáculos que se
oponen — quizás tan solo por pusilanimidad burguesa y actitud retrógrada —, es aquí y ahora practicable.
El presente libro quiere señalar los pasos interiores y exteriores de este camino, tal como se presentan para quien los intenta recorrer desde los conocimientos de la ciencia espiritual antroposófica en la agricultura biodinámica. En este camino uno se experimenta siempre como quien está al principio. Las ideas obtenidas de la ciencia espiritual son el astro rector del trabajo cotidiano; lo realizable es obra fragmentaria en un desarrollo cuya fertilidad revela sólo la fuerza creadora de estas ideas, y con ella su verdad. En el trabajo guiado por ideas yace únicamente el manantial del vivenciar la verdad. Uno se hace entonces consciente del hecho de que las aspiraciones de la agricultura biodinámica no son una alternativa temporal como otras frente a la agricultura quimiotécnica, sino que se insertan — desde el punto de vista de la historia de la conciencia — en un hilo conductor que se extiende, en metamorfosis continua, a través de la historia de las grandes civilizaciones antiguas precristianas y de las épocas posteriores al Cambio de los Tiempos hasta hoy. Cuando uno se hace consciente de ello, la idea del desarrollo cobra vida. El propio ideal se llena de certeza en el conocimiento; uno se siente a sí mismo como ser en devenir, instalado en una tarea que impulsa a recoger el hilo conductor para seguir anudando desde él hacia el futuro, en una superación conscientemente ejercitada de la brecha de emancipación — mencionada al principio — entre el ser humano y el mundo.
Dottenfelderhof, otoño de 2020
Manfred Klett
Primera Parte
La polaridad entre industria y agricultura
Si uno dirige la mirada a la situación de la agricultura no solo en toda Europa, donde la cultura agraria cristiano-occidental fue en otro tiempo portadora de civilización, sino en toda la redondez de la tierra, no yerra en el juicio de que ha perdido su antigua significación cultural y que ha llegado a convertirse, en último término, en una especie de carga del desarrollo civilizatorio. Una sobreabundancia de hechos da testimonio de ello. La agricultura, como impulso portador de cultura que se había extendido y manifestado a través de países y pueblos de la tierra en la mayor diversidad, ha cedido el paso a una uniformidad civilizatoria. Ha caído bajo la sentencia de muerte como elemento cultural sustentador de la humanidad. Siempre que algo muere, se dirige un llamado a los contemporáneos a tomar conciencia de tal muerte, así como de sus circunstancias y de las posibilidades de desarrollo que pueden brotar de esa muerte como nuevos gérmenes de vida. El ser humano despertado a la autoconciencia necesita vivenciar el umbral de la muerte. Solo la muerte despierta y libera la mirada cognoscente para preguntar qué conocimientos han de ganarse, qué condiciones han de crearse para que pueda surgir una nueva vida y un nuevo devenir — por decirlo así, una resurrección hacia una nueva portación de cultura.
Estas preguntas las han asumido las ciencias, aunque en medida muy restringida y dejando fuera al ser humano, que es precisamente quien formula estas preguntas. De la investigación, llevada hasta el detalle más extremo, de la parte puramente física y calculable de la realidad del conjunto de la naturaleza han surgido enormes éxitos materio-económicos que han atraído a los seres humanos cada vez más profundamente al hechizo de los modos de producción tecnológicos fundados en la ciencia. Inadvertidamente, la agricultura campesina sucumbió, en una silenciosa revolución social, primero lentamente y a partir de los años sesenta del siglo XX con pasos de gigante, a la industrialización y con ello a su muerte cultural.
En el presentimiento de este desarrollo, a principios del siglo XX despertó en pocas personas singulares la voluntad de buscar caminos para reformar la agricultura desde las fuentes de su propia legalidad vital, desde su propio acervo ético-moral. La Iglesia seguía estando en el pueblo, pero su fuerza menguaba para poder seguir siendo compañera espiritual-moral del campesino en el camino hacia la modernidad, hacia la libre autodeterminación y, con ello, en el manejo de las nuevas posibilidades técnicas. Entre los pocos había quienes, desde su práctica profesional, llegaron a preguntas concretas acerca de una metamorfosis
de lo Antiguo en lo Nuevo, en lo Venidero. Con estas preguntas se dirigieron a Rudolf Steiner (1861–1925), el fundador de la ciencia espiritual antroposófica, con el ruego de orientaciones para una renovación de la agricultura hacia el futuro. Este ruego fue atendido en torno a Pentecostés de 1924 con el «Curso de agricultura», que en el marco de la Obra Completa de Rudolf Steiner recibió el título de «Fundamentos de ciencia espiritual para el progreso de la agricultura».[5] El curso fue impartido en la finca del Castillo Koberwitz (hoy Kobierzyce) cerca de Breslau (hoy Wroclaw, en Polonia), en Silesia.[6] En ocho conferencias se dirige la mirada hacia contextos de ideas que invocan la fuerza creadora del ser humano a la actividad en dos direcciones. Por un lado hacia dentro, intentando pensar estas ideas de la investigación espiritual de manera imaginativa y hacer que el pensar se convierta en vivencia. Por otro lado hacia fuera, intentando desde esta vivencia de las ideas configurar la naturaleza de un lugar de la Tierra, más allá de su ser dado por la naturaleza, hasta alcanzar la integridad de una agricultura. Este planteamiento presupone una disposición interior investigadora tanto con respecto a lo que se ofrece a los sentidos como fundamento natural de la granja, como con respecto a lo que se revela al conciencia pensante como resultado de la investigación espiritual. Esta disposición interior científica abre un mundo de hechos de naturaleza sensible y suprasensible y al mismo tiempo el contexto de sus nexos relacionales entre sí. En la reflexión sobre tales contextos relacionales — por ejemplo entre el sol y la clorofila, los ritmos lunares y los fenómenos meteorológicos, la flor y el insecto polinizador, el gusano de tierra y la formación de humus, etc. — se crea el suelo para una vivencia interior desde la que, brotando de ella, cada acción puede llegar a ser un acto artístico. En este sentido, la práctica de una agricultura de orientación antroposófica es un acontecer artístico de cabo a rabo: una vivencia de ideas elaborada interiormente llega a la expresión hacia fuera a través del puente del trabajo. Lo que se desarrolla en las exposiciones de Rudolf Steiner en «Arte y conocimiento del arte»[7] puede resumirse en la siguiente forma: el arte es cuando algo sensible que vive en la contemplación intuitiva — y, oculto en ello, algo suprasensible — se interioriza en las profundidades del alma hasta convertirse en vivencia y desde esta vivencia se expresa en algo exterior. El arte brota de esta manera
del alma del ser humano. «Los seres humanos llegarán a ser capaces de crear algo que enriquece la Tierra, que es nuevo en la Tierra, que sin tu capacidad [del artista; nota del autor] no habría existido, que es como una semilla de futuro en la Tierra.»[8]
La fertilidad del suelo es, por ejemplo, un espejo de cuán detalladas y a la vez abarcadoras viven en mí las ideas que representan las tres columnas de una verdadera cultura del suelo: el laboreo del suelo, la rotación de cultivos y el abonado.[9] Este ejemplo puede extenderse a la integridad de la granja. Ella es un espejo de lo que vive como imagen configurada de la granja en la comunidad de trabajo que actúa allí, y de igual modo puede especificarse hasta cada acción individual en el trato con la naturaleza vivificada y animada.
De la aplicación de los conocimientos de las ciencias naturales surge la técnica. Ella es el producto del espíritu inventivo humano y del manejo de leyes, sustancias y fuerzas que actúan en la naturaleza inanimada, es decir, puramente física. El proceder meramente técnico interrumpe el nexo relacional que uno tiene, trabajando, en parte conscientemente y en parte inconscientemente, con las cosas y los seres; el curso de trabajo de la máquina está establecido y, dentro de los límites fijados, es universalmente válido. Se sustrae al vivenciar humano y cierra con ello la puerta al ejercicio de un arte artesanal que forma el puente hacia la naturaleza vivificada y animada.
Todo cuanto la técnica separa, reduce y reivindica como universalmente válido, lo une el arte; el arte respeta la multiplicidad de los contextos y es tanto más verdadero y productivo cuanto más individualmente procede en su obra.
La introducción de la técnica en la agricultura desde el siglo XIX ha traído consigo transformaciones sociales de la mayor envergadura. Ha liberado a los seres humanos del trabajo pesado, pero con ello también ha racionalizado y expulsado del proceso de trabajo a una gran parte de la población rural. Ha incrementado la productividad mediante la unilateralización de los sistemas de cultivo y de ganadería y, como efecto secundario duradero, ha convocado la problemática medioambiental global; en pocas palabras, la tecnificación, siguiendo su propia dinámica, ha fomentado la industrialización global de la agricultura y la competencia internacional y con ello el declive de los precios agrarios. Los costes de los enormes daños medioambientales mundiales,
Los costes de los enormes daños medioambientales mundiales que con ello surgen no son cargados al causante, sino a la colectividad; son socializados.
El campesinado aún arraigado en la tradición popular fue despertando poco a poco a la conciencia de sí —con un retraso de casi cien años respecto a la población urbana— y con ello a la libre autodeterminación, por ejemplo en la elección de los caminos profesionales.
La población campesina siguió el impulso de libertad de desligarse de la vinculación a la naturaleza y de la guía del espíritu del pueblo —que se expresaba en las tradiciones populares y en la impronta artística de las almas de los pueblos— para emprender, en la modernidad de la división del trabajo —al igual que antes el proletariado—, el trabajoso camino de la búsqueda de sí misma. Cambió la antigua seguridad en la corriente de la tradición de los pueblos y las almas populares por las tentadoras y al mismo tiempo desafiantes ofertas de la modernidad dividida en el trabajo. En el vacío espiritual que con ello surgió en el campo irrumpió el industrialismo agrario en la segunda mitad del siglo XX con la fuerza de un torrente desbordado sobre el resto de la población campesina, con la consecuencia inevitable de la equiparación de los métodos agrícolas con los de la producción industrial. Mediante esta equiparación se han creado hechos que pueden conducir a todo agricultor, con algo de recogimiento interior, a experiencias límite, a una vivencia de contradicciones creadas por él mismo que dan motivo a preguntas de conocimiento. Una pregunta de conocimiento de esta índole, que surge enteramente de la escisión de la práctica vital, es la siguiente: ¿Son iguales las condiciones de producción de la agricultura a las de la industria, o existe aquí una diferencia de principio? La respuesta a esta pregunta sólo puede hallarse a partir de una caracterización de los factores del modo de producción industrial en comparación con el agrícola.
Las condiciones de producción en la industria y en la agricultura
En el punto de partida de la creación de valor industrial se encuentra el espíritu inventivo del ser humano. Son ideas surgidas del pensar las que ponen en interacción mutua, mediante el trabajo humano, las leyes de la naturaleza, las sustancias y las fuerzas de la naturaleza inanimada — aisladas del contexto natural — de tal modo que a partir de ellas surgen, fuera de la naturaleza creada, productos (máquinas, abonos, biocidas) que luego desembocan como mercancía en el ciclo económico.
La perspectiva de éxito de un invento lleva a un banco a poner a disposición un crédito para la instalación de un establecimiento de producción. Es decir: el espíritu del ser humano (la idea) crea capital, y éste se cuaja, por el camino del trabajo, en edificios, medios de producción, materias primas, energía, etc. Max Weber — economista nacional y sociólogo alemán (1864–1920) — constató: «Una máquina inanimada es espíritu cuajado.»[10] El espíritu, ahora, sigue aspirando a la realización del invento; impele al trabajo. Solo a través del trabajo surge la instalación productiva y, en ella, mediante los distintos procesos laborales, la producción del producto. Lo que caracteriza al proceso de producción industrial es que los valores surgen pura y simplemente porque el espíritu inventivo determina el curso del trabajo humano y lo modifica de las formas más diversas, siendo que la expresión exterior de este espíritu debe buscarse en la configuración múltiple del capital.[11] La naturaleza, en forma de materias primas y energía, pasa tanto más al trasfondo cuanto más inteligencia humana afluye al proceso de producción, cuanto más se articula éste, por tanto, de manera divisa en el trabajo. La división del trabajo actúa además abaratando la producción de mercancías y fomenta con ello, aún más, el impulso de expansión de la industria y el comercio, hasta llegar a la comercialización de todos los servicios. El capital surge, por un lado, gracias al espíritu inventivo del ser humano y a la división del trabajo; por otro lado, es él quien hace que la división del trabajo se desborde desmedidamente. Como consecuencia de ello, el proceso de producción industrial amenaza con emanciparse por completo de la naturaleza y, por la vía de la digitalización, del ser humano que trabaja. Se convierte en el contrapolo omnipotente de la agricultura y amenaza con reventar las dos barreras que deberían mantenerlo dentro de límites razonables: la naturaleza y el orden jurídico.
El proceso de producción concluye con la producción de la mercancía, en la que han entrado la idea originaria del inventor así como los conocimientos y las capacidades de muchas personas en una división del trabajo hoy mundialmente abarcadora. El trabajo dirigido por el capital — es decir, por la idea cuajada — se ha materializado en el producto final y le ha conferido un valor que, en el intercambio de valores en el mercado, recibe un precio. Si se toman en cuenta los factores que crean valor — en última instancia, es el trabajo guiado por el espíritu —, el precio no es calculable. Su formación está sometida a imponderables y falsificaciones cuya causa reside especialmente en que la tierra, el capital y el trabajo humano son vistos como mercancía comercializable y con ello como
factores de coste en la formación del precio. Con todo, los precios se vuelven calculables — aunque sólo en apariencia, lejos del valor real de los productos — al concebirse todo lo que entra en la producción como mercancía y convertirse así en un factor de coste expresable en valor monetario. De este modo entran en el precio de un producto industrial todos los costes de producción, incluidos los costes laborales y una reserva, el coeficiente de amortización, mediante el cual el capital productivo consumido (desgaste de maquinaria, etc.) puede refinanciarse y ponerse al día.
Para la industria rige que el medio de producción no se renueva a sí mismo. El lugar de su fabricación está separado del lugar de su rendimiento. El proceso de producción industrial consume recursos finitos de materias primas y energía; genera residuos, y los propios medios de producción están sujetos al desgaste y al deterioro. Se genera basura que, en la medida en que no puede reintegrarse al ciclo de energía y materias primas sino a costes elevados, se acumula en la tierra como hipoteca sobre tiempos futuros lejanos (por ejemplo, los residuos nucleares), carga el agua y el aire y desequilibra el balance térmico. La producción industrial tiene límites de crecimiento impuestos; su balance de energía y materias primas es negativo. Cuanto menos participa la naturaleza en la producción industrial — cuanto más domina la inteligencia humana el proceso de fabricación, como en el caso de la producción de chips informáticos —, tanto más se realiza con división del trabajo y tanto más independiente del lugar se vuelve la producción. En teoría, productos de alta tecnología podrían fabricarse en cualquier lugar de la tierra — por ejemplo, en una isla artificial en el mar — y desde allí satisfacerse la demanda mundial de esos productos.
La agricultura está enraizada, de manera polar a la industria, en todo el *oikos*, en toda la economía de la naturaleza. La creación de valor es la prestación de la naturaleza. De la relación recíproca entre la naturaleza inanimada (física), viviente y animada, y bajo las influencias del cosmos en todo el acontecer rítmico, surge — como rendimiento productivo — el grano de cereal, la zanahoria, la leche, etc., y ello en estricta vinculación al lugar. La naturaleza es la productora; el ser humano se suma a ella y orienta mediante su trabajo su fuerza generadora. Los medios de producción no son las máquinas, el tractor, la cosechadora, etc. — éstos sólo sustituyen y potencian las prestaciones de la mano humana y la fuerza de tracción animal —, sino el suelo fértil, las plantas formadoras de fruto y dadoras de alimento, y los animales domésticos con su respectiva y diversa contribución al rendimiento. En sentido figurado, éstos forman el capital productivo de la agricultura.

Son tanto más productivos, cuantitativa y cualitativamente, cuanto más se encuentran en cada lugar de la finca en una relación de fomento recíproco. Por naturaleza se agrupan en biocenosis, en biotopes menores y mayores.
Es prerrogativa del rendimiento espiritual y laboral del ser humano configurar lo dispuesto por la naturaleza en una unidad superior, en el organismo que se cierra en sí mismo en la mayor medida posible — en la explotación agrícola. Atendiendo a las condiciones de producción cósmico-terrestres de la agricultura, de ellas se desprende necesariamente el principio formativo del organismo que se articula de manera multiforme. Éste forma en su conjunto el medio de producción de la agricultura y se opone así, de manera polar, al medio de producción de la industria: el mecanismo. El mecanismo se funda en la unilateralización; el organismo, en la multilateralidad.
Cuando se reconoce y aprecia el pleno alcance de la polaridad entre las condiciones de producción de la industria — que brotan del espíritu humano — y las de la agricultura — que son inmanentes a la naturaleza —, entonces, en sentido estricto, no puede formarse capital en la agricultura. Pues lo que se invierte de trabajo, mediante la fuerza espiritual humana, sobre la naturaleza, no cuaja en un medio de producción que se coloca junto a la naturaleza como la máquina; no se aíslan materias primas, energías y leyes de la naturaleza del contexto natural para recombinarlas de nuevo. El rendimiento espiritual consiste, al contrario, en pensar el concepto de la clausura del todo orgánico, y el rendimiento laboral en ordenar conforme a ello las fuerzas productivas activas en la naturaleza y ponerlas en acción recíproca entre sí. Cuando una explotación agrícola se configura fiel a sus condiciones de producción, es una totalidad que deviene sin cesar, que incluye al ser humano actuante y que se reproduce a sí misma en el propio proceso productivo. La formación de capital en la agricultura — hablando en sentido figurado — ha de buscarse ante todo en un acontecer temporal: en la conservación y el desarrollo de los medios de producción, los suelos cultivados, las plantas cultivadas y los animales domésticos en el contexto de la totalidad superordinada del organismo agrícola.
La industria y la agricultura se comportan entre sí como la tecnología respecto al arte. El proceder meramente tecnológico tiende a la técnica de regulación, a la automatización. El ser humano queda fuera del acontecer productivo o se vuelve completamente superfluo. La agricultura, sin embargo, es un arte precisamente en su esencia más profunda — y lo es en la medida en que el ser humano trabajador, con la plena humanidad de toda la fuerza de su alma espiritual, se pone al servicio de la
fuerzas productivas de la naturaleza. La agricultura necesita la mano trabajadora, sí, muchas manos; la industria necesita el espíritu inventivo y el capital que organiza la fuerza de trabajo humana de manera divisional o la hace completamente superflua.
De la agricultura surgen productos, ante todo alimentos, que cada ser humano necesita diariamente. Entran en el mercado en una relación de valor con las mercancías industriales, es decir, las producidas mediante la división del trabajo, relación que se refleja en el precio. El precio del producto industrial está sujeto al abaratamiento con la progresiva división del trabajo. Si ya este no es calculable a causa de las fluctuantes condiciones ambientales, los estragos de las plagas, etc., el proceso de formación de precios de los productos agrícolas permanece del todo en la oscuridad. La capacidad de dar, es decir, la fuerza de producción de cada organismo agrícola es diferente. Sin un equilibrio de precios en el marco de agrupaciones asociativas económicas, en las que «el valor de la mercancía queda determinado por su mutua relación»,Vorlage:Ref cada granja tendría entonces que tener sus propios precios de mercado. De hecho, esto se practica de manera aproximada en el movimiento de la CSA.Vorlage:Ref
Lo que vale en primer lugar es que la agricultura, en comparación con la empresa industrial, produce necesariamente a mayor costo, porque el principio abaratador de la división del trabajo contradice sus condiciones de producción: la multiplicidad en la totalidad. Se intenta escapar a esto pasando al modo de producción industrial. Para ello, la totalidad del organismo agrícola es desmontada, descompuesta en partes. Cada parte se convierte, por sí sola y con un considerable desembolso de capital, en una empresa agrícola industrial especializada que, bajo condiciones aparentemente calculables, produce masas altamente especializadas y domina el mercado a un precio imbatiblemente bajo. Pero este abaratamiento es un engaño, porque los costos subsecuentes — los que se originan en la destrucción del entorno natural y en el menoscabo del valor nutritivo de los productos, así como los costos de las subvenciones, de la sinrazón subvencionada — se cargan a la comunidad al margen del mercado. Si estos costos ocultos se imputaran al precio del productor industrial[12][13]
agregados a la producción industrial, perdería ésta su dominio sobre el mercado; saldría a la luz el hecho de que produce valores ilusorios.
Cómo se forma el precio en la agricultura es un fenómeno oculto que comienza a iluminarse, en cierta medida, a través de iniciativas como el «free-trade» — no confundir con los acuerdos de libre comercio — o también en el caso de las comunidades de productores y consumidores. El precio de la producción primaria como tal no es calculable; los factores que determinan el valor de los precios de la producción primaria agrícola son:
- La dotación natural en cuanto a las acciones recíprocas de los factores de emplazamiento tierra, agua, aire y calor, así como la forma geomorfológica del paisaje.
- La dotación natural en cuanto a las fuerzas creadoras que son propias de los seres de la naturaleza (plantas, animales, etc.) y de su eficacia en los ritmos del curso del año.
- El trabajo idealmente orientado del ser humano.
- La articulación mesurada de todos los órganos hacia la totalidad del organismo agrícola, por obra del ser humano.
Del concurso de estos factores surge, de manera polar a la formación del valor en la industria, un valor objetivo de los productos — el del trigo, la leche, el pan, el queso, etc. El precio sería justo si correspondiera a este valor objetivo o al menos se le aproximara. ¿Pero cómo puede captarse este precio?
Más allá de ello, la formación del valor de la producción primaria agrícola está determinada por dos propiedades: en primer lugar, por la capacidad de reproducirse a sí misma en el propio proceso de producción, y en segundo lugar, por la de convertirse en alimento para el ser humano y el animal. El grano de trigo, por ejemplo, es, junto con el suelo en que se siembra, un medio de producción para la cosecha siguiente y al mismo tiempo es cereal panificable. La vaca se reproduce a sí misma en el ternero; y ligada a este proceso está su aptitud para dar más leche de la necesaria para la crianza del ternero. Los medios de producción de la agricultura tienen la propiedad de poder reproducirse a sí mismos en el proceso de producción y convertirse al mismo tiempo en alimento para el ser humano y el animal. Corresponde al agricultor configurar las condiciones de cultivo y cría de tal manera que ambas aptitudes se mantengan en equilibrio sostenible, a un nivel elevado, dentro del proceso de producción. Esto significa que ha de cultivar aquí y ahora el trigo, etc., criar, alimentar, cuidar y criar selectivamente la vaca, etc., de tal modo que estos medios de producción de lo viviente preserven sus propiedades particulares hasta en el futuro más lejano.
o adquirir nuevas, en correspondencia con las cambiantes necesidades alimentarias.
Este hecho, ante todo, fundamenta el carácter esencialmente polar de los modos de producción en la industria y en la agricultura. Lo cual se expresa también en que los medios de producción agrícolas — suelo, plantas, animales — no son amortizables en virtud de su capacidad de autorenovación. Lo que en la industria es la amortización como reserva de capital, en la agricultura es la fuerza que conserva y desarrolla el valor del organismo agrícola como una integridad. La sustitución de la fuerza de trabajo humana y de la tracción animal por la máquina ha traído, sin embargo, a la agricultura elevadas amortizaciones que no se refieren al medio de producción como tal. Pero no es la cosechadora la que produce el cereal, ni la ordeñadora la que produce la leche, sino la vida, el mundo de fuerzas que teje relaciones y que tiene su origen en lo esencial de la naturaleza vivificada y animada.
Así pues, el precio de los productos agrícolas sería justo únicamente cuando coincidiera con su valor objetivo. Una medida para ello podría ser que el entramado de precios de la producción primaria del organismo agrícola — es decir, sin transformación ulterior — cubriera los costes de explotación así como el sustento de todos los colaboradores y sus familias de una cosecha al año siguiente.[14]
Esto presupone estructuras de comercialización que reúnan, en círculo regional, a agricultores, transformadores, mayoristas y minoristas, así como a consumidores que quieran co-configurar en este sentido. A diferencia de la industria, la agricultura está orientada hacia la economía regional. De acuerdo con sus condiciones de producción, produce en toda su diversidad allí donde viven personas y donde esas condiciones lo permiten. Es por ello naturalmente evidente que el camino más corto del productor al consumidor es el más barato y al mismo tiempo el que más preserva la calidad.
La agricultura también produce, en lo que se refiere al puro proceso de producción cósmico-terrestre, residuos, pero no basura. Los residuos provienen de la naturaleza vivificada y animada, de los restos vegetales y animales que regresan al seno de la naturaleza y se transforman en humus, en
portadores de fertilidad del suelo. Con una gestión ordenada, en el sentido del principio del organismo, el balance de sustancias y fuerzas de la granja se regenera en gran medida por sí mismo. Al consumo de energía y materias primas que la industria hace frente, la agricultura opone el acopio, el abono autoproducido y la nueva formación de humus. La producción primaria pura de la agricultura tiene, consideradas todas las medidas al servicio de la construcción del suelo (abonado, rotación de cultivos, laboreo del suelo), una balanza energética positiva. Esta realidad queda hoy invertida por el elevado empleo de capital en forma de fertilizantes nitrogenados, biocidas, materias alimenticias ajenas y energía. Hay que mencionar también aquí la pérdida de suelo debida a la erosión, incluso en zonas de pendiente apenas marcada de la agricultura industrial (sobre todo en el cultivo del maíz). Pero contemplada en su conjunto económico y de cara al futuro, la agricultura tiene la tarea de compensar la balanza energética negativa de la industria.
Vemos, pues, que la polaridad entre industria y agricultura debe pensarse radicalmente, y que las consecuencias para la totalidad de la vida cultural han de tomarse con toda rigor en la mirada. Sin el equilibrio de este enorme campo de tensión no puede llegarse a un saneamiento de la vida económica. Solo la determinación del precio de los productos agrarios en la regionalidad del mercado y en la vinculación asociativa con la posterior transformación y el comercio puede dar a la formación del precio en la economía organizada con división del trabajo la orientación que necesita. La proporción medida respecto de los precios en la industria y el comercio deberá determinarse, en el futuro, a partir de la producción primaria agrícola.
Ya la sola consideración de la disparidad de las condiciones de producción en la industria y la agricultura remite a que, para esta última, el organismo es ante todo el principio formativo que le es propio según su naturaleza. El principio del organismo fue siempre inmanente al desarrollo de la agricultura, aunque bajo condiciones culturales de índole en cada caso totalmente distinta. Lo que hoy ha de convertirse en una cuestión de comprensión científicamente fundada y consciente del organismo, brotó en tiempos anteriores de un obrar popular-instintivo, pleno de sabiduría. La evolución de la conciencia de la humanidad y, con ella, la historia de la agricultura se refleja a grandes rasgos en el modo en que los seres humanos fueron haciendo del principio del organismo inmanente a la naturaleza — desde la vivencia cada vez más consciente del propio organismo corpóreo — la base del verdadero arte de la agricultura.
Übersetzung
El principio del organismo en la agricultura a la luz de la evolución de la conciencia de la humanidad
Los comienzos
Los orígenes de la agricultura se remontan muy atrás, a tiempos prehistóricos. La humanidad vivía en los tiempos primordiales en estados de conciencia y condiciones terrestres completamente distintos de los actuales. Las descripciones de Rudolf Steiner sobre estos estados tempranos de la evolución del ser humano y de la Tierra arrojan luz al respecto. En los tiempos de la última configuración continental y de las grandes formaciones montañosas de la Tierra, el llamado «tiempo atlántico», vivía una humanidad que aún no pensaba en conceptos, sino que co-vivía el vivo tejer de la naturaleza y del espíritu creador en una vida instintiva pronunciada, espiritualmente inspirada, y que era capaz de preservar lo así vivenciado con unas fuerzas de memoria casi ilimitadas.
Si se siguen las descripciones de Rudolf Steiner en su «Ciencia oculta: Un bosquejo» y en la «Crónica del Akasha»,[15] la conciencia onírica de la humanidad atlántica — que en otro tiempo vivenciaba de manera esencial el cosmos espiritual — se fue desarrollando, a través de las épocas de las grandes civilizaciones antiguas postatlánticas, hasta llegar al autoconocimiento que se vuelve hacia la Tierra, tal como existe en el presente. Si se busca aquí una correspondencia con las eras descritas por la geología, puede equipararse aproximadamente al período abarcado por el Neozoico o el Terciario y el Cuaternario.
el desarrollo de niveles de conciencia superiores hasta despertar la autoconciencia.[16] Este desarrollo culminó con las grandes glaciaciones.
La cultura india primigenia
Las denominadas «épocas culturales postatlánticas» — geológicamente: Holoceno — tomaron su inicio tras la retirada de las capas de hielo en Europa y las montañas de Asia Central, dejando tras de sí enormes mantos de escombros y depósitos de loess que se convirtieron, cada uno en su tiempo, en el material originario de las formaciones del suelo hasta el día de hoy. En el Antiguo Testamento, así como en los mitos de los pueblos, se hace referencia a la «gran inundación», al diluvio universal. En esta imagen mítica quedó fijado — tanto en términos de historia de la Tierra como de historia de la conciencia — el hundimiento del legendario continente Atlántida al final del período atlántico — geológicamente Terciario y Cuaternario. Como primera de las épocas culturales postatlánticas, floreció la «cultura india primigenia» en el octavo al sexto milenio a.C.[17] Las grandes civilizaciones que siguieron a esta
se extendieron de este a oeste a lo largo de un cinturón que constituía la zona de transición entre las antiguas zonas glaciales del norte y las pluviales del sur. Estas últimas albergaron en su momento una rica fauna y flora; hoy se extienden allí los desiertos.
Ningún documento exterior proveniente de esa época prehistórica da testimonio de la alta cultura de la India primigenia. En ella se consumó un paso de conciencia hacia una vivencia contemplativa de una sabiduría divina, en la que el indio primigenio se sentía entretejido como en su patria espiritual. Ésta le iluminaba esencialmente a través de todo el ser terrestre. Fue reservado a una época posterior — en torno al tránsito al tercer milenio antes de Cristo — que, con la pérdida de la inmediatez espiritual de antaño, surgiera el sentimiento de que el mundo sensorial era mera apariencia, era Maya. En este despertar a una conciencia cósmica crepuscular, el indio primigenio se hallaba bajo la guía de un sacerdocio y era conducido por la alta sabiduría de los siete grandes maestros de la antigua India. Estos maestros primigenios fueron llamados los siete santos Rishis; a través de ellos hablaban «los mayores secretos de nuestro sistema solar, del mundo en general».[18]
Débiles resonancias de esta íntima orientación espiritual, que perduró durante largos períodos, afloran recién en un tercer estadio cultural de la India, en el segundo milenio antes de Cristo, en los libros de sabiduría de los indios, en los escritos sagrados de los Vedas y del Bhagavad-Gita. Este despertar soñador hacia un estadio superior de conciencia en la vivencia de los ritmos de fuerzas y los seres del cosmos planetario se lo debe el indio primigenio al descenso del Yo hacia el segundo miembro constitutivo del ser humano, hacia el cuerpo etérico. Sólo entonces surgió el límite nítido entre la inconsciencia nocturna y la vigilia del día.
La época cultural de la India primigenia se desplegó, como también las dos siguientes, en regiones donde la naturaleza con sus fuerzas y sustancias creaba ella misma el suelo para su fertilidad, se conformaba a sí misma en un «organismo en
Naturwachstum» gestaltete.[19] Das war in den ein überreiches Pflanzen- und Tierleben bergenden Gebieten der aus dem Himalaya hervortretenden Flüsse Brahmaputra, Ganges und Indus der Fall. Das Zusammenwirken der vier Elemente, Erde, Wasser, Luft und Wärme, war von solch juveniler, sich in den Rhythmen des Jahreslaufes erneuernder Kraft, dass es nur wenig an Zuwendung bedurfte, sie den Bedürfnissen der damaligen Menschen dienstbar zu machen. Der Urinder war der Kontemplation hingegeben. Die physischsinnliche Welt war ihm fremd, er suchte die Beziehung zu seiner Heimat im Geist aufrechtzuerhalten.
Die urpersische Kultur
Die altiranische Hochkultur knüpfte zeitlich wie geographisch in ost-westlicher Progression an diejenige Urindiens an.[20] Wie bei dieser ist eine genaue geographische Abgrenzung schwierig; es fehlen zeitgenössische Funde, die auf die Höhe und Einzigartigkeit dieser Kultur schließen lassen, oder besser, die eigentlichen Zeugnisse werden nicht als solche erkannt. Schaut man Bekanntes mit Hinweisen aus der Geistesforschung Rudolf Steiners zusammen, so wird man nicht fehlgehen, dass sie sich über das Gebiet vom Westhimalaya (Pamirgebirge) über den Hindukusch mit Zentrum in Afghanistan bis nach Baktrien im Ost-Iran erstreckte. Nach Norden öffnete sich das urpersische Kulturgebiet über die kleinen und größeren Flusstäler der Vorgebirgslandschaften in die vorgelagerten Steppen und Wüsten. Zwei der Flüsse, Amu Darja und Syr Darja (in der Antike: Oxus und Jaxartes), bezwingen die Steppe und münden in den Aralsee. Die Polarität von Wüstensteppe und Hochgebirge sowie von nomadisierender turanischer Urbevölkerung und den sesshaften, erdentüchtigen Urpersern konnte nicht ausgeprägter sein. Das aufstrebende, zukunftszugewandte Kulturvolk der Urperser hatte sich in vielen kriegerischen Auseinandersetzungen mit den heranbrandenden, ältere Bewusstseinsstufen bewahrenden Turaniern zu erwehren. Und doch spricht der Mythos von einem König der Turanier, «Dschemschid», der seine Völker aus dem Norden herunter nach dem Iran geführt habe. Er bekam von dem Sonnengott Ahura Mazdao einen goldenen Dolch, das Urbild des die Erde
la daga, «que da a los hombres la fuerza para labrarse el mundo sensible exterior».[21] La misma divinidad solar Ahura Mazdao es también el gran inspirador de Zaratustra, el conductor de los pueblos iranios, ya poco después de la catástrofe atlántica.[22] Esta elevada individualidad no debe confundirse con el Zaratustra histórico, tan cercano a ella en su índole esencial, o Nazaratos del siglo VI/VII a.C., el maestro de Pitágoras. Del Zaratustra primigenio, el fundador de la cultura persa primigenia en el sexto milenio antes de Cristo, proceden también los Misterios persas primigenios, cuyas enseñanzas resuenan lejanas en el Avesta zoroástrico. El Avesta, que no recibió su redacción escrita sino en torno al Cambio de los Tiempos, se atribuye al Zaratustra histórico de la época aqueménida persa (hacia el 600 a.C.).[23] Sin embargo, textos de los Cantos del Avesta (Gāthas) apuntan a tradiciones mucho más antiguas que se remontan a la sabiduría mistérica del Zaratustra primigenio. Fuentes antiguas de la escuela platónica señalan, junto al histórico, al Zaratustra primigenio, que habría vivido 6000 años antes de la muerte de Platón o 5000 años antes de la Guerra de Troya.[24]
En lugar del dominio sacerdotal en la antigua India y del obrar de los siete santos Rishis, vinieron ahora reyes-sacerdotes, cuyo primero fue el Zaratustra prehistórico.[25] La enseñanza del Zaratustra más antiguo anunciaba la contraposición originaria de luz y tiniebla, de bien y mal, del elevado ser solar Ahura Mazdao u Ormuzd y el espíritu de las tinieblas, Ahrimán o Angra mainyu, el soberano de las profundidades de la tierra. Zaratustra instruyó a los hombres para que no se volvieran únicamente hacia el elevado ser solar en actitud de veneración, sino que lo buscaran activamente a través de la Maya en el mundo sensible exterior, para labrar la tierra, iluminarla de luz interior, transformar las plantas en sus órganos en fruto nutritivo y reformar la fiereza del animal en apertura del alma frente al hombre. Gran parte de las plantas cultivadas que hasta el día de hoy constituyen los alimentos básicos de la humanidad, a la cabeza los cereales (trigo y cebada), pero también variedades de hortalizas y fruta, proceden de la
urpersischen Kultur aus dem Zeitraum zwischen dem 7. und 4. vorchristlichen Jahrtausend. Es sind gerade diese — und nicht die Steinwerkzeuge des *Neolithikums* — die hohen Kunstschöpfungen dieser Kultur.
de la cultura persa primigenia en el período que va del séptimo al cuarto milenio antes de Cristo.[26] Son precisamente estas — y no las herramientas de piedra del *Neolítico* — las altas creaciones artísticas de esa cultura.
En el persa primigenio despertó el Yo en el cuerpo sensible, el tercer miembro constitutivo del ser humano aún no diferenciado, el cuerpo astral.[27] En este estadio del avanzar de la conciencia, fue apagándose la fuerza de la antigua clarividencia instintiva, y fue creciendo la capacidad — bajo la guía de los Misterios, y desde la vivencia de las relaciones cósmico-terrestres — de obrar transformadoramente sobre la tierra, las plantas y los animales. La relación sacro-mágica de los atlantes con las fuerzas espirituales creadoras que actúan en la tierra y en el cosmos se transformó en una relación sacro-artística. Fue el alto arte de los persas primigenios — edificándose sobre las creaciones culturales precedentes — al volverse sedentarios desde una inmediatez espiritual instintiva, obrar de tal manera sobre lo anímico de determinadas especies animales que este se abriera frente al hombre. Con ello se transformó al mismo tiempo, de manera profunda, toda la organización físico-corporal de los animales. En su entrega al animal, los hombres configuraron desde su vivencia interior una obra de arte en lo exterior: el animal doméstico. Frente a sus congéneres salvajes, los animales domésticos se presentaron desde el principio en una asombrosa riqueza de formas. La disposición natural del organismo animal fue reconfigurada en su conjunto hacia rendimientos metabólicos especiales, por lo general a expensas de la actividad del sistema neurosensorial. El devenir animal doméstico consistió en el arte de mantener durante toda la vida la plasticidad embrionaria. Los animales domésticos no huyen del hombre; al contrario, buscan su atención y la necesitan.
conserva el genoma esta antigua impronta. Lo así devenido de un acto artístico es hoy objeto de manipulación arbitraria. Los grandes fitomejoradores de la Persia primigenia eran escultores de las fuerzas formativas de lo viviente. Tenían la capacidad de transformar el tipo dado por la naturaleza de una especie vegetal, en forma y fruto, en planta nutricia. Bajo la guía de los Misterios, su capacidad consistía en llevar a la eficacia las fuerzas que conducen a la fructificación y a la madurez en todos los órganos de la planta: en la raíz (p.ej. la zanahoria), en el tallo (p.ej. el colinabo), en el brote (p.ej. la col de Bruselas), en la hoja (p.ej. la lechuga, las espinacas), en la flor (los frutales), en la semilla (los cereales). En el caso de los cereales, por ejemplo, la fuerza reproductiva está reducida en comparación con los pastos silvestres afines — medida en número de semillas —, en favor de una mayor fuerza nutritiva de los cuerpos harinosos bien repletos (endospermo) de los granos. Pero este proceso de fructificación recorre toda la planta cereal, reconocible en el engrosamiento y la coloración del tallo. También aquí vale que la flexibilidad embrionaria de las fuerzas formativas de la planta es reencaminada hacia la formación del fruto y mantenida en ella durante más tiempo. El surgimiento de las mencionadas plantas nutricias es anterior al comienzo del tercer milenio y cae así en el tiempo de los círculos culturales impulsados por los persas primigenios.
Esta capacidad sacro-artística de los persas primigenios no se agotó en la formación de los animales domésticos y las plantas cultivadas, sino que se extendía igualmente, y con especial énfasis, a la labranza de la tierra. El laboreo del suelo se desarrolló allí donde el «organismo en el crecimiento natural» ofrecía las condiciones ideales para su despliegue. Fueron los mencionados valles de montaña y cuencas fluviales del altiplano afgano y del Irán oriental, que se perdían hacia el suroeste en desiertos y hacia el norte en las estepas turanianas. Aquí era exigido el hombre activo. Mediante ingeniosos sistemas de irrigación — entre ellos captaciones de fuentes en galerías excavadas profundamente en las laderas de los valles — el suelo fue, por una parte, vivificado por el agua y, por otra, parcialmente llevado al morir mediante el arado arañador y la azada. Aquí el manejo del juego alterno de muerte y vida, del Muere y Deviene, se convierte en arte. Toda intervención mecánica en el suelo significa el estímulo de procesos de degradación. Así se fundamenta aquí el elevado arte del cultivo de la tierra, que en relación con el cultivo de las plantas cultivadas reposa sobre el dominio de las fuerzas cósmicas portadoras de vida y de las fuerzas terrestres portadoras de muerte.
Con su Yo que siente sordamente en el cuerpo sensible, el persa primigenio se experimenta tensado en la dualidad de luz y tinieblas. Guiado
Guiado por las enseñanzas de Zaratustra y actuando a través de las inspiraciones que afluían a los Misterios, el persa primigenio se elevó a un nivel de conciencia en el que el espíritu solar se le abría, a través de la maya del mundo sensorial, en su obrar sobre la tierra. En la cultura persa primigenia, el ser humano comienza a formar, en su relación consigo mismo y con el mundo, la Mitte entre las alturas cósmicas y las profundidades de la tierra.
Las culturas del Antiguo Egipto y de Mesopotamia
Avanzando de Oriente a Occidente, a la segunda época cultural de la Persia primigenia le sigue la tercera época cultural postatlántica, que se articula hacia el suroeste en el espacio cultural del Antiguo Egipto y hacia el oeste, en la tierra de los dos ríos, en las sucesivas culturas de Babilonia, Caldea y Asiria. Esta tercera época se despliega desde comienzos del tercer milenio hasta el siglo VIII antes de Cristo. En ella, la humanidad de entonces pasa —sin transición— de la prehistoria mitológica del Neolítico a un desarrollo históricamente comprensible desde fuera, el de la Edad del Bronce. En la antigua India fueron los siete santos Rishis quienes inspiraron el curso de la cultura desde centros oraculares asignados a cada uno de los planetas. A los santos Rishis siguió Zaratustra, quien inauguró la cultura persa primigenia y sus Misterios. Los fundadores de la cultura del Antiguo Egipto y de sus Misterios fueron Thoth o Hermes Trismegistos; y los de la antigua Mesopotamia, de la antigua cultura babilónica-caldea y de sus Misterios, fueron Gilgamesh y el iniciado Eabani, ligado a él.[28] Al sacerdocio-regio de la Persia primigenia le sucedió el reino, en Egipto el de los faraones, pero que se encontraba en estrecha relación con los Misterios. En esta época cultural, la humanidad avanzó —en su mayor parte bajo la pérdida de la antigua clarividencia instintiva— hacia la formación del alma sensible.[29] Bajo la conducción de los reyes y de los Misterios en el trasfondo, el alma sensible se formó —en el progresivo despertar del Yo hacia la autonomía— como miembro anímico independiente. Este paso hacia una mayor iluminación de la conciencia aparece abiertamente desde el primer momento en las más monumentales creaciones artísticas sacras de la humanidad: en las pirámides de Saqqara y Guiza en Egipto y, en Sumer —el Babilonia temprano—, en las fundaciones de ciudades que se delimitaban de la naturaleza circundante con poderosas murallas. Aquí, como en los tiempos posteriores y en particular de la
En esta época cultural, el ser humano conquista una conciencia de la naturaleza anorgánico-muerta, de la naturaleza físico-mineral. Las elevadas capacidades de los miembros de la cultura persa primigenia y de los tiempos anteriores —intervenir de manera transformadora en el ser anímico del animal y luego en la naturaleza viviente de la planta, hasta descender al organismo físico, y plasmar artísticamente todo ello en las creaciones de los animales domésticos y las plantas cultivadas— se habían extinguido. Los seres humanos habían descendido plenamente, desde las instintivas etapas de conciencia llevadas por el espíritu, hasta la existencia terrestre. Despertaron ante lo que los sentidos les ofrecían como mundo exterior de apariencia, y buscaban en sus revelaciones el espíritu que crea con eficacia. Formaron desde ello una conciencia que se expresaba en la pura sensación llevada por el espíritu. Pero en este alma sensible que se iba formando fluyeron al mismo tiempo las Inspiraciones y las sabidurías de los Misterios. Ya no era el ser anímico del animal, ya no era lo viviente de la planta lo que hablaba a los seres humanos en la inmediatez instintiva del espíritu, sino la sustancia y la forma del ser muerto. En la piedra, en Babilonia y Caldea en el ladrillo cocido, buscaban dar expresión a su vida sensible mediante formas monumentales, geométricas, plástico-severas, sublimes. En Egipto, este sentir artístico-sagrado se refería principalmente a las percepciones de lo espiritual que actúa en el cosmos y en el ser humano. La vida exterior se configuraba en gran medida como imagen refleja de la conducción real y sacerdotal de los Misterios. En el espacio cultural mesopotámico, en cambio, esta identidad de interior y exterior se fragmentaba más. Aquí actuaban los impulsos de Gilgamesh en la cultura exterior, y los iniciados de los Misterios ejercían sobre ella una influencia menor.[30]
También la tercera época post-atlántica se desarrolló allí donde la naturaleza ofrecía las condiciones propicias, donde el juego conjunto de los elementos —tierra, agua, aire y calor— se conformaba, en los ritmos del curso del año, en «organismos en el crecimiento natural». Los contrastes entre ellos podían ser difícilmente mayores: por un lado la arteria vital del Nilo, que se encaja profundamente a través de las regiones desérticas nubio-egipcias, y por otro las amplias y fértiles llanuras de Mesopotamia entre los ríos Éufrates y Tigris.
En mayor grado que en la cultura persa primigenia, es el agua, son las inundaciones anuales y las sedimentaciones de humus, arcilla y arenas finas, las que mantenían los suelos jóvenes a modo de un abonado. Lo que en toda
de variedades de plantas cultivadas, de razas de animales domésticos, ya existía, era herencia cultural de la Persia primigenia. Ahora, sin embargo, la conciencia se vuelve más hacia lo espacial de la Tierra. Ello la capacitó para tomar medidas exactas, para dar forma a la piedra con el cincel y el martillo y para unir una con otra, superficie con superficie, en una juntura de finura extrema — en suma: para ejercer el arte artesanal superior de imprimir una forma a la piedra muerta, con cada golpe de martillo, desde la fuerza del propio sentir. Esta capacidad determinó también el refinamiento en el laboreo del suelo, en el cultivo de las plantas y en la cría de los animales. Las condiciones naturales, sin embargo, tenían el dominio absoluto; piénsese en los siete años de abundancia y los siete años de escasez que menciona la Biblia en relación con Egipto. Y aun así, lograron los seres humanos domeñar las fuerzas de la naturaleza mediante los más refinados sistemas de riego y drenaje, y afirmarse en la construcción de sus grandes civilizaciones antiguas. Un ejemplo singular de tal logro articulado es el canal de José (en árabe: Bahr Yussuf), que en el Egipto central se separa del Nilo, discurre unos 350 km a lo largo del margen occidental del río y supera, a la entrada del oasis del Fayum, el umbral de la depresión del borde del valle. Desde allí alimenta, mediante un ingenioso sistema de riego y drenaje, la amplia cuenca del oasis y la convierte hasta hoy en uno de los paisajes culturales más fértiles de Egipto. Dado que el canal lleva todavía hoy el nombre de «José» y que según Emil Bock[31] no puede caber duda alguna de que detrás de este nombre se oculta el José bíblico, cabe suponer que fue él el constructor del sistema de canales. José, que actuó en Egipto hacia 1750 a. C., reúne en sí la cultura mistérica de Babilonia y del Antiguo Egipto.[32]
En las culturas paralelas de Mesopotamia y Egipto, al igual que en las culturas precedentes de la Persia y la India primigenias, el agua indómita era el factor dominante en el «organismo del crecimiento natural». Ahora, empero, las fuerzas acuáticas de los ríos fueron domadas mediante diques, extensos sistemas de canales y fosas, esclusas y demás. En la máxima medida, ello valía para Egipto, donde anualmente, una vez que las masas de agua que inundaban el valle se retiraban, los suelos recién abonados con el limo del Nilo debían ser secados, vueltos a irrigar después y cosechados con rapidez antes de la siguiente inundación. Año tras año de nuevo
convirtieron año tras año un extremo naturbiotopo en un cultivo-biotopo — en un paisaje de jardín.
El alma sensible de los hombres que eran los portadores de esta era cultural se formaba, por un lado, mediante la palabra divina que, a través de la boca de los reyes y los sacerdotes, hablaba desde los Misterios a los hombres, y por otro, mediante las propias experiencias en el trato con la naturaleza inorgánica, con la piedra y el agua. De esta actitud anímica, sostenida por la sensibilidad, impregnada de espíritu y a la vez capacitada para lo terrestre, brotaron las grandiosas creaciones artísticas de la piedra cincelada en forma, de las tallas cultuales, de las pinturas funerarias, del ladrillo de arcilla formado y cocido, de las tablillas de escritura y los recipientes de arcilla ornamentados, así como la configuración plástica de los «organismos en el crecimiento natural» en paisajes de jardín.
La cultura grecorromana
La cuarta época postatlántica comienza, tras la cultura de transición cretomicénica precedente, en el siglo VIII a. C. y termina a comienzos de la Edad Moderna, al principio del siglo XV d. C. Aquí la mirada ha de limitarse en un primer momento al cambio en el desarrollo de la conciencia hasta el Cambio de los Tiempos. Es este el tiempo del ascenso del helenismo antiguo a su plena floración cultural — y a su ocaso. La dirección espiritual partía de las dos corrientes del espíritu, los Misterios apolíneos y dionisíacos,[33] lo apolíneo, que a través del brillo sensible contemplaba el espíritu actuante en la naturaleza y en el cosmos, lo dionisíaco, que a través del velo de los movimientos anímicos hacía surgir desde las profundidades del interior del alma ese espíritu como vivencia propia. Ya no eran, como en los tiempos precedentes, los reyes quienes, junto con la casta sacerdotal de los centros de Misterios, marcaban con su impronta cultural la dirección de la vida en común de los pueblos — ahora era el pueblo mismo, más aún, el ser humano singular quien, guiado por la palabra de los Misterios, buscaba la determinación de su destino. Es la hora natal de la democracia, de un nuevo paso en el desarrollo de la conciencia que tuvo su lugar de cultivo como en un punto focal en el oráculo apolíneo de Delfos. Aquí sobre todo, desde su plena floración hasta el paulatino agotarse hacia el Cambio de los Tiempos, se hace patente la alta significación que el mundo de los Misterios tuvo a lo largo de todas las épocas culturales precedentes: extraer de las fuentes de sabiduría que se abrían a la mirada de
los iniciados en los mundos espirituales superiores, los miembros constitutivos del ser humano para hacer de ellos portadores del progresivo Ich-Bewusstsein.[34] En la época grecolatina esto concierne al ingreso del Yo en el alma racional-afectiva, la segunda modificación del cuerpo astral, después del alma sensible.[35] El Yo viene a manifestarse por primera vez en el alma racional-afectiva. El Yo pensaba ya desde sí mismo, pero se encontraba todavía en la búsqueda de sí mismo. Sócrates, en el siglo V a. C., no decía aún: «Yo me digo», sino: «mi Daimon me dice». El Yo vivía también en el lenguaje aún oculto como actor activo integrado en el verbo, por ejemplo: griego: paideuo = yo educo; latín: cogito = yo conozco.
El oráculo de Delfos, abierto para cualquiera, se dirigía al alma racional-afectiva. Educaba hacia el pensar autónomo. Quien acudía en busca de consejo tenía que ser capaz de formular una pregunta desde el fortalecimiento interior del pensar, y la respuesta de la Pitia délfica exigía, en su ambigüedad, una vez más al pensar individual. El helenismo llevaba en sí, interiorizados como resonancias, toda la sabiduría de los Misterios del pasado. Pero el griego antiguo fue saliendo poco a poco de la antigua guía de los Misterios; se aprehendió a sí mismo como ser humano pleno, como personalidad pensante que, en armonía consumada, buscando siempre la Mitte entre el vivenciar apolíneo del mundo y el vivenciar dionisíaco de las propias profundidades del alma, se daba a vivir. De estas dos fuentes espiritual-reales creó el griego sus altas Kunstwerke; plasmó la materia física-material muerta e imprimió en ella, en la configuración de la forma, su espíritu. Del crepúsculo vespertino de los Misterios surgió el alba de la creación artística griega. Tanto en la plástica como en la arquitectura, la música, la pintura, la poesía o la filosofía, el ser humano como Abbild de lo divino se halla en el centro. Desde la vivencia de la propia Leibesgestalt crea esculturas que, puramente en la Formgestalt, elevan al ser humano por encima de sí mismo hacia lo divino, y edifica templos cuya forma espacial está modelada según las medidas del ser humano. «El templo griego representa la realización de un Organismus edificado.»[36] Y sin embargo, por muy inaccesiblemente alta que sea la plástica y la arquitectura griegas
ante nosotros, con todo, está como ensombrecida por una cierta tragedia. Lo que en el antiguo Egipto había tomado su comienzo, en la Grecia antigua alcanza su más alta consumación: la elaboración y configuración de la piedra muerta. Al griego le logra insuflar a la piedra, puramente a través de la forma, una especie de vida, una vida aparente. Imprime desde fuera en la forma el espíritu que, en plástica vivacidad, colma su interior; pero no puede imprimir ese espíritu en la materia, de suerte que esta misma se convierta en sustancia viva creadora de forma. Los seres humanos de la primera, pero sobre todo de la segunda época cultural postatlántica del urpersismo, habían tenido, en virtud de su constitución espiritual-anímica y corporal y bajo la guía de los Misterios zaraturstiana, la capacidad de engendrar creaciones artísticas dando forma sustancial mediante la transformación plástica de lo anímico a los animales domésticos y de lo viviente a las plantas cultivadas. Pero lo meramente físico-material de la piedra está muerto. Así se encontraba el griego ante la insolubilidad del enigma de cómo puede la piedra ser despertada a la vida. Solo podía prestarle a la piedra, a través de la forma, una vida *aparente*. Eso constituye la grandeza y al mismo tiempo la tragedia del arte griego. Desde la profundidad de su alma creó, en su afán humano, un arte que, hacia fuera, hace visible en imagen un pasado de los Misterios, y hacia dentro se convierte en el germen de una esperanza de futuro: la de poder vivificar lo térreo-material como tal. Sobre el trasfondo descrito reaparece el principio del organismo en figura múltiplemente transformada. Comienza ahora, de manera enteramente germinal, a penetrar todo el espacio cultural de Grecia, también en lo social. Los paisajes de Grecia portan ellos mismos un carácter divino, un carácter apolíneo, en todo opuesto a los egipcios. Como si hubieran sido los dioses quienes, en la diversidad de los caracteres del paisaje, se hubiesen creado una imagen de su propia esencia. La mirada del caminante, que vaga por la extensión del paisaje que se despliega ante él, encuentra pronto un polo de reposo, un templo que irradia en belleza y armonía y acota bienhechoramente el espacio de contemplación. Así nos encontramos con el santuario de Apolo en Delfos en un paisaje montañoso rocoso de difícil acceso; de otro modo el templo consagrado a Atenea, que se alza sobre colinas rocosas y atrae la mirada desde gran distancia, como la Acrópolis de Atenas; o hallamos el templo de Hera en medio de fértiles llanuras.
A diferencia de las grandes civilizaciones antiguas precedentes, en las que el «organismo en el crecimiento natural» estaba modelado por las grandes cuencas fluviales, los paisajes de Grecia, en su carácter heroico, semejante al de los dioses,
una composición singular del entretejerse y volver a disolverse del juego conjunto de los cuatro elementos tierra, agua, aire y calor, así como de la luz. La tierra, rocas que se alzan poderosamente, montañas que se amontonan; el agua, que brota como manantial de la roca y busca por el camino más corto, en arroyos o pequeños ríos, la orilla del mar cercana. Las corrientes de aire y calor, inundadas de luz, se mezclan al amanecer en velos de colores indescriptibles de la «Aurora de dedos de rosa»,[37] para separarse de inmediato de nuevo, permanecer un tiempo en su existencia singular como elemento y pronto confluir en una nueva composición de colores.
El griego antiguo no sentía la naturaleza como algo exterior, separado de él, sino que montaña y valle, colina y llanura, manantial y curso de agua, rodeados por vapores acuosos, por aire y calor y luz fluyente, los vivenciaba penetrados por la misma espiritualidad que encontraba también en sí mismo, tejiendo vivamente e impulsando de manera anímico-espiritual. Este sentir penetrado por el alma racional en despertar constituía su ser artístico; desde este sentir el griego conformaba el paisaje: el pastor, las abiertas alturas de la montaña con sus rebaños; el cultivador de vino y fruta, las terrazas de las laderas escarpadas; el labrador cultivaba las llanuras con cereales; y junto a los asentamientos prosperaba un paisaje de jardines. En todo el espacio cultural grecorromano, el organismo crecido desde tiempos primordiales en el crecimiento natural se transformó, conservando su respectivo tipo, en paisajes de horticultura y fruticultura de pequeña escala y articulados, como un espejo del alma racional en proceso de formación.
El principio del organismo no encontró en el antiguo mundo griego entrada germinal tan sólo en la conformación del paisaje, ni expresión de perfección artística sólo en las esculturas y en la construcción de templos, sino igualmente en lo social, en la polis. El griego se vivenciaba como personalidad perteneciente a una comunidad urbana; se sentía ateniense, tebano, espartano, etc. Pero la polis era una ciudad abierta, que se extendía hacia fuera e incorporaba los paisajes circundantes; los altares de los sacrificios se erguían en el bosque sagrado, fuera de los templos en el campo abierto. En la polis estaba dispuesto un organismo de orden superior, una unidad de ciudad y paisaje circundante.
En el mundo romano y griego, el alma racional se desarrolló de manera polar. En Grecia entró en una relación con la antigua sabiduría de los Misterios, con aquello que desde la vida espiritual más íntima
se dejaba modelar artísticamente hacia el exterior. «El romano [...] no modeló sólo piedra y bronce, sino que transformó según su espíritu toda la gran comunidad humana.»[38] «La Roma republicana no es otra cosa que la sabiduría humana que desplaza a la antigua sabiduría sacerdotal.»[39] Aquí es ahora la habilidad humana la que regula la relación de persona a persona; es la hora del nacimiento de la jurisprudencia. Ésta está edificada pura y exclusivamente sobre el sentimiento de la personalidad, sobre el Yo que se revela en el alma racional. El sentimiento del derecho despierta, y de él nacen conceptos jurídicos que respetan el principio de igualdad y se plasman en la ley de validez universal. El derecho se refiere preferentemente a los objetos del mundo de aquí abajo, y así también a la disponibilidad personal sobre la tierra. La propiedad, y con ella el derecho de herencia, la disponibilidad más allá de la muerte, tiene ahí su origen. En el romano el ser humano se convierte enteramente en personalidad. Su conciencia se dirige hacia un frente, hacia el otro ser humano y hacia la naturaleza que le rodea. De ello se funda una relación que, a diferencia del antiguo griego, se vive manifestándose de manera más distanciada y conceptual; piensa racionalmente desde sí mismo y se hace con ello capacitado para lo terrestre. Los «organismos en el crecimiento natural» de Italia y Sicilia, geomorfológicamente emparentados con los griegos, ya no son un exterior impregnado de espíritu que resuena con la vida espiritual interior. La mirada del romano está dirigida con mayor fuerza hacia intereses geopolíticos, hacia el aprovechamiento de los recursos naturales bajo puntos de vista imperiales — tanto en lo militar como en lo agrícola.
Cuánto la ratio humana comienza paulatinamente a transformar y articular las condiciones naturales dadas, lo revela la poesía de Virgilio en sus «Geórgicas».[40] Él, el romano de Mantua, respirando todavía por entero el espíritu griego, ofrece ahí en la palabra poética una visión de conjunto de las prácticas agrícolas en el siglo anterior al Cambio de los Tiempos: en el cultivo de la tierra, el arar, el cavar, el sembrar, el cosechar y el trillar, el significado del barbecho y de la rotación de cultivos, el riego del suelo, el sobrepastoreo de cereales que proliferan exuberantes, el cuidado de la semilla, la observación del tiempo y la atención al curso de los astros y otras cosas más; en la fruticultura, la multiplicación vegetativa y la técnica del injerto, de la poda, qué especie de árbol
se adapta a qué suelo y en qué paisaje; en la viticultura, el desbarre de la gleba removida por el arado durante el invierno, la plantación y el abonado de los sarmientos, la instalación del armazón de estacas, la poda, etc.; en la ganadería, el pastor itinerante con sus rebaños de ovejas, cabras, cerdos y reses, la crianza y la alimentación según el tipo de aprovechamiento. Un capítulo entero lo dedica finalmente a la apicultura y a la cría de abejas. En el ámbito cultural romano se tiende sobre las tierras una red de derechos de propiedad y de arrendamiento. Como punto de partida y de referencia de una gestión racional surgen fincas de labranza y establos (cría caballar), así como una economía de almacenamiento.
Lo que en milenios de progresiva evolución de la conciencia fluyó desde los Misterios como sabiduría hacia la configuración de la vida cotidiana, llevó a madurez sus frutos en las producciones artísticas: en el plano de la naturaleza animada con la formación hacia el animal doméstico, en la naturaleza viva con el desarrollo de las plantas cultivadas, en la naturaleza muerta con la plástica conformación de la piedra en una apariencia de vida. Con el paulatino enmudecimiento de los Misterios hacia el Cambio de los Tiempos, se extinguió también esta fuente de Inspiración para el quehacer artístico creador. Lo que otrora fue portador de cultura, cuajó ahora en mero herencia cultural. En sus «Geórgicas», Virgilio hace revivir desde la fuerza del alma racional o del ánimo esta herencia cultural una vez más en poesía.
La cultura de la Edad Moderna
Con el comienzo del siglo XV irrumpe la quinta época cultural postatlántica, en la que el Yo entra en el tercero de los tres miembros constitutivos del alma, en el alma consciente.[41] El ser humano despierta, frente al mundo percibido como objeto, a sí mismo, a la conciencia de sí. Surge, de momento, un abismo infranqueable entre el llegar a la conciencia de sí y aquello que produce el mundo de las apariencias. En su Yo que se conoce a sí mismo, el ser humano puede empero encontrar en su interior la fuente espiritual, el «yo soy», que por un lado se coloca perceptivamente frente al mundo, y por otro puede unirse cognoscitivamente con lo espiritual-entitativo oculto en las apariencias sensoriales. Lo que otrora afluía instintivamente a la vivencia del alma, ahora puede ser reconocido conscientemente en su ser y unido con la sustancia esencial del Yo. Así reside en el poder del alma consciente el sobrepasar, en su pensar y su actuar,
crecer más allá y llegar a ser consciente del origen espiritual del ser humano y del mundo.
El alma consciente se da a conocer inicialmente de manera bifronte. Vuelta hacia atrás, busca apoyarse en el aparentemente seguro fundamento de la conceptualidad general elaborada por el alma racional en las ciencias, corriendo empero el peligro de caer, por unilateralización del alma del ánimo, en el frío intelectualismo, en la soberbia y en el egoísmo desenfrenado. Pero si mira hacia adelante, en el auto-conocimiento y el conocimiento del mundo, hacia el futuro, entonces se calienta a la luz de ideas que se convierten en ideales, como por ejemplo la realización del principio del organismo pensada y captada conceptualmente en la práctica agrícola. Lucha por transformar lo pasado, en lo presente, en algo futuro. El alma consciente se afana en poner toda fuerza de iniciativa al servicio del cumplimiento de la idea del desarrollo. Pero eso significa poner el sentido artístico como fundamento de todo hacer. Se trata de vivificar pensando las ideas venidas del futuro y sumergirse con ellas, queriendo, en todos los desafíos de la realidad, de tal manera que de la fortalecimiento interior del vivenciar en el Yo, cada acción se convierta en una libre, en una artística.
El alimento del alma consciente son ideas que desde el futuro irradian luz hacia ella. Tales ideas son los contenidos de la ciencia espiritual antroposófica. El ser y la significación de estos contenidos se revelan tan solo a través de un pensar vigoroso. En una contemplación intuitiva de imágenes pensadas, vivifican el sentir e impulsan el querer. Al igual que la percepción sensorial, también los resultados de la investigación espiritual estimulan el pensar. Pero en la actividad pensante consciente vive el Yo, el núcleo esencial del ser del ser humano. El Yo puede decidir en libertad si quiere apropiarse las formas de ideas de la investigación espiritual o permanecer en el mero enfrente del mundo de las apariencias. El alma consciente abre el camino a una vivencia de contenidos espirituales en libertad. De esta vivencia plenamente humana crece una nueva fuerza creadora artística, que puede acreditarse como fecunda y por ello como verdadera en todos los ámbitos de la vida — como por ejemplo en lo médico como arte de la curación, en la pedagogía como arte de la educación, en la convivencia humana como arte social, en la agricultura como el arte de la agricultura.
La actividad del Yo en el alma consciente flota por así decir entre el cielo y el infierno. Si languidece, el alma, olvidándose de sí misma, se precipita en abismos. El mal en su doble figura, en la banalización ahrimánica y en la indiferencia luciférica, gana poder sobre ella. Pero si el Yo se fortalece en sí mismo, construye un puente sobre el abismo, es
capaz de reconocer a otros seres en sí mismo, y conquista la capacidad de transformar lo devenido en un devenir.
La Era del alma consciente en su transcurso hasta ahora ha conducido a los seres humanos al autoconocimiento, ha despertado en ellos el impulso hacia la libre autodeterminación, les ha hecho medir abismos y les ha abierto caminos hacia la verdadera conocimiento del espíritu. La humanidad se ha emancipado de la naturaleza y — caída, por así decir, en el olvido de sí misma — se piensa a sí misma, a despecho de su propio origen espiritual, como la obra de una creación meramente natural. Con ello se ha perdido en gran medida en la banalidad de la concepción puramente materialista del ser, y se ve amenazada por una tecnología que brota precisamente de esa concepción. El principio del organismo en la agricultura ha sido aniquilado por este modo de pensar. Por otra parte, ante este desarrollo descendente, el alma consciente puede ser encendida por ideas ganadas del conocimiento de la esencia de la naturaleza inanimada, vivificada y animada. Estos impulsos de ideas ya no brotan de los instintos una vez guiados por el espíritu, sino que son elaborados por uno mismo. En la despertante actividad del Yo revive el idea del desarrollo y con él, de nueva manera, el pensamiento del organismo y, en ampliación, el de la individualidad. Ambos unidos pueden convertirse en principio formativo de una agricultura que actúa hacia el futuro fundando cultura.
En qué pasos sintomáticos se ha preparado esto hasta el Cambio de los Tiempos y desde entonces hasta la Edad Moderna y luego además en el transcurso de la Era del alma consciente, se expone en los capítulos siguientes.
Las corrientes culturales de la agricultura hasta el Cambio de los Tiempos
En el Antiguo Testamento se señala, en imagen mítica, a una contraposición primordial en el devenir de la humanidad: Caín y Abel. El uno, Abel, es el pastor que guarda su rebaño y ofrece sus sacrificios de animales a los dioses. En el cuidado y la guarda del mundo animal que le ha sido confiado, sigue la voluntad de las potencias creadoras; su sacrificio es aceptado por los dioses. Distinto es su medio hermano Caín, que labra el campo y cultiva plantas que él mismo cría desde su propia inteligencia y desde el sentir de sus propias capacidades. Su sacrificio vegetal no es aceptado por los dioses. Aquí se señala, en imagen primordial, al momento de surgimiento de las dos corrientes polares,
de los pueblos sedentarios que practican la agricultura y de los pueblos nómadas pastores. El agricultor confía prometeica[42]-apolíneamente en su propio espíritu inventivo; labra la tierra con el arado, la hiere y con ello estimula la formación del fruto en las plantas que va elevando establemente a plantas cultivadas, desarrollando destrezas de todo tipo en las que da expresión a su conciencia vuelta hacia el futuro. Distinto es el caso de los pueblos pastores, que en entrega anímica se insertan epimetéico-dionisíacamente en la creación dada, buscan preservarla y cultivan su conciencia más bien retrospectiva — ligada a los restos de la antigua clarividencia — en el culto a los ancestros.
Estas dos corrientes solo se han integrado en la vida cultural general en época poscristiana. Pero aquí y allá se han conservado largo tiempo, en culturas desfasadas, con la más pura contraposición. Un ejemplo del propio vivir puede iluminar esto: en el África de los años treinta del siglo pasado, vivían en la actual Tanzania, en la región del Kilimanjaro, en estrecha vecindad espacial y preservando sus costumbres tribales, los pueblos de los bantúes y los masái. Estos últimos, un pueblo camítico, vivían nómadas con sus rebaños de cebúes en medio de la naturaleza silvestre, en vecindad con el león, el elefante, el búfalo, etc. Protección para personas y rebaño ofrecían de noche los campamentos cercados con matorrales espinosos (los llamados «krales»); la alimentación consistía en la leche y la sangre de los bovinos cebú, así como en raíces de determinadas plantas silvestres como diuréticos. Y allí estaba él, el pastor, un paño echado sobre el hombro, ligeramente apoyado en la lanza, el escudo de cuero de búfalo recostado a su lado, de alta estatura, con rasgos nobles del rostro, reposando como una columna en pleno ardor solar, la mirada seria y soñadora dirigida a la lejanía, el rebaño agrupado a su alrededor, volviéndose al extranjero con un saludo fugaz, nada más, ninguna pregunta, ninguna palabra. Los masái de aquel entonces rechazaban toda civilización, toda formación escolar. Vivían entretejidos en la naturaleza con una conciencia que se remontaba a la cadena de los ancestros.
En contraste pleno con ello vivían los bantúes de manera sedentaria, en asentamiento aldeano disperso. Si uno se acercaba, las cortinas de las puertas de las redondas chozas de paja y barro se abrían de golpe, jóvenes y mayores salían a raudales con rostros risueños, saludaban con alegría y preguntaban: ¿qué hay de nuevo en el mundo? Ávidos de aprender, con gusto en la imitación y habilidad artesanal, están plenamente orientados hacia los logros de la civilización. Su alimentación eran predominantemente frutos del
Campo que cultivaban sin arado, con la espalda encorvada, manejando la azada de mano. Del biotopo natural de la naturaleza silvestre fue creciendo alrededor de las aldeas la disposición hacia un biotopo cultural creado mediante el trabajo humano.
Los pueblos agricultores y pastores vivían separados de manera estricta en lo espacial y en lo étnico, con frecuencia en contienda, en otros lugares en coexistencia pacífica. En el antiguo Egipto, por ejemplo, los pastores conducían sus rebaños por ambas orillas del valle del Nilo, desde Nubia hasta el delta y de regreso. De ellos tomaban prestados los agricultores del Nilo los animales de tiro para el cultivo de los campos en los períodos intermedios de la crecida anual.
Desde los tiempos de la cultura persa primigenia se han diferenciado de los pueblos agricultores dos subcorrientes: los horticultores y los fruticultures. Los primeros criaban y cultivaban plantas hortícolas y plantaban hierbas medicinales así como flores. El saber y el hacer artesanal vivía ligado a la tribu y a la familia, transmitiéndose en la corriente hereditaria. Así, hasta entrado los años sesenta y setenta del siglo pasado existían todavía en Teherán los llamados zarathústristas, que continuaban esta tradición que se remontaba hasta épocas prehistóricas. Los fruticultures entendían de la cría, el cultivo y el cuidado de los árboles frutales. Columela († hacia 70 d. C.) da cuenta del arte de la poda de los árboles frutales, que en la antigua Roma se transmitía todavía en la corriente generacional.[43] Estas cuatro corrientes del cultivo de la tierra (incluyendo la fruticultura y la horticultura) existían una junto a otra o en asentamientos aldeanos en una relación laxa entre sí, sin penetrarse mutuamente en un todo orgánico mediante un fomento recíproco. Así, por ejemplo, los hindúes en la India, en parte hasta hoy, no utilizan el estiércol de los animales como abono en la agricultura o en la horticultura, sino como combustible.
Hasta el Cambio de los Tiempos, a la vez como fruto de la cultura de los Misterios, todos los elementos de la cultura agraria crecidos a lo largo de milenios —la agricultura, la horticultura y la fruticultura, así como la ganadería— estaban acabadamente prefigurados (véase figura 2, p. 66). ¿Acaso no tenían que sentir los hombres que habían llegado al término de un desarrollo? ¿No había enmudecido también el lenguaje de los gnósticos, quedado desamparados los altares paganos?[44] ¿No se había extinguido la fuerza cultural-inspiradora de los Misterios —salvo restos como, por ejemplo, el culto a Mitra? Lo que fueron sus enseñanzas de sabiduría actuaba únicamente como tradición, o en pocas personas como herencia espiritual viva. ¿Dónde había, pues, en la
¿Dónde quedaba aún, en el umbral del Cambio de los Tiempos, una perspectiva de desarrollo, una esperanza en un futuro? La humanidad había descendido por completo a la existencia terrestre. La conciencia estaba esencialmente conformada por lo que se ofrecía a los sentidos y al trato activo con el mundo físico-terrestre. En esta abandono del espíritu, la humanidad había llegado a un umbral y madurado para abrirse a un impulso de desarrollo radicalmente nuevo.
El acontecimiento del Cambio de los Tiempos, el Misterio del Gólgota
Los antiguos Misterios habían cumplido su misión. Un Misterio nuevo, orientado hacia el futuro y que abarcaba a toda la humanidad, se cumplió en la colina del Gólgota en Jerusalén. Lo que antaño fue venerado como el sublime ser solar —lo que entre los hindúes primigenios recibió el nombre de Vischvakarman, entre los persas primigenios bajo Zarathustra fue el Ahura Mazdao, entre los egipcios Osiris, y en los griegos de los primeros tiempos podía verse en el ser divino de Apolo—, ahora ha descendido a la tierra —tal como había sido anunciado— y se ha encarnado en el cuerpo humano de Jesús de Nazaret como el Cristo.[45] Así, «toda proclamación religiosa antes de la aparición de Cristo Jesús era una preanunciación de Cristo Jesús».[46] En el Antiguo Testamento, Moisés recibe en respuesta a la pregunta de en nombre de quién ha sido enviado: «Di que el ‹Yo soy› te ha enviado.»[47] La Gnosis señalaba hacia la divinidad del Cristo, hacia su venida en el espíritu, mas no hacia su aparición en la carne.[48] Los filósofos gnósticos de Grecia —Rudolf Steiner menciona entre ellos a Tales, Heráclito, Empédocles— desarrollaron en lenguaje conceptual,
lo que otrora fue contemplado por los Iniciados. En su lógica conceptual «anhelaban» nueva plenitud. Eran los precursores del surgimiento de una filosofía del Misterio del Gólgota.[49] En la época poscristiana, Agustín (354–430 d.C.) salió al paso de la antigua concepción ortodoxa —según la cual los hombres de la época precristiana eran radicalmente distintos de los de la poscristiana— con estas palabras: «Lo que hoy se llama religión cristiana existía ya entre los antiguos y no faltó en los comienzos del género humano; y cuando Cristo apareció en la carne, la verdadera religión, que ya existía de antes, recibió el nombre de cristiana.»[50]
El acontecimiento del Cristo, el Misterio de la Muerte y la Resurrección, se ha consumado para todos los seres humanos sobre la Tierra. Este es el hecho esotérico de un acontecer exotérico-esotérico ligado a un tiempo determinado y a un lugar determinado. La humanidad había avanzado, en grados distintos, tan lejos en su desarrollo del Yo que el Santísimo oculto del alma, el Yo, el núcleo esencial de cada ser humano, necesitaba de un impulso para poder encontrarse a sí mismo y determinarse libremente a sí mismo en el autoconocimiento. Este impulso se encarnó durante el Bautismo en el Jordán con la inhabitación del Yo-Cristo —el ser solar colmado de espíritu en su más alta perfección— en el cuerpo del hombre Jesús de Nazaret. Durante tres años obró el ser divino en este cuerpo humano elegido. Fue la fuerza de este Yo divino la que, a través de la muerte en la cruz, espiritualizó el cuerpo terrestre atado a la materia. Se consumó la Resurrección en el espíritu; ella se yergue desde entonces como la gran meta cósmica ante la humanidad. El camino hacia esta meta da dirección y contenido a todo desarrollo hacia el futuro. Con el despertar de la conciencia del «Yo soy» encuentra cada ser humano en sí mismo «el camino, la verdad y la vida».[51] Este encontrar significa tener que atravesar abismos de la nada sin espíritu; pero significa también conquistar frutos del espíritu que resucitan en el cuerpo eterno del Yo. Avanzando desde el Misterio del Gólgota, la humanidad se ve colocada ante el enfrentamiento consciente con el Mal, con lo que trae la muerte, con la potencia espiritual que se opone a todo desarrollo. Reconocer el Mal rompe su poder y confiere al Yo fortaleza. Así ocupa el lugar del antiguo ser de los Misterios
y de su misión de educación gradual del Yo a través de los siglos culturales, el Misterio del Gólgota que sigue obrando, que señala al ser humano los caminos hacia la autoeducación, hacia el reconocimiento de su origen espiritual y hacia el amor activo desde la fuerza del «Yo soy». El concepto de Cambio de los Tiempos, pronunciado tan a la ligera, sólo recibe sentido y significado a través de este proceso histórico de inversión que el Misterio del Gólgota inicia. Sólo a través de este acontecimiento de la humanidad puede iluminarse en cada ser humano el pensamiento del desarrollo en toda su amplitud y señalar dirección a la fuerza de la iniciativa. Hasta el Cambio de los Tiempos fue la corriente de sabiduría que fluía de los Misterios la que conducía al ser humano al despertar del Yo. Desde el acontecimiento del Cristo puede el alma humana, a través del fortalecimiento interior del pensar, transformar esta sabiduría en amor activo, en aquella fuerza capaz de invertir lo que del espíritu se ha hecho en un devenir en el espíritu. Esta metamorfosis no puede pensarse con suficiente grandeza y amplitud. Es completamente abierta hacia el futuro y tiene al mismo tiempo dirección y meta. Esto aparece como una contradicción que subsiste mientras el ser humano actúa desde la ilusión y el egoísmo. La contradicción se derrumba en la medida en que la sabiduría que subyace a todo se transforma en libre acción de amor. Ambas perspectivas —la vuelta de espaldas al espíritu o, en libre autodeterminación, el volverse hacia él— imprimen en la época postcristiana el curso del desarrollo de la humanidad y de su relación con la naturaleza y, con ello, el manejo del principio del organismo en la agricultura.
Übersetzung
El cambio del principio del organismo hasta la Edad Moderna
En el cristianismo originario de los primeros siglos, el impulso del Cristo asió y penetró el alma racional o del ánimo de las personas receptivas a él dentro de la cultura grecorromana. El sentimiento de la personalidad se colmó, en un vigoroso fortalecimiento interior del Yo, de una interioridad que calienta. En los primeros cristianos, el cultivo del llegar a ser conscientes de la habitación del impulso del Cristo en el alma humana ocupaba el primer plano. Este impulso significó un sacudón en el despertar del Yo. En este estado anímico germinal es probable que la disposición interior en cuanto a la índole esencial de la entrega individual a planta y animal, tierra y cosmos haya experimentado una transformación. Visto el conjunto, la agricultura continuó sin embargo su curso habitual. Solo tras el declive del Imperium Romanum y tras las corrientes de las migraciones de los pueblos se había el impulso cristiano tan profundamente incorporado a personas concretas que comenzaron a plantarlo en la tierra mediante el trabajo de sus
es podría interpretar más o menos en este sentido: un hombre como Columbano, que llevaba en sí el impulso de Cristo con el alma purificada y en fortalecimiento interior del Yo, no puede tolerar que a su alrededor reine la ¿wildness?. Lo exterior debe ser llevado a un consonancia armónica con lo interior — un acto artístico. El Yo, impregnado de Cristo y que se va haciendo consciente de sí mismo, se amplía y toma posesión activa de su entorno; se vive en ese entorno y llega a ser anímicamente consciente de él en el reflejo de esa vivencia.
El encuentro y compenetración de las dos corrientes del cristianismo — la exotérica y la esotérica — creó durante más de 200 años, del siglo VII al IX d. C., en la Reichenau un centro cultural que irradiaba sobre toda Europa. La abadía benedictina se convirtió en la «escuela diplomática» de Europa, cultivó relaciones, entre otros, con la corte de Carlomagno y estuvo conectada con la corriente del Grial. En torno al lago de Constanza surgieron en gran densidad los asentamientos de las más diversas órdenes monásticas. En la Alta Edad Media, los paisajes en torno al lago de Constanza fueron llamados «el jardín de Dios en el centro de la cristiandad». Aquí surgió el arquetipo del paisaje cultural.
Punto y periferia
En el devenir de los paisajes culturales europeos subyace un impulso eminentemente cristiano: la transformación artística de la naturaleza silvestre en naturaleza cultivada según el principio de punto y periferia. Es este el principio formativo de toda formación del organismo — por ejemplo, núcleo celular-citoplasma o embrioblasto-trofoblasto en el desarrollo embrionario. Con el ejemplo del surgimiento de la aldea y de sus tierras comunales esto se aclarará: si nos trasladamos a la época posterior a las Grandes Migraciones y anterior al primer gran período de roturación en los siglos VII y VIII, entonces extensas regiones de Europa eran paisajes de bosque y pantano, escasamente poblados por seres humanos que en su mayoría no participaban del refinamiento que moldea el cuerpo y el alma como los miembros de las grandes civilizaciones antiguas precristianas. Al igual que la fuerza primordial de la naturaleza, habitaba en estos pueblos primitivos una fuerza indomable, una energía combativa impulsiva, una psique aún sin forma, belicosa, fuertemente ligada a las fuerzas de la sangre. Pero el Yo — el núcleo eterno del ser humano —, como un capullo que se abre al rayo del sol, era receptivo a los impulsos espirituales que apuntan hacia el futuro. A esta constitución anímica, informe y al mismo tiempo abierta al espíritu, le salió al encuentro, solitario a través de la elementaridad silvestre de los paisajes boscosos
El monje que avanzaba hacia él, llevando en su alma purificada el impulso del Cristo. Se le ve quizás detenerse junto a un manantial, en un lugar primigenio sagrado, pagano; abre una pequeña claro en la oscuridad del bosque y se construye toscamente una capilla, cuyo espacio interior alberga el altar. Se ve cómo se acercan personas desde el bosque y reciben instrucciones que experimentan como un alimento espiritual para su Yo, que despiertan en ellos la voluntad yoica de trabajar, que los convierten en colaboradores del Uno, del monje. Comienzan a roturar con él el bosque, drenan el pantano cercano y cultivan en el claro ahora iluminado por el sol plantas a partir de semillas que reciben como bien cultural ajeno de manos del monje. Se ve cómo pronto la capilla de madera cede su lugar a una construcción románica de piedra, que con su maciza y poderosa mampostería y sus estrechas aberturas de ventana se refugia protegiéndose de las fuerzas naturales aún no apaciguadas en torno. Y finalmente se advierte que alrededor de ese punto central fundado y bautizado con un nombre surgen granjas de labradores y talleres artesanales. La aldea ha nacido, con la capilla o iglesia en el centro y las tierras comunales del pueblo como periferia.
En el período siguiente, hasta los siglos IX y X, la formación anímica de los seres humanos se transformó bajo este impulso cultural que ascendía. La valentía desenfrenada e impetuosa se interiorizó y se transformó en la fuerza anímica de la humildad. Y el Yo — que al penetrar y ennoblecer el cuerpo y el alma se hacía consciente de sí mismo en grados cada vez mayores — arrancó de sí, ante el ser humano y ante el mundo, la «pregunta». La historia de Parsifal describe este giro. El joven Parsifal entra en el mundo como «necio inocente». Con valentía acepta el combate contra cualquier adversario sin saber quién es. Solo después del combate, vencedor y vencido levantan la visera y se dan a conocer. La acción precedía al conocimiento. La peregrinación de Parsifal conduce a través del error, la duda y el sufrimiento hacia el despertar del Yo, hacia la pregunta: «¿Quién soy yo, qué te falta?» La apertura anímica a la pregunta en el lugar justo y en el momento justo eleva a Parsifal al rey del Grial, al Yo que, pleno de espíritu, se domina a sí mismo. Así como en el mundo griego la inflexibilidad del destino de Orestes o Edipo anuncia la tragedia de una época que llega a su fin, así se revela en el desarrollo del destino de Parsifal, en metamorfosis plena, el camino hacia el futuro de la libre autodeterminación.
Entre los monasterios, el monaquismo benedictino, y los palacios reales, la realeza, surgieron ahora las comunidades aldeanas. En ellas aparece, en forma transformada y en un nivel superior, el conjunto de la vida agrícola
Erbe der vorchristlichen Kulturepochen. En el centro del término, elevándose por encima de los tejados a dos aguas de la aldea, se yergue la iglesia con su torre y su nave, una obra de arte en doble sentido: vertical y ascendente se alza la torre, imagen plasmada hacia afuera del vivenciar interior del Yo; horizontal se extiende la nave, proyección del vivenciar anímico en comunidad. Esta fijación de un centro es una obra de construcción de toda la comunidad aldeana. Lo que surge así — como acto bautismal de un lugar terrenal en medio de una naturaleza silvestre — es la completa inversión de la obra de arte consumada de la época precristiana: el templo griego. Del mismo modo que éste presentaba su alta estética hacia afuera, de manera excelente en la composición de las columnas, pero mantenía el interior — la cella, la morada de la divinidad — sustraído a la mirada profana mediante una muralla casi hermética, así en la basílica románica el exterior aparece firmemente amurallado, las columnas han sido llevadas hacia adentro, y el espacio interior queda abierto a la comunidad. La fuerza artística del alma racional-afectiva de cada individuo dentro de la comunidad aldeana estaba impregnada del vivenciar icónico del cristianismo popular esotérico que actuaba subterráneamente, y estaba sostenida y sustentada por el cristianismo exotérico institucional que actuaba de manera preeminente en el monaquismo y en la nobleza. Ambas formas de vivenciar se unificaban y concentraban hacia adentro en el centro del término, y creaban para la comunidad y para el acontecer cultual en el altar una envoltura formal de configuración artística.
Pero era esa misma fuerza artística la que se volvía hacia la periferia, hacia el término de la aldea. También aquí se produce una inversión. Afecta a la corriente pastoril y a la corriente agrícola — polares entre sí — así como a las corrientes de horticultura y fruticultura de la época precristiana, entrelazadas de manera laxa y no fijadas en un centro.
Vemos cómo ahora en torno a la iglesia, que forma el centro, se agrupan las granjas campesinas. El nomadismo de antaño no tiene continuación en el cristianismo. El pastor errante se hace sedentario junto con su ganado bovino, como ya era el caso entre los celtas y germanos seminómadas con sus aldeas dispersas. A partir de ahora, los bovinos viven bajo el mismo techo que el ser humano. La ganadería, dentro de la clausura del término de los campos, entra en relación con el cultivo de la tierra, los prados y los pastizales. Se consuma — bajo la conducción de un mismo ser humano — la unión, la «boda» incluso, de la agricultura y la cría de ganado. La oposición entre los hermanos enemigos Caín y Abel queda superada. Y a continuación, la horticultura se articula en tiempos poscristianos dentro del organismo aldeano en devenir

en. Los huertos campesinos se disponen, en continuidad con las granjas, como una orla en torno a la aldea. Aquí se reúne, en el espacio cercado, el patrimonio cultural transmitido de especies de hortalizas, flores, plantas medicinales y bayas; aquí estaba el lugar de la apicultura; de aquí salían en enjambre las abejas hacia la demarcación de la aldea circundante, realizaban la polinización y traían la miel.
Del mismo modo que la cría de animales y la horticultura, en el tránsito por el Cambio de los Tiempos, se fueron conformando como órganos de un organismo de orden superior en devenir, así también el cultivo de frutales. Se dispuso, en continuidad con los huertos, como una orla adicional — en ricos cultivos de árboles de tronco alto — en forma de praderas frutales en torno a la aldea. En las inmediaciones de los establos, esas praderas frutales suministraban al mismo tiempo el forraje verde fresco para la alimentación de las crías.
Más allá de las praderas frutales se abría el término de la aldea hacia la campiña abierta, hacia los prados y pastizales, en las vegas, riberas o en las franjas que acompañaban arroyos y ríos. Estas tierras de prado, al igual que los cultivos del tierras de labor, se articulan — mediados por los benedictinos — como órganos en el organismo aldeano. Fecundados por el impulso del cristianismo, el cultivo de la tierra y la cría de ganado, la fruticultura y la horticultura, la economía de praderas y pastizales, el cultivo de setos y bosques, así como la economía de aguas, se cierran en
un todo, en el organismo cerrado en sí mismo de la agricultura. La «piel exterior» de este organismo hacia el bosque colindante o hacia las demarcaciones de las aldeas vecinas queda señalada por mojones, y donde desde una altura se abre una vista libre, desde la lejanía saludan las torres de las iglesias de las dorfschaften vecinas.
Desde la fuerza de conciencia del alma racional-afectiva penetrada de cristianismo se elevan los elementos de la agricultura precristiana a un nivel cultural superior. Entran en el organismo aldeano o en la granja individual en una relación de fomento recíproco. Esto resulta más evidente en el antiguo contrasentido primigenio entre el cultivo de la tierra y la cría de ganado. Los animales domésticos están ajustados en especie y número a la base forrajera disponible. Ellos suministran el abono, que junto con la rotación de cultivos de tres campos — cultivo de invierno, cultivo de primavera y barbecho —, apoyado por el laboreo con el arado, garantiza la fertilidad perdurable autóctona del suelo. Todo está en una relación de mutua dependencia espacial y temporal: sobre el miembro del ciclo de rotación que es el barbecho — que significa un año de reposo para el suelo — crece, tras un pase de rastra en primavera, una vegetación espontánea de hierbas, gramíneas, trébol, etc., que durante el verano es pastoreada por ovejas y bovinos y al mismo tiempo fertilizada por ellos. Esta tierra de labor en pastoreo recibe, antes del volteo y la siembra del cultivo de invierno en otoño, el abono adicional procedente de la estabulación del período otoño-invierno precedente. En el segundo año se tienen como fruto panificable los cereales de invierno, que al mismo tiempo suministran principalmente la paja para la yacija del establo, y en el tercer año se tienen, como «fruto agotador», los cereales de verano, así como leguminosas, lino, linaza, etc. La superficie de labor en conjunto está dividida en aproximadamente tres partes iguales, sobre las cuales se encuentran simultáneamente los cultivos que se van sembrando sucesivamente en cada una de las tres partes en intervalos de tres años (Figura 2). La economía de los tres campos fue hasta la Edad Moderna la garante de una fertilidad del suelo que se renueva de año en año, que trasciende el mero nivel natural. Los prados, que procuraban el heno para la alimentación de invierno en el establo — con lo cual se generaba estiércol para la tierra de labor — eran llamados «la madre de la tierra de labor».
Igual que células vivas con núcleo y plasma envolvente se agrupan en totalidades superiores, por ejemplo una planta, así también las comunidades aldeanas conforman la unidad superior del paisaje cultural. Todos los paisajes europeos han recibido impreso su propio carácter cultural bajo el influjo del cristianismo. Constituyen un tejido celular creado a lo largo de siglos por el espíritu y la mano del ser humano,
den Carácter der Kulturlandschaft.
Los organismos de las granjas individuales y de las comunidades aldeanas. Su hora natal fue entre los siglos VII y X; en los paisajes de bosque de la Europa central, el siglo XII.
Así, el organismo aldeano — o, en caso de hábitat disperso, la parroquia rural — presenta un interior y un exterior. El vivir esta polaridad marcó el trabajo cotidiano en el establo y en el campo. En entrega perfecta de la *alma racional-afectiva*, el trabajo formó un puente entre ese interior y ese exterior. Eran las mismas manos que tallaban con maestría la piedra para la construcción de la iglesia, que pintaban los frescos, que creaban las vidrieras de colores, las mismas que afuera atendían el ganado, labraban el campo y configuraban con igual maestría los paisajes culturales. Era la misma conciencia la que captaba la construcción de la iglesia como centro y la tierras comunales del pueblo como periferia, y unía ambos polos mediante el trabajo, mediante el *«ora et labora»*, en la totalidad del organismo aldeano. Lo que el alma individual, lo que toda la comunidad del pueblo vivía como acción sagrada ante el altar, eso fluía dentro del trabajo y le confería en la granja y en el campo impulso espiritual y el sentido de ordenar con mesura y en armonía y belleza el entramado de relaciones de la agricultura, la ganadería, la horticultura, la fruticultura y la silvicultura, así como la economía de praderas y pastizales.
con creciente individualización de los distintos pueblos la impronta del espíritu del pueblo, del alma del pueblo y del carácter popular que en cada caso impera.
La migración de los pueblos tuvo como consecuencia, al norte de los Alpes, la decadencia y destrucción de todas las ciudades fundadas por los romanos: la nueva forma de asentamiento que surgía desde la actitud anímica cristianamente impregnada del *«ora et labora»* fue el pueblo. Solo más tarde, en los siglos X y XI, en conexión con sedes nobiliarias, monasterios y plazas de comercio centrales, dotados de privilegios especiales, algunas aldeas se convirtieron en ciudades. El comienzo lo marcó el establecimiento de una capilla como centro y la puesta en cultivo de un trozo de naturaleza silvestre en torno a ella, seguidos de la construcción de una basílica románica y el asentamiento de las granjas campesinas orientado hacia ella, junto con el territorio circundante, delimitado hacia el exterior. En la medida en que el centro, la iglesia, con su torre y su nave se elevaba y se configuraba en plástico-artística configuración, en esa misma medida se configuraba y articulaba la que antaño fuera exuberante naturaleza silvestre de la demarcación en naturaleza cultivada. Este desarrollo de armoniosa y creciente elevación artística alcanzó su punto culminante con el advenimiento del Gótico. En el Románico aparece en rasgos germinales, en imagen refleja artística, lo que en los seres humanos fue revelándose e interiorizándose gradualmente, en humildad y entrega, como la esencia más profunda del cristianismo. El impulso del Grial, surgido de la corriente del cristianismo esotérico en los siglos VIII y IX, penetró las almas de los seres humanos y despertó en ellos en alto grado la fuerza de la interiorización. En el Gótico florece desde esta intimidad de la vida anímica una inaudita fuerza formativa artística. La torre se eleva aún más, filigrana, hacia las alturas; la larga y elevada nave eclesiástica, de múltiples naves y amplias proporciones, con transepto y coro, envuelve un espacio interior poderoso, inundado de luz de colores que fluye hacia dentro, a través de las escenas bíblicas y las figuras de los santos en los vitrales, como desde un mundo superior. ¿Cómo habrá de haberse vivenciado allí el ser humano campesino, que moraba en sencillez, aplastado hacia la tierra, a los pies del imponente edificio? Hacia fuera se ofrecía a su mirada la naturaleza configurada por la obra de sus manos en sus formas y colores; al penetrar en el espacio interior del elevado edificio, percibía formas y colores de índole completamente distinta. A su contemplación intuitiva se ofrecía, en elevada configuración artística, una imagen refleja de su propio vivenciar anímica y espiritual-anímicamente.
En el Gótico alcanza la configuración del centro en el entorno de la demarcación que le pertenece su punto culminante. El que surge pura y exclusivamente desde el interior
el ser humano desde su vivenciar anímico íntimo se eleva en sublimación artística sobre el paisaje circundante. Las catedrales góticas, las grandes iglesias, los münsters y las iglesias aldeanas, así como los edificios anteriores del Románico, no cierran un espacio paisajístico como el templo griego, sino que son, en un sentido superior, el órgano central de un organismo total que incluye la naturaleza terrestre circundante. Esto puede hacerse claramente visible cuando uno se acerca caminando desde lejos a edificios como Chartres, el Münster de Estrasburgo o el de Ulm —imaginando suprimido el entorno urbano actual— o a cualquier pequeña iglesia aldeana.
En el Gótico del período medieval alto estaban también desterrados los últimos vestigios de una naturaleza silvestre desbordante, y ennoblecidos mediante trabajo querido por el Yo en un «jardín de Dios». Ante la abundancia de esculturas en los pórticos y en los nichos, ante las entidades espirituales que emergen vivas de los capiteles, ante la ornamentación vegetal que decora con profusión la piel exterior de los edificios, uno puede llegar a la impresión de que las fuerzas formativas vivientes, sobrantes, liberadas y purificadas de la naturaleza circundante, hubieran fluido hacia el edificio, hacia las manos esculpidoras y pintoras de los artistas. Como esos mismos edificios, también el paisaje cultural queda ahora consumado con ellos. Así como en el Gótico las altas ojivas ascendentes tienen una clave de bóveda —en el Románico es el arco de medio punto quien como totalidad carga—, así el Gótico mismo constituye en su conjunto la clave de bóveda en el desarrollo del principio del organismo como elemento formativo fundamental de los paisajes culturales del Occidente cristiano, y al mismo tiempo la clave de bóveda de la Edad del alma racional o del ánimo.
El principio del organismo en la Edad Moderna
Descomunales convulsiones señalan el umbral de paso hacia la Edad Moderna, hacia el tiempo del alma consciente. Europa comienza a articularse en Estados nacionales. El acto de la Doncella de Orleáns (1412–1431) inicia el proceso de separación territorial entre Francia e Inglaterra; los navegantes de los reinos de España y Portugal abren las rutas marítimas hacia tierras lejanas; de un pensar que abstrae se fundan las ciencias modernas; Copérnico (1473–1543) «hace girar la Tierra alrededor del Sol»; la Iglesia y la nobleza caen en la ortodoxia; ambas reclaman sus privilegios y se disputan el poder; las ciudades crecen y con ellas la burguesía. Las artes reflejan el vuelco de conciencia con mayor nitidez: la pintura de fondo de oro, imagen del irrumpir de lo eterno en lo temporal, es desplazada, por ejemplo, por la
perspectiva espacial. La empiria, la contemplación intuitiva de los sentidos, inicia su marcha triunfal. El campesinado busca liberarse de la hegemonía de la Iglesia y la nobleza para, preservando su tradición popular y el cristianismo popular inspirado en fuentes esotéricas, recorrer caminos propios de libre autodeterminación. Despunta la era en la que el hombre se ve colocado cada vez más en el enfrentamiento consciente con el mal, en la oposición entre las fuerzas que promueven el desarrollo y las retardatarias, las que lo niegan.
Esta oposición se hace visible con respecto al principio del organismo ya desde el comienzo mismo del siglo XV. Por un lado vemos cómo españoles y portugueses, a partir de las Islas Canarias, conocidas de tiempo atrás, trazan con sus grandes veleros cada vez mayores círculos osados hacia el Atlántico, y cómo fueron los portugueses quienes en 1425 descubrieron entre ellos la isla de Madeira. Estaba deshabitada y portaba un manto rico en especies de bosques vírgenes, un «organismo en el crecimiento natural» crecido desde tiempos inmemoriales. Poco después, entre 1426 y 1428, los primeros colonos campesinos de Portugal arrasaron con el fuego el biotopo natural único de la isla, trajeron a los indígenas de las Islas Canarias, los guanches, los redujeron a la esclavitud, los obligaron a tender una red de canales de riego y a cultivar caña de azúcar en monocultivo por toda la isla, que, transformada en azúcar de caña, encontraba como producto de exportación bienvenida salida en el continente y sobre todo en Inglaterra.[52] Aquí, como en una célula germinal, se cumple de modo sintomático lo que en los siglos siguientes habría de conducir, a gran escala, en el Nuevo Mundo a la apropiación de tierras, a las talas masivas, al monocultivo, la esclavización, el comercio de esclavos y los mercados de exportación de alimentos: una forma temprana de un industrialismo agrario y, en su decadencia, una repetición de corrientes de desarrollo precristianas, fundadas culturalmente.
Por otro lado vemos cómo, sobre todo en Europa central, los campesinos luchaban por su libertad frente a la hegemonía de la Iglesia y la nobleza, y buscaban salvar sus conquistas culturales a través del umbral de la Edad Moderna. De las comunidades aldeanas, que habían dado el tono en el alto medievo, se fueron cristalizando desde el siglo IX y X aquí y allá ciudades. En ellas se desplegó con la burguesía, con la entrada del derecho romano y desde los siglos XIII y XIV con la fundación de universidades, una vida cultural emancipada de la naturaleza — distinta de aquella que en las comunidades aldeanas, como creativa
Kraft aus dem Volkstum fortlebte. Dieses suchte sich im Übergang in das Zeitalter der Bewusstseinsseele einen anderen Weg der kulturellen Entfaltung und fand seinen eigentlichen, mitteleuropäischen Ausdruck in den «freien wirtschaftlichen Dorfgemeinschaften».[53] Diese haben sich von der Fremdbestimmung der hegemonialen Mächte befreit und sind die Frucht der dörflichen Entwicklung seit dem Ende der Völkerwanderung.
In den freien wirtschaftlichen Dorfgemeinschaften kam im 15. Jahrhundert aus den Kräften des Volkstums eine wechselseitig sich fördernde Natur- und Sozialordnung kurzzeitig zur Blüte.
Neben der bereits beschriebenen organismischen Naturordnung mit Mittelpunkt und gegliedertem Umkreis der Dorfgemarkung, hat sich der Anlage nach eine dreigegliederte Sozialordnung herausgebildet. Unter der Oberfläche des historisch fassbaren katholischen (petrinischen) Christentums lebte ein Volkschristentum, aus dessen Quellen die Volksseele ein Geistesleben pflegte, das von Mund zu Ohr ging, das sich in bildhaften Erzählungen, geistigen Erlebnissen und Ahnungen, in Sagen und Legenden, in Volkspoesie und -musik etc. darlebte. Aus eben dieser Quelle entsprang ein Rechtsleben, das im Rechtsgefühl jedes Einzelnen wurzelte, das ungeschrieben von Mund zu Ohr ging und jährlich neu bestimmt beziehungsweise bestätigt wurde. Es
Las «libres comunidades aldeanas económicas» de comienzos de la Edad Moderna llevan en sí el germen de una configuración de la vida social hacia el futuro en el sentido de la «Trimembración del organismo social».[54] Este florecimiento de una espiritualidad propia, popular, de la vida social en las comunidades aldeanas estaba orientado a inaugurar un desarrollo de democracia de base en Europa Central, similar al que se fue configurando en Suiza. Los más nobles de la época, como por ejemplo Matthias Grünewald (1470–1528), Tilman Riemenschneider (1460–1531), Paracelso (1493–1541) y muchos otros, se solidarizaron con los campesinos. Pero a ello se oponían las fuerzas retardatarias de la Iglesia y la nobleza. El conflicto se descargó en las Guerras Campesinas de 1524 a 1525. Lo que como impulso germinal, renovador de la cultura, podría haberse puesto al lado de las ciudades en ascenso, fue ahogado en sangre. La Contrarreforma hizo lo suyo para sofocar en el germen todo ulterior intento de independencia. El derecho romano asumió su hegemonía también en el campo. El suelo y la tierra se convirtieron, en el entendimiento jurídico vigente, en propiedad privada y con ello, poco a poco, en mercancía vendible.
Pero entonces, en torno al giro del siglo XV al XVI, irrumpe nuevamente un impulso de reforma social. El escrito de Valentin Andreae (1586–1654) «Las bodas químicas de Christian Rosenkreuz» circuló de mano en mano desde aproximadamente 1604. Fue publicado en 1616 en Estrasburgo.[55] Hace referencia a Christian Rosenkreutz (1378–1484) y su iniciación
Dann aber, um die Wende des 15. zum 16. Jahrhundert, bricht erneut ein sozial-reformerischer Impuls auf. Die Schrift von Valentin Andreae (1586– 1654) «Die chymische Hochzeit des Christian Rosenkreuz» kommt seit etwa 1604 unter der Hand in Umlauf. Publiziert wurde sie 1616 in Straßburg.[56] Sie nimmt Bezug auf Christian Rosenkreutz (1378–1484) und dessen Einweihung
En 1459. Al mismo tiempo se fundó la «Hermandad de la Rosa Cruz». Esta reunía a unos pocos individuos, que permanecieron en el anonimato y que no se manifestaban hacia afuera mediante una doctrina —como sí lo hacía, por ejemplo, Paracelso (1493–1541)—, sino que se ponían al servicio de sus semejantes, en lo oculto, desde inspiraciones espirituales y de manera desinteresada. Presumiblemente del mismo autor Valentin Andreae (1586–1654) aparecieron otros escritos rosacruces: así, en 1614 la Fama Fraternitatis (dirigida a «los príncipes, los estamentos y los eruditos de Europa»), en 1615 la Confessio y en 1617 la Reforma General y Universal del mundo entero. En esta «Reforma General» surgida del espíritu del Rosacrucismo volvían a emerger, desde el anonimato, aquellos impulsos que de manera subterránea habían puesto en el siglo XV el germen de la triplicidad de la vida social en las libres comunidades aldeanas económicas.
Lo que del Rosacrucismo podría haberse convertido en algo pionero para el siglo XVII —esos impulsos espirituales que captaban con igual penetración el espíritu actuante en la naturaleza y en la vida social—, fue aniquilado por la tremenda calamidad de la Guerra de los Treinta Años y sus consecuencias. Esta guerra devastó Europa Central siguiendo la estrategia de tierra quemada. Muchas aldeas se convirtieron de manera permanente en páramos; el 40% de la población rural[57] y el 33% de la población urbana habían caído víctimas de los horrores del hambre, las epidemias y las acciones bélicas. Las reservas de semillas y cereales panificables fueron saqueadas repetidas veces o destruidas mediante el saqueo incendiario, los animales arrastrados por los ejércitos que atravesaban el territorio, los pozos envenenados con cadáveres de animales arrojados a ellos. Aún hasta el final del siglo, cincuenta años después de la Paz de Westfalia de 1648, imperaban hambrunas en muchos lugares. La Guerra de los Treinta Años rompió físicamente la espina dorsal de la antigua cultura agraria de Europa Central. Mucho de la sabiduría popular se perdió, y solo con gran esfuerzo pudo, a partir del acervo de experiencia que sobrevivió, volver a despertar a una nueva vida el principio del organismo en las aldeas y en las granjas individuales. El Dottenfelderhof, por ejemplo —a diez kilómetros del centro de Fráncfort del Meno, perteneciente como granja de abastecimiento al monasterio premonstratense de Ilbenstadt—, fue completamente arrasado. Solo en 1707 se procedió a la reconstrucción de la casa principal con sus dependencias habitables y el granero, y en 1742, casi cien años después de la guerra, el conjunto de edificios quedó restaurado, esta vez como granja-fortaleza cerrada herméticamente.
Tras las profundas fracturas del siglo XVII, el siglo XVIII trajo con la Ilustración también un despertar en la agricultura. En su primera mitad floreció la llamada literatura de los *Hausväter*[58] —los «padres de familia»—, que, mirando hacia atrás sobre los *Weistümer* perdidos, trataba de comprender todavía la agricultura como un todo orgánico, éticamente fundado. En la segunda mitad del siglo XVIII pasó al primer plano la economía experimental.[59] Se procuró retener lo que, en el marco de la cohesión organísmica, se revelaba empíricamente como racional, y que preparó así el terreno para las ciencias agrarias en ascenso durante el siglo XIX. Tras la prolongada depresión que siguió a los trastornos de la Guerra de los Treinta Años, la agricultura tomó nuevo impulso en el curso del siglo XVIII. Al margen del manejo de una práctica más racional y más penetrada de pensamiento, la mejora de las condiciones de vida debía agradecerse principalmente al «aprovechamiento estival del barbecho». En el marco de la economía de tres hojas, que se continuaba practicando, los barbechos se sembraron con cultivos de escarda —patatas— y sobre todo con trébol. Mediante el cultivo forrajero en campo abierto aumentó la fertilidad del suelo, los rendimientos subieron y la miseria cedió ante un modesto bienestar.
En la Ilustración del siglo XVIII ascendió desde lo oculto del movimiento rosacruz y otras corrientes espirituales afines —como representante puede nombrarse al teólogo y «teósofo» Friedrich Oetinger (1702–1782)[60]— algo hacia la conciencia social. El idealismo alemán bebió de estos substratos espirituales en la filosofía, la poesía, la ciencia y las artes. De esos mismos substratos emergieron los ideales que estaban al comienzo de la Revolución Francesa, los llamados a la libertad, la igualdad y la fraternidad. Son, en forma transformada, los mismos que estaban dispuestos en la trimembración de las libres comunidades aldeanas económicas de los siglos XV y XVI, los mismos que a comienzos del siglo XVII impulsaron los esfuerzos de los rosacruces hacia una «Reforma general»,[61] los mismos que Goethe (1749–1832) elaboró poéticamente en su *Wilhelm Meister*, en *Hermann und Dorothea* y otras obras. También estos llamados, que fluyeron a través de los siglos desde la corriente de un saber esotérico, también ellos naufragaron en las fuerzas
también ellos se disiparon en cruentas luchas y concluyeron una vez más con la victoria de la Restauración.
¿Qué desarrollo tomó, sobre el fondo de este acontecer histórico, la agricultura? Su fundamento, el principio del organismo, se mantuvo. Pero sin una fuerza de impulso espiritual que lo siguiera actuando, quedó como mera tradición: los paisajes culturales surgidos del quehacer campesino tuvieron que ser conservados en el avance de los siglos con el mismo esfuerzo penoso que los edificios de las iglesias románicas y las catedrales góticas que en su tiempo formaron con ellos una unidad. Primero, gota a gota, algunos hombres valientes hicieron su hatillo y emigraron hacia las ciudades que ascendían. Pero después, a partir del siglo XVII, los siguieron en oleadas de emigración al llamado de que «el aire de la ciudad hace libre». Aceptaron la pérdida del cobijo y de la paz aldeanos; se esforzaban por salir de la estrechez y la falta de libertad de la vida ligada a la naturaleza, y buscaban, en la inseguridad existencial, la libre autodeterminación en los oficios que estaban naciendo. De un modo ejemplar y que llega al corazón, describe este solitario camino hacia lo incierto el que luego sería oculista y poeta Jung-Stilling (1740–1812),[62] a quien Goethe ayudó con resoluta intervención a salir de más de una necesidad existencial. Cada vez más, las ciudades fueron succionando a los hombres de la agricultura; la vida académica, las ciencias naturales florecieron, y con ellas la aplicación técnica de las leyes reconocidas de la naturaleza inorgánica. Frente a la orientación plenamente humana y universal del trabajo en la agricultura, los hombres se sumergieron ahora en el mundo de la industria con su división del trabajo. Ellos, que aún estaban por entero ligados a la conciencia popular, se vieron desafiados, en la inseguridad existencial, a una autoconciencia individual. Del campesino nació el hombre moderno, emancipado; el proletario. Este no podía ganar del proceso de la división del trabajo nada más que su salario: ni la cultura humanística de su tiempo pudo darle respuesta a sus preguntas vitales, ni tampoco las ciencias naturales, que ante la pregunta de su ser humano lo hacían descender del mono. En el avance de la Edad Moderna, el campesinado se hunde en una tradición ligada a la herencia, de la que ya no surgían impulsos renovadores. Esta tragedia caracteriza el curso del desarrollo en los siglos XIX y XX. Ya la besommerung de la tierra en barbecho con trébol en el siglo XVIII fue un impulso que venía de fuera, que encontró resistencia, no en último lugar por el hecho de que la
la otrora flexible rotación trienal había quedado paralizada en sí misma por el régimen de propiedad del derecho romano.
Un ejemplo de hasta qué punto el espíritu de conservación era enemigo de toda innovación nos lo ofrece, a comienzos del siglo XIX, el intento de introducir la sembradora en la altamente desarrollada cultura agraria de Flandes. Este intento fracasó en un principio; los campesinos sentían instintivamente esa pretensión como una irrupción en la identidad geistig-moralische — geistig-moral del labrador, que a la tierra removida, con paso mesurado y ritmo oscillante, le confiaba la simiente, y que al mismo tiempo acompañaba ese acontecer con la disposición interior de su alma y de su espíritu, dándole su bendición. Cuán distinto el constructor de la sembradora, que, llegando de fuera, desde la ciudad, descompone el acto de sembrar, en abstracción conceptual, en sus funciones. De ahí construye una máquina que ha de cumplir las siguientes funciones: depositar una determinada cantidad de simiente de determinado tamaño de grano, en una determinada unidad de tiempo, a una determinada profundidad en el suelo, y cubrirla con tierra.
En el siglo XIX, las ciencias naturales y la técnica fueron asumiendo paulatinamente la dirección sobre una agricultura que había quedado alienada de sus impulsos espirituales. Ya desde el principio se fundó una facultad de agricultura tras otra. En primer plano estaba la pregunta por lo que se había llamado la «vieja fuerza del suelo», y de ahí la pregunta por el abonado. Se quería comprender qué había otorgado a los suelos, a lo largo del tiempo, la fertilidad perdurable. Se había perdido de vista la integridad del organismo agrícola y la acción conjunta de sus miembros, y se buscaban factores aislados. Se reconoció la importancia del humus como portador de fertilidad. Para investigar experimentalmente esta cuestión de la fertilidad perdurable del suelo, se estableció en Kent, en Inglaterra, en 1853, el ensayo de abonado de larga duración de Rothamsted. En una parcela con estiércol de establo se suspendió el abonado al cabo de cierto tiempo, y cincuenta años después todavía podían constatarse efectos residuales de aquel abonado de antaño.[63] Con ello, y también mediante ensayos de larga duración realizados posteriormente en otros lugares,[64] se confirmó que la «vieja fuerza» se debe esencialmente a la ganadería bovina dentro del organismo agrícola.
A través de las investigaciones del químico Justus von Liebig (1803–1870), la atención en la cuestión del abonado se dirigió hacia la importancia de las sustancias individuales. De sus análisis del producto de la cosecha concluyó que los suelos
de una granja pierden en nutrientes tanto como contienen los productos vendidos.[65] De esta conclusión fundamentó su teoría de la fertilización mineral, según la cual el nutriente que se encuentra en el mínimo limita el rendimiento. Liebig, que tenía un pie aún en el idealismo alemán y el otro en el materialismo emergente de la segunda mitad del siglo XIX, estaba convencido de que la pérdida de los nutrientes centrales ligados al suelo — fósforo, potasio y otros — debía reponerse al suelo mediante el abonado. Distinto fue su juicio, contrariamente a la doctrina dominante, sobre el nitrógeno. De éste debía ocuparse la naturaleza misma. Frente a él se alzaban sus contrincantes, los defensores de la fertilización nitrogenada, que con el tiempo se impusieron. Una reivindicación póstuma para Liebig fue la realización y confirmación de sus tesis por el agricultor Schultz-Lupitz (1831–1899),[66] quien tras décadas de empeño logró mejorar significativamente el nivel de rendimiento de los extremadamente pobres suelos arenosos de Lupitz mediante una profundización del perfil de humus.
El efecto favorable de las leguminosas como cultivo precedente siguió siendo un enigma hasta finales del siglo XIX, hasta que en 1886 Hellriegel (1831–1895) publicó su descubrimiento de las bacterias de los nódulos fijadoras de nitrógeno, que viven en simbiosis con las raíces de las leguminosas. Pese a estos conocimientos, provenientes tanto de la ciencia como de la práctica, sobre la fijación de nitrógeno del aire como un acontecer en lo viviente, todo el empeño se concentró en la pregunta de cómo podría transformarse el nitrógeno del aire, soslayando lo viviente, por vía técnica en la forma de una sal. Pues no se trataba solo de ganar este, el más codiciado de todos los materiales fertilizantes, para la agricultura, sino igualmente para la fabricación de explosivos. El único yacimiento explotable de sales de nitrógeno en forma de nitrato de sodio que existe en el mundo se encuentra en el desierto de Atacama, en Chile — una fuente remota y sumamente cara para la creciente demanda del siglo XIX.
Así, las ciencias naturales y la técnica actuaron desde el siglo XIX hacia el interior de la agricultura desde fuera, y se convirtieron en el siglo XX en el allanador del camino de la enajenación de la agricultura respecto de sus impulsos de desarrollo más propios y sus condiciones de producción, y finalmente en la causa de su hundimiento en el industrialismo agrario. El agente en este camino es
el nitrógeno, al que siguieron más tarde, desde los años sesenta, los herbicidas sintéticos, los pesticidas, los reguladores del crecimiento del tallo, etc., así como la ingeniería genética.
A comienzos del siglo XX se oxidó en Noruega nitrógeno del aire en hornos eléctricos según el procedimiento Birkeland-Eyde. Resultó demasiado costoso. El químico Fritz Haber (1868–1934) elaboró entre 1905 y 1910 en la BASF de Ludwigshafen del Rin los fundamentos científicos de la síntesis de amoníaco a partir del nitrógeno del aire; su socio, el ingeniero Carl Bosch, creó para esta síntesis hasta 1913 las instalaciones de producción a gran escala. En este procedimiento Haber-Bosch, que lleva su nombre, el nitrógeno del aire es forzado a reaccionar con hidrógeno gaseoso en hornos de contacto a una presión de 200 bares y temperaturas de 500 a 600 °C en presencia de catalizadores. Se ve cómo el nitrógeno del aire, extraordinariamente inerte en su capacidad de reacción, que las leguminosas activan de manera silenciosa y suave en los ritmos cósmico-terrestres del año solar para el proceso vital de la formación de proteínas, es aquí forzado con violencia, en el plano inorgánico-técnico, con un elevado gasto de energía e independientemente de lugar y tiempo, a formar un compuesto de alta reactividad. Este descubrimiento, como más tarde el de la liberación de la energía nuclear, abre fuerzas de la sub-naturaleza al arbitrio humano, cuyo manejo deja en adelante huellas de destrucción en la obra de la creación de la naturaleza.
La síntesis de amoníaco había madurado técnicamente en cuanto a su producción justo antes del estallido de la Primera Guerra Mundial, con lo que hizo a las Potencias Centrales independientes de las importaciones de salitre de Chile y volvió obsoleto el bloqueo atlántico de los ingleses para impedir estas importaciones. Solo gracias a la síntesis de amoníaco pudo librarse la Primera Guerra Mundial como guerra de artillería y de bombas en la dimensión devastadora y con la duración que tuvo para las Potencias Centrales. En el transcurso de la guerra también los Aliados occidentales dispusieron de esta tecnología. Terminada la guerra, la pregunta que se planteó por parte de la industria del nitrógeno fue: si ya no hay guerra, ¿qué hacer con el nitrógeno? Vencedores y vencidos se pusieron de acuerdo con rapidez; se fundó el Sindicato Europeo del Nitrógeno y se declaró a la agricultura el nuevo mercado. Con una publicidad enorme y una investigación cercana a la práctica lanzada por la industria, la producción de nitrógeno pasó sin solución de continuidad de la fabricación de explosivos para bombas y granadas a la producción de fertilizantes sintéticos para la agricultura. Una vez más se demostró la verdad de la afirmación de Heráclito, según la cual la guerra es «el padre de todas las cosas».[67] Lo mismo ocurrió tras
la Segunda Guerra Mundial en los EE.UU., donde solo después de su conclusión la fertilización nitrogenada encontró difusión generalizada. En los años sucesivos, el nitrógeno, en combinación con la tecnología del riego en zonas áridas, se convirtió a escala global en el motor del industrialismo agrario productor en monocultivos.
En Europa Central, el principio del organismo resistió durante mucho tiempo a este desarrollo impetuoso. Friedrich Aereboe (1865–1942), el fundador de la moderna ciencia de la empresa agrícola,[68] describe hacia 1917 una explotación agrícola como un todo orgánico coherente: «Yo [...] concibo la finca como un todo orgánico inseparable y muestro cómo este todo adquiere y debe adquirir diversa forma bajo la influencia cambiante de las condiciones vitales externas e internas.» Compara «la índole esencial orgánica de la economía de la finca» respecto a la articulación en ramas de explotación con el «cuerpo animal, que tiene corazón, pulmón, hígado y otros órganos». Tal como estos — cada uno según sus funciones — se relacionan con el todo superior del animal, así se relacionan las distintas ramas de la agricultura con la integridad del organismo de la granja. Aereboe capta por primera vez en pensamientos claros y lúcidos el contexto relacional económico de una finca, tal como este había surgido desde los estratos de conciencia intuitivo-instintivos. El entramado de relaciones que encontró era para él un hecho incontrovertible, que había que iluminar en el pensamiento y optimizar en consecuencia desde el punto de vista económico-empresarial. El hecho mismo, la esencia del todo, no lo ponía en cuestión.
El principio del organismo agrícola fue mantenido en alto por los representantes de la ciencia de la empresa agrícola en Alemania hasta los años 50 del siglo XX. Esto ocurrió con la incorporación de todos los logros tecnológicos de la época, en particular de la «fertilización mineral» y, aquí, con especial énfasis en el uso específico de las sales de nitrógeno producidas sintéticamente. Pero entonces se cortó definitivamente el hilo rojo de la agricultura cristiano-occidental. Desde comienzos de los años 60, el concepto de organismo agrícola fue desvaneciéndose, y en su lugar se instaló el concepto de sistema. Este es abierto en todas direcciones y se piensa como un sistema de interconexiones, sin referencia a una «índole esencial», es decir, a una totalidad fundada en sí misma. Con ello quedaron abiertas todas las compuertas para la fragmentación de la agricultura en el industrialismo agrario. Un detonante esencial fue

la irrupción de los herbicidas sintéticos en los años 60. Son sustancias de crecimiento que, como «herbicidas totales», intervienen sistémicamente en el acontecer vital de las plantas de tal modo que estas se desarrollan hasta la muerte o se extinguen por otras vías fisiológicas. El empleo de los herbicidas sistémicos, seguido de los fungicidas e insecticidas sintéticos, transformó de golpe la variedad clásica de la organización agrícola. De un año al otro, una explotación familiar podía duplicar sus superficies de cultivo de remolacha azucarera, patatas u hortalizas de campo o, si el mercado lo permitía, multiplicarlas varias veces. Podía especializarse a voluntad en unos pocos cultivos, o incluso en uno solo, y equiparse en consecuencia de manera más selectiva y económica en maquinaria. En la agricultura de campo y en la horticultura se disolvió la relación de mutua dependencia de la triplicidad de laboreo del suelo, rotación de cultivos y abonado. Los monocultivos tomaron el mando en los campos. Lo que durante más de un milenio había crecido ecológica y socialmente, en constante desarrollo, como herencia cultural cristiano-occidental — el organismo de las comunidades aldeanas y de las granjas individuales — se fragmentó en empresas individuales especializadas, cuya necesidad de capital en cuanto a la adquisición de medios de producción exigía facturaciones cada vez más altas y, con ello, el modo de producción industrial con división del trabajo y formación de capital. (Figura 4).
Ya durante las décadas precedentes, el centro, la iglesia, había perdido progresivamente su papel rector espiritual-moral y social, en favor del despertar hacia la libre autodeterminación individual. Unido a la creciente industrialización de la agricultura desde los años 60 del siglo XX, fue este hecho el que desencadenó la última gran ola de éxodo rural. Si aún hacia 1800 el 62% de la población activa trabajaba en la agricultura, hacia 1875 el 49%, hacia 1950 el 25%, hoy son apenas el 2%.[69] En lugar del campesino llegó el agrotécnico, cuyo punto de orientación ya no reside en el centro del pueblo, sino periféricamente en los centros de formación de la ciudad, en las innovaciones agrotecnológicas y en los mercados suprarregionales. En el industrialismo agrario globalmente interconectado se levanta alrededor de la agricultura un poderoso muro, un aparato de inteligencia de un saber especializado fragmentado en ámbitos disciplinares. El agricultor se convierte en «órgano ejecutor» de una inteligencia que lo determina desde fuera. En el curso de esta progresiva tutela intelectual encubierta, el cultivo hortícola fue el primero en desgajarse, paulatinamente, de las demarcaciones de los pueblos y de las granjas individuales, especializándose en monocultivos bajo vidrio: un primer paso de fragmentación de la integridad orgánica. También en la agricultura de campo se independizó — muy tempranamente en los EE.UU. — el cultivo de cereales, seguido por la erosión del suelo por acción del viento y el agua. Hoy un patrón monótono de monocultivos domina de manera universal el paisaje. En Europa Central, con cierta inercia, este segundo paso de fragmentación de la integridad no se consumó hasta finales del siglo XX. Finalmente, en un tercer paso de fragmentación, también el cultivo frutal perdió su función orgánica dentro del organismo agrícola. En los años 70 se pagaron primas por el arranque de plantaciones de árboles de alto tallo; hoy vuelve a valorarse su importancia ecológica. La producción, sin embargo, se concentra en instalaciones intensivas en monocultivo en zonas climáticamente favorecidas. Por último, en un cuarto paso de fragmentación, se abandonó también la ganadería doméstica vinculada a la base forrajera propia de la explotación, con la doble consecuencia de la aparición de explotaciones sin ganado y de la concentración en ganadería industrial. En lugar del concepto de «animal doméstico» se instaló el concepto de «animal de rendimiento». Comenzó con las aves de corral en estabulación o jaula permanente durante todo el año, seguido por la cría porcina concentrada en grandes cebaderos industriales, y finalmente — quién
El concepto de «animal doméstico» cedió al de «animal de rendimiento». Comenzó con las aves en estabulación permanente, siguió con la cría porcina en grandes cebaderos industriales, y finalmente — ¿quién lo hubiera creído posible para el bovino, animal de pastoreo por excelencia, el animal doméstico por antonomasia? — el hacinamiento de animales descornados en estabulación permanente durante todo el año, alimentados con ensilado o con mezclas de piensos concentrados calculadas para el máximo rendimiento.
Lo que en tiempos de la Gnosis, y en tiempos aún más remotos bajo la conducción de los Misterios, ligado a la constitución anímica de determinadas comunidades de pueblos, se había formado en una convivencia laxa como las cuatro corrientes de la ganadería, el cultivo de la tierra, el cultivo del huerto y el cultivo frutal; lo que bajo la acción del Cristianismo, en mutua compenetración, había confluido en la unidad superior del organismo de la agricultura — ahora, en agnóstica fragmentación, ha recaído en los cuatro estados originarios.
A pesar de todos los logros, sin duda admirables, de la Modernidad, no podemos cerrar los ojos ante el hecho: estamos sobre un montón de escombros de la cultura agraria cristiano-occidental. La usurpación por métodos industriales de producción ha quebrado su fuerza portadora de cultura y le ha cavado la fosa desde los años 60 del siglo XX. Pero toda muerte lleva también en sí el germen de un nuevo devenir. Este puede ser captado cuando uno toma conciencia de los impulsos más profundos del devenir en el pasado. Una sentencia del «Doctor Angélico», Tomás de Aquino (1225–1274), reza: El tiempo tiene pasado y futuro, pero no presente.[70] — Puede uno profundizar aún más en este pensamiento. En el presente se encuentran ambas corrientes del tiempo y se extinguen mutuamente. La corriente del pasado se extingue en la forma, en el acontecimiento sensible. Pero en esta forma la corriente del tiempo que viene del futuro se abre como germen. La semilla vegetal ejemplifica el acontecimiento. Lleva en sí, cuajado en la forma del genoma, el sello del pasado. Esta «forma acuñada que se desarrolla viviendo»,[71] contiene un germen que tiene la potencia de abrirse a la corriente del tiempo futuro. Así puede decirse: En la objetivación de lo sensorialmente manifiesto reside el momento de muerte en el que el tiempo del pasado se vuelve hacia el futuro. El futuro es el pasado que se transforma.
Los nuevos gérmenes
La ciencia espiritual antroposófica de Rudolf Steiner aporta conocimientos en forma de ideas que en el pensar vigoroso de los amplios contextos relacionales espirituales garantizan su verdad, y en el obrar se muestran como gérmenes que en su crecer y fructificar hacen vivenciable precisamente esa verdad como fuerza motriz de un devenir siempre nuevo. Son dos gérmenes ideales de Rudolf Steiner los que, enlazando con lo pasado y transformándolo, señalan a la agricultura los caminos hacia una nueva portación de cultura:
El primero de estos gérmenes ideales se refiere a la significación de la agricultura con respecto a la cuestión social: La Primera Guerra Mundial provocó el derrumbe del antiguo orden mundial. En el caos social resultante, Rudolf Steiner inauguró la «Trimembración del organismo social». En este vasto nexo de ideas reapareció, en forma transformada, aquel impulso que desde la Edad Moderna venía empujando hacia la superficie en los siglos sucesivos, para chocar entonces contra las estructuras de poder retardatarias y hundirse de nuevo en el ocultamiento. Preparado a través de sus «Puntos Centrales de la Cuestión Social»,[72] Rudolf Steiner emprendió con personas activamente comprometidas en la vida pasos concretos para la reconfiguración de la vida social — en el sentido:
- de una «Vida Espiritual Libre», que sea autónomamente creadora y portadora de iniciativa de todos los impulsos espirituales que atraviesan y fecundan la vida social,
- de una vida jurídica, que sea autónomamente creadora y portadora de aquello que, en igualdad en la relación de persona a persona, es conforme a derecho y alcanza validez en forma de ley,
- de una vida económica, que actúe autónomamente y, sobre la base de contratos, atienda «fraternalmente» en asociaciones económicas conscientemente configuradas a la cobertura de las necesidades de los seres humanos.
En cada uno de estos tres miembros de la vida social se encuentra cada persona, conscientemente o no. Cada uno de estos tres miembros recibe su propia realidad vital autónoma a través de lo que cada persona le imprime desde sus tres actividades del alma: mediante su querer, a la vida espiritual; mediante su sentir, a la vida jurídica; y mediante su pensar, a la vida económica. Del mismo modo que estas tres actividades del alma actúan, como miembros autónomos del alma, recíprocamente en el ser humano
y resplandecen en el conciencia de sí, mantenidas juntas y en acción recíproca por la fuerza del Yo, así también actúan los tres miembros de lo social recíprocamente en la totalidad del organismo social a través del conciencia del Yo que despierta en cada persona individual. En esta relación recíproca del vivenciar interior consciente y del configurar-hacia-fuera surge el arte social. Así, la configuración del organismo social trimembrado es la piedra de toque para el despliegue y la revelación del alma consciente. Los esfuerzos casi sobrehumanos que Rudolf Steiner emprendió desde 1919 para dar vida al movimiento de la Trimembración del organismo social fracasaron en 1922.[73] Él mismo tomó la decisión de poner fin a este primer intento a gran escala. La ocasión externa para ello fue ante todo la galopante devaluación del dinero, así como el escaso número de personas que estaban a la altura de este gigantesco desafío. Rudolf Steiner había contado además con la comprensión de los proletarios, muchos de los cuales habían perecido en la guerra — y que habían sido apartados por la propaganda de los dirigentes obreros de orientación comunista. Pero el germen había sido depositado en el suelo del devenir histórico. A lo largo del siglo XX fue cultivado parcialmente en enfoques de acción concretos en constante transformación de un Morir y Devenir. Pero sobre todo, las exposiciones de Rudolf Steiner sobre la cuestión social fueron elaboradas desde una perspectiva epistemológica en el contexto de las exigencias de la época y puestas al alcance de un público más amplio. El impulso hacia la Trimembración social aguarda aún un nuevo intento de realización genuinamente renovador.
Este nuevo enfoque crece a partir de la segunda semilla de ideas depositada en el Curso de agricultura de Rudolf Steiner, en los «Fundamentos de ciencia espiritual para el progreso de la agricultura»[74]. Este curso para agricultores tuvo lugar en Pentecostés de 1924 en la finca Koberwitz, cerca de Breslau, en la actual Polonia, dos años después de la disolución del «Kommender Tag», el órgano del movimiento de la Trimembración en Alemania. En aquel tiempo, en la agricultura «la iglesia seguía en el pueblo», la práctica del principio del organismo permanecía todavía en gran medida intacta por tradición. El modo de producción agrícola constituía aún un contrapolo al modo de producción industrial basado en la división del trabajo. La cuestión ecológica y, unida inseparablemente a ella, la social
no eran aún agudas en la agricultura. Pero señales amenazadoras — como los efectos de la fertilización con sales de nitrógeno de producción sintética, la pérdida de la estabilidad varietal y de la salud animal — fueron sensibilizando a agricultores y labradores aislados. Desde 1920 se acercaron a Rudolf Steiner con la petición de que les proporcionara, desde la ciencia espiritual antroposófica, fundamentos cognitivos e indicaciones prácticas para la renovación de la agricultura de cara al futuro. Lo que buscaban los preguntantes eran ideas, imágenes-verdad espirituales que devolvieran a la labor agrícola un sentido que fuera más allá de la mera técnica de procedimientos y que, si esas ideas eran asumidas, pudieran volver a tender un puente espiritual-moral hacia las cosas y los seres de la naturaleza y del cosmos. El Curso de agricultura contiene la siembra germinal para el desarrollo de una agricultura del futuro, en la cual la corriente oculta de los impulsos del cultivo de la tierra cristiano-occidental emerge en profunda metamorfosis a la superficie de la era de la conciencia. Rudolf Steiner se enlazó directamente con las preguntas de personas que se hallaban en la vieja cultura agraria consagrada a la muerte y buscaban caminos para su renovación. Se enlazó con un pasado que aún subsistía apenas, para transformarlo en algo futuro. Apeló para ello a la conciencia pensante del ser humano activo, arraigado en la práctica.
El punto de partida de la ciencia espiritual antroposófica de Rudolf Steiner es «el hombre». A su índole esencial en el contexto del mundo se refieren las preguntas: ¿cuál es el desarrollo desde su origen esencial en el espíritu, cuáles son los contextos de ideas que lo hacen capaz de actuar en todos los ámbitos de la vida conforme a su ser, cuáles los caminos hacia el autoconocimiento y el conocimiento del mundo de cara al futuro? Hubo un tiempo en que los seres humanos no eran tan «listos» como hoy, pero en cambio eran sabios. Se vivían como microcosmos que contiene en pequeño todo lo que en grande llena espiritualmente el macrocosmos en sentido entitativo. El intelectualismo científico de la época moderna se sitúa frente al mundo sensible, lo descompone en partes, las refleja en representaciones y excluye con ello a aquel que pregunta, piensa, siente y quiere: al ser humano. La mirada del investigador espiritual, en cambio, está dirigida al cognoscente, a la esencia del ser humano. Lo que se le revela ahí en el conocimiento suprasensible arroja una luz clara sobre aquello que, de manera macrocósmica, subyace en el sentido más amplio como principio esencialmente activo a la naturaleza sensible y al entorno cósmico. Los resultados de la investigación de ciencia espiritual expuestos en el Curso de agricultura se enlazan con los
conceptos —por ejemplo en relación con el mundo inorgánico de las sustancias— y caracterizan sus elementos como portadores de fuerzas formativas específicas que, desde su naturaleza física, los elevan al acontecer procesual de la naturaleza vivificada y animada.
Así queda trazado el camino metodológico del Curso de agricultura con la afirmación central: «Se parte del ser humano; el ser humano es hecho fundamento.»[75] Desde este punto de vista, la mirada se concentra en la concepción y configuración del organismo agrícola con estas palabras: «Una agricultura cumple su ser, en el mejor sentido del término, cuando puede concebirse como una especie de individualidad en sí misma, una individualidad verdaderamente cerrada en sí, y toda agricultura debería en realidad acercarse —del todo no puede lograrse, pero debería acercarse— a este estado de ser una individualidad cerrada en sí misma.»[76] Se dice además: «Las cosas no pueden llevarse a cabo de manera tan estricta, pero hay que tener un concepto de la necesaria condición de cierre de una agricultura […].»[77]
Estas afirmaciones apelan a la capacidad de juicio individual. Desde una disposición interior investigadora, quien trabaja en la agricultura ha de esforzarse por elaborar conceptualmente una imagen pensada del ser del microcosmos humano. Esta imagen pensada se convierte en llave para comprender el macrocosmos y, en concreto, para comprender un recorte de él: el organismo agrícola. Aporta ideas según las cuales este recorte macrocósmico puede configurarse en un todo cerrado en sí mismo, en un organismo, en el cuerpo de «una especie de individualidad agrícola». La base de ideas para ello se forma cuando los hechos sensibles y científico-naturales son elevados pensadoramente al contexto significativo de los resultados de la investigación espiritual antroposófica suprasensible. De eso se trata: del aprehender pensante-imaginal de este contexto de sentido. En él reposa el germen de un nuevo devenir de la agricultura. Este devenir se despliega bajo el «sol de ideas» del espíritu humano que se hace consciente de sí mismo; es él quien guía la mano activa hacia el trabajo pleno de sentido.
La Dreigliederung del ser humano y la individualidad agrícola
El organismo —con su centro y su periferia— como principio formativo fundamental en la agricultura fue creciendo desde el siglo VII de nuestra era a partir de los biotopes naturales dados, de los «organismos en el crecimiento natural», surgiendo de ellos. Llevaba de lugar en lugar un sello decididamente individual. Era un crecer instintivo-inspirado desde los pueblos cristianizados. Con el desvanecerse de estos, en el transcurso de la Era del alma consciente, se fue perdiendo también la fuerza de impulso espiritual. La doctrina empresarial agrícola del siglo XX reconoció ciertamente el juego conjunto lleno de sentido de las ramas del establecimiento agrícola en un todo, y lo llamó organismo agrícola. Pero la «índole esencial» de ese todo no fue interrogada. El concepto era demasiado falto de fuerza para poder detener la decadencia cultural de la agricultura. Tampoco el movimiento ecológico surgido desde los años setenta, ni con él la agricultura ecológica, pudieron despertar a nueva vida el concepto del organismo agrícola. La llave para la comprensión del organismo solo puede buscarse en el agens esencial que lo trae a la aparición en la corporalidad cerrada en sí misma y se vive manifestándose en ella. En el animal, ese agens es el alma animal; en el ser humano, el alma espiritual. El alma animal está atada al cuerpo; el alma espiritual del ser humano tiene el poder de, con las tres actividades del alma —el pensar, el sentir y el querer—, ir elevándose cada vez más fuera de esa atadura, de liberarse de ella. Con ello crece en ella la capacidad de hacerse consciente de sí misma, de aprehenderse en el autoconocimiento como ser espiritual creativamente activo, como el Yo que se realiza a sí mismo. En el Yo lleva el ser humano como microcosmos el germen espiritual en sí. Por ello puede no solo conocerse a sí mismo y la naturaleza esencial de su organismo corpóreo, sino saberse en ese conocimiento en conexión con lo esencial que obra suprasensiblemente en la naturaleza y en el cosmos.
Por el camino de la formación del alma espiritual puede ese germen desplegarse en órganos del alma. Así como los órganos sensoriales se abren al mundo dado sensiblemente, así también pueden esos órganos del alma abrir a la percepción la realidad espiritual-suprasensible. Desde el Yo que despierta en la conciencia de sí, el ser humano puede en la Era del alma consciente volver a hacerse consciente, ascendiendo, de su origen espiritual, del que descendiendo se ha desvinculado en el camino del hacerse autoconsciente. Lo que antaño desde los Misterios acompañó como enseñanzas de sabiduría el descenso, pero desde entonces
ha ido extinguiéndose después del Cambio de los Tiempos, eso puede ahora ser conquistado de nuevo, ascendiendo en modo consciente, por medio de la ciencia espiritual antroposófica accesible a todo ser humano. La investigación espiritual de Rudolf Steiner aporta resultados que en todos los campos de la actividad humana —ya sea en el terreno científico, artístico, religioso, médico, pedagógico, social, etc.—, y así también en el campo de la agricultura, señalan de manera germinal al actuar nuevos caminos que transforman lo antiguo.
Si se quiere, pues, esclarecer los nexos de ideas que pueden ayudar a la agricultura a pasar de lo que ha llegado a ser a un nuevo devenir hacia el futuro, el camino está metodológicamente trazado con claridad: para llegar a una comprensión más profunda de la realidad esencial del pensamiento del organismo y de la individualidad, es necesario partir del ser humano, del microcosmos. De ello se desprende, desde la investigación espiritual, en lo corporal-físico y en lo espiritual-anímico, a grandes rasgos lo siguiente (Figura 5, pág. 90):[78]
En la contemplación intuitiva de la figura humana, lo que primero salta a la vista es la polaridad entre la cabeza y las extremidades: la cabeza como forma esférica en gran medida cerrada en sí misma, las extremidades irradiando de modo radiante y aprehendiendo el mundo. Morfológicamente domina el principio de la forma la región de la cabeza y, de manera polar a ello, fisiológicamente domina el principio de la sustancia: la región metabólica-de las extremidades.
La envoltura de la cabeza está formada predominantemente por los duros y fuertemente mineralizados huesos del cráneo. Estos encierran la cavidad craneal, que está ocupada por el líquido cefalorraquídeo —un líquido transparente como el agua, libre de células y de proteínas— y, flotando en él, por el cerebro. Además, en la cabeza se concentran los órganos sensoriales al servicio de la conciencia de vigilia. En ellos, como en la cabeza en su conjunto, la vida retrocede ampliamente frente al predominio de lo físico. Esto se muestra de manera impresionante en la estructura anatómica del ojo, con la lente refractora de la luz entre otros elementos, o del oído, con el tímpano, la cadena de huesecillos auditivos y el laberinto óseo. El polo cefálico está más próximo a lo puramente físico, a la muerte, que a la vida. Morfológicamente la cabeza es una imagen de procesos vitales petrificados. También el cerebro, en su actividad fisiológica como órgano que hace consciente, está levemente atravesado por procesos de muerte. El nervio y el cerebro, ante lesiones, pierden en poco tiempo la capacidad de regenerarse. El proceso que los rige es de índole catabólica. De ello habla la elevada actividad respiratoria del cerebro y la necesidad del intenso aporte de oxígeno a través de la sangre. La

actividad catabólica conduce físicamente hacia la sustancia inerte (CO2) y espiritualmente, como reflejo de un proceso vital —la actividad del pensar—, hacia el devenir consciente de los pensamientos. La cabeza es el polo de reposo y portador de la conciencia de vigilia, que conecta al ser humano espiritualmente con el mundo.
Hasta qué punto el ser humano lleva en su cabeza lo que ha caído fuera de la vida, lo mineral-muerto, lo muestra también la aparición de la arenilla cerebral, principalmente en la glándula pineal (*Epífisis*). Se trata de pequeñas piedras de color amarillo limón, constituidas por cristales de calcio y magnesio. Rudolf Steiner observa al respecto: «Todo ser humano debe tener en sí un poco de arenilla cerebral», pero no como depósito permanente, sino: «Esa arenilla cerebral debe formarse, y debe volver a disolverse una y otra vez.»[79] Este proceso de formación de los cristales y su nueva disolución lo describe Rudolf Steiner como el fundamento de la conciencia del Yo: «Si no pudiéramos disolvernos, no podríamos pensar, no podríamos llegar a la conciencia del Yo. En ese disolverse consiste lo que llamamos nuestra conciencia del Yo.»[80] En la cabeza se cumple la actividad del pensar.
El cerebro no hace consciente para la conciencia cotidiana este proceso, sino, de manera refleja, su resultado: el pensamiento.
El polo de la forma de la cabeza, centrado en el cerebro, se diferencia a través de todo el organismo corpóreo en el sistema nervioso. En el ser humano superior sirve a la percepción consciente; en el inferior, transmite la actividad espiritual-anímica a los procesos vitales vegetativos.
El polo de la forma se contrapone polarmemente al polo de la sustancia. Este abarca, por debajo del diafragma, el mundo de los órganos del metabolismo y las extremidades. La actividad del alma interviene allí en los procesos vitales, dirige las transformaciones de las sustancias, moviliza las fuerzas de las que luego puede servirse el querer para poner en movimiento y mantener en movimiento las extremidades y la actividad corpórea en su conjunto. Todos los procesos orgánicos que subyacen al despliegue de la voluntad —todos los procesos de degradación, transformación y construcción— se desarrollan en una profunda inconsciencia, en una conciencia de sueño. Transcurren en parte de manera contracorriente y simultánea, en parte en una sucesión temporal fluyente y corriente. Frente al orden estricto, reposado en sí mismo, del sistema neurosensorial, en el polo metabólico reina un cambio y una transformación constantes; incluyendo las extremidades, todo está en movimiento; nada permanece idéntico a sí mismo ni por un instante. Así como el alma se vincula espiritualmente con el mundo en el polo cefálico a través de los sentidos, en sensaciones y en pensamientos, así entra en relación físicamente con su entorno a través de la alimentación y de la actividad de las extremidades.
La revelación esencial de la voluntad es el movimiento: ya sea aprehendiendo el espacio en las extremidades, ya procesual en el metabolismo, en el crecimiento y la regeneración, en la sangre que fluye, o bien ascendiendo silenciosamente hacia la conciencia en la respiración y, por último, en la actividad del pensar.
También los procesos que imperan en el polo metabólico-motor atraviesan, en la metamorfosis correspondiente, el cuerpo entero: en la cabeza, entre otros, en las secreciones de las glándulas salivales y las mucosas, o en la actividad masticatoria de la mandíbula inferior articulada.
La polaridad del sistema cefálico y del metabolismo-extremidades encuentra su equilibrio en el sistema de órganos que se intercala entre ambos: los dos lóbulos pulmonares que respiran rítmicamente, el corazón que late rítmicamente y el diafragma. En sus movimientos, este último sigue pasivamente el ritmo respiratorio; pero también puede apoyarlo de manera activa propia. Morfológicamente, el centro rítmico se expresa en la sucesión de las costillas, que cierran la caja torácica hacia arriba en dirección a la cabeza, pero la abren y ensanchan hacia abajo en dirección a la cavidad abdominal que abarca el diafragma. Fisiológicamente, la sangre fluye desde y hacia el corazón a través de todo el cuerpo y
une ambos polos en una unidad superior. En el centro rítmico el ser humano se vive a sí mismo en el sentir; sintiendo-soñando desciende hacia la esfera de la inconsciencia, hacia el querer; sintiendo-despertando llega hasta la región del pensar. En el sentir, el ser humano se experimenta en el sentido más pronunciado como esta y solo esta determinada Geist-Seele. El ritmo es la caja de resonancia del sentir. Oscila de un lado a otro entre la quietud de la cabeza y el movimiento del cuerpo. Une quietud y movimiento y es ambos a la vez. En el centro rítmico desciende desde arriba la claridad del pensar hacia las profundidades, y desde abajo responde ascendiendo desde la oscuridad de la voluntad la fuerza de la iniciativa.
En su erecta y en su triple articulación corporal, el ser humano se presenta, pleno de su ser, como individualidad en el mundo. En la consonancia de su pensar y su querer en el sentir, se experimenta a sí mismo en el proceso de llegar a la conciencia de sí; se encuentra en el camino hacia la libre autodeterminación. Desde este vivenciar resplandece en él la realidad esencial del pensamiento evolutivo — lo cual se ha de explicar:
En otro tiempo el principio del desarrollo vivía instintivamente, soñando, oculto en las fuentes de la sabiduría primordial, como fuerza activa de la guía espiritual de la humanidad. En el avance del despertar hacia la autoconciencia, esta herencia se fue apagando. Muy joven aún, solo en la época del idealismo alemán, en las investigaciones de un Charles Darwin (1809–1882) y Ernst Haeckel (1834–1919) y de modo pleno y abarcador en la ciencia espiritual antroposófica, el principio del desarrollo reaparece de una nueva manera en el pensar. Referido a la triplicidad de las facultades anímicas del ser humano, lo vivimos hoy en el pensar ante todo como idea prospectiva, en el sentir como impulso gozoso y vivaz, y en el querer como fuerza de iniciativa portada por el espíritu. Por los caminos de esta triplicidad, el ser humano se aprehende — en la plena realización espiritual de su ser — como Yo, y se convierte en iniciador y portador del desarrollo hacia el futuro. En su impulso hacia la libertad, vive manifestando el principio del desarrollo.
A través del llegar a ser consciente del principio del desarrollo, el ser humano deja de ser criatura para convertirse en creador. Y así se plantea la pregunta: ¿Está llamado desde ahora, desde su libre querer, a trasplantar el pensamiento evolutivo a la creación devenida? ¿O solo puede referirse este ser creador a su propio desarrollo y al desarrollo humano? ¿Debe dejar atrás todo lo demás y condenarlo a mero aprovechamiento y explotación — a saber: las plantas, los animales, la tierra en su totalidad, que tan profunda parte tuvo y tiene en su propio desarrollo? El despertar hacia la conciencia ecológica alcanza las más de las veces solo hasta querer conservar la obra de la creación devenida, en sí consumada,
incluso querer mantener al ser humano, como destructor de esta obra de la creación, fuera de la naturaleza. Pero esta limitación significa un estancamiento del desarrollo. Solo en conexión con el desarrollo progresivo del ser humano, y solo a través de él como iniciador, puede lo devenido del mundo ser transformado en un nuevo devenir. El ser humano actual, cuyo espíritu inventivo, con la fisión nuclear del átomo, tiene en sus manos todos los medios para provocar el múltiple «overkill» sobre la vida en la Tierra — ¿no debería ser capaz, a la inversa, de ampliar su ser para trasplantar el principio del desarrollo a la obra de la Tierra geronada en forma, a la naturaleza? ¿Cómo puede hacer fecunda la fuerza del devenir que lleva en sí para nuevos procesos de devenir que conduzcan a la naturaleza fuera de su ser-devenido? Esta última pregunta está al inicio de una cultura agraria del futuro. Se responde en primer lugar con la indicación metodológica de Rudolf Steiner:[81] «Partir del ser humano» y concebir un organismo agrícola, si ha de «cumplir su esencia», como «una especie de individualidad».
Tomemos una vez nuestro camino hasta un campo y tratemos de traernos ante la mirada, en quietud interior, todo el acontecer accesible a la contemplación intuitiva que percibe y piensa — lo que se despliega sobre la tierra en luz, aire y calor, y bajo la tierra en la oscuridad de las profundidades húmedas y cristalinas, y en el medio, en la piel del suelo vivo —, y lo que así se revela al sentir meditativo es la profunda afinidad con la triple articulación corporal del ser humano (Figura 5, p. 90).
Bajo la tierra encontramos el duro y sólido mundo de las rocas, caído fuera de la vida y por eso muerto, y de igual modo el elemento agua de las profundidades. Lo sólido-térreo reposa en quietud, guarda su estructura cristalina, que durante el verano se ve más expuesta hacia la superficie terrestre a los procesos de meteorización, mientras que en invierno, bajo las fuerzas formadoras de cristales del cosmos de las estrellas fijas — los griegos lo llamaban el «cielo cristalino» — se vive manifestando en su pura naturaleza cristalina.[82] Del mismo modo que el cerebro es el espejo que hace consciente la actividad pensante oculta, así lo es la naturaleza cristalina de las rocas afines a la sílice — cuarzos y silicatos —, que igual que órganos sensoriales reflejan indirectamente las fuerzas formadoras de cristales de la periferia cósmica más lejana, así como las fuerzas de los planetas alejados del Sol — Marte, Júpiter, Saturno. De manera polar vale esto para la cal y las rocas afines a la cal, que en su afinidad a lo planetario,
en particular al obrar de los planetas cercanos al Sol (Luna, Venus, Mercurio), atraen hacia sí las fuerzas de estos.[83] Mediadoras en esta polaridad están las arcillas minerales, que con su dinamismo inusual para el reino mineral de la Tierra conducen ambas cualidades de fuerzas a través de las raíces hacia el crecimiento y la formación de la forma de la planta. Así contemplamos en lo que bajo el suelo se extiende hacia las profundidades el polo cefálico de esta «individualidad agrícola» que Rudolf Steiner así denominó.
Si intentamos pensar en conjunto las indicaciones de la ciencia espiritual con los hechos del sustrato mineral del suelo que la ciencia natural puede captar, un fenómeno ulterior apunta al hecho de que bajo la tierra se halla el polo cefálico de la «individualidad agrícola». De modo semejante a como en la glándula pineal aparece la formación y disolución de cristales como base física de la conciencia del Yo, así también en la zona de meteorización del suelo se forman finísimas laminillas hexagonales de cristal. Estas cristalizan a partir de los coloides amorfos del hidróxido de aluminio y de la sílice para formar los llamados «minerales de arcilla secundarios». Pero también pueden disolverse de nuevo en el estado coloidal.[84]
De manera polar al polo cefálico bajo la tierra se despliega sobre la tierra el «vientre»[85] de la individualidad agrícola. Aquí, bajo la acción directa del cosmos, surge la vida, en el sentido de una suerte de «digestión exterior» de luz, calor, aire y vapores de agua. Aquí todo lo que está en devenir sale a la aparición exterior en forma y color, y todo lo que perece retira la aparición de nuevo hacia la invisible Innenwelt. Todo está en movimiento: la planta que brota, el animal que se mueve libremente, el ser humano activo; las nubes pasan, los vapores ascienden, la lluvia cae, el viento mueve cada hoja por separado, ondula a través del cereal, el rayo centellea y hiende el roble, el trueno retumba, los planetas recorren sus órbitas y el Sol trae sobre la tierra el día y la noche. Aquí, en el polo metabólico de la individualidad agrícola, todo está sujeto a la transformación constante. Mientras que bajo la tierra lo espiritual-viviente, disuelto de lo material, recorre la tierra como actividad interior —como los pensamientos recorren la cabeza—,[86] sobre la tierra esta vida se configura en forma y color en lo material. Lo
solo captable por lo suprasensible finalmente se extingue en la forma y en ese extinguirse se reproduce de nuevo en la semilla.
Entre los polos de Abajo y de Arriba se despliega horizontalmente una piel finísima, el suelo, que constituye el centro rítmico germinal. Éste no tiene en sus procesos ninguna autonomía, como el sistema rítmico del ser humano. Por eso tampoco se puede decir que el suelo tenga un pulmón, un corazón. En este contexto vale la pena mencionar que el suelo, igual que el agua, tiene sus mareas y se eleva y desciende diariamente en Europa Central en promedio unos 80 cm.[87] Y sin embargo, el suelo respira oxígeno hacia adentro y dióxido de carbono hacia afuera, igual que el animal y el ser humano. Solo que esta respiración no sucede por un impulso autónomo interno, sino que es el resultado de la acción conjunta exógena de las fuerzas de los polos de Abajo y de Arriba en el suelo. En la dinámica de los minerales arcillosos puede verse una especie de función cardíaca. Pero también ésta es estimulada desde fuera y sigue un ritmo impulsado por el Sol, que regula y armoniza estacionalmente los procesos de disolución y enlace de las sustancias en el suelo. De aquí puede hacerse comprensible por qué Rudolf Steiner apostrofó el suelo como el «diafragma» de la individualidad agrícola en cuestión.[88] Esta membrana-diafragma refleja en sus funciones la interacción de los elementos tierra, agua, aire y calor en los ritmos del año solar. El suelo cultivado se caracteriza entonces por haber recibido, a través de las medidas de cultivo y de fitotecnia llevadas a cabo durante siglos, en particular mediante el abonado con estiércol de vaca, más allá de la «dotación natural», la disposición para desarrollar un órgano rítmico propio, la disposición hacia el «centro» equilibrador y capaz de evolución.
En la estructura del perfil de este órgano-diafragma de la Mitte, el suelo, se repite en pequeño la verticalidad triarticulada de la individualidad agrícola. Encontramos en el horizonte superior, el llamado horizonte A, una capa húmica más oscura, de estructura aireada, atravesada por residuos vegetales, un sedimento de la actividad metabólica que tiene lugar sobre el suelo, que le insufla a éste mediante las transformaciones bacterianas y otras una especie de vida propia. De manera polar a esta capa viva, en el subsuelo se encuentra la roca madre no meteorizada, muerta, el polo cefálico que emerge hacia el suelo desde abajo, el horizonte C. En su límite, la roca se expone a los
las fuerzas climáticas que descomponen y destruyen el entramado mineral cristalino. Entre el horizonte A y el C se articula el horizonte de meteorización o B, en el cual se cumple la formación de arcilla primaria (por meteorización) y secundaria (por neocristalización). El horizonte B, enriquecido en arcilla, constituye el verdadero miembro medio en el suelo. Su dinámica refleja los ritmos del curso del año: hacia abajo, hacia el lado cefálico, retiene contra la gravedad el agua atmosférica viva y con ella las sustancias en ella disueltas; hacia arriba, establece conexiones con el humus (complejo arcillo-húmico) y garantiza la continuidad procesual en la formación de la fertilidad del suelo.
El órgano-diafragma suelo parece, medido frente a las dimensiones de las alturas que se extienden sobre él y las profundidades que se sustraen a la mirada bajo él, ser una pura nada. ¡Y sin embargo es un todo! De él brota la naturaleza vegetal superior, que constituye la base vital para la existencia de animal y hombre en la Tierra. Es la raíz de la planta la que desciende verticalmente en dirección al centro de la Tierra, y es el brote el que, desde el punto de vegetación del embrión, asciende verticalmente en sucesión foliar rítmica hacia el sol y, abarcado por el acontecer metabólico en luz, aire y calor, prepara en floración, formación del fruto y de la semilla los alimentos para animal y hombre en viva composición. En la planta florida y en la naturaleza del árbol, la individualidad agrícola se crea para sí, de modo natural y aprehensible sólo en el espíritu, una imagen refleja. El bastón espiritual que une suprasensiblemente las profundidades de la tierra con las alturas del sol, que reúne en disposición triarticulada las fuerzas de la gravedad y la levedad en verticalidad, se encarna como imagen refleja cada año en el brotar y crecer de las plantas.
Las plantas, y junto a ellas la individualidad agrícola, se encuentran, en relación con la trimembración del hombre, patas arriba. Cuán profundo es aquí el parentesco con hombre y animal lo muestra lo siguiente: la raíz palpa, a la manera de un órgano sensorial de la planta, las sustancias de las profundidades terrestres. Cuando el proceso de fructificación de la planta se desplaza hacia abajo hasta la raíz, como ocurre por ejemplo en la zanahoria, la raíz se engrosa y se colorea en un rojo-amarillo luminoso, y su delicado tejido queda atravesado de dulzura y aromas. Surge un alimento que nutre de manera eminente la cabeza, la organización neurosensorial en su conjunto (Figura 5, p. 90). Cuando la planta fructifica, a la inversa, en conexión con la formación de la semilla, muy por encima de la tierra, como ocurre por ejemplo en los cereales, entonces surge como alimento
eine Stoff- und Kräftekomposition, die la organización metabólico-motora en el hombre y el animal. Todo lo que entre estos polos crece en tallo y hoja hasta convertirse en alimento — como por ejemplo el colinabo (tallo), las coles de Bruselas (yema) o la verdura de hoja (lechuga, col, espinaca, etc.) — nutre y fortalece el centro rítmico. En la agricultura biodinámica es práctica corriente seguir esta regla: para estimular la actividad sensorial de los terneros, darles un pelaje lustroso, ayuda la zanahoria forrajera; para las vacas, la remolacha forrajera; a la inversa, para estimular su actividad metabólica, para volverlas vívidas en el movimiento, procede la alimentación con linaza; para el despliegue de fuerzas en los caballos es «la avena, que pica». Todo lo que en lo vegetativo se forma como tallo y hoja — en hierbas, hierba, trébol, etc. — es el pienso base para la vaca lechera que vive en ritmo estricto.[89]
La idea de la individualidad agrícola, aprehensible en el espíritu, espiritualmente real, abre al entendimiento perspicaz los portales hacia todos los ámbitos de la agricultura; los congrega como órganos de un todo esencial — esto habrá de ilustrarse de modo ejemplar en el capítulo sobre la cuestión del abonado. Ello exige, desde el fondo, un cambio de mentalidad. La relación dual entre hombre y mundo en las ciencias, que metodológicamente excluye lo espiritual-anímico del hombre cognoscente y moralmente actuante, puede ser superada. Lo es tanto más cuando se deja que este gran contexto de ideas, derivado del hombre, se convierta en acto mediante el pensar. En el hacer se manifiesta su fecundidad y, a través de ella, su verdad.
La cuadrimembración del hombre y la unidad cerrada del organismo agrícola
El organismo corpóreo del hombre abarca en sí, microcosmicamente, todo aquello que macrocosmicamente se despliega como el mundo de los reinos de la naturaleza. Existe ahí un estrecho nexo de parentesco que se revela cuando se pone en relación la triple escala de la naturaleza — el reino de lo anorgánico-físico, el de la belebada mundo vegetal y el del animado mundo animal — con la organización corporal del hombre. Así están activos en el cuerpo humano todos los materiales, fuerzas y leyes que rigen el reino mineral anorgánico-muerto
konstituieren und die die Wissenschaften der Physik und Chemie zu ergründen suchen. Beispielsweise ist die Bälkchen-Struktur im inneren Aufbau des Oberschenkelknochens im Übergang zum abgewinkelten Hüftgelenk derart, dass mit einem Minimum an Mineralsubstanz (überwiegend Kalziumphosphat) ein Maximum an Statik erreicht wird. Ähnlich verhält es sich mit den Stützgeweben, mit der Konstruktion des Skelettes insgesamt. Der ganze Körper ist in Aufbau und Funktion aller Organe, in deren festen Stützgeweben und in deren Flüssigkeits- und Wärmehaushalt von einer rein physischen, weisheitsvollen Gesetzlichkeit durchzogen und durchwoben. Sie bildet, eingegrenzt auf die Leibesform, den physischen Leib, das evolutiv vollendetste Wesensglied des Menschen.[90] Es findet seinen prägnantesten Ausdruck in Bau und Funktion des Sinnessystems. Das Wesen des physischen Leibes ist übersinnlich und offenbart sich in allem Sichtbaren (Abbildung 6).
Was also im Mineralreich gesondert als «tote» Natur, in rein physischer Organisation erscheint, verwebt sich in Pflanze, Tier und Mensch funktionell mit den höheren Wesensgliedern. Ein solches ist zunächst der Äther-, Lebens- oder Zeitleib, der die Welt der Pflanzen durch die allseitig aus dem Kosmos hereinwirkenden Ätherkräfte mit Leben begabt. Er ist in sich strömendes Leben, das sich je nach Pflanzenart übersinnlich in einen «Leib» abgrenzt, sich je spezifisch die Stoffe der Erde entgegen der Schwere sowie
Las fuerzas de estas sustancias y, a partir de ellas, construye el cuerpo físico correspondiente. Como arquitecto de lo físico, el cuerpo vital no se manifiesta como tal, sino en las formas de la planta. Por eso fue para Goethe la forma y su metamorfosis — por ejemplo en la sucesión foliar — el punto de partida de su investigación sobre la esencia de lo viviente.
Todo lo que en el reino vegetal se despliega como índole esencial de lo viviente se encuentra reunido en grado superior en el cuerpo etérico del ser humano, y se revela en las corrientes de los líquidos corporales — la sangre, la linfa y las secreciones del sistema glandular que regulan todos los procesos vitales (Figura 6). El cuerpo etérico es la fuente de la salud. Las enfermedades tienen su origen en lo anímico. Para su curación, el cuerpo etérico halla sostén en aquello que es conforme a su ser de manera específica en cada caso, y eso es el mundo de las plantas medicinales. Paracelso dice, en sustancia: no existe enfermedad alguna que no pudiera ser curada por alguna «hierba» hallable en el reino vegetal.[91]
Así como el ser humano lleva en sí, en la constitución de su cuerpo, el reino mineral y vegetal transformados a un grado superior, así también en su tercer miembro constitutivo — el cuerpo anímico o astral — está emparentado con lo anímico que se despliega en el reino animal (Figura 6). La organización animal se completa con el alma animal, que penetra el cuerpo físico y el cuerpo etérico. Este miembro anímico se ha integrado en forma y función al cuerpo del animal. De este modo, cada especie animal se articula morfológica y fisiológicamente en un interior y un exterior altamente diferenciados, y dispone de un sistema de extremidades igualmente específico de la especie, mediante el cual el animal puede moverse libremente en los elementos que han determinado predominantemente su formación. Pero ante todo el alma animal se expresa en el «cómo y qué» de las actividades que el animal ejerce, ligado a su cuerpo, en su espacio vital: así el gusano en la tierra, el pez en el agua, el pájaro en el aire, el insecto en el calor. En virtud de este elemento anímico del animal, ligado a la actividad orgánica, pudo decir Goethe: «El animal es instruido por sus órganos. El ser humano instruye a los suyos y los domina.»[92] El cuerpo anímico o astral es la fuente de la conciencia; su fundamento físico es la organización nerviosa y sensorial.
También en el ser humano vive una parte de lo anímico sumergida en los procesos vitales, como los instintos, las apetencias y las pasiones, los sentimientos de hambre y sed, etc. En su parte libre del cuerpo, el alma vive en sí misma y se hace consciente de su vivencia puramente anímica — de lo que siente como verdadero, bello y bueno, y también de lo que experimenta como el poder del extravío hacia el mal. Con este miembro anímico que se libera del cuerpo, el ser humano se eleva por encima de su vinculación a la naturaleza.
En la vida anímica consciente, el ser humano se siente penetrado por algo que solo se le revela en el camino de la autoconocimiento como su índole esencial más propia, como su Yo (Figura 6, p. 98). El fundamento físico del obrar del Yo en el cuerpo — la organización del Yo — es la sangre. «La sangre es el órgano central del organismo».[93] Es esta yoidad que reposa en sí misma la que tiene el poder y la fuerza de irradiar, transformar e individualizar los tres miembros constitutivos descritos. Imprime la organización del Yo en el cuerpo anímico, el cuerpo etérico y el cuerpo físico. En esta actividad yoica de transformación y asimilación de los miembros constitutivos hacia la altura de su ser espiritual reside el manantial de todo el desarrollo futuro del ser humano y de la Tierra.
Así como la triple articulación, también la cuádruple articulación conduce a la captación del concepto de individualidad. En la dotación yoica del ser humano se cumple este concepto. El concepto del organismo, en cambio — el del estar-cerrado-en-sí-mismo —, ya se cumple en el reino animal, pero no en la planta, que está dotada de vida solamente. Esta se presentaría como organismo completo solo si, al brote, se le añadiera en el pensamiento la tierra en la que arraiga, y a la hoja y la flor, el periferia cósmica en la que se despliega.
El concepto del organismo se cumple cuando se intenta pensar el obrar conjunto de los tres miembros constitutivos — cuerpo físico, cuerpo etérico o vital, cuerpo anímico o astral — como un todo. Lo que solo el conocimiento suprasensible le abre al pensar como realidad, la contemplación intuitiva del animal puede enseñarlo. Solo con la dotación de un cuerpo astral — es decir, de un elemento anímico que penetra la sustancia terrestre, como ocurre en toda animalidad — surge un exterior y un interior: «En el cuerpo astral la configuración animal emerge hacia afuera como forma entera y hacia adentro como configuración de los órganos [...] Cuando esta configuración se lleva hasta su término, se forma lo animal.»[94]
Con esta caracterización queda dado el punto de acceso a una configuración más profunda, en imagen y pensamiento, del concepto de organismo, o bien de la «estar-cerrado-en-sí-mismo». Desde la perspectiva de la agricultura, este concepto abre la posibilidad de hacer surgir de nuevo un organismo agrícola desde la fuerza del alma consciente y en una metamorfosis consciente de lo pasado. Si uno se detuviera ahí, sería tan solo una —si bien consciente— repetición de lo que antaño fue la configuración periférica de granja y geomarca. Pero ¿cómo está la metamorfosis del antiguo punto espiritual central, la Iglesia? Este punto central se desplaza, en el curso de la toma de conciencia de sí mismo, hacia el interior del ser humano mismo. Él debe aprender, en el fortalecimiento interior de su individualidad yoica, a despertar creativamente los impulsos morales que lo guíen en su trabajo de tal manera que la ubicación estacional de la granja, dada macrocosmicamente, se desarrolle de manera esencial hacia la «individualidad agrícola». Así como la trimembración del ser humano orienta la mirada hacia la articulación vertical de la granja, hacia el eje Tierra-Sol, así lo hace la cuádruple articulación hacia la orientación horizontal y superficial de la geomarca, del cuerpo de esta individualidad. La primera abre la concepción espiritual de la individualidad agrícola, la segunda los caminos de la práctica, de su realización, de su cumplimiento esencial.
El cuadro de la cuádruple articulación de la individualidad agrícola
La organización física
Desde su origen en la alta Edad Media, la geomarca de una aldea o granja aislada en ubicación dispersa formaba una unidad superficial redondeada. Es el lugar en el que los efectos de las fuerzas y las sustancias del cosmos y de la Tierra actúan mutuamente de manera específica en cada caso y se manifiestan en el cuadro de la naturaleza cultivada.
La base física la forma el nexo relacional de los «elementos» —tierra, agua, aire y calor— que se transforma en los ritmos del curso del año (Figura 7, p. 102).
El fundamento cristalino y térreo-sólido de la geomarca se constituye a partir de las formaciones rocosas de la corteza terrestre. Estas emergen en el límite con la periferia aérea en un relieve de múltiples formas —valles y alturas, exposiciones

según los puntos cardinales, etc. —, que a su vez modifica el juego rítmico de los cuatro elementos. La forma superficial de cada geomarca cuenta así su historia terrestre y paisajística. Por meteorización —es decir, el obrar de los elementos agua, aire y calor sobre el elemento de lo térreo-sólido— surge el armazón mineral del suelo, que se compone, según la roca de origen, de una granulometría más fina o más gruesa de cuarzo-sílice y sus parientes silicatados, de cal y sus parientes cálcicos, así como de arcillas. Esta composición puramente mineral resulta tanto más significativa para la fertilidad del suelo cuanto más equilibrada y de mayor profundidad se halla constituida.
El elemento del agua impregna el suelo de maneras muy diversas. En parte aparece en estado coloidal, unido a los más finos minerales arcillosos; en parte como capas de hidratación de las partículas de suelo; en parte como agua de poros; en parte como agua de infiltración y como agua freática. Desligado del elemento tierra, revela su naturaleza coherente y movible en sí misma en la gota de lluvia, en las corrientes de agua, en los estanques y en los lagos. En el camino de la evaporación se vuelve finalmente uno con el
elemento aire, se forma en la niebla en las más finas gotitas, en las nubes en gotitas más gruesas, y se libera por fin en la lluvia torrencial del entorno aéreo para unirse de nuevo con el elemento tierra. Toda granja puede considerarse afortunada si la geomarca linda con un curso de río o con un lago, o si la atraviesa un arroyo —alimentado tal vez por un manantial—, o si alberga un biotopo húmedo de nivel freático elevado o un estanque. Como el relieve, también el régimen hídrico —según la cantidad y distribución de las precipitaciones en el curso del año— otorga a la geomarca de la granja o de la aldea un carácter individual inconfundible.
El elemento del aire se posa a veces quieto sobre la geomarca, a veces la recorre suavemente, a veces con furia. Como las precipitaciones, así y aún más claramente las corrientes de aire en el viento y el tiempo atmosférico abarcan países y mares, pero en cada lugar de la tierra donde los obstáculos cortan el paso —sea una cadena montañosa, sean árboles, setos, etc.— son turbadas, atenuadas o incluso llevadas al reposo. Sobre todo la capa de aire cercana al suelo permanece bajo la cubierta vegetal de manera más duradera y se halla en constante intercambio con el aire del suelo, que reside en las grietas y los poros del horizonte superior ora más, ora menos tiempo. El carácter puramente físico, inorgánicamente muerto, del elemento aire se muestra en su composición sustancial. Los componentes principales —oxígeno y nitrógeno, sustancias altamente activas en lo viviente— forman en el aire exterior enlaces consigo mismos y son por ello, en el más alto grado, inertes a la reacción. Distinto se comporta el elemento del aire en el suelo. Allí entra en relación con los elementos tierra y agua, se vivifica hasta alcanzar su plena fuerza reactiva y forma nuevos enlaces. Otra manera de manifestarse el aire en movimiento es la presión que ejerce cuando, en el viento y en la tempestad, bate el agua en olas, hace ondular el cereal, temblar las hojas del álamo y derribar bosques enteros.
El calor se manifiesta como elemento en su forma más pura como calor radiante. En general, sin embargo, se revela de manera indirecta en y a través de los elementos tierra, agua y aire. Les confiere a cada uno su dinámica propia en el acontecer procesual. Solo por el calor se revelan sus propiedades físicas específicas. Su ausencia en invierno hace que el suelo se hiele y se torne rígido hasta convertirse en el elemento de lo térreo-sólido; en el calor del verano conquista la supremacía junto con el aire; en primavera penetra en sus elementos hermanos, despierta la dinámica recíproca entre ellos, vivifica los suelos y los hace receptivos para las semillas; en otoño también, pero entonces se va desprendiendo hacia el invierno de este conjunto, y cada uno de los elementos entra en su ser particular. Según la exposición
del relieve con respecto al sol —ladera sur, ladera norte— resultan en la geomarca lugares más cálidos o más fríos; setos de árboles, frutales dispersos, islas de bosque, etc. procuran a pequeña escala un equilibrio térmico.
Por el calor surgen relaciones de fuerzas entre los elementos. Este entramado de relaciones físico-inorgánico varía de lugar en lugar. Pero cuanto más se hace valer el principio del organismo en la configuración de la granja en una aproximación artística, tanto más se cierra el acontecer elemental en un todo individual. Surge una composición —acorde con el tipo del lugar— de las leyes físicas, fuerzas y sustancias que actúan en los cuatro elementos. Esta composición puede llamarse la organización física de la «individualidad agrícola», a semejanza del «cuerpo físico» del ser humano. Esta organización física de la geomarca de la granja o de la aldea es de índole esencial suprasensible. Se presenta de manera sensible en el mundo sustancial de un lugar cuajado en la forma, y en cuanto tal es algo evolutivamente dado desde el pasado. Ella suministra los hechos que el agricultor debe conocer en lo que respecta a la estructura geológica, los tipos de suelo, las condiciones hidrogeológicas y las condiciones climáticas a pequeña y gran escala —más aún: con los que debe estar compenetrado en lo que respecta a una práctica idónea. Las posibilidades de optimizar, en este mundo de hechos predado, el juego conjunto de los cuatro elementos en favor del cultivo de las plantas cultivadas se limitan a intervenciones en la piel más externa de la corteza terrestre, en los suelos, el «órgano-diafragma» entre las «alturas» y las «profundidades» del paisaje. Se trata en ello del ejercicio del arte del laboreo del suelo, del riego y del drenaje, del saneamiento, de la construcción de terrazas, de la construcción de diques y de la protección contra el viento, etc.
La organización vital
Al igual que la planta, el animal y el ser humano, el organismo agrícola —que puede entenderse como el cuerpo de la «individualidad agrícola»— posee también una organización vital, un «cuerpo etérico o cuerpo de vida», que se articula en un «cuerpo físico» acorde con su naturaleza esencial (Figura 8, p. 106). Se está tentado de equiparar este cuerpo de vida con la suma de la vida que brota anualmente en el crecimiento vegetal. Pero ¿dónde queda esa vida que se manifiesta en las formas de las plantas cuando éstas arrojan sus hojas en otoño o mueren del todo? Podría responderse: la vida se retira a la semilla, al humus o al cámbium. Pero también éstos son sólo formas de manifestación de lo viviente
en la corriente del surgir y perecer. La vida misma es suprasensible. La organización de las fuerzas etéricas formativas de la granja atraviesa, en el ritmo del año solar, estados alternos de su manifestación sensible. Desde el otoño a lo largo del invierno vive retirada en la tierra, en pura actividad espiritual, «en el polo cefálico de la individualidad agrícola». En el brotar y madurar de las plantas desde la primavera a lo largo del verano se eleva hacia el «vientre de la individualidad agrícola». Se imprime en la vida de cada forma vegetal que se configura y en sus composiciones sustanciales en raíz, tallo, hoja y flor, y se disuelve de nuevo cuando las plantas mueren hacia el otoño.
El cuerpo etérico o cuerpo de vida de la individualidad agrícola se revela en el año ascendente en la suma de las manifestaciones vitales; desaparece de nuevo en el año descendente y entonces sólo es perceptible para la mirada espiritual abierta. La discontinuidad es sólo aparente.
Todo lo viviente se halla esencialmente en relación con los elementos. Cuanto más equilibradamente se mantienen entre sí tierra, agua, aire y calor en su proporción mutua, tanto más multiforme puede la vida manifestarse. Este hecho se expresa con claridad en la oposición entre la selva tropical lluviosa y el desierto de arena. En el primer caso la diversidad de especies vegetales, concentrada en el espacio mínimo, alcanza un máximo —en la selva virgen tropical de Brasil, por ejemplo, hasta más de cien especies arbóreas por hectárea—; en el segundo caso se da un crecimiento vegetal escaso o directamente nulo.
A todo lo viviente subyace una organización vital compuesta de una multiplicidad de fuerzas formativas que irradian con la luz del sol. En ella, como en una integridad, se llevan a cabo en mutuo fomento recíproco los procesos vitales; éstos son los autores y portadores de la salud. La autorregulación y la sostenibilidad de un biotopo natural dan testimonio de ello. La organización vital de un organismo agrícola es tanto más sana cuanto más multifacéticamente se halla configurada según los factores propios del lugar. Crear este estado de salud perdurable es la tarea cultural continua del ser humano. De ella depende la constelación de las fuerzas formativas de lo viviente, según la cual la planta cultivada puede configurarse acorde con su tipo. En esta constelación de fuerzas formativas referida a la granja descansa el valor nutritivo de los frutos alimenticios y la fuerza curativa de las hierbas medicinales, así como la calidad del humus y de la fertilidad del suelo en su conjunto. Cada especie vegetal contribuye, pues, a que desde la plenitud de las fuerzas de la periferia cósmica pueda formarse una organización vital propia del organismo de la granja o de la aldea, que actúa frente a la organización física como su arquitecta configurante

es superior. Ella es portadora del acontecer vital que en las formas de las plantas llega a ser imagen perceptible, pero que suprasensiblemente se vive manifestándose como un «cuerpo de tiempos o de fuerzas formativas» activo en el tiempo. En todo lo viviente es él el portador del desarrollo. A este acontecer del cuerpo temporal quiere apuntar el concepto «biodinámico».
La naturaleza se organiza en diversidad a su manera, siguiendo la necesidad de su legalidad; en el organismo agrícola, esta tarea recae en el arte del ser humano. En la consciente configuración de la organización etérica de una granja o demarcación aldeana, el agricultor se convierte —como ocurrió en el antiguo campesinado— de nueva manera en creador del paisaje cultural. Mediante el cultivo de las plantas cultivadas destruye ciertamente la naturaleza silvestre ya formada, pero la reconstruye como naturaleza cultivada. Mientras que en el plano físico su fuerza formativa tiene estrechos límites, en la configuración de la organización vital del organismo de la granja es desafiado hacia la más alta maestría artística. Debe buscar superar la contradicción entre la unilateralización en el cultivo y la multisidimensionalidad como principio de una
vitalidad sana, por medio del arte. Debe tomar, desde la vivencia ideal del contexto total del organismo agrícola, las medidas que transformen el biotopo natural en biotopo cultural. En una recreación consciente, el organismo de la agricultura debe ser nuevamente plasmado desde los páramos devastados de la monocultura, como desde una célula originaria. Con vistas a la articulada configuración de la organización vital propia de cada granja, se consideran las siguientes medidas (Figura 8, pág. 106):
La rotación de cultivos en el campo y el huerto:
La tierra cultivable disponible se distribuye de manera que los distintos cereales, cultivos de escarda y plantas forrajeras —en el huerto, las distintas hortalizas— que en un año se encuentran uno junto al otro en diferentes parcelas, se cultiven sucesivamente en una misma parcela a lo largo de los años. El arte consiste en hacer que las distintas plantas de cultivo —según aumenten o consuman humus, según sean de raíz superficial o profunda, según sean exigentes o poco demandantes en cuanto al abono— se sucedan de tal manera que se eviten enfermedades, se fomente la alegría de crecer y la fructificación (valor nutritivo) y se conserve en conjunto la fertilidad del suelo, o mejor aún se eleve. De gran importancia es que la semilla se mantenga en la finca, es decir, que provenga del propio cultivo subsiguiente o del trabajo de mejora propio. La cultura del cultivo de la tierra trabaja sobre todo con las fuerzas del cosmos, que actúan a través de la tierra —sílice y cal, mediadas por la arcilla— indirectamente de abajo hacia arriba sobre el crecimiento vegetal. Esto se expresa particularmente en el cultivo de cereales, donde, en comparación con la hierba silvestre, toda la planta —en caña, hoja y semilla— está penetrada por el proceso de fructificación.[95]
La reintegración de la horticultura en el organismo de la granja y de la aldea:
Se lleva a cabo en parte mediante el enriquecimiento de la rotación de cultivos del campo con el cultivo de hortalizas en campo abierto, en parte mediante el cultivo de hortalizas finas, flores y hierbas en el recinto cercado, así como mediante el cultivo bajo vidrio. Aquí, en la proximidad de la granja, está también el emplazamiento para el colmenar. La integración de una horticultura diversificada asegura floración y fructificación desde principios de primavera hasta bien entrado el otoño. Complementada con franjas florales en el cultivo de campo, la diversidad de especies de la flora anual se enriquece así en gran medida hasta los confines de la demarcación de la finca.
La reintegración del cultivo de frutales en el organismo de la granja y de la aldea:
Los árboles de tronco alto, con la mayor diversidad de especies posible, tienen su emplazamiento a lo largo de los caminos de campo, en los lindes de los cultivos, en las laderas aterrazadas o en los prados frutales próximos a la granja. El efecto benéfico de la cultura frutal —que enriquece la imagen del paisaje a lo largo de todas las estaciones del año— debería penetrar toda la demarcación de la granja y de la aldea. Los cultivos intensivos de frutales en semitronco y en bajo deberían guardar una proporción mesurada con los demás cultivos.
La integración y preservación de prados y pastos:
Tienen su emplazamiento en zonas de alta pluviosidad, en laderas expuestas a la erosión y en dehesas o zonas de secano aprovechables sólo extensivamente y de escaso perfil, pero sobre todo allí donde el agua freática aflora cerca de la superficie —por ejemplo, a ambos lados de arroyos y cursos fluviales, en vegas, en depresiones turbosas o en turberas bajas. El laboreo del suelo verde mediante drenajes o descensos del nivel freático debería evitarse en la medida de lo posible. El suelo verde resiste las inundaciones y actúa, como cultivo permanente, de modo purificador sobre el agua freática que afluye al cauce receptor —especialmente gracias a las largas raíces absorbentes de las gramíneas—, sustrayéndole el nitrato procedente de las áreas cerealistas más alejadas. El suelo verde permanente se halla, a consecuencia del pastoreo y de la siega del heno, en un estado constante de crecimiento vegetativo. Necesita por ello abundante agua —o con mayor exactitud: las fuerzas etéricas formativas que actúan a través del elemento del agua; agua, pues, que esté expuesta al obrar de las fuerzas del polo metabólico de la individualidad agrícola. Esto ocurre cuando el agua freática aflora cerca de la superficie (40 cm bajo el nivel del suelo), o en el caso de prados artificiales o en el cultivo de regadío en el «cultivo en ladera».
La forma consumada de los prados artificiales podía encontrarse todavía hasta mediados del siglo XX en las mesetas montañosas medias. El autor pudo contemplar en el Rhön, justo antes de la destrucción de estas construcciones tan ingeniosas, los últimos vestigios de los llamados Buckelwiesen —prados abombados—. Establecerlos, «abonarlos» con agua limpia, cuidarlos, segarlos para heno y acarrear el heno cargado sobre los hombros en grandes lonas era trabajo manual en su forma más exigente. Se recompensaba con hasta cinco siegas de heno al año. Desde un canal de molino situado más arriba en la ladera del valle, se construían ladera abajo una loma de tierra junto a otra con flancos laterales a modo de tejado. Por el caballete de estos lomos-tejado discurría, en ángulo recto desde el canal del molino, una zanja de captación de menos de un palillo de ancho y con pendiente cero. En época de riego, según las fases de la luna, el agua corría a ambos lados sobre el borde de la zanja en toda su anchura, goteaba
rasch por la capa de hierba y se reunía de nuevo en la canaleta entre dos lomos. Esta continuaba y se convertía en la cresta de la siguiente hilera de techos abombados que descendían por el valle, y así descendía peldaño a peldaño hasta el fondo del valle.
En este arte del riego no se trataba principalmente de humedecer el subsuelo, sino del movimiento del agua —pobre en minerales y sobre todo en nitrógeno— que discurría rápidamente goteando a través de la capa de hierba. Cabe suponer que aquí el agua ejerce un efecto fertilizante. A través de la absorción de oxígeno por el agua en movimiento y flujo —el oxígeno como portador de la vida[96]— parece que el agua vitaliza el crecimiento de las gramíneas y las hierbas de tal manera que en estos suelos generalmente pobres en minerales se han logrado rendimientos máximos tanto en calidad como en cantidad.
Los prados artificiales como elemento modelador y vivificador del paisaje, en la forma de los llamados prados abombados, han sido víctimas de la era tecnológica. Esta rama de una antigua y elevada arte agrícola no tuvo continuidad.
La plantación de setos, bosquetes de campo e islas arbóreas:
Aquí se presenta la oportunidad de asignar un lugar en el término de la finca a todas las especies leñosas —arbustos y árboles— propias del entorno paisajístico, en setos e islas arboladas, y de crear de este modo en el espacio agrícola abierto zonas protegidas con su propio microclima, haciendo que el término mismo se convierta en un miembro que imprime carácter armonioso al paisaje cultural. Las plantaciones sirven en los paisajes abiertos como sustituto del bosque, por así decirlo. La mayor condensación florística y al mismo tiempo faunística del paisaje cultural se encuentra en los bordes del bosque, las zonas de transición y a la vez de compenetración entre el espacio abierto de campos y prados y el bosque. Aquí se van disponiendo en pisos superpuestos una flora rica en especies de gramíneas y hierbas, luego la maleza de porte bajo y alto y finalmente las copas de los árboles altos y de ramas extendidas. La misma estructura y la misma función ecológica tienen los setos. Son, hacia los dos lados de la demarcación del campo, dos bordes de bosque unidos entre sí, entrelazados el uno en el otro —igual que los bosquetes de campo y las islas arbóreas.
El bosque:
Debe contemplarse junto con la agricultura como un todo. Es más: en sentido estricto, pertenece a la agricultura, igual que todos los demás miembros funcionales de la organización vital ya mencionados. El bosque rodea frecuentemente los términos de la granja y del pueblo, los conecta y los entrelaza. Cumple dentro de los paisajes culturales una función superior y vivificadora. Actúa además como regulador climático y preserva y moldea, a lo largo de los siglos, junto con los términos de la granja y del pueblo, el carácter del paisaje cultural en su conjunto.
El bosque no puede ser objeto de la mera silvicultura, pero tampoco de la mera protección de la naturaleza. Su aprovechamiento es, como el de cualquier término de campo, una tarea cultural que se cumple en la configuración hacia el «bosque permanente»,[97] cuya meta es la diversidad de especies arbóreas propia del lugar. El bosque permanente llega a ser bosque de cultura únicamente mediante el cuidado y el aprovechamiento continuos. El abandono a su estado natural en las reservas de protección de la naturaleza conduce de vuelta hacia una forma de abandono silvestre de origen antrópico.
Cada uno de los órganos de vida mencionados es ya por sí solo una creación artística que va más allá del biotopo natural. Aún más vale esto respecto a la composición de estos miembros de vida en el todo de la organización vital del organismo de la granja o del pueblo. Todas las acciones del cosmos de las estrellas fijas, de los planetas, del Sol, de la Luna y de la Tierra se han impreso en ella a lo largo del curso del año y confluyen en el «estado seminal» de lo «Vegetal-General», en el humus que preserva la vida. Los alquimistas rosacruces lo llamaron por eso la «semilla universal de la Tierra» (tierra madre),[98] en contraposición a la «semilla individual» que, formada por la planta singular, cae sobre la tierra madre. El humus lleva el pasado vital de los años anteriores, ya hecho terrestre, hasta el presente. Puede por ello ser designado también estructural y sustancialmente como la «memoria de la Tierra». Se puede decir: en él vive, cuajado en la forma térreo-material, el principio de lo Vegetal-General.
Es necesario distinguir las corrientes de fuerzas vivientes —las que constituyen la vida de las plantas y que en su totalidad forman su cuerpo etérico o cuerpo de vida— de aquellas que, como fuerzas de naturaleza superior, irradian desde el mundo astral del cosmos. Son fuerzas que en el animal se
Los procesos de vida que fluyen —los que constituyen la vida de las plantas y que en su totalidad forman su cuerpo etérico— los toma el animal, habiéndolos interiorizado en su cuerpo de sensación, para experimentar el hambre y la sed, el dolor y todo lo demás. Sobre los procesos de vida que fluyen en las plantas, estas fuerzas astrales actúan desde fuera, formando, plasmando, moldeando, represando. Forman y reparan la corriente de vida en la forma de la raíz de manera distinta a como lo hacen en las formas del tallo, de la hoja, de la flor. Las fuerzas formativas se unen con la vida que fluye y se crean un reflejo en cualquier forma de manifestación de una especie vegetal, modificado por la cooperación —diferente según el lugar— de las fuerzas de la tierra y del cosmos. Si uno contempla la diversidad de especies de los pastos y cereales, de la naturaleza herbácea, perenne, arbustiva y arbórea de una granja y su composición total, se revela en sus formas sensibles aquello que, en lo oculto, fluye con fuerza formativa como la organización etérica del organismo de la granja en su integridad.
La organización anímica o el cuerpo astral del organismo agrícola
De la misma región suprasensible desde la que irradian las fuerzas que tocan a la planta, por así decir, solo desde fuera, que la forman en el crecimiento y la dejan extinguirse en la forma, proviene también el cuerpo anímico o astral de los animales, el cual se encarna en el cuerpo de los animales y lo irradia desde dentro como su alma. Este elemento anímico que revela su ser delimita al animal hacia fuera en su forma y lo articula hacia dentro en la serie de sus órganos. La organización anímica del animal es su cuerpo de vida, y este está supraordenado a su organización física (Figura 9, p. 115). Como ya se ha mencionado, en cada especie animal se encarna una determinada cualidad anímica: en el gusano una distinta a la del pez, o el pájaro, o el insecto, o que en la serie de los mamíferos. El alma animal se crea en la configuración del cuerpo un reflejo de sí misma, y se expresa en lo que el animal hace. Una multitud de animales puebla un lugar. Es tanto más numerosa cuanto más multifacética está organizada la organización vital de la geomarca de la granja o del pueblo. Articulada en especies, familias y géneros, forma en su conjunto la fauna del lugar y se encuentra con los cuatro elementos, con la naturaleza viva y entre sí en relaciones de la más variada sabiduría. Se puede concebir la vida animal de una granja en su aparición y comportamiento como órganos del «cuerpo anímico o astral» de la totalidad de la granja. Ello
lo anímico que mora en los animales procede de estadios evolutivos pasados de la Tierra.[99]
El cuerpo anímico de la granja o de las tierras comunales del pueblo se constituye además mediante fuerzas astrales que irradian desde el cosmos presente con la luz del sol.[100] Son estas las que dan forma a las plantas desde fuera —compárese la finura o amplitud de las hojas de plantas crecidas a plena luz o a la sombra—, las que las dejan madurar, las que estructuran la composición sustancial, por ejemplo la proteína, y con ello condicionan el valor nutritivo de los frutos alimenticios. Así pues, depende esencialmente de la organización física y vital hasta qué grado de intensidad se configura la organización anímica y la geomarca de una granja o pueblo se delimita hacia afuera como un organismo cerrado en sí mismo y se articula hacia adentro en órganos.
Para comprender la contribución, tan diferenciada, de la fauna a la formación de la organización anímica del organismo agrícola o aldeano, es necesario detenerse con mayor amplitud en dos agrupaciones de índole esencial diversa: la fauna silvestre y los animales domésticos (Figura 9, p. 115).
Las especies silvestres — órganos del organismo de la granja y del paisaje
La aportación culturalmente creadora de la agricultura fue la transformación de la naturaleza silvestre en naturaleza cultivada; sigue siendo su tarea velar por el cuidado y el ulterior desarrollo de esta. Este paso de transformación significó, entre otras cosas, desterrar del todo de los paisajes a la gran fauna silvestre —como los depredadores: el lobo, el oso, el lince, y los ungulados como el uro, el alce, el bisonte, el jabalí, etc.— y reemplazarlos por los animales domésticos, o bien hacerse cargo de su custodia y cuidado, como ocurre con la caza mayor noble: el ciervo, el corzo y el reno, o con la caza menor, la liebre, el zorro, etc. Los mamíferos silvestres son huidizos ante el ser humano y predominantemente nocturnos. Sus excelentes cualidades sensoriales —olfato, oído y visión— apuntan a la vivacidad de una vida interior más consciente. Con sus sentidos se sumergen en el mundo exterior, olfateando, escuchando, otando —como por ejemplo la caza mayor noble cuando sale de la oscuridad del bosque hacia la campiña abierta para pacer. La vida instintiva del alma es estimulada por estas percepciones y al mismo tiempo se amplía
lo anímico y se funde con lo percibido. Esta relación entre un interior y un exterior se revela a la contemplación intuitiva en la estética del comportamiento, p. ej. en el corzo que huye veloz, la liebre que zigzaguea o el orgulloso ciervo que eleva soberano su cornamenta hacia la periferia aérea. Con esta armazón ósea que crece desde el hueso frontal, el ciervo capta fuerzas cósmico-astrales que actúan formativamente sobre su mundo de órganos interior.[101]
En los animales que viven en estado silvestre, aquello que constituye su ser anímico ha quedado absorbido por entero en la formación del cuerpo. Lo anímico se vive a través de y dentro del cuerpo. Así pues, los animales, guiados por sus instintos —es decir, desde una necesidad interior—, imprimen su propio ser en su espacio vital; en prolongación de sí mismos lo vivifican y animan con su actividad y lo convierten en su territorio: «La planta da, el animal toma en la economía de la naturaleza.»[102] El animal satisface su naturaleza de deseo e impulso a través de lo que toma de su entorno. En esa satisfacción tiene su bienestar, que comunica al mundo con alegría en sus movimientos y sonidos.
A la fauna silvestre se le presta cada vez mayor atención respecto a sus condiciones de existencia entrelazadas. Se reconoce cómo el ciclo vital de los animales se inserta pleno de sabiduría en una totalidad mayor; más aún: cómo en su conjunto constituyen, con su actividad, los órganos ejecutivos en la configuración de totalidades orgánicas. Es tarea del agricultor, pues, prestar a la fauna silvestre en el sentido más amplio la misma atención en su cuidado y cultivo que a los animales domésticos. Con respecto a los mamíferos, esto ocurre entre otras cosas mediante la caza mayor noble, en la que con frecuencia desempeñan también un papel motivos egoístas, de modo similar a como ocurre con la lucha contra los llamados parásitos mediante biocidas. Las distintas especies animales aportan cada una su contribución al enriquecimiento y fortalecimiento interior de la organización anímica del organismo de la granja o del pueblo. Toda intervención irreflexiva en el complejo entramado de relaciones lo hace enfermar y debilita sus fuerzas autocurativas.[103]
Cuatro grupos dentro de la fauna silvestre
Dejando a un lado los mamíferos y los reptiles, cuatro grandes grupos del reino animal revisten una importancia eminente, cuya existencia penetra las tierras comunales del pueblo con una animación anímica que actúa de manera más oculta. Muestran en su formación corporal, cada uno a su modo, una afinidad con la triple articulación funcional y morfológica del ser humano, es decir, con el sistema cefálico, torácico y metabólico-motor. Son los cuatro grupos de los gusanos, los peces, las aves y los insectos.
Esta trimembración corporal está desarrollada con mayor nitidez en los insectos. En los otros tres grupos, un ámbito funcional domina, con alta especialización, la existencia del animal: en los gusanos, el polo metabólico; en los peces, el centro rítmico; en las aves, el polo cefálico o neurosensorial. Cada uno de estos cuatro grupos revela en su diversidad de especies —con mayor intensidad los insectos— una gran amplitud en la conformación de sus sistemas orgánicos. En comparación con el ser humano, ya en fases anteriores de la evolución se han formado unilateralmente hasta tal grado de alta perfección, que puede decirse: una parte de lo anímico de estos animales ha quedado absorbida en gran medida por la respectiva formación corporal, mientras que la otra parte complementaria se vive manifestándose de manera suprasensible como el mundo de los llamados «seres elementales».[104] Los seres elementales son mensajeros que median entre el fundamento esencial de todo ser y sus formas de aparición en imagen en el mundo físico-material. Su naturaleza es de índole anímico-astral; su cuerpo se constituye, de manera específica en cada caso, a partir de las fuerzas de lo etérico-viviente. Los seres elementales son los mensajeros del espíritu que hacen aflorar en el tiempo y el espacio, en forma de imagen sensiblemente experimentable, los arquetipos del reino mineral, vegetal, animal y humano que tienen su hogar en el reino de los mundos espirituales superiores. Son seres de relación entre el mundo de lo sensible y lo espiritual-suprasensible, y como tales pueden ser vivenciados con sentimiento en una contemplación intuitiva ejercitada y pensante. Como portadores de proceso se encantan a sí mismos en todo lo que está en devenir y se liberan de ese encantamiento en el perecer de lo cuajado en la forma sensible.[105] Los seres elementales se especifican en cuatro grupos, según cuál de los cuatro elementos —tierra, agua, aire y calor— constituya principalmente su campo de acción.
Forman, de manera suprasensible, el complemento de los cuatro grupos de animales que, en una Vereinseitigung[106], encuentran en estos elementos sus condiciones de vida físicas. El mundo de los seres elementales está presente en todo lo terrestre. Su eficacia, que alcanza desde lo inmanifiesto hasta lo manifiesto, no puede escapar a la contemplación intuitiva que siente artísticamente. Extiende sobre la naturaleza y, en particular, sobre el reino animal —que vivifica los cuatro elementos cada uno a su modo específico— un sutil velo de sensibilidad y alma plenos de sabiduría.
A continuación habremos de dirigir la mirada hacia la naturaleza esencial y la significación de los cuatro grupos del reino animal antes mencionados (figura 9):
1. El grupo de los invertebrados vermiformes, aquellos que están vinculados con el elemento de lo térreo-sólido, tomando como ejemplo la lombriz de tierra (Lumbricus terrestris):

A la lombriz de tierra le falta una cabeza desarrollada. Es, por así decir, un tubo intestinal segmentado que ha llegado a ser autónomo; un animal completamente metabólicamente activo, cuya organización sensorial orientada hacia el exterior
queda reducida al sentido del tacto —sentidos puntuales distribuidos a lo largo del cuerpo—. La actividad de este delicado animal, mucoso y acuoso, es el laboreo del suelo. Es el escultor de lo sólido-terrestre. Vive en la oscuridad de las profundidades de la tierra, se abre paso en busca de alimento a través del suelo superficial suelto, busca restos de plantas muertas, y se excava hacia las capas del subsuelo mineral denso, formando sus galerías verticales que le sirven, por así decir, de esqueleto externo y le prestan la erección vertical en sus movimientos hacia arriba y hacia abajo. Transporta sus excrementos cargados de minerales, contra la gravedad, hacia arriba, hasta la superficie del suelo (hasta 100 t/ha/año), y así rejuvenece el suelo año tras año. Promueve activamente la respiración del suelo: al deslizarse hacia abajo por sus galerías, actúa como una bomba que arrastra tras de sí el aire exterior rico en oxígeno; al ascender de nuevo, expulsa hacia fuera el aire del suelo cargado de CO2. Su alimento es materia orgánica muerta en proceso de descomposición bacteriana, que incorpora a su interior junto con arcilla, limo y arena fina. Hacia el exterior segrega mucosidad; hacia el interior, su organización anímica «impregna de sentido» la corriente de alimento absorbido y dirige un ejército de simbiontes bacterianos que descomponen el alimento; y al hacerlo, en conexión con los componentes arcillosos minerales del alimento, inicia la formación de humus estable, la formación de los complejos arcillo-húmicos de estructura granular.
La lombriz de tierra es, por naturaleza, un ser de renuncia. Permítase la tesis: ha renunciado evolutivamente a la metamorfosis completa, a través de la pupación hasta la imago. Esta —como una mariposa, pongamos por caso— revelaría, en la belleza de forma y color, lo que permanece retenido en el gusano como su bienhechora capacidad de ser escultor del suelo.
La conciencia de la lombriz de tierra es durmiente-soñadora y, sin embargo, tiene el poder de crear un todo cargado de relaciones. En esta su obra aparece, como imagen refleja, lo que —en complemento de su naturaleza marcadamente metabólica— constituye su naturaleza superior sensorial e intelectual. Lo que a la lombriz de tierra, lo que en general al mundo animal vermiforme le falta, es la configuración polar de la cabeza en relación con el sistema metabólico. Lo que falta, el complemento de la cabeza, está sin embargo funcionalmente presente en todo lugar donde hay lombrices de tierra y demás, precisamente como algo espiritual-entitativo que está separado del cuerpo físico que aparece, pero que no por eso deja de estar anímicamente en relación con él. Se trata aquí de un grupo específico de seres elementales —los desde siempre llamados *Gnome*[107]—, cuya sustancia esencial es «sentido y entendimiento en un
117}}
es».[108] Despliegan su eficacia en lo térreo-sólido y constituyen el eslabón anímico-astral hacia el mundo animal invertebrado.
Pertenece al arte de la agricultura crear espacio vital en abundancia para este grupo animal tan incansablemente activo y benéfico. Pues donde la lombriz de tierra despliega su actividad —en el campo arable, en la pradera y el pasto, así como en el montón de estiércol y compost— está también presente su correlato espiritual: los seres elementales de lo térreo-sólido. Sin la lombriz de tierra, el suelo se compactaría y endurecería poco a poco, llegando a una suerte de rigidez mortal. La lombriz de tierra vivifica el suelo.
2. El grupo de los animales vinculados con el elemento del agua: los peces. Así como la lombriz de tierra es un escultor de lo térreo-sólido, el pez lo es del elemento acuático. La cabeza del pez, con su diferenciada organización sensorial, está claramente desarrollada; pero va pasando sin transición al tronco y al miembro metabólico. Dominante sobre todo es la parte media, el tronco: un sistema esquelético fino, rítmicamente articulado con riqueza, cartilaginoso-óseo. La cadena vertebral recorre el cuerpo desde la aleta caudal hasta la cabeza y se metamorfosea en esta en los huesos del cráneo. Lateralmente se arquean los arcos costales, las espinas, que envuelven también los órganos abdominales. Por fuera están recubiertas de una capa muscular que, en conexión con las aletas, confiere al pez una extraordinaria agilidad y velocidad en el desplazamiento. La lombriz de tierra incorpora lo terrenal hasta su tracto digestivo; de otro modo el pez, que en el desplazamiento deja fluir el agua a través de sus branquias. El agua entra así, a través de la cabeza, en relación directa con el sistema rítmico del tronco; el pez se provee de oxígeno, que extrae del agua mediante las branquias. La piel exterior se condensa en un manto de escamas mediante el cual su forma se delimita frente al agua informe, y a través del cual manifiesta hacia afuera su ser interior anímico en múltiples coloraciones. El pez no se alimenta como la lombriz de tierra de vida moribunda, sino preferentemente de lo que en el agua se despliega como vida vegetal y animal. El pez extiende su ser anímico más allá de su forma corporal, hacia el agua circundante. Por un lado, palpa en su deslizamiento el agua que fluye a lo largo de su cuerpo, y por otro lado, genera mediante sus movimientos las más finas corrientes y remolinos. Así como el pez debe su forma hidrodinámica al elemento del agua,
así él a su vez vivifica y anima este elemento mediante la actividad anímica que se prolonga en sus secuencias de movimiento. Estas son, en un lago tranquilo o un estanque, distintas de las de un arroyo o río que fluye con fuerza. La brema, por ejemplo —una especie de carpa—, es más compacta en la forma, más oscura en la coloración, pausada en el movimiento, y gusta de revolcarse ocasionalmente en el fango del fondo del estanque. En contraste pleno con esto, la esbelta trucha —una especie de salmón— se halla en el agua cristalina que fluye sobre piedras. Como una sombra se desliza velozmente a través del agua iluminada y en movimiento, sobre fondos pedregosos, buscando protección a orillas del arroyo o bien manteniéndose activamente quieta contra la corriente, sintiendo el calor suscitado por el movimiento del agua que fluye ante ella.
En los peces alcanza una cierta plenitud sobre todo su parte media rítmica, el tronco, todavía no la cabeza con su sistema sensorial. Su conciencia ha quedado amortiguada hasta un soñar sordo. Lo que les falta corporalmente permanece como ser activo en lo suprasensible; teje y vive como un nuevo grupo de seres elementales que crean relaciones: las ondinas. Tienen el agua por elemento y transmiten los arquetipos espirituales a las formas corporales y orgánicas que se van formando en lo acuoso.[109]
3. El grupo del mundo de las aves que vive en el elemento del aire.
Las aves plasman, vivifican y animan el elemento del aire en el poderoso aleteo, en los magnos impulsos del vuelo o en el sublime deslizamiento a grandes alturas. Más que ningún otro animal capaz de elevarse al espacio aéreo, las aves son las soberanas de los aires. Así como el gusano de tierra es, como ser del metabolismo, un hijo de la tierra —que asimila la tierra en sí mismo—, y el pez es, como ser del ritmo, un hijo del agua —que se deja atravesar por el agua—, así el ave es un hijo del aire. Su cuerpo entero
ha sido reconfigurado como una cabeza, como un gran órgano sensorial. No solo su cabeza está aireada desde afuera, y asimismo su plumaje, no solo es sostenido por el aire con las alas extendidas, sino que el elemento aire atraviesa todo su interior (véase más adelante).
Entre los grupos mencionados, en las aves se consuma la corriente evolutiva de la formación de la cabeza; esta abarca al animal entero, incluidos el pecho y el metabolismo. A ello se anuda la pregunta: ¿No está prefigurado, en una etapa evolutiva anterior, en los animales invertebrados de tipo vermiforme, en los peces y las aves, y en el cuarto grupo —los insectos—, algo que ha alcanzado una plenitud prematura, algo que en la evolución progresiva aparece en el Apocalipsis de Juan[110] como el «triple animal» del águila, el león, el toro y un cuarto ser que lleva un rostro humano? Rudolf Steiner caracteriza los tres animales —el águila (cabeza), el león (pecho) y el toro (metabolismo)— como representantes de tres corrientes de desarrollo nacidas del espíritu, que en el ser humano confluyen en una totalidad superior.[111] ¿Y no muestra la estricta trimembración morfológica y funcional de la figura del insecto una síntesis —cuajada prematuramente en la forma— de las corrientes evolutivas de los invertebrados, los peces y las aves, tal como esta síntesis aparece con una capacidad de desarrollo abierta al futuro en la confluencia de las corrientes del águila, el león y el toro en la figura del ser humano?
Las aves extraen el oxígeno del aire tanto al inhalar como al exhalar. Al inhalar, el aire llega en parte a los pulmones y, sin haber sido consumido, en parte a los sacos aéreos distribuidos por el cuerpo y a los huesos en parte huecos. Al exhalar, ese aire almacenado pasa por los pulmones —un sistema tubular abierto, no alvéolos pulmonares a modo de callejones sin salida— de adentro hacia afuera. La gravedad se convierte en el cuerpo del ave en ligereza: el cráneo, atravesado predominantemente de manera directa por el aire exterior; el cuerpo, aireado por los sacos aéreos; las cavidades llenas de aire que recorren grandes partes del esqueleto especialmente en las especies de mayor tamaño; y finalmente el plumaje móvil y aireado. La ligereza queda aún más subrayada por el hecho de que el alimento altamente concentrado —ya sea de origen vegetal o animal— está sujeto a una digestión rápida y es evacuado tras una breve permanencia.
«El pájaro es … en su conjunto propiamente una cabeza.»[112] La imagen fenoménica de un herrerillo, un petirrojo o un reyezuelo etc. confirma esta afirmación de manera inmediata. El tracto digestivo y el pecho están acortados y aparecen como atraídos hacia el polo cefálico. La fisonomía está dominada por el pico y los ojos; pero se cierra, en forma, color y dibujo del plumaje, en la figura cefálica del pájaro como un todo. La rígida unión de los huesos del cráneo continúa con las vértebras cervicales medias articuladas en el esqueleto del tronco; las vértebras dorsales fusionadas forman con la escápula, la pelvis, las costillas y el esternón una unidad firmemente cerrada. A la inversa, la actividad principal de las extremidades se desplaza hacia las alas y más hacia adelante aún, hacia la movilidad del pico —en sacudidas picoteadoras (gallina, gorrión, etc.) o golpeadoras (pájaro carpintero)— y de la cabeza. Así se funde en la cabeza una actividad de las extremidades altamente especializada con una actividad sensorial en estado de hipervigilia. Cuando uno mira al ojo de un pájaro —sobre todo el de las aves rapaces— percibe una fuerza anímica que, como a través de un punto en reposo, aprisiona la propia mirada con un poder casi irresistible; una mirada como venida de tiempos antiquísimos. El ser anímico del pájaro se comunica con la periferia aérea en sonidos simples y también en series de tonos de rica resonancia pictórica. Brotan de la siringe (la llamada laringe inferior), impulsados por la corriente de aire en la espiración y en parte también en la inspiración. La alondra común, cuando en la temprana mañana iluminada por el sol se lanza al aire, es capaz de trinar su melodía durante tanto tiempo porque puede ejecutar los llamados microrespirones, con los que rellena permanentemente los sacos aéreos (comparable a un gaitero).[113] Lo mismo ocurre con el ruiseñor, que puede mantener su canto melódico de igual manera durante tan largo tiempo.
Única en el reino animal, la figura del pájaro está determinada por su plumaje. Tanto el cañón de la pluma como la barba crecen desde la piel. Pero lo que después se expresa en riqueza de colores y en las formas finamente cinceladas de las plumas individuales y del plumaje en conjunto aparece vuelto hacia afuera como una imagen abombada del mundo interior anímico del pájaro. Las plumas se le han convertido en órgano sensorial de los movimientos del aire.[114] Rudolf Steiner caracteriza la formación de las plumas del
Rudolf Steiner caracteriza la formación de las plumas del pájaro tomando el ejemplo del águila: en el plano físico, son producidas por las mismas fuerzas que, en el plano espiritual-anímico y sobre la base del cerebro, generan la formación de los pensamientos.[115]
La naturaleza del pájaro se aboveda como una campana sobre las tierras de la granja y de la aldea. El punto de referencia hacia la tierra es el nido. Desde él, se despliega hacia el entorno terrestre y aéreo, y se expresa anímicamente en el territorio correspondiente. Dentro de sus límites, el pájaro busca su alimento y encuentra aquello que lo impulsa a dejar fluir su ser anímico hacia el entorno —en el vuelo o entre las ramas de árboles y setos—: ya sea como el ratonero que, girando en las alturas, se deja impregnar por la luz y el calor del sol y despierta en el observador, con esa imagen de alejamiento de lo terrestre, la sensación de un reposo sublime, semejante al reposo en los propios pensamientos; o la ruiseñora que en el crepúsculo vespertino hace resonar su canto en los linderos de su territorio; o la alondra que en las horas de la mañana, de repente, con su gorjeo jubiloso, eleva invisible en el sereno cielo el ánimo de quienes, inclinados hacia la tierra, arrancan las malas hierbas.
La naturaleza cefálica sinso-activa del pájaro sobrepasa de algún modo su función metabólico-motora. El pájaro engulle el alimento casi con la misma rapidez con que lo digiere, y lo excreta en una forma en gran medida mineralizada. Sus funciones fisiológicas metabólicas quedan muy en segundo plano y se desplazan hacia las secuencias de movimiento gobernadas por el sistema neurosensorial. El complemento de esta unilateralidad es de naturaleza suprasensible y actúa anímicamente como ser elemental del aire, llamado desde antiguo sílfide.[116] Su existencia está ligada al mundo de los pájaros. Un ser elemental de esta índole sigue al pájaro que vuela en los torbellinos de aire que este genera tras de sí. En esta comunidad, cada vuelo de pájaro es una fuente de animación del entorno aéreo. Basta con observar durante un buen rato las generosas y elegantes figuras de vuelo de las golondrinas o vencejos que pasan veloces. Así como el gusano de tierra modela el elemento sólido de la tierra, y el pez el agua, los pájaros moldean con las fuerzas de su ser anímico el elemento del aire.
Por ello es también tarea del agricultor velar por que el mundo de los pájaros autóctonos encuentre su espacio vital en la granja y en la geomarca. El espacio aéreo les es libre; el espacio terrestre, en cambio, exige, en cuanto a posibilidades de anidamiento, la más variada configuración del paisaje en campos,
praderas, ribazos y taludes para las aves que anidan en el suelo, arbustos, setos, árboles dispersos por la campiña e islas de bosque para los pájaros cantores, entre otros. Se necesitan establos abiertos para las golondrinas comunes; para huéspedes raros como los mochuelos y las lechuzas campestres hacen falta oquedades en madera muerta dejada en pie, agujeros de vuelo en graneros, etcétera. Dondequiera que se encuentren lugares de anidamiento, surgen en el espacio circundante territorios visibles-invisibles, espacios anímica, que forman órganos invisibles en el organismo agrícola.
4. El grupo del mundo de los insectos que vive en el elemento del calor:
Los insectos conforman la clase con diferencia más rica en especies y formas en el reino animal. Bien es verdad que habitan en la tierra, en el agua y predominantemente en el aire, pero su reino elemental más propio es el calor. El insecto vive del obrar del calor. En el calor teje oculto su ser anímico, y mediante su actividad estructura procesos de calor, como ocurre por ejemplo en la visita a las flores, o más manifiestamente aún en el desarrollo del calor en el hormiguero o en la colmena. Así como el calor penetra cada uno de sus elementos hermanos y los pone en relación entre sí, así también el mundo de los insectos, con su pleno de sabiduría ser instintivo, penetra estos elementos y crea, sobre la base del calor, en un nivel superior, un tejido viviente de contextos relacionales.
En cuanto en primavera el sol ascendente despierta con su calor el ser natural del estado de reposo invernal, en brevísimo tiempo hormiguea en la capa superior del suelo toda suerte de carábidos, colémbolos y semejantes; en el estanque se agitan los ditíscidos, los gerris y demás; y en el aire danzan en los rayos cálidos del sol los mosquitos; las abejas visitan las flores; en una plenitud de formas inabarcable zumba, vibra, aletea, planea y danza con una afanosa diligencia siempre orientada un ejército de insectos por los aires.
Todo en la vida de los insectos transcurre en el calor. El desarrollo del huevo a la larva y la metamorfosis de esta a través del capullo hasta la imago, el insecto ya formado, necesita el calor de la primavera y el verano.
También la plenitud de formas de los insectos tiene que ver con el calor. Esta es mayor en los trópicos y mengua en las zonas frías.
Es la relación recíproca con el calor lo que compensa en la estructura corporal de los insectos las unilateralidades que se adhieren a los invertebrados, los peces y los pájaros. Los tres ámbitos funcionales de la cabeza, el tórax y el metabolismo están en el insecto, en lo que respecta a la forma, generalmente desarrollados de manera más equivalente, con especial énfasis en el miembro medio (Thorax), y con frecuencia quedan incluso netamente separados entre sí por incisiones (insecto del lat.
Insectum = incidido). Como todos los artrópodos, el insecto carece de esqueleto óseo interior; en su lugar, su forma triarticulada es sostenida por un esqueleto exterior, el caparazón de quitina. La polaridad del polo cefálico (Caput) y el polo metabólico (Abdomen) es especialmente marcada. Sin embargo, la organización sensorial de la cabeza, con ojos compuestos y ojos simples, así como con palpos y antenas (sentido del olfato y del tacto), se extiende, mediada por el sistema ganglionar ventral, hacia las extremidades — por ejemplo, en determinadas especies, hacia las patas delanteras (sentido de la gravedad y de la vibración, audición, gusto).[117]
En el insecto, en cambio, la organización de las extremidades, que en el ser humano corresponde al polo metabólico, está ausente por completo en la región abdominal. Las extremidades alcanzan su mayor diferenciación en los tres pares de patas (en los arácnidos, cuatro) y los dos pares de alas en el tórax, y se prolongan hasta la organización cefálica, por ejemplo en las antenas móviles, orientadas hacia la periferia, y en los altamente diferenciados órganos de mordedura y succión. Lo que en los vertebrados, y en el más alto grado en el ser humano, constituye el sistema rítmico con la respiración pulmonar y la función cardíaca, está ausente por completo en el tórax de los insectos. El centro del sistema vascular, que discurre por el dorso, se encuentra en el abdomen. La respiración se realiza a través de aberturas en la piel, distribuidas por todo el cuerpo, a las que se conecta el sistema tubular de las tráqueas. El sistema rítmico queda reducido por completo al movimiento de las alas y las patas articuladas. En la región torácica misma no ha desarrollado sistemas de órganos rítmicos propios, como un pulmón «verdadero» o un corazón «verdadero».
Los insectos se alimentan —ya sea el pulgón, la avispa, la abeja o la mariposa— preferentemente de sustancias que son ellas mismas el resultado de procesos de calor en la planta: de los jugos de asimilados, del jugo azucarado —la miel lo es sólo después de pasar por el tracto digestivo de la abeja— procedente de los nectarios de hojas y flores, del polen y de las resinas. En la construcción de su cuerpo continúan el proceso de calor-floración en el que termina el crecimiento de la planta. El mismo tipo de fuerzas anímico-astrales que desde el cosmos fluyen hacia las plantas con la luz solar, tocándolas y conformándolas desde fuera en tallo, hoja y flor, es el que se ha interiorizado en los insectos que visitan las flores y se ha condensado en lo anímico de cada uno de ellos a su manera peculiar. ¿Cómo entender de otro modo que, por un lado, ciertas flores parecen formadas de cara a la visita y la polinización de determinadas especies de insectos —por ejemplo, la flor del trébol en relación con
los abejorros; por otro lado, muchas especies de insectos están organizadas en la forma de su cuerpo, particularmente en las piezas bucales, para visitar flores de formas específicas. A la contemplación se ofrece una unidad orgánica de planta e insecto de orden superior. Obsérvense las flores de las orquídeas, por ejemplo las de la *Ophrys apifera*. Su flor actúa como un insecto que aún no ha llegado a la vida independiente. Con razón habla Rudolf Steiner de que la mariposa es la flor liberada y la flor la mariposa cautiva.[118]
Lo que en el reino de los insectos es experimentable de forma constante y en alto grado en sus representantes que forman estados, es la sabiduría que impera oculta en lo anímico, que se expresa en la conformación corporal altamente especializada, de tipo instrumental, pero sobre todo en la actividad de división del trabajo, creadora de relaciones, en un dar y recibir, como por ejemplo en la colmena o el hormiguero. En estos dos últimos casos no sólo dependen del calor exterior, sino que se crean el calor por sí mismos, por ejemplo las abejas mediante el movimiento intensivo en el racimo invernal de la colmena, o las termitas mediante el auto-calentamiento de hojas frescas comprimidas, hierbas, etc., para calentar los criaderos en sus construcciones subterráneas. Lo que en los animales de sangre caliente se vive manifestándose como vida anímica interior de carácter instintivo, en los insectos se invierte hacia fuera en una maestría consumada (por ejemplo, la araña y su red, la abeja y su panal, la avispa y su nido).
Así como para los grupos animales mencionados que viven en la tierra, el agua y el aire, el agricultor debe crear también en sus tierras un hogar para una vida insectil variada. Éste se encuentra en una naturaleza vegetal igualmente diversa. Ningún árbol, ningún arbusto, ninguna hierba ni planta que no constituya la base alimentaria de las larvas, ninfas u orugas de determinadas especies de insectos. Las orugas de las mariposas, por ejemplo, tienen cada una su huésped específico: la mariposa *Papilio Machaon* las umbelíferas, como el eneldo, el comino y la zanahoria; el pavo real diurno (*Vanessa Jo*), la vanesa de los cardos (*Vanessa Atlanta*) y la ortiguera (*Vanessa Urticae*), la ortiga; la mariposa de la col (*Pieris brassicae*), las variedades de col, etc. Muchas han tomado su nombre de su planta huésped, por ejemplo la mosquita del trigo (*Cecidomya tritici*), etc. Por mucho que en este estadio juvenil estén ligadas a una determinada planta huésped, otro tanto se les abre en cuanto
imago desarrollada, que essaima y dispone de un amplio abanico de alimentos en las praderas en flor.
Con solo estos pocos ejemplos se ve cuánta atención y cuánto cuidado debe dedicar el agricultor, junto con sus plantas cultivadas, a la naturaleza de las plantas silvestres. Con ello vela por el equilibrio y la proporcionalidad de las especies de insectos de su granja. Ha de procurar que desde la primavera hasta el otoño lo que florece anime el paisaje, ya sea mediante el cuidado de los ribazos de prados y caminos, taludes, etc., ya sea mediante una rotación de cultivos bien articulada, mediante el establecimiento de franjas floridas en los cultivos de campo, etc.
Un enorme enriquecimiento de la vida insectil lo ofrece una rica variedad de formas de arbolado silvestre en setos, pero sobre todo en plantaciones de frutales de tronco alto. Un manzano de tronco alto de cincuenta a sesenta años alberga en el tronco, las ramas, el follaje y la flor más de mil especies de insectos.[119] Una copa tan amplia o un seto rico en especies constituye una acumulación de sustancia astral: «De lo que ahí penetra como riqueza astral a través de los árboles, vive y teje el insecto desarrollado.»[120] Es sobre todo el mundo de los insectos el que, con su ser anímico-astral, media hacia lo etérico-viviente del mundo vegetal. Toma de las plantas su alimento y como contrapartida las poliniza, o las protege del súbito ascenso masivo de insectos dañinos, por ejemplo mediante la parasitación de colonias de pulgones por parte de las avispas icneumónidas.
El ser de calor por excelencia entre los insectos es la colonia de abejas, cuyo cultivo está documentado desde el quinto milenio antes de Cristo.[121] Desde su colmena en el jardín y desde el borde frutícola de la granja sobrevuelan la geomarca del campo y traen a la granja su cosecha, igual que el agricultor la suya en frutos del campo.
Las especies de insectos tienen una formación corporal altamente específica, con frecuencia extremadamente especializada, según qué cualidad de un elemento anímico unilateralizado ha cuajado en ellas. Esta unilateralización halla su complementación en los seres elementales que obran suprasensiblemente en el elemento del calor, del «fuego», es decir, los *salamandros*.[122] Son ellos quienes crean en el reino de los insectos la perfección —que linda con el milagro— de la trabazón entre formación corporal y pautas de comportamiento instintivo-inteligentes. La
Son los seres elementales del calor los que, como en el caso de las mariposas, realizan la metamorfosis completa a través de todos los «elementos», desde el huevo pasando por la oruga, el capullo hasta llegar a la imago. Penetran espiritualmente lo anímico de los insectos, cuajado en tan alto grado en la forma corporal triarticulada. Crean relaciones entre los reinos de la naturaleza y también con el ser humano, como por ejemplo en la relación del pastor con sus ovejas, del apicultor con sus abejas. En el zumbido y susurro de los insectos en el calor de los días soleados, en primavera en torno a setos en flor, frutales, tilos, se hacen perceptibles estados de ánimo que dejan intuir el obrar de estos seres elementales del fuego. Están presentes y son activos allí donde el agricultor crea espacios vitales para los insectos, el correlato físico de los seres elementales del calor.
Los animales domésticos — órganos en el organismo de la granja y del paisaje
Entre los animales domésticos se cuentan ante todo representantes del reino de los mamíferos: el perro, el gato, el cerdo, el caballo; del orden de los rumiantes: la oveja, la cabra, el bovino; del reino de las aves: la gallina, el pato, el ganso y la paloma; y del reino de los insectos: el gusano de seda, la abeja (Figura 9, pág. 115). Se distinguen de sus congéneres silvestres en relación con los cuatro niveles del ser:
1. En lo que respecta a lo espiritual-entitativo:
Los animales domésticos, como todos los animales, no tienen un Yo encarnado que les confiera, como al ser humano, una conciencia de sí y con ello el poder de la libre autodeterminación. Los animales están bajo la conducción de las almas de grupo.[123] De estas almas de grupo, los animales individuales son «escisiones» que han recibido impresas, en su modo de ser esencial, las propiedades del alma de grupo a la que pertenecen, y que son en lo físico-corporal una imagen refleja de esa alma de grupo. En la fauna silvestre, estas propiedades anímicas han cuajado evolutivamente como comportamiento en la formación corporal, y se manifiestan en lo físico como instinto, en lo etérico-viviente como impulso y en lo anímico como codicia. En el proceso de domesticación, el ser humano se puso en otro tiempo al lado del alma de grupo de los animales, que impera en lo suprasensible, y asumió en la tierra, en una relación sagrada entre el ser humano y el animal (la corriente de Abel), la responsabilidad y el cuidado.
Como almas de grupo o de especie de los animales, Rudolf Steiner designa[124] seres espirituales comparables al Yo del ser humano, que dirigen a los animales individuales de las especies animales que les pertenecen, por así decirlo, desde fuera. El alma de grupo conduce y actúa a través de la sangre; el ser humano, en cambio, lo hace a través de su «modo de sostener», a través de la manera en que interior y exteriormente se relaciona con el animal: él «sostiene» al animal doméstico, de lo contrario caería. Lo extrajo en su momento de su condición de criatura natural, conducida por el alma de grupo, lo retuvo en el estadio de una plasticidad embrionaria todavía acrecentada y le conservó con ello, a través de todas las generaciones siguientes, una cierta medida de juvenilidad. Así la evolución de los animales domésticos tomó, por obra del ser humano, otra dirección. Se desvía, por así decirlo, prematuramente, antes de caer en la naturaleza silvestre. En la fauna silvestre, el desarrollo de las especies ha envejecido morfológica y fisiológicamente hasta un estadio final. El lobo, por ejemplo, que se considera antecesor de los perros, ha perdido desde el punto de vista evolutivo su juvenilidad. Es lobo, ya no es plásticamente moldeable, como lo era en los tiempos del apogeo de su evolución en el Terciario (Atlantis). Su comportamiento es pura proyección de su alma de grupo en la forma de existencia terrestre. El perro, en cambio, como las especies domésticas en general, se presenta de manera por así decirlo explosiva y con gran plasticidad en una multiplicidad de razas. Esta diversidad es la obra de una humanidad que, en los tiempos postatlánticos (Holoceno), fue liberándose más y más de la sujeción a su propia naturaleza de alma de grupo y se vinculó entonces ella misma, en la juvenilidad unida al espíritu del Yo-despertar, con las almas de grupo de determinadas especies animales. Los animales domésticos no han surgido, así vistos, por la vía de la mera selección genética a partir del producto evolutivo final de una forma filogenética; más bien resulta evidente suponer que deben su origen a la particular constitución anímico-espiritual de una humanidad temprana que aún se hallaba en relación de ensueño con las almas de las especies animales.
En el proceso de domesticación puede verse un paso hacia el equilibrio de aquella deuda que la humanidad contrajo inocentemente-culpable al dejar salir de sí misma al reino animal en su camino evolutivo y dejarlo atrás. El animal doméstico ha conservado, mediante la educación del ser humano, su plasticidad. Se ha puesto al servicio de la voluntad rectora del ser humano y ha emancipado de tal modo cuerpo y alma de la naturaleza silvestre, que para siempre en el futuro necesitará de esta conducción humana, de «la forma de sostenerlo»; no puede recaer en el mismo estado que
ha adoptado el congénere silvestre. Sin el amparo del ser humano queda sin guía y solo puede regresar al estado salvaje, como los dingos (perros asilvestrados) en Australia. En el lugar de la crianza evolutiva de los animales, guiada por los Misterios en las antiguas grandes civilizaciones, ha entrado la zootecnia actual. Esta optimiza y aprovecha determinadas propiedades hereditarias y convierte al animal doméstico o de cultura en mero animal de renta, en objeto de la producción en masa. A este desarrollo, que ve en el animal tan solo un objeto inerte, material, manipulable a voluntad a través de sus genes, solo puede hacérsele frente cuando la contemplación intuitiva se esfuerza por alcanzar una verdadera comprensión esencial de las distintas especies de animales domésticos. ¿Qué sabiduría habla, por ejemplo, de la contemplación intuitiva y el trato activo con la vaca, el caballo, la abeja, etc.? El percatarse de su imagen fenoménica en el contexto de su espacio de vida y actividad y de sus interdependencias faunísticas, así como de las indicaciones procedentes de la investigación espiritual, despierta sensaciones e ideas que abren al obrar espiritual-moral nuevos caminos evolutivos de crianza y educación. Estos caminos del futuro son expresados por Christian Morgenstern (1871–1914) con la frase: «Edades enteras de amor son necesarias para retribuir a los animales sus servicios y méritos para con nosotros.»[125] A este fin debe anudarse a lo que en los tres siguientes planos del ser está dispuesto de manera evolutiva.
2. En cuanto al plano del ser de lo anímico (cuerpo astral):
El animal doméstico no huye del ser humano, sino que busca confiadamente su cercanía, se abre anímicamente ante él y aguarda, en el cumplimiento de esa apertura, la contraprestación de la protección y el cuidado. Cuán hondamente le imprime su sello el modo de esa atención, cuánto se le tiñe con las singularidades humanas, lo dice el refrán: «De tal amo, tal criado.» Esta apertura anímica, que llega hasta una suerte de comportamiento individualmente entregado — en comparación con la forma salvaje de origen —, impone hoy al ser humano una responsabilidad insospechadamente grande. Pues la expectativa del animal doméstico, abierta al alma, no se colma con la mera atención emotiva, sino solo cuando esta da ocasión a un conocimiento esencial, por incipiente que sea. El animal doméstico no espera de la conducción por el ser humano una atención emotiva ensimismada, en el sentido de una mentalidad de perrito de salón, y mucho menos una utilización sin alma, sino un conocimiento de su naturaleza esencial que, en actos de amor, le dé
lo que la propia alma de grupo ya no puede darle ni podrá darlo en el futuro. Solo en este sentido se hace real la responsabilidad, se hace real un ideal de crianza futuro.
Un rasgo adicional de la impronta espiritual, que alcanza hasta el genoma, es la amplia variedad — en general muy grande — de razas domésticas, a cuya imagen esencial debería volver a anudarse la labor de cría. Una expresión particular de lo anímico es el multiforme jaspeado y colorido del pelaje o del plumaje. La diferenciación anímica del interior se crea en ello una imagen refleja en el exterior. Así se muestra cada raza de animal doméstico, inequívocamente, en su «vestido astral».
3. En cuanto al nivel de ser de lo viviente (cuerpo etérico):
En todos los animales domésticos, con excepción de perros y gatos, el polo neurosensorial se halla reducido en favor del polo metabólico o de las extremidades. Piénsese en las enormes prestaciones metabólicas del ganado lechero, de los cerdos, del caballo uncido al arado, etc. La apertura de lo anímico mantiene los procesos orgánicos del cuerpo etérico con especial acento en lo rítmico, de manera específica en cada caso, plástica y movible. Así se han emancipado los animales domésticos — tanto en su anterior madurez sexual y su mayor fertilidad como en su ciclo reproductivo y en la muda del pelaje, independientes ya del curso del año — de sus congéneres silvestres.
4. En cuanto al nivel de ser de lo físico (cuerpo físico):
La apertura anímica procura una plasticidad sostenida en los procesos vitales, y esta, a su vez, modela la organización física — expresándose de manera particularmente elocuente en la construcción del esqueleto, que conserva en la mayor variabilidad formas juveniles. El rasgo más llamativo es aquí el acortamiento del cráneo facial y la mayor lisura de los huesos del cráneo, también en los animales adultos. Esto es un rasgo esencial de los animales jóvenes. Las múltiples razas de rumiantes llevan cada una formas de cuernos específicas. El cerebro del vacuno y del cerdo es hasta un 30% menor en volumen que el de sus congéneres silvestres; en cambio, la médula espinal y el sistema nervioso simpático, que dirige el metabolismo, están tanto más desarrollados. La reducción del cerebro afecta sobre todo al cerebro anterior y supone con ello una disminución de las prestaciones sensoriales orientadas hacia el exterior. Para los animales domésticos vale en general la extraordinaria amplitud de la configuración corporal de las razas dentro de una misma especie — de grande o pequeño, robusto o alargado, grueso o esbelto, de patas largas o cortas, etc.
Las especies de animales domésticos son un patrimonio cultural de la humanidad, legado de las altas culturas del período posglacial temprano. Con los modernos métodos de cría, la mirada sobre este patrimonio cultural se reduce puntualmente al genoma predeterminado y a la intercambiabilidad de sus genes entre las distintas especies domésticas. Los objetivos de cría se orientan arbitrariamente hacia incrementos unilaterales de rendimiento en detrimento del bienestar animal. Esta forma tecnológica de proceder obstruye la visión del impulso artístico que hizo del animal doméstico lo que es. A continuación se abordará el acceso artístico-criador que caracteriza la serie de animales domésticos, los ha hecho útiles al hombre y los ha convertido en órganos del organismo de la granja o del pueblo.
La abeja melífera
En general, nos encontramos con la abeja (*Apis mellifera*) como ser individual en la visita a la flor: allí donde sorbе el néctar, poliniza las flores y recoge el polen en sus corbículas, en las patas traseras. Esta actividad de tomar y dar se cumple en la periferia de su espacio vital. Polarmante a esto, ese ser individual halla su centro en la colmena, donde se une con miles de otras en la más animada actividad y se convierte en miembro de una vida interior que todo lo abarca: la vida del «Bien», un organismo que se organiza desde sí mismo, con actividades que se articulan con rigor de órgano. Lo que en las funciones de un organismo permanece habitualmente oculto a los ojos, aquí se abre a la mirada como un quehacer de división del trabajo: la reina ponedora de huevos, la masa de abejas obreras — que a su vez se reparte el trabajo de la construcción de panales, el cuidado de la cría, la alimentación de la reina, la auto-limpieza, la captación de alimento y el aprovisionamiento —, y los zánganos, que fecundan a la reina en su vuelo nupcial orientado hacia el sol. Cada una de estas actividades, finamente coordinadas en el espacio y en el tiempo, despierta la impresión de una entrega abnegada. En el calor que las abejas procuran mantener constante en la colmena mediante su propia actividad, en torno a los 35 °C, crean el medio de encarnación para el alma de grupo: el apicultor habla del «Bien», que de manera natural hace surgir un organismo social, anticipando un comportamiento desinteresado que los seres humanos, en la convivencia social, tendrán que adquirir aún en el futuro desde la fuerza del Yo.
La abeja melífera necesita del hombre, del «padre de las abejas». Él se pone al lado del «Bien», del alma de grupo. Cuida su morada, el
colmena o la colmena-caja, en la que la colonia puede cerrarse al mundo.[126] La colmena-caja está dispuesta de manera que en ella pueda desarrollarse la vida en división del trabajo de las abejas bajo los ojos y la mano conductora del apicultor. Y cuando llega el momento del enjambrado, él se encarga de que la colonia de abejas no se pierda en la naturaleza silvestre y acabe pereciendo, sino que el enjambre sea capturado y se le asigne una nueva morada. Se ocupa además de que el colmenar o las colmenas individuales tengan su emplazamiento cerca de la granja, allí donde de primavera a otoño haya flores en los campos y donde durante el invierno pueda observarse con regularidad el bienestar del stock y realizarse los tratamientos correspondientes.
La colonia de abejas vive recogida en un espacio anímico en el que no quiere ser perturbada desde fuera. Solo *ese* hombre no la perturba que ha interiorizado el quehacer y el ser pleno de sabiduría de la colonia y que desde ese manantial, con reverencia, mesura y calma, realiza su trabajo sobre la colonia elevado al rango de artisticidad. Este espacio anímico se polariza en un centro de carácter cefálico, el stock, y en una periferia que hacia fuera queda delimitada por el mar de flores al que vuelan las abejas obreras y del que regresan al centro cargadas de miel y polen — un proceso comparable a la circulación de la sangre.[127] Lo que llevan al stock lo comparten con el hombre: la miel como alimento, la cera, el propóleo y el veneno para múltiples finalidades, entre ellas terapéuticas. Son, con un número correspondiente de colonias, órganos anímicos indispensables del organismo agrícola, que en su actividad entretejen lo espiritual activo en el calor en el término de la finca de una manera distinta a como lo hace el agricultor cuando, desde el Yo querido, incorpora sus pensamientos a través de su trabajo al conjunto de la granja.
El ave de corral
Hasta los años cincuenta y sesenta del siglo XX, eran los pollos, los patos, los gansos y las palomas quienes daban al vivir de la granja una coloración particular y con su comportamiento un ritmo propio. En lo que respecta a los pollos, por ejemplo, el transcurso del día comenzaba al amanecer con el agudo canto de vigilia para
hombre y animal, al canto del gallo. Él se adelantó el primero, el cuello y la cabeza erguidos verticalmente, el pico abierto de par en par, las plumas de la cola levantadas y desplegadas en abanico — una imagen como si quisiera cacarear hacia el día que amanecía todo su ser interior. La manada de gallinas lo siguió desde el descanso nocturno del gallinero al corral o, en libre pastoreo, al patio de la finca, la era abierta, el muladar; hurgando y picoteando se dispersaban en busca de alimento. Al poco rato se escuchaba el primer cacareo de una gallina desde el establo, con el que anunciaba la dicha de haber puesto un huevo. Por lo general por la tarde venía el baño de polvo con el arreglado del plumaje, y después el seguir hurgando, rascando y picoteando semillas, larvas, gusanos, insectos, hierbas y granos de arena. Al caer la oscuridad la manada volvía a congregarse en el gallinero y se acomodaban apretados unos con otros en las perchas. De manera similar transcurría naturalmente la vida de patos, gansos, pavos y palomas; su punto de referencia era la granja con el establo protegido y los seres humanos que cuidaban de ellos.
Las gallinas y los pavos están ligados a la tierra; los patos y los gansos aman la cercanía al agua y pastan preferentemente en las zonas de pradera próximas a la orilla. Así como estos últimos oscilan entre el agua y la tierra, las palomas lo hacen entre el aire y la tierra; su espacio de movimiento se extiende, en vuelos generalmente cortos de árbol en árbol, hasta la campiña abierta; para descansar vuelven a congregarse, alineadas en la cumbre más alta de los tejados de la finca. Su campo visual es así, junto con el de las abejas, el más amplio entre los animales domésticos; considerablemente más limitado es el de las aves acuáticas, y en las gallinas se reduce a apenas unos pocos metros. Las gallinas ven con nitidez solo a corta distancia — la gallina come con los ojos. La resolución de movimiento y la diferenciación de color de su ojo son muy superiores a las del ojo humano. Como todas las aves, también las aves de corral y así también la gallina tienen buen oído. Les falta el oído externo; la entrada al oído interno queda oculta bajo el fino plumaje de la cabeza. Expresiones anímicas como llamadas de reclamo, sonidos de comunicación mutua — el cacareo, el cloqueo, el graznar de patos y gansos o el arrullo de las palomas — se intercambian a mayores distancias. El sentido del gusto está, como en sus congéneres silvestres, escasamente desarrollado. Bien es cierto que las gallinas distinguen, por ejemplo, la cualidad de salado y dulce, ácido y amargo, pero estas sensaciones desempeñan un papel muy pequeño en la selección del alimento.[128] El sentido del olfato está desarrollado, al parecer, muy por encima de lo que hasta hace poco
se había supuesto hasta los años 90 del siglo XX. En cambio, los órganos táctiles del pico, altamente desarrollados junto al ojo, son por lo general los que determinan la elección del alimento y su granulometría.
La digestión es tan rápida como en las aves silvestres. El alimento altamente concentrado pasa sin desmenuzar al buche; de allí al estómago glandular y luego al estómago muscular, donde es triturado. Tras una rápida travesía por el intestino y el intestino grueso con estancia en los dos ciegos, es excretado junto con la orina por la cloaca. Acorde con la naturaleza del alimento de partida y la rapidez de la digestión, se genera un abono altamente concentrado, rico en sustancia orgánica así como en sales de nitrógeno y fósforo, un valioso material organo-mineral de enriquecimiento para compostajes vegetales u otros abonos animales. El carácter salino de las excreciones del ave doméstica corresponde a su marcada naturaleza cefálica, es decir, neurosensorial, que se ve acentuada una vez más por la postura casi vertical de estas aves corredoras en el eje de cabeza, cuello estirado, pecho y patas. Las especiales prestaciones metabólicas no se transmiten, pues, como en los rumiantes, a la corriente digestiva, sino que se disuelven en crecimiento (carne) y reproducción (huevos).
Desde los años 50 y 60 del siglo XX, la avicultura, y ante todo la cría de gallinas, ha perdido su papel de enriquecedora de la organización anímica del organismo agrícola, eliminadora de residuos y alimañas. En su lugar ha irrumpido la avicultura masiva. Criados para la máxima eficiencia de su función metabólica, los animales viven hacinados en instalaciones de producción herméticamente cerradas, controladas electrónicamente, con climatización integral, y se los mantiene sanos durante el breve período de su vida productiva mediante el empleo de medios predominantemente abióticos. La avicultura se ha desglosado del conjunto del organismo agrícola. En la cría y tenencia modernas de aves, el ave doméstica y de corral vive su muerte cultural. De las más de 150 razas de gallinas[129] son hoy solo unas pocas las que se utilizan para la cría de líneas, cruzamientos e híbridos. Su rendimiento, llevado al límite máximo, se contrae en un período de puesta de apenas un año.
La reflexión sobre esta evolución errónea conduce cada vez más a una reintegración de lotes avícolas más pequeños en organismos agrícolas en proceso de nueva formación: los gallineros móviles con salida alterna a la campiña abierta son un primer paso. Esta forma de tenencia vuelve a establecer una relación con todos los procesos vitales
del conjunto del organismo agrícola en el transcurso del año y permite a las gallinas expresar sin restricción su vida instintiva. Desgraciadamente, la presencia de animales salvajes depredadores impone límites a cualquier cambio de ubicación libre: ¡es imprescindible una valla a prueba de zorros! Un paso más para continuar el desarrollo conforme al haustier es el abandono de la cría híbrida uniforme, gestionada en todo el mundo por unos pocos grandes consorcios, en favor de una cría vinculada a la finca. Esta incluye la cooperación regional entre explotaciones de cría y recría, en lo que atañe a la elección de la raza y los objetivos de la cría, así como la disposición de los consumidores a sostener una aportación cultural tan exigente.
El ulterior desarrollo del ave doméstica es, en primer lugar, una cuestión genética: ¿A qué predisposición hereditaria del pasado hay que conectar? Pero es, sobre todo, una cuestión de epigenética, de una cría basada no únicamente en propiedades adquiridas, sino en propiedades por adquirir. ¿Qué condiciones deben crearse, con vistas a este último objetivo, en la configuración del organismo agrícola — en cuanto a la tenencia, a la base alimenticia propia de la finca, a la atención humana — para que la integridad orgánica del conjunto pueda imprimirse epigenéticamente en la organización vital y física de los animales?
El cerdo doméstico
Comparable únicamente a las razas de alto rendimiento de las gallinas, el cerdo ha sido transformado, mediante los métodos de la cría, la alimentación y la tenencia modernas, desde su modo de vida originario y la diversidad de tipos raciales hasta uniformes razas de utilización. Fue en su día predominantemente un animal de pastoreo que modelaba el paisaje, guardado por pastores, y que luego, mediante el cruzamiento en el siglo XVIII en Inglaterra con razas asiáticas y del sur de Europa, alcanzó mayor capacidad de crecimiento; integrado en el siglo XIX, como cerdo campesino mejorado, de manera general en las economías campesinas en régimen de estabulación con acceso al exterior; y hoy, a partir de la segunda mitad del siglo XX, es desgajado del nexo vital del conjunto de la finca y producido en una ganadería industrial de tipo fabril. El objetivo de la cría más reciente era y es: alejarse del tocino — aproximarse al híbrido uniforme, al cerdo cárnico de maduración precoz, cuya madurez para el sacrificio se alcanza ya a la mitad de la vida de las razas originarias. Como en la tenencia moderna de gallinas, también aquí queda suprimida la relación ser humano-animal, necesaria para lo anímico del ser haustier, así como la relación con la integridad del conjunto de la finca y su término. Cuando esta doble relación desaparece, el cerdo se marchita anímica y el paisaje
se degrada a monótona monokultur[130] y en muchos lugares a zona de vertido de purín porcino, asociado a amplias molestias olfativas y emisiones con impacto climático. Sin ánimo y desfigurada yace la campiña abierta al descubierto, reflejo de lo que en términos de deshumanización padecen los animales en una estabulación vitalicia sobre solados de rejilla de hormigón. El ser humano tiene en su mano, respecto a los animales domésticos, o bien ver en ellos únicamente el mero beneficio económico, enajenándose así anímicamente de sí mismo, o bien llevar a su despliegue los instintos que actúan desde lo anímico en beneficio de la integridad del conjunto de la granja. En el cerdo doméstico como omnívoro, estos instintos están orientados hacia un alimento extraordinariamente variado, que se selecciona con esmero según la necesidad: hierba, heno, cereales, fruta, verdura, raíces, lombrices, caracoles, plantas silvestres y medicinales, frutos silvestres, etc.[131] A fin de cuentas, el cerdo es el aprovechador ideal de los residuos en el organismo agrícola y, junto a las gallinas, un terapeuta en la eliminación de toda suerte de plagas. Con su muy desarrollado sentido del olfato, que se concentra en el disco de la jeta — la nariz como vuelta del revés, soldada al labio superior —, busca su alimento unas veces sobre la tierra, otras veces hozando bajo ella. El pastoreo estival-otoñal de los rastrojos de cereales, los campos de patata y verdura despejados o los cultivos intercalares los lleva a la campiña abierta, satisface su impulso de movimiento, su curiosidad insaciable y no pone límite alguno al amor por el hozar. Olfateando, su naturaleza de deseo se abre paso por la tierra. En el pastoreo, el trabajo de hozar puede convertirse rápidamente en un daño por lesión del tapiz vegetal. Este daño permanece dentro de límites si se dispone de superficie de pastoreo suficiente con rebrote fresco y rico en proteínas, siendo incluso posible que las leves roturas del tapiz redunden en ventaja respecto a la aireación y rejuvenecimiento de la cubierta vegetal. Además se produce la dispersión de semillas y con ello una mayor diversidad de especies.[132] En muchos lugares fracasa la ganadería extensiva en pastoreo por razones de coste o de economía del trabajo. En su lugar surgen, desde la práctica, sistemas de estabulación que, en la medida de lo posible, tienen en cuenta el desenvolvimiento de los instintos conductuales mediante un entorno variado: formación de grupos, diversidad alimentaria, residuos de cocina y de transformación, hierba cortada, restos de pienso del establo de vacas, etc., posibilidad de hozar, revolcarse, restregarse, superficie de movimiento para el ejercicio,
Encuentro y exploración, pasillo de heces exterior techado, superficies de reposo con cama, dormitorios cerrados por todos sus lados y protegidos del frío y del viento, así como oportunidad de contacto intenso con el ser humano que los cuida, por ejemplo a través del habla.
Los cerdos tienen sentido familiar, son animales sociables e inteligentes, con los sentidos vivos: su sentido del olfato domina la percepción, imprime el carácter de su bienestar y malestar. Se comunican animadamente a través de un oído fino, y al alzar la cabeza miran al ser humano que se acerca con una mirada clara, casi comprensiva. Sin embargo, su rendimiento cerebral se encuentra reducido hasta un 30% en comparación con sus congéneres silvestres,[133] es decir, el sistema neurosensorial se ha desplazado más hacia la médula espinal y el simpático, situándose así al servicio de un rendimiento metabólico incrementado en lo que respecta a la fertilidad y al engrasamiento de carne y grasa.
La pregunta crítica de si, al perder sus prestaciones sensoriales, los animales se vuelven más torpes cuando el ser humano los convierte en animales domésticos, debe responderse con un «no» bajo el presupuesto de que él sea consciente de su plena responsabilidad frente al animal doméstico. Lo que el animal doméstico regala al ser humano a través de sus rendimientos metabólicos, él debe devolvérselo doblemente mediante su comportamiento inteligente en la cría, la alimentación, el cuidado, y mediante una selección — que alcance la naturaleza del animal.
La función de la dentadura hace del cerdo un omnívoro, comedor tanto de carne como de plantas. Muerde y mastica como el ser humano. También en el tracto digestivo se manifiesta esta doble función. El estómago de una sola cavidad es relativamente pequeño; por consiguiente, el cerdo debe tomar el alimento de manera continua en pequeñas porciones. En el largo trayecto por el intestino delgado y la degradación de los componentes alimenticios fácilmente accesibles por vía enzimática, así como su resorción, tiene lugar en el ciego y en el colon una digestión microbiana de los restos alimenticios ricos en celulosa. El cerdo digiere a fondo; sustrae al alimento, a diferencia de los rumiantes, fuerzas que consume para sí como ser senso-activo y al mismo tiempo metabólicamente activo. Eso reduce la fuerza fertilizante de sus excreciones, pero no el contenido de minerales de estas. Las heces dependen en cuanto a forma, color, consistencia y olor del tipo de alimento. Si no se mantiene el equilibrio entre la digestión glandular y la microbiana — por ejemplo en la alimentación de alto rendimiento y la estabulación de por vida en suelos enrejados — se produce purín porcino, en el que
ningún hombre debería asombrarse del hedor repugnante ni del efecto fertilizante unilateral y pulsional del abono.
La adecuada armonización de la cría porcina con la base forrajera propia de la finca, con cama, patio y posibilidad de pastoreo, produce un abono de escaso olor, rico en contenido y de consistencia más bien sólida. Probablemente por razones ligadas a la sensación ante la índole esencial del cerdo como omnívoro en comparación con los herbívoros puros, el campesinado de antaño denominó al estiércol porcino «abono frío», adecuado menos para el «suelo arcilloso frío» que para el «suelo arenoso cálido». Mezclado con los demás abonos que se producen en el organismo agrícola, constituye un complemento valioso. Como abono lleva el cuño de la naturaleza anímica del cerdo, tanto en su composición sustancial como en sus fuerzas. Lo que el cerdo saborea con deleite al hozar la tierra en busca de alimento vegetal y animal, y vive anímicamente en el profundo bienestar del reposo — en ello ejecuta, al igual que los demás animales domésticos de la granja, un «análisis cósmico-cualitativo»[134]. El resultado de este análisis caracteriza el valor fertilizante. Es cada vez distinto según si el forraje es mercancía importada o si ha sido producido en la propia finca. Con el análisis del forraje producido por ella misma, la cerda prepara a su manera un abono que viene al encuentro de las necesidades propias del lugar para el acrecentamiento de la fertilidad del suelo.
Pferd und Esel
Por contrarios que sean en su natural a pesar del estrecho parentesco, ambos son — como animales de monta, carga y tiro — los más leales servidores del ser humano, rastreables hasta los tiempos de la cultura persa primigenia, hasta el cuarto o quinto milenio antes de Cristo. El caballo llevó al hombre en sus grandes expediciones de migración y conquista a través de países, fue medio de transporte de lugar a lugar, marchó con él a las grandes batallas; combatió bajo su conducción y mando y se sacrificó. Tiró del arado surco a surco y trajo la cosecha en el carro de escalas cargado hasta lo alto. Servicios sin cuento ha prestado el caballo al ser humano, y sacrificios indecibles ha traído consigo. Y lo mismo el asno, montura igualmente servicial como testaruda, y el animal de carga del campesino y del artesano hasta llegar a compañero del mendigo. Toda carga de la vida cotidiana se le ha impuesto a este pequeño asno de patas delgadas; con paso seguro
los portó sobre terreno fragoso. ¿Cómo habría podido mantenerse la convivencia social entre los pueblos pastores, y en las comunidades aldeanas y entre ellas, sin el asno? Así portó sobre su lomo al más humilde y su carga pesada, y en la entrada a Jerusalén el Domingo de Ramos al ser más elevado, que venció toda gravedad terrestre.
Ambos, caballo y asno, son solípedos. Se sostienen y caminan sobre la punta del dedo medio del pie o de la mano. Estos se alojan en el casco, una herradura córnea impenetrable para las radiaciones de fuerzas externas, igual que las pezuñas de los artiodáctilos y los cuernos de los rumiantes. Por más pesados que sean corporalmente los caballos, se mueven con ligereza, sí, con un donaire casi danzarín. En belleza y elegancia los movimientos del caballo son insuperables, como quiera que su ser anímico se vive enteramente en el lenguaje corporal de la movilidad rítmica. Ya sea al paso o en un comedido trote danzarín, ambos con la cabeza erguida, o en el galope que vuela hacia su meta con la cabeza estirada y los ollares dilatados, ofrece siempre la imagen de la noble expresión de fuerzas y de la proporción armoniosa, que se eleva a una armonía más alta gracias al jinete. Solo en la unidad del corcel y el jinete revela su nobleza de porte y carácter. Otra cosa es cuando se aplica al «aparejo», al arreo, y tira del arado o del pesado carro, levantando y bajando la cabeza rítmicamente a cada paso; entonces evoca la imagen de la entrega total de su ser volitivo a la voz de mando y a la mano que guía las riendas del ser humano, y al servicio que realiza desinteresadamente en la tierra.
También al asno le son propias todas las marchas del caballo. Menos noble en apariencia y movimiento, se muestra más bien humilde con la cabeza inclinada, por lo general dócil y resignado ante todo lo que se le exige, y luego de nuevo terco por razones que las más de las veces son insondables. En sus regiones de origen del Oriente y África aparece tanto más noble cuanto más integrado está aún en formas más antiguas de conciencia cultural y de vida.
El caballo es aún más que el asno en alto grado dócil y necesita desde el nacimiento de una educación esmerada para el desarrollo de sus talentos, y a lo largo de toda la vida para su ejercicio bajo la conducción del ser humano. En el caso del noble caballo árabe, por ejemplo, el potro recién nacido fue mantenido durante un tiempo considerable bajo el techo de la tienda del pastor en el vínculo familiar. Eso fue válido hasta bien entrado el siglo XX.
La corporalidad del caballo y el asno es imagen de su ser anímico y al mismo tiempo imagen del paisaje, de las extensiones de la estepa de hierba, en las que ese ser anímico se experimenta a sí mismo en su alegría del movimiento. En consecuencia, se concentra
La organización sensorial se concentra especialmente en los sentidos dirigidos hacia el exterior, los que captan la lejanía: el ojo, el oído y el olfato. Los expresivos ojos, llamativamente grandes, situados a los lados de la cabeza, abarcan un círculo visual casi completo. Solo hacia adelante —delante o por debajo de la cabeza— existe una franja ciega de aproximadamente dos metros que no puede ser abarcada con la vista, e igualmente hacia atrás, a ambos lados de la columna vertebral. En profundidad de campo —visión tridimensional— capta únicamente un ángulo visual relativamente estrecho, de 15 a 20 grados hacia adelante. En el resto del campo visual, la visión se aplana y se difumina hacia atrás. Justo en esa franja ciega posterior se sitúa el jinete, el cochero o el labrador que camina detrás del arado, y que con un suave tirón de la rienda guía o a través del bocado determina el paso y la dirección del desplazamiento. En el vivo juego de los pabellones auriculares se revela, con la más fina matización, la dirección de la atención anímica. Sonidos para nosotros inaudibles son filtrados del nivel general de ruido. El caballo recibe ante todo a través del oído el estado de ánimo anímico, por ejemplo cómo se le habla. La posición de las orejas, ya erguidas ya caídas, delata mucho sobre su sentir anímico.
El sentido del olfato está extraordinariamente desarrollado. La alargada cabeza alberga un extenso sistema de cavidades nasales cuyas superficies internas corresponden aproximadamente a la superficie total de la piel exterior del animal. Los caballos se olfatean mutuamente para saludarse o conocerse. Con su finísimo sentido del olfato analizan su entorno, eligiendo durante el pastoreo su alimento, toda emanación por sutil que sea, incluso a grandes distancias. ¿Son acaso estas tres capacidades sensoriales del ojo, el oído y el olfato, junto con la cualidad de llevar la cabeza erguida por encima de la columna vertebral, las que hacen al caballo tan capaz de aprender, las que lo hacen reaccionar con una diferenciación tan elevada que suscita la creencia de que puede pensar? En la mitología griega, la saga de Perseo narra cómo el pensar se liberó de la vinculación sanguínea del cuerpo, portador de la fuerza clarividente que obraba en tiempos antiguos: en la imagen mítica, Perseo decapita a la titánide Gorgo. Del torrente de sangre que mana de su tronco surge Pegaso, el caballo alado. Simboliza el pensar libre del cuerpo, cuyos alados pueden ahora elevarse libremente hacia el mundo del espíritu. Lo que en el comportamiento inteligente del cuerpo del caballo aparece ligado a la sangre, se desprende en el ser humano de esa atadura y se convierte en la libre actividad espíritu-anímica del pensar.
El caballo y el asno son herbívoros. Aunque con el máximo ahorro digieren un alimento aún más rico en fibra bruta que los rumiantes con su altamente diferenciado
sistema de preestómagos, disponen únicamente de un estómago compuesto, unilocular y relativamente pequeño. A este se une el largo intestino delgado, que descompone los componentes fácilmente digeribles del alimento. La fibra bruta de más difícil digestión es procesada bacterialmente primero en el poderosamente desarrollado saco del ciego y luego en el colon y el recto. Esta forma de digestión corresponde a su comportamiento alimentario. Los caballos comen el doble de tiempo que las vacas: dieciséis horas al día. Son animales de día y de noche. Con su buen sentido de la vista incluso en la oscuridad, encuentran su alimento con paso seguro también de noche. Los caballos y el tan sobrio asno son excelentemente aptos para pastorear después del cambio de pasto las plantas que las vacas evitan.
La alegría del movimiento y la fuerza de caballos y asnos encuentran su reflejo en su excremento, todavía muy rico en fibra bruta y de forma muy marcada. Este es, en oposición polar al «frío estiércol de cerdo», un abono «ardiente». Por la continua descomposición bacteriana, acelerada por el contacto con el aire exterior, se calienta muy rápidamente, y debido a esta propiedad fue empleado como calefacción subterránea y al mismo tiempo como abono para los semilleros. El estiércol fresco de caballo contiene bastante amoníaco; su olor es por ello fuerte, agudo y penetrante, pero no desagradable.
El caballo y el asno se han despedido en gran medida de la agricultura a causa de la mecanización de los procesos de trabajo (¿provisionalmente?). Con ellos se ha perdido un elemento importante en la animación del organismo de la granja, tanto en lo que respecta al aprovechamiento del forraje y la paja, a la índole particular del abono y a la ritmización de los procesos de trabajo, como también en lo que se refiere a la animación del trabajo que llevaban a cabo en entrega a la conducción humana.
Perro y gato
Ambos pertenecen a la línea de desarrollo de los animales depredadores. Con su vida instintiva anímica enriquecen el cuerpo anímico del organismo agrícola de una manera decididamente opuesta. El perro es el más antiguo de los animales domésticos; el gato se cuenta entre los más recientes: en Europa no aparece hasta el primer milenio antes de Cristo.[135] El tipo del perro es afín al de sus congéneres salvajes, el lobo, como el del gato al del gato montés. Lo que en los perros llama particularmente la atención es la gran variabilidad de las formas. Ellos
se encuentra ya desde los primeros tiempos de su domesticación, hacia finales del *Terciario* (Atlántida), en el *Pleistoceno* (glaciaciones), y sobre todo en el *Neolítico*, en las primeras épocas postatl ánticas. Ninguna de las especies de animales domésticos surgidas con posterioridad ha vuelto a alcanzar jamás esta diversidad de formas.[136] Parece evidente, como ya se insinuó antes, que el desarrollo de los animales domésticos fue un producto de la humanidad primitiva. Ella fue capaz, a partir de la vivencia del alma animal y de su origen espiritual, el alma de grupo, de retener a esta última en su formación corporal en un estadio más embrionario y de procurar así al tipo configurador-formal una abundancia de posibilidades de expresión muy diversas. Cuanto más recientes son las especies de animales domésticos, cuanto más fueron los seres humanos trocando su inmediatez espiritual instintiva por el despertar de la conciencia de sí, tanto más pobre en variaciones es la imagen fenoménica en los animales domésticos. Si en la época romano-antigua la diversidad de formas volvió a aumentar (razas de perros enanos), ello es ya consecuencia de una selección reproductiva deliberada, en el sentido de cruzamiento y selección. Cuán profundamente, desde los orígenes hasta la antigua cultura egipcia, la domesticación de perro y gato —y así también de las demás especies de animales domésticos— no fue primariamente una cuestión de utilidad práctica, sino que la utilidad estaba inseparablemente unida a un sentir instintivo, íntimo-sacral, se desprende por una parte de la cultura funeraria que unía a ser humano y perro, y por otra parte de la veneración que se tributaba a los gatos y al ser divino que los habitaba, un culto que culminó hacia el final de la antigua cultura egipcia.[137]
La disposición anímica-animal de perro y gato se halla muy distante. Más aún que el caballo, el perro ha sometido su ser instintivo anímico, la suma de sus capacidades, a la conducción del ser humano; no así el gato. Bien educado, el perro obedece a cualquier llamada o silbido. Con su impulso de movimiento se lanza expansivamente a lo lejos: así el perro de caza, siguiendo con su olfato el rastro, dando la señal al cobrar la pieza o aportándola, o como perro pastor arreando ovejas o reses o manteniendo unido el rebaño. Siempre, una vez cumplida la tarea, regresa, se sienta sobre los cuartos traseros, agita el rabo, alza la cabeza estirada hacia arriba, mira a su amo con leal entrega, a la espera de la próxima orden. Igualmente atento y entregado se comporta como perro guardián de casa y hacienda, como perro acompañante y guía —por ejemplo, el perro para invidentes—, como perro rastreador, olfateando infaliblemente los menores rastros de olor, o como
perro de trineo, tirando de pesadas cargas a través de nieve y hielo. Cada una de estas capacidades se crea el cuerpo que le corresponde: grande y robusto, esbelto y veloz, pequeño y ágil, etc. Esta plasticidad corporal-anímica en casi cualquier forma corporal imaginable, con el comportamiento correspondiente a cada raza canina, cae ya desde tiempos romanos en manos de la emocionalidad humana y degenera en la cría de perros de lujo, enanos y falderos.
El ser que se expresa en el gato doméstico es enteramente otro. Parece haber caído evolutivamente más hondo en lo salvaje. Vive, por así decir, dos vidas. En una de ellas se despliega lejos del ser humano, nocturno, como sus congéneres silvestres. Con todos los sentidos en tensión sigue sus instintos de caza, se desliza por su camino, acecha a su presa y la atrapa de un poderoso salto. Los roedores —ratones y ratas— son su alimento predilecto; también, lamentablemente, las aves: las que anidan en el suelo, las que se instalan en las ramas bajas, o las golondrinas que de día pasan rasando el suelo demasiado cerca, a las que agarra despreocupadamente con la zarpa que se dispara hacia arriba. Su segunda vida la transcurre buscando en la casa humana su lugar de descanso, rondando ronroneante a los miembros de la familia, deleitando a los niños con sus juegos, recomendándose así para este otro tipo de aprovisionamiento. Y luego, de noche, vuelve a salir hacia la otra vida. De nuevo es la emocionalidad humana la que, extraviada, convierte al gato en mero animal de compañía y de mimos.
En el perro es el sentido del olfato —eminente, que diferencia cada matiz, que pone en actividad cuerpo y alma—, en el gato el sentido de la vista especializado en la visión nocturna, lo que imprime al organismo agrícola una cualidad particular, un principio ordenador: el perro que de noche monta guardia y da la voz de alerta, que acompañando al campesino lleva el hocico al suelo por campos y praderas y pastizales siguiendo un rastro, o que, a la señal del pastor, rodea al rebaño de ovejas y lo mantiene en el terreno de pasto que se le ha asignado —él es, dentro de los límites que se le han trazado, órgano ejecutor del ser humano. El gato no lo es en este sentido. Permanece sin vigilancia en sus correrías nocturnas por la granja y la geomarca, fija su propia medida en la eliminación de roedores dañinos y se basta a sí mismo.
No son las excreciones de perro y gato lo que resulta bienvenido al organismo agrícola —son malolientes, aunque no tienen mayor peso—, sino que su contribución es la función ordenadora de guardianes. Lamentablemente, perro y gato han perdido en gran medida esta función como cogestores animados de un todo natural penetrado de alma. Como animales de
Gesellschafts- und Luxustiere haben sie sich weitgehend dem Seelenleib des landwirtschaftlichen Organismus entfremdet.
Schaf und Ziege
Als die sogenannten «kleinen Wiederkäuer» zählen Schafe und Ziegen nach den Hunden zu den ältesten unserer Haustiere. Obwohl nahe verwandt, unterscheiden sie sich stark in Temperament, Beweglichkeit und in Graden in ihrer Genügsamkeit. Wie alle Wiederkäuer, treten sie als horntragende Paarhufer stammesgeschichtlich erst am Ende der Säugetierreihe auf. Ja, die Formenvielfalt der schaf- und ziegenartigen Wildformen und späterer Kulturformen entwickelte sich erst im Übergang des Jungtertiärs in die Eiszeiten (Pleistozän) und in diesen selbst bis in die Jetztzeit (Holozän)[138] – in Zeiten also, in welchen der Mensch unter die Tiere trat und aus seinem kosmisch geprägten, instinktiv-geistnahen Bewusstsein heraus zu ihnen ein magisch-kultisches Verhältnis begründete, das seinen Ausdruck in der Art des Jagens im Hinblick auf Nahrung und Kleidung und im Tieropfer fand.
Ist daher nicht die Frage berechtigt, ob nicht der nomadisierende, in das Walten der Naturkräfte einverwobene Mensch an dieser doch sehr jungen Formdifferenzierung beteiligt war? Weisen auf diese Denkbarkeit nicht die Mythen der Völker hin, z.B. das Tieropfer des Abel oder die in die Eiszeiten (Pleistozän) zurückweisenden Felszeichnungen, u.a. in der Sahara, und viele andere mehr? Sind diese nicht allesamt Ausdruck einer magisch-kultischen Mensch-Tier-Beziehung der atlantischen Zeit, des späten Känozoikums? Und hat sich dann nicht später, in der zweiten Epoche des nachatlantischen Zeitalters (Holozän) aus den zarathustrischen Mysterien heraus, in einer Art Wiederholung auf höherer Stufe, die Haustierwerdung vollzogen?
Schafe und Ziegen, ausgestattet mit allen Merkmalen ihres Haustierseins, treten seit dem Ende des neunten Jahrtausends v.Chr. in den Bergregionen Süd-/Westasiens auf. Bei den Schafen sind dies folgende Merkmale: in Gestalt kleiner als die Wildform, hohe Variabilität der Körpergröße, kein jahreszeitlicher Wechsel des Haarkleides, dessen Umwandlung in kontinuierlich wachsendes Wollvlies, lebhafte Färbung und Musterung. Eine ähnliche Vielfalt des Erscheinungsbildes zeigen die Ziegen, bis hin zu dem in Wolle verwandelten Haarkleid bei den Angora- und Kaschmirziegen.[139]
Las ovejas, y aún más las cabras, son extraordinariamente frugales. Su alimento son gramíneas, hierbas, hojas y brotes. Las cabras son especialmente adaptables a la oferta nutritiva aromática, rica en celulosa y salina de las zonas geográficas extremas —zonas montañosas y semidesiertos. El sobrepastoreo de estas últimas conduce rápidamente a una desertificación progresiva. Por sus múltiples dones —lana, carne, leche, pelo, piel, cueros y cuerno—, ambos pequeños rumiantes se convirtieron en los grandes compañeros de cultura del ser humano. Permanecían en rebaños cerrados bajo la tutela de los pueblos pastores, como fundamento de su existencia, y en muchos lugares llegaron a ser en los asentamientos aldeanos la «vaca del hombre sencillo». La estrecha relación de la oveja con su entorno y con el ser humano condujo en todo el mundo a una gran diversidad de razas, a partir de la Edad Media en Europa a la formación de las razas locales, y en la Edad Moderna a la cría selectiva de razas para carne, lana y leche. La cría hacia la oveja lanar blanca (Merino) tuvo lugar en España. Hoy en día ha encontrado la mayor difusión mundial, frecuentemente mediante cruzamiento con razas locales.
En Europa, la ganadería en rebaño bajo la guía del pastor trashumante subsiste en restos hasta el día de hoy. Solo puede mantenerse económicamente porque los rebaños de ovejas se emplean preferentemente en zonas protegidas para el cuidado del paisaje. La más pronunciada retracción afecta a la ganadería caprina. El 95% de todas las cabras domésticas está al servicio del autoabastecimiento en la agricultura de estructura minifundista del Tercer Mundo.
Las manifestaciones de la índole esencial de la oveja y la cabra son polares entre sí. Las prestaciones sensoriales de ambas son ciertamente semejantes —el sentido del olfato está desarrollado de modo preferente, seguido del sentido de la vista y, a cierta distancia, el oído—. Sin embargo, lo anímico se expresa de manera diferente en el lenguaje corporal y a través de los sentidos. Con la cabeza generalmente inclinada por debajo de la línea dorsal, con un cuerpo más macizo, más volcado hacia la tierra y hacia el interior de su propio metabolismo, más torpe en sus movimientos, el ser anímico de la oveja se expresa de modo más soñador y contenido. Diferente la cabra: con vivacidad salta, brinca de piedra en piedra, levanta la cabeza bien en alto, husmea curiosamente esto y aquello, trepa al punto más elevado que tiene a mano, mantiene la mirada atenta hacia la lejanía. En lugar de pastar desplazándose por vastas llanuras, prefiere pacer en laderas escarpadas a nivel de la cabeza, o se yergue verticalmente sobre sus patas traseras para alcanzar todavía la hoja más alta de arbustos y árboles.
Las ovejas y las cabras llevan cuernos. A diferencia de los bovinos, en los machos estos son más grandes y, según la raza, de forma helicoidal
torcidos en espiral o doblados hacia atrás en forma de sable. Junto a los portadores de cuernos existen razas sin cuernos, entre las que se cuentan la mayoría de las razas actuales de ovinos de aptitud productiva.
Al reducirse la diversidad racial, la selección se concentra en la oveja de lana o de leche y, en las cabras, en animales de leche o de carne.
Los pequeños rumiantes son animales gregarios, las ovejas más aún que las cabras. En consecuencia, son por su propia índole esencial más bien modeladores del paisaje a gran escala, y menos un órgano configurador dentro del organismo agrícola individual. Mientras las comunidades aldeanas con sus tierras comunales existieron todavía como un todo en gran medida cerrado, fue oficio del pastor hacer de su rebaño el órgano de ese todo: ya fuera en el pastoreo del barbecho, de los terrenos comunales o baldíos, o en el arreamiento sobre las rastrojeras de las plantas de escarda ya cosechadas, sobre las siembras de invierno que brotaban demasiado vigorosas en hoja; ya fuera en el pastoreo de los linderos de caminos y campos ricos en hierbas durante el otoño, como régimen dietético para la estabulación invernal que se avecinaba; o ya fuera, en fin, en el aprisconar sobre los campos con fines de abonado. Todo ello era derecho consagrado y se hacía de acuerdo con la comunidad aldeana. Son escasos los márgenes para revitalizar el oficio del pastor. Las posibilidades se abren en el cuidado de zonas protegidas para la conservación de la naturaleza o en grandes explotaciones agrícolas con suelos de rendimiento límite.
Distinta es la situación de la cría de ovejas de leche y de cabras de leche. Ambas no están ligadas al rebaño y pueden contribuir de manera sustancial, en existencias más pequeñas o más grandes, a la animación anímica del organismo agrícola. Sobre todo, los pequeños rumiantes se recomiendan para el ulterior desarrollo de huertos orientados de manera unilateral hacia granjas-huerto. Representan allí al bovino en el aprovechamiento de los cultivos intercalares para el abono verde, así como de los desechos de una producción hortícola diversificada, y se encargan de su transformación en un abono de eficacia perdurable.
A través del sistema de cuatro estómagos de los rumiantes, el alimento vegetal queda sometido a una digestión de intensidad única en su género (véase el capítulo «Bovino», digestión en el rumen y rumia, páginas 150 y siguientes). Esta permite abrir la celulosa, es decir, los principios nutritivos ricos en fibra bruta, y hacerlos aprovechables para el crecimiento, el mantenimiento y la producción (leche, lana, carne). En el curso de este proceso digestivo, la corriente de alimento vegetal recibe la impronta de las fuerzas de la organización anímica del animal. Conforme a la índole esencial de la oveja y la cabra, esta impronta es diferente. La diferencia no puede inferirse suficientemente a partir de la composición cuantitativa de los llamados nutrientes del abono. No la proporción cuantitativa
Los principios de la vida que en ella participan —no su proporción cuantitativa, sino su composición a través de las fuerzas del cuerpo sensible que actúan en los procesos vitales— son los que resultan determinantes. La índole esencial misma abona a través de las sustancias. Así, el estiércol de oveja actúa de manera más suave, armonizadora y estructurante sobre los procesos vitales que se condensan en lo vegetativo hacia el fruto nutritivo —por ejemplo, en las hortalizas de hoja. El abono de cabra, en cambio, actúa de manera más ardiente y, como cabe presumir a partir de la índole esencial de la cabra, más estimulante sobre el impulso de crecimiento en el eje raíz-tallo-flor.
La aportación de la oveja a la animación anímica del paisaje se hace perceptible cuando el pastor recorre en otoño con su rebaño la geomarca de la finca y, más allá de ella, la campiña cultivada circundante: el pastor adelante, avanzando a paso firme con su cayado, el rebaño agolpado siguiéndole; o él de pie en medio del campo, las ovejas buscando alimento a su alrededor. Esta escena despierta un estado de profunda paz que se extiende sobre el paisaje, una imagen de quietud y movimiento perfectos a la vez. Un rebaño de ovejas que recorre así los campos, de demarcación en demarcación, cuyo cada movimiento vital se resume en la conciencia del pastor y desde ella es conducido, teje relaciones que unen los organismos agrícolas individuales en la unidad superior del paisaje cultural. Frente a las ovejas, las cabras son menos animales de rebaño. Tienen más «carácter propio». Se crían en medida limitada para la producción de leche y carne y prestan, en parte como sustituto del bovino, en el canon de todos los animales domésticos, valiosos servicios en la configuración del cuerpo sensible del organismo agrícola.
Aquí está la traducción:
El bovino
Origen y mito
Según la opinión predominante, el bovino (Bos taurus) desciende del uro o bisonte europeo primitivo (Bos primigenius).[140] «La moderna investigación zoológica de los animales domésticos considera hoy con certeza un solo bóvido salvaje, el uro o bisonte europeo primitivo, como la única forma ancestral de los bovinos domésticos.»[141]
Se parte del supuesto de que las razas bovinas europeas proceden del «creciente fértil», Asia central-anterior. Los hallazgos óseos más antiguos se remontan al octavo milenio a.C., a los comienzos
de la cultura persa primigenia. Las razas bovinas más tempranas, así como todas las posteriores, presentan una constitución corporal más pequeña que la supuesta forma salvaje del uro y muestran desde el principio una alta variabilidad en la forma de su apariencia externa. Precisamente en el ejemplo de los animales de pastoreo —el bovino, la oveja y la cabra, los animales domésticos más antiguos después del perro— puede hacerse patente cómo la derivación a partir de sus formas salvajes permanece en la oscuridad. Si se dirige la mirada a los mitos de los pueblos, por ejemplo al sacrificio de Abel en el Antiguo Testamento —él era un pastor—, son ante todo la oveja y el bovino quienes se hallan en el centro de los actos religiosos de sacrificio. «Documentos histórico-culturales muestran que los bovinos en Mesopotamia, Egipto, Persia e India sirvieron en un principio únicamente con fines de culto.»[142] En el mito del antiguo Egipto se veneraba en el bovino, como imagen primordial, a la diosa celeste Hathor, representada como vaca que, encuadrada entre los cuernos, porta el disco solar. En la India actual, la vaca es considerada sagrada entre los hinduistas como en los tiempos primigenios. ¿No apunta esto más bien a que la vivencia espiritual-real de la esencia del bovino, de aquello que en lo suprasensible es el alma de grupo,[143] fue el padrino de su conversión en animal doméstico?
en su configuración corporal y en el juego concertado de sus sistemas de órganos, plasmándolo así, desde el lado de la naturaleza, como la medida, la economía interior del conjunto de la granja.
De un verdadero organismo de manada sólo puede hablarse cuando la manada se renueva a sí misma a lo largo de generaciones mediante su propia cría y se ha vinculado a las condiciones del lugar hasta la base forrajera propia de la granja. Los toros de cubrición gozan de un estatuto especial: son sustituidos a intervalos regulares por padres procedentes de explotaciones de cría de la misma índole, a fin de refrescar la sangre de la manada. El organismo de manada está por encima de la suma de los animales individuales. Ello se expresa, entre otras cosas, en la simultaneidad de los comportamientos de ritmo diario de los animales. Por la mañana siguen a la vaca líder al pastizal en un orden cuasi jerárquico. Allí se distribuyen, pero no se dispersan sin concierto; pastan avanzando en una misma dirección, consumen forraje durante siete a ocho horas diarias, con interrupciones de fases comunes de rumia que ocupan asimismo unas ocho horas al día. También la ida al abrevadero, los períodos de descanso y la entrega de leche obedecen a un ritmo severo que gobierna al conjunto de la manada. Todas las medidas de estabulación, alimentación, cuidado y cría deberían estar al servicio del fortalecimiento de este acontecer rítmico de la manada. Cuanto más desarrollado esté éste, más sana la manada.
Los métodos que subyacen a la ganadería industrial hoy practicada en todo el mundo —la alimentación con ensilado y con concentrados fácilmente digeribles procedentes de todos los rincones del mundo, la estabulación permanente sobre suelos de rejilla de hormigón, la práctica del descorne y la selección orientada a la máxima producción, condensada en una vida útil drásticamente reducida, etc.— debilitan a las vacas. Significa la pérdida de la capacidad de conformar el propio cuerpo anímico[144] cerrado en sí mismo. Las vacas lecheras están agotadas ya en la juventud y, por regla general, son desechadas a los 4,5 años, es decir, tras dos lactaciones «forzadas».
El alcance de la ganadería bovina se rige por el tamaño de la granja, por su dotación natural en cuanto a las condiciones climáticas y edáficas y con ello por la necesidad de abonado, así como, en distintos grados, por la intensidad del aprovechamiento. Lo decisivo aquí es la base forrajera propia de la granja, que comprende los espacios de pradera y pastizal disponibles, así como el cultivo de forrajes en tierras de labor. El alcance de este último se desprende de la configuración de la rotación de cultivos en el cultivo de la tierra.
Manifestación esencial y conocimiento esencial
Como rumiante del grado de desarrollo más alto, la vaca es un ser tan metabólicamente activo como rítmico. En cambio, su actividad neurosensorial —a excepción de las altamente diferenciadas prestaciones olfativas y gustativas— retrocede comparativamente frente al entorno. Sus prestaciones sensoriales están al servicio, ante todo, de su interioridad, de su actividad digestiva. Su ser inteligente se manifiesta hacia fuera de modo más bien flemático, soñoliento-sordo; hacia adentro, en cambio, en una intensa vida instintiva plena de sabiduría. Se experimenta a sí misma, profundamente introvertida, en una especie de visión interior.
Quien busca acercarse cognoscitivamente al ser del bovino debe dirigir la atención hacia su actividad principal: hacia los pasos procesuales en la interacción entre interior y exterior durante la ingesta del alimento, pasando por la elaboración de las masas forrajeras en la digestión, hasta los productos de excreción del estiércol y el purín.
Si uno sigue lo que resulta de los hechos científico-naturales aislados en torno al proceso digestivo, tropieza rápidamente con límites del conocimiento. Por lo general no se los advierte, porque no se presta suficiente atención al umbral de lo sensorialmente inobservable y, en consecuencia, no se le da el peso que merece. Uno se desliza inadvertidamente hacia representaciones abstractas, carentes de cualidad. Pero cuando se toma conciencia de ese límite del conocimiento —que se abre entre lo perceptible objetivamente y lo procesual del acontecer sustancial, por ejemplo en el tránsito de afuera hacia adentro a través de las paredes intestinales—, recién entonces se aprende a apreciar y valorar verdaderamente el alcance y la envergadura de los resultados de la investigación espiritual de Rudolf Steiner. Incorporando estos resultados de investigación, el conocimiento que se apoya en los sentidos externos se convierte en un proceso cognoscitivo que se amplía continuamente. Iluminan el agente eficaz, lo que actúa de manera esencial, que produce las manifestaciones en sus formas y colores. Los resultados de la investigación espiritual añaden al lado externo del mundo fenoménico el lado interior, esencialmente creador.
La digestión bucal
Ya en la ingesta del alimento —diariamente alrededor de un octavo del peso corporal; eso equivale a 60 o 70 kg de sustancia fresca— domina el sistema metabólico-motor la región cefálica. La cabeza se sumerge, palpando con el morro, profundamente en la masa forrajera; a modo de extremidad, la larga
lengua larga, en forma de extremidad, agarra un manojo de pasto, hierbas o heno, lo introduce en el hocico y, en el caso de la hierba fresca, lo corta ejerciendo presión de la mandíbula inferior contra el borde de la placa desdentada del maxilar superior. Entre bocado y bocado, la lengua se desliza complacientemente sobre el morro y paladea las secreciones glandulares del mismo. Es probable que el bovino realice con ello una suerte de primer análisis de la calidad del forraje ingerido, probablemente también en función del tipo y la cantidad de salivación. En el morro, el labio superior está fusionado con las cavidades nasales. Con ello quedan estrechamente vinculados entre sí la ingestión del alimento y la respiración, así como el sentido del tacto, el del gusto y el del olfato.
Durante el breve tiempo que permanece el forraje en la alargada cavidad bucal, es de nuevo la lengua la que, en los pocos actos de masticación, mueve rítmicamente el alimento entre las filas de molares de uno a otro lado. Con ello se inicia un primer paso digestivo mediante trituración y salivación. Un número de glándulas de distintos tamaños secreta saliva —hasta 180 litros diarios con alimentación de heno— y procura la descomposición enzimática del almidón en azúcar.
Digestión en el rumen y rumia
La digestión bucal experimenta una potente elevación en el acto de la rumia. Este se desarrolla en sentido inverso a la ingestión del alimento. Lo que el bovino ha comido, saboreado y deglutido lo recupera por porciones desde una zona digestiva más profunda, los preestómagos, vuelve a masticarlo y saborearlo —y recién ahora a fondo. Según el tipo de forraje, si es verde fresco o roughage, realiza entre 30 y 80 golpes de rumia por porción.
Previo a este proceso tiene lugar un notable cambio. Poco triturado, manojo a manojo pasa de la cavidad bucal de la región cefálica a través del esófago y el diafragma que separa ambas zonas hacia la región abdominal, hacia los tres preestómagos carentes de glándulas: primero hacia la «redecilla» (*Reticulum*; denominada también retículo o estómago centrifugador), desde allí segundo hacia el rumen y tercero hacia el omaso u hoja del libro (*Omasum*). Si no se ha decidido ya antes en el rumen, es en el omaso donde se decide definitivamente si la papilla forrajera pasa a continuar la digestión en el cuajar o estómago glandular, o si —exprimida— emprende de nuevo el camino de regreso hacia la cavidad bucal para la rumia. La tarea singular de los preestómagos —y en especial la del rumen— es la descomposición microbiana del alimento vegetal rico en fibra bruta. El rumen, con su enorme capacidad de unos 150 litros, se extiende desde el diafragma hacia atrás hasta la cavidad pélvica.
Junto con el retículo y el omaso, ocupa toda la mitad izquierda de la cavidad abdominal. En el gran espacio de fermentación del rumen se desarrollan intensos procesos fermentativos en las masas de forraje, mantenidas en continuo movimiento. Por caóticos que estos resulten, están bajo la estricta dirección del cuerpo astral del bovino. En estas conmociones que se cumplen rítmicamente, bacterias y ciliados —que pertenecen a los protozoos— descomponen los componentes más fácilmente degradables de la papilla forrajera; en parte ya aquí —son sobre todo ácidos grasos ricos en energía— pasan, en su tránsito a través de la metabolicamente activa mucosa del rumen, al torrente sanguíneo.[145] En cuanto el rumen está lleno —visible desde el exterior por la protuberancia del flanco izquierdo—, es decir, en cuanto sobreviene la saciedad, la vaca, o toda la manada, suele echarse y, al cabo de un tiempo, comienza a rumiar. El contenido del rumen se estratifica en tres capas: una inferior líquida, sobre ella una capa media de material todavía más grueso, y una capa superior de gases de fermentación. De la capa media del rumen y del material exprimido del omaso, el bovino traga ahora porción a porción hacia la boca, y por el mismo camino desprende los gases de fermentación. Estos ascienden con la corriente espiratoria hasta los senos frontales, sí, hasta la cavidad del núcleo del cuerno. Aquí se abre ante el bovino un amplio cuadro de percepción y de análisis cualitativo en relación con lo que hasta este momento del proceso digestivo se le ha revelado en términos de sustancias y fuerzas.
El rumiar, una percepción y escrutinio de sustancias y fuerzas
En la actividad del rumiar —ocho a nueve horas diarias— el modo de expresión esencial de la vaca se transforma radicalmente. Su actividad metabólica y locomotora llega en gran medida al reposo. Toda actividad interna y externa se desplaza hacia el polo cefálico. No solo la musculatura de las mejillas está en poderosa actividad rítmica, moliendo el bolo forrajero rico en fibra —dosificado en unos cien gramos— que ha sido deglutido hacia la boca, sino también la lengua y las glándulas salivales. En marcado contraste con esto se comportan los sentidos. En la concentración sobre el acto del rumiar, llegan en cierta manera al reposo, a la «recogimiento». Ahora es cuando la vaca, por primera vez en verdad, recorre con el pensar lo que ha absorbido desde el exterior, de este campo, de aquel prado o pastizal, en forma de sustancia viva y estructurada. Es cierto, lo ha hecho en el
En el deambular paciente del pastoreo ya las había palpado, saboreado y olisqueado. Pero ahora, en el nuevo saboreo de la corriente de forraje ya predigerido, lo percibido se fusiona con todo su ser anímico. Lo que antes no era más que masa vegetal viva y estructurada, se eleva ahora, en el rumiar perceptivo, a sensación anímica. La vaca despierta en esta actividad a su conciencia, que soñando está toda entera sumergida en los procesos del cuerpo. Es la fuerza perceptiva del cuerpo anímico la que desde ahora impregna de alma el posterior acontecer digestivo hasta el producto final del estiércol y el purín. Lo que Rudolf Steiner denomina el «análisis cósmico-cualitativo»[146] que el animal realiza en la digestión, vale en el más alto grado para el bovino. En el rumiar toma comienzo este análisis. Esto se hace visible en los ojos; la mirada se transforma durante el rumiar. Mientras que en otras ocasiones uno mira dentro de los grandes ojos como en el azul de un pozo profundo, ahora, con la cabeza levemente alzada, ojos y rostro adquieren una expresión de concentración tensa. Da la impresión de que la vaca «meditara» todo aquello que en esta primera fase de la digestión ha interiorizado en forma de percepciones. Una mirada tan intensa, vuelta hacia adentro, difícilmente se encuentra en ningún otro lugar del reino animal. Es como si en la expresión de los ojos se reflejara el llegar-a-la-conciencia de las fuerzas formativas que quedan libres al desmenuzar los esqueletos de carbono y las estructuras proteicas de las masas vegetales. En el acto del rumiar, la vaca está enteramente consigo misma, cerca de una autopercepción que no puede tener, porque no tiene un Yo encarnado. Por la proximidad de su cuerpo anímico altamente concentrado a su yoidad —que se vive manifestándose como su «alma de grupo»[147] y se expresa como reflejo en el organismo del rebaño—, está habilitada en grado especial para elaborar interiormente la poderosa y ondulante masa de fuerzas formativas. En un primer paso, realiza el mencionado «análisis cósmico-cualitativo» en la descomposición del alimento vegetal, culminando en el acto del rumiar. Analiza en una oscuridad anímica las fuerzas formativas que desde el cosmos, en la luz del sol, han construido la forma vegetal, que se han cuajado en las formas individuales de esta y que al mismo tiempo se han convertido en portadoras del acontecer sustancial viviente en las plantas.
Digestión en el intestino delgado y en el intestino grueso
Al disolverse las formas vegetales en el tracto digestivo, las fuerzas formativas van quedando libres, paulatinamente, de su ligadura a la materia. Este es el resultado de un proceso de descomposición escalonada que se realiza en tres fases: una fase mecánica hasta microbiana, desde la masticación hasta la actividad del rumen y del omaso; una eminentemente enzimática, aunque también bacteriana, desde el abomaso a través del yeyuno (*Jejunum*) hasta el íleon (*Ileum*); y desde allí, una puramente microbiana, desde el ciego (*Caecum*) a través del colon (*Colon*) hasta el recto (*Rectum*). Mientras que en los preestómagos el proceso dominante es la digestión de la celulosa y, paralelamente, tiene lugar un metabolismo proteico de reconstrucción y edificación mediante la extraordinariamente activa actividad microbiana, en el abomaso (*Abomasum*) comienza, en medio ácido provocado por los jugos gástricos, la degradación de las proteínas. Esta continúa —incluyendo las masas de microbios muertos procedentes de los preestómagos— por vía enzimática y bacteriana a través de los tramos del intestino delgado (*Intestinum tenue*): primero mediante las secreciones del páncreas (*Pancreas*), que, al igual que la bilis emulsificadora de las grasas, desembocan en el duodeno (*Duodenum*); luego a través del yeyuno (*Jejunum*), recubierto de innumerables glándulas y vellosidades, y del breve íleon (*Ileum*). Este último forma una esclusa entre el yeyuno y el intestino grueso. Impide el reflujo desde el contenido bacteriano del colon y del recto hacia el yeyuno, de escasa presencia bacteriana.[148] En conjunto, el intestino delgado alcanza en la vaca adulta una longitud de hasta 48 metros. Cuelga, con sus abundantes circunvoluciones, del mesenterio (*Mesenterium*) —una doble lámina serosa de abundantes pliegues. El mesenterio y el intestino delgado circundan a modo de guirnalda la espiral que se enrolla y desenrolla del colon, el cual, unido y desembocando en el íleon y el ciego, forma el tercer tramo.[149] Lo que de la masa de forraje rica en fibra bruta ha pasado sin digerir por el rumen y el yeyuno, queda sometido ahora nuevamente a una intensa descomposición microbiana. Un residuo nada despreciable de fibra bruta sin digerir, atravesado por una masa microbiana que sigue activa, aparece finalmente como boñiga de vaca. La pregunta es si este residuo material, vivificado microbianamente, constituye por sí solo el valor fertilizante del estiércol vacuno.
Außenwelt an. Su tarea es superar la ajenidad del alimento. Esto ocurre mediante la descomposición completa, y de tal modo que la forma impresa, la configuración sustancial y de fuerzas del alimento —sea de gramíneas, hierbas o leguminosas— pierde enteramente su carácter de ser propio.
La frontera entre el mundo exterior y el mundo interior
La frontera entre el mundo exterior del tracto digestivo —trasladado al cuerpo del animal— y el poderoso mundo interior del ser propio la forman las paredes mucosas del rumen, el estómago glandular, el intestino delgado y, en tono decreciente, del colon y del recto. Estas membranas fronterizas son órganos que, comparados con la piel exterior del cuerpo, presentan una estructura invertida: las mucosas, poderosamente desarrolladas, están orientadas hacia fuera, hacia la corriente de forraje; son metabólicamente activas en el más alto grado en cuanto a la descomposición del alimento y a la absorción de las sustancias despojadas de su ajenidad. El lado de la pared intestinal orientado hacia el interior del cuerpo —la serosa— está inervado. Pertenece al peritoneo (*Peritoneum*), que reviste la cavidad abdominal a modo de un «cielo interior», representando así el polo sensorial-nervioso o perceptivo de las paredes intestinales. Entre ambos se articula, formando la zona media, una capa muscular circular que provee rítmicamente, entre otras funciones, los movimientos peristálticos. Es el alma propia del bovino la que actúa en los tres miembros de las membranas digestivas, percibe a la vez el acontecer y lo hace resonar en consonancia con el conjunto de las funciones corporales.
Así irradia desde el tracto digestivo hacia el espacio interior corporal una corriente de sustancia eterizada y animada: una corriente de fuerzas etéricas formativas liberadas de su vinculación en las formas vegetales; así como radiaciones de fuerzas sensitivas —es decir, anímicas—, que el bovino ha activado en sí mismo mediante su actividad sensorial, especialmente durante la rumia. Las primeras son absorbidas por la sangre y quedan a disposición de la construcción de sustancia propia del cuerpo, del crecimiento y de la reproducción. Las últimas irradian hacia el organismo en estrecha relación con la sangre. La sangre venosa, que retorna desde la gran circulación corporal, se carga con las sustancias y fuerzas cernidas en las paredes intestinales. Alcanza a través del hígado la pequeña circulación sanguínea del corazón y los pulmones, y allí se vivifica convirtiéndose en sangre arterial. Desde el corazón desemboca en la gran circulación sanguínea, derivándose una parte hacia adelante en el tronco de las arterias cefálicas, una de las cuales hasta
en los conos óseos y sus membranas periósticas (periostio), así como en las pieles internas de ambos cuernos. La intensidad de la irrigación sanguínea de los conos óseos que crecen desde el hueso frontal se manifiesta claramente en el caso de una fractura de cuerno: la sangre brota como de un manantial, de manera casi incontenible.
La significación de los cuernos y las pezuñas
En los cuernos y las pezuñas, la sangre —y la radiación etérico-astral vinculada a ella— choca contra una pared impenetrable incluso para esa radiación: la envoltura córnea exterior. Es la piel exterior endurecida hasta convertirse en cuerno, la «forma» pura, el polo de muerte frente al polo de vida de la corriente de sustancia que pulsa desde las profundidades del cuerpo. Aquí, en este punto de estancamiento o de muerte, la sangre y la radiación son rechazadas hacia el interior del organismo.[150] En los cuernos y las pezuñas, el organismo del rumiante se cierra completamente frente a las influencias que irradian desde el cosmos y la tierra. El bovino es remitido a sí mismo; no en el sentido de una conciencia intensificada en la cabeza, sino de una fuerza formativa elevada en lo viviente del polo metabólico.
El curso del análisis cósmico-cualitativo se desarrolla en pasos procesuales en los que la función del sistema neurosensorial, en relación con la del sistema metabólico, se polariza de doble manera: la actividad perceptiva de la rumia y la del cernido a través de las paredes del rumen y del intestino delgado está en relación polar con la secuencia de los pasos digestivos, que comienzan en la boca con la insalivación y la masticación, continúan en los preestómagos con la digestión microbiana, alcanzan un punto culminante en la digestión gástrica e intestinal y concluyen en el intestino grueso. Aquí las composiciones de sustancias del alimento son descompuestas hasta tal punto que pierden su carácter propio. Van siendo llevadas paulatinamente a un estado físico-mineral, inorgánico, que desde el lado de la sustancia abre un campo extenso para el análisis cósmico-cualitativo. A este acontecer de aniquilación se contrapone polarlmente la corriente vital de la sangre, que transfiere estas sustancias llevadas al estado de lo inorgánico a los procesos constructivos propios del cuerpo y las conduce hasta los límites periféricos de los cuernos y las pezuñas.
La rumia es un proceso sensorial que se vuelve sordamente consciente a través del cerebro y se refleja en la expresión facial concentrada.
La vaca percibe la granja a través del alimento. En el proceso de trituración, se le hace consciente el carácter de composición sustancial y de fuerzas de ese alimento, así como su procedencia del término de la finca. Estas funciones sensoriales prosiguen hacia atrás en el rumen y el intestino, donde se hunden gradualmente en la inconsciencia.
Lo que en cambio ocurre en cuernos y pezuñas es un percibir intensificado orientado hacia el fortalecimiento interior de la vida instintiva. La percepción desvela lo que la sangre porta desde la región digestiva hacia adelante, hacia la periferia del cuerpo, en cuanto vivacidad atravesada de alma. En el embate contra la envoltura córnea muerta no se enciende una conciencia ligada al cerebro, sino una fuerza espiritual que actúa en el subconsciente y se irradia de vuelta al organismo. Una comprensión de la naturaleza de esta fuerza puede alcanzarse si se dirige comparativamente la mirada hacia la fuerza del pensar que opera suprasensiblemente en el ser humano, cuyo producto son los pensamientos que luego, como sombra de su entidad espiritual, llegan a ser conscientes en el polo cefálico a través del cerebro. En el bovino, esta fuerza no se eleva hasta una autoconciencia sustentada por pensamientos. Permanece ligada al metabolismo como una fuerza que tiene el poder de actuar, de manera amortiguadora y ordenadora, abriendo potenciales de eficacia viviente, sobre las fuerzas etéricas formativas liberadas de la digestión. Estos potenciales son comparables a un mundo imaginativo de imágenes que un artista, por ejemplo, despierta en sí al crear su obra de arte. Lo que la vaca posee por disposición, el ser humano puede desarrollarlo mediante la autodisciplina a través del pensar libre del cuerpo. Por medio de éste aprende, en plena conciencia, a conocer en imágenes verídicas el mundo de fuerzas que impera y actúa en él y en torno a él. Es el paso hacia la Imaginación, el primero que va del conocimiento sensorial al conocimiento del espíritu.[151]
Análisis cósmico-cualitativo y disposición del Yo
De la visión de conjunto de la esencia del bovino resulta la imagen siguiente: si el comienzo del análisis cósmico-cualitativo lo señala la rumia, su culminación la señalan los procesos que tienen lugar en cuernos y pezuñas. Esta culminación consiste en el reflujo de la sangre y en el rechazo de las irradiaciones vinculadas a la sangre, de vuelta al organismo, desde las envolturas córneas que han muerto en la pura forma. Las irradiaciones de retorno contienen la suma de todo aquello que el cuerpo anímico del bovino se ha apropiado del acontecer digestivo
en el seno de poderosas sensaciones vivificantes. El alimento del bovino son las plantas, preferentemente tallos y hojas. Son formaciones surgidas de las irradiaciones del cosmos hacia lo terrestre de lo material. Cuando comemos plantas, comemos el cosmos. El bovino, con su altamente desarrollada vida instintiva, analiza la parte cósmica de la formación física de la planta. El órgano que elabora el resultado de este análisis, de la irradiación de retorno, no es el cerebro que hace consciente. Hay que pensar, más bien, en que es, de manera antipódica, el sensible peritoneo que tapiza toda la cavidad abdominal y, en especial, el *Mesenterium*. Este se concentra en doble lóbulo, sobre todo en el mesenterio que sostiene el intestino delgado. Lo que allí se revela al bovino en una consciencia soñadora y dormida ya no es la forma, sino lo sustancial-vivificante, el lado esencial de la sustancia. Su propio ser-Yo no encarnado, «el alma de grupo», entra, en las profundidades del metabolismo, en relación con el fundamento esencial primordial de lo material.
Las reflexiones anteriores sobre esta relación esencial pueden tender un puente hacia una comprensión inicial de lo que Rudolf Steiner llama, con la mirada puesta en el bovino, la «disposición del Yo».[152] ¿No es acaso ésta la que incorpora en sí el resultado del «análisis cósmico-cualitativo» y así se imprime como fuente fertilizante de fuerzas en el estiércol de vaca? Entendido así, el estiércol de vaca lleva fuera «un elemento etérico-astral que legítimamente habita en el vientre del animal»[153] y con ello fecunda los suelos del término de la granja. Es la «disposición del Yo» — con la irradiación etérico-astral de retorno incorporada en ella, desde la periferia más extrema del bovino hacia el curso de la sustancia digestiva — la que confiere al estiércol de vaca su fuerza fertilizante vivificadora y configuradora de manera sostenida. El estiércol «tiene la fuerza de vencer lo inorgánico de lo terroso».[154]
Rendimientos excedentes
Lo que el bovino — y esto vale, con las variantes del caso, para todos los rumiantes entre los animales domésticos — absorbe en sustancias y fuerzas formativas de las masas de su alimento vegetal, lo necesita en mínima parte para sí mismo, para el despliegue de su consciencia, para su actividad locomotora, el mantenimiento de la vida y la reproducción. Queda un gran excedente que no necesita para
para sí, porque carece de un Yo que quiera vivirse a sí mismo. El ser humano tiene un Yo y reclama su alimento para lo que necesita en el vivirse de su autoconciencia. El bovino entrega su fuerza excedente a los rendimientos vitales elevados, como la reproducción, el crecimiento, es decir, la generación de leche y carne, así como, en conexión con la «disposición del Yo», el estiércol y el purín, y a través de éstos, como abono vivificador y animador, a la tierra. La medida según la cual estas fuerzas excedentes se distribuyen, de un lado, hacia la generación y formación de valor de los alimentos y, de otro, hacia la formación de valor del abono, la determina en primer lugar de modo natural el cuerpo sensible del bovino. Cuando esta medida está en equilibrio, surgen la salud, la longevidad y una alta calidad del abono. El ser humano actual ha logrado desplazar por la fuerza esta medida plena de sabiduría en favor de un rendimiento cuantitativo máximo. De ello padece la salud de los animales, lo mismo que la calidad alimentaria y el valor del abono. En la ganadería industrial ya no se plantea la pregunta por la calidad del abono en el sentido de la perdurabilidad de su acción vivificadora y animadora. Lo que ocupa el primer plano es más bien la problemática de la eliminación del purín que se acumula en cantidades masivas. Al principio del organismo, en cambio, le es inmanente la medida justa.
Renuncia
El bovino es, como en diferentes grados todos los animales domésticos, un ser que renuncia. La vaca, en el grado más alto, renuncia a algo que le pertenece por naturaleza a su ser: precisamente a las fuerzas nutritivas y fertilizantes que entrega, en sentido literal, «desinteresadamente», al ser humano y a la tierra. Estas fuerzas vivifican, sanan y armonizan la fertilidad perdurable propia del lugar en los suelos. Fortalecen y sanan el nexo relacional entre suelo y planta. Se trata de un proceso que avanza en el tiempo y que tanto más se hace valer cuanto más exclusivamente proviene el abono del ganado de la propia granja, y del mismo modo el forraje con el que la manada de vacas lleva a cabo el análisis cósmico-cualitativo.
Manada bovina y organismo de la finca
Considerada desde la totalidad del cuerpo sensible del organismo de la finca, la manada bovina cumple en la corriente del tiempo una especie de función cardíaca pulsante. Extrae el forraje del entorno del término de la finca; devora cada año un
Gran parte de lo que ha producido el cuerpo vital del organismo de la finca. Lo que en el curso del año proviene de prados, pastizales y cultivos forrajeros es el producto de la acción conjunta de la organización física y vital de la granja. Este producto, la riqueza en gramíneas y hierbas, no sirve a la alimentación humana, pero sí a la de los rumiantes y, a través de residuos vegetales así como de estiércol y purín, a la fertilidad de la tierra. El bovino devora y transforma masas vegetales ingentes como si las necesitara únicamente para sí. ¡Pero no es así en absoluto! Eleva lo que en esas masas ha cuajado como fuerza formativa animadora de carácter cósmico a la esfera de su cuerpo sensible, que analiza con sordos destellos de percepción; impregna con estas fuerzas de sensación las fuerzas etéricas formativas liberadas por la digestión, que colman todo el cuerpo, y genera finalmente un producto que restituye a la tierra como un valor añadido, ayudando así al suelo a una fertilidad perdurable de efecto continuado.
Este acontecer que se despliega en el ritmo del año y de los años es, como la sangre, solo en apariencia un circuito. Así como esta se refresca en el pulmón, se impregna en la periferia del cuerpo de impresiones que son percibidas en el corazón, y en el riñón se criba según sustancias aprovechables e inaprovechables, así también discurre en metamorfosis en el organismo agrícola el camino del crecimiento forrajero: este se renueva cada año bajo los influjos del cosmos y de la tierra, crece allá afuera en la periferia del término de la finca, es percibido y analizado por el conjunto del ganado bovino, cribado en la pared intestinal y transformado en abono, que conserva el rendimiento de lo que ha llegado a ser y lo conduce a un nuevo devenir. No se trata de una repetición de lo mismo, sino de un proceso de desarrollo progresivo.
Así se cumple por medio de la actividad del bovino, considerada desde el lado de la naturaleza, en el grado más alto la ley del «dar y tomar» que impera en toda la naturaleza, y al mismo tiempo la manada bovina en su conjunto, como ningún otro de los animales domésticos, vela por la máxima posible clausura del organismo de la finca. Es la prestación singular del bovino que, de manera natural, se cierran en primer lugar el centro y la periferia de la granja en una totalidad superior. «El estiércol hace más milagros que los santos.»[155]
El ser humano y la organización del Yo del organismo agrícola
La organización física, vital y anímica esbozada de una explotación agrícola está dada macrocosmicamente a través de la interacción propia del lugar entre los reinos de la naturaleza en el campo de tensión polar de Tierra y Cosmos. La tarea del ser humano es elevar esta donación, conforme a los principios que subyacen a su forma corporal y esencial microcosmics, hacia una unidad superior. Novalis condensa este hecho en las palabras: «La humanidad está en una misión; hemos sido llamados a la formación de la Tierra.»[156] El cumplimiento de esta misión es la tarea que se ha fijado la agricultura biodinámica, como ampliación de la cultura agraria cristiano-occidental mediante la ciencia espiritual antroposófica. El punto de partida de este esfuerzo es el mencionado Curso para agricultores de Rudolf Steiner del año 1924.[157] La agricultura biodinámica aspira a un desarrollo ulterior de la práctica local todavía probada en aquella época, ante todo mediante la configuración de la explotación en un todo orgánico y, más allá de ello, entre otras cosas mediante medidas específicas de abonado para el fomento de la fertilidad del suelo y de la capacidad nutritiva de los productos. Una meta adicional de aspiración es la formación de comunidades de granja que se dan a sí mismas su orden social desde las condiciones de vida y trabajo de la agricultura misma y que, irradiando hacia afuera, implantan impulsos de configuración social en el entorno de la sociedad.
La investigación espiritual como mediadora entre ser y apariencia
Fundadores de cultura en el sentido futuro son las ideas y su realización en un trabajo autodeterminado. De ello surge una relación libre del ser humano consigo mismo y con el mundo. En la agricultura el ser humano encuentra en el trabajo cotidiano las manifestaciones de la naturaleza y del cielo, la infinitud del universo. Para la percepción sensorial esta se presenta como una suma finita de hechos particulares, que solo en el nivel de la manifestación físico-sensible dejan reconocer una coherencia aprehensible en leyes naturales[158][159]
dejar ver. Pero bajo este ángulo de visión reduccionista no se cumple el concepto del universo de la totalidad, de la integridad; no da razón de lo que da vida a la planta entre el cielo y la tierra, de lo que anima al animal y de lo que hace preguntar al ser humano por su origen en el espíritu. Estas, sin embargo, son las preguntas por el lado esencial de las cosas. Permanecen cerradas al mero conocimiento por los sentidos. Este no revela lo que está llegando a ser, sino lo que ya ha llegado a ser, lo que se presenta a los sentidos como forma, como la imagen refleja muerta del espíritu que crea viviente desde lo suprasensible.
La pregunta que sobresale por encima de todas, ante la que en el presente se ve colocado todo ser humano que aspira, no es únicamente la pregunta por la manifestación, es decir por el lado formal de las cosas, sino la pregunta por el agens que crea esta forma. La forma la percibimos con los sentidos, que están ligados al cuerpo; el ser, con órganos del alma que solo podemos desarrollar en el camino de la disciplina espiritual individual, en aquella parte del alma que se eleva libremente por encima de la atadura al cuerpo.[160] De la investigación espiritual antroposófica existen resultados de investigación que han sido ganados por el investigador espiritual mediante un conocimiento libre del cuerpo sobre la base de tales órganos superiores del alma desarrollados, y que pueden ser captados por la conciencia pensante de todo ser humano. La factualidad esencial de los resultados de la investigación espiritual antroposófica se abre a la conciencia ordinaria por un lado a través de la lógica —en el pensar imparcial de los resultados de la ciencia espiritual estos se apoyan mutuamente y se unen en imágenes-pensamiento de realidad espiritual— y por otro lado a través del acto de obra —se muestran fecundos en el hacer cotidiano. Ambos caminos de conocimiento, profundizados por un tercero, la disciplina espiritual personal, se complementan y ayudan al alma a alcanzar una certeza espiritual en el Yo acerca de lo que el investigador espiritual describe sobre el mundo esencial que crea, forma y configura. La investigación espiritual antroposófica abre a la razón humana una comprensión profundizada del concepto de la integridad. El ser humano aprende a comprenderse como microcosmos que contiene todo lo que macrocosmicamente llena el universo. En autoconocimiento y apoyado por los resultados de la investigación espiritual puede alcanzar la capacidad de descubrir su parentesco espiritual con las cosas y los seres de la tierra y del cosmos. La naturaleza no le aparece ya como una suma de hechos particulares que son manipulables arbitrariamente y que, en negación de su propio valor, son intercambiables entre sí, tal como caracterizan los métodos del industrialismo agrario.
La factualidad esencial de los resultados de la investigación espiritual antroposófica se abre a la conciencia ordinaria por un lado a través de la lógica —en el pensar imparcial de los resultados de la ciencia espiritual estos se apoyan mutuamente y se unen en imágenes-pensamiento de realidad espiritual— y por otro lado a través del acto de obra —se muestran fecundos en el hacer cotidiano.
Aspectos sobre la problemática social
Al contrario de la tendencia dominante de hacer prescindible al ser humano actuante en la agricultura orientada industrialmente, el desarrollo y la conducción de un organismo agrícola biodinámico exige la fuerza de conciencia y la alegría en el trabajo de cada vez más personas. Con esta contracorriente, que comenzó en los años sesenta del siglo XX, la «cuestión social» ha hecho su entrada en la agricultura, más de cien años después del surgimiento del proletariado urbano en el siglo XIX. Hoy se ha convertido en una cuestión candente en las explotaciones biodinámicas. Como se expuso en el capítulo introductorio, el capital en el proceso de producción industrial genera división del trabajo. El extraordinariamente múltiple acontecer vital entre tierra y cosmos en la agricultura, y la manera en que el ser humano, trabajando, entra en una relación personal con él, articula la integridad en ámbitos de trabajo. La estricta división del trabajo desgarra los miembros del organismo agrícola en partes y los independiza. Para hacer frente a este gran peligro, hay que aspirar desde el principio, dentro de la propia explotación, a un orden social orientado hacia la cooperación integral de todos los miembros del organismo de la granja. Esta nueva forma social se configura en comunidades de responsabilidad o comunidades de granja. En forma germinal están dispuestas en todas las explotaciones biodinámicas. Toda empresa familiar campesina de antaño se ha desarrollado paulatinamente, en la articulación de las múltiples tareas, hacia una comunidad de responsabilidad ligada a la familia.
¿el Estado, una persona jurídica o la mano privada? Hablando con rigor, ninguno de todos ellos, en tanto que la tierra y el capital son llevados al mercado, en tanto que se los concibe como capitalizables y se los comercia como mercancía. Mirando hacia el futuro: ¿quién puede entonces ser propietario? De nuevo solo personas en instituciones y organizaciones que administran este derecho de manera fiduciaria conforme a la determinación espiritual de la meta, y que ponen a disposición el objeto de derecho para su uso a quienes están capacitados para ello.
En una primera aproximación a esta meta de futuro, el Estado ofrece la forma jurídica de la portación de bien común. Está concebida para servir al bien común y, en consecuencia, está limitada a finalidades definidas que excluyen el beneficio propio. La agricultura no cae bajo esta categoría; se le atribuye a priori que trabaja orientada al lucro, es decir, de manera interesada. Esto no corresponde a la agricultura biodinámica, que toma en serio la realización del principio del organismo y sirve con ello en alto grado al bien común. No es el beneficio propio del éxito económico, de la maximización del lucro, lo que aquí actúa como fuerza motriz, sino la obra cultural de «la formación de la Tierra». La producción de alimentos, cuando se orienta estrictamente según el principio del organismo, es siempre una producción orientada al bien común.
Muchas explotaciones biodinámicas de mayor envergadura se han unido en diversas partes con instituciones de bien común, por ejemplo, con las de socioterapia y pedagogía curativa, así como con las de investigación y formación. Esto permite transferir la tierra, de manera parcial o total, a la condición de bien común. Pero los obstáculos para ello siguen siendo muy altos, y una nueva ordenación legal relativa a un manejo orientado al bien común sería urgentemente necesaria. Dondequiera que personas se unan con vistas a la gestión biodinámica de una explotación agrícola, surge la pregunta cardinal acerca de la extracción (liberación) de la tierra y del capital de sus antiguas vinculaciones jurídicas.
Donde tal extracción logra realizarse entera o parcialmente, se forman comunidades de granja autoresponsables, comprometidas con el bien común. Establecer una nueva forma jurídica de neutralización de la propiedad sobre la tierra y el capital, y practicarla de manera ejercitante, es el objetivo de las llamadas comunidades agrícolas (CA). En su base subyace la idea de que todo ser humano tiene desde el nacimiento un derecho sobre un trozo de tierra, cuyo tamaño se mide por el número de personas que en un determinado territorio
viven. Eso valdría, según Rudolf Steiner, «ideal-real».[161] Este derecho garantiza a cada persona, por un lado, la existencia físico-corporal, y por otro la obliga a asumir, en calidad de fiduciaria, la responsabilidad del cuidado de ese trozo de tierra. En el mundo del trabajo comercial y la división de tareas, el individuo no puede realizar su derecho por sí solo. Puede, sin embargo, unirse con otras personas y grupos de agricultores en una CA que, en el caso ideal, rescata una explotación agrícola de sus antiguas vinculaciones jurídicas, la inventaría según las necesidades del cultivo biológico-dinámico y encarga a los agricultores que realicen las obligaciones de uso derivadas de los derechos agrupados de todos los miembros. A este intento — transferir la propiedad privada libremente disponible sobre la tierra y el suelo a un puro derecho de uso, que deje igual margen libre a la iniciativa individual que a la voluntad de configuración social de muchos — le opone el ordenamiento jurídico vigente, sobre todo con el derecho fiscal, grandes resistencias. Atreverse a dar semejante paso exige confianza, disposición al riesgo, valentía y fuerza de iniciativa, así como un alto grado de sentido de realidad y sentido comunitario, virtudes que se despliegan cuando se les abre un tal campo de ejercicio. Intentos afines, para volver a colocar a las personas en una relación activa y responsable con la tierra, se abren en la agricultura solidaria, que en América del Norte se ha difundido bajo la denominación Community-Supported-Agriculture (CSA).[162] Sobre una CA en Inglaterra informa Tom Petherick.[163] En variadas modalidades se encuentran CAs y los esfuerzos de la agricultura solidaria en distintos países de Europa. En el caso de la agricultura solidaria se trata ante todo de la configuración social de la relación entre productores y consumidores.
En un caso, una comunidad de consumidores arrienda un trozo de tierra, busca un hortelano que, según todas las reglas del arte del cultivo hortícola biológico-dinámico, produzca todo lo que la comunidad necesita en verduras frescas y de almacén. Los costes de explotación y de subsistencia se presupuestan con un año de antelación y se prefinancian en cuotas acordadas. Al término del ejercicio económico se hace balance: si quedan excedentes, estos se trasladan al presupuesto del año siguiente; las pérdidas se reparten proporcionalmente
ausgeglichen. A cada miembro le queda libre la posibilidad de poner mano a la obra, y cada cual puede abastecerse según su necesidad de lo que, según la estación, está disponible en productos de la cosecha. No existe un precio por unidad de mercancía y, por tanto, tampoco caja.
En el otro caso, una comunidad de consumidores coopera —en condiciones similares— con explotaciones agrícolas biodinámicas ya existentes. O bien se establecen acuerdos en el sentido del sistema de cajas por suscripción: la puesta a disposición semanal de una gama de productos de temporada, suscritos a precios fijos, procedentes por regla general de la producción y elaboración propias de la finca.
De este modo nacen en muchos lugares puentes que preferentemente en el terreno económico fundan un comportamiento social entre personas orientado a la percepción de las necesidades recíprocas, y que crea una conciencia asociativa para la construcción de mercados regionales, los cuales a su vez ayudan a la agricultura a poder liberarse de la sujeción impuesta por el industrialismo agrario globalizado.
Sobre la formación y la capacidad de actuación de las comunidades de granja
El mayor desafío en relación con una respuesta de futuro a la ardiente cuestión social en la agricultura lo representa la formación de comunidades de granja. Estas deberán convertirse en el futuro en la forma social que ocupe el lugar de los antiguos lazos familiares y de la comunidad campesina. Las comunidades de granja agrícolas son lugares de formación en los cuales cada uno recorre un camino de ejercicio hacia una mayor certeza espiritual,
- para querer la colaboración desde la libre iniciativa individual. El éxito depende del «crédito espiritual» que la comunidad debe mostrarse digna de merecer en su lucha común.
- para atender a tiempo a todos los aspectos de la práctica biodinámica en cada área parcial, partiendo de la comprensión de la totalidad esencial de la granja.
- para hacer por sí mismo, en trabajo incondicional, lo que se ha reconocido como propio, superando el trabajo asalariado sujeto a instrucciones.
La comunidad de granja se da a sí misma su propio orden social. Este se forma a partir de la consonancia de los pensamientos, las sensaciones y los impulsos de voluntad de quienes participan. Su vivo seguir obrando necesita de la constante
cultivo del alma. La comunidad de granja actuará con éxito y con visión de futuro cuando cada participante atienda y cultive su vida anímica con el mismo cuidado con que la comunidad cuida la suya en orden al objetivo que persiguen en común.
El querer en libertad, el camino hacia la comunidad de iniciativa
El pensar activo que aspira a la claridad del pensamiento y el sentir que se sumerge en las percepciones se ponen enteramente al servicio del querer (Figura 10, pág. 172). El pensar lo enciende y le señala la dirección; el sentir lo vivifica y le confiere profundidad y amplitud. Los seres humanos se reúnen en una comunidad de granja por motivaciones individuales. Es el impulso de querer cultivar junto con otros una granja biodinámica. Las motivaciones son unas veces todavía bastante indeterminadas —un impulso más o menos oscuro, subjetivo, entretejido con el destino—, otras ya más luminosas en el pensar, más orientadas por el encuentro consciente con la realidad dada. Cuando entonces se arriesga juntos el salto hacia lo incierto, es y sigue siendo en un principio una comunidad de motivaciones heterogéneas. Se comprueba cuán poco sustenta la motivación personal, cuán gustosamente busca la colaboración todavía el apoyo de los vínculos de amistad. Pero estos son, como la propia motivación, determinados por el pasado, y pronto se instalan las decepciones, los conflictos, las extrañezas. Entonces solo cabe ser agradecido cuando la estrechez obliga, cuando la necesidad impone la razón y el humor domina. Tales tiempos de coacción hacia lo esencial, hacia desafíos jamás sospechados, iluminan el querer que en la motivación empuja oscuramente. La comprensión común comienza a tomar las riendas donde hasta entonces fue la necesidad quien empujó. De lo que se trata es de cultivar esta comprensión. Ella se despliega individualmente y en comunidad en distintos planos: individualmente, la comprensión se ensancha mediante el ejercicio del pensar y del sentir en la vivencia del cambio rítmico de los fenómenos de la naturaleza en el espejo de las transformaciones de la relación entre la Tierra, el Sol, la Luna y las estrellas en el curso del año; se ensancha también en la contemplación intuitiva del mundo pétreo en reposo en las formas del paisaje, así como en las transformaciones de los procesos vitales en suelos, plantas y animales —y en su conjunto como miembros de una totalidad superior. El interés despierta, como recién nacido; lo que se cree saber se vuelve de nuevo pregunta; de la oscuridad de la motivación despierta una actitud investigadora; a la contemplación intuitiva se le abren de un modo nuevo contextos relacionales, un
Se desarrolla una relación personal con las cosas y los seres de la naturaleza; se afianza la seguridad en el juicio y con ello la presencia de ánimo y la determinación para querer hacer libremente lo que el tiempo exige.
Este camino personal de conocimiento genera imágenes pensadas con tantas facetas como hay personas dispuestas a recorrerlo. El intelecto sin imágenes intenta aprisionar estas metódicamente en una fórmula general que borra el contenido de imagen y con ello el vínculo con el alma consciente que conoce. Lo que queda es el concepto, el reflejo muerto de la vivencia concreta, y el saber así constituido se separa —igual que un desierto sin vida— de la realidad plena de vida ante la cual uno se halla como ser viviente. Puede experimentar esta sensación aquel cuyo motivo es precisamente hacer justicia al ser de lo viviente en la gestión de una granja. Se tropieza entonces con la contradicción de que el pensar ordinario, atado a los sentidos, no llega al misterio de la vida. Pero son precisamente estas formas conceptuales muertas y abstractas que se forman en el mundo sensorial las que constituyen los presupuestos para ascender al conocimiento de la vida. Este pensar conceptual desarrolla y afila el autoconocimiento. En este autoconocimiento que se enciende vive el Yo que se conoce a sí mismo, el núcleo esencial del ser humano. Este vincula las imágenes reflejas del mundo formal sensible —en la actividad anímica del pensar y el sentir— con la fuerza espiritual que brota de la naturaleza esencial del Yo. Este camino, en el que el conocimiento de la naturaleza dirigido hacia afuera se une con el autoconocimiento dirigido hacia adentro en el Yo, le abre al ser humano por primera vez la posibilidad de la libre autodeterminación, y al conocimiento de la naturaleza sus primeros pasos tentativos para acercarse al ser de lo viviente. El pensar en la cadena causal lógica de conceptos abstractos se ensancha hacia imágenes pensadas móviles. Estas buscan en la contemplación intuitiva los contextos relacionales a través de los cuales los hechos conceptuales individuales se vuelven vivenciables. Se entra en un camino de autoformación en el pensar y el sentir que fecunda y vivifica el camino científico del conocimiento a través del arte.
Detrás de cada acto de percepción está el ser humano entero. Lo que percibe se imprime en su vida pensante portada por la sensación; es la revelación del espíritu en una imagen que el alma pinta en pensamientos. El pensamiento vive en esta imagen. La formación en el conocimiento consiste en sostener el concepto con la fuerza del autoconocimiento en el contexto de imagen desde el cual uno lo ha captado. Se trata de no dejar caer la imagen —como parte subjetivamente sentida en el acto de conocimiento— en el camino de la
abstracción, sino que, al contrario, purificarlo y elevarlo, de modo que lo espiritual oculto que le es inherente pueda revelarse vivamente en el pensamiento. Goethe superó la separación sujeto-objeto en el modo de su observación de la naturaleza. Se acercó así tanto a la realidad de la verdad que ilumina toda su obra, que en el pensar vivificado por la contemplación intuitiva percibía el mismo espíritu actuante que en la naturaleza se ha encantado en el fenómeno.
Se requiere un esfuerzo interior para separar, de la suma de sentimientos, aquellos que, por simpatía desbordante o antipatía negadora, falsean el fenómeno. Es la conciencia de sí la que aquí elige, la que separa lo esencial del contenido de imagen que determina el concepto de lo inesencial. La conciencia de sí abraza pensamiento e imagen en una unidad tanto mayor cuanto más el alma cognoscente se vuelve hacia el fenómeno con reverencia, fidelidad y amor. Se forma un juicio en el que lo espiritual resuena en consonancia —lo espiritual que en la percepción impera oculto—, por ejemplo, el nexo vital que se va manifestando en metamorfosis de huevo – oruga – capullo – mariposa. Lo que en la apariencia sensible se oculta como principio espiritualmente activo, eso se revela a la conciencia pensante por medio de una ciencia que tiene al espíritu mismo como objeto de percepción. Los resultados de esta investigación espiritual se encuentran en forma de ideas. Cuando se los estudia, lo espiritual-sentido de las imágenes pensadas sensoriales se aclara hasta convertirse en pensamientos del espíritu, en ideas que confieren a la actividad del alma del querer fuerza moral de obrar. Ahora el pensar y el sentir pueden sumergirse en el querer y hacerse uno con él. Solo ahora, en tales instantes estelares, puede surgir una iniciativa verdaderamente libre. En un grupo de personas que trabajan juntas se enciende el fuego del entusiasmo y las conduce, en la confluencia del querer individual y libre, a la comunidad de iniciativa (Figura 10, pág. 172).
Solo cuando el pensar-desde-el-Yo y el sentir-desde-el-Yo se hacen uno con el querer en una consciente fortalecimiento interior, puede el alma espiritual del ser humano elevarse hasta el nivel de conocimiento de la Intuición, el lugar de origen de la acción verdaderamente libre. Pero qué lejos estamos aún de esta alta capacidad para el conocimiento suprasensible. Quien la busca, debe entregarse en libre autodeterminación al ejercicio del alma. ¿De qué modo puede practicarse tal ejercicio —por ejemplo, en el trabajo fuera, en el campo—? Se ha trabajado corporalmente con dureza durante todo el día, completamente sumergido en el querer. Luego, terminado el trabajo, se sale otra vez, animado por las impresiones
del día, en serena recogimiento del ánimo sobre el campo; de repente, tan sin aviso como un rayo, lo asalta la Intuición, la certeza inconfundible de lo que ha de hacerse mañana en el conjunto de la granja. Uno está en imagen, vive con presencia de espíritu desde el futuro hacia el presente. Hacer del trabajo mismo, en este sentido, un camino de formación interior hacia la capacidad intuitiva de decisión oportuna en el tiempo, convierte la comunidad de iniciativa —aunque sea solo en instantes estelares— en comunidad de Intuición. Se experimenta cómo ideal y realidad espiritual se aproximan mutuamente.
El sentir en igualdad, el camino hacia el vivo sentimiento del derecho
En el sentir, el ser humano se experimenta soñadoramente cercano al espíritu (Figura 10, pág. 172). Hacia arriba, en dirección al pensar de conciencia despierta, el sentir se aclara, pero pierde la cercanía al espíritu. Hacia abajo, en dirección al querer, se llena más de espíritu, pero se pierde finalmente en la inconsciencia. En el sentir, el ser humano vive completamente orientado al presente en los estados de ánimo cambiantes del acontecer temporal y de las relaciones de persona a persona. De la misma manera no se puede sentir ni el pasado ni el futuro. Ambos deben primero hacerse presentes: el pasado, al ser recreado en pensamientos; el futuro, al ser pre-sentido. Cada granja tiene su biografía, cada comunidad aldeana la suya. Está depositada en los anales, que transmiten solo una imagen sombría de la vida, el sufrimiento y el quehacer de las generaciones pasadas. Esta biografía se ha inscrito también en el paisaje, en los campos, prados y bosques, en el ganado, etc., en la periferia atmosférica. A estas señales debe el agricultor dirigir su atención con capacidad de resonancia, debe adquirir en pensamientos una comprensión histórica que alcance lo más atrás posible, que dé alimento a su sentir. Solo mediante tal percepción consciente de lo pasado puede volver a aprender a transformar en reverencia, amor y fidelidad lo que así llegó a ser, elevándolo hacia el presente. Esto se refiere a todo aquello que hoy se nos plantea como tarea necesaria en el tiempo: la reanimación del organismo agrícola con todos los órganos que lo constituyen, así como la implantación consciente de la idea del desarrollo mediante el trabajo portado por ideas. El pensar hila el hilo rojo de los logros culturales del pasado hasta el presente y fortalece la fuerza del sentir para lo que aquí y ahora la naturaleza nos pregunta esperando respuesta.
De la misma manera se debe aspirar a adquirir una conciencia histórica sobre los desarrollos y transformaciones del sentimiento del derecho en las comunidades aldeanas y, de otra índole, en las ciudades en ascenso, así como sobre cómo el sentir jurídico —usurpado por el pensamiento abstrayente— ha cuajado en la pretensión de propiedad personal, y cómo por este camino surgió el profundo abismo entre derecho y justicia. En el sentir del carácter funesto de este abismo puede despertar el pensar y crear instituciones en las cuales, puramente desde la relación de persona a persona, el sentir pueda convertirse en portador de vivo sentimiento del derecho entre iguales. Tal institución quiere ser una comunidad de granja agrícola.
El cultivo de un sentir vigoroso se refiere, por un lado, a la relación que buscamos con las cosas y los seres de la naturaleza, y, por otro, a todo lo que se da de persona a persona. Todo esto empuja hacia la forma expresiva de lo artístico. Si, por ejemplo, se retiene conscientemente el pensar y se deja reposar la mirada sobre un campo de cereal madurante, atravesado por el sol, el ojo busca tanteando algo que todavía no satisface la contemplación intuitiva; busca, por ejemplo, el azul del cielo de un aciano que reluce aquí o allá desde el fondo dorado de las espigas de cereal ondulantes. O uno se traslada al estado de ánimo de cuando, quién sabe de dónde, un petirrojo se nos une en íntima cercanía mientras trabajamos en el jardín. Y así es con todo lo que nos acompaña de manera esencial a lo largo del curso del año. Cuando se le presta atención con interés, surgen estados de ánimo que despiertan el sentido de la belleza. Cuanto más crece este, no dejará reposar al hombre hasta que lo haga aflorar también en todo el trabajo, en la convivencia social, en todas las celebraciones.
La autocomprensión moderna del hombre empuja hacia la pregunta de cómo el sentir se profundiza más allá de las preocupaciones personales, cómo puede —apoyado por un pensar referido a la realidad y un querer purificado— convertirse en órgano de percepción para el imperar de lo anímico-espiritual en la naturaleza y en los seres humanos. Ante la naturaleza esto puede ocurrir, por ejemplo, permaneciendo en una noche de invierno en el campo al aire libre, sobre uno el fulgurante resplandor luminoso del cielo sembrado de estrellas, alrededor la periferia aérea inmóvil en la helada crepitante, debajo, reposando en sí mismo, las cristalinas profundidades. En quietud de pensamiento se siente la infinita sublimidad de la polaridad ampliamente extendida; se siente las alturas y las profundidades en el corazón, como contraídas en un punto, calentando lo incomprensible. Si uno emprende lo mismo en una noche de pleno verano, el corazón se siente dilatado en el entorno. Uno se siente del aire y del calor
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Una verdadera vida jurídica fundada en la moralidad solo puede surgir cuando la confianza en un grupo de personas que trabajan juntas renace sin cesar desde el espíritu. La confianza alimenta y sostiene el sentimiento del derecho. Cuando se quiebra, no hay red de seguridad, no hay satisfacción a través del fallo del juez; se viven entonces decepciones que se extienden sin límite; el fundamento de derecho sentido de la confianza, sobre el cual se creía estar tan firmemente, se ha disuelto en pura nada.
En la práctica de la comunidad de granja, la formación de la confianza descansa en que cada participante vive en la conciencia de su ser enraizado en el espíritu y de lo que es el objetivo de aspiración individual y común. Para ganar claridad al respecto, ayuda el estudio de la ciencia espiritual antroposófica en el sentido más amplio, el cultivo del pensar contemplativo y su profundización mediante la meditación, así como el trato meditativo con el acervo de sentencias esotéricas de Rudolf Steiner.[164] Además, la confianza se funda en el consenso sobre las preguntas que conciernen al aporte de cada individuo: qué capacidades puede aportar el individuo, cómo y dónde se está dispuesto a asumir, desde la conciencia del conjunto de la granja, una responsabilidad parcial, cómo lanzarse de manera hábil para la vida y con presencia de espíritu en cualquier momento y en cualquier lugar de forma desinteresada en la brecha, y cómo se está inclinado a dejar imperar en toda actividad una disposición interior estético-artística. Para que tales preguntas lleguen a ser conscientes y estimulen la formación de capacidades, deben crearse instituciones a las que se hace referencia en las páginas 177 y ss. (cap. «Sobre el desarrollo espiritual y la conducción de una comunidad agrícola»).
El pensar en la solidaridad humana (fraternidad), el camino hacia el economizar solidario
debe convertirse, desde la vivencia de lo espiritual-moral de los seres humanos, en un pensar configurador, en uno que, en un conocimiento libre del cuerpo, llega a juicios conformes con el mundo espiritual-moral. A la orden natural le es inmanente la necesidad, la ley; para la orden social, el espíritu debe condensarse primero, en un pensar libre de lo sensible, hasta convertirse en ley moral en el conocimiento. En el pensar configurador, el futuro ilumina el presente; la propia acción se orienta hacia el futuro. Hacerse consciente de este hecho en la colaboración práctica es lo que libera por primera vez la mirada hacia el camino en el que, paso a paso, una comunidad de granja agrícola aprende a capacitarse para la acción y la autoconducción. Se convierte así en lugar de iniciación de un economizar orientado hacia la naturaleza (en el sentido de la configuración del organismo de la granja) y hacia el lado de la vida social; se convierte en punto de partida de un economizar solidario-asociativo que se inserta como miembro autónomo en el organismo social (Figura 10, p. 172). El economizar se articula en tres funciones: producción, distribución y consumo. El economizar interno a la explotación tiene como objetivo satisfacer las necesidades de la tierra, la fertilización del suelo. Esto sucede, por ejemplo, mediante la producción de los abonos propios de la granja, su distribución sobre los campos y su consumo por las plantas.
El economizar externo a la explotación, que se añade a la producción agrícola, tiene como objetivo satisfacer las necesidades de los seres humanos en cuanto a la alimentación. En ambos casos, las necesidades son de naturaleza volitiva, es decir, espiritual.[165] Captarlas y satisfacerlas a través del ciclo del economizar es una tarea del pensar configurador. En el economizar, el fenómeno al que se enlaza es la necesidad. Dentro de la explotación, esta se articula en cada caso desde la integridad del organismo agrícola. Para satisfacer la necesidad, hay que sumergirse pensando en el vivo entramado de relaciones, ponderar pensando cada medida según si fomenta o inhibe, e incorporar pensando el resultado mediante la acción al organismo de la granja. La naturaleza satisface por sí misma, mediante la sabiduría que le es inherente, sus propias necesidades. En la agricultura, el ser humano imprime a la vez
sus necesidades a la naturaleza, por ejemplo en el cultivo de las plantas cultivadas y en la cría de los animales domésticos. Para reconciliar ambas cosas, el agricultor debe aprender, mediante el pensar configurador, a formar el concepto de la integridad del organismo agrícola. Solo a partir de este pueden derivarse, en un nivel superior, todas las medidas que no solo satisfacen la necesidad humana de alimentación, sino que dan igualmente cuenta de las necesidades latentes de la naturaleza en cuanto a su desarrollo futuro.
El producto agrícola se convierte directa o mediante transformación en un artículo, en una mercancía, que posee un valor nutritivo o de uso determinado por las condiciones de producción. El precio debe medirse por ese valor. En la vida económica en general, esta determinación no puede ser fijada por el individuo, por el vendedor, por el empresario, sino únicamente mediante la compensación de todas las prestaciones que todos los demás han aportado en el ciclo económico, desde la producción del artículo hasta su consumo. Esta amplia trama de relaciones, de la que emerge la creación de valor de un producto, debe ser captada en su totalidad con el pensamiento y, al mismo tiempo, intentar, mediante el pensar configurador, aproximar el precio al valor objetivo. En lo que respecta a la formación del valor y del precio, la agricultura presenta la particularidad de la «dotación natural» standörtlich. Así como el ser humano aporta productivamente su talento a la vida económica, así lo hace la naturaleza con su fuerza de producción (talento) en lo que se refiere al clima, el suelo, la topografía, etc. Un talud sur empinado en regiones cálidas, por ejemplo, no es apto para el cultivo de cereales, pero sí muy adecuado para la viticultura; un suelo de loess profundo y llano de las tierras fértiles es, con igual esfuerzo de trabajo, incomparablemente más productivo que un suelo somero y pedregoso en ladera o en terreno ondulado.
La suma de todas las interacciones recíprocas que surgen de la colaboración en la vida social y que preceden a la satisfacción de las necesidades no puede ser captada, en su simultaneidad y sucesión, por el juicio individual. Hay que crear oportunidades para que, mediante un intercambio regular, la dinámica propia se funda en un juicio comunitario. De tal empeño surge un sentido común que orienta todo el trabajo, de manera ciervamente espiritual y oportuna en el tiempo, hacia el conjunto de la granja. Este sentido de la realidad común o social abre un campo de cultivo para la práctica cotidiana, tanto en el ámbito del trabajo práctico como en la relación entre persona y persona.
Lo que es objetivamente necesario, por ejemplo el equilibrio proporcionado de todos los miembros hacia el conjunto del organismo agrícola, debe ser concebido vivamente hasta en sus detalles como juicio comunitario y convertirse en guía para la acción de cada uno
Solo el conocimiento amplio y fundado en la experiencia crea consenso. Este forma el fundamento de la colaboración, crea transparencia y despierta la alegría por el armónico ensamblaje —proporcionado, económico— de todos los miembros y órganos del organismo agrícola en un conjunto.
También la solidaridad humana en el quehacer económico surge de un juicio comunitario. Allí donde en cambio impera el juicio individual, se abre paso el egoísmo; surgen la competencia, el aprovechamiento mutuo, la competencia de desplazamiento, el industrialismo agrario. El juicio comunitario en la convivencia económica nace del interés por lo que hace el otro. La actitud interrogativa «¿Dónde hay necesidad, dónde hace falta ayuda?» debe estar viva en la comunidad frente a cada individuo. Los límites entre los ámbitos de tarea —tanto dentro de la explotación como hacia las empresas asociadas de transformación y la comercialización propia de la granja— deben volverse móviles y permeables a efectos de la ayuda mutua. La actitud de buscar el fundamento de la propia actividad económica en la necesidad del otro abre al conciencia pensante un nuevo campo de experiencia, uno que hace de los afanes del prójimo su propio contenido de imagen. Por este camino surge una visión asociativa conjunta de los campos de actividad; el pensar configurador señala al querer el camino hacia el actuar asociativo, es decir, un actuar en fraternidad. En estas nuevas orillas de una economía fundada en la solidaridad humana se realizan cada vez con más frecuencia intentos de desembarco, por ejemplo en el comercio ecológico mayorista y minorista, así como en la transformación. La orilla misma, sin embargo, es el umbral entre la producción primaria agrícola y el ciclo económico marcado por la división del trabajo. En este umbral —la linde de la granja— se valora la mercancía, el valor propio objetivo de la creación originaria de valor a partir de la naturaleza viva y animada, a través de la valoración subjetiva del comerciante y del consumidor. En la economía asociativa, esta valoración de cada participante puede, gracias a la transparencia generalmente aspirada, apoyarse en hechos concretos y contemplables, que en última instancia tienen su origen en la situación de necesidad corporal y espiritual-anímica de los semejantes. Concretamente esto significa: las explotaciones biodinámicas deben abrirse a la transformación, al comercio y a los consumidores, afrontar el diálogo en todas las cuestiones de hecho y de desarrollo, buscar conjuntamente soluciones, adoptar acuerdos, cerrar contratos.[166]
Miradas más de cerca, las «nuevas orillas» forman los dos lados de la linde de la granja. Una orilla delimita con la naturaleza y constituye la piel exterior del organismo agrícola; la otra orilla delimita con la vida social emancipada. Esta última solo puede configurarse como organismo social trimembrado en la medida en que incluya la agricultura, en que los seres humanos reconozcan qué potencial alberga una agricultura nuevamente conformada en el sentido del principio del organismo. Las explotaciones biodinámicas comienzan, paso a paso, a practicar el principio de asociación en el marco local y regional, actuando de algún modo como precursoras. Con ello pueden impulsar cooperaciones más amplias y, en general, infundir a la vida económica una medida que la libere de la compulsión al crecimiento que es propia del capitalismo.
Cuanto más conscientemente busca una comunidad de granja configurar su finca como organismo, tanto más se articula la colaboración, como por sí sola, en un ámbito de actividad espiritual, jurídico y económico. Por mucho que estos miembros actúen unos sobre otros, se experimentan sin embargo como ámbitos separados entre sí. Y todas las fuerzas espirituales de la comunidad de la granja deben dirigirse a reunir lo separado —tanto idealmente en imagen como a través del trabajo— en una integridad superior. Aquí se abre, al margen del «mainstream» económico de hoy, un campo de ejercicio, una especie de escuela preparatoria para la verdadera práctica social, que deja arraigar el impulso de la trimembración del organismo social —mediante el pensar configurador— mucho más allá de los límites de la granja (Ilustración 11, p. 189).
Sobre el desarrollo espiritual y la conducción de una comunidad de granja
La primera fundamentación de una comunidad de granja en todo el mundo que tuvo permanencia se remonta al año 1968.[167] Desde entonces surgieron, alentadas por el espíritu del tiempo, en granjas más grandes, análogas empresas pioneras sociales. El motivo fue la necesidad de un canon de capacidades complementarias, así como de manos resueltas para afrontar la diversidad de tareas; además, la liberación del suelo y el capital de las ataduras de derechos heredados, y pasos hacia la superación del trabajo asalariado sujeto a instrucciones.
El campo de lo espiritual, lo jurídico y lo económico.
La experiencia muestra: el objetivo concebido en ideas se tensa hacia el futuro a una distancia inalcanzable, y las capacidades para estar a la altura de ese objetivo —individualmente y en comunidad— llegan pronto a sus límites. El reconocimiento y la vivencia consciente de esta discrepancia generan un campo de tensión espiritual-anímico que no permite al que aspira con conciencia detenerse ni un instante, ni tampoco, frente a resistencias, fracasos y similares, resignarse a buscar salidas de emergencia. Si uno no se experimenta con toda la fuerza en esta polaridad entre el meta espiritual y el mundo fáctico sujeto a los sentidos, la fuerza del esfuerzo languidece, el querer común amenaza con caer en la banalidad, los asuntos cotidianos se agotan en la resolución rutinaria, y lo que habría podido convertirse en desarrollo se hunde en estancamiento y retroceso.
Para asegurarse como comunidad de granja, una y otra vez de nuevo, del camino hacia el objetivo, debe crearse instituciones que sirvan al ejercicio de técnicas socio-morales. Estas se refieren a la aprehensión cada vez más consciente de los dos polos del campo de tensión y al intento de su equilibrio trascendente.
El trabajo de estudio antroposófico tiene lugar en un «campo objetivo».[168] Fortalece y objetiva la conciencia del propio motivo y la de la meta espiritual de aspiración de la comunidad.
La práctica de la colaboración
La integridad de la finca se articula en campos de trabajo que son atendidos con responsabilidad por uno o varios miembros según capacidad e inclinación. Esta articulación —por ejemplo en el campo del cultivo de la tierra y las plantas, de la horticultura o la fruticultura, del abonado, de los distintos ámbitos de la ganadería, de la economía de praderas y pastizales, del cuidado del paisaje, etc.— no puede degenerar en división del trabajo, ni en actitudes de exigencia, ni en el deslinde de reinos propios. Al contrario: desde la conciencia del todo se impone la máxima flexibilidad, transiciones fluidas, ayuda mutua, cubrirse el uno al otro allí y cuando sea necesario.
La reunión de trabajo matutina
Tiene lugar cada día de trabajo, tras las labores tempranas de la mañana, en gran círculo en la finca, y puede abrirse con una sentencia o un comentario humorístico. La alegría sazona el trabajo del día sin quitarle su seriedad. En cuanto al contenido, se trata del intercambio de percepciones actuales, de sucesos dignos de mención y de urgencias; a continuación, en conexión con el flujo de trabajo del día anterior, de la distribución concreta de tareas. Ha de tenerse en cuenta que en todos los trabajos en que participen aprendices, practicantes y ayudantes, los miembros de la comunidad de granja ejercen una función de modelo.
A través de la reunión de trabajo matutina debería convocarse una y otra vez a la conciencia la imagen del conjunto de la finca en el cambio de las estaciones, y cada uno debería saber lo que hace el otro. Con demasiada facilidad se instala la convicción de que todo está claro —¿no se está acaso en el flujo de trabajo de ayer a hoy?— y un silencio aburrido hace la ronda. No: lo que parece evidente debe ser elevado una vez más a la conciencia de todos. A ello se enlaza la previsión del día. Una reunión de trabajo bien lograda constituye ya una buena parte de una gestión eficiente de la finca. El resto es pericia, es ser modelo en todo trabajo.
El círculo de estudio sobre contenidos de la investigación espiritual antroposófica
En la práctica, las ideas del objetivo común de esfuerzo descienden a la realidad vital del organismo agrícola. Por edificantes que sean estas ideas, por más nexos vitales que creen, uno debe reconocerse pronto en que en muchas expectativas se ve defraudado. No logra lo que se propone, choca con límites y es remitido de vuelta a sí mismo. El ideal se estremece, uno lo vive como un proceso de desvitalización, como una muerte parcial del alma. No se quiere admitirlo y se buscan razones externas: adversidades climatológicas, incapacidades propias o ajenas, decisiones o actuaciones erróneas, malentendidos, conflictos sociales y similares. Pero, como la vida, también la desvitalización, la muerte, se muestra en figura velada. ¿Cómo ha de reconocerse lo que el fracaso quiere decirnos? De esta incertidumbre se siguen experiencias dolorosas, pruebas para el individuo y para la comunidad. Si uno se enfrenta a estas experiencias, despierta la autoconocimiento y con ella, desde las profundidades del alma, una pregunta que permanece sin enunciar, y de pronto, inesperada e imprevistamente, llega la respuesta desde fuera. Para esta ocasión de llegar a nuevos conocimientos alentadores de manera inesperada sirven las reuniones semanales de trabajo cognitivo geisteswissenschaftlicher común. En la conversación pueden expresarse allí, sin ser solicitados y de modo imprevisto, pensamientos que dan una respuesta reconciliadora a la pregunta apremiante que se alberga en silencio en el interior, y que pueden conducir a una nueva visión de las cosas y convocar a nuevos esfuerzos. Se realiza el «despertar del ser humano ante lo espiritual-anímico del otro ser humano».[169] El trabajo de estudio antroposófico común actúa refrescando el espíritu, eleva y ensancha el motivo desde su estrechez subjetiva y despierta fuerzas que en la práctica ayudan a generar un impulso siempre renovado.
La conferencia de trabajo y administración
Una nueva reunión semanal, orientada hacia atrás y hacia delante —a corto y a largo plazo—, debe dedicarse a la continuidad espiritual en la gestión de la finca, en cuestiones de planificación, decisión y administración. En este círculo de conversación, la comunidad de granja delibera y decide
de manera conjunta y unánime sobre todas las cuestiones de fondo que se plantean en los distintos ámbitos de trabajo.
En la retrospectiva debería abordarse con la mayor apertura posible lo logrado y lo fallido, así como lo notable en experiencias, observaciones, etc. El silencio, buscado o por descuido, engendra fantasmas y da pábulo a impulsos de poder. ¡Una documentación es deseable!
La prospectiva se concentra en los trabajos estacionalmente necesarios y en los asuntos sociales y culturales en relación con
- medidas de agricultura y horticultura en lo concerniente al laboreo del suelo, la rotación de cultivos y el abonado, así como la producción de semillas, el cuidado de los cultivos, la cosecha, el almacenamiento y la comercialización;
- elaboración de los preparados biodinámicos y su aplicación en el momento oportuno;
- medidas de fruticultura y configuración del paisaje, como el cuidado de setos y arboledas;
- conducción del rebaño, obtención de forraje y cuidado de los pastizales, así como la obtención de forraje de campo;
- tenencia, alimentación, cuidado y cría de los animales domésticos, con especial atención al bovino;
- cuidado y reparaciones de las máquinas, así como inversiones de reposición y nuevas inversiones;
- cuidado y reparaciones de los edificios y los caminos, así como planificación y financiación de nuevas construcciones;
- administración general, planificaciones presupuestarias y finanzas;
- configuración de los ingresos de los miembros de la comunidad de granja;
- cuestiones de personal e ingresos en lo referente a aprendices, estudiantes en prácticas, auxiliares y colaboradores temporales;
- configuración de las fiestas anuales y otras celebraciones, así como otras actividades como visitas a la granja, prácticas de agricultura para clases escolares, cursos, etc.;
- investigación propia de la granja, experimental y orientada a la práctica;
- colaboración con empresas de transformación y comercio;
- cuidado del círculo de personas vinculado a la granja;
- trabajo con la opinión pública;
La comunidad de granja se administra a sí misma en todos los asuntos, es decir, todos los responsables están involucrados en tal medida que en cualquier momento tienen una visión de conjunto del todo. El mayor desafío es el flujo ininterrumpido de información y la transparencia diáfana. El primero solo es alcanzable
durch un interés constante de cada uno en todo lo que acontece. De este interés nace la presencia de ánimo, así como un sentido de realidad que previene todo estancamiento en el juicio una vez formado, toda ideologización. La segunda, la transparencia, es una cuestión de fiabilidad hasta en las cosas más pequeñas de la vida cotidiana, de claridad en los acuerdos, de atención allí donde impera la necesidad objetiva o anímica, y de disponibilidad sin reservas para saltar a cualquier brecha.
En la conferencia de trabajo y administración se realizan los frutos de la formación a través de la vida. En estos frutos se une, en síntesis continua, la acción recíproca de los polos antes mencionados: el meta espiritual del esfuerzo y su arraigo en la práctica. De estos frutos, de lo que se ha conquistado individual y comunitariamente, fluye recién la sustancia que otorga a la comunidad de granja su ser propio; solo esto la hace digna de crédito en el sentido espiritual.
El organismo de la granja y el trabajo querido por el Yo del ser humano
El trabajo en la agricultura en general está determinado por las cosas y seres que actúan en la naturaleza. Lo que en tiempos más antiguos se sentía instintivamente como una sabiduría imperante que conducía y sostenía el trabajo, se ha emancipado, con el ascenso de la era de las ciencias naturales, a la abstracción conceptual de las leyes de la naturaleza. Esto fue, por un lado, un acto de libertad del autoconocimiento que despierta en el Yo, y por otro, una caída en las coacciones del materialismo como la cosmovisión desde entonces dominante. El fruto exterior de este acto de libertad es la agrotecnología, un extracto de la naturaleza físico-inorgánica reconfigurado por el espíritu del ser humano. La agrotecnología permite aligerar al ser humano de un trabajo pesado, pero se impone a la naturaleza con las consecuencias que se manifiestan en todo el mundo. Separa los contextos relacionales plenos de sabiduría entre la naturaleza física, viviente y animada.
El progreso técnico apunta a hacer superfluo al ser humano que trabaja en la agricultura. La agricultura biodinámica apunta en la dirección contraria. Aquí se aspira a reducir en la mayor medida posible el trabajo de las máquinas, de modo que puedan surgir espacios suficientes para una práctica artesanal creativo-ejercitante. Hasta qué punto esto puede lograrse depende de la superación de un exceso de restricciones sociales externas.
Lo que significa trabajar en la naturaleza viva y animada tiene que ser redescubierto. Para ello, la contemplación intuitiva y el pensar deben volverse hacia su índole esencial particular: hacia lo que crece vivo hacia la forma exterior, y hacia lo que se cierra anímicamente en una forma corporal. Lo formado es aprensible en ideas; el agens formativo lo ilumina la investigación espiritual antroposófica, que en forma de ideas abre el mundo de los seres, haciéndolo así accesible al pensar. Solo el conocimiento esencial confiere a las ideas formadas en la contemplación sensorial —que sin embargo arraigan en el mundo de los seres— fuerza moral. Cuando estas ideas aprehenden la voluntad, se vuelven propias del ser. Con estas ideas, absorbidas en el propio ser del Yo, se encuentra una relación nueva y libre con el trabajo. Se aprende a trabajar desde el fundamento esencial propio, y en él se halla dirección y meta. La fuente moral es uno mismo, y desde ella uno se determina en libertad. Solo de este fundamento originario del Yo mana el verdadero entusiasmo. Nace de la idea que se ha vuelto espiritualmente real. Es ella la que precede al trabajo, lo calienta y lo llena de gozo anímico. El trabajo, por pesado que sea, por aparentemente bajo e insignificante, se ennoblece por el espíritu que lo impregna. Está espiritualmente pleno de principio a fin, y añade al organismo de la granja algo que lo eleva por encima de su mera naturalidad.
La máquina, en cambio, se introduce en la agricultura como una cuña entre el ser humano y la naturaleza que crea desde sus seres y sus fuerzas. Funciona conforme a lo que el ser humano ha construido en ella a partir de conocimientos de la naturaleza inanimada. El trabajo exclusivo de máquinas amenaza con secar la fuerza creadora espiritual del ser humano; el trabajo se yergue baldío en pura rutina, la voluntad queda sin guía y se agota.
Cuanto menos se agote el trabajo en la rutina, en la mera ejecución; cuanto más se haga con el gozo de la idea en el sentido mencionado, tanto más se despertará también el sentido de la belleza, que eleva lo hecho por el ser humano —que en el caso de la máquina suele hundirse en la monotonía y la banalidad— hasta convertirlo en la verdadera obra de arte.
En la agricultura es la sabiduría que obra en la naturaleza a cuyo servicio se pone el trabajo humano. Esta sabiduría, rectamente conocida, pervive dando sentido en el trabajo. Además, la capacidad de ideas del ser humano obra de manera superiormente significativa en la configuración de la granja como organismo corpóreo de la «Individualidad Agrícola».
Así de a fondo como debe aprenderse el oficio agrícola, así de a fondo es también un maestro de por vida. Fortalece la fuerza del conciencia de sí cuando lo percibido en el trabajo se lleva a la consciente
Erkenntnis erhebt; sie erweitert y vertieft la Weltsicht…
— corrijo el arranque: el bloque viene sin inicio propio de párrafo (el párrafo 1 abre con minúscula, continuando la oración anterior del chunk previo). Traduzco respetando esa continuidad.
conocimiento eleva; amplía y profundiza la visión del mundo cuando se experimenta cuán fructíferamente lo realizado sigue obrando de manera conformadora en la vida natural y social.
dos cosas completamente separadas entre sí».[170] Una pertenece al ámbito de la vida espiritual; la otra, al de la vida jurídica. Como todo asunto del derecho, el trabajo no puede medirse con un precio de compra — un salario por hora, por ejemplo. El trabajo no es una mercancía. En las comunidades de granja agrícolas se ofrece la posibilidad de ejercitarse, al menos en sus inicios, en la separación entre trabajo e ingreso. Esa posibilidad se presenta cuando uno llega a ser consciente de la amplia dimensión espiritual de la articulación esencial del organismo agrícola. Así, la tarea más urgente del ser humano y de la comunidad humana en la granja consiste en formarse una imagen clara de ello y convertir esa imagen en el impulso vivo que orienta el trabajo. Es entonces el trabajo a través del cual la idea del organismo, aprehendida en el espíritu, se convierte en obra de arte en lo viviente — que hacia afuera se articula en una forma y hacia adentro se organiza en órganos.
Con la realización de esta idea plasmada en imagen, cada uno interviene, en trabajo querido por el Yo y en consonancia con todos los demás, en el organismo agrícola, irradiando su entramado de miembros constitutivos (Figura 10, p. 172). Lo que ahí trabaja es el Yo; él establece en todo la medida. Irradia hacia el interior del cuerpo anímico de la granja, determina el modo de la cría, la alimentación, el cuidado y la atención, así como el ulterior desarrollo genético de los animales domésticos, ofrece cobijo a la fauna silvestre y logra que el cuerpo anímico de la granja se individualice por completo y se viva como un ser cerrado en sí mismo.
Es una vez más el núcleo esencial del ser humano, el Yo, y la imagen que amanece en el alma espiritual, lo que irradia a través de la organización vital de la granja, la mantiene sana en toda su multiplicidad de formas y la eleva a una vitalidad superior, propia de la granja. Y finalmente, el Yo impregna con su fuerza en el trabajo la organización física, transforma e individualiza con carácter formativo las composiciones de sustancias, superando y elevando las condiciones naturales del lugar (véase el capítulo sobre la Düngung). Al mismo tiempo, esta triple compenetración e individualización ligada al lugar significa que los miembros constitutivos del organismo agrícola son llevados a una relación más íntima, que atraviesa de arriba abajo y se fomenta recíprocamente. El abono del conjunto de animales, por ejemplo, se encarga de la vivificación y animación anímica de la organización física, del juego conjunto portador de vida de los cuatro elementos en el suelo, así como de la formación del fruto y la capacidad nutritiva de los cultivos vegetales. Distinto es el caso de la organización vital: por un lado, ofrece a través de los residuos del crecimiento vegetal la base para la formación de humus en el suelo,
la belebación de la organización física; por otro lado, ofrece la base forrajera para la fauna silvestre y los rebaños de animales domésticos, el fortalecimiento de la organización anímica.
A través del trabajo, la idea que lo guía adquiere por primera vez realidad esencial. Se puede contemplar lo que se ha hecho, e investigar lo que se ha logrado. Es una investigación que une al ser humano con el mundo, y cuya búsqueda de la verdad se mide por lo que se ha reconocido como fecundo.
En grado aún mucho más elevado vale esto para un trabajo cuya base ideativa radica únicamente en los resultados de la investigación espiritual antroposófica, y para cuyo conocimiento y manejo eficaz se ve desafiada como conjunto la comunidad de granja o de empresa. Se trata, entre otras cosas, de la elaboración y aplicación de los preparados biodinámicos. Su índole esencial se aborda en el capítulo dedicado a la cuestión del abonado. El trabajo con estas sustancias de abono, tanto en la preparación como en la aplicación, se extiende a lo largo de todo el año. Su aplicación en cantidades mínimas de sustancia tiene lugar, o bien en forma líquida directamente sobre el suelo y la planta desde la siembra hasta la fase de madurez, o bien —en el caso de la mayoría de los preparados— a través de los composts y abonos propios de la granja.
Con respecto al organismo agrícola, la eficacia fertilizante de los preparados consiste en una suerte de educación de sus miembros constitutivos hacia una integridad superior. En el contexto de los ritmos del año solar, no solo fortalecen y dinamizan el obrar específico de cada uno de estos miembros constitutivos, sino que fomentan sobre todo su compenetración recíproca, que es lo que confiere al organismo agrícola su carácter cerrado y su desarrollo acorde al lugar. Es en particular el trabajo con los preparados biodinámicos el que conduce a una relación personal con las sustancias y fuerzas que preparan al suelo un terreno vivo y fecundo para las plantas. Así puede unirse la naturaleza yoica del ser humano que trabaja con el obrar espiritual del interior de la naturaleza.
El trabajo humano lleva al mundo todas las facetas de los efectos morales del Yo inferior, del Yo ligado al cuerpo. Estos están además marcados por la naturaleza desiderativa del ser humano, por el arbitrio, los impulsos de poder, etc. El egoísmo que de ahí proviene puede ser superado en transformación cuando, por la fuerza espiritual del Yo superior, el alma conquista el señorío sobre el cuerpo. El trabajo se convierte en uno guiado por la disposición interior y las ideas, en uno que se realiza por amor a la cosa o al servicio del otro ser humano. Un acto desinteresado no se lleva a cabo por necesidad, sino que nace, antes bien, de una sabiduría que se autodetermina. La libre autodeterminación en el trabajo con
la naturaleza vivificada y animada solo puede crecer cuando el sentido vital se ensancha hasta la geisterkenntnis. La verdad que así se abre paso se confirma en la fecundidad del obrar. A este estado de cosas apuntan las palabras joánicas: «… conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres».[171] Solo esta libertad así conquistada establece identidad entre interior y exterior. Al acto libre, cumplido en amor, le precede un sacrificio. Se sacrifica algo que pertenece enteramente a uno mismo, que se ha hecho propiedad de la yoidad superior, y se entrega. Cuando esto se convierte en disposición interior de una comunidad que colabora por amor a una tarea reconocida en común, sopla un viento de libertad en el querer.
Impulsos de la agricultura biodinámica para el desarrollo del organismo social
Todos los síntomas del tiempo actual señalan hacia la urgencia de un nuevo orden natural y de una nueva Sozialordnung que abarque toda la vida de los seres humanos. Así como el ser humano, en el desconocimiento de su ser espiritual y, en consecuencia, de sus tareas de desarrollo, tiende a crear desorden, es precisamente el conocimiento de sí mismo el que puede abrirle los ojos a un principio de orden que vale tanto para la naturaleza como para la configuración de la vida social. Es el descubrimiento antropológico de Rudolf Steiner: la trimembración del organismo humano según el sistema neurosensorial, el sistema rítmico y el polo metabólico-motor (véase pág. 88 y ss.). Todo lo expuesto hasta aquí y todo lo que sigue se construye sobre ello. Rudolf Steiner intentó, en el caos posterior a la Primera Guerra Mundial, articular mediante las correspondientes instituciones la vida social en la triplicidad funcional de vida espiritual, vida jurídica y vida económica, de modo que cada uno de estos miembros pudiera desarrollarse de manera autónoma y al mismo tiempo en viva acción recíproca con los demás, y reunirse en una unidad superior del organismo social.[172] Contaba entonces con la apertura de conciencia de la clase obrera, con el proletariado encadenado a la industria gobernada por el capital. Este amplio intento fracasó, como se expuso al comienzo, por muy diversas razones externas. Los seres humanos que entonces aún trabajaban en la agricultura (aprox. el 40%) no estaban concernidos de igual modo por la
pregunta en el mismo grado; los pocos que hoy quedan (aprox. el 2%) lo están en el más alto grado. Es más: la agricultura se ha convertido globalmente en el caso social de toda la sociedad. Y ahora se evidencia: dondequiera que hoy se trabaja de manera biodinámica, crecen orgánicamente, como desde un punto, fuerzas socialmente activas hacia el entorno de la sociedad. Crecen y revelan su gran potencial; pero es necesario que sean reconocidas como tales en su dirección de acción, articuladas conscientemente y plasmadas con vigor. Eso solo puede lograrse mediante instituciones que alcancen más allá de los límites de la granja. Donde tales instituciones comienzan a formarse, se reconoce pronto que solo son fecundas cuando los implicados toman conciencia de en cuál de los tres ámbitos quieren y pueden aportar sus capacidades y actividades en relación con la agricultura, si en el campo espiritual, jurídico o/y económico. El principio de la trimembración del organismo agrícola, practicado conscientemente, puede a partir de entonces dar medida y dirección de meta a la vida social general (Figura 11).
Pues, visto con mayor precisión, la agricultura guarda relación con todos los ámbitos de la vida social. No solo se encuentra al inicio de la creación de valor a partir de la naturaleza vivificada y animada y provee de alimentos y materias primas, sino que moldea el rostro de la tierra y el espacio vital para la planta, el animal y el ser humano en los paisajes culturales. Además, proporciona a las ciencias abundante motivo para ampliar los límites, demasiado estrechos, de su metodología —con la consiguiente restricción de sus teorías— hacia una captación adecuada de los fenómenos de lo viviente. Crea espacios de contemplación intuitiva que satisfacen la mirada estética y da ocasión a nuevas formas de vivencia. Abre a la profundización del sentimiento religioso un amplio campo de práctica moral y, finalmente, una agricultura que se funda en el principio del organismo crea las condiciones previas para un reavivamiento de los oficios artesanales que le son subordinados y para su integración asociativa.
El querer en libertad
Cuanto más logra una comunidad de granja dar un impulso de iniciativa común a las capacidades y a la voluntad de trabajar, y elevarse a la libertad en el querer, tanto más se abre el organismo agrícola biodinámico hacia fuera y desarrolla una irradiación espiritual que despierta el interés del entorno social. Se formulan preguntas, surge la conversación, se buscan respuestas en círculos de estudio y jornadas en la granja

así como en actos vinculados a las festividades del año, en encuentros de investigación o —de forma aún más concreta— en jornadas de puertas abiertas, en recorridos por la granja y los campos, en ocasiones de colaboración temporal o en la participación en el trabajo de los preparados que se renueva con regularidad. Paneles informativos dan cuenta, además, de temas de la práctica en la granja y a lo largo de los caminos más frecuentados. Qué deseable sería poder conducir esas conversaciones con aún mayor intensidad, dado el estado siempre tenso del trabajo en las granjas. En muchas cuestiones prácticas resultan de gran ayuda los círculos de amigos e interesados que se forman en torno a las granjas biodinámicas.
Junto a estas tareas de educación para adultos que recaen sobre el cultivo biodinámico de la tierra sin que nadie lo haya planeado, son sobre todo el trabajo pedagógico con los jóvenes y la formación y perfeccionamiento que crece de la práctica misma lo que hace que hilos anímicos se extiendan hacia el entorno. Las generaciones de aprendices que van creciendo son casi
exclusivamente «hijos de la ciudad». Están lejos de la tradición campesina. Pero tampoco quieren ser meros receptores de un saber prefabricado sobre una agricultura cuyo pensar y actuar tecnológico los coloca del todo bajo el influjo de una concepción del mundo naturalista-reduccionista. Buscan un ideal formativo integral que abarque al ser humano y a la naturaleza y que sirva de fundamento, en el sentido más amplio, al cultivo biodinámico de la tierra. Esto ha llevado a que la formación práctica se haya desvinculado en gran medida de la oferta educativa estatal de las escuelas de formación profesional. Las llamadas «formaciones libres» siguen planes de estudio que los propios agricultores elaboran. Lo mismo vale para los centros de perfeccionamiento biodinámicos supraempresariales que se han fundado en distintos países.
En íntima vinculación con las iniciativas espiritual-culturales que irradian de las granjas biodinámicas se halla la investigación ligada a la práctica. Después de que la enseñanza y la investigación se han ido desvinculando de la agricultura a lo largo de doscientos años y se han academizado, esta se ha sometido al progreso científico-tecnológico que la dirige desde fuera, a costa de perder la madurez que la fundaba en una sabiduría instintivo-popular. En sentido contrario a eso, ha crecido desde el principio, desde la práctica del cultivo biodinámico, una actitud y disposición investigadora que retoma los procedimientos tradicionales, los transforma y los convierte en fundamento de sus objetivos espirituales más avanzados. Esta disposición no puede conformarse con la metodología causal-analítica, cuantitativo-reduccionista de la investigación académica. Los esfuerzos investigadores se amplían, al contrario, hacia el lado cualitativo del percibir y del pensar: hacia la pregunta de qué conocimientos más profundos pueden obtenerse cuando la mirada investigadora se dirige a la totalidad de la granja, sus miembros y todo lo que allí se desarrolla con vida propia y con vida anímica propia. Donde sea que se pose la mirada, nunca ve algo aislado, sino siempre un contexto en el que ese algo aislado aparece. Solo el entendimiento abstrae del contexto lo individual y lo presenta en forma de concepto. El contexto palidece o queda del todo fuera de consideración. Eso es lo que caracteriza el proceder causal-analítico.
Si en cambio se busca, por ejemplo, el contexto que se establece cuando en primavera las golondrinas aparecen en la granja, se puede empezar por describir todo lo que la golondrina vive manifestándose en sus actividades. Se distinguirán las diversas especies que en el lugar
En el semestre de verano dominan en el calor y el aire las fuerzas etéricas vitalizantes del metabolismo, que reclaman las fuerzas ordenadoras y configuradoras de lo anímico-astral. El ser astral del pájaro se imprime en su vuelo en la envoltura aérea de la granja. Contemplando en particular los movimientos de vuelo de las golondrinas, la vivencia puede condensarse en esta imagen anímica. Uno se siente como entretejido en un acontecer sensible-suprasensible. Se puede decir que en esa vivencia de asombro se revelan los mismos
Primero hay que distinguir las diversas especies que se han establecido en el lugar, como la golondrina común y la golondrina dáurica, así como el vencejo, que ya no pertenece propiamente a las golondrinas. Uno se irá formando una imagen de sus hábitos alimentarios —insectos atrapados al vuelo—, de sus lugares de nidificación: las golondrinas comunes por lo general en el interior de los establos, las golondrinas dáuricas en el exterior bajo los aleros de los establos, los vencejos en las oquedades de viejas mamposteŕias o en las armaduras abiertas de los graneros. Uno aprenderá a conocer sus variados cantos, seguirá su ciclo reproductor y mucho más. Todo esto son actividades en las que el ser anímico corpóreo de estas aves se da a conocer a los sentidos. Pero su expresión esencial más característica es su vuelo persistente. Como seres cefálico-sensoriales emplumados se lanzan hacia adelante arrastrando torbellinos de aire tras de sí, modelando el espacio aéreo de la granja en su amplia periferia mediante arcos y líneas, para irrumpir de pronto, a velocidad de relámpago, con poderosos aleteos hacia arriba, hacia abajo o de lado, a fin de atrapar una presa. Su actividad se agota casi por completo en las más asombrosas artes del vuelo, y esto de la mañana a la noche a lo largo de todo el semestre de verano. En invierno han desaparecido hacia el sur.
Cuando la mirada reposa en estos fenómenos relacionales, despiertan preguntas por contextos que apuntan más allá de lo perceptible por los sentidos: ¿No se entreteje acaso el ser anímico de estas criaturas tan ricas en potencias sensoriales, en sus amplios y modeladores movimientos de vuelo, con el elemento del aire de toda la granja? ¿No se produce aquí una animación anímica de la envoltura aérea? Y además la pregunta: ¿Por qué sucede esto solo en el semestre de verano, de abril a septiembre? Una respuesta monocausal está a la mano: es la oferta alimentaria de los insectos voladores, que en invierno desaparece. Pero también esto es fenómeno. ¿No señala, como todos los mencionados, hacia un nexo fenoménico originario que apunta más allá de lo sensible? Este fue abordado como la polaridad del polo cefálico bajo la tierra y el polo metabólico sobre la tierra de la Individualidad Agrícola (véase el capítulo «La trimembración del ser humano y la individualidad agrícola», pág. 88 y ss.).
fuerzas en el plano espiritual-anímico que aquellas que modelan físicamente en la envoltura aérea el calor, la luz y el aire en forma movida.
Con la mirada puesta en el «nexo fenoménico»[173] descrito, el pensar que abstrae puede vivificarse hasta convertirse en un pensar activo y sintético. En lugar de delimitar nítidamente el concepto individual y dejarlo aislado, se busca mantenerlo en conexión con el fenómeno total. Él se amplía hasta convertirse en una imagen pensada que conduce al investigador más profundamente hacia el nexo de sentido.
A este primer paso hacia el conocimiento esencial le sigue un segundo, más profundo, cuando uno se ejercita pensantemente en seguir la transformación, por ejemplo, del conjunto de la finca en el curso del año. Una forma fenoménica se transforma totalmente en otra. La misma planta de trigo de invierno, que tras la germinación oculta en la tierra aparece por primera vez en la primera hoja aún enrollada, se transforma en una que ahora echa nuevas hojas desde los nudos densamente apretados (ahijamiento), luego en una que en invierno aprieta su roseta de hojas en forma de estrella contra la tierra, después en una que en el calor de la primavera yergue sus hojas, luego en una que de repente se dispara verticalmente como tallo erecto hacia lo alto, de nuevo en una que empuja la espiga, otra vez en una que al desarrollar la espiga termina su crecimiento, y finalmente en una que florece discretamente, se autofecunda (o, como el centeno, entrega los granos de polen al viento en nubes amarillas). Siguen la etapa de transformación del agostamiento total y, en su transcurso, la madurez del grano o semilla y por último su separación del nexo vital de la planta madre, portando en sí el futuro. Así, en mudanza constante, el conjunto de todas las plantas y con ellas el conjunto de los animales imprimen su huella en el rostro del término de la finca. Entre cada uno de estos pasos de transformación existe una conexión evidente, pues es siempre una y la misma planta, uno y el mismo animal, que se vive manifestándose de una manera y de otra. Lo que se transforma deviene aparición perceptible; cómo se transforma permanece en la oscuridad. Las fuerzas mediante las cuales una forma fenoménica surge de la otra y que así producen el «nexo de transformación»[174] permanecen invisibles. El tránsito de lo uno a lo otro o bien no se convierte en pregunta, o bien uno se pierde en la teoría.
«Lo que es, piénsalo; mas piensa más el cómo.»[175] El qué es objetual y por eso sinnenfällig; al cómo puede aproximarse la mirada investigadora cuando compara un fenómeno con el que surge de él, interioriza lo contemplado, la transformación de la forma, y recorre con fuerza imaginativa, en el pensar ejercitante, el tránsito mismo. Vivirse pensando e investigando en los nexos de transformación del «Muere y devén», también en lo social, crea una conciencia del flujo continuo del trabajo en el curso del año.
Un tercer paso de la investigación conduce finalmente a aprehender la composición de lo viviente animado, los «contextos vitales»[176], tal como se muestran en la naturaleza en general y en la finca biodinámica en particular. Toda planta superior forma un contexto vital con raíz, tallo, sucesión foliar, flor y semilla, igual que el entramado de relaciones casi infinito del «oikos», el hogar de la naturaleza, que se diferencia a su vez en una multiplicidad de comunidades de vida (biotopos), e igualmente en lo que la mano humana crea a partir de las disposiciones de la naturaleza como organismo agrícola. El contexto vital de este organismo lo forma la composición, mesurada y armoniosamente ajustada entre sí, de cultivo de la tierra, ganadería, horticultura, fruticultura y cultivo de setos, economía de praderas y pastizales, silvicultura y gestión de aguas. A esta composición subyacen, en lo fundamental, las fuerzas que actúan esencialmente en el cosmos y en la tierra, precisamente aquellas que producen el tránsito de una aparición a la otra. Las leyes de la naturaleza son abstracciones fragmentarias del espíritu humano extraídas de este mundo suprasensible de fuerzas, un saber aislado mediante el cual el agricultor, por su parte, coparticipa en la conformación de esta composición. Cuando este saber, sin esfuerzo cognoscitivo por los contextos vitales, se convierte en mero instrumento técnico aislado —pesticidas, herbicidas, etc.—, siembra en la economía de la naturaleza un daño incalculable. Son intervenciones arbitrarias en la naturaleza esencial de lo viviente. Conocer los contextos vitales significa, con la fuerza del pensar viviente, desgranar conceptualmente, desde la suma de las apariciones y sus transformaciones, totalidades internamente consistentes y plenas de contenido —como, por ejemplo, el concepto de organismo e individualidad como idea fundamental respecto a la configuración de las explotaciones agrícolas. Con esto queda señalada la tarea nuclear de la investigación en la agricultura biodinámica. Ella concierne:
1. Estudio de los resultados (hechos) de la investigación de la ciencia espiritual, su penetración pensante y el vivir su realidad espiritual en la experiencia del pensar.
2. Estudio y observaciones propias de hechos correspondientes, sensibles, accesibles a la ciencia natural.
3. La confluencia del mundo fáctico sensible y suprasensible y el vivir su verdad y fecundidad en el trabajo incondicional.
Esta triple tarea investigadora se refiere a la formación de un pequeño universo, tal como el ser humano es uno en cuanto microcosmos. La edificación de este pequeño universo, el organismo corpóreo de la «Individualidad Agrícola» en devenir, toca en último término todos los campos de la vida y la actividad y con ello la vida social en su conjunto. Hasta hace no tanto tiempo, agricultura, artesanía, oficio y comercio formaban una forma de vida y economía regional cohesionada. En tiempos de Goethe, aproximadamente el 85% de la población activa trabajaba en la agricultura. Hoy los seres humanos, en busca de libre autodeterminación, se han orientado hacia otros campos de actividad hasta quedar en un 2%.
Cuanto más se reconozca la dimensión espiritual de la tarea de la agricultura para el desarrollo del organismo social, tanto más volverán los seres humanos a orientarse hacia la agricultura desde un querer libre, contribuyendo a dar forma consciente a la relación que cada ser humano mantiene con ella. De ahí brotan impulsos para una vida espiritual libre que, irradiando desde cada explotación biodinámica, ayuda a superar la cosmovisión estrecha y destructiva del materialismo.
El sentir en igualdad
Toda explotación agrícola está integrada en el ordenamiento jurídico general. Este crea mediante la ley igualdad ante el derecho. La igualdad es un bien elevado, pero la pregunta es: ¿cuán conscientemente vive el principio de igualdad en los seres humanos? ¿Vive este de manera coactiva desde fuera, por el dictado de la ley, apelando únicamente al entendimiento, o es el sentimiento de la razón el que despierta desde dentro el ideal de la igualdad a la vida? En el primer caso reina en la relación de persona a persona el anonimato; los derechos son exigibles, uno reclama su derecho. En el segundo caso uno siente, con fina diferenciación, lo que es conforme a derecho, y se atiene a ello. De la razón se nutre el sentimiento del derecho, el sentirse-en-igualdad. La razón
Pero la razón misma se nutre del vivir activo en las conexiones espirituales reales de la naturaleza y la vida social. De ese vivir crece la confianza; y la confianza crea la más alta seguridad jurídica. Esto se hace evidente de inmediato cuando se contemplan los derechos que se refieren al suelo, al trabajo y al capital. Forma parte del sentido común colectivo que estos son sin duda derechos, pero al mismo tiempo objetos económicos comerciables; ¡los derechos tienen un precio! Y ahí empieza la desigualdad. Cuando la tierra, el trabajo y el capital pueden llevarse al mercado, el principio de igualdad queda socavado. El individuo se erige en señor sobre la tierra, se vende a sí mismo en el mercado laboral y mediante la acumulación de capital dirige el trabajo humano en beneficio propio. El sentimiento del derecho desaparece del derecho; el derecho se vuelve abstractamente inhumano; muere la muerte del derecho.
Esta problemática se vuelve sumamente virulenta cuando uno quiere desarrollar una explotación biodinámica; se necesita tierra, colaboradores y capital, es decir, un volumen financiero que desde el punto de vista pecuniario nunca da sus frutos; el puesto de trabajo en la agricultura es hoy, en las circunstancias dadas, más caro que en la industria química. ¿Qué cabe hacer? Hay que establecer un estado de derecho puro, es decir, uno que esté sostenido exclusivamente por el principio de igualdad. Tal estado no existe en el ordenamiento jurídico actual; los derechos se comercializan como patatas. Hay que inventar primero, en el propio acto de crearlo, ese estado del derecho sin adulteración. Para ello hace falta un marco jurídico en el que esto sea posible. Tal marco se ofrece en el ordenamiento jurídico vigente a través del derecho de asociaciones sin ánimo de lucro, del derecho mercantil y del derecho de fundaciones. Se trata de asegurar, mediante entidades sin ánimo de lucro, en la medida de lo posible la inalienabilidad de la tierra y del capital. Para ello es necesario, donde quiera que sea factible, un acto de donación, o bien, mediante una financiación única —à fonds perdue— una liberación de las fincas y del capital en ellas vinculado de las antiguas ataduras jurídicas (derecho hereditario, etc.). Garantizado esto, pueden abrirse nuevos caminos en la administración fiduciaria y en el derecho de uso, en el sentido de que el suelo y el capital, desde criterios puramente espirituales y con exclusión de todo derecho hereditario, se pongan a disposición de aquellos que se han capacitado para ello tanto desde el ideal de la ciencia espiritual como desde la habilidad práctica del oficio. La administración fiduciaria queda en manos de quienes están en condiciones de portar el impulso espiritual de la agricultura biodinámica, a través del cambio histórico del avance de la humanidad, de una generación de agricultores a la siguiente.
Detrás del trabajo está el derecho fundamental al trabajo y las capacidades de los seres humanos. Cuando se intenta aprehender el organismo, y más allá de él el pensamiento de la individualidad, en la contemplación intuitiva inmediata y en el vivir activo, el sentimiento del derecho se va aclarando hasta una limpidez cada vez mayor. Le dice a uno sin posibilidad de equívoco: el suelo no es susceptible de propiedad, pero sí de posesión: se lo posee mientras se lo utiliza, o bien un sucesor capacitado asume el derecho de uso. No de otro modo sucede con el capital encarnado en los medios de producción (máquinas, etc.) y en las instalaciones constructivas.
Un desafío particular se presenta en lo que atañe a la configuración del derecho a los ingresos. En el marco de una comunidad de granja agrícola uno puede desvincularse a este respecto de la tutela de un convenio colectivo, por desgracia no en lo que se refiere a los trabajadores asalariados. El ideal de que todo colaborador estable fuera a la vez co-empresario y formara con todos los demás una comunidad de empresarios que determina por sí misma los ingresos según el estado de los rendimientos sería un objetivo digno de perseguir, pero bajo la legislación vigente sólo es realizable en medida muy limitada. Determinar los ingresos de antemano por la suma de las posibles necesidades de cada uno es algo abstracto y conduce necesariamente a desigualdades y con ello a conflictos. Igual sucede cuando se busca la solución en el «mismo salario para todos». La configuración de los ingresos se orienta en cada caso a las condiciones de vida concretas. En régimen comunitario depende en lo esencial de las circunstancias familiares. Una familia todavía joven necesita al mismo tiempo menos ingresos que una cuyos hijos van a la escuela y necesitan instrumentos musicales, o que una cuyos hijos cursan estudios universitarios. Cuando los hijos han abandonado el hogar, lo que se necesita realmente como ingreso puede reducirse de nuevo, y aún más en la vejez. Esto incluye, naturalmente, todas las vicisitudes de la vida a las que la comunidad ha de enfrentarse de caso en caso.
Hay que aprender a manejar la formación de los ingresos dentro de una comunidad de granja que se administra a sí misma como un proceso dinámico. Esto incluye, según la duración de la colaboración, también el derecho de habitación temporal o vitalicio. Los ingresos extragriculturas (como honorarios por conferencias, seminarios, asesorías u otras actividades) se integran al presupuesto comunitario.
La configuración comunitaria de los ingresos, atendiendo también a la regulación de la previsión para la vejez, de los derechos de habitación, etc., excluye una formación privada de capital. Esto significa el ejercicio de un alto grado
de entendimiento, empatía y una delicada sensibilidad para todo lo que vive sin ser expresado en los intersticios de las relaciones humanas como necesidades no dichas.
El pensar en fraternidad o en convivencia humana
En el terreno de la vida económica, el pensar ya no se limita a situarse frente al mundo, sino que se sumerge en él y se convierte él mismo en proceso creador. Se sumerge sintiendo en el querer y está así enteramente al servicio del prójimo y del mundo. Pensando, el ser humano encuentra el fundamento de su actividad en las exigencias que el tiempo impone a la granja y en la satisfacción de las necesidades de sus semejantes. Estas últimas son sagradas para el pensar en la vida económica. Beber aguardiente, por ejemplo, puede ser una necesidad. El fabricante de aguardiente no escatimará esfuerzo pensante alguno para idear el procedimiento más adecuado que satisfaga esa necesidad — naturalmente le queda libre el camino de ilustrar a su consumidor, desde una comprensión espiritual, sobre las consecuencias perniciosas del consumo de alcohol —, y el comerciante mantiene el producto en el estante porque hay personas que lo quieren. La vida económica es autónoma, igual que la vida jurídica y la vida espiritual. Hablando con rigor, no es asunto del agente económico privar al consumidor de un producto porque considera que es perjudicial. Pronunciarse sobre eso corresponde, en el plano de la vida espiritual, a la comprensión de las razones de la nocividad, y en el plano de la vida jurídica, a la ley que suprime su disponibilidad. Todo ser humano está, responsabilizándose de sí mismo, inmerso en estos tres miembros y ha de aprender a orientar su conducta social según la validez de la autonomía de los tres miembros de la vida social.
La fraternidad y la sororidad en la vida económica reclaman una nueva forma de pensar. Esta ha de capturar con sentido de la realidad la cadena de creación de valor en su conjunto, panorámicamente, en una imagen de pensamiento. Ha de procurar tener a la vista, en cada fase, al ser humano que actúa económicamente en su esfuerzo espiritual y en las condiciones jurídicas vigentes, a fin de poder calibrar la propia contribución en relación a la de los demás socios económicos. Concretamente esto significa hacerse una imagen de las condiciones de vida y de producción allí donde todo tiene su origen, a saber, en la producción primaria de la agricultura. En la agricultura biodinámica, esta producción originaria procede de un impulso espiritual, del pensamiento del organismo y de la individualidad. Para trasplantar este pensamiento a la tierra de una granja como totalidad se necesitan las capacidades y las manos de muchas personas. Las personas imprimen a su colaboración una
Rechtsgrundlage y producen mercancías — el pan de cada día —, que fluyen hacia afuera hacia la circulación de mercancías. El precio final al consumidor de estas mercancías debe ser tal que esa corriente de mercancías pueda fluir de manera continua desde el inicio de la siembra hasta el final del consumo. Esto exige un pensar que forma imaginativamente. De él se forma un juicio comunitario que es el único adecuado a la vida económica. El juicio individual no puede lograrlo. Desemboca necesariamente en el callejón sin salida del egoísmo. Solo en la formación de asociaciones, en el colaborar asociativo de los socios económicos, puede desarrollarse un pensar que tenga como punto de referencia las necesidades de los semejantes. Capta en imágenes los contextos relacionales de lo económico y produce de manera fluidamente viva un juicio comunitario, cuyo producto es, entre otras cosas, el precio. Solo este modo de pensar que se afianza y se vivifica en los hechos del vivir económico es capaz de extirpar el egoísmo aparentemente invencible, el mal canceroso de la economía.
El precio de la producción primaria agrícola se convierte en dinero. El dinero, tomado por sí solo, ya no es entonces ningún objeto económico, sino una contrapartida del valor de la mercancía. El dinero adquiere carácter jurídico; se convierte en un derecho de giro sobre la mercancía. Es un medio de flujo para facilitar el intercambio de mercancías. Pero como tal ha de desaparecer lo más rápidamente posible de nuevo en el proceso económico del que ha surgido. Garantiza así el flujo continuo de la producción primaria, con el que toda ulterior formación de valor y precio en el conjunto de la economía ha de medirse.
Si se contempla el organismo agrícola y sus tres miembros constitutivos, este es como una semilla que no solo germina y se despliega una vez, sino que, germinando y desplegándose de manera continuada, irradia más allá de sus límites hacia el entorno social y allí anima procesos sociales. Ahora y en adelante, una agricultura así renovada desde la idea del organismo y de la individualidad puede volver a convertirse en el lugar de nacimiento de la formación de valor en todo lo económico. En todas partes, irradiando desde puntos singulares, puede contribuir a desenredar los hilos confundidos en un ovillo de la vida social en los tres ámbitos de una vida espiritual, jurídica y económica autónomas, y configurarlos de manera transparentemente trimembre en el organismo social. Y es este el que, obrando de retorno, ayuda a que las fuerzas germinales de la semilla del organismo agrícola como cuerpo de la individualidad agrícola se renueven de manera continuada.
Segunda Parte
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La individualidad agrícola y los tres pilares de la fertilidad del suelo
Como se mencionó en el capítulo «La trimembración del ser humano y la individualidad agrícola» (pág. 88 y ss.), el concepto de «individualidad agrícola» adquiere ser y significado cuando el agricultor se dispone a captarlo sobre la base del conocimiento esencial del ser humano. Lo que la ciencia espiritual antroposófica enuncia acerca de la triple naturaleza del ser humano en cuerpo, alma y espíritu puede ser reproducido en autoexperiencia y autoconocimiento. Puede uno dirigir la mirada hacia la organización del cuerpo y encontrar que esta forma el sustrato físico y vital para la actividad del alma y el obrar del espíritu. En los procesos fisiológicamente desintegradores de los nervios y los órganos sensoriales, el alma cobra conciencia, en estado de vigilia, del contenido de su actividad perceptiva y pensante; en los procesos fisiológicamente constructivos, despliega en estado de sueño su actividad volitiva; y, mediando entre ambos polos, en el ritmo del latido cardíaco y la respiración, cumple, en estado de ensoñación, la actividad anímica del sentir. El espíritu del ser humano, el núcleo esencial más propio de su ser, arraiga en el Yo. En la actividad del Yo, el espíritu irradia a través de estas tres actividades del alma y de los procesos corporales que les corresponden. El cuerpo, con sus órganos, composiciones sustanciales y procesos vitales, es el órgano terrestre del alma espiritual, una imagen de sí misma. El alma espiritual, junto con los seres espirituales jerárquicos superiores vinculados a ella,[177] vivifica y configura el cuerpo hasta conformar un organismo en gran medida cerrado. En él, como en un microcosmos, es activo todo cuanto llena el macrocosmos espiritual-anímicamente. Por su alma espiritual, el ser humano está predispuesto a encontrar en sí mismo los medios y caminos mediante los cuales puede conocerse a sí mismo y conocer el obrar y el ser esenciales del macrocosmos.[178] Lo que en el macrocosmos fue en épocas primigenias todavía algo vivo y dotado de ser, se ha vertido en el curso de la evolución en el mundo, en la plenitud de formas de los reinos de la naturaleza. Se ha convertido en obra. En el Yo humano pervive, de manera germinal, el inicio originario como microcosmos. Del Yo le crece al ser humano la fuerza de desarrollarse, conociéndose a sí mismo, hasta la libre individualidad.
Estas indicaciones pueden refrendar una vez más la justificación y la profundidad de los enunciados de Rudolf Steiner: «El ser humano se convierte en fundamento», cuando se trata de cultivar la tierra de una manera acorde con el espíritu. La
Los conceptos de individualidad y clausura de un todo orgánico (organismo) solo pueden derivarse, en el sentido más estricto, del ser humano. El ser humano, cada uno por sí mismo, es una individualidad en virtud de su Yo, de su alma espiritual, que hacia arriba se abre a los reinos del mundo espiritual y hacia abajo, con su organización corporal, integra los reinos de la naturaleza. El ser humano solo se vuelve comprensible cuando se aprende a verlo, en este sentido, como ciudadano de dos mundos.
Cuando se habla de una individualidad agrícola con la mayor clausura posible, el concepto de clausura se refiere a su organismo corporal, que en virtud de la idea y la voluntad del ser humano se conforma como recipiente de acogida de la individualidad agrícola. A ello se señaló detalladamente bajo el aspecto de la cuádruple articulación en el capítulo «La cuádruple articulación del ser humano y la clausura del organismo de la granja» (pág. 97 y ss.). Pero ¿qué da contenido al concepto de «individualidad agrícola»? ¿Qué llena de manera espiritual-entitativa el trozo de tierra de la granja? El contenido resulta, como se ha descrito, de la coordinación artística de todos los elementos culturales y paisajísticos de la granja en sentido planar-horizontal hasta sus límites. El punto central desde el cual se dirige este acontecer surge de nuevo desde el alma espiritual del ser humano que se eleva hacia el conocimiento del espíritu.
El cumplimiento entitativo es un acontecer macrocósmico y, al mismo tiempo, uno en cuya intervención — ya sea en sentido bueno y constructivo, o en sentido malo y destructivo — queda librada hoy y en adelante a la libertad del ser humano. Desde los estados de conciencia instintivos de épocas humanas más antiguas se produjeron intervenciones que llevaron al desarrollo del suelo cultivado, de las plantas cultivadas y de los animales domésticos (cf. cap. «La cultura persa primigenia», pág. 42 y ss.). El cuño que mediante estas realizaciones culturales fue impreso a las cosas y seres de la naturaleza porta ya un carácter «individualizado», específico del lugar. Este se intensifica con el despertar del Yo — un impulso del cristianismo que en la Edad Media condujo a la formación de las comunidades aldeanas con punto central y periferia. Hoy nos encontramos ante un giro fundamental: el desplazamiento del punto central de fuera hacia adentro. En la medida en que el alma espiritual, conociendo y actuando, se sitúa dentro de los nexos macrocósmicos y pone su obrar en consonancia con ellos, en esa misma medida se amplía la individualidad del ser humano y se imprime «llenando de ser» al conjunto de la granja. Con ello queda trazado un desarrollo hacia el lejano futuro: «Debemos tener en absoluto claro que el territorio agrícola, junto con aquello
que se extiende por debajo del suelo terrestre, constituye en verdad una individualidad que sigue viviendo también en el tiempo.»[179]
Tal como se expone ampliamente en el capítulo «La trimembración del ser humano y la individualidad agrícola» (pág. 88 y ss.), la «individualidad agrícola» es trimembre como el ser humano y se ordena, al igual que este, verticalmente en el eje Tierra-Sol, con la diferencia de que las funciones de las profundidades de la tierra son comparables al sistema neurosensorial del ser humano, y las de las alturas sobre la tierra, al sistema metabólico. La zona media entre estos polos la constituye el suelo, comparable a las funciones del diafragma humano. El suelo se extiende como una piel horizontalmente sobre lo sólido de la tierra. En él se concentra y compenetra rítmicamente el obrar de las fuerzas de las alturas y de las profundidades, convirtiéndolo en el fundamento creador originario de toda vida superior sobre la tierra.
Hacia el miembro medio converge en última instancia también todo el trabajo en la agricultura. El agricultor busca orientar la colaboración de estas fuerzas de las alturas y las profundidades, y de las sustancias con las que cada una de ellas está en relación, de tal modo que la zona media rítmica pueda desarrollarse e individualizarse hacia una autonomía cada vez más elevada. Esto se refiere ante todo al crecimiento típico de la especie, así como a la formación del fruto y la capacidad nutritiva de las plantas cultivadas. Se trata en el fondo del desarrollo de la «función diafragmática» hacia una dinámica autónoma progresiva, y de dejar que las fuerzas de las alturas y de las profundidades suenen en consonancia en el ritmo del curso del año, de modo que el órgano de la zona media pueda convertirse en el órgano central del desarrollo de la individualidad agrícola. Este encuentra y encontrará cada vez más su expresión en la fertilidad del suelo propia de cada granja. En ella el obrar de la naturaleza y el obrar del ser humano se funden en un todo en devenir.
El concepto de fertilidad del suelo tiene a lo sumo todavía significado real para el practicante de la agricultura ecológica. Del uso científico ha desaparecido con la irrupción de la industrialización de la agricultura desde los años sesenta del siglo XX. No puede derivarse de parámetros cuantificables y por ello es metodológicamente inaprehensible para la ciencia. En su lugar ha tomado posición el concepto de la capacidad productiva del suelo, que expresa en medida, número y peso lo que el suelo ofrece en rendimiento, pero no cómo ese rendimiento ha surgido ni con qué medios. A través del empleo arbitrario de insumos según tipo y cantidad
de los llamados nutrientes minerales, pesticidas, herbicidas, reguladores del crecimiento etc., se obtienen año tras año rendimientos máximos calculables incluso en suelos naturalmente poco «dotados», es decir, pobres. Con ello el aspecto cualitativo de la fertilidad del suelo —por ejemplo el valor específico del lugar o de la procedencia, o bien la calidad nutricionalmente fisiológica de los alimentos— ha quedado obsoleto. El concepto de capacidad productiva se refiere en lo fundamental únicamente a cuestiones de agrotecnología; el concepto de fertilidad del suelo, en cambio, a la pregunta por un arte de la agricultura que hay que desarrollar de nuevo. Este exige, como se ha insinuado más arriba, ampliar la mirada hacia el lado esencial del mundo, hacia las más íntimas acciones de las fuerzas en la economía de la naturaleza.
Tomando como punto de partida la derivación de los conceptos de «organismo agrícola» e «individualidad agrícola» (cf. pág. 88 y ss.), la dimensión en que el agricultor trabaja en realidad —en qué realidad esencial trabaja— se hace plenamente visible. Todas las medidas que adopta en el cultivo de tierras y huertos se aplican al miembro central de la «individualidad agrícola», el suelo, cuya función, vista macrocosmicamente, es comparable al diafragma humano (Figura 5, pág. 90). Así como este, en su dinámica rítmica, está en relación con el pulso del corazón y la respiración pulmonar, también los procesos del suelo responden a los ritmos que tienen su origen en las relaciones de movimiento entre la Tierra y el cosmos. Así como el ritmo del día y la noche se despliega microcosmicamente en los estados polares del velar y el dormir, también el mundo de los seres de la naturaleza que actúan en lo oculto experimenta estados polares: por un lado, el de quedar encantado en la plenitud de las formas como sueño de verano; por el otro, en el desvanecerse de esas formas, el de la liberación y la autonomización como despertar de invierno. Del mismo modo, los tránsitos de la primavera significan un adormecerse y los del otoño un despertar. En este perpetuo cambio en el curso del año interviene el agricultor; en consecuencia, ninguna medida es igual a la otra. El continuo en el cambio de las manifestaciones, al que se refieren todas las medidas de cultivo, es el suelo y su educación hacia la fertilidad perdurable.
Según la dotación natural propia del lugar, la fertilidad del suelo descansa sobre las tres columnas del laboreo del suelo, la rotación de cultivos y el abonado. El laboreo dirige, según las necesidades de las plantas que han de cultivarse, los procesos físicos del suelo; la rotación de cultivos contribuye a su vivificación; el abonado las vivifica y las anima. Estas tres columnas sustentantes de la producción primaria agrícola han de ser consideradas a continuación bajo puntos de vista ampliados.
Primera columna:
Sobre el ser del laboreo del suelo en relación con el desarrollo del suelo en el curso del año
El suelo
La ciencia de la edafología delimita, en las zonas climáticas templadas, el suelo a la capa de meteorización enraizada que reposa sobre la roca del subsuelo. Esta capa de meteorización es, en su potencia y estructura, expresión, por un lado, de la índole del material geológico de partida y de las fuerzas de las profundidades de la tierra, y por el otro, de la índole del obrar atmosférico y de las fuerzas cósmicas de las alturas. Como tercer elemento modificador se añade la geomorfología, la forma del paisaje (tectónica, erosión hídrica y eólica). Del juego conjunto de esta triplicidad de fuerzas y sustancias surge, en la vertical, un perfil del suelo rico en variantes y que se articula, a su vez, en tres miembros. Su zona superior, el horizonte A, está influida en alto grado por sustancias y fuerzas que actúan desde la atmósfera, desde el «vientre» de la individualidad agrícola. Aquí, en la capa más superior, se concentra la vida del suelo vegetal y animal y, surgido de ella, el humus como portador esencial de fertilidad. El humus procura la coloración oscura de este horizonte y una estructura granular rica en poros.
La capa intermedia, el horizonte B, es resultado de una meteorización progresiva. Se compone de una mezcla de arcilla, limo, arena fina y arena gruesa, que puede unilateralizarse hasta los extremos del suelo arcilloso pesado o el suelo arenoso ligero. El portador de fertilidad en esta zona es la proporción armónica de mezcla de los cuerpos minerales sílice, arcilla y cal, tal como se da en el suelo franco suave.
Bajo el horizonte de meteorización aparece la roca madre, el horizonte C. El límite entre ambos lo determina el frente de disolución del calcio. Mediante una progresiva desbasificación, este frente se profundiza en pasos apenas perceptibles año tras año.
La base física del suelo la forman los cuatro elementos clásicos tierra, agua, aire y calor. Los suelos minerales presentan un volumen total de poros de entre el 40 y el 50%. Este se compone de un complejo sistema de
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poros más finos hasta macroporos, grietas de retracción, galerías biogénicas, etc. Se llenan de agua con la lluvia, de aire con la sequía y la infiltración. El calor, al que la física no ha reconocido desde el siglo XVI/XVII como estado propio de la materia en cuanto elemento (estado de agregación), penetra a sus tres hermanos, los pone en relación entre sí, cuida de su tránsito de un estado elemental al otro, o bien, en su ausencia (el frío), de su separación y de su permanecer en su ser particular.
En la ciencia del suelo se habla, a partir de estudios empíricos del perfil, de un desarrollo del suelo que ha tenido lugar desde el final de la última glaciación, hace entre 10 000 y 15 000 años. Según el aspecto de los distintos perfiles edáficos y su múltiple diferenciación como resultado de este desarrollo a largo plazo, se distingue una serie de tipos de suelo característicos. Según la intensidad de meteorización, los desplazamientos verticales de sustancias y la horizontación, se trata, por un lado, de tipos de suelo que presentan todavía estadios de desarrollo juveniles, como los suelos AC de las «Rendzinas» en estaciones calcáreas de ladera o secas. Polares a estos, también con perfil AC, se forman los «Rankers» sobre rocas silíceas ácidas en posiciones de erosión. Partiendo de estos estadios juveniles, pueden seguirse, por otro lado, tipos de suelo de edad creciente, como por ejemplo en estaciones calcáreas la serie de envejecimiento Rendzina → Tierra parda lixiviada → Pseudogley, o sobre cuarzo-sílice ácido la serie Ranker → Tierras pardas → Podzoles.
Cada granja tiene uno o con frecuencia varios de estos tipos de suelo. Su conocimiento dice mucho sobre la laborabilidad, la capacidad de retención de agua y demás factores determinantes del crecimiento, en suma sobre su dotación natural. Más allá de ese conocimiento, es todavía más importante para el agricultor dirigir la atención hacia el desarrollo del suelo que se realiza de año en año, y adentrarse en él, hacerlo propio. Participar en su conformación significa ante todo el arte del laboreo del suelo.
El proceso invernal y el laboreo del suelo
En invierno, el mundo fenoménico queda reducido a lo meramente físico. La vida exterior se ha extinguido en gran medida; se ha retirado al estado de reposo de las esporas, semillas, yemas, así como al cámbium y a los órganos de reserva (tubérculos, nabos). El crecimiento de las hojas del cereal de invierno sembrado en otoño se detiene. Con la llegada del frío, las hojas se ciñen en roseta, estrelladas, a ras de tierra, como imagen refleja del cielo estrellado.[180] Solo las raíces siguen creciendo lentamente hacia las profundidades. La naturaleza se viste de claridad y oscuridad, de blanco y negro. Sobre el manto blanco de nieve se recorta contrastando la oscuridad del ramaje de árboles y arbustos. El suelo muestra desde noviembre una coloración más oscura que en el resto del año. Es consecuencia de la saturación de todos los poros del suelo con agua. Este fenómeno apunta al proceso invernal central: la separación en gran medida de los cuatro elementos entre sí. El calor, que en otras estaciones lo penetra todo, se retira y abandona a sus tres hermanos a su propio ser físico. En su lugar aparece, como su polo contrario, el frío. El aire es puro y claro y abre la vista hacia la lejanía o hacia arriba, al cielo estrellado. El agua deja de evaporarse; se vuelve más densa, más pesada, y se filtra hacia las profundidades. Lo térreo-sólido se contrae y se configura en su naturaleza cristalina rigurosamente geométrica.
El proceso invernal traslada a la tierra a un estado de entrega a sí misma, una suerte de despertar espiritual. «La Tierra es, pues, durante el pleno invierno, lo más tierra posible; su verdadera esencia es ella misma en ese momento.»[181] Se emancipa de las influencias planetarias y se abre a los efectos irradiantes del «cosmos más lejano», la esfera de las estrellas fijas, que los griegos llamaban con toda significación cielo cristalino.[182] El invierno es «el tiempo en que en la Tierra puede desarrollarse la mayor fuerza cristalizante, la mayor fuerza formativa para las sustancias minerales. En ese momento es propio del interior de la Tierra […] hallarse bajo la influencia de las fuerzas formadoras de cristales
fuerzas que están en las extensiones del cosmos, a venir […] y cuanto más profundo se llega, tanto más tienen ese anhelo de llegar a ser cristalinas y puras en la economía de la naturaleza.»[183]
Las fuerzas formativas cristalizantes se apoderan en el frío del invierno también del elemento del agua. Este alcanza su mayor densidad a +4 °C y comienza —al volver a expandirse— a cristalizarse en hielo por debajo de 0 °C. Este proceso se cumple en la superficie de la tierra y de las aguas y en la humedad del aire, formando copos de cristales de nieve. Con grandes fríos caen cristales individuales en formas de las que ninguna es igual a otra; y sin embargo todos cristalizan en hermosura y pureza según el mismo principio, hexagonales, en estrella de seis puntas.
Estas fuerzas formativas y cristalizantes que durante el invierno irradian desde el «cosmos lejano» son significativas en un triple sentido para el desarrollo del suelo en el año siguiente.
La formación de la sazón del suelo por la helada
A consecuencia de la anomalía del agua —que al cristalizarse aumenta su volumen y se vuelve específicamente más ligera—, produce en los capilares saturados de agua, las grietas y los poros del suelo un efecto de fragmentación. Este efecto es particularmente beneficioso cuando, tras la tardía cosecha de cultivos de escarda en otoño y con el suelo encharcado, el arado deja una banda de tierra embadurnada, comprimida hasta la cohesión. Entonces se hace necesario el «Maestro Hielo», que devuelve al suelo ese estado desmenuzado que el agricultor no podría lograr con herramienta alguna. La helada fragmenta la masa cohesiva del suelo en una multitud de pequeños terrones angulosos y poligonales: la «sazón del suelo por la helada». Puesto que surge por vía puramente física, es inestable y puede enlodarse de nuevo fácilmente con lluvias intensas. Pero si la suerte acompaña al agricultor y la sazón por helada se conserva hasta bien entrada la primavera, se estabiliza por vía biológica y asegura —como se dice— la mitad de la cosecha, aun antes de que la semilla de primavera esté en la tierra.
Durante el invierno, con el «Maestro Hielo», es la naturaleza misma quien se encarga del laboreo del suelo. La mano del hombre descansa.
La formación de los minerales de arcilla y su neoformación
La arcilla constituye una mezcla de diversos minerales de arcilla, así como de productos finales amorfos de la meteorización: los hidróxidos de silicio, aluminio, hierro, etc. Estos últimos son de naturaleza coloidal, sin forma —un estado entre lo sólido y lo líquido, el mismo que subyace a todo acontecer procesual en lo viviente. La plasticidad de la arcilla proviene de su afinidad con el agua, así como de la pequeñez en parte submicroscópica de las hojuelas cristalinas de los minerales de arcilla, de la capacidad de hinchamiento de determinadas especies de minerales de arcilla (Montmorillonita y otras) y de la elevada capacidad de absorción de agua de los coloides del suelo. El agua hace hincharse a la arcilla. La sustracción de agua por desecación genera las más finas grietas de contracción, hasta llegar a profundas fisuras en el suelo.
Si la dinámica de la arcilla está determinada esencialmente por la afinidad con el agua y las sales disueltas en ella, son el aire y el calor quienes contribuyen a ese rítmico vaivén entre la forma (costra sólida) y el intercambio procesual de sustancias. Este ritmo se manifiesta especialmente en la dinámica de las capas de hidratación de las partículas de arcilla. Se contraen en la sequedad (verano) y se aproximan en su densidad a lo térreo-sólido. Con la humedad (invierno) las capas de agua amplían su volumen. Así, la arcilla es el portador del rítmico juego conjunto de lo sólido, lo líquido, lo gaseoso y el calor, y con ello el representante del miembro constitutivo de la Mitte, del «diafragma», entre el polo metabólico por encima y el polo cefálico por debajo de la tierra (cf. Figura 5, p. 90).
Los que imprimen estructura en la arcilla son los minerales de arcilla; cristalizan en forma hexagonal, en hojuelas de finura impalpable, con una extensión superficial inferior a 0,002 mm. Se escinden hasta tal delgadez submicroscópica de las caras cristalinas que puede calificarse a estas como la idea materializada del «plano» que —según las fuerzas formativas cristalizantes del cosmos— desarrolla sustancialmente la red cristalina en extensión superficial y se delimita en la forma hexagonal. Los minerales de arcilla deben la elevada dinámica de ligar y disolver sustancias a las capas intermedias expansibles, pero sobre todo precisamente a esta doble cara de sus superficies, que en sucesión se extienden casi hasta lo ilimitado. La extensión superficial de 1 g de Montmorillonita hinchable asciende, por ejemplo, a 800 m².[184] En el rítmico vaivén entre la forma cristalina y la
En la dinámica entre la forma cristalina y la dinámica son los minerales de arcilla los que hacen del Ton el portador de fertilidad en el ámbito de lo físico-mineral.
Los distintos tipos de minerales de arcilla se originan de tres maneras:
- Por meteorización física de las micas. Se forman en este proceso, entre otros, minerales de arcilla primarios y, mediante una mayor disgregación química, transformaciones hacia minerales de arcilla secundarios.
- Por meteorización química de magmatitas ricas en bases y rocas metamórficas surgen series de minerales de arcilla secundarios hasta la desintegración total de las redes cristalinas, con formación de los mencionados hidróxidos amorfos coloidales.
- Neoformación de minerales de arcilla secundarios a partir de la síntesis de la masa coloidal de hidróxidos de silicio y aluminio.
Esta neoformación es un proceso originario de cristalización, un «devenir tierra» desde el estado primordial viviente de lo coloidal-acuoso, una sustancia semiviva.[185] La masa amorfa de los coloides del suelo se configura de nuevo. Las sustancias se ordenan, con incorporación de bases metálicas, hacia la estricta geometría de la red cristalina. Las fuerzas que producen este orden se buscan habitualmente en las propiedades de las sustancias. ¿Cómo es posible, sin embargo, que ciertos cristales, como el cuarzo por ejemplo, presenten un hábito dependiente de la geografía, mientras que otros, como la pirita, puedan adoptar modificaciones completamente distintas de la forma cristalina —con igual composición sustancial— ? Las fuerzas que producen esto provienen de fuera de lo físico-terrestre; son las mencionadas fuerzas formativas extraespaciales y extratemporales procedentes del cosmos extraplanetario, para cuya manifestación los elementos individuales de la sustancia, conforme a sus propiedades materialmente ligadas, tienen en el espacio y en el tiempo una relación específica en cada caso.
Sobre el hecho del origen cósmico de las fuerzas formativas y cristalogenéticas hace Rudolf Steiner la advertencia en las indicaciones citadas más arriba. Describe su acción como un acontecer invernal, como uno que pone a la tierra, hasta sus profundidades, en un estado cristalino más puro. Es próximo ver una conexión de este obrar de las fuerzas formativas con la transformación de los minerales de arcilla primarios en secundarios, y en especial su neoformación a partir de estados informes de los coloides del suelo. En la misma dirección apunta la indicación de Willi Laatsch (1905–1997),[186] según la cual las redes cristalinas de los minerales de arcilla en el suelo, a bajas temperaturas,
se forman (invierno) y presentan, en comparación con las rocas cristalinas primigenias, un menor grado de orden de las redes cristalinas.
Así puede decirse en síntesis: también desde el punto de vista de la dinámica de los procesos de meteorización en la naturaleza inorgánica, hasta los estados coloidales amorfos, así como de la dinámica del surgimiento de nuevos minerales de arcilla silicatados, el invierno señala el comienzo del desarrollo del suelo en el curso del año.
En invierno, los suelos se renuevan en su constitución física mediante un auto-laboreo por las fuerzas invernales.
Portación y conservación de las fuerzas formativas cósmicas en el curso del año
Las fuerzas formativas que irradian en invierno actúan a través de lo sustancial de la tierra, y tanto más intensamente cuanto más riguroso es el invierno. Ante estas fuerzas formativas cristalogenéticas, creadoras de pureza estructural, la naturaleza físico-mineral —representada por la sílice (cuarzo, silicatos), la cal (rocas básicas) y la arcilla— guarda en cada caso una relación distinta. El cuarzo-sílice es, en las zonas templadas y polares, prácticamente resistente a la meteorización. Rechaza la fuerza disolvente de la forma que ejerce el agua; la cal, en cambio, la atrae. El cristal de roca (sílice) es por naturaleza «cristalino puro»; la cal desarrolla una dinámica propia de destrucción y construcción; aparece en formas múltiples, en el arco que va desde la calcita que cristaliza en pureza rómbica hasta la calcita sinterizada hidratada. La sílice y la cal forman polos opuestos en el suelo y en el mundo de las rocas. La cal tiene una elevada afinidad con el agua. Así como es «ávidamente» receptiva a las fuerzas formativas del cielo estrellado, lo es también para las fuerzas formadoras del entorno planetario próximo al sol —las que irradian de Mercurio, Venus y, sobre todo, de la Luna—, fuerzas que actúan a través del elemento del agua. Esto último ocurre en primavera, en conexión con la vida que se despliega. En invierno, en cambio, absorbe ávidamente las fuerzas de las estrellas fijas, mientras que la sílice, cristalino pura y reposada en sí misma, las refleja hacia afuera. «La cal lo reclama todo; lo silíceo no reclama en rigor nada ya […] Lo silíceo es el sentido exterior universal en lo terrestre; lo calcáreo es el deseo exterior universal en lo terrestre; y la arcilla media entre ambos.»[187] La arcilla se halla ante lo
La arcilla se aproxima más a lo silíceo que a la cal. Esto se muestra en la estructura en capas silicominerales cristalinas de los minerales de arcilla. Sin embargo, tiene la capacidad de reunir, en una síntesis superior por así decir, el polo silíceo y el polo cálcico. Su dinámica es doble: por un lado, la superficie de las partículas de arcilla está rodeada de una envoltura de hidratación; por otro, puede absorber agua entre sus capas cristalinas. Las sustancias disueltas en el agua —sobre todo las básicas— son a su vez adsorbidas por las superficies cristalinas límite, o pueden desligarse de esa vinculación en intercambio con otras. Cuando en ciencias del suelo se habla de adsorción o de capacidad de intercambio de los suelos, estos parámetros se refieren, junto al humus, ante todo a los minerales de arcilla. A la luz de lo dicho arriba, resulta próximo pensar que tanto el grado de ordenación cristalina de los minerales de arcilla como el de las sustancias ligadas a las superficies límite e intermedias son influenciados por las fuerzas estelares invernales.
Por otra parte, la arcilla preserva las fuerzas formativas que la sílice refleja hacia afuera y que la cal quiere reclamar para sí, y las transmite a lo largo del período de crecimiento a las raíces de las plantas. La arcilla es, a través de las raíces y del brote que asciende en aire y calor, «el promotor de la corriente cósmica ascendente».[188]
Esta indicación apunta al flujo de sales y agua —Goethe lo llamó la savia terrestre— que en el eje del brote asciende por el xilema, dentro del cámbium periférico, dirigido hacia el follaje. Es este flujo portador de fuerzas formativas el que ayuda a la planta a la configuración física de sus sustancias —las proteínas, los carbohidratos estructurales, etc.— y así en conjunto a la forma sensible de su tipo.
El físico y el químico delimitan las sustancias unas de otras según sus propiedades. Estas propiedades se reconducen a un potencial de fuerzas —electricidad, magnetismo, fuerza nuclear— que sin embargo solo caracteriza el lado físico, ligado a la Tierra, de las sustancias. Rudolf Steiner tiene plena conciencia de este lado en su investigación espiritual, pero a ello añade el otro lado: el lado cósmico de las sustancias, a través del cual se revela por primera vez su ser activo en lo físico. La constitución físico-dinámica de un elemento sustancial —o de una composición de tales, como lo es el mineral de arcilla— se muestra como punto de referencia, mediador y portador de las fuerzas que irradian específicamente desde el cosmos, como por ejemplo las fuerzas formativas de la esfera de las estrellas fijas o las fuerzas formativas etéricas dadoras de vida.
del Sol y de los planetas. La «vida cósmica» y el «quimismo cósmico»[189] se sirven, por así decir, de las sustancias y fuerzas terrestres tal como se encuentran en el suelo —en el sílice, la cal y la arcilla— para plasmar en las formas de las plantas su imagen primordial, su tipo.
Considerada desde el aspecto anterior, la naturaleza cristalina de los minerales de arcilla, junto con las sustancias que las fuerzas subterrestres-infrarreferentes les ligan, queda expuesta durante el invierno a las irradiaciones de fuerzas de naturaleza suprafísico-cósmica, que actúan en lo orgánico como portadoras y conformadoras de vida. Así se pueden entender las indicaciones de Rudolf Steiner sobre la arcilla en el sentido de que esta conserva dichas fuerzas formativas y las transmite a las raíces en la siguiente fase de crecimiento. Ellas ascienden en corriente, forman la forma vegetal como imagen de su tipo y componen las sustancias en los frutos en portadoras de la capacidad nutritiva.
El proceso primaveral y el laboreo del suelo
En la antesala de la primavera
Mucho antes de que el crecimiento aéreo despierte de su reposo invernal, ya a los pocos días de un sol vigorizante del preludio primaveral —a veces ya en febrero— se despierta una vida del suelo sorprendentemente viva. La superficie del suelo se ha aclarado levemente por la evaporación del agua, el aire y el calor penetran en los poros de la capa más superficial del suelo, y los cuatro elementos comienzan a compenetrarse de nuevo. Es el tiempo en que el agricultor toma las riendas sobre el desarrollo del suelo en el curso del año, y en que le asalta la impaciencia de labrar el campo demasiado pronto con los pesados tractores. Para preservarse de ello y hacerse una imagen clara del estado del suelo, baja del alto tractor, se arrodilla en el campo, aparta con mano y brazo la capa más superficial del suelo, y comprueba con asombro cuántas malas hierbas ya han germinado y se han desarrollado hasta el estadio de hilo, cómo ya pululan escarabajos, cuántos vermes anillados, larvas, etc., andan ya en busca de alimento, pero sobre todo cómo la actividad de los microbios comienza a estabilizar en una estructura granular la sazón del suelo dejada por el invierno. Se cumple el proceso de la «consolidación viva».[190]
Las bacterias, unidas entre sí en colonias por las sustancias mucilaginosas de sus envolturas celulares, forman puentes entre las partículas del suelo. Se originan cavidades de mayor y menor tamaño, el volumen de poros aumenta, el intercambio de aire y calor en el ritmo del día y la noche se intensifica y el suelo se vuelve capaz de absorber lluvias torrenciales repentinas. Pero al mirar más de cerca, los valles de los surcos en la tierra rugosa aún aparecen oscuros, saturados de agua; o bien, cuando el subsuelo ha sido nivelado en otoño por el rastro del arado, resulta ser demasiado sensible a la presión. Un laboreo del suelo inoportuno, por regla general demasiado temprano, deja daños irreversibles por compresión en las huellas del tractor: el desarrollo del suelo queda estancado por el resto del año. Distinto es el caso con el trabajo a caballo. Las huellas puntuales de los cascos del caballo son revertidas pronto por la acción microbiana.
La máxima en el preludio primaveral reza: «Salir al campo tan pronto como sea posible.» Esto hace comprensible la impaciencia antes mencionada. Se trata de nivelar el campo, de favorecer el desmenuzamiento mediante el calentamiento y la aireación del suelo y de crear un primer lecho de germinación para las malas hierbas. A este fin sirve el primer pase de laboreo del año: el arrastre. En la agricultura quimiotécnica ha quedado superfluo por el empleo de herbicidas. Por razones de coste y debido al elevado peso de los tractores, los pases de preparación del lecho de siembra se combinan directamente con la siembra. En la agricultura biodinámica, en la medida en que lo permita el tiempo y siempre que sea posible, el arrastre y uno o dos pases de rastra deberían preceder a la siembra, para arrancar de raíz las malas hierbas que se encuentran en el tierno estadio de plántula y dejarlas secar. Al mismo tiempo se estimulan la formación de agregados y las transformaciones de sustancias, se interrumpe el ascenso capilar del agua y con ello se retiene en el suelo la humedad invernal.
Junto a la preparación del lecho de siembra para los cereales de verano, también el cultivo de invierno requiere el cuidado del suelo; ya sea mediante la rotura de la costra superficial con la rastra ligera o el rastrillo deshierbador, ya sea mediante el rodillado de las plantas para que el sistema radicular recupere el contacto con el suelo tras las heladas alternas.
En la primavera
Los procesos primaverales que ahora se presentan serán ilustrados con el ejemplo del cereal de verano. Tras los trabajos preparatorios del preludio primaveral, se realiza la siembra. La semilla se deposita a pocos centímetros de profundidad en la oscuridad de la tierra, sobre el lecho ligeramente compactado por la reja del sembrador. Esto facilita
la hinchazón de la semilla por ascenso capilar del agua; lateralmente y desde arriba, la siembra queda rodeada de aire y calor en la fina cobertura terrosa y desmenuzada. La germinación de la semilla es un proceso que no presupone la presencia del elemento de lo Térreo-Sólido —la tierra—, sino tan solo los elementos de calor, aire y agua. Esto ya da fe del hecho de que el crecimiento de la plántula remite a un estado evolutivo en que la tierra no era aún tierra, y la planta era aún un ser nacido del agua. Ese estado se repite al comienzo de su devenir como planta terrestre. Este principio de repetición de estados anteriores lo formuló Ernst Haeckel (1834–1919) en 1866, como resultado de sus estudios sobre el desarrollo embrionario en plantas, animales y el ser humano, como la «Ley Biogenética Fundamental», que afirma: «La ontogenia es una repetición de la filogenia»[191], o bien: «El desarrollo individual es la repetición del desarrollo filogenético.» Rudolf Steiner no restringe este conocimiento tan solo al devenir de la Tierra y sus reinos de la naturaleza, sino que lo amplía a tres estados planetarios que precedieron al devenir terrestre. Se describen como el «Antiguo Saturno» (con el que surgió el elemento del calor puro), la «Antigua Sol» (con la condensación de una parte del calor al elemento del aire) y la «Antigua Luna» (con la condensación de una parte del aire al elemento del agua). Solo en un cuarto estado planetario surgió el elemento de lo Térreo-Sólido.[192] En el tercer nivel evolutivo, la «Antigua Luna», lo vegetal vivía —formándose desde el agua— como una masa viva apenas diferenciada. Al comienzo del devenir terrestre se repite en un nivel superior, en su conjunto, el estado de la Antigua Luna, al igual que los dos niveles evolutivos precedentes. Al ir diferenciándose el mundo vegetal como «nacido de la Tierra», al ir incorporando el elemento de lo Térreo en raíz, hoja, tallo y flor, está al comienzo del «desarrollo individual» de la planta el tierno germen acuático, en repetición de los tiempos de la Antigua Luna.
Los cereales pertenecen a las gramíneas y, como tales, a las monocotiledóneas. Las semillas se articulan en el germen (embrión) y el cuerpo harinoso (endospermo). Ambos están separados entre sí por el único cotiledón: el escudete. Al germinar, el cotiledón no sale a la luz —como sí es la regla en las dicotiledóneas—, ni se vuelve verde como estas, sino que permanece adherido en el suelo de la cubierta seminal. Lo que aparece es ya la primera hoja que apunta. La plántula es la concreción de lo que en
ya está visiblemente dispuesto en órganos en el embrión.[193] En el embrión se revela «lo Cósmico [arquetipo espiritual; complemento del autor], que vive como forma de la planta en la semilla».[194] El tejido nutritivo del cuerpo harinoso, que en gran medida llena el volumen de la semilla, proviene de la planta madre y está constituido en tipo y cantidad de tal modo que la planta, en repetición del estado lunar vivo-acuático, solo puede desarrollarse hasta la plántula, no más allá hacia la planta cerealera terrestre altamente diferenciada. Para ello se requieren dos cosas: el enverdecimiento del tallo ascendente y las hojas bajo la luz del sol que irradia en el presente, y el entrelazamiento de la raíz con la tierra. Como en general en las plantas superiores, también en los cereales muestra el embrión en sección longitudinal una forma triarticulada ya prefigurada en su disposición: el polo de la raíz, el polo del brote con el punto de vegetación y, formando la mite, el nudo germinal, que encierra en sí la fuerza de la verticalidad.
Con el hinchado de la semilla, y con el calentamiento correspondiente del suelo, se inician en el tejido nutritivo procesos de descomposición. Lo primero que comienza es el crecimiento de las raíces germinales —tres en el trigo, cuatro en la avena—. En el estadio de plántula estas raíces aún no están recubiertas de pelos radicales; son prolongaciones de células de la piel de la raíz. Por eso las malas hierbas son más fáciles de arrancar con rastra y rastrillo deshierbador cuando todavía no se las ve. Solo con el enverdecimiento de las primeras hojas y con ello la estimulación del propio metabolismo establecen las raíces germinales a través de los pelos radicales una relación estrecha con el suelo. Se forman las vías conductoras del *Phloem* (asimilados) y del *Xylem* (agua, sales). Los pelos radicales, que ahora —apretadamente, hasta 100 por mm de longitud de raíz[195]— han crecido unidos a las partículas de arcilla y humus, cubren en el estadio juvenil, con cierta distancia desde la punta de la raíz, inicialmente toda la longitud de las raíces germinales. Si se extrae con cuidado del suelo una planta de avena, o en otoño una de centeno, en el estadio de una hoja, quedan adheridos a la raíz terrones de tierra como pequeñas salchichas. Solo con sus raíces que se adentran verticalmente en las profundidades y se ramifican, y con el brote que asciende verticalmente hacia el sol, abandona la planta su estadio germinal lunar-acuático y se convierte en imagen de la relación entre la tierra y el cosmos que actúa en el presente.
El embrión crece a partir de sustancias terrestres y de fuerzas del cosmos que la planta madre depositó en el cuerpo feculento de la semilla. Esta fuente se agota con la conclusión de la plántula. ¿Qué fuente debe abrirse ahora de nuevo? ¿Qué tejido nutritivo ocupa el lugar del consumido? Tiene que ser, de modo similar a este, un producto de procesos vitales pasados. Es el humus, que surge de la transformación de todo cuanto las plantas han dejado como residuos, excepto lo que ha entrado en la formación de la semilla. ¿Cómo puede, sin embargo, la plántula ya desarrollada abrirse esta nueva fuente nutritiva —sea humus nutritivo o humus estable maduro? Aquí entra en consideración, ante todo, la formación de las raíces adventicias o coronales. Estas crecen en primavera a partir de los uno o dos nudos inferiores y se multiplican con el ahijamiento progresivo. Frente a las raíces germinales primarias, las raíces adventicias son formaciones secundarias. Crecen cerca de la superficie y forman una corona radicular que recorre la capa arable en ramificaciones finísimas. La apertura real del humus ocurre, sin embargo, a través de los pelos radicales mencionados, cuya presencia sobre raíces germinales y adventicias amplifica la superficie radicular en muchas veces. A través de los pelos radicales, la planta en crecimiento establece una conexión directa con el suelo circundante.
Los pelos radicales excretan una parte de los asimilados formados en las hojas —azúcares, mucílagos proteínicos, fermentos, ácidos orgánicos—, conducidos hacia las raíces hacia abajo por la corriente periférica del *Phloem*. En la corriente inversa absorben sales minerales y agua, que con su carga de sustancias es conducida contra la gravedad, a través del tejido conductor del *Xylem*, hasta los órganos asimiladores del brote aéreo de la planta.
Con sus excreciones radiculares la planta parece ser un cubo sin fondo: ¿una pérdida inútil? Lo contrario es el caso. En primavera amplía su «organización vital» hacia el espacio del suelo que ha penetrado con sus raíces y asume la dirección del ejército innumerable de los microbios. Las excreciones radiculares refutan la concepción unilateral de que el suelo nutre a las plantas y estas serían solo las receptoras pasivas. En primavera, por el contrario, las plantas nutren en medida considerable, por propia iniciativa, al suelo y desencadenan en él procesos mediante los cuales reclaman para sí la fertilidad del suelo. Es un acontecer tan sutil como inabarcablemente complejo, dominado por el cuerpo vital de las plantas, según las necesidades de sus estados de crecimiento progresivos.
Las excreciones radiculares nutren, activan y dirigen la actividad de los microbios, construyen en la zona radicular, según la especie de la planta huésped, una
Las excreciones radiculares nutren, activan y dirigen la actividad de los microbios, construyen en la zona radicular, según la especie de la planta huésped, una

cantidad de comunidades de vida específicas (simbiosis) con bacterias y hongos, y elevan mediante sustancias activas la tasa de multiplicación de las bacterias en el espacio de suelo próximo a las raíces, la rizosfera, hasta cincuenta o cien veces.[196] Además, las excrecciones ácidas (ácido carbónico, ácido málico) contribuyen a la apertura de los minerales.
Dirigido por la organización vital de la planta, que se extiende hacia la rizosfera, se pone en marcha el proceso primaveral propiamente dicho: la descomposición microbiana del humus hasta su mineralización completa (figura 12).
La vida conservada en la composición sustancial del humus maduro se transforma ahora en la vida de los organismos heterotróficos en la oscuridad de la tierra — la innumerable multitud de bacterias, protozoos y hongos que, comparable a la digestión intestinal, a su vez mueren y se descomponen en sus componentes sustanciales, los cuales pasan entonces a solución en forma de sales en el agua del suelo. Es el crecimiento vegetativo del cultivo de plantas en primavera el que dirige el proceso de «digestión de la fertilidad del suelo» y con él también la justa medida de las sales minerales liberadas, sobre todo el nitrógeno. Estas son adsorbidas por los pelos radicales en simultaneidad con la excreción de asimilados, en sentido contrario a esta.
Si en invierno predominaba un acontecer puramente físico — la separación de los elementos, un extinguirse de la vida orgánica exterior, acompañado de procesos de condensación y cristalización —, en primavera es un acontecer de máximo despliegue vital exterior, bajo y sobre el suelo. Este devenir orientado hacia el futuro, sin embargo, consume fertilidad del suelo. Este consumo proviene de la descomposición del portador de la vida pasada: el humus. Así como el endosperma pertenece a la semilla y al germinar se extingue en la formación de la plántula, así el tejido nutritivo del humus es el suelo germinativo desde el cual, bajo las fuerzas que irradian del cosmos, la vida presente de la planta puede configurarse terrestremente hasta la formación del fruto.
Así, las siembras en crecimiento en primavera pueden operar tanto más activamente esta transformación de la vida extinguida en una nueva vida, cuanto más fértil sea el suelo y cuanto más se alternen entre sí sol y lluvia, así como la aireación y el calentamiento del suelo.
con cereal de verano bestandener Acker auf dem rechtzeitig gestriegelten Teil ein zügigeres Wachstum aufweist als auf dem unbearbeitet gebliebenen —, por otro lado el rastrillado ayuda a que el dióxido de carbono, que es más pesado que el aire, pueda escapar por los poros abiertos, especialmente cuando el viento barre el campo y lo extrae del suelo por efecto de succión. Se acumula en la capa de aire cercana al suelo, allí precisamente donde las hojas lo absorben y lo convierten en el constructor del armazón de la forma vegetal.
En los cereales, el encañado pone fin al laboreo de la piel del suelo. En los cultivos de escarda y en los cultivos hortícolas de campo, este laboreo se prolonga hasta bien entrado el inicio del verano. Necesitan, como la patata por ejemplo, un continuo trabajo de rastrillado, aporcado y escarda, hasta que las hileras se cierran. Una intervención profunda en el suelo en primavera — con fresadora, cultivador o incluso con el arado — debe ser reflexionada con exactitud y sopesada frente a sus consecuencias. Significa por lo general, en primer lugar, una pérdida turbulenta de fertilidad del suelo que las plantas recién sembradas no pueden controlar ni aprovechar. La necesidad de una labor así de profunda existe en la agricultura de campo tras un cultivo intermedio de invierno, tras daños por helada tardía y tras la lucha forzada contra el agropiro. La consecuencia de esta intervención más profunda fuera de tiempo significa pérdida de humus y pérdida de la humedad invernal, que con frecuencia trae consigo la necesidad del riego por aspersión. En la horticultura rige a este respecto una situación especial. A causa del cambio de cultivos sucesivos, el suelo debe ser trabajado más profundamente para la nueva siembra independientemente de la estación del año, y, debido al rápido desarrollo de los cultivos que fructifican en lo vegetativo, ha de mantenerse durante el año en un estado más primaveral. Un mayor recambio de humus es por ello inevitablemente la consecuencia.
En la floración del cereal, hacia mediados de junio, la formación de raíces alcanza su punto culminante y con ella la sazón del suelo. Hasta entonces el suelo cede aún elásticamente bajo los pies. Tras la floración mueren las primeras raíces, y así también, de abajo hacia arriba, las primeras hojas. Los rayos del sol penetran hacia abajo hasta el suelo, y cuanto más se avanza hacia la madurez, tanto más se vuelve el suelo duro y seco. Es el tiempo en el que los cultivos de escarda
cierran las hileras; bajo la sombra del dosel de hojas se mantiene la humedad del suelo y con ella, durante ese tiempo, la vitalidad de la sazón.
Aunque el volumen de precipitaciones en verano alcanza por lo general un máximo anual a consecuencia de las lluvias torrenciales de las tormentas, éstas se evaporan la mayor parte de las veces con igual rapidez o se pierden, según el estado estructural de los suelos, por escorrentía superficial. Esto ocurre por lo general bajo los maizales, incluso en laderas de pendiente suave. Si en invierno teníamos saturación de agua y frescura en los suelos, en verano los poros están llenos de aire y calor. Con la sequedad que va instalándose, la actividad descomponedora de los microbios en el suelo se reduce. En cambio, es ahora el mundo de los animales del suelo el que domina la escena. Si en invierno predominaba procesualmente lo físico, en primavera lo etéricamente vivo, en verano es lo anímico-astral. A través de la actividad de los animales del suelo que viven en el aire y el calor, tienen lugar procesos de interiorización, de astralización. Si en la primavera que avanzaba los animales del suelo habían participado esencialmente en la construcción de una sazón de poro grueso y de su sistema de galerías mediante su actividad excavadora y de roturación y los residuos de sus deyecciones, su función se va modificando gradualmente desde el verano hacia el otoño. Encuentran ahora alimento abundante en la sustancia orgánica en descomposición, principalmente en el horizonte superior enraizado, y se encargan de que este «humus nutritivo» sea transformado, en el tránsito a través del tracto digestivo, en formas de humus duraderas. Lo que en primavera se había descompuesto de humus en beneficio del crecimiento vegetativo de las plantas se restituye mediante la actividad constructora de humus de los animales del suelo, principalmente a partir del verano avanzado (Figura 13, p. 222). Este proceso de formación de humus transcurre temporalmente de manera polar al de la cristalización durante el invierno y se cumple en la oscuridad de la tierra. En consecuencia, todos los residuos vegetales del curso ascendente del año deben ser incorporados al suelo en el descendente. Esto ocurre mediante un paso de laboreo que mezcla dentro de la capa de sazón los residuos orgánicos sobre el suelo, como rastrojos, restos de paja y trilla, malas hierbas. Este «laboreo de mulch» penetra más profundamente que el laboreo de la piel del suelo en primavera, pero idealmente no más profundo de lo que alcanza la capa de sazón preformada desde la primavera (aprox. 8–10 cm). Cuando ésta ha madurado plenamente, deja tras el laboreo una capa de desmenuzamiento fino que interrumpe el ascenso capilar del agua, protegiendo así frente a una evaporación ulterior, absorbe las lluvias torrenciales y crea un lecho germinal para los cereales desgranados y las semillas de malas hierbas (Figura 13, p. 222).
Wenn auch die Niederschlagsmenge im Sommer in der Regel infolge der Starkregen der Gewitter ein Jahresmaximum erreicht, so verdunsten diese meist ebenso rasch bzw. gehen je nach Strukturzustand der Böden durch Oberflächenabfluss verloren. Letzteres ist in der Regel unter Maisbeständen der Fall, schon bei flach geneigter Hanglage. Hatten wir im Winter Wassersättigung und Kühle in den Böden, so sind im Sommer die Poren luft- und wärmeerfüllt. Mit der einsetzenden Trockenheit reduziert sich die abbauende Tätigkeit der Mikroben im Boden. Stattdessen beherrscht jetzt die Bodentierwelt die Szene. War es im Winter das prozessuale Vorherrschen des Physischen, im Frühjahr das des Ätherisch-Belebten, so ist es im Sommer das des Seelisch-Astralen. Durch die Tätigkeit der in Luft und Wärme lebenden Bodentiere finden Prozesse der Verinnerlichung, der Astralisierung statt. Waren im fortschreitenden Frühjahr die Bodentiere durch ihre wühlende und grabende Tätigkeit und die Hinterlassenschaft ihrer Losungen wesentlich am Aufbau einer grobporigen Bodengare beteiligt und ihres Röhrensystems, so verändert sich gradweise ihre Funktion vom Sommer zum Herbst hin. Sie finden jetzt reichlich Nahrung an absterbender organischer Substanz vor allem im durchwurzelten Oberboden und sorgen dafür, dass dieser «Nährhumus» im Durchgang durch den Verdauungstrakt in dauerhafte Humusformen übergeführt wird. Was im Frühjahr zugunsten des vegetativen Wachstums der Pflanzen an Humus abgebaut worden ist, das restituiert sich durch die humusaufbauende Tätigkeit der Bodentierwelt vorzüglich ab dem Hochsommer (Abbildung 13, S. 222). Dieser Prozess des Humusaufbaus verläuft zeitlich polar zu dem der Kristallisation während des Winters und vollzieht sich im Dunkeln der Erde. Infolgedessen müssen alle pflanzlichen Rückstände des aufsteigenden Jahreslaufes im absteigenden in den Boden eingearbeitet werden. Das geschieht durch einen Bearbeitungsgang, der die organischen Rückstände über dem Boden, wie Stoppeln, Stroh- und Druschreste, Unkräuter, in die Bodengareschicht einmischt. Diese «Mulchbearbeitung» greift tiefer als die Hautbearbeitung im Frühjahr, aber idealiter nicht tiefer, als die vom Frühjahr her vorgebildete Gareschicht reicht (ca. 8–10 cm). Ist diese voll ausgereift, hinterlässt sie nach der Bearbeitung eine feinkrümelnde Schicht, die den kapillaren Wasseraufstieg unterbricht, so vor weiterer Verdunstung schützt, Starkregen aufnimmt und ein Keimbett für Ausfallgetreide und Unkrautsamen schafft (Abbildung 13, S. 222).

El laboreo de mulch apoya el proceso estival de formación de humus al posibilitar, pese a la intensa irradiación solar, el calor y la sequía predominante, condiciones de vida apropiadas para los animales del suelo. Esto se ilustrará a partir del ejemplo de la rotura del rastrojo tras la cosecha de cereales y de la actividad de las lombrices. Tras la retirada de la paja, el rastrojo debe ser roto (quebrado) de inmediato. En los tiempos anteriores a la aparición de la cosechadora-trilladora (1950/60), el cereal se cosechaba en la madurez amarilla en gavillas, se disponía en hilerones para su maduración y secado posterior, se almacenaba en el granero y, por regla general, se trillaba en invierno. La ventaja de este procedimiento de cosecha consistía en lo siguiente:
- Una rotura del rastrojo anticipada en unos 14 días respecto a la madurez total necesaria para la cosecha-trilladora.
- Conserva la sazón del suelo.
- Protección frente al desecado y, en el caso ideal, una siembra adelantada del cultivo intermedio.
- Recogida separada de la paja menuda. Con adición de hierbas, constituye un dietético apropiado para el ganado lechero en la alimentación invernal.
- Las semillas de malas hierbas no caídas salen del campo con la paja y pueden emplearse en la «incineración de semillas», un procedimiento
que Rudolf Steiner[197] recomienda para impedir la proliferación de malas hierbas.
- La pérdida en la cosecha era algo mayor, pero beneficiaba a la fauna silvestre, ante todo al mundo de las aves.
El elevado arte del laboreo estival del rastrojo con tiro de caballos consistía en que el arado descortezador seguía directamente al corte con la segadora-atadora, de modo que las gavillas ya caían sobre el rastrojo roto. La cosechadora-trilladora, como el procedimiento de cosecha tecnológicamente más elegante y eficiente, se impuso pronto. Esta victoria fue a costa de un laboreo del suelo anticipado y respetuoso de la sazón, y transformó fundamentalmente la marcha de la explotación.
El laboreo de mulch destruye ciertamente la sazón de verano desarrollada; pero mezcla al mismo tiempo los restos del rastrojo y las malas hierbas con la masa de raíces del suelo que se desmenuza suelto. En ello encuentra el mundo de los animales del suelo, ante todo las lombrices, las condiciones ideales que necesita para el despliegue de su actividad. Son:
- una oferta alimentaria finamente distribuida de restos de plantas muertas,
- una capa suelta de desmenuzamiento fino, a través de la cual las lombrices pueden abrirse paso en todas las direcciones por la tierra,
- una intensa aireación del suelo y con ello abastecimiento de oxígeno,
- oscuridad para los animales del suelo fotoevitadores,
- una humedad suficiente: el agua que asciende capilarmente desde el subsuelo no laborado se evapora en el límite inferior con la capa de mulch y se deposita allí, al enfriarse la noche, como rocío.
Cuando estas condiciones están garantizadas, las lombrices (*Lumbricidae*) son atraídas desde las zonas más profundas del suelo a través de sus galerías hasta la capa de mulch, donde mediante su bienhechora actividad digestiva transforman el humus nutritivo en humus estable. Si en primavera era una especie de eversión, una exteriorización de la vida de la raíz y de su crecimiento conjunto con la tierra, formando simbiosis exógenas, en el cuerpo de la lombriz, entre otros, se trata de una invaginación de la vida, un proceso de interiorización. En el primer caso el humus se descompone, es decir, la vida conservada en él se transforma en actividad simbiótico-bacteriana en beneficio del crecimiento vegetativo. En el caso de la invaginación, la vida presente es, bajo la dirección de la
Organización Anímica o Astral en la vida conservadora de los complejos arcillo-húmicos que se forman de nuevo, un proceso que tiene su centro de gravedad en el verano-otoño. Esta neoformación de sustancias en la economía de la naturaleza suscita las siguientes preguntas: ¿Acaso las lombrices de tierra son capaces de elaborar en su tracto digestivo, de manera todavía más terrena, aquellas fuerzas formativas que irradian desde el «cosmos más lejano» a través de la sílice, la cal y la arcilla, más de lo que pueden hacerlo las plantas al formarse en su propia figura? ¿Son estas fuerzas formativas las que unifican los elementos terrestres mutuamente polares, la arcilla cristalina y los residuos de lo General-Vegetal, en una unidad superior, el complejo arcillo-húmico? ¿Y es esta unificación de sustancias minerales y vegetales a través de la actividad animada de las lombrices la que crea aquello que comúnmente se denomina tierra madre? Esta capacidad particular de la lombriz de tierra vale ciertamente, en grados distintos, también para otras especies de gusanos y para animales que viven en el suelo en estado larvario (Figura 13, p. 222).
Formación del fruto y maduración
Desde comienzos del verano, el acontecer del crecimiento vegetativo se desplaza hacia el engrosamiento, el llenado de sustancia y la conformación de los frutos. Al principio estos son todavía verdes y asimilan a la luz del sol. El fruto aumenta en volumen. Los asimilados, que hasta la floración servían en parte al crecimiento vegetativo y en parte, a través de la raíz, a la nutrición de la vida del suelo, se acumulan en el fruto que se llena a rebosar. El proceso de maduración se realiza tanto como un proceso de acción interior como de acción exterior.
La acción exterior se revela en el cambio del verde a una magnificencia de colores semejante a la de la flor, además en los perfumes que se esparcen y en el recubrimiento nacarado parecido al rocío, como si hubiera sido soplado desde fuera. Estas son formas de manifestación del efecto de la irradiación solar actual y de las radiaciones de los planetas que están más allá del Sol, entretejidas en ella. Así, Marte provoca la coloración roja, Júpiter la blanca y amarilla, y Saturno la azul.[198] En todos los órganos de la planta en que la corriente de jugos se acumule para la fructificación nutricia — es decir, donde el crecimiento vegetativo se detiene o llega enteramente a su fin —, actúa de arriba abajo el impulso floreal, la acción directa del sol, apoyada por los planetas más lejanos al sol. La coloración exterior del fruto se continúa, en el avance de la maduración, en otras tonalidades por lo general menos intensas
en tonalidades que penetran hacia el interior. Lo que así envuelve a la planta como ser puramente viviente solo desde fuera — como un obrar de fuerzas superiores de lo anímico-astral que la roza con delicadeza —, en el fruto que madura penetra más profundamente en él. El efecto sanador de las plantas medicinales se basa precisamente en este proceso, y en ciertas plantas silvestres de índole particular, como la belladona, *Atropa belladonna*, puede llegar hasta la formación de venenos mortales. En el caso de las plantas alimenticias, los seres humanos lograron en la época temprana del cultivo vegetal, antes del tercer milenio precristiano, ennoblecer hacia la capacidad nutritiva este proceso de astralización que penetra más hondo en la vida de la planta.
En la formación de humus a partir de la multiplicidad de residuos orgánicos coloreados y conformados se realiza igualmente una maduración hacia una especie de fruto orgánico-mineral, el complejo arcillo-húmico mencionado. Este «fruto» es negro de parte a parte — imagen de lo que en tiempos de la cultura persa primigenia se contraponía como «oscuridad» (el polo terrestre) a la «luz» (el polo cósmico). En el humus está lo Allgemein-Pflanzliche, lo que se ha vuelto completamente «tierra»: el humus «es el producto final de lo terrestre con lo terrestre».[199] «La roca cósmica, lo silíceo, recibe la luz en la tierra y la lleva a su acción en lo terrestre»; el humus, no. Es un «obrar sin luz» lo que él «engendra».[200] Esta indicación apunta, entre otras cosas, a la descomposición y recomposición del humus que tiene lugar en la oscuridad del suelo a través de la vida heterótrofa bacteriano-vegetal.
La planta crece con raíz, tallo, hoja y flor hasta la maduración del fruto y la semilla sobre todo a partir de la «convivencia inmediata» con los elementos clásicos «tierra y agua».[201] Estos le transmiten una especie de acción interior que se manifiesta en la «savia terrestre» (*Xylem*) que asciende en la eje Tierra–Sol. En ella fluyen hacia arriba, captados por la organización etérica de la planta, las sustancias disueltas de la tierra y las «fuerzas formativas» de la esfera de las estrellas fijas, y se unen con las fuerzas de calor y luz del Sol y los planetas, formando las composiciones de sustancias propias de cada especie vegetal (proteínas, carbohidratos, grasas, aceites, aromas, vitaminas, etc.). Es un acontecer vivo orientado hacia una totalidad, gobernado por numerosas enzimas. Estas configuraciones de fuerzas conducen, en el camino hacia la plena madurez, a la formación de composiciones de sustancias siempre nuevas, que se estructuran de estadio en estadio con creciente complejidad. La inmadurez de un fruto se caracteriza por el hecho de que la actividad enzimática todavía no
ha concluido aún y se siguen formando compuestos orgánicos característicos de un determinado estadio de desarrollo en el proceso de maduración. Así, en frutos de mercado que exteriormente aparecen maduros, se encuentran con frecuencia grupos de sustancias que indican una inmadurez fisiológica, como por ejemplo el ácido deshidroascórbico (una etapa fisiológica previa al ácido ascórbico, la vitamina C) o precursores de bajo peso molecular en la formación de proteínas (como nitratos, aminoácidos libres, amidas, etc.).[202][203]
Mirado con más precisión, el fenómeno de la inmadurez fisiológica se presenta en la producción masiva actual de modo prácticamente generalizado para todos los grupos de sustancias. Solo cuando los procesos fisiológicos se aquietan —es decir, cuando cesa la actividad enzimática— se alcanza el estadio de la plena madurez y con él el óptimo nutricional-fisiológico de la formación de calidad. Solo en la plena madurez fisiológica consumimos un fruto alimentario en que la «acción exterior» cósmico-terrestre y la «acción interior» cósmico-terrestre entran en una síntesis perfecta. Esta perfección no se alcanza por regla general. La «acción exterior» simula una plena madurez; la actividad de la «acción interior», en cambio, no encuentra fin. Este metabolismo así perturbado conduce a una capacidad de conservación deficiente[204] y da motivo para temer que en ello haya que ver una causa esencial de las enfermedades crónicas. Las razones del deterioro progresivo del valor nutritivo son:
- Disponibilidad global: cosecha en estado inmaduro, refrigeración en las rutas de transporte mundiales, seguida de una maduración artificial inducida, como por ejemplo en los plátanos.
- Fertilización nitrogenada (cf. cap. Abonado): metabolismo de las plantas perturbado desde la raíz o hipertrófico. Quieren seguir creciendo sin cesar.
- Monocultivo: se posibilita a través de toda clase de ingeniería genética (OGM) —una intervención arbitraria en el genoma, sombra física del arquetipo de las plantas—, así como mediante el empleo a gran escala de pesticidas, herbicidas y otros reguladores del crecimiento hostiles a la vida.
La formación de conceptos en torno a la cuestión de la calidad alimentaria descansa sobre una concepción materialista de la vida. Al lado de la genética, se ha detenido en lo esencial en el análisis cuantitativo de sustancias y ha conducido al concepto de «equivalencia sustancial», que en lo viviente no existe. Un «más o menos» de un grupo de sustancias dice, en el mejor de los casos, apenas
algo, cuando se toma en cuenta el factor tiempo. Para este fin, los estadios de maduración deben ser seguidos analíticamente. Si en el producto plenamente maduro se encuentran grupos de sustancias que son indicadores de estadios de inmadurez, el resultado debe clasificarse como negativo. De esta manera, también el análisis cuantitativo puede contribuir a una declaración sobre la calidad. Esto requiere, sin embargo, un esfuerzo analítico considerable y hace saltar el marco de costos para los análisis de rutina.
Una ampliación esencial de la formación del juicio en relación con la madurez plena y la calidad alimentaria la permiten los «Métodos de configuración de imágenes»[205][206][207] como la cristalización con cloruro de cobre, la imagen de ascenso capilar y el cromatograma de filtro circular. La verdad sobre el valor de un producto alimentario se acerca más al juicio de aquel por cuyo espíritu, corazón y manos surge. Espíritu ha de significar: el esfuerzo constante por el conocimiento de aquello que impera y vive en el cosmos y en la tierra, y que en este gran campo de tensión se forma, en términos de fuerzas y de sustancias, como imagen refleja física del arquetipo espiritual.
Los instrumentos para el laboreo de mulch estival
Si en primavera eran los instrumentos de rotura de costra como la rastra de púas flexibles, la rastra y el cultivador, en la poscosecha estival son aquellos que deben mullir superficialmente el suelo y mezclarlo con los restos vegetales. Según la potencia de la esponjosa capa en sazón, la profundidad de laboreo del suelo es de 8 a 12 cm (Figura 13, p. 222). La variedad de instrumentos da testimonio de que, al parecer, ninguno satisface en toda su extensión todas las exigencias deseadas del mulch. El instrumento clásico del laboreo del rastrojo era y podría seguir siendo por su función el arado descortezador: cortando plenamente la suela, volteando a poca profundidad y con corte estrecho, ha demostrado, en el cizallante desprendimiento y en el depósito desmenuzante y sacudiente de la sazón del suelo, un buen efecto de mezcla. Con las grandes anchuras de trabajo que hoy se exigen a los arados descortezadores y con las huellas de presión de las cosechadoras de grano que llegan habitualmente hasta la suela de la capa en sazón, una labor de descortezado limpia difícilmente
resulta difícilmente ejecutable. En los años 50 y 60 del siglo XX, el arado descortezador fue sustituido brevemente por la fresadora. Iba a ser la gran redentora. Un eje provisto de cuchillas rotativas gira, accionado por la toma de fuerza, golpea el suelo, lo remueve y lo deposita con una mezcla excelente. Las graves consecuencias negativas — formación de suela de deslizamiento, taponamiento de los conductos de los gusanos de tierra, trituración de los gusanos de tierra, pérdida de sazón por encharcamiento en lluvias torrenciales, alto desgaste y consumo energético — motivaron su pronto abandono (salvo en horticultura). Otros aperos accionados por toma de fuerza, por ejemplo con rejas descompactadoras delanteras, tampoco cosecharon sino un éxito limitado. Los procedimientos habituales hoy forman una variada gama de aperos de laboreo de rastrojos que aflojan el suelo, con un efecto de mezcla predominantemente moderado. La que más se acerca al arado descortezador es la rastra de discos, con una profundidad de laboreo de unos 5 cm. Tiene el inconveniente de que corta y distribuye los rizomas de la grama y contribuye así a su proliferación. Este inconveniente lo compensa el cultivador de dientes múltiples y rejas estrechas, al arrancar y elevar los rizomas de modo que puedan rastrillarse con mayor facilidad. Su gran desventaja, sin embargo, es que mezcla insuficientemente y no socava del todo la capa en sazón. A los cardos y a la acedera apenas los perturba. Cultivadores con combinaciones de herramientas adecuadas pueden remediar aquí el problema.
La tesis frecuentemente formulada sobre el laboreo del rastrojo — «mezclar en superficie y aflojar en profundidad» — no puede sostenerse con tal generalidad. El aflojamiento más profundo de todo el paquete de capas interrumpe el ascenso capilar del agua, acelera el desecamiento y con él la actividad de los animales del suelo. El aflojamiento en profundidad puede obrar benéficamente en suelo compactado cuando se trabaja con rejas estrechas y mayor separación entre dientes (unos 50 cm).
En suma: todos los aperos del laboreo del suelo son herramientas como el martillo y el cincel en manos del escultor. No es por ellos mismos por lo que surge la obra de arte, sino por el espíritu humano que los conduce, que siente y que piensa.
(1) Traducción
El proceso otoñal y el laboreo del suelo
Madurar, transformarse, morir
En los días del pleno verano y bien entrado septiembre, el otoño se anuncia ya desde hace tiempo. En las noches que van enfriándose a finales de agosto
la formación de rocío vuelve a aumentar, las nieblas matinales se alzan y llenan los valles. Se anuncia un nuevo acontecer estacional cuyos modos de manifestación se oponen de manera polar a los de la primavera. Mientras que en esta las fuerzas de la tierra fluyen hacia la periferia y llevan consigo, por así decirlo, las plantas que ascienden — de modo que la tierra exhala lo que guardó en sí durante el reposo invernal, y en el verano todo eso se ha vertido en la riqueza de formas y colores, en la formación de los frutos nutritivos —, en el otoño regresa a la tierra en una gran aspiración.[208] El estado de ánimo propiamente otoñal florece con plena vida alrededor de San Miguel a finales de septiembre y se prolonga con frecuencia en días cálidos y dorados hasta bien entrado octubre. Sobre el mullido de una siembra de otoño recién sembrada aparece de pronto el brillo plateado de una red de hilos de araña tejida sobre la anchura del campo; ¡el «veranillo de San Miguel» ha llegado! Es el tiempo en que los últimos frutos abandonan el campo: las remolachas forrajeras y azucareras, el repollo, las zanahorias y demás. Para estas tardías plantas de escarda, los dorados días de octubre bañados de sol suponen todavía un incremento considerable del rendimiento y, sobre todo, el grado más alto de formación de calidad en la plena madurez. Lo mismo vale para las especies frutales de maduración tardía y para la vid. Es además el tiempo en que la naturaleza leñosa de árboles y arbustos — ya sea en plantaciones frutales, setos y arboledas o en los bosques — «florece» una vez más en las hojas con un resplandor del color de la tierra, antes de que tras la primera helada, bajo el sol del día que amanece, aquí uno, allá otro vaya resbalando silenciosamente hacia la tierra, o de que con las tempestades de noviembre que se desencadenan el ramaje quede barrido de una vez.
El otoño es el tiempo de la consumación del madurar y del gran silencioso morir. Lo que poco antes hacía relucir árboles y arbustos en el verde del follaje yace ahora dispersado por el viento sobre la tierra, entregado a la putrefacción.
(1)
o el paso del invierno en estado de crisálida o incluso como imago en los insectos que forman colonias, como el pueblo de las abejas. En el suelo, la vida bacteriana unicelular pasa a formas de resistencia, la vida fúngica genera esporas. Árbol, arbusto, hierba y gramínea forman semillas, los insectos del suelo depositan sus huevos, las lombrices de tierra se retiran a las cavidades de los estratos más profundos del suelo. La riqueza de las manifestaciones del otoño temprano se empobrece visiblemente, y al final lo que imprime su sello al paisaje es el ramaje rígido, como mortecino, de árboles y arbustos. Lo único que en este morir ofrece todavía al mirar sensible alguna esperanza de un continuar obrando de la vida, es el áspero verdor perenne de las coníferas, el aún pleno verdor de prados y pastizales y el tierno verdor de las siembras de otoño.
Lo que en otoño perece son formas que en el transcurso ascendente del año han recibido su impronta específica del año a través del obrar conjunto cósmico-terrestre de las sustancias y las fuerzas. Ya en el marchitarse de la flor, lo etérico — la vida plástica — se desprende de lo que se ha configurado astralmente según la imagen primordial de la planta. En la formación de la semilla y del humus, este nexo surge de nuevo: una siembra de gérmenes en la corriente del tiempo. Pero lo que se desprende de la vinculación a la vida del mundo físico-sensible es suprasensible; se entreteje de tal manera con la luz y el calor que irradian en el otoño, que estos, en comparación con la primavera, aparecen al sentir mucho más plenos, saturados de espiritualidad y vida anímica — sí, más fuertemente separados entre sí en su índole esencial. Este que en el morir se va desprendiendo, separando, puede ser sentido como un despertar de espíritus que atraviesa toda la naturaleza. Si no se cierra uno a este acontecer exterior de muerte, puede uno cobrar conciencia de la fuerza que supera la muerte en la propia entidad del Yo. Libera fuerzas de valentía, un presentir michaélico y un pensar prospectivo que está tan abierto al futuro y al desarrollo como, a la inversa, lo está la planta, que en la corriente reproductiva de semilla en semilla mantiene y preserva su ser.
como cultivo sucesor de otro cereal, de una planta de escarda, de cultivos intermedios y forrajeros, de un laboreo del suelo más profundo, que afloje, voltee y mezcle. En caso de un cultivo intermedio para abono verde, este debe ser segado con tiempo suficiente, dejado marchitar y luego incorporado como mulch, antes de que pueda trazarse el surco de siembra, con apisonadores traseros si es necesario para consolidar la capa sembrada. Esperar demasiado con la esperanza de mayor masa vegetal puede tener consecuencias graves: el fuerte rocío en los días que se acortan, la niebla persistente o el tiempo de llovizna provocan putrefacción en la masa verde no completamente marchita. Esto conduce, sobre todo en suelos pesados, por anaerobiosis, a perturbaciones duraderas del crecimiento. El surco de siembra que alcanza mayor profundidad despeja el camino a las tiernas raíces germinales para que puedan avanzar estrictamente hacia las profundidades. Es asombroso ver con qué rapidez, rectitud y profundidad se fusionan en otoño con la tierra que se desmorona. Así como las plantas en primavera, con los días que se alargan, brotan de la tierra con tallo, hoja y flor y se afanan hacia la luz, así en el otoño tardío, con las primeras heladas nocturnas y las noches que se alargan, pegan sus hojas al suelo en una roseta comprimida y hunden sus raíces verticalmente en las profundidades. La raíz aspira y crece hacia lo exteriormente sin luz, y encuentra en la oscuridad de la tierra, a través de la radiación cósmica que actúa en lo terrestre mediante el sílice, la cal y la arcilla, la imagen primordial de los géneros y familias vegetales, que modela en imagen refleja físico-sensible.
El laboreo del suelo adecuado al proceso otoñal del declive natural no se dirige ya primariamente al fomento y la conservación de los procesos vitales — como el laboreo de la piel del suelo en primavera para activar la descomposición del humus, o el laboreo en mulch en verano para favorecer la formación de humus. La incorporación de un cultivo de abono verde o forrajero aporta ciertamente humus nutritivo al suelo, que sin embargo en su mayor parte solo se transforma en la primavera del ciclo anual siguiente y contribuye entonces a la dinámica del suelo. El laboreo del suelo en otoño, hablando con propiedad, no tiene en cuenta lo pasado, sino que prepara lo futuro: el proceso invernal. No es el polo metabólico, la capa de humus, lo que ahora requiere la atención, sino lo mineral de la tierra: la arcilla, el limo y la arena fina. El otoño, sobre todo el otoño tardío, permite un laboreo en profundidad o laboreo de la arcilla, una labor de otoño/invierno (Figura 13, pág. 222). Provoca una destrucción — o mejor: una caotización — de todo lo que tan maravillosamente se ha ido edificando en el transcurso del año, en riguroso orden, como vida del suelo en proceso de sazón. Esto es lo que ahora hay que caotizar — junto con los componentes minerales del suelo — en preparación para la
procesos de cristalización del invierno inminente y a la siembra de un nuevo desarrollo del suelo en el año siguiente. El viejo refrán lo dice: «Arado antes del invierno, medio abonado.»[209]
El instrumento clásico del laboreo en profundidad es el arado volteador (Figura 13, pág. 222). Ha caído en descrédito en la agricultura ecológica en varios aspectos, con la consecuencia de que en algunos lugares se ha pasado al «laboreo del suelo sin arado». Se le achacan al trabajo con el arado fallos que no tienen su fundamento en él mismo, sino que son consecuencia de construcciones orientadas principalmente a la eficiencia laboral y técnica. Los arados actuales, por regla general arados volteadores pesados de varios cuerpos, están diseñados para profundidades de arado de 25 a 35 cm y más, así como para anchuras de corte de 35 a 45 cm. «Dependiendo de la forma del cuerpo del arado y de la velocidad de trabajo, el suelo es transportado entre 20 y 70 cm hacia adelante y 40 a 70 cm hacia los lados.»[210] Este elevado desplazamiento exige un consumo de energía correspondientemente mayor. Con ello se voltea hacia arriba mucho más suelo mineral no vivo y hacia abajo mucho más capa vegetal vivificada, y necesariamente la furca ha de vaciarse en un ancho mayor a causa de las anchas ruedas del tractor. Se intenta hacer frente a este problema mediante arados de varios cuerpos que se extienden más allá de la anchura del tractor, lo que permite circular fuera de la furca, o bien se sustituye el arado por el escarificador pesado, el arado de discos y similares.
El arado desprende una banda de tierra en la relación anchura (a) a profundidad (p) de a:p = 1,2:1 hasta 1,4:1 — en suelo suelto algo más estrecha, aunque no más estrecha que 1:1.[211] Con el «agarre inferior» de la reja penetra bajo el terrón, lo desprende del subsuelo, lo conduce sobre la vertedera curvada, con lo que la banda de tierra se fragmenta en trozos de rotura predeterminada por efecto de cizalladura, y, desplazada la anchura de corte, se apoya con una inclinación de aproximadamente 135° contra el terrón de arado precedente. La capa vegetal vivificada con humus se desmenuza entonces, disminuyendo de arriba hacia abajo, hacia la brecha que se abre momentáneamente antes de depositarse el terrón; o bien, en el caso de que se incorpore estiércol de establo o bien
arrojado hacia abajo en la furca por delante del predescostrificador, en el caso de una planta forrajera principal plurianual o de estiércol de establo. Con el arado de dos capas se intenta contrarrestar el entierro del horizonte superior rico en humus nutritivo. A través del giro de la vertedera, el subsuelo rico en arcilla, limo y arena fina asciende a la superficie y forma el caballón de la furca. Sus componentes minerales quedan así expuestos directa e inmediatamente a las fuerzas formadoras de cristales del cosmos en invierno, así como a la disgregación por heladas y, en el año siguiente, a las fuerzas de la meteorización. Al elevar en justa medida material inorgánico, este cae bajo la influencia vivificante de las fuerzas del polo metabólico. El laboreo en profundidad o laboreo de la arcilla mezcla y caotiza en la vertical. Rejuvenece el suelo, extrae de las profundidades lo que la microerosión producida por el agua de infiltración ha desplazado hacia abajo en las más finas partículas de arcilla.
En el cultivo biodinámico, la profundidad de la furca de arado para la siembra otoñal normalmente no debería superar los 16 a 18 cm, o respectivamente 20 cm en el caso de la furca invernal. Esto significa, con una relación anchura-profundidad de 1,4:1 y una anchura de corte de aprox. 23 a 30 cm, un desplazamiento considerablemente más moderado. Con todo, el problema de la presión lateral de los neumáticos queda aquí sin resolver.
La «furca invernal rugosa» tenía la ventaja de que el suelo se exponía con superficie ampliada a las «fuerzas formadoras de cristales del cosmos lejano», y el inconveniente de tener que ser allanada a comienzos de la primavera mediante arrastre. Este inconveniente queda resuelto mediante los implementos acoplados al arado: el apisonador de subsuelo para las siembras otoñales, entre otros para evitar el hielo ascendente de la joven siembra, o bien, para la furca invernal, la rastra niveladora y desmenuzadora de zona de paso, entre otros. En el caso de compactaciones del subsuelo o de la suela de labranza, puede trabajarse hacia un approfundimiento gradual de la capa arable mediante un subsolador instalado bajo la reja.
El arado tiene su lugar al final del desarrollo del suelo en el curso del año, cuando los procesos vitales en la economía de la naturaleza pasan a un morir general. El arado caotiza aquello que en el suelo, a partir de la diversidad de la vida, ha llegado a la madurez. Conduce lo muerto plenamente al estado de lo físico y es con ello precursor del proceso invernal, que en esa muerte de lo físicamente devenido deposita el germen espiritual para una nueva vida, para un nuevo ciclo del desarrollo del suelo y de las plantas en el año siguiente.
El cultivador se ha desarrollado como complemento valioso, como sustitución parcial del arado. Lo caracteriza un equipamiento variado de herramientas de trabajo, de reja estrecha hasta corte completo, con
alas de reja, una regulación precisa de la profundidad de trabajo y diversos elementos traseros desmenuzadores. Es adecuado tanto para la rotura superficial de rastrojos como para el volteo más profundo en otoño, por ejemplo de trébol-gramínea. En muchos lugares, el cultivador ha llegado a ser, como el arado, un apero de trabajo en profundidad que prepara los suelos para el invierno.
El agricultor biodinámico necesita para sus suelos y cultivos los aperos de labranza adecuados. Una oferta ampliamente diversificada en el mercado está a su disposición. La búsqueda de la decisión correcta lo convierte en experimentador; busca criterios de valoración que, en el trato activo con la tierra, solo él mismo puede encontrar, observando y pensando. Comprueba que la técnica de labranza disponible no corresponde en muchos casos a sus convicciones y propósitos. Los procedimientos de labranza que por su función deberían sucederse en el tiempo son comprimidos mediante aperos combinados de gran peso —por ejemplo, la rotovadora con la sembradora—, o bien, con alta eficiencia, están sobredimensionados —por ejemplo, los arados—. El arte de la labranza del suelo, que se realiza como un acontecer en el tiempo, se reduce a mero trabajo técnico de ejecución.
Así no puede evitarse que el agricultor biodinámico se vea desafiado en su espíritu inventivo también en el ámbito de la técnica de labranza. La comprensión de los cuatro procesos estacionales le señala la dirección.
Segunda Säule:
De la esencia de la rotación de cultivos
La rotación de cultivos y la organización vital del organismo agrícola
La segunda columna portante del cultivo de campos y jardines es la rotación de cultivos. Es un órgano de la organización vital de la granja o, expresado con la imagen del organismo agrícola y de la «individualidad agrícola en devenir» que le es inherente, de su cuerpo etérico. ¿En qué se manifiesta este? Está tejido de un mundo de fuerzas que actúa desde lo suprasensible. Rudolf Steiner las denomina «fuerzas universales», que contrapone a las «fuerzas centrales» del siguiente modo:[212]
Para los fenómenos que transcurren en lo inanimado se podrá decir: «Se muestran dominados por fuerzas que irradian desde la esencia de la sustancia, desde el —relativo— centro hacia la periferia. Los fenómenos de la vida muestran la sustancia dominada por fuerzas que actúan desde fuera hacia adentro, en dirección al centro relativo. En la transición a la vida, la sustancia debe sustraerse a las fuerzas irradiantes y someterse a las fuerzas convergentes. […] Queda incorporada a las fuerzas que irradian desde lo extraterrestre hacia la Tierra desde todos los lados […] Actúan desde todos los lados, estas fuerzas, como aspirando hacia el centro de la Tierra.»[213]
El cuerpo etérico corresponde, pues, a todas las criaturas vivas, pero no debe representarse como una estructura en el espacio. No son las leyes físicas que actúan en el espacio las que lo delimitan, sino que se constituye como un «cuerpo del tiempo» mediante fuerzas que irradian desde más allá del tiempo y el espacio, desde la esfera superior de lo anímico-astral. Las fuerzas de lo etérico son de naturaleza puramente funcional.[214] Son omnipresentes y forman, en número inconmensurable, fluyendo desde la periferia, por así decir la sustancia fundamental del cosmos. Lo anímico-astral les transmite la dirección de su obrar; las convierte en fuerzas formativas y configuradoras de forma, que se cierran en una integridad, en un cuerpo etérico, y, en el ámbito sustancial de lo terrestre, encienden la vida y la hacen brotar en las formas físico-sensoriales. El
El cuerpo etérico de la planta se hace imagen contemplable en su forma (forma-tiempo). Es el medio del devenir, de la sucesión de relaciones en el tiempo, como por ejemplo el acontecer procesual de la planta que se despliega desde el germen a través del brote hasta la flor. Lo funcional formativo-formador del cuerpo etérico eleva hacia sí las sustancias dominadas por las fuerzas centrales de la Tierra y las sustrae a sus propiedades meramente físicas. Las compone en los compuestos orgánicos de sustancias, como proteínas, hidratos de carbono, etc., cuyos nexos funcionales específicos hacen aparecer la forma de la planta. La vida se hace aparición en las formas que crea con la ayuda de las sustancias terrestres.
Las fuerzas universales son de naturaleza cuádruple: se diferencian en el éter de calor, el éter de luz, el éter químico (también éter del sonido o de los números) y el éter de vida.[215] Se unen bajo la acción del cuerpo anímico o astral para formar el cuerpo etérico, y éste se representa en imágenes en las formas a través de las sustancias que actúan en los elementos calor, aire, agua, tierra. Mediante las fuerzas centrales la planta se delimita en su forma terrestre; mediante las fuerzas universales está relacionalmente abierta en todas las direcciones. Así la haya crece relacionalmente, bajo las radiaciones que fluyen hacia ella desde el cosmos, hasta convertirse en árbol; la achicoria, en hierba; la poa de los prados, en gramínea. Pero al mismo tiempo, a través del obrar de las sustancias en los cuatro elementos, están ligadas a un determinado lugar de la Tierra. Lo universal de lo etérico sólo puede crearse en lo terrestre una imagen refleja en la multiplicidad de lo individual. La naturaleza crea, dondequiera que la vida puede desplegarse —ya sea en la selva virgen, en la sabana, en el prado, en el altiplano turboso, etc.— una multiplicidad adecuada al lugar, una diversidad de especies de formas vegetales. Están en una yuxtaposición espacial, en la que plantas de la misma especie se alternan por regla general con otras especies; por ejemplo, en la selva virgen intacta los árboles de la misma especie no crecen unos junto a otros. La multiplicidad de especies vegetales en un lugar es el principio que la naturaleza hace vivir delante de nosotros. Esta diversidad forma, junto con todos los organismos que viven en y sobre el suelo, un nexo de fuerzas etérico-astrales de orden superior; o —hablando ecológicamente— un espacio vital (biotopo) y una asociación de seres vivos característica de éste (biocenosis). Es esta diversidad la que mantiene la sostenibilidad, la salud y la fuerza reproductiva en la economía de la naturaleza. Lo meramente físico-mineral tiende a la disgregación — un fenómeno ejemplar
para ello es la arena —, mientras que lo viviente-etérico se forma hacia totalidades superiores.
Este principio uroecolégico se rompe en determinados miembros del organismo agrícola, sobre todo en el cultivo de campo y de huerta, por el principio del monocultivo. El trigo, las patatas en el campo, la lechuga en el huerto están en general —dejando aparte los cultivos mezclados— como cualquier otro cultivo también en existencia pura. Esto condiciona una unilateralización que necesariamente tiene por consecuencia un debilitamiento de la organización vital de la granja. Actúa enfermando y conduce en el cultivo agroindustrial, donde las rotaciones de cultivos reguladas ya no juegan ningún papel, al empleo de un amplio espectro de medios de producción abióticos, con el efecto inevitable de efectos secundarios de largo alcance y hostiles a la vida. Toda unilateralización reduce las condiciones bajo las cuales las fuerzas universales del cosmos se manifiestan en lo terrestre. Pierden el dominio sobre las fuerzas centrales. Con ello queda a la vez aludido el núcleo de la pregunta por la calidad alimentaria.
El arte del cultivo de campo y de huerta consiste en compensar la falta de diversidad de especies o incluso en elevarla artísticamente a un nivel superior al dado por la naturaleza. Rotación de cultivos significa: la suma de las plantas alimenticias, forrajeras y de otro tipo que sirven al uso general se cultiva cada año por separado, distribuida sobre ackerschläge individuales y parcelas de huerto. Los mismos frutos se suceden en cada una de estas superficies según determinados criterios a lo largo de los años. Así todas las producciones del campo emigran en una sucesión acorde a leyes a través del término de la finca. El efecto compensador de la rotación de cultivos puede aumentarse esencialmente mediante el cultivo mezclado o en mezcla, por ejemplo avena con alubias o guisantes, mediante siembras de cobertura, trébol rojo, blanco o sueco, mediante la intercalación de cultivos intercalares así como mediante la multiplicación del cultivo conforme a las necesidades de un mercado regional.
El arte del cultivo de campo y de huerta consiste en compensar la falta de diversidad de especies o incluso en elevarla artísticamente a un nivel superior al dado por la naturaleza. Rotación de cultivos significa: la suma de las plantas alimenticias, forrajeras y de otro tipo que sirven al uso general se cultiva cada año por separado, distribuida sobre ackerschläge individuales y parcelas de huerto.
Zum System der Fruchtfolge
Según el clima, el tipo de suelo (arena, limo, marga, arcilla), la forma del paisaje y la proximidad al mercado, las rotaciones de cultivos varían bajo el manejo biodinámico. Se fundan en último término en el sistema de la agricultura de tres campos que se remonta a tiempos céltico-germánicos: cultivo de invierno – cultivo de primavera – barbecho. Este sistema mantuvo los suelos durante siglos en el nivel de la fertilidad del suelo ligada al lugar. Un cambio se produjo en el
siglo XVIII con la llamada «rotación mejorada», la siembra del barbecho con trébol y, en consecuencia, con plantas de escarda (patatas, remolachas, etc.). En el curso de la intensificación del cultivo en el siglo XX surgió el sistema de alternancia de cultivos con un 50 % de plantas de escarda y un 50 % de cereales. Con la técnica emergente y la posibilidad de controlar el crecimiento de las plantas de manera casi arbitraria mediante medios ajenos a la finca, surgió la «rotación de cultivos salvaje», sin sistema, orientada pura y exclusivamente al mercado.
Las rotaciones de cultivos en la agricultura biodinámica se han desarrollado, mediante la inclusión de al menos dos años de trébol y/o alfalfa, hacia sucesiones plurianuales, cuya estructura básica se apoya todavía por regla general en el sistema trienal.
Rotación de cultivos y régimen de humus
En la formación de humus se enlaza el cuerpo etérico o vital del organismo agrícola con su organización físico-terrestre. Las múltiples formas y composiciones sustanciales de los residuos de cosecha pasan, en el elemento de lo térreo, a un estado de lo Viviente-en-general: el humus. Su constitución da todavía testimonio de su procedencia. Esto es patente en las llamadas formas de humus «humus bruto» y «moder». El «humus mullido», en cambio, es un producto de transformación completa. El humus bruto se forma en el medio ácido, húmedo y fresco; el mull, en el suelo de base rica y activo del clima cálido-húmedo. El humus bruto y el moder muestran todavía estructuras vegetales. En el humus mullido éstas han desaparecido; él representa una neoformación. Y sin embargo está inscrita en su composición viviente-sustancial, por así decir, la constelación de fuerzas formativas que era propia del material orgánico de partida —raíces, tallos y hojas—. De la multiplicidad de formas de crecimiento y formaciones de sustancia surge lo «Germinalmente-fecundo-en-general» del humus mullido negro y desmenuzable.
cuya masa seca de raíces es en el centeno de 30 dt/ha y en los demás cereales de un promedio de 23 dt/ha. Ocupan una posición intermedia en cuanto al valor como cultivo predecesor, especialmente si se tienen en cuenta las masas de paja que por regla general sirven de cama en el establo y retornan a la rotación de cultivos a través del estiércol de establo. El mayor valor como cultivo predecesor corresponde a las leguminosas y entre ellas a las principales plantas forrajeras: el trébol rojo con 42 dt/ha y la alfalfa con 52 dt/ha de masa seca de raíces. Además penetran en profundidad y amplitud un espacio radicular comparativamente mayor con las fibras radiculares individuales más largas.[216][217] Las leguminosas forrajeras, explotadas principalmente en cultivo bienal, se consideran incrementadoras de humus. La mesurada coordinación recíproca de cultivos de escarda, cereales y leguminosas forrajeras forma el marco básico de toda rotación de cultivos orientada a preservar el régimen de humus —o mejor aún, a elevarlo.
Rotación de cultivos y cultivo de plantas intercalares
Los cultivos intercalares enriquecen la diversidad de especies de la rotación de cultivos y aumentan el ciclo del humus. Mediante siembras bajo cubierta, siembras de rastrojo y cultivos intercalares de invierno puede la organización vital del organismo de la granja manifestarse con mayor vigor y mayor poder de equilibrio. Mientras el producto de la cosecha de los cultivos comerciales —el alimento para los seres humanos— abandona la granja, los cultivos intercalares, al igual que las principales plantas forrajeras de la rotación, permanecen en la explotación, como alimento viviente para el mantenimiento y la elevación de la fertilidad del suelo y, más aún, para el saneamiento y el prosperidad del organismo agrícola en su conjunto.
El cultivo de plantas intercalares se intercala en la rotación de cultivos allí donde entre la cosecha y la nueva siembra de los cultivos principales surgen lagunas temporales. Cuando éstas son cortas —por ejemplo, entre un cereal que libera el campo tarde en verano y la nueva siembra de un cultivo de invierno en otoño—, como siembras de rastrojo sólo pueden intercalarse crucíferas de rápido crecimiento como colza de primavera, mostaza o rábano forrajero. Éstas penetran con su raíz pivotante de rica ramificación lateral hacia las profundidades, procuran humus nutritivo y actividad de lombrices hasta el subsuelo, generan mediante el sombreado un microclima en el que los animales del suelo encuentran las condiciones ideales para su actividad constructora de humus
y encuentran condiciones para su actividad, dejando tras de sí una sazón del suelo suelta y rica en raíces que, tras un acolchado, promete un semillero otoñal de textura finamente granulada.
Cuando entre la cosecha y la nueva siembra quedan intervalos de tiempo más prolongados —por ejemplo, tras la cosecha estival de cereales y la implantación de un cultivo de escarda en la primavera siguiente—, se presta un consorcio de leguminosas predominantemente con marcada formación de raíz pivotante, como la habas (Vicia faba) y el lupino (Medicago), así como la arveja de verano de abundante enraizamiento (Vicia angustifolia), el guisante (Pisum sativa), además del raigrás inglés (Lolium perenne), la facelea (Phacelia tanacetifolia) y, como cultivo tutor, el girasol (Helianthus annuus). Sembrado preferiblemente todavía en julio, este consorcio genera grandes masas forrajeras —en parte aprovechadas como pastoreo en campo—, un enraizamiento abundante así como, hacia el otoño, una oferta nectarífera variada para los insectos que visitan las flores. Tales consorcios pueden —sembrados también como franjas florales que subdividan, por ejemplo, grandes parcelas de cultivos de escarda, o como franjas de borde entre los cultivos— convertirse en un prado apícola y, en general, en un lugar de concentración de una vida insectil extraordinariamente rica. Las leguminosas forrajeras plurianuales, el trébol rojo y la alfalfa con adición de gramíneas y hierbas forrajeras, se incorporan por regla general como siembras bajo cubierta en primavera, preferiblemente en cereales de invierno de liberación temprana (centeno, cebada). Del mismo modo pueden intercalarse también cultivos intercalares tolerantes a la planta protectora, como trébol rojo, blanco y amarillo (especies de Trifolium) en consorcio con raigrás (especies de Lolium), así como seradela (Ornithopus sativus).
Los cultivos intercalares de invierno —sembrados a finales del verano como colza (Brassica napus), a principios del otoño como consorcio— cubren el suelo desde el otoño tardío a lo largo de todo el invierno, enraizan en profundidad, desarrollan en primavera en el menor tiempo posible una gran masa forrajera y dejan en el suelo, como excelente precultivo, una masa radical extraordinariamente abundante. Se trata de consorcios como el consorcio veza-centeno (veza vellosa y centeno) así como el consorcio de Landsberg (veza vellosa [Vicea villosa], centeno, trébol encarnado [Trifolium incarnatum]).
El cultivo de plantas intercalares debe gestionarse dentro de la rotación de cultivos con inevitables exigencias de flexibilidad. Las condiciones meteorológicas hacen que los intervalos entre cultivos sean extraordinariamente variables. Cumplir con la regla —un día de siembra en julio vale para el desarrollo de las leguminosas intercalares tanto como toda una semana en agosto— es con frecuencia cuestión de fortuna. Los períodos de humedad retrasan la siembra, los de sequía la nascencia. Cuando el cultivo intercalar sale bien, el suelo cobra vida y el ganado en el establo aprecia la oferta de forraje fresco; cuando fracasa, se pierde el buen efecto de precultivo.
La composición de la rotación de cultivos sirve al objetivo de desarrollar un balance de humus estable, o mejor aún positivo, y con él un balance de nitrógeno igualmente positivo. A esto contribuyen menos los cultivos de escarda y los cereales, pero tanto más las leguminosas. Estas viven en simbiosis con bacterias en la zona radicular, los llamados *Rhizobium* o bacterias nodulares, y poseen, en conexión con la planta madre, la capacidad de fijar el nitrógeno del aire. Lo mismo puede hacer, entre otros, el aliso (*Alnus glutinosa*), que vive en simbiosis en la zona radicular con los *Actinomycetes*, hongos afines a las bacterias, reconocible por el verde intenso de su follaje, semejante al de las leguminosas. La capacidad de formar nitrógeno sin relación directa con plantas superiores se encuentra en bacterias de vida libre, como *Azotobacter*, que prefiere un suelo rico en bases, con tendencia más bien alcalina, y *Amylobacter*, que prefiere un medio edáfico más ácido.
Rudolf Steiner describe la capacidad de fijación de nitrógeno de las leguminosas como un proceso de «inhalación», mientras que todas las demás plantas «se aproximan a la exhalación».[218] La inhalación de nitrógeno de las leguminosas es un proceso comparable a lo «que ocurre en nuestras células epiteliales [del pulmón; inserción del autor]».[219] La simbiosis con los rizobios es endógena; forman una unidad fisiológica con la leguminosa madre. Migran desde el suelo hacia la planta aún joven y se multiplican allí formando los nódulos radiculares. Son, pues, secundariamente, un don de la tierra a la planta leguminosa, mediante el cual esta queda en condiciones de vivificar el elemento anorgánico muerto del nitrógeno atmosférico (N2) y de vincular así íntimamente lo anímico-astral —cuyo portador es el nitrógeno—[220] con el acontecer vital. Las formas de manifestación de las leguminosas dan testimonio, en múltiples caracteres hasta en la configuración de la flor, de una interioridad entretejida en los procesos vitales en un grado más elevado del que se da en las demás plantas con flor.
Junto a la relación especial de las leguminosas con el nitrógeno, muestran también una afinidad particular con el cal en el suelo. No solo se encuentran estas plantas preferentemente en lugares ricos en cal —los suelos ácidos los evitan,
—ante todo la alfalfa—, sino que son ellas quienes movilizan el cal del subsuelo, lo incorporan a sus procesos fisiológicos y lo depositan en los tejidos y células. De este modo encalan el horizonte superficial del suelo a través de sus residuos. En la alfalfa, la reina de las plantas forrajeras, este proceso se da en mayor grado que en el trébol, y tanto más en los cultivos plurianuales. Un cultivo de este tipo no debería faltar en ninguna rotación de cultivos del land- y horticultura biodinámica.
Cada especie vegetal posee una capacidad de asimilación de sustancias minerales, tanto general como específica. General ha de entenderse: el espectro completo de sustancias terrestres que la planta necesita para asumir una forma de manifestación terrestre; específica, aquellas sustancias a través de las cuales la organización etérica de una especie vegetal, conforme a su arquetipo espiritual, puede expresar propiedades particulares. Estas propiedades se configuran e individualizan según la medida de la relación cuantitativo-cualitativa de una determinada sustancia terrestre con una constelación cualitativo-cuantitativa de fuerzas etéricas formativas cósmicas. Rudolf Steiner caracteriza tales nexos relacionales en lo que respecta a las propiedades de las plantas de los preparados (véase cap. «Los preparados de compost o biodinámicos», pág. 360 ss.).
Así, en el marco de la rotación de cultivos, cada cultivo principal —y también cada hierba o gramínea de la flora acompañante (malas hierbas y gramíneas acompañantes)— realiza una contribución específica a la solubilización mineral mediante la acción acidificante y las exudaciones radiculares, así como mediante intercambios activados por la raíz, y mediante la restitución de esas sustancias minerales al suelo a través de los residuos orgánicos. Junto a la capacidad de fijación del nitrógeno atmosférico, corresponde a las leguminosas otra capacidad: la de su elevado poder de solubilización mineral respecto al calcio, magnesio, fósforo y boro. Según Paracelso, no hay planta que no tenga una acción curativa. Ésta reposa en la capacidad del cuerpo etérico vegetal de concentrar en las plantas sustancias de la tierra y componerlas en compuestos orgánicos, a través de los cuales aquellas obtienen su valor para la fertilidad del suelo, su valor curativo y nutritivo.
Rotación de cultivos y su flora acompañante, las malas hierbas
La respuesta de la naturaleza a la situación aislada de las plantas cultivadas en el campo y en el jardín son las llamadas «malas hierbas o plantas acompañantes» y las «gramíneas acompañantes». Estas procuran diversidad de especies, un equilibrio que refleja la configuración estacional, propia del lugar, de las fuerzas etéricas formativas. En un lugar húmedo dicha configuración es distinta que en uno seco, distinta
sobre arcilla que sobre arena, y distinta en suelos de diferente grado de acidez, etc. Así, de las 292 especies de flora acompañante descritas para Europa central, se encuentran siempre, según el lugar, comunidades características, más o menos ricas en especies, de malas hierbas, plantas acompañantes y gramíneas acompañantes.[221] En esta mezcla que año tras año combina una flora silvestre con las plantas cultivadas interviene el agricultor y el jardinero. Busca minimizar el grado de invasión de malas hierbas y gramíneas acompañantes mediante medidas diversas e intensivas en trabajo. La más costosa y penosa es el uso de la azada de mano y el deshierbe manual. Qué alivio supuso, pues, cuando en los años sesenta aparecieron los herbicidas sintéticos. Desde entonces los hay de acción amplia y numerosos otros orientados selectivamente a la eliminación de determinadas malas hierbas y gramíneas problemáticas. En el curso de las modificaciones genéticas del genoma de las plantas objetivo a cultivar aparecieron también los herbicidas totales, como el «Roundup Ready», que con el principio activo Glifosato ha emprendido su marcha triunfal por el mundo. Los herbicidas son invenciones del espíritu humano. Están ahí para matar, para destruir la vida. Intervienen sistémicamente en el nexo vital de los procesos vitales y los conducen hacia la nada. Las fuerzas etéricas formativas que constituyen la organización vital de las plantas pierden el dominio sobre la organización del cuerpo físico. En lugar de las fuerzas astrales que, a través de las irradiaciones de las fuerzas periféricas cósmicas, y de aquellas que desde la tierra moldean y configuran la imagen fenoménica de la planta, actúan fuerzas que desgarran los hilos entre el arquetipo esencial y la forma fenoménica sensible-física. Son fuerzas astrales hostiles a la vida, procedentes de la sub-naturaleza, de lo sub-físico, que actúan en el plano de lo físico mediante composiciones sustanciales sintéticas. Los herbicidas, al igual que el conjunto de los pesticidas y demás medios sintéticos de tratamiento de plantas, son creaciones del ser humano ensambladas por vías de pensamiento puramente reduccionistas. Son sustancias portadoras de fuerzas hostiles a la vida que se hallan aisladas en el contexto del mundo. El procedimiento de la síntesis arbitraria de sustancias corresponde, a la inversa, a aquella tecnología que fuerza hacia la luz del día las fuerzas sub-físicas aprisionadas en la materia mediante la llamada fisión nuclear; ambas con consecuencias evolutivamente imprevisibles.
El procedimiento de la incineración de semillas de malas hierbas
Décadas antes de que los procedimientos mencionados de destrucción de malas hierbas mediante la reorientación de sus procesos vitales se convirtieran en práctica mundial, Rudolf Steiner abrió, a partir de la investigación de la supranaturaleza del cosmos y de su colaboración en la formación de la semilla, el procedimiento de la incineración de semillas de malas hierbas, el «experimento de combustión».[222]Es un método de regulación de malas hierbas que contrarresta la germinación de las semillas. La recomendación es recoger semillas de malas hierbas, incinerarlas —«una llama de madera es lo mejor»— y esparcir la «pimienta» obtenida sobre campos y jardines.[223]Este proceder se fundamenta en el conocimiento de que el crecimiento y su intensificación hacia la reproducción en la formación de la semilla se halla en relación directa con el actuar de los planetas infrasolares de Mercurio, Venus, y sobre todo de la Luna. La Luna refleja de vuelta los rayos del Sol, de los planetas y del más amplio entorno cósmico. La intensidad de este reflejo hacia la Tierra se rige por las fases lunares y es máxima en luna llena. El efecto estimulante de la luna creciente hacia la luna llena sobre la germinación y el crecimiento ha sido experimentalmente constatado en múltiples ocasiones.[224][225]Las malas hierbas semilleras presentan por regla general una elevada fuerza reproductiva, que puede ascender, por ejemplo, en la manzanilla (Anthemis nobilis) a 10.000–20.000 por planta, y en el cardo de campo (Cirsium arvense) a unas 4.500.[226]Con una tasa de mortalidad de hasta el 50%, se encuentran, incluso en campos con escasa infestación, entre 10.000 y 300.000 semillas de malas hierbas germinables por metro cuadrado; en campos con infestación intensa, hasta 30.000 por metro cuadrado.[227]Cuando en la capa superficial del suelo imperan condiciones de germinación favorables —calor del suelo (> 9 °C) y humedad del suelo—, las fuerzas lunares se activan y aceleran la germinación y el crecimiento.
La veraschung de las semillas se realiza durante el período de reposo germinativo, en ese estado en el que lo cósmico «vive como forma de la planta en la semilla».[228]Cuando la semilla es conducida a través del fuego, es consumida completamente por las llamas; lo que queda es la parte terrestre, la ceniza. El fuego como elemento se revela, por un lado, de manera sensible en los fenómenos del calor y de la luz. El otro lado del fuego, el lado operante e interior, es suprasensible. En la vivencia humana, este suprasensible puede hacerse perceptible como fenómeno en el plano anímico, por ejemplo cuando un impulso espiritual inflama el alma con el fuego del entusiasmo. Dondequiera que aparezca el fuego, consume lo que se ha hecho físico, que se convierte en ceniza. Desde el lado de lo espiritualmente activo, la ceniza atestigua un proceso de depuración, un proceso que implanta en el ser nuevos impulsos de devenir.
La tarea de la veraschung de semillas es crear en el suelo condiciones tales que, para la especie de mala hierba en cuestión, se anule el efecto estimulante de la germinación que ejercen las fuerzas lunares. La ceniza que surge de la destrucción de la semilla mediante el elemento fuego actúa en sentido contrario a las fuerzas lunares: «Ahora bien, de lo que se trata es de tratar el suelo de tal modo —pues no es posible desconectar la luna— que la tierra se vuelva indispuesta a recibir las acciones de la luna; y no solo la tierra puede volverse indispuesta a recibir las acciones de la luna, sino que también las plantas, estas malas hierbas, pueden adquirir cierta reticencia a crecer en una tierra tratada en cierto sentido.»[229]Esta última afirmación sugiere el pensamiento de que la incineración de estas semillas de malas hierbas, tan exuberantemente reproductivas, las libera en cierto modo del encadenamiento al ciclo terrestre de reproducción, de suerte que su aparición se mantiene en lo sucesivo dentro de límites.
La comprensión de las indicaciones de Rudolf Steiner, en tanto que ciencia espiritual, sobre la incineración de malas hierbas requiere un esfuerzo cognoscitivo que no cede, y, ligada a él, una disposición investigadora que acompaña, con atención consciente volcada hacia adentro y hacia afuera, cada paso de la aplicación práctica. Tanto más, cuanto que los esfuerzos realizados hasta ahora han obtenido logros parciales, pero todavía no han producido resultados decisivos. Esto se debe ante todo a lo siguiente:
- La incineración de semillas de malas hierbas y el efecto de estas cenizas, como también las de insectos perjudiciales y las de la piel de animales perjudiciales y de alta capacidad reproductiva,
- como el ratón de campo, debe estar plenamente integrada en la práctica de la finca y cultivarse de manera continua.
- Para ello hace falta la colaboración del entorno social de las fincas, personas que estén dispuestas y sean capaces de profundizar en el conocimiento de ciencia espiritual que subyace a la metodología de incineración y de ejercitarlo en práctica permanente.
- Las técnicas ya muy perfeccionadas del control mecánico de malas hierbas han hecho retroceder algo tanto la investigación como la práctica de la incineración de semillas.
La regulación mecánica de las malas hierbas
Mientras los herbicidas actúan de manera sistémico-fisiológica, por así decir desde dentro — es decir, desvían la función constructiva superior del cuerpo etérico frente a la organización física —, los procedimientos mecánicos para la regulación del crecimiento de malas hierbas actúan desde fuera. Con la escarda, el pase de rastra deshierbadora, el rastrillado y el cultivo con azada se arrancan las plantas de raíz; con la siega se cortan del rizoma. Con estas medidas no se sale de la legalidad del devenir y el perecer. Esto vale también para el flameado, que alcanza a las malas hierbas de germinación y crecimiento rápido antes de que la semilla germinante del cultivo rompa la costra del suelo y verdee.
Cada cultivo de un eslabón de la rotación va acompañado de una flora de malas hierbas propia. Su composición está determinada ante todo por el estado del suelo, por el momento de la siembra, por las condiciones meteorológicas, y también por el crecimiento más rápido o más lento de los cultivos y, en consecuencia, por su grado de cobertura del suelo.
Muchas de las especies de malas hierbas son plantas indicadoras respecto a la estructura del suelo: por ejemplo, encharcamiento, compactaciones, sazón del suelo, balance de nitrógeno y acidez del suelo.[230] Los eslabones de la rotación pueden dividirse en tres grupos en cuanto a la aparición de malas hierbas y gramíneas específicas: cereales, cultivos de escarda, plantas forrajeras plurianuales. Las rotaciones hortícolas son en su mayor parte rotaciones de cultivos de escarda.
Malas hierbas y gramíneas adventicias en los cereales
La flora acompañante del cultivo de invierno se articula en germinadoras de otoño y de primavera. Entre las malas hierbas y gramíneas que germinan en otoño resultan molestas las que son resistentes al invierno, como la cola de zorro (Alopecurus myosuroides) y el pasto del viento (Apera spica venti), así como malas hierbas como la manzanilla loca (Anthemis spec.), la verónica (Veronica spec.), etc. Por su escaso grado de cobertura en otoño e invierno, el trigo está más amenazado que el centeno y la cebada. Gracias a su macollamiento prevernal, estos últimos llevan ventaja a las gramíneas y malas hierbas adventicias en crecimiento y cobertura del suelo. Raras veces permite el estado otoñal del suelo intervenir reguladoramente con rastra deshierbadora o rastrillo. Esto puede recuperarse solo de forma parcial en la primera primavera. Solo el trigo soporta la azada con rejas de pata de ganso — él macolla apenas en primavera —, no así el centeno y la cebada; estos ya han desarrollado en gran medida sus raíces coronales de hábito rastrero. Para combatir las germinadoras de primavera en el cultivo de invierno, la rastra deshierbadora y la rastra ligera prestan buenos servicios.
Los cereales de primavera — cebada, trigo y avena — agradecen una siembra temprana; por eso, como toda siembra de primavera, están sometidos a una mayor presión de malas hierbas. Compiten con malas hierbas que ya germinan a temperaturas más bajas, como la neguilla (Agrostemma githago), la amapola (Papaver rhoeas), el amor de hortelano (Galium spec.), la correhuela (Polygonum convolvolus), y más tarde la pamplina (Stellaria media), la galinsoga (Galinsoga parviflora) y la cenicienta (Atriplex patula), así como, entre las gramíneas adventicias, la avena loca (Avena fatua). El intervalo de tiempo para un control antes de la siembra es corto, de modo que se requieren repetidos laboreos possiembra con rastra deshierbadora, rastra ligera y azada hasta el encañado. El netzstriegel permite un laboreo en preemergencia; tras la emergencia hay que esperar con medidas adicionales hasta la tercera hoja.
Con el encañado, el sombreado restringe el despliegue vegetativo de las malas hierbas semilleras, aunque no el de los cardos ni el de las gramíneas adventicias que encañan también. Los germinadores tardíos como la cenicienta (Atriplex), el rábano silvestre (Raphanus), el cenizo (Chenopodium) y la galinsoga (Galinsoga) aparecen, en cambio, con menor frecuencia.
Como las malas hierbas semilleras y las gramíneas que crecen entre el cereal alcanzan la madurez de la semilla antes que este o al mismo tiempo, son sobre todo los cereales de primavera — más que el cultivo de invierno — los que, en el marco de la rotación, reponen la reserva de semillas en el suelo. La rotura del rastrojo inmediatamente después de la cosecha debe
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procurar, mediante un lecho de tierra finamente desmenuzada, que la mayor parte posible de las semillas caídas llegue a germinar. En los cereales, una preocupación particular la dan la libre expansión de las gramíneas y hierbas de rizoma como el agrópiro (Agropyron repens) y el cardo (Cirsium arvense), así como la acedera de raíz pivotante. Hay que combatirlos tras la cosecha con gran inversión de trabajo y tiempo. Destacan en esto los cultivadores de corte total con seguepiezas, que lanzan las raíces y trozos de raíz a la superficie del suelo para que se sequen. El cardo (Cirsium arvense) y la acedera (Rumex obstusifolius) en el cultivo se debilitan notablemente extrayéndolos en profundidad antes de la floración.
Malas hierbas y gramíneas en los cultivos de escarda
Como el nombre ya indica, los cultivos de escarda requieren, además de una buena aireación de la capa labrada, una intensa contención del crecimiento de malas hierbas y gramíneas adventicias. En cuanto a diversidad de especies y presión competitiva, la infestación de malas hierbas es la mayor dentro de la rotación de cultivos. La siembra más tardía de los cultivos de escarda en comparación con los cereales de primavera permite en general tiempo suficiente para precederla con uno a tres pases de rastra, que arrancan de raíz las malas hierbas y gramíneas de germinación temprana y semitemprana. Donde sea posible — por ejemplo con remolacha (Beta vulgaris), col (Brassica) y otras — el transplante desde semillero puede ganar aún más tiempo para desterrar del campo incluso las malas hierbas de germinación tardía, como el franzosenkraut (Galinsoga), la ceniza (Atriplex), el cenizo (Chenopodium) y otras. Los cultivos de escarda tienen por lo general un período juvenil prolongado y permiten por eso continuar el control mecánico de malas hierbas con rastra, azada y aporcado hasta el cierre de filas. En caso necesario, hay que recorrer las filas una vez más a mano.
En el cultivo de remolacha azucarera y forrajera así como en el de hortalizas de campo están disponibles, además del flameado en preemergencia, métodos mecánicos refinados que dejan sin trabajar sólo una franja extremadamente estrecha junto a la línea de siembra. Pese a toda la buena labor preparatoria, sin embargo, un deshierbe residual a mano es inevitable. Esta labor es de las pocas que le han quedado al agricultor y al hortelano en las que puede entrar en contacto directo, en doble sentido, con el suelo y las plantas: por un lado está entregado a un quehacer de manos que es tanto más liviano y ágil cuanto más se olvida de sí mismo y dirige la mirada atenta hacia las plantas que
Malas hierbas y gramíneas en el cultivo de plantas forrajeras
Las principales plantas forrajeras son leguminosas, trébol y alfalfa en mezcla con gramíneas forrajeras y, en pequeñas proporciones, hierbas de acción dietética como llantén lanceolado (Plantago lanceolata), pimpinela (Pimpinella agna), achicoria (Cichorium lupulina), meliloto amarillo (Medicago lupulina), cuernecillo (Lotus corniculatus) y meliloto blanco (Melilotus spp.). La mezcla permanece en la rotación de cultivos por lo general dos años de aprovechamiento. En consecuencia, ocupa dos eslabones de la rotación. El primer corte se realiza con suficiente antelación para que el segundo rebrote llegue a florecer en el meses de verano, de otro modo pobres en flor, y ofrezca a los insectos voladores una rica provisión de néctar. Fuentes adicionales de néctar las brindan las franjas florales en los tablones de cereal y de escarda.
En tablones forrajeros bienales densos y de pleno desarrollo, las malas hierbas anuales de semilla no tienen posibilidad de desarrollarse; sí, en cambio, en rodales con claros. Con la siega repetida tampoco estas resultan amenazantes. El cultivo forrajero en campo es ante todo un medio probado para dominar las problemáticas malas hierbas perennes, de otro modo difíciles de combatir, como el cardo (Cirsium arvense) y la romaza rizada (Rumex crispus). El cardo (Cirsium arvense) ya se debilita con el primer corte, más aún con el segundo o incluso el tercero. Tras dos años de aprovechamiento de este tipo, se logra mantener el campo ampliamente libre de cardos para el cultivo siguiente — por lo general cereal de invierno. En cuanto a la romaza, que tras cada siega se debilita pero enseguida dispara hacia el estado de semilla, una reducción de la producción seminal generalmente no puede evitarse del todo. Respecto al agropiro rastrero (Agropyron repens), la siega repetida menoscaba la fuerza de los rizomas y con ello su ulterior propagación.
En el marco de la rotación de cultivos, el cultivo forrajero en campo rico en leguminosas y el de cultivos intercalares llevan a cabo un milagro ecológico. Devuelven al suelo la fertilidad perdida, crean armonía en lo viviente, atraen de nuevo la fauna silvestre al paisaje y ofrecen a ovejas y bovinos, tanto en verano como en invierno, un excelente forraje y en otoño una pastoreo en el campo.
En tablones forrajeros bienales densos y de pleno desarrollo, las malas hierbas anuales de semilla no tienen posibilidad de desarrollarse; sí, en cambio, en rodales con claros. Con la siega repetida tampoco estas resultan amenazantes. El cultivo forrajero en campo es ante todo un medio probado para dominar las problemáticas malas hierbas perennes, de otro modo difíciles de combatir, como el cardo (Cirsium arvense) y la romaza rizada (Rumex crispus). El cardo (Cirsium arvense) ya se debilita con el primer corte, más aún con el segundo o incluso el tercero. Tras dos años de aprovechamiento de este tipo, se logra mantener el campo ampliamente libre de cardos para el cultivo siguiente — por lo general cereal de invierno. En cuanto a la romaza, que tras cada siega se debilita pero enseguida dispara hacia el estado de semilla, una reducción de la producción seminal generalmente no puede evitarse del todo. Respecto al agropiro rastrero (Agropyron repens), la siega repetida menoscaba la fuerza de los rizomas y con ello su ulterior propagación.
En el marco de la rotación de cultivos, el cultivo forrajero en campo rico en leguminosas y el de cultivos intercalares llevan a cabo un milagro ecológico. Devuelven al suelo la fertilidad perdida, crean armonía en lo viviente, atraen de nuevo la fauna silvestre al paisaje y ofrecen a ovejas y bovinos, tanto en verano como en invierno, un excelente forraje y en otoño una pastoreo en el campo.
Rotación de cultivos, enfermedades e infestación por plagas
La pregunta es si las plantas pueden en absoluto enfermar en el mismo sentido que el animal y el hombre. La dirección hacia una respuesta se abre cuando se contempla la estructura de los miembros constitutivos en los reinos de la naturaleza y en el ser humano: el mineral es unimembre, dotado de un cuerpo físico; a la doble membración de la planta con cuerpo físico y cuerpo etérico se añade en el animal, como tercer miembro, el cuerpo astral, y en el hombre, como cuarto, la organización del Yo. El causante de la enfermedad es el cuerpo astral.[231] Tal cuerpo no se encarna en la planta. Su cuerpo anímico permanece en lo suprasensible; irradia sus fuerzas desde la periferia hacia el interior del espacio y del tiempo, toca las plantas solo desde fuera y se crea una imagen refleja en su forma. En la pureza de la organización etérica de la planta, este cuerpo anímico se une con las sustancias terrestres, las vivifica y las compone en su organización física. En esta unión, la planta se convierte en sus formas en la
por el agua, una «vivacidad lunar». Esta actúa, en condiciones meteorológicas equilibradas, en las plantas hasta llegar a la formación de la semilla.[232] Pero cuando la luna actúa con demasiada fuerza — en un invierno suave con humedad prolongada hasta la primavera, reforzada además por el aporte de sales nutritivas fácilmente solubles —, la presión fúngica se incrementa. La vida lunar excedente entra en competencia, por así decirlo, con las fuerzas que desde el cosmos, a través de la sílice, la cal y la arcilla, fluyen hacia arriba hacia las plantas imprimiendo forma. Estas fuerzas se debilitan. Sobreviene una suerte de fructificación prematura en lo vegetativo, en el ámbito foliar. Por encima del nivel del suelo — en cuyo interior se encuentra propiamente la verdadera morada del ejército de bacterias y hongos — se forma en la zona del brote un segundo nivel de suelo para parásitos y hongos. Bajo el peso de fuerzas lunares demasiado intensas, la planta cae en una degradación a manos del mismo reino de seres vivos inferiores que en la oscuridad del suelo le presta servicios útiles.
El peligro de una acción lunar demasiado intensa puede prevenirse mediante las siguientes medidas:
- Un abonado que fomente la salud vegetal — el fortalecimiento de su organización etérica — (véase cap. «De la esencia del abonado», p. 259 y ss.).
- La construcción de un suelo de actividad terrestre, rico en formas de humus estable (arcillo-húmico).
- Varios tratamientos a lo largo del curso del año con té de cola de caballo (efecto silícico).
- Conservación y cuidado de los biotopos húmedos y del prado permanente próximo a las corrientes de drenaje o al nivel freático. Son estos los enclaves naturales donde las fuerzas lunares pueden «vivirse plenamente» en el despliegue de una rica vida fúngica y bacteriana — y ello con efecto sanador para el conjunto del organismo agrícola.
El laboreo del suelo ayuda a la planta, en un primer paso, a alcanzar la configuración típica de las fuerzas formativas de su cuerpo etérico. Recibe un fortalecimiento ulterior mediante la posición adecuada en la rotación de cultivos, y la mayor elevación del crecimiento sano y de la formación y maduración del fruto a través del abonado (véase cap. «De la esencia del abonado», p. 259 y ss.). Para la configuración de la rotación de cultivos entran en consideración tres momentos principales: la autotolerancia, el efecto del cultivo precedente y el mantenimiento de una elevada dinámica húmica. En el caso de siembras sucesivas repetidas, los cultivos con reproducción vegetativa son en mucho mayor grado autotolerantes que
en la multiplicación generativa; a no ser que la generación parental sea portadora de virus, problema principal en el cultivo posterior de patatas, la multiplicación de árboles frutales, etc. La naturaleza misma da ejemplo de la alta autotolerancia de la multiplicación vegetativa: por ejemplo, la grama (Agropyron repens), la ortiga (Urtica dioica), el cardo (Cirsium arvense), la correhuela (Polygonum convolvulus), la cola de caballo (Equisetum arvense), etc.
En el cultivo posterior generativo de variedades de semilla fija es regla, en grados distintos, la degeneración varietal. En la base de la autointolerancia se encuentran la proliferación unilateral de organismos nocivos como bacterias, hongos, insectos y otros animales del suelo, así como excreciones radiculares patógenas de las propias plantas cultivadas (Alelopatía). A los organismos nocivos puede hacerse frente de la siguiente manera:
Mediante todas las medidas que fortalezcan la constitución, es decir, la organización de las fuerzas formativas de la planta. A ello pertenece la producción propia de semilla en la granja mediante el cultivo posterior selectivo: «Si [en la siembra; inserción del autor] se está cerca de los meses invernales, se conseguirá una fuerte capacidad reproductiva; si se está más lejos de los meses invernales, una fuerte capacidad nutritiva en las plantas de cereal.»[233]
Atención al momento de siembra según los ritmos cósmicos, en particular el ciclo sinódico o de fases lunares.
- Un suelo activo y fértil, que digiera rápidamente toda clase de influencias unilateralizadoras provenientes del exterior y las haga inocuas para las plantas.
- Distancia espacial respecto al cultivo del año anterior (por ejemplo, la col respecto a la hernia de la col [Plasmodiophora brassicae], la patata respecto al ataque del escarabajo de la patata) y asimismo distancia temporal, que según el grado de autotolerancia es de tres a seis años.
La sucesión de cultivos, al acumular patógenos específicos, acarrea siempre mermas en el rendimiento. La autotolerancia es por tanto limitada; menos aún en el centeno. Por su sobriedad, la avena y el centeno ocupan el lugar de cultivos agotadores tras las siembras de invierno de cebada y trigo. La avena se considera cultivo saneador. Su valor como precultivo es escaso; sin embargo, considerados en el conjunto de la rotación, los cereales garantizan un balance equilibrado del humus. En ello, la formación de raíces del trigo y la cebada es considerablemente menor que
la del centeno y la avena. Los primeros son consumidores moderados de humus y exigen por tanto un precultivo de calidad —cultivos de escarda bien abonados. El trigo es incompatible con la cebada como precultivo. En este caso, como en general en rotaciones ricas en cereales (>50%) y con masas de paja mal descompuestas, aparecen enfermedades del pie, hongos en la base del tallo del trigo, como el pie negro (Ophilus graminis) o la podredumbre del tallo (Cercosporella herpotrichoides). La alternancia regular de cultivos de hoja y de caña remedia la situación. El maíz, que en alto grado es autotolerable, ocupa un lugar especial entre las gramíneas. Las infecciones fúngicas pueden presentarse en el trigo y la cebada —menos en la avena, y aún menos en el centeno— a lo largo de todo el brote hasta llegar a la espiga. En el trigo son principalmente, en la zona foliar, las royas (Puccinia) —roya amarilla, parda y negra— y las enfermedades del tizón (Tilletia); en la espiga (Helminthosporium gramineum) el carbón enano y el caries; en la cebada, la enfermedad rayada (Ustilago avenae) y el oídio (Erysiphe graminis), y en la espiga el carbón volante de la cebada; en la avena, el carbón volante de la avena; en el centeno, en la zona foliar el moho de la nieve (Fusarium nivale), y en las espigas el cornezuelo (Claviceps purpurea). El maíz se integra sin problemas en rotaciones ricas en cereales; las enfermedades del pie no le afectan.
Los daños condicionados por la rotación debidos a insectos —como el ataque de la mosca de los cereales (Oscinis frit), los nematodos (Ditylenchus dipsaci) en el centeno, la cecidómida, la mosca de la siembra (Hylemya correlata) y otros en el trigo, la mosca de los cereales (Oscinis frit) y el trips (Thrips lini), nematodos en la avena, la mosca del tallo (Chlorops taeniopus) en la cebada y el trigo— tienen menor peso que las infecciones fúngicas. En el cultivo del maíz, en cambio, el barrenador europeo del maíz (Pyrausta nubilalis) causa el daño predominante.
Enfermedades condicionadas por la rotación en los cultivos de escarda
Las numerosas especies de cultivos de escarda en el campo y en la huerta tienen cada una su propio patrón de ataques y daños. Son por regla general incompatibles consigo mismas y han de ser separadas convenientemente en la rotación. La patata constituye cierta excepción. La multiplicación vegetativa por tubérculos la convierte en la más autotolerable de todas las plantas cultivadas. En zonas de montaña puede ser cultivada consecutivamente durante décadas. En zonas cálidas y húmedas, toda clase de virosis transmitidas por el pulgón del melocotonero (Myzodes persicae) y propagadas además por heridas en los tubérculos, así como infecciones fúngicas —entre ellas la temida podredumbre tardía del tallo y del tubérculo (Phytophtora infestans)— y el ataque del escarabajo de la patata (Leptinotarsa decemlineata), el
Fruchtfolgebedingte Krankheiten der Hackfrüchte
Die vielfältigen Hackfruchtarten in Feld- und Gartenbau haben ihr je eigenes Befalls- und Schadensmuster. Sie sind in der Regel mit sich selbst unverträglich und müssen entsprechend weit in der Fruchtfolge auseinandergestellt werden. Eine gewisse Ausnahme bildet die Kartoffel. Die vegetative Knollenvermehrung macht sie zur selbstverträglichsten aller Kulturpflanzen. In Berglagen kann sie über Jahrzehnte nachgebaut werden. In warm-feuchten Lagen setzen allerlei Virosen, übertragen durch die Pfirsichblattlaus (Myzodes persicae), und weiter vermehrt über Knollenverletzungen, ferner pilzliche Infektionen, wie u.a. die gefürchtete Kraut- und Knollenfäule (Phytophtora infestans), sowie tierischer Befall, wie der Kartoffelkäfer (Leptinotarsa decemlineata), der
rendimiento ya desde el primer año de cultivo. Por regla general, el retrocultivo no es posible. En la rotación de cultivos se debe mantener un intervalo de cuatro años. Las propiedades de precultivo de la patata son excelentes para todos los cereales y cultivos de escarda.
Las betarragas (remolacha azucarera y forrajera, remolacha roja) tienen escasa tolerancia a sí mismas por efecto del ataque de nematodos en la zona radicular. Los nematodos (nematodo del tallo y la yema [Ditylenchus dipsaci]) se encuentran entre los principales causantes de enfermedades condicionadas por la rotación. Son plurirraciales, atacan a casi todas las plantas cultivadas y también a muchas especies de malas hierbas, son longevos, por lo cual en la rotación debe mantenerse un intervalo de cuatro a seis años hasta el retorno de una especie de betarraga. Las betarragas presentan un amplio espectro de agentes causantes de daños: virosis (entre ellas la enfermedad del amarillamiento [Beta-Virus 4]), hongos (entre ellos la podredumbre radicular, diversos hongos), así como nematodos, pulgones (Phytophagus), mosca de la remolacha (Pegomya hyoscyami), escarabajo de las criptógamas (Atomaria linearis) y otros. El ataque está condicionado en parte por la variedad y las condiciones meteorológicas, pero en su mayor parte es consecuencia de la higiene insuficiente del suelo y de una posición demasiado estrecha en la rotación.
Los precultivos adecuados para las betarragas son preferentemente la patata y las leguminosas fijadoras de nitrógeno, así como —con buen abonado orgánico propio del establecimiento— todos los cereales. Los postcultivos son por regla general formas invernales o estivales de trigo y cebada.
Las crucíferas (Cruciferae), entre ellas todas las variedades de col, la colza y representantes de los cultivos intercalares como los derivados de la colza, la mostaza blanca (Sinapis alba), el rábano oleífero (Raphanus sativus var. oleiformis) y otros, enriquecen extraordinariamente la rotación. La sobreabundante floración de la colza (Brassica napus) y de las crucíferas que llegan a florecer, de los cultivos intercalares y, sin buscarlo, de las malas hierbas mostaza y rábano silvestre (Raphanus raphanistrum), es una fuente de néctar que atrae una abundancia de insectos voladores.
Enfermedades condicionadas por la rotación en los cultivos forrajeros
Al mismo tiempo, las crucíferas atraen también una multitud de insectos masticadores, ante todo la pulga de la tierra (especies de Phyllotreta), la mosca de la col (Chortophila brassicae), el escarabajo del polen de la colza (Meligethes aeneus) y otros. Igualmente dañinas son una serie de enfermedades fúngicas, en primer lugar la hernia de la col (Plasmodiophora brassicae), que como enfermedad típica de la rotación determina en gran medida la incompatibilidad mutua de las brasicáceas, la colza, etc., pero también de las malas hierbas crucíferas entre sí. Además, la colza es planta huésped de numerosas
Nematodenarten, que causan daños en los cultivos posteriores. La colza necesita precultivos de desocupación temprana, como la cebada y el centeno de invierno. Deja para el postcultivo un suelo de estructura excelente, en buena sazón y relativamente libre de malas hierbas. Por las razones indicadas, al igual que con las variedades de col, se impone una pausa de cultivo de tres a cuatro años. Si se intercalan en la rotación crucíferas en abonado verde intensivo, los intervalos deben ampliarse aún más.
En el centro de la rotación, junto a los cultivos comerciales, se encuentran las plantas forrajeras trébol (Trifolium) y alfalfa (Medicago), con la adición de una mezcla de gramíneas forrajeras y hierbas. El trébol y la alfalfa, por una parte, como plantas de raíz profunda vitalizan directamente, mediante la fijación de nitrógeno, la descomposición de minerales y la abundancia de masa radical, todo el volumen del perfil del suelo —tanto más cuanto más prolongado y vigoroso sea el cultivo—; por otra parte, cuentan en el plano vegetal, de manera indirecta, entre los grandes promotores de la fertilidad perdurable de los suelos. Esto ocurre a través de las masas forrajeras que, transformadas y refinadas por la digestión de los rumiantes, retornan a la tierra como abono. El cultivo de leguminosas forrajeras se complementa con leguminosas de grano, entre ellas la haba de campo (Vicia faba), el lupino (Lupinus) y el guisante (Pisum sativum). En la rotación se sitúan en monocultivo o en cultivo mixto con avena, preferiblemente antes de cultivos de escarda. La prioridad del trébol y la alfalfa en la rotación establece límites al cultivo de leguminosas de grano. La razón es el gorgojo del borde foliar (Sithonia lineata), que puede dañar considerablemente las leguminosas forrajeras en estadio juvenil temprano. El problema central del trébol rojo —menos del cultivo de alfalfa— es la podredumbre del trébol (Sclerotinia trifolium). Es una enfermedad típica de la rotación. Los esclerocios negros (cuerpos fructíferos del hongo) se adhieren al cuello de la raíz, destruyen los vasos conductores, y la planta de trébol se marchita al despuntar la primavera de un día para otro. Las formas persistentes del hongo pueden mantenerse en el suelo hasta ocho años. El retorno del trébol rojo y también de la alfalfa debería producirse, por ello, como mínimo cada cinco o seis años. Con un cultivo de al menos dos años, el problema de los cardos para el cultivo siguiente queda resuelto y la presencia de nematodos también se ha reducido considerablemente.
Otras plantas hoja que habitualmente forman parte de las rotaciones biodinámicas son las remolachas forrajeras (Beta vulgaris var. alba) como elemento dietético en la alimentación del ganado lechero, así como las zanahorias (Daucus carota) y el lino oleaginoso (Linum usitatissimum) en la cría de terneros. Estos cultivos, igual que el cultivo de hortalizas y de plantas medicinales para la salud animal, se trabajan en parte de manera hortícola, en parte integrados de modo agronómico en los cuadros de cultivos de escarda.
La rotación de cultivos en relación con el abonado, el balance de humus y el laboreo con el arado
Con la rotación de cultivos, la explotación agrícola biodinámica se crea un marco de cultivo que garantiza una fertilidad perdurable correspondiente a las condiciones del lugar. Este marco espacio-temporal establece un tema que puede variar según el clima y las necesidades de forraje y mercado. El tema debe vivir como un nexo de ideas vivo en la conciencia de la comunidad de la granja e imprimirse progresivamente, año tras año, en el organismo agrícola. Cada año de nuevo, esta imagen de la rotación de cultivos se convierte en una obra de arte perceptible en la conformación del proceso natural. En el siguiente ejemplo (Dottenfelderhof) se presenta una rotación de doce cuadros, que se articula en dos de seis cuadros, los cuales dejan reconocer a su vez el principio originario de la agricultura de tres hojas:
| Año | Rotación de cultivos | Cultivo intercalar | Abonado | Balance de humus | Arado otoñal | |
|---|---|---|---|---|---|---|
| 1 | Alfalfa - Hierba | HF | 100-200 dt Compost | + | - | |
| 2 | Alfalfa - Hierba | HF | Formación de humus estable | + | pf | |
| 3 | Trigo inv. - Cebada | CF | ~ | pf | ||
| Crucíferas | ||||||
| 4 | Centeno inv. | CF | ~ | pf | ||
| Leguminosas y otros | ||||||
| 5 | Escarda: Patatas, hortalizas
de campo, remolacha y otros |
HF | 300 dt Estiércol profundo de establo | - | pf | |
| parcialmente Crucíferas | +~ | |||||
| 6 | Avena, Escanda | CF | Siembra de trébol | - | ||
| 7 | Trébol-Hierba | HF | 100-200 dt Compost | + | - | |
| 8 | Trébol-Hierba | HF | Formación de humus estable | + | pf | |
| 9 | Trigo inv. -
Multiplicación de semillas |
CF | ~ | pf | ||
| Crucíferas | ||||||
| 10 | Centeno | CF | ~ | pf | ||
| Leguminosas y otros | ||||||
| 11 | Escarda: como en el año 5 | HF | 300 dt Estiércol profundo de establo | - | pf | |
| parcialmente Crucíferas | +~ | |||||
| 12 | Avena, Escanda,
Multiplicación de semillas |
CF | Siembra de alfalfa | ~ | - | |
| HF = Hoja frutada; CF = Caña frutada; + = aumento de humus; ~ = mantenimiento; - = consumo; pf = arar | ||||||
La proporción de hojas frutadas corresponde, con el 50%, al sistema de la agricultura de alternancia. Los cultivos intercalares desplazan sin embargo la proporción de
de los cereales hacia las hojas frutadas, en favor de estas últimas. Los cultivos de raíz profunda con la mayor masa radicular — la alfalfa seguida del trébol — superan la proporción de las plantas de escarda, en su mayoría de raíz superficial y escasa masa radicular. Los cereales ocupan la posición intermedia en ambos aspectos. Sin tomar en cuenta la contribución de los cultivos intercalares y del abonado orgánico, el balance de humus durante los doce años puede considerarse ligeramente positivo. El laboreo del suelo, principalmente en primavera y otoño, lo influye negativamente. La suspensión de dicho laboreo durante un cuarto de los doce años, gracias al cultivo de forraje, mitiga la pérdida de humus; y lo mismo sucede con el laboreo moderado en profundidad en otoño y preinvierno mediante arado, cultivador, arado de discos, etc. Compensar las pérdidas, o incluso encaminarse paso a paso hacia un nivel duradero más alto de los contenidos de humus, es entonces tarea de los cultivos intercalares donantes de humus — pero sobre todo del abonado con estiércol de establo y composts.
Tercer pilar:
Del ser de la fertilización
Lo que fertilizar significa en realidad es una pregunta enigmática. Desde el punto de vista de las ciencias agrarias corrientes, parecería que ya no vale la pena seguir interrogándola; parecería estar descifrada de una vez para siempre. En ese sentido, fertilización significa: suministrar al sistema suelo-planta — pensado y calculado en la forma aislada de los elementos químicos individuales — las sustancias que permiten esperar rendimientos máximos, en aras de un balance nutritivo armónicamente ajustado, aproximándose hasta agotar el potencial genético de las variedades de plantas cultivadas correspondientes.
Esta forma de pensar puntual, basada en relaciones aisladas de causa y efecto externas, se opone de manera polar a lo que dice la investigación de ciencia espiritual, que se refiere a «los secretos de la fertilización» como «secretos extraordinariamente reales».[234] «Ciertamente, [la fertilización; nota del autor] se realiza instintivamente por tradición desde tiempos antiguos. Pero el ser de la fertilización — eso no lo comprende hoy ningún ser humano», «salvo aquellos que pueden saberlo a partir de lo espiritual».[235] Los tres capítulos siguientes son un intento de crear una base de comprensión para esta afirmación radical. En las exposiciones que siguen, acerca de los grados de la fertilización, el secreto del ser de la fertilización podrá llegar a ser algo más manifiesto.
La agricultura mueve grandes masas de sustancias, predominantemente de la naturaleza orgánica: el suelo vivo en cada pasada de laboreo, las labores de recolección del forraje verde, el heno y la paja, su almacenamiento y la entrega diaria en el pesebre, el tendido de cama en el establo, la extracción del estiércol y el almacenamiento del estiércol de establo y del purín y su distribución sobre campos y praderas, la aplicación repetida de los preparados de pulverización sobre toda la extensión de la finca, las masas de cosecha de cereales y cultivos de escarda, su almacenamiento y, finalmente, la disposición de todos los productos de la cosecha que abandonan la finca como alimentos. La
agricultura es, a su pesar, un gremio de transporte. Ese es un lado; el otro es que se trata de un proceso inmerso en los ritmos del curso del año y que continúa más allá de ellos. Eso vale ante todo para el abonado. Las sustancias abonantes producidas en la explotación son a la vez resultado de procesos vitales y causa de su conservación y elevación.
¿Qué clase de sustancias son esas que se mueven de un lado al otro en tan diversas formas de manifestación? ¿Qué es una sustancia? Las sustancias se manifiestan en los cuatro elementos clásicos: en los estados de agregación de lo sólido (Tierra), lo líquido (Agua), lo gaseoso (Aire). Para el elemento del calor, la ciencia natural todavía no ha encontrado acceso conceptual alguno que lo caracterice como el cuarto autónomo entre los elementos clásicos. Hasta hoy rige el principio metódico de la disección de los fenómenos, que se remonta al fundador de la física experimental Francis Bacon (1561–1626). Este método — buscar detrás de los fenómenos, en procesos materiales, el principio de ser que los causa — domina todavía hoy el quehacer científico corriente.
Se busca detrás de la apariencia subjetivamente percibida el objeto, algo materialmente objetivo. No se lo encuentra en el calor mismo, sino secundariamente en los estados de calor que aparecen mesurablemente en los elementos de lo sólido, lo líquido y lo aéreo. Sin esa relación con los tres elementos o estados de agregación, el calor quedaría imperceptible. Para Francis Bacon, que con medios jurídicos se convirtió en juez del calor, esa fue probablemente la razón para negarle al calor la existencia propia como elemento. Hasta hoy permanece en la oscuridad conceptual la inmaterialidad del calor, su naturaleza esencial. No encarna ningún estado de agregación propio. En tiempos recientes, los investigadores tienden a designar el estado de alta energía y alta dilución del plasma como cuarto estado de agregación. Pero también en este complejo contexto fenoménico el calor aparece en forma ligada a la materia. Su naturaleza pura como elemento calórico se convierte en la percepción en el fenómeno de la sensación térmica en sus gradaciones de frío a caliente, mediada por los elementos Tierra, Agua, Aire. Además, su naturaleza inmaterial pura se revela en la propiedad de transformar, por presencia o ausencia, los estados elementales o de agregación unos en otros.
La pregunta por la naturaleza de la sustancia — que desde el siglo XVII se fue convirtiendo progresivamente en la pregunta cognoscitiva central de las ciencias naturales — parece haber sido respondida en principio por la física y la química. Si se descomponen con los métodos de la analítica sustancias orgánicas o inorgánicas — dejando al margen
Die Frage nach der Natur des Stoffes, die seit dem 17. Jahrhundert nach und nach zur zentralen Erkenntnisfrage in den Naturwissenschaften wurde, scheint durch Physik und Chemie prinzipiell geklärt zu sein. Zerlegt man mit den Methoden der Analytik organische oder anorganische Stoffe – abgesehen
de aquellas que por naturaleza se encuentran en estado elemental, como el oro, la plata y otros, emergen una suma de elementos físico-químicos que se distinguen según sus propiedades. Se los concibe como construidos a partir de átomos (átomo = indivisible).
En los siglos XIX y XX se procedió también a descomponer el producto de la disección, el elemento como «átomo indivisible», en sus partículas elementales. Con ello perdió relevancia el carácter cualitativo de los elementos químicos para el conocimiento de la esencia de las sustancias. Con este paso se cruzó un umbral: el que va de la Naturaleza a la «sub-naturaleza»[236] y se accedió al dominio subatómico de las partículas elementales (cuantos). En este dominio la sinnesaktiv|mundo sensorial se desvanece y surge otro: el de los efectos energéticos mensurables.
Estos se distinguen de las acciones de fuerzas que el cosmos irradia hacia dentro, las cuales elevan el mundo sustancial terrestre a la constitución de los grados superiores de existencia: la vida del reino vegetal, lo anímico del reino animal y lo espiritual del ser humano. Las sustancias terrestres, en cambio, se revelan como irradiadoras hacia fuera,[237] como configuraciones de fuerza condensadas — procesos, por así decirlo, que han llegado a su término y en ese estado han quedado encadenados.
En los átomos se han visto cuerpos que llenan el espacio — la materia —, que sería la única causa de todo ser superior sobre la Tierra. Esta concepción ha proporcionado a la cosmovisión del materialismo un fundamento racional, aparentemente indestructible. La materia, según esta concepción, es el continuo que estuvo al principio y estará al final. Todo ser que ha surgido y que aún existe entre ese principio (Big Bang) y ese final (*entropía final*, muerte por calor) se deriva de ese fundamento material primordial — y también el ser humano, que como objeto material lo piensa todo de esa manera. Negando su propio ser como entidad que siente anímicamente, que aspira espiritualmente y que quiere en amor, ha erigido este teorema en axioma. El materialismo es, gracias a su fundamento aparentemente seguro — el desciframiento del misterio de la sustancia y la tecnología surgida de él —, la cosmovisión menos reflexiva. Vela la mirada hacia el ser humano, que con el despliegue de las más altas fuerzas del entendimiento se construye un mundo en el que se pierde como un no-Yo en la nada. «El entendimiento se aleja de la realidad, la razón nos conduce hacia ella
«wieder zurück.»[238] La cosmovisión del materialismo sufrió una cierta sacudida gracias a los conocimientos de la física cuántica, que demuestra que la materia no puede diferenciarse en una suma de partículas materiales atómicas, sino en cuantos de acción energéticos. Pero ¿quién es su autor? Se plantea aquí la pregunta por el espíritu, por un mundo de seres que crea desde lo suprasensible. «El entendimiento nos aleja de la realidad, la razón nos conduce hacia ella de nuevo.»
Cuando el ser humano dirige toda la fuerza de la razón hacia sí mismo como ser pensante, encuentra en sí mismo los medios y los caminos que lo sacan de la estática de la cosmovisión materialista. Despierta a la conciencia de que él mismo, desde los orígenes espirituales primordiales, es el llamado a ser portador del desarrollo y a serlo cada vez más; de que puede desarrollar en sí, gracias a sus fuerzas del alma del pensar, el sentir y el querer, los órganos anímicos superiores de conocimiento, y con su ayuda formarse en contemplaciones más elevadas. Estas le posibilitan tomar en sus propias manos, en libre autodeterminación, su futuro y el de su co-creación. Indicios de esta índole amanecen por todas partes. Sólo que: la pregunta por el ser de la sustancia en todas sus formas de manifestación — en la naturaleza inanimada, en la vida de las plantas, en el estar-animado de los animales y en la organización espiritual o del Yo del ser humano — aún no se plantea en este sentido.
Para ganar un punto de entrada en este complejo de preguntas, hay que retener: «La imagen del mundo sensible es la suma de contenidos perceptivos que se metamorfosean sin una materia subyacente.»[239] Las percepciones que realizamos en un objeto sensible impulsan al pensar hacia la formación de conceptos que buscan captar las propiedades de ese objeto. Así se caracterizan los elementos sustanciales del sistema periódico por propiedades específicas que son expresión de algo que no llega a ser fenómeno — que no pertenece, pues, al surgir y al perecer en el tiempo y en el espacio. La materia, en cambio, es concebida como el continuo, lo permanente en el tiempo y en el espacio, sin ser ella misma fenómeno sensible y sin estar sometida a las fuerzas constructivas y destructivas que actúan en el tiempo y en el espacio. Lo que hace aparición son las propiedades conceptualmente aprehensibles. Estas son proyecciones de algo supra-espacio-temporal, de algo suprasensible, del ser de esta o aquella sustancia. Se constituyen
en la conciencia del ser humano, a través de la percepción y el concepto, en una suma de propiedades. Su delimitación y asignación a esta o aquella sustancia es objeto de investigación de la física. Su constelación es tal que cada elemento sustancial posee una afinidad específica con otras sustancias. Pueden reaccionar entre sí. Cuando esto ocurre, las sustancias de partida desaparecen del campo visual y, como una síntesis, surge una nueva sustancia, con propiedades sorprendentemente nuevas. El comienzo y el fin están unidos por un acontecer discontinuo. Por ejemplo: el hidrógeno (H) y el oxígeno (O) son gases. Su afinidad mutua es tan poderosa que reaccionan entre sí de modo explosivo. Desaparecen, y surge el agua — la sustancia de mayor riqueza de propiedades, el fundamento de toda vida. Se realiza un salto desde un estado de agregación de menor densidad a uno de mayor densidad. Si el agua es sometida a electrólisis mediante aporte de energía, los elementos de partida vuelven a aparecer como gases. En el paso del estado gaseoso al estado líquido, como en toda reacción entre sustancias, entra en juego el factor tiempo. Se realiza un proceso. Este acontecer procesual en el mundo de las sustancias es objeto privilegiado de la química. Puede seguirse empíricamente en los fenómenos concomitantes de las reacciones, pero como tal se sustrae a la perceptibilidad. En el proceso químico actúan fuerzas que están fijadas en el ser de la sustancia y en sus propiedades. Las fuerzas que se hallan en movimiento durante el proceso reposan, antes del comienzo y al final de la reacción, en el estado de quietud, de congelamiento en la forma. En la forma, la sustancia se hace sensible y, en sus propiedades físicas de mensurabilidad, numerabilidad y pesabilidad, calculable.
En el transcurso del obrar de las fuerzas procesual-químicas aparecen fenómenos — por ejemplo, manifestaciones de calor, luz, color y ruido, así como experiencias de olfato y gusto — que no son derivables de las propiedades de las sustancias que reaccionan. Permiten al espíritu investigador del ser humano adentrarse más profundamente en el acontecer procesual, es más: en el ejercicio activo de ese acontecer, formar con él una relación personal, en la cual el obrar de las fuerzas suprasensibles se refleja con mayor proximidad al espíritu en la vivencia personal. En el co-vivenciar de las apariciones químicas, las sustancias revelan una rendija de su naturaleza de fuerzas y, con ello, de su naturaleza esencial.
Cuanto más avanzaba la física en el intento de descifrar el secreto del elemento material concebido materialmente — el átomo — en lo espacio-temporal, tanto más se esfumaba el fenómeno del campo visual del experimentador. Éste fue hilando el hilo rojo a través de modelos imaginados, con ayuda de la
Matemática. Sin darse cuenta, salió de la naturaleza hacia un reino de lo «infranatural», hacia la sub-naturaleza, hacia un reino de relaciones de fuerzas rigurosamente legales, fijadas, inanimadas y desalmadas, de masa, electricidad, magnetismo y energía de enlace nuclear. En esta sub-naturaleza, todo lo objetivo del mundo sensible se ha disuelto en un sistema calculable de formas de energía cuajadas en sí mismas y, sin embargo, interactuantes. Donde actúan de manera aislada, son en sumo grado hostiles a la vida. Las fuerzas infrasensuales actúan en el «espacio» y por eso son representadas necesariamente como cuerpos en el espacio, como una mecánica de cuantos. Se distinguen, en delimitación espacial y —según su mecanismo de acción— diversos corpúsculos elementales o cuantos de energía.
En el curso de avance de la física cuántica se hizo evidente que estas representaciones apoyadas en la experiencia sensorial no son sostenibles. Niels Bohr (1885–1962), el padre de la física cuántica, llegó a la conclusión: «No existe ningún mundo cuántico.»[240] Este hallazgo fue confirmado por sus colegas genialmente afines Werner Heisenberg (1901–1976), Wolfgang Pauli (1900–1958) y otros. Heisenberg escribe: «Las unidades más pequeñas de la materia no son en realidad objetos físicos en el sentido corriente; son formas, ideas, que solo pueden expresarse de manera inequívoca en lenguaje matemático.»[241]— El átomo, pues, no es ninguna cosa en el espacio. Y sigue escribiendo: «Si se intenta penetrar, detrás de esta realidad [se refiere a la sinnfällige; nota del autor], en los detalles del acontecer atómico, los contornos de este mundo "objetivo-real" se disuelven —no en la niebla de una representación de realidad nueva y sin embargo poco clara, sino en la transparente claridad de una matemática que vincula legalmente lo posible, no lo fáctico.»[242] Pero esta «transparente claridad» es una abstracción. Por muy acertada que pueda ser en relación con el ser y el obrar de la sub-naturaleza, llega sin embargo a un límite en el que al ser humano cognoscente puede hacérsele consciente que de esta abstracción no es posible sacar chispa alguna de un impulso ético-moral. La matemática tiene que ver con lo que se ha vuelto físico, que se da a conocer a la conciencia pensante en relaciones numéricas. Su coherencia es captable en pensamientos, es decir, puramente en el espíritu. En ellas, lo objetivo y lo subjetivo coinciden en una sola cosa. Son verdaderas en el caso restringido de lo
Anorgánico-Físico. En ese sentido, la matemática es una ciencia del espíritu y no una ciencia natural. Se piensan pensamientos que son capaces de convertir leyes físicas en funciones tecnológicas. Si uno se queda con estos pensamientos y busca, en un fortalecimiento interior del espíritu, traer a la vivencia su consecuencia lógica, sus relaciones lógicas, entonces la matemática no se cuaja en la abstracta rigidez sin vida, sino que puede llegar a ser un estadio previo del verdadero conocimiento del espíritu.
Las proporciones numéricas son expresión de proporciones de energía o de fuerzas. Estas últimas son, por un lado, los portadores de proceso de las reacciones sustanciales; por otro, están encantadas en la sustancia como «procesos retenidos».[243][244]
La sustancia está sujeta a la gravedad. Esta propiedad experimentable, sobre todo, es la que la convierte en representante de lo terrestre. Es una suma de formas de energía o fuerzas encantada en la forma sensible, que se expresan en las propiedades. Hacen posibles procesos que transcurren según las leyes naturales, reproducibles y abstractibles matemáticamente en fórmulas.
En la naturaleza viva, este acontecer procesual ya no puede derivarse únicamente de las propiedades de los elementos sustanciales físicos. Al contrario, los procesos vitales los alejan en la mayor medida posible de su determinabilidad física. La proteína, por ejemplo, se compone de los cinco elementos carbono, oxígeno, nitrógeno, hidrógeno y azufre. Estos son portadores, con sus propiedades, de fuerzas que son de origen cósmico.[245] Estas fuerzas cósmicas afluyen omnipresentemente desde la periferia planetaria y se configuran, de acuerdo con la índole esencial de una planta o un animal, en un cuerpo etérico o de vida. Este es, de parte a parte, creador de procesos. Se convierte en el arquitecto de la organización física, libera a las sustancias físicas de su encantamiento en lo terrestre, las pone al servicio de los procesos vitales y las mantiene en el flujo de la vida hasta que este se extingue en la forma de las configuraciones orgánicas. El cuerpo etérico se disuelve entonces en el éter del mundo. En la descomposición bacteriana, la mineralización, los elementos sustanciales terrestres son liberados de las configuraciones orgánicas; recaen de nuevo en su propia legalidad física.
Lo que en la naturaleza orgánica se denomina componentes constitutivos como proteínas, carbohidratos, grasas, hormonas, vitaminas, etc., son
abstraídos de los nexos vitales en que aparecen, son estructuras corporales, muertas. En el contexto de los procesos vitales son estructuras de fuerzas que, en variantes e interacciones casi infinitas, elevan el mundo sustancial terrestre hacia composiciones vivientes. ¿Quién compone estas fuerzas en esta sinfonía resonante, de modo que un roble es en cada uno de sus órganos —en raíces, tronco, ramaje, brotes, hojas, flores y frutos— inconfundiblemente un roble, y una rosa, una rosa? Se busca en el reino vegetal el tipo, el ser que se expresa en una determinada especie vegetal de manera formativa. Ni las fuerzas ni el ser más profundamente oculto que las engendra desde sí mismo son sensibles. Solo se abren a la contemplación intuitiva suprasensible.
¿Qué se revela a este respecto en el animal? El ser, la fuente de toda formación, permanece oculto. Lo que se manifiesta no es el alma ni la fuerza formativa misma, sino expresiones del alma y efectos de fuerzas. Un caballo uncido al arado se expresa anímicamente en sus movimientos, en la docilidad al tirar de las riendas, en mantenerse en el surco y en la manera en que, al avanzar, se lanza con vigor en los arreos, etc. Todas estas manifestaciones de fuerza tienen sin duda su origen en el ser del caballo. Las percibimos en la tensión de los músculos, de las correas de tiro, en el suelo que se abre, en el deslizamiento de la banda de tierra sobre la vertedera hasta la deposición lateral. La fuerza que emana del caballo se revela en la polaridad de reposo y movimiento, y esto en simultaneidad. Eso es lo que caracteriza el ritmo. El ritmo que el caballo muestra en todos sus movimientos —en el paso, el trote y el galope, o en el oscilar hacia arriba y hacia abajo de la cabeza al tirar de cargas pesadas— brota del ser anímico de este animal. El ritmo crea economía en el obrar de las fuerzas; ahorra fuerza. Uno se hace consciente de todo ello como espectador; el acontecer subyacente —cómo lo anímico se convierte en fuerza y esta en una acción exterior— permanece oculto.
¿Cómo se configura ahora esta relación entre el ser y la manifestación del hombre en la agricultura? Él mismo es actor con plena intención de meta y a la vez su propio espectador: cochero y caballo en uno. El ser, la determinación espiritual del fin y el acto están vinculados directamente entre sí en la conciencia de sí: tomo una pala y cavo, y el efecto es semejante al del arado. Solo que en cada momento soy yo el dador de impulso y el partícipe consciente del acontecer. Mi ser espiritual es el autor de las ideas que me guían y a la vez la fuente de fuerza para convertirlas en acto. Encuentro en mí mismo el ser que tiene el poder de determinarse a sí mismo en libertad para
esta acción. El animal, en cambio, permanece inconsciente de su ser; se vive puramente anímico en sus instintos. El ser y el alma de la planta actúan desde la «supranaturaleza» en los procesos vitales y se crean en las formas una imagen refleja sensible. El ser de lo mineral-sustancial se revela en una estructura de fuerzas espacialmente delimitada y fijada, que en el cristal ha cuajado en formas geométricamente determinadas.
Esta relación de los seres con sus modos de manifestación en los reinos de la naturaleza se expresa en el modo en que quedan impregnadas las sustancias que construyen el cuerpo. En el ser humano, la composición sustancial corporal se individualiza según su alma espiritual, su Yo. El ser extrae las sustancias de su mero ser físico y las compone en configuraciones de fuerza que corresponden al nivel de existencia en que aparecen. En el primer nivel, el más bajo, el de la naturaleza físico-anorgánica, la construcción de las sustancias sigue las leyes que allí imperan. Estas leyes son aprehensibles en conceptos químico-físicos y se manifiestan objetivamente en las creaciones de la técnica. En un segundo nivel de existencia, el del reino vegetal, las sustancias se componen según leyes superiores, ya no aprehensibles conceptualmente, del cuerpo etérico de fuerzas formativas. A través de este, el obrar de las fuerzas terrestres queda integrado en el cósmico. Un tercer nivel de existencia de las composiciones sustanciales constituye el reino animal. El animal solo puede construir su cuerpo mediante la ingestión de alimentos del exterior. En el camino de la digestión, destruye las sustancias alimenticias mediante la fuerza de su propio ser anímico y compone a partir de esa misma fuerza anímica su propia materialidad corporal. Esta queda configurada de modo que es portadora de un elemento anímico que habita en el animal, cuyo fundamento esencial más allá de la esfera solar, en el lejano cosmos, está —de ahí el nombre— en el zodíaco. El cuarto nivel de existencia de lo sustancial está encarnado en el cuerpo del ser humano. En él, la impregnación física, etérica y astral de las sustancias es individualizada por el Yo. Solo porque las sustancias en el cuerpo —el ADN, por ejemplo— están ordenadas según la fuente de fuerza del Yo, pueden habitar el cuerpo. Se crean en él una organización del Yo. A través de esta, el ser humano aparece como individualidad.
Los cuatro niveles de las formas de manifestación de lo sustancial constituyen la existencia terrestre y con ella también la realidad del organismo agrícola. En la fertilización se trata de poner estos niveles del ser en tal relación mutua que lo muerto, lo mineral, se abra a las fuerzas de lo viviente, de lo anímico y de lo espiritual: «Man muss die Erde direkt beleben, und das kann man nicht, wenn man mineralisierend
procede de manera mineralizante; solo puede lograrse procediendo con lo orgánico, poniéndolo en la disposición adecuada para que pueda actuar de forma organizadora, vivificante sobre lo sólido, lo térreo mismo.»[246] El concepto de abonado no puede captarse, pues, en el nivel de lo mineral muerto, de «lo muerto, lo térreo», sino únicamente cuando se toman en consideración los niveles a partir de lo viviente hacia arriba.
Sobre la pregunta acerca del espíritu, el ser y la individualidad
Todo lo que aparece es forma, el vestido de lo sustancial. La forma saturada de sustancia se designa como un cuerpo en el espacio. Como deja claro la consideración precedente, esta materialidad cuajada en forma se muestra como una composición de fuerzas específicamente determinada que ha cristalizado de modo procesual — «el fin de los caminos de Dios».[247] Las fuerzas son invisibles; se manifiestan en sus efectos, por ejemplo en cambios de forma. En principio, no existe ninguna expresión de fuerza sin causa, sin autor. Estos están aún más ocultos a la percepción sensorial que la fuerza misma. El autor es, en el juego de las fuerzas, el gran desconocido: el espíritu. Este constituye, a través de todos los reinos de la naturaleza hasta el ser humano, la organización corporal física y se revela en su forma de manifestación más pura en las formas cristalinas del reino mineral. El espíritu es el motor en las fuerzas formativas que irradian desde las lejanías del cosmos. El autor de todas las manifestaciones de la naturaleza físico-anorgánica, muerta, es espíritu entitativo. Del mismo modo, es espíritu el que vive en las corrientes de fuerzas etéricas que afluyen desde las esferas del Sol y los planetas, y las conforma en cuerpos etéricos de las plantas, los animales y, más allá del ser humano, en cuerpos etéricos de entidades espirituales superiores.[248] El autor de toda vida es espíritu entitativo. Del mismo modo, es espíritu el que teje en las fuerzas astrales que irradian desde el cosmos y, conforme al ser de los animales, del ser humano y de entidades que le están por encima, conforma sus cuerpos astrales. En el animal y en el ser humano transmite a las fuerzas etéricas los impulsos formativos que construyen y sostienen los órganos corporales, así como los órganos superiores que sirven a la vivencia anímica, al despliegue de los impulsos morales y al obrar propio del ser. ¡Todo ser anímico es espíritu! Y finalmente es espíritu el que llena la entidad-Yo de los seres humanos y en
él despierta el autoconocimiento. En él desarrolla la fuerza para aspirar al autoconocimiento, para aprehender el espíritu que actúa realmente en sí mismo, así como en la naturaleza y en el cosmos. En el autoconocimiento del ser humano el espíritu se ilumina: luminoso en el pensar, onírico en el sentir; en el querer vive dormido. La realidad del espíritu se le hace tanto más una verdad cuanto más él vive en el sentir las ideas aprehendidas en el pensar y las deja convertirse en acto en el querer. En este esfuerzo trabaja el Yo en la transformación de los miembros constitutivos: del cuerpo físico y del cuerpo etérico. Se hace partícipe de ellos; se colma con el producto de esta transformación, con el espíritu, y entra con él en una relación libre.
El Yo humano comprende que, en la ampliación de la ciencia de la naturaleza, necesita necesariamente una ciencia del espíritu, y la encuentra en la ciencia espiritual antroposófica. Sus resultados se comunican al pensante conscientemente en forma de ideas. Arrojan luz sobre el mundo sensorial. Los hechos sensoriales aprehendidos conceptualmente se amplían y resplandecen en la conciencia como hechos espirituales. Se aprende a conocerse como un ser espiritual fundamentado en sí mismo, como uno que puede determinarse libremente desde su propia entidad esencial reconocida por sí mismo. El ser humano aprende a reconocerse, en la autoexperiencia a través de la formación de sus actividades del alma del pensar, el sentir y el querer, como un Yo que, siendo un ser espiritual, enraíza en lo eterno, que en el espacio y en el tiempo se crea una corporalidad y en esta resplandece en el autoconocimiento como su sombra. A través de la ciencia del espíritu se puede aprender a hacerse consciente del propio origen en el espíritu.
A través del pensar ordinario ligado a los sentidos, el ser humano aprende a reconocer el mundo que le rodea como algo que ha devenido, consumado, y a reconocerse a sí mismo como algo que está deviniendo, inacabado. Encuentra en sí la fuerza y la orientación para elevar en transformación lo inacabado de sus miembros constitutivos — del cuerpo astral o anímico, del cuerpo etérico o de vida y del cuerpo físico — hacia una consumación superior. Esta fuerza para la autotransformación es propia de cada ser humano; constituye todo el ser-humano. Cuando uno se hace consciente de este hecho, la idea del desarrollo cobra vida; se convierte en realidad espiritualmente eficaz. Pone al ser humano que se abre paso hacia el autoconocimiento en condición de elevarse por encima del mero ser natural, que solo se da a conocer al ojo en formas extinguidas, y de vivenciar y configurar él mismo el proceso que deja devenir futuro, en el presente, de la transformación de lo pasado. Este proceso lo lleva a cabo el Yo del ser humano, y en él se percibe a sí mismo.
La idea del desarrollo, vivida desde adentro, abre a la entidad del Yo un panorama espiritual ilimitado, del que extrae la substancia que da contenido a su propio ser y lo hace crecer. «El Yo recibe ser y significado de aquello con lo que está vinculado.»[249] El Yo vive en el alma y está, a través del cuerpo, abierto a los sentidos frente al mundo físico y abierto al espíritu frente al mundo de los seres espirituales que están por encima del ser humano.
En este campo de tensión el ser humano se vivencia como individualidad. Este concepto, así entendido, no puede aplicarse a las cosas y seres de la naturaleza. Estos están, en su existencia física, incorporados sin Yo a las fuerzas y al mundo de seres del cosmos. A través del autodespertar del Yo en el mundo físico-sensible, el ser humano se ha emancipado en gran medida de esta vinculación. Se encuentra, como ser en desarrollo, frente a un mundo de formas cuajado en obra.
Desde esta constitución de su conciencia, el ser humano amenaza con alienarse de la naturaleza del mismo modo en que se aliena de su propio ser enraizado en el espíritu. Se vivencia cada vez más como encapsulado en sí mismo, y se construye mecánica y electrónicamente un mundo exterior que ya no es naturaleza, ya no es espiritualidad vivamente activa, sino un artefacto de intelectualidad sin alma. Pero ¿qué ocurre cuando, desde el interior, desde el alma espiritual fortalecida, se dirige la mirada hacia la naturaleza que, desde la vida misma, crea formas? ¿Qué ocurre cuando desde las ideas del conocimiento del espíritu se revela el principio que inaugura el desarrollo y que crea estas formas? El ser humano que de este modo se aprehende esencialmente como individualidad desde el conocimiento del espíritu, encuentra en sí el espíritu que se transforma en fuerzas de voluntad portadas por ideas. Estas fuerzas de voluntad iluminadas por ideas intervienen conductoras en el mundo de fuerzas de la naturaleza. Preparando este camino, Goethe apunta hacia el arte: «Aquel a quien la naturaleza empieza a revelarle su secreto manifiesto, siente un anhelo irresistible hacia su intérprete más digna, el arte.»[250]
Estas fuerzas de voluntad humanas elevan el organismo agrícola como una integridad fuera del obrar natural general y procuran un flujo de fuerzas con sentido y medida en la interacción recíproca de sus órganos. Esto ocurre ante todo y con el mayor alcance a través del abonado con aquellas sustancias orgánicas que en la explotación agrícola son excretadas por los procesos vitales. Aquí, el obrar sustancial pasado, procesualmente transformado mediante conversiones, es convocado al presente.
Eso caracteriza el un lado, el lado de la naturaleza. El otro lado es la actuación del espíritu humano. Ella indica desde el conocimiento del espíritu al querer los caminos para componer sustancias fertilizantes que abren el ser presente, devenido obra, para fuerzas que allanan los caminos a las posibilidades de desarrollo futuras.
La clave para una comprensión más profunda del ser y la dirección de eficacia de estas dos formas de abono, polares entre sí, es el concepto de la «Individualidad agrícola», que Rudolf Steiner deriva de la contemplación intuitiva esencial del ser humano.[251]
La cuestión del abonado y la individualidad agrícola
En el capítulo «La trimembración del ser humano y la individualidad agrícola» (pág. 88 ss.) se abordó el concepto de la «Individualidad agrícola» y su derivación a partir de la tricotomía del ser humano según cuerpo, alma y espíritu. El cuerpo se articula de tal manera que en la cabeza o sistema neurosensorial ayuda al espíritu humano a llegar a la conciencia de sí en el pensar, en el sistema rítmico de los órganos del pecho deja que el alma humana se experimente en el auto-sentirse, y en el sistema metabólico-motor puede actuar la voluntad humana. En el ser humano se concentra lo que en torno a él se despliega como naturaleza y lo que a través de los sentidos le sale al encuentro como objeto. Nos habémos pues en la agricultura en primer lugar con lo imaginal, cuyo ser generador se oculta en ello (p. ej. en la imagen fenoménica de la vaca, su ser). Al ser humano que conoce conscientemente se le abre empero la posibilidad de no quedarse en lo imaginal y, partiendo de ahí, postular en abstracción sin alma el fundamento primordial del ser en la materia, sino de encontrarlo en ideas que resplandecen en la conciencia contemplativa intuitiva y despiertan en el ser humano impulsos moral-espirituales. Las ideas no son ya abstracciones cuando el que conoce conscientemente las produce él mismo pensando, las vivifica él mismo en el vivenciar sintiente y las planta en la propia voluntad como impulsos morales. Las ideas, así comprendidas, fundan recién un libre crear que va más allá de la naturaleza. Esto construye desde intuiciones éticas un puente que salva el abismo entre el
lo Moral-Espiritual del ser humano y lo Wesenhaft-creador en la naturaleza.
Las formas de ideas de la ciencia espiritual antroposófica tienen el carácter de que, al ser desplegadas en el pensar, liberan una vida que incita a la acción. Así puede comprenderse de manera inmediata, como se describe en el capítulo «La trimembración del ser humano y la individualidad agrícola» (p. 88 ss.), desde el nexo de ideas de la trimembración del ser humano y el activo estar-dentro de un organismo de la finca: cómo por un lado el elemento calor-aire sobre la tierra integra las sustancias terrestres en procesos vitales y las somete a una especie de digestión,[252] a un continuo cambio de sus formas de manifestación; y cómo por otro lado el elemento sustancial de la tierra y el agua en las profundidades, bajo el nivel del suelo, ha caído fuera de la vida y en el cristalizar se convierte enteramente en forma. Se abre una poderosa polaridad de las alturas y las profundidades, de los procesos sustanciales y el endurecerse en la forma, del movimiento y el reposo. Es justamente aquella polaridad que en el ser humano se condensa microcosmicamente como los polos de su sistema metabólico-motor y neurosensorial. Como esos polos encuentran su equilibrio rítmico en el corazón que pulsa y en la respiración pulmonar, así los de las alturas y las profundidades en la dinámica rítmica del suelo (Figura 14).
El milagro del suelo se oculta en su aparente insignificancia. Las sustancias y las fuerzas se hacen sensibles en las formas del suelo; su obrar y su ser permanecen ocultos y han de buscarse en todos los ámbitos de la sub-naturaleza, la naturaleza y la supranaturaleza. Son seres y fuerzas que producen degradación, descomposición y muerte (sub-naturaleza), los que actúan físico-mecánicamente y constituyen el cuerpo físico en la planta, el animal y el ser humano, además los que en los reinos de la naturaleza dotan de vida, y finalmente los que en el reino animal otorgan y sostienen el alma. El espíritu que en la autoconciencia del ser humano cobra vida como supranaturaleza está derramado sobre los reinos de la naturaleza y se crea en toda formación de la forma una imagen refleja.
En la producción de alimentos y su consumo fuera del organismo agrícola no solo se pierden sustancias, sino igualmente fuerzas. Son aquellas que irradian hacia abajo desde la supranaturaleza, las alturas cósmicas, y hacia arriba desde las profundidades de la tierra,

las fuerzas que nutren y sanan en sentido propio. La tarea del abonado consiste ahora en compensar la pérdida de sustancias de la tierra y poner al suelo y a la planta en condiciones de hacerse, de maneras siempre nuevas, sensibles y receptivos a las fuerzas y sustancias de la supranaturaleza. De ello se desprenden con plena consecuencia tres niveles en los que el concepto de «abonado» se colma de contenido:
Es el abonado
- con sustancias y fuerzas procedentes de la naturaleza vegetal vivificada,
- con sustancias y fuerzas procedentes de la naturaleza animal animada y
- con sustancias y fuerzas que son producto del espíritu humano. Frente a esto, ha de designarse como «nivel cero» la compensación de pérdidas de sustancias ligadas a la tierra. Con las sales solubles en agua, sintéticas o de apertura química, empleadas en la agricultura industrializada, se traspasa el nivel «-1», el umbral de la naturaleza hacia la sub-naturaleza (Figura 14).
A continuación se abordarán aspectos fundamentales de la utilidad y la problemática de la aplicación de minerales, y luego los tres niveles del abonado. El camino para descifrar el
misterio del mismo es una suerte de síntesis de los esfuerzos de conocimiento de las ciencias naturales y espirituales sobre la base del acto de la acción. Se recorre aquí el camino de la ciencia al arte, un camino de investigación en el hacer, en el que el sentimiento de verdad —en lo pequeño como en lo grande— se mide por el prosperar natural y social de la granja como un todo, reconocible y vivenciable, no por el resultado cuantitativo.
Stufe 0: La aplicación de minerales
De la concepción de que a todos los fenómenos del mundo subyace la materia como única realidad, se ha desarrollado en la agricultura desde los siglos XIX y XX, con plena consecuencia, el concepto de «fertilización mineral», y con él la idea de una suma de «nutrientes» que la planta necesita para crecer. Detrás de esta teoría se oculta el supuesto de graves consecuencias de que a partir de una suma de elementos sustanciales inorgánicos y muertos puede surgir la vida, de que con ellos se podría generar y multiplicar vida. La vida, sin embargo, surge de la vida, de gérmenes vitales o semillas. En ningún lugar de la naturaleza, por minuciosa que sea la observación, se encontrará un punto de apoyo que indique que de lo mineral muerto surge vida, sino únicamente lo contrario: la vida cae en manos de la muerte. El concepto del abonado, en cambio, se refiere a que la vida como tal en los procesos de crecimiento de la planta, e igualmente el obrar anímico-astral desde fuera en la formación de la forma, sean promovidos de manera acorde con su índole esencial. No en vano se deriva desde antiguo el concepto de abono de los significativos efectos de las excreciones procedentes de la organización anímica y vital de los animales domésticos. Se hablaba de la «vieja fuerza» de los suelos así abonados. Desde la mentalidad materialista dominante, a los abonos orgánicos, más allá de su variada composición mineral y de su fomento de la vida microbiana del suelo, no se les atribuye ningún valor fertilizante específico.
¿Qué criterios cabe encontrar para juzgar las consecuencias que produce un concepto de abonado que concibe la interacción de suelo y planta únicamente como acontecer material? A continuación se perseguirá esta problemática tomando como ejemplo el motor de todo incremento de los rendimientos vegetales: el nitrógeno sintetizado en forma de sal.
La aplicación de sales de nitrógeno
El nitrógeno (N) constituye con el 79% el verdadero portador del elemento aire. Circunda el follaje verde de la planta que asciende hacia la atmósfera, sin participar directamente en sus procesos de crecimiento. Como sustancia aérea, al igual que el oxígeno, está ligado consigo mismo (N2) y es por ello casi reactivamente muerto. Alcanza por vía natural los estados más densos del agua y la tierra únicamente de dos maneras: 1. a través de las descargas energéticas de los relámpagos, con aprox. 6 kg/ha/año,[253] y 2. por vía biológica, mediante la fijación de nitrógeno por parte de organismos vegetales capacitados para ello, en especial la rica en especies familia de las leguminosas. Romper esta barrera de la aportación natural de nitrógeno — que establece su propia medida — mediante procedimientos tecnológicos a gran escala fue el objetivo declarado desde finales del siglo XIX. El avance decisivo llegó con la síntesis de amoníaco según el procedimiento Haber-Bosch. Mediante un elevado aporte de energía, el nitrógeno atmosférico es transformado en solución acuosa en el compuesto de hidrógeno amoniaco (NH3). Por compresión ulterior surgen los compuestos sólidos con oxígeno, las sales de nitrato, y con hidrógeno, las sales de amonio, que igualmente se disuelven con facilidad — las primeras más rápidamente, las segundas más despacio. Ambos compuestos son en solución acuosa altamente reactivos, y los compuestos de nitrato en forma de sal sólida son altamente explosivos. Mediante el procedimiento de síntesis es posible producir, en cualquier punto de la Tierra, con independencia de los ritmos biológicos diarios o anuales, cualquier cantidad de sales de nitrógeno. Aparte de su uso civil o militar como explosivo, han desencadenado en el transcurso del siglo XX una revolución global en la producción vegetal. Constituyen el capital de producción para la producción masiva agrícola y son, junto con el empleo de herbicidas y pesticidas, la causa del desarrollo hacia el industrialismo agrario.
Ante la enorme elevación de los rendimientos en la agricultura, horticultura y fruticultura, así como en todos los demás cultivos especiales, habría que entonar un canto de alabanza a este lado luminoso del empleo de sales de nitrógeno fabricadas industrialmente, si no fuera por los oscuros lados de sombra. Los compuestos de nitrógeno, en la medida en que no se hallan ligados en forma de amonio (NH4) a minerales arcillosos, tienen la tendencia a desaparecer lo más rápidamente posible de la región media del «suelo-diafragma» — ya sea como nitrato (NO3) hacia abajo, en la región de aguas subterráneas del polo cefálico, ya sea como amoníaco (NH3), óxidos de nitrógeno
(1)
(gas de la risa N2O) o nitrógeno elemental (N2) hacia arriba, en el polo metabólico. Estas pérdidas ascienden, a partes iguales, a aproximadamente un 25% de la aportación de sales de nitrógeno sintetizadas. Por un lado, contaminan las aguas subterráneas y de manantial, o bien eutrofizan las aguas superficiales. Por otro, contribuyen a través de las emisiones, en medida considerable, a la carga de óxidos de nitrógeno en la atmósfera y, con ello, al cambio climático. El otro 50% de la aportación de nitrógeno provoca una reducción o una unilateralización de la actividad biológica de los suelos[254], así como un forzamiento del crecimiento de las plantas con simultáneo debilitamiento de sus fuerzas de organización, de su acción nutritiva y curativa. Las sales de nitrógeno sintetizadas contribuyen además al empobrecimiento florístico y faunístico de especies en los paisajes. Son precisamente ellas las que hacen posible la restricción de las rotaciones de cultivos hasta llegar al monocultivo y, más allá aún, el cultivo en soluciones nutritivas (*Hidrocultura*).
En el cultivo vegetal, cada aportación de nitrógeno desde el exterior significa una especie de compulsión de crecimiento por sacudidas. En todos los casos, sea que se administre como compuesto de nitrato de acción rápida o como compuesto de amonio de acción más lenta, se eleva la concentración de nitrógeno en la solución del suelo, ante la cual la planta no puede defenderse. La compulsión a la absorción de un exceso de sales de nitrógeno debilita la organización etérica de la planta en todos sus órganos. En la raíz, que se orienta hacia el polo cefálico, esto se manifiesta como una parálisis descendente de sus funciones. Una de estas funciones es su predisposición hacia una especie de capacidad sensorial, no solo frente a las fuerzas formativas del cosmos y al elemento agua, sino en particular frente al elemento de lo térreo-sólido. La sutileza de estos procesos se revela en los siguientes fenómenos:
El «prado en estado natural» clásico ha desaparecido en gran medida de nuestra campiña. De él se obtenía, en varios cortes, el heno para la alimentación invernal. Era, según el lugar, extraordinariamente rico en especies de gramíneas superiores e inferiores, y sobre todo en leguminosas y plantas herbáceas.

die am Ende dieser Abfolge monokulturartige Massenerträge liefern. Dieses Beispiel veranschaulicht das Urphänomen externer Stickstoffanwendung: die Artenverarmung assoziierter Pflanzengesellschaften.
Genauer besehen, macht sich dieser Effekt in vielerlei Details im Wurzelbereich geltend. Zum Beispiel kann man bei Rotklee beobachten, wie die Anzahl an Knöllchen an den Wurzeln, die durch endogene Symbiose des Klees mit Rhizobien, stickstoffbindenden Bakterien, entstehen, durch fortgesetzte Gaben von Stickstoffsalzen zurückgehen. Infolge der hohen Stickstoffkonzentration in der Bodenlösung vermindert sich die Stickstoffbindungsleistung der Wurzel; sie verliert gradweise ihre Symbiosefähigkeit.
Was für die endogenen Symbiosen der Leguminosen gilt, trifft auch für die exogenen Symbiosen mit Bakterien und Pilzen anderer Pflanzen zu. In Abbildung 15 ist ein Längsschnitt durch das Endstück einer Wurzel dargestellt.
Die Wurzelspitze besteht aus einem lebendigen Gewebe teilungsfähiger Zellen (Meristem), mit der vorgelagerten schleimartigen Wurzelhaube (Calyptra). Beide bilden den stets sich erneuernden Lebenspol der Wurzel. Ein Stück weit wurzelaufwärts erstirbt die Wurzel in ihren Form- oder Todespol; sie verholzt. Mittebildend gliedert sich dazwischen, wie bereits geschildert, ein Drittes, in welchem sich beide Pole, Leben und Tod, in den beiden Funktionen
der Wurzelhaare durchdringen (vgl. Kap. «Der Frühjahrsprozess und die Bodenbearbeitung», S. 213 ff.). Die Wurzelhaare gruppieren sich in rhythmischer Anordnung rund herum um den Wurzelkörper. Es sind Ausstülpungen aus den nicht mehr teilungsfähigen Zellen der Wurzelhaut (Epidermis). Als solche sind sie einerseits stoffwechselaktiv, indem durch sie die Assimilate aus den oberirdisch ergrünenden Pflanzenorganen über den absteigenden Phloemstrom in das Erdreich ausströmen und dort das Mikroben- und Pilzleben der Rhizosphäre aktivieren und symbiontisch an sich binden. Die Wurzelausscheidungen (Exudate) betragen im Mittel der Kulturpflanzenarten etwa 30% ihrer Assimilationsleistung.[255]So steuert der Ätherleib der Pflanzen gemäß ihren Wachstumsrhythmen und -bedürfnissen über den Assimilationsstrom (Phloem) das Bodenleben – es sind niedermolekulare Eiweiße, Kohlehydrate, Enzyme, Vitamine, Säuren, Komplexbildner, Cumarine, Phenole, Glykoside, Alkaloide, ätherische Öle, Ethylen.[256]Anderseits sind die Wurzelhaare sinnesaktiv. «Die Wurzel der Pflanzen […]: Es ist ein Auge, aber ein schlechtes Auge.»[257]Die Wurzelhaare nehmen gleichsam die Salze wahr, die sich durch ihre eigene Stoffwechseltätigkeit (Austausch-Prozesse) sowie durch ihre Symbionten im feucht-wässrigen Milieu des Bodens gelöst haben. In prozessual gegenläufiger Gleichzeitigkeit – eine Eigenschaft des Lebensleibes – scheiden die Wurzelhaare die Assimilate in die Wurzelumgebung aus, regen mit diesen mikrobielle Abbauprozesse an und nehmen deren Endprodukt, das mineralisierte, tote Salz auf. Es gelangt im Gegenstrom zu den Assimilaten durch das Zellgewebe der Wurzeln und mündet in den aufwärts gerichteten Xylemstrom. Der eine, tote mineralische Strom von unten, und der andere, lebendige von oben, sind durch das Kambium voneinander getrennt.
Mit dem bloß gegenständlichen Denken ist dieses subtile Geschehen in und um die Wurzelhaare nicht fassbar. Diese in Gleichzeitigkeit aufeinander abgestimmten, gleichsam ineinander verwobenen Lebens- und Sinnesprozesse werden durch den Einsatz von synthetisierten Stickstoffsalzen empfindlich gestört oder gradweise blockiert. Die Pflanzenwurzeln haben kein Unterscheidungsvermögen über die Herkunft der gelösten Stickstoffsalze. Erhöht sich deren Konzentration durch fortgesetzte Zufuhr von außen, erlahmt die Tätigkeit der Wurzelhaare. Die Wurzeln werden stoffwechselschwach und
sensorialmente embotadas. Su capacidad de formar simbiosis se debilita, como ya se ilustró más arriba con el ejemplo de la raíz de trébol cargada de nódulos. La organización etérica de la planta, extendida hasta el espacio radicular, se repliega sobre la raíz; la *rizosfera* se empobrece. Carece de la fuerza formativa de lo Cósmico-Astral, cuyo «portador sustancial» es el nitrógeno.[258] El suelo y la planta forman una unidad vital. Del proceso de degradación de la sustancia orgánica que ambos llevan a cabo proviene el nitrógeno, que en su tránsito por la forma salina muerta pasa directamente a los procesos vitales de construcción. El cuerpo vital de la planta domina el momento de muerte de la forma salina. Con el aporte masivo de sales de nitrógeno sintetizadas, la planta queda sometida, por así decirlo, a una compulsión de absorberlas. En correspondencia con su origen, éstas son portadoras de fuerzas procedentes de la sub-naturaleza, que actúan en sentido contrario a las fuerzas formativas de la supranaturaleza.
La problemática antes señalada arroja luz también sobre la cuestión de la validez de la ley de la constancia de las sustancias y las fuerzas. ¿Es su comportamiento y su obrar en la naturaleza inanimada, comparado con el de la naturaleza viva, continuo o discontinuo? La observación enseña que la sustancia y el modo de su obrar de fuerzas adquieren ser y significado por el contexto en que ambos aparecen.
La aplicación de sales de nitrógeno sintetizadas a partir del aire tiene el poder de negar los contextos vitales en favor de su propio mecanismo de acción. Tienden a hacer valer en la organización vital de la planta el principio físico de la sucesión temporal de causa y efecto. De ello da cuenta también el hecho de que, para mantener los rendimientos, haya que emplear año tras año, de nuevo, cantidades aproximadamente iguales o incluso crecientes de sales de nitrógeno. Mediante el aporte externo de nitrógeno, los rendimientos se vuelven casi calculables.
Todo esto significa, sin embargo, que la raíz es alejada, mediante la llamada «fertilización mineral», de su función evolutivamente predispuesta. El centro, rítmicamente poblado de pelos radicales, entre el polo vital del ápice radicular y el polo de muerte de la raíz que se lignifica, pierde gradualmente su función metabólica y sensorial activa; se vuelve pasivo. La planta tiende a ser arrojada de vuelta a un estado evolutivo anterior, en el que era una pura «nacida del agua», flotando libremente como las algas en el agua salada de los océanos. Ahora bien, habiendo llegado —a través de largas etapas de desarrollo— a ser una «nacida de la tierra» con raíces, de porte erecto y
tallo, la sucesión foliar, la flor y elevándose hasta la semilla, precisa de un abonado que sirva a su ser como planta terrestre y sea capaz de mantener ese ser en desarrollo ulterior.
Las sales de nitrógeno sintetizadas cumplen sólo en apariencia el concepto del abonado. No abonan, sino que empujan e hipertrofian la planta reproductivamente hacia una exuberancia acuosa de masa. El estudio de los fenómenos que aparecen en ello, en cuanto a fisiología y formación de la forma, es sobremanera instructivo y exige directamente refundar el concepto del abonado. «La planta vive [...] directamente con la tierra y el agua.»[259] En el medio meramente acuoso, la vida vegetal (y también la animal) se desarrolla hasta estadios evolutivos inferiores; en la tierra impregnada de humedad, despliega su actividad radicular. Crece activamente hacia el elemento de lo térreo-sólido y desarrolla en la región de los pelos radicales una actividad metabólica en la apertura de materiales minerales y en la descomposición de materiales orgánicos, así como una actividad sensorial frente a todo «lo que es tierra [sal; nota del autor] y agua».[260] Abonar significa, por tanto, vivificar la tierra directamente, «y eso no se puede hacer procediendo mineralizadoramente».[261] Un abonado que vivifique la tierra misma comprende un triple:
- El abastecimiento del suelo con residuos orgánicos procedentes de la naturaleza vivificada y animada.
- La activación del metabolismo vegetal en relación con los efectos de fuerzas de la periferia cósmica y con los existentes entre la raíz y el suelo.
- El desarrollo de la incipiente dotación sensorial de la planta frente a las sustancias y fuerzas de la tierra y del cosmos hacia una capacidad sensorial superior.
Determinante para el enjuiciamiento del abonado según su valor y su efecto es su procedencia. Los compuestos nitrogenados sintetizados con alto gasto energético (ca. 50 MJ/kg N) provienen del nitrógeno atmosférico inorgánico-muerto (N2). Se convierten forzosamente en portadores de una astralidad que ejerce su fuerza desde la sub-naturaleza hacia arriba y actúa en sentido contrario a la que irradia desde la supranaturaleza del cosmos. Las fuerzas lunares astrales, que actúan a través del agua, ganan la primacía sobre la astralidad solar, que actúa a través de lo térreo-sólido. Por esta razón, en el cuadro 14 (pág. 273) se designa la
aplicación de sales de nitrógeno sintetizadas en la agricultura con el nivel de efecto «-1». Sólo al nitrógeno que surge de procesos vitales puede atribuírsele, en sentido propio, una acción fertilizante. Permanece en la organización etérica de la planta, recibe a través de ella las fuerzas formativas por las que imprime el arquetipo espiritual de modo reflejo en la forma sensible.
La aplicación de harinas de roca
Tan errado como el concepto de «fertilización nitrogenada» es el de «fertilización mineral», que subsume la aplicación de toda clase de sustancias minerales en la agricultura y la horticultura, con independencia de cuál sea su procedencia en la economía de la naturaleza o del proceso técnico mediante el que hayan sido elaboradas. Los elementos minerales posibilitan de manera altamente diferenciada los procesos vitales, pero no los generan. No abonan la vida como tal, sino que proveen su modo de manifestación físico-sensible. En la concepción corriente de la fertilización mineral no se establece diferencia alguna entre el nitrógeno del elemento aire y las sustancias nacidas de la tierra, como el fósforo y los metales alcalinos y alcalinotérreos, tales como el potasio, el calcio, el magnesio y otros. El nitrógeno está prácticamente muerto en cuanto a reactividad en el aire y reactivo-vivo en la tierra. Las sustancias de la tierra están muertas en cuanto a reactividad en sus profundidades y se vuelven activas en el contacto con el aire y el calor. Esta equiparación conceptual carente de toda cualidad tuvo consecuencias fatales. O bien se propagó la «fertilización mineral» como la última palabra de la sabiduría, como la única tecnología exitosa para asegurar e incrementar los rendimientos, o bien surgieron «herejes» que la rechazaban en conjunto. En la práctica, los espíritus se escindieron y un conocimiento más profundo del estado de la cuestión quedó en el camino. Hoy se juzga sobre estas cosas con mayor diferenciación. No ha sido la visión penetrante en el ser de las sustancias lo que ha producido este cambio, sino el tomarse en serio los contextos ecológicos en la práctica. En el momento en que se organiza la explotación agrícola en el sentido del principio del organismo de tal modo que la naturaleza misma se ocupe del balance de nitrógeno necesario —favorecido por un laboreo del suelo orientado al proceso, una rotación de cultivos rica en leguminosas y por abonos animales—, el balance mineral se regula por sí mismo, por regla general, a partir de los recursos del suelo. Esta capacidad del suelo para mantenerse sano en un nivel de producción más elevado se la debe a la mano hábil del ser humano.
Ahora bien, los emplazamientos son, por regla general, muy desigualmente «dotados» en cuanto a su balance mineral dado por la naturaleza. En loess, tierras aluviales, morrenas glaciares de fondo y suelos arcillosos y de arcilla de origen geológico más antiguo, el balance mineral es bastante equilibrado, según el grado de erosión y de meteorización. En emplazamientos como arenas glaciares, areniscas silíceas (Buntsandstein inferior) o rocas calizas (Jurásico blanco), junto a la abundancia de un elemento puede darse a veces una carencia absoluta del otro. En los suelos arenosos más antiguos se trata casi siempre de un déficit de bases metálicas —calcio, magnesio y potasio— así como de los llamados oligoelementos. En los emplazamientos calcáreos de escasa profundidad extrema falta habitualmente el fósforo. El déficit que más peso tiene en los emplazamientos que la naturaleza no ha favorecido es el de calcio, magnesio, potasio y fósforo. Estas situaciones deficitarias se vuelven tanto más precarias con el aporte de sales de nitrógeno y llevan necesariamente a un lavado de sales minerales fácilmente solubles en cantidades más elevadas.
En la agricultura y horticultura biodinámica solo puede hablarse de una sustitución de los déficits minerales existentes. No se trata aquí de elevar el nivel de las sustancias hasta los valores de referencia científicamente recomendados —como tal valor de referencia para el encalado paulatino destinado a restablecer el equilibrio ácido-base puede valer pH > 6—, sino más bien de estimular, con ayuda de las harinas de roca, la «actividad sensorial» de la raíz mencionada más arriba, en conexión con la vida del suelo asociada a ella. Esta dualidad de actividad metabólica periférica y actividad sensorial de la raíz orienta la apertura de las harinas de roca y, a través de ella, la apertura biógena —que había llegado a detenerse— de las reservas minerales del suelo. En este sentido son de particular importancia las harinas de rocas silíceas primitivas. Contienen el espectro completo de todos aquellos elementos sustanciales que constituyen el punto de partida del desarrollo de los suelos más fértiles. En el proceso de molienda puramente mecánico se conserva la rigurosa composición geométrica de los silicatos. La meteorización del granulado fino tiene lugar en la capa vegetal vivificada aireada, húmica y metabólicamente activa, y es por ello un acontecer en gran medida biógeno. Conduce a la génesis de minerales de arcilla primarios y secundarios en la zona de las raíces finas de la *rizosfera*. Además, con ello quedan libres fuerzas del éter químico y del éter de vida que en tiempos primigenios habían quedado cuajadas en el tránsito del estado de lo Vivo-Acuoso al estado formal muerto de lo térreo-sólido.
Los suelos más fértiles del mundo deben su origen a las harinas de rocas silíceas. Son las dispersiones de polvo del «loess» de las
Übersetzung
dispersiones de polvo del «loess» procedentes de los glaciares de la última glaciación hacia el solar libre de hielo, así como los sedimentos anuales de arcilla y limo en las zonas de inundación de los ríos (por ejemplo, el Nilo antes de la construcción de la presa de Asuán) y la deposición de cenizas volcánicas. Estas últimas fueron empleadas en la Antigüedad en el Mediterráneo para mejorar suelos de rendimiento marginal. También el rejuvenecimiento de suelos envejecidos o de lugares naturalmente ácidos mediante la marga —es decir, mediante el aporte de rocas arcillosas sueltas, de fácil meteorización y ricas en cal— se ha convertido en práctica generalizada a más tardar desde el edicto de Carlos el Calvo (823–877) del año 864.[262] El alcance del transporte de masas tan pesadas era, naturalmente, limitado.
En oleadas sucesivas se intentó, durante los siglos XIX y XX, prestar mayor atención a las harinas de roca. Se toparon con una competencia sin salida frente a la rapidísima expansión de la llamada «economía de abonos artificiales», es decir, la aplicación de nitrógeno, fósforo y potasio esencialmente en forma altamente concentrada. Se esperaban resultados rápidos, que no llegaron —lo cual era lo único que cabía esperar. El uso de harinas de roca se orienta precisamente hacia una mejora a largo plazo, hacia un rejuvenecimiento paulatino de los suelos pobres en bases. La eficacia de estas harinas se acelera con su grado de finura y es aún mayor en combinación con materias orgánicas como el estiércol de establo, el purín y los composts.
en la cal apagada ya no agresiva —hidróxido de calcio, Ca(OH)2—. La cal viva se recomienda como aditivo para materiales de compost de descomposición rápida.[263] Amortigua «una vida demasiado exuberante en lo etérico» en favor de las fuerzas configuradoras de lo astral en el montón de compost.
Los suelos lixiviados de cal arrastran consigo, sobre todo en arenas pobres en arcilla, un déficit de magnesio. El harina de dolomita puede remediar esto. Los depósitos de cal contienen en general pequeñas proporciones de magnesio. En la dolomita (CaCo3 * MgCo3) estas se elevan al 50%. Otra harina de roca es el sulfato de magnesio, la kieserita (MgSo4 * H2O). La pregunta acerca de cómo remediar la deficiencia de potasio la responde Rudolf Steiner[264] con la kalimagnesita, la Patentkali (K2So4 * MgSo4), una combinación eficaz que fortalece el equilibrio de bases.
Una forma especial del encalado, y no solo de él —sobre todo en horticultura—, es el empleo de cal de algas. En ella se reúne, en toda su diversidad, el espectro completo de elementos sustanciales que la vida mineral-vegetal de los orígenes en los océanos del mundo mantiene dispuesta.
En suelos ácidos de edad avanzada puede ser necesario, en casos extremos, además de la mejora del equilibrio de bases, también una mejora de los fosfatos para activar la vida del suelo. Mientras que los componentes básicos del suelo —calcio, magnesio, sodio y potasio— están sujetos al lavado, en el caso del fósforo esto ocurre solo en escasa medida. En el medio ácido se combina con el aluminio; en el alcalino, con el calcio. Los fosfatos de aluminio y de calcio son difícilmente solubles y son movilizados principalmente por las exudaciones de las raíces, bacterias simbióticas y micorrizas (*hongos hifales*). En condiciones normales, el equilibrio fosfático se regula por sí solo en un suelo biológicamente activo.
Para medidas meliorativas entran en consideración fosfatos de calcio procedentes de los yacimientos óseos terciarios del norte de África, así como fosfatos ligados al silicio y al calcio de las escorias de alto horno. Su movilización se realiza en el sentido indicado, en última instancia, bajo la dirección de la organización etérica de las plantas que se extiende hacia el espacio del suelo atravesado por las raíces.
La movilización de las harinas de roca silicatadas —entre las que se cuentan también las cenizas volcánicas— se realiza igualmente de manera en gran medida biógena. Su significado para la mejora de suelos lixiviados debe evaluarse de manera aún distinta
que la acción meliorativa dirigida de las rocas sedimentarias. Las harinas silicatadas se meteorizan lentamente, en función de su grado de finura. No cabe esperar un éxito reconocible a corto plazo, pero aquí vale la palabra: «El tiempo cura.» Un desarrollo toma su inicio; afecta tanto a la fuerza radicular de la planta como a la vida simbiótica del suelo que abre los nutrientes, así como a una formación de arcilla por así decir homeopática *in statu nascendi*. Tiene lugar un nuevo comienzo de una dinámica propia autóctona. Pero solo aportes repetidos de ca. 2 t/ha/año muestran efectos en la capacidad de sazón del suelo y en la ampliación del espacio radicular.
La multiplicidad de elementos que componen la composición sustancial de las rocas magmáticas plutónicas y efusivas son pedogenéticas y al mismo tiempo en gran número esenciales para el medro de las plantas. Tanto aquí, en los suelos y rocas de origen, como allá en las plantas y especies vegetales, varía la proporción de estos elementos. Así, por ejemplo, las rocas plutónicas de la serie granítica van desde el granito con ca. 80% SiO2 pasando por el *sienita* (60%), el *diorita* (55%) y el *gabro* (50-45%) con contenidos decrecientes de sílice. A la inversa, los contenidos en óxidos de hierro, magnesio y calcio se multiplican hasta varias veces. En la serie pórfida, desde el cuarzopórfido pasando por el pórfido, el porfirita hasta el diabasa o melafiro, rige lo mismo, al igual que para la serie de las rocas efusivas desde el *liparita* rico en cuarzo pasando por la *fonolita*, la *andesita* hasta el basalto. Sobre los mantos basálticos se encuentran suelos especialmente fértiles y ricos en minerales. Por la amplitud de su distribución y su composición mineral de carácter más bien básico con 45% SiO2, 10% FeO, 7% MgO, 10% CaO++[265] el basalto suministra la harina de roca de aplicación más frecuente. Aquí adquiere una gran importancia, en la amplia estructura elemental, la dominancia de la sílice y de la alúmina (óxido de aluminio, Al2O3), respectivamente el potencial de fuerzas que esta determinada composición ha generado. El riguroso estado formal del cristal se transforma en el estado coloidal, en el que la sustancia se mantiene en suspensión entre lo sólido y lo líquido.
Junto a la aplicación superficial, menos practicada, las harinas de roca se conducen preferentemente a través del proceso de compostaje. La apertura y la incorporación a los procesos vitales se realiza en un acontecer metabólico microbiano. El volumen de aplicación a través del compostaje se limita a un simple espolvoreo del material de compost durante el armado.
Resumiendo, hay que insistir una vez más: la aplicación de harinas de roca de cualquier tipo no puede tratarse de un abonado, sino de una sustitución de déficits minerales dados en la naturaleza anorgánico-muerta, ya sea por la composición mineral unilateral de la roca originaria que dio lugar a la formación del suelo, ya sea como consecuencia de suelos profundamente lixiviados de edad avanzada. Son suelos enfermos que, con un esfuerzo sustitutivo comparativamente reducido y en combinación con las verdaderas medidas de abonado que se describirán a continuación, pueden ser tratados terapéuticamente y estimulados hacia una nueva dinámica de desarrollo. Las aportaciones externas de nitrógeno en forma de sal anulan en gran medida o del todo este acontecer sutil, sostenido por la vida de la planta y del suelo. La consecuencia es que también las sustancias vinculadas a la tierra, llevadas a una forma fácilmente soluble y dosificadas anualmente según las necesidades de cada cultivo, han de aplicarse en cantidades mayores.
Nivel 1: El abonado desde lo viviente de la naturaleza vegetal
La planta deja tras su marchitamiento dos cosas: la semilla y todo aquello que es común a las plantas superiores, a saber, raíz, tallo, hoja y flor. Frente a la semilla individual se puede llamar a esto lo Allgemein-Pflanzliche — lo universal-vegetal. Crece, desarrollando su forma, de semilla en semilla. Pero en la semilla que se forma de nuevo se imprime lo cósmico, «lo que vive como forma de la planta en la semilla»,[266] cada vez de nuevo. En la germinación se extingue en la forma la semilla, el embrión se despliega y queda ahora fuertemente sometido a la eficacia de las fuerzas terrestres. Pero la fuerza seminal sigue actuando sin cesar; irradia a través de la raíz que se adentra en la profundidad, de igual modo por el tallo que brota verticalmente hacia arriba y por los nervios foliares de las hojas que se afanan lateralmente hacia la forma; se revela finalmente en la forma y en la flor, en imagen, el ser que ha vivido espiritualmente como forma en la semilla. Oculto en la flor, el brote se represa hacia el ovario que, polar a la flor irradiante, se cierra como envoltura de los primordios seminales. Aquí, en el primordio seminal, la fuerza seminal se une con la «corona» de lo universal-vegetal, el polen. En el morir de la planta madura el doble germen seminal hasta convertirse en semilla. Contiene todo aquello que se ha desplegado en el espacio y en el tiempo como acontecer presente, terrestre-cósmico
le ha sido impreso, colmado sustancialmente y conformado. Al mismo tiempo vive en la semilla algo eterno que en lo terrestre se actualiza una y otra vez de nuevo. Distinto es todo aquello que, del germen que brota y se extingue, ha llegado a ser imagen fenoménica de la planta. Todos sus órganos fueron irradiados por la fuerza seminal. Por ella se convirtió la aparición de la planta en imagen de su tipo. La fuerza seminal ha dejado sus huellas en todos sus órganos, en raíz, brote, sucesión foliar y flor. Estas huellas son tanto más marcadas cuanto más los tejidos, todavía impregnados de vida, cuajan en la forma de la armazón estructural o incluso llegan a lignificarse.
En los residuos de las plantas, en todo aquello que no se ha convertido en semilla sino que ha quedado rezagado, se hallan ante nosotros productos del acontecer natural espacio-temporal. Llevan todavía en sí, en la composición sustancial, huellas de la vida y de la fuerza seminal. Amenazan con caer del todo en la muerte, en la mineralización. Y eso ocurre también y tiene que ocurrir, porque la planta necesita de las sales minerales muertas para despertarlas a nueva vida mediante la fuerza de su organización etérica. Solo que ello debe suceder en el momento oportuno y en la justa medida. Ahora bien, la naturaleza tiene el poder de retardar este proceso de mineralización, o incluso de detenerlo y de reconducirlo hacia algo nuevo. Lo que entonces surge es el humus. Con los residuos vegetales y los desechos animales que regresan a la tierra y se transforman en humus, la tierra se abona a sí misma. Se abona conforme a la máxima «la vida abona a la vida». Con la formación de humus surge una composición sustancial que merece por primera vez el nombre de ser el abono más elemental en la economía de la naturaleza.
De la esencia de la composición
Lo que la naturaleza nos muestra, puede elevarse en manos del ser humano a verdadero arte del hacer. Compostar es un arte del trabajo en el que pensar, vivenciar y actuar se hallan en permanente diálogo recíproco. Se puede, según Rudolf Steiner, ganar «una relación personal con el abono y en particular con el trabajo con el abono...»[267] Eso solo puede lograrse cuando se conocen todas las circunstancias del tipo y la procedencia del material — por ejemplo, si se trata de verdor joven, si es voluminoso o incluso lignificado, rico en proteínas o en sílice, si predominan raíces, hojas, masas de paja, etc. Cada una de estas sustancias orgánicas tiene una determinada
composición sustancial específica. Por eso sería ideal que la pila de compost se construya como un todo a partir de la mayor diversidad posible de materiales de desecho. En la horticultura eso es más factible que en la agricultura. Aquí, condicionadas por las estaciones del año, pueden acumularse grandes masas de manera unilateral.
Una cifra orientativa — tosca, pero útil en la práctica — sobre la mayor o menor velocidad de descomposición la ofrece la llamada relación C/N. Cuanto mayor el contenido de nitrógeno en relación con el carbono como estructurador, más rápida la descomposición. La serie desde los materiales de difícil a los de fácil descomposición es la siguiente:
| Aserrín | = | 500 C:1 N |
| Astillas según composición | = | 250-400:1 |
| Paja de trigo | = | 100:1 |
| Paja de centeno | = | 65:1 |
| Paja de avena | = | 50:1 |
| Hojarasca de roble y haya | = | 40-60:1 |
| Paja de leguminosas | = | 50-30:1 |
| Estiércol de establo fresco | = | 20-25:1 |
| Residuos de cocina | = | 25:1 |
| Estiércol en descomposición | = | 50-20:1 |
| Boñiga de vaca | = | 14-16:1 |
| Compost maduro | = | 10-12:1[268] |
Todo lo que el organismo agrícola excreta hacia adentro en el transcurso del año como sustancia orgánica puede considerarse humus nutritivo. En tierras de cultivo y de jardín se trata de los restos de rastrojo y el sistema radicular, que representa aproximadamente un tercio de la masa del crecimiento total, así como del estiércol procedente de la ganadería (incluida la paja de cama), del heno viejo, la paja, los residuos de forraje del establo, hojarasca, recortes de césped, residuos de cocina, material de excavación de zanjas, etc.[269] Aquí se quiere tratar ante todo el acontecer procesual desde el armado hasta la madurez. La pila de compost se coloca en un lugar lo más sombreado posible por encima del nivel del suelo, en el ámbito de acción del aire y del calor, del polo metabólico de la agricultura, sobre
suelo no pavimentado. Debe garantizarse la relación con las fuerzas de las profundidades y de las alturas. La exigencia legal de compostar sobre una base impermeable (losa de hormigón) corta el obrar de las fuerzas en la pila de compost de las fuerzas de las profundidades de la tierra que actúan desde abajo. La pila de compost es un trozo de tierra vuelta del revés,[270] comparable a un tronco de árbol lignificado que arraiga en la tierra y se eleva por encima de ella hacia la periferia aérea. La concepción de que durante el compostaje se filtran hacia el subsuelo cantidades apreciables de nitrato es pura teoría. A través de las sustancias mucilaginosas que se liberan en el curso de la descomposición, los poros del suelo se cierran. En los macroporos de los suelos arenosos se recomienda cubrir la superficie del suelo con una delgada capa de *bentonita* (arcilla expansiva). Un posible riesgo de lixiviación puntual y temporal de nitratos, como consecuencia del agua de percolación tras lluvias intensas, se debe por regla general a un armado inadecuado y a una cobertura deficiente. A este inconveniente se puede remediar con facilidad.
En el lugar de compostaje debe haber suficiente compost madre disponible para la inoculación del material que se va a armar de nuevo, así como tierra arcillosa, marga o loess para esparcir entre las capas individuales y para cubrir la pila; además paja para la cobertura final. Para reducir la relación C/N pueden añadirse también estiércol de establo, harina de cuerno o harina de sangre. Como otros aditivos cabe considerar, en dosis reducidas, harinas de roca, fosfato natural, harina de huesos, cal de algas, entre otros. La adición de los preparados biodinámicos para el compost se tratará aún por separado. El armado y la mezcla de los materiales puede hacerse con el esparcidor de estiércol, pero lo mejor es hacerlo a mano. Y aquí está el punto doloroso. ¿Dónde están las muchas manos, las personas que hagan este trabajo, no del todo fácil, a tiempo, con comprensión y con alegría? Faltan, y por eso la preparación del compost se ha convertido o bien en la cenicienta de los procesos de la explotación o bien en una cuestión de rutina puramente técnica. Esta última se limita a los procesos meramente mecánicos de la mezcla —y eso muy limitadamente—, del armado y del volteo generalmente múltiple, para acelerar la maduración hasta obtener un abono utilizable a costa de grandes pérdidas. Aquí uno se despoja de nuevo de un rico campo de experiencia —precisamente este: ganar «una relación personal con el abono y con el trabajo con el abono». Como todo lo orgánico-viviente, el proceso de compostaje está sometido a la
tiempo. Se desarrolla desde un metabolismo caótico, el humus nutritivo, hasta el estado maduro de la forma, el humus estable. Es un proceso que transcurre en ritmo, en el campo de tensión entre el movimiento acentuado al comienzo (alto recambio) y el reposo acentuado al final (formación de una nueva sustancia). Este acontecer espacio-temporal quiere ser acompañado perceptivamente en todas sus fases y meditado con espíritu de investigación. Esto exige que uno mismo se ponga activamente en movimiento y luego, en el curso posterior, se detenga en quietud, perciba los olores, la consistencia, etc., y permanezca contemplando y pensando en el acontecer.
En este sentido, la preparación del compost es un campo de trabajo de ejercitación consciente que exige y forma al ser humano entero. Uno toma el bieldo y la pala y construye la pila por capas sobre una anchura de aprox. 1,20 m, colocando en porciones material de descomposición fácil y difícil uno junto a otro y uno sobre otro, intercalando eventualmente capas de estiércol de establo así como capas delgadas de tierra arcillosa y en el borde algo de compost madre, y espolvorando cada capa según la valoración de la índole de la necesidad con los aditivos mencionados. En el caso de material voluminoso y seco rige la vieja regla: «Písamelo bien y mantenlo húmedo.» En el armado de la pila no se sigue ningún esquema, sino que a cada paso de la acción le precede una consideración.
La pila terminada de armar hasta aproximadamente un metro de altura se convierte en poco tiempo en un caos vivo y proliferante. Necesita una envoltura delimitadora, una piel protectora y respirante. Esta función la cumple mejor una fina cobertura de tierra y sobre ella una capa de paja, heno viejo o turba. En este estado, la pila de compost cumple todas las condiciones que caracterizan a un organismo cerrado en sí mismo. Con la ayuda del oxígeno, portador de las fuerzas etéricas, desarrolla una vida propia, y en conexión con el nitrógeno, portador de las fuerzas astrales, una vida interior. El vellón de plástico como única cobertura es cierto que repele la lluvia y es permeable al aire, pero no deja de ser un sucedáneo. La piel exterior tiene la función de retener las fuerzas que irradian hacia afuera y devolverlas hacia el interior de la pila. Desde el exterior, la pila está rodeada por las fuerzas y los ritmos del obrar elemental en el viento y el tiempo. Con independencia de este acontecer exterior, la pila de compost despliega una rítmica y una dinámica propias en el tránsito conforme a leyes por los estados de los cuatro elementos —calor, aire, agua y tierra— y las fuerzas etéricas creadoras de vida que actúan conjuntamente con ellos: el éter de calor, el éter de luz, el éter químico y el éter de vida.
En sus extensos estudios sobre la vida de la pila de compost, Bockemühl[271] ha seguido en ensayos de compostaje (en adelante BKV) con una mezcla de estiércol de vaca y de caballo una serie de procesos vitales que se desarrollan en la pila desde el armado hasta la madurez. Estos confirman en detalle las cuatro fases del desarrollo del compost, bien conocidas por el practicante atento, mediante distintos datos de medición en sucesión temporal, pero sobre todo a través de la aparición y desaparición de distintos grupos de organismos a lo largo de esas cuatro fases. Como representante característico de los procesos de descomposición y transformación en la pila, Bockemühl eligió el grupo, rico en especies, de los colémbolos (*Collembola*), que, tras la lombriz de compost roja (*Eisenia foetida*), realizan el trabajo principal de conversión. En este contexto, sin embargo, hay que subrayar que tanto su actividad como la de los anélidos, nematodos, larvas de insectos y la cantidad prácticamente infinita de microbios son en cada caso síntomas de un entramado de relaciones que debe comprenderse como totalidad. Las condiciones para la formación de esta totalidad las crea la mano del ser humano. Que estas cuatro fases se integren de manera autónoma y esencial en un órgano dentro del organismo agrícola exige de manera continua atención y mano cuidadora.
1. La fase térmica
En el BKV se anuncia al cabo de poco tiempo mediante un calentamiento que asciende bruscamente (figura 16, p. 292), pero que decae con igual rapidez. Con un apilamiento suelto, es decir, con acceso sin obstáculos al oxígeno, la temperatura puede dispararse hasta los 70 °C; con un apilamiento más denso y húmedo, la temperatura asciende hasta el óptimo de 55 °C a 60 °C y desciende después muy paulatinamente hasta los 30-25 °C. El calentamiento es una función de la actividad microbiana aerobia, que libera el calor solar acumulado en el material orgánico procedente de los años anteriores y crea con ello el medio de vida elemental para la vida microbiana llena de relaciones de la pila. El desarrollo del calor requiere una regulación mediante un apilamiento más denso o más suelto, según el caso, el mantenimiento de la humedad y, si fuera necesario, un pisado posterior. Con un apilamiento demasiado denso y demasiado húmedo, la pila permanece fría; se produce putrefacción a consecuencia de una descomposición anaerobia. Un volteo resulta entonces inevitable. Con un calentamiento intenso hasta los 65-70 °C, los microorganismos presentes en el material de partida

quedan fuera de combate junto con los pequeños animales, los organismos nocivos, etc. presentes en el material de partida, y también las semillas de malas hierbas pierden su capacidad germinativa. En el BKV, la primera fase duró, solapándose con la segunda fase, en torno a dos semanas.
Con la aparición del elemento sensiblemente perceptible del calor queda también libre el éter de calor ligado en la masa orgánica. Él es el complemento espiritual-suprasensible del calor como elemento. Mantiene el proceso en marcha y lo conduce a su debido tiempo a la siguiente fase procesual. El calor exterior tiende a disiparse, mientras que el éter de calor entra en relaciones — es, en rigor, el verdadero iniciador de todo acontecer procesual. Por eso ha de cuidarse que el calentamiento transcurra más bien de forma lenta y sostenida. El calor debería permanecer dentro del montón. El éter de calor a él vinculado inaugura entonces un desarrollo en el que el montón se cierra organismicamente en una totalidad.
2. La fase de respiración aérea y desgasificación
Paralela a la fase de calentamiento comienza una especie de proceso respiratorio. El oxígeno como portador de eficacia etérica en lo físico es, por así decir, inhalado; estimula la explosiva actividad bacteriana de descomposición. El
dióxido de carbono (CO2) así liberado escapa como gas a través de la piel del montón hacia el aire exterior (figura 16). En el BKV se alcanzó el máximo al cabo de tres a cuatro semanas, para descender luego rápidamente a las siete semanas y, a continuación, de manera uniforme hacia el final del experimento a lo largo de un año. Distinto fue el comportamiento de la desgasificación de amoniaco, que comenzó desde el mismo inicio, alcanzó el valor máximo en la segunda y tercera semana y cayó a casi cero tras seis semanas. En este intervalo de tiempo de la emisión de amoniaco — en materiales ricos en proteínas como residuos de verdura también de sulfuro de hidrógeno — se desprenden al exterior nubes de olor que deberían permanecer en lo posible dentro del montón: «un organismo es tanto más sano cuanto más huele por dentro y cuanto menos huele por fuera».[272] La emanación de olor es signo de un acontecer todavía proliferante, sin forma. Señala pérdidas de sustancia irrecuperables. A estas les pone coto la proliferación de hongos (hongos con sombrero) que se presenta en la segunda fase. Ella cuida — aunque proliferando también ella misma y penetrando todo el montón — de una inhibición de la actividad bacteriana de descomposición dominante en la primera fase. Paralela a la proliferación de hongos se forma a partir de ese momento nitrato en lugar de amoniaco, cuyo contenido aumenta de manera sostenida en los meses siguientes y entra en la formación de humus a través de fases precursoras semejantes a proteínas.
La imagen característica de las nieblas de vapor de agua que ascienden de los montones en las frescas horas matinales atestigua en la segunda fase un progresivo desecamiento y con ello una aireación. Paralelo a esto comienza a estrecharse la relación C/N, que en el BKV llegó a fijarse al final en 12:1. El desarrollo de los colémbolos asciende (para una determinada especie de colémbolos en el BKV) bruscamente en la cuarta semana, para descender luego con igual rapidez hasta la décima semana. Otras especies siguen y desaparecen de nuevo. En el BKV, la duración de la segunda fase, solapándose con la primera y la tercera, alcanzó ya casi cuatro semanas.
Con la liberación de los gases queda libre el éter de luz; él es el complemento etérico-suprasensible del elemento del aire. Ayuda a los seres vivos del montón de compost a llevar una vida — a pesar de la ausencia de radiación solar directa — en la oscuridad. Es un éterico de luz conservado del superior acontecer vital ya extinguido, que convoca a la existencia la vida inferior de plantas y animales que se remonta a las primeras fases evolutivas de la Tierra. ¿Cuál es ahora la contribución del éter de luz al desarrollo del montón de compost? Al comienzo, el montón de compost es una mezcla más bien fortuita de residuos orgánicos. La descomposición microbiana de los mismos no es un acontecer causal para
el devenir activo del éter de luz, sino uno simultáneo. El éter de luz actúa por una parte en el crecimiento de los organismos individuales; por otra parte, en el entrar en actividad de todos estos innumerables seres vivos vegetales y animales, crea contextos relacionales que orientan holísticamente la vida del montón de compost hacia la formación de humus estable. El éter de luz hace que el montón de compost crezca inicialmente, por así decir, hacia adentro, y espacializa, mediante la actividad de los animales pequeños, el producto final en la contigüidad uniforme y grumosa del humus.
3. La fase acuosa o de transformación
Se hace evidente en el brusco hundimiento del montón. Tras la precedente fase de desecamiento, este asienta ahora más compacto y se humedece a sí mismo, en tanto que, mediante la degradación de las membranas celulares difícilmente descomponibles, el líquido emerge de las vacuolas celulares y de los espacios intercelulares (Figura 16, p. 292). El montón se cierra más frente al mundo exterior, ya no huele a corrosivo, y en el ambiente húmedo-acuoso se producen múltiples transformaciones, recomposiciones y neoformaciones de sustancias. Los animales pequeños, en primer lugar los Collembola, asumen la dirección; fragmentan el material, se nutren de microbios y hongos y reducen con ello su población. El caos proliferante de las fases 1 y 2 comienza a ordenarse, mediante la reproducción masiva de los animales pequeños, y a articularse en espacios interiores aireados. Las condiciones del medio se transforman y, en correspondencia, los colémbolos se metamorfosean de formas vermiformes escasamente diferenciadas a otras con formaciones orgánicas claramente pronunciadas. Del BKV se desprende cómo una especie sigue a la otra y desaparece de nuevo. Así vive en la oscuridad del montón el mundo de los animales pequeños, de manera evolutiva, una existencia todavía inferior, por así decir planto-animal. Esta es atravesada en parte desde adentro, en parte desde afuera, por fuerzas de un lo anímico-astral que actúa de manera diferenciada. Esta vida sensitiva hace del montón de compost un organismo. En la tercera fase se produce en él el tránsito desde el estado todavía informe de lo acuoso hacia aquel de lo térreo-sólido configurado: una única y gran transformación de la sustancia.
En el BKV, la tercera fase acuosa, solapándose con la segunda y la cuarta, se extiende a lo largo de siete semanas. En este período los Collembola alcanzan durante dos semanas un máximo de su despliegue, es decir, entre mes y medio y dos meses después del armado.
Con la tercera fase, la húmedo-acuosa, se vuelve activo principalmente el éter del sonido o químico. Los tipos de éter contrastan funcionalmente con los elementos con los que son de igual origen evolutivo. Mientras que en la fase acuosa el montón adopta una consistencia más densa y homogénea, el éter del sonido o químico fragmenta la vida del montón en una diversidad innumerable de células individuales, pero no de manera azarosa, sino en un orden en constante transformación. Divide y recombina en variaciones siempre nuevas. Lo esencial no son las bacterias individuales, los protozoos, las algas, los hongos, los gusanos, las larvas, etc., sino lo que ocurre entre ellos: el intervalo. Para hacerlo visible, puede compararse el acontecer procesual en el montón de compost con una sinfonía. En una sinfonía, los sonidos y los intervalos que los separan y a la vez los conectan generan ritmo, melodía y armonía. Una sinfonía tiene en general cuatro movimientos, cada uno con su tema, que suena en una corriente de movimiento de sonidos, se repite y varía. En el mismo sentido actúa el éter del sonido o químico en el montón de compost, no en el elemento aéreo de los sonidos, sino en el húmedo elemento terrestre de las sustancias. En estas últimas es el portador del proceso de todos los ritmos, las repeticiones y las metamorfosis hasta el punto final donde aparece el humus maduro. Así puede contemplarse el humus, en las variaciones de sus composiciones numéricas de carbono (C), oxígeno (O), nitrógeno (N), hidrógeno (H) y azufre (S), por así decir, como espejo terrestre de las armonías esféricas.
4. La fase de terrificación
Tras las pérdidas de sustancia en la primera y segunda fase y la recomposición sustancial en la tercera, el volumen del montón se reduce paulatinamente. Pasa al estado de lo térreo-sólido; se consolida y se estructura de manera unitaria en una suerte de neoformación sustancial: el humus estable (Figura 16, p. 292). Este proceso no se manifiesta únicamente en el ennegrecimiento y la estructura friable y desmenuzable, sino también en cualidades de olor y sabor — percepciones que conducen más cerca de la naturaleza esencial de lo sustancial. El montón se llena por dentro de un suave y terroso aroma. Lo cualitativo del sabor es inmanente al acontecer procesual mismo: el montón de compost se encuentra ahora en un estado en el que un mundo de pequeños animales que se multiplica en masa determina el acontecer. Es de índole evolutiva inferior, vive en la oscuridad y en la humedad
4. La fase de terrificación (continuación)
y actúa en alta especialización de manera descomponedora y reorganizadora. Cada especie animal encuentra, preparada en la cadena alimentaria, el alimento para el cual está organizado su sentido del gusto y su actividad digestiva. Como último en aparecer está el gusano de compost emparentado con la lombriz de tierra (*Eisenia foetida*), que realiza con notable predominancia el verdadero trabajo de digestión y de neoformación sustancial. Actuando en dirección similar, aunque con menor peso en calidad y en cantidad, están activos los gusanos anélidos (*Annelida*), los miriápodos (*Myriapoda*), las cochinillas (*Isopoda*), las larvas de insectos y otros.
Si se hunde la mano en un montón de compost que se encuentra al comienzo de la fase de terrificación, se tiene entre los dedos una sustancia de color marrón oscuro a negruzco, que aún contiene los últimos restos de raíces, tallos y hojas colonizados por microbios, y que con frecuencia está atravesada en madejas por una gran masa de los mencionados gusanos de compost. Los gusanos y los demás animales pequeños mueren en cuanto también el último resto de residuos orgánicos ha sido digerido y —en simbiosis endógena con las bacterias intestinales— se convierte en deyección. Esta, en cuanto sustancia animada etéricamente, está como impregnada de fuerzas astrales que la masa digestiva ha absorbido en su tránsito a través del tracto intestinal animal. Estas fuerzas obran, por un lado, la transformación del humus nutritivo en humus estable, y refrenan la actividad descomponedora de los microbios o la reconducen incluso hacia una actividad constructiva. Por otro lado, son las fuerzas astrales transmitidas por el animal las que posibilitan la unión con los minerales de arcilla para la formación de los complejos arcillo-húmicos. En esta fase final se puede hablar con pleno derecho de una astralización, de una animación anímica del montículo de tierra. Todo se forma e individualiza de manera organísmica en un todo unitario.
Hasta la terrificación completa, la cuarta fase ocupa el tiempo más largo. Dura tanto más, cuanto más rico en fibra cruda es el material de partida. En el BKV (estiércol de vaca/caballo) el estadio se alcanzó después de aproximadamente cuatro meses. La actividad de los gusanos comenzó en la semana 7 y terminó en la semana 13. La temperatura se mantuvo casi constante a unos 25 °C, con una diferencia media de unos 4 a 5 °C por encima de las oscilaciones de la temperatura exterior.
en lo suprasensible.[273] El éter de vida es en el montículo de compost el formador de la vida de una gran multiplicidad de seres vivientes. Esta vida está al mismo tiempo llena de sentido. Cuando lo que está lleno de sentido se extingue en la forma, el éter de vida queda libre para volver a componer sustancias en un nexo vital, al final en el humus. Este se convierte, por un lado, sobre la base del oxígeno presente en el humus, en preservador de la vida; por otro lado, el humus contiene nitrógeno que, como el oxígeno y otros, se halla entretejido en una composición sustancial rica en variantes, semejante a la proteína. Sustancialmente, el nitrógeno forma el puente hacia lo astral-entitativo, lo dador de sentido. De esto puede concluirse que el éter de vida en el humus es la fuerza formativa propiamente dicha, a cuyo servicio se ponen sus tres parientes más ancianos: el éter de calor, el éter de luz y el éter químico. ¿Y no se convierte precisamente en la fuerza formativa propiamente dicha por el hecho de que, mediante el nitrógeno, tiene la capacidad de conducir lo astral hacia lo etérico y lo físico? ¿No se convierte así el compost (humus estable) en el abono más elemental de una fertilidad perdurable autóctona del suelo? ¿Y no confiere este éter de vida, así devenido fuerza formativa, al nexo vital «suelo y planta» el poder de formarse en totalidades, de individualizarse y de convertirse en imagen refleja fiel de su ser enraizado en lo suprasensible? Dondequiera que en lo viviente reconocemos contextos vitales que actúan entre sí, llenos de sentido o de sabiduría, seguimos las huellas del éter de vida.
Contemplado en su conjunto, puede decirse en resumen: los materiales de desecho orgánicos que han muerto desde un nexo vital superior quedan sometidos en el pila de compost, en primer lugar, a una nueva biovitalización aunque de carácter caótico, y luego, constructivamente, a una transformación sucesiva y a un nuevo morir en la forma enraizada del humus. Pero este lleva en sí el germen de una nueva vida en la Tierra: la «semilla universal de lo general-vegetal». En este sentido, el humus es un abono desde la vida para el despliegue de una vida superior, es decir, para el desarrollo vegetativo de las plantas cultivadas. El abono de compost es —igual que un fruto que madura y que alimenta a hombres y animales— un fruto nutritivo para el suelo y la planta. A través de él, lo pasado se une a lo presente y hace posible lo futuro.
En los cuatro estadios hasta la rerraización de la materialidad que anteriormente pertenecía a una planta o a un animal, se refleja, apenas visible en lo pequeño y en sucesión temporal, una suerte de repetición de la evolución de la Tierra y del
cosmos. En el principio originario, el calor puro (éter de calor —un acto de sacrificio de elevados seres espirituales) llenaba el «Antiguo Saturno». A ese estado siguió, por la vía de la condensación de una parte del calor, el surgimiento del elemento aéreo y con él del éter de luz en el «Antiguo Sol»; luego, mediante la condensación de una parte del aire, el elemento acuoso en la «Antigua Luna» y con él el éter químico o del sonido; y finalmente, con la condensación de una parte del elemento líquido, el estado del elemento de lo térreo-sólido, la Tierra devenida obra y con ella el éter de vida.[274]
Lo que en el pila de compost —elevado por encima del nivel del suelo— se desarrolla como proceso artificialmente artístico, la rerraización de una vida superior pasada en humus estable, ocurre de manera más velada en todos los suelos, de modo completamente natural en los suelos forestales. En suelos de labranza y de jardín, este acontecer, dirigido por el laboreo del suelo (cf. pág. 205 ss.), es elevado a un nivel superior de fertilidad. A este fin sirve también el abono verde: un cultivo especialmente destinado al abastecimiento de humus mediante gramíneas de crecimiento rápido, crucíferas, leguminosas y otras. Las masas verdes ya marchitas de la cubierta del suelo proporcionan el humus nutritivo para los estadios de descomposición 1 y 2, mientras que la masa radicular que permanece en el suelo sirve principalmente en los estadios de construcción 3 y 4 a la formación de humus estable.
El abono verde se incorpora mediante mullido y adquiere el carácter de una compostación superficial. Esta consiste en coberturas del suelo con materiales orgánicos, desde verdor joven hasta astillas de madera entre las plantaciones en horticultura. También aquí es recomendable una mezcla de distintos materiales. Debe evitarse la paja pura o las hojas puras: la primera es demasiado suelta y voluminosa, las segundas se compactan en exceso, y ambas se descomponen por ello solo lentamente.[275] La cubierta del suelo protege frente a la evaporación, el encharcamiento, la formación de costra, la erosión y la proliferación de malas hierbas; atrae la vida microbiana y lombriciana hacia la capa superficial y le proporciona una fuente de alimentación que fluye constantemente; mantiene activa la respiración del suelo y vivifica la sazón del suelo.
La humificación de la capa orgánica del suelo la lleva a cabo un mundo de microbios y pequeños animales específico de las particularidades del lugar. Pero común a todos los suelos, en lugar del gusano rojo de compost, es la aparición de la lombriz de tierra (*Lumbricus terrestris*), el maestro de la fertilidad del suelo. Sin embargo, en suelos arenosos pobres tanto en cal como en arcilla, su número de individuos
y con ello su benéfica actividad estabilizadora del humus queda muy limitada. En el cultivo de la tierra, la compostación superficial se practica en lo posible en combinación con la gründüngung de rastrojos; en el tapiz vegetal se incorpora un velo de estiércol de establo fresco o semidescompuesto.
La aplicación del compost
El compost maduro es un producto vegetal-animal. No lo es solo porque se mezclen también excreciones animales y demás componentes de los animales domésticos, sino porque el proceso de humificación como tal no podría llevarse a cabo sin la eficacia astral del mundo de los pequeños animales del montón de compost. Los componentes principales son de naturaleza vegetal; su transformación en humus está sujeta esencialmente a la actividad y la fuerza organizadora de los animales. El compost no es, por ello, tampoco un abono efervescente que fuerza el crecimiento vegetativo. Su acción es configuradora y formativa de lo vegetativo. Eso lo convierte en el abono para todas aquellas plantas cultivadas que fructifican principalmente en lo vegetativo, ya sea hierba, verdor o árbol. Esto concierne a la economía de praderas y pastizales, al cultivo de hortalizas de huerta y de campo, así como a la fruticultura. Formación del fruto, en un sentido ampliado, significa aquí una formación de sustancia que se acumula en órganos individuales de la planta y llena el espacio, cuya capacidad nutritiva está orientada a las necesidades de hombre y animal. Esta capacidad nutritiva exige un abono que retenga la fuerza de crecimiento y reproductiva que impulsa hacia la formación de la semilla, y deje que las actuales radiaciones del sol y del cosmos planetario la transformen y la configuren como sustancia nutritiva. Este abono se inserta de manera ordenadora y configuradora en el obrar de las fuerzas de las plantas. Es el humus estable negro y desmenuzable.
La fertilización con compost de praderas y pastizales
El prado permanente suministra el alimento para los rumiantes y los caballos. Este consiste en las partes vegetativas del brote, en tallo y hoja. El tapiz vegetal es pastado repetidamente desde la primavera hasta el otoño, o segado como forraje verde o como heno. En pastizales y aún más en praderas ricas en hierbas, algunas de estas florecen en primavera. Tras la floración se retiran al estadio de roseta de hojas rico en hojas. La hierba crece de nuevo una y otra vez desde sus nudos de ahijamiento. Praderas y pastizales permanecen verdes en invierno y en verano. El tapiz vegetal se aprovecha ampliamente en el estado puramente
Vegetativen gehalten, so también los procesos del suelo, que son reactivados a nuevas transformaciones tras cada pastoreo o siega. Suelo y planta no llegan al reposo. Les queda vedada la maduración generativa. Con un uso intensivo, esto conduce al empobrecimiento de especies. Por eso el prado y el pastizal exigen un abonado que compense esta carencia, y ese es el compost. En primavera, tras el primer pastoreo o la primera siega de heno, o mejor aún en otoño, transmite al tapiz vegetal y al suelo una estructura de fuerzas madura y terráquea, que configura la formación de sustancia en tallo y hoja tanto hacia el lado reproductivo como hacia el nutritivo.
La fertilización regular con compost del prado permanente hace más denso el tapiz, más uniforme y corto el aprovechamiento, más diversa la composición de especies —sobre todo en cuanto a hierbas— y el forraje cualitativamente más valioso.
La fertilización con compost en la horticultura
De manera similar a lo que ocurre en el prado permanente, también en la horticultura falta el reposo madurativo del suelo; un cultivo sigue al otro. El suelo ha de mantenerse durante la mayor parte del año en un nivel alto de fertilidad, en el ánimo de primavera propicio al crecimiento. La formación hacia el fruto alimenticio o forrajero no se cumple en la fase generativa, sino en el tiempo de crecimiento más intenso. Grandes masas de cosecha de sustancialidad fresca y llena de vida abandonan la tierra y la granja. Lo que queda —ante todo la masa de raíces— se convierte en humus nutritivo para el cultivo siguiente. Frente a eso, la fuerza etérico-biológicamente configuradora del humus estable atravesado de astralidad va quedando rezagada. Lo que en el campo se desarrolla por sí mismo en los tiempos de reposo del suelo —la transformación del humus nutritivo en humus estable— ha de ser aportado al suelo del huerto desde fuera como compost maduro. Actúa, según el tipo de cultivo, de manera específicamente aromatizante y suave sobre el gusto y el olfato, consolidando los tejidos, preservando la frescura y reforzando el brillo y la coloración.
Los materiales para el compost en la horticultura comprenden restos de cosecha retirados, residuos orgánicos de todo tipo, triturado de recortes verdes, cultivos intercalares marchitos, harinas de roca, virutas de cuerno y, siempre que sea posible, estiércol de establo. Los residuos urbanos y los lodos de depuradora quedan excluidos. Para composts especiales libres de malas hierbas destinados a semilleros y cultivos de invernadero son apropiadas toda clase de mezclas de leguminosas, gramíneas, avena y otras especies. Un tratamiento con vapor caliente del compost para destruir gérmenes nocivos y semillas de malas hierbas,
debería, salvo para tierras de almácigo, evitarse. Con ese tratamiento, el compost se convierte en gran medida en un sustrato sin vida.
La aplicación del compost se realiza por regla general distribuyéndolo uniformemente sobre la superficie; se incorpora de forma superficial. En suelos arenosos, pedregosos y secos da buen resultado el costoso procedimiento de la fertilización en hoyo de plantación.
Bajo condiciones climáticas tropicales predomina en los suelos la escasez de humus; la materia orgánica está sujeta a una mineralización acelerada. Lo mismo ocurre allí en el montón de compost a causa de las altas temperaturas y la humedad. En cambio, resulta eficaz en esas condiciones una compostación «bajo tierra» en grandes fosas excavadas, en las que durante la noche se encierra un número de cabras, ovejas o reses. Estas pisotean y comprimen el material, por lo general voluminoso y en su mayor parte leñoso, lo humedecen y lo enriquecen con sus deyecciones. Se obtiene una buena calidad de humus. Un puñado de ese humus introducido en un hoyo de plantación, la semilla acomodada en el humus y cubierta levemente con tierra, produce un auténtico milagro: los rendimientos se elevan a cotas hasta entonces desconocidas y el bienestar de una población que vivía en la miseria crece.[276]
Un procedimiento similar es la construcción de amplios bancales elevados sobre zanjas drenables rellenas de ramas y maleza. Gracias a la descomposición muy ralentizada y a la transformación en humus bajo el suelo, se genera en el montículo de tierra un grado tal de vitalización que en el espacio más reducido una mezcla variada de hortalizas puede abastecer continua y completamente a una o varias familias. También este procedimiento requiere muchas manos; actúa de modo socialmente integrador y asegura un bienestar modesto.
Vale para el mundo entero: una economía del humus llevada con arte libera de las hambrunas y procura un nuevo florecimiento cultural.
La fertilización con compost en la fruticultura
La fruticultura se ha desarrollado desde el siglo XX a partir de un cultivo de árboles frutales altos, extensivo y rico en variedades, pasando por las plantaciones de medio pie, hasta llegar, con una vida útil más corta, al cultivo intensivo de árbol bajo y escaso en variedades. En el curso de ese proceso, la formación del fruto ha descendido desde la alta copa del árbol, elevada a la luz y al aire, hacia las capas de aire próximas a la tierra y, paralelamente, la necesidad de abono ha aumentado de manera enorme.
El árbol frutal se lignifica y al mismo tiempo porta frutos tiernos y sabrosos. Domina la polaridad entre luz y oscuridad, vida y muerte, así como el obrar etérico-astral. Esto se expresa de manera particular en el árbol de pie alto. En él, la vitalidad etérica asciende desde el sistema radicular, que se extiende en anchura y profundidad, a través del tronco y las ramas hasta los brotes frondosos de la copa. Esta poderosa vitalización en el aire y el calor atrae una rica vida de insectos: «De lo que allí circula como riqueza astral a través de los árboles, vive y se mueve el insecto desarrollado».[277] En polo opuesto, en todo lo que se lignifica y muy especialmente en la zona radicular, reina la «pobreza etérica». En ese medio, más expuesto a las fuerzas de mineralización, se despliegan las larvas de los insectos. El árbol de pie alto, injertado sobre portainjerto de crecimiento lento, encarna por así decir esa polaridad; es parco y no necesita abonado, y mucho menos uno que actúe de manera estimulante del crecimiento.
Distinto su polo opuesto, el árbol de pie bajo cultivado en plantaciones cerradas de tipo monocultural sobre portainjertos de crecimiento rápido. Crece más bien como un brote de débil lignificación que emerge del suelo y fructifica cerca de la tierra, por así decir en edad juvenil. El cámbium, que en el árbol de pie alto actúa amortiguando un vigor excesivo, necesita en el árbol de pie bajo una estimulación continua a través de un suelo rico en humus, bien penetrable por las raíces. La fuerza formativa y la vitalidad del humus se prolongan por así decir hacia el interior del cámbium. El árbol de pie bajo necesita un abono que en ningún caso actúe estimulando el crecimiento, sino que, en su fuerza formativa vivificada y astralmente dinamizada por las larvas y los gusanos del montón de compost, sea afín al propio cámbium. En el árbol de pie alto, la tierra mineralizada se invierte hacia arriba en el tronco y el ramaje de la copa. En el árbol de pie bajo de crecimiento vigoroso, esa inversión se reduce en favor de una vitalidad igualmente elevada tanto en el espacio radicular como en la zona de la copa. En el mismo sentido actúa también el abono verde intensivo practicado en la fruticultura de árbol bajo y medio pie.
El cultivo frutícola intensivo tiene éxito cuando el contenido en humus del suelo supera el 3%; lo óptimo se sitúa en torno al 6%, con un suelo simultáneamente rico en minerales.
Como material de compost, además de los aditivos ya mencionados, se consideran preferentemente todas las variedades de estiércol de establo. Por su origen animal, estas disponen de fuerzas formativas de orden superior que mantienen el vigor de los árboles de pie bajo dentro de una medida armónica. Esta armonización se manifiesta a lo largo de todo el proceso de crecimiento en lo que respecta a un fuertemente
Esta armonización se manifiesta a lo largo de todo el proceso de crecimiento en lo que respecta a una fuerte reducción de la presión de infecciones y plagas, así como en la palatabilidad y la capacidad de conservación de los frutos.
A modo de resumen: el compost actúa sanando y armonizando el desarrollo de las plantas; crea en el suelo la base de su fertilidad perdurable. Es aconsejable, en el organismo agrícola de configuración múltiple, preparar los compost por separado para los principales campos de aplicación: para el compost de praderas entran en consideración, con el estiércol de establo como núcleo, todos los desechos, también los cargados con semillas de malas hierbas; en la horticultura se generan esencialmente desechos vegetales, que deberían estar en lo posible libres de semillas de malas hierbas; los aportes de estiércol de establo son siempre beneficiosos. En las plantaciones frutales se debería dar prioridad al estiércol de establo, junto con el abono verde y por encima de cualquier otro residuo.
Esta recomendación apela a toda la comunidad de la granja para que, precisamente mediante la compostaje, ejercite y eleve a maestría esa mencionada «relación personal con el trabajo con el abono» —ampliada mediante el manejo de los preparados biodinámicos de compost (véase p. 344 ss.)— y responda con las distintas tierras de compost a las necesidades específicas de los tipos de cultivo.
Nivel 2: El abonado desde lo anímico de la naturaleza del animal doméstico
Lo anímico-astral, que en la planta como ser puramente viviente-etérico solo la roza desde afuera, se ha convertido en el animal en ser interior. El animal se delimita como organismo corpóreo hacia afuera y conforma su cuerpo como instrumento de su despliegue esencial. A través de sus sentidos, el animal vive su mundo exterior y despliega desde esa vivencia su actividad en el calor, el aire, el agua y la tierra. En virtud de su ser anímico, las sustancias se componen en la obra maravillosa de sus órganos, que según sus tareas ejecutoras adoptan las conformaciones más asombrosas. En cada una de esas tareas se expresa una sabiduría en plenitud. Si se quiere acceder con conocimiento al ser de un animal, hay que esforzarse por interiorizar lo percibido con todos los sentidos y formarlo en imagen pensada vivida. El nexo pleno de sabiduría que en ello se revela proporciona al conocer sensible la certeza infalible de que las fuerzas que componen las sustancias del cuerpo animal y mediante las cuales puede ponerse en actividad tienen su fundamento esencial en el cuerpo astral o anímico del animal
Lo que proviene de la actividad digestiva de los animales recibe su fuerza fertilizante a través de la índole esencial particular del ser anímico. Así como respecto a las plantas se dijo: «Lo viviente abona a lo viviente», vale decir para los animales, yendo más allá: «Lo anímico abona a lo anímico.» Este estado de cosas fue tratado con amplitud en el capítulo «La organización anímica o el cuerpo astral del organismo agrícola» (p. 111 ss.). A la fuerza fertilizante más alta en el nivel del puro obrar natural la lleva la naturaleza anímica de los rumiantes, y aquí en particular la del ganado bovino (véase cap. «El bovino»). Entender la fuerza fertilizante como efecto sumativo de nutrientes individuales llamados así proviene de una teoría que ya no se interroga a sí misma. Buscar en cambio el valor fertilizante —como ya se ha subrayado en reiteradas ocasiones— en el «compositor» (la cabra, la oveja o el bovino), desde cuya índole esencial las sustancias se ordenan precisamente en esta y no en ninguna otra disposición, rompe las barreras materialistas y libera la mirada para las preguntas que se dirigen hacia la realidad de la vida, el alma y el espíritu. Si se persiguen estas preguntas, se muestra que el valor fertilizante es tanto más alto cuanto más en conformidad con su ser se cría, alimenta, cuida y selecciona a los animales. Todo esto pone en marcha, desde el ser de los animales domésticos, fuerzas que abonan. La granja conformada como organismo cumple estas condiciones.
El número de animales domésticos de la granja se calcula de tal manera que, por un lado, pueda ser alimentado desde la base forrajera propia de la finca y, por otro, mantenga disponible abono suficiente para las superficies de cultivo. La cantidad y la calidad las produce la naturaleza. La conservación —e incluso el refinamiento— del abono hasta su aplicación es tarea del ser humano.
ÜBERSETZUNG
La conservación del abono del ganado doméstico
En el pastoreo, el estiércol y el purín abonan de manera directa. El reparto regular de las bostas evita los parches de crecimiento excesivo. El estiércol proveniente de la estabulación, en cambio, debe almacenarse hasta su uso con la menor pérdida posible. El mejor procedimiento para conservar la fuerza fertilizante del estiércol de establo, incluido el purín, es el de la cama de paja; el más cuestionable, aunque sin duda el más racional, el del estiércol líquido o la gülla. En la gülla (purín + estiércol) se producen, en condiciones de amplia exclusión del aire, procesos de fermentación anaeróbica en los que los compuestos orgánicos de nitrógeno se mineralizan en amoníaco, que escapa como gas al aire principalmente durante la aplicación (generando molestias por el olor). Un agitador mecánico permite atenuar este efecto. La gülla actúa sobre la vivificación
de lo Acuoso-Lunar y, con ello, eludiendo el elemento de lo Térreo-Sólido, directamente sobre la tendencia de crecimiento de la planta, y por tanto en la dirección, tendencial, de una fertilización mineral moderada. La cama de paja, en cambio, ofrece ventajas múltiples. La paja absorbe una parte del purín, se mezcla al sacarse del establo por completo con el estiércol y, por su esponjosidad, garantiza condiciones aeróbicas durante el almacenamiento. A esto se añade que la paja del cereal está penetrada y configurada por el mismo proceso de fructificación que forma el grano en la espiga. El tallo está engrosado y encierra en el tubo del tallo un volumen de aire mayor que el de las gramíneas silvestres. En esto puede reconocerse la expresión de una acción interior y astral más intensa. Además, tras desarrollar su cutícula de sílice en el proceso de maduración, resplandece y se tiñe de tonos amarillos, rojizos hasta dorados. Se rodea de una envoltura de ópalo. La paja es un fruto solar, y convierte al estiércol de vaca en el más pleno sentido en un abono solar-terrestre, «el oro del agricultor».
El estiércol profundo
Hefen und Schimmelpilze gebremst. *Colémbolos* y otros pequeños animales ya no encuentran condiciones de vida en ese medio. Fermentos producidos por autólisis o excretados por bacterias inician la fase final de la fermentación: el agua, las proteínas, los hidratos de carbono, las grasas, etc., son escindidos. Los tejidos orgánicos se disuelven, salvo restos quebradizos de paja y partes lignificadas; se forman aromas, la masa se vuelve homogénea y adquiere una coloración parduzca. El estiércol huele ahora como pan —como suele decirse— cuando la fermentación ha resultado bien lograda. Abundantemente provisto en varias ocasiones con los preparados biodinámicos y con un almacenamiento no perturbado a lo largo del verano, el producto maduro es «incorporado» al campo. Para evitar el encharcamiento y, con él, la putrefacción en la capa basal del establo profundo, el sustrato adecuado sería arcilla apisonada o barro cocido. Aquí rige la misma regla del contacto directo con la tierra que para la pila de compost. Por desconocimiento de los efectos de fuerzas más sutiles, también aquí prescribe la ley, lamentablemente, un suelo de hormigón impermeabilizante. Se puede contrarrestar el peligro del encharcamiento que ello conlleva con una capa de astillas de madera que se introduce antes del estabulado en otoño.
El establo profundo para vacunos debe ser diseñado constructivamente de manera que el colchón de estiércol, con diez metros cuadrados de espacio de movimiento y descanso por animal, pueda desarrollarse durante seis meses hasta su plena altura, hasta la salida al pastoreo en primavera; los tres meses siguientes de verano sirven para la maduración. El vaciado intermedio y el almacenamiento provisional en silos de campo ocasionan pérdidas de sustancia considerables. Resulta sin problemas mantener a las vacas, con un peso de 500 a 600 kg, a lo largo de la estación fría y más fresca sobre el colchón de estiércol que va creciendo en altura, sin que se hundan. Con el calentamiento en marzo y abril se acelera la descomposición de las capas superiores de paja, y puede producirse así un hundimiento de los caminos de paso y un abombamiento lateral. Este ablandamiento puede retrasarse, mediante una capa barrera de arcilla, barro o astillas de madera aplicada a tiempo, hasta la salida al pastoreo.
También las ovejas y las cabras se mantienen en el establo profundo como paridera invernal. El estiércol y la cama se compactan muy densamente por el purín y el pisoteo firme, fermentan por ello con rapidez y son aplicables directamente, sin almacenamiento intermedio con pérdidas, como abono de gran valor.
El estiércol apilado
En el establo de cubículos, el establo de cama profunda pisoteada y el establo de atado, se realiza el vaciado diario o, mediante rascadores automáticos, varias veces al día. Una parte del purín se recoge por separado. El resto llega como mezcla de estiércol, cama y purín a un almacenamiento intermedio próximo al establo. En este lugar comienzan, ya tras una breve permanencia, las fases 1 y 2, calentamiento y aireación, y con ello procesos de descomposición incontrolados con pérdidas de sustancia. Desde el almacenamiento intermedio, el estiércol sólido se lleva a mieras de campo para su maduración posterior o bien se composta. En ambos casos se reinician las fases 1 y 2, con nuevas pérdidas de sustancia. Para minimizarlas, conviene reconsiderar y aplicar de nuevo el probado método del estiércol apilado. Una solera impermeable con canaletas perimetrales para purín y agua de lluvia resulta en este caso ineludible. El estiércol fresco que se acumula a diario en una depresión es recogido cuanto antes con cargador frontal y pinzas de estiércol de establo y depositado en porciones una junto a otra, a lo ancho de la plataforma de estiércol. Aquí se impone la precisión en el trabajo. Delante de esa primera hilera sigue una segunda y una tercera, y así sucesivamente. Mientras tanto, la primera, segunda y sucesivas hileras se calientan, de modo que, en el mismo orden, puede colocarse en porciones la segunda capa, y finalmente una tercera y una cuarta, y así hasta la altura máxima técnicamente posible. En cuanto se alcanza esta altura con la primera hilera, puede iniciarse la primera capa de la partida siguiente. Así se va construyendo la pila progresivamente en anchura y longitud plena. Bajo la presión de las capas superpuestas, las fases de calentamiento, desgasificación y humectación se recorren con rapidez e incompletamente y concluyen en la fermentación. En este sentido, en el estiércol apilado correctamente formado transcurren los mismos procesos que en el establo profundo. Con todo, las pérdidas de sustancia (aprox. 20%) son mayores que en el establo profundo por la exposición de todos sus lados al aire exterior. La descomposición avanza con mayor rapidez en las superficies laterales casi verticales y en la superficie superior, lo cual se aprecia, entre otras señales, por la aparición de setas con sombrero.
El estiércol compostado
En la agricultura biodinámica se distingue entre el «abono» que proviene de los animales y el compost, que es principalmente de origen vegetal. Son dos composiciones de fuerzas distintas las que fertilizan.
En la compostaje del estiércol de establo transcurren los mismos procesos que los descritos para el compost vegetal. En su forma madura y refinada se constituye un humus estable de índole especial. Su constelación de fuerzas preserva la astralidad de los animales domésticos que fue comunicada al estiércol. Son sus fuerzas del alma las que confieren al abono su extraordinaria eficacia a largo plazo. De manera particular vale esto para el compost de estiércol de vaca puro o al que se ha añadido en parte estiércol bovino. Transmite a la vida de la planta fuerzas que alcanzan más allá de lo anímico-astral y que en el cap. «El ganado bovino» fueron denominadas «disposición del Yo». Con esta denominación se apunta a un nexo de fuerzas de orden superior que no solo hace de las plantas cultivadas imagen de su ser suprasensible, sino que crea en ellas la disposición para que ese ser pueda volver a relacionarse con lo que en la evolución pasada se ha cuajado de él en el espacio y el tiempo —a saber, la forma vegetal que aparece ante los sentidos— e inaugurar nuevas posibilidades de desarrollo. Con ello se hace evidente que la verdadera fertilización proveniente de la naturaleza vivificada y animada tiene y debe tener un valor selectivo, un valor de desarrollo para las plantas cultivadas.
Es recomendable mezclar al compost de estiércol, junto al estiércol de vaca, todas las demás clases de estiércol de las ovejas, cabras, caballos, cerdos y aves de corral que se tienen en la granja. Cada una de estas especies animales lleva a cabo, como resultado de su actividad digestiva, un «análisis cósmico-cualitativo» del alimento propio de su índole esencial (véase cap. «El ganado bovino – Análisis cósmico-cualitativo y disposición del Yo», pág. 156 y ss.). El resultado de dicho análisis se imprime por así decir como patrón en la composición de fuerzas del estiércol. Cuando se reúnen distintos patrones de este tipo en la pila de compost, surge un abono universal que —tal como se ha descrito más arriba— estimula y configura plenamente lo fructífero en el estadio del crecimiento vegetativo, tal como se requiere de manera excelente en prados y pastizales, en fruticultura intensiva y en el cultivo de hortalizas.
No hay motivo para compostar la totalidad del estiércol animal producido. El proceso es demasiado costoso y ocasiona pérdidas de almacenamiento del 50% y más. La aptitud para su uso en el cultivo de la tierra se da cuando el estiércol sólido ha perdido la acrimonia del olor, o en el caso del estiércol de cerdo, el hedor. Esto ocurre cuando, como en el estiércol apilado y en el establo profundo, ha recorrido la fase de fermentación 1 y en parte la 2. El proceso de fermentación ulterior se continúa entonces en el suelo bajo la dirección eminente de la lombriz de tierra, así como de la actividad vital y sensorial de las raíces en interacción con los microbios. En la compostaje del estiércol de establo demasiado húmedo —generalmente consecuencia de una insuficiente
El purín y el estiércol sólido presentan, en razón de los procesos fisiológicos de los que proceden, cualidades fertilizantes polares. Como se ha expuesto en el ejemplo del bovino (cap. «El bovino», pág. 146 y ss.), el estiércol sólido procede del sistema digestivo, en el cual el alimento extraño al cuerpo, incorporado desde el exterior, es descompuesto escalonadamente —a través del acto de la rumia, la actividad del rumen, de los estómagos glandulares, del intestino delgado y del intestino grueso— y escrutado en el paso a través de las paredes de las mucosas. Desde allí, las sustancias digestivas mineralizadas, despojadas ya de su carácter extraño, pasan a la corriente sanguínea venosa y de ahí al hígado. El orín, en cambio, es una excreción del interior del cuerpo y accede a través de la corriente sanguínea arterial al riñón y, por la vía de la vejiga, al mundo exterior. El riñón escrudriña las propias sustancias del cuerpo y segrega en forma líquida, como orín, las que se han vuelto inservibles. Un componente esencial del orín es la urea, producto de degradación del metabolismo proteico. A esta combinación nitrogenada se adhiere todavía la actividad del cuerpo anímico y del cuerpo etérico del animal. Con el orín llevan hacia fuera las fuerzas de ambos miembros constitutivos, y son estas fuerzas las que fertilizan. Distinto es el caso del estiércol bovino: este se compone de restos no digeribles del forraje, impregnados de las sustancias mucosas desprendidas de los órganos digestivos e impregnado con el resultado del «análisis cósmico-cualitativo» (cf. cap. «Análisis cósmico-cualitativo y disposición del Yo», pág. 156 y ss.). Si las fuerzas fertilizantes del orín emanan de la astralidad lunar del bovino, que actúa desde el pasado, en el estiércol bovino se suman a esas fuerzas las que irradia actualmente el Sol. Son las fuerzas que el bovino, desde su particular relación sensorial con el forraje en la ejecución del «análisis cósmico-cualitativo» —desde la rumia a través del tracto digestivo hasta la función reflectora de los cuernos como «disposición del Yo»—, inocula al abono.
El purín se almacena en fosas o depósitos abiertos elevados; en condiciones predominantemente anaeróbicas, queda sujeto a una fermentación. Conviene disponer para su almacenamiento alternado de al menos dos depósitos, a fin de que, tras el llenado, haya tiempo suficiente para la maduración ulterior. El ennoblecimiento del purín se realiza por vía mecánica mediante agitación y aireación, y por vía biológica o
Die Jauche wird in Gruben oder offenen Hochbehältern gelagert; sie unterliegt unter weitgehend anaeroben Verhältnissen einer Gärung. Es empfiehlt sich daher, zur umschichtigen Lagerung mindestens zwei Behälter zu haben, damit nach der Füllung genügend Zeit zur Nachreife zur Verfügung steht. Die Veredelung der Jauche geschieht auf mechanischem Weg durch Umrühren und Belüftung und auf biologischem beziehungsweise
biologisch-dinámico mediante aditivos. Lo primero favorece los procesos aeróbicos de descomposición y transformación; lo segundo actúa orientando la totalidad del proceso hasta su maduración. Aditivos contrastados que ligan biológicamente el amoníaco resultante de la descomposición de la urea son pequeñas cantidades de compostas de estiércol de establo ennoblecidas, así como ortiga picada, aserrín y virutas de madera. Los preparados de compost biodinámicos (véase cap. «Los preparados de compost o de abono», pág. 360 y ss.) se sumergen en purín y en estiércol líquido en bolsas permeables, colgadas de un flotador. Para evitar pérdidas de nitrógeno, también pueden servir en cámaras de fermentación abiertas coberturas flotantes de paja, ortiga, etc., con fosfato en bruto y harina de basalto incorporados.
En las estabulaciones sin cama habituales hoy en día para cerdos y vacunos se produce estiércol por arrastre de agua, purín. Esta mezcla de agua, orín y estiércol fermenta, si no se trata ulteriormente, hasta convertirse en un abono de acción rápida y olor desagradable. La mineralización de las sustancias ha avanzado considerablemente. En la agricultura biodinámica debería aspirarse, en lugar del empurinage —en la medida de lo posible—, a la preparación de estiércol sólido. Por falta de cama en zonas puramente pratenses no queda a menudo otra opción. Tanto más importante resulta entonces adoptar todas las medidas de ennoblecimiento del purín que rigen también para el orín. Por regla general, el purín crudo procedente de la ganadería industrial se aplica sin tratar directamente en los campos. Al margen de su llamado contenido en nutrientes, se lo considera un producto residual que hay que eliminar, con todas las consecuencias que ello conlleva: la molestia olfativa, el desgasificado de óxidos de nitrógeno (óxido nitroso, N2O), la carga de nitratos en las aguas subterráneas, el sellado de los poros del suelo por las sustancias mucosas, el empobrecimiento de la flora y fauna edáficas, y la disminución del valor nutritivo del forraje debida principalmente a compuestos proteicos de bajo peso molecular. La alta estima que en otros tiempos mereció el abono animal ha caído sacrificada ante el pensamiento en nutrientes. Con un ennoblecimiento cuidadoso —sobre todo mediante los preparados biodinámicos— y un almacenamiento suficientemente prolongado, puede lograrse gradualmente incluso que el purín se convierta en un abono de efecto duradero que se integre de forma constructiva en los procesos del suelo.
La aplicación de los abonos animales propios de la granja
Para todos los cultivos, el abonado con estiércol de establo es un beneficio: como estiércol fresco para las solanáceas, patatas y tomates; en estado semidescompuesto para cultivos de escarda y cereales; y como tierra enriquecida para el cultivo de forraje plurianual, así como para prados, huertas y fruticultura. Dada su alta y duradera fuerza fertilizante, no es necesario abonar todos los cultivos cada año; dentro de una rotación de cultivos bien compuesta en el ackerbau, basta aplicarlo cada tres años a los cultivos de escarda. Para una buena formación del rendimiento, la demanda de los cultivos de escarda queda cubierta con aprox. 300 dt/ha. En lo que respecta al volumen total de abono de la explotación, una cantidad anual de una unidad de ganado mayor (UGM) por ha es lo ideal (1 UGM equivale a 500 kg de peso vivo). Por término medio, en un hato de vacas incluyendo la reposición, puede contarse con una UGM por animal. Una UGM bovina produce, según la cantidad de cama, de 80 a 100 dt de estiércol sólido. Sumando los abonos del resto de los animales domésticos, el nivel de una UGM por ha se alcanza en las explotaciones pequeñas y medianas, con frecuencia incluso se supera; en el caso de las grandes explotaciones con predominio de ackerbau, el número de UGMs por ha desciende a un valor límite de 0,4 a 0,3. El estiércol bovino constituye la masa principal, a la que se mezclan en la medida de lo posible las demás clases de estiércol procedentes del resto del ganado doméstico, que se producen en cantidades menores. Los excedentes de abono se emplean en el marco de la rotación de cultivos en el cultivo de verano estival que precede al cultivo principal forrajero, con aprox. 100 dt.
La aplicación del estiércol sólido para los cultivos de escarda se realiza, por regla general, el año anterior, sobre el rastrojo del cultivo predecesor. Tras una ligera incorporación superficial, sigue un cultivo intermedio que, gracias al estiércol sólido, forma una masa radicular y una masa verde igualmente abundantes, creando con ello una cama de siembra bien templada para la siembra primaveral del cultivo de escarda.
El purín bien madurado y, en caso necesario, la gülle son abonos bienvenidos cuando se trata de dar un impulso de desarrollo a las siembras de invierno en primavera. Los daños de invernación y los rodales aclarados por las heladas alternas primaverales pueden ser estimulados hacia un macollamiento más intensivo. Para ello contribuye la urea. Este compuesto nitrogenado, mineralizado a partir del metabolismo proteico, recibe su eficacia específica de las fuerzas astrales que emanan del cuerpo anímico de los animales y que configuran la composición sustancial de la orina, en la que el nitrógeno queda integrado. Otro campo de aplicación es el abonado del rastrojo con vistas al desarrollo rápido de un cultivo intermedio de abono verde. En el pasto, el
El empleo del purín en el primer tramo de la primavera es de gran ayuda, y en su caso en el pasto rotacional tras el cambio de parcela. En los cultivos que se encuentran en pleno crecimiento —especialmente los cultivos de escarda— debe evitarse la aplicación de purín o gülle.
La eficacia de los abonos animales propios de la granja
En cada uno de los abonos hay que preguntar por el ser, por el potencial de fuerzas anímico-astrales que, a través del cuerpo vital y del cuerpo físico, ordena las sustancias y las mantiene en flujo de tal modo que, en su imagen refleja físico-sensible, pueden manifestarse y actuar conforme a su ser. Sobre algunos rasgos esenciales de la fauna silvestre y de los animales domésticos se trató en el capítulo «La organización anímica o el cuerpo astral del organismo agrícola» (pág. 111 y ss.). Allí se estableció que cada especie animal, mediante la actividad de su cuerpo, realiza una contribución fertilizante, por así decir, al conjunto de la naturaleza. A través de la actividad del mundo animal animado surge un entramado de relaciones pleno de sabiduría que atraviesa toda la naturaleza dotándola de sentido. Entre los mamíferos herbívoros son los rumiantes aquellos cuya actividad orgánica está organizada para preparar un abono capaz de vivificar y animar el «órgano-diafragma», el suelo, en un grado superior. Esto no puede deducirse de la mera composición cuantitativa de las sustancias. Es más bien una cuestión de la relación cualitativa de las sustancias entre sí. Esta lleva el sello del ser de la vaca, de la oveja, de la cabra, etc. El bovino alcanza el grado más elevado de perfección. En el capítulo «El bovino» (pág. 146 y ss.) se intentó caracterizar el proceso digestivo penetrado y vivido desde su interior por su entidad espiritual, así como su actividad sensorial e inteligencia vinculadas al metabolismo. Si desde ahí se busca una comprensión del efecto duradero y benéfico del abono bovino en particular sobre el suelo y las plantas, entonces acaso pueda ser orientadora la siguiente reflexión: La planta crece en el eje Tierra-Sol. La raíz se orienta hacia las profundidades en dirección al centro de la Tierra; el tallo, el cañón o el tronco se eleva verticalmente hacia las alturas al encuentro del Sol. Desde este eje vertical crecen hojas y ramas hacia fuera, en anchura y amplitud. El follaje que se extiende superficialmente hacia la horizontal recibe de modo directo las acciones del Sol y los planetas que irradian sobre él, y las elabora transformándolas en sustancia viva, con el apoyo de la «savia de la Tierra» (*Xilema*) que asciende por el tallo, en el interior del cámbium. Esta comunica, por un lado, al crecimiento que avanza hacia la horizontal la vitalidad del humus nutritivo y la fuerza formativa del
Dauerhumus en conjunción con la cal, y con ello, por tanto, las fuerzas fertilizantes propias del compost vegetal. Esto vale también para el sistema de raíces finas que se ramifica en anchura. Diferente es el caso de la raíz pivotante, el cañón, el tallo y el tronco. Su impulso vertical no tiene como sustrato material el humus como abono, sino lo cristalino del cuarzo, los silicatos y los minerales arcillosos (véase cap. «La formación de los minerales arcillosos y su neoformación», pág. 209 y ss.). Estos minerales silíceos transmiten por vía indirecta las fuerzas que irradian desde el Sol, los planetas y las estrellas fijas. Estas se concentran, en virtud del obrar de las arcillas, en la «corriente cósmica ascendente» dentro de las plantas.[278] El Yo del ser humano, su ser espiritual, le da la fuerza de la erección vertical; el animal es animal precisamente porque no posee esta fuerza en su plenitud; pero tiene, como de modo particular el bovino, «el Yo en la disposición». La planta se crea a sí misma, firmemente enraizada en la tierra, en «corriente cósmica ascendente», su forma vertical como imagen de su ser espiritual suprasensible. El abono animal puede, pues —así cabe conjeturar—, en virtud de la «disposición del Yo» que le ha sido incorporada a través del cuerpo astral y el cuerpo etérico del animal, hacer al ser vegetal más independiente respecto de su sujeción a las condiciones locales de las alturas y las profundidades. A través del abono se le transmite a la planta la disposición de individualizarse hasta en su formación de la forma exterior, de unirse de manera más propia a su ser propio con las acciones de la tierra y del cosmos. Desde esta perspectiva, hay que atribuir al abono bovino por encima de todo, como ya se ha indicado, en relación con el nexo vital entre suelo y plantas, una capacidad «educativa».
Los abonos de los animales domésticos —ante todo los de los rumiantes— actúan sobre el acontecer sustancial y la configuración de forma tipológica de la planta. Fortalecen las fuerzas mediante las cuales el ser suprasensible de la planta se lleva a manifestación. Esto se revela en su orientación vertical en el eje raíz-brote-flor y, condicionado por ello, en las transformaciones de forma de las hojas desde la base hacia la flor.
Der Licht-Schatten-Versuch
En un ensayo de campo plurianual y de variantes múltiples se investigaron los efectos de un abonado con compost de estiércol de establo en comparación con la aplicación de sales minerales, nitrógeno, ácido fosfórico, potasio (NPK), así como de un tratamiento con el llamado preparado biodinámico de sílice de cuerno
(vgl. Kap. «Das Hornkieselpräparat», S. 348 ff.) bajo plena luz solar, en semisombra y sombra profunda, en centeno, trigo, avena, patatas, espinacas y rábanos. El programa de estudio abarcaba fenómenos morfológicos, una serie de parámetros analíticos y evaluaciones mediante la metodología figurativa de la cristalización de cloruro de cobre.[279]
Aquí se destacará únicamente la parte del ensayo que se refiere al efecto del abonado con estiércol de establo en comparación con la aplicación de NPK.
Evaluaciones mediante hallazgos morfológicos
El ensayo confirmó las experiencias sobre los efectos positivos en todos los aspectos del abono animal en forma de estiércol bovino compostado, experiencias que son familiares desde tiempos antiguos al practicante que observa con atención:
La raíz se abre paso en un espacio de suelo más amplio;

- ... las de grandes lóbulos, pinnadas, basales, hasta las pequeñas, próximas al tallo, apuntadas en la transición hacia la flor. Esta forma de manifestación fuertemente marcada por el ritmo se expresa de manera más pronunciada en las variantes de compost de estiércol que en las variantes de NPK (Abbildung 18, S. 316). En los cereales monocotiledóneos se muestra la misma tendencia. Con el abonado de compost de estiércol las hojas son más estrechas, de estructura más firme y más fuertemente silicificadas en los bordes y puntas foliares. Las plantas de NPK contrastan con la tendencia a la Hydromorphie, al igual que las plantas de sombra.
Así como en las plantas monocotiledóneas (de un cotiledón) es característica la sucesión de entrenudos de nudo en nudo —que aumenta progresivamente en longitud hacia arriba—, así en las plantas con flor dicotiledóneas la...

Blattmetamorphose.[280] Sie bildet räumlich die Dynamik des in der Zeit verlaufenden Wachstums ab.
- Die Blattmetamorphose von den Basisblättern bis herauf gegen die Blüte ist am Beispiel Radies in Abbildung 18 wiedergegeben.
- Die grundständigen Formen zeigen auch im unteren Teil gefiederte, im oberen Teil rundliche, wenig gegliederte und gezähnelte Blattspreiten. Bei den Folgeblättern reduziert sich die Blattspreite mehr und mehr auf den oberen Teil. Sie ist dann stark gezähnelt und zunehmend lanzettlich spitz. Diese polare Blattgestaltung bei den Primär- gegenüber den Folgeblättern ist am Licht am schärfsten ausgeprägt. Sie verliert sich gegen den
- Derselbe Unterschied ergibt sich beim Vergleich der Mistkompostdüngung zur NPK. Erstere geht konform mit dem Einfluss des Lichtes, bei Letzterer ist die Blattumbildung ähnlich gehemmt wie bei den Pflanzen unter Beschattung.
Bewertungen anhand der analytischen Befunde
Die Bewertung aufgrund von Mengenvergleichen stofflicher Komponenten ist ohne Berücksichtigung des Zeitfaktors nur bedingt möglich. Was sagt ein Viel eines Stoffes, was ein Wenig? Der Bezugspunkt der Beurteilung muss im prozessualen Geschehen in der Pflanze in Hinblick auf einen Endpunkt gesucht werden. Dieser Endpunkt, hinsichtlich des ernährungsphysiologischen Wertes, ist die Reife. Zu dieser hin führen in stetiger Verwandlung der Stoffkomponenten Aufbauprozesse, von dieser hinweg Zerfallsprozesse. Der Verfolg beider liefert erst Kriterien für eine einigermaßen sichere Qualitätsaussage. Aus der Analytik der Aufbauprozesse bekommt der Begriff «Reifephysiologie» Inhalt. Kommen die Lebensprozesse in der Reife zur Ruhe – die enzymatischen Aktivitäten verringern sich auf ein Minimum –, dann ist der optimale Qualitätsgrad erreicht und eine natürliche, auf gewisse Zeit gegebene Lagerfähigkeit gewährleistet. Bleiben die Enzyme aber in der Vollreife weiter aktiv, so verharrt die Frucht physiologisch in einem Zustand der Unreife und ist nach kurzer Zeit dem Zerfall ausgesetzt; ihr Nährwert muss demzufolge als minderwertig eingestuft werden.
Im Licht-Schatten-Versuch wurde anhand von Verhältniszahlen die Dynamik des Stoffaufbaus ermittelt, von Vorstufen, die Unreife signalisieren, zu solchen, die den Zustand der Vollreife charakterisieren. Dabei zeigte sich, dass bei den mit Mistkompost gedüngten Früchten der Grad der Verwandlung der für die Vollreife charakteristischen Stoffkompositionen zunimmt:
- So der relative Ascorbinsäuregehalt, der sich aus dem Verhältnis von Dehydroascorbinsäure (Vorstufe) zur Ascorbinsäure (Vitamin C) ergibt;
- so ein höherer Gehalt an Disacchariden gegenüber Monosacchariden; Letztere sind Zeichen noch fortwirkender Assimilationstätigkeit;
- so der höhere, relative Eiweißgehalt; dieser kennzeichnet das Verhältnis von Gesamteiweiß (Rohprotein) zu reinem, hoch strukturiertem Eiweiß. Das Rohprotein, das neben dem Reineiweiß niedermolekulare Eiweißverbindungen bis hin zu Aminosäuren und Stickstoffsalzen, wie Nitrate, enthält,
zeigt besonders bei wachstumsfreudigen Blattgemüsen teils sprunghafte Anstiege bei Anwendung von NPK-Salzen.
- So die sehr geringen Enzymaktivitäten der oxidierenden Dehydrase und der Rohrzucker spaltenden Saccharase im Erntegut von Weizen, Kartoffeln, Gemüsen. Bei NPK-Anwendungen erhöhten sie sich, gleich den Pflanzen unter Beschattung, sprunghaft auf ein Unreife anzeigendes Niveau.
- Ähnliche Befunde zugunsten der Mistkompostdünung zeigten die Kieselsäure- und Aschegehalte des Getreidestrohs; bei den Körnern waren diesbezüglich keine Gehaltsunterschiede festzustellen.
La analítica de rutina habitual se refiere por regla general a la determinación de cantidades, como los análisis de residuos de sustancias nocivas —que conducen al establecimiento de valores límite dudosos que deben revisarse una y otra vez—, o a los llamados componentes de valor. Para la interpretación de los datos falta aquí el punto de referencia conceptual: por ejemplo, en el caso del ensayo de luz y sombra, la comparación bajo condiciones definidas; o el estado de reposo fisiológico relativo de la madurez; o la composición específica en la que una sustancia aparece y cumple una función determinada. Una afirmación fiable solo es posible —y esto no se logra sin un esfuerzo enorme— cuando los datos analíticos aportan una confirmación para conceptos que se han obtenido mediante la contemplación intuitiva pensante de los fenómenos vitales.
Evaluación mediante el método cristaldiagnóstico de la cristalización con cloruro de cobre
A diferencia de la analítica causal, que se limita a la investigación de las partes de un sistema vivo, la «cristalización sensible con cloruro de cobre» según Ehrenfried Pfeiffer[281] permite obtener por vía morfológico-diagnóstica un juicio sobre el «organismo vivo de la planta» como una integridad que se representa en el nivel inorgánico como un sistema físico-químico definido. La cristalización con cloruro de cobre es, por tanto, adecuada para
visualizar la organización de fuerzas formativas de la planta en su reflejo inerte. El principio se basa en el cambio de textura de las agujas de cloruro de cobre que cristalizan al añadir distintos extractos vegetales como cosolutos. Por esta razón, al cristalizar sobre placas de vidrio planas en cámaras climáticas, se forman estructuras de agujas y complejos estructurales (textura o hábito) característicos del aditivo y reproducibles, que pueden evaluarse comparativamente.
El método de Pfeiffer fue desarrollado por numerosos experimentadores, sobre todo en lo que respecta a la cristaldiagnóstica: en el ámbito de la medicina humana por Selawry,[282] en el ámbito de los alimentos por v. Hahn,[283] en el ámbito de las plantas por Krüger,[284] en el ámbito de la calidad de los productos vegetales por Enquist,[285] Petterson[286] y, en cuanto al estado actual, por Doesburg.[287]
La diagnóstica de la textura cristalina de las imágenes de cloruro de cobre se basa en la comparación de la imagen cristalina del extracto fresco con las de estadios de envejecimiento del mismo. Este procedimiento parte de la consideración de que la velocidad con la que el jugo fresco se descompone (envejece) bajo condiciones definidas es una función del valor de dicho extracto de jugo fresco. Se observa que los extractos vegetales que envejecen —es decir, los que se encuentran en proceso de degradación autolítica y microbiana— se imprimen en la imagen cristalina en una sucesión de tipos reproducibles de imagen cristalina, los llamados estadios de envejecimiento (Figura 19, p. 320).
Estos se diferencian en que el extracto vegetal fresco produce una textura cristalina específica de la planta, mientras que el extracto en proceso de desintegración genera en medida creciente elementos texturales atípicos, que en el resultado final se asemejan a los del cloruro de cobre que cristaliza en estado puro. De ello se obtiene como criterio para

el criterio de calidad: la velocidad con que la sustancia a examinar, cuando se la somete a la descomposición, recorre en el proceso de cristalización los estadios sucesivos de la serie de degradación. Una descomposición rápida es el signo característico de una calidad deficiente. Lo mismo vale cuando un extracto fresco de una muestra muestra ya rasgos de una imagen de envejecimiento de la serie de referencia.
En el ensayo de luz y sombra se añadió un punto de referencia adicional para la evaluación de la calidad: la variación entre luz plena, semisombra y sombra profunda. La pregunta era, entre otras: ¿es posible diferenciar cualitativamente, sobre el trasfondo de la polaridad entre plantas cultivadas a plena luz solar y plantas cultivadas a la sombra, el obrar de las fuerzas del compost de estiércol y el del NPK a partir de las imágenes de cristalización? Cada especie vegetal deja en la imagen cristalina un

sello característico de su organización de fuerzas formativas. Cuando esta puede desplegarse sin interferencias perturbadoras, surge una imagen cristalina correspondientemente fina y articulada, reproducible. En todos los cultivos examinados (centeno, trigo, avena y algunas hortalizas) los hallazgos cristalomorfológicos muestran en su tendencia una concordancia llamativa. Las diferencias entre el abonado con compost de estiércol y la aplicación de NPK se manifiestan con una intensidad aproximadamente comparable a la que existe entre luz y sombra.
Las texturas cristalinas típicas, ilustradas con el ejemplo de las patatas en el ensayo de luz y sombra, las muestra la Figura 20.
En lo que respecta al compost de estiércol en comparación con el NPK, deben compararse «en plena luz» las variantes 9 y 12, así como 10 y 11, y «en sombra profunda» las variantes 1 y 4, así como 2 y 3. Bajo «V.C.» se indican «valores de cristalización» relativos. Estos abstraen la comparación visual. Mediante una clave, la suma de los fenómenos individuales de la textura cristalina queda recogida en un número: óptimo = 100, pésimo = 0. A la mirada entrenada, la imagen cristalina misma le suministra el texto para la evidencia conceptual.
En todas las plantas examinadas, también en las patatas (Figura 20), bajo irradiación solar directa la imagen cristalina se aproxima al óptimo de textura respectivo. Cada especie vegetal imprime en imagen la imagen cristalina correspondiente a su organización etérica. En las «plantas de luz» esta muestra una buena coordinación de los elementos individuales de la textura, transiciones graduales entre los ejes de agujas y las ramificaciones finas, así como ramificaciones finas y contorneadas
Agujas. En la sombra profunda va perdiéndose progresivamente el orden específico de la textura de agujas en favor de una orientación radial general. Las ramas de agujas se ensanchan por acumulación de ramificaciones finas; se insertan de forma irregular y en zonas de estancamiento de los ejes de agujas. La misma imagen muestran el estadio 2 y, de forma acentuada, el estadio 3 de la serie de envejecimiento de la variante 9 en la Figura 19 (p. 320).
El tipo de imágenes cristalinas de la Figura 20 (p. 321) corresponde, en el abonado con compost de estiércol, a las variantes de luz, y en las aplicaciones de NPK, tendencialmente a las variantes de sombra. En estas últimas son especialmente llamativos los siguientes rasgos de textura: formación de centros de nucleación secundarios durante la cristalización, ramificaciones en zonas de estancamiento, ejes de agujas anchos, de orientación radial, irregulares y con menor ramificación, ramificaciones finas desiguales y abanicadas. La coordinación de las texturas de agujas queda sometida en menor medida a un principio formativo unitario (cfr. var. 11). En la mayoría de los casos, los valores de cristalización de las «plantas de luz» de las parcelas NPK no se diferencian de los de las «plantas de sombra» de los miembros del ensayo abonados orgánicamente. La concordancia particularmente llamativa de las imágenes cristalinas de NPK en las variantes de luz con las de los miembros del ensayo en sombra habla en favor de un grado de vitalización y de capacidad nutritiva sustancialmente disminuidos (Figura 19, var. 2 y 11, p. 320).
En suma, el antiguo saber campesino, todas las experiencias prácticas, los ensayos de abonado permanente[288] así como el ensayo de luz y sombra aquí parcialmente reproducido apuntan hacia el significado singular del abonado a través de los animales domésticos, en especial los rumiantes. Coronan la obra de la naturaleza al dispensar un triple don: mediante su presencia y su estiércol contribuyen
- al centro entre las «alturas y las profundidades», al «suelo-diafragma», a la fertilidad perdurable,
- a las plantas a alcanzar su forma de manifestación próxima al arquetipo y a una formación del fruto sustancialmente conformada,
- a través de la base forrajera propia de la granja, a sí mismos, a la construcción de una corporalidad que, en el excedente — a modo de ofrenda —, rinde servicios de la más variada índole en favor y para el bien del ser humano.
En las rocas se manifiesta el elemento de lo «térreo-sólido». Han llegado a ser «obra» en las formas de los cristales, a partir de un acontecer vital de índole metabólica propio de épocas primigenias en la formación de la Tierra. Solo a través de los procesos de meteorización, la descomposición de las formas cristalinas, pueden las sustancias ser de nuevo elevadas a los procesos de la naturaleza viva. Como tales no tienen valor fertilizante alguno. Las plantas no se reproducen únicamente a través de la semilla, sino al mismo tiempo a través de los residuos de lo «Allgemein-Pflanzlichen»[289], que desencadenan procesos metabólicos en el suelo. La vida pasada se transforma en el humus, «semilla universal» que abona la vida futura. Los animales, finalmente, abonan desde las fuerzas de su vitalidad y su animación. Esto se revela hacia afuera en la riqueza casi inagotable de variantes de sus actividades de existencia, y hacia adentro en la actividad de la digestión y preparación de un abono vivo y animado.
De la jerarquía de niveles mencionada podría concluirse fácilmente que las excreciones del ser humano producirían una nueva elevación de la fuerza fertilizante. ¡Pero ocurre precisamente lo contrario! Una mirada a la estructura de los miembros constitutivos del ser humano y a la actividad digestiva que de ella resulta esclarece el asunto. El núcleo esencial del ser humano, que reposa en el espíritu puro, irradia a través de los miembros constitutivos corporales y se afirma en ellos en la organización del Yo. Trabaja sobre estos miembros constitutivos y los transforma hacia estadios superiores de su desarrollo. En esto consiste el ulterior desarrollo del ser humano — un desarrollo que él mismo habrá de conquistar en todo el porvenir. Con mayor intensidad trabaja el alma espiritual del ser humano en el tiempo presente en la transformación del cuerpo astral, aún en parte atado al cuerpo, hacia el así llamado «yo espiritual» que actúa libre del cuerpo.[290] Este trabajo del Yo sobre los miembros constitutivos — también sobre el cuerpo vital o etérico y el cuerpo físico — reclama fuerzas. El Yo las recibe a través de la organización del Yo: anímicamente, a través de las percepciones por los sentidos, y corporalmente, a través de la alimentación. Las sustancias y fuerzas de la Tierra nutren el cuerpo, a fin de que el alma espiritual del ser humano pueda desplegar en este cuerpo las actividades del alma
Aus der genannten Stufenfolge ließe sich mühelos schlussfolgern, dass die Ausscheidungen des Menschen eine abermalige Steigerung der Düngekraft bewirken würden. Das Gegenteil aber ist der Fall! Ein Blick auf das Wesensgliedergefüge des Menschen und die daraus resultierende Verdauungstätigkeit klärt darüber auf. Der rein im Geiste ruhende Wesenskern des Menschen durchstrahlt die leiblichen Wesensglieder und befestigt sich in diesen in der Ich-Organisation. Er arbeitet an diesen Wesensgliedern und schafft sie zu höheren Stufen ihrer Entwicklung um. Hierin besteht die weitere Entwicklung des Menschen – eine solche, die in alle Zukunft von ihm selbst errungen sein will. Am stärksten arbeitet die Geistseele des Menschen in gegenwärtiger Zeit an der Umgestaltung des zum Teil noch leibgebundenen Astralleibes zum leibfrei wirkenden sogenannten «Geistselbst».[291]Diese Arbeit des Ich an den Wesensgliedern, also auch des Lebens- oder Ätherleibes und physischen Leibes, beansprucht Kräfte. Das Ich nimmt sie über die Ich-Organisation, seelisch durch die Wahrnehmungen über die Sinne und leiblich durch die Nahrung auf. Die Stoffe und Kräfte der Erde ernähren den Leib, damit die Geist-Seele des Menschen in diesem Leib in der Entfaltung der Seelentätigkeiten
de las actividades del alma del pensar, el sentir y el querer. En el caso del ser humano, el proceso digestivo de los alimentos está exclusivamente a su servicio, no al mismo tiempo al de la Tierra. Extrae de los alimentos ingeridos todas las fuerzas para sí mismo. Es, en comparación con el animal y la planta, un egoísta. Lo que el ser humano excreta a través del proceso renal-vesical en forma líquida y a través de la digestión intestinal en forma de sustancias más sólidas está despojado de toda fuerza nutritiva; es escoria sin vida, sin alma y sin espíritu. Sus sustancias han sido «descompuestas» completamente del nexo vital y anímico; han sido devueltas, como N, P, K, Si, Ca, etc., al estado de lo puramente mineral y sólo pueden actuar como tal.
Así pues, las excreciones humanas, por ejemplo en forma de lodos de depuradora como abono, son inadecuadas para la producción de alimentos humanos. En su uso dirigido son «anti-abono», comparables al nitrógeno sintetizado a partir del aire.
A causa de la concepción materialista — la sustancia, independientemente de su origen, es una y la misma sustancia — se tiende a buscar una y otra vez procedimientos para poder emplear, pese a todo, los «valiosos nutrientes» N, P, K de las heces humanas en beneficio del cultivo vegetal. De la producción de hortalizas en los llamados «campos de filtración» próximos a las grandes ciudades se ha abandonado la práctica. El secado y compostado de los lodos de depuradora se practica con éxito. El producto debería emplearse, sin embargo, exclusivamente fuera de la agricultura, con fines de renaturalización en la construcción de carreteras y paisajes.
Lo que el ser humano deja tras de sí corporalmente bajo la dirección del alma espiritual ha sido agotado por ésta en su potencial de fuerzas; no devuelve nada a la naturaleza. ¿Dónde actúa entonces el espíritu del ser humano de manera fertilizante? Es la parte libre del cuerpo de su ser, el alma espiritual, la que en el pensar, el sentir y el querer se vuelve hacia las cosas y los seres de la naturaleza.
La actividad espiritual en el trabajo
El animal extiende su ser hacia el ámbito vital en el que actúa. En esta actividad impera una vida instintiva plena de sabiduría, que crea un tejido de contextos vitales. Entendido en este sentido, abona mediante su hacer en la economía de la naturaleza. Lo que acontece obedece a una necesidad inexorable. Gracias a su Yo-conciencia en despertar, la capacidad de libertad en el obrar está innata en el ser humano. Puede decidirse por esto o aquello, por el bien o el mal, por la verdad o la mentira.
Lo que discierne sobre ello es la conciencia moral, en la que confluyen en última instancia todos los pensamientos, sentimientos e impulsos de voluntad, y de la que todas las acciones reciben su particular impronta ético-moral. En el campesinado más antiguo tenía vigencia la sentencia: «El paso del labrador abona». Se caminaba sosteniendo las riendas detrás del arado, o como sembrador sobre el campo, o en la ronda dominical por los cultivos. Tan verdadera como fue en su tiempo esta sentencia, así de verdadera lo es hoy en metamorfosis. Antaño era aún experiencia instintiva directa, nacida del vivir popular, lo que la tierra le dice al que camina sobre ella, lo que habla desde los estados de ánimo del entorno, lo que el suelo inspira y lo que espira. Se sabía entonces qué era lo que había que hacer a continuación con toda lógica. Hoy, la seguridad de «hacer lo correcto correctamente en el momento justo» debe ser reconquistada desde la fuerza del alma consciente. Al caminar por el campo, digamos al término de la jornada de trabajo —pleno uno de las múltiples impresiones del día—, se percibe una seguridad que emerge de desconocidas profundidades del alma y que no brota del pensar ligado a los sentidos. Desde el sentir de la integridad de la granja y de todos sus nexos vitales actuales, se sabe de repente qué es lo que hay que hacer al día siguiente —ya sea dirigir la atención hacia ámbitos de la granja que han quedado fuera del campo de visión, o bien que tal o cual cultivo requiere con urgencia de una labor de cuidado, como un pase de rastra deshierbadora o una pulverización de preparados. Se presentan Intuiciones que ascienden desde la esfera de la voluntad, sordamente presintientes, hasta iluminar la conciencia. Uno se sabe de pie en una corriente viva de espíritu que va del ayer al hoy y del hoy al mañana. Dejar fluir las ideas pensando hacia el trabajo, de modo que en el trabajo alcancen sintiendo la voluntad: eso abre el camino a las Intuiciones que conducen a un nuevo arte de la fertilización desde el espíritu, a un arte de la vivificación de la materia, de «lo Sólido, lo Térreo mismo».[292]
La individualidad agrícola y los preparados biodinámicos
Desde su investigación espiritual sobre el ser de las sustancias y las fuerzas, así como sobre el ser de la fertilización, Rudolf Steiner desarrolló
una suerte de tecnología en el ámbito de lo viviente. Dio indicaciones para la elaboración y aplicación de los preparados biodinámicos. Se trata de los dos preparados de aspersión o de campo, así como de los seis preparados de estiércol o de compost. Se elaboran según ciertos principios — sobre los que se tratará más adelante —, generalmente en las propias granjas, y se aplican en dosis muy pequeñas.[293] En cuanto a la práctica de elaboración y aplicación, se remite a la literatura especializada.[294][295][296] Aquí se intentará mostrar, a partir de una visión de conjunto de resultados de la investigación espiritual antroposófica, de las experiencias surgidas de una práctica vivida y de hechos susceptibles de captación científico-natural, caminos de investigación y bases de juicio para la comprensión de una forma de fertilización que a la concepción materialista al uso le resulta necesariamente incomprensible.
El trasfondo que permite percibir y experimentar el sentido más profundo de la ronda de los preparados biodinámicos es la idea central omniabarcante de la «individualidad agrícola», su organismo corpóreo y los nexos de ideas que constituyen una granja biodinámica como una integridad en gran medida cerrada en sí misma. Así como el trabajo con los preparados crea, por así decirlo desde abajo, desde la esfera de la voluntad, una base de experiencia, así también, construyendo sobre ello, el trabajo de conocimiento sobre la realidad esencial suprasensible es el complemento necesario desde arriba. El conocimiento del espíritu y el conocimiento de la naturaleza deben confluir en el hacer; solo en el trato concreto generan imágenes verídicas a través de las cuales cada particularidad se integra en una totalidad superior. Lo que así resplandece en el alma como imagen verídica del espíritu toma en los preparados individuales una forma exterior sustancial y se prolonga en el contexto natural con una eficacia de fuerzas específica.
En el organismo de una granja se individualizan las fuerzas de las alturas o universales — que irradian desde la esfera de las estrellas fijas, las esferas de los planetas y el Sol — y las fuerzas de las profundidades o centrales que irradian desde la Tierra.
Esta individuación se despliega en el suelo, en el centro rítmico que equilibra las alturas y las profundidades, a la manera de una función cardíaca y pulmonar. Se manifiesta en la forma vegetal: en el brote que asciende verticalmente y en la raíz pivotante que crece hacia la profundidad, así como en el sistema de hojas y raíces finas que se extiende horizontalmente. En el camino de la individuación, cada emplazamiento terrestre se desarrolla primeramente hacia el «organismo en el crecimiento natural». También en este está ya dispuesta la triplicidad del polo cefálico bajo tierra, el polo metabólico sobre la tierra y el suelo que se articula entre ambos. Por idea y voluntad — esto es, por la mano artesana del hombre — esta individuación avanza hacia la configuración de la «individualidad agrícola». El hombre, él mismo un ser en devenir, la convierte también en un ser en devenir. Esta meta — la de implantar el principio del desarrollo en el suelo, en el centro de la individualidad agrícola — será en adelante la tarea de la agricultura. El medio para ello es el abonado, y precisamente aquel que tiene su origen en el espíritu del hombre. Se alude a los preparados biodinámicos, en cuanto, por así decirlo,
«portadores sustanciales del desarrollo». Reúnen las fuerzas de lo alto y de lo bajo en el diafragma del suelo, espiritualizan, animan y vivifican ese centro rítmico y procuran una transubstanciación de lo físico-mineral. A excepción del preparado de sílice — que en el polo metabólico, a través del aire y el calor en el vientre del organismo agrícola, estimula los procesos vitales, de formación del fruto y de maduración de las plantas —, el preparado de estiércol de cuerno y los preparados de compost despliegan su eficacia a través del polo cefálico y del centro rítmico. Fomentan y concentran todos aquellos procesos del suelo que hacen crecer a la planta desde el polo cefálico — en el sentido de la citada «corriente cósmica ascendente» de una corriente de sales, agua y fuerzas — verticalmente hacia la profundidad y la altura. La forma adulta de la planta es imagen de este obrar de las fuerzas (Figura 21, pág. 327).
Los preparados biodinámicos son invenciones del espíritu humano, una artesanía eficaz que tiene su origen en la investigación del mundo de lo espiritual-entitativo-suprasensible. Son aprehensibles únicamente de manera espiritual-suprasensible, es decir, por un camino en el que el alma espiritual del hombre se capacita, mediante una larga y rigurosa disciplina, para el conocimiento libre del cuerpo. Libre del cuerpo significa que el cognoscente ya no necesita de los sentidos corporales para tener pensamientos, sino que el mundo esencial se refleja por sí mismo, en el primer nivel superior del conocimiento, en imágenes pensadas: en Imaginaciones. Estas son imágenes reflejas de la realidad espiritual creadora de vida, mientras que los pensamientos ligados a los sentidos y al entendimiento se apoyan en el mundo de las apariencias; en este caso la forma exterior es el fenómeno. En la contemplación intuitiva libre del cuerpo, el investigador espiritual reconoce lo espiritual-entitativo que crea estas formas en el ser terrestre. Reconoce cómo estas formas — que constituyen nuestro mundo fenoménico — son puntos finales extintos de un desarrollo precedente a lo largo de largos tiempos desde el espíritu. Contempla en cada manifestación de forma en el contexto natural — por ejemplo, una rosa, un lirio o un cristal — un «logro evolutivo», una obra de arte extinguida en la forma. Contempla el final, pero sabiendo de su comienzo. Y así se plantea al investigador espiritual la pregunta: ¿Alberga el final, la obra de la creación, el germen de un nuevo devenir omniabarcante? ¿Puede — sí, debe — este logro evolutivo oculto ser reconocido, y por el espíritu, el corazón y la mano del hombre que va tomando conciencia de sus tareas futuras, ser aprehendido y traído al despliegue? ¿No reside en este germen la chispa encendedora buscada de una nueva cultura agraria? ¿Y no son los contenidos de ideas del «Curso de agricultura», y aquí el impulso artístico-geisteswissenschaftlich de la invención de los
Die biologisch-dynamischen Präparate sind Erfindungen des menschlichen Geistes, eine wirksame Kunstfertigkeit, die ihren Ursprung in der Erforschung der Welt des Wesenhaft-Übersinnlichen hat. Sie sind nur geistig übersinnlich erfassbar, das heißt auf einem Wege, auf dem sich die Geistseele des Menschen durch lange und strenge Schulung zur leibfreien Erkenntnis fähig macht. Leibfrei heißt, dass der Erkennende nicht mehr der leiblichen Sinne bedarf, um Gedanken zu haben, sondern die Wesenswelt bildet sich auf der ersten höheren Erkenntnisstufe selbst in Gedankenbildern ab: in Imaginationen. Diese sind Abbilder der lebensschaffenden Geistwirklichkeit, während die an die Sinne und den Verstand gebundenen Gedanken sich auf die Welt der Erscheinungen stützen; in diesem Fall ist die äußere Form das Phänomen. In leibfreier Anschauung erkennt der Geistesforscher das Geistig-Wesenhafte, das im irdischen Sein diese Formen schafft. Er erkennt, wie diese Formen, die unsere Erscheinungswelt darstellen, erstorbene Endpunkte einer über lange Zeiten vorausgegangenen Entwicklung aus dem Geiste sind. Er schaut in jeder Formerscheinung im Naturzusammenhang, z.B. einer Rose, Lilie oder einem Kristall, ein «Evolutionserreichnis», ein in die Form erstorbenes Kunstwerk. Er schaut das Ende, doch wissend um dessen Anfang. Und so stellt sich dem Geistesforscher wohl die Frage: Birgt das Ende, das Werk der Schöpfung, den Keim zu einem neuen allumfassenden Werden? Kann, ja, muss dieses verborgene Evolutionserreichnis erkannt und durch Geist, Herz und Hand des seiner Zukunftsaufgaben bewusst werdenden Menschen ergriffen und zur Entfaltung gebracht werden? Liegt in diesem Keim nicht der gesuchte Zündfunke zu einer neuen Landbaukultur? Und sind nicht die Ideeninhalte des «Landwirtschaftlichen Kurses», und hier der geisteswissenschaftlich künstlerische Wurf der Erfindung der
preparados biodinámicos, la respuesta a la pregunta planteada más arriba? Rudolf Steiner investigó en leibfreier Wesenserkenntnis lo germinal oculto en el mundo mineral, vegetal y animal, y creó a partir de estos conocimientos un principio metódico mediante el cual los logros evolutivos en el campo de tensión entre cosmos y tierra pueden ponerse en una relación nueva. Los frutos de las líneas evolutivas del pasado entran por mano del hombre en nexos relacionales de índole completamente nueva, que inauguran un nuevo devenir que transforma lo devenido. Este proceso de transformación es distinto en cada uno de los preparados; el procedimiento metódico que subyace a la elaboración de los preparados es, sin embargo, en principio igual o similar en todos ellos; es un tema con variaciones. Para llegar a una comprensión más profunda de este tema, es preciso recorrer tres caminos de investigación.
El camino de investigación geisteswissenschaftlich
Así como la investigación de la naturaleza tiene por objeto las apariencias sensibles, la investigación espiritual tiene por objeto las revelaciones de un mundo de seres espirituales. Los resultados de esta última se presentan a la conciencia pensante en formas de ideas. Aparecen revestidos en un determinado enunciado, adecuado a la idea. Este enunciado es el fenómeno. Cuanto más exacta e imparcialmente se estudia este enunciado, tanto más luminosamente resplandece en el pensar el contenido espiritual de la idea. El primer paso hacia la comprensión de los resultados geisteswissenschaftlich en las ocho conferencias del «Curso de agricultura» es, pues, el estudio del enunciado exacto. En una lectura superficial se yerra con facilidad, y en lugar del águila se encuentran tan solo plumas sueltas. En el curso se contemplan, ante un auditorio familiarizado preferentemente con la agricultura, los más altos conocimientos espirituales que penetran los reinos de la naturaleza, procedentes de la ciencia espiritual antroposófica, en conexión con la práctica agrícola concreta. Si en el estudio del texto se procura la mayor imparcialidad posible, el enunciado en que los resultados suprasensibles son descritos de tal manera y no de otra es igualmente un hecho dado como cualquier fenómeno sensible.
Las exposiciones de Rudolf Steiner con respecto a los preparados remiten a relaciones que en parte están dadas de manera natural (por ejemplo, en el caso de las plantas medicinales, el contexto relacional de determinadas sustancias terrestres y sus efectos curativos), en parte a relaciones que solo a través del espíritu y la mano del
hombre originalmente creadas (p.ej., la construcción de una relación entre sustancias vegetales y órganos envolventes del reino animal).
Aquí se realiza un segundo paso de investigación: hay que traer a la experiencia el nexo relacional fundado por uno mismo, es decir, hay que realizarlo uno mismo. En el hacer, uno se convierte en parte del acontecer. Para iluminar más este segundo paso, se recomienda, a modo de puente, ampliar el estudio a otros ámbitos de la investigación espiritual, muy centralmente a los escritos fundamentales de Rudolf Steiner[297] [298][299]así como a los ciclos de conferencias sobre pedagogía, medicina, ciencias naturales, arte, la cuestión social, etc. Por alejados que estos temas parezcan estar de la agricultura, en un estudio a fondo amplían, sostienen y profundizan de modo insospechado la comprensión de los contenidos del «Curso de agricultura».
Como tercer paso de profundización mediante la propia investigación, se añade el ejercicio meditativo. Hay que procurar interiorizar pensando los contenidos del «Curso de agricultura», tenerlos siempre presentes en todo el trabajo y dejarlos convertirse en la sustancia activa del alma consciente. Esta sustancia de ideas tiene el poder de impulsar directamente a la acción. Su verdadera naturaleza se desvela tan solo en la ejecución y en sus consecuencias. Los preparados biodinámicos reciben su significado solamente en el hacer incondicional. Pues solo en el hacer se vuelven entitativo-reales. Aún no lo son en la forma-idea, sino que esta se cumple —como desde el futuro— solo con ser, cuando se convierte en acto libre. El camino hacia allí abre la vista hacia los estadios superiores del conocimiento de la Imaginación, la Inspiración y la Intuición, cuya conquista se halla como meta futura ante la humanidad. El investigador espiritual ha recorrido este camino por adelantado. Nosotros nos encontramos con humildad al comienzo. Pero en virtud de los resultados de la investigación espiritual podemos, desde la fuerza del alma consciente, alcanzar la certeza espiritual de que estamos en el camino recto. En este camino ejercitamos un nuevo arte que «transforma el interior de la naturaleza».[300]
El camino de investigación científico-natural goetheanista
Los medios para la elaboración de los preparados se extraen del reino mineral, vegetal y animal, y se exponen a los estados físicos del mundo: los elementos de la tierra, el agua, el aire y la calidez, y a los ritmos estacionales que en estos despliegan su eficacia. La investigación espiritual antroposófica dirige así la mirada hacia el *qué* y el *cómo* del mundo sensorialmente manifiesto: hacia el *qué*, por ejemplo ciertas plantas medicinales y envolturas orgánicas animales; hacia el *cómo*, por ejemplo la exposición a las fuerzas del verano sobre la tierra en el aire y la calidez, y a las fuerzas del invierno bajo la tierra en el ámbito de lo acuoso-terrestre. Con ello, bajo la perspectiva de la investigación espiritual, la naturaleza sensible misma se convierte en el mayor grado en objeto de planteamientos científico-naturales, por ejemplo: qué punto de apoyo ofrece el diente de León (*Taraxacum officinalis*) en sentido morfológico y fisiológico acerca de su relación con el potasio de la tierra y con la sílice en finísima distribución en la periferia de la Tierra, y qué particularidades y funciones del peritoneo del bovino son las que hacen aparecer precisamente a este órgano como apto para envolver las flores del diente de León en el proceso de preparación. Se comprende por sí solo que el enfoque científico-natural aquí mencionado no puede ser uno cuantificador, sino uno que, a partir de la percepción de los hechos sensorialmente manifiestos, forma conceptos que en el conocer ordinario pueden servir de apoyo a la comprensión de la contemplación intuitiva de lo suprasensible.
El camino de investigación científico-natural agudiza la mirada para la manifestación sensible individual y busca la conexión con aquella integridad hacia la que la ciencia espiritual apunta como resultado de su investigación. La ciencia natural goetheanista y la ciencia espiritual antroposófica entran en un diálogo que se ilumina mutuamente.
En la respuesta a preguntas de una conferencia en la Technische Hochschule Stuttgart el 17 de junio de 1920, Rudolf Steiner dice: «Por eso, lo que la ciencia espiritual quiere ser en el fondo no es otra cosa que fenomenología; pero una fenomenología que no se detiene en contemplar los fenómenos individuales, sino en leer en el contexto de los fenómenos. […] Pero se comprende entonces también, cuando alguien concibe la fenomenología como Goethe — y la ciencia espiritual es solo un goetheanismo avanzado.»[301]
El camino de investigación de la experiencia de la voluntad
Por los dos caminos de investigación antes mencionados uno comienza a hacerse presente imaginativamente el nexo de cada uno de los preparados. Pero este nexo de ideas solo queda plenamente saturado de vivencia cuando uno mismo lo deja hacerse acto en repetición práctica. En la vivencia del poder fundador de realidad de la idea en la elaboración de los preparados se abren capas cada vez más profundas de comprensión. Uno se experimenta a sí mismo —a la manera del artista— como el mediador que implanta en la materia algo que, como resultado de la investigación espiritual, cobra vida en el sentir anímico. El contenido espiritual de la idea que así se va iluminando cada vez más en el propio yo es la garantía de que la acción que de él emerge no es un mero acto arbitrario. Pues la acción en el proceso de elaboración de los preparados crea nexos relacionales entre objetos naturales —por ejemplo, flores de diente de león y el peritoneo envolvente del bovino— que no son emanación de una ley natural actuante. No tiene su fundamento en la naturaleza, en ninguna fuerza (voluntad) que le sea inmanente, sino en el conocimiento del espíritu, que mediante la voluntad del ser humano se implanta como agente activo en el acontecer natural.
Así, en el trabajo con los preparados, la voluntad portada por la idea se convierte en el fundamento vivencial originario; uno se crea los fenómenos, que en un principio, sin embargo, o bien permanecen en gran medida inconscientes, o bien emergen desde capas anímicas más profundas, como sentimientos y estados de ánimo, hacia la conciencia pensante. A ellos debe dirigirse la atención en cada paso de la preparación o en la aplicación de los preparados. La mirada se orienta, desde el que investiga, en dos direcciones: una va de afuera hacia adentro, la otra de adentro hacia afuera.
En el caso de la dirección de mirada de afuera hacia adentro, nos sumergimos, en la actividad de la voluntad —en el trabajo, pues—, en la realidad espiritual del mundo. Lo que se cumple allí en el interior permanece en gran medida inconsciente; por ejemplo, cuando en el caso de la elaboración del preparado de milenrama introducimos flores de milenrama en una vejiga de ciervo. No lo haríamos si la voluntad no fuera impulsada por el espíritu que mora en aquella idea, a cuya comprensión nos hemos aproximado por los dos caminos de investigación antes mencionados. Así se prueba en el hacer —que de momento se experimenta solo como proceso exterior— el contenido de ideas que amanece en la conciencia pensante. Se prueba como proceso interior ante la realidad espiritual oculta, en la cual ese contenido de ideas, en el hacer, funda creativamente un nuevo nexo relacional. Este camino de afuera hacia adentro es un camino del ejercicio, es decir, de la
del hacer reiterado. Por este camino de ejercicio conscientemente elegido no se llega, ciertamente, a un conocimiento abstracto que pudiera formularse como una ley natural. Lo que sí puede surgir de semejante esfuerzo cognoscitivo es una profundización progresiva de la disposición interior. Esta se convierte en el fundamento espiritual objetivo en el que puede formarse una relación personal, por ejemplo con los pasos de la preparación. La idea de la ciencia espiritual, comprendida en un primer momento solo en el pensar, transforma la voluntad hacia dentro en fuerza de entrega, de amor, que hace de este trabajo un acto libre.
La dirección de mirada de adentro hacia afuera orienta la atención al contexto natural en el que penetramos, con las ideas de la investigación espiritual, durante la elaboración y aplicación de los preparados. Allí llevamos a cabo una transformación en el propio interior, en el sentido de una profundización de la comprensión, e igualmente una transformación del «interior de la naturaleza».[302] Ambas transformaciones se relacionan espiritual-realmente entre sí por medio de la voluntad guiada por ideas, es decir, a través del puente del trabajo. Así se puede acompañar cada paso de la preparación con la pregunta de qué proceso de transformación se está cumpliendo; por ejemplo, en el caso del preparado de manzanilla, cuando las flores de manzanilla, envueltas en el intestino delgado del bovino, se entierran durante el invierno. En el proceso de elaboración de todos los preparados se cumplen pasos de transformación que conducen a nuevas creaciones de sustancias con nuevas propiedades. Cada una de estas nuevas composiciones de sustancias tiene un potencial de propiedades que, como efecto fertilizante, provoca transformaciones específicas en lo viviente. El propio Rudolf Steiner orienta nuestra atención investigadora hacia estos efectos fertilizantes. Señala que, como efecto de los preparados, se cumplen determinadas transformaciones de sustancias en lo viviente, y caracteriza sus efectos sobre el suelo y las plantas, por ejemplo, como «vivificantes», «sanantes», «racionalizadores», «sensibilizantes».[303]
Estas cualidades así designadas —resultados de nuevas creaciones fertilizantes de sustancias surgidas de la investigación espiritual en el plano de lo viviente y lo anímico— pueden convertirse paulatinamente en experiencia interior cuando, a través del fundamento vivencial originario del acto, se intenta seguir, sintiendo, las fuerzas de la transformación hacia el interior de la naturaleza.
Herstellung, Anwendung und Wirksamkeit der Präparate im Jahreslauf
Die vorgenannten Forschungswege erschließen drei Ebenen der Wirklichkeitserfahrung im Umgang mit den Präparaten. Diese bedingen einander. Auf keinen kann in der ernsthaften Verständnissuche verzichtet werden. Es gibt zwei Kulminationspunkte im Jahreslauf, an denen dieses besonders ins Bewusstsein gehoben werden und dabei einen festlichen Charakter annehmen kann. Es sind dies in der Zeit des Frühlings die Tage nach Ostern und im Herbst die Tage um Michaeli. Zu beiden Zeiten werden bestimmte Präparate aus der Erde genommen und sorgfältig verwahrt, und andere werden zubereitet und den jahresrhythmisch wirksamen Kräften des Sommers über oder unter der Erde und des Winters unter der Erde ausgesetzt. Mancherorts wird versucht, beide Ereignisse zu herausgehobenen Festtagen im Jahreslauf zu gestalten – vor allem der Michaelitag am 29. September, an welchem nicht nur alle auf dem Hof tätigen Menschen mitwirken können, sondern ebenso interessierte Menschen aus dem sozialen Umfeld. Im Sinne der drei Forschungswege kann ein solcher Tag so gestaltet werden, dass zuerst die Textstellen im «Landwirtschaftlichen Kurs» gelesen werden, die zu den gerade herzustellenden Präparaten Bezug nehmen, dann kann eine Betrachtung folgen, die die eine oder andere Präparatepflanze oder tierische Organhülle in ihren besonderen Eigenschaften zu charakterisieren sucht; schließlich ist der weitere Fortgang des Tages der Tätigkeit der Herstellung selbst gewidmet und den Beobachtungen und Erfahrungen, die dabei gemacht werden können.
Alle Bemühungen sollten darauf gerichtet sein, den festlichen Charakter nicht durch «äußere Zutaten» primär zu gewährleisten, sondern aus dem Ernst der Betrachtungen und aus der Heiterkeit der gemeinsamen Tätigkeit die rechte Stimmung erwachsen zu lassen. Gelingt dies, so ist an solchen Tagen unschwer zu bemerken, dass der Arbeit mit den Präparaten individuell und in Gemeinschaft ein Element freien Schöpfertums innewohnt.
Zwischen diesen beiden Kulminationspunkten im Jahreslauf sind es die einzelnen Herstellungsschritte der Präparate, die im betrieblichen Arbeitsablauf durch große Teile des Jahres herausgehobene Stunden schaffen: im Frühjahr und Sommer das Sammeln der Präparatepflanzen, im Frühjahr und Herbst das Beschaffen der tierischen Organhüllen und im Winter und zeitigen Frühjahr das Herstellen des Quarzmehls. Es bedeutet eine Kräftigung des bewussten Miterlebens des Jahreslaufes, die einzelnen Schritte jeweils
en el horizonte del conjunto del proceso de elaboración de los preparados, hacer las cosas a su tiempo, y mantenerse unido a lo que acontece con una entrega interior, incluso cuando los preparados están expuestos, en y sobre la tierra, a las fuerzas de la Tierra y del cosmos. Para eso, la lógica del trabajo cotidiano no da ningún motivo. Hay que arrancárselo a uno mismo, o bien quererlo en común.
Cuando en el proceso de elaboración de los preparados tomamos algo de la naturaleza, le añadimos por medio de su aplicación algo nuevo. Como con un tejido de «medidas individualizadoras» penetramos, en la aplicación de los preparados, el organismo agrícola articulado en el espacio, que vive en los ritmos del tiempo y avanza de año en año. Trate de representarse cómo dentro de este organismo cada cultivo —según su índole y su tiempo de crecimiento— llega a beneficiarse de los efectos de los preparados: sean los cultivos del campo en la agricultura y en la horticultura, los prados y pastos, los frutales; sean los preparados de campo desde la siembra hasta la madurez, sean los demás preparados que, a través del compost o del abono, afina la fertilidad del suelo en la justa proporción entre cosmos y tierra que conviene a la planta. Vivenciamos de manera inmediata cómo cada medida de aplicación, aunque apunta puntualmente a este campo o a aquel cultivo, desde allí actúa en el conjunto del organismo agrícola. Cada planta, cada cultivo se abre al entorno cósmico-terrestre y se convierte él mismo, hasta en su configuración sustancial, en imagen de ese entorno.
En el convivenciar podemos percibir cómo una agricultura sólo se cierra en la totalidad de un organismo a través de este tejido de actividades y de sus efectos —y tanto más cuanto más se diferencia la finca hacia adentro en una multiplicidad de funciones orgánicas que se relacionan entre sí. Podemos hacernos una imagen de cómo el orden espacial simultáneo de los cultivos se entreteje entre sí tan lleno de relaciones como su sucesión en la rotación de cultivos.
Con la mirada puesta en el alcance global del obrar de los preparados en el curso del año, podemos advertir cómo ideas extraídas de la investigación espiritual, que de otro modo sólo viven así en nosotros, se vuelven activas hacia afuera —a través de nuestra actividad— en el contexto natural de la finca, y elevan a esta a lo que Rudolf Steiner llama «una individualidad verdaderamente cerrada en sí misma».[304]
Übersetzung
Aspectos fundamentales sobre la metodología de elaboración y aplicación de los preparados
en el principio de «Polaridad, Metamorfosis y Elevación». La triplicidad en la unidad, o la trimembración, es inmanente a todo ser —en el pasado, el presente y el futuro, o, hablado trinitariamente, en «Padre, Hijo y Espíritu Santo».
El pensar en polaridades es una clave para la comprensión de la evolución. Constituye formalmente el modo de contemplación de la naturaleza de Goethe; de manera ejemplar lo desarrolla en su «Metamorfosis de las plantas».[305] Como hombre de los ojos que era, Goethe ligó en su investigación aquello que de la planta es visible como forma aérea, mientras su parte subterránea, la raíz, quedaba fuera de la vista. Si se la incorpora —en un acto de abstracción hay que hacer visible lo invisible, desenterrando la raíz de la tierra—, se hace intuible la polaridad raíz-flor. Lo uno primordial de la planta está escindido en lo terrestre en dos polos. Lo que los une de manera mercurial es la sucesión foliar que asciende portada por el tallo. La hoja sensorializa la midad entre los polos. En la elevación de esta triplicidad, la forma de la planta aparece como una integridad que en la flor se convierte más puramente que en ningún otro lugar en imagen de su ser.
La triplicidad está dispuesta en el germen de la semilla de manera delicada y en íntima pertenencia mutua. Partiendo del centro, el brote germinal, raíz y brote se diferencian y separan: la raíz hacia abajo, el brote hacia arriba. En todas partes de la obra de la creación de la naturaleza se encontrará una midad entre dos polos, si bien determinada en sus funciones mercuriales. En la triplicidad de raíz, flor y hoja que configura la midad, la planta es una obra consumada. Lo mismo vale para lo que en el ser humano es naturaleza: su cuerpo y sus órganos. El órgano de la piel, por ejemplo, que se articula en la epidermis inervada y senso-activa (Epidermis), el corion irrigado (Corium) y la hipodermis metabólicamente activa (Subcutis). Lo mismo rige para el organismo agrícola: la función sensorial de las rocas en las profundidades, la actividad digestiva en el viento y la intemperie en las alturas y, como miembro de la midad, el suelo.
De otra manera ocurre con el ser humano en cuanto comienza a asumir, en libre autodeterminación, la regencia sobre el alma. Entonces aprende, como lo expresa Goethe, a «instruir sus órganos».[306] Aprende a llevar su alma —que media rítmicamente entre espíritu y cuerpo— a grados cada vez más elevados
La triplicidad está dispuesta en el germen de la semilla de manera delicada y en íntima pertenencia mutua. Partiendo del centro, el brote germinal, raíz y brote se diferencian y separan: la raíz hacia abajo, el brote hacia arriba. En todas partes de la obra de la creación de la naturaleza se encontrará una midad entre dos polos, si bien determinada en sus funciones mercuriales. En la triplicidad de raíz, flor y hoja que configura la midad, la planta es una obra consumada. Lo mismo vale para lo que en el ser humano es naturaleza: su cuerpo y sus órganos. El órgano de la piel, por ejemplo, que se articula en la epidermis inervada y senso-activa (Epidermis), el corion irrigado (Corium) y la hipodermis metabólicamente activa (Subcutis). Lo mismo rige para el organismo agrícola: la función sensorial de las rocas en las profundidades, la actividad digestiva en el viento y la intemperie en las alturas y, como miembro de la midad, el suelo.
de la naturaleza anorgánico-física, y la tecnología atómica una de la sub-naturaleza. En el primer caso se trata de un manejo, elevado a arte, de composiciones de sustancias de la esfera de la vida, de lo anímico y de lo espiritual, para vivificar la materia abocada a la muerte, lo «Sólido, lo Térreo». En los dos últimos casos amenaza con atrofiarse la fuerza generadora de vida de la naturaleza vegetal, o bien con aniquilarse el ser de toda criatura sobre la Tierra.
Aproximación a una comprensión de los materiales de partida para la preparación
Como representante del reino mineral están el cristal de cuarzo y también el ortoclasa (feldespato potásico); del reino vegetal son la milenrama (Achillea millefolium), la manzanilla (Matricaria recutita), la ortiga (Urtica dioica), la corteza de roble (Quercus robur), el diente de león (Taraxacum officinalis) y la valeriana (Valeriana officinalis); del reino animal entran en consideración el estiércol de vaca así como órganos individuales, principalmente de la vaca, en un caso de la caza mayor noble. Todos estos materiales de partida son productos finales de la evolución con propiedades que no son derivables de los elementos individuales y sus propiedades que participan en la composición de los materiales de partida. Como ya se ha insinuado en varias ocasiones, el cristal de roca (SiO2) cumple en la economía de la naturaleza una especie de función sensorial respecto a las fuerzas que irradian como fuerzas formativas desde el cosmos más lejano y que cada año, de manera repetida, ayudan a las plantas a alcanzar la forma que han adoptado evolutivamente. ¿Puede invertirse esta función sensorial del cuarzo —que despliega su eficacia bajo tierra en el espacio radicular— de tal modo que, sobre la tierra, en el follaje, capte metabólicamente activa las influencias planetarias?
A la inversa: ¿puede la vida que se extingue en la planta ser sometida a tal proceso de transformación que estimule bajo tierra procesos sensoriales en la raíz respecto a lo meramente mineral en lo Sólido-Fluido? Estas preguntas se abordarán por separado en el capítulo siguiente.
En la preparación de los preparados de compost o biodinámicos, la pregunta de partida es: ¿Cómo puede lo «Sólido-Térreo» —es decir, lo Anorgánico-Muerto, lo desintegrado en meros elementos (K, Ca, Fe, Si, P)— ser vivificado de una manera nueva? Los materiales de partida para ello los aportan las plantas para los preparados arriba mencionadas así como determinados animales (envolturas de órganos). Lo que es propio de todas las plantas —la capacidad de vivificar lo mineral a través de su organización vital— se halla
en las plantas preparadas se presenta como una capacidad específica en cada caso. Belebung —vivificación— significa aquí que las sustancias físico-terrestres son elevadas hacia la vida fluyente de la planta y, al hacerlo, se ven enajenadas de sus propiedades físicas. El potasio, por ejemplo, que desde el punto de vista físico posee propiedades nítidamente delimitadas, revela ahora una fuerza que se vuelve visible y operante a través del «superior» obrar viviente de la planta, una fuerza que lo «inferior» no puede hacer surgir de sí mismo. Cuando el potasio deviene de este modo un proceso viviente, aparecen otras propiedades, como por ejemplo el mantenimiento de la presión de los fluidos (turgor), la estabilización de los tejidos, o bien, en el caso del calcio, las nuevas propiedades de la multiplicación y extensión celular, del crecimiento de la raíz y de la construcción de tejidos. Esta liberación de las sustancias de su atadura a las propiedades meramente físicas avanza en la medida en que la organización vital suprasensible de la planta se hace sensible en la forma exterior, es decir, en la misma medida en que se extingue en ella. En el dominio de la raíz, las propiedades salinas siguen siendo dominantes. Se van perdiendo en los procesos de crecimiento de las hojas que verdean y, progresivamente, en la sucesión foliar de abajo hacia la flor. Este proceso oculto, que se desarrolla en principio en el dominio de lo Acuoso, se expresa ascendiendo en los ámbitos de acción del aire y el calor: en la creciente conformación de las hojas, en la elaboración de la flor y, sustancialmente, en la formación de proteínas, aromas y sustancias odoríferas de alta complejidad. Las propiedades, pues, que las sustancias han adoptado en el dominio del crecimiento vegetativo de las hojas, se pierden de nuevo en la dirección de la formación de la flor. En la flor sale a la luz la imagen primordial de la planta. En ella, en el dominio de la acción calorífica, la enajenación de la sustancia respecto a sus propiedades físicas —y con ello el grado de su apertura hacia las fuerzas formadoras de la organización vital de la planta— alcanza su punto culminante. La signatura exterior de este acontecer es la flor que irradia, el polen que se pulveriza y las fragancias que se difunden. En el camino de la vivificación y el refinamiento graduales, el proceso sustancial terrestre se abre en la flor a las acciones de la periferia cósmica. Esto puede revelarse a la contemplación intuitiva cuando uno se adentra en la gesta de la flor que se eleva sin resistencia hacia el cosmos. Este refinamiento de los jugos[307] —puede hablarse también, en el sentido de Goethe, de una depuración ascendente de la savia terrestre, de la corriente ascendente de sales y agua del *xilema*— o bien esta enajenación de la corriente sustancial
de su mera naturaleza física alcanza en la flor, en el ámbito donde se revela el arquetipo de la planta, su punto culminante y su conclusión. Más allá de la flor, la planta ya no puede elevarse. Pero la flor se marchita apenas ha abierto. La planta regresa a la tierra, bien como semilla, bien en forma de sus configuraciones orgánicas, que en la tierra se transforman en humus.
En sus procesos orgánicos, la organización vital de la planta mantiene en flujo la sustancia inerte tomada del entorno: «Lo inanimado se transforma en lo viviente.»[308] Pero esto se extingue en la forma de los órganos vegetales, por ejemplo en la hoja, en la flor. Se plantea entonces la pregunta de si la corriente sustancial que ha sido mantenida en flujo hasta la flor —pero que allí ha llegado a su término, abierta al cosmos— puede ser preservada, e incluso revivificada en un nivel superior. Cabe suponer que esta fue la pregunta de partida de Rudolf Steiner en su búsqueda de sustancias fertilizantes capaces de «vivificar lo Térreo-Sólido desde sí mismo». La respuesta que la investigación espiritual podía dar no podía ser sino esta: elevar la corriente de sustancia terrestre vivificada por la planta a una esfera que es propia de la naturaleza superior del animal. Pues en el animal la sustancia viviente permanece en flujo a través de su organización astral, que informa los órganos en el interior de la vida que fluye.[309]
En la actividad orgánica del animal, la vida que en la planta se extingue en la forma es mantenida en corriente; la sustancia meramente viviente de la planta deviene en el animal sustancia sensible. ¿Existe, pues —preguntando de nuevo—, un camino para elevar la sustancia terrestre vivificada por la planta por encima del abismo que existe entre el reino vegetal y el reino animal, hasta el ámbito de las fuerzas interiorizadoras de lo anímico? Que este abismo no es absoluto lo muestran los efectos curativos de ciertas plantas sobre órganos enfermos en el ser humano y en el animal: por ejemplo, el efecto curativo de la manzanilla en relación con las enfermedades intestinales, o el de la milenrama en cuanto al fortalecimiento de la fuerza purificadora de la sangre en el proceso renal-vesical. El efecto curativo reposa en el modo en que la organización vital de la planta medicinal en cuestión vivifica sustancias terrestres específicas. Esta vivificación específica de los procesos de sustancia terrestre es lo que Rudolf Steiner tiene ante los ojos cuando se trata de preparar una sustancia fertilizante en la que este proceso de sustancia pueda ser mantenido en flujo de manera duradera. La consideración precedente muestra que para ello se abre un camino si se logra establecer una relación directa con
el órgano correspondiente y con ello a la organización astral de una determinada especie animal. Tales relaciones han sido descubiertas por Rudolf Steiner a través de la investigación espiritual. Se trata de envolturas orgánicas que, junto con las sustancias vegetales y el obrar de las fuerzas de la tierra y del cosmos, constituyen la base de la preparación.
El valor de este hallazgo surgido de la investigación espiritual puede aclararse, sobre el trasfondo del desarrollo tecnológico-científico contemporáneo, mediante la consideración siguiente: como ya se ha indicado en diversas ocasiones, en el curso de la evolución, a través del proceso de hominización, los reinos de la naturaleza se han ido separando de un estado originario que era espiritual y que abarcaba al ser humano y a la Tierra a la vez.[310] Este devenir ha cuajado en la obra de la creación sensible: el mineral inerte se encuentra separado del mundo vegetal viviente, y este del reino animal animado. Al contemplar la naturaleza, puede hablarse, ante cada aparición sensible, de un estado final llegado a la perfección y cuajado en ella. El cristal es uno de esos estados, lo mismo que la planta en flor y el animal que vive plenamente su especie. ¿Puede ser más perfecto el cristal de roca de lo que ya es, lo mismo que un diente de león, o un gusano, un pez, un pájaro, un insecto o un mamífero? Lo que en los reinos de la naturaleza nos sale al encuentro de manera sensible es la obra de la creación de la evolución cuajada en perfección.
Esta obra de la creación es hoy punto de partida de todo tipo de tecnología. Esto vale especialmente para la naturaleza inerte, aprehensible con rigor en leyes naturales. Se busca sondear el secreto de la materia física y se crea a partir de ahí, por ejemplo, una tecnología dirigida a liberar la energía aprisionada en la materia —pensada como átomo— mediante su destrucción deliberada, es decir, mediante la destrucción de un estado final evolutivo. Pero esta energía liberada de la materia inerte se muestra en el más alto grado hostil a la vida. Tiene el poder de extinguir la evolución cuajada en obra.
El proceso de desintegración atómica provocado arbitrariamente representa el polo opuesto al enfoque en que se basa la elaboración de los preparados para pulverización y abonado. En su elaboración no se divide ulteriormente lo ya separado en la naturaleza, sino que el estado final evolutivo —por ejemplo, la flor de la planta, el órgano animal— es puesto en un nexo relacional para el cual la mera contemplación de la naturaleza no ofrece ninguna indicación. La naturaleza, como «logro» espacio-temporal, pone a disposición el material: plantas medicinales, órganos animales y las condiciones del suelo en los ritmos de las estaciones; lo concreto
nexo relacional entre sí lo que desvela la investigación espiritual, y se convierte en realidad por el acto del hombre.
La nueva composición de los tres reinos de la naturaleza significa una nueva configuración artística. Pero lo esencial nuevo y viviente acontece desde la actividad del espíritu, desde el Yo humano, que se convierte en recipiente del consciente divino creador, la «fuerza del Cristo».[311] Esto es, en conexión con el desarrollo anímico humano guiado por el espíritu, el camino que desde impulsos de libertad anima a la creación artística en la Tierra, el camino por el que la creación puede ser continuada, dado que lo divino-paternal ya no actúa inmediatamente desde fuera en la naturaleza.
Elaboración y manejo de los preparados biodinámicos
El preparado de cuerno y estiércol y el preparado de sílice de cuerno – Elaboración, aplicación y eficacia[312]
El preparado de cuerno y estiércol
En el arco ascendente y descendente del semestre de verano, el tiempo de la exhalación de la Tierra, la planta que crece se convierte en imagen de las fuerzas que actúan en la periferia de luz, aire y calor. Este crecimiento proporciona el alimento para el hombre y el animal. Es sobre todo el rumiante, el bovino, quien recibe el crecimiento de prados, pastos y praderas de forraje. Este forraje es elevado en el acto de la rumia y la digestión en los preestómagos al nivel de la vivencia anímica. En la descomposición sustancial de la materia vegetal, la vaca degusta las fuerzas constitutivas cósmicas de la sustancia vegetal. Lleva a cabo un «análisis cósmico-cualitativo» (cf. cap. «El bovino», pág. 146 ss.). En esta actividad sensorial saboreante y analítica en el procesamiento del forraje, la vaca experimenta la índole del entorno del que proviene el forraje, la particularidad, por ejemplo, de las condiciones propias del sitio del suelo y el clima. Rumiando percibe todo esto como poderosas configuraciones de fuerzas. En este estado, concentrado-despierto hacia adentro, onírico hacia afuera, su alma o cuerpo astral se une por completo con el cuerpo etérico, y este le refleja los procesos físico-químicos de la digestión. Con un bienestar sin límites, el alma de la vaca participa en lo que acontece en el cuerpo: «Es un mundo entero lo que la vaca ve.»[313] No puede retener esto que está lleno de vida, de alma, de fuerza, ni reclamarlo para sí, pues no tiene un ser propio, no tiene un Yo. Debe excretar este poder lleno de fuerza que ha penetrado con su ser anímico. Eso es lo que confiere al estiércol de vaca la inigualable fuerza fertilizante —la más alta y la más armoniosa a la que llega la naturaleza.
A lo largo del verano, bajo la irradiación solar directa, se va intensificando la composición sustancial del forraje en crecimiento. La manada de vacas que pasta lo va percibiendo progresivamente en la digestión. En otoño, este proceso de maduración del forraje y de su análisis cósmico-cualitativo por parte de la vaca alcanza su punto culminante. En la observación participante podemos hacernos presente esto. De ahí surge una comprensión del consejo de Rudolf Steiner de recoger en otoño los boñigas de vaca del pastizal, que se necesitarán para la preparación siguiente. En este estiércol de vaca tenemos ante nosotros una masa en gran medida amorfa, un producto final del metabolismo que contiene algo que pertenece esencialmente a la vaca, porque su ser anímico lo ha penetrado, pero no lo ha reclamado para sí. Con la excreción lleva a cabo, en cierto modo, una renuncia. El estiércol de reses, abandonado a sí mismo, se diluiría en el proceso natural general de formación de humus. En cambio, con el primer paso de preparación que ahora sigue invertimos el curso normal del acontecer natural (véase ilustración 23, pág. 347):
Nos procuramos cuernos de vaca —los de toro son inadecuados para ello— en la medida de lo posible de la propia manada, y rellenamos su cavidad con el estiércol. El cuerno de vaca es una formación polar al estiércol de vaca. Se asienta en la cabeza, en el polo neurosensorial del animal, y es una formación cutánea altamente condensada que ha quedado rígida en forma pura. El cuerno se pliega sobre una apófisis ósea que crece lateralmente del hueso frontal y que comunica con el seno frontal a través de su cavidad rellena de aire. La apófisis ósea está atravesada por una fina red de venas que abastece de sangre la dermis y la epidermis encargada del crecimiento del cuerno. Debido a la intensa irrigación, el cuerno se siente llamativamente cálido. En el cuerno, así vitalmente latente, los cuatro elementos físicos de lo sólido, lo líquido, el aire y el calor se concentran en una especie de órgano sensorial abierto hacia adentro en lugar de hacia afuera; es un órgano de reflujo y concentración (ilustración 22, pág. 346).
Como densa envoltura formal irradia de vuelta hacia el organismo digestivo lo que desde éste pugna hacia la cabeza a través del torrente sanguíneo. Puede decirse que el bovino necesita la función de retroirradiación de los cuernos para configurar en la justa fuerza fertilizante las formaciones de fuerza procedentes del proceso digestivo —¿son Imaginaciones inconscientes?—.[314]

Con el rellenado de los cuernos se realiza el primer paso de la preparación y, con él, el primer paso de la emancipación del curso natural del acontecer natural (ilustración 23).
Representa una inversión del proceso natural. Lo que había sido excretado hacia afuera llena ahora un espacio interior. El cuerno condensado en forma pura da envoltura a la sustancia amorfa. Nosotros mismos nos situamos entre el polo neurosensorial y el polo metabólico del bovino y creamos, guiados por el resultado de la investigación espiritual, una nueva relación entre los productos finales de ambos polos, el cuerno y el estiércol. Lo que en la vida del bovino ha llegado evolutivamente a su término en dos direcciones forma en su unión el punto de partida de un nuevo camino de desarrollo. Si se quiere sopesar en su alcance este proceso, así como los siguientes pasos de la preparación, hay que dirigir la atención hacia los tres caminos de investigación mencionados: hacia el nexo de ideas orientador, hacia la experiencia de voluntad en la propia actividad y, mediando entre ambos, hacia los hechos observables que, al reconocer las manifestaciones vitales del bovino, nos esclarecen sobre el significado del estiércol de vaca y de los cuernos.

En el segundo paso de la preparación los cuernos, inmediatamente después de su relleno, son enterrados en la tierra y reposan en ella durante todo el invierno. La vegetación se ha retirado a estados germinales, la tierra vive espiritualmente en estado de vigilia sensorial en la inhalación y está expuesta, en los elementos de lo líquido y lo sólido, más intensamente que en ningún otro momento a las fuerzas cristalizantes de la esfera de las estrellas fijas.[315] Una vez más invertimos el proceso natural —un segundo paso de emancipación del curso natural—, en la medida en que la sustancia amorfa del estiércol, que en condiciones naturales se integra en los procesos de formación de humus del verano, queda ahora expuesta a las fuerzas formadoras de cristales del invierno. A la inversión espacial le sigue una inversión en el tiempo. El estiércol de vaca se convierte en matriz receptiva para las fuerzas que, mediadas por los estados elementales físicos de lo sólido y lo líquido, irradian desde la tierra hacia el interior de la cavidad del cuerno y, refluidas, se concentran en la masa del estiércol como fuerza fertilizante configuradora.
Preparación en el ritmo del curso del año

En la primavera sacamos los cuernos de la tierra —un tercer paso de emancipación—, golpeamos para extraer su contenido y tenemos entre manos una nueva sustancia con nuevas propiedades. Esta nueva creación sustancial recibe su significado y su eficacia a través del proceso de devenir que atraviesa. El preparado terminado es, por obra de las fuerzas activas bajo tierra durante el invierno, una nueva sustancia «penetrada y entretejida de espíritu»[316] (Ilustración 23, S. 347).
El preparado de sílice de cuerno
El proceso de elaboración del preparado de sílice de cuerno transcurre de manera polar a los dos primeros pasos de la preparación del estiércol de cuerno (Ilustración 24).
A diferencia del estiércol, que es un producto metabólico del verano, el cuarzo cristalino es un representante del acontecer invernal de la tierra: el «sílex» (cuarzo, cristal de roca) es el «sentido exterior en lo terrestre».[317] Es el que más resiste las fuerzas de la meteorización. En el primer paso emancipamos el cuarzo de su ser cristalino natural, destruimos su estructura cristalina, lo molemos tan fino como es posible, lo hacemos amorfo. Luego amasamos la harina de cuarzo con un poco de agua y la introducimos en cuernos de vaca. También en este primer paso de la preparación se produce una inversión: un exterior se convierte en interior (Ilustración 24). Y del mismo modo ocurre en el segundo paso, una segunda etapa de emancipación. El cuarzo, afín a las fuerzas invernales, se convierte en sustancia estival, al ser enterrados los cuernos rellenos en la primavera, donde reposan en la tierra durante todo el verano. El cuarzo aproximado al estado amorfo se convierte ahora en matriz receptiva para las fuerzas metabólicas predominantes durante el verano en el calor y el aire. Captadas y reflejadas por la cavidad interior del cuerno de vaca, estas se concentran en la harina de cuarzo así dispuesta para recibirlas. De este modo queda capacitada para retener y conservar las fuerzas del obrar estival, así como el estiércol de cuerno retiene las fuerzas del obrar invernal.
Se plantea naturalmente la pregunta de por qué los cuernos de sílice son enterrados en la tierra durante el verano y no quedan expuestos directamente, sobre la tierra, a las fuerzas activas en el calor, la luz y el aire. Mi consideración al respecto es que no se trata de concentrar en el cuerno de vaca las fuerzas tal como actúan directamente sobre la tierra, sino más bien las mismas fuerzas en la medida en que son absorbidas por la cal bajo tierra y actúan así indirectamente, mediadas por la arcilla, en el crecimiento vegetal a través de la raíz.[318]
Cuando en el otoño, en San Miguel, volvemos a desenterrar los cuernos —un tercer paso de emancipación—, obtenemos con su contenido una vez más una nueva sustancia con nuevas propiedades: la sílice de cuerno. Su ser y su significado se desprenden de los tres pasos de emancipación descritos, a partir del mero acontecer natural, por obra de la idea y la voluntad del ser humano. El preparado terminado lleva la impronta del obrar de la sustancia en

der Erde während des Sommers; es ist ein Konzentrat von «Materie durchwobenem Geist».[319]
Beide, Hornmist und Hornkiesel, entstehen als Stoffkompositionen nicht als eine Fortsetzung der Gesetzlichkeit, die der Natur innewohnt. Diese erschöpft sich in dem, was die Natur im jahreszeitlichen Geschehen an Bildungen hervorbringt, wie Boden, Mist, Quarz, Horn. Beide entstehen durch eine dreifache Umstülpung aus dem Raum in die Zeit und wieder zurück in den Raum. Wenn wir versuchen, diese im Sinne der drei Forschungswege
im eigenen Vollzuge besinnend mitzuerleben, kann sich der verborgene Sinn dieses Vorgangs immer weiter enthüllen.
Der Rührvorgang
Unmittelbar vor der Anwendung folgt in gleicher Weise für beide Präparate, doch jedes getrennt für sich, der vierte Schritt der Präparation – und damit die vierte Stufe der Emanzipation – der Rührvorgang, das heißt die Überführung des erdig-festen Zustandes der Präparate in den flüssigen (Abbildung 25).
Eine jeweils geringe Menge an Präparatesubstanz (Hornmist, maximal vier Horninhalte pro Hektar, Hornkiesel, eine Messerspitze = 3 bis 4 g/ha) wird in handwarmem Wasser eine Stunde lang im rhythmischen Wechsel gerührt. Es geschieht am besten mit einer an der Decke oder einem Querbalken beweglich befestigten Rührstange, die mit dem Rührbesen in ein wassergefülltes Fass eintaucht. Man beginnt damit, durch kreisförmiges, peripheres Rühren die Wassermasse langsam in Bewegung zu setzen. Durch fortdauerndes Beschleunigen wandert der Rührbesen auf die zentrale Achse gegen den sich bildenden Wirbeltrichter zu. In diesem erreicht die Geschwindigkeit des rotierenden Wassers ein Maximum, gegen die Wandung des Fasses verlangsamt sie sich. In einem Wirbel besteht die Tendenz zu unbegrenzter Geschwindigkeit zum Zentrum hin, daher die saugende Kraft; gegen die Peripherie hin tendiert die Geschwindigkeit gegen Null. Zwischen beiden Polen entstehen durch Geschwindigkeitsdifferenzen gewundene Wirbelschichten, die der Zweidimensionalität, der Idee der Fläche sich annähern. Der homogene Körper des Wassers strukturiert sich in aneinander entlanggleitende Flächen, sowohl in räumlicher Beziehung zwischen Zentrum und Peripherie als auch zeitlich vom Ruhezustand des Wassers sich steigernd bis zur maximalen Entfaltung des Rotationstrichters.[320] Beim Erreichen von dessen maximaler Ausformung – man kommt an die Grenze seiner Kräfte, die Wassermasse weiter beschleunigen zu können – wird durch ein abruptes Gegenhalten des Rührbesens der Trichter zerstört, die strukturierte Wassermasse bricht zusammen, verfällt in den Zustand eines formlosen Chaos und nähert sich für einen Augenblick dem Zustand homogener Ruhe, um dann in Gegenrichtung zu erneuter Trichterbildung beschleunigt zu werden. Die Flüssigkeit wird also im rhythmischen Wechsel in den Polaritäten von Ruhe und Bewegung, Homogenität und flächenhafter Durchformung im Aufbau des Wirbeltrichters gehalten.
Esta masa de agua que se renueva constantemente, resolviéndose en superficie mediante diferencias de velocidad, se convierte en esa misma simultaneidad en matriz receptiva para una triple impresión:
- del potencial de fuerzas concentrado de la sustancia del preparado,
- de las constelaciones de fuerzas cósmicas actualmente eficaces,
- de la geistseele individual del ser humano, que, obrando mediante la voluntad, inaugura el proceso, lo conduce y lo mantiene.
El proceso de agitación rítmica dura una hora. ¿Es esta medida de tiempo elegida arbitrariamente —para asegurarse, por ejemplo, de que el efecto del preparado se ha unido al agua—, o dónde reside el sentido? La respuesta no puede buscarse en el acontecer natural, sino en ritmos cósmicos que obran esencialmente en el ser humano y han conservado en él su origen. A escala macrocósmica es el ritmo día-noche de veinticuatro horas. En este ritmo Tierra-Sol vive el Yo, la geistseele del ser humano, en los estados del dormir y del despertar. A través de la organización del Yo del sistema neurosensorial, del sistema rítmico y del sistema metabólico-motor, éste individualiza los ritmos macrocósmicos y los imprime en el cuerpo físico, por ejemplo como los ritmos de la respiración y de la pulsación cardíaca. Las longitudes de onda de estos ritmos se mueven en el ámbito de los segundos y de los minutos. En los procesos neurosensoriales las frecuencias se acortan a fracciones de segundo, mientras que en su polo opuesto, las actividades del metabolismo, se amplían hasta la medida de tiempo de la hora o las horas.[321] Pero en el polo metabólico-motor vive la voluntad, cuya activación y desactivación se cumple en el ámbito de la hora —de ahí, por ejemplo, la «hora de clase»—. Esto, junto con la propia experiencia, autoriza la certeza de que la medida de tiempo de la hora de agitación está referida al ritmo de voluntad del ser humano metabólico-motor. Pues es éste el que pone en marcha y mantiene el proceso de agitación rítmica.
En los fondos inconscientes de la voluntad vive, a su vez, el Yo; obra a través de la voluntad en el mundo, aquí en el agua que ha de ser movida. Todo aquel que está familiarizado con la agitación rítmica de los preparados sabe que la medida de tiempo de una hora puede llevarse a cabo en constante actividad de voluntad. Todo ser humano llena este lapso en un ritmo que le es propio, conforme a su Yo que vive en la voluntad. Todo ser humano imprime a través de su voluntad su ritmo en el agua dinamizada en capas de torbellino en movimiento. Este
Este ritmo de voluntad humano es, frente a todos los ritmos de la naturaleza —que tienen origen macrocósmico—, el único ritmo, el primero en su género, que el ser humano como microcosmos imprime en el acontecer natural en el curso de este tercer paso de la preparación.
Vale la pena considerar todavía lo siguiente: en el proceso de agitación rítmica se puede ver microcosmicamente la transposición tecnológica de un acontecer macrocósmico. Cada uno de los planetas tiene una inclinación axial propia en relación con el Sol y una velocidad de rotación propia. En ello se expresa la signatura individual de cada planeta, el obrar de los «espíritus planetarios». Una anotación del cuaderno de notas de Rudolf Steiner reza: «En la esfera el universo se disuelve / En el eje se forma / Con el Sol.»[322] De esto se puede concluir, en relación con el proceso de agitación rítmica: el «espíritu humano» determina la velocidad de rotación y también el «eje», es decir, la inclinación respecto a la vertical en la que se conduce la varilla de agitación.
Sobre este fondo puede crecer la comprensión de que Rudolf Steiner, en el modo de su exposición científico-espiritual, da importancia a la agitación a mano. No solo se imprime a través de la voluntad algo del ser espiritual individual del ser humano en el líquido dinamizado, sino que, inversamente, de este proceso que el ser humano mismo produce, recibe algo que se vincula con él de manera esencial. Por eso la agitación a mano ofrece una oportunidad como no la hay en ningún otro lugar de todo el acontecer de la preparación: la de penetrar cognitivamente en los procesos por los tres caminos de investigación mencionados.
A esta oportunidad de sumergirse con conciencia de vigilia en el acontecer procesual de la agitación se renuncia cuando se delega el proceso de agitación rítmica a una máquina. Con ello se le sustrae a la propia actividad cognoscitiva su suelo de vivencia. La pregunta de por qué se agita durante una hora pierde su punto de referencia por la eliminación de la voluntad humana y se vuelve sin sentido. Si lo único que importara fuera una mezcla óptima, esto sería alcanzable en una fracción de hora con máquinas construidas al efecto, como por ejemplo la *Turbula* de Paul Schatz,[323] que trabaja según el movimiento del cubo invertido. Pero de eso no se trata. Si se agita con máquinas, sea cual fuere su tipo, o
también con cascadas de cuencas vorticosas según John Wilkes (*flow forms*),[324] cabe considerar la indicación de Rudolf Steiner de que «también puede uno decidirse a deslizarse poco a poco hacia lo sustitutorio».[325] El problema no está en que con una máquina se pueda imitar el agitado a mano y generar embudos vorticosos giratorios en uno y otro sentido, sino que el sustituto consiste en que, en lugar de la voluntad guiada por el espíritu que genera un ritmo individual, un proceso regulado técnicamente dirige el acontecer desde fuera en un compás de tiempo. El ritmo abre recíprocamente el cosmos, la tierra y el ser humano; el compás los distancia entre sí.
El agitado de los preparados crea, en el mejor sentido de la palabra, horas señaladas en medio de los ritmos de trabajo predeterminados del día. Esas horas hay que darles forma. Esto puede suceder agitando en lo posible de a dos, de a tres o en grupo, e invitando a personas del círculo de amigos de la granja a participar. De ese obrar conjunto y activo del configurar individualmente un proceso rítmico puede crecer el estado de ánimo de soltura, serenidad y de sentirse libre en una actividad de libre autodeterminación, que abraza la seriedad en la que las capas más profundas del propio ser-voluntad se vinculan con el acontecer del agitado.
La singularidad del agitado de los preparados abre a los tres caminos de investigación nuevas dimensiones, una vez más, hacia una comprensión que se va profundizando. Prescindiendo de las indicaciones científico-espirituales de Rudolf Steiner sobre el modo del agitado, así como del vasto campo de los hechos observables en lo que respecta a la formación y disolución del vórtice, etc., la autoexperiencia en las actividades del alma del pensar, sentir y querer puede adquirir particular importancia. Cabe llegar a advertir la siguiente experiencia: la autoobservación muestra que el acontecer rítmico del proceso de agitación se refleja en las relaciones en que, en las distintas fases, se encuentran entre sí las actividades del alma del pensar, sentir y querer. Antes de que yo me decida a poner en movimiento la masa de agua, estas tres fuerzas del alma forman en mí una unidad indivisa. Soy plenamente yo mismo y me encuentro frente a un exterior. En el instante en que me decido, en consciente actividad pensante, a mover el agitador, el querer comienza a exteriorizarse en la actividad. Esta exteriorización se intensifica más y más, mi voluntad debe continua, sin un solo momento
sin un momento de tregua, adelantarse al agua que ha de ponerse en movimiento, hasta que mi fuerza de voluntad llega a sus límites, es decir, hasta que ya no puedo incrementar el impulso de movimiento para la formación del vórtice. Paralelamente, mi conciencia pensante se va desprendiendo en mí cada vez más de la actividad volitiva y se interioriza hasta el grado en que, en perfecta calma y elevada conciencia de sí, contempla la propia actividad de voluntad. Mi vivencia anímica se despliega en reposo del pensar y movimiento de voluntad. En este campo de tensión, que se construye con la progresiva formación del remolino, mi sentir puede desplegarse independientemente del pensar y el querer, en pureza anímica y apertura hacia el espíritu. Pueden entonces presentarse momentos de presencia espiritual intensificada. Puedo sentirme entonces, entre el reposo y el movimiento, como uno con el acontecer exterior. Estoy en el centro mismo. Aquí, en este sentir libre de sensorialidad que la propia actividad hace surgir, reside el quizás más hondo manantial del que puedo extraer una certeza inspirativa acerca de la verdad del camino emprendido.
Cuando la voluntad de seguir acelerando el agua pierde la fuerza, la conciencia pensante vuelve a intervenir e impulsa a la voluntad a hacer derrumbarse el vórtice en embudo mediante un brusco agitar contrario. El agua forma así de nuevo, en el instante del punto de inflexión, una unidad homogénea, y lo mismo ocurre con el pensar, el sentir y el querer, que en ese acto «se derrumban» desde la separación hacia lo uno, se reúnen de nuevo. De este devenir-uno madura entonces la resolución hacia una nueva formación de embudo en dirección contraria, y las fuerzas del alma vuelven a separarse entre sí. Así teje el alma, durante una hora, en el proceso de agitación rítmica, rítmicamente entre la referencia al yo y la referencia al mundo. A través de esta puerta, el Yo se imprime rítmicamente en el mundo, y en ese mismo ritmo el mundo se adentra esencialmente en el Yo.
«El embudo se convierte aquí, en el agitado, en imagen real de los vínculos entre el mundo y el Yo. En la fuerza absorbente del embudo —suscitada, o mejor dicho traída a la manifestación, por la voluntad humana— el sustrato (y el ser humano) recibe al final, a través de lo infinito, la conexión con la periferia, desde la cual las fuerzas cósmicas que guardan relación con el material que se ha hecho obra pueden irradiar desde fuera e incorporarse, en el remolino, con el sustrato.»[326]
La aplicación de ambos preparados se realiza inmediatamente después de que han sido transferidos del estado sólido al estado líquido: se los pulveriza en el aire, el estiércol de cuerno con gotas más gruesas sobre el suelo, la sílice de cuerno más como una fina niebla sobre las plantas (Figura 25, pág. 350). Para ello se utilizan equipos adecuados que trabajan con baja presión y bajo caudal (40 a 60 litros por hectárea, o incluso menos). Es fácil quedarse solo con el aspecto de la distribución necesaria. Pero lo que realmente ocurre —y lo que está abierto a la contemplación intuitiva— es la disolución del líquido movido en alternancia rítmica en un estado que se abre al elemento del aire, es decir, una superficie que se expande hacia lo ilimitado en la forma de la gota. La constelación de fuerzas que en el momento de la aplicación —por ejemplo, de manera distinta por la mañana que por la tarde— impera sobre el campo arable, el prado, el huerto y la plantación frutal en el aire, el calor y la luz, y que puede ser sentida como estado de ánimo, se imprime en aquella constelación de fuerzas que en el curso del tiempo de los pasos de preparación precedentes se ha concentrado en cada gotita. Mediante la disolución del agua agitada en finísimas gotas surge una multiplicidad de centros y —hacia el aire— de superficies límite periféricas que en su conjunto se amplían hasta lo inconmensurable. La membrana cutánea de cada gotita resplandece en la luz que la irradia en todos los colores y está, polar a la fuerza absorbente del remolino de agitación, en las superficies límite de su forma esférica, abierta por todas partes a las fuerzas de la periferia que actúan en el elemento del aire.
La aplicación del estiércol de cuerno tiene lugar con la siembra sobre el suelo labrado, preferiblemente en combinación directa y simultánea con el sembrar, eventualmente una segunda vez en relación con el laboreo de la piel del suelo en primavera. En los prados y pastizales, los momentos oportunos son el otoño y la primavera, o bien después del pastoreo y el corte del heno; en fruticultura, antes del brote de las yemas y después de la cosecha. En el transcurso del día, siguiendo el ritmo de la respiración de la tierra, se prefieren las últimas horas de la tarde para la agitación rítmica y el pulverizado, sobre todo cuando el cielo está cubierto.
Polar al estiércol de cuerno, el preparado de sílice de cuerno se aplica, por regla general dos o más veces, durante el período de crecimiento y maduración. Los momentos oportunos se desprenden del adentrarse en los ritmos de crecimiento de los cultivos individuales. Como regla básica para la elección del momento puede valer que el preparado de sílice de cuerno apoya armonizando la fase de crecimiento y maduración en la que se encuentra el cultivo respectivo en cada caso. En el transcurso del día
seguirá uno, atendiendo al proceso de exhalación de la tierra y con ello a la corriente ascendente de la savia, el ritmo de agitar en las primeras horas de la mañana y de pulverizar sobre los cultivos aún húmedos de rocío. En cambio, en la fase de maduración de los cultivos que fructifican vegetativamente, como plantas de escarda, etc., sería preferible una pulverización al final de la tarde hasta casi el atardecer, actuando sobre la corriente descendente de la savia. Los momentos de aplicación de ambos preparados no están sujetos a ninguna regla general, sino a la relación personal que uno mantiene con sus cultivos en relación al conjunto de la granja. Se desprenden, y con frecuencia con gran certeza, de la fuerza de la Intuición: cuando uno, en la labor, hace una pausa —sea al atardecer, sea en el paseo por los campos— y, quedándose en la observación, reflexiona sobre lo vivenciado.
La eficacia
Ambos preparados han recorrido, retrocediendo sobre el camino hasta aquí trazado, los estados elementales de lo térreo-sólido, del agua y del aire, y se disuelven en la calidez en el tiempo y en el lugar donde llegan en forma de gotitas (Figura 25, p. 350). En el lapso más breve, lo sustancialmente aprehensible, lo ponderable, ha sido absorbido por el suelo o se ha evaporado. A través del estado de la calidez se vuelve eficaz lo que es pura acción de fuerzas de un Espiritual, lo que en el transcurso de la preparación se ha concentrado en la cavidad del cuerno en el estiércol o en el cuarzo. Hay que recorrer en contemplación intuitiva exterior e interior este camino de cuatro etapas para aportar la comprensión adecuada a la expresión del investigador espiritual en lo referente a la eficacia: «como el estiércol de cuerno empuja de abajo hacia arriba, el otro (cuerno de sílice) tira de arriba».[327] Se habla de puras acciones de fuerzas en lo viviente, que han surgido en el tránsito a través de un acontecer espacio-temporal. Actúan ahora de tal modo de vuelta en las condiciones terrestres de espacio y tiempo, que la planta puede integrarse, desde el germen a través del crecimiento del brote hasta la madurez del fruto y la semilla, según su tipo y las condiciones del lugar, y en el eje vertical Tierra-Sol. Lo esencial vive en la calidez y se revela a través de la calidez.
El preparado de estiércol de cuerno despliega su eficacia bajo la tierra, hablando en sentido figurado en la cabeza de la individualidad agrícola, en el espacio radicular. Es en este sentido un «fertilizante de la cabeza». Abona los procesos bajo la tierra,
que son afines a los procesos neurosensoriales en la cabeza humana (Figura 25, p. 350). Ha absorbido estas fuerzas fertilizantes durante el reposo de los cuernos en la tierra invernal, en el tiempo en que esas fuerzas actúan con la mayor intensidad en el interior de la tierra de manera natural. Tenemos por ello en el estiércol de cuerno un «fertilizante de fuerzas invernales» a nuestra disposición, que se puede emplear de manera polar a la época invernal en cualquier momento según las fechas de siembra de los cultivos, desde la primavera pasando por el verano hasta el otoño. El estiércol de vaca, metabólicamente activo, se ha transformado en un abono senso-activo que fortalece la actividad propia de la raíz frente a lo meramente mineral del suelo. «Educa» la capacidad sensorial de la raíz, que se expresa por ejemplo en la aptitud para movilizar los minerales — «las raíces de las plantas […]: es un ojo, pero un ojo imperfecto».[328] Este hecho lo reflejan investigaciones experimentales que muestran que la raíz crece con mayor tipicidad específica, se ramifica con mayor finura, penetra verticalmente a mayor profundidad en el suelo y con ello se abre un volumen mayor de suelo.
El preparado de sílice de cuerno despliega su eficacia por encima de la tierra, en el brote y en la zona foliar. Aquí, en el «vientre» de la individualidad agrícola, reina en intercambio con el aire, la calidez y la luz una intensa actividad metabólica (Figura 25, p. 350). En esta relación de reciprocidad entre las fuerzas de la periferia por un lado y las savias ascendentes y descendentes de la planta por el otro, actúa el preparado de sílice de cuerno de manera armonizadora. Es en este sentido un «fertilizante metabólico» para la planta. Ha absorbido esta fuerza fertilizante durante el reposo de los cuernos en la tierra estival, en el tiempo en que estas fuerzas metabólicas estivales actúan con mayor intensidad. El cuarzo cristalino, senso-activo — un representante de la tierra invernal — se ha transformado, en el curso de los pasos de emancipación descritos, en un fertilizante de fuerzas estivales metabólicamente activo. Con su ayuda podemos a su vez individualizar a voluntad el gran ritmo macrocósmico del curso del año en relación con el cultivo que estamos llevando a cabo. Abre la planta frente a su entorno y asimismo frente a su tipo, frente a su arquetipo espiritual. Este se manifiesta tanto más claramente en la imagen fenoménica de la planta, por ejemplo en la conformación de las hojas, en la metamorfosis foliar, como también en la composición de las sustancias en todos los estadios de la vitalización, del crecimiento y de la desvitalización, del florecimiento, de la madurez y de la formación de la semilla. En interacción con el preparado de estiércol de cuerno, armoniza los procesos de formación del fruto, asegura, como
Las investigaciones muestran, para el reposo fisiológico en la madurez y así en la consistencia, el color, el olor y el sabor, propiedades cualitativas que, apuntando más allá del umbral de lo meramente vegetal, constituyen el valor nutritivo para el animal y el ser humano.[329][330][331]
El estiércol de cuerno y la sílice de cuerno se condicionan mutuamente. Actúan en el eje Tierra-Sol, que se hace sensible en la vertical de raíz y brote. Abren además la planta a las fuerzas de la periferia, lo que se manifiesta en la intensa ramificación de la raíz y en la plena conformación del follaje. Con el uno abonamos con fuerzas invernales, con el otro con fuerzas estivales. Abonamos vida a través de lo que sostiene toda vida. Son sustancias mantenidas en lo viviente, que liberan fuerzas que individualizan de manera estacional la relación rítmicamente creadora Tierra-Cosmos.
Existen muchas investigaciones experimentales sobre los preparados de aspersión.[332] Aportan en una u otra dirección una confirmación de su eficacia. Para quien pregunta por su ser y su significado, la comprensión irá creciendo en la medida en que se logre, por los tres caminos de investigación mencionados, abrirse al fundamento ideativo de la ciencia espiritual, hacerse presente de manera cognoscitiva el contexto natural referido a él en el conjunto del organismo agrícola, y dejarse instruir por la experiencia de voluntad en el hacer.
Los preparados de compost o de abono
La consonancia de los dos grados de abonado mencionados, procedentes de la naturaleza vivificada y animada, bajo la conducción del tercero, el trabajo humano portador de ideas, es la herencia de la cultura agraria cristiano-occidental. Ahora que los instintos plenos de sabiduría de esta herencia se han perdido, los impulsos morales en la práctica del abonado deben obtenerse de una contemplación intuitiva pensante de la sabiduría que obra oculta en la naturaleza. Esta es expresión del macrocosmos que actúa desde el pasado. La naturaleza misma cuida de la disposición de las sustancias en el estiércol de vaca, en el compost vegetal y en los cristales de la tierra. Esta disposición se repite según las leyes de sabiduría del pasado cósmico. Cuando un cristal de sal se disuelve en agua, al evaporar el agua vuelven a formarse cristales de sal de la misma especie. De la semilla de la manzanilla surge de nuevo una manzanilla. ¿Puede esta disposición de las sustancias, cuajada en «Obra»,[333] ser vivificada de tal modo que se abra a las fuerzas de un cosmos en devenir? ¿Consiste lo cristiano de una futura agricultura en que la disposición de las sustancias, llegada a su término en el desarrollo macrocósmico, pueda transformarse en el futuro mediante el acto libre del ser humano? El tema fundamental del Curso de agricultura de Rudolf Steiner es la vivificación de la propia tierra. A este fin sirven los dos preparados de aspersión o de campo ya descritos, «estiércol de cuerno y sílice de cuerno». Le sigue la ronda de los seis preparados de compost o de abono, que también se aplican en dosis homeopática como aditivos a los abonos vegetales y animales. Rudolf Steiner abre esta ronda con la descripción del preparado de milenrama, en el cual el tema metódico-compositivo se hace sentir, por así decir, en su plenitud. Por eso conviene describirlo con mayor detalle tomando como ejemplo el preparado de milenrama. Las desviaciones del tema fundamental en la elaboración de los demás preparados harán resaltar con mayor nitidez el carácter propio de cada uno.
del ser humano se ensamblan ahora, pero desde ideas del conocimiento del espíritu. Estas ideas contienen la relación de la «Obra» devenida con su fundamento esencial; en su aplicación práctica inician un nuevo desarrollo.
Descripciones detalladas sobre los materiales de partida de la preparación y sobre ésta misma han sido elaboradas por los siguientes autores, en concreto sobre:
- las plantas de los preparados, por Jochen Bockemühl y Kari Järvinen[334] — una contemplación que guía a avanzar desde la intuición contemplativa hacia el conocimiento del ser.
- «Un entendimiento profundizado de la esencia de los preparados biodinámicos desde una perspectiva goetheanista, cristológica y de ciencia espiritual», de Erdmuth-M. W. Hoerner.[335]
- El manejo práctico en la elaboración y aplicación de los preparados biodinámicos, una panorámica exhaustiva de Walter Stappung.[336]
La composición del preparado de milenrama
La milenrama es caracterizada por Rudolf Steiner como «una obra maravilla completamente especial».[337] «Esta milenrama se presenta en la naturaleza de tal manera como si algún creador de plantas hubiera tenido ante la milenrama un modelo para poner el azufre en la relación correcta con las demás sustancias vegetales.»[338] Y además: «La milenrama desarrolla su fuerza de azufre preferentemente en el proceso de formación de potasio. Por eso tiene el azufre exactamente en la cantidad que es necesaria para elaborar el potasio.»[339] «En la milenrama el azufre elabora el contenido de potasio de tal modo «que se comporta de la manera correcta en el proceso orgánico con respecto a lo que constituye el verdadero cuerpo, lo proteico de la planta.»[340]
El azufre media lo Espiritual-Cósmico a las sustancias terrestres. Éstas se ordenan según las fuerzas del arquetipo espiritual, p.ej. de la milenrama, y lo traen a manifestación en la forma o Gestalt de esta planta. Al azufre puede designársele, en lo viviente, como portador del principio que crea desde el espíritu, el cual se expresa en la forma, en el conformar de la Gestalt. El potasio, en cuanto formador de sales, es portador del principio sustancial y es así un representante de lo Terrestre. En la acción conjunta de ambos principios polares se cumple, en una Steigerung, la formación de proteínas en la planta. En cada estadio de su aparición, desde la semilla hasta la flor, la planta —y en particular la milenrama— es imagen de esta polaridad. De manera puramente objetiva esto se nos presenta ante los ojos cuando ponemos una semilla en la tierra. En la semilla se concentra el arquetipo espiritual de la planta. En ella vive lo Cósmico «como forma de la planta».[341] La semilla está rodeada de humus —el conformador en lo Terrestre[342]— y de los componentes minerales del suelo: sílice, cal, arcilla y las sales disueltas en el agua. La rodea, pues, una materialidad terrestre que, sin embargo, pierde su carácter en la medida en que los componentes minerales están más intensamente cristalizados y son, por ello, insolubles en agua —como la sílice, por ejemplo. En el cristal aparece el arquetipo espiritual del mineral como forma. En la materialidad disuelta imperan las leyes físico-terrestres.
Con la germinación de la semilla, ésta absorbe agua y las sales en ella disueltas del suelo. La forma cósmica de la planta entra en relación con la sustancia terrestre. El embrión se desarrolla mercurialmente desde esta relación. Lo que en la semilla vive cósmicamente como forma de la planta se transforma en la forma terrestre de la planta que aparece sínseamente-físicamente. En el instante en que se absorbe sustancia terrestre —el potasio, por ejemplo— ésta ya se aleja, en un primer paso, de su legalidad físico-terrestre. En el campo de tensión entre la terrificación de la forma de la planta y, por otro lado, el potasio que en el acontecer orgánico se va alejando progresivamente de su naturaleza terrestre, se forma la proteína. En la sustancia primordial de toda vida se compenetran forma cósmica y sustancia terrestre. En la formación de proteínas —en el punto de vegetación, por ejemplo— el proceso del potasio empuja y surge de abajo hacia arriba, y desde la proteína el espíritu —sirviéndose del azufre como su mediador— edifica la Gestalt de la planta. En la formación de la proteína vegetal puede verse el punto de viraje en el que la forma cósmica de la planta se acota en la terrestre, y el representante de lo Terrestre, el potasio, se encamina hacia su

primitivo. Cuanto más manifiesta la milenrama su forma terrestre exterior, tanto más se libera el potasio de las condiciones que le impone su naturaleza física. En cada estadio de esta cambiante relación entre forma y sustancia, entre aterrizamiento y cosmización, la proteína presenta una disposición sustancial-formal distinta. En la planta joven y hacia la raíz es más afín al potasio, es decir, a la sal (nitratos, aminoácidos libres); en la planta adulta y hacia la flor y el fruto maduro se estructura de manera cada vez más compleja. Se vuelve afín al azufre, es decir, a la forma (Figura 26, p. 363).
En la flor aparece en cumplimiento terrestre de forma lo que en la semilla vivía cósmicamente como forma. Todo lo que en la semilla estaba dispuesto como posibilidad del devenir-forma se ha vertido en esta forma determinada. El ser de la planta no puede revelarse más allá de lo que se revela en imagen hasta la flor. Por otro lado, la sustancia terrestre potasio está en la flor lo más alejada posible de su carácter terrestre. En la flor se funde en la formación sustancial más delicada, cósmicamente refinada —en el pétalo coloreado, por ejemplo, en el néctar, en la fragancia que se difunde. Lo uno, la forma,
se vierte completamente en la manifestación terrestre. En su forma reconocemos sin lugar a dudas la milenrama: en la robustez de su tallo, en la disolución de la lámina foliar en una pluralidad ordenada de pinnas que se dividen a modo de lanza, y en las sombrillas florales que irradian en blanco y rosa, sobre el receptáculo floral levemente abombado, donde se reúnen las flores individuales secas, firmes y concentradas del compuesto. Lo otro, la sustancia, que en la tierra aparece como potasio con propiedades físicamente determinables con exactitud, desaparece en el proceso orgánico, imprime a éste ciertas propiedades, y luego, ascendiendo hoja a hoja, aproximándose al cosmos en la flor, pasa a una especie de estado germinal. Quien contemple la inflorescencia de la milenrama, verá un elevado grado de diferenciación formal físico-terrestre y, a la vez, ese gesto que se abre al cosmos con tan total entrega. Ante todo ese gesto delicado, de abandono rendido —pero también el color, la fragancia y el sabor— puede servir de indicación de que en la flor el proceso sustancial se acerca, en refinamiento etérico, a estados cósmicos.
Así se espeja en la flor la relación entre lo cósmico y lo terrestre en forma y sustancia, polar respecto a la semilla que germina en la tierra. La planta revela su ser en que en la flor se extingue en la forma, y en que simultáneamente el proceso sustancial marcado por su ser desemboca en la flor en una especie de estado germinal cósmico. Por muy cerrada y perfecta que pueda parecer la flor, es al mismo tiempo tan abierta y germinal. Este estado de entrega que se abre al cosmos dura solo un instante. Entonces se produce, por un lado, el impulso que conduce a la formación de la semilla individual, y, por otro, la forma vegetal se marchita hasta la flor y queda sujeta a la humificación, a la formación del humus como «semilla universal». ¿Cómo preservar este *status nascendi* de la revelación de la forma y de la sustancia etérica en flujo en la flor? ¿Cómo puede conducirse, por así decir entre la formación de la semilla y la del humus, el logro de la formación vegetal en la flor más allá del umbral de bronce fijado por la naturaleza? ¿Cómo puede otorgársele permanencia al instante de la flor?
Cabe imaginarse que Rudolf Steiner, investigando en el espíritu y dirigiendo la mirada a la milenrama, se hallaba ante tales preguntas. Una respuesta a estas preguntas no puede darla la mera contemplación intuitiva de la milenrama. Lo que conduce más lejos es seguir el efecto de la milenrama en el organismo animal y humano. Ahí se revela como un importante remedio, capaz de subsanar «lo que en una debilidad
del cuerpo astral».[343] El proceso de floración de la milenrama se prolonga, en su empleo como remedio, hacia el reino superior del animal de sangre caliente y hacia el reino del ser humano, y despliega allí, más allá de su campo de manifestación exterior, una acción benéficamente sanadora. A esta relación de la milenrama con algo que existe como realidad anímica y espiritual más allá del umbral de su manifestación llama la atención el investigador espiritual. Pero esto no da todavía respuesta a la pregunta de cómo conservar el proceso de forma y sustancia de la flor en cuanto tal. Para lograrlo, Rudolf Steiner dirige la mirada investigadora hacia el reino animal, que en su mundo de órganos otorga duración al instante mediante fuerza anímica ligada al cuerpo. El organismo animal encierra un mundo interior que en la planta de flor aparece, según la imagen, vuelto hacia fuera. Desde el nivel de lo animal, el investigador espiritual vuelve la mirada hacia la milenrama con la pregunta de qué proceso orgánico puede conservar «lo que en la milenrama está».[344] Este poder lo tiene el «proceso que se desarrolla entre el riñón y la vejiga, y este proceso depende a su vez de la constitución sustancial de la vejiga».[345] Estas condiciones se dan en la vejiga del ciervo macho —es decir, del caza mayor noble con cornamenta—. Se usa por regla general la vejiga del ciervo.
El metabolismo de los líquidos concluye en la vejiga. Ella absorbe, concentra y expulsa al mundo exterior lo que el riñón, en su percepción del organismo líquido animado, desaloja del interior como inservible. La actividad del riñón y la vejiga mantiene una relación llamativa con su polo opuesto, la actividad del sistema neurosensorial orientada hacia fuera. Esto vale sobre todo para el ojo y, en el caso del ciervo, para la cornamenta, que tras el proceso de muerte se convierte, durante algunos meses hasta su caída, en una especie de órgano sensorial táctil. El ojo se nos presenta, en su constitución gobernada casi exclusivamente por leyes físicas, como un fragmento del mundo exterior que se hunde «a modo de golfo» en el organismo.[346] La cornamenta crece como hueso de extremidad más allá de la cabeza y muere en lo formal hasta convertirse en un objeto del mundo exterior.
Así vive la caza mayor noble con la alta cornamenta y la mirada vigilante en una continua y leve nerviosidad, percibiendo su entorno. El
El ojo se comporta de manera polar respecto a la vejiga. Así como esta capta y concentra un flujo de sustancia material procedente del ser interior animado, así a la inversa el ojo, que capta lo espiritual del mundo exterior y lo concentra en la imagen perceptiva. Y así como la vejiga, al excretar, se abre hacia el mundo exterior, así el ojo transmite el contenido de la imagen irradiándolo hacia el ser interior. Cuán estrechamente están relacionados percepción y excreción lo experimenta quien entra de manera llamativa —y quizás a deshora— en el establo. Las vacas levantan brevemente la vista, y al instante el metabolismo se activa; empieza el rumor. En el caza mayor noble esta relación está polarizada más hacia el lado del sistema neurosensorial. En abierta receptividad sensorial ligada al cuerpo, vive junto a lo cósmico de su entorno, y esto se imprime en su organización corporal. A esta impronta debe la vejiga del caza mayor noble su particular «constitución sustancial».[347] Lo que el ciervo vive como presencia cósmica imprime su huella en la disposición sustancial de la membrana sutilísima de la vejiga. En su impronta sustancial, forjada por las fuerzas del cosmos, es «casi una imagen refleja del cosmos».[348] Por otra parte, la vejiga del caza mayor noble tiene una forma casi esférica. Como órgano envolvente encierra un espacio interior y preserva, con esta forma de fuerza de la envoltura que transforma, el curso continuo de los procesos que en ella se desarrollan. Como todos los órganos, la vejiga porta en sí, en forma y función conservadora, la herencia del macrocosmos pasado. Lo que hace tan destacada la vejiga del caza mayor noble —comparada con la de otros rumiantes, por ejemplo— y tan adecuada para la preparación de la milenrama, es la dualidad de su función. En su constitución sustancial, el portador de la cornamenta mantiene relación con las fuerzas actualmente operantes del macrocosmos; en su forma, en cambio, con las fuerzas conservadoras que actúan desde el pasado.
Lo que en la naturaleza se despliega en dos líneas evolutivas completamente separadas —de un lado el proceso del azufre y el potasio, que culmina en la flor de milenrama; del otro, el proceso de vejiga y riñón, que culmina en el caza mayor noble— son puntos terminales evolutivos. El investigador espiritual contempla el fin de un camino de desarrollo en la forma y la disposición sustancial, y contempla los poderes creadores del comienzo y su ulterior despliegue. De la visión conjunta de ambos mundos se abre el primer paso de la preparación: flores de milenrama se llenan, ligeramente comprimidas, en la vejiga del ciervo, de modo que esta las envuelva por todos lados (Figura 26, I, S. 363).
Lo que antes se abría en las flores de milenrama, orientado hacia fuera, entregándose sin voluntad propia al cosmos, llena ahora un espacio interior. Lo que antes estaba completamente al servicio de un organismo interior —la vejiga, en su forma una creación del cosmos pasado, en su sustancia una imagen refleja del cosmos presente— es ahora objeto del mundo exterior. La vejiga es una formación del cuerpo astral del ciervo. Arrancada al ciervo, le falta el cuerpo astral. En su lugar actúan, en la exposición del preparado frente a la periferia, las irradiaciones del «cuerpo astral cósmico» (el cosmos). Con este primer paso de la preparación se consuma una primera inversión de la función de la vejiga. En su forma natural, la vejiga es un órgano del acontecer metabólico; ahora, como objeto en el espacio y en el tiempo, su constitución sustancial se convierte en una suerte de órgano sensorial frente al cosmos. Y por su parte, las flores, que en su estado natural se abren sin voluntad hacia fuera, pasan a la esfera interior de un órgano que el organismo animal ha configurado de tal modo que penetra su contenido de manera voluntaria con fuerzas preservadoras.
En el segundo paso de la preparación comienza a cumplirse lo que quedó dispuesto por la inversión del primer paso (Figura 26, II, p. 363). La vejiga del ciervo con su contenido floral se cuelga «en un lugar soleado en lo posible».[349] Allí queda expuesta a las fuerzas del cuerpo físico de la Tierra en los elementos aire y calor, y a lo que actúa de manera esencial verticalmente en el eje Tierra-Sol. Cabe suponer que es ahora su constitución sustancial —la que le correspondió en virtud de la vivencia cósmica del ciervo— aquella por la que la membrana de la vejiga se vuelve sensorialmente receptiva a lo que la rodea en el espacio como obrar de fuerzas físicas. Esta signatura de fuerzas del espacio empapado de sol, en aire y calor, mediada por la sustancia de la vejiga, se comunica a la sustancia floral encerrada en ella. Y es la envoltura formal de la vejiga la que retiene y preserva lo recibido en las flores de milenrama. En los procesos de inversión de este primer y segundo paso de la preparación, el obrar de la periferia se imprime en el obrar del potasio elevado a lo etérico en las flores de milenrama. Esto mantiene —así cabe entenderlo— el proceso del potasio eterizado en flujo y lo transforma, por las fuerzas superiores de lo astral, en una «fuerza formativa».
En el tercer paso de la preparación enterramos las esferas de milenrama «no muy profundamente en la tierra»,[350] de modo que allí queden expuestas a las fuerzas del cuerpo físico
de la Tierra en los elementos de lo líquido y lo sólido, y a lo que actúa de manera esencial en dirección vertical (Figura 26, III, p. 363). De nuevo es la constitución sustancial de la vejiga la que media sensorialmente a la masa de milenrama lo que en la oscuridad, en tierra y agua, vive físicamente en el espacio, y es la envoltura formal la que lo imprime de manera duradera en el estado sustancial germinal de las flores.
En el segundo y tercer paso de la preparación, la masa floral de la milenrama queda expuesta a las fuerzas del cuerpo físico de la Tierra. Este tiene su fundamento en los cuatro elementos, que en la naturaleza se mezclan y vuelven a separarse de múltiples maneras, pero que en lo grande se despliegan y separan: aire y calor sobre la Tierra, líquido y sólido bajo ella. En ambas cualidades espaciales del «Arriba» y el «Abajo», de la luz y la oscuridad, se sumergen las esferas de milenrama como gérmenes de semilla. En ellas se preservan estas cualidades espaciales de lo «Terrestre». Lo «Superior», preservándose, compenetra lo «Inferior», y a la inversa. Condensada, por así decir, en un punto, la polaridad mundial de las alturas y las profundidades —la yuxtaposición en el espacio y la objetivación del cuerpo físico de la Tierra— queda superada.
El segundo paso de la preparación ha sido considerado hasta aquí únicamente bajo el aspecto físico-espacial. A este se añade el aspecto temporal. Las esferas de milenrama permanecen suspendidas sobre la Tierra y allí expuestas a las fuerzas del calor y del aire, así como a la luz del Sol, desde la primavera a través del verano hasta el otoño (Figura 26, II, p. 363). En este tiempo, sobre todo en verano, el aire y el calor y la envoltura de humedad de la Tierra están penetrados de fuerzas etéricas y astrales que irradian directamente desde el Sol y desde la periferia planetaria, en particular la de los planetas infrasolares. Lo que vive espiritualmente en estas fuerzas hace crecer las plantas; ellas se configuran en su inagotable plenitud de formas. Este obrar de fuerzas que impera, por así decir, horizontalmente en calor, aire y humedad, es lo que la masa floral recibe en el interior de la envoltura. De nuevo será la constitución sustancial de la vejiga la que medie lo que vive en la sucesión del tiempo, y será su forma orgánica la que preserve la impronta de cada instante.
En el tercer paso de la preparación, las esferas de milenrama permanecen desde el otoño a través del invierno hasta la primavera en la tierra (Figura 26, III, p. 363). Allí la tierra húmeda está penetrada de fuerzas etéricas y astrales que actúan sobre el crecimiento vegetal de manera indirecta, desde el Sol y desde la periferia planetaria, sobre todo la de los planetas suprasolares. Lo que vive espiritualmente en estas fuerzas entra en relación con
los representantes de la naturaleza mineral-cristalina de la Tierra, con el cuarzo (sílice), la cal y la sustancia arcillosa. Como obrar indirecto es mediado en «corriente cósmica ascendente»[351] por la arcilla del reino vegetal y se configura en este, por ejemplo, en los colores de hojas y flores y en la sustanciación más fina de los frutos que maduran. Sumergidas en este obrar de fuerzas, reposan las esferas de milenrama en la tierra durante el semestre de invierno. De nuevo será la sustancia de la envoltura del órgano la que, en una suerte de actividad sensorial, medie lo que avanza en el tiempo a lo germinal de la masa floral, y será la forma la que lo preserve en ese germinal.
En el segundo y tercer paso de la preparación, la masa de milenrama está integrada en relación espacial vertical con el cuerpo físico de la Tierra, y horizontalmente, en relación con el transcurso del tiempo, con la rítmica repetición del surgir y perecer, en el cuerpo etérico y astral de la Tierra. Estos últimos se diferencian en una multiplicidad de seres que suscitan las apariciones en el curso del año y la rítmica sucesión de las estaciones. Se contraponen polares el invierno y el verano, y los tránsitos, la primavera y el otoño. Para un lugar terrestre no puede haber al mismo tiempo invierno y verano. Se suceden en la corriente del tiempo. En la exposición de las esferas de milenrama a los procesos del semestre de verano en aire y calor, y a continuación del semestre de invierno en agua y tierra, lo germinal de la sustancia floral, mediado y preservado por la vejiga de ciervo, ha recibido impresa la impronta de un curso anual entero. En el contenido floral se compenetran en simultaneidad todas las cualidades de la sucesión temporal en el curso del año. El semestre de verano, preservándose, compenetra el semestre de invierno y viceversa. En la milenrama así preparada se condensa el obrar periférico de un curso anual entero hacia el punto en la simultaneidad y con ello hacia la potencia de nuevas posibilidades de desarrollo.
En el progreso de la preparación de la milenrama, la corriente sustancial que en la flor culmina en el estado de lo germinal es conducida más allá del umbral de la sujeción en el espacio y el tiempo. Lo que en la flor de la milenrama se vivió por un instante en gesto sin voluntad, como mera potencia, al traspasar ese umbral se abre a una naturaleza de fuerzas superior. Lo sustancialmente germinal no recae en el acontecer natural de la formación de semilla y humus, sino que germina, fecundado por las fuerzas del cuerpo físico, etérico y astral de la Tierra.
Consideremos en síntesis el tríptico de la preparación de la milenrama desde el punto de vista del ser humano que la realiza. En la milenrama, así como en la vejiga del ciervo noble, llega a su fin un desarrollo macrocósmico. Allí reina la consumación; allí no hay proseguimiento posible. El espíritu humano, sin embargo, es capaz, en el fortalecimiento interior de su facultad cognoscitiva, de penetrar en los fundamentos espirituales del ser y del devenir. Estos fundamentos han sido abiertos a la conciencia del presente en los resultados de la ciencia espiritual antroposófica. Tales resultados se hallan presentes en el Curso de agricultura de Rudolf Steiner y conducen a reunir, en el primer paso de la preparación, lo que en la naturaleza está separado pero que desde su origen guarda no obstante una relación. Así se realiza, en el acontecer sustancial exterior, desde el espíritu humano, en los tres pasos de la preparación, una suerte de triple traspaso de umbral. Allí donde la naturaleza, en el avance de la preparación, al consumarse a sí misma, toca un umbral, podemos conducirla más allá de él creativamente, desde las intelecciones de la investigación espiritual.
Niveles de eficacia
El preparado terminado representa, medido frente a la masa de los abonos naturales de la granja, una cantidad que parece casi desdeñable. En él, la disposición sustancial no es obra, sino germen. Externamente aparece emparentado con el humus y sin embargo es exactamente lo contrario de este en ser y eficacia. El humus «produce un obrar sin luz».[352] «Configura lo inferior a través de la tierra».[353] El sentido del preparado de milenrama, así como, en forma modificada, el de los demás preparados de compost, es precisamente transmitir a los abonos orgánicos de la granja, expuestos a la descomposición, un «obrar con luz», transferirles a los abonos naturales la capacidad de volverse receptivos para los arquetipos del cosmos que son más allá del espacio y el tiempo.
El ser y la significación del preparado de milenrama están en nexo con el ser y la significación del potasio en la economía de la naturaleza. En su naturaleza física, el potasio se revela en sus propiedades determinadas. Con estas cuenta el químico como con lo único real. En el proceso vital de la planta, y de manera arquetípica en la milenrama, el potasio se distancia
se distancia el potasio de esta determinación cuajada en obra y se aproxima, a través del especial contenido en azufre de la milenrama en el proceso de floración, un primer grado a su ser de origen cósmico. A esto se puede llamar el grado de la «eficacia»,[354] el del viviente eficaz. En el campo de tensión con el azufre despliega el potasio en lo viviente su eficacia, que desde el polo terrestre conduce a la formación de proteínas en el ámbito foliar. En la flor retrocede la formación de proteínas casi por completo. Se prolonga hacia la formación de la semilla. Así, en la flor, el proceso del potasio queda como liberado de su eficacia en lo viviente. Se refina hasta el estado de lo germinal, hasta aquello que en imagen puede sentirse como el gesto de la flor que se abre sin voluntad. Este estado dura un instante, y ya lo germinal de este proceso sustancial cae, con el morir de la planta, en la mineralización, de regreso al estado de determinación de las propiedades físicas. Pero en el instante del florecer se inicia la preparación. Mediante la envoltura con la vejiga de caza mayor noble y los pasos ulteriores de la preparación, el potasio, que en la flor ha alcanzado el grado más alto de su transformación en lo viviente, es desligado de la planta portadora y mantenido en eficacia. Esto apunta a que el potasio se vuelve ahora, en el flujo de su vivificación, receptivo para una esfera superior, para la de la revelación de su ser. Por ello, la sustancia terrestre potasio queda elevada no solo a la esfera de la vida, sino a la del viviente portador de sensación. Se convierte en portador de una vida atravesada de interioridad.
Esta vivificación y astralización de la sustancia se cumple también en el animal a través de su ser anímico o astral. Esto se expresa en la extraordinaria fuerza fertilizante de las excreciones de los rumiantes, ante todo del vacuno.
El estiércol de vaca es un ejemplo elocuente de ello. En el ser humano, la sustancia se espiritualiza más allá de los grados mencionados, bajo el dominio del Yo, y se convierte en su portador. Lo extraordinario de la preparación es que aquí las sustancias son puestas en una disposición por la cual pueden convertirse, fuera del organismo corporal cerrado del ser humano y del animal, en portadoras de la vida cósmica y de la astralidad cósmica en el suelo.
El preparado de milenrama terminado, una creación desde el espíritu del ser humano, representa el tercer grado de la fertilización. Despliega su efecto al ser añadido en cantidades homeopáticamente pequeñas a aquello que
que en el transcurso del año se acumula en la explotación agrícola de los reinos vegetal y animal en forma de masas orgánicas. Su efecto se despliega en el compost y en el depósito de estiércol. A su tiempo, estos abonos salen al suelo. Pero el suelo no es más que una película finísima. Como «diafragma»[355] forma el centro entre lo «alto» y lo «bajo», las alturas y las profundidades, la luz y la oscuridad. Cuando incorporamos el abono a esta «mitte» semejante a una piel, ella queda fecundada por esta nueva disposición de sustancias, que es la esencia de una consonancia de la naturaleza mineral, vegetal y animal, de los ritmos del año solar y de la fuerza creadora-espiritual del ser humano. Este abono ennoblece y eleva las modalidades de acción de los tres reinos de la naturaleza: las de la naturaleza sensorial-cristalina de la tierra, las del compost vegetal y las del abono animal. No solo equilibra lo que el suelo perdió por una explotación abusiva, sino que le da a la tierra, a la «obra», la capacidad de que lo inanimado se vivifique, lo vivificado se vuelva portador de sensación y esto se individualice por el espíritu que irradia desde el futuro.
La significación del tercer grado de la fertilización puede verse en que, en amplia perspectiva hacia el futuro, allí donde se trabaja así, conducimos la existencia natural más allá del umbral del espacio y del tiempo y la vinculamos de nuevo con el desarrollo progresivo del alma espiritual del ser humano y, con ella, del cosmos.
(1) ÜBERSETZUNG
La composición del preparado de manzanilla
La preparación sigue los mismos pasos que el preparado de milenrama, con una incertidumbre: en el texto del Curso el segundo paso, el colgado de los intestinos bovinos rellenos, queda sin mencionar; en cambio, en las notas del Curso se encuentra al respecto una indicación correspondiente. Esta problemática se abordará más adelante.
En su imagen fenoménica, la manzanilla (Matricaria recutita o Chamomilla officinalis) es polar a la milenrama, aunque como compuesta (asterácea) le está muy emparentada. En cambio, muestra una afinidad en el campo de tensión funcional de la polaridad de raíz y flor. Su cercanía y a la vez su lejanía fundan su posición como segunda en la ronda de los preparados biodinámicos.
La investigación espiritual enseña que el preparado de manzanilla tiene la capacidad de «hacer al abono apto para absorber en sí tanta vida, y transferir esta vida a la tierra», de modo que el abono llegue a «vincular aún más estrechamente las sustancias necesarias para el crecimiento vegetal, además del potasio también el calcio, compuestos cálcicos». En la milenrama tenemos que ver principalmente con las acciones del potasio. «Si queremos captar también las acciones del calcio, necesitamos de nuevo una planta, […] que, […] distribuida en dosis homeopática, contenga azufre, y desde el azufre atraiga hacia sí las demás sustancias necesarias para la planta.» «La manzanilla elabora [junto al potasio; nota del autor] el calcio para ello.» Contribuye a «excluir de la planta aquellos perjudiciales efectos de fructificación, a mantener la planta sana».[356]

estrechos, filiformes, que a su vez se ramifican muy poco (Figura 27). Estos gestos de lo radiante y lo redondeante apuntan a rasgos que son característicos de la riqueza de formas de manifestación del carbonato cálcico mineral (CaCo3), como por ejemplo lo radiante del aragonito o las formas esféricas y redondeadas de las calizas cristalinas, los Lösskindel, las estalactitas, etc.
La forma del brote de la manzanilla suscita la impresión de un estallamiento radiante y una disolución en luz, calor y aire. Que no se disuelva del todo y por completo, de eso se encargan las flores terminales, en las cuales el gesto configurador de toda la planta se repite una vez más en una etapa superior y se vuelve hacia adentro. El tallo se represa y se ensancha en el receptáculo floral, sobre el que aparecen discretamente las flores tubulosas, delimitadas en el margen por las flores liguladasblancas. Al florecer, el receptáculo floral se aboveda en un cono redondeado y resplandece en el cálido amarillo dorado de las flores tubulosas. Bajo el abovedamiento del receptáculo floral surge una cavidad llena de aire, señal inequívoca de que se trata de la manzanilla verdadera. Un rasgo peculiar de la movilidad de la manzanilla
en contraste con la milenrama es el ascenso de las flores marginales blancas al amanecer y su descenso al atardecer.[357]
En las flores que envuelven y cierran la forma esférica de la manzanilla en libre postura, aparece su ser traspasado de luz, de calor y de aire, una vez más en nivel superior. El proceso sulfúrico penetra, en comparación con la milenrama, de otra manera toda la planta hasta abajo en la raíz. Y en lugar de mantener vivo el potasio como aquella en lo térreo-acuoso, la manzanilla eteriza el calcio-potasio que fluye hacia arriba en el ámbito de acción del calor y el aire, culminando en la flor, que exhala un perfume intenso. Lo que en la flor llega procesualmente a un término forma en la preparación de la manzanilla el comienzo de algo nuevo. Esta inversión se inicia mediante el relleno de las flores de manzanilla recolectadas en una envoltura formal animal, en un trozo del intestino delgado de la vaca (Figura 27). El intestino delgado (*Intestinum tenue*) se une al duodeno (*Duodenum*) que proviene del estómago, pasa al íleon (*Ilium*), que desemboca en el ciego (*Caecum*). El tramo intermedio largo lo forma el yeyuno (*Jejunum*), que rodea a modo de guirnalda o corona la espira del colon (*Colon*). Este forma la pieza central del intestino grueso entre el ciego (*Caecum*) y el recto (*Rectum*). Para la preparación se considera el yeyuno. En él tiene lugar, iniciado por secreciones que desembocan en el duodeno (hígado, bilis, páncreas) y por las glándulas propias del intestino, el proceso digestivo principal. La pared intestinal del yeyuno está multiplicada varias veces por las vellosidades intestinales que se suceden estrechamente. Protegidas por la poderosa mucosa (*Mucosa*), los vasos sanguíneos y linfáticos penetran en las vellosidades hasta muy adentro en el canal intestinal. En este tiene lugar, mediante secreciones glandulares y degradación bacteriana, la mineralización casi completa del alimento ingerido. Es un acontecer metabólico intenso, acompañado de movimientos rítmicos de relajación y re-erección de las vellosidades intestinales, así como de la peristalsis de las paredes intestinales mediante una capa muscular que, a su vez, delimita la pared intestinal frente al interior de la cavidad abdominal mediante una piel casi transparente, fuertemente entretejida de tejido nervioso: la serosa. Esta articulación en tres capas y el acorde de sus funciones lo muestra también la vejiga del ciervo. Y sin embargo ambos sistemas orgánicos están en relación polar entre sí. La vejiga centraliza y almacena el líquido secretado por el riñón
y la libera al mundo exterior; el intestino delgado, en cambio, mueve lo sólido-fluido del alimento tomado del exterior, lo desintegra, lo examina en su paso a través de la pared intestinal y libera lo examinado al mundo interior del cuerpo. La vejiga y el riñón son órganos del cuerpo astral en el organismo fluido; la vejiga excreta hacia el exterior del cuerpo lo examinado por el riñón, aquello que se ha vuelto inservible. El intestino delgado es un órgano que filtra de lo sólido del alimento lo aprovechable y lo incorpora al cuerpo. Profundamente en el subconsciente participa en este proceso, en el ser humano, la organización del Yo. Esta se adentra profundamente en el proceso digestivo y se ocupa de la destrucción de la sustancia ajena hasta el nivel de lo físico-anorgánico.
El primer paso de la preparación es un paso de inversión y emancipación del proceso natural. La pregunta es: ¿cómo puede el proceso de potasio-calcio, que en el crecimiento de la manzanilla se mantuvo en flujo y en la flor alcanzó el grado más elevado de plasticidad etérica, ser elevado más allá del marchitamiento de la flor y sacado de la limitación de lo espacio-temporal, de modo que lo dispuesto en la flor pueda mantenerse en flujo en un grado superior? Esta tarea la cumple el intestino delgado o vacío de la vaca. Nos procuramos uno —idealmente de una vaca que durante toda su vida haya ejecutado en su aparato digestivo el «análisis cósmico-cualitativo» con el forraje propio de la granja—, cortamos el intestino vacío en secciones de aproximadamente 25 a 50 cm, atamos estas por un extremo e introducimos con ayuda de un embudo las cabezuelas florales de manzanilla en la envoltura intestinal, la atamos por el lado del orificio de llenado y obtenemos así unas salchichas prietas y vistosas (Figura 27, pág. 374).
Lo que antes, como flor de manzanilla, se inclinaba hacia las lejanías del cosmos y hacia el sol, llena ahora apretadamente el espacio interior del intestino delgado o vacío de una vaca. Esta inversión de fuera hacia dentro vale también para la nueva función del intestino delgado mismo. Este tiene un contenido que ya no digiere, que ya no descompone enzimáticamente ni mueve, sino que, por el contrario, preserva en su consistencia y hace receptivo a fuerzas que irradian desde la periferia planetaria a través de la luz solar. La función ordinaria del intestino y de la pared intestinal consiste en transmitir al interior corporal de la vaca el contenido intestinal elaborado del alimento terrestre —físicamente por la vía linfática y sanguínea, y espiritualmente a través de la piel nervioso-sensorial de la serosa—. En sentido polar a esto, la piel exterior del intestino (*Serosa*) está ahora orientada hacia las fuerzas del cosmos y de la tierra. Separada del organismo de la vaca, la sustancia impregnada de sensibilidad de la pared intestinal transmite
fuerza terrestre y solar a las flores de manzanilla. La pregunta es: ¿No son acaso éstas las que mantienen en flujo el potasio y el calcio eterizados de las flores más allá del umbral fijado por la naturaleza? ¡Pues de eso se trata en definitiva con todos los preparados biodinámicos! Con el primer paso de preparación —la inversión de procesos polares— se cumple una *Steigerung* que, así puede entenderse, tiene la potencia de abrir la «Obra» de lo devenido a una nueva etapa de desarrollo de su eficacia. Esta potencia se realiza finalmente en un segundo, y sobre todo en un tercer paso de inversión y emancipación (Figura 27, pág. 374).
En lo que respecta al segundo paso, surge la incertidumbre antes mencionada acerca de la indicación de Rudolf Steiner en el Curso de agricultura y la de las notas que él redactó en preparación del mismo. Estas están impresas como anexo en el Curso de agricultura. En la hoja 30 de dichas notas se encuentra la anotación: «Intestinos — colgar». De esto no se habla en la quinta conferencia del Curso, es decir, en la presentación pública de este asunto. Se subraya más bien con decisión el tercer paso, la exposición en la tierra frente a las fuerzas invernales: como «efecto natural […] dejar actuar allí lo viviente lo más afín posible a lo terrestre». Se describe además con mayor precisión la condición del lugar donde se ha de enterrar el preparado de manzanilla: «Exponer estas valiosas […] salchichas, nuevamente durante todo el invierno, a una profundidad no demasiado grande en una tierra lo más rica posible en humus, y buscar también lugares […] donde la nieve permanezca largo tiempo, y donde el sol ilumine bien la nieve, de modo que actúen allí en la mayor medida posible los efectos cósmico-astrales.»[358]
A este tercer paso de la preparación —en comparación con la milenrama— le corresponde evidentemente el significado propio. El segundo paso de la exposición a las irradiaciones del cosmos a través del aire y del calor permanece sin mención. Hoy en día se practica, por analogía con la preparación de la milenrama, cada vez más el colgar los intestinos durante el verano. Las cabezuelas florales de la manzanilla, que florece desde finales de mayo hasta entrado junio, se recogen, se secan levemente, se introducen en los intestinos y, antes de San Juan o del solsticio de verano, se exponen a las fuerzas estivales del aire y el calor.[359]
Las distintas afirmaciones sobre el obrar estival e invernal en el caso de la manzanilla, si se las pondera desde el espíritu del Curso agrícola mismo, admiten la siguiente consideración: como lo muestra el proceder con las plantas preparadoras que siguen, éste está afinado con la índole esencial característica de cada una en su trato con las fuerzas cósmicas y las sustancias terrestres. Como se ha descrito, el crecimiento de la manzanilla es expresión del predominio de una intensa astralidad en la luz, el calor y el aire. Esta se intensifica una vez más en la flor, y se expresa en el espacio hueco lleno de aire bajo el receptáculo floral que se arquea —ese espacio hueco puede entenderse al mismo tiempo, sin contradicción, como expresión de la formación de un espacio interior (anímico) propio, aún no colmado por el ser—, en la rítmica de movimiento de las flores liguladas, en el perfume cálido y aéreo y en su elevada virtud medicinal. Todo esto indica que la manzanilla ya en su acontecer vital está expuesta a una acción astral cósmica estival tan intensa que el segundo paso de la preparación parece superfluo; ella lo anticipa en cierta medida. Y con todo, colgar los intestinos a lo largo del verano ciertamente no puede perjudicar.
Tras el invernado en la tierra —es necesaria una protección contra zorros y perros— sigue, como paso ulterior de la preparación y emancipación, el desenterrado en primavera en torno a la época de Pascua. Ha surgido una nueva sustancia con nuevas propiedades, que gracias a su fuerza formativa astral «es más estable al nitrógeno que otros abonos, pero que además tiene la particularidad de vivificar la tierra de tal manera que puede actuar de modo extraordinariamente estimulante sobre el crecimiento vegetal. Y se producirán sobre todo plantas más sanas.»[360]
La «fuerza refrescante y vivificante» del preparado de manzanilla puede atribuirse al potasio eterizado, y la fuerza sanadora al calcio eterizado. Este último se vuelve receptivo a las fuerzas astrales ordenadoras que emanan del ser suprasensible de la manzanilla. En el «ligar» estas sustancias terrestres —potasio y calcio—, el cuerpo etérico o vital de las plantas se hace más formativo; puede así «excluir los perjudiciales efectos de fructificación».[361] «Fructificación» puede entenderse aquí como el proceso correcto en el lugar equivocado: en el suelo, fructifican bacterias, hongos, etc., y se encargan de procesos de degradación hasta llegar a la mineralización, pero luego también, en conexión con los animales del suelo, de pro-
Procesos de formación. Allí, en el suelo, está el lugar correcto; el incorrecto, cuando ese acontecer comienza a proliferar un piso más arriba, en el brote por encima de la tierra, por ejemplo en forma de virosis o enfermedades bacterianas y fúngicas. A este ascenso destructor de lo terrestre del suelo hacia el ámbito del tallo y la hoja contrarresta el abono orgánico tratado con el preparado de manzanilla.
Al igual que los demás preparados biodinámicos, el preparado de manzanilla se conserva en un local de temperatura uniforme, más bien en penumbra, en recipientes de barro rodeados de turba por todos lados. La turba aísla contra la irradiación. La aplicación se realiza en porciones del orden de un pellizco de tres dedos, dos a tres gramos por 2 m3 en el ámbito hortícola, en el agrícola 10 a 12 m3 de estiércol o material de compost, es decir según el tamaño del montón. La relación personal que se construye en el trabajo con el abono fija la medida justa.
La composición del preparado de ortiga
La tercera en el trío con la milenrama y la manzanilla, la ortiga muestra en su característico aspecto exterior apenas rasgos de parentesco con estas, pero sí en el modo de su trato con el potasio, el calcio y además el hierro. El proceso del azufre impregna poderosamente desde arriba toda la planta. Le confiere a la ortiga la capacidad de elevar esas sustancias por encima de su naturaleza térreo-inorgánica e incorporarlas a sus procesos vitales. Rudolf Steiner la designa como «el mayor bienhechor del crecimiento vegetal [...] La ortiga es realmente un tipo de todos los diablos, puede una barbaridad [...] además de que la ortiga conduce el potasio y el calcio en sus radiaciones y corrientes, además la ortiga tiene todavía una especie de radiaciones de hierro que son casi tan favorables al curso de la naturaleza como nuestras propias radiaciones de hierro en la sangre. La ortiga no merece en verdad, por su bondad, que ahí afuera crezca a menudo tan despreciada en la naturaleza. Debería en realidad crecer alrededor del corazón del ser humano, pues es en verdad, en la naturaleza allá afuera, en su grandioso acción interior, en su organización interna, algo realmente semejante a lo que el corazón es en el organismo humano»[362] (Abbildung 28, S. 383).
El porte entero de la ortiga, su inclinación a crecer con modestia dondequiera que la mano humana ha introducido desorden, por ejemplo en lugares donde reina la putrefacción o donde se amontonan escombros, o en pastizales descuidados y allí donde viejas máquinas se oxidan entre matorrales, o bien en suelos con aguas freáticas superficiales de contenido ferroso, y además donde en el paisaje se han creado zonas de transición, como en los bordes de caminos, taludes de cursos de agua, setos y lindes de bosque. Todo esto, así como el verde intenso de las hojas —que es un efecto del nitrógeno, pero sobre todo del hierro, sin el cual la clorofila portadora de magnesio no podría formarse— y asimismo el orden severo de su erguida y armada figura señalan que ella domina el proceso del hierro: expresión de una ichkraft elevada. Donde crece, crea —en virtud de su «grandiosa acción interior»— orden en el centro entre el «Arriba y el Abajo». Crea un equilibrio armonioso de los procesos edáficos unilateralizados, formando un mull de estructura extraordinariamente estable y granulada.
Llama la atención que el marcado acento de la polaridad entre raíz y flor, tan característico de las compuestas milenrama y manzanilla, esté ausente en la ortiga, que pertenece al orden de las Urticales. Con sus inconspicuas inflorescencias se sumerge en el follaje del tercio superior del tallo. Las flores brotan de las axilas de las hojas, dispuestas en estricta decusación y en pisos superpuestos (Abbildung 28, p. 383). Las plantas portadoras de polen muestran una lámina foliar más alargada y una dentición del margen foliar más redondeada; las portadoras de fruto, en cambio, tienen una lámina foliar más compacta y cordiforme y una dentición afilada y puntiaguda. La metamorfosis foliar se insinúa apenas: ya en la hoja más baja se revela el tipo de la planta, con una dentición todavía algo redondeada y un revestimiento de pelos urticantes; es más, incluso los cotiledones los portan ya. Hacia arriba, en dirección al centro del brote, la lámina foliar se ensancha hacia una pronunciada forma de corazón, y hacia el ápice del tallo se estrecha de nuevo hacia formas lanceoladas, fina y agudamente dentadas.
Lo culminante de las plantas con flores, su revelación esencial en la flor, queda enteramente en segundo plano. Las flores no tienen pétalos. Las flores de polen, de un verde amarillento, se desarrollan formando panículas más largas y cuelgan hacia abajo dentro del follaje superior; las flores femeninas son de un verde blanquecino y se mantienen más densamente agrupadas cerca del tallo.
El follaje entero, el tallo cuadrangular hueco por dentro y la flor están cubiertos de pelos urticantes. Son prolongaciones unicelulares de la epidermis, reforzadas en la base por depósitos de cal. Llevan en el extremo un cabezuelo silicificado que se rompe al menor contacto. El pelo urticante penetra en la piel como una aguja hipodérmica y libera un jugo celular tóxico causante del ardor, el *urtizin*. Este contiene, entre otras sustancias (*histamina*, *serotonina*, *acetilcolina*), compuestos que normalmente solo aparecen en el ser humano y en los animales.[363] En los pelos urticantes se extingue en la forma, hacia la periferia de la planta, un proceso fisiológico — exactamente como es característico de la flor. Se puede afirmar con pleno derecho: no solo las flores de la ortiga están arrastradas hacia abajo, hacia el follaje, sino que su brote aéreo queda revestido, desde la más temprana edad, por los pelos urticantes, como por una especie de proceso de floración.
Las ortigas se expanden mediante estolones subterráneos (*rizomas*) hasta formar colonias de uno a dos metros de altura. Los brotes de los estolones son de color amarillento, discurren rasantes bajo tierra — rara vez por encima — y envían desde sus nudos tenaces filamentos radiculares, igualmente amarillentos, hacia las profundidades; de ellos parte luego una fina ramificación blanquecina, ricamente ramificada, que recorre todo el suelo superficial. De cada nudo del *rizoma* brotan hacia arriba dos plantitas. Se elevan con una decidida fuerza de erección vertical y con un orden geométrico estrictamente armónico. Los brotes se congregan en forma de islotes y se delimitan hacia el exterior con una envoltura defensiva que encierra, en su follaje densamente sombreante, un espacio interior. A la ortiga le es propia una «acción interior» que se concentra en ese espacio interior, se prolonga hacia el espacio radicular y armoniza así la vida desordenada del suelo, conduciéndola hacia un humus estable y fértil.
En la ortiga se cumple el milagro de que en sí misma eleva la polaridad de raíz y flor hacia una unidad superior. El proceso del azufre de arriba hacia abajo y el proceso sal-sustancial de abajo hacia arriba permanecen en mayor grado en flujo; ambos se compenetran, en intensificación, de manera mercurial en la hoja. Este proceso es comparable, en un estadio de desarrollo superior, a la circulación sanguínea. En su centro, el corazón — que es al mismo tiempo el centro entre el arriba y el abajo —, se encuentran la corriente venosa y la arterial. Se encuentran el pasado y el futuro en el presente: la sangre que en la periferia, por un lado, sacrifica fuerzas hacia la actividad física del cuerpo y, por otro, se impregna con el
Erlebnisstrom de los actos consumados, llega como corriente venosa al centro. Allí se cumple una síntesis, un sentir del corazón que asciende desde lo subconsciente hasta la conciencia. La sangre venosa se transforma y se renueva en el corazón —a través de la respiración pulmonar— en corriente arterial, que al fluir hacia fuera impulsa a nueva actividad. Así también, en el nivel de lo vegetal, la ortiga: «florece» desde su centro, la hoja, hasta la periferia de la planta entera. Las sustancias ligadas a la tierra, el potasio, el calcio y el hierro, experimentan su «purificación ascendente», su eterización, no solo en el estado final del florecimiento —es decir, del extinguirse en la forma—, sino que las fuerzas astrales actúan a través del azufre de tal manera que imprimen el proceso de floración a todo el acontecer del crecimiento y lo mantienen en flujo. Con ello cumple la ortiga «su grandioso efecto interior», que la hace «semejante a lo que el corazón es en el organismo humano».[364]
En eso reside probablemente la razón por la que Rudolf Steiner no nombra para la ortiga ningún órgano animal que garantice el proceso de mantener en flujo lo etérico más allá de la floración. El órgano que vendría al caso sería el corazón. Pero el corazón no es un órgano cutáneo, sino un órgano muscular de actividad propia. En él se unen, en el ritmo del latido, el proceso metabólico y el proceso sensorial; se vuelven uno. El corazón encarna la síntesis de la polaridad de ambos procesos. Es interioridad activa y envoltura orgánica a la vez. La ortiga cumple una función análoga en el nivel de la naturaleza meramente viva. Su cuerpo de fuerzas formativas enteramente astralizadas la capacita para transformar hacia arriba la naturaleza de fuerzas de las sustancias terrestres —potasio, calcio y hierro— aprisionada en lo térreo-sólido, en radiaciones saludables que ordenan lo viviente.
En lo que respecta a la preparación, se trata de la pregunta: ¿cómo puede esta capacidad singular ser potenciada hasta convertirse en un fertilizante de fuerzas que imparta al suelo y a las plantas que se quieren cultivar la capacidad que es propia de la ortiga? ¿Cómo pueden los abonos orgánicos de la granja, mediante el añadido de este fertilizante de fuerzas —y cómo puede, al cabo, el propio suelo—, «volverse interiormente sensible», de modo que los procesos constructivos y destructivos transcurran «razonablemente» en este sentido superior, que el suelo se individualice en dirección a aquellas plantas que precisamente se quieren cultivar? «Es realmente algo así como una ‹penetración de razón› del suelo lo que se podrá lograr con este añadido de *Urtica dioica*.»[365]

Esto puede lograrse cuando se expone el brote aéreo de la ortiga —de un verde profundo en tallo y hoja, llegada ya a la floración— a una polaridad que la eleva más allá del acontecer natural propio de su formación de la forma según el tipo. Con ello se produce una nueva elevación, la síntesis de una nueva sustancia en lo viviente: el preparado de ortiga. Se siegan las ortigas, se doblan o, mejor, se pican groseramente y se las deja «marchitar ligeramente» (Figura 28).
Se excava en el suelo fértil superficial una zanja no demasiado profunda, se deposita la masa, se rodea con algo de turba molida y se vuelve a cubrir con tierra. En ese lugar permanece un año entero, expuesta una vez a las fuerzas invernales y una vez a las estivales. Pasado el año, se extrae la masa —muy reducida por la descomposición y la humificación avanzada— y se tiene en las manos el preparado terminado: una nueva materialidad, una materialidad de irradiación astral. El manejo práctico exige gran atención respecto al grado correcto de marchitez; durante el marchitamiento ha de evitarse también la radiación solar directa. Con la masa de ortiga todavía demasiado húmeda se producen fácilmente fermentaciones indeseadas, y bajo una iluminación excesiva aparece el ennegrecimiento. Debe secarse a la sombra,
preferiblemente con aporte de aire caliente. Para volver a encontrarla en el suelo al cabo de un año, se utilizan con frecuencia sacos viejos de lino, cajones planos de madera de paredes delgadas para verduras o tubos de drenaje de arcilla, en los que se la introduce a presión. En este último caso se obtiene una masa negra en gran medida humificada.
Lo que vale también para los demás preparados a enterrar en la tierra, se aplica de manera especial al preparado de ortiga: el juicio sobre si un preparado ha salido mejor o peor no depende del grado de humificación, sino de la estructura suelta del preparado, del olor agradable y, sobre todo, de que el suelo circundante esté en un estado bien aireado, vivo y grumoso. Lo decisivo es que las fuerzas de la periferia transmitidas a través de la tierra puedan entrar en relación con las sustancias de las plantas de los preparados elevadas a lo etérico, y que puedan ser preservadas.
Todos los preparados biodinámicos, con excepción del preparado de valeriana, se introducen separadamente en las pilas de compost y en los montones de estiércol en orificios de 30–50 cm de profundidad, con una separación de 50 cm a 3 m, según el tamaño o la longitud de los montones. El preparado de ortiga, tan próximo a la función cardíaca, se introduce habitualmente en el centro del lomo del montón; los cuatro hermanos tienen su lugar, alternados entre sí, en los flancos. Su eficacia es una de irradiación astral, es decir, una que se cualifica en la manifestación sensible, pero no se cuantifica de manera medible.
Zur Frage der Stoffumwandlung
Se han de considerar tres cualidades distintas de transformación de la sustancia:
1 Cuando se quema una materialidad orgánica, como el carbón o la madera, se observa cómo su composición sustancial desaparece y como producto de transformación aparece una serie de otras composiciones sustanciales, como por ejemplo gases y ceniza. A la inversa, una serie de sustancias que reaccionan entre sí se transforma en una nueva composición (compuesto), por ejemplo carbono, oxígeno, nitrógeno, hidrógeno y azufre dan lugar a proteína. Todo el acontecer natural revela en todas sus manifestaciones un cambio constante de la sustancia.
2 Ciertos elementos inorgánicos, como por ejemplo el uranio, el torio y otros, así como las sales naturales de potasio —el ⁴⁰K radiactivo está contenido en el potasio en algo más de un 0,12%—, emiten en secuencia arrítmica radiaciones medibles; en una serie de desintegración se producen productos de transformación
(isótopos así como elementos de menor peso atómico). Estos procesos de radiación se sustraen a la perceptibilidad inmediata; actúan, por así decirlo, desde abajo, desde la sub-naturaleza, hacia arriba en el acontecer natural. Desencadenan enfermedades y actúan en última instancia de manera letal.
3 Desde la semilla hasta la plena formación de las formas de las plantas, desde el embrión hasta la configuración corporal de animal y ser humano, tienen lugar en constante transformación de la sustancia procesos de construcción, destrucción y reconstrucción. Aquí actúa un principio que crea vida, algo espiritual-entitativo, que se construye en el ser natural una imagen refleja sensible. Aquí actúa poderosamente en la naturaleza el mundo de los seres de una supranaturaleza.
Los preparados biodinámicos son composiciones de sustancias que, cada uno a su manera, «abonan» el nexo relacional mencionado bajo el punto 3 entre supranaturaleza (Cosmos) y naturaleza (Tierra). En ello, la triplicidad del preparado de milenrama, de manzanilla y de ortiga reviste un significado particular. Obran un tipo especial de transformación de la sustancia: los elementos ligados a la tierra, el potasio y el calcio, no sólo son eterizados en el nexo vital de las plantas, sino que adquieren propiedades que los acercan al modo de acción del nitrógeno. Se convierten en portadores de fuerzas astrales o bien se transforman finalmente del todo en nitrógeno. Rudolf Steiner da al respecto las siguientes indicaciones: «pues en el proceso orgánico radica una alquimia secreta que, por ejemplo, el potasio, cuando trabaja en él de la manera correcta, lo transforma realmente en nitrógeno, e incluso la cal, cuando trabaja correctamente, la transforma realmente en nitrógeno».[366] Y además: «existe una relación cualitativa recíproca entre la cal y el hidrógeno, semejante a la relación cualitativa entre el oxígeno y el nitrógeno en el aire. […] Bajo la influencia del hidrógeno, la cal y el potasio se transforman incesantemente en algo de índole nitrogenada y finalmente en nitrógeno real. […] éste es precisamente enormemente útil para el crecimiento vegetal, pero hay que hacerse producir por métodos como los que he descrito»[367]; es decir, a través de un configurar artístico de procesos sustanciales del devenir en el organismo agrícola. Así como para el pintor el lienzo, el color y el pincel son los medios de su creación artística, así para el agricultor lo son la tierra y su vivificación mediante la elaboración y aplicación de los preparados.
En las citas precedentes se toca, desde la investigación espiritual, el enigma de la transubstanciación. ¿Cómo acercarse a la solución de este problema? Desde luego que no con el mismo modo de pensar con que se busca descifrar los enigmas de la naturaleza inorgánica. Las dos relaciones de calidad citadas arriba se comportan entre sí de manera polar. La del oxígeno con el nitrógeno en el aire es determinante para la respiración en el animal y en el hombre. Ambas sustancias constituyen en gran medida el elemento del aire; ambas se hallan en el aire en un estado gaseoso, anorgánico-inactivo. Rodean el brote vegetal desde afuera. Distinto es el caso con las sustancias terrestres potasio y calcio. A través de la organización vital de la planta son elevadas desde su encadenamiento en la forma física de la sustancia — el «material de trabajo» — a la esfera de la actividad viviente. Puede comprenderse así: determinadas plantas, plantas medicinales, como la milenrama, la manzanilla y la ortiga, tienen la capacidad, en virtud de su cuerpo etérico, de poner en movimiento la organización cuajada en lo físico de las sustancias potasio y calcio, liberándola de su sujeción en la forma. En su imagen fenoménica y en sus propiedades son una imagen refleja de su estado, aún colmado de vida en estadios evolutivos tempranos. Al disolverse la forma mineral en el proceso vital de estas plantas, surge naturalmente el pensamiento de que potasio y calcio se vuelven receptivos, de una manera nueva, al obrar del siguiente miembro constitutivo superior: el cuerpo etérico de estas sustancias. La realidad esencial de éste la halla el investigador espiritual en el mundo suprasensible del espíritu, que como la región más baja colinda con lo físico-sensible. Nuevos impulsos de desarrollo espiritual-anímico, que obran desde el futuro, pueden entonces capacitar a estas sustancias — dotadas de su propio cuerpo etérico — para abrirse a sus miembros constitutivos que tienen su hogar en una región espiritual aún más elevada. Las sustancias terrestres potasio y calcio se vuelven por esta vía «de índole nitrogenada», al convertirse ellas mismas en portadores de fuerzas espiritual-anímicas. Adquieren propiedades del nitrógeno, que por naturaleza es en todos los procesos vitales el portador del mundo de lo astral que revela el tipo. «El nitrógeno es en verdad el que es portador de la sensación.»[368] Él hace presentes en la naturaleza viviente, en la formación de proteínas, procesos vitales que provienen de un pasado terrestre temprano, que han recorrido estadios de desarrollo y que ahora se han convertido en la «Obra» de la creación.
Del retorno del potasio y el calcio a su estado etérico se ocupa su particular relación de calidad con el hidrógeno. Cómo esta
Siendo el hidrógeno quien, entre todos los formadores de sal que más profundamente han descendido al estado de lo puramente terrestre, es «el que está emparentado, tan íntimamente como sólo es posible, con lo físico y, a la vez, tan íntimamente como sólo es posible, con lo espiritual».[369] En su actividad edificante en lo orgánico se sirve del azufre, e igualmente en su actividad disolvente. «Lleva todo lo que de alguna manera es astral configurado y vivo, de vuelta a las lejanías del universo […] El hidrógeno lo disuelve todo en realidad.»[370]
Pues bien, es esta mencionada relación de calidad en la milenrama, la manzanilla y la ortiga la que hace que el hidrógeno disuelva la atadura del potasio y el calcio a su forma, y conduzca fuera lo astral que se ha cuajado en esa forma, hacia lo «indeterminado, caótico del universo».[371] Con ello puede ponerse de nuevo en movimiento lo etérico del potasio y el calcio en estas plantas de tal modo que, mediado por el azufre, pueda convertirse en portador de un nuevo mundo de fuerzas que irradia desde el futuro. El potasio y el calcio se transforman en nitrógeno en la medida en que se convierten en este sentido en portadores de esta nueva astralidad. Puede hablarse entonces de que el nitrógeno del aire repite en el presente algo del pasado. En cambio, las sustancias terrestres potasio y calcio — también transformadas en portadoras de fuerzas astrales — hacen posible lo futuro en el presente.
Pero ¿cómo puede atribuirse a una y la misma sustancia, el nitrógeno, dos cualidades de acción tan polares? Según la concepción científica actual existe sólo la una: la que se deriva de sus propiedades anorgánicas, físico-químicas. Si se deja valer únicamente este modo de pensar que subyace a esa concepción, la pregunta es legítima: ¿por qué producir de esta manera tan complicada cantidades tan ínfimas de nitrógeno, si éste se encuentra en el aire en abundancia? Bastaría con configurar la rotación de cultivos en la agricultura con suficiente riqueza en leguminosas, y tener a mano abono orgánico bastante para asegurar la demanda de nitrógeno que el crecimiento reproductivo requiere. Esta es una perspectiva que a la experiencia del pensar le abre sólo una sección parcial de la realidad. Cuando las fuerzas desterradas a lo físico en la planta son vivificadas por su organización etérica, y en el animal son animadas por su cuerpo astral, entonces se ponen en movimiento; ellas
no están ya sometidas a sus leyes puramente físicas, sino a las leyes superiores de lo etérico vivificante y de lo astral formativo.
La transformación de la materialidad muerta e inorgánica que de ello resulta hace posible que planta, animal y ser humano puedan encarnarse en la Tierra. Las encarnaciones son repeticiones de un desarrollo proveniente del pasado más remoto; son procesos de una necesidad inexorable. Solo el ser humano puede, en virtud de su alma espiritual encarnada, determinar en libertad su actuar como un desarrollo hacia el futuro. Pero esto significa que él, en virtud de su Yo, espiritualiza continuamente las fuerzas y sustancias que construyen el cuerpo, las transustancia. Eso es lo que caracteriza la verdadera evolución del futuro de la humanidad.
De la investigación espiritual existe en el «Curso de agricultura» de Rudolf Steiner una descripción de camino: cómo, mediante una acción libre — en la elaboración de los preparados biodinámicos —, pueden producirse sustancias fertilizantes que hacen permeables los muros de la necesidad inexorable del macrocosmos cuajado en obra, permeables a los impulsos de desarrollo; que traen, pues, fuerzas del futuro a la presencia del presente.
El hecho de que, en el caso de la triplicidad de los preparados de milenrama, manzanilla y ortiga, la triplicidad de las sustancias terrestres o sustancias sálicas — los metales terrestres potasio, calcio y el hierro — sea sometida a una preparación mediante la cual ellas mismas, con la participación del hidrógeno y del nitrógeno, se convierten en portadoras de fuerzas astrales, es un proceso de transustanciación. Con ello se traspasa el límite que la naturaleza establece. La cualidad de acción de esta clase de nitrógeno ha de entenderse, desde esta perspectiva, como polar respecto de aquella que es la fuerza formativa evolutivamente determinante del nitrógeno ordinario en la economía de la naturaleza. El nitrógeno producido mediante la preparación de milenrama, manzanilla y ortiga es uno «que es tan enormemente útil para el crecimiento vegetal».[372] Los preparados de milenrama, manzanilla y ortiga apuntan, como abono, a establecer — en vinculación con el desarrollo anímico del ser humano — un nuevo potencial de desarrollo en el mundo que se ha convertido en «Obra». El manejo de los preparados es una respuesta a la observación de Rudolf Steiner: «Estamos [desde el comienzo del siglo XX; nota del autor] ante una gran transformación del interior de la naturaleza.»[373] Esta transformación solo puede volverse hacia el bien cuando va acompañada de una gran transformación de la formación anímica de los seres humanos. Donde esto no ocurre, surge la destrucción.
La composición del preparado de corteza de roble
El roble, su corteza y su borke
Entre las plantas de los preparados, el roble, el roble pedunculado (*Quercus robur*), es la planta leñosa perenne más representativa de nuestras latitudes. De él se utiliza la corteza para la preparación. Esto llama tanto más la atención cuanto que, en todas las demás plantas de los preparados, son las cabezuelas florales las que se emplean para la preparación —o, como ocurre con la ortiga, a causa de su carácter floral, el tallo entero—. La flor del roble es monoica y aún más discreta que la de la ortiga. Solo en la forma de sus hojas y en su fructificación, sentada en una cúpula —la bellota—, se revela de manera inconfundible el tipo de este árbol. Si uno quiere acercarse, mediante una contemplación intuitiva de imágenes, a la singularidad de la naturaleza arbórea del roble, debe volver la mirada hacia el devenir lento, paulatino, de su imponente y recio porte leñoso y nudoso, que se afirma a sí mismo, y —sobre ese fondo— hacia el proceso sustancial que se manifiesta, por un lado, en la formación de la corteza, y por otro, en la madera dura y resistente del corazón del árbol. Este proceso sustancial parte de la zona viva del cámbium hacia adentro y hacia afuera, y se aproxima nuevamente, en cada caso, como producto final del devenir vegetal, a lo mineral. La investigación espiritual señala la importancia del proceso del calcio en la corteza de roble y cómo este mantiene sanas a las plantas: «crea orden cuando el cuerpo etérico actúa con demasiada fuerza».[374] En la zona viva, el líber de la corteza, se forma —junto a taninos y otras sustancias aromáticas, en células individuales— una combinación orgánica de calcio, el oxalato de calcio, que cristaliza en las vacuolas celulares y se configura en la corteza exterior como drusa de cristales, conservándose allí largo tiempo por ser escasamente soluble en agua.
Tras la germinación, el roble envía su raíz pivotante hacia las profundidades, seguida de raíces laterales o cardiacas que penetran igualmente a grandes profundidades. A estas se añaden raíces laterales que se extienden horizontalmente con gran vigor en anchura, las cuales impulsan a su vez, en la periferia, las llamadas raíces fúndulas hacia la profundidad.[375] Adulto, el roble forma —imagen especular de la copa amplia del árbol— una especie de igualmente imponente «corona de raíces» en las profundidades de la tierra. Su
La corteza especular desaparece aproximadamente a los 20 años de crecimiento en grosor —así llamada por su tersura y su brillo— y en su lugar aparece la característica corteza fisurada.
Refiriéndose a la estructura de calcio particularmente ideal[376] habla Rudolf Steiner de la corteza del roble; el concepto botánico de ritidoma, que la botánica distingue de aquella, queda sin mencionar. Esto ha llevado a opiniones divergentes sobre cuál de las dos —la corteza especular o el ritidoma— debe emplearse para la preparación. Hoerner aboga decididamente, en su exhaustiva y minuciosa exposición, por la corteza especular del árbol joven, aquella que antaño se usaba como curtiente para las pieles.[377]
Es, en sentido botánico, la corteza viva —el tejido del líber encerrado por la epidermis. Pero en el presente libro se le da la palabra al ritidoma. Esto se fundamentará con mayor detalle a continuación.
Todo su crecimiento, y con él sus procesos sustanciales, proclaman esta vinculación con la tierra.
El brote del roble joven crece verticalmente en altura con una ramificación verticilada y se asemeja, en este tipo de porte, al de otros árboles de hoja caduca. Pero el arquetipo del roble se revela inconfundiblemente desde la juventud en el foliaje tan característico, hendido y lobulado en el limbo. Solo hacia los 20 años de su juventud cambia el aspecto del roble pedunculado hacia su forma de crecimiento propia: una copa ampliamente extendida, de porte irregular, más abierto y luminoso (Abbildung 29, S. 401). Lo que ya desde el principio se había insinuado en la forma de las hojas se apodera, en las décadas siguientes, de todo el árbol con plena potencia. La enorme fuerza de crecimiento —que puede persistir incluso en un roble milenario— actúa en todos sus miembros como represada: visible en el retraso de los brotes guía del año anterior y en su superación por los brotes laterales, de donde surge el curso irregular de las ramas laterales que se desarrollan como troncos. Igualmente se reprimen las hojas en la punta del brote, formando penachos; el tronco se «represa» hacia dentro en la gran dureza de la madera, hacia fuera en la corteza que se va densificando y que se adhiere establemente.
un tejido meristemático secundario, el felógeno, cuyas células protegen la corteza interior del líber frente a las influencias externas y suberifican el tejido del líber que muere convirtiéndolo en ritidoma. El ritidoma se construye de adentro hacia afuera a partir de las capas de tejido cortical que se suberifican y mueren anualmente, permaneciendo adheridas entre sí.[378]
A consecuencia del crecimiento en grosor del tronco y de las ramas extendidas, el ritidoma se hiende en profundas fisuras. Las células suberosas protegen el tejido del líber extinto del deterioro y con ello el oxalato de calcio y una parte de los aceites esenciales de más difícil volatilización y de los compuestos aromáticos y sus derivados que se han formado en la corteza. Los compuestos aromáticos son hidrocarburos cuyo producto final es la resina altamente polimerizada. Cuando Rudolf Steiner habla de que «la resina del roble debería ser todavía bastante eficaz»[379] —pues como tal secreción no existe en el roble— se refiere ciertamente a los estadios intermedios de baja polimerización que preceden a la resina. Son, entre otras cosas, las sustancias aromáticas de fácil volatilización, emparentadas con las secreciones florales, o bien los hidrocarburos aromáticos contenidos en los aceites vegetales. Estas sustancias surgen durante la fase de desvitalización de la planta hacia la floración. «Se desvanecen» —en parte gracias al hidrógeno que se ha convertido en «soberano absoluto» del proceso— hacia la indistinción del cosmos;[380] o bien, como en el caso del ritidoma, son de más difícil volatilización y se conservan durante más tiempo gracias al revestimiento del corcho. Estas sustancias «próximas a la flor» deben su composición a las fuerzas formativas de la corteza y a su desvitalización hacia la forma astralizada del ritidoma. Del ritidoma se ha retirado la vida, tal como ocurre también en el proceso hacia la floración. Las fuerzas de lo astral se conservan en la «estructura» orgánica del ritidoma del roble, que encierra tanto las formaciones sustanciales aromáticas afines a la flor como el oxalato de calcio cristalizado. El roble crea así únicamente en el ritidoma la estructura que confiere al calcio el poder sanador de las plantas y que puede hacerse aprovechable para el suelo y las plantas por medio de los pasos de preparación subsiguientes.
Los robles florecen solo cuando la copa está plenamente desarrollada.[381] Esto ocurre hacia los sesenta años de edad. La floración apenas se percibe; solo cuando en esa edad avanzada, en septiembre u octubre, caen las bellotas, se repara en la transformación profunda que se ha producido en la biografía del árbol. Enlazando con la contemplación precedente surge la pregunta: ¿No florece ya el roble y da ya frutos mucho antes de que florezca y fructifique visiblemente? En toda la naturaleza arbórea —y de manera especialmente representativa en el roble— la tierra se pliega sobre sí misma.[382] ¿No tiene lugar ya en este proceso de inversión una suerte de proceso de floración y fructificación, solo que retenido en el tronco y las ramas, detenido, por así decir, a mitad de camino? Si se contempla un tronco de roble en sección transversal, se pueden reconocer en la formación del tronco, dispuestos en sentido horizontal, los *Tria Principia* de Paracelso. En la zona periférica del tronco aparece, apenas perceptible a simple vista, la capa viva del cámbium, que, oculta bajo la corteza, envuelve el árbol a la manera de una hoja verde. Desde esta capa crece hacia adentro el tejido conductor del *xilema*, que asciende con el agua y las sales y que —visto horizontalmente— arraiga, por así decir, en la albura viva. En esta albura, como en el complejo de sorción del suelo, se almacenan asimilados que luego se movilizan de nuevo. Es la zona del proceso del «Sal». Hacia el corazón del tronco, la albura muere; se mineraliza, por así decir, en duramen mediante la deposición de sustancias leñosas —ligninas y derivados de ácidos tánicos— como protección contra la putrefacción.
Hacia afuera, del cámbium surge el tejido celular de los tubos cribosos (*floema*). Conduce los asimilados hacia todas las partes no verdes del árbol. A este tejido se une el parénquima cortical o líber. La epidermis, finalmente, protege frente al viento y la intemperie. Hace aparecer la forma de la planta. La corteza alberga distintos tejidos celulares, que en parte contienen clorofila —absorbiendo así la luz—, así como células individuales que forman en sus vacuolas cristales de oxalato de calcio. En conjunto domina en la corteza una intensa actividad metabólica reprimida y orientada hacia la forma. Se forman sustancias afines a las florales, compuestos aromáticos como ácidos tánicos y sus derivados. En la imagen de la triplicidad Sal, Mercurio y Azufre puede reconocerse, en la sección transversal del tronco, en la delgada y extraordinariamente viva envoltura de la corteza, un crecimiento de brotes mercurial, comprimido y retenido, que no se despliega en yemas y
hojas diferenciadas. Este carácter de brote foliar de la corteza encuentra apoyo en el hecho de que las yemas foliares brotan de la corteza, y las yemas de los brotes están en conexión con el cámbium a través de ella. Los depósitos minerales y la formación de hidrocarburos —una sulfurización— apuntan a un proceso de floración aún dominado por las fuerzas de crecimiento, retenido. La corteza está en conexión con el cuerpo leñoso a través del cámbium, mediante los radios medulares mercuriales.
Así como el tallo y la hoja de la planta se transforman en flor, la corteza prosigue en la borke en una suerte de metamorfosis. Esta transformación se produce cuando, en lugar de la epidermis, se forma un cámbium secundario, el cámbium suberoso (*Phellogen*). El tejido de células suberosas que de ahí surge vincula y rodea la capa exterior de la corteza que muere año tras año, así como también los depósitos minerales que ella contiene y los compuestos aromáticos de menor volatilidad.
Así como la flor plenamente formada se extingue en la forma y la coloración y en las sustancias odoríferas que se volatilizan, así el crecimiento foliar-brotante del roble se extingue en la borke. En ella todo lo que antes había sido vivido se convierte en forma rígida y muerta; lo que era verde se vuelve pardo terroso y rojizo, y lo que estaba ligado a sustancias aromáticas de fácil volatilidad se ha volatilizado. Visto así, en la borke se consuma un proceso de floración —o de sulfurización— aún próximo a la tierra e incompleto. Las sustancias no han sido elevadas todavía del todo por encima de su legalidad física. Pero el calcio, elevado hacia la vida de la planta, entra en una conexión con el ácido oxálico sulfúrico surgido de esa vida. Cristaliza en oxalato de calcio con diversas formas cristalinas: romboédrica, en bastones y agujas, u octaédrica en pirámides dobles. Se distinguen arenas cristalinas, cristales individuales, maclas, drusas y esferitas.[383] El oxalato de calcio se forma en el plasma celular. En su estado juvenil los cristales están rodeados siempre por una envoltura plasmática, que va madurando en la borke hasta extinguirse. Lo que en la borke queda de las múltiples composiciones de sustancias de la corteza son los hidrocarburos de baja volatilidad y los cristales de oxalato de calcio. En éstos el calcio se halla en una estructura que ha recibido su impronta del nexo vital del roble. La vida ha abandonado la borke; lo astral, sin embargo, que ha creado esta estructura —esta forma—, permanece vinculado a lo físico-sustancial, y también con los
hidrocarburos de baja volatilidad y los cristales de oxalato de calcio. En éstos el calcio se halla en una estructura que ha recibido su impronta del nexo vital del roble. La vida ha abandonado la borke; lo astral, sin embargo, que ha creado esta estructura —esta forma—, permanece vinculado a lo físico-sustancial, y también con los hidrocarburos menos polimerizados, así como con los oxalatos de calcio embebidos en ese nexo vital. La borke permanece firmemente unida a la corteza. El proceso que se consuma en la borke puede compararse con el efecto fertilizante del compost: comunica al suelo algo «que tiene la tendencia a penetrar muy fuertemente lo astral en lo térreo sin el rodeo de lo etérico».[384] Este proceso se cumple en su grado más alto en la flor. Bajo el predominio del proceso de sulfurización —lo que equivale a la acción astral—, la flor florece, revelando así su ser en imagen, y al mismo tiempo se extingue en esa imagen de forma y color. En la flor se realiza una transformación completa de lo físico, de lo térreo-sustancial. En la borke se cumple asimismo una especie de proceso de floración, que sin embargo se detiene a mitad de camino en un nivel más bajo. No llega a producirse una transformación de la sustancia, sino una conservación sulfúrico-astral de la composición sustancial órgano-mineral que ha caído fuera de la vida de la corteza, sellada en una determinada «estructura» orgánica.
Si se dirige la mirada hacia los árboles que forman borke, como el roble, puede decirse: la borke es expresión de un proceso de floración próximo a la tierra que perdura a través de las estaciones del año y que —en simultaneidad con la corteza, el cámbium, la albura y el duramen— confiere al árbol durabilidad en el cambio de las estaciones. Visto así, el material de partida para el preparado de corteza de roble es igualmente una materialidad surgida de un proceso de naturaleza floral. Esto confirma la respuesta de Rudolf Steiner a la pregunta de un oyente: «¿Se considera toda la corteza?» «En realidad solo la capa exterior de la corteza, la que se deshace cuando se la desprende.»[385]
Lo que es propio de la naturaleza arbórea en general —una fuerte condensación de la astralidad en la copa del árbol— caracteriza al roble de manera muy particular. En esto está emparentado con la ortiga, aunque en sentido inverso. En ésta es característica su extraordinaria «acción interior». En el roble, en cambio, hay una especie de acción exterior, una fuerte fuerza de atracción sobre el mundo de los insectos; es, por así decir, una cuna para muchas de sus especies. En la zona radicular son las larvas de una multitud de especies sobre todo de coleópteros; en el mantillo del viejo tronco hueco, entre otras, la larva del ciervo volante; y en la zona foliar, las avispas de las agallas. La morada de estas últimas, la agalla, es sintomática del obrar de lo astral del animal. La avispa de las agallas hace que mediante
Solo con las fuerzas de la periferia y la imagen fenoménica del roble pedunculado, con sus procesos sustanciales particulares, su relación con el mundo de los insectos y con las fuerzas del periferia cósmica, se irá acercando al entendimiento de la afirmación del investigador espiritual: que «lo que existe como estructura de calcio en la corteza de roble es lo más ideal de todo» para generar, mediante una preparación ulterior, un abono capaz de «combatir preventivamente las enfermedades de las plantas».[386]
Mediante la acción hormonal, la avispa de las agallas hace que la bidimensionalidad de la hoja de roble, a partir del punto de puesta de huevos, crezca hasta convertirse en una agalla medular, es decir, despliegue hacia la tridimensionalidad. En la agalla que alberga a la larva, la hoja se forma en una especie de órgano cutáneo esferoidal: un interior rico en tejido nutritivo que se cierra frente a un exterior. Las formaciones de agallas aparecen también en otros vegetales leñosos. Sin embargo, el roble, como planta huésped individual, puede producir más de 100 variedades distintas de agallas.[387] Es notable el elevado contenido de las agallas en ácidos tánicos y colorantes, lo que apunta nuevamente a una sulfurización prematura en la zona foliar, de manera similar a como ocurre en la corteza y la borke.
El cráneo de animal doméstico
Así como el roble ocupa un lugar singular entre las plantas de los preparados, también parece estar por sí solo el órgano envolvente del reino animal que sirve para la preparación de la corteza-borke de roble: el cráneo de animal doméstico. «Es casi indiferente de cuál de los animales domésticos se trate.»[388] Esta afirmación de la investigación espiritual encierra de nuevo grandes enigmas. En los demás preparados, el órgano envolvente está estrictamente asignado a una determinada familia animal —como los cérvidos nobles— o a una especie animal, el bovino como animal doméstico; pero aquí, en el caso de la preparación de la corteza de roble, la especie animal no desempeña ningún papel, sino únicamente el hecho de que cumpla la cualidad esencial del ser-animal-doméstico. Las características particulares de la constitución corporal y de los comportamientos anímicos fueron abordadas en el capítulo «Los animales domésticos — órganos en el organismo de la granja y del paisaje» (pág. 126 y ss.). Estas son altamente variables y se diferencian en su conformación y orientación de manera esencial de sus congéneres que viven en libertad. Pero ¿qué es lo que hace, más allá de los límites de especie, familia y orden, a un animal ser animal doméstico? Desde que este fue degradado a mero animal de aprovechamiento en la ganadería industrial, el concepto de animal doméstico se ha vaciado de contenido.
vuelve a adquirir peso cuando se considera que en los animales domésticos su surgimiento, su apertura anímica hacia el ser humano, su capacidad de prestarle servicios, son creaciones del hombre. La condición de animal doméstico debe su ser y tendrá su futuro gracias a la entrega y el amor del ser humano. Son estos los que le dan continuamente al animal algo que por naturaleza no posee. Y este don es el que se ha grabado en la formación corporal del animal doméstico hasta en la configuración física del sistema óseo. Así como el roble confiere al calcio en la corteza-borke una estructura ideal, así también el calcio y sus compuestos en el hueso craneal casi muerto, a través del animal doméstico. A esto se vincula la pregunta: ¿Qué ocurre al respecto con los animales de aprovechamiento hibridados o genéticamente manipulados y mantenidos de manera digital? ¿Puede atribuírsele todavía a semejante cráneo de animal de aprovechamiento la calidad de un cráneo de animal doméstico? El animal doméstico debe ser reconocido de nuevo según su índole esencial única. A través del espíritu y la mano del ser humano debe ser elevado continuamente un trecho por encima de su mero ser-animal. Esto no es simplemente una cuestión de cría, tal como hoy se entiende, sino una cuestión de educación. El animal doméstico necesita una educación para llegar a ser animal doméstico, así como el ser humano necesita una para llegar a ser humano. Practicar esta educación del animal hacia la condición de animal doméstico de manera consciente y acorde a su índole esencial es un arte que eleva al animal por encima de los instintos heredados de la naturaleza. El animal doméstico renuncia en cierto modo a los instintos plenos de sabiduría de su forma silvestre. Recae sobre la responsabilidad del ser humano compensar con creces esta pérdida. Dado que el animal no tiene Yo, necesita la conducción yoica educativa del ser humano. Esto exige hoy, después de que las prácticas tradicionales de la relación campesina entre el hombre y el animal han desaparecido, un conocimiento de la índole esencial del animal, mediante el cual el propio aprovechamiento vuelva a adquirir un valor educativo. La ganadería biodinámica tiene como fundamento este enfoque. Donde en este sentido de una comprensión más profunda se trabaja en el ser y el devenir del animal doméstico, se podrá esperar encontrar aquellos cráneos que cumplan la tarea que les está destinada para la preparación del preparado de corteza de roble. La identidad de aprovechamiento y educación era antaño visible en la caballería, por ejemplo en los caballos de trabajo uncidos al carro o al arado. Tras haber realizado su trabajo toda una vida de caballo conducidos por las riendas, se solían utilizar en la agricultura biodinámica sus cráneos para la preparación. El caballo de trabajo ha quedado (¿provisionalmente?) fuera de uso. Hoy en día se emplea por lo general el cráneo de la vaca, que también, sacrificada a tiempo en otoño, proporciona los órganos envolventes para
el preparado de manzanilla y de diente de león. En su caso, se emplean también cráneos de oveja o de cabra.
El cráneo se articula en cráneo facial y cráneo cerebral. En los animales recién nacidos, ambos constituyen todavía una forma unitaria, de contorno aproximadamente esférico, tal como la conserva el ser humano durante toda su vida. El cráneo facial se alarga luego en el breve tiempo de la juventud del animal y domina a partir de entonces la forma de la cabeza. La cabeza amenaza ser invadida allí, en cierto modo, por las fuerzas metabólicas. Este fenómeno y su dominio se presenta con especial impresionancia en los portadores de astas y de manera diferente en los bovinos. El ciervo macho, por ejemplo, realiza cada año de nuevo una imponente actividad metabólica: del cráneo cerebral brota la cornamenta, intensamente irrigada y cubierta por una piel aterciopelada. Esto ocurre en el primer semestre del año. Al comienzo del segundo semestre, el poder de las fuerzas metabólicas que irrumpen en la cabeza queda exorcizado de la cornamenta; ésta se extingue en la forma ósea que encierra un espacio interior —las ramificadas perchas— y se convierte en un poderoso órgano sensorial que palpa el entorno de calor, luz y aire. En invierno es derramada. No de otra manera, y con todo de modo polar, sucede con los apéndices cefálicos del bovino: los cuernos, que siguen creciendo año tras año y a la vez se extinguen en la envoltura córnea. A través de estos cuernos —órgano sensorial orientado hacia el interior— el poderoso acontecer metabólico que avanza sobre la organización neurosensorial es rechazado de vuelta al cuerpo por la envoltura córnea ya extinta. Así preserva el bovino, de manera diferente al ciervo, las fuerzas neurosensoriales de la cabeza del empuje amenazante de las fuerzas metabólicas.[389]
La estructura anatómica de la corporalidad y del cráneo en los animales domésticos no difiere de la de las formas silvestres. Y sin embargo existe una diferencia significativa en el modo de la conformación: ésta es altamente variable; el cráneo facial queda algo acortado, las prestaciones sensoriales son menores, las metabólicas mayores, el volumen de la cavidad cerebral está en parte considerablemente reducido (véase el capítulo «Los animales domésticos — órganos en el organismo de la granja y del paisaje», pág. 126 ss.). Pero estos son síntomas de un desarrollo retenido en los animales domésticos, de una conservación de su juventud, de un estado en cierto modo más embrionario. Esta conservada
Esta juvenilidad conservada es la que caracteriza el ser del animal doméstico. Evolutivo, debe su ser más juvenil al ser humano. Este hecho le impone la obligación de orientar, en conocimiento esencial y amor, la crianza en la tenencia, la alimentación y el cuidado en consonancia con ello.
Como órgano envolvente animal para la corteza/borke de roble desmenuzada sirve la cavidad cerebral en el cráneo de uno de los animales domésticos más grandes. Ésta queda abarcada por un mosaico de huesos del cráneo superior, parcialmente preformados en tejido conjuntivo como la bóveda craneana (con el hueso frontal, el temporal y el parietal), y parcialmente en cartílago como los huesos de la base del cráneo y en parte el occipital, así como los huesos que delimitan la cavidad cerebral frente al cráneo facial. La osificación surge a través de células óseas que irradian desde centros individuales en el tejido conjuntivo y en los cartílagos, y que hacen solidificar la movilidad del tejido de base mediante la incorporación de fosfatos de calcio y magnesio, carbonatos de calcio y fluoruro cálcico. De ello resultan los huesos planos de cobertura, unidos por puentes de tejido conjuntivo o cartilaginosos. Al envejecer se osifican finalmente, en el caso de los cartílagos, en los huesos más fuertemente conformados, que delimitan en parte entre sí la cavidad cerebral frente al cráneo facial y que en parte se fusionan entre sí. La osificación (Ossifikation) es un morir progresivo que se extingue en la forma. De manera comparable se extingue la corteza en la forma de la borke. Y sin embargo, dado que se trata de un animal, este proceso de muerte es retenido por las fuerzas formativas. Los procesos vitales permanecen en flujo en cierta medida; un constante des-, trans- y reconstrucción de las sustancias óseas tiene lugar sin interrupción. Cuán fuertemente están todavía los huesos atravesados por procesos vitales lo ilumina el hecho de que un tercio de los huesos consiste en sustancia orgánica de base, el *Ossein*, y dos tercios en las sales minerales arriba mencionadas (P, Ca, Mg y F).[390] Las fuerzas formativas vivifican y atraviesan con su radiación los huesos desde el periostio —membrana ósea inervada y vascularizada— que descansa sobre la cara exterior.
De las consideraciones precedentes, tampoco de las particularidades morfológicas mencionadas, no se hallará ningún indicio concluyente que acerque al entendimiento la afirmación del investigador espiritual de que para la preparación de la corteza de roble resulta indicado un cráneo: «Prácticamente indiferente de cuál de nuestros animales domésticos.»[391] Una respuesta solo se encontrará probablemente si se contempla la relación ser humano–animal desde las glaciaciones
y las grandes civilizaciones antiguas que les siguieron. La humanidad vivía entonces en un estado de conciencia de ensueño. Puede llamársele también conciencia mitológica. De ella manaron los mitos de los pueblos, Inspiraciones procedentes de un mundo percibido como geistig-real y suprasensible. Estaba bajo la guía del sacerdocio inspirado de los Misterios. En estos trasfondos espirituales debe buscarse el origen de la domesticación de los animales (cfr. cap. «Los animales domésticos – órganos en el organismo de la granja y del paisaje», pág. 126 y ss.). Esta consistió en que la vida instintiva evolutivamente dispuesta de los animales fue siendo reemplazada gradualmente por la guía del ser humano. Este paso de transformación, surgido de la constitución anímica-espiritual de la humanidad de aquella época, se imprimió en el cuerpo vital de los animales, y a través de este en el cuerpo físico, y así también en la corriente hereditaria. Le confirió al animal doméstico la capacidad de preservar su juvenilidad, de mantener variable su constitución corporal. En última instancia, cabe asumir que el misterio de la domesticación ha encontrado su sedimento en el cuerpo físico, en la disposición específica de las sustancias, en su «estructura», allí donde la vida se cuaja plenamente en la forma. Una vez creada la forma, esta se retira de ella, y la forma queda entregada a la muerte. Esta disposición de las sustancias —creada por las fuerzas formativas del animal doméstico— es en cada caso diferente en los huesos tubulares de las extremidades, en los huesos de la pelvis, de la columna vertebral, y de nuevo diferente en los huesos del cráneo que envuelven el centro del sistema neurosensorial. La sustancia predominante que edifica estos últimos es el calcio; se halla en diversas composiciones con fósforo, carbono, oxígeno y flúor. Sus fuerzas orientadas, por así decirlo, hacia un punto central confieren al cráneo cerebral su forma que se aproxima a la esfera. La disposición composicional del calcio en los huesos del cráneo cerebral es, según cabe concluir, expresión del juego de fuerzas anímicas del animal doméstico —estimulado por el ser humano y mantenido en estado juvenil—. Es, a nivel animal, una disposición de las sustancias del calcio de orden superior a la que se presenta a nivel vegetal, como por ejemplo en la corteza externa del roble. Vista así, el cráneo del animal doméstico preserva en sus composiciones de calcio fuerzas astrales que han afluido al animal doméstico a través de la solicitud activa del ser humano y han tomado el lugar de los instintos perdidos. Tienen, en un sentido más elevado, la capacidad de actuar de manera purificadora, depurativa y sanadora sobre los procesos vitales proliferantes.
Este intento de una aproximación conceptual a la comprensión de los materiales de partida del preparado de corteza de roble y del cráneo de animal doméstico debe profundizarse aún más. Pero con esto no se ha resuelto todavía el enigma de la
La preparación como tal. Esta debe ser realizada por manos humanas, ¡un acto artístico!
El roble crece en nuestros paisajes; allí se encuentran igualmente todas las plantas de los preparados y también los animales domésticos — pero ¿en qué condiciones de vida y de entorno? Todo lo que esté en nuestra mano debemos hacerlo para favorecer, en la configuración del organismo de la finca y del paisaje, su prosperidad conforme a su ser. Esto incluye, siempre que sea posible, la fertilización con preparados. En su origen, ella es una síntesis de las sustancias y fuerzas que componen el paisaje, y en su aplicación es, considerada en conjunto, un remedio para su armonización.
La preparación de la corteza externa del roble
En septiembre nos procuramos la corteza externa de un roble crecido, a ser posible, en el término de la finca, y un cráneo, a ser posible de un animal criado en la granja (Figura 29). En el caso de robles más viejos con corteza profundamente fisurada, se recomienda raspar con un hierro de arrastre la capa más exterior, a menudo ligeramente musgosa, y utilizar únicamente las capas de corteza más jóvenes que se hallan debajo. La masa que ya al desprenderse se va desmenuzando se corta entonces del todo hasta obtener una estructura granulada. Al cráneo del animal doméstico, tras el sacrificio, se le extrae el encéfalo por el foramen occipital, así como los restos de carne y piel que aún se adhieren por el exterior. Se utiliza entonces la parte superior del cráneo y se rellena, precisamente por esta abertura del hueso occipital —por la cual el haz nervioso de la médula espinal pasa hacia el cerebelo—, la masa de corteza en la cavidad craneal. La abertura se cierra con una esquirla de hueso craneal y se sella con arcilla.
En este primer paso de la preparación se cumple una primera inversión: algo exterior, la corteza, se convierte en algo interior, encerrado por una envoltura ósea que ya durante la vida del animal doméstico estaba más próxima a la muerte que a la vida. Contigua al encéfalo, sirvió al hacerse conscientes las percepciones sensoriales guiadas por el instinto (Figura 29).
En el segundo paso de la preparación se cumple una segunda inversión de un proceso natural, conducida por el espíritu y la mano del hombre. Los cráneos, inmediatamente después de ser rellenados con la sustancia vegetal, son enterrados planos en un lugar donde abunde el lodo de plantas y donde afluya agua atmosférica —agua de lluvia y de nieve—. En este medio térreo, lunármente acuoso, reposan y allí quedan expuestos durante el otoño y

fuerzas invernales. La dificultad de satisfacer estas condiciones de manera óptima ha dado lugar a múltiples soluciones prácticas.[392] Una orientación flexible la facilita la siguiente indicación de Rudolf Steiner: «hundimos ahora [el cráneo; nota del autor] en la tierra, ponemos […] turba encima e intentamos llevar la mayor cantidad posible de agua de lluvia al lugar mediante la conducción de algún canal. Se podría hacer incluso así […] en una artesa en la que constantemente entrase y saliese agua de lluvia […] introducir ahí esa sustancia vegetal que actúa con fuerza para que siempre haya lodo de plantas.»[393] Ambos métodos se practican.
En primavera tiene lugar el tercer paso de la preparación: los cráneos son retirados de su medio térreo-acuoso. Se cumple de nuevo una inversión: el interior, los rellenos de corteza, ha absorbido y concentrado el obrar de las fuerzas que venían de fuera. Lo que aparece es una nueva sustancia, de coloración exteriormente algo más oscura y de consistencia ligeramente más terrea, aunque todavía desmenuzable. Es una nueva sustancia
por estar dotada de la nueva propiedad de una acción astral radiante, que confiere al abono de compost y estiércol «verdaderamente las fuerzas para combatir profilácticamente las enfermedades perjudiciales de las plantas, para detenerlas».[394]
¿Cómo puede recorrerse con el pensamiento este proceso que se desarrolla, a lo largo del semestre de invierno, entre el lodo de plantas, la envoltura de hueso craneal y la corteza del roble, en lo terrestre? A continuación, un intento de interpretación. La pregunta es: ¿cómo se puede aprovechar la propiedad del calcio de contraer las fuerzas de lo etérico? Con demasiada frecuencia, tras un invierno y una primavera húmedos y una súbita entrada de un período cálido y rico en sol, aparecen en masa organismos extraños perjudiciales como pulgones en colonias. Son una señal de crecimiento que prolifera étéricamente. Las fuerzas cósmico-astrales son demasiado débiles para dar forma al exceso de fuerza de crecimiento. Aquí puede ayudar la fuerza contráctil del calcio —pero no el compuesto cálcico habitual, ligado al residuo ácido del ácido carbónico (CaCO3)—, sino que se necesita para ello un calcio con una «estructura» como la que está presente en la corteza del roble. Este oxalato de calcio, elevado por los procesos vitales del roble y secretado por él en la corteza, debe ser conducido, a través de los pasos de la preparación, hasta el punto en que, añadido a los abonos orgánicos, mantenga el equilibrio saludable entre el nexo vital suelo-planta y las fuerzas astrales que irradian desde los planetas infrasolares Venus, Mercurio, Luna. Esto puede alcanzarse de manera que se genere un estado de eticidad que prolifera caóticamente. En el lodo de plantas está presente este estado. Debe mantenerse de manera continua mediante el aflujo de agua de lluvia y de nieve. El agua atmosférica contiene oxígeno, que cuida de que los procesos de descomposición que transcurren anaeróbicamente no se conviertan en putrefacción. Polar a la acuosidad del lodo de plantas es la constitución del agua de lluvia y de nieve que afluye, atravesada por fuerzas cósmicas. Esta se condensa en la atmósfera invernal desde la forma gaseosa del aire a la forma de gota, o cristaliza en cristal de nieve. En ambas formas de estado el agua tiene su propio centro. A este acuden las fuerzas del macrocosmos, se concentran en la envoltura acuosa y la delimitan hacia la forma de gota o hacia el cristal de nieve. Cuando estas gotas de agua se reúnen para formar la masa acuosa homogénea en lo terrestre, entregan su propio centro al centro del punto central de la Tierra.
Las fuerzas cósmicas concentradas en las gotas se disuelven en lo terrestre y, en el caso que nos ocupa, en el urchaos del lodo de plantas. Se alcanza una especie de síntesis que genera un equilibrio: el acontecer de descomposición microbiana, de carácter lunar, es llevado al equilibrio por las fuerzas del cosmos actualmente operante. Cabe suponer que este equilibrio consiste en la conjunción del obrar planetario infrasolar y suprasolar.
En este medio de lodo de plantas caóticamente amorfo y del agua de lluvia o de nieve que fluye sobre él, se sumergen los cráneos de animales domésticos rellenos en la cavidad craneal con corteza de roble. De manera continua, las fuerzas etéricas que se van uniendo circundan el cráneo y penetran la bóveda ósea del cráneo. Esta presenta una estructura de calcio formada por las fuerzas astrales superiores de los animales domésticos que están al servicio del ser humano. Desde el corazón, que está en relación con el Sol, actúan en el animal en dirección a la cabeza las fuerzas de los planetas suprasolares, Marte y Júpiter, mientras que en la propia cabeza dominan las fuerzas formativas y estructurantes de Saturno.[395] Es decir: las fuerzas etéricas caotizadas en el lodo de plantas, llevadas a una especie de equilibrio por el agua de lluvia, se convierten en fuerzas formativas al atravesar la bóveda craneal gracias a las fuerzas astrales, menos ligadas al instinto, de los animales domésticos. El calcio de la bóveda craneal, estructurado por el cuerpo astral de los animales domésticos, recoge las fuerzas etéricas y las dota de un poder de acción constructivo y ordenador. En la corteza/borke, preparado así por el roble, el calcio se encuentra, por una parte, en tal composición sustancial que se vuelve receptivo a las corrientes etéricas del lodo de plantas, transformadas en fuerzas formativas por mediación del cráneo del animal doméstico. Por otra parte, es propio de la naturaleza del calcio concentrar y preservar esas fuerzas formativas recibidas en el nexo activo de la corteza/borke del roble.
Los cráneos de los animales domésticos con su relleno permanecen expuestos a lo largo del semestre de invierno a las fuerzas terrestre-cósmicas que irradian en lo térreo-acuoso. Esta forma de proceder puede interpretarse de modo que, por una parte, en esa época el obrar planetario infrasolar —y en particular el de la Luna— es de por sí el más intenso en lo acuoso del lodo de plantas; por otra parte, las fuerzas formativas de la más remota periferia de las estrellas fijas, que actúan a través de lo térreo-sólido, despliegan su mayor eficacia en el cráneo del animal doméstico, duro, cuajado en la forma.
El preparado terminado se incorpora, igual que los descritos, a las pilas de compost y estiércol en la cantidad de un pellizco de tres dedos por cada 1 a 2 m3 en el ámbito hortícola, y por cada 8 a 15 m3 en el agrícola. No cuenta la sustancia, sino la irradiación de fuerzas. También aquí el juicio debería formarse a partir de lo que enseñan la contemplación intuitiva y la experiencia personales.
A diferencia del sílice, Rudolf Steiner describe al calcio como aquel que quiere «atraerlo todo hacia sí». «Lo que la cal quiere tener vive en lo vegetal.» «Lo calcáreo es el deseo externo general en lo terrestre.»[396] En esta cualidad de lo «apeteciente» se expresa de manera natural el calcio anorgánicamente muerto. A través de los procesos vitales de las plantas —y de modo particular del roble— es liberado gradualmente de esta sujeción a lo terrestre. Desde este estado vivificado es excretado en la corteza/borke hacia uno que, si bien se aproxima a lo mineral, imprime no obstante en su «estructura» al oxalato de calcio embebido en el tejido de la corteza/borke el sello de la organización de fuerzas formativas del roble. ¿No puede verse en ello el sentido de los tres pasos de inversión descritos en la preparación, a saber, que la «naturaleza de deseo e impulso» del calcio muerto se invierte en su contrario? Se transforma en su entramado de fuerzas hacia un estado en que ya no quiere nada para sí, sino que transmite a las plantas fuerzas por las cuales pueden defenderse de las influencias externas dañinas y patógenas. El calcio en la cal es elevado, mediante los pasos procesales de la preparación, fuera de sus estados evolutivamente fijados; de tomador se convierte en dador, en sanador en la vida de las plantas.
Resumiendo, puede decirse: como en todos los preparados, los pasos individuales de composición no actúan de manera aditiva, sino multiplicativa. Surgen sustancias que no son variaciones de propiedades que, fijadas por leyes naturales, provienen del pasado, sino propiedades que en contextos vitales hacen posible el desarrollo. En el caso del preparado de corteza de roble es la cualidad recién ganada de fortalecer el entramado de miembros constitutivos de la planta y con ello contrarrestar profilácticamente las enfermedades vegetales.
Las sustancias naturales y fuerzas que, en una composición de nuevo cuño, generan una sustancia fertilizante con tal cualidad, son las siguientes:
4. El roble/la borke: El roble hace del proceso de floración un gesto que se abre hacia el cosmos — por su ser, algo «más terrestre», lo cual se expresa sustancialmente en la borke mediante el oxalato de calcio.
5. El cráneo de animal doméstico: Está metamorfoseado por la conducción del hombre. En el animal salvaje, conforma el espíritu del alma de grupo; en el animal doméstico, se suma a éste el espíritu del hombre.
6. La cavidad craneal, que alberga el cerebro y está rodeada por el líquido cefalorraquídeo, es un espacio sustraído al contacto inmediato con lo terrestre, que constituye una imagen microcósmica del macrocosmos.
7. En el invierno, la tierra, espiritualmente despierta, se entrega a sí misma.
En estas cuatro cualidades se expresa una tendencia centripeta de acción, dirigida hacia la tierra. Se presentan separadas en la naturaleza. Cuando se las pone en relación — tanto espacial como temporalmente — sobre la base del lodo vegetal y el agua atmosférica afluente durante el semestre de invierno, el proceso cálcico queda dotado de la nueva cualidad de compensar terapéuticamente las unilateralidades en lo terrestre.
La composición del preparado de diente de león
En la búsqueda de una planta que, por sus propios procesos vitales, sea capaz de hacer surgir en sí misma «la correcta acción recíproca entre la sílice y el potasio, no el calcio», la investigación espiritual encuentra el diente de león (Taraxacum officinale).[397] «El inocente, amarillo diente de león, donde crece en una comarca, es un beneficio extraordinario. Pues es el mediador entre la sílice finamente distribuida de manera homeopática en el cosmos y aquello que se necesita realmente como sílice en toda la comarca. Es verdaderamente una especie de mensajero del cielo.»[398] El diente de león está evolutivamente predispuesto a atraer «de la manera correcta la sílice» «de todo el entorno cósmico». «Pues la sílice tenemos que tenerla en la planta. Y precisamente en lo que respecta a la absorción de sílice, la tierra pierde con el paso del tiempo su poder. Lo pierde lentamente, de ahí que no se note.»[399] Esta sílice «tiene la mayor importancia para el creci
miento vegetal».[400] El «silicio, a su vez, se transforma en el organismo en una sustancia de extraordinaria importancia, que en la actualidad no es enumerada en absoluto entre los elementos químicos».[401] Aquí el investigador espiritual señala de nuevo un enigma para cuya solución la observación sensible aporta fenómenos aislados que apuntan hacia una conexión superior, hacia «el vínculo espiritual» (Goethe), que como tal sólo se abre a la experiencia pensante del espíritu.
La imagen fenoménica del diente de león
El diente de león revela en todos sus miembros una abundancia de fenómenos que asombran y apuntan a un carácter único que lo distingue incluso dentro de la particularidad de la familia de las Compuestas (Asteráceas). Es un floreciente de primavera — unos pocos toques de color amarillo aparecen de nuevo hacia el inicio del otoño. — Siguiendo al tenue velo blanco-violáceo de la cardamine de los prados (Cardamine pratensis), en abril los prados, pastizales y márgenes de caminos se cubren con una alfombra dorada del diente de león en flor. Esto ocurre justo en el momento en que la tierra exhala de nuevo hacia la periferia, desde su retiro invernal, su ser anímico-espiritual. El mar de flores del diente de león aparece como una imagen de esta reconexión de la tierra y el cosmos. Tan rápido como apareció a finales de marzo, tan rápido desaparece de la vista a finales de abril, ocultado por los hierbas y gramíneas vecinas que ahora crecen velozmente. Durante todo el año que sigue a la floración concentra y conserva las fuerzas del cosmos y de la tierra, que entonces, bajo los rayos del sol primaveral ascendente del año siguiente, de repente, de la noche a la mañana, ola tras ola, hacen dispararse hacia arriba los escapos florales. Éstos alzan las yemas florales, que se abren sobre el amplio y extendido receptáculo floral y vuelven hacia el sol el cesto lleno de flores liguladas.
La forma de crecimiento del diente de león es pronunciadamente trimembre en raíz, tallo, hoja y flor (figura 32, pág. 423). Esto apunta a una intensa acción de fuerzas astrales que ayuda al cuerpo etérico de este «mensajero del cielo» a desempeñar sus asombrosas funciones formativas. Cada uno de sus miembros se da a vivir como una polaridad de estancamiento (reposo) y movimiento. Son fuerzas astrales las que imprimen esta contradicción en la organización etérica del diente de león. Esto vale, naturalmente, de manera múltiplemente modificada y menos
pronunciada para todas las plantas con flor. El cuerpo astral de la planta, que la irradia desde fuera desde el mundo de lo suprasensible, conforma en una especie de acción interior las fuerzas etéricas en perpetuo movimiento convirtiéndolas en fuerzas formativas. De acuerdo con la imagen esencial de la planta, frenan o estancan los procesos vitales, o bien los activan hacia un crecimiento vigoroso. En el cereal, por ejemplo, el tallo crece de un estancamiento del crecimiento, el nudo, al siguiente. Desde esta zona de estancamiento se desarrolla, mediante un impulso de movimiento, el siguiente entrenudo del tallo (*Internodium*) y la hoja correspondiente, que envuelve el tallo hasta el nudo siguiente como vaina foliar. A esta acción interior que se extingue en la forma rápidamente se contrapone de manera polar una acción astral exterior. Ésta se manifiesta en el elemento del aire, que es mantenido en movimiento por el calor. El componente principal del aire es el nitrógeno mineralmente muerto (79%), portador físico del obrar de las fuerzas astrales. Se puede decir que con cada soplo de aire que acaricia las hojas, cada ráfaga de viento que las balancea de un lado a otro, que hace oscilar ramas y ramajes de un lado a otro o que deja fluir un campo de centeno en «ondas plateadas trémulas»[402] — actúa un impulso de movimiento: expresión de una acción astral exterior.
De manera completamente distinta se comporta el diente de león como planta herbácea perenne (vida útil de unos ocho años). Está dominado de parte a parte por la acción interior astral formadora de vida, comparable a la ortiga, pero de manera polar a ésta. Mientras que la ortiga, afirmándose a sí misma y presentándose defensiva hacia el exterior, da a su grandiosa acción interior una envoltura protectora propia, la imagen fenoménica del diente de león muestra cuán completamente está entregado tanto a la tierra como al cosmos. Aunque la organización astral del diente de león pone las fuerzas etéricas poderosamente a su servicio, su imagen fenoménica es el modelo de una voluntad de entrega, no de una voluntad propia: «El inocente, amarillo diente de león», así como lo apostrofa el investigador espiritual.[403] Una acción exterior en el sentido mencionado apenas llega hasta él.
La raíz
La polaridad de fuerza vital estancada y en movimiento imprime ya poderosamente su sello en la raíz. Esto se muestra, por un lado, en la intensa fuerza de penetración en profundidad de la raíz pivotante, que en el horizonte del humus del suelo superficial se ramifica una o varias veces
se ramifica. Los cordones radiculares penetran profundamente en el subsuelo mineral y solo allí se despliegan con las raíces finas. Incluso fragmentos de la parte superior de la raíz pivotante pueden desarrollarse de nuevo, en ambos extremos de corte, hasta convertirse en una planta plenamente desarrollada.[404] Por otro lado, las partes superiores de la raíz primaria ramificada se engrosan en el suelo superficial, de forma naviforme, hasta formar una raíz rizomática. Está rellena de una masa celular laxa que se halla surcada por tubos interconectados entre sí. Estos canales conducen un jugo lechoso blanco y viscoso que se halla bajo presión. Aquí se hace valer un efecto de estancamiento que puede seguirse hasta los pedúnculos florales. Si se corta la raíz, el nervio de la hoja o el pedúnculo floral, el jugo lechoso brota de inmediato; toda la planta del diente de león se halla de manera continua bajo una presión de savia elevada (*turgencia*). Puede decirse también: el cuerpo etérico de esta planta está bajo una «presión formativa» permanente de lo astral.
Brote y hoja
En comparación con el «polo salino» de la raíz pivotante, la mercurial zona media del brote y la hoja del diente de león se estanca, con la transición en el rizoma radicular superior, en una pronunciada roseta de hojas (figura 32, p. 423). El tallo permanece encajado en el cuello de la raíz y queda estancado de por vida, mientras que las fuerzas vitales formativas irrumpen con toda su fuerza en las hojas dispuestas en espiral, densamente agrupadas. Las hojas están estrechamente pegadas al suelo — en invierno, completamente; en primavera, se enderezan. Las hojas jóvenes que brotan del corazón de la roseta se colocan en posición erecta para ir descendiendo progresivamente, conforme envejecen, hasta el plano de la roseta, aproximándose a la tierra. Mientras que de esta manera se forman hojas nuevas de primavera hasta otoño —unas cien—, las más viejas se van extinguiendo en la cara inferior de la roseta.
La elevada fuerza de brotación de las hojas parte del nervio central, que se destaca plásticamente y conduce asimismo jugo lechoso. A este nervio se une la lámina foliar, que va haciéndose más estrecha de arriba abajo acompañando al largo pecíolo. En la sucesión foliar, esta lámina es desde los cotiledones, en la parte superior, alargada y redondeada. Pero pronto la fuerza de brotación, que pugna con intensidad hacia la lámina, se topa con la fuerza de estancamiento o de formación que actúa en sentido contrario desde el exterior. En poderosas puntas agudas —los «dientes de león»— irrumpe hacia el exterior y sufre, como por reacción, profundas escotaduras hacia el interior. Surge así la imagen de una hoja poderosa, parcialmente disarmónica en ambos lados, bizarra

Forma marginal de las hojas alargadas. Solo en la punta de la hoja se llega a un equilibrio armónico entre fuerza de impulso y fuerza de forma, en la figura del triángulo equilátero con forma de yelmo.
La flor
La polaridad entre estancamiento y movimiento hace ya de la raíz pivotante —engrosada por arriba a causa de la acumulación de jugos— un miembro del diente de león que parece desenvolverse con vida propia. No menos independiente, incluso en grado de elevación, se despliega la roseta de hojas. Y más aún: como desprendida de ella, la flor aparece sin transición en el dominio consumado de esta polaridad, como sustraída de lo terrestre.
En las axilas de las hojas, en el corazón de la roseta, se encuentran hacia el otoño los capullos florales. Invernan «bajo tierra», al ser absorbidos en otoño hacia el suelo por el cuello de la raíz que se contrae. Es un último impulso de movimiento antes del reposo invernal. Pero en primavera, en las noches de abril, el diente de león desarrolla todavía una especie de tallo que asciende verticalmente. Con las fuerzas acumuladas y retenidas a lo largo del tardío verano del año anterior, del verano, el otoño y el invierno, los capullos florales se lanzan hacia lo alto en la punta del tallo hueco, aéreo, portador también de jugo lechoso. El capullo floral es una pequeña cabeza redondeada y verde, rodeada de varias capas de brácteas escamosas. Bajo los cálidos rayos del sol del día que despunta, se abren una tras otra y se doblan hacia abajo. Solo unas pocas continúan envolviendo las flores liguladas que ahora se despliegan desde el receptáculo floral (figura 30).
Al abatirse también los últimos flósculos del involucro, se despliegan, apretadas unas contra otras, sobre el receptáculo ensanchado, en un dorado amarillo radiante, entre 100 y 200 flores individuales: una segunda roseta en grado más elevado, vuelta hacia el cielo. Florecen desde el borde hacia el centro del capítulo, una tras otra. Este sigue el curso del sol. A última hora de la tarde, una parte de los flósculos del involucro vuelve a erguirse; simultáneamente, el receptáculo floral desciende, de modo que todas las flores liguladas quedan reunidas en un haz erguido y envueltas de nuevo por los flósculos, como si de un capullo se tratara. Con buen tiempo, este abrirse y cerrarse rítmico puede repetirse durante varios días; con cielo gris y lluvioso, los cabezuelas florales permanecen cerradas. Tras la floración, una parte de los flósculos del involucro se levanta por última vez. Retienen firmemente envuelta, durante la formación de la semilla que sigue a continuación, la plenitud de las flores. Mientras tanto, el tallo hueco continúa creciendo hacia arriba, adelantándose a las hierbas y gramíneas que también crecen. En este último envoltorio tiene lugar sobre el receptáculo floral, en lo que respecta a la formación de la semilla, una inversión de la siguiente manera: la semilla se incrusta con la cabeza en el receptáculo floral, mientras que su polo opuesto, donde se insertan los sépalos filiformes, se yergue hacia arriba, hacia el cielo. Durante la maduración de la semilla se despierta de nuevo un impulso de movimiento: desde el polo calicinal de la semilla crece un delgado pedúnculo que lleva en su punta los sépalos filiformes, el papus. Al crecer hacia arriba, estos empujan los pétalos marchitos hacia afuera por encima del envoltorio de los flósculos. Tras esta prolongada preparación, los flósculos se abaten entonces por última vez hacia abajo, el receptáculo floral se arquea y redondea hasta formar una esfera sobre la que aparece, de largo pedúnculo, la filigrana «flor de soplar» (figura 30, p. 409). Está siempre completamente formada en cada uno de sus pequeños umbelos, pues todos los aquenios se han desarrollado en el receptáculo floral. Una vez maduros, los aquenios se desprenden del receptáculo y se alejan navegando individualmente con la siguiente ráfaga de viento.
El múltiple abrirse y cerrarse del capítulo enmarcado por los flósculos, el movimiento del receptáculo floral y el irradiar de la colonia de flores hacia la periferia son gestos expresivos que apuntan imaginativamente a la proximidad de la acción del cuerpo astral o del alma de esta planta compuesta de desarrollo especialmente elevado. Pero no es suficiente con eso; una vez más irradia durante la formación de la semilla, transforma los cotiledones finísimos en pequeños umbelos de plateado brillo, que se ordenan —igual que estrellas— a imagen de la forma esférica del cosmos. Los cotiledones, que habitualmente se despliegan en lo terrestre-acuoso, se invierten y se vuelven hacia el aire,
Wärme y luz hacia el cosmos. En una nueva culminación de lo precedente surge, por instantes, en el transparente envoltorio de los umbelillos, un espacio interior colmado de aire y luz. Cabe preguntarse si este espacio interior delicadamente trazado no es el fiel reflejo físico-sensible de la capacidad del diente de león para atraer la sílice desde el cosmos — es decir, de ser «verdaderamente una especie de mensajero del cielo».
El jugo lechoso
Junto al diente de león, otras especies de compuestas, como la achicoria (Cichorium intybus), la lechuga silvestre (Lactuca serriola), el cerraja (Sonchus arvensis) y las euforbiáceas (Euphorbiaceae), contienen en sus tejidos jugo lechoso. Este es una emulsión blanca y láctea que, en el caso del diente de león — y esto es lo que lo hace único — recorre unitariamente toda la planta en canales tubulares. Desde la raíz engrosada en forma de nabo, estos canales se extienden a través del tallo retenido en el cuello de la raíz, hacia la nervadura central de las hojas y finalmente a lo largo del pedúnculo floral, colmado de aire, hasta el receptáculo floral. El jugo lechoso une en un todo los miembros del diente de león, que a primera vista parecen tan separados entre sí. ¡Uno se encuentra ante un enigma! ¿No habría que atribuir a este jugo lechoso una naturaleza tan sal como sulfúrica — y aún más: una naturaleza mercurial? ¿No reúne en sí mismo las tres cualidades? ¿Existe aquí siquiera el principio fundamental de la planta con flores, la sublimación de lo mineral-sustancial y su eterización en el proceso de floración?
El jugo lechoso es un secreto compuesto por las células marginales fusionadas de los canales lácteos entrelazados entre sí. Es una masa de sustancias compuesta por la organización etérica de esta planta, que contiene en determinadas proporciones cuantitativas todo aquello que luego se configura en las formas altamente especificadas de la raíz pivotante, la roseta de hojas y la cabezuela floral. El análisis revela una diversidad tal de sustancias disueltas y en suspensión, que parece justificado decir: aquí se presenta un estado primigenio de la vida en una forma de manifestación de tiempos evolutivos tempranos del desarrollo de la Tierra, en el que los reinos del ser mineral, vegetal y animal aún no se han separado entre sí — una composición sustancial de vida omnipotente. Ciertos grupos de sustancias están sujetos, según el lugar, a fuertes oscilaciones estacionales; por ejemplo, la *inulina*, un polisacárido formado a partir de fructosa, que casi se consume con el crecimiento de la primavera y que, hacia el otoño,
se va acumulando conforme avanza el otoño. La raíz de primavera presenta el mayor contenido de sustancias amargas, la raíz de agosto el mayor contenido de *Inulina*, la de septiembre el mayor de *Taraxina*, y la de octubre el mayor de *Levulina*.[405] El jugo lechoso consiste en una sustancia base similar al agua — el líquor de *Taraxacum* —, en la que se encuentran disueltas numerosas sustancias minerales, como entre otras el potasio y el silicio, así como compuestos orgánicos, tales como proteínas, taninos, alcaloides y vitaminas.[406] Las sustancias suspendidas en esta solución en finas gotículas son resinas y principalmente caucho con una envoltura protectora coloidal de proteína. En las cenizas de la planta entera se encuentran un 7% de sílice, un 40% de óxido de potasio, un 8% de óxido de magnesio, un 28,6% de óxido de sodio, así como trazas de zinc, cobre, manganeso y azufre.[407] Los valores de contenido de las sustancias analíticamente detectables ofrecen, más allá de su mera presencia, escasos puntos de apoyo que permitan reconocer una conexión con el ser formativo. Se obtiene más información cuando se consideran determinadas composiciones de sustancias, por ejemplo los principios activos y sus efectos curativos. Pero tampoco éstos dicen nada sobre la integridad del diente de león que produce dichos efectos. Mientras se aceptaba esta totalidad como un hecho dado de la naturaleza, el diente de león era reconocido como planta medicinal oficinal. Ahora que los principios activos considerados curativos han sido aislados y sintetizados, o pueden ser sustituidos por otras sustancias sintéticas, el diente de león ha perdido su condición honorífica de planta medicinal. Recuperará este estatus — y con él todas las demás plantas medicinales — únicamente cuando se busque reconocer el nexo relacional de las sustancias entre sí como un entramado de fuerzas cuyo arquitecto, bajo la dirección de las fuerzas astrales que actúan desde el exterior, es el cuerpo etérico o vital de la planta medicinal en cuestión. Los compuestos orgánicos individuales han recibido ciertamente su impronta de la integridad de la organización etérica, pero no la representan de manera plena y suficiente.
Para ello habría que conocer al compositor que, en la imagen fenoménica del diente de león, se ha creado un autorretrato en esta determinada disposición de sustancias. Este compositor, como el gran artista, sólo puede ser hallado mediante el conocimiento del espíritu. Sólo la investigación espiritual desvela el «vínculo espiritual»,[408] que une de manera significativa los hechos individuales hallados empíricamente. Una tal fundamentación de sentido de orientación científico-espiritual muestra que en el diente de león no, como en la milenrama, la manzanilla y la ortiga,
no una relación entre el azufre y las sustancias ligadas a la tierra — potasio, calcio y hierro —, sino una relación de la sílice con el potasio. En lo viviente, al potasio le corresponde la función de vincular el cuerpo etérico con el cuerpo físico; en el polo opuesto se sitúa la sílice. A diferencia del azufre, la sílice establece una suerte de relación sensorial entre estos dos miembros constitutivos y las fuerzas cósmico-astrales que actúan desde el polo metabólico, la «individualidad agrícola». Esta particular acción recíproca del potasio desde abajo y de la sílice desde arriba se realiza, cabe suponerlo, en el jugo lechoso que recorre toda la planta. ¿No hay que ver en él — en el contexto del diente de león que se articula en su forma exterior tripartita — «al mediador [señalamos nosotros] entre la sílice distribuida de manera fina y homeopática en el cosmos y aquello que es realmente necesario como sílice a lo largo de toda la región»?[409] Aquí se plantea la misma pregunta que con respecto al nitrógeno del aire: la sílice está disponible en el suelo en abundancia — en forma sólida, coloidal y disuelta —, ¿para qué entonces traer sílice del cosmos de manera tan indirecta y además en cantidades tan pequeñas? Se trata evidentemente de dos estados polares de acción de la sílice, o más precisamente del silicio que determina su eficacia. Un estado de ser de la sílice son el cuarzo y los silicatos. Son el resultado del devenir y perecer de estados terrestres pasados. Como rocas y como producto de su meteorización, forman el armazón mineral básico de los suelos. A esta sílice ligada a la tierra está vinculada la raíz de la planta. El otro estado de acción de la sílice se manifiesta en el polo metabólico sobre la tierra, como una «sílice distribuida de manera fina y homeopática en el cosmos».[410] Se piensa enseguida en el polvo meteórico que ha entrado en la zona de atracción de la tierra. Pero este cae por sí solo hacia la tierra. Esta mineralización terrestre no puede ser lo que se tiene en mente. La afirmación de Rudolf Steiner es que «tiene que darse la acción recíproca correcta entre el potasio y la sílice en la planta, a fin de atraer lo cósmico».[411] Es un proceso activo que parte de la planta y que hay que vivificar con ayuda de un abono preparado de manera apropiada.
Lo que aquí se llama entre otras cosas «sílice cósmica» designa un estado inmaterial, etérico-astral. «Podríamos llegar poco a poco, si seguimos abonando sin plan, a impedir que la tierra absorba lo que de sílice, plomo y mercurio actúa», «lo que [...] viene del entorno del universo y tiene que ser incorporado al crecimiento de las plantas».[412] La tierra pierde la capacidad de absorber estas sustancias cósmicas. Para contrarrestar esta pérdida se necesita de nuevo la preparación especial de un abono: el preparado de diente de león. Transmite al suelo y a la planta la capacidad que es propia del diente de león de manera singular: poner en tal relación recíproca el potasio y la sílice en los procesos vitales de las plantas, que éstas adquieran la facultad de «atraer la sílice cósmica». En el diente de león esta relación recíproca surge precisamente porque él eleva las dos sustancias terrestres potasio y sílice — asimiladas a través de la raíz — desde el estado anorgánico-físico hasta el estado eterizado. El jugo lechoso es en su omnipotencia más cercano a su arquetipo, y sin embargo en esta forma de manifestación es igualmente imagen refleja del mismo, como lo es su ritmo de estancamiento y movimiento y la elevación de éste desde la raíz, a través de la roseta de hojas, hasta culminar en las cabezuelas florales. El diente de león es «una especie de mensajero del cielo»; su imagen fenoménica lo anuncia.
La sílice así irradiada desde el cosmos y asimilada por los procesos vitales de la planta entra en relación con la sílice tomada de la tierra, que a su vez está en relación recíproca con el potasio. Solo en esta clase de síntesis encontraremos probablemente un punto de partida comprensivo para este enigmático estado de cosas descrito por el investigador espiritual. La sílice contiene el silicio. «El silicio a su vez se transforma en el organismo en una sustancia de extraordinaria importancia, que actualmente [es decir, en 1924; nota del autor] no se cuenta en absoluto entre los elementos químicos.»[413] ¿Es esta sustancia transformada aquella por medio de la cual las mencionadas sustancialidades del cosmos se hacen accesibles de nueva manera al crecimiento de las plantas?
El diente de león reúne en sí, como una de las formas de existencia más tempranas desde el punto de vista evolutivo, el jugo lechoso con una fuerza formativa cósmico-terrestre consumada en el presente. De ello habla su imagen fenoménica. ¿Es esta síntesis la que confiere al diente de león, sobre todo en su destacado proceso de floración, la propiedad singular de irradiar hacia lo terrestre
imas de la tierra y la sílice irradiada desde el cosmos en una sola unidad, transformando en ese proceso «el silicio contenido en la sílice» en lo viviente en una «nueva sustancia»? Una respuesta afirmativa la sugiere el procedimiento de la ulterior preparación del diente de león y la eficacia del preparado acabado.
En el punto de partida de la preparación se plantea la pregunta: ¿Puede captarse el potencial de fuerzas del diente de león, concentrarse, conservarse el concentrado y emplearse en forma de abono de tal manera que se comunique al suelo y a las plantas en crecimiento? En el marchitamiento del diente de león se extingue este potencial. La última manifestación de vida es la transformación de los cotiledones en el papus pedunculado que lleva la semilla bajo su sombrillita. Antes de que llegue a este elaborado desenlace, el proceso vital del diente de león, que alcanza su punto culminante en las cabezuelas florales, debe mantenerse en flujo. Esto, a su vez, solo puede suceder mediante un órgano envolvente que provenga del reino natural inmediatamente superior, el reino animal. El animal pone sus procesos vitales al servicio de su ser anímico interior y los mantiene en flujo a través de éste. Según la investigación espiritual de Rudolf Steiner, esta tarea, con respecto a las cabezuelas florales del diente de león, la cumple el peritoneo o, más precisamente, el mesenterio del bovino.
El peritoneo o mesenterio del bovino
Sirve como órgano envolvente del reino animal en la preparación de las cabezuelas florales del diente de león. El peritoneo (*Serosa*, *Peritoneum*) reviste la cavidad abdominal y todos los órganos contenidos en ella, así como la cavidad pélvica. En la cavidad abdominal y pélvica constituye la membrana límite del polo metabólico en sentido estricto. También la cavidad torácica, centro del sistema rítmico con el corazón y los pulmones, está revestida por un *Peritoneum*, la pleura. Esta, sin embargo, está separada estrictamente del peritoneo por el diafragma (*Diaphragma*). El *Peritoneum* es un órgano cutáneo vuelto hacia el interior del cuerpo, invertido. Su superficie, orientada hacia el interior, la forman células planas embebidas en una membrana basal. Esta se apoya sobre el tejido conjuntivo y muscular de las paredes de las envolturas orgánicas o de las cavidades del cuerpo. Si se la desprende, se tiene entre las manos una piel membranosa, translúcida y brillante. Ésta está atravesada por una fina red de fibras nerviosas que se centran en ganglios individuales y confluyen finalmente en el gran centro ganglionar del plexo solar (*Plexus solare*), que en el bovino se encuentra bajo la columna vertebral en la zona límite
de la columna vertebral dorsal y lumbar. Estos plexos nerviosos pertenecen al sistema nervioso vegetativo, que se articula en el *Sympathicus* y el *Parasympathicus*, polar a éste. Su actividad regulatoria transcurre en lo más profundo del subconsciente.
La consideración meramente anatómico-funcional del peritoneo esclarece poco sobre su significado más profundo. Se constata una fuerte inervación, una película de humedad que posibilita la deslizabilidad de los órganos de la cavidad abdominal y pélvica — en particular del convoluto del intestino delgado —, y la sorprendentemente alta capacidad de resorción de los fluidos corporales; el peritoneo se ocupa, en conexión con la linfa y los ganglios linfáticos, de la detoxificación — en el sentido de una especie de digestión — de sustancias ajenas al organismo. Este modo de consideración, restringido a hechos más bien externos, se amplía de inmediato en cuanto se pregunta por el significado de la fuerte inervación. Una respuesta la da el propio bauchfell. Es un órgano sensorial que se orienta hacia lo que se cumple de manera altamente específica en cada uno de los órganos de este espacio interior, y que al mismo tiempo aprehende la suma de estas actividades en la inconsciencia como un todo, y desde este todo coordina y armoniza entre sí las actividades de los órganos.
Así como la piel exterior y los cuatro sentidos medios en ella integrados — el sentido del calor, el sentido de la vista, el sentido del gusto y el sentido del olfato —[414][415] transmiten al conciencia de vigilia una imagen sensible de la realidad del ser, así la piel interior del peritoneo transmite la revelación de esta realidad esencial misma; esto último en relación principalmente con el sentido vital. Éste anuncia de manera sorda las condiciones corporales. Pertenece, junto al sentido del equilibrio, al sentido del movimiento propio y al sentido del tacto, a los sentidos inferiores, a los sentidos de la voluntad.[416] Por su cercanía a la voluntad, su actividad reposa en el subconsciente más profundo, el del sueño profundo; se halla en relación inmediata con la realidad espiritual del ser. El órgano sensorial del peritoneo no percibe, pues, un objeto frente a él, sino que se sumerge en las revelaciones de esencia que se expresan en la actividad de los órganos de las cavidades corporales. Así, la actividad de la vejiga, como órgano de concentración y excreción, es distinta a la del intestino delgado como órgano envolvente de los jugos digestivos. Distintas nuevamente son las actividades del hígado, el páncreas, el bazo, etc. El peritoneo es
por un lado, entretejido con el ser esencial y la actividad (eficacia, función) de cada uno de los órganos de la cavidad abdominal; por otro, transmite simultáneamente la suma de estas actividades al centro ganglionar principal del plexo solar. Por eso puede llamarse también al peritoneo con los ganglios menores y el gran centro ganglionar el cielo interior. También otras denominaciones ganglionares de la cavidad abdominal, elegidas evidentemente de manera intuitiva, como el «ganglio estrellado» (Ganglion stellatum) y el Ganglion coeliacum (Coelum = cielo), apuntan al parentesco con el macrocosmos. «La cavidad corporal es un cielo, una enclave cósmica.»[417] Aquí, en el reino animal y especialmente en los rumiantes y entre ellos sobre todo en el bovino, esta relación celeste alcanza su más alta configuración. En el acto de rumia la vaca no percibe imágenes de un mundo exterior dado sensorialmente, sino, en forma de imágenes potenciadas, una revelación de la realidad esencial que subyace a ese mundo.
Ante la relación del peritoneo con las múltiples actividades autónomas de los órganos de la cavidad abdominal, a cada uno de los cuales envuelve por separado, surge la pregunta de qué sector del mismo resulta adecuado para la preparación. En su Curso para agricultores Rudolf Steiner nombra el mesenterio bovino: «Recójanse las cabezuelas amarillas del diente de león, déjeselas marchitar un poco, presiónense, cosanse en mesenterio bovino.»[418] A la pregunta de qué ha de entenderse por mesenterio bovino, sigue la respuesta: «Se entiende el peritoneo. Por mesenterio entiendo yo el peritoneo.»[419]
Estas afirmaciones han suscitado hasta hoy en la práctica la siguiente duda: ¿Es lo primordial el peritoneo en cuanto tal, o específicamente el mesenterio, que constituye una parte del peritoneo? Si se trata de lo primero, se ofrece para la preparación con mucha mayor facilidad el omento mayor (Omentum majus), menos el omento menor (Omentum minus), que une en una doble lámina el hígado y el estómago. El omento mayor, también una doble lámina del peritoneo, se extiende como un delantal entre la pared abdominal del estómago y las asas intestinales. Cuelga del estómago hasta la cara inferior de la cavidad abdominal, forma allí un gran pliegue, se vuelve hacia atrás nuevamente hacia arriba y cubre las vísceras intestinales a modo de escudo protector y calorífico.[420] Distinta es la situación con el mesenterio (Mesenterium).

Insertado en la pared de la cavidad abdominal, directamente por debajo de la columna vertebral, sostiene todo el paquete intestinal. Desde ambos lados de la cavidad abdominal, el peritoneo unilaminar se pliega formando una doble lámina serosa —el mesenterio— de tal manera que sus caras senso-activas quedan orientadas hacia el exterior, hacia la cavidad abdominal (Figura 31). Las dobles láminas serosas se bifurcan al llegar al intestino delgado (*Jejunum*) y lo envuelven como lámina individual. El mesenterio forma así una corona de pliegues que, a lo largo de una buena parte de la cavidad abdominal, sigue las asas del intestino delgado estrechamente adosadas entre sí. Entre las dos hojas serosas del mesenterio discurren los cordones nerviosos —que se ramifican en ambas hojas y están en conexión con el acontecer digestivo en el intestino delgado—, además de vías sanguíneas arteriales y venosas —que mantienen los intensos procesos vitales en el intestino—, vasos linfáticos —que recogen a través de la mucosa intestinal (*Mucosa*) los jugos digestivos (*Chylus*)—, ganglios linfáticos —que actúan desintoxicando— y, por último, tejido conjuntivo e inclusiones grasas. De este modo, la constitución del mesenterio como parte del peritoneo se configura de tal manera que es a la vez órgano sensorial y órgano de actividad. Media entre la actividad digestiva (mundo exterior) y el organismo total (mundo interior), y también en sentido inverso.
Si se tiene en cuenta esta relación de actividad, se aclara la diferencia entre el mesenterio y los omentos (*Omentum majus* y *minus*). El término «peritoneo», que Rudolf Steiner menciona en la ronda de preguntas del curso en relación con el mesenterio, designa algo general,
por así decirlo, la idea de un órgano sensorial abarcador que se sumerge en la oscuridad sensorial del metabolismo y queda sustraído a la conciencia. El término «mesenterio», que aparece en la quinta conferencia del Curso de agricultura, designa algo específico, un campo funcional en el que lo general se transforma en una actividad altamente específica —precisamente en una que solo en el tracto digestivo se encuentra cumplida de manera tan plena. Su singularidad se desprende de la íntima conexión con la «disposición del Yo» examinada en el capítulo «El bovino» (págs. 146 y ss.). Esa disposición en el bovino está predeterminada en el largo camino de la intensa actividad digestiva, que culmina en la rumia. El resultado de esta apertura sustancial mediante la digestión es percibido por la serosa peritoneal del mesenterio. Desde allí irradia como fuerza astral hacia el interior del cuerpo y hacia la corriente sanguínea, que lo transporta hasta el polo neurosensorial de la cabeza y hasta los cuernos que se asientan sobre él, donde queda represado. Esto desencadena, en un nivel superior, un nuevo impulso de conciencia, cuyo resultado irradia de regreso hacia la cavidad del cuerpo y se comunica al contenido intestinal a través de las dos láminas serosas del mesenterio. Este contenido queda así impregnado de fuerzas que, desde la actividad vital actual del bovino, han encontrado acceso a su realidad esencial suprasensible. Con la excreción, ese potencial de fuerzas —la «disposición del Yo»— llega al mundo exterior. Confiere al estiércol de vaca su singular y perdurable fuerza fertilizante. Este acontecer, que emana del ser superior del bovino, puede considerarse un indicio adicional de que el peritoneo representa algo «general», mientras que el mesenterio de doble lámina serosa representa algo específico. Este último cumple en el «cielo interior», en el cosmos introvertido, la tarea nuclear: mediar el acontecer digestivo del rumiante hacia el organismo y, desde este, de regreso hacia el sistema digestivo, que entonces se convierte en abono.
Este acontecer, que involucra al ser entero del bovino, no se cumple ni en el omento mayor ni en el menor. Ambos tienen funciones específicas al margen del acontecer digestivo y de los pasos de transformación vinculados a él hacia un obrar de fuerzas superior. Ambos muestran, es cierto, una estructura anatómica similar: doble lámina serosa con vías nerviosas, sanguíneas y linfáticas, ganglios linfáticos y tejido conjuntivo intercalados —este último, no obstante, fuertemente reducido. Lo característico del omento mayor es la distribución en red del tejido adiposo incorporado. ¿Pero qué nos dice este parentesco anatómico? La función sensorial es fundamentalmente distinta. Es una que —así cabe suponer— se dirige a la percepción y regulación del armónico concurso de los
órganos de la cavidad abdominal, ante todo sobre la actividad del intestino delgado y grueso en relación con la precedente actividad del estómago y los preestómagos. Lo que ocurre en el rumen debe estar sintonizado, en mutua correspondencia simultánea, con lo que acontece en la digestión intestinal, y viceversa. Además, el omento mayor está inmerso perceptivamente en el equilibrio hídrico de la cavidad abdominal y lo regula mediante secreción y resorción. Cuida asimismo de la defensa contra sustancias ajenas al organismo. Por todo ello, y por su gran movilidad, se ha denominado también al omento mayor «el gran paño de limpiar de la cavidad abdominal».[421]
Lo que habla inequívocamente en favor del mesenterio bovino como órgano envolvente para las cabezuelas florales del diente de león puede verse en lo siguiente: Como compuesta altamente evolucionada, el diente de león posee la capacidad de atraer desde el cosmos la naturaleza sustancial-entitativa de la sílice. El mesenterio bovino, por su parte, posee la capacidad —gracias a su actividad sensorial dirigida hacia adentro, hacia el obrar sustancial de la digestión del intestino delgado— de dotar a la sílice aún inmaterial de una especie de interioridad sensitiva. Para hacer aprovechable para el crecimiento vegetal este potencial —que como resultado de un devenir evolutivo se halla dispuesto en la flor del diente de león y en el mesenterio bovino— se requiere a su vez una preparación que emana del conocimiento del espíritu del ser humano y que, en el ritmo del transcurso de los tiempos, tiende puentes entre los reinos de la naturaleza.
La época adecuada para la recolección —esto vale para Europa Central— es un día soleado de abril. Las cabezuelas florales se han abierto en las primeras horas de la mañana, florecen fila tras fila desde el borde hacia adentro y despliegan radialmente sus flores liguladas. Hacia las diez de la mañana suele alcanzarse un estado en que en el centro de la flor queda aún una pequeña cabezuela de flores reunidas. En el breve lapso de aproximadamente una hora que precede a la plena floración, es preciso desprender las flores de los pedúnculos tubulares y extenderlas para su secado, o secarlas con aire caliente. Debe evitarse la recolección por la tarde, en plena floración o en la temporada de floración avanzada, por el riesgo de una transición prematura hacia la formación del vilano o de la semilla.
En el primer paso de preparación, las cabezuelas florales se humedecen ligeramente —según el grado de secado— con un extracto de hojas de diente de león, se presionan un poco, se envuelven por todos lados con lóbulos de mesenterio y se atan con un cordel de cáñamo (no de plástico) formando un pequeño paquete. «Como alternativa» al mesenterio se prefiere con frecuencia, por su manejo más sencillo, el omento mayor (*Omentum majus*); es de mayor superficie y generalmente menos adiposo. Nace en el estómago y por lo demás no guarda ninguna conexión directa con el ovillo intestinal.
El envolvimiento con la membrana del mesenterio produce una primera inversión del proceso natural y con ello un primer paso de emancipación respecto a él: el gesto irradiante, vuelto hacia el cosmos, de las flores del diente de león está ahora dirigido hacia adentro, colmando un espacio interior. Distinto es el caso del peritoneo, que a manera de una «bóveda celeste» tapizaba la cavidad abdominal, rodeaba artísticamente todos los órganos abdominales, incluidos los bucles del intestino delgado, y estaba en relación sensorial con la oculta actividad digestiva; ahora está vuelto hacia afuera. La doble lámina o doble serosa del mesenterio desenvuelve ahora, de una manera nueva, una actividad sensorial dirigida tanto hacia afuera como hacia adentro. Hacia adentro, esta actividad —mediante la *serosa* de la lámina vuelta hacia adentro— está orientada a un acontecer vital que en las cabezuelas florales del diente de león ha alcanzado un punto culminante evolutivo, mientras que la *serosa* de la lámina vuelta hacia afuera se abre a las fuerzas que irradian desde el cosmos y desde la tierra por fuera. Vista así, la función sensorial unitaria del mesenterio bovino se escinde en una doble función polar. Sin verse afectados por ello, los lados de tejido conjuntivo de ambas láminas permanecen adheridos entre sí y forman, por así decirlo, el eslabón de unión entre las esferas polares de percepción.
La organización física y vital del diente de león está orientada evolutivamente a configurar un nexo relacional entre el potasio y la sílice, que culmina en la flor. A esto se vincula la pregunta de si en ese eslabón de unión —a modo de síntesis de esta nueva relación interior-exterior— ese nexo relacional no puede mantenerse en flujo más allá del límite que la evolución ha establecido al desarrollo de la planta. ¿No reside precisamente ahí la significación del mesenterio: que, de un lado, en su unidad funcional con la digestión del intestino delgado, y de otro, en virtud de la función de su doble lámina en el primer paso de preparación, pone en relación dos mundos polares de fuerzas? ¿No se crean con ello en lo terrestre las condiciones para que la propiedad singular del diente de león —la de «atraer la sílice desde el cosmos»—
Die physische und Lebensorganisation des Löwenzahns ist evolutiv darauf ausgerichtet, ein Beziehungsverhältnis von Kalium und Kieselsäure auszugestalten, gipfelnd in der Blüte. Daran knüpft sich die Frage, ob nicht in dem genannten Bindeglied, gleichsam als Synthese dieser neuen Innen-Außen-Beziehung, dieses Beziehungsverhältnis über die Grenze hinaus in Fluss gehalten werden kann, die evolutiv der Entwicklung der Pflanze gesetzt ist. Liegt nicht gerade darin die Bedeutung des Gekröses, dass es einerseits in seiner Funktionseinheit mit der Dünndarmverdauung und andererseits aufgrund der Funktion seiner Doppellamelle im ersten Präparationsschritt zwei polare Kräftewelten zueinander in Beziehung bringt? Werden nicht dadurch im Irdischen erst die Bedingungen geschaffen, dass die einzigartige Eigenschaft des Löwenzahns, die «Kieselsäure aus dem Kosmos hereinzuziehen»,
puede transferirse a la vida del suelo y de las plantas por la vía del abono? Estas preguntas solo podrán responderse desde la relación personal que uno construye en el hacer y el pensar con las cosas y los seres. Se plantean ante la práctica que en algunos lugares se ha adoptado de separar las dos láminas de serosa —por regla general, del epiplón mayor— de tal modo que se forma una especie de bolsa en la que se embocan las cabezuelas florales y cuyos extremos abiertos se cosen a continuación. Esto significa que la envoltura es solo de una capa; es decir, lo que opera es la acción del peritoneo como algo general (el revestimiento de la cavidad abdominal) y no la del mesenterio como algo particular.
El segundo paso de la preparación no encontró en la práctica mayor atención sino después de que con la quinta edición del Curso de agricultura (Dornach 1975) se publicaron también las notas de Rudolf Steiner a las conferencias del curso. En estas anotaciones escribe, respecto al preparado de diente de león: «Colgar el mesenterio en el aire.»[422] En la quinta conferencia del curso esto no se menciona con estas palabras, sino que se remite directamente al tercer paso: «Allí hay que exponerlo [las flores de diente de león envueltas en el mesenterio; nota del autor] naturalmente a la acción de la tierra, a la acción de la tierra en el tiempo invernal.»[423] Así se practicó también durante las décadas siguientes en la mayor parte de los casos. Pero la pregunta quedó siempre abierta de si con ello se quería decir que el segundo paso quedaba suprimido, o bien cómo había que entender la oración inmediatamente siguiente: «Pero ahora se trata de que uno obtenga las fuerzas circundantes tratándolo del mismo modo que lo otro.» El enigma se resuelve con la cita anterior de las notas: «colgar en el aire». Esta interpreta «las fuerzas circundantes» que durante el verano actúan en el aire y en el calor por encima de la tierra. La observación de que «uno lo trabaja del mismo modo que lo otro» debe interpretarse, pues, en el mismo sentido que en el caso de la milenrama, donde se describió detalladamente la exposición del preparado a las fuerzas del verano y del invierno.
En el segundo paso de la preparación tiene lugar un 2.º acto de inversión y con él uno igualmente de emancipación de lo que ocurre por naturaleza (Figura 32). Lo que antes pertenecía al ser interior de la vaca, lo que incluso le debía toda su existencia al servicio de ese ser interior, es ahora un órgano del mundo exterior, al servicio de las fuerzas que irradian desde la periferia cósmica.

A la inversa, las flores de diente de león, que en el mundo exterior se orientan hacia el cosmos y a él deben su existencia, están ahora envueltas por una cubierta orgánica animal, en la cual el concentrado de fuerzas de las flores de diente de león se une con las fuerzas del macrocosmos que le son transmitidas a ese concentrado a través del órgano envolvente del mesenterio bovino.
Ahora se trata de secar suficientemente las cabezuelas florales recogidas en abril, de envolverlas de inmediato con los lóbulos del mesenterio de una vaca de mediana edad, a ser posible de la propia manada de la granja, y de colgar el paquete atado, de forma esférica, al aire, protegido de los pájaros. Durante el semestre de verano, hasta las proximidades de San Miguel, permanece así sobre la tierra, expuesto a las fuerzas del sol y los planetas en el calor y en el aire. Estas entran en acción recíproca con las sustancias terrestres potasio y sílice, elevadas en la flor al estado etérico. En este nivel de lo etérico —cabe suponerlo— puede surgir por primera vez el «nexo relacional entre potasio y sílice» al que apunta la investigación espiritual, ese nexo que confiere al diente de león la capacidad de actuar como «mensajero del cielo» y atraer hacia sí la sílice cósmica. Sea este el intento de mostrar el contexto natural en virtud del cual al primer
paso ha de seguir necesariamente el segundo: la exposición del paquete de mesenterio a las fuerzas atmosféricas.
En el tercer paso de la preparación se cumple un tercer proceso de inversión y emancipación (Figura 32, p. 423). Lo que durante el semestre de verano estuvo sobre la tierra, en el «vientre de la individualidad agrícola», expuesto a las fuerzas periféricas del cosmos planetario, es ahora expuesto a las fuerzas que, procedentes de la esfera de las estrellas fijas, actúan a través de la tierra en lo térreo-acuoso. Mientras que en el verano son principalmente fuerzas astrales las que irradian desde la esfera solar y las esferas planetarias y se imprimen en la sustancia de las flores de diente de león por mediación de las cubiertas orgánicas animales, en el invierno, dentro de la tierra, son sobre todo fuerzas yoicas activas desde el mundo espiritual superior las que se conforman en la sustancia de las flores.
El modo de proceder en el tercer paso de la preparación es el siguiente: tras el comienzo del otoño, alrededor de San Miguel, se retiran los paquetes esféricos y se entierran en la tierra, a una profundidad de transición entre el horizonte superior húmico y el subsuelo más rico en arcilla y arena fina. La fosa se rellena de nuevo y, cerca de la superficie del suelo, se protege con una malla de alambre contra perros y zorros. Hasta que el olor a mesenterio se haya disipado hacia el invierno, también puede resultar útil una cubierta de madera o piedra.
En primavera, alrededor de Pascua, se extrae el preparado —cuya envoltura de mesenterio suele estar fuertemente descompuesta— y se guarda en vasijas de arcilla envueltas por todos sus lados con turba molida. Con el preparado terminado, cuyas cabezuelas florales han conservado en gran parte su estructura, ha surgido de nuevo una nueva materialidad —o mejor dicho: una nueva disposición de sustancias— como punto de referencia de un potencial de fuerzas de índole enteramente nueva. A lo largo de su proceso de formación, guiado por el espíritu y la mano del hombre, se ha mantenido en lo viviente y despliega su eficacia en lo viviente.
Aplicación y eficacia
El preparado de diente de león es, como los demás preparados, un abono de fuerzas. Actúa como estos sobre la «consonancia del Verbo cósmico creador, formativo y configurador»[424], es decir, referido a los preparados, sobre las fuerzas vitales, astrales o anímicas, así como sobre las fuerzas formativas esenciales o yoicas que estas últimas transmiten a las plantas desde las profundidades de la tierra como fuerza de erección vertical
verleihen.[425] Sie schaffen, bilden und gestalten den fruchtbaren Boden sowie die fruchttragenden Pflanzen dasjenige, was sich als «Zwerchfell-Mitte» zwischen «Kopf und Bauch» der landwirtschaftlichen Individualität eingliedert. In einzigartiger Weise gilt das für das Löwenzahnpräparat. Wie viele beziehungsvolle Bedingungen müssen zusammenklingen, um der Blüte des Löwenzahns das Vermögen einer Art Sinneskraft zu verleihen, Kieselsäure aus dem kosmischen Umkreis heranzuziehen? Welcher großartige Beziehungszusammenhang muss im Stoffwechsel der Kuh walten, um mit dem Gekröse ein Organ zu schaffen, das einerseits einen Sinnesbezug zu den von außen kommenden Stoffen des Nahrungsstromes hat und andererseits das Ergebnis dieser Wahrnehmung dem Astralwesen der Kuh vermittelt? Die Verbindung beider, der Blüte und des Bauchfellgekröses, schafft eine Synthese höherer Art, eine Düngersubstanz, deren Wirkung eine Steigerung der beiden polaren Qualitäten darstellt.
Es entsteht eine neue Stoffkomposition im Lebendigen, ein Dünger, der noch in intimerer Weise dafür sorgt, dass sich die übersinnlich-astralische Organisation der Kulturpflanzen deren ätherischer und über diese deren physischer Organisation einprägt. Die Pflanzen werden sinnesfähiger und dadurch empfindsamer für die Stoffe, die sie für ihr Wachstum brauchen: «wird die Pflanze auf diese Weise, in der feinsten Weise mit Kieselsäure durchzogen, durchlebt, dann ist es so, dass sie empfindsam wird gegen alles und alles heranzieht».[426] Weiter wird ausgeführt, dass dieser Umkreis sich offensichtlich nicht nur auf den durchwurzelten Bodenraum der Einzelpflanze bezieht, sondern sich bis in den benachbarten Acker, Wald und die angrenzende Wiese erstreckt.[427] Diese zunächst rätselvolle Aussage kann nach dem heutigen wissenschaftlichen Kenntnisstand durchaus durch das Phänomen der Symbiose der Pflanzenwurzeln mit Bodenpilzen (Mykorrhiza) gedeutet werden, deren Mycelien – ein Geflecht von Zellfäden (Hyphen) – über größere Entfernungen hinweg die Wurzelsysteme der Pflanzen miteinander vernetzen. Die Hyphen versorgen einerseits die Pflanzen mit Wasser (Waldbäume), vor allem aber mit Mineralstoffen, andererseits profitieren sie von deren Energiehaushalt. Man kann das Phänomen des sich wechselseitig fördernden Zusammenlebens (Symbiose) höher entwickelter Organismen mit niederen durchaus in der
manera de entender que aquí dominan grados sordos de sensibilidad, como es el caso, por ejemplo, en las leguminosas, cuya capacidad de fijación de nitrógeno puede ser notablemente incrementada mediante abonos orgánicos. Cabe esperar que también en este caso el preparado de diente de león realice una contribución significativa. Sin embargo, ¿se agota en esto —en la continuación de un proceso natural— la esencia y la eficacia de esta nueva creación sustancial surgida de la investigación espiritual? Sensación significa aquí, en el caso presente, hacer que la organización astrálica que actúa sobre las plantas desde fuera se convierta en mayor grado en «formadora y configuradora» de las fuerzas etéricas o vitales, y mantener estas en flujo como «fuerzas creadoras». Una etapa previa de este proceso acontece en la flor del diente de león. Su arraigo en lo terrestre (el jugo lechoso ascendente) y, al mismo tiempo, su inclinación y apertura hacia el Sol le confieren la capacidad de atraer sílice desde el cosmos. Mediante la preparación —descrita antes— que se cumple en lo terrestre, el preparado de diente de león queda en condiciones de transmitir, a través de los abonos orgánicos, a otras plantas en cultivo la capacidad de atraer a su vez de los suelos cultivados circundantes aquellas sustancias terrestres que necesitan para un crecimiento sano.
Con los conceptos científico-teóricos convencionales, una tal migración de sustancias es impensable. Se vuelve más comprensible cuando se aprende a entender el suelo mismo —el órgano-diafragma de la «individualidad agrícola»— como un nexo vital atravesado por fuerzas astrales, en el que la raíz se sumerge a modo de órgano sensorial. Este órgano sensorial aún débilmente desarrollado puede ser embotado del todo mediante sales de nitrógeno (véase cap. «La aplicación de sales de nitrógeno», pág. 275 y ss.), pero también puede ser educado hacia una actividad cada vez más elevada mediante el efecto acumulado de todos los preparados mencionados. Y de esto se trata. Cada uno de ellos aporta un aspecto de actividad al desarrollo de la organización sensorial y, con ello, a la «sensibilidad» frente a sustancias y fuerzas: «Si se labra el suelo de este modo [...], entonces la planta queda dispuesta a atraer hacia sí las cosas en un amplio entorno.»[428]
El preparado de diente de león abona el suelo con fuerzas astrales. Estas hacen que la vida proliferante del suelo sea eficazmente activa de tal manera que el suelo mismo se vuelve semejante a la planta. En este medio de fertilidad del suelo intensificada ha de buscarse, sin duda, la respuesta a la pregunta: ¿De qué índole es la «sensibilidad» estimulada por el preparado de diente de león? Es una
acción interior que no emana de un interior anímico propio —tal interior no lo tiene la planta—, sino una que, desde lo suprasensible, a través de la disposición sustancial de la planta, tiene el poder de atraer hacia sí, de manera orientada, sustancias de la tierra. ¿Pero cómo entran en movimiento estas sustancias? ¿No han de ser puestas en flujo primero por la organización vital de las plantas que crecen en el campo vecino, en el prado y en el bosque? Es decir: ¿no han de ser elevadas primero las sustancias terrestres del estado físico-material al de las fuerzas formativas? ¡Esta pregunta enigmática permanece abierta!
La aplicación del preparado de diente de león se hace, junto con los cuatro preparados descritos anteriormente, como adición en una especie de dosificación homeopática a los composts, estiércoles de establo, purines y gülle. La medida es la pizca de tres dedos por aprox. 1 m² de una celda de compost de jardín, hasta 10 a 15 m² en las pilas de estiércol y compost o en establos de cama profunda y fertilizantes líquidos. La preparación debería realizarse inmediatamente después del armado del montón; en el caso de los fertilizantes líquidos, inmediatamente después del inicio del llenado del recipiente. En lugar de la suspensión en bolsitas de tela, las porciones de preparado pueden también amasarse con arcilla formando bolas y añadirse en esta forma a los abonos sólidos y líquidos. Se recomiendan repeticiones tras cada volteo de los montones o tras el removido y la aireación de los fertilizantes líquidos. Los preparados amortiguan las transformaciones que vuelven a ponerse en marcha de inmediato y con ello el calentamiento excesivo y la intensidad de los olores. El nitrógeno y el carbono permanecen «sedentarios» en compuestos orgánicos. El preparado de diente de león es además componente del «preparado colectivo», un concentrado intensamente preparado sobre la base de estiércol de establo sin paja de cama. Se esparce en pequeñas cantidades sobre el estiércol fresco antes del vaciado diario del establo, o bien en los lugares de reposo de los establos de cubículos.
Como cada uno de los preparados, también el del diente de león llama a un actuar con presencia de espíritu. Solo este, en el contexto de la totalidad de la granja, despierta preguntas y con ellas una disposición interior investigadora. Se abre un camino de conocimiento que transforma el hacer meramente ejecutivo en acción artística.
La composición del preparado de valeriana
El último en la ronda de los seis preparados biodinámicos es el preparado de valeriana. Ocupa en su aplicación y función una posición especial que redondea el conjunto. En pocas palabras caracteriza Rudolf Steiner el ser y la eficacia de este preparado de la siguiente manera: «si se le incorpora al estiércol de una manera sumamente sutil este jugo diluido de la flor de valeriana, puede despertarse en él aquello que lo estimula a comportarse de manera correcta respecto de lo que se llama sustancia fosforosa».[429] En esta frase ya se insinúa que el jugo extraído de la flor de valeriana no queda sometido a ningún paso de preparación ulterior, salvo la única medida de que la tintura madre debe diluirse con agua tibia antes de su aplicación. El enigma de qué es lo que aquí está en juego tiene que descifrarse, por un lado, a través de lo que la imagen fenoménica de la planta de valeriana (*Valeriana officinalis*) revela al respecto, y por otro, a través de lo que puede obtenerse de la investigación espiritual en forma de conocimiento.
La imagen fenoménica de la valeriana
Se encuentra la valeriana en las zonas marginales y de transición de los terrenos cultivados, sobre suelos arcillosos y húmicos, preferentemente en lugares más húmedos y tendentes a la sombra, como en los lindes de los bosques, en praderas húmedas, en las riberas de arroyos y ríos y al pie de taludes con agua a presión proveniente del subsuelo. En los valles de montaña aparece hasta alturas considerables. También puede cultivarse en jardín. Mientras que el diente de león, fuera de su breve época de floración, permanece oculto entre hierbas y gramíneas, la valeriana se eleva desde el estadio inicial de roseta en erguida apostura muy por encima de su entorno, coronada por la cima en umbela compuesta que florece blanca hasta rosa pálido. Está formada por pequeñas flores individuales delicadas, muy apretadas entre sí, que parecen querer disolverse en la intensa fragancia que emanan. El principio del tallo domina toda la planta. Con una altura de crecimiento de hasta dos metros, el tallo llega por abajo hasta el espacio de la raíz, formando rizomas, y por arriba hasta el espacio aéreo, difundiéndose en la inflorescencia. Hacia arriba como hacia abajo se divide, por un lado, en los delicados pedúnculos florales y, por otro, en los gruesos rizomas. En el tallo se compenetran de manera singular lo térreo con el obrar del aire y del calor. Las hojas pinnadas impares se despliegan de manera cruzada y opuesta. En el primer año tras la siembra, la metamorfosis foliar está más claramente pronunciada. Desde la roseta de hojas la sucesión foliar asciende con intervalos cada vez mayores. El pecíolo se acorta progresivamente y, en la transición hacia la inflorescencia, las hojas se retiran finalmente del todo al
Das Erscheinungsbild des Baldrian
Man findet den Baldrian in den Rand- und Übergangszonen der kultivierten Ländereien auf lehmigen, humosen Böden, vorzugsweise an feuchteren, eher schattigen Orten, wie an Waldrändern, auf Feuchtwiesen, an den Uferstreifen von Bächen und Flüssen und am Fuß von Böschungen mit Druckwasser aus dem Untergrund. In Gebirgstälern tritt er bis in beträchtliche Höhenlagen auf. Er kann auch gärtnerisch kultiviert werden. Findet sich der Löwenzahn, außer in seiner kurzen Blütezeit, verborgen zwischen Gräsern und Kräutern, erhebt sich der Baldrian aus dem anfänglichen Rosettenstadium in stolzer Aufrechte hoch über seine Umgebung hinaus, gipfelnd in der weiß bis hellrosa aufblühenden Trugdolde. Sie besteht aus eng zusammengedrängten, zarten, winzigen Einzelblütchen, die sich in dem intensiv verströmenden Duft wie aufzulösen scheinen. Das Stängelprinzip dominiert die ganze Pflanze. Mit einer Wuchshöhe bis zu zwei Metern reicht der Stängel bis herunter in den Wurzelraum, Rhizome bildend, und herauf in den Luftraum, sich im Blütenstand verströmend. Nach oben wie unten zerteilt er sich einerseits in die zarten Blütenstiele, andererseits in die klobigen Rhizome. Im Stängel durchdringt sich auf einzigartige Weise das Erdenhafte mit dem Wirken von Luft und Wärme. Kreuzgegenständig entfalten sich die unpaarig gefiederten Blätter. Im ersten Jahr nach der Aussaat ist die Blattmetamorphose am deutlichsten ausgeprägt. Aus der Blattrosette aufwärts erhebt sich die Blattfolge in immer größeren Abständen. Der Blattstiel verkürzt sich zunehmend und im Übergang zum Blütenstand ziehen sich schließlich die Blätter ganz an
al tallo. En el año siguiente, la metamorfosis de las hojas está menos pronunciada (Figura 33, p. 431).
Tan marcada como en la forma de las hojas, se manifiesta una metamorfosis del acontecer sustancial en la transformación de las sustancias aromáticas desde el rizoma a través del tallo hasta la flor, cuya intensidad de fragancia difundida alcanza su punto más alto en el momento de la marchitez floral. Del mismo modo en que la forma y el color, a través del sentido visual, interpelan la sensación, el sentido del olfato abre a la sensación capas más profundas del obrar de las sustancias. En el sentir más sordo, el olfato conduce más cerca de la cualidad de las fuerzas que, como astrales, actúan en lo viviente. En la valeriana y en la ortiga estas fuerzas se comportan de manera polar entre sí.
La imagen fenoménica de la ortiga suscita la impresión de que en su organización vital actúan sobre todo el éter químico o éter del sonido y el éter de vida. Estos se convierten en fuerzas formativas a través de una espiritualidad elemental-astral superior y son, en virtud de ella, capaces de llevar a cabo la particular construcción sustancial de esta planta medicinal. Ella se convierte en imagen de esta fuerza compositiva excedentaria del Astral, dirigida hacia el interior. Esta configura con rigor, por un lado, hasta la periferia las combinaciones de sustancias —como por ejemplo la urticina en los pelos urticantes—, mientras que, por otro, permanece un potencial de fuerzas astrales retenidas que, por la vía de la preparación, tienen la capacidad de volver a poner en movimiento sustancias materiales terrestres, de vivificarlas y transformarlas.
Distinta la valeriana: ella difunde hacia afuera, hacia el aire y el calor, lo que bajo influencia astral se ha formado en sus procesos vitales —en hoja, rizoma y tallo— como composiciones de sustancias. En la ortiga, de escasa fragancia, estas fuerzas formativas configuran las sustancias para que sean portadoras de la «grandiosa acción interior». Ella preserva esta cualidad de fuerzas tras el muro protector de su forma, que hacia afuera aparece como cerrada sobre sí misma. Distinta, nuevamente, la valeriana: ella difunde todo aquello que su organización astral ha compuesto en sustancias a través del obrar de las fuerzas formativas. La aparición de la ortiga en su autoafirmación y firmeza devenidas imagen apunta sobre todo a la fuerza creadora del éter de vida; la del umbralmente abierto Baldrian, a la del éter de calor y de luz. La valeriana es dadora de calor y de luz.
La raíz
La plántula de la valeriana forma primero una raíz pivotante, que pronto muere. El tallo permanece inicialmente comprimido y de él se desarrolla una laxa roseta de hojas. En el suelo, en la transición hacia la raíz, se divide en varios rizomas cortos y cilíndricos —una suerte de formación del fruto vegetativa en la zona radicular—, desde los cuales las raíces avanzan en cordones arqueados hacia afuera y hacia las profundidades. Abrazan esféricamente un espacio interior abierto hacia abajo, se ramifican en el enraizamiento fino y representan con ello el tipo de la «raíz terrestre»[430] (Figura 33). Los rizomas presentan, en prolongación del tallo lleno de aire, cavidades interiores. En la transición hacia los cordones radiculares levemente engrosados, que contienen igualmente sustancias aromáticas, se forman hacia el otoño yemas que crecen hasta convertirse en nuevos brotes. A esta forma de multiplicación vegetativa se suma además la formación de brotes estoloníferos, que se enraízan de nuevo en sus nudos.
Lo más llamativo en la valeriana es el fuerte olor —un hedor incluso, narcótico y cargado de tierra— que permanece retenido en el rizoma y que emana de él cuando es herido. El análisis químico señala en los grupos de sustancias de hidratos de carbono, proteínas, aceites, alcaloides, resinas, etc., así como en los ácidos orgánicos y sales minerales, un amplio espectro de combinaciones que concuerda perfectamente con la diversidad de indicaciones medicinales sobre las que los preparados de valeriana actúan sedando y sanando. Sin embargo, Simonis subraya que «hasta ahora se han logrado resultados insuficientemente esclarecedores de lo característico para el ser de la planta».[431]
El rizoma de la valeriana es semejante a una cocina química en lo viviente. Todo lo que crea vida —aquello que en los *Tria principia* de Paracelso se resume— actúa aquí de la manera más estrecha y conjunta. En expresión de la ciencia espiritual, son los cuatro tipos de éter —éter de vida y éter del sonido, éter de luz y éter de calor— los que vivifican el mundo inorgánico de las sustancias, bajo la dirección principalmente del éter del sonido y el éter de vida, los constructores de la organización física de las plantas. El arquitecto, empero, que aporta los planos de construcción, es la organización astral que actúa desde lo suprasensible en el tiempo y en el espacio. En una etapa preliminar —puede decirse: aún no depurada— se concentra en la raíz y el *rizoma* la plenitud de las composiciones de sustancias, que van formando entonces, en progresiva transformación, la forma físico-sensible de la valeriana. Incluso el elemento sulfúrico-imponderable

del éter de calor y el éter de luz que obra en el proceso de floración desciende hacia la zona de la raíz y procura, dentro de la gravedad terrestre del proceso sal, la «levedad» de los aceites esenciales combustibles y, junto con ellos, el intenso despliegue del aroma. En el rizoma y los cordones de las raíces se concentra todo lo que la valeriana tiene que ofrecer en cuanto a composiciones de sustancias. Por ello son estos los que se emplean medicinalmente —en padecimientos principalmente del sistema nervioso vegetativo, en trastornos del sueño, estados de excitación nerviosa y afecciones análogas.[432]
El tallo
El tallo de la valeriana puede considerarse, con pleno derecho, como un miembro propio de esta planta (Figura 33). Mientras que el diente de león no abandona nunca su estadio de roseta y florece cerca del suelo, como una cesta rebosante de flores sobre su propio pedúnculo, el tallo de la valeriana emerge en primavera de su laxa roseta y asciende verticalmente. Es como si quisiera elevar su inflorescencia hacia la esfera del calor, la luz y el aire —a la mayor distancia posible de su cepa. El tallo determina el gesto de esta planta: como miembro dominante, enlaza el sistema radicular —capacitado para lo terrestre— con la inflorescencia vuelta hacia el cosmos; así como aquel se ramifica hacia abajo, este se ramifica hacia arriba en las finas ramillas de la cima. El tejido de sostén y de vida del tallo encierra un tubo lleno de aire; por fuera está profundamente surcado. Con ello se manifiesta de nuevo la dualidad polar del obrar astral: desde fuera, imprimiendo las fuerzas de crecimiento en la forma; desde dentro, creando espacio y —gracias al nitrógeno del aire contenido en el tubo del tallo— ordenando, reordenando y purificando las sustancias en el transcurso de los procesos vitales. La astralidad que domina toda la planta de la valeriana refina el acontecer sustancial en el crecer ascendente del tallo, de un par de hojas al siguiente. También el tallo —ya refinado en dirección a la flor— desprende el aroma característico del aceite de valeriana, en el que los aromas de diversos aceites esenciales se funden en una unidad.
Es posible percibir como un fenómeno de índole especial la naturaleza de las corrientes de savia de una planta vivaz como la valeriana. En primer lugar, la corriente de asimilación (*floema*) alimenta desde la roseta de hojas el crecimiento de los *rizomas* y las raíces, así como sus composiciones de sustancias —en las cuales está ya contenida la constitución material de la planta entera. En cuanto el tallo comienza a dispararse hacia arriba, estas sustancias preformadas desembocan en la corriente ascendente del *xilema* y son refinadas en su composición, bajo el aire, la luz y el calor, por las fuerzas formativas de la región foliar en metamorfosis. A través de ellas, la imagen esencial primordial de la valeriana se configura en tallo, sucesión foliar e inflorescencia hasta adoptar la forma sensible exterior. La gravedad terrestre de las sustancias en la cepa pasa al follaje y la flor —se transforma en «levedad» y se desvanece como perfume.
Man kann es als ein Phänomen besonderer Art empfinden, wie die Säfteströme einer Staudenpflanze wie die des Baldrians beschaffen sind. Zunächst speist der Assimilationstrom (Phloem) aus der Blattrosette das Wachstum der Rhizome und Wurzeln sowie deren Stoffkompositionen, in welchen schon der stoffliche Aufbau der ganzen Pflanze vorhanden ist. Sobald der Stängel beginnt, in die Höhe zu schießen, münden diese vorgebildeten Stoffe in den aufsteigenden Xylemstrom und werden in Luft, Licht und Wärme erneut von Bildekräften der sich metamorphosierenden Blattregion kompositionell verfeinert. Durch sie gestaltet sich das Wesensurbild des Baldrians in Stängel, Blattfolge und Blütenstand in die äußere sinnliche Erscheinungsform. Die Erdenschwere der Stoffe im Wurzelstock geht in Blattwerk und Blüte über in die «Leichte» und verduftet.
La forma de la hoja como punto de apoyo para el pensamiento que comienza a fluir — ese es el umbral exacto donde termina este fragmento.
La sucesión foliar
Como plántula, la valeriana recorre todos los estadios de una planta vivaz. La primera hoja tras la germinación tiene un largo pecíolo con una lámina foliar redondeada y oval. Las hojas siguientes se alargan y la lámina foliar comienza a articularse en folíolos impares, aún redondeados, con el margen levemente dentado. Al estirarse el pecíolo, los folíolos se desarrollan en formas más oblongas y apuntadas. En esta fase, los
folíolos se yerguen y se reúnen en una roseta de aspecto ramillado. Con la elongación del tallo, los pares de hojas se suceden en disposición cruzada opuesta a distancias llamativamente grandes (Figura 33, p. 431). Los folíolos se van haciendo progresivamente más estrechos, más apuntados, y se ordenan por pares. Hacia el otoño las hojas se acortan, la nervadura se hace más densa, ciñendo el tallo. Finalmente, las hojas se retraen hacia el tallo al abrirse la flor, y solo las brácteas se mantienen, hasta que también estas desaparecen en la plena floración. En suelos higroturbosos y sombreados, la valeriana tiende a un crecimiento exuberante.
Del mismo modo en que la diversidad sustancial de la corteza de la raíz forma un nexo vital con la roseta de hojas, la sucesión foliar del brote lo forma con la inflorescencia. El cambio de forma de las hojas —ascendiendo por el tallo hasta la flor (metamorfosis foliar)— es la expresión hecha imagen de los procesos de formación y transformación sustancial que se cumplen invisiblemente en lo viviente. Al crecer hacia arriba, el brote sale del ámbito de lo térreo-acuoso y entra en el del calor y el aire luminoso. Aquí irradian directa y presencialmente las fuerzas del Sol y de las esferas planetarias. Solo aquí se imprime la imagen esencial primordial de la valeriana, en su plenitud, sobre el acontecer sustancial preformado en el rizoma. Así como en el rizoma predominan las fuerzas que obran en lo térreo-acuoso, en el brote ascendente predominan las fuerzas de la luz y el calor, transmitidas por el aire. ¿Será ese el motivo por el que el olor sordo que enturbia la conciencia y el sabor amargo y astringente del rizoma no aparecen prácticamente en las hojas, aunque sí —en forma menos intensa— en el tallo? En la raíz estas cualidades se condensan y concentran; en la sucesión de hojas, en cambio, entran en continua transformación y flujo.
sobre la base de una contemplación intuitiva infalible. Las mismas fuerzas formativas del «Verbo cósmico creador, formador y configurador» actúan en la naturaleza y, en un nivel superior, también en el ser humano. Cuando uno intenta, pensando, adentrarse en estas imágenes pensadas sustentadas en el fenómeno, recorre un camino de conocimiento en el que el eslabón oculto en el tallo, de hoja en hoja, puede ir revelándose poco a poco como el «vínculo espiritual». Es el arquetipo esencial de lo vegetal, que desde las profundidades de la tierra irradia a lo largo del eje Tierra-Sol y se une con las fuerzas formativas etérico-astrales que irradian desde la periferia cósmica.
Tal es el adentrarse en el principio de la metamorfosis, omnipresente y activo en la naturaleza, y que puede convertirse en una llave de conocimiento precisamente para aquello que conduce a una comprensión progresiva de las plantas de los preparados y a la capacidad de vivificar, por la vía de la preparación, el nexo entre suelo y planta. Las metamorfosis se realizan en el eslabón mercurial entre el acontecer sustancial de la raíz (polo de Sal o polo terrestre) y el de la flor (polo de Sulfur o polo cósmico). En cuanto a la forma, la relación es inversa: la flor se extingue en formas altamente diferenciadas de sus órganos bajo la acción de fuerzas terrestres. La raíz, en cambio, crece bajo la influencia de fuerzas cósmicas en la punta de la raíz y muestra, sobre todo en la raíz pivotante, una forma más unitaria (véase también cap. «La composición del preparado de milenrama», pág. 361 y ss.). El agente de la metamorfosis es el entre mercurial; adentrarse en él de manera meditativo-contemplativa cultiva y vivifica el pensar.
La flor
A diferencia de la raíz de la valeriana —cuya astralidad eminentemente intensa se deposita en la composición de muy diversas sustancias, ante todo aceites esenciales, cuyo olor sordo, en parte maloliente, es retenido por la corteza de la raíz—, las flores difunden ese olor en forma refinada y purificada. La valeriana tiene un largo período de floración que va desde finales de mayo (con plena floración en junio/julio) hasta septiembre. Comienza con la ramificación opuesta del brote principal en las últimas inserciones foliares. Esta ramificación bilateral se repite varias veces más, de modo que el brote principal sobrepasa las ramas laterales. Con ello, la inflorescencia adopta una forma abombada hasta semiesférica. En la base de las ramas laterales se adosan las últimas hojas pinnadas y puntiagudas de la sucesión foliar. La ramificación opuesta del brote principal y de las ramas laterales
se continúa, acompañada finalmente tan solo por hojuelas bracteales estrechas y puntiagudas. En la inflorescencia, la ramificación se reduce a las dos ramas laterales. El brote central se detiene en un botón floral terminal. Las ramas laterales lo sobrepasan y rematan a su vez en una segunda etapa en un botón floral, que es sobrepasado por dos ramas laterales, y este proceso se repite en una tercera etapa. Las flores individuales —pueden llegar a ser hasta 2000— se unen y forman, estrechamente apiñadas, la cima o panícula umbeliforme. Todos los procesos que en la valeriana se despliegan entre los polos Tierra-Cosmos en metamorfosis sucesivas y acumuladas culminan en la flor: por un lado se dilatan en el olor hacia el elemento del aire; por otro se condensan hacia la formación de la semilla.
La semilla se alza erecta en la bifurcación de las ramas laterales. El ovario es ínfero, razón por la cual los cotiledones se encuentran en el extremo superior del aquenio. Permanecen sésiles y, al madurar, despliegan sus delicadas hojuelas pinnadas en forma de alas, formando un vilano que, de manera semejante al diente de león, lleva la semilla con el viento.
La flor individual es discreta y solo despliega plenamente su coloración rosada pálida en el conjunto de la inflorescencia. Mientras las flores de la etapa más alta de la cima en flor se van abriendo, las de los niveles inferiores se marchitan y pasan al estado semillero. Este es el fundamento del llamativamente largo período de floración. La flor muestra, con sus cinco pétalos —de tamaño desigual y fusionados en la base en un tubo—, así como con sus tres anteras, una fuerte asimetría. Hoerner[433] la interpreta como «un signo de una individualización muy intensa, causada por un elemento astral que interviene profundamente en la planta». Esta indicación queda además respaldada por el hecho de que el tallo, esto es, el principio vertical, domina la formación de la forma de la valeriana —signo de que el arquetipo espiritual de esta planta, su propio ser, se vuelve sensible en el eje vertical Tierra-Sol. Este hecho atestigua igualmente la intensa relación de la valeriana con la luz y, del mismo modo, con el calor, visible en el elevado contenido de sustancias combustibles. El calor es el elemento primordial y el portador esencial en todo ser y devenir.[434]
La flor de la valeriana es, sobre todo en el marchitamiento y enteramente en el estado seco, una potente dispensadora de fragancia. En todos los órganos florales se encuentran nectarios que contienen sustancias diversas de consistencia variada. En forma líquida son distintos azúcares, que se depositan en el
Los nectarios se encuentran en la base de la flor, en la proximidad del pistilo. Otros están entretejidos en los tejidos del pistilo, el estigma y los carpelos, pero sobre todo en los pétalos. Sus sustancias aromáticas subliman desde el estado sólido-líquido, esto es, el coloidal, al estado gaseoso. Son aceites esenciales que, desde la región radicular ya intensamente sulfurizada pero ligada a la tierra, se han ido refinando gradualmente en la sucesión foliar hacia arriba, para, conducidos por el tallo, dispersarse en la fragancia más suave de la flor.
La intensa astralidad que actúa a lo largo de todo el proceso formativo de la valeriana muestra una afinidad esencial con aquella que en el animal se interioriza, vinculada al cuerpo, como lo anímico. De ello da testimonio, entre otras cosas, la fuerte fuerza de atracción que ejerce sobre toda clase de insectos voladores, escarabajos, etc. Puede decirse en general: la fragancia floral que se derrama es la forma de manifestación más pura de la revelación del ser y de la eficacia de las fuerzas formativas. En ellas, lo térreo-sustancial está desmaterializado en el más alto grado. En el transcurso del proceso de floración no solo ha sido eterizado, sino penetrado de astralidad en tal medida que es capaz tanto de atraer desde lejos a las más diversas especies animales hacia su fuente de alimento, como de conmover el alma del hombre más profundamente de lo que puede hacerlo lo que el ojo ve.
Las sustancias florales son en gran medida composiciones de alta complejidad de carbono e hidrógeno. El oxígeno, que conduce hacia lo terrestre, queda completamente en un segundo plano. Por eso las sustancias son altamente combustibles, sin dejar ceniza ponderable: el carbono se transforma en el estado gaseoso del dióxido de carbono. El fenómeno de la combustibilidad señala que el hidrógeno es el portador del elemento del calor, o bien de su correlato suprasensible, el éter de calor. El químico Rudolf Hauschka (1891–1969) remite a este estado de cosas: «Si se bautizara al hidrógeno según su carácter interior, habría que llamarlo *Feuerstoff* —sustancia de fuego».[435] Rudolf Steiner caracteriza el hidrógeno como aquella «sustancia que está tan cerca de lo espiritual por un lado, tan cerca de lo sustancial por el otro». «Lleva todo lo que es astralidad configurada y viviente de regreso hacia las lejanías del universo.» «El hidrógeno en realidad todo lo disuelve.»[436] En una conferencia para obreros[437] habla Rudolf Steiner sobre el ser suprasensible del hidrógeno: «Ciertamente, en la química
der Wasserstoff ein ganz anderer Stoff als el fósforo […] ¿Qué es, entonces, el hidrógeno que está extendido por doquier en el mundo? — El hidrógeno que se extiende en la periferia del mundo es el fósforo del cosmos.» Gunter Gebhard observa al respecto: «Desde el conocimiento actual y los fenómenos, el hidrógeno muestra en realidad únicamente relación con el calor. El fósforo, en cambio, tiene su relación principal con la luz. Si contemplamos el fósforo como la expresión física del éter de calor —que es al mismo tiempo también el elemento del fuego—, entonces es el antiguo calor de Saturno, que todavía lleva la luz en sí. En el ‹desplome› hacia la materia aparecen hoy en lo terrestre el fósforo y el azufre.»[438]
La capacidad disolvente del hidrógeno —en el sentido superior del término— se hace valer morfológicamente cuando, conforme avanza hacia la flor, el follaje desaparece por así decirlo hacia el interior del tallo, y fisiológicamente cuando la fase de formación de proteínas es reemplazada por la de desvitalización, la formación de carbohidratos ricos en hidrógeno: fructosa, aceites esenciales, etc. Ahora bien, lo asombroso es que la valeriana lleva esta tendencia fructificante de lo sulfúrico hacia su polo contrario, la raíz, a su máxima expresión, y con gran intensidad. En ella, lo fragante queda retenido en la corteza. Si se corta la raíz, desprende un olor penetrante, sordo y terreno. En la flor, en cambio, sobre todo al marchitarse, se vuelve volátil respecto de la tierra: huele más floral y envuelve el entorno cercano en una nube de fragancia. Hablando en imágenes: el proceso del hidrógeno disuelve toda determinación de forma de las composiciones de sustancias en el caos de la indistinción del cosmos, en el estado primordial del calor. Dominado por el principio del tallo, el acontecer sustancial de la valeriana —en formación y disolución, de arriba hacia abajo y a la inversa— es atravesado por una intensa astralidad. Este estado de cosas y la relación especial con el calor puede despertar la comprensión de por qué la flor de valeriana no precisa de ninguna preparación ulterior a través de un órgano animal ni de ninguna exposición frente a las fuerzas del cosmos y de la tierra en el curso del año. Probablemente tampoco se podría encontrar un órgano animal adecuado a esta planta. La naturaleza esencial de la valeriana es, en este sentido, polar a la de la ortiga. Así como esta última, en virtud de su «acción interior astral», se crea a sí misma una envoltura dentro de la cual, por la vía del proceso incarnador del hidrógeno, surgen nuevas sustancias, así de polares resultan el proceso excarnador del hidrógeno en las flores de la valeriana. Este disuelve toda configuración en el estado primordial del calor, cuya naturaleza esencial es anterior a todo ser.
envolturas a la vez que sustancia. El Baldrian vive una «acción astral exterior» que, al irradiar hacia fuera, actúa formando envolturas. A esto agrega Gunter Gebhard: «En la ortiga son el azufre y el hierro los que se vuelven activos. Ambos tienen una cualidad centrada en el interior. La ortiga, que lo ‹atraviesa todo con razón›, muestra una relación con lo microcosmico, la cualidad del Yo de la razón. Lo terrestre se expresa de modo especialmente intenso también en los rizomas de la ortiga. En la flor de la valeriana, el proceso sustancial se disuelve en el cosmos; se dirige hacia la luz cósmica. Así son también las raíces de la valeriana, que al igual que la luz se ‹irradian› en la tierra de manera rectilínea, largas sin ramificaciones y con casi ningún engrosamiento secundario. En la flor la acción del hidrógeno, en la raíz la cualidad de la luz, que se manifiesta en el fósforo. A diferencia de la ortiga, que se relaciona con el Yo microcosmico, la valeriana muestra una relación con el Yo macrocosmico.»[439]
Herstellung und Anwendung
Desde el punto de vista medicinal, son las raíces rizomatosas de la valeriana las que se emplean; en el canon de los demás preparados de compost, en cambio, son las flores o los procesos afines a la flor, como ocurre con la ortiga y la corteza de roble. En la flor, por un lado, la planta expira, sensibiliza su arquetipo en forma, color y olor; por otro lado, en el proceso floral se vivifica la corriente de sustancia terrestre.
Las flores de valeriana se recogen en junio/julio cuando el racimo cimoso alcanza su máxima plenitud floral, y se trituran de inmediato en el aparato correspondiente (un desgarrador). De este modo el jugo celular, incluidos los aceites esenciales, sale del plasma celular y de las vacuolas celulares. Se lo separa de la orujo restante mediante una prensa de fruta. A este último se le agrega aproximadamente la misma cantidad de agua que la obtenida de jugo de flores en el primer prensado. Este mosto reposa un día y luego se prensa de nuevo. Mediante el doble prensado de 2 a 3 kg de flores se obtienen aproximadamente 1 l de jugo prensado. Se embotella y queda sujeto a una fermentación láctica. Los gases que se producen durante este proceso deben poder escapar. Tras unas 6 semanas de fermentación, las botellas se cierran con corcho o con tapones de goma. Un exceso de oxígeno conduce a fermentaciones erróneas, a través de las cuales el
El preparado se vuelve inservible. Las botellas se almacenan en un local oscuro y de temperatura uniforme, la bodega de los preparados. El jugo se conserva durante años.
En cuanto a la aplicación del jugo de flores, Rudolf Steiner señala que ha de diluirse «muy fuertemente» en agua tibia.[440] Las indicaciones que el investigador espiritual proporciona como pauta para la acción concreta no pueden tomarse con suficiente exactitud; valen palabra por palabra. Son resultados de la investigación espiritual suprasensible traídos a formas de ideas, e indicaciones que iluminan de antemano el camino de la acción volitiva, sin fijarlo en reglas. Hay que preservar la libertad de pensar estas formas de ideas una y otra vez de nuevo en sus grandes nexos. Y cuanto más se trabaja en ello, con mayor libertad se podrá ejecutar también en la práctica, de manera adecuada a la cosa, lo aprehendido en el espíritu. Las ideas de la ciencia espiritual fundamentan un nuevo arte del experimentar en la práctica; de éste brota la tan necesaria «relación personal», que conduce el camino volitivo portado por ideas más adentro en la realidad espiritual de lo que son capaces los logros científico-tecnológicos que hoy dirigen desde afuera la práctica agrícola.
Cuán individualmente y en el espectro más amplio son interpretadas de múltiples maneras en la práctica las realidades de la ciencia espiritual —en parte de modo bien aventurado—, lo muestra la gran disposición al experimentar. Ésta queda documentada en práctica mundial en la meritoria obra de Stappung.[441] Los resultados de la investigación espiritual abren su verdadero valor cognoscitivo sólo en la práctica ejercitada.
Antes de la aplicación del extracto de flores de valeriana se trata de la «fuerte dilución» de la tintura madre. Ésta se alcanza cuando, a una cantidad dada de agua tibia al tacto, se añoten gota a gota tantas gotas de jugo de flores que, tras cinco a diez minutos de agitación rítmica, el líquido huela a valeriana y deje reconocer algo del color pardusco del jugo. Un punto de referencia para la cantidad a aplicar se determina, en correspondencia con la pizca de tres dedos de los preparados sólidos, del siguiente modo: 1 a 3 g = 1 a 2 cm3 por 5 a 8 l de agua por aprox. 8 m3 de material de abono. El líquido se pulveriza sobre los montones y pilas tras el armado o bien —dividido en porciones
– introducidos desde arriba en los agujeros. En el caso de los abonos líquidos (purín, gülle) se mezcla mejor la cantidad de jugo diluida al remover. Conviene subrayar una vez más que los mejores consejeros son el acompañamiento pensante y el propio espíritu experimentador.
La relación de la valeriana con el elemento del calor y su correlato suprasensible de fuerzas, el éter de calor, ha encontrado acogida en la práctica biodinámica más allá de su función como preparado biodinámico; así, ante el riesgo de heladas tardías en mayo. Inmediatamente antes de su aparición puede tenderse, mediante nebulización fina del extracto de valeriana —en la dilución de 1 ml por 1 l de agua—, un manto de calor sobre la floración de los frutales y sobre las siembras de hortalizas en peligro; éste previene daños por helada hasta dos o tres grados bajo cero.[442] También para el fortalecimiento general de las plantas en horticultura se recomienda en la dilución de 10 a 30 gotas de preparado de valeriana por 3 l de agua. En viticultura, el preparado de valeriana ha recibido especial estima.[443]
Observaciones previas sobre la eficacia
El extracto de flores de valeriana debe, cuando se lo diluye fuertemente en agua tibia y «se lo da al estiércol de manera muy sutil […] suscitar en él especialmente aquello que lo estimula a comportarse de manera correcta con respecto a lo que se denomina sustancia de fósforo».[444] Esta afirmación tan escueta y enigmática señala, al final de la ronda de los seis preparados de estiércol —tras la mención del azufre al comienzo en milenrama, manzanilla y ortiga—, hacia la sustancia de fósforo en la valeriana. Ambos, azufre y fósforo, son muy afines entre sí. Ambos son, por así decirlo, corporificaciones de luz y calor. Y sin embargo, son dos sustancias distintas. Figuran ciertamente una junto a la otra en el lado de los formadores de ácido en el Sistema Periódico de los Elementos, pero se comportan en lo orgánico de manera enteramente polar. El azufre se presenta en la naturaleza inorgánica en los múltiples sulfuros, las sales metálicas del ácido sulfúrico, así como como azufre elemental en depósitos volcánicos. Como tal, se inflama a unos 250 °C y arde en llama azulada hasta formar dióxido de azufre. Distinto el fósforo: es extraordinariamente reactivo y por eso se presenta
no elementalmente. La representación como fósforo elemental muestra el asombroso fenómeno de que, dependiendo de la temperatura, presenta cinco modificaciones de su forma de aparición. Como primera modificación surge el fósforo blanco; es tóxico, luminiscente en la oscuridad y solo conservable bajo el agua. En contacto con el aire se inflama por sí solo a 44 °C y arde con llama brillante y caliente hasta formar pentóxido de fósforo (P2O5). Bajo exclusión de aire y temperatura elevada, o bajo exposición a la luz, surge una segunda modificación, el fósforo rojo; es estable, no luminiscente e inocuo. A este se suman tres modificaciones adicionales con propiedades esencialmente distintas: un fósforo rojo claro, uno negro y uno negro amorfo.
Los fosfatos se encuentran en las rocas sedimentarias, pero sobre todo en finísima distribución en las rocas cristalinas primigenias en forma de la apatita, difícilmente soluble, un fosfato de calcio con trazas de flúor y cloro. Yacimientos mayores de apatita se explotan en la península de Kola, Kírov. La apatita se meteoriza bajo la acción de ácidos y regenera así el balance del fósforo en los suelos. En yacimientos sedimentarios, principalmente del norte de África, se encuentran los fosforitos. Son huesos de animales del Terciario depositados por arrastre. Molidos, pueden emplearse meliorativamente en lugares pobres en fósforo como fosfato en bruto o fosfato blando, de disolución más lenta.
Dentro del perfil del suelo, el contenido de fósforo decrece desde el horizonte superior húmico, metabólicamente activo, hacia el subsuelo. Este fenómeno muestra ya que las pérdidas por lixiviación son muy escasas, en general menos de 0,3 kg/ha. Muy superiores son las pérdidas por erosión superficial (denudación).
La estabilidad del fósforo disuelto (HPO4)2– que ha pasado a solución por meteorización mineral y descomposición de materia orgánica es consecuencia de su gran afinidad reactiva. Establece nuevos enlaces sobre todo con calcio, formando fosfatos de calcio secundarios; además es absorbido por hidróxidos de aluminio y hierro, que a su vez forman complejos con ácidos húmicos y fúlvicos. En suspensión se encuentra en coloides del suelo, así como adsorbido en minerales arcillosos y sustancias húmicas. Hasta el 80 % de los compuestos orgánicos de fósforo se presentan en forma de fitatos (sales de calcio y magnesio del ácido inositolhexafosfórico); entre el 5 y el 10 % adicionales se encuentran en los ácidos nucleicos de los núcleos celulares de plantas y microorganismos.[445]
Llama la atención que el fósforo, en distribución finísima y en el más estricto orden composicional, atraviesa todos los reinos de la naturaleza y también la organización física del ser humano. Si se restringe la mirada a su modo de aparición físico-material, poco se revela de su ser y de su función en la economía de la naturaleza. Diferente es cuando se amplía el campo de visión hacia el reino vegetal y más allá, hacia arriba. Allí el fósforo, eterizado hasta convertirse en proceso fosfórico, aparece en metamorfosis en todos aquellos lugares donde impera una tendencia a la desvitalización. Esta se revela a la contemplación intuitiva directamente en el proceso de floración de las plantas, que es esencialmente una acción del fósforo. Allí donde esta desvitalización alcanza su punto culminante, en el marchitamiento de la flor y en la formación de la semilla, la acción fosfórica se manifiesta con particular intensidad.
Desvitalización significa extinción y transición a la forma pura. Fisiológicamente, eso es lo que hace el fósforo. En el acontecer de la herencia transmite la cualidad formal a través de los ácidos nucleares. También la luz incorporada en la glucosa durante la fotosíntesis, y su transferencia a través de la respiración celular al proceso del ácido fosfórico del ácido adenosintrifosfórico (ATP), liga la luz definitivamente en la forma permanente de raíz, tallo, hoja, flor y fruto. Del mismo modo desvitalizan los fosfolípidos de la *mielina* en el cerebro y crean conciencia; o el fósforo del apatito fija la forma permanente del hueso.[446]
En profunda ocultación se encuentran ahora también en el acontecer del crecimiento tantas zonas puntuales de desvitalización como células tiene la planta. Son los núcleos celulares que contienen fósforo. Albergan, en forma de la proteína nuclear, los nucleótidos, los cromosomas, los mediadores de la corriente hereditaria de generación en generación. El núcleo, encerrado por la membrana nuclear, representa en su relación con el plasma celular el polo de reposo de la célula. Sobre la base del fósforo impera en él un principio más elevado que aquel que en la planta, en el animal y en el ser humano contribuye a la configuración de su respectiva imagen fenoménica. Es el principio que, en permanente estado germinal, conduce todos los logros de desarrollo desde el pasado hasta el presente y desde este hacia el futuro. Está jerárquicamente por encima de este curso del desarrollo; es el ser espiritual de la propia planta que desde una región suprasensible más elevada irradia su fuerza hacia dentro, aquello que en la conciencia humana resplandece como ser-Yo. Así la *mielina* —son fosfolípidos que envuelven las fibras nerviosas en el cerebro— se encuentra en la más estrecha relación con
el (auto)conocimiento del ser humano. La planta, como ser puramente viviente, no tiene alma ni ser propio encarnados, y por ello tampoco un sistema nervioso, que ha de considerarse como la base terrestre del cuerpo astral. Sin embargo, al contemplar el núcleo de la célula vegetal, surge la pregunta de si éste no puede ser visto como una etapa evolutiva previa a la formación de tal sistema. Los ácidos nucleicos ARN y ADN presentan un alto contenido de fósforo en los residuos del ácido fosfórico de los nucleótidos. Así como en el animal y en el ser humano el sistema nervioso se extiende, ramificándose finamente, hasta dentro del tejido vivo, del mismo modo se encuentran en la célula individual, fuera del núcleo celular, en el plasma celular, organelos como los ribosomas[447] y mitocondrias, que como diminutas formaciones corporales se relacionan con el plasma y el núcleo. Las mitocondrias contienen, como el núcleo, estructuras cromosómicas de las que puede suponerse que tienen funciones epigenéticas. Esto significa que son portadoras y mediadoras de impresiones que el citoplasma ha recibido de los efectos actuales de la Tierra, el Sol y los planetas, así como de las medidas de cuidado, abono y cultivo de la mano y el espíritu del ser humano. Son propiedades recién adquiridas desde el ser presente. Hay que partir de que tales impresiones epigenéticas se realizan en las plantas en cada año de vegetación. Para obtener el fruto de esta «actualización» de los efectos terrestre-cósmicos en el curso del año —por ejemplo el de la fertilización con preparados— se recomienda la reproducción propia hasta llegar al cultivo de variedades propias de la granja.
El eje Tierra-Sol, en el que se integran las plantas con flor, se manifiesta en tallo, pecíolo, caña, brote, rama y tronco. En esta vertical impera, como reflejo espiritual-entitativo, la misma fuerza que en un nivel superior vive en el ser humano como actividad del Yo en la voluntad, y resplandece en el autoconocimiento que despierta. El punto de inserción físico para la actuación de las fuerzas del Yo en el ser humano, y de otro modo en los seres de la naturaleza, es el fósforo, no como tal solamente, sino siempre integrado en composiciones de sustancias correspondientes, como por ejemplo los nucleótidos del núcleo celular ya mencionados. En relación con el ser humano, Rudolf Steiner explica: «Hay algo muy singular en cómo el Yo humano, cuando lo
ahora en el ser humano, de manera espiritual, anímica, orgánica y también mineralizante, es una especie de, podría decirse, portador de fósforo.» «El atravesar con fósforo el organismo humano es una actividad del Yo.»[448] Así dirige el proceso del fósforo, en su forma de estado más lábil, el ácido adenosintrifosfórico (ATP), de manera predominante el metabolismo de los hidratos de carbono, los ácidos nucleares vinculados a las nucleoproteínas, el metabolismo de las proteínas, y en la forma de los fosfátidos el metabolismo de las grasas, para culminar finalmente en conexión con el calcio fosfatado (apatito) en el proceso de mineralización de la formación ósea.[449] Son en cada caso diferentes compuestos de fósforo los que impulsan la actividad de los tipos de éter en relación con los miembros constitutivos: el Yo vive en el éter de calor en relación con el fósforo; mediado por el éter de calor, se imprime, sobre la base del fosfato de sodio, en el cuerpo astral; mediante el fosfato de magnesio y el éter de luz, así como el fosfato de potasio y el éter químico, actúa en el cuerpo etérico y, sobre la base del fosfato de calcio y la eficacia del éter vital, se cuaja en la forma sólida del sistema óseo, el «reflejo físico de la organización del Yo».[450] En su relación directa con el núcleo esencial del ser espiritual, el Yo, el fósforo ayuda a superar unilateralidades en los procesos fisiológicos y a equilibrar los opuestos.
En el centro de la célula se concentra el proceso del fósforo en los nucleótidos, los portadores hereditarios. Estos llevan el pasado, lo alcanzado por la evolución, hacia el presente. En esta obra de la creación se recoge todo el devenir pasado desde el espíritu, y al mismo tiempo contiene algo germinal desde lo cual esta creación se renueva continuamente en el presente y recibe impulsos que llevan estas fuerzas germinales hacia el más lejano futuro, hacia un nuevo devenir. Estos impulsos los recibe el plasma de la célula vegetal, en el ritmo del día y la noche, de la luz solar que irradia hacia ella, cuyas fuerzas son modificadas por el obrar de los planetas. El lugar de esta actualización de lo germinal es el plasma celular o protoplasma que rodea al núcleo. Este contiene, flotando en él por así decirlo y en fina distribución, los orgánulos ya mencionados, los ribosomas y las mitocondrias, así como los cloroplastos que contienen magnesio (no fósforo), en
en los cuales, mediante la clorofila, se absorbe la luz y se vivifica la sustancia terrestre. La sustancia fundamental del protoplasma la forma el citoplasma: una masa proteica, líquido-coloidal, en su mayor parte homogénea, transparente y clara como el agua.
El citoplasma es el polo de movimiento de la célula. Fluye, rota en torno a las vacuolas celulares —o, en casos especiales, circula incluso alrededor del núcleo celular. La intensidad de la corriente depende del oxígeno, el portador de las fuerzas etéricas. Es sensible a los estímulos externos; según las condiciones meteorológicas —mediante la hinchazón y la contracción de los tejidos celulares— cuida, por ejemplo, del cierre y la apertura de los estomas, del movimiento de las inflorescencias de las compuestas según el curso del sol, etc. Reacciona además al tipo de abonado así como a la mano cultivadora del ser humano. Como el punzón imprime su huella en la cera lacre, así imprimen las fuerzas astrales que afluyen desde el exterior su sello en el citoplasma de la célula. En la ciencia de la botánica se atribuye al plasma celular «una capacidad de sensación».[451] No se nombra, sin embargo, su índole específicamente vegetal, ni el umbral que lo separa de la sensación animal. En el núcleo celular impera el fósforo y determina sus rigurosas estructuras. La proteína asociada a él, la nucleoproteína, no contiene fósforo, como tampoco lo contiene ninguna proteína en principio. La proteína está asociada al azufre; debe su movilidad compositora de sustancias al azufre, tan próximo en su naturaleza al fósforo y sin embargo tan polar en sus propiedades. Este azufre es el mediador entre las fuerzas astrales que irradian desde la periferia y las sustancias que forman la proteína (C, O, N, H). Ambos, azufre y fósforo, producen una armonización de los miembros constitutivos. Si, por ejemplo, el cuerpo astral y con él el Yo se hunden demasiado profundamente en la organización etérica y física, entonces el «azufre conforma más el cuerpo astral, el fósforo conforma más el Yo» y los libera de esa vinculación.[452] Ambos son Mercurios entre los mundos espirituales superiores y su imagen refleja terrestre, entre lo espiritual-germinal y aquello que se despliega hacia la forma de manifestación física, hacia la obra. Ambos aparecen, en la más alta dilución, en todo acontecer viviente, de manera unitaria y sin embargo con un modo de acción polar, repitiendo el pasado en el presente y abriéndolo hacia el futuro. Ambos están, en alta dilución, entretejidos en el núcleo (fósforo) y en el plasma (azufre) de la célula. Su
Su eficacia es, por así decir, un modelo natural de la verdadera homeopatía, de la eficacia de las entidades más pequeñas.
Sobre la naturaleza del hidrógeno en conexión con el fósforo y el azufre puede resumirse lo siguiente: el hidrógeno fue caracterizado como representante del elemento Fuego o del éter de calor. Al hidrógeno le están aún entretejidos el calor y la luz. En el camino a través de las etapas de la evolución cósmica hacia la Tierra[453] y de la materialización finalmente hacia lo térreo-sólido, lo cálido se condensó en azufre y lo luminoso en fósforo. El azufre posibilita, junto con el calor, movilidad/crecimiento en lo sustancial —sin azufre no hay metabolismo—, mientras que el fósforo crea formas y, en el nivel de la conciencia humana, deja que lo sustancial-formado devenga, en imagen, pensamiento. La luz es vivenciada en el proceso anímico como pensamiento. Cuando éste accede a la conciencia, se configura en el lenguaje como palabra, como gramática.
Azufre y calor/movimiento, fósforo y luz/forma son las relaciones en cada caso dominantes. Pero también el azufre muestra, en su llama amarilla radiante, su proximidad a la luz, y el fósforo, en su fácil inflamabilidad, su proximidad al calor. En lo viviente, el azufre domina el metabolismo; el fósforo, a través de los ácidos nucleicos ADN y ARN, la herencia.[454]
En la flor de valeriana, el proceso de lo fosfórico se ha refinado de tal manera que éste, cabe suponer, a través de los nucleótidos de fósforo de los ribosomas y mitocondrias del plasma, está dotado de la potencia de una fuerza formativa espiritual-yoica que, desde los excedentes de lo espiritual-germinal en lo terrestre, abre nuevas posibilidades de desarrollo del devenir vegetal.
La eficacia
Se va ciertamente por mal camino si en el preparado de valeriana se ve un abono orgánico de fósforo. La valeriana no tiene en la ceniza más fósforo que otras plantas. Lo que decide sobre la eficacia es que en la flor de valeriana se concentra una convergencia de fuerzas formativas capaz de configurar los nexos vitales de tal manera que en éstos el fósforo puede mediar fuerzas que, desde el mundo de lo puramente espiritual de la planta, contribuyen a la erecta, a un ser-propio organísmico;
o en palabras de Rudolf Steiner: que el «jugo de la flor de valeriana» estimula el estiércol «a comportarse de la manera correcta respecto de lo que se llama sustancia de fósforo».[455] Esta estimulación es necesaria en todos los lugares donde materiales orgánicos se pudren, y esto sucede en toda preparación del estiércol. En la descomposición autolítica y la disgregación microbiana de los residuos vegetales y animales que se producen, se deshace el orden composicional al que servía la sustancia de fósforo. El caos resultante de las sustancias despojadas de su función portadora tiende ahora a que éstas se desplomen desde la vida de regreso al estado de lo inorgánico. Este proceso de muerte lo atrapa la naturaleza hasta cierto punto ella misma mediante la formación de formas húmicas estables. Este proceso se desarrolla en lo húmedo-acuoso y está dominado principalmente por las fuerzas lunares. Requiere, ante la compacta acumulación de material orgánico en el montón de estiércol y compost así como en el almacenamiento de purín y gülla, las mencionadas medidas de regulación por la mano del ser humano.
La eficacia del preparado de valeriana va, sin embargo, más allá de esto. No se agota en reincorporar de inmediato el fósforo liberado de los compuestos orgánicos a las proteínas nucleares de los microbios, fijándolo de este modo temporalmente hasta su absorción por las plantas cultivadas. El acontecer microbiano se desarrolla en lo húmedo-acuoso, en un principio en lo térreo-sólido lo menos posible. Esto último solo sucede a través de la actividad especializada de los animales del suelo conducida por un cuerpo astral. La eficacia del jugo floral de la valeriana aparece frente a ello como una general, que abarca y conduce todos los subprocesos hacia la unidad — como una que clausura el desbordante acontecer metabólico del montón de estiércol en un todo cerrado en sí mismo. Bajo la influencia de este preparado, el montón de estiércol se desarrolla en una suerte de organismo, en el que las fuerzas astrales que irradian desde la periferia penetran el caos de la disgregación. Estas fuerzas constituyen la organización astral del montón de estiércol, que, en virtud de las fuerzas del ser-Yo espiritual puro que le son inherentes, vuelve a hacer del fósforo que se libera de todas las ligaduras su portador. A través de la adición del preparado de valeriana se lleva a cabo una suerte de nueva dotación del fósforo, una vez que éste, en el tránsito a través del caos de la disgregación, ha despojado su anterior portación de lo espiritual.
Así visto, el preparado de valeriana abona, a través de los abonos orgánicos, de la manera más íntima, los procesos vitales formativos que se extienden en superficie en lo horizontal en el órgano-diafragma del suelo y en las hojas de las plantas, así como en lo vertical aquello que se expresa como lo espiritual-entitativo de las alturas y las profundidades en la fuerza del tallo de las plantas. En el trasfondo de esta cruz cósmica han de buscarse los elementos de contemplación intuitiva mediante los cuales pueda hallarse una confirmación de aquello que en el ámbito espiritual investigado resulta concluyente por sí mismo. De manera específica en cada caso, esto es válido para todos los preparados descritos.
Para los resultados de la investigación espiritual antroposófica han de crearse primero, en un pensar y un hacer continuos, los fenómenos a través de los cuales se acredita la verdad de lo conocido en el espíritu.
El preparado de cola de caballo
No pertenece a la serie de los preparados de compost; tiene rango propio y Rudolf Steiner lo describe en relación con la defensa contra las enfermedades fúngicas en la sexta conferencia.[456] Para la preparación se utiliza la cola de caballo de campo (*Equisetum arvense*). Ésta representa, junto a otros equisetos, hasta el presente, junto a los licopodios y los helechos, formas primigenias del reino vegetal. Formas precursoras, como las de tipo psilofito, se remontan hasta el final del Silúrico y el comienzo del Devónico, es decir, aproximadamente hasta mediados del Paleozoico (*Palaeozoikum*). Es la época de la «Lemuris», la repetición de la etapa planetaria previa de la «Antigua Luna» en la evolución terrestre.[457] Estas formas primigenias son criaturas del agua que conquistan la tierra firme. La proximidad al elemento del agua la muestra, de entre la rica flora de relaciones de aquel tiempo, el género *Equisetum*, que aún existe hoy. Esto se expresa tanto en el entorno de los hábitats en que aparece preferentemente como en el complicado proceso germinativo. Se encuentra la cola de caballo en ubicaciones arcillosas a limosas con encharcamiento superficial u horizontes de acumulación hídrica.

La forma de manifestación
El aspecto exterior sorprende en el conjunto de la flora circundante. El tallo se eleva recto como una vela, articulado en elementos individuales (*internodios*) que encajan unos en otros como cajas (Figura 34).
Las ramas laterales que brotan en verticilos, sin ramificarse, presentan la misma estructura. Irradian hacia arriba ligeramente inclinadas respecto a la horizontal. Tallo y ramas laterales son uniformemente verdes y asumen la función de las
hojas. Lo que sorprende es precisamente la ausencia de hojas y, del mismo modo, de flores. En consecuencia, tampoco puede percibirse transformación alguna de la forma, salvo que las ramas laterales son más cortas en la base del tallo, se extienden luego y se acortan piramidalmente hacia el ápice del brote. El desarrollo foliar se reduce a hojillas envolventes alargadas, apuntadas hacia arriba, que se adhieren estrechamente a la base de los nudos del tallo. En su disposición hexagonal en forma de cajas se hace valer el principio silíceo-cuarzoso que recorre toda la planta — igualmente en los escudetes hexagonales que cubren las anteras de los estróbilos fértiles. Toda la planta está dominada por el principio del tallo — mientras que los helechos, de origen temporal semejante, están dominados por el principio foliar. Las licopodiales ocupan una posición intermedia. Lo que asombra tanto es la contradicción que la cola de caballo vive manifestándose. Por un lado, su proximidad a lo húmedo-acuático en el subsuelo; por otro, su forma fuertemente delineada, silicificada, que se integra estrictamente en el eje vertical Tierra-Sol. La cola de caballo de campo domina esta contradicción.
Si se busca el polo generativo de esta planta, se lo encuentra — en pocos ejemplares separados de su parte vegetativa — en forma de estróbilos fusiformes de color pardo rojizo, cada uno asentado sobre un brote con una sucesión estrechamente comprimida de nudos del tallo; en cuya base están rodeados por una corona de puntas foliares pardo-negruzcas. Los estróbilos ofrecen una imagen semejante a la de los hongos que brotan de la oscuridad de la tierra. Esto hace a la cola de caballo de campo única en la familia de los equisetos, y de ahí también resulta comprensible su efecto contra lo fúngico: al separar el portador de esporangios fértil del brote verde estéril, se desliga en cierto modo del gesto fúngico. Los demás equisetos llevan la espiga esporangial en el ápice de la planta verde.[458]
La esfera rizomático-radicular, la multiplicación vegetativa y generativa
El brote vegetativo vertical continúa en idéntica sucesión de nudos del tallo hacia las profundidades de la tierra (Figura 34, p. 449). Si tropieza con un horizonte de agua retenida — por ejemplo, en el límite del horizonte A (capa vegetal) con el horizonte B más arcilloso (subsuelo) —, o con agua freática, se ramifica un brote lateral que, siguiendo el límite de la capa hídrica, continúa creciendo horizontalmente.
Los brotes del rizoma son conductores de aire. Desde los nudos del rizoma, y también en parte desde los brotes verticales primarios, crecen brotes secundarios hacia arriba en busca de la luz y se encargan de la multiplicación del stock vegetativo. Los rizomas verticales atraviesan con gran dinamismo la zona de compactación para ramificarse de nuevo horizontalmente en un estrato acuífero situado a mayor profundidad. Incluso desde profundidades de tres a cuatro metros envían desde allí sus brotes de rizoma pardo-negruzcos hacia arriba (Figura 34, p. 449).
La cola de caballo no tiene raíces primarias. Sus raíces finas, filiformes, dirigidas hacia la profundidad, son de origen caulinar; emergen de los entrenudos (internodios) de los brotes del rizoma. Hacia finales del otoño se forman en los rizomas horizontales cercanos a la superficie unas hinchazones ovoides, reservas nutritivas para el rebrote primaveral, sobre todo para los primeros en brotar: los portadores de esporas fértiles de color pardo rojizo. Uno de estos porta en disposición fusiforme los esporangios hexagonales. Tras la maduración de las esporas, el brote fértil muere rápidamente. Las esporas, tenues como el polvo, son arrastradas por el viento y germinan en cuanto alcanzan la humedad acuosa. De las esporas en germinación emerge primero una punta similar a una raíz; se desarrolla entonces un prothallium que verdea, semejante a un alga. «Hasta este estadio, la cola de caballo es una planta acuática verde.»[459] Los protonematos se presentan en dos tipos. Un tipo de Prothallium forma espermátidas redondeadas que pueden moverse libremente en el agua con ayuda de dos flagelos. El otro tipo forma primordios de óvulo que son fecundados por los espermatozoides que nadan a su alrededor. Tras la fecundación, el brote de la cola de caballo — que crece perpendicularmente hacia arriba y hacia abajo — abandona la fase acuosa y se une con lo sólido de la tierra y con las fuerzas del sol. Ambos brotes, tanto los fértiles como los vegetativos, se desarrollan a partir de los rizomas que avanzan hasta zonas más profundas del suelo y allí se enraízan.
El brote aéreo y el proceso silícico
El brote estéril de la cola de caballo, que asciende hacia el aire, el calor y la luz, es de punta a punta tallo. Las hojas foliares propiamente dichas no existen; solo hay formaciones foliares rudimentarias en forma de inconspicuas vainas protectoras de tipo collar, reunidas en verticilos, que se aplican a la base de los artejos del tallo. Los artejos estriados del brote central y la rica ramificación en las ramas laterales dispuestas en verticilos apuntan, en lo que respecta a la captación de
de la luz solar y la cesión de vapor de agua, una superficie suficientemente grande. Esta última está configurada de tal manera que queda garantizado el elevado caudal de agua de la cola de caballo. Su estrecha relación con el elemento del agua se manifiesta también en que sustrae al agua que asciende por las vías conductoras del xilema la sílice procedente de la meteorización mineral del suelo. Su naturaleza inorgánica se vivifica mediante la acción vivificante del sol en la planta. Puede decirse: el agua, que transmite las fuerzas lunares, vuelve a hacer receptiva la sílice, en esta planta que apunta hacia tiempos remotísimos de la evolución vegetal, a la acción solar del presente. Esta queda dotada de fuerzas que estipulan un equilibrio armónico entre el obrar lunar del pasado y el terrestre-solar del presente. Con ello, la cola de caballo se halla en una oposición polar con el diente de león. Si el diente de león, como compuesta, pertenece a las plantas de más alta evolución, la cola de caballo pertenece a aquellas que se hallan en los comienzos de la evolución de las plantas terrestres. En la cola de caballo, la sílice enlaza estadios evolutivos del pasado con el presente; en el diente de león, el logro evolutivo del presente con el futuro.
El proceso vital de la cola de caballo es un proceso silícico metabólicamente activo, nacido del elemento del agua. Se desplaza desde el interior hacia la periferia de los tejidos vivos. Al evaporarse el agua por el calor exterior, la sílice se precipita y rodea toda la planta-tallo con un manto de sílice amorfa hidratada. Esta se encuentra en las células de la epidermis así como depositada entre las membranas celulares de las mismas. Se recorren todos los estados: desde el de la solución, pasando por el gel plástico, hasta el ópalo endurecido, amorfo, vítreo — un dióxido de silicio hidratado (SiO2 + H2O) —. Cuando se incinera el material herbal del tallo de la cola de caballo, tras la combustión del armazón negro de carbono queda por último un esqueleto blanco de sílice. Este muestra protuberancias lenticulares que, en estado vivo, conducen la luz solar hacia la clorofila dispuesta en filas.[460]
El elevado contenido de sílice — 70% en la ceniza — imprime la imagen fenoménica rígida y radiante de la cola de caballo. La hace áspera y quebradiza. El cuarzo «vive» así en la cola de caballo «como atrincherado en una fortaleza».[461]
Elaboración y aplicación
Del equiseto se recoge el brote verde en un día soleado, alrededor de San Juan, en el momento de su mayor despliegue vegetativo, y se seca extendido en capa fina a la sombra ventilada[462]. En cuanto al tratamiento posterior, Rudolf Steiner indica: «que se hace de Equisetum arvense una especie de té, un té bastante concentrado, que se diluye y se usa entonces como purín para aquellos campos […] [en los que, según el propio Steiner] se quiere combatir el tizón y enfermedades vegetales similares».[463] Stappung ha documentado a escala mundial las múltiples prácticas de preparación del té a partir del kraut de equiseto, en lo referente a la duración de la cocción y la posterior fermentación en purín, así como la fermentación en frío del kraut fresco, los momentos, cantidades y frecuencias de aplicación, y si el preparado solo actúa de forma preventiva o también promete eficacia ante un ataque fúngico agudo.[464] De la suma de experiencias en la preparación del té ha resultado la siguiente receta: «En diez a veinte litros de agua se cuecen a fuego lento durante aproximadamente una hora 200 a 300 gramos de droga. Si se usa kraut fresco, aproximadamente 1,5 kg para la misma cantidad de agua.»[465] El tiempo de hervor prolongado es necesario, por un lado, para abrir el fuertemente silicificado tejido celular periférico y, por otro, para mantener este proceso en el elemento primordial universal del calor.
En cuanto a la forma de aplicación, Rudolf Steiner emplea el término «purín». Esto indica que el té de equiseto, tras la fase de infusión, debe someterse a una fermentación, mediante la cual puede tener lugar una apertura gradual de las sustancias orgánicas de más difícil descomposición. A través de la formación de ácidos, el té se convierte en purín y resulta así conservable y utilizable durante un tiempo más prolongado. Solo cuando entra en putrefacción y comienza a despedir mal olor (sulfuro de hidrógeno, H2S) debe evitarse su uso posterior. También debe prescindirse de la fermentación en frío del material fresco de equiseto que se practica aquí y allá. Con tiempos de fermentación prolongados son de esperar fermentaciones defectuosas prematuras, así como una apertura insuficiente de la amorfa
de sílice inevitable. El efecto calorífico en el proceso de cocción parece ser de importancia esencial para que la sílice pueda desplegar su eficacia.[466]
Los tiempos de aplicación se rigen por si el purín de té ha de aplicarse de manera preventiva o en caso agudo. Según las indicaciones de Rudolf Steiner, se trata ante todo de una medida profiláctica. El purín de té actúa a través del suelo y reduce, en condiciones de humedad excesiva y persistente, la presión fúngica sobre las plantas. Visto así, se recomienda aplicar el purín de té, si es posible en turnos anuales, sobre la totalidad de la superficie agrícola y hortícola a razón de 100 l/ha. Lo ideal sería que esto ocurriese tres o cuatro veces al año: en el tardoinvierno hasta la primavera (marzo), en verano y en otoño hasta el preinvierno (noviembre). En todo caso, en el marco de la rotación de cultivos deben recibir el tratamiento preventivo aquellos cultivos especialmente expuestos al riesgo de hongos, como los cereales y ciertos cultivos de escarda. Las aplicaciones directas sobre las plantaciones en caso agudo, frecuentemente en combinación con purín de ortiga, pueden reducir considerablemente el ataque. Es una medida que combate la infección ya declarada. El tratamiento preventivo a través del suelo se ocupa de que se ataje el mal en sus comienzos.
La eficacia del preparado de cola de caballo
Aplicado de manera preventiva, el preparado de cola de caballo despliega su eficacia a través del suelo. Cuando este llega a la primavera tras un otoño que ya pudo haber sido húmedo y un invierno suave y lluvioso, todo el espacio de enraizamiento queda expuesto de manera especialmente intensa a las irradiaciones de fuerzas de la luna, y esto en particular en luna llena y en la proximidad lunar (perigeo). Estas son mediadas por el agua y suscitan en el suelo una vida de carácter lunar, emparentada con aquella vitalidad acuática en la que, en épocas primordiales, se desarrollaron los estadios inferiores de la vida vegetal y animal. Con un desfase temporal, esta vitalidad actúa hoy en los océanos, y de otra manera en ríos, lagos y estanques. Esta vida, todavía cercana a los orígenes y escasamente diferenciada, procede de la era terrestre del Lemuria temprano y medio, la repetición de la evolución del «Antiguo Luna» que precedió al desarrollo de la Tierra.[467] Hablando en términos geológicos, son las edades
del *Proterozoico* y el *Paleozoico*. En aquella época de predominio de las fuerzas lunares no existían todavía plantas con flor. Era el tiempo de las plantas esporíferas, entre las que se cuentan, junto a las ya mencionadas, también los hongos. En el suelo que va configurándose a partir de lo acuoso, las fuerzas lunares y las solares entran en relación mutua en estados alternos. En la era siguiente del *Cenozoico* o *Terciario* (la Atlántida) ganan la primacía las fuerzas solares; las plantas con flor se desarrollan con sus raíces primarias. En el *Neozoico*, la nueva era terrestre, los suelos evolucionan hacia suelos minerales con humus y, bajo la mano del ser humano, hacia suelos de cultivo.
Si ahora, con una humedad persistente, predominan las fuerzas lunares, el suelo cultivado queda impregnado unilateralmente por una vitalidad de carácter lunar. Con ello se estimula precisamente aquella vida vegetal y animal inferior propia de esas etapas evolutivas anteriores, y de manera especial el crecimiento de hongos. Esto sucede no solo en el suelo, sino, un piso más arriba, también dentro y sobre los órganos aéreos de la planta. Lo que en la oscuridad del suelo tiene su lugar apropiado se labra ilegítimamente un segundo suelo en el espacio aéreo sobre la tierra; la vida microbiana parasita los tejidos vivos de la planta. Incluso la acción solar presente solo puede poner límite en medida limitada a esta vida extraña que prolifera. Hay que buscar una planta que sea capaz de concentrar y elaborar en sí tanta fuerza solar que neutralice el exceso de vida lunar en lo acuoso — sí, que sea capaz de crear, en el sentido de una síntesis, una relación sana entre las polaridades de la astralidad lunar que actúa desde el pasado y la astralidad solar que irradia desde el cosmos presente. Esta capacidad la tiene la cola de caballo como representante destacada de la transición de una planta nacida del agua a una planta nacida de la tierra. Actuando como té-purín, hace que se descargue la tierra del exceso de fuerza lunar, que el té de cola de caballo «prive al agua de su fuerza mediadora y dé a la tierra más terrenalidad, para que no absorba el mayor efecto lunar a través del agua presente».[468] Con esta descripción se señala inequívocamente el tratamiento profiláctico de los suelos con el preparado de cola de caballo. El convivir con el curso de las condiciones meteorológicas a lo largo del año educa la conciencia para actuar con sabia previsión. Si la profilaxis se realiza regularmente de año en año, se previene el caso agudo. Sin embargo, son muchas las experiencias descritas, sobre todo
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del cultivo de hortalizas, sobre la contención de ataques agudos de hongos y otras calamidades mediante el té-purín de cola de caballo.[469] No existen ensayos de larga duración de carácter experimental sobre el efecto preventivo del preparado de cola de caballo. Los ensayos de exactitud rebasan los límites de lo practicable. La certeza de la eficacia —y esto vale para todos los preparados mencionados— es la penetración conceptual de los resultados de la investigación de la ciencia espiritual, así como la experiencia confirmadora que enseña la práctica.
El canon de los seis preparados para el abono, su acción conjunta en la formación de un nuevo centro — una visión de conjunto
La pregunta es inmediata: si la secuencia de los seis preparados para el abono, tal como Rudolf Steiner la expone en el Curso de agricultura, es casual o consecuente. Todo habla en favor de lo segundo, cuando se toman en consideración tanto las propiedades particulares de los materiales de partida para la preparación como la eficacia de los propios preparados en la edificación sucesiva del suelo-diafragma hacia una integridad vivificada, animada y espiritualizada entre las alturas cósmicas y las profundidades de la tierra.
La serie de las plantas de los preparados
Las seis plantas de los preparados se caracterizan porque entre el polo sulfúrico de la flor y el polo salino de la raíz imperan relaciones sustanciales cósmicas y terrestres específicas, siendo llamativo que las tres primeras plantas de los preparados —milenrama, manzanilla y ortiga— formen un grupo de tres, y del mismo modo formen tal grupo la corteza de roble, el diente de león y la valeriana (Figura 35).

hereinwirkt, Schwefel ist geradezu der Träger des Geistigen».[470] Por decirlo así, en el proceso vital de las plantas desmaterializa las sustancias terrestres de los álcalis (K, Na) y alcalinotérreos (Ca, Mg), así como el hierro en cuanto base de metal pesado. En la secuencia de la primera triplicidad, es la milenrama la que, con su peculiar fuerza de azufre, elabora el metal alcalino potasio. En ampliación de este proceso se suma en la manzanilla el metal alcalinotérreo calcio, y de nuevo es la ortiga la que, con su fuerza de azufre, junto al potasio y al calcio, transforma el hierro en radiaciones de hierro. Con estas últimas conduce hacia el centro oculto. El hierro es, en la naturaleza y hasta en el ser humano, el metal de la encarnación; consolida en la organización corporal
las fuerzas operantes de lo espiritual-entitativo. En el ser humano el hierro se concentra en la sangre, que en su circulación conecta el corazón con la periferia, con las funciones del cuerpo. En la corriente sanguínea que va hacia el corazón y que, «apaciguada» por este, retorna al cuerpo, vive la experiencia del alma espiritual del ser humano de hallarse encarnada en el cuerpo.
El corazón recapitula y unifica lo que la sangre ha recibido como impronta de los órganos corporales hasta la periferia del cuerpo. En el corazón encuentra la sangre que entra y sale una envoltura de actividad propia que, latiendo rítmicamente, mantiene la sangre viable. El otro polo son los riñones, que de otro modo, polar, devuelven a la sangre su aptitud para la vida. Forman un espacio en el que la sangre, como corriente arterial, sale del sistema vascular y, liberada de los procesos materiales terrestres, es examinada y refrescada por la actividad renal, y donde se crea un equilibrio armónico entre lo terrestre-material y lo cósmico-espiritual. Solo tras el «examen de corazón y riñones» permanece la sangre viable.
De otra manera se comportan las plantas superiores. Crecen de una manera cada vez más específica —tal como lo muestran precisamente las plantas de los preparados— desde el suelo fértil, el «centro» entre las alturas y las profundidades, hacia arriba. Este centro está aún solo germinalmente predispuesto; actúa en sus funciones respecto a la sílice, la cal, la arcilla y el humus todavía sin autonomía propia; necesita educación. Esto atañe sobre todo a las funciones de la arcilla, que en su rítmica estacional tienen una predisposición hacia una especie de función cardíaca, y a las del humus, que en su dinámica se aproxima más a la función renal. Las medidas para esta educación constituyen el verdadero arte de la agricultura.
Entre las diversas medidas que han sido caracterizadas, es el abonado desde el espíritu del ser humano el que abre la puerta hacia el futuro. Esta educación fertilizante se refiere a la vivificación de las sustancias terrestres de las profundidades. A su servicio está el primer grupo de tres —milenrama, manzanilla, ortiga—, que ayuda al centro, al diafragma, a alcanzar progresivamente grados de autonomía funcional. Estas tres plantas medicinales tienen el poder de transformar, en sus procesos vitales, las sustancias terrestres potasio y cal en nitrógeno, es decir, de dotarlas de la propiedad de convertirse en portadoras de fuerzas astrales.
Sobre el primer grupo de tres observa Gunter Gebhard: «El azufre, como el elemento que directamente desde el elemento Fuego ‹precipitó› en el elemento Tierra, es la sustancia que conduce lo espiritual a lo terrenal; dicho abreviadamente: el azufre es un ser que puede condensar materialmente el calor, es decir, allí donde
donde actúa este ser, aparece sustancialmente el azufre. Con ello, los primeros tres preparados son los que favorecen la encarnación de algo espiritual (la vida vegetal). En la milenrama es el potasio, que lleva íntegramente en sí lo fluido, el que establece en particular la relación con lo etérico (cuerpo etérico individual); el calcio con la manzanilla atrae lo astral hacia el interior del cuerpo físico penetrado por el cuerpo etérico (trae del cosmos lo que da forma a la planta); y con la ortiga finalmente el hierro, que guarda estrecha relación con la encarnación del Yo en el ser humano y aquí, impulsado por el azufre, conduce el arquetipo espiritual de la planta hacia la manifestación física y mantiene el ‹contacto› con la planta originaria en la esfera más allá del cosmos (el ‹penetrar con la razón›). Con los primeros tres preparados, el suelo se desarrolla de tal manera que se fomentan para la planta todos los cuatro miembros constitutivos relacionados con la manifestación física en lo terrestre».[471]
En el segundo grupo de tres —roble, diente de león, valeriana—, está más acentuado el lado cósmico, el lado ácido. El azufre ya no se nombra explícitamente aquí, aunque es precisamente uno de los formadores de ácido más potentes. Esta contradicción se resuelve cuando se considera que en el caso del primer grupo de tres, el azufre se menciona como el elemento que media lo espiritual a lo físico-viviente. En la forma del ácido sulfúrico ha caído de esta función y se ha vuelto terrestre. En el segundo grupo de tres se trata del efecto ácido que ha descendido hacia lo físico.
En el caso de la corteza de roble, el calcio como metal alcalinotérreo está en primer plano. Pero lo determinante para su función es la estructura en la que el calcio se encuentra en la corteza del roble en forma de oxalato de calcio. A través de los procesos vitales del roble, se forma como producto de un proceso de floración que se ha completado prematuramente y ha llegado a su fin en la corteza. El oxalato de calcio recibe su «estructura» (forma) en conjunto a través de la índole esencial del roble y en particular por la acción sulfúrica del ácido oxálico. A esto añade Gunter Gebhard: «El roble, como ser de Marte/Hierro, tiene su relación más profunda con el Yo, con la esfera detrás del cosmos, allí donde también los arquetipos espirituales se revelan al investigador espiritual. El calcio absorbe en sí todo lo astral; que la forma en lo físico sea posible en absoluto tiene su fundamento en lo astral; cómo se muestra la forma se funda en el Yo (en la idea), que actúa a través de lo astral. El oxalato de calcio del roble absorbe
lo macrocósmico en el microcosmos; y a través de la fuerza del hierro del roble establece la conexión con el arquetipo espiritual. Cuando micro- y macrocosmos están en armonía entre sí, el organismo está sano. El preparado de corteza de roble mantiene esta armonía entre esos polos y fomenta de este modo, de manera profiláctica, la salud de la planta a través del suelo.»[472]
En la corteza del roble/borke, por tanto, el calcio es captado, por así decir, desde arriba, desde el polo cósmico que se vive manifestándose en el proceso del ácido oxálico. En el diente de león este proceso se intensifica, al atraer hacia sí, mediante la flor desarrollada hasta la más alta perfección, la «sílice finamente dispersa en el cosmos» y ponerla en relación con el potasio vivificado en el jugo lechoso. De nuevo es la acción ácida a través de la cual las fuerzas del cosmos se imprimen desde arriba al diente de león y, a través de él, al suelo.
La valeriana domina, en el modo caracterizado, el proceso del fósforo.
Así, las polares índoles esenciales de las seis plantas de los preparados están destinadas, en su acción conjunta, a crear una síntesis que todo lo abarca: la formación de un preparado de la naciente y luminosa centro entre las alturas y las profundidades. En el fortalecimiento interior de este centro, el suelo, el órgano-diafragma, puede desarrollarse hacia una actividad propia cada vez mayor. En el lado básico, la triplicidad de milenrama, manzanilla y ortiga abre desde abajo las fuerzas de la sustancia al suelo-diafragma; en el lado ácido, la triplicidad de corteza de roble, diente de león y valeriana abre las fuerzas de la sustancia desde arriba. En este contexto, la valeriana ocupa una posición especial, en la medida en que, mediante la portación del fósforo, abre la esfera extracosmética del espíritu, el mundo de los arquetipos esenciales (figura 36, p. 462).
Gunter Gebhard añade a esto: «En su comportamiento químico, las bases (álcalis) son sustancias de carácter ‹luciférico›, mientras que los ácidos llevan en sí algo esencialmente ‹ahrimánico›. Del mismo modo, el azufre es una imagen de la esencia de Lucifer, y el fósforo refleja las fuerzas ahrimánicas. En el centro entre estos dos poderes polares adversarios se halla el Cristo como representante de la humanidad, quien, manteniendo el equilibrio entre estas potencias esenciales, señala a la humanidad los caminos hacia el futuro. En la ‹Individualidad agrícola› este centro está dispuesto como el diafragma-suelo. Queda desde ahora en manos del ser humano llevar a la evolución este germen vital del centro.»[473]
La serie de envolturas de órganos animales
También éstas se articulan consecuentemente en una primera triplicidad, vista desde el polo metabólico del animal hacia el corazón, y en una segunda triplicidad, desde el polo sensorial, el frente del animal, hacia la mitad. En este contexto, Rudolf Steiner caracteriza el obrar de los planetas en el animal en relación con el Sol (figura 36, p. 462). Parte enteramente de la contemplación intuitiva, de la «forma y configuración de color, también en relación con la estructura y la consistencia de su sustancia, de adelante hacia atrás, es decir, desde el hocico hacia el corazón, con los efectos de Saturno, Júpiter y Marte; en el corazón, el efecto del Sol, y detrás del corazón, hacia la cola, los efectos de Venus, Mercurio y la Luna».[474] El animal superior, pues, se articula en la horizontal del espinazo en la polaridad del obrar de los planetas suprasolares en el polo neurosensorial y de los infrasolares en el polo metabólico. Ambos están orientados desde direcciones contrarias hacia el corazón.
En lo que respecta al orden de los planetas infrasolares con Luna, Mercurio y Venus, Rudolf Steiner enlaza, desde su investigación espiritual, con la antigua sabiduría de los Misterios. Es también el caso en lo que atañe a la caracterización de sus esferas macrocósmicas de influencia en la orientación vertical de la «Individualidad agrícola». Aquí la secuencia va desde la Tierra hacia abajo, en las profundidades: Marte, Júpiter, Saturno, y hacia arriba, en las alturas: Luna, Mercurio, Venus, Sol.[475] Esta sabiduría primordial, cultivada en los Misterios, en conexión con residuos de una antigua clarividencia instintiva de los seres humanos, se extinguió en la cosmovisión de Ptolomeo. En ésta, así como en la hoy dominante, que se remonta a Copérnico, se refleja la evolución de la conciencia de la humanidad. En las épocas culturales posatlánticas de la cultura india primigenia y la persa primigenia vivía en los seres humanos, como residuo, una «conciencia celeste». Se ha extinguido y se ha convertido, con el despertar de la autoconciencia en el presente, en una conciencia terrestre fijada en los objetos. Los seres humanos de esas épocas tempranas vivenciaban las esferas planetarias aún plenas de las acciones de las jerarquías espirituales, que habían tomado los planetas como morada.
Con el desvanecimiento de esta vivencia —que continuó viva, de manera imaginativa, en las mitologías— surgió, al comienzo de la tercera época cultural en el tercer milenio, la astronomía de los sumerios, babilonios y egipcios. En el cuarto período cultural se emancipó aún más y desembocó en la cosmovisión ptolemaica

en la cosmovisión ptolemaica. En la era del alma consciente que se aproximaba, el cuadro del mundo se contrajo a lo que los sentidos externos perciben. Para Copérnico y sus sucesores se desvaneció la conciencia de una esfera planetaria plena de ser, y quedó la esfera redonda colmada de materia que se desplaza por el espacio en movimientos calculables.[476]
Cada uno de estos cuadros del mundo es, por así decir, un instante captado, una creación del ser humano acerca del modo en que a través de las épocas se ha relacionado con el mundo
está. Cada uno es en sí mismo y por sí mismo legítimo y correcto. El cuadro del mundo actual, fundado en Copérnico, considera únicamente el aspecto cuantitativo de lo corpóreo, no el de la esfera de acción plena de ser y cualidad. El cosmos aparece a la mirada de hoy falto de ser y de actos.[477]
Cabe señalar aquí el hecho de que la secuencia de las envolturas de órganos animales, desde la periferia de lo terrestre y desde la del cosmos más lejano, están orientadas hacia un centro (Figura 36).
Conectando con la cita anterior sobre el obrar planetario en el organismo animal, el obrar de los planetas infrasolares —Luna, Mercurio y Venus— se concentra en los órganos abdominales desde atrás hacia el corazón, y en particular en el sistema renal en su sentido más amplio. El riñón recibe las fuerzas irradiantes de Venus.[478] Estrechamente vinculado con estas fuerzas se halla el obrar de las fuerzas de Mercurio, y en el sistema renal-vesical, el de la Luna. La índole esencial de lo mercurial se expresa en las funciones fuertemente rítmicas de los órganos abdominales. En el riñón son los procesos de excreción e incorporación. Excreta mercurialmente del torrente sanguíneo arterial la orina primaria, la examina, la reequilibra en su composición sustancial y reincorpora como bien examinado y aprovechable lo armonizado a la sangre.[479] Este proceso de una suerte de respiración líquida se unilateraliza en la función de la vejiga hacia un puro acontecer de excreción de las sustancias que han dejado de ser aprovechables para el organismo. Aquí modifican las fuerzas lunares el obrar de Venus.
Distinta es la situación con el alimento ingerido; este es examinado en la digestión intestinal. Lo que no es aprovechable para el organismo es excretado en consistencia más sólida; también este acontecer orgánico puede considerarse expresión de un obrar lunar. Lo que en cambio es incorporado como jugos digestivos líquidos a la vía linfática y sanguínea,
se manifiesta en procesos en los que cabe suponer que el obrar de Venus es modificado por el de Mercurio. Lo que en los órganos abdominales del hombre y el animal se desarrolla como proceso Venus-renal, modificado por Mercurio y la Luna, eso se encuentra de nuevo en la eficacia del preparado de ortiga. Aquí, cabe decirlo, puede realizarse en lo orgánico de la ortiga, en la interacción de potasio, calcio, hidrógeno e irradiación de hierro, la transformación de sustancias abordada en el capítulo «Zur Frage der Stoffumwandlung» (p. 384 ss.): la astralizaci ón de la materialidad vivificada hacia la neoformación de un nitrógeno desde la vida de la planta.
Si se recorre la serie de los órganos envolventes que — con una excepción — se toman de animales domésticos para la preparación, al comienzo se halla la vejiga de ciervo (imagen 26, p. 363). En la vejiga se consuma el proceso renal, al concentrar ella lo examinado en el riñón y excretarlo hacia fuera. En la forma esférica de la vejiga el elemento líquido reproduce al mediador de las fuerzas lunares. En el proceso de preparación recibe lo solar de las flores de milenrama, en las cuales lo térreo de la sal de potasio se ha sublimado hacia lo viviente.
Más hacia el interior del abdomen sigue el intestino. Su tramo final, el intestino grueso, elabora microbiológicamente una parte de los restos alimenticios todavía presentes y excreta lo no aprovechable ulteriormente. También esto es un proceso que está bajo el influjo de la Luna. El comienzo del intestino lo forma el intestino delgado, un largo tubo dispuesto en asas con una superficie interior casi ilimitada. Aquí el obrar de Venus procura la criba de las sustancias nutritivas — hacia la excreción en dirección al intestino grueso, y hacia la incorporación de los jugos digestivos en la vía linfática y sanguínea. Es apoyado y modificado por el obrar de Mercurio. Este se manifiesta en los procesos de movimiento rítmicos de la peristalsis, de las vellosidades intestinales, hasta llegar a la dinámica de las secreciones glandulares y de las corrientes de sustancias que atraviesan las paredes intestinales. Las fuerzas de Mercurio se interponen como mediadoras entre el obrar de la Luna y de Venus. Se adaptan por un lado a las circunstancias cambiantes; por otro, el obrar de Mercurio traspasa fronteras que separan un interior de un exterior.
En el intestino delgado se introducen a presión las flores de manzanilla. Lo solar de ellas ha llevado el calcio y el potasio de lo térreo a un estado que — en prolongación de la eficacia refrescante y vivificante del preparado de milenrama — ayuda a un crecimiento sano. Esto ha de entenderse, seguramente, en el sentido de que la imagen primordial esencial de las plantas pueda expresarse sin falsear en su reproducción terrestre en cada fase del crecimiento.
El preparado de ortiga, el tercero en el conjunto, alcanza en su eficacia ya cerca del centro dominado por las fuerzas solares — es decir, de la función cardíaca oculta del suelo. La «acción interior» astral de la ortiga está de tal modo penetrada por la fuerza de la razón/el Yo, que puede prescindir de una envoltura de órgano animal. También ella es capaz de elaborar en sus procesos orgánicos los formadores de sal terrestres potasio y calcio, y además de transformar el hierro en una benéfica irradiación de hierro. Pareciera que en esto se expresa sin embargo una eficacia venérea. En conjunción con la milenrama y la manzanilla, procura que las sales terrestres potasio y calcio se transformen en estadios superiores de eficacia, y adicionalmente convoca el carácter marciano del hierro a una eficacia radiante. El obrar de Venus, entendido interiormente, crea en lo viviente espacios libres para nuevas posibilidades del devenir; renuncia. Se puede decir: no nutre, sino que posibilita la nutrición. En este sentido pueden entenderse las irradiaciones de hierro del preparado de ortiga. El obrar de la esfera de Venus no las produce él mismo, sino que posibilita que el preparado de ortiga actúe en el sentido de regular el equilibrio del hierro en el suelo-diafragma a una medida saludable, del mismo modo que tal medida se mantiene también en el sistema cardio-circulatorio.
La «trinidad alcalina» hace el suelo capacitado para lo terrestre ante las fuerzas solares; abre las fuerzas terrestres al crecimiento vegetal. Construye desde abajo el cuerpo físico del diafragma. Distinto es con la trinidad del preparado de corteza de roble, del diente de león y del preparado de valeriana. A través de ellos entra en vigencia el acontecer sustancial cósmico que se halla en relación con las esferas planetarias suprasolares.
La imagen fenoménica del roble, su poderosa contención en el crecimiento, la dureza de su madera, etc., lleva el sello del obrar de Marte. Crece lentamente, con tenacidad, así como también la órbita de Marte alrededor del Sol, con casi dos años (la órbita sidérea es de 687 días), requiere más tiempo que la de los planetas infrasolares Venus (225 días) y Mercurio (88 días). Del mismo modo el cráneo de animal doméstico es una poderosa expresión formal del obrar de Marte. La cavidad craneal está, empero, llena de una sustancia configurada por fuerzas lunares: el cerebro. En la preparación, en su lugar aparece el oxalato de calcio de la corteza, estructurado por las fuerzas marcianas del roble. Las mismas fuerzas que han formado el cráneo y que irradiaban a través de la naturaleza lunar del cerebro se imprimen ahora al calcio de la corteza de roble. Como preparado de corteza de roble actúa — a diferencia del preparado de manzanilla — preventivamente contra las infecciones provenientes del exterior.
A la envoltura de la corteza de roble con un cráneo de animal doméstico se anuncia la pregunta: ¿Puede existir, más allá de él, algún otro órgano envolvente a través del cual la preparación de las flores del diente de león pueda ser llevada más adelante? La cabeza no encuentra continuación en sus formas estrictamente delimitadas y en su organización sensorial orientada hacia fuera — con excepción, al menos en parte, de los portadores de cuernos ramificados, no de los portadores de cuernos sólidos. La cabeza se confronta con los sentidos ante el mundo. La continuación de la actividad neurosensorial debe buscarse en un estrato superior. Se encuentra, singularmente desarrollada, en los rumiantes: la organización sensorial de la vaca se vuelve desde la cabeza hacia atrás, más allá del corazón, y se prolonga en la actividad sensible-suprasensible del peritoneo de algún modo en un estrato superior (Figura 35, pág. 457). La vaca se vuelve con sus órganos sensoriales cefálicos de manera comparativamente sorda hacia el mundo exterior, pero con sus sentidos inferiores, en particular el sentido vital del peritoneo, de manera comparativamente luminosa hacia su mundo interior. A través de sus cuernos que se replegan hacia la cabeza prolonga su ser inteligente hacia el interior de la envoltura corporal. La actividad sensorial en la cabeza y la del cuerpo están en relación recíproca. Si la primera obra haciendo consciente lo sensible, la segunda obra fortaleciendo en lo suprasensible.
Así es el mesenterio quien, en el proceso digestivo del bovino, percibe las fuerzas que actúan desde el espíritu. Esta actividad sensorial del peritoneo, que en el bovino está dirigida hacia dentro sobre lo material, se dirige — con la envoltura de las flores del diente de león — hacia fuera, sobre el «sílice finamente distribuido» en la periferia cósmica. Hay que asumir que aquí se apela al estado etérico superior de la sílice. La envoltura de peritoneo atrae senso-activamente esta sustancia silícea y la une con el potasio del jugo lechoso sublimado en las flores. El acontecer sustancial en el diente de león desde abajo y en la envoltura de peritoneo desde arriba apuntan a una actividad jupiteriana de alcance universal. Así como todos los planetas son lugares de actuación de entidades espirituales jerárquicas,[480] en Júpiter son entidades de sabiduría. En Júpiter la sabiduría es sustancial.[481] Si uno se representa la imagen fenoménica y los procesos sustanciales del diente de león (cfr. pág. 406 y ss.), se hace perceptible en esta planta altamente desarrollada el pleno de sabiduría obrar jupiteriano desde la raíz, a través de la roseta de hojas, la flor y su
amarillo radiante hasta el blanco de la «flor del viento», se hace perceptible. A las plantas con flores se atribuyen los colores amarillo y blanco al obrar jupiteriano: «pues la fuerza de Júpiter, que apoya la fuerza solar cósmica, produce en las flores el color blanco y el amarillo».[482] La sabiduría jupiteriana que en el diente de león se proyecta hacia fuera, se vuelve — abarcada por el «cielo» interior del peritoneo — hacia dentro, hacia la pleno de sabiduría conformación y función de los órganos abdominales. El preparado de diente de león forma la síntesis de este obrar jupiteriano que en lo terrestre ha asumido forma y función. La potencia actuante de esta síntesis puede verse en aquello por lo cual «la planta se vuelve sensible a todo y todo lo atrae hacia sí».[483] Cabe decir, pues: el preparado de diente de león transmite al abono orgánico, a través del sílice cósmico, sustancia de sabiduría esencial de Júpiter, que en las plantas se vive manifestándose como fuerza sensitiva en devenir.
Si ahora se envuelven las flores del diente de león — fuertemente marcadas por el obrar jupiteriano — con las membranas del mesenterio del peritoneo, la receptividad para la «sílice finamente distribuida» en la periferia cósmica permanece en flujo. A través del preparado y los abonos orgánicos, el fruto de esta aptitud llega a las plantas; actúa, sin embargo, ahora en dirección inversa: hace a las plantas «sensibles» a las sustancias de la tierra que necesitan para crecer. Lo que ya se insinuó como efecto del preparado de corteza de roble aparece en el preparado de diente de león en un nivel superior. El nexo vital diafragma-suelo-planta queda, por así decir, animado anímicamente. Así como la eficacia de la primera triplicidad de los preparados abre las sustancias y fuerzas terrestres al polo radicular de la planta, así la segunda triplicidad abre las sustancias y fuerzas del cosmos extraterrestre al polo floral.
En el nivel más elevado, finalmente — cabe decirlo así —, el preparado de valeriana estimula, a través de los abonos orgánicos y del fósforo liberado en los procesos de descomposición, de tal manera que éste pueda volver a convertirse, en lo viviente, en portador físico de algo espiritual-entitativo en lo terrestre.
Por razones distintas a las de la ortiga, la valeriana no necesita envoltura de un órgano animal. Tiene la capacidad de purificar el fósforo desde el acontecer sustancial dinámico, ligado a la tierra, viviente en los rizomas radiculares, a través del tallo que se eleva verticalmente, hasta llevarlo en la flor a un estado de pura receptividad para revelaciones hacia
verter, que desde el mundo de los arquetipos espirituales encuentran en el fósforo, como fuerzas, su portador físico-etérico.
La valeriana es de tal índole que tiene una fuerte relación con la luz y el calor. Las composiciones de sustancias que se han formado en el transcurso del crecimiento de la planta bajo el obrar del sol y de los planetas infrasolares y suprasolares se disuelven al morir las plantas. En cada uno de los procesos de degradación se libera calor. En última instancia, todo lo que ha surgido del espíritu se transforma de vuelta en el elemento del calor, el origen de todo ser. Lo que había devenido desaparece físicamente; como logro espiritual, queda inscrito en el éter de calor, semejante a una memoria, en todo el sistema planetario viviente.[484] En esto se manifiesta el principio de Saturno; como una memoria cósmica, es el guardián del pasado, del gran nexo evolutivo entre el origen del devenir del ser humano y de la Tierra[485] y el ser del presente. Exteriormente esto se expresa en que la esfera de Saturno rodea y clausura el sistema solar por todos lados como una envoltura de calor. ¿No se ha creado acaso en la valeriana una imagen refleja del principio de Saturno? Dondequiera que se aplique el preparado de valeriana, crea una envoltura de calor saturnina que delimita un exterior frente a un interior.
Si se pulveriza el preparado de valeriana sobre un montón de estiércol o de compost, actúa para éste de manera igualmente envolvente que los mencionados órganos envolventes animales de los otros preparados. Cabe suponer que no sólo proporciona al acontecer de degradación una envoltura delimitante, sino también a las irradiaciones que emanan puntualmente de las demás sustancias preparadas introducidas en el montón, retenidas de este modo en su interior. La envoltura de calor generada por el preparado de valeriana está tejida de calor exterior (elemento calor) e interior (éter de calor). Puede concebirse como un órgano que recibe las irradiaciones del cosmos estelar y encuentra en el fósforo, que emerge de los procesos de degradación saturninos, una portación física receptiva.
Así como la ronda de los preparados se abre en consecuencia espiritual con el preparado de milenrama, así se clausura con el preparado de valeriana. Esta consideración puede despertar la comprensión de que el canon de los seis preparados biodinámicos, que están al servicio de una integridad en devenir, no necesita ampliación ni complemento. Este canon es
así compuesto que crea una consonancia armónica. La integridad es el centro entre las alturas y las profundidades; su devenir significa la «vivificación de lo térreo-sólido mismo». La consonancia «resuena» a través del trabajo guiado por el espíritu del ser humano, a través del querer incondicional.
La acción de integridad de los preparados biodinámicos
Cada uno de los seis preparados biodinámicos aporta un potencial de desarrollo a la configuración de un «séptimo», el de la zona media en devenir, del órgano-diafragma situado bajo la influencia del Sol. El suelo es lo que ante todo posibilita la existencia de toda vida sobre la Tierra. En él se unen las irradiaciones de los planetas y las estrellas, que están bajo la soberanía del Sol, con las fuerzas de las profundidades de la Tierra que irradian desde abajo. Este obrar recíproco de unos en otros es el resultado, devenido obra, de épocas terrestres pasadas. Continúa actuando en el pleno de sabiduría colaborar de los reinos de la naturaleza. Reconocer esta herencia de relaciones sin límite constituye el fundamento para la configuración de la granja en la agricultura biodinámica.
De este conocimiento se deriva el principio metodológico de traducir ahora, desde el espíritu del ser humano, la obra que se encuentra en un lugar determinado (la granja), según las leyes que prescribe la naturaleza devenida física y que son activas en el reino mineral, vegetal y animal, en un trabajo guiado por el espíritu. De ello surge, artificiosamente en lo pequeño, lo que la Tierra es en lo grande: un organismo cerrado en sí mismo. Este principio — repetir el pasado desde la fuerza del alma consciente del ser humano que despierta, en lo presente — es el primer paso. El segundo paso abre el portal hacia un camino de desarrollo en el futuro. Retoma, en repetición de lo pasado, el principio metodológico que se le había perdido en la agricultura quimicotécnica. Este segundo paso eleva la agricultura, fecundada por el ideario de la investigación espiritual, a un nivel superior. Sitúa al ser humano del presente ante una enorme exigencia: la del obrar libre y autodeterminado desde el fortalecimiento interior del alma consciente. A esta exigencia se ve enfrentado todo aquel que intenta cultivar un trato espiritualmente despierto con los preparados biodinámicos. En su preparación y aplicación, el fin — lo ya devenido — se convierte en comienzo de un devenir hacia el futuro. El fin son productos del reino mineral, vegetal y animal, además del obrar de los ritmos del año solar actualmente dados y, finalmente, de los estados de los cuatro elementos: tierra, agua, aire
y calor. Este fin evolutivo es puesto en nexos relacionales según ideas — por los conocimientos de la investigación espiritual — que no pueden encontrarse en la naturaleza devenida, que solo poco a poco, en su aplicación, van adquiriendo carácter de ley. Estas ideas inician una inversión de lo pasado hacia lo futuro. De ello surge la pregunta de en qué manera los fenómenos de esta inversión son en absoluto aprehensibles científico-naturalmente. Los conceptos que se tienen se refieren siempre solo a lo que puede medirse, contarse y pesarse, a lo pasado, no a lo que está deviniendo. Aquí se abre, en el conocimiento de la naturaleza, un abismo insondable entre lo inanimado, la cantidad, y las manifestaciones cualitativas de la naturaleza viva, animada y «espiritualizada».
Todo lo cualitativo se vive manifestándose en polaridades, así en las oposiciones de ser y apariencia, espíritu y materia, luz y oscuridad, etc. La síntesis de estas polaridades no puede encontrarse en la contemplación objetiva de las cosas, sino que se lleva a cabo en la contemplación intuitiva del pensar y el sentir, que señala al querer la dirección. La síntesis tiene lugar en el interior, en el conocimiento del espíritu del ser humano. ¡Esa es la gran exigencia! El modo de pensar meramente analítico, orientado solo hacia lo inanimado, esquiva esta exigencia. Le faltan los conceptos que dan al concepto de la cualidad un contenido objetivo y valorativo. Los conceptos valorativos incluyen el factor «tiempo»; ponen el pensar en movimiento, lo hacen figurativo y con ello vivenciable. Con ello se pisa un camino en el que la fuerza del pensar puede convertirse en mediadora entre lo dado de manera sensible y lo que ha sido investigado desde el espíritu, libre de sensorialidad. Solo esforzándose por dejar que ambos campos fenoménicos — el campo sensible y el campo espiritual-suprasensible — se iluminen recíprocamente en un pensar lleno de fuerzas, puede el juzgar valorativo obtener fuerza expresiva objetiva.
De esta observación preliminar se derivan posibilidades ilimitadas para una formación segura del juicio en la captación de lo entitativo, que se expresa en las cualidades. En cada caso individual, este juicio debe ser conquistado individualmente. Lo que se conquista como verdad individual se incorporará enseguida, en el intercambio y la corrección, como algo realmente eficaz a la cultura espiritual general de la humanidad.
El canon de los seis preparados biodinámicos, que se añaden a los materiales orgánicos frescos que surgen en la granja, actúa — apoyándose en múltiples experiencias y resultados experimentales — progresando en el tiempo; actúa promoviendo el desarrollo del nexo vital suelo-planta. Es posible caracterizar tres pasos evolutivos, que se interpenetran entre sí:
Los preparados para el abono se imprimen, cada uno según la índole específica de sus radiaciones, en su conjunto a las masas orgánicas en proceso de descomposición de los montones de compost y estiércol. Transmiten al proceso de degradación, que prolifera de manera más o menos desordenada, un principio organizador de orden superior. Este principio encauza los complejos procesos de degradación y construcción de la sustancia y ayuda al montón de compost o de estiércol a cerrarse como un organismo, desplegando una vida propia. La experiencia enseña que los procesos de descomposición transcurren de manera más armoniosa. Esto puede comprobarse sobre todo en la comparativamente rápida transformación de un olor acre en uno suave. Investigaciones experimentales comparativas confirman el asentamiento de los procesos fisiológicos y biológicos (por ejemplo temperatura, capacidad de sorción, población de lombrices de tierra) en un estado de equilibrio saludable.[486][487]
Los efectos de los preparados para el abono han pasado, una vez transcurrido el tiempo de maduración correspondiente de los montones, a integrarse en su totalidad dentro de estos. Los abonos preparados se han desplegado hasta alcanzar una omnipotencia de su eficacia en lo viviente, que supera su modo de acción meramente condicionado por la naturaleza. Con su aplicación al suelo, ordenan y estabilizan progresivamente la totalidad de todos los procesos del suelo hacia un nivel superior de fertilidad, en convergencia con los ritmos del año solar. Esto es llamativo y ha sido experimentalmente demostrado en numerosos parámetros, de manera más convincente en el mantenimiento de un nivel de humus comparativamente más elevado con una actividad microbiológica simultáneamente mayor, en un approfundimiento del perfil del suelo enriquecido con humus,[488][489][490] así como en la población de lombrices de tierra y de otros animales del suelo.
Del mismo modo que las acciones de fuerzas de los preparados biodinámicos confieren en su conjunto a los abonos orgánicos un grado de vivificación superior, no meramente natural, así también estos lo confieren al suelo, y a través del suelo a las plantas en crecimiento.
En última consecuencia, es tarea de los preparados para el abono el adecuar localmente las condiciones cósmico-terrestres del crecimiento y de la formación del fruto
(1) Übersetzung
individualizar hacia aquellas plantas que están siendo cultivadas en el curso del año. Su modo de acción tiende a aproximar el grado de vivificación del suelo a lo viviente de la planta. Ambos forman como síntesis el centro del obrar polar de las fuerzas de la tierra y del cosmos. La significación que todo lo supera de la fertilización del suelo alcanza aquí su plena validez. Ella determina, en desarrollo progresivo, cómo las plantas cultivadas se integran verticalmente y horizontalmente —con raíz, tallo, hoja, flor y fruto— en esta trinidad de las alturas y las profundidades y del centro en devenir. Las plantas son captadas por una fuerza de organización a través de la cual se abren a las condiciones de crecimiento de su entorno.
- El sedimento de todo esto se halla confirmado múltiplemente en las experiencias prácticas y en las investigaciones científicas:
- Die Wurzel erschließt sich ein tieferes Bodenvolumen, verzweigt sich feiner und gleichmäßiger.[491]
- Das Sprosswachstum durchläuft ausgeprägter die Stadien der Blattmetamorphose und damit der Verfeinerung des Substanzaufbaus.
- Die physiologischen Prozesse in der Bildung der Nahrungsfrüchte, ob im Wurzel-, Stängel-, Blatt-, Blüten- oder Samenbereich, sowie der Früchte der Obstgehölze kommen in der Reife zur Ruhe. Die Nahrungsfrüchte reifen voll aus und bleiben länger haltbar.
- Die Stoffkompositionen strukturieren und verfeinern sich von der Basis zur Blüte hin; dies vor allem im Bereich der Proteine, z.B. das Verhältnis von Reineiweiß zum Rohprotein, der ätherischen Öle, etc.
- Die Ertragsbildung strebt, Extreme ausgleichend, einem Ertragsoptimum zu.[492]
La planta tiende a formarse idealtípicamente de acuerdo con la disposición de su especie.
En este sentido, la fertilización con preparados está al servicio de un desarrollo progresivo de la tierra y del ser humano. Confiere a la labor agrícola y hortícola un sentido nuevo, un sentido más elevado. Su manejo conduce realmente a una nueva disposición interior de trabajo e investigación, a un nuevo artistismo. El impulso hacia esta fertilización no nace de una ocasión exterior ni mucho menos del cumplimiento de una norma, sino de un impulso que se ha convertido en un asunto del corazón. Cuanto más sea así, tanto más libre y por ende individualmente artística será la acción de su manejo. La significación de los preparados biodinámicos para la tierra y el ser humano solo puede abrirse por la vía del conocimiento del espíritu; este desafío le parecerá a más de uno demasiado exigente. Pero si uno se entrega a él sin prejuicios, pronto advierte que la fuente que convoca al obrar no ha de buscarse allí afuera en el mundo, sino puramente en uno mismo. Los resultados —las formas de ideas— de la investigación espiritual son ese manantial. Él derrama luz sobre lo que uno hace al principio aún a tientas en la oscuridad. La seguridad interior, sin embargo, crece poco a poco en el pensar y actuar alternados de estas ideas. Y en ello «no importa el éxito del momento, sino el trabajo incondicional».[493] «Pues ningún fracaso decide jamás acerca de la verdad de un impulso espiritual cuya acción ha sido penetrada e impulsada interiormente.»[494]
Die Praxis der Landbaukunst in drei Schritten
El tema de concebir la agricultura como un arte no vive en el presente. Y sin embargo, el arte estuvo desde la época del gran Zaratustra —inaugurador de la cultura persa primigenia y fundador del cultivo de la tierra en el quinto y sexto milenio a. C.— profundamente immanente al desarrollo de la agricultura. Solo en el curso de la era científico-materialista desde mediados del siglo XIX, y de su pupilo, el industrialismo agrario de los siglos XX y XXI, todo elemento que aún subsistía de disposición artística cayó víctima de la ratio científico-tecnológica. En la prehistoria temprana de las grandes civilizaciones antiguas urindias y persas, la religión, el arte y lo que más tarde se convertiría en ciencia
permanecían aún indiferenciados, ocultos en una experiencia atávica de antigua clarividencia de índole sordo-contemplativa. Estas grandes civilizaciones antiguas estaban, como se expuso al comienzo, bajo la guía del ser de los Misterios, en el cual las enseñanzas de sabiduría del pasado vivían con igual intensidad que un despertar del Yo para los impulsos futuros de carácter prometeico. De este sacramentalismo aún enteramente vuelto hacia el mundo espiritual, todo-abarcante, se desprendió el arte sacro, que en el curso de la evolución de la conciencia de la humanidad se emancipó gradualmente, en metamorfosis sucesivas a través de cada una de las culturas siguientes, hacia creaciones artísticas puras. El arte se fue estableciendo progresivamente como factor cultural autónomo junto a la religión. En estas épocas, hasta adentro de la Edad Moderna, la agricultura fue la base cultural de la que brotaban las creaciones artísticas. Esto valía de manera absoluta para los comienzos del arte sacro con la cría de los animales domésticos y las plantas cultivadas. Pasos ulteriores de emancipación son luego la construcción de las pirámides egipcias, que descienden desde el mundo espiritual y se invierten en lo terrestre, después el arte griego, que dio forma humana a lo divino, y ya en el período postcristiano el arte de la Edad Media, con las catedrales que se elevan desde abajo y la mirada interiorizada y devota del ser humano en la escultura y la pintura.
Un paso de emancipación de extraordinaria magnitud tuvo lugar desde la Edad Moderna en el desarrollo del alma consciente que aspira a la individuación, y como signo distintivo de esta, a través del surgimiento de las ciencias naturales. Estas se emancipan de la religión y del arte sacro aún cercano a ella. El Uno primordial, todo-único, se diferencia en la triplicidad de religión, arte y, por último, ciencia. El camino cognoscitivo científico tomó la delantera; arte y religión ya no tenían lugar en él. Se convirtieron en acompañamiento cultural. En la agricultura este proceso se desarrolló muy lentamente y al final de manera precipitada. Con ello se le agotaron las fuentes del obrar moral. Los conceptos que la ciencia introduce desde fuera en la agricultura en forma de tecnologías son conceptos de factibilidad; son abstractos, fríos, muertos, y las huellas que dejan son una tierra devastada, vaciada, entregada a la fealdad. Al desvanecerse las tradiciones, la gente «abonará los campos con ciencia».[495]
¿Pero qué sucedería si estos conceptos —en la medida en que no provienen de teorías, sino que reflejan simple y desprevenidamente hechos dados sensiblemente— pudieran ser calentados y cargados de peso, por el hecho de ser acogidos en el alma espiritual
del cognoscente para ser despertados a una vida propia? Esa sería la tarea de una nueva concepción científica acorde con la realidad, si esta ampliara el principio cuantificador arraigado hacia las fuentes del arte que residen en lo espiritual-anímico del ser humano. Estas fuentes no son otra cosa que lo que el espíritu, estimulado por lo percibido sensiblemente, habla al alma como idea. En el vivenciar de esta idea se revela algo moral, en el que experiencia espiritual y experiencia sensorial se funden en una unidad. Esta fuente primordial del obrar moral debe abrirse al ser humano que aspira a la libertad, es decir, a la formación del alma consciente.[496] El camino de unir ciencia y arte, desde la fuerza del Yo humano que aspira al autoconocimiento, en una totalidad superior, fue avanzado por Goethe en lucha de toda una vida. Rudolf Steiner lo ha hecho accesible a cada ser humano que quiera recorrerlo, como camino de formación interior del alma.[497]
En el vivenciar de la idea, el pensamiento de la cabeza se convierte en pensamiento del corazón; se vive en una imagen pensada que sigue creciendo y es una oferta a la voluntad de asirla en libertad y dejarla devenir acto hacia afuera. En esta voluntad de actuar, el espíritu que habita en la idea cobra vida como fuerza moral orientada a un fin. En esto habrá que buscar en el futuro la tarea de la ciencia: que el alma pensante tome conciencia de su meta espiritual. Christian Morgenstern lo expresa con las palabras: «quien no sabe del fin, no puede tener el camino».[498] El camino hacia esta meta es uno artístico. La meta se halla en el futuro. Habrá que desarrollar una ciencia que haga vidente hacia el futuro, que señale al ser humano las metas espirituales para un quehacer artístico creador. Si permanece fiel a estas metas a través de todas las resistencias, se desencadenan fuerzas morales mediante las cuales puede enfrentarse con visera abierta al poder entitativo inhibidor del desarrollo que es el mal, y dedicar todo su esfuerzo a los poderes entitativo-esenciales del bien, al progreso de la humanidad. El camino hacia la meta es el arte que se forma a partir de una ciencia rectamente comprendida, esto es, fiel al fenómeno. Si uno se limita en la ciencia a un pensar en conceptos abstractos y muertos, surgen tecnologías que poseen ciertamente su capacidad referida al presente, aunque circunscrita a lo meramente físico-sensorial.
Importancia. El arte, en cambio, necesita imágenes de ideas que llenen el alma de manera viva y puedan crecer en ella. Cuando se da forma exterior a estas imágenes de pensamientos vividos, surge la obra de arte, que se coloca junto a la naturaleza sin limitarse a reproducirla, sino que, en la aprehensión y la vivencia espiritual de la idea del arquetipo, del tipo o del ser, intenta recrearlo artísticamente en la imagen. Goethe buscó, a partir de los fenómenos que el reino vegetal ofrece a la vista, el fenómeno originario que subyace espiritualmente a todas las formaciones vegetales. Lo aprehendió en la idea de la «planta originaria» de manera tan concreta e imaginativa que pudo decir que «con este modelo [de la planta originaria; nota del autor] y su llave, se pueden inventar hasta el infinito plantas que han de ser consecuentes, es decir, que, aunque no existan, podrían existir y no son meras sombras y apariencias pictóricas o poéticas, sino que tienen una verdad y una necesidad internas. La misma ley podrá extenderse a todo lo viviente.»[499]
La llave para «inventar hasta el infinito» desde el espíritu del fenómeno originario y dar forma a lo así inventado como obra de arte puede encontrarse, siguiendo a Goethe, en las formas de ideas de la ciencia espiritual antroposófica. Estas formas de ideas son, vistas así, ellas mismas creaciones artísticas nacidas del conocimiento suprasensible. Tienen la peculiaridad de cobrar vida en el pensar, de convertirse en vivencia del alma en el sentir, y de transformar la materia mediante la voluntad. La obra de arte que de ello surge ya no se coloca meramente junto a la naturaleza, sino que estas ideas vivificadas tienen el poder de reconfigurar artísticamente la realidad de la naturaleza en el espejo del desarrollo anímico del ser humano. La voluntad inspirada de este modo se adentra en el interior de la naturaleza y comienza a devolver a la corriente aquella obra que se ha cuajado en calculabilidad. En la agricultura biodinámica esto sucede en tres etapas, partiendo de una manera aún más determinada por la naturaleza hacia una que surge puramente del espíritu.
1. Stufe: Das künstlerische Schaffen im Sinne der Wiedergeburt des Handwerklichen
Que nos representemos la actividad del escultor. Sus utensilios, los que necesita para dar forma en piedra a la imagen de la obra de arte que ha de crear, son la piedra, el cincel y el martillo. La idea conductora hacia la meta vive
en él. No de otro modo le sucede al agricultor, sea cual sea el objetivo hacia el que dirija en cada momento su actividad. Si persigue el objetivo de labrar el campo, necesita arado, cultivador y rastra para preparar el lecho de siembra; lo mismo ocurre en el cuidado de los cultivos con la rastra deshierbadora y la azada, y también en la cosecha, donde se trata de una recogida rápida, segura y respetuosa con el suelo. La imagen-idea que guía al agricultor en todas estas actividades vive en él, y el campo, las plantas, el tiempo atmosférico, etc., le dicen lo que hay que hacer, tal como la piedra le dice al escultor cómo y dónde debe aplicar el cincel y cuán enérgico debe ser el golpe. Pero como el agricultor trata con la naturaleza vivificada y animada, es decir, con seres esenciales que se dan a sí mismos su propia forma y se hacen obra de arte, ésta es para el agricultor, en el nivel del artesanado, la gran maestra. Lo que el agricultor necesita es una ciencia de las fuentes de las que su maestra extrae y crea, ya sea en el cultivo de la tierra y la horticultura, en la ganadería y la economía de praderas y pastizales, en la fruticultura y la silvicultura y en la configuración del paisaje. Ha de ser una ciencia de lo que está siempre en devenir y muriendo, que determine necesariamente el objetivo del agricultor. Y su arte consiste entonces en crear, desde la sabiduría vivida, la verdad sabida-sentida, a través de su trabajo artesanal, los contextos relacionales por los cuales, en toda su diversidad, las plantas cultivadas, los animales domésticos y los suelos de cultivo puedan desplegarse de manera ideal. El arte del artesanado se pone en la agricultura, en el más amplio sentido, al servicio de la naturaleza. Es una emulación de lo que la naturaleza, como la gran artista de su obra de la creación, nos da como modelo. Se trata de
- hacer que los procesos de trabajo, desde el vivir la idea, se iluminen interiormente de gozo y se encadenen fluidamente unos en otros;
- penetrar la granja hasta en su último rincón con plena conciencia;
- que en todo trabajo viva una atención sensible que reconozca lo desordenado, lo feo, lo fallido, lo defectuoso, y lo convierta en acicate para dirigir con tanto mayor vigor el sentido de la belleza y el amor a la acción hacia aquello que sirve a la realización de la meta espiritual;
- que todo y cada cosa estén en proporciones armónicas entre sí y el resplandor de la belleza refleje la disposición interior de los seres humanos que allí trabajan;
- no dejar que el crear artesanal-artístico degenere en mero trabajo de despacho.
Esto tiene que ser aprendido de nuevo desde los cimientos. En este sentido estamos completamente al principio. Se trata precisamente de eso: sin peros ni condiciones, con el fuego
del espíritu, forjar una espada de ideas, con ella labrar la tierra y esperar con paciencia los frutos de la transformación: los que maduran en mí, y aquellos que maduran en la tierra.[500] Esta disposición laboral solo puede adquirirse de nuevo, individualmente, a través de una formación espiritual-moral. Cada uno ha de aprender a ser modelo para el otro. Cuando esto comienza a darse, se crea el fundamento para la colaboración fructífera, para el arte social de la verdadera formación de comunidad.
2.ª etapa: La creación artística desde la totalidad hacia los miembros
En esta etapa, la naturaleza es solo de manera muy limitada la maestra. Lo que ella enseña son contextos relacionales entre las cosas y los seres de la naturaleza: por ejemplo, la coexistencia de flores e insectos, la relación entre la actividad de los gusanos de tierra y la fertilidad del suelo, la agrupación de animales y plantas en biotopos naturales, etc. En estos entramados de relaciones impera la razón, vive invisiblemente una totalidad superior que se despliega en el mundo sensorial en una suma de fenómenos individuales. Esta totalidad no aparece sensorialmente en ningún lugar de la naturaleza, sino solo en el ser humano, que porta en sí ese todo esencial como su Yo. El ser humano tiene la posibilidad de reconocerse, por la vía de una autoconocimiento progresivo, como ser espiritual, y con esta capacidad penetrar también, en un acto cognoscitivo, en lo inmanifiesto de la totalidad esencial que se revela en el reino animal, vegetal y mineral a través del sapiente tejido de relaciones.
Respecto al rico entramado de relaciones de una explotación agrícola sana, esta totalidad creadora, derivada del ser humano, fue designada como organismo, como cuerpo de la individualidad agrícola. La naturaleza pone a disposición de este organismo, como el «qué», toda la riqueza de su creación relacional; pero el «cómo» — cómo componer esta creación en la totalidad superior del organismo agrícola — no lo dice la naturaleza. Eso tiene que iluminar intuitivamente en el ser humano como idea viviente. La síntesis del «qué» y el «cómo» es un acto artístico. Se desarrolla, por un lado, en la vivencia interior de la relación personal que uno construye con las cosas y los seres del conjunto de la granja. Por otro lado, el acto artístico se encuentra en el modo en que — a partir de las ideas concebidas en el espíritu — la individualidad agrícola, o su cuerpo, el organismo agrícola, se articula en órganos y en nexos relacionales medidos y racionales.
La articulación en ganadería, pastos, campos de cultivo, huertos, frutales, bosques y setos — y sus múltiples subdivisiones — sirve, por un lado, a la utilidad del abastecimiento alimentario; por otro, ennoblece el paisaje cultural. Ella procura la estética del espacio vital humano. El ser humano configura la agricultura corporal y anímico-espiritualmente a su imagen. Puede reconocerse a sí mismo en la obra de arte que ha creado.
También con este segundo paso de la creación artística subsiste aún un abismo profundo entre idea y realidad. Todavía se tiende a apoyarse en el gran modelo de la naturaleza y a conformarse con el hecho de que uno trabaja simplemente de modo «próximo a la naturaleza» o «biológico». Eso es comparable a quien ya se cree artista copiando lo sensible-objetivo de la naturaleza. Ciertamente, la naturaleza ofrece la herramienta y da la orientación de cómo emplearla racionalmente según sus leyes; pero lo que la idea del organismo o la individualidad — derivada del ser humano — forma de ello mediante mano humana, es algo nuevo: es una obra de arte que supera y eleva lo dado por la naturaleza.
Esta obra de arte no está terminada, sino que se sigue formando en consonancia con el desarrollo de una auténtica comprensión del espíritu. Si en tiempos pasados esto fue acercado al ánimo de los seres humanos, por decirlo así desde fuera, como contenidos de fe por las instituciones religiosas, las iglesias y los conventos, ahora y en el futuro puede ser captado desde dentro, en el despertar de la realidad del espíritu, y encontrar expresión artística hacia fuera. Lo que antaño fueron la iglesia y el convento tiene que vivir en adelante como impulso espiritual portado por el Yo, ascendiendo en el alma. El arte del cultivo de la tierra — aprehendido desde el espíritu, que se conforma de nuevo — no se emancipa de la ciencia. Al contrario, crecerá con ella hacia una nueva unidad. El arte dará vida a las ciencias y por ello se volverá más consciente de su meta espiritual.
3. Etapa: La creación artística como un creador puro desde el espíritu
El rasgo esencial nuclear de la agricultura biodinámica — también y precisamente en lo que respecta a la práctica de un nuevo acceso artístico a las cosas y los seres de la naturaleza — solo se vuelve aprehensible a través de la ciencia espiritual antroposófica y en particular a través del Landwirtschaftlicher Kurs de Rudolf Steiner. Aquí la naturaleza y la ciencia son puestas enteramente al servicio del conocimiento del espíritu. Esto concierne ante todo a la cuestión del abono y a la elaboración y aplicación de los preparados biodinámicos.
Preparados. Estos deben su origen a un proceso artístico que se enciende en el vivenciar de las formas de ideas de la ciencia espiritual antroposófica. Lo singular y peculiar de este proceso es que aquí la ordenación de las sustancias que se encuentran en la naturaleza — y que, como expone Rudolf Steiner, están construidas «en el sentido en que el Cristo las ha ido ordenando sucesivamente»[501] —, queda ahora puesta inicialmente en manos del ser humano. Está puesto en su libertad ejecutar esta ordenación desde esa misma fuente espiritual. Si en un primer momento son solo indicaciones del investigador espiritual, sin embargo se es conducido de tal modo que en estos objetivos se llega a presentir cuán profundamente enraízan en fundamentos espirituales. El presentimiento de una meta espiritual que apunta hacia el futuro puede iluminarse hasta convertirse en certeza espiritual precisamente en el cumplimiento artístico. Para ello se requiere, sin embargo, que en cada paso singular dado en la elaboración y aplicación, la atención se dirija simultáneamente a los grandes contextos dentro de los cuales se cumple el acontecer de la preparación. El convivir con tales contextos en el aquí y ahora de las realidades terrestres otorga, por así decir, una envoltura a los sucesivos pasos de la preparación. Así, por ejemplo, cuando uno se recoge en la vaca, cuya significación en el contexto de los mundos crece hasta lo inconmensurable como donante de la mayoría de las envolturas orgánicas; o en las hierbas, cuyas flores son empleadas; o en las estaciones del año y en el lugar donde son enterradas o expuestas al obrar de los elementos; o finalmente en el obrar del Sol, los planetas y las estrellas, que desde todos lados abraza el acontecer. Todo el ámbito periférico apadrina cada paso singular de la preparación. El intento de sentir esto en el hacer despierta un nuevo arte, una nueva forma de creación artística que no solo se pone, como la escultura o el cuadro pintado, junto a la naturaleza — superándola desde el propio vivenciar de los arquetipos, aunque permaneciendo como apariencia —, sino una creación artística que se sumerge en la naturaleza y despierta en ella nuevos impulsos de devenir.
De manera artística surge en las preparaciones descritas una unión de sustancia y espíritu que señala un camino de desarrollo desde la naturaleza hacia una supranaturaleza, mientras que las pretendidamente fertilizantes sales minerales extraídas de la naturaleza inorgánica abren las puertas hacia la sub-naturaleza, hacia las fuerzas hostiles a la vida de lo sub-sensible.
La fertilización en la agricultura biodinámica apunta a abrir el obrar de la naturaleza a las fuerzas de una supranaturaleza. Se puede
concepto de aquélla, desde la óptica del cultivo de la tierra, pensarse en uno con la idea de la «individualidad agrícola». Así como ésta «cumple su esencia» cuando «es concebida» como tal,[502] así también se cumple la individualidad del ser humano, el Yo, de sustancia esencial en la medida en que, por la fuerza del Yo, espiritualiza sus miembros constitutivos —cuerpo físico, cuerpo etérico y cuerpo astral—, es decir, los libera de su vinculación a la naturaleza. El cumplimiento esencial del Yo conforma el camino de desarrollo del ser humano a través de las encarnaciones. Cuanto más avanza en la conciencia de su naturaleza espiritual el Yo que vive en el cuerpo, tanto más puede éste, desde la fuerza excedente de su ser, expandirse sobre la naturaleza extrahuman y, en la transformación de ésta, a través de una actividad orientada a metas, aprender a «concebir una explotación agrícola como una especie de individualidad». Esta captación significa verdaderamente una inauguración hacia el futuro: plantar el pensamiento del desarrollo, desde el ser humano que despierta a su humanidad superior, en el ser ya devenido de la naturaleza. Significa al mismo tiempo, desde la fuerza del Yo superior, renunciar a lo que quiere para sí el Yo ligado al cuerpo, el Yo egoísta. Con ello queda señalado el camino por el que el cristianismo puede volver a echar raíces de una nueva manera en el trabajo sobre la tierra. Esta visión de futuro funda la disposición interior desde la que el agricultor puede dar a la naturaleza, en amor, lo que ella no tiene — un don por el que el obrar de los seres de la naturaleza en un lugar puede individualizarse en un todo superior.
En este sentido se puede ver en los preparados y en los abonos orgánicos en los que éstos despliegan su eficacia, medios de educación y de evolución por los que una agricultura puede llenarse de ser y llegar a ser una verdadera individualidad. En ella se individualizan las fuerzas de las alturas y de las profundidades en la obra de arte de la Mitte, el suelo fértil.
Pero esa misma disposición interior de la que aquí se habla es también la que hace reconocer al ser humano la esencia y el significado de la colaboración con vistas a una formación comunitaria creadora y orientada al futuro. El organismo agrícola en devenir como cuerpo de la individualidad agrícola y el organismo social como cuerpo de una comunidad humana que se siente unida en la entidad del Cristo son las dos mitades de uno y
derselben Wirklichkeit. Esta unión es la que constituye la obra de arte total. La disposición para tal obra está presente, de manera germinal, en cada granja del mundo donde se trabaja desde esa disposición interior; es reconocible y vivenciable.
Dank
Lo que me ha movido desde las profundidades ocultas de mi destino tomó forma a través del encuentro con muchísimas personas. Todas ellas aportaron su grano de arena para que en mí se fuera configurando una imagen del mundo que, desde la comprensión de lo pasado, en metamorfosis de lo mismo, me señalara el camino hacia el futuro. A todas ellas sea dicho el agradecimiento. Más de uno entre ellos fue para mí jalón en el camino, animándome a atravesar con valentía el umbral del conocimiento de la ciencia espiritual antroposófica y a reconocer, en ese camino y en sus contornos, la sobreabundancia de tareas que el futuro plantea al ser humano terrestre. Poder asir, siquiera en sus comienzos, una tarea de futuro semejante, se lo debo a la obra de Rudolf Steiner, que todo lo abarca.
Mi agradecimiento corresponde además a todos aquellos que me ayudaron a dar mis pasos aún inseguros al comienzo hacia tales metas de futuro. En el ámbito agrícola fueron Joseph Blockhuys, Ernst Becker, Hans Jörg Graf von Bothmer, Wolfgang Schaumann; en el campo de las ciencias naturales, Herbert Koepf, Jochen Bockemühl y Georg Maier; y en el ámbito de la configuración social, Wilhelm Ernst Barkhoff, Rolf Kerler y Albert Fink. Amigo de toda la vida y consejero fue para mí Georg Glöckler, a quien debo muchas intuiciones sobre el ser humano y el mundo. Finalmente, mi agradecimiento a Gunter Gebhard por su revisión del manuscrito, tan llena de comprensión, y por sus propuestas complementarias. En el mismo sentido va mi agradecimiento a Hans-Christian Zehnter, que se ocupó de la edición con finísima sensibilidad. Un gran agradecimiento merece el equipo de colaboradoras del Dottenfelderhof, que se dedicaron con entrega al mecanografiado del texto, así como a los diseñadores gráficos Ivana Supan y Mathias Buess.
Un agradecimiento especialmente grande ha de expresarse a Lieselotte Klett, mi esposa, que durante décadas coparticipó en lo de que trata el libro, que siguió su gestación con mirada a la vez amorosa y crítica, y que me mantuvo libres los hombros en las horas de quietud dentro del siempre ajetreado acontecer de la granja.
Por último, un gran agradecimiento al Dr. Peter Schnell y a la Software AG Stiftung por el apoyo financiero sin el cual la publicación de este escrito no hubiera sido posible.

(1) Übersetzung
Lebenslauf Manfred Klett
Manfred Klett nació en 1933 en Tanganica, la actual Tanzania, al pie del Kilimanjaro. Sus años escolares transcurrieron, entre otros lugares, en la Schule Schloss Salem y, tras la Segunda Guerra Mundial, en la Escuela Waldorf de Stuttgart, con un año de intercambio estudiantil en Inglaterra. Un estudio en la Technische Hochschule de Stuttgart encontró un final prematuro a causa de un accidente. Durante una estancia de trabajo de un año en el noreste de Siria tomó la decisión de hacerse agricultor. Tras el aprendizaje siguió el estudio de la agricultura en la Universidad de Stuttgart-Hohenheim, con doctorado en Ciencias del Suelo. Otros cuatro años los dedicó a la investigación en el Instituto para la Economía Biológico-Dinámica, sobre el tema «Abonado y calidad alimentaria». 1968 marcó la fundación de la Betriebsgemeinschaft Dottenfelderhof (cinco familias) y, poco después, la de la Escuela de Agricultura del Dottenfelderhof. Tras veinte años de trabajo de construcción biológico-dinámico junto a su esposa y cinco hijos, asumió la dirección del «Departamento Agrícola de la Sección de Ciencias Naturales en el Goetheanum» en Dornach, Suiza. Tras catorce años de actividad y ocho años más como colaborador independiente en la entonces ya refundada «Sección de Agricultura», regresó al Dottenfelderhof y retomó su actividad docente en la Escuela de Agricultura allí existente. Además, desde hace 21 años acompaña el proyecto aldeano Juchowo en Polonia. Es el intento de crear en Europa del Este un semillero en el que la «formación de la Tierra» (Novalis) se presente como una tarea social y «la cuestión social» encuentre en la formación de la Tierra una respuesta.
A B C D E F G H I J K L M N O P Q R S T U V W X Y Z | 0-9 | Gesamtglossar A
A
- Ackerbau 45, 53, 65, 66, 107
- Ackerschachtelhalm (Equisetum) 253
- Ackerschachtelhalm (véase preparado de cola de caballo) 448
- Agrarindustrialismus 29, 30, 71, 79, 81, 82, 176, 190
- Lo etéreo-astral en la pila de compost 293, 296
- Lo etéreo-viviente en nivel elevado 116
- Lo etéreo-proliferante 284
- Pobreza etérica en la zona de las raíces del árbol 302
- Cuerpo etérico (organización vital) 41, 98, 100, 104, 235, 268
- Cal viva en la pila de compost (cal de obra) 283, 284
- Manzana 125
- Cuerpo astral (organización anímica) 44, 49, 99, 111, 268, 303
- Astralidad
- Atmósfera 22, 102, 276
- Atmósfera (periferia aérea) 102, 103, 118, 121
- Respiración
- Siembra / época de siembra 214, 230, 240, 241
- Excreción
- Excreciones (humanas) 323, 324
- Excreciones (animales) 133, 142, 145, 149, 157, 287, 303
- Aspersión de los preparados líquidos 356
A B C D E F G H I J K L M N O P Q R S T U V W X Y Z | 0-9 | Gesamtglossar B
B
- Bacterias
- Bacterias (intestinales y nodulares) 241, 296
- Flores de valeriana 434
- Preparado de valeriana 427
- Peritoneo (mesenterio) 154, 157
- Peritoneo (mesenterio del bovino) 157, 331, 415
- Agricultor
- Agricultor / campesinado 30, 71, 76, 86, 184
- Filosofía campesina 43, 169
- Reglas y su sabiduría 232
- Árbol, acumulador de astralidad 125, 302
- Árbol (árbol frutal) 58, 66, 301, 302
- Zona de la copa y zona de las raíces del árbol 302
- Comunidad de granja 162, 163, 165, 172, 173, 177, 181, 185
- Organismo agrícola 34, 35, 80, 81, 162, 175, 178, 181, 185
- Abejas (abeja melífera) 123, 124, 130, 131
- Métodos formadores de imágenes (cristalización con cloruro de cobre) 317, 318
- Preparados biodinámicos 289, 310, 325, 328, 334, 336, 344
- Calor de hoja y flor para la planta 224, 237
- Color de la flor – planetas 224
- Suelo
- Suelo / laboreo del suelo 45, 205, 207, 213, 219, 220, 227, 230, 233
- Fertilidad del suelo 29, 201, 203, 238, 242
- Ortiga (Urtica dioica) 253, 310
- Preparado de ortiga 379
A B C D E F G H I J K L M N O P Q R S T U V W X Y Z | 0-9 | Gesamtglossar C
C
A B C D E F G H I J K L M N O P Q R S T U V W X Y Z | 0-9 | Gesamtglossar D
D
- Proceso de amortiguación 284
- Humus estable 218, 221, 224, 238, 295, 296
- Plantas perennes 202
- Trimembración (del ser humano) 88, 89, 90, 92, 114
- Fragancia 224, 363
- Abono
- Abonado 259, 267, 273, 280, 286, 303, 323
- Cuestión del abonado 259, 271
- Pila de estiércol 307
- Estercolero 307
- Filtrado del líquido de los preparados 351 (en el proceso de agitación rítmica y aspersión)
E
A B C D E F G H I J K L M N O P Q R S T U V W X Y Z | 0-9 | Gesamtglossar E
E
- Edelwild 112
- Edelwildblase (Hirschblase) 332, 339
- Eiche, Eichenrinde 339, 389
- Eichenrindepräparat 389
- Eichbaum und Marsperiode 211, 224
- Eingraben der Präparate 347, 349
- Einjährige Pflanze 44
- Einsäuern (Silofütterung) 148
- Eisengehalt im Boden und Enteisenung 285
- Eisen, Strahlung der Brennnessel (erst in späteren Kapiteln im Buch ausgeführt)
- Eiweiß
- Elementarwesen 114, 116, 121, 125
- Elemente
- Elektrizität 264
- Elektrische Futterkonservierung (nicht erwähnt)
- Embryonalleben 44, 215
- Entitäten, Wirkung kleinster 326, 348
- Equisetum arvense (Ackerschachtelhalm) 253
- Tee 253
- Erdboden als Organ 95
- Erdpflanzengeruch und Baumgeruch (nicht erwähnt)
- Ernährung 36, 153
- Erzeugungsbedingungen (Industrie/Landwirtschaft) 30, 32, 38
- Esparsette
- Esel 137, 138, 139
A B C D E F G H I J K L M N O P Q R S T U V W X Y Z | 0-9 | Gesamtglossar F
F
- Fäkalienverwendung 323, 324
- Farben und Planeten 224
- Feldmaus 245, 246
- Feuer als Zerstörer der Fruchtbarkeit 245
- Frostgare 208
- Frostwirkung 208
- Fruchtfolge 235, 237, 238, 239, 241, 242, 250, 253, 254, 255, 257
- Früchte
- Fütterung der Tiere 148, 150, 151, 305
- Futterkräuter
- Eigenschaften 249
- Fütterungsmethoden 136, 148, 263, 299
A B C D E F G H I J K L M N O P Q R S T U V W X Y Z | 0-9 | Gesamtglossar G
G
- Gehirn (Kräfte und Stofflichkeit) 89, 90, 129
- Geflügel (Hausgeflügel) 131, 132, 133
- Geist und Stoff 268
- Geistesforschung 160, 329
- Gekröse vom Rind 154, 331, 415
- Geologische Grundlage des Bodens 205
- Gesteinsmehle 281, 282, 283, 284, 285
- Gestirnkonstellationen 207
- Geweihbildung und Hornbildung 113, 155
- Gründüngung 231, 298, 302
A B C D E F G H I J K L M N O P Q R S T U V W X Y Z | 0-9 | Gesamtglossar H
H
- Hackfrüchte 248, 254
- Halmfrüchte 247, 253
- Handarbeit und ihre Bedeutung 108, 109, 248
- Haustiere 126, 127, 128
- Hederichbekämpfung 247, 255
- Heilen der Pflanzennatur 250
- Heilmittel 341
- Heu, Bedeutung als Futter 67
- Hornbildung 155, 345
- Hornkieselpräparat 348, 350
- Hornmistpräparat 344, 350
- Hülsenfrüchte (Leguminosen) 241, 256
- Humus / Humusbildung 221, 223, 238, 287, 295
- Humus, Finsterniswirkung 225
- Humusbildung im Haushalt der Natur 223, 297
- Hund 140, 141
A B C D E F G H I J K L M N O P Q R S T U V W X Y Z | 0-9 | Gesamtglossar I
I
- Ich-Anlage (Rind) 156, 157
- Ich-Organisation 160
- Ichorganisationskraft
- Impfversuche bei Böden
- Individualität, landwirtschaftliche 88, 97, 101, 201, 271
- Industrie (Polarität zur Landwirtschaft) 27, 30
- Insekten 122, 123
- Insektenbekämpfung 250
- Insekten und Pflanze 123, 124
- Irdische Kräfte und Substanzen im Organismus 235, 236
- Irdische Wirksamkeit in der Pflanze 225
A B C D E F G H I J K L M N O P Q R S T U V W X Y Z | 0-9 | Gesamtglossar J
A B C D E F G H I J K L M N O P Q R S T U V W X Y Z | 0-9 | Gesamtglossar K
K
- Kalk als Begierdenhaftes 211
- Kalk als Heiler
- Kalkgehalt des Bodens 211, 283
- Kalk im Kompost 284
- Kalk-Typus
- Kambiumschicht im Baum 302
- Kamille (Chamomilla off.) 339, 360, 372
- Kamillenpräparat 372
- Kamilleprozeß im Organismus 341
- Kartoffel, Kartoffelgenuß 248, 254
- Katze 140, 141
- Kiesel (Quarz) 211, 348
- Kiesel im Boden 211
- Kieselsubstanz, Kieselsäure 209, 318
- Kieselzerkleinerung 349
- Klee 238, 241, 249, 256
- Knochensystem der Tiere 117
- Kochen der Nahrungsmittel
- Kohlenstoff als Träger natürlicher Gestaltungsprozesse 288
- Komposthaufen 287, 289, 290
- Kompostierung / Kompost 287, 299, 360
- Konservierung durch Elektrizität
- Konservierung durch Säuerung 148
- Kosmisch-qualitative Analyse 156
- Kosmische Einwirkung durch Regen gefördert
- Kosmisches im Kieseligen 211
- Kräfte, lebendige im Düngemittel 312, 313
- Kraftströmungen im Organischen 265
- Kristallisationskraft der Erde im Winter 207, 208, 231
- Kuh / Rind 146, 149
- Kuhhorn 155, 345
- Kieselpräparat 348
A B C D E F G H I J K L M N O P Q R S T U V W X Y Z | 0-9 | Gesamtglossar L
L
- Agricultura, individualidad 88, 94, 97, 101, 201, 202, 203, 271, 327
- Larva 122, 296, 302
- Fuerzas vivientes en el abono 312, 313
- Leguminosas 78, 239, 240, 241, 249, 256, 298
- Semilla de lino 97
- Ensayo de luz y sombra 313, 314, 315, 317, 320, 321
- Diente de león 331, 339, 342, 405
- Preparado de diente de león 405
- Aire 103, 118, 121, 206, 275
- Alfalfa 239, 240, 242, 249, 256
A B C D E F G H I J K L M N O P Q R S T U V W X Y Z | 0-9 | Gesamtglossar M
M
- Mars, Marsperiode 211, 224
- Maschinen in der Landwirtschaft 29, 31, 37, 77, 182, 183, 233
- Mastviehfütterung 134
- Meditation 68, 152, 173
- Menschliche Fäkalien 323, 324
- Menschlicher und tierischer Organismus 98, 99, 265 *
- Merkur, nahe Planeten 211
- Milchbildung 36, 158
- Milchviehfütterung 222, 256
- Minderwertigwerden der Produkte 226, 317
- Mineralische Düngemittel 77, 274, 281
- Mist (Stallmist) 145, 154, 157, 304, 305, 307
- Mist
- Mist, Zusatzpräparate 310, 360
- Möhre als Futter 97, 256
- Mond 211
- Mondphasen 108, 244, 253
- Mondwirkung, zu starke 252
- Mondwirkung in der Pflanze 252
- Mondwirkung im Tier 309
- Mondwirkung und Unkraut 244, 245
- Muskelsystem des Tieres 117, 266
- Mysterium von Golgatha 59, 60, 61
A B C D E F G H I J K L M N O P Q R S T U V W X Y Z | 0-9 | Gesamtglossar N
N
A B C D E F G H I J K L M N O P Q R S T U V W X Y Z | 0-9 | Gesamtglossar O
O
A B C D E F G H I J K L M N O P Q R S T U V W X Y Z | 0-9 | Gesamtglossar P
P
- Pansenverdauung 150, 151
- Parasiten 251, 252
- Persönliches Verhältnis zum Dünger 287, 303
- Pferd 137, 138, 139, 140
- Pfefferbereitung 244
- Pferdemist für Kuhhörner
- Pflanze, irdische und kosmische Wirksamkeit 225, 250, 262
- Pflanze, Reproduktions- und Nährkraft 230, 253, 299
- Pflanzenkost
- Pflanzenkrankheiten 250, 251, 253
- Pflanzennatur 286
- Pflanzzeiten und Planetenumlauf
- Pflaume
- Pflug / Pflügen 45, 64, 231, 232, 233
- Planeten 211, 224, 358
- Planetenwirkung und Farbe 224
- Planetenwirkung in Blatt und Blüte 224
- Planetenwirkung im Tier 143, 244, 309
- Planetenwirkung in der Wurzel 211, 212
- Planetarisches Leben im Zusammenhang mit dem Irdischen 211, 224, 358
A B C D E F G H I J K L M N O P Q R S T U V W X Y Z | 0-9 | Gesamtglossar Q
Q
A B C D E F G H I J K L M N O P Q R S T U V W X Y Z | 0-9 | Gesamtglossar R
R
- Raubbau in der Landwirtschaft 336
- Reblaus
- Regen als Förderer kosmischer Einwirkung
- Regenwurm 115, 116, 223, 296
- Regenwurm, Regenwürmer 115, 116, 117, 223, 224, 230
- Regulierung des Waldes *Reiz- und Nährwert der Stoffe im Boden
- Reproduktionskraft und Aussaatzeit 230, 253
- Rhythmus / rhythmische Mitte (Boden) 91, 92, 95, 203, 328
- Rohkost
- Rotlaufseuche
- Rührvorgang (Präparate) 351, 352, 353, 354, 355
- Rübennematode 255
- Rühren, Kuhhornmist 351
A B C D E F G H I J K L M N O P Q R S T U V W X Y Z | 0-9 | Gesamtglossar S
S
- Saatfrüchte und Leguminosen 256
- Salz in der Nahrung
- Salz zur Konservierung
- Samenbildung, Samenkraft 286, 287
- Saturn, Saturnperiode 224
- Saturnkräfte und Wärmezustand 224
- Sauerstoff als Lebensträger 109, 292
- Schädlingsbekämpfung 250, 251
- durch Konzentration
- vom moralischen Gesichtspunkt
- Schachtelhalmpräparat 448, 453, 454
- Schaf 143, 144, 145, 306
- Schafgarbe 361, 362, 364
- Schafgarbenpräparat 361
- Schwefel 361, 362
- Schwein (Hausschwein) 134, 135, 136
- Schwein und Fütterung 136
- Soziale Dreigliederung 73, 84, 85, 187, 188
- Sonnenblume 240
- Sonnenwirkung in der Pflanze 224, 225
- am Tier
- differenziert durch Tierkreis
- Sprühapparat 356
- Stalldünger 304, 305, 307
- Stallfütterung 148, 305
- Stapelmist 307
- Sternkunde und Sternwirkungen 207, 211
- Stickstoff 78, 79, 275
- Stickstoff / Stickstoffsalze 79, 275, 276, 278
- Stickstoffgehalt des Düngers 305, 309
- Stickstoff als physischer Träger der Astralität 279, 292, 297
- Stickstoffsammler 241
- Stoffwechsel, Substanzen und Kräfte 91, 265, 272
- Sträucher und Säugetiere
- Substanzverdichtung 261, 263
- Substanzverwandlung 294, 341
- Substanzverwandlung im Organismus 154, 294
A B C D E F G H I J K L M N O P Q R S T U V W X Y Z | 0-9 | Gesamtglossar T
T
A B C D E F G H I J K L M N O P Q R S T U V W X Y Z | 0-9 | Gesamtglossar U
U
- Über und unter der Erde in ihrer Wechselwirkung 93, 95
- Übersommerung (Präparate) 349
- Überwinterung (Präparate) 347
- Umwandlung von Elementen 263
- Ungezieferbekämpfung 135
- Unkraut 214, 242, 246
- Unkrautregulierung (mechanisch) 246
- Unkrautsamenveraschung (Pfefferbereitung) 222, 244
- Unterricht, landwirtschaftlicher 184
- Urtica dioica (Brennnessel) 253, 339
A B C D E F G H I J K L M N O P Q R S T U V W X Y Z | 0-9 | Gesamtglossar V
V
- Valeriana officinalis (valeriana) 339
- Alimentación vegetariana
- Venus 211
- Venus en Escorpio
- Digestión (bovinos) 150, 153
- Combustión en el organismo
- Condensación de la sustancia 261, 265
- Dilución (estiércol de cuerno) 351
- Herencia
- Vivificación de la tierra 280, 360
- Racionalización del abono 333
- Ensayos, sugerencias 313
- Parcelas de ensayo, tamaño
- Plantas de ensayo (trigo y esparceta) 314
- Afinidad entre el mundo de los insectos y la planta 123, 124
- Putrefacción (pimienta de insectos)
- Vitalidad en el suelo 314
- Aves (mundo de las aves) 118, 121
- Mundo de las aves 118, 121
- Cría de aves y cría de insectos
- Luna llena 244
- y lluvia
A B C D E F G H I J K L M N O P Q R S T U V W X Y Z | 0-9 | Gesamtglossar W
W
- Bosque 110
- Calor 103, 260
- y sílice
- Transformación del calor en el organismo (resfriado)
- Estado de calor y Saturno 224
- Agua 102, 208
- Hidrógeno y su obrar 275, 295
- Contenido de hidrógeno en el abono
- Achicoria silvestre 249
- Viticultura 53, 175
- Trigo (tendencia a la formación de la semilla) 314
- Rumia 150, 151
- Abonado de praderas con compost 299
- Cereales de invierno 207, 230
- Lombrices y larvas en el suelo 115, 116
- Raíz en el árbol 302
- Formas de la raíz como expresión de efectos cósmicos y terrestres 96, 314
- Alimento de la raíz 217
- Crecimiento de la raíz 216, 314
- Calor de la raíz para las plantas
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Contribuciones en vídeo
Celebración de la publicación del libro de Manfred Klett
En honor a Manfred, el 18 de julio de 2021, en el marco de una pequeña celebración, se reunieron algunos de sus compañeros de camino, que hoy pertenecen también a las personas más conocidas del movimiento biodinámico. Con alegría y alivio se celebró que Manfred Klett hubiera terminado y publicado su nuevo libro «Von der Agrartechnologie zur Landbaukunst» (De la tecnología agraria al arte del cultivo de la tierra).
Aquí se puede ver la celebración
Presentación del libro «Von der Agrartechnologie zur Landbaukunst» (De la tecnología agraria al arte del cultivo de la tierra) por el coeditor Ueli Hurter

Aquí vemos al director de la Sección de Agricultura del Goetheanum en Dornach, Ueli Hurter. Ueli fue también coeditor.
«Que aquello que se pone en manos de la joven generación pueda entregarse a un nivel al menos igual de bueno, si no más desarrollado, que el que uno mismo recibió de la generación anterior. Y que eso, expresado en términos económicos, tanto desde la perspectiva empresarial como desde la macroeconómica, es precisamente algo donde el autor señala que aquí, en el fondo, hay algo que en realidad toda la economía busca, a saber: una economía regenerativa.
Nos encontramos hoy en una situación global con nuestro planeta Tierra en la que necesitamos urgentemente, rápidamente y en muchos lugares enfoques y planteamientos hacia una economía que no solo consume, que no solo es una carga, que no solo deja un impacto negativo, sino que es regenerativa — y la agricultura, naturalmente, por su proximidad a los procesos vitales, pero entonces entendida como agricultura biodinámica. Si comprende esto, entonces puede convertirse realmente en un dador de impulso, en un inspirador para toda la economía.
Eso es lo que se elabora en este libro, y es un llamado a que las generaciones futuras lo desarrollen aún con mayor claridad, lo manejen y no se queden solo en contextos agrícolas, sino que lo introduzcan en el diálogo económico y social global.»
aquí se puede ver la transcripción de la presentación
Referencias
- ↑ Reproducción de las palabras de Rudolf Steiner en la colocación de la primera piedra del templo rosacruz de la Logia Malsch «Franz von Assisi», según el recuerdo de Hilde Stockmeyer; en: Rudolf Steiner: Bilder okkulter Siegel und Säulen, GA 284, Dornach 1993, S. 113.
- ↑ Siehe hierzu z.B.: Mathias Forster, Christopher Schümann: Das Gift und wir, Frankfurt a.M. 2020, 448 S.
- ↑ BSE: Abkürzung für «Bovine spongiforme Enzephalopathie», auch als «Rinderwahn» bekannte Tierseuche, die vor allem auf eine Fehlfütterung von Rindern mit tierischen Eiweißen zurückzuführen ist.
- ↑ «Estamos en una misión: estamos llamados a la formación de la Tierra», Novalis (1772–1801, poeta del Romanticismo alemán), Blüthenstaub, § 32.
- ↑ Rudolf Steiner: Geisteswissenschaftliche Grundlagen zum Gedeihen der Landwirtscht, GA 327, Dornach 1999.
- ↑ El castillo Koberwitz existe todavía hoy y desde 1997 es sede de la administración municipal polaca de Kobierzyce.
- ↑ Rudolf Steiner: Kunst und Kunsterkens, GA 271, Dornach 1985, siehe insbesondere die Vorträge vom 15. und 17. Februar sowie 5. und 6. Mai 1918.
- ↑ Ebd., Vortrag vom 28. Oktober 1909, S. 76.
- ↑ Das Verhältnis von Ideenerleben und Bodenfruchtbarkeit wird ausführlich im zweiten Teil des Buches behandelt.
- ↑ Max Weber: Wirtschaft und Gesellschaft, Tübingen 1980, S. 834 ff.
- ↑ Rudolf Steiner: Nationalökomischer Kurs, GA 340, Vortrag vom 25. Juli 1922, Dornach 2002, S. 33.
- ↑ Así se expresó Rudolf Steiner en el llamado primer Curso Universitario el 10 de octubre de 1920. Citado de Roman Boos: Landwirtschaft und Industrie, Darmstadt 1957, pág. 110/111.
- ↑ CSA, abreviatura de Community Supported Agriculture. Véase, entre otros: Trauger Groh, Steven Mc Fadden: Höfe der Zukunft, gemeinschaftsgetragene/solidarische Landwirtschaft (CSA), Darmstadt 2013, 276 págs.
- ↑ Rudolf Steiner acuñó para esta orientación del precio, en sus Kernpunkten der sozialen Frage, el siguiente pensamiento: El precio debe estar configurado de tal modo «que cada trabajador reciba por un producto tanto en contravalor como sea necesario para la satisfacción de todas sus necesidades y las de las personas que dependen de él, hasta que haya vuelto a producir un producto del mismo trabajo. Una relación de precios así no puede establecerse por decreto oficial, sino que ha de resultar del viviente trabajo conjunto de las asociaciones activas en el organismo social» (GA 23, Dornach 1976, S. 132)
- ↑ Rudolf Steiner: Die Geheimwissenschaft im Umriss, GA 13, Dornach 1989; Ders.: Aus der Akasha-Chronik, GA 11, Dornach 2018.
- ↑ Rudolf Steiner: Das Johannes-Evangelium, GA 103, Dornach 1995, Vortrag vom 30. Mai 1908.
- ↑ Rudolf Steiner: Die Geheimwissenschaft im Umriss, GA 13, Dornach 1989, S. 273 ff. – Una datación de las épocas culturales postatlánticas o posglaciales resulta tanto más posible cuanto más avanzan y adquieren contornos en los documentos históricos. Estos, sin embargo, no son más que la expresión exterior de la constitución de conciencia predominante en los seres humanos de su tiempo. El ser humano tiene su origen en el cosmos espiritual: desarrolla su conciencia en el encuentro con el mundo físico-sensible. En este mundo de tiempo y espacio, sin embargo, actúan fuerzas que provienen igualmente del cosmos espiritual y tienen sus fuentes específicas en las doce regiones del zodíaco. De estas doce regiones irradian, mediadas por el Sol, los impulsos que ayudan a la humanidad a alcanzar niveles siempre nuevos de toma de conciencia del ser humano y del mundo. Son estos impulsos los que, a través de la capacidad creadora de los seres humanos, imprimen su sello a una época cultural. El Sol necesita en su trayectoria eclíptica en movimiento retrógrado (precesión) 25 920 años para un recorrido completo por el zodíaco (año platónico). En 1/12 de este tiempo de revolución, es decir, en 2160 años, recibe las acciones de fuerzas de una región zodiacal. De esta medida de tiempo se desprende la duración de una época cultural (cf. Elisabeth Vreede: Astronomie und Anthroposophie, Dornach 1980, S. 100 ff.). Cada una de las doce regiones del zodíaco lleva un signo, una constelación, que tiene un nombre que se remonta a antiquísimas enseñanzas de sabiduría. Así, la antigua cultura india, la primera de la séptuple serie de culturas postatlánticas, se halla bajo el «signo de Cáncer», indicando que la era atlántica que llega a su fin (Neozoico) se involuciona y una nueva, la postatlántica (Cuaternario), se evoluciona. La siguiente cultura persa primigenia se halla bajo el signo de «Géminis», apuntando a la polaridad de luz y oscuridad, etc. En las numerosas consideraciones que Rudolf Steiner dedica a las épocas culturales en su obra escrita y en sus conferencias, caracteriza los niveles de conciencia que la humanidad conquista en el progresivo hacerse cargo de las condiciones terrestres. Las transiciones de una a otra de estas épocas son graduales. Se producen por el surgimiento y la declinación de los impulsos espirituales dominantes provenientes de las regiones zodiacales. Esto vale también para el cuarto período postatlántico. Para este, sin embargo, Rudolf Steiner ofrece al mismo tiempo una datación del inicio y el final, que tiene una referencia astronómica fijada al año en relación con la región zodiacal de Aries. El inicio de la época cultural grecorromana cae, según esto, en el año 747 a.C., y su final, tras el transcurso de 2160 años, en el año 1413 (Rudolf Steiner: Die tieferen Entwicklungsimpulse der Menschheit, 12. Juni 1917, Publikation in Vorbereitung). Sobre la base de estos datos numéricos referidos a un ritmo cósmico pueden calcularse las fechas de las grandes civilizaciones anteriores, así como las de las que siguen y que comenzaron en 1413 d.C. con la actual Era del alma consciente.
- ↑ Rudolf Steiner: Geistige Hierarchien und ihre Widerspiegelung in der physischen Welt, GA 110, Dornach 1991, S. 120.
- ↑ Rudolf Steiner: Geisteswissenschaftliche Grundlagen zum Gedeihen der Landwirtschaft, GA 327, Vortrag vom 10. Juni 1924, Dornach, 1999 S. 44: «dass der Erdboden eine Art Organ ist in dem Organismus, der sich im Naturwachstum überall zeigt, wo eben ein solches Naturwachstum ist.»
- ↑ Rudolf Steiner: Das Johannes-Evangelium, GA 103, Dornach 1995, Vortrag vom 29. Mai 1908.
- ↑ Rudolf Steiner: Das Matthäus-Evangelium,GA 123, Vortrag vom 1. September 1910, Dornach 1988, S. 27.
- ↑ Ebd., S. 28f.
- ↑ Walther Hinz: Zarathustra, Stuttgart 1961, 271 S.
- ↑ Markus Osterrieder, Peter Guttenhöfer:Die Durchlichtung der Welt: Altiranische Geschichte, Bildungswerk Beruf und Umwelt, Kassel 2008, 60 S.
- ↑ Karl Heyer:Von der Atlantis bis Rom, Beiträge zur Geschichte des Abendlandes, Band I, Stuttgart 1997, 254 S.
- ↑ Manfred Klett: «Die Entstehung der Kulturpflanzen und das Saatgut als das Kulturerbe der Menschheit» (El origen de las plantas cultivadas y la semilla como patrimonio cultural de la humanidad), in: Manfred Christ (Hrsg.): Bedrohte Saat, Basel 2010, 328 S.
- ↑ Rudolf Steiner: Theosophie, GA 9, Kap. IV. «Leib, Seele und Geist» (Cuerpo, alma y espíritu), Dornach 2003, S. 57 f.
- ↑ Rudolf Steiner: Okkulte Geschichte, GA 126, Vortrag vom 28. Dezember 1910, Dornach 1992.
- ↑ Rudolf Steiner: Die Geheimwissenschaft im Umriss, GA 13, Dornach 1989, S. 280f.
- ↑ Rudolf Steiner: Okkulte Geschichte, GA 126, Vortrag vom 28. Dezember 1910, Dornach 1975, S. 42.
- ↑ Emil Bock: Urgeschichte. Das Alte Testament und die Geistesgeschichte der Menschheit I, Stuttgart 1951, S. 151.
- ↑ Ebd., S. 160.
- ↑ Rudolf Steiner: Der Orient im Lichte des Okzidents, GA 113, Vortrag vom 28. August 1909, Dornach 1982.
- ↑ Rudolf Steiner:Das Johannes-Evangelium, GA 103, Vortrag vom 30. Mai 1908, Dornach 1995, S. 172f.
- ↑ Näheres siehe: Rudolf Steiner:Die Mission einzelner Volksseelen im Zusammenhange mit der germanisch-nordischen Mythologie, GA 121, Vortrag vom 15. Juni 1910, Dornach 2017.
- ↑ Frank Teichmann:Der Mensch und sein Tempel: Griechenland, Stuttgart 1980, S. 79. – Zum Organismus-Gedanken siehe auch: Renatus Derbidge (Hrsg):Rudolf Steiner: Organisches Denken, Basel 2020, 256 S.
- ↑ Eos (antiguo griego Ἠώς, Ēōs), diosa del amanecer en la mitología griega; corresponde a la Aurora en la mitología romana.
- ↑ Rudolf Steiner:Vor dem Tore der Theosophie, GA 95, Vortrag vom 1. September 1906, Dornach 1990, S. 107.
- ↑ Rudolf Steiner:Die Theosophie des Rosenkreuzers. GA 99, Vortrag vom 4. Juni 1907, Dornach 1985, S. 135.
- ↑ Vergil:Sämtliche Werke, Heimeran 1975.
- ↑ Rudolf Steiner: Das Johannes-Evangelium, GA 103, Vortrag vom 30. Mai 1908, Dornach 1995, S. 172f.
- ↑ Las dos figuras de Prometeo y Epimeteo representan en la mitología griega el pensar autónomo, activo y previsor (prometeico) y el pensar retrospectivo, más bien pasivo y receptivo (epimetéico).
- ↑ Will Richter (Hrsg.): Lucius Iunius Moderatus Columella: De res rustica, 5. Buch. 10. Kapitel: Über den Obstbau, S. 605–630, München und Zürich 1981.
- ↑ Rudolf Steiner: Aus der Akasha-Forschung. Das fünfte Evangelium, GA 148, Vortrag vom 5. Oktober 1913, Dornach 1992, S. 63.
- ↑ Rudolf Steiner: Die geistigen Wesenheiten in den Himmelskörpern und Naturreichen, GA 136, Vortrag vom 13. April 1912, Dornach 1996, S. 178f.
- ↑ Rudolf Steiner: Die Apokalypse des Johannes, GA 104, Vortrag vom 17. Juni 1908, Dornach 1985, S. 25.
- ↑ Ebd., S. 26. En Ex 3,13-15 el pasaje reza en la traducción unitaria como sigue: «Moisés dijo a Dios: ‹Si me presento ante los israelitas y les digo: 'El Dios de vuestros padres me ha enviado a vosotros', y ellos me preguntan: '¿Cuál es su nombre?', ¿qué les responderé?› Dios dijo a Moisés: ‹Yo soy el que soy›, y añadió: ‹Di a los israelitas: 'El-que-es me ha enviado a vosotros: el Señor. Él es el Dios de vuestros padres, el Dios de Abrahán, de Isaac y de Jacob.' Ese es mi nombre para siempre; con ese nombre me invocarán todas las generaciones venideras.»
- ↑ Rudolf Steiner: Die Apokalypse des Johannes, GA 104, Vortrag vom 17. Juni 1908, Dornach 1985, S. 31.
- ↑ Rudolf Steiner: Das Markus-Evangelium, GA 139, Vortrag vom 21. September 1912, Dornach 1985, S. 146.
- ↑ Rudolf Steiner: Von Jesus zu Christus, GA 131, Vortrag vom 8. Oktober 1911, Dornach 1988, S. 100.
- ↑ Rudolf Steiner: Das Johannes-Evangelium, GA 103, Vortrag vom 22. Mai 1908, Dornach 1995.
- ↑ Alfred W. Crosby: Die Früchte des weißen Mannes – Ökologischer Imperialismus 900–1900, Frankfurt, New York 1991, 280 S.
- ↑ Rudolf Steiner: Anthroposophie, soziale Dreigliederung und Redekunst, GA 339, Vortrag vom 12. Oktober 1921, Dornach 1984, S. 29.
- ↑ Rudolf Steiner: Die Kernpunkte der Sozialen Frage in den Lebensnotwendigkeiten der Gegenwart und Zukunft, GA 23, Dornach 1976.
- ↑ Walter Weber (Hrsg.): Johann Valentin Andreae: Die chymische Hochzeit des Christian Rosenkreuz Anno 1459, mit Beiträgen von Rudolf Steiner und Walter Weber, Basel 1987, 224 S.
- ↑ Walter Weber (Hrsg.): Johann Valentin Andreae: Die chymische Hochzeit des Christian Rosenkreuz Anno 1459, mit Beiträgen von Rudolf Steiner und Walter Weber, Basel 1987, 224 S.
- ↑ Aus: Wilhelm Abel: Geschichte der deutschen Landwirtschaft, Stuttgart 1967, S. 265.
- ↑ Ebd., S. 202.
- ↑ Ebd., S. 202.
- ↑ Vgl. Rudolf Steiner: Von Jesus zu Christus, GA 131, Vortrag vom 13. Oktober 1911, Dornach 1988, S. 194 ff.; sowie Emil Bock: Die Boten des Geistes, Stuttgart 1967, S. 55.
- ↑ Johann Valentin Andreae: Allgemeine und Generalreformation der ganzen weiten Welt – beneben der Fama Fraternitatis, des löblichen Ordens des Rosenkreuzes, an alle Gelehrte und Häupter Europa geschrieben, Kassel 1614.
- ↑ Johann Heinrich Jung-Stilling: Lebensgeschichte, München 1968.
- ↑ Edward John Russel, John August Voelker: Fifty years of field experiments at the Woburn Experimental Station, Rothamoted Monographs on Agricultural Science, London 1936.
- ↑ Ernst Klapp: Lehrbuch des Acker- und Pflanzenbaus. Berlin, Hamburg 1967, 611 S.
- ↑ Justus von Liebig: Die organische Chemie in ihrer Anwendung auf Agrikulturchemie und Physiologie, Braunschweig 1840.
- ↑ Asmus Petersen: Schultz-Lupitz und sein Vermächtnis, Stiftung Ökologischer Landbau (SÖL), Sonderausgabe Nr. 38, 2. Aufl. 1992, 66 S. Mit Vorworten von Gerhardt Preuschen und Wolfgang Schaumann.
- ↑ Heráclito (filósofo presocrático, hacia 520–460 a.C.), fragmento DK B 53: «La guerra es el padre de todas las cosas, el rey de todas las cosas. A unos los hace dioses, a otros hombres,
- ↑ Friedrich Aereboe: Allgemeine landwirtschaftliche Betriebslehre, Berlin 1920.
- ↑ Según información de la Gesellschaft für Agrargeschichte e.V. Ffm.
- ↑ Vgl. Thomas von Aquin: Summa Theologica, Questia 10, Proemium.
- ↑ Johann Wolfgang von Goethe: Goethes Werke, «Urworte Orphisch», Hamburger Ausgabe, Bd. 1, München 1978, S. 359.
- ↑ Rudolf Steiner: Die Kernpunkte der sozialen Frage in den Lebensnotwendigkeiten der Gegenwart und Zukunft, GA 23, Dornach 1976.
- ↑ Siehe hierzu insbesondere: Rudolf Steiner: Die großen Fragen der Zeit und die anthroposophische Geisterkenntnis, GA 336, Basel 2019; sowie ders.: Zu sozialen und wirtschaftlichen Fragen, GA 332b, Dornach, Basel 2020.
- ↑ Rudolf Steiner: Geisteswissenschaftliche Grundlagen zum Gedeihen der Landwirtschaft, GA 327, Dornach 1999.
- ↑ Rudolf Steiner: Geisteswissenschaftliche Grundlagen zum Gedeihen der Landwirtschaft, GA 327, Vortrag vom 12. Juni 1924, Dornach 1999, S.103.
- ↑ Ebd., Vortrag vom 10. Juni 1924, S. 42.
- ↑ Ebd., S. 43.
- ↑ Véase al respecto especialmente: Andreas Suchantke: Metamorphose: Kunstgriff der Evolution, Stuttgart 2002, 332 págs.
- ↑ Rudolf Steiner: Die Erkenntnis des Menschenwesens nach Leib, Seele und Geist. Über frühe Erdenzustände, GA 347, Vortrag vom 9. August 1922, Dornach 1995, S. 53.
- ↑ Ebd., S. 61.
- ↑ Rudolf Steiner: Geisteswissenschaftliche Grundlagen zum Gedeihen der Landwirtschaft, Dornach 1995, Vorträge vom 10. und 12. Juni 1924.
- ↑ Ebd., Vortrag vom 10. Juni 1924.
- ↑ Ebd.
- ↑ Die Vermutung ist, dass die Bildung vorzüglich ein Winter- und die Auflösung (Verwitterung) ein Sommerprozess ist.
- ↑ Rudolf Steiner: Geisteswissenschaftliche Grundlagen zum Gedeihen der Landwirtschaft, Dornach 1995, Vorträge vom 10. und 12. Juni 1924.
- ↑ Ebd.
- ↑ Siehe hierzu die Forschungen von Gerhard Jentzsch am Lehrstuhl für Angewandte Geophysik an der Universität Jena.
- ↑ Rudolf Steiner: Geisteswissenschaftliche Grundlagen zum Gedeihen der Landwirtschaft, Dornach 1995, Vorträge vom 10. und 12. Juni 1924.
- ↑ Zu diesem Ernährungs- und Fütterungskonzept siehe: Rudolf Steiner: Geisteswissenschaftliche Grundlagen zum Gedeihen der Landwirtschaft, GA 327, insbesondere Vortrag vom 16. Juni 1924.
- ↑ Rudolf Steiner: Geheimwissenschaft im Umriss, GA 13, Kap. «Die Wesensglieder des Menschen», Dornach 1989.
- ↑ Siehe z.B. Astronomia magna oder die ganze Philosophia saga der Großen und Kleinen Welt (1537/38): «Denn alle creata seind buchstaben und bücher, des menschen herkomen zu beschreiben.» (Pues todas las criaturas son letras y libros para describir el origen del hombre.) – Aus: Theophrast von Hohenheim gen. Paracelsus, Sämtliche Werke, 1. Abteilung, hrsg. von Karl Sudhoff, München-Berlin 1929, Bd. XII, S. 32.
- ↑ Johann Wolfgang von Goethe: Maximen und Reflexionen, Hamburger Ausgabe, Bd. 12, München 1987.
- ↑ Lothar Vogel: Der dreigliedrige Mensch, Dornach 1979, S. 147.
- ↑ Rudolf Steiner, Ita Wegman: Grundlegendes für eine Erweiterung der Heilkunst, GA 27, Dornach 1991, S. 35.
- ↑ Vgl. hierzu Rudolf Steiner: Geisteswissenschaftliche Grundlagen zum Gedeihen der Landwirtschaft, Dornach 1999, GA 327, insbesondere die Vorträge vom 7., 10. und 14. Juni 1924.
- ↑ Rudolf Steiner: Geisteswissenschaftliche Grundlagen zum Gedeihen der Landwirtschaft, Vortrag vom 11. Juni 1924, GA 327, Dornach 1999, S. 68f.
- ↑ Leonard Jentgens: Vom Altersklassen-Einheitsforst zum naturgemäßen Dauerwald, Borchen 2015, 60 S.
- ↑ Walther Cloos: Werdende Natur, Dornach 1966, 141 S.
- ↑ Rudolf Steiner: Die Geheimwissenschaft im Umriss, GA 13, Dornach 1989.
- ↑ Rudolf Steiner: Anthroposophische Leitsätze, GA 26, Dornach 2020, darin der Brief «Der Mensch in seiner makrokosmischen Wesenheit» (El ser humano en su ser macrocósmico).
- ↑ Rudolf Steiner: Geisteswissenschaftliche Grundlagen zum Gedeihen der Landwirtschaft, GA 327, Vortrag vom 12. Juni 1924, Dornach 1999, S. 97.
- ↑ Ebd., Vortrag vom 14. Juni 1924, S. 193.
- ↑ Ebd., Vortrag vom 15. Juni 1924.
- ↑ Rudolf Steiner: Die Welt der Elementarwesen, ausgewählte Texte herausgegeben von Almut Bockemühl, Dornach 2005.
- ↑ Rudolf Steiner: Der Mensch als Zusammenklang des schaffenden, bildenden und gestaltenden Weltenwortes, GA 230, Dornach 1993, Vorträge vom 2., 3. und 4. November 1923.
- ↑ N. del T.: *Vereinseitigung*: reducción a lo unilateral; especialización unilateral que sacrifica la totalidad.
- ↑ N. del T.: *Gnome*: gnomos.
- ↑ Ibíd., conferencias del 2, 3 y 4 de noviembre de 1923.
- ↑ Rudolf Steiner: Ebd.
- ↑ Rudolf Steiner: Die Apokalypse des Johannes, GA 104, Dornach 1985.
- ↑ Rudolf Steiner: Der Mensch als Zusammenklang des schaffenden, bildenden und gestaltenden Weltenwortes, GA 230, Dornach 1993, Vortrag vom 19. Oktober 1923.
- ↑ Rudolf Steiner: Der Mensch als Zusammenklang des schaffenden, bildenden und gestaltenden Weltenwortes, GA 230, Dornach 1993, Vortrag vom 27. Oktober 1923.
- ↑ Siehe z.B.: Einhard Bezzel und Roland Prinzinger: Ornithologie, Stuttgart 1990, S. 269.
- ↑ Ernst-Michael Kranich: Wesensbilder der Tiere. Einführung in goetheanistische Zoologie, Stuttgart 2004, 386 S. – Siehe auch die Aussagen Rudolf Steiners in: Die Welt der Vögel, herausgegeben und kommentiert von Hans-Christian Zehnter, Basel 2015, 288 S. sowie in: Die Welt der Tiere. Herausgegeben und kommentiert von Hans-Christian Zehnter, Basel 2007, 182 S.
- ↑ Rudolf Steiner: Der Mensch als Zusammenklang des schaffenden, bildenden und gestaltenden Weltenwortes, GA 230, Dornach 1993, Vortrag vom 19. Oktober 1923.
- ↑ Ebd., Vortrag vom 3. November 1923.
- ↑ Wolfgang Schad (Hrsg.): Goetheanistische Naturwissenschaft, Band 3: Zoologie, Stuttgart 1983, Seite 31. Siehe auch ders.: Säugetiere und Mensch, Stuttgart 2012, 1255 S.
- ↑ Véase Rudolf Steiner: Der Mensch als Zusammenklang des schaffenden, bildenden und gestaltenden Weltenwortes, Vortrag vom 26. Oktober 1923, GA 230, Dornach 1993, S. 73. Véase también: Hans-Christian Zehnter (Hrsg.) Warum singen Vögel?, Zürich 2018, 240 S.
- ↑ Hans Steiner: «Die Lebensgemeinschaft des Apfelbaums» (La comunidad vital del manzano), Der Obstbau Nr. 3–5, 1958.
- ↑ Rudolf Steiner: Geisteswissenschaftliche Grundlagen zum Gedeihen der Landwirtschaft, GA 327, Dornach 1999, S. 183/84.
- ↑ Norbert Bennecke: Der Mensch und seine Haustiere , Stuttgart 2000, 470 S.
- ↑ Rudolf Steiner: Der Mensch als Zusammenklang des schaffenden, bildenden und gestaltenden Weltenwortes, GA 230, Dornach 1993, Vortrag vom 3. November 1923.
- ↑ Rudolf Steiner: Natur- und Geistwesen – ihr Wirken in unserer sichtbaren Welt, Vortrag vom 2. Februar 1908, vormittags, GA 98, Dornach 1996.
- ↑ Rudolf Steiner: Das Hereinwirken geistiger Wesenheiten in den Menschen, GA 102, Dornach 2001, Vorträge vom 16. Mai 1908, 1. Juni 1908, 4. Juni 1908.
- ↑ Christian Morgenstern: Wer vom Ziel nichts weiß, Aphorismen, Piper, München 1964, S. 89.
- ↑ Rudolf Steiner: Mensch und Welt. Das Wirken des Geistes in der Natur. Über das Wesen der Bienen, Dornach 1999, Vortrag vom 28. November 1923. – Siehe auch: Rudolf Steiner: Die Welt der Bienen, herausgegeben und kommentiert von Martin Dettli.
- ↑ Rudolf Steiner: Mensch und Welt. Das Wirken des Geistes in der Natur. Über das Wesen der Bienen, Dornach 1999, Vortrag vom 28. November 1923.
- ↑ Beate und Leopold Peitz: Hühnerhalten, Stuttgart 1995, 187 S.
- ↑ Ebd.
- ↑ Vgl. hierzu: Rudolf Steiner: Geisteswissenschaftliche Grundlagen zum Gedeihen der Landwirtschaft, GA 327, Vortrag vom 15. Juni 1924.
- ↑ Peter Steffen, Karl Schardax, Gernot Kürzel: Schweineglück, Bibel der Schweine, Graz 2008, 392 S.
- ↑ Ebd.
- ↑ Norbert Benecke: Der Mensch und seine Haustiere, Stuttgart 1994, 470 S.
- ↑ Rudolf Steiner: Geisteswissenschaftliche Grundlagen zum Gedeihen der Landwirtschaft, GA 327, Vortrag vom 10. Juni 1924, Dornach 1999, S. 59.
- ↑ Norbert Benecke: Der Mensch und seine Haustiere, Stuttgart 1994, 470 S.
- ↑ Íbid., p. 226.
- ↑ Íbid., p. 348.
- ↑ Bernhard Grzimek: Grzimeks Tierleben, Enzyklopädie des Tierreichs, Band 13, Säugetiere 4, München 1971, S. 470.
- ↑ Norbert Benecke: Der Mensch und seine Haustiere, Stuttgart 1994, S. 247.
- ↑ Norbert Benecke: Der Mensch und seine Haustiere, Stuttgart 1994, 470 S.
- ↑ Bernhard Grzimek: Grzimeks Tierleben, Enzyklopädie des Tierreichs, Band 13, Säugetiere 4, Augsburg 2000, S. 375.
- ↑ Ebd., S. 377.
- ↑ Véase p.ej.: Rudolf Steiner: Natur- und Geistwesen – ihr Wirken in unserer sichtbaren Welt, GA 98, Vortrag vom 7. Juni 1908, Dornach 1996, S. 96–97.
- ↑ Véase p.ej.: Rudolf Steiner: Natur- und Geistwesen – ihr Wirken in unserer sichtbaren Welt, GA 98, Vortrag vom 7. Juni 1908, Dornach 1996, S. 96–97.
- ↑ Anita Idel: Die Kuh ist kein Klimakiller, Marburg 2012, 210 S.
- ↑ Rudolf Steiner: Geisteswissenschaftliche Grundlagen zum Gedeihen der Landwirtschaft, GA 327, Vortrag vom 10. Juni 1924, Dornach 1999, Seite 59.
- ↑ Siehe z.B.: Rudolf Steiner: Die geistigen Wesenheiten in den Himmelskörpern und Naturreichen, GA 136, Vortrag vom 6. April 1912.
- ↑ Klaus Löffler, Gotthold Gäbel, Helga Pfannkuche: Anatomie und Physiologie der Haustiere, Stuttgart 2018, 375 S.
- ↑ Rolf Krahmer, Lothar Schröder: Anatomie der Haustiere, Leipzig 1985, S. 201ff.
- ↑ Rudolf Steiner: Geisteswissenschaftliche Grundlagen zum Gedeihen der Landwirtschaft, GA 327, Vortrag vom 12. Juni 1924, Dornach 1999, S. 96 ff.
- ↑ Rudolf Steiner: Die Stufen der höheren Erkenntnis, GA 12, Dornach 1993.
- ↑ Rudolf Steiner: Geisteswissenschaftliche Grundlagen zum Gedeihen der Landwirtschaft, GA 327, Vortrag vom 16. Juni 1924, Dornach 1999, S. 201.
- ↑ Ebd., Vortrag vom 12. Juni 1924, S. 98.
- ↑ Ebd., S. 99.
- ↑ Johann Wolfgang von Goethe: Italienische Reise, Hamburger Ausgabe, Bd. 11, München 1978, S. 269; Ausspruch von Bauern auf Sizilien, 19. April 1787.
- ↑ Novalis (Friedrich von Hardenberg): Fragmente 1, Bd. 1, Heidelberg 1957, S. 35.
- ↑ Rudolf Steiner: Geisteswissenschaftliche Grundlagen zum Gedeihen der Landwirtschaft, GA 327, Dornach 1979.
- ↑ Novalis (Friedrich von Hardenberg): Fragmente 1, Bd. 1, Heidelberg 1957, S. 35.
- ↑ Rudolf Steiner: Geisteswissenschaftliche Grundlagen zum Gedeihen der Landwirtschaft, GA 327, Dornach 1979.
- ↑ Rudolf Steiner: Wie erlangt man Erkenntnisse der höheren Welten?, GA 10, Dornach 1992.
- ↑ Siehe Rudolf Steiner: Soziale Ideen, soziale Wirklichkeit, soziale Praxis, GA 337a, Studienabend vom 16. Juni 1920, Dornach 1999, S. 220f.
- ↑ Trauger Groh, Steven Mc Fadden: Farms of Tomorrow Revisited, Community Supported Farms – Farm Supported Communities, Kimberton 1997, 312 S.
- ↑ Tom Petherick: Biodynamics in Practice, Life on a Community owned Farm, Sophia Books, The Square, Forest Row 2010, 128 S.
- ↑ Siehe z.B. Rudolf Steiner: Wahrspruchworte, GA 40, Dornach 1998.
- ↑ Die Bedürfnisse leben aus den Tiefen des Unbewussten des Leibes und aus den lichtvolleren Untergründen des seelisch-geistigen Erlebens auf. Sie wurzeln im Willen, in welchem der geistige Urgrund des Menschen, das Ich lebt. Im leiblichen Bedürfnis, z.B. Hunger und Durst, regt sich der Impuls, ein Ungleichgewicht in den leiblichen Organtätigkeiten auszugleichen. Das seelisch-geistige Bedürfnis strebt danach, sich aus der Bindung an die leiblichen Vorgänge zu lösen und sich frei in den Dienst ethisch-moralischer Ideale zu stellen. So ist seinem Inhalt nach das Bedürfnis ein Geistiges, sind die Mittel zu seiner Befriedigung eine Aufgabe des Wirtschaftens.
- ↑ Véase al respecto, por ejemplo: Rudolf Isler, Ueli Hurter: Assoziatives Wirtschaften. Was verstand Rudolf Steiner unter einer wirtschaftlichen Assoziation?, Dornach 2019, 96 S.; así como: Stefan Leber (Hrsg.): Die wirtschaftlichen Assoziationen, Beiträge zur Brüderlichkeit im Wirtschaftsleben, Band 2, Stuttgart 1987, 352 S.
- ↑ Betriebsgemeinschaft Dottenfelderhof, Bad Vilbel, Deutschland.
- ↑ Sobre este término véase Rudolf Steiner: Die Weihnachtstagung zur Begründung der Allgemeinen Anthroposophischen Gesellschaft 1923/24, GA 260, Dornach 1994, Nr. 11 der Statuten, S. 53.
- ↑ Rudolf Steiner: Anthroposophische Gemeinschaftsbildung, GA 257, Vortrag vom 27. Februar 1923, Dornach 1989, S. 116.
- ↑ Rudolf Steiner: Ebd. – Siehe auch: Stefan Leber (Hrsg.): Das soziale Hauptgesetz, Beiträge zum Verhältnis von Arbeit und Einkommen, Stuttgart 1986, 280 S.
- ↑ Joh 8,32.
- ↑ Siehe hierzu u.a.: Rudolf Steiner: Die Kernpunkte der sozialen Frage, GA 23, Dornach 1976; sowie ders.: Zu sozialen und wirtschaftlichen Fragen der Gegenwart, GA 332b, Dornach 2020.
- ↑ Jochen Bockemühl: «Elemente und Äther – Betrachtungsweisen der Welt» (Elementos y éter – modos de contemplación del mundo), in: Ders. (Hrsg.): Erscheinungsformen des Ätherischen. Wege zum Erfahren des Lebendigen in Natur und Mensch, Stuttgart 1985, S. 11–56.
- ↑ Jochen Bockemühl: Ebd.
- ↑ J.W. Goethe: Faust, Zweiter Teil, Vers 6922, Hamburger Ausgabe, Bd. 3, München 1976.
- ↑ Jochen Bockemühl: Ebd.
- ↑ Véase, por ejemplo, Rudolf Steiner: Die Geheimwissenschaft im Umriss, GA 13, Dornach 1989.
- ↑ Véase, por ejemplo, Rudolf Steiner: Wie erlangt man Erkenntnisse der höheren Welten?, GA 10, Dornach 1992.
- ↑ Rudolf Steiner: Geisteswissenschaftliche Grundlagen zum Gedeihen der Landwirtschaft, GA 327, Vortrag vom 10. Juni 1924, Dornach 1999, S. 50.
- ↑ Un fenómeno que apenas puede observarse ya en las variedades modernas, criadas para soportar altas dosis de nitrógeno.
- ↑ Rudolf Steiner: Das Miterleben des Jahreslaufes in vier kosmischen Imaginationen, GA 229, Vortrag vom 6. Oktober 1923, Dornach 1999, S. 23.
- ↑ Los griegos llamaban al cielo cristalino Uranos (gr. Οὐρανός, Ouranos; lat. Uranus, Coelus o Caelum, bóveda celeste). El cielo cristalino aparece en la Divina Comedia de Dante. En la tradición esotérico-ocultista conserva los frutos de una serie evolutiva anterior. Abarca la bóveda celeste y el firmamento de las estrellas fijas.
- ↑ Rudolf Steiner: Geisteswissenschaftliche Grundlagen zum Gedeihen der Landwirtschaft, GA 327, Vortrag vom 10. Juni 1924, Dornach 1999, S. 49.
- ↑ Willi Laatsch: Dynamik der Mitteleuropäischen Mineralböden, Dresden und Leipzig 1957, 280 S.
- ↑ Rudolf Steiner: Die Geheimwissenschaft im Umriss, GA 13, Dornach 1989, Kap. «Die Weltentwicklung und der Mensch» (La evolución del mundo y el ser humano), S. 193.
- ↑ Willi Laatsch: Ebd., S. 47.
- ↑ Rudolf Steiner: Geisteswissenschaftliche Grundlagen zum Gedeihen der Landwirtschaft, GA 327, Vortrag vom 11. Juni 1924, Dornach 1999, S. 82f.
- ↑ Rudolf Steiner: Ebd., Vortrag vom 10. Juni 1924, S. 47.
- ↑ Rudolf Steiner: Ebd., S. 46.
- ↑ Günter Trolldenier: Bodenbiologie. Die Bodenorganismen im Haushalt der Natur, Stuttgart 1982, 152 S.
- ↑ Ernst Haeckel: Generelle Morphologie, Band II: Allgemeine Entwicklungsgeschichte der Organismen, 1866/1906.
- ↑ Rudolf Steiner: Die Geheimwissenschaft im Umriss, GA 13, Dornach 1989.
- ↑ Wilhelm Troll, Karl Höhn: Allgemeine Botanik, Stuttgart 1972, 994 S.
- ↑ Rudolf Steiner: Geisteswissenschaftliche Grundlagen zum Gedeihen der Landwirtschaft, GA 327, Vortrag vom 10. Juni 1924, Dornach 1999, S. 53.
- ↑ Gerhard Geisler: Pflanzenbau, Berlin-Hamburg 1988, 2. Aufl., S. 132.
- ↑ Wilhelm Troll, Karl Höhn: Allgemeine Botanik, Stuttgart 1972, S. 499.
- ↑ Rudolf Steiner: Geisteswissenschaftliche Grundlagen zum Gedeihen der Landwirtschaft, GA 327, Vortrag vom 14. Juni 1924, Dornach 1999, S. 155.
- ↑ Rudolf Steiner: Geisteswissenschaftliche Grundlagen zum Gedeihen der Landwirtschaft, GA 327, Vortrag vom 10. Juni 1924, Dornach 1999, S. 55.
- ↑ Rudolf Steiner: Ebd., Notizen im Anhang, S. 274.
- ↑ Rudolf Steiner: Ebd., Vortrag vom 10. Juni 1924, S. 59.
- ↑ Rudolf Steiner: Ebd., Vortrag vom 15. Juni 1924, S. 192.
- ↑ Manfred Klett: Untersuchungen über Licht- und Schattenqualität in Relation zum Anbau und Test von Kieselpräparaten zur Qualitätshebung, Inst. f. Biol.-Dyn. Forschung, Darmstadt 1968.
- ↑ Johannes Klein: Der Einfluss verschiedener Düngearten in gestaffelter Dosierung auf Qualität und Haltbarkeit pflanzlicher Produkte, Inst. f. Biol.-Dyn. Forschung, Darmstadt 1968.
- ↑ Ilias Samaras: Nachernteverhalten unterschiedlich gedüngter Gemüsearten mit besonderer Berücksichtigung physiologischer und mikrobieller Parameter, Dissertation, Gießen 1977.
- ↑ Herbert Koepf, Bo D. Petterson, Wolfgang Schaumann: Biologische Landwirtschaft, Stuttgart 1980, 303 S.
- ↑ Wilfried Kamphausen: «Qualität im biologisch-dynamischen Obstbau» (Calidad en la fruticultura biodinámica), in: Markus Hurter (Hrsg.): Zur Vertiefung der biologisch-dynamischen Landwirtschaft, Dornach 2007, 377 S.
- ↑ Paul Doesburg et al.: «Standardisation and performance of a visual Gestalt evaluation of biocrystallisation patterns reflecting ripening and decomposition processes in food samples». Biological Agriculture & Horticulture: An International Journal for sustainable Production Systems, 2014, S. 1–18.
- ↑ Siehe z.B. Rudolf Steiner: Der Jahreskreislauf als Atmungsvorgang der Erde und die vier großen Festeszeiten, GA 223, Dornach 1990.
- ↑ Caotización designa la transferencia del estado formado al estado informe. En el caso presente significa romper mecánicamente, aflojar y mezclar la estructura del suelo que había crecido a lo largo del año mediante complejos procesos vitales (sazón del suelo), removerla, desplazar las partículas del suelo vertical y horizontalmente. La capa vegetal vivificada modelada por la vida se aproxima en grados al estado inorgánico de una yuxtaposición espacial. Esta caotización mecánica prepara el suelo para la recepción de las fuerzas formativas irradiantes del invierno y las fuerzas formativas planetarias y solares revitalizadoras de la próxima primavera.
- ↑ Walter Feuerlein: Geräte zur Bodenbearbeitung, Stuttgart 1971, pág. 40.
- ↑ Ibíd., pág. 39.
- ↑ Rudolf Steiner: Grundlegendes für eine Erweiterung der Heilkunst, GA 27, Dornach 1991, S. 25 f.
- ↑ Véase también: Hermann Poppelbaum: «Begriff und Wirkungsweise des Ätherleibs» (Concepto y modo de acción del cuerpo etérico), en Jochen Bockemühl (Hrsg.): Erscheinungsformen des Ätherischen, Stuttgart 1985, S. 179–195.
- ↑ Hermann Poppelbaum: Ebd.
- ↑ Ernst Marti: Die vier Äther – zu Rudolf Steiners Ätherlehre, Stuttgart 2016, 60 S.
- ↑ Gerhard Geisler: Pflanzenbau. Ein Lehrbuch – Biologische Grundlagen und Technik der Pflanzenproduktion, Berlin-Hamburg, 1988, S. 506.
- ↑ Eduard von Boguslawski: Ackerbau, Grundlagen der Pflanzenproduktion, Frankfurt 1981, S. 237 f.
- ↑ Rudolf Steiner: Geisteswissenschaftliche Grundlagen zum Gedeihen der Landwirtschaft, GA 327, Vortrag vom 11. Juni 1924, Dornach 1999, S. 80.
- ↑ Ebd., S. 80.
- ↑ Ebd., S. 71.
- ↑ Wolfgang Holzner, Johann Glauninger: Ackerunkräuter: Bestimmung, Biologie, Landwirtschaftliche Bedeutung, Graz 2005, 264 S.
- ↑ Rudolf Steiner: Geisteswissenschaftliche Grundlagen zum Gedeihen der Landwirtschaft, Dornach 1999, Vortrag vom 14. Juni 1924, S. 155 f.
- ↑ Ebd., S. 156.
- ↑ Lilly Kolisko: «Der Mond und das Pflanzenwachstum» (La luna y el crecimiento de las plantas), in Gäa Sophia, Bd. II, Dornach 1927, S. 349–357.
- ↑ Hartmut Spieß: «Chronobiologische Untersuchungen mit besonderer Berücksichtigung lunarer Rhythmen im biologisch-dynamischen Pflanzenbau» (Investigaciones cronobiológicas con especial consideración de los ritmos lunares en el cultivo vegetal biodinámico), Schriftreihe Institut für Biologisch-Dynamische Forschung, Bd. 3, Darmstadt 1994, 272 S.
- ↑ Jürgen Appel: «Unkrautregulierung ohne Herbizide. Erfahrungen auf Betrieben der biologisch-dynamischen und organisch-biologischen Wirtschaftsweisen» (Regulación de malas hierbas sin herbicidas. Experiencias en explotaciones de los modos de cultivo biodinámico y orgánico-biológico), Schriftreihe Lebendige Erde, Darmstadt 1982, 113 S.
- ↑ Ebd.
- ↑ Rudolf Steiner: Geisteswissenschaftliche Grundlagen zum Gedeihen der Landwirtschaft, GA 327, Vortrag vom 10. Juni 1924, Dornach 1999, S. 53.
- ↑ Ebd., S. 155.
- ↑ Helmut Voitl, Elisabeth Guggenberger, Josef Willi: Das große Buch vom biologischen Land- und Gartenbau, Wien 1992, 367 S.
- ↑ Siehe z.B. Rudolf Steiner: Meditative Betrachtungen und Anleitungen zur Vertiefung der Heilkunst, GA 316, Dornach 2003, Vortrag vom 3. Januar 1924, S. 33 f.
- ↑ Vgl. Rudolf Steiner: Geisteswissenschaftliche Grundlagen zum Gedeihen der Landwirtschaft, GA 327, Vortrag vom 14. Juni 1924, Dornach 1999, S.166/67.
- ↑ Rudolf Steiner: Geisteswissenschaftliche Grundlagen zum Gedeihen der Landwirtschaft, GA 327, Fragenbeantwortung vom 12. Juni 1924, Dornach 1999, S. 109.
- ↑ Rudolf Steiner: Geisteswissenschaftliche Grundlagen zum Gedeihen der Landwirtschaft, GA 327, Vortrag vom 20. Juni 1924, Dornach 1999, S. 11.
- ↑ Ebd., S. 20.
- ↑ Rudolf Steiner: Anthroposophische Leitsätze, GA 26, «Von der Natur zur Unternatur» (De la naturaleza a la subnaturaleza), Dornach 1998, S. 255 ff.
- ↑ Rudolf Steiner: Grundlegendes für eine Erweiterung der Heilkunst nach geisteswissenschaftlichen Erkenntnissen, GA27, Dornach 1991, S. 20).
- ↑ Rudolf Steiner: Einleitungen zu Goethes Naturwissenschaftlichen Schriften, Kap. X. «Wissen und Handeln im Lichte der Goetheschen Denkweise» (Saber y obrar a la luz del modo de pensar goetheano), GA 1, Dornach 1987, S. 171.
- ↑ Rudolf Steiner: Einleitungen zu Goethes Naturwissenschaftlichen Schriften, Kap XVI. «Goethe als Denker und Forscher» (Goethe como pensador e investigador), GA 1, Dornach 1987, S. 274.
- ↑ Citado según Jos Verhulst: Der Glanz von Kopenhagen, geistige Perspektiven der modernen Physik, Stuttgart 1994, S. 15.
- ↑ Ebd., S. 17.
- ↑ Ebd., S. 173.
- ↑ Rudolf Steiner: Konferenzen mit den Lehrern der freien Waldorfschule Stuttgart, 2. Bd., GA 300b, Konferenz vom 21. Juni 1922, Dornach 2019, S. 152.
- ↑ Martin Rozumek, Peter Buck (Hrsg.): Das Chemische und die Stoffe, Zugänge zur Chemie, Dornach 2008, Kap.: «Einleitung», S. 7.
- ↑ Rudolf Steiner: Geisteswissenschaftliche Grundlagen zum Gedeihen der Landwirtschaft, GA 327, Vortrag vom 20. Juni 1924, Dornach 1999, S. 64f.
- ↑ Rudolf Steiner: Geisteswissenschaftliche Grundlagen zum Gedeihen der Landwirtschaft, GA 327, Vortrag vom 13. Juni 1924, Dornach 1999, S. 122.
- ↑ Das Zitat lautet im Original: «Leiblichkeit ist das Ende der Werke Gottes» (La corporalidad es el fin de las obras de Dios); aus: Biblisches und Emblematisches Wörterbuch des deutschen Theologen Friedrich Christoph Oetinger (1702– 1782).
- ↑ Siehe z.B. Rudolf Steiner: Die Geheimwissenschaft im Umriss, GA 13, Dornach 1989.
- ↑ Rudolf Steiner: Theosophie, GA 9, Dornach 2003, S. 50.
- ↑ Johann Wolfgang von Goethe: Maximen und Reflektionen, Nr. 720, Hamburger Ausgabe, Bd. 12, München 1987.
- ↑ Rudolf Steiner: Geisteswissenschaftliche Grundlagen zum Gedeihen der Landwirtschaft, GA 327, Vortrag vom 10. Juni 1924, Dornach 1999, S. 42.
- ↑ Rudolf Steiner: Geisteswissenschaftliche Grundlagen zum Gedeihen der Landwirtschaft, GA 327, Vortrag vom 10. Juni 1924, Dornach 1999, S. 47.
- ↑ Manfred Klett: Die boden- und gesteinsbürtige Stofffracht von Oberflächengewässern, Arbeiten der Landwirtschaftlichen Hochschule Hohenheim, Bd. 35, 1965, S. 42.
- ↑ Martin Hartmann et al. (2015): Distinct soil microbial diversity under long-term organic and conventional farming, ISME Journal, 9, S. 1177–1194.
- ↑ Christoph Felgentreu, Kirsten Engelke: Konzepte zur Erhaltung der Bodenfruchtbarkeit, Deutsche Saatveredelung AG, Lippstadt.
- ↑ Lexikon der Biologie, https: www.spektrum.de.
- ↑ Rudolf Steiner: Die Schöpfung der Welt und des Menschen, Erdenleben und Sternenwirken, GA 354, Vortrag vom 9. August 1924, Dornach 2000, S. 154.
- ↑ Rudolf Steiner: Geisteswissenschaftliche Grundlagen zum Gedeihen der Landwirtschaft, GA 327, Vortrag vom 11. Juni 1924, Dornach 1999, S. 73.
- ↑ Rudolf Steiner: Geisteswissenschaftliche Grundlagen zum Gedeihen der Landwirtschaft, GA 327, Vortrag vom 15. Juni 1924, Dornach 1999, S. 192.
- ↑ Ebd., S. 192.
- ↑ Ebd., Vortrag vom 13. Juni 1924, S. 122.
- ↑ Helmut Snoek, Horst Wülfrath: Das Buch vom Steinmehl, Entstehung, Verwendung und Bedeutung im Land- und Gartenbau, Hamburg 2000, 144 S.
- ↑ Rudolf Steiner: Geisteswissenschaftliche Grundlagen zum Gedeihen der Landwirtschaft, GA 327, Vortrag vom 12. Juni 1924, Dornach 1999, S. 94.
- ↑ Ebd., Fragenbeantwortung vom 12. Juni 1924, S. 117.
- ↑ Georg Wagner: Einführung in die Erd- und Landschaftsgeschichte, Öhringen 1960, 694+208 S.
- ↑ Rudolf Steiner: Geisteswissenschaftliche Grundlagen zum Gedeihen der Landwirtschaft, GA 327, Vortrag vom 10. Juni 1924, Dornach 1999, S. 53.
- ↑ Ebd., Vortrag vom 12. Juni 1924, S. 91.
- ↑ Krafft von Heynitz, Georg Merckens: Das biologische Gartenbuch, Stuttgart 1994, 351 S.
- ↑ En lo que respecta al manejo práctico de la preparación del compost, se remite a las publicaciones pertinentes de los autores mencionados anteriormente; así como a Friedrich Sattler, Eckard von Wistinghausen: Der landwirtschaftliche Betrieb, Biologisch-Dynamisch, Stuttgart 1989, 333 S.; así como a Herbert Koepf, Wolfgang Schaumann, Manon Hacius: Biologisch-dynamische Landwirtschaft: Eine Einführung, Stuttgart 1996, 368 S.
- ↑ Rudolf Steiner: Geisteswissenschaftliche Grundlagen zum Gedeihen der Landwirtschaft, GA 327, Vortrag vom 12. Juni 1924, Dornach 1999, S. 90.
- ↑ Jochen Bockemühl: Vom Leben des Komposthaufens, Dornach 1981, 67 S.
- ↑ Rudolf Steiner: Geisteswissenschaftliche Grundlagen zum Gedeihen der Landwirtschaft, GA 327, Vortrag vom 12. Juni 1924, Dornach 1999, S. 92.
- ↑ Rudolf Steiner: Grundelemente der Esoterik, GA 93a, 30. September 1905, Dornach 1987, S. 44 f.
- ↑ Siehe hierzu Rudolf Steiner: Die Geheimwissenschaft im Umriss, Kap. «Die Weltentwicklung und der Mensch» (La evolución del mundo y el ser humano), GA 13, Dornach 1989.
- ↑ Krafft von Heynitz: Kompost im Garten, Stuttgart 1999, 127 S.
- ↑ Comunicación oral de Matthias Guépin, docente en el Emerson College (GB) y asesor en Kenia.
- ↑ Rudolf Steiner: Geisteswissenschaftliche Grundlagen zum Gedeihen der Landwirtschaft, GA 327, Vortrag vom 15. Juni 1924, Dornach 1999, S. 184.
- ↑ Rudolf Steiner: Geisteswissenschaftliche Grundlagen zum Gedeihen der Landwirtschaft, GA 327, Vortrag vom 10. Juni 1924, Dornach 1999, S. 47.
- ↑ Manfred Klett: Untersuchungen über Licht- und Schattenqualität in Relation zum Anbau und Test von Kieselpräparaten zur Qualitätshebung, Darmstadt 1968, 117 S.
- ↑ Wilhelm Troll: Allgemeine Botanik, Stuttgart 1959, 927 S.; Gerbert Grohmann: Die Pflanze, Berlin 2013, 448 S.; Jochen Bockemühl: «Bildebewegungen im Laubblattbereich höherer Pflanzen», Elemente der Naturwissenschaft Nr. 4: 7–23, 1966.
- ↑ Ehrenfried Pfeiffer: 1899–1961, pionero de la investigación antroposófica aplicada, desarrolló partiendo de sugerencias de Rudolf Steiner para la investigación de las fuerzas formativas el método de la cristalización sensible con cloruro de cobre, elaboró junto con Guenther Wachsmuth (1893–1963) bajo la dirección de Rudolf Steiner en 1922/23 por primera vez el preparado de estiércol de cuerno. Hasta finales de la década de 1930, junto con Guenther Wachsmuth en la dirección del laboratorio de investigación del Goetheanum. A partir de finales de la década de 1930, agricultor y asesor agrícola en los Estados Unidos.
- ↑ Alla Selawry, Olleg Selawry: Die Kupferchloridkristallisation in Naturwissenschaft und Medizin, Stuttgart 1957, 232 S.
- ↑ Friedrich Vincenz von Hahn: Thesigraphie, Wiesbaden 1962, 244 S.
- ↑ H. Krüger: Kupferchloridkristallisationen, ein Reagenz auf Gestaltungskräfte des Lebendigen, Weleda – Schriftenreihe 1/1950.
- ↑ Magda Enquist: Strukturveränderungen im Kupferchloridkristallisationsbild von Pflanzen durch Alterung und Düngung, Lebendige Erde 3, 1961.
- ↑ Bo D. Petterson (1967): Beiträge zur Entwicklung der Kristallisationsmethode mit Kupferchlorid nach Pfeiffer, Lebendige Erde 18 (1): S. 15–31.
- ↑ Paul Doesburg, Machteld Huber, Jens-Otto Andersen, Miriam Athmann, Guus van der Bie, Jürgen Fritz, Uwe Geier, Joop Hoekman, Johannes Kahl, Gaby Mergardt & Nicolaas Busscher (2014): «Standardization and performance of a visual Gestalt evaluation of biocrystallization patterns reflecting ripening and decomposition processes in food samples», Biological Agriculture & Horticulture: An International Journal for Sustainable Production Systems, DOI: 10.1080/01448765.2014.993705.
- ↑ Ernst Klapp: Lehrbuch des Acker- und Pflanzenbaus, Berlin-Hamburg 1958, 503 S.; Edward John Russel: The World of the Soil, London 1957, 242 S.
- ↑ N. del T.: «lo General-Vegetal», principio de lo vegetal en su universalidad.
- ↑ Rudolf Steiner: Theosophie, Einführung in übersinnliche Welterkenntnis und Menschenbestimmung, GA 9, Dornach 2003.
- ↑ Rudolf Steiner: Theosophie, Einführung in übersinnliche Welterkenntnis und Menschenbestimmung, GA 9, Dornach 2003.
- ↑ Rudolf Steiner: Geisteswissenschaftliche Grundlagen zum Gedeihen der Landwirtschaft, GA 327, Vortrag vom 13. Juni 1924, Dornach 1999, S.122: «Man muss die Erde direkt beleben, und das kann man nicht, wenn man mineralisierend vorgeht, das kann man nur, wenn man mit Organischem vorgeht, das man in eine entsprechende Lage bringt, sodass es organisierend, belebend auf das Feste, Erdige selber wirken kann.» (Hay que vivificar la tierra directamente, y eso no se puede lograr si se procede de manera mineralizante, sólo se puede lograr si se procede con lo orgánico, llevándolo a una condición tal que pueda actuar de manera organizadora y vivificante sobre lo sólido, lo terrestre mismo.)
- ↑ Rudolf Steiner: Ebd., Vorträge vom 12. und 13. Juni 1924.
- ↑ Christian von Wistinghausen et al.: Anleitung zur Anwendung der biologisch-dynamischen Feldspritz- und Düngerpräparate , Arbeitsheft 2, Darmstadt 2005, 92 S.
- ↑ Walter Stappung: Die Düngerpräparate Rudolf Steiners – Herstellung und Anwendung, Rüfenacht 2017, Bd. I + II: 748 S.
- ↑ Ueli Hurter et al. (2018): Biodynamische Präparate-Praxis weltweit – Die Fallbeispiele, Darmstadt, 364 S.
- ↑ Rudolf Steiner: Wie erlangt man Erkenntnisse der höheren Welten?, GA 10, Dornach 1992.
- ↑ Rudolf Steiner: Die Geheimwissenschaft im Umriss, GA 13, Dornach 1989.
- ↑ Rudolf Steiner: Theosophie – Einführung in übersinnliche Welterkenntnis und Menschenbestimmung, GA 9, Dornach 2003.
- ↑ Rudolf Steiner: Geisteswissenschaftliche Grundlagen zum Gedeihen der Landwirtschaft, GA 327, Vortrag vom 10. Juni 1924, Dornach 1999, S. 58: «Wir stehen auch vor einer großen Umwandlung des Innern der Natur.» (También nos hallamos ante una gran transformación del interior de la naturaleza.)
- ↑ Rudolf Steiner: Das Verhältnis der Anthroposophie zur Naturwissenschaft. Grundlagen und Methoden, GA 75, Vortrag vom 17. Juni 1920, Dornach 2010.
- ↑ Rudolf Steiner: Geisteswissenschaftliche Grundlagen zum Gedeihen der Landwirtschaft, GA 327, Vortrag vom 10. Juni 1924, Dornach 1999, S. 58: «Wir stehen auch vor einer großen Umwandlung des Innern der Natur.» (También nos hallamos ante una gran transformación del interior de la naturaleza.)
- ↑ Rudolf Steiner: Geisteswissenschaftliche Grundlagen zum Gedeihen der Landwirtschaft, GA 327, Dornach 1999, Vortrag vom 13. Juni 1924.
- ↑ Rudolf Steiner: Geisteswissenschaftliche Grundlage zum Gedeihen der Landwirtschaft, GA 327, Vortrag vom 10. Juni 1924, Dornach 1979, S. 42.
- ↑ Johann Wolfgang von Goethe: Die Metamorphose der Pflanzen, in: Goethes Werke. Naturwissenschaftliche Schriften, hrsg. v. Rudolf Steiner, Band 1, in: Kürschners Deutsche National-Litteratur, Berlin und Stuttgart 1887 (Reprint Dornach 1975).
- ↑ «Das Tier wird durch seine Organe belehrt; der Mensch belehrt die seinigen und beherrscht sie» (El animal es instruido por sus órganos; el ser humano instruye los suyos y los domina), Johann Wolfgang von Goethe: Maximen und Reflexionen, «Aus dem Nachlass – Über Natur und Naturwissenschaft» (Del legado póstumo – Sobre la naturaleza y la ciencia natural).
- ↑ Johann Wolfgang von Goethe: Die Metamorphose der Pflanze, Stuttgart 1985, S. 39.
- ↑ Rudolf Steiner, Ita Wegman: Grundlegendes für eine Erweiterung der Heilkunst nach geisteswissenschaftlichen Erkenntnissen, GA 27, Kap. V. «Pflanze, Tier, Mensch», Dornach 1991, S. 35.
- ↑ Ebd.
- ↑ Rudolf Steiner: Die Geheimwissenschaft im Umriss, GA 13, Dornach 1989.
- ↑ Rudolf Steiner: Die geistige Führung des Menschen und der Menschheit, GA 15, Dornach 1987, S. 66.
- ↑ Die folgende Darstellung ist eine überarbeitete Fassung von Beiträgen des Verfassers in Markus Hurter (Hrsg.): Zur Vertiefung der biologisch-dynamischen Landwirtschaft– Gedanken, Erfahrungen, Forschungsergebnisse, eine Werkstattarbeit, Dornach 2007, S. 93–107.
- ↑ Rudolf Steiner: Das Faust-Problem. Die romantische und die klassische Walpurgisnacht, GA 273, Geisteswissenschaftliche Erläuterungen zu Goethes Faust, Bd. II, Vortrag vom 27. Januar 1917, Dornach 1981, S. 75.
- ↑ Rudolf Steiner: Geisteswissenschaftliche Grundlagen zum Gedeihen der Landwirtschaft, A 327, Vortrag vom 12. Juni 1924, Dornach 1999, S. 99.
- ↑ Rudolf Steiner: Geisteswissenschaftliche Grundlagen zum Gedeihen der Landwirtschaft, GA 327, Vortrag vom 10. Juni 1924, Dornach 1999, S. 49.
- ↑ Rudolf Steiner: Das Miterleben des Jahreslaufes in vier kosmischen Imaginationen, GA 229, Vortrag vom 5. Oktober 1923, Dornach 1999, S. 62: «So sehen Sie, dass wir durchaus jetzt, wo wir in die Zeit des sprießenden, sprossenden Lebens kommen, nicht sprechen können von geistdurchwobener Materie wie im Winter für die Erde, sondern wie wir sprechen müssen von materiedurchwobenem […] Geist.» (Así ven ustedes que ahora, cuando entramos en el tiempo de la vida que brota y germina, no podemos en absoluto hablar de materia entretejida de espíritu como en invierno para la tierra, sino que debemos hablar más bien de espíritu entretejido de materia […].)
- ↑ Rudolf Steiner: Geisteswissenschaftliche Grundlagen zum Gedeihen der Landwirtschaft, GA 327, Vortrag vom 11. Juni 1924, Dornach 1999, S. 82: «Das Kieselige ist der allgemeine äußere Sinn im Irdischen.» (Lo silíceo es el sentido general exterior en lo terrestre.)
- ↑ Rudolf Steiner: Geisteswissenschaftliche Grundlagen zum Gedeihen der Landwirtschaft, GA 327, Vortrag vom 10. Juni 1924, Dornach 1999, S. 47/48.
- ↑ Rudolf Steiner: Das Miterleben des Jahreslaufes in vier kosmischen Imaginationen, GA 229, Vortrag vom 12. Oktober 1923, Dornach 1999, S. 62.
- ↑ Vgl. Theodor Schwenk: Das sensible Chaos, Stuttgart 2010, 216 S.
- ↑ Bernd Roßlenbroich: Die rhythmische Organisation des Menschen: Aus der chrono-biologischen Forschung, Stuttgart 1994, 163 S.
- ↑ Notizbuch Nr. 52, 1921; siehe auch Beiträge zur Rudolf Steiner Gesamtausgabe Nr. 104, S. 63.
- ↑ Paul Schatz (1898–1979): Anthroposophisch orientierter Mathematiker, Techniker und Erfinder.
- ↑ A. John Wilkes: Das Flowform-Phänomen: Die verborgene rhythmische Energie des Wassers, Stuttgart 2008, 239 S.
- ↑ Rudolf Steiner: Geisteswissenschaftliche Grundlagen zum Gedeihen der Landwirtschaft, GA 327, Fragenbeantwortung vom 12. Juni 1924, Dornach 1999, S. 104.
- ↑ Gunter Gebhard: Comunicación personal. – Gunter Gebhard: Geólogo y biólogo, docente de larga trayectoria en el nivel superior de la Escuela Waldorf de Überlingen; actualmente docente de ciencias naturales goetheanas y pedagogía Waldorf en Rusia y en centros de formación agrícola en Alemania.
- ↑ Rudolf Steiner: Geisteswissenschaftliche Grundlagen zum Gedeihen der Landwirtschaft, GA 327, Vortrag vom 12. Juni 1924, Dornach 1999, S. 102.
- ↑ Rudolf Steiner: Die Schöpfung der Welt und des Menschen. Erdenleben und Sternenwirken. Über die Gerüche, GA 354, Vortrag vom 24. August 1924, Dornach 2000, S. 154.
- ↑ Ilias Samares: Nachernteverhalten unterschiedlich gedüngter Gemüsesorten mit besonderer Berücksichtigung physiologischer und mikrobiologischer Parameter. Forschungsring für biologisch-dynamische Wirtschaftsweise, Darmstadt 1980, 153 S.
- ↑ Manfred Klett: Untersuchungen über Licht- und Schattenqualität in Relation zum Anbau und Test von Kieselpräparaten zur Qualitätshebung, Darmstadt 1968, 117 S.
- ↑ Johannes Klein: Der Einfluss verschiedener Düngungsarten in gestaffelter Dosierung auf Qualität und Haltbarkeit pflanzlicher Produkte. Institut für biologisch-dynamische Forschung, Darmstadt 1968.
- ↑ Uli Johannes König: «Wissenschaftliche Untersuchungsergebnisse zum Nachweis der Präparatewirksamkeit» (Resultados de investigaciones científicas para la demostración de la eficacia de los preparados) in: Markus Hurter (Hrsg.): Zur Vertiefung der biologisch-dynamischen Landwirtschaft, Dornach 2007, S. 157 f.
- ↑ Rudolf Steiner: Anthroposophische Leitsätze, «Michaelzukunft und Michaeltätigkeit», GA 26, Dornach 1998, S. 94 und 96.
- ↑ Jochen Bockemühl und Kari Järvinen: Auf den Spuren der Präparatepflanzen, Dornach 2005, 153 S.
- ↑ Erdmuth-M. W. Hoerner: Die biologisch-dynamischen Präparate, Stuttgart 2019, 512 S.
- ↑ Walter Stappung: Die Düngerpräparate Rudolf Steiners, Herstellung und Anwendung, Rüfenach 2017, 2 Bd. (Bd. 1: 632 S.; Bd. 2: 116 S.).
- ↑ Rudolf Steiner: Geisteswissenschaftliche Grundlagen zum Gedeihen der Landwirtschaft, GA 327, Vortrag vom 13. Juni 1924, Dornach 1999, S. 126: «Diese Schafgarbe ist – eigentlich ist es ja jede Pflanze – ein Wunderwerk, aber wenn man wieder eine andere Blume anschaut, dann kommt einem das ganz besonders zu Herzen, was für ein Wunderwerk diese Schafgarbe ist; sie ist ein ganz besonderes Wunderwerk.» (Esta milenrama es — en realidad lo es toda planta — una obra maravilla, pero cuando uno mira otra flor de nuevo, le llega al corazón de manera completamente especial qué obra maravilla es esta milenrama; es una obra maravilla completamente especial.)
- ↑ Rudolf Steiner: Geisteswissenschaftliche Grundlagen zum Gedeihen der Landwirtschaft, GA 327, Dornach 1999, S. 126.
- ↑ Ebd., S. 129.
- ↑ Ebd., S. 126.
- ↑ Ebd., Vortrag vom 10. Juni 1924, Dornach 1999, S. 53.
- ↑ Ebd., Notizblatt Nr. 9 im Anhang, S. 271: «Der Humus gestaltet das Untere durch die Erde.» (El humus configura lo inferior a través de la tierra.)
- ↑ Rudolf Steiner: Geisteswissenschaftliche Grundlagen zum Gedeihen der Landwirtschaft, GA 327, Vortrag vom 13. Juni 1924, Dornach 1999, S. 126.
- ↑ Ebd., S. 128.
- ↑ Ebd., S. 128.
- ↑ Vgl. Rudolf Steiner: Von Seelenrätseln, GA 21, Kap. «6. Die physischen und die geistigen Abhängigkeiten der Menschen-Wesenheit» (6. Las dependencias físicas y espirituales del ser humano), Dornach 1983, S. 158: «In die Sinne erstreckt sich die Außenwelt wie in Golfen hinein in das Wesen des Organismus.» (En los sentidos se extiende el mundo exterior, como en golfos, hacia dentro del ser del organismo.)
- ↑ Rudolf Steiner: Geisteswissenschaftliche Grundlagen zum Gedeihen der Landwirtschaft, GA 327, Vortrag vom 13. Juni 1924, Dornach 1999, S. 128.
- ↑ Ebd., S. 129.
- ↑ Ibíd., p. 127.
- ↑ Ibíd., p. 127.
- ↑ Rudolf Steiner: Geisteswissenschaftliche Grundlagen zum Gedeihen der Landwirtschaft, GA 327, Vortrag vom 10. Juni 1924, Dornach 1999, S. 47.
- ↑ Ebd., S. 59.
- ↑ Rudolf Steiner: Geisteswissenschaftliche Grundlagen zum Gedeihen der Landwirtschaft, GA 327, Notizblatt Nr. 9 im Anhang, S. 271: «Der Humus gestaltet das Untere durch die Erde.» (El humus configura lo inferior a través de la tierra.)
- ↑ Rudolf Steiner: Anthroposophische Leitsätze, GA 26, «Menschheitszukunft und Michaeltätigkeit», Dornach 1998, S. 94f.
- ↑ Rudolf Steiner: Geisteswissenschaftliche Grundlagen zum Gedeihen der Landwirtschaft, GA 327, Vortrag vom 10. Juni 1924, Dornach 1999, S. 44.
- ↑ Rudolf Steiner: Geisteswissenschaftliche Grundlagen zum Gedeihen der Landwirtschaft, GA 327, Vortrag vom 13. Juni 1924, Dornach 1999, S. 129.
- ↑ Ibíd., p. 82.
- ↑ Rudolf Steiner: Geisteswissenschaftliche Grundlagen zum Gedeihen der Landwirtschaft, GA 327, Vortrag vom 13. Juni 1924, Dornach 1999, S. 130.
- ↑ Matthias König, mündliche Mitteilung.
- ↑ Ebd., S. 130.
- ↑ Ebd., S. 129.
- ↑ Ebd., S. 131.
- ↑ Erdmut-M. W. Hoerner: Die biologisch-dynamischen Präparate, Stuttgart 2019, S. 320.
- ↑ Ibíd., pp. 131–132.
- ↑ Ibíd., p. 133.
- ↑ Rudolf Steiner: Geisteswissenschaftliche Grundlagen zum Gedeihen der Landwirtschaft, GA 327, Vortrag vom 13. Juni 1924, Dornach 1999, S. 136.
- ↑ Ebd.
- ↑ Rudolf Steiner: Geisteswissenschaftliche Grundlagen zum Gedeihen der Landwirtschaft, GA 327, Vortrag vom 11. Juni 1924, Dornach 1999, S. 74.
- ↑ Ebd., S. 75.
- ↑ Ebd., S. 76.
- ↑ Ebd., S. 76.
- ↑ Ibíd., conferencia del 13 de junio de 1924, p. 137.
- ↑ Ibíd., conferencia del 10 de junio de 1924, p. 58.
- ↑ Rudolf Steiner: *Geisteswissenschaftliche Grundlagen zum Gedeihen der Landwirtschaft*, GA 327, Vortrag vom 13. Juni 1924, Dornach 1999, S. 134.
- ↑ Jochen Bockemühl, Kari Järvinen: *Auf den Spuren der biologisch-dynamischen Präparatepflanzen*, Dornach 2005, 154 S.
- ↑ Rudolf Steiner: Ebd., S. 134: «In Bezug auf dasjenige, was dann als Kalzium zutage tritt, ist dasjenige, was an Kalziumstruktur in der Eichenrinde vorhanden ist, das alleridealste.» (En relación con aquello que entonces aparece como calcio, lo que existe como estructura de calcio en la corteza de roble es lo más ideal de todo.)
- ↑ Erdmut-M. W. Hoerner: Die biologisch-dynamischen Präparate, Stuttgart 2019, 512 S.
- ↑ Existe un sólido trabajo de Jan Albert Rispens que dedica un capítulo entero a la cuestión de la corteza viva y el ritidoma. Su conclusión: el líber y el parénquima suberoso asimilador representan lo propiamente foliar; la corteza suberosa muerta y el ritidoma, el órgano floral y fructífero del tronco. – Jan Albert Rispens: Bäume verstehen lernen, Stuttgart 2018, S. 157.
- ↑ Vgl. Rudolf Steiner: Geisteswissenschaftliche Grundlagen zum Gedeihen der Landwirtschaft, GA 327, Fragenbeantwortung vom 13. Juni 1924, Dornach 1999, S. 147.
- ↑ Vgl. ebd., Vortrag vom 11. Juni 1924, S. 75: «in das Ununterscheidbare des Weltenalls» (hacia lo indiscernible del universo).
- ↑ Jochen Bockemühl, Kari Järvinen: Auf den Spuren der biologisch-dynamischen Präparatepflanzen, Dornach 2005, 154 S.
- ↑ Siehe hierzu: Rudolf Steiner: Ebd., Vortrag vom 12. Juni 1924, S. 90.
- ↑ Hermann von Guttenberg: Lehrbuch der allgemeinen Botanik, Berlin 1952, 641 S.
- ↑ Rudolf Steiner: Geisteswissenschaftliche Grundlagen zum Gedeihen der Landwirtschaft, GA 327, Vortrag vom 12. Juni 1924, Dornach 1999, S. 94.
- ↑ Ebd., Fragenbeantwortung vom 13. Juni 1924, S. 147.
- ↑ Rudolf Steiner: Ebd., Vortrag vom 13. Juni 1924, S. 134.
- ↑ Eduard Strasburger: Lehrbuch der Botanik, Stuttgart 1978, S. 422.
- ↑ Ebd., S. 135.
- ↑ Über die organischen Bildungen, die im höheren Tierreich dem Ausgleich eines ungleichgewichtigen Verhältnisses der polaren Systeme dienen, siehe u.a.: Friedrich A. Kipp: «Bezahnung und Bildungsidee des Organismus» (Dentición e idea formativa del organismo), in: Wolfgang Schad (Hrsg.): Goetheanistische Naturwissenschaft, Band 3: Zoologie, Stuttgart 1983, S. 167 f.; sowie Andreas Suchantke: «Polarität und Dreigliederung im Tierreich» (Polaridad y triarticulación en el reino animal), in: ders.: Metamorphose – Kunstgriff der Evolution, Stuttgart 2002, S. 137 f.
- ↑ Rolf Krahmer, Lothar Schröder: Anatomie der Haustiere, Leipzig 1985, 368 S.
- ↑ Rudolf Steiner: Geisteswissenschaftliche Grundlagen zum Gedeihen der Landwirtschaft, GA 327, Vortrag vom 13. Juni 1924, Dornach 1999, S. 133.
- ↑ Walter Stappung: Die Düngerpräparate Rudolf Steiners, Herstellung und Anwendung, Rüfenach 2017, 2 Bd. (Bd. 1: 632 S.; Bd. 2: 116 S.).
- ↑ Rudolf Steiner: Ebd., S. 135.
- ↑ Ebd., S. 135.
- ↑ Rudolf Steiner: Ebd., Vortrag vom 10. Juni 1924, S. 60.
- ↑ Rudolf Steiner: Ibíd., conferencia del 11 de junio de 1924, págs. 82/83.
- ↑ Rudolf Steiner: Geisteswissenschaftliche Grundlagen zum Gedeihen der Landwirtschaft, GA 327, Dornach 1999, Vortrag vom 13. Juni 1924, S. 137.
- ↑ Ebd., S. 137.
- ↑ Ebd., S. 135.
- ↑ Ebd., S. 136.
- ↑ Ebd., S. 137.
- ↑ Johann Wolfgang von Goethe: *Faust II*, vers 4656.
- ↑ Ibíd., pág. 137.
- ↑ Jochen Bockemühl, Kari Järvinen: Auf der Spurensuche der biologisch-dynamischen Präparatepflanzen, Dornach 2005, S. 97.
- ↑ Werner Christian Simonis: Heilpflanzen und Mysterienpflanzen, Wiesbaden 1991, S. 280.
- ↑ Ebd., S. 282.
- ↑ Erdmuth-M. W. Hoerner: Die biologisch-dynamischen Präparate, Stuttgart 2019, 512 S.
- ↑ Johann Wolfgang von Goethe: Faust I, Vers 1939.
- ↑ Rudolf Steiner: Geisteswissenschaftliche Grundlagen zum Gedeihen der Landwirtschaft, GA 327, Vortrag vom 13. Juni, Dornach 1999, S. 137.
- ↑ Ebd., S. 137.
- ↑ Ebd., S. 137.
- ↑ Ebd., S. 123–24.
- ↑ Ebd., S. 137.
- ↑ Willi Aeppli: *Sinnesorganismus, Sinnesverlust, Sinnespflege*; Stuttgart 1967; sowie
- Dietrich Rapp, Hans-Christian Zehnter: *Die zwölf Sinne in der seelischen Beobachtung – Eine Exkursion*, Münchenstein 2019, 253 S.
- ↑ Rudolf Steiner: *Anthroposophie ein Fragment*, GA 45, Dornach 2002.
- ↑ Willi Aeppli: Ebd.; sowie: Dietrich Rapp, Hans-Christian Zehnter: Ebd.
- ↑ Lothar Vogel: Der dreigliedrige Mensch, Dornach 1979, S. 105.
- ↑ Rudolf Steiner: Geisteswissenschaftliche Grundlagen zum Gedeihen der Landwirtschaft, GA 327, Vortrag vom 13. Juni 1924, Dornach 1999, S. 137.
- ↑ Ebd., Fragenbeantwortung vom 14. Juni 1924, S. 175.
- ↑ Ulrike Remer-Bielitz: Dokumentation zum Rindgekröse; Forschungsring, Materialien Nr. 8, Darmstadt 2001.
- ↑ Johannes W. Rohen: Funktionelle Anatomie des Menschen, Stuttgart-New York 1993, S. 287.
- ↑ Rudolf Steiner: Ebd., Anhang, S. 293.
- ↑ Rudolf Steiner: Ebd., S. 137.
- ↑ Rudolf Steiner: Der Mensch als Zusammenklang des schaffenden, bildenden und gestaltenden Weltenwortes, GA 230, Dornach 1993.
- ↑ Rudolf Steiner: Anthroposophische Leitsätze, GA 26, «Der Mensch in seiner makrokosmischen Wesenheit», Dornach 1998.
- ↑ Rudolf Steiner: Geisteswissenschaftliche Grundlagen zum Gedeihen der Landwirtschaft, GA 327, Vortrag vom 13. Juni 1924, Dornach 1999, S. 138.
- ↑ Ebd., S. 138.
- ↑ Ebd., S. 138.
- ↑ Rudolf Steiner: Fundamentos de ciencia espiritual para el progreso de la agricultura, GA 327, Vortrag vom 13. Juni 1924, Dornach 1999, S. 138.
- ↑ Rudolf Steiner: Ebd., Vortrag vom 10. Juni 1924, S. 56.
- ↑ Werner Christian Simonis: Heilpflanzen und Mysterienpflanzen, Wiesbaden 1981, S. 696.
- ↑ Ebd., S. 593.
- ↑ Erdmut-M. W. Hoerner: Die biologisch-dynamischen Präparate, Stuttgart 2019, S. 340.
- ↑ Rudolf Steiner: Die Geheimwissenschaft im Umriss, GA 13, Kap. «Die Weltentwicklung und der Mensch» (La evolución del mundo y el ser humano), Dornach 1989, S. 157 ff.
- ↑ Rudolf Hauschka: Substanzlehre, Frankfurt/Main 1966, S. 51.
- ↑ Rudolf Steiner: Geisteswissenschaftliche Grundlagen zum Gedeihen der Landwirtschaft, GA 327, Vortrag vom 11. Juni 1924, Dornach 1999, S. 75/76.
- ↑ Rudolf Steiner: Mensch und Welt. Das Wirken des Geistes in der Natur. Über das Wesen der Bienen, GA 351, Vortrag vom 20. Oktober 1923, Dornach 1999, S. 72.
- ↑ Gunter Gebhard: Persönliche Mitteilung.
- ↑ Gunter Gebhard: Persönliche Mitteilung.
- ↑ Rudolf Steiner: Geisteswissenschaftliche Grundlagen zum Gedeihen der Landwirtschaft, GA 327, Vortrag vom 13. Juni 1924, Dornach 1999, S. 139.
- ↑ Walter Stappung: Die Düngerpräparate Rudolf Steiners – Herstellung und Anwendung, Rüfenacht 2017, Bd. I + II: 748 S. Siehe auch: Ueli Hurter et al. (2018): Biodynamische Präparate-Praxis weltweit – Die Fallbeispiele, Darmstadt, 364 S.
- ↑ Krafft von Heynitz, Georg Merckens: Das biologische Gartenbuch, Stuttgart 1994, 351 S.
- ↑ Pierre Masson: Gartenbau und Landwirtschaft biodynamisch, Aarau 2015, 224 S.
- ↑ Rudolf Steiner: Geisteswissenschaftliche Grundlagen zum Gedeihen der Landwirtschaft, GA 327, Vortrag vom 13. Juni 1924, Dornach 1999, S. 139.
- ↑ Friedrich Scheffer, Paul Schachtschabel: Lehrbuch der Bodenkunde, Berlin 2018, 772 S.
- ↑ Gunter Gebhard: Persönliche Mitteilung.
- ↑ Los ribosomas están constituidos de ARN ribosomal. Se originan en el nucleolo del núcleo celular y forman en el plasma los organelos para la formación de proteínas (cosmológicamente, el nucleolo es un equivalente de la Tierra en el microcosmos célula). El núcleo celular corresponde a la esfera lunar y la membrana celular a la esfera de Saturno. Las mitocondrias poseen un ADN desnudo propio, se multiplican en su propio ritmo y tienen sobre todo la tarea de la respiración celular con los citocromos que contienen hierro. Cosmológicamente, las mitocondrias están en relación con Marte.
- ↑ Rudolf Steiner: Geisteswissenschaftliche Gesichtspunkte zur Therapie, GA 313, Vortrag vom 15. April 1921, Dornach 2001, S. 91.
- ↑ Friedrich Husemann, Otto Wolff: Das Bild des Menschen als Grundlage der Heilkunst, Band II: Zur allgemeinen Pathologie und Therapie, Stuttgart 1991, S. 394.
- ↑ Ebd., S. 395.
- ↑ Hermann von Guttenberg: Lehrbuch der allgemeinen Botanik, Berlin 1955, S. 15.
- ↑ Rudolf Steiner: Geisteswissenschaftliche Gesichtspunkte zur Therapie, GA 313, Vortrag vom 12. April 1924, Dornach 2001, S. 44.
- ↑ Rudolf Steiner: Die Geheimwissenschaft im Umriss, GA 13, Dornach 1989.
- ↑ Gunter Gebhard: Persönliche Mitteilung.
- ↑ Rudolf Steiner: Geisteswissenschaftliche Grundlagen zum Gedeihen der Landwirtschaft, GA 327, Vortrag vom 13. Juni 1924, Dornach 1999, S. 139.
- ↑ Rudolf Steiner: Geisteswissenschaftliche Grundlagen zum Gedeihen der Landwirtschaft, GA 327, Vortrag vom 14. Juni 1924, Dornach 1999, S. 167.
- ↑ Rudolf Steiner: Die Geheimwissenschaft im Umriss, GA 13, Dornach 1989.
- ↑ Véase también: Jean-Michel Florin (Hrsg.): Biologisch-dynamischer Weinbau, Dornach 2020, S. 154 f.
- ↑ Jochen Bockemühl, Kari Järvinen: Auf den Spuren der Präparatepflanzen, Dornach 2005, S. 105.
- ↑ Ebd., S. 107.
- ↑ Rudolf Steiner: Geisteswissenschaftliche Grundlagen zum Gedeihen der Landwirtschaft, GA 327, Vortrag vom 11. Juni 1924, Dornach 1999, S. 83.
- ↑ Christian von Wistinghausen, Wolfgang Scheibe, Eckhard von Wistinghausen: Anleitung zur Herstellung der biologisch-dynamischen Präparate, Arbeitsheft Nr. 1, Stuttgart 1998, 96 S.
- ↑ Rudolf Steiner: Geisteswissenschaftliche Grundlagen zum Gedeihen der Landwirtschaft, GA 327, Vortrag vom 14. Juni 1924, Dornach, 1999, S. 167.
- ↑ Walter Stappung: Die Düngerpräparate Rudolf Steiners – Herstellung und Anwendung, Rüfenacht 2017, Bd. I + II: 748 S.
- ↑ Christian von Wistinghausen, Wolfgang Scheibe, Eckhard von Wistinghausen: Anleitung zur Herstellung der biologisch-dynamischen Präparate, Arbeitsheft Nr. 1, Stuttgart 1998, S. 71.
- ↑ Siehe hierzu: Ulrich Meyer: «Optimierung der Kieselsäure-Extraktion aus Equisetum arvense – Ergebnisse für die alltägliche Praxis» (Optimización de la extracción de ácido silícico de Equisetum arvense – resultados para la práctica cotidiana), in: Ulrich Meyer, Peter Alsted Pedersen (Hrsg.): Anthroposophische Pharmazie, Berlin 2016, 807 S.
- ↑ Rudolf Steiner: Die Geheimwissenschaft im Umriss, GA 13, Dornach 1989.
- ↑ Rudolf Steiner: *Geisteswissenschaftliche Grundlagen zum Gedeihen der Landwirtschaft*, GA 327, Vortrag vom 14. Juni 1924, Dornach 1999, S.167.
- ↑ Walter Stappung: Die Düngerpräparate Rudolf Steiners – Herstellung und Anwendung, Rüfenacht 2017, Bd. I + II: 748 S.
- ↑ Rudolf Steiner: Geisteswissenschaftliche Grundlagen zum Gedeihen der Landwirtschaft, GA 327, Vortrag vom 11. Juni 1924, Dornach, 1999, S. 64.
- ↑ Gunter Gebhard: Persönliche Mitteilung.
- ↑ Gunter Gebhard: Persönliche Mitteilung.
- ↑ Gunter Gebhard: Persönliche Mitteilung.
- ↑ Rudolf Steiner: Geisteswissenschaftliche Grundlagen zum Gedeihen der Landwirtschaft, GA 327, Vortrag vom 10. Juni 1924, Dornach 1999, S. 60.
- ↑ Ebd., S.44.
- ↑ Cfr. Elisabeth Vreede: Astronomie und Anthroposophie, Dornach 1980, p. 75; ídem: Über den Planeten Merkur, en: Kalender Ostern 1942–1943, Arlesheim; así como ídem: Texte über Planetensphären in den Rundschreiben 1927–1930 (elaboración de Liesbeth Bisterbosch y Frauke Roloff, octubre de 2020). — En el curso de esta emancipación de la conciencia humana hacia el autodespertar volcado hacia la Tierra, puede comprenderse que se produjera una confusión entre las esferas de Venus y Mercurio. Esta confusión no afecta al cuerpo planetario como tal, sino a sus esferas de acción activas en lo suprasensible, a aquello que desde los orígenes estos dos cuerpos celestes, Venus y Mercurio, representaban como entidades activas en lo espiritual-anímico.
- ↑ Lievegoed ha dedicado un estudio detallado a la triplicidad polar de los preparados de estiércol en su relación con el obrar planetario y los procesos vitales en la planta y el animal (Bernhard C.J. Lievegoed: Planetenwirken und Lebensprozesse in Mensch und Erde, Stuttgart 2002, 82 S.). En él se describe cómo en los procesos vitales de las plantas de los preparados actúa cada vez un representante de los planetas suprasolares en relación polar con uno de los infrasolares: Saturno con la Luna, Júpiter con Mercurio y Marte con Venus, con el Sol en el centro en cada caso; asimismo, cómo las fuerzas de este obrar polar, al ser envueltas por los órganos animales y expuestas a las fuerzas invernales y solares, entran en interacción reforzada y son preservadas; y cómo de ello se vuelven comprensibles los procesos que Rudolf Steiner describió así: vigorizantes, sanadores, armonizadores entre sí, que despiertan la sensibilidad, en el suelo y en las plantas.
- ↑ Véase al respecto: Lothar Vogel: Der dreigliedrige Mensch, Dornach 1979, S. 239.
- ↑ Véase al respecto: Michaela Glöckler: «Das Nieren-Blasen-System und das Schafgarbenpräparat» (El sistema renal-vesical y el preparado de milenrama); en: Manfred Klett und Markus Hurter (Hrsg.): Zur Frage der Düngung im biologisch-dynamischen Landbau, Dornach 1994.
- ↑ Véase al respecto, por ejemplo: Rudolf Steiner: Geistige Hierarchien und ihre Widerspiegelung in der physischen Welt, GA 110, Dornach 1991; así como: Die geistigen Wesen in den Himmelskörpern und Naturreichen, GA 136, Dornach 1996.
- ↑ Rudolf Steiner: Esoterische Betrachtungen karmischer Zusammenhänge, Bd. V, GA 239, Vortrag vom 9. Juni 1924, Dornach 1985, S. 166.
- ↑ Rudolf Steiner: Geisteswissenschaftliche Grundlagen zum Gedeihen der Landwirtschaft, GA 327, Vortrag vom 10. Juni 1924, Dornach 1999, S. 55.
- ↑ Ebd., Vortrag vom 13. Juni 1924, S. 138.
- ↑ Rudolf Steiner: Esoterische Betrachtungen karmischer Zusammenhänge, GA 239, Vortrag vom 10. Juni 1924, Dornach 1985, S. 172.
- ↑ Rudolf Steiner: Die Geheimwissenschaft im Umriss, GA 13, Dornach 1989.
- ↑ Jochen Bockemühl: Vom Leben des Komposthaufens, Sonderdruck Elemente der Naturwissenschaft Nr. 29: S. 1–67, Dornach 1978.
- ↑ Herbert Koepf: Landbau, natur-und menschengemäß. Methoden und Praxen der biologisch-dynamischen Landwirtschaft, Stuttgart 1984, 270 S.
- ↑ Ebd., 1980.
- ↑ Uli Johannes König: Ergebnisse aus der Präparateforschung, Schriftenreihe Band 12, Institut für biologisch-dynamische Forschung, Darmstadt 1999, Loseblattsammlung.
- ↑ Paul Mäder et al.: Erkenntnisse aus 21 Jahren DOK-Versuch. FiBL Dossier: Bio fördert Bodenfruchtbarkeit und Artenvielfalt, Frick 2000, 16 S.
- ↑ Uli Johannes König: Ergebnisse aus der Präparateforschung, Schriftenreihe Band 12, Institut für biologisch-dynamische Forschung, Darmstadt 1999, Loseblattsammlung.
- ↑ Ebd., siehe die dortige Literaturzusammenstellung.
- ↑ Rudolf Steiner: Geisteswissenschaftliche Grundlagen zum Gedeihen der Landwirtschaft, GA 327, Ansprache vom 11. Juni 1924, Dornach 1999, S. 234.
- ↑ Rudolf Steiner: Der Jahreskreislauf als Atmungsvorgang der Erde und die vier großen Festeszeiten. Die Anthroposophie und das menschliche Gemüt , GA 229, Vortrag vom 28. September 1923, Dornach 1923, S. 117.
- ↑ Rudolf Steiner: Geisteswissenschaftliche Grundlagen zum Gedeihen der Landwirtschaft, GA 327, Vortrag vom 20. Juni 1924, Dornach 1999, S. 21.
- ↑ Véase al respecto Rudolf Steiner: Die Philosophie der Freiheit, GA 4, Dornach 1995.
- ↑ Véase al respecto Rudolf Steiner: Wie erlangt man Erkenntnisse der höheren Welten?, GA 10, Dornach 1992.
- ↑ Christian Morgenstern: Werke und Briefe. Stuttgarter Ausgabe, Band II, Lyrik 1906–14, Stuttgart 1992, S. 213 f.
- ↑ Johann Wolfgang von Goethe: Goethes Werke. Naturwissenschaftliche Schriften, hrsg. v. Rudolf Steiner, Band 1, in: Kürschners Deutsche National-Litteratur, Berlin und Stuttgart 1887 (Reprint Dornach 1975): «Einleitung zum ersten Band» (Introducción al primer volumen), S. XXXI.
- ↑ Vgl. Rudolf Steiner: Geistige Wirkenskräfte im Zusammenleben von alter und junger Generation; Pädagogischer Jugendkurs, GA 217, Dornach 1988.
- ↑ Steiner Rudolf: Die geistige Führung des Menschen und der Menschheit, GA 15, Dornach 1987, S. 66.
- ↑ Rudolf Steiner: Geisteswissenschaftliche Grundlagen zum Gedeihen der Landwirtschaft, GA 327, Vortrag vom 10. Juni 1924, Dornach 1999, S. 42: «Nun, eine Landwirtschaft erfüllt eigentlich ihr Wesen im besten Sinne des Wortes, wenn sie aufgefasst werden kann als eine Art Individualität für sich, eine wirklich in sich geschlossene Individualität.» (Ahora bien, una agricultura cumple propiamente su esencia en el mejor sentido de la palabra cuando puede concebirse como una especie de individualidad para sí, una individualidad verdaderamente cerrada en sí misma.)










