Manfred Klett: Von der Agrartechnologie zur Landbaukunst/es

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Libro Manfred Klett, primera edición 30 de junio de 2021. Más libros aquí: Literatura

Manfred Klett

De la agrotecnología al arte de la agricultura

Rasgos esenciales del cultivo biodinámico

Una agricultura del futuro

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Versión en línea en biodyn.wiki: © Copyright 2025 by François Hagdorn, Todos los derechos reservados

Diseño de cubierta: Wolfram Schildt, Edición: Hans-Christian Zehnter, Claus Jahncke, Conceptos de imágenes: Manfred Klett, Realización: Mathias Buess e Ivana Suppan, salvo indicación contraria, Composición tipográfica: Atelier Doppelpunkt, Johannes Onneken, Münchenstein, Impresión: Beltz, Grafische Betriebe, Bad Langensalza

Versión impresa disponible en Verlag am Goetheanum, 2021, ISBN 978-3-7235-1668-3 www.goetheanum-verlag.ch

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Dedicado a los cofundadores de la Betriebsgemeinschaft Dottenfelderhof (1968)

y a quienes, por propia capacidad de juicio y en el mismo espíritu,

quieren una nueva cultura agrícola y social.
7

Con dolor se ha

consolidado nuestra

Madre Tierra.

Nuestra misión es

espiritualizarla de nuevo,

reelaborándola mediante

la fuerza de nuestras manos

en una obra de arte

llena de espíritu.

Rudolf Steiner[1]

Índice

Primera parte 25

Segunda parte 199

Primera Säule:

Segunda Säule:

Tercera Säule:

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Manfred Klett en una clase de geología con estudiantes de la Landbauschule Dottenfelderhof en el año 2009 © Copyright 2021 by Landbauschule des Dottenfelderhof.
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El presente libro «Von der Agrartechnologie zur Landbaukunst» puede considerarse la síntesis de la obra vital de Manfred Klett.

Manfred Klett, nacido en 1933, es el decano del movimiento biodinámico. Después de haber viajado por el mundo durante décadas, junto a sus tareas y responsabilidades prácticas, como orador, docente y interlocutor, cabría imaginárselo ahora instalado en una plácida vejez. Pero esa imagen engaña, pues desde esa tranquilidad exterior Manfred Klett sale nuevamente a la luz pública con una obra de aliento amplio. Y quien lo conoce intuye de inmediato qué nos pone en las manos con ella: la quintaesencia de su actuación de toda una vida en pro de una agricultura del futuro. Con la mirada vuelta atrás, los frutos de esa vida son examinados y ordenados; un inventario estructurado de lo que la agricultura fue y es. Con la mirada puesta en adelante, tenemos ante nosotros una exhortación a las generaciones venideras en el sentido de orientaciones de trabajo, para que tomen en sus manos aquello que la agricultura lleva en sí como potencial de futuro.

El primer subtítulo, «Rasgos esenciales de la agricultura biológico-dinámica», puede entenderse como un índice resumido del contenido. Sí, se trata de la agricultura biodinámica, pero no en el sentido de una visión desde dentro, de un entendimiento interno de la 'comunidad' biodinámica consigo misma. ¿Se trata entonces de una visión desde fuera? Tampoco, pues en este escrito no se contempla nada desde fuera. Podría decirse, sin embargo, que se trata de una visión «hacia afuera». Una visión en la que aquello que llamamos 'biodinámico' es investigado más allá del movimiento y de su propia comprensión de sí, para encontrar en sus rasgos esenciales algo de lo que la agricultura es por su determinación. Eso es una gran exigencia, que requiere una fundamentación sólida. La obra que aquí se presenta puede leerse como esa fundamentación, y creo también que en el sentido del autor así quiere ser leída, tanto por su contenido como por su estilo. Por su contenido, contiene entre otras cosas

  • una historia de la agricultura en su relación con el desarrollo cultural y de la conciencia de la humanidad occidental
  • un estudio socioeconómico sobre la relación entre la industria y la agricultura
  • una doctrina sobre el organismo agrícola en su triple y cuádruple articulación
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  • una investigación sobre la 'Individualidad agrícola'
  • en el marco de los tres pilares del cultivo de la tierra —laboreo del suelo, rotación de cultivos y abonado— una exposición detallada de los preparados biodinámicos
  • un manual para campesinos biodinámicos
  • un manual para comunidades de granja e iniciativas asociativas en el entorno de fincas

Por su estilo, la fundamentación merece llamarse goetheanista en el mejor sentido. Es decir, no es abstracta, lógica y sistemática, sino que se orienta por el fenómeno. La biografía del autor es una vida para y con el impulso biodinámico. Las experiencias concretas de trabajo y los descubrimientos de ideas de fondo se pertenecen. La vida vivida es el entretejido de ambos, y el escrito que aquí se presenta permanece fiel a ese lenguaje de la vida. Experiencias prácticas concretas —ya sea en el campo, en el establo o en la reunión de trabajo— y formulaciones urfenoménicas sobre el suelo, los animales domésticos o la colaboración están próximas entre sí. Eso es deliberado. El estilo puede denominarse ‹real-ideal›. Y es la realización de lo que Manfred Klett llama en el título 'el arte de la agricultura'. Lo real no se pierde atomísticamente en los pormenores de datos y hechos, y lo ideal no se pierde en la abstracción de lo general; se buscan mutuamente y se fecundan entre sí en una unidad superior; ese arte puede llamarse el arte de la agricultura.

***

De los muchos temas, dos están desarrollados de manera asombrosamente extensa. El primero es el análisis socioeconómico de la situación actual de la agricultura. Dicho brevemente: la agricultura se ha industrializado, sin poder ser jamás industria. La formación de capital y el rendimiento del capital son ajenos a la naturaleza de la agricultura en la medida en que todavía tiene algo que ver con la 'tierra'. En cambio, le es propia lo que la industria desconoce: no consume sus medios de producción —suelo, plantas, animales— en el proceso productivo, sino que los preserva o los mejora. Este balance positivo en el sentido de la economía de la vida de la Tierra, incluido el balance hídrico y climático, es su contribución real a la economía general; y el autor conduce toda la reflexión de tal manera que esta perspectiva recibe una iluminación desde el futuro. Pues de ahí le crece a la agricultura biodinámica una tarea de configuración social que aún no ha sido reconocida ni asumida en la medida en que este escrito la presenta. Todo

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El mundo busca un balance sostenible de la economía mundial —aquí se señala un punto de partida y con ello se pronuncia la invitación a desarrollarlo y llevarlo al diálogo.

El segundo ámbito temático son los preparados biodinámicos. Con ello el autor expresa que considera los discretos aditivos al abono como de la mayor importancia esencial. Si se pone esto en relación con el título del libro, puede formularse así: los preparados en particular son *arte de la agricultura*, son *el ser* del cultivo biodinámico de la tierra, y son precisamente los preparados los que hacen posible una *agricultura del futuro*. ¿Cómo ha de orientarse la mirada para que esta intencionada puesta en relieve de los preparados se vuelva comprensible? La dirección de la mirada de Manfred Klett es la relación fundamental entre el ser humano y la naturaleza. En esta relación se opera, con los preparados y mediante ellos, una inversión de polaridad entre el tomar y el dar: el ser humano puede hoy, como ser humano individual, crear desde el caudal de su *alma espiritual* —cual artista— e incidir en el tejido interior de la naturaleza; y ella —la naturaleza que siempre lo ha sostenido, de cuyo seno ha brotado como ser terrestre— puede y quiere confiarse a esta cultivación que avanza, a la obra-de-manos del ser humano. Esta visión amplia sobre los preparados pertenece al legado agrícola que aquí se presenta. No se dice menos que esto: que la Agri-Cultura milenaria recibe, a través de los preparados biodinámicos, el impulso de renovación que le abre en absoluto el futuro.

Es la voluntad decidida de Manfred Klett que este libro sea editado y publicado en el Goetheanum. La Sección de Agricultura y la Editorial del Goetheanum han accedido de buen grado a ello. La Sección de Agricultura es, como una de once secciones, parte integrante de la Escuela Superior Libre para la Ciencia Espiritual en el Goetheanum. Esta Escuela aspira a trabajar desde la Antroposofía. En la actualidad se entiende a sí misma de un modo particular: quiere articularse en el acontecer del tiempo, para contribuir con aportaciones ante los grandes desafíos del presente. En ello se plantea en cada ámbito especializado la pregunta: ¿Cómo puede el conocimiento del ser humano como «Anthropos» ofrecer una orientación de futuro en medio de toda técnica y complejidad? Y también se plantea en cada campo de trabajo la pregunta: ¿Cómo pueden los seres humanos que trabajan concretamente —en la agricultura, por ejemplo— cultivar una disposición investigadora? El libro de Manfred Klett encaja de manera excelente en esta orientación de la Escuela. En primer lugar,

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intenta pensar la agricultura en todos sus aspectos consecuentemente desde el ser humano. La frase paradigmática del Curso agrícola de Rudolf Steiner, «el ser humano se convierte en fundamento», se convierte para el autor en la fuente a través de la cual mucho de lo ya conocido aparece bajo una nueva luz. Pero el libro es también la cosecha de una vida que ha estado siempre enraizada asimismo en la práctica de una agricultura activa y emprendedora, y puede ser así ejemplo y fuente de inspiración para muchos agricultores y agricultoras que quieran entenderse y actuar como investigadores de la práctica.

«Landbaukunst» —el arte de la agricultura— figura como orientación en el título del libro, y cabe preguntarse: ¿Ha de traer eso la solución para los desafíos del cambio climático, de la erosión del suelo, de la alimentación mundial? La respuesta puede ser: Sí, porque arte, el arte de la agricultura significa: cada persona con su compromiso individual, en su lugar del todo específico, vive una aportación insustituible. Cada granja, cada lugar donde se trabaje en el sentido de este libro, es un representante de la Tierra que nos ha sido confiada para su cultivo.

El libro aparece en 2021. Me tomo la libertad de recomendarlo a los lectores y de entenderlo como preludio a los eventos del centenario del Curso agrícola de Rudolf Steiner de 1924 en Koberwitz. Estamos al final del primer siglo de la agricultura biodinámica. Y con ello surge la pregunta: ¿Qué es preciso hacer ahora encaminándonos hacia un segundo siglo de acción del impulso biodinámico? Hoy nos enfrentamos en parte a realidades difíciles en las explotaciones y en la comercialización. Pero también conocemos los principios y pensamientos fundamentales de la Antroposofía, desde los cuales podemos albergar la esperanza de no fracasar ante esas realidades. Tenemos la posibilidad de desarrollarnos a nosotros mismos y a la agricultura desde el futuro, y así no solo conducir los problemas de la agricultura hacia una solución y abrir su futuro, sino también ganar impulsos de futuro para el lado natural del mundo y para la configuración social de la vida humana. A ello nos convoca Manfred Klett.

Für die Sektion für Landwirtschaft am Goetheanum

Ueli Hurter

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Prefacio

Ningún período de paz de la historia reciente ha hecho tan difícil como el presente que una persona pueda configurar de manera sostenible una explotación agrícola desde sus propias y más íntimas leyes vitales irdisch-kosmischen. Esta afirmación sorprende, pues hay subvenciones y un mercado ecológico en expansión. ¿Y acaso no se han convertido las explotaciones ecológicas en lugares de compra y encuentro? ¡Sí, sin duda! Pero todo esto encubre un déficit generalizado que domina la vida social. En tres ámbitos puede vivenciarse de manera existencial:

  1. A pesar de todos los grandiosos conocimientos sobre la naturaleza y la abundancia de sus fenómenos, el ser humano vive hoy en una relación con ella desvinculada y emancipada como nunca antes había existido. Los fenómenos de la majestad de la Creación que están ante los ojos quedan fuera de la vista. Esto se hace del todo manifiesto cuando, desde el nivel de conocimiento que hoy puede tenerse, se intenta configurar el trozo de tierra de una explotación agrícola como una integridad viviente. Se advierte que los conceptos no se corresponden con la realidad en la que se trabaja. Son muertos frente a ella, pues solo tienen relación con lo físico-anorgánico. Lo que puede hacerse con esos conceptos es fundar un reino junto a la naturaleza: el reino de las tecnologías. Con ellas, el ser humano amenaza con excluirse completamente de la naturaleza; se coloca como espectador a su lado, la gobierna desde fuera y está en camino de ceder su función de control por entero a un sistema digital «inteligente», que se gobierna a sí mismo. A través de su mundo conceptual, crea en sí mismo y en la naturaleza que lo rodea un desierto geistig-seelisch. Entonces tiene sed, y puede despuntar la pregunta de cómo puede vivificar los propios pensamientos de manera que no permanezcan como imagen muerta de lo sinnenfällig, sino que se conviertan en ideas vividas penetradas de espíritu, que tengan relación con el ser esencial que nos rodea. ¿Qué camino de ejercitación hay que recorrer en el pensar, sentir y querer para poder tender un puente consciente entre la vivencia del propio ser y la naturaleza, el ser-del-mundo? ¿Dónde están los seres humanos que se esfuerzan por alcanzar semejante capacidad para las ideas, dónde están las muchas manos que quieren, desde esas ideas, configurar un trozo de tierra como un pequeño universo, como el organismo de una granja? Llevar esto a cabo es un acto artístico, y en doble sentido: llegar a ser consciente del espíritu que ha cuajado en la obra de arte de la naturaleza, y desde esta
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    Geistgesinnung reunir a personas en comunidades de iniciativa que, por su propia fuerza, configuren explotaciones agrícolas como obras de arte de un género nuevo, abierto al futuro. Donde algo así ocurre, aunque sea de manera incipiente, caen muros de civilización.
  2. La agricultura es sofocada literalmente por una avalancha de leyes, ordenanzas, condiciones, regulaciones, controles. Esta maraña jurídica se anuda cada vez con más aprieto y confusión con cada catástrofe que desencadena una mala praxis en el cultivo intensivo industrializado (biocidas)[3] o en la ganadería industrial (p. ej., la EEB)[4]. Esta compulsión hacia un burocratismo desbordante, que después afecta a todos, frena la iniciativa propia de actuar de manera conformadora del derecho. No deja que surja la confianza, la sustancia espiritual del derecho vivido de persona a persona. Solo se mira a uno mismo, y se pasa de largo ante el otro. El derecho se convierte en una especie de «tecnología de la tutela». Pero si en el lugar mismo, a través de una formación de ideas cultivada en común, logra despertarse la voluntad para la acción, el sentimiento del derecho recibe alimento. Se aprende a sentir qué es lo que en la colaboración concreta de una comunidad de granja está en su derecho: cómo se articula el trabajo según las capacidades de cada uno, cómo se configuran la titularidad del suelo y el capital, los derechos de ingresos y de habitación, etc. Se abre de nuevo un campo de ejercitación, ahora uno del sentir, a través del cual la comunidad aprende a construir la obra de arte social de manera más desinteresada y confiada. En pasos de desarrollo irradia hacia afuera y llena de vida el sentimiento jurídico de las personas también en el entorno de una explotación agrícola.
  3. En el campo económico, la agricultura está bajo la presión de mercados anónimos que dictan los precios, una tecnología del egoísmo calculador. Una necesidad de capital enormemente elevada, ajena a su propia naturaleza, para la adquisición de medios de producción (como maquinaria, abonos, alimentos para el ganado, productos para el tratamiento de plantas y animales, biocidas, energía, etc.) la fuerza a una producción en masa unilateral y contaminante del medio ambiente, que a su vez abarata los precios, desencadena una competencia de desplazamiento a escala mundial, favorece la globalización de los mercados agrarios y es responsable de hambrunas en los países en vías de desarrollo. La agricultura, al
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    tirón de las riendas de los intereses del capital, está alienada de sí misma; está comercializada de cabo a rabo. Encontrar caminos y medios para romper esta cárcel representa hoy la mayor desafío para toda explotación agrícola. Superar estos muros puede lograrse cuando la granja se asocia económicamente con la transformación, el comercio y los consumidores de la región. Aquí se abre un tercer campo de ejercitación, enteramente orientado al futuro, en lo social. La mirada se amplía más allá de los límites de la granja hacia el entorno social. Se busca y se encuentra a los socios económicos que están dispuestos a poner su actividad económica al servicio de una convivencia asociativa y a orientarla hacia el bienestar de todos los implicados. El objetivo al que se aspira es crear, desde la asociación, una obra de arte de la «fraternidad», partiendo inicialmente de la granja y dentro del marco regional entre los socios económicos. Se trata del arte de aprender, en comunidad y en el desarrollo de un sentido comunitario, a pensar de manera vívida los hechos económicos en sus contextos. Ese arte halla su expresión en una cultura de acuerdos de trato desinteresado con vistas a cubrir las necesidades regionales y a encontrar un precio justo al valor.

La agricultura del siglo XX/XXI se convierte cada vez más en una cuestión ecológica y, yendo más allá, en una cuestión acerca de la formación de la Tierra, en el sentido de Novalis: «Estamos llamados a la formación de la Tierra».[5]Pero al mismo tiempo — y apenas reconocida todavía en su inmensa trascendencia — se presenta hoy, abarcando toda la vida civilizatoria, como una cuestión social. Es ella la que clama en alta voz por un cambio de mentalidad en la conciencia del ser humano frente a las cosas y los seres de la naturaleza. El ser humano ha ascendido desde la creación hacia una creatividad autónoma y libre. ¿Quiere «reconocer» esto y obrar en consecuencia? ¿Quiere, en lugar de servirse únicamente a sí mismo, lanzarse a la brecha con abnegación y valentía por los otros y por lo otro? La agricultura carece — tal como se ha vuelto bajo la dominación de la tecnología racional y tal como promete volverse cada vez más bajo la tendencia a la dirección digital — de impulsos que renueven la cultura. Pero quienes tienen el coraje de trabajar biodinámicamente siguiendo sus propias intuiciones observarán que pronto, desde gérmenes iniciales, florece insularmenterupting una nueva cultura que irradia hacia fuera. Quedan entonces llenos de la certeza de que el camino emprendido, por muchos obstáculos que se

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oponen — quizás tan solo por pusilanimidad burguesa y actitud retrógrada —, es aquí y ahora practicable.

El presente libro quiere señalar los pasos interiores y exteriores de este camino, tal como se presentan para quien los intenta recorrer desde los conocimientos de la ciencia espiritual antroposófica en la agricultura biodinámica. En este camino uno se experimenta siempre como quien está al principio. Las ideas obtenidas de la ciencia espiritual son el astro rector del trabajo cotidiano; lo realizable es obra fragmentaria en un desarrollo cuya fertilidad revela sólo la fuerza creadora de estas ideas, y con ella su verdad. En el trabajo guiado por ideas yace únicamente el manantial del vivenciar la verdad. Uno se hace entonces consciente del hecho de que las aspiraciones de la agricultura biodinámica no son una alternativa temporal como otras frente a la agricultura quimiotécnica, sino que se insertan — desde el punto de vista de la historia de la conciencia — en un hilo conductor que se extiende, en metamorfosis continua, a través de la historia de las grandes civilizaciones antiguas precristianas y de las épocas posteriores al Cambio de los Tiempos hasta hoy. Cuando uno se hace consciente de ello, la idea del desarrollo cobra vida. El propio ideal se llena de certeza en el conocimiento; uno se siente a sí mismo como ser en devenir, instalado en una tarea que impulsa a recoger el hilo conductor para seguir anudando desde él hacia el futuro, en una superación conscientemente ejercitada de la brecha de emancipación — mencionada al principio — entre el ser humano y el mundo.

Dottenfelderhof, otoño de 2020

Manfred Klett

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Primera Parte

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La polaridad entre industria y agricultura

Si uno dirige la mirada a la situación de la agricultura no solo en toda Europa, donde la cultura agraria cristiano-occidental fue en otro tiempo portadora de civilización, sino en toda la redondez de la tierra, no yerra en el juicio de que ha perdido su antigua significación cultural y que ha llegado a convertirse, en último término, en una especie de carga del desarrollo civilizatorio. Una sobreabundancia de hechos da testimonio de ello. La agricultura, como impulso portador de cultura que se había extendido y manifestado a través de países y pueblos de la tierra en la mayor diversidad, ha cedido el paso a una uniformidad civilizatoria. Ha caído bajo la sentencia de muerte como elemento cultural sustentador de la humanidad. Siempre que algo muere, se dirige un llamado a los contemporáneos a tomar conciencia de tal muerte, así como de sus circunstancias y de las posibilidades de desarrollo que pueden brotar de esa muerte como nuevos gérmenes de vida. El ser humano despertado a la autoconciencia necesita vivenciar el umbral de la muerte. Solo la muerte despierta y libera la mirada cognoscente para preguntar qué conocimientos han de ganarse, qué condiciones han de crearse para que pueda surgir una nueva vida y un nuevo devenir — por decirlo así, una resurrección hacia una nueva portación de cultura.

Estas preguntas las han asumido las ciencias, aunque en medida muy restringida y dejando fuera al ser humano, que es precisamente quien formula estas preguntas. De la investigación, llevada hasta el detalle más extremo, de la parte puramente física y calculable de la realidad del conjunto de la naturaleza han surgido enormes éxitos materio-económicos que han atraído a los seres humanos cada vez más profundamente al hechizo de los modos de producción tecnológicos fundados en la ciencia. Inadvertidamente, la agricultura campesina sucumbió, en una silenciosa revolución social, primero lentamente y a partir de los años sesenta del siglo XX con pasos de gigante, a la industrialización y con ello a su muerte cultural.

En el presentimiento de este desarrollo, a principios del siglo XX despertó en pocas personas singulares la voluntad de buscar caminos para reformar la agricultura desde las fuentes de su propia legalidad vital, desde su propio acervo ético-moral. La Iglesia seguía estando en el pueblo, pero su fuerza menguaba para poder seguir siendo compañera espiritual-moral del campesino en el camino hacia la modernidad, hacia la libre autodeterminación y, con ello, en el manejo de las nuevas posibilidades técnicas. Entre los pocos había quienes, desde su práctica profesional, llegaron a preguntas concretas acerca de una metamorfosis

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de lo Antiguo en lo Nuevo, en lo Venidero. Con estas preguntas se dirigieron a Rudolf Steiner (1861–1925), el fundador de la ciencia espiritual antroposófica, con el ruego de orientaciones para una renovación de la agricultura hacia el futuro. Este ruego fue atendido en torno a Pentecostés de 1924 con el «Curso de agricultura», que en el marco de la Obra Completa de Rudolf Steiner recibió el título de «Fundamentos de ciencia espiritual para el progreso de la agricultura».[6] El curso fue impartido en la finca del Castillo Koberwitz (hoy Kobierzyce) cerca de Breslau (hoy Wroclaw, en Polonia), en Silesia.[7] En ocho conferencias se dirige la mirada hacia contextos de ideas que invocan la fuerza creadora del ser humano a la actividad en dos direcciones. Por un lado hacia dentro, intentando pensar estas ideas de la investigación espiritual de manera imaginativa y hacer que el pensar se convierta en vivencia. Por otro lado hacia fuera, intentando desde esta vivencia de las ideas configurar la naturaleza de un lugar de la Tierra, más allá de su ser dado por la naturaleza, hasta alcanzar la integridad de una agricultura. Este planteamiento presupone una disposición interior investigadora tanto con respecto a lo que se ofrece a los sentidos como fundamento natural de la granja, como con respecto a lo que se revela al conciencia pensante como resultado de la investigación espiritual. Esta disposición interior científica abre un mundo de hechos de naturaleza sensible y suprasensible y al mismo tiempo el contexto de sus nexos relacionales entre sí. En la reflexión sobre tales contextos relacionales — por ejemplo entre el sol y la clorofila, los ritmos lunares y los fenómenos meteorológicos, la flor y el insecto polinizador, el gusano de tierra y la formación de humus, etc. — se crea el suelo para una vivencia interior desde la que, brotando de ella, cada acción puede llegar a ser un acto artístico. En este sentido, la práctica de una agricultura de orientación antroposófica es un acontecer artístico de cabo a rabo: una vivencia de ideas elaborada interiormente llega a la expresión hacia fuera a través del puente del trabajo. Lo que se desarrolla en las exposiciones de Rudolf Steiner en «Arte y conocimiento del arte»[8] puede resumirse en la siguiente forma: el arte es cuando algo sensible que vive en la contemplación intuitiva — y, oculto en ello, algo suprasensible — se interioriza en las profundidades del alma hasta convertirse en vivencia y desde esta vivencia se expresa en algo exterior. El arte brota de esta manera

del alma del ser humano. «Los seres humanos llegarán a ser capaces de crear algo que enriquece la Tierra, que es nuevo en la Tierra, que sin tu capacidad [del artista; nota del autor] no habría existido, que es como una semilla de futuro en la Tierra.»[9]

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La fertilidad del suelo es, por ejemplo, un espejo de cuán detalladas y a la vez abarcadoras viven en mí las ideas que representan las tres columnas de una verdadera cultura del suelo: el laboreo del suelo, la rotación de cultivos y el abonado.[10] Este ejemplo puede extenderse a la integridad de la granja. Ella es un espejo de lo que vive como imagen configurada de la granja en la comunidad de trabajo que actúa allí, y de igual modo puede especificarse hasta cada acción individual en el trato con la naturaleza vivificada y animada.

De la aplicación de los conocimientos de las ciencias naturales surge la técnica. Ella es el producto del espíritu inventivo humano y del manejo de leyes, sustancias y fuerzas que actúan en la naturaleza inanimada, es decir, puramente física. El proceder meramente técnico interrumpe el nexo relacional que uno tiene, trabajando, en parte conscientemente y en parte inconscientemente, con las cosas y los seres; el curso de trabajo de la máquina está establecido y, dentro de los límites fijados, es universalmente válido. Se sustrae al vivenciar humano y cierra con ello la puerta al ejercicio de un arte artesanal que forma el puente hacia la naturaleza vivificada y animada.

Todo cuanto la técnica separa, reduce y reivindica como universalmente válido, lo une el arte; el arte respeta la multiplicidad de los contextos y es tanto más verdadero y productivo cuanto más individualmente procede en su obra.

La introducción de la técnica en la agricultura desde el siglo XIX ha traído consigo transformaciones sociales de la mayor envergadura. Ha liberado a los seres humanos del trabajo pesado, pero con ello también ha racionalizado y expulsado del proceso de trabajo a una gran parte de la población rural. Ha incrementado la productividad mediante la unilateralización de los sistemas de cultivo y de ganadería y, como efecto secundario duradero, ha convocado la problemática medioambiental global; en pocas palabras, la tecnificación, siguiendo su propia dinámica, ha fomentado la industrialización global de la agricultura y la competencia internacional y con ello el declive de los precios agrarios. Los costes de los enormes daños medioambientales mundiales,

Los costes de los enormes daños medioambientales mundiales que con ello surgen no son cargados al causante, sino a la colectividad; son socializados.

El campesinado aún arraigado en la tradición popular fue despertando poco a poco a la conciencia de sí —con un retraso de casi cien años respecto a la población urbana— y con ello a la libre autodeterminación, por ejemplo en la elección de los caminos profesionales.

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La población campesina siguió el impulso de libertad de desligarse de la vinculación a la naturaleza y de la guía del espíritu del pueblo —que se expresaba en las tradiciones populares y en la impronta artística de las almas de los pueblos— para emprender, en la modernidad de la división del trabajo —al igual que antes el proletariado—, el trabajoso camino de la búsqueda de sí misma. Cambió la antigua seguridad en la corriente de la tradición de los pueblos y las almas populares por las tentadoras y al mismo tiempo desafiantes ofertas de la modernidad dividida en el trabajo. En el vacío espiritual que con ello surgió en el campo irrumpió el industrialismo agrario en la segunda mitad del siglo XX con la fuerza de un torrente desbordado sobre el resto de la población campesina, con la consecuencia inevitable de la equiparación de los métodos agrícolas con los de la producción industrial. Mediante esta equiparación se han creado hechos que pueden conducir a todo agricultor, con algo de recogimiento interior, a experiencias límite, a una vivencia de contradicciones creadas por él mismo que dan motivo a preguntas de conocimiento. Una pregunta de conocimiento de esta índole, que surge enteramente de la escisión de la práctica vital, es la siguiente: ¿Son iguales las condiciones de producción de la agricultura a las de la industria, o existe aquí una diferencia de principio? La respuesta a esta pregunta sólo puede hallarse a partir de una caracterización de los factores del modo de producción industrial en comparación con el agrícola.

Las condiciones de producción en la industria y la agricultura

En el punto de partida de la creación de valor industrial se encuentra el espíritu inventivo del ser humano. Son ideas surgidas del pensar las que, a través del trabajo humano, ponen en interacción las leyes, sustancias y fuerzas de la naturaleza inanimada —aisladas de su contexto natural— de tal manera que de ello surgen productos fuera de la naturaleza creada (máquinas, fertilizantes, biocidas), que luego ingresan como mercancías en el circuito económico.

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La perspectiva de éxito de la invención induce a un banco a proporcionar un crédito para la instalación de un centro de producción. Es decir, el espíritu del ser humano (la idea) crea capital, y este se coagula, a través del trabajo, en edificios, medios de producción, materias primas, energía, etc. Max Weber —economista y sociólogo alemán (1864-1920)— afirmó: «Eine leblose Maschine ist geronnener Geist» (Una máquina inerte es espíritu coagulado).[11]El espíritu, a su vez, sigue aspirando a la realización de la invención; impulsa al trabajo. Solo a través del trabajo surge la planta de producción y, en ella, mediante diversos procesos laborales, la generación del producto. Lo que caracteriza el proceso de producción industrial es que los valores se crean puramente por el hecho de que el espíritu inventivo determina el curso del trabajo humano y lo modifica de múltiples maneras, debiendo buscarse la expresión externa de este espíritu en la múltiple configuración del capital.[12]La naturaleza, en forma de materias primas y energía, pasa a un segundo plano cuanto más inteligencia humana fluye en el proceso de producción, es decir, cuanto más se estructura este en una división del trabajo. La división del trabajo, además, tiene un efecto abaratador en la producción de mercancías y, con ello, fomenta aún más el afán de expansión de la industria y el comercio, hasta llegar a la comercialización de todos los servicios. El capital surge, por un lado, del espíritu inventivo del hombre y de la división del trabajo; por otro, se encarga de que la división del trabajo se desborde sin medida. Como consecuencia, el proceso de producción industrial amenaza con emanciparse por completo de la naturaleza y, por la vía de la digitalización, del ser humano trabajador. Se convierte en el contrapolo avasallador de la agricultura y amenaza con romper las dos barreras que deberían mantenerlo moderadamente dentro de sus límites, a saber, la naturaleza y el ordenamiento jurídico.

El proceso de producción culmina con la generación de la mercancía, en la que se han incorporado la idea inicial del inventor, así como los conocimientos y habilidades de muchas personas en una división del trabajo que hoy abarca todo el mundo. El trabajo, dirigido por el capital —que es la idea coagulada—, se ha materializado en el producto final y le ha conferido un valor que recibe un precio en el intercambio de valores en el mercado. Si se consideran los factores que crean valor —en última instancia, es el trabajo guiado por el espíritu—, el precio no es calculable. Su surgimiento está sujeto a imponderables y distorsiones, que tienen su causa, en particular, en que la tierra, el capital y el trabajo humano son vistos como mercancías negociables y, por tanto, como

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un factor de coste en la formación del precio. No obstante, los precios se vuelven aparentemente calculables —lejos del valor real de los productos— al concebir todo lo que entra en la producción como una mercancía y convertirlo así en un factor de coste expresable en valor monetario. De este modo, en el precio de un producto industrial se incluyen todos los costes de producción, incluidos los costes laborales y una reserva, la tasa de amortización, mediante la cual el capital de producción consumido (desgaste de maquinaria, etc.) puede ser refinanciado y actualizado.

Para la industria es válido que el medio de producción no se renueva a sí mismo. El lugar de su generación está separado del de su rendimiento. El proceso de producción industrial consume recursos finitos de materias primas y energía; genera residuos, y los propios medios de producción están sujetos al desgaste y al deterioro. Se produce basura que, en la medida en que no puede ser reincorporada al ciclo energético y de materias primas a un alto coste, se acumula como una hipoteca para un futuro lejano en la Tierra (p. ej., residuos nucleares), contamina el agua y el aire, y desequilibra el balance térmico. A la producción industrial se le imponen límites de crecimiento; su balance de energía y materias primas es negativo. Cuanto menor es la participación de la naturaleza en la producción industrial, es decir, cuanto más domina la inteligencia humana el proceso de fabricación, como en el caso de la producción de chips de ordenador, más se desarrolla en régimen de división del trabajo y más independiente se vuelve la producción de su ubicación. Teóricamente, los productos de alta tecnología podrían fabricarse en cualquier lugar de la Tierra —por ejemplo, en una isla artificial en el mar— y desde allí cubrir la demanda mundial de estos productos.

La agricultura, de manera polar a la industria, está integrada en la economía de la naturaleza en su conjunto, el «Oikos». La creación de valor es el rendimiento de la naturaleza. De la relación recíproca entre la naturaleza inanimada (física), la viva y la animada, y bajo las influencias del cosmos en todo acontecer rítmico, surge como su producto el grano de cereal, la zanahoria, la leche, etc., y esto en estricta dependencia de la ubicación. La naturaleza es la productora; el ser humano se suma y, con su trabajo, dirige su fuerza generadora. Los medios de producción no son las máquinas, el tractor, la cosechadora, etc. —estos solo reemplazan y aumentan el rendimiento de la mano humana y de la fuerza de tracción animal—, sino el suelo fértil, las plantas fructíferas que proporcionan alimento y los animales domésticos con su respectiva contribución. En sentido figurado, estos constituyen el capital de producción de la agricultura.

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Abbildung 1: Die Polarität der Erzeugungsbedingungen in Industrie und Landwirtschaft.
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Son tanto más productivos, cuantitativa y cualitativamente, cuanto más se encuentran en una relación de fomento mutuo en cada emplazamiento de la explotación. De forma natural, se agrupan en biocenosis, en biotopos de mayor o menor tamaño.

Está reservado al rendimiento del trabajo y del espíritu del ser humano el dar forma a lo dispuesto por la naturaleza para convertirlo en una totalidad superior, en el organismo lo más cerrado en sí mismo posible: la explotación agrícola. Con la mirada puesta en las condiciones de producción cósmico-terrestres de la agricultura, de estas se deriva necesariamente el principio configurador del organismo que se articula de múltiples maneras. Este constituye, en su conjunto, el medio de producción de la agricultura y se contrapone así, de forma polar, al medio de producción de la industria: el mecanismo. El mecanismo se basa en la unilateralidad; el organismo, en la multilateralidad.

Si se reconoce y valora todo el alcance de la polaridad de las condiciones de producción en la industria, que surgen del espíritu del hombre, y aquellas en la agricultura, que son inherentes a la naturaleza, entonces, en rigor, no se puede formar capital en la agricultura. Pues lo que se invierte en trabajo sobre la naturaleza a través de la fuerza espiritual humana no se coagula en un medio de producción que, como la máquina, se sitúa al lado de la naturaleza; no se aíslan materias primas, energías y leyes naturales del contexto de la naturaleza para combinarlas de nuevo. El rendimiento espiritual consiste, por el contrario, en pensar el concepto de la cerrazón del todo organísmico, y el rendimiento del trabajo, en ordenar y poner en interacción mutua las fuerzas productivas que actúan en la naturaleza. Si una explotación agrícola se configura fiel a sus condiciones de producción, es una totalidad en perpetuo devenir, que incluye al ser humano que actúa y que se reproduce a sí misma en el proceso de producción. La formación de capital en la agricultura, hablando en sentido figurado, debe buscarse, por tanto, sobre todo en un acontecer temporal, a saber, en la conservación y el desarrollo de los medios de producción, de los suelos de cultivo, de las plantas cultivadas y de los animales domésticos, en el contexto de la totalidad superior del organismo de la explotación.

La industria y la agricultura se relacionan entre sí como la tecnología y el arte. El proceder meramente tecnológico tiende a la técnica de regulación, a la automatización. El ser humano se sitúa fuera del acontecer de la producción o se vuelve completamente superfluo. La agricultura, sin embargo, en su esencia más profunda, es precisamente un arte en la medida en que el ser humano trabajador, como ser humano pleno y con toda la fuerza de su alma espiritual, se pone al servicio de las

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fuerzas productivas de la naturaleza. La agricultura necesita la mano que trabaja, sí, muchas manos; la industria necesita el espíritu inventivo y el capital, que organiza la fuerza de trabajo humano en un sistema de división o la hace completamente superflua.

De la agricultura surgen productos, principalmente alimentos, que toda persona necesita a diario. En el mercado, estos entran en una relación de valor con las mercancías industriales, es decir, producidas bajo división del trabajo, relación que se refleja en el precio. El precio del producto industrial está sujeto a un abaratamiento con la progresiva división del trabajo. Si ya este no es calculable debido a las fluctuantes condiciones ambientales, las plagas, etc., el proceso de formación de los precios de los productos agrícolas permanece en una oscuridad total. Pues el talento, es decir, la fuerza productiva de cada organismo agrícola, es diferente. Sin una compensación de precios en el marco de asociaciones económicas, en las que «der Wert der Ware durch ihr gegenseitiges Verhältnis bestimmt wird» (el valor de la mercancía se determina por su relación mutua), cada granja tendría que tener sus propios precios de mercado. De hecho, esto se practica de forma aproximada en el movimiento CSA.

En primer lugar, es un hecho que la agricultura, en comparación con la empresa industrial, produce necesariamente a un coste más elevado, porque el principio abaratador de la división del trabajo contradice sus condiciones de producción: la multiplicidad en la totalidad. Se intenta eludir esto adoptando el modo de producción industrial. Para ello, la totalidad del organismo de la explotación se descompone, se desmembra en partes. Cada parte se convierte, con una considerable inversión de capital, en una empresa individual industrial-agrícola que, bajo condiciones marco aparentemente calculables, produce en masa de forma altamente especializada y domina el mercado con precios sin competencia. Pero este abaratamiento es un engaño, porque los costes consecuentes, que surgen de la destrucción del medio ambiente y del deterioro del valor nutritivo de los productos, así como los costes de las subvenciones —de la sinrazón subvencionada—, se cargan a la colectividad, al margen del mercado. Si estos costes ocultos se añadieran al precio de producción de la agricultura industrial[13][14]

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perdería su poderío en el mercado; saldría a la luz el hecho de que genera valores aparentes.

Cómo se forma el precio en la agricultura es un fenómeno oculto, que comienza a esclarecerse un poco a través de iniciativas como el «free-trade» —que no debe confundirse con los acuerdos de libre comercio— o también en el caso de las comunidades de productores y consumidores. El precio de la producción primaria como tal no es calculable; los factores que determinan el valor para los precios de la producción primaria agrícola son:

  • El talento natural en lo que respecta a las interacciones de los factores locales: tierra, agua, aire y calor, así como la configuración geomorfológica del paisaje.
  • El talento natural en lo que respecta a las fuerzas creadoras que residen en los seres de la naturaleza (plantas, animales, etc.) y su eficacia en los ritmos del ciclo anual.
  • El trabajo del ser humano guiado por ideas.
  • La armonización mesurada de todos los órganos en el todo del organismo de la explotación por parte del ser humano.

Mediante la interacción de estos factores surge, de manera polar a la formación de valor en la industria, un valor objetivo de los productos, como el del trigo, la leche, el pan, el queso, etc. El precio sería justo si correspondiera a este valor objetivo o al menos se aproximara a él. Pero, ¿cómo se puede aprehender este precio?

Además, la formación de valor de la producción primaria agrícola está determinada por dos propiedades: en primer lugar, por la capacidad de reproducirse a sí misma en el proceso de producción y, en segundo lugar, por convertirse en alimento para el ser humano y los animales. El grano de trigo, por ejemplo, es, junto con el suelo en el que se siembra, un medio de producción para la siguiente cosecha y, al mismo tiempo, es cereal panificable. La vaca se reproduce a sí misma en el ternero, y unido a este proceso está su capacidad de dar más leche de la necesaria para la cría del ternero. Los medios de producción de la agricultura tienen la propiedad de poder reproducirse a sí mismos en el proceso de producción y, al mismo tiempo, convertirse en alimento para el ser humano y los animales. Corresponde al agricultor configurar las condiciones de cultivo y cría de tal manera que ambas capacidades se mantengan en un equilibrio sostenible a un alto nivel en el proceso de producción. Es decir, debe cultivar el trigo, etc., y criar, alimentar, cuidar y seleccionar la vaca, etc., aquí y ahora, de tal modo que estos medios de producción de lo viviente conserven sus propiedades especiales hasta un futuro lejano

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o incluso puedan adquirir otras nuevas, en correspondencia con las cambiantes necesidades alimentarias.

Este hecho, sobre todo, fundamenta el modo de producción fundamentalmente polar en la industria y la agricultura. Esto se expresa también en que los medios de producción agrícolas —suelo, plantas, animales— no son amortizables debido a su capacidad de autorrenovación. Lo que en la industria es la amortización como reserva de capital, en la agricultura es la fuerza conservadora y desarrolladora del valor del organismo de la explotación como una totalidad. No obstante, la sustitución de la fuerza de trabajo humana y de la fuerza de tracción animal por la máquina ha supuesto para la agricultura elevadas amortizaciones que no se refieren al medio de producción como tal. Pero no es la cosechadora la que produce el grano, ni la ordeñadora la que produce la leche, sino la vida, el mundo de fuerzas creador de relaciones, que tiene su origen en lo esencial de la naturaleza viva y animada.

Así pues, el precio de los productos agrícolas solo sería adecuado si coincidiera con su valor objetivo. Una medida para ello podría ser que la estructura de precios de la producción primaria del organismo agrícola —es decir, sin procesamiento posterior— cubriera los costes de explotación, así como el sustento de todos los empleados y sus familias de un año de cosecha al siguiente.

Esto presupone estructuras de comercialización que reúnan en un círculo regional a agricultores, transformadores, mayoristas y minoristas, así como a consumidores que deseen colaborar en este sentido. A diferencia de la industria, la agricultura está orientada a la economía regional. De acuerdo con sus condiciones de producción, produce en toda su diversidad allí donde viven personas y donde estas condiciones lo permiten. Por lo tanto, es natural que el camino más corto del productor al consumidor sea el más barato y, al mismo tiempo, el que mejor conserva la calidad.

También la agricultura genera, en lo que respecta al puro proceso de producción cósmico-terrestre, desechos, pero no basura. Los desechos provienen de la naturaleza viva y animada, de los residuos vegetales y animales que regresan al seno de la naturaleza y se transforman en humus, el[15]

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portador de la fertilidad del suelo. Con una gestión adecuada, en el sentido del principio del organismo, el balance de sustancias y fuerzas de la granja se regenera en gran medida por sí mismo. Al consumo de energía y materias primas de la industria se contrapone la construcción, el abono autogenerado y la nueva formación de humus. La producción primaria pura de la agricultura, teniendo en cuenta todas las medidas que sirven a la construcción del suelo (abonado, rotación de cultivos, laboreo), tiene un balance energético positivo. Este hecho se invierte hoy en día por la alta inversión de capital en forma de fertilizantes nitrogenados, biocidas, piensos externos y energía. También debe mencionarse aquí la pérdida de suelo por erosión, incluso en terrenos de pendiente suave en la agricultura de gestión industrial (especialmente en el cultivo de maíz). Sin embargo, desde una perspectiva económica global y de futuro, la agricultura tiene la tarea de compensar el balance energético negativo de la industria.

Vemos que la polaridad entre industria y agricultura debe ser pensada radicalmente y las consecuencias para toda la vida cultural deben ser consideradas con rigor. Sin el equilibrio de este enorme campo de tensión, no puede haber una sanación de la vida económica. La determinación del precio de los productos agrarios en la regionalidad del mercado y en la asociación con la transformación y el comercio subsiguientes es lo que puede orientar la formación de precios en la economía organizada bajo la división del trabajo. La relación de medida con los precios en la industria y el comercio deberá determinarse en el futuro a partir de la producción primaria agrícola.

La sola consideración de la disparidad de las condiciones de producción en la industria y la agricultura ya indica que, para esta última, el organismo es, en primer lugar, el principio configurador consustancial a su creación de valor. El principio del organismo fue siempre inmanente al desarrollo de la agricultura, aunque bajo condiciones culturales muy diferentes en cada caso. Lo que hoy debe convertirse en una cuestión de comprensión consciente y con fundamento científico del organismo, en épocas anteriores brotaba de un obrar popular-instintivo, pleno de sabiduría. El desarrollo de la conciencia de la humanidad y, con ella, la historia de la agricultura, se refleja a grandes rasgos en la manera en que los seres humanos, poco a poco, han hecho del principio del organismo inmanente a la naturaleza el fundamento de un verdadero arte de la agricultura, a partir de la vivencia cada vez más consciente de su propio organismo corpóreo.

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El principio del organismo en la agricultura a la luz de la evolución de la conciencia de la humanidad

La época primordial

Los orígenes de la agricultura se remontan muy atrás, a tiempos prehistóricos. La humanidad vivía en los tiempos primordiales en estados de conciencia y condiciones terrestres completamente distintos de los actuales. Las descripciones de Rudolf Steiner sobre estos estados tempranos de la evolución del ser humano y de la Tierra arrojan luz al respecto. En los tiempos de la última configuración continental y de las grandes formaciones montañosas de la Tierra, el llamado «tiempo atlántico», vivía una humanidad que aún no pensaba en conceptos, sino que co-vivía el vivo tejer de la naturaleza y del espíritu creador en una vida instintiva pronunciada, espiritualmente inspirada, y que era capaz de preservar lo así vivenciado con unas fuerzas de memoria casi ilimitadas.

Si se siguen las descripciones de Rudolf Steiner en su «Ciencia oculta: Un bosquejo» y en la «Crónica del Akasha»,[16] la conciencia onírica de la humanidad atlántica — que en otro tiempo vivenciaba de manera esencial el cosmos espiritual — se fue desarrollando, a través de las épocas de las grandes civilizaciones antiguas postatlánticas, hasta llegar al autoconocimiento que se vuelve hacia la Tierra, tal como existe en el presente. Si se busca aquí una correspondencia con las eras descritas por la geología, puede equipararse aproximadamente al período abarcado por el Neozoico o el Terciario y el Cuaternario.

Del instintivo entretejimiento de la humanidad atlántica con las cosas y los seres de la naturaleza y de la espiritualidad del cosmos se comprende que los seres humanos, bajo la guía de entidades espirituales que les eran superiores, disponían de capacidades para ejercer influencia sobre la vida de las plantas (gramíneas, hierbas, árboles) y los animales (mamíferos, aves, insectos) que, al igual que ellos mismos, se encontraban aún en un estado plástico. Los atlantes llevaban en sí la herencia del último período de la época lemúrica — geológicamente, aproximadamente el Mesozoico —, en el cual estos tempranos prehombres fueron dotados con el Yo, el núcleo esencial del ser individual.[17] La misión de este Yo consistía entonces, en los subsiguientes períodos culturales atlánticos, en configurar la forma del cuerpo físico del ser humano y con ello poner el germen para

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sentar las bases para el desarrollo de niveles superiores de conciencia hasta el despertar de la autoconciencia.[18] Este desarrollo llegó a su fin con las grandes glaciaciones.

La cultura índica primitiva

Las así llamadas «épocas culturales postatlantes» —geológicamente: el Holoceno— tuvieron su inicio tras la retirada de los mantos de hielo en Europa y de las montañas de Asia Central, dejando tras de sí enormes capas de detritos y depósitos de loess, que en cada caso se convirtieron en el material de partida para la formación de los suelos hasta el día de hoy. En el Antiguo Testamento, así como en los mitos de los pueblos, se hace referencia al «gran diluvio», al diluvio universal. En esta imagen mítica quedó registrado el hundimiento del legendario continente de la Atlántida al final del período atlante —geológicamente, Terciario y Cuaternario—, tanto en la historia de la Tierra como en la de la conciencia. Como primera de las épocas culturales postatlantes floreció la «antigua cultura india» entre el octavo y el sexto milenio a.C.[19] Las altas culturas que siguieron a esta

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se sucedieron de este a oeste a lo largo de un cinturón que forma la zona de transición entre las antiguas zonas glaciales del norte y las pluviales del sur. Estas últimas albergaron en su día una rica flora y fauna; hoy se extienden allí desiertos.

Ningún documento externo procedente de esta época prehistórica da testimonio de la elevada cultura de la India primigenia. En ella tuvo lugar un paso de la conciencia hacia una vivencia contemplativa de una sabiduría divina, en la que el hombre protoindio se sentía entretejido como en su patria espiritual. Esta sabiduría resplandecía para él de manera esencial a través de toda la existencia terrenal. Fue reservado a una época posterior, aproximadamente en la transición al tercer milenio antes de Cristo, que con la pérdida de la antigua inmediatez espiritual surgiera la sensación de que el mundo de los sentidos era mera apariencia, era Maya. En este despertar a una conciencia cósmica crepuscular, el hombre protoindio se encontraba bajo la guía de un sacerdocio y era dirigido por la elevada sabiduría de los siete grandes maestros de la antigua India. Estos maestros primordiales fueron llamados los siete santos Rishis, a través de los cuales hablaban «los más grandes misterios de nuestro sistema solar, del mundo en general».[20]

Débiles resonancias de esta íntima afinidad con el espíritu, que perduró durante largos períodos, aparecen solo en una tercera etapa cultural de la India, en el segundo milenio antes de Cristo, en los libros de sabiduría de los indios, las sagradas escrituras de los Vedas y el Bhagavad-Gita. Este despertar onírico a un nivel superior de conciencia, a la vivencia de los ritmos de las fuerzas y de los seres del cosmos planetario, lo debe el hombre protoindio a la inmersión del Yo en el segundo miembro constitutivo del ser humano, en el cuerpo etérico. Solo entonces surgió la nítida frontera entre la inconsciencia nocturna y la vigilia del día.

La época cultural protoindia se desarrolló, al igual que las dos siguientes, en regiones donde la naturaleza, con sus fuerzas y sustancias, creaba por sí misma el suelo para su fertilidad, se configuraba a sí misma como un «organismo en el

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crecimiento natural».[21] Este fue el caso en las zonas que albergaban una vida vegetal y animal sobreabundante en los ríos que emergen del Himalaya: el Brahmaputra, el Ganges y el Indo. La interacción de los cuatro elementos, tierra, agua, aire y calor, era de una fuerza tan juvenil, renovada en los ritmos del curso del año, que se necesitaba muy poca intervención para ponerla al servicio de las necesidades de los seres humanos de entonces. El hombre protoindio estaba entregado a la contemplación. El mundo físico-sensible le era ajeno; buscaba mantener la relación con su patria en el espíritu.

La cultura persa primigenia

La alta cultura del antiguo Irán se encadenó, tanto en el tiempo como en el espacio, a la de la India primigenia, en una progresión de oriente a occidente.[22] Como en el caso de esta, una delimitación geográfica precisa resulta difícil; faltan hallazgos contemporáneos que permitan inferir la altura y singularidad de esta cultura, o mejor dicho, los verdaderos testimonios no son reconocidos como tales. Si se contempla lo conocido junto con las indicaciones de la investigación espiritual de Rudolf Steiner, no se estará equivocado al afirmar que se extendía desde la región del Himalaya occidental (macizo del Pamir) pasando por el Hindukush, con centro en Afganistán, hasta la Bactriana en el Irán oriental. Hacia el norte, el territorio cultural persa primigenio se abría, a través de los pequeños y mayores valles fluviales de los paisajes de piedemonte, hacia las estepas y desiertos que se extendían delante. Dos de los ríos, el Amu Daria y el Syr Daria (en la Antigüedad: Oxus y Jaxartes), dominan la estepa y desembocan en el mar de Aral. La polaridad entre estepa desértica y alta montaña, y entre la población turania nómada primigenia y los persas primigenios sedentarios, capacitados para lo terrestre, no podía ser más pronunciada. El pueblo cultural ascendente, orientado hacia el futuro, de los persas primigenios tuvo que defenderse en muchos enfrentamientos bélicos de los turanianos que se abalanzaban sobre ellos, conservadores de estadios de conciencia más antiguos. Y sin embargo, el mito habla de un rey de los turanianos, «Yima»,[23] que habría conducido a sus pueblos desde el norte hacia Irán. De Ahura Mazdao, el dios solar, recibió un arado de oro, la imagen primordial de la herramienta que trabaja la tierra

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la daga, «que da a los hombres la fuerza para labrarse el mundo sensible exterior».[24] La misma divinidad solar Ahura Mazdao es también el gran inspirador de Zaratustra, el conductor de los pueblos iranios, ya poco después de la catástrofe atlántica.[25] Esta elevada individualidad no debe confundirse con el Zaratustra histórico, tan cercano a ella en su índole esencial, o Nazaratos del siglo VI/VII a.C., el maestro de Pitágoras. Del Zaratustra primigenio, el fundador de la cultura persa primigenia en el sexto milenio antes de Cristo, proceden también los Misterios persas primigenios, cuyas enseñanzas resuenan lejanas en el Avesta zoroástrico. El Avesta, que no recibió su redacción escrita sino en torno al Cambio de los Tiempos, se atribuye al Zaratustra histórico de la época aqueménida persa (hacia el 600 a.C.).[26] Sin embargo, textos de los Cantos del Avesta (Gāthas) apuntan a tradiciones mucho más antiguas que se remontan a la sabiduría mistérica del Zaratustra primigenio. Fuentes antiguas de la escuela platónica señalan, junto al histórico, al Zaratustra primigenio, que habría vivido 6000 años antes de la muerte de Platón o 5000 años antes de la Guerra de Troya.[27]

En lugar del dominio sacerdotal en la antigua India y del obrar de los siete santos Rishis, vinieron ahora reyes-sacerdotes, cuyo primero fue el Zaratustra prehistórico.[28] La enseñanza del Zaratustra más antiguo anunciaba la contraposición originaria de luz y tiniebla, de bien y mal, del elevado ser solar Ahura Mazdao u Ormuzd y el espíritu de las tinieblas, Ahrimán o Angra mainyu, el soberano de las profundidades de la tierra. Zaratustra instruyó a los hombres para que no se volvieran únicamente hacia el elevado ser solar en actitud de veneración, sino que lo buscaran activamente a través de la Maya en el mundo sensible exterior, para labrar la tierra, iluminarla de luz interior, transformar las plantas en sus órganos en fruto nutritivo y reformar la fiereza del animal en apertura del alma frente al hombre. Gran parte de las plantas cultivadas que hasta el día de hoy constituyen los alimentos básicos de la humanidad, a la cabeza los cereales (trigo y cebada), pero también variedades de hortalizas y fruta, proceden de la

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de la cultura persa primigenia en el período que va del séptimo al cuarto milenio antes de Cristo.[29] Son precisamente estas — y no las herramientas de piedra del *Neolítico* — las altas creaciones artísticas de esa cultura.

En el persa primigenio despertó el Yo en el cuerpo sensible, el tercer miembro constitutivo del ser humano aún no diferenciado, el cuerpo astral.[30] En este estadio del avanzar de la conciencia, fue apagándose la fuerza de la antigua clarividencia instintiva, y fue creciendo la capacidad — bajo la guía de los Misterios, y desde la vivencia de las relaciones cósmico-terrestres — de obrar transformadoramente sobre la tierra, las plantas y los animales. La relación sacro-mágica de los atlantes con las fuerzas espirituales creadoras que actúan en la tierra y en el cosmos se transformó en una relación sacro-artística. Fue el alto arte de los persas primigenios — edificándose sobre las creaciones culturales precedentes — al volverse sedentarios desde una inmediatez espiritual instintiva, obrar de tal manera sobre lo anímico de determinadas especies animales que este se abriera frente al hombre. Con ello se transformó al mismo tiempo, de manera profunda, toda la organización físico-corporal de los animales. En su entrega al animal, los hombres configuraron desde su vivencia interior una obra de arte en lo exterior: el animal doméstico. Frente a sus congéneres salvajes, los animales domésticos se presentaron desde el principio en una asombrosa riqueza de formas. La disposición natural del organismo animal fue reconfigurada en su conjunto hacia rendimientos metabólicos especiales, por lo general a expensas de la actividad del sistema neurosensorial. El devenir animal doméstico consistió en el arte de mantener durante toda la vida la plasticidad embrionaria. Los animales domésticos no huyen del hombre; al contrario, buscan su atención y la necesitan.

Es significativo que para los turanianos el lobo salvaje fuera el animal heráldico — el ancestro de todos los perros. El iranio antiguo llevaba en cambio en su escudo la transformación artística del lobo: el perro, el más antiguo de todos los animales domésticos.[31] Así como el persa primigenio pudo — retomando los logros culturales precedentes — obrar transformadoramente sobre la formación corporal a través de lo anímico de los animales, pudo igualmente obrar sobre la formación de la forma y del fruto de las plantas a través de lo viviente. Esta última es su mayor acción sacro-artística. En la vivencia de los ritmos cósmico-planetarios suprasensibles y de los secretos de la vida que en ellos se revelan, obró a través de la organización vital de la planta hasta descender a la configuración de la organización física. Como la proyección de una sombra

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conserva el genoma esta antigua impronta. Lo así devenido de un acto artístico es hoy objeto de manipulación arbitraria. Los grandes fitomejoradores de la Persia primigenia eran escultores de las fuerzas formativas de lo viviente. Tenían la capacidad de transformar el tipo dado por la naturaleza de una especie vegetal, en forma y fruto, en planta nutricia. Bajo la guía de los Misterios, su capacidad consistía en llevar a la eficacia las fuerzas que conducen a la fructificación y a la madurez en todos los órganos de la planta: en la raíz (p.ej. la zanahoria), en el tallo (p.ej. el colinabo), en el brote (p.ej. la col de Bruselas), en la hoja (p.ej. la lechuga, las espinacas), en la flor (los frutales), en la semilla (los cereales). En el caso de los cereales, por ejemplo, la fuerza reproductiva está reducida en comparación con los pastos silvestres afines — medida en número de semillas —, en favor de una mayor fuerza nutritiva de los cuerpos harinosos bien repletos (endospermo) de los granos. Pero este proceso de fructificación recorre toda la planta cereal, reconocible en el engrosamiento y la coloración del tallo. También aquí vale que la flexibilidad embrionaria de las fuerzas formativas de la planta es reencaminada hacia la formación del fruto y mantenida en ella durante más tiempo. El surgimiento de las mencionadas plantas nutricias es anterior al comienzo del tercer milenio y cae así en el tiempo de los círculos culturales impulsados por los persas primigenios.

Esta capacidad sacro-artística de los persas primigenios no se agotó en la formación de los animales domésticos y las plantas cultivadas, sino que se extendía igualmente, y con especial énfasis, a la labranza de la tierra. El laboreo del suelo se desarrolló allí donde el «organismo en el crecimiento natural» ofrecía las condiciones ideales para su despliegue. Fueron los mencionados valles de montaña y cuencas fluviales del altiplano afgano y del Irán oriental, que se perdían hacia el suroeste en desiertos y hacia el norte en las estepas turanianas. Aquí era exigido el hombre activo. Mediante ingeniosos sistemas de irrigación — entre ellos captaciones de fuentes en galerías excavadas profundamente en las laderas de los valles — el suelo fue, por una parte, vivificado por el agua y, por otra, parcialmente llevado al morir mediante el arado arañador y la azada. Aquí el manejo del juego alterno de muerte y vida, del Muere y Deviene, se convierte en arte. Toda intervención mecánica en el suelo significa el estímulo de procesos de degradación. Así se fundamenta aquí el elevado arte del cultivo de la tierra, que en relación con el cultivo de las plantas cultivadas reposa sobre el dominio de las fuerzas cósmicas portadoras de vida y de las fuerzas terrestres portadoras de muerte.

Con su Yo que siente sordamente en el cuerpo sensible, el persa primigenio se experimenta tensado en la dualidad de luz y tinieblas. Guiado

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Guiado por las enseñanzas de Zaratustra y actuando a través de las inspiraciones que afluían a los Misterios, el persa primigenio se elevó a un nivel de conciencia en el que el espíritu solar se le abría, a través de la maya del mundo sensorial, en su obrar sobre la tierra. En la cultura persa primigenia, el ser humano comienza a formar, en su relación consigo mismo y con el mundo, la Mitte entre las alturas cósmicas y las profundidades de la tierra.

Las culturas del Antiguo Egipto y de Mesopotamia

Avanzando de Oriente a Occidente, a la segunda época cultural de la Persia primigenia le sigue la tercera época cultural postatlántica, que se articula hacia el suroeste en el espacio cultural del Antiguo Egipto y hacia el oeste, en la tierra de los dos ríos, en las sucesivas culturas de Babilonia, Caldea y Asiria. Esta tercera época se despliega desde comienzos del tercer milenio hasta el siglo VIII antes de Cristo. En ella, la humanidad de entonces pasa —sin transición— de la prehistoria mitológica del Neolítico a un desarrollo históricamente comprensible desde fuera, el de la Edad del Bronce. En la antigua India fueron los siete santos Rishis quienes inspiraron el curso de la cultura desde centros oraculares asignados a cada uno de los planetas. A los santos Rishis siguió Zaratustra, quien inauguró la cultura persa primigenia y sus Misterios. Los fundadores de la cultura del Antiguo Egipto y de sus Misterios fueron Thoth o Hermes Trismegistos; y los de la antigua Mesopotamia, de la antigua cultura babilónica-caldea y de sus Misterios, fueron Gilgamesh y el iniciado Eabani, ligado a él.[32] Al sacerdocio-regio de la Persia primigenia le sucedió el reino, en Egipto el de los faraones, pero que se encontraba en estrecha relación con los Misterios. En esta época cultural, la humanidad avanzó —en su mayor parte bajo la pérdida de la antigua clarividencia instintiva— hacia la formación del alma sensible.[33] Bajo la conducción de los reyes y de los Misterios en el trasfondo, el alma sensible se formó —en el progresivo despertar del Yo hacia la autonomía— como miembro anímico independiente. Este paso hacia una mayor iluminación de la conciencia aparece abiertamente desde el primer momento en las más monumentales creaciones artísticas sacras de la humanidad: en las pirámides de Saqqara y Guiza en Egipto y, en Sumer —el Babilonia temprano—, en las fundaciones de ciudades que se delimitaban de la naturaleza circundante con poderosas murallas. Aquí, como en los tiempos posteriores y en particular de la

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En esta época cultural, el ser humano conquista una conciencia de la naturaleza anorgánico-muerta, de la naturaleza físico-mineral. Las elevadas capacidades de los miembros de la cultura persa primigenia y de los tiempos anteriores —intervenir de manera transformadora en el ser anímico del animal y luego en la naturaleza viviente de la planta, hasta descender al organismo físico, y plasmar artísticamente todo ello en las creaciones de los animales domésticos y las plantas cultivadas— se habían extinguido. Los seres humanos habían descendido plenamente, desde las instintivas etapas de conciencia llevadas por el espíritu, hasta la existencia terrestre. Despertaron ante lo que los sentidos les ofrecían como mundo exterior de apariencia, y buscaban en sus revelaciones el espíritu que crea con eficacia. Formaron desde ello una conciencia que se expresaba en la pura sensación llevada por el espíritu. Pero en este alma sensible que se iba formando fluyeron al mismo tiempo las Inspiraciones y las sabidurías de los Misterios. Ya no era el ser anímico del animal, ya no era lo viviente de la planta lo que hablaba a los seres humanos en la inmediatez instintiva del espíritu, sino la sustancia y la forma del ser muerto. En la piedra, en Babilonia y Caldea en el ladrillo cocido, buscaban dar expresión a su vida sensible mediante formas monumentales, geométricas, plástico-severas, sublimes. En Egipto, este sentir artístico-sagrado se refería principalmente a las percepciones de lo espiritual que actúa en el cosmos y en el ser humano. La vida exterior se configuraba en gran medida como imagen refleja de la conducción real y sacerdotal de los Misterios. En el espacio cultural mesopotámico, en cambio, esta identidad de interior y exterior se fragmentaba más. Aquí actuaban los impulsos de Gilgamesh en la cultura exterior, y los iniciados de los Misterios ejercían sobre ella una influencia menor.[34]

También la tercera época post-atlántica se desarrolló allí donde la naturaleza ofrecía las condiciones propicias, donde el juego conjunto de los elementos —tierra, agua, aire y calor— se conformaba, en los ritmos del curso del año, en «organismos en el crecimiento natural». Los contrastes entre ellos podían ser difícilmente mayores: por un lado la arteria vital del Nilo, que se encaja profundamente a través de las regiones desérticas nubio-egipcias, y por otro las amplias y fértiles llanuras de Mesopotamia entre los ríos Éufrates y Tigris.

En mayor grado que en la cultura persa primigenia, es el agua, son las inundaciones anuales y las sedimentaciones de humus, arcilla y arenas finas, las que mantenían los suelos jóvenes a modo de un abonado. Lo que en toda

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de variedades de plantas cultivadas, de razas de animales domésticos, ya existía, era herencia cultural de la Persia primigenia. Ahora, sin embargo, la conciencia se vuelve más hacia lo espacial de la Tierra. Ello la capacitó para tomar medidas exactas, para dar forma a la piedra con el cincel y el martillo y para unir una con otra, superficie con superficie, en una juntura de finura extrema — en suma: para ejercer el arte artesanal superior de imprimir una forma a la piedra muerta, con cada golpe de martillo, desde la fuerza del propio sentir. Esta capacidad determinó también el refinamiento en el laboreo del suelo, en el cultivo de las plantas y en la cría de los animales. Las condiciones naturales, sin embargo, tenían el dominio absoluto; piénsese en los siete años de abundancia y los siete años de escasez que menciona la Biblia en relación con Egipto. Y aun así, lograron los seres humanos domeñar las fuerzas de la naturaleza mediante los más refinados sistemas de riego y drenaje, y afirmarse en la construcción de sus grandes civilizaciones antiguas. Un ejemplo singular de tal logro articulado es el canal de José (en árabe: Bahr Yussuf), que en el Egipto central se separa del Nilo, discurre unos 350 km a lo largo del margen occidental del río y supera, a la entrada del oasis del Fayum, el umbral de la depresión del borde del valle. Desde allí alimenta, mediante un ingenioso sistema de riego y drenaje, la amplia cuenca del oasis y la convierte hasta hoy en uno de los paisajes culturales más fértiles de Egipto. Dado que el canal lleva todavía hoy el nombre de «José» y que según Emil Bock[35] no puede caber duda alguna de que detrás de este nombre se oculta el José bíblico, cabe suponer que fue él el constructor del sistema de canales. José, que actuó en Egipto hacia 1750 a. C., reúne en sí la cultura mistérica de Babilonia y del Antiguo Egipto.[36]

En las culturas paralelas de Mesopotamia y Egipto, al igual que en las culturas precedentes de la Persia y la India primigenias, el agua indómita era el factor dominante en el «organismo del crecimiento natural». Ahora, empero, las fuerzas acuáticas de los ríos fueron domadas mediante diques, extensos sistemas de canales y fosas, esclusas y demás. En la máxima medida, ello valía para Egipto, donde anualmente, una vez que las masas de agua que inundaban el valle se retiraban, los suelos recién abonados con el limo del Nilo debían ser secados, vueltos a irrigar después y cosechados con rapidez antes de la siguiente inundación. Año tras año de nuevo

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convirtieron año tras año un extremo naturbiotopo en un cultivo-biotopo — en un paisaje de jardín.

El alma sensible de los hombres que eran los portadores de esta era cultural se formaba, por un lado, mediante la palabra divina que, a través de la boca de los reyes y los sacerdotes, hablaba desde los Misterios a los hombres, y por otro, mediante las propias experiencias en el trato con la naturaleza inorgánica, con la piedra y el agua. De esta actitud anímica, sostenida por la sensibilidad, impregnada de espíritu y a la vez capacitada para lo terrestre, brotaron las grandiosas creaciones artísticas de la piedra cincelada en forma, de las tallas cultuales, de las pinturas funerarias, del ladrillo de arcilla formado y cocido, de las tablillas de escritura y los recipientes de arcilla ornamentados, así como la configuración plástica de los «organismos en el crecimiento natural» en paisajes de jardín.

La cultura grecorromana

La cuarta época postatlántica comienza, tras la cultura de transición cretomicénica precedente, en el siglo VIII a. C. y termina a comienzos de la Edad Moderna, al principio del siglo XV d. C. Aquí la mirada ha de limitarse en un primer momento al cambio en el desarrollo de la conciencia hasta el Cambio de los Tiempos. Es este el tiempo del ascenso del helenismo antiguo a su plena floración cultural — y a su ocaso. La dirección espiritual partía de las dos corrientes del espíritu, los Misterios apolíneos y dionisíacos,[37] lo apolíneo, que a través del brillo sensible contemplaba el espíritu actuante en la naturaleza y en el cosmos, lo dionisíaco, que a través del velo de los movimientos anímicos hacía surgir desde las profundidades del interior del alma ese espíritu como vivencia propia. Ya no eran, como en los tiempos precedentes, los reyes quienes, junto con la casta sacerdotal de los centros de Misterios, marcaban con su impronta cultural la dirección de la vida en común de los pueblos — ahora era el pueblo mismo, más aún, el ser humano singular quien, guiado por la palabra de los Misterios, buscaba la determinación de su destino. Es la hora natal de la democracia, de un nuevo paso en el desarrollo de la conciencia que tuvo su lugar de cultivo como en un punto focal en el oráculo apolíneo de Delfos. Aquí sobre todo, desde su plena floración hasta el paulatino agotarse hacia el Cambio de los Tiempos, se hace patente la alta significación que el mundo de los Misterios tuvo a lo largo de todas las épocas culturales precedentes: extraer de las fuentes de sabiduría que se abrían a la mirada de

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los iniciados en los mundos espirituales superiores, los miembros constitutivos del ser humano para hacer de ellos portadores del progresivo Ich-Bewusstsein.[38] En la época grecolatina esto concierne al ingreso del Yo en el alma racional-afectiva, la segunda modificación del cuerpo astral, después del alma sensible.[39] El Yo viene a manifestarse por primera vez en el alma racional-afectiva. El Yo pensaba ya desde sí mismo, pero se encontraba todavía en la búsqueda de sí mismo. Sócrates, en el siglo V a. C., no decía aún: «Yo me digo», sino: «mi Daimon me dice». El Yo vivía también en el lenguaje aún oculto como actor activo integrado en el verbo, por ejemplo: griego: paideuo = yo educo; latín: cogito = yo conozco.

El oráculo de Delfos, abierto para cualquiera, se dirigía al alma racional-afectiva. Educaba hacia el pensar autónomo. Quien acudía en busca de consejo tenía que ser capaz de formular una pregunta desde el fortalecimiento interior del pensar, y la respuesta de la Pitia délfica exigía, en su ambigüedad, una vez más al pensar individual. El helenismo llevaba en sí, interiorizados como resonancias, toda la sabiduría de los Misterios del pasado. Pero el griego antiguo fue saliendo poco a poco de la antigua guía de los Misterios; se aprehendió a sí mismo como ser humano pleno, como personalidad pensante que, en armonía consumada, buscando siempre la Mitte entre el vivenciar apolíneo del mundo y el vivenciar dionisíaco de las propias profundidades del alma, se daba a vivir. De estas dos fuentes espiritual-reales creó el griego sus altas Kunstwerke; plasmó la materia física-material muerta e imprimió en ella, en la configuración de la forma, su espíritu. Del crepúsculo vespertino de los Misterios surgió el alba de la creación artística griega. Tanto en la plástica como en la arquitectura, la música, la pintura, la poesía o la filosofía, el ser humano como Abbild de lo divino se halla en el centro. Desde la vivencia de la propia Leibesgestalt crea esculturas que, puramente en la Formgestalt, elevan al ser humano por encima de sí mismo hacia lo divino, y edifica templos cuya forma espacial está modelada según las medidas del ser humano. «El templo griego representa la realización de un Organismus edificado.»[40] Y sin embargo, por muy inaccesiblemente alta que sea la plástica y la arquitectura griegas

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ante nosotros, con todo, está como ensombrecida por una cierta tragedia. Lo que en el antiguo Egipto había tomado su comienzo, en la Grecia antigua alcanza su más alta consumación: la elaboración y configuración de la piedra muerta. Al griego le logra insuflar a la piedra, puramente a través de la forma, una especie de vida, una vida aparente. Imprime desde fuera en la forma el espíritu que, en plástica vivacidad, colma su interior; pero no puede imprimir ese espíritu en la materia, de suerte que esta misma se convierta en sustancia viva creadora de forma. Los seres humanos de la primera, pero sobre todo de la segunda época cultural postatlántica del urpersismo, habían tenido, en virtud de su constitución espiritual-anímica y corporal y bajo la guía de los Misterios zaraturstiana, la capacidad de engendrar creaciones artísticas dando forma sustancial mediante la transformación plástica de lo anímico a los animales domésticos y de lo viviente a las plantas cultivadas. Pero lo meramente físico-material de la piedra está muerto. Así se encontraba el griego ante la insolubilidad del enigma de cómo puede la piedra ser despertada a la vida. Solo podía prestarle a la piedra, a través de la forma, una vida *aparente*. Eso constituye la grandeza y al mismo tiempo la tragedia del arte griego. Desde la profundidad de su alma creó, en su afán humano, un arte que, hacia fuera, hace visible en imagen un pasado de los Misterios, y hacia dentro se convierte en el germen de una esperanza de futuro: la de poder vivificar lo térreo-material como tal. Sobre el trasfondo descrito reaparece el principio del organismo en figura múltiplemente transformada. Comienza ahora, de manera enteramente germinal, a penetrar todo el espacio cultural de Grecia, también en lo social. Los paisajes de Grecia portan ellos mismos un carácter divino, un carácter apolíneo, en todo opuesto a los egipcios. Como si hubieran sido los dioses quienes, en la diversidad de los caracteres del paisaje, se hubiesen creado una imagen de su propia esencia. La mirada del caminante, que vaga por la extensión del paisaje que se despliega ante él, encuentra pronto un polo de reposo, un templo que irradia en belleza y armonía y acota bienhechoramente el espacio de contemplación. Así nos encontramos con el santuario de Apolo en Delfos en un paisaje montañoso rocoso de difícil acceso; de otro modo el templo consagrado a Atenea, que se alza sobre colinas rocosas y atrae la mirada desde gran distancia, como la Acrópolis de Atenas; o hallamos el templo de Hera en medio de fértiles llanuras.

A diferencia de las grandes civilizaciones antiguas precedentes, en las que el «organismo en el crecimiento natural» estaba modelado por las grandes cuencas fluviales, los paisajes de Grecia, en su carácter heroico, semejante al de los dioses,

una composición singular del entretejerse y volver a disolverse del juego conjunto de los cuatro elementos tierra, agua, aire y calor, así como de la luz. La tierra, rocas que se alzan poderosamente, montañas que se amontonan; el agua, que brota como manantial de la roca y busca por el camino más corto, en arroyos o pequeños ríos, la orilla del mar cercana. Las corrientes de aire y calor, inundadas de luz, se mezclan al amanecer en velos de colores indescriptibles de la «Aurora de dedos de rosa»,[41] para separarse de inmediato de nuevo, permanecer un tiempo en su existencia singular como elemento y pronto confluir en una nueva composición de colores.

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El griego antiguo no sentía la naturaleza como algo exterior, separado de él, sino que montaña y valle, colina y llanura, manantial y curso de agua, rodeados por vapores acuosos, por aire y calor y luz fluyente, los vivenciaba penetrados por la misma espiritualidad que encontraba también en sí mismo, tejiendo vivamente e impulsando de manera anímico-espiritual. Este sentir penetrado por el alma racional en despertar constituía su ser artístico; desde este sentir el griego conformaba el paisaje: el pastor, las abiertas alturas de la montaña con sus rebaños; el cultivador de vino y fruta, las terrazas de las laderas escarpadas; el labrador cultivaba las llanuras con cereales; y junto a los asentamientos prosperaba un paisaje de jardines. En todo el espacio cultural grecorromano, el organismo crecido desde tiempos primordiales en el crecimiento natural se transformó, conservando su respectivo tipo, en paisajes de horticultura y fruticultura de pequeña escala y articulados, como un espejo del alma racional en proceso de formación.

El principio del organismo no encontró en el antiguo mundo griego entrada germinal tan sólo en la conformación del paisaje, ni expresión de perfección artística sólo en las esculturas y en la construcción de templos, sino igualmente en lo social, en la polis. El griego se vivenciaba como personalidad perteneciente a una comunidad urbana; se sentía ateniense, tebano, espartano, etc. Pero la polis era una ciudad abierta, que se extendía hacia fuera e incorporaba los paisajes circundantes; los altares de los sacrificios se erguían en el bosque sagrado, fuera de los templos en el campo abierto. En la polis estaba dispuesto un organismo de orden superior, una unidad de ciudad y paisaje circundante.

En el mundo romano y griego, el alma racional se desarrolló de manera polar. En Grecia entró en una relación con la antigua sabiduría de los Misterios, con aquello que desde la vida espiritual más íntima se dejaba modelar artísticamente hacia el exterior.

«El romano [...] no modeló sólo piedra y bronce, sino que transformó según su espíritu toda la gran comunidad humana.»[42] «La Roma republicana no es otra cosa que la sabiduría humana que desplaza a la antigua sabiduría sacerdotal.»[43] Aquí es ahora la habilidad humana la que regula la relación de persona a persona; es la hora del nacimiento de la jurisprudencia. Ésta está edificada pura y exclusivamente sobre el sentimiento de la personalidad, sobre el Yo que se revela en el alma racional. El sentimiento del derecho despierta, y de él nacen conceptos jurídicos que respetan el principio de igualdad y se plasman en la ley de validez universal. El derecho se refiere preferentemente a los objetos del mundo de aquí abajo, y así también a la disponibilidad personal sobre la tierra. La propiedad, y con ella el derecho de herencia, la disponibilidad más allá de la muerte, tiene ahí su origen. En el romano el ser humano se convierte enteramente en personalidad. Su conciencia se dirige hacia un frente, hacia el otro ser humano y hacia la naturaleza que le rodea. De ello se funda una relación que, a diferencia del antiguo griego, se vive manifestándose de manera más distanciada y conceptual; piensa racionalmente desde sí mismo y se hace con ello capacitado para lo terrestre. Los «organismos en el crecimiento natural» de Italia y Sicilia, geomorfológicamente emparentados con los griegos, ya no son un exterior impregnado de espíritu que resuena con la vida espiritual interior. La mirada del romano está dirigida con mayor fuerza hacia intereses geopolíticos, hacia el aprovechamiento de los recursos naturales bajo puntos de vista imperiales — tanto en lo militar como en lo agrícola.

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Cuánto la ratio humana comienza paulatinamente a transformar y articular las condiciones naturales dadas, lo revela la poesía de Virgilio en sus «Geórgicas».[44] Él, el romano de Mantua, respirando todavía por entero el espíritu griego, ofrece ahí en la palabra poética una visión de conjunto de las prácticas agrícolas en el siglo anterior al Cambio de los Tiempos: en el cultivo de la tierra, el arar, el cavar, el sembrar, el cosechar y el trillar, el significado del barbecho y de la rotación de cultivos, el riego del suelo, el sobrepastoreo de cereales que proliferan exuberantes, el cuidado de la semilla, la observación del tiempo y la atención al curso de los astros y otras cosas más; en la fruticultura, la multiplicación vegetativa y la técnica del injerto, de la poda, qué especie de árbol

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se adapta a qué suelo y en qué paisaje; en la viticultura, el desbarre de la gleba removida por el arado durante el invierno, la plantación y el abonado de los sarmientos, la instalación del armazón de estacas, la poda, etc.; en la ganadería, el pastor itinerante con sus rebaños de ovejas, cabras, cerdos y reses, la crianza y la alimentación según el tipo de aprovechamiento. Un capítulo entero lo dedica finalmente a la apicultura y a la cría de abejas. En el ámbito cultural romano se tiende sobre las tierras una red de derechos de propiedad y de arrendamiento. Como punto de partida y de referencia de una gestión racional surgen fincas de labranza y establos (cría caballar), así como una economía de almacenamiento.

Lo que en milenios de progresiva evolución de la conciencia fluyó desde los Misterios como sabiduría hacia la configuración de la vida cotidiana, llevó a madurez sus frutos en las producciones artísticas: en el plano de la naturaleza animada con la formación hacia el animal doméstico, en la naturaleza viva con el desarrollo de las plantas cultivadas, en la naturaleza muerta con la plástica conformación de la piedra en una apariencia de vida. Con el paulatino enmudecimiento de los Misterios hacia el Cambio de los Tiempos, se extinguió también esta fuente de Inspiración para el quehacer artístico creador. Lo que otrora fue portador de cultura, cuajó ahora en mero herencia cultural. En sus «Geórgicas», Virgilio hace revivir desde la fuerza del alma racional o del ánimo esta herencia cultural una vez más en poesía.

La cultura de la Edad Moderna

Con el comienzo del siglo XV irrumpe la quinta época cultural postatlántica, en la que el Yo entra en el tercero de los tres miembros constitutivos del alma, en el alma consciente.[45] El ser humano despierta, frente al mundo percibido como objeto, a sí mismo, a la conciencia de sí. Surge, de momento, un abismo infranqueable entre el llegar a la conciencia de sí y aquello que produce el mundo de las apariencias. En su Yo que se conoce a sí mismo, el ser humano puede empero encontrar en su interior la fuente espiritual, el «yo soy», que por un lado se coloca perceptivamente frente al mundo, y por otro puede unirse cognoscitivamente con lo espiritual-entitativo oculto en las apariencias sensoriales. Lo que otrora afluía instintivamente a la vivencia del alma, ahora puede ser reconocido conscientemente en su ser y unido con la sustancia esencial del Yo. Así reside en el poder del alma consciente el sobrepasar, en su pensar y su actuar,

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crecer más allá y llegar a ser consciente del origen espiritual del ser humano y del mundo.

El alma consciente se da a conocer inicialmente de manera bifronte. Vuelta hacia atrás, busca apoyarse en el aparentemente seguro fundamento de la conceptualidad general elaborada por el alma racional en las ciencias, corriendo empero el peligro de caer, por unilateralización del alma del ánimo, en el frío intelectualismo, en la soberbia y en el egoísmo desenfrenado. Pero si mira hacia adelante, en el auto-conocimiento y el conocimiento del mundo, hacia el futuro, entonces se calienta a la luz de ideas que se convierten en ideales, como por ejemplo la realización del principio del organismo pensada y captada conceptualmente en la práctica agrícola. Lucha por transformar lo pasado, en lo presente, en algo futuro. El alma consciente se afana en poner toda fuerza de iniciativa al servicio del cumplimiento de la idea del desarrollo. Pero eso significa poner el sentido artístico como fundamento de todo hacer. Se trata de vivificar pensando las ideas venidas del futuro y sumergirse con ellas, queriendo, en todos los desafíos de la realidad, de tal manera que de la fortalecimiento interior del vivenciar en el Yo, cada acción se convierta en una libre, en una artística.

El alimento del alma consciente son ideas que desde el futuro irradian luz hacia ella. Tales ideas son los contenidos de la ciencia espiritual antroposófica. El ser y la significación de estos contenidos se revelan tan solo a través de un pensar vigoroso. En una contemplación intuitiva de imágenes pensadas, vivifican el sentir e impulsan el querer. Al igual que la percepción sensorial, también los resultados de la investigación espiritual estimulan el pensar. Pero en la actividad pensante consciente vive el Yo, el núcleo esencial del ser del ser humano. El Yo puede decidir en libertad si quiere apropiarse las formas de ideas de la investigación espiritual o permanecer en el mero enfrente del mundo de las apariencias. El alma consciente abre el camino a una vivencia de contenidos espirituales en libertad. De esta vivencia plenamente humana crece una nueva fuerza creadora artística, que puede acreditarse como fecunda y por ello como verdadera en todos los ámbitos de la vida — como por ejemplo en lo médico como arte de la curación, en la pedagogía como arte de la educación, en la convivencia humana como arte social, en la agricultura como el arte de la agricultura.

La actividad del Yo en el alma consciente flota por así decir entre el cielo y el infierno. Si languidece, el alma, olvidándose de sí misma, se precipita en abismos. El mal en su doble figura, en la banalización ahrimánica y en la indiferencia luciférica, gana poder sobre ella. Pero si el Yo se fortalece en sí mismo, construye un puente sobre el abismo, es

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capaz de reconocer a otros seres en sí mismo, y conquista la capacidad de transformar lo devenido en un devenir.

La Era del alma consciente en su transcurso hasta ahora ha conducido a los seres humanos al autoconocimiento, ha despertado en ellos el impulso hacia la libre autodeterminación, les ha hecho medir abismos y les ha abierto caminos hacia la verdadera conocimiento del espíritu. La humanidad se ha emancipado de la naturaleza y — caída, por así decir, en el olvido de sí misma — se piensa a sí misma, a despecho de su propio origen espiritual, como la obra de una creación meramente natural. Con ello se ha perdido en gran medida en la banalidad de la concepción puramente materialista del ser, y se ve amenazada por una tecnología que brota precisamente de esa concepción. El principio del organismo en la agricultura ha sido aniquilado por este modo de pensar. Por otra parte, ante este desarrollo descendente, el alma consciente puede ser encendida por ideas ganadas del conocimiento de la esencia de la naturaleza inanimada, vivificada y animada. Estos impulsos de ideas ya no brotan de los instintos una vez guiados por el espíritu, sino que son elaborados por uno mismo. En la despertante actividad del Yo revive el idea del desarrollo y con él, de nueva manera, el pensamiento del organismo y, en ampliación, el de la individualidad. Ambos unidos pueden convertirse en principio formativo de una agricultura que actúa hacia el futuro fundando cultura.

En qué pasos sintomáticos se ha preparado esto hasta el Cambio de los Tiempos y desde entonces hasta la Edad Moderna y luego además en el transcurso de la Era del alma consciente, se expone en los capítulos siguientes.

Las corrientes culturales de la agricultura hasta el cambio de era

En el Antiguo Testamento se señala, en imagen mítica, a una contraposición primordial en el devenir de la humanidad: Caín y Abel. El uno, Abel, es el pastor que guarda su rebaño y ofrece sus sacrificios de animales a los dioses. En el cuidado y la guarda del mundo animal que le ha sido confiado, sigue la voluntad de las potencias creadoras; su sacrificio es aceptado por los dioses. Distinto es su medio hermano Caín, que labra el campo y cultiva plantas que él mismo cría desde su propia inteligencia y desde el sentir de sus propias capacidades. Su sacrificio vegetal no es aceptado por los dioses. Aquí se señala, en imagen primordial, al momento de surgimiento de las dos corrientes polares,

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de los pueblos sedentarios que practican la agricultura y de los pueblos nómadas pastores. El agricultor confía prometeica[46]-apolíneamente en su propio espíritu inventivo; labra la tierra con el arado, la hiere y con ello estimula la formación del fruto en las plantas que va elevando establemente a plantas cultivadas, desarrollando destrezas de todo tipo en las que da expresión a su conciencia vuelta hacia el futuro. Distinto es el caso de los pueblos pastores, que en entrega anímica se insertan epimetéico-dionisíacamente en la creación dada, buscan preservarla y cultivan su conciencia más bien retrospectiva — ligada a los restos de la antigua clarividencia — en el culto a los ancestros.

Estas dos corrientes solo se han integrado en la vida cultural general en época poscristiana. Pero aquí y allá se han conservado largo tiempo, en culturas desfasadas, con la más pura contraposición. Un ejemplo del propio vivir puede iluminar esto: en el África de los años treinta del siglo pasado, vivían en la actual Tanzania, en la región del Kilimanjaro, en estrecha vecindad espacial y preservando sus costumbres tribales, los pueblos de los bantúes y los masái. Estos últimos, un pueblo camítico, vivían nómadas con sus rebaños de cebúes en medio de la naturaleza silvestre, en vecindad con el león, el elefante, el búfalo, etc. Protección para personas y rebaño ofrecían de noche los campamentos cercados con matorrales espinosos (los llamados «krales»); la alimentación consistía en la leche y la sangre de los bovinos cebú, así como en raíces de determinadas plantas silvestres como diuréticos. Y allí estaba él, el pastor, un paño echado sobre el hombro, ligeramente apoyado en la lanza, el escudo de cuero de búfalo recostado a su lado, de alta estatura, con rasgos nobles del rostro, reposando como una columna en pleno ardor solar, la mirada seria y soñadora dirigida a la lejanía, el rebaño agrupado a su alrededor, volviéndose al extranjero con un saludo fugaz, nada más, ninguna pregunta, ninguna palabra. Los masái de aquel entonces rechazaban toda civilización, toda formación escolar. Vivían entretejidos en la naturaleza con una conciencia que se remontaba a la cadena de los ancestros.

En contraste pleno con ello vivían los bantúes de manera sedentaria, en asentamiento aldeano disperso. Si uno se acercaba, las cortinas de las puertas de las redondas chozas de paja y barro se abrían de golpe, jóvenes y mayores salían a raudales con rostros risueños, saludaban con alegría y preguntaban: ¿qué hay de nuevo en el mundo? Ávidos de aprender, con gusto en la imitación y habilidad artesanal, están plenamente orientados hacia los logros de la civilización. Su alimentación eran predominantemente frutos del

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Campo que cultivaban sin arado, con la espalda encorvada, manejando la azada de mano. Del biotopo natural de la naturaleza silvestre fue creciendo alrededor de las aldeas la disposición hacia un biotopo cultural creado mediante el trabajo humano.

Los pueblos agricultores y pastores vivían separados de manera estricta en lo espacial y en lo étnico, con frecuencia en contienda, en otros lugares en coexistencia pacífica. En el antiguo Egipto, por ejemplo, los pastores conducían sus rebaños por ambas orillas del valle del Nilo, desde Nubia hasta el delta y de regreso. De ellos tomaban prestados los agricultores del Nilo los animales de tiro para el cultivo de los campos en los períodos intermedios de la crecida anual.

Desde los tiempos de la cultura persa primigenia se han diferenciado de los pueblos agricultores dos subcorrientes: los horticultores y los fruticultures. Los primeros criaban y cultivaban plantas hortícolas y plantaban hierbas medicinales así como flores. El saber y el hacer artesanal vivía ligado a la tribu y a la familia, transmitiéndose en la corriente hereditaria. Así, hasta entrado los años sesenta y setenta del siglo pasado existían todavía en Teherán los llamados zarathústristas, que continuaban esta tradición que se remontaba hasta épocas prehistóricas. Los fruticultures entendían de la cría, el cultivo y el cuidado de los árboles frutales. Columela († hacia 70 d. C.) da cuenta del arte de la poda de los árboles frutales, que en la antigua Roma se transmitía todavía en la corriente generacional.[47] Estas cuatro corrientes del cultivo de la tierra (incluyendo la fruticultura y la horticultura) existían una junto a otra o en asentamientos aldeanos en una relación laxa entre sí, sin penetrarse mutuamente en un todo orgánico mediante un fomento recíproco. Así, por ejemplo, los hindúes en la India, en parte hasta hoy, no utilizan el estiércol de los animales como abono en la agricultura o en la horticultura, sino como combustible.

Hasta el Cambio de los Tiempos, a la vez como fruto de la cultura de los Misterios, todos los elementos de la cultura agraria crecidos a lo largo de milenios —la agricultura, la horticultura y la fruticultura, así como la ganadería— estaban acabadamente prefigurados (véase figura 2, p. 66). ¿Acaso no tenían que sentir los hombres que habían llegado al término de un desarrollo? ¿No había enmudecido también el lenguaje de los gnósticos, quedado desamparados los altares paganos?[48] ¿No se había extinguido la fuerza cultural-inspiradora de los Misterios —salvo restos como, por ejemplo, el culto a Mitra? Lo que fueron sus enseñanzas de sabiduría actuaba únicamente como tradición, o en pocas personas como herencia espiritual viva. ¿Dónde había, pues, en la

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¿Dónde quedaba aún, en el umbral del Cambio de los Tiempos, una perspectiva de desarrollo, una esperanza en un futuro? La humanidad había descendido por completo a la existencia terrestre. La conciencia estaba esencialmente conformada por lo que se ofrecía a los sentidos y al trato activo con el mundo físico-terrestre. En esta abandono del espíritu, la humanidad había llegado a un umbral y madurado para abrirse a un impulso de desarrollo radicalmente nuevo.

El acontecimiento del Cambio de los Tiempos, el Misterio del Gólgota

Los antiguos Misterios habían cumplido su misión. Un Misterio nuevo, orientado hacia el futuro y que abarcaba a toda la humanidad, se cumplió en la colina del Gólgota en Jerusalén. Lo que antaño fue venerado como el sublime ser solar —lo que entre los hindúes primigenios recibió el nombre de Vischvakarman, entre los persas primigenios bajo Zarathustra fue el Ahura Mazdao, entre los egipcios Osiris, y en los griegos de los primeros tiempos podía verse en el ser divino de Apolo—, ahora ha descendido a la tierra —tal como había sido anunciado— y se ha encarnado en el cuerpo humano de Jesús de Nazaret como el Cristo.[49] Así, «toda proclamación religiosa antes de la aparición de Cristo Jesús era una preanunciación de Cristo Jesús».[50] En el Antiguo Testamento, Moisés recibe en respuesta a la pregunta de en nombre de quién ha sido enviado: «Di que el ‹Yo soy› te ha enviado.»[51] La Gnosis señalaba hacia la divinidad del Cristo, hacia su venida en el espíritu, mas no hacia su aparición en la carne.[52] Los filósofos gnósticos de Grecia —Rudolf Steiner menciona entre ellos a Tales, Heráclito, Empédocles— desarrollaron en lenguaje conceptual,

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lo que otrora fue contemplado por los Iniciados. En su lógica conceptual «anhelaban» nueva plenitud. Eran los precursores del surgimiento de una filosofía del Misterio del Gólgota.[53] En la época poscristiana, Agustín (354–430 d.C.) salió al paso de la antigua concepción ortodoxa —según la cual los hombres de la época precristiana eran radicalmente distintos de los de la poscristiana— con estas palabras: «Lo que hoy se llama religión cristiana existía ya entre los antiguos y no faltó en los comienzos del género humano; y cuando Cristo apareció en la carne, la verdadera religión, que ya existía de antes, recibió el nombre de cristiana.»[54]

El acontecimiento del Cristo, el Misterio de la Muerte y la Resurrección, se ha consumado para todos los seres humanos sobre la Tierra. Este es el hecho esotérico de un acontecer exotérico-esotérico ligado a un tiempo determinado y a un lugar determinado. La humanidad había avanzado, en grados distintos, tan lejos en su desarrollo del Yo que el Santísimo oculto del alma, el Yo, el núcleo esencial de cada ser humano, necesitaba de un impulso para poder encontrarse a sí mismo y determinarse libremente a sí mismo en el autoconocimiento. Este impulso se encarnó durante el Bautismo en el Jordán con la inhabitación del Yo-Cristo —el ser solar colmado de espíritu en su más alta perfección— en el cuerpo del hombre Jesús de Nazaret. Durante tres años obró el ser divino en este cuerpo humano elegido. Fue la fuerza de este Yo divino la que, a través de la muerte en la cruz, espiritualizó el cuerpo terrestre atado a la materia. Se consumó la Resurrección en el espíritu; ella se yergue desde entonces como la gran meta cósmica ante la humanidad. El camino hacia esta meta da dirección y contenido a todo desarrollo hacia el futuro. Con el despertar de la conciencia del «Yo soy» encuentra cada ser humano en sí mismo «el camino, la verdad y la vida».[55] Este encontrar significa tener que atravesar abismos de la nada sin espíritu; pero significa también conquistar frutos del espíritu que resucitan en el cuerpo eterno del Yo. Avanzando desde el Misterio del Gólgota, la humanidad se ve colocada ante el enfrentamiento consciente con el Mal, con lo que trae la muerte, con la potencia espiritual que se opone a todo desarrollo. Reconocer el Mal rompe su poder y confiere al Yo fortaleza. Así ocupa el lugar del antiguo ser de los Misterios

y de su misión de educación gradual del Yo a través de los siglos culturales, el Misterio del Gólgota que sigue obrando, que señala al ser humano los caminos hacia la autoeducación, hacia el reconocimiento de su origen espiritual y hacia el amor activo desde la fuerza del «Yo soy». El concepto de Cambio de los Tiempos, pronunciado tan a la ligera, sólo recibe sentido y significado a través de este proceso histórico de inversión que el Misterio del Gólgota inicia. Sólo a través de este acontecimiento de la humanidad puede iluminarse en cada ser humano el pensamiento del desarrollo en toda su amplitud y señalar dirección a la fuerza de la iniciativa. Hasta el Cambio de los Tiempos fue la corriente de sabiduría que fluía de los Misterios la que conducía al ser humano al despertar del Yo. Desde el acontecimiento del Cristo puede el alma humana, a través del fortalecimiento interior del pensar, transformar esta sabiduría en amor activo, en aquella fuerza capaz de invertir lo que del espíritu se ha hecho en un devenir en el espíritu. Esta metamorfosis no puede pensarse con suficiente grandeza y amplitud. Es completamente abierta hacia el futuro y tiene al mismo tiempo dirección y meta. Esto aparece como una contradicción que subsiste mientras el ser humano actúa desde la ilusión y el egoísmo. La contradicción se derrumba en la medida en que la sabiduría que subyace a todo se transforma en libre acción de amor. Ambas perspectivas —la vuelta de espaldas al espíritu o, en libre autodeterminación, el volverse hacia él— imprimen en la época postcristiana el curso del desarrollo de la humanidad y de su relación con la naturaleza y, con ello, el manejo del principio del organismo en la agricultura.

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El cambio del principio del organismo hasta la Edad Moderna

En el cristianismo originario de los primeros siglos, el impulso del Cristo asió y penetró el alma racional o del ánimo de las personas receptivas a él dentro de la cultura grecorromana. El sentimiento de la personalidad se colmó, en un vigoroso fortalecimiento interior del Yo, de una interioridad que calienta. En los primeros cristianos, el cultivo del llegar a ser conscientes de la habitación del impulso del Cristo en el alma humana ocupaba el primer plano. Este impulso significó un sacudón en el despertar del Yo. En este estado anímico germinal es probable que la disposición interior en cuanto a la índole esencial de la entrega individual a planta y animal, tierra y cosmos haya experimentado una transformación. Visto el conjunto, la agricultura continuó sin embargo su curso habitual. Solo tras el declive del Imperium Romanum y tras las corrientes de las migraciones de los pueblos se había el impulso cristiano tan profundamente incorporado a personas concretas que comenzaron a plantarlo en la tierra mediante el trabajo de sus

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manos. Benito de Nursia (480–547 d.C.) fue el representante de este desarrollo. Su biografía presenta a este respecto rasgos sintomáticos: primero huyó durante sus años de estudio de su entorno moralmente degradado en Roma hacia una existencia de ermitaño, hacia una cueva en los montes Sabinos. Allí, en tres años de solitaria ascesis, incorporó en severo ejercicio del alma el impulso del Cristo a su Yo que reposa en la voluntad. Con este Yo-voluntad penetrado de Cristo salió entonces al mundo, se convirtió en reformador del monacato, fundó en 529 el monasterio y la orden de los benedictinos en el Monte Cassino —durante su vida le siguieron doce establecimientos más. Fue llamado más tarde, por sus logros en la creación de cultura, el «Padre de Europa». A él se remonta, entre otras cosas como regla monástica, el principio del «ora et labora», del rezar y del trabajar, el lema al que en adelante el monacato rindió tributo a lo largo de toda la Edad Media y que lo elevó a sus altas creaciones culturales. El «trabajar» de Benito de Nursia, nacido de las más íntimas profundidades del alma y vinculado a reglas estrictas, se refería a la reelaboración de la tierra. Así como el Yo penetra al ser humano entero y es capaz de reelaborarlo hacia un desarrollo superior, Benito reunió todo el herencia cultural agrícola de la humanidad de aquel tiempo, lo reelaboró en una integridad superior y creó —en metamorfosis del «organismo en el crecimiento natural» que caracterizó a las épocas culturales precristianas— la disposición para el surgimiento del organismo de cultivo agrícola. En este comenzó el alma humana penetrada de Cristo a forjarse una imagen refleja en un trabajo inspirado por el Yo y querido por el Yo. En la fuerza de acción vuelta hacia el mundo, transformadora de lo pasado en lo futuro, de Benito de Nursia encontramos un representante sobresaliente del cristianismo exotérico creador de formas de vida externas. Esta corriente cristiano-exotérica avanzó desde el sur sobre los Alpes hacia la región del lago de Constanza (Coira se convirtió en sede episcopal en el siglo V) y encontró allí, a comienzos del siglo VII, la corriente del cristianismo esotérico que, veniendo de Occidente, de Irlanda, traía el cristianismo cósmico vivido puramente en el espíritu. Este se convirtió en alimento espiritual para el despertar del Yo de los seres humanos. El representante de esta corriente es Columbano el Joven (hacia 530–615 d.C.). La leyenda narra que cuando este, remontando el Rin, puso pie en el año 610 en la isla de Reichenau en el lago de Constanza, su primer acto fue desterrar toda la cría de serpientes en figura de jabalíes de la isla, de suerte que estas perecieron miserablemente ahogadas en el lago. En esta imagen se oculta el profundo cambio que se había operado. Se puede

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es podría interpretar más o menos en este sentido: un hombre como Columbano, que llevaba en sí el impulso de Cristo con el alma purificada y en fortalecimiento interior del Yo, no puede tolerar que a su alrededor reine la ¿wildness?. Lo exterior debe ser llevado a un consonancia armónica con lo interior — un acto artístico. El Yo, impregnado de Cristo y que se va haciendo consciente de sí mismo, se amplía y toma posesión activa de su entorno; se vive en ese entorno y llega a ser anímicamente consciente de él en el reflejo de esa vivencia.

El encuentro y compenetración de las dos corrientes del cristianismo — la exotérica y la esotérica — creó durante más de 200 años, del siglo VII al IX d. C., en la Reichenau un centro cultural que irradiaba sobre toda Europa. La abadía benedictina se convirtió en la «escuela diplomática» de Europa, cultivó relaciones, entre otros, con la corte de Carlomagno y estuvo conectada con la corriente del Grial. En torno al lago de Constanza surgieron en gran densidad los asentamientos de las más diversas órdenes monásticas. En la Alta Edad Media, los paisajes en torno al lago de Constanza fueron llamados «el jardín de Dios en el centro de la cristiandad». Aquí surgió el arquetipo del paisaje cultural.

Punto y periferia

En el devenir de los paisajes culturales europeos subyace un impulso eminentemente cristiano: la transformación artística de la naturaleza silvestre en naturaleza cultivada según el principio de punto y periferia. Es este el principio formativo de toda formación del organismo — por ejemplo, núcleo celular-citoplasma o embrioblasto-trofoblasto en el desarrollo embrionario. Con el ejemplo del surgimiento de la aldea y de sus tierras comunales esto se aclarará: si nos trasladamos a la época posterior a las Grandes Migraciones y anterior al primer gran período de roturación en los siglos VII y VIII, entonces extensas regiones de Europa eran paisajes de bosque y pantano, escasamente poblados por seres humanos que en su mayoría no participaban del refinamiento que moldea el cuerpo y el alma como los miembros de las grandes civilizaciones antiguas precristianas. Al igual que la fuerza primordial de la naturaleza, habitaba en estos pueblos primitivos una fuerza indomable, una energía combativa impulsiva, una psique aún sin forma, belicosa, fuertemente ligada a las fuerzas de la sangre. Pero el Yo — el núcleo eterno del ser humano —, como un capullo que se abre al rayo del sol, era receptivo a los impulsos espirituales que apuntan hacia el futuro. A esta constitución anímica, informe y al mismo tiempo abierta al espíritu, le salió al encuentro, solitario a través de la elementaridad silvestre de los

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paisajes boscosos

El monje que avanzaba hacia él, llevando en su alma purificada el impulso del Cristo. Se le ve quizás detenerse junto a un manantial, en un lugar primigenio sagrado, pagano; abre una pequeña claro en la oscuridad del bosque y se construye toscamente una capilla, cuyo espacio interior alberga el altar. Se ve cómo se acercan personas desde el bosque y reciben instrucciones que experimentan como un alimento espiritual para su Yo, que despiertan en ellos la voluntad yoica de trabajar, que los convierten en colaboradores del Uno, del monje. Comienzan a roturar con él el bosque, drenan el pantano cercano y cultivan en el claro ahora iluminado por el sol plantas a partir de semillas que reciben como bien cultural ajeno de manos del monje. Se ve cómo pronto la capilla de madera cede su lugar a una construcción románica de piedra, que con su maciza y poderosa mampostería y sus estrechas aberturas de ventana se refugia protegiéndose de las fuerzas naturales aún no apaciguadas en torno. Y finalmente se advierte que alrededor de ese punto central fundado y bautizado con un nombre surgen granjas de labradores y talleres artesanales. La aldea ha nacido, con la capilla o iglesia en el centro y las tierras comunales del pueblo como periferia.

En el período siguiente, hasta los siglos IX y X, la formación anímica de los seres humanos se transformó bajo este impulso cultural que ascendía. La valentía desenfrenada e impetuosa se interiorizó y se transformó en la fuerza anímica de la humildad. Y el Yo — que al penetrar y ennoblecer el cuerpo y el alma se hacía consciente de sí mismo en grados cada vez mayores — arrancó de sí, ante el ser humano y ante el mundo, la «pregunta». La historia de Parsifal describe este giro. El joven Parsifal entra en el mundo como «necio inocente». Con valentía acepta el combate contra cualquier adversario sin saber quién es. Solo después del combate, vencedor y vencido levantan la visera y se dan a conocer. La acción precedía al conocimiento. La peregrinación de Parsifal conduce a través del error, la duda y el sufrimiento hacia el despertar del Yo, hacia la pregunta: «¿Quién soy yo, qué te falta?» La apertura anímica a la pregunta en el lugar justo y en el momento justo eleva a Parsifal al rey del Grial, al Yo que, pleno de espíritu, se domina a sí mismo. Así como en el mundo griego la inflexibilidad del destino de Orestes o Edipo anuncia la tragedia de una época que llega a su fin, así se revela en el desarrollo del destino de Parsifal, en metamorfosis plena, el camino hacia el futuro de la libre autodeterminación.

Entre los monasterios, el monaquismo benedictino, y los palacios reales, la realeza, surgieron ahora las comunidades aldeanas. En ellas aparece, en forma transformada y en un nivel superior, el conjunto de la vida agrícola

Erbe der vorchristlichen Kulturepochen. En el centro del término, elevándose por encima de los tejados a dos aguas de la aldea, se yergue la iglesia con su torre y su nave, una obra de arte en doble sentido: vertical y ascendente se alza la torre, imagen plasmada hacia afuera del vivenciar interior del Yo; horizontal se extiende la nave, proyección del vivenciar anímico en comunidad. Esta fijación de un centro es una obra de construcción de toda la comunidad aldeana. Lo que surge así — como acto bautismal de un lugar terrenal en medio de una naturaleza silvestre — es la completa inversión de la obra de arte consumada de la época precristiana: el templo griego. Del mismo modo que éste presentaba su alta estética hacia afuera, de manera excelente en la composición de las columnas, pero mantenía el interior — la cella, la morada de la divinidad — sustraído a la mirada profana mediante una muralla casi hermética, así en la basílica románica el exterior aparece firmemente amurallado, las columnas han sido llevadas hacia adentro, y el espacio interior queda abierto a la comunidad. La fuerza artística del alma racional-afectiva de cada individuo dentro de la comunidad aldeana estaba impregnada del vivenciar icónico del cristianismo popular esotérico que actuaba subterráneamente, y estaba sostenida y sustentada por el cristianismo exotérico institucional que actuaba de manera preeminente en el monaquismo y en la nobleza. Ambas formas de vivenciar se unificaban y concentraban hacia adentro en el centro del término, y creaban para la comunidad y para el acontecer cultual en el altar una envoltura formal de configuración artística.

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Pero era esa misma fuerza artística la que se volvía hacia la periferia, hacia el término de la aldea. También aquí se produce una inversión. Afecta a la corriente pastoril y a la corriente agrícola — polares entre sí — así como a las corrientes de horticultura y fruticultura de la época precristiana, entrelazadas de manera laxa y no fijadas en un centro.

Vemos cómo ahora en torno a la iglesia, que forma el centro, se agrupan las granjas campesinas. El nomadismo de antaño no tiene continuación en el cristianismo. El pastor errante se hace sedentario junto con su ganado bovino, como ya era el caso entre los celtas y germanos seminómadas con sus aldeas dispersas. A partir de ahora, los bovinos viven bajo el mismo techo que el ser humano. La ganadería, dentro de la clausura del término de los campos, entra en relación con el cultivo de la tierra, los prados y los pastizales. Se consuma — bajo la conducción de un mismo ser humano — la unión, la «boda» incluso, de la agricultura y la cría de ganado. La oposición entre los hermanos enemigos Caín y Abel queda superada. Y a continuación, la horticultura se articula en tiempos poscristianos dentro del organismo aldeano en devenir

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Abbildung 2: Metamorphose und Durchdringung der vier agrarkulturellen Strömungen im Durchgang durch das Christusmysterium. Der Weg vom Organismus im Naturwachstum zum Kulturorganismus.

en. Los huertos campesinos se disponen, en continuidad con las granjas, como una orla en torno a la aldea. Aquí se reúne, en el espacio cercado, el patrimonio cultural transmitido de especies de hortalizas, flores, plantas medicinales y bayas; aquí estaba el lugar de la apicultura; de aquí salían en enjambre las abejas hacia la demarcación de la aldea circundante, realizaban la polinización y traían la miel.

Del mismo modo que la cría de animales y la horticultura, en el tránsito por el Cambio de los Tiempos, se fueron conformando como órganos de un organismo de orden superior en devenir, así también el cultivo de frutales. Se dispuso, en continuidad con los huertos, como una orla adicional — en ricos cultivos de árboles de tronco alto — en forma de praderas frutales en torno a la aldea. En las inmediaciones de los establos, esas praderas frutales suministraban al mismo tiempo el forraje verde fresco para la alimentación de las crías.

Más allá de las praderas frutales se abría el término de la aldea hacia la campiña abierta, hacia los prados y pastizales, en las vegas, riberas o en las franjas que acompañaban arroyos y ríos. Estas tierras de prado, al igual que los cultivos del tierras de labor, se articulan — mediados por los benedictinos — como órganos en el organismo aldeano. Fecundados por el impulso del cristianismo, el cultivo de la tierra y la cría de ganado, la fruticultura y la horticultura, la economía de praderas y pastizales, el cultivo de setos y bosques, así como la economía de aguas, se cierran en

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un todo, en el organismo cerrado en sí mismo de la agricultura. La «piel exterior» de este organismo hacia el bosque colindante o hacia las demarcaciones de las aldeas vecinas queda señalada por mojones, y donde desde una altura se abre una vista libre, desde la lejanía saludan las torres de las iglesias de las dorfschaften vecinas.

Desde la fuerza de conciencia del alma racional-afectiva penetrada de cristianismo se elevan los elementos de la agricultura precristiana a un nivel cultural superior. Entran en el organismo aldeano o en la granja individual en una relación de fomento recíproco. Esto resulta más evidente en el antiguo contrasentido primigenio entre el cultivo de la tierra y la cría de ganado. Los animales domésticos están ajustados en especie y número a la base forrajera disponible. Ellos suministran el abono, que junto con la rotación de cultivos de tres campos — cultivo de invierno, cultivo de primavera y barbecho —, apoyado por el laboreo con el arado, garantiza la fertilidad perdurable autóctona del suelo. Todo está en una relación de mutua dependencia espacial y temporal: sobre el miembro del ciclo de rotación que es el barbecho — que significa un año de reposo para el suelo — crece, tras un pase de rastra en primavera, una vegetación espontánea de hierbas, gramíneas, trébol, etc., que durante el verano es pastoreada por ovejas y bovinos y al mismo tiempo fertilizada por ellos. Esta tierra de labor en pastoreo recibe, antes del volteo y la siembra del cultivo de invierno en otoño, el abono adicional procedente de la estabulación del período otoño-invierno precedente. En el segundo año se tienen como fruto panificable los cereales de invierno, que al mismo tiempo suministran principalmente la paja para la yacija del establo, y en el tercer año se tienen, como «fruto agotador», los cereales de verano, así como leguminosas, lino, linaza, etc. La superficie de labor en conjunto está dividida en aproximadamente tres partes iguales, sobre las cuales se encuentran simultáneamente los cultivos que se van sembrando sucesivamente en cada una de las tres partes en intervalos de tres años (Figura 2). La economía de los tres campos fue hasta la Edad Moderna la garante de una fertilidad del suelo que se renueva de año en año, que trasciende el mero nivel natural. Los prados, que procuraban el heno para la alimentación de invierno en el establo — con lo cual se generaba estiércol para la tierra de labor — eran llamados «la madre de la tierra de labor».

Igual que células vivas con núcleo y plasma envolvente se agrupan en totalidades superiores, por ejemplo una planta, así también las comunidades aldeanas conforman la unidad superior del paisaje cultural. Todos los paisajes europeos han recibido impreso su propio carácter cultural bajo el influjo del cristianismo. Constituyen un tejido celular creado a lo largo de siglos por el espíritu y la mano del ser humano,

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den Carácter der Kulturlandschaft. Los organismos de las granjas individuales y de las comunidades aldeanas. Su hora natal fue entre los siglos VII y X; en los paisajes de bosque de la Europa central, el siglo XII.

Así, el organismo aldeano — o, en caso de hábitat disperso, la parroquia rural — presenta un interior y un exterior. El vivir esta polaridad marcó el trabajo cotidiano en el establo y en el campo. En entrega perfecta de la *alma racional-afectiva*, el trabajo formó un puente entre ese interior y ese exterior. Eran las mismas manos que tallaban con maestría la piedra para la construcción de la iglesia, que pintaban los frescos, que creaban las vidrieras de colores, las mismas que afuera atendían el ganado, labraban el campo y configuraban con igual maestría los paisajes culturales. Era la misma conciencia la que captaba la construcción de la iglesia como centro y la tierras comunales del pueblo como periferia, y unía ambos polos mediante el trabajo, mediante el *«ora et labora»*, en la totalidad del organismo aldeano. Lo que el alma individual, lo que toda la comunidad del pueblo vivía como acción sagrada ante el altar, eso fluía dentro del trabajo y le confería en la granja y en el campo impulso espiritual y el sentido de ordenar con mesura y en armonía y belleza el entramado de relaciones de la agricultura, la ganadería, la horticultura, la fruticultura y la silvicultura, así como la economía de praderas y pastizales.

Lo que, a la inversa, el campesino afuera vivenciaba en primavera, verano, otoño e invierno entre las elementales fuerzas naturales del viento y el tiempo, lo que le hablaban el sol, la luna y las estrellas, se condensaba en él — sin ser «pensado hasta la destrucción» — en sabiduría en el trabajo instintivamente certero. La riqueza de esa vivencia proveniente del trabajo bajo el cielo abierto la llevaba de vuelta como bien interiorizado al altar, y allí recibía nuevamente un impulso desde el espíritu. Este estar tejido rítmicamente en una vivencia interior y exterior en el espíritu del cristianismo, intensificado por el celebrar las fiestas del año, formaba al ser humano completo en su relación con el trabajo, con la naturaleza y con la comunidad. Se inscribía en el alma del ser humano al igual que en el exterior de la naturaleza. De ahí proviene, con toda razón, que desde cada lugar dentro de los paisajes culturales europeos hable para la percepción más fina un *«spiritus loci»*. Cuán poderosamente se revela en ello una imagen refleja del alma del pueblo — o, en el carácter del paisaje: del espíritu del pueblo —, se muestra cuando se comparan los matices más sutiles de las creaciones artísticas que brotan de las tradiciones populares con los paisajes en que surgieron. En este sentido puede hablarse de un tipo de paisaje correspondiente al alma del pueblo inglés, y del mismo modo de un tipo holandés, sueco, italiano, etc. Desde la Baja Edad Media los paisajes llevan

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con creciente individualización de los distintos pueblos la impronta del espíritu del pueblo, del alma del pueblo y del carácter popular que en cada caso impera.

La migración de los pueblos tuvo como consecuencia, al norte de los Alpes, la decadencia y destrucción de todas las ciudades fundadas por los romanos: la nueva forma de asentamiento que surgía desde la actitud anímica cristianamente impregnada del *«ora et labora»* fue el pueblo. Solo más tarde, en los siglos X y XI, en conexión con sedes nobiliarias, monasterios y plazas de comercio centrales, dotados de privilegios especiales, algunas aldeas se convirtieron en ciudades. El comienzo lo marcó el establecimiento de una capilla como centro y la puesta en cultivo de un trozo de naturaleza silvestre en torno a ella, seguidos de la construcción de una basílica románica y el asentamiento de las granjas campesinas orientado hacia ella, junto con el territorio circundante, delimitado hacia el exterior. En la medida en que el centro, la iglesia, con su torre y su nave se elevaba y se configuraba en plástico-artística configuración, en esa misma medida se configuraba y articulaba la que antaño fuera exuberante naturaleza silvestre de la demarcación en naturaleza cultivada. Este desarrollo de armoniosa y creciente elevación artística alcanzó su punto culminante con el advenimiento del Gótico. En el Románico aparece en rasgos germinales, en imagen refleja artística, lo que en los seres humanos fue revelándose e interiorizándose gradualmente, en humildad y entrega, como la esencia más profunda del cristianismo. El impulso del Grial, surgido de la corriente del cristianismo esotérico en los siglos VIII y IX, penetró las almas de los seres humanos y despertó en ellos en alto grado la fuerza de la interiorización. En el Gótico florece desde esta intimidad de la vida anímica una inaudita fuerza formativa artística. La torre se eleva aún más, filigrana, hacia las alturas; la larga y elevada nave eclesiástica, de múltiples naves y amplias proporciones, con transepto y coro, envuelve un espacio interior poderoso, inundado de luz de colores que fluye hacia dentro, a través de las escenas bíblicas y las figuras de los santos en los vitrales, como desde un mundo superior. ¿Cómo habrá de haberse vivenciado allí el ser humano campesino, que moraba en sencillez, aplastado hacia la tierra, a los pies del imponente edificio? Hacia fuera se ofrecía a su mirada la naturaleza configurada por la obra de sus manos en sus formas y colores; al penetrar en el espacio interior del elevado edificio, percibía formas y colores de índole completamente distinta. A su contemplación intuitiva se ofrecía, en elevada configuración artística, una imagen refleja de su propio vivenciar anímica y espiritual-anímicamente.

En el Gótico alcanza la configuración del centro en el entorno de la demarcación que le pertenece su punto culminante. El que surge pura y exclusivamente desde el interior

el ser humano desde su vivenciar anímico íntimo se eleva en sublimación artística sobre el paisaje circundante. Las catedrales góticas, las grandes iglesias, los münsters y las iglesias aldeanas, así como los edificios anteriores del Románico, no cierran un espacio paisajístico como el templo griego, sino que son, en un sentido superior, el órgano central de un organismo total que incluye la naturaleza terrestre circundante. Esto puede hacerse claramente visible cuando uno se acerca caminando desde lejos a edificios como Chartres, el Münster de Estrasburgo o el de Ulm —imaginando suprimido el entorno urbano actual— o a cualquier pequeña iglesia aldeana.

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En el Gótico del período medieval alto estaban también desterrados los últimos vestigios de una naturaleza silvestre desbordante, y ennoblecidos mediante trabajo querido por el Yo en un «jardín de Dios». Ante la abundancia de esculturas en los pórticos y en los nichos, ante las entidades espirituales que emergen vivas de los capiteles, ante la ornamentación vegetal que decora con profusión la piel exterior de los edificios, uno puede llegar a la impresión de que las fuerzas formativas vivientes, sobrantes, liberadas y purificadas de la naturaleza circundante, hubieran fluido hacia el edificio, hacia las manos esculpidoras y pintoras de los artistas. Como esos mismos edificios, también el paisaje cultural queda ahora consumado con ellos. Así como en el Gótico las altas ojivas ascendentes tienen una clave de bóveda —en el Románico es el arco de medio punto quien como totalidad carga—, así el Gótico mismo constituye en su conjunto la clave de bóveda en el desarrollo del principio del organismo como elemento formativo fundamental de los paisajes culturales del Occidente cristiano, y al mismo tiempo la clave de bóveda de la Edad del alma racional o del ánimo.

El principio organísmico en la Edad Moderna

Violentas transformaciones caracterizan el umbral de transición a la Edad Moderna, a la Era del alma consciente. Europa comienza a dividirse en Estados nacionales. La gesta de la Doncella de Orleans (1412-1431) inicia el proceso de separación territorial de Francia e Inglaterra; los navegantes de los reinos de España y Portugal abren las rutas marítimas a tierras lejanas; desde el pensar abstracto se fundan las ciencias modernas; Copérnico (1473-1543) «hace que la Tierra gire alrededor del Sol»; la Iglesia y la nobleza caen en la ortodoxia; ambos insisten en sus privilegios y se disputan el poder; las ciudades crecen y con ellas la burguesía. Las artes reflejan con mayor claridad este vuelco de la conciencia, por ejemplo, cuando la pintura sobre fondo de oro, imagen de la irrupción de lo eterno en lo temporal, es reemplazada por la

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perspectiva espacial. La empiria, la percepción sensible, inicia su marcha triunfal. El campesinado busca liberarse de la hegemonía de la Iglesia y la nobleza para, preservando su identidad popular y el cristianismo popular inspirado en fuentes esotéricas, emprender sus propios caminos de autodeterminación. Comienza la era en la que el ser humano se ve cada vez más enfrentado a la confrontación consciente con el mal, en la antítesis entre las fuerzas que promueven el desarrollo y las que lo retardan y niegan.

Esta antítesis se manifiesta con respecto al principio del organismo ya a comienzos del siglo XV. Por un lado, vemos cómo españoles y portugueses, desde las ya conocidas Islas Canarias, se adentran con sus grandes veleros en círculos cada vez más amplios en el Atlántico, y fueron los portugueses quienes, en este proceso, descubrieron la isla de Madeira en 1425. Estaba deshabitada y cubierta por un manto de selvas vírgenes ricas en especies, un «organismo en el crecimiento natural» que había crecido desde tiempos inmemoriales. Poco después, entre 1426 y 1428, los primeros colonos campesinos de Portugal incendiaron el singular biotopo natural de la isla, trajeron a los aborígenes de las Islas Canarias, los guanches, los convirtieron en esclavos, les hicieron trazar una red de canales de riego y cultivar caña de azúcar en monocultivo por toda la isla, la cual, procesada como azúcar de caña, encontró una bienvenida salida como producto de exportación en el continente y, sobre todo, en Inglaterra.54 Aquí, como en una célula germinal, se realiza de manera sintomática lo que luego, en los siglos siguientes, conduciría a gran escala en el nuevo mundo a la apropiación de tierras, a talas masivas, al monocultivo, a la esclavitud, al comercio de esclavos y a los mercados de exportación de alimentos, una forma temprana de un industrialismo agrario y, en decadencia, una repetición de corrientes de desarrollo precristianas de base cultural.

Por otro lado, vemos cómo, sobre todo en Europa Central, los campesinos luchaban por su libertad frente a la hegemonía de la Iglesia y la nobleza, y buscaban salvar sus logros culturales al cruzar el umbral de la Edad Moderna. De las comunidades aldeanas, que habían sido predominantes en la Alta Edad Media, surgieron aquí y allá ciudades a partir de los siglos IX y X. En ellas, con la burguesía, con la introducción del derecho romano y, desde los siglos XIII y XIV, con la fundación de universidades, se desarrolló una vida cultural emancipada de la naturaleza, distinta de aquella que en las comunidades aldeanas pervivía como fuerza creadora[56]

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Abbildung 3: Die Natur- und Sozialordnung der freien wirtschaftlichen Dorfgemeinschaften.

emanada del espíritu popular. Este buscó, en la transición a la Era del alma consciente, un camino diferente de desarrollo cultural y encontró su expresión propiamente centroeuropea en las «comunidades aldeanas económicas libres».[57] Estas se liberaron de la determinación externa de los poderes hegemónicos y son el fruto del desarrollo aldeano desde el final del período de las grandes migraciones.

En las comunidades aldeanas económicas libres, en el siglo XV, floreció brevemente un orden natural y social de fomento mutuo, surgido de las fuerzas del espíritu popular.

Junto al ya descrito orden natural organísmico, con un centro y una periferia articulada en el término del pueblo, se desarrolló en su disposición un orden social trimembrado. Bajo la superficie del cristianismo católico (petrino) históricamente tangible, vivía un cristianismo popular de cuyas fuentes el alma del pueblo cultivaba una vida espiritual que se transmitía de boca en boca, que se manifestaba en narraciones plásticas, vivencias y presentimientos espirituales, en sagas y leyendas, en poesía y música popular, etc. De esta misma fuente brotaba una vida jurídica que arraigaba en el sentido de justicia de cada individuo, que se transmitía de forma no escrita de boca en boca y que se determinaba o confirmaba anualmente.

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Se sobreentiende que, por parte de los monasterios, los señores feudales y las ciudades en ascenso, el derecho romano, el derecho escrito, fue socavando cada vez más esta disposición jurídica vivida. Sobre el trasfondo de la vida espiritual y jurídica que crecía desde el espíritu popular, la vida económica se configuró instintivamente en asociaciones.[58] Las comunidades aldeanas se agrupaban en torno al mercado central a una distancia tal que los carreteros podían ir y volver en un solo día. La gente de las aldeas mantenía entre sí y con el mercado central una relación económica tal que el intercambio de bienes cubría la demanda a precios que aseguraban el sustento de las familias de campesinos y artesanos hasta que el mismo producto volvía a ser generado.

Las «comunidades aldeanas económicas libres» de principios de la Edad Moderna llevan en sí el germen para la configuración de la vida social futura en el sentido de la «Triformación del organismo social».[59] Este florecimiento de una espiritualidad popular autónoma en la vida social de las comunidades aldeanas estaba destinado a inaugurar un desarrollo democrático de base en Europa Central, similar al que se ha formado en Suiza. Los más nobles de la época, como Matthias Grünewald (1470-1528), Tilman Riemenschneider (1460-1531), Paracelso (1493-1541) y muchos otros, se solidarizaron con los campesinos. Sin embargo, a esto se oponían las fuerzas retardatarias de la Iglesia y la nobleza. El conflicto estalló en las Guerras de los Campesinos de 1524 a 1525. Lo que podría haberse situado junto a las ciudades emergentes como un impulso germinal de renovación cultural, fue ahogado en sangre. La Contrarreforma hizo lo suyo para sofocar en germen cualquier otro esfuerzo de autonomía. El derecho romano impuso su hegemonía también en el campo. La tierra, según la concepción jurídica vigente, se convirtió en propiedad privada y, con ello, poco a poco, en mercancía.

Pero entonces, en el tránsito del siglo XV al XVI, surge de nuevo un impulso de reforma social. El escrito de Valentin Andreae (1586-1654) «Las bodas químicas de Christian Rosenkreutz» comienza a circular clandestinamente alrededor de 1604. Fue publicado en 1616 en Estrasburgo.[60] Hace referencia a Christian Rosenkreutz (1378-1484) y su iniciación

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en 1459. En la misma época se fundó la «Fraternidad de la Rosacruz». Esta reunía a unas pocas personas que permanecían en el anonimato y que, a diferencia de Paracelso (1493-1541), por ejemplo, no se manifestaban exteriormente a través de una doctrina, sino que, en secreto y desde inspiraciones espirituales, se ponían desinteresadamente al servicio de sus semejantes. Presumiblemente del mismo autor, Valentin Andreae (1586-1654), aparecieron otros escritos rosacruces, como en 1614 la Fama Fraternitatis (dirigida a los «Jefes, Estamentos y Eruditos de Europa»), en 1615 la Confessio y en 1617 la Reforma general y universal de todo el mundo. En esta «Reforma general» desde el espíritu del rosacrucismo, resurgieron desde lo oculto aquellos impulsos que en el siglo XV habían sembrado de forma latente el germen de la triformación de la vida social en las comunidades aldeanas económicas libres.

Lo que desde el rosacrucismo podría haberse convertido en impulsos espirituales pioneros para el siglo XVII, capaces de aprehender el espíritu activo tanto en la naturaleza como en la vida social, fue aniquilado por la tremenda calamidad de la Guerra de los Treinta Años y sus consecuencias. Esta guerra devastó Europa Central siguiendo la estrategia de tierra quemada. Muchas aldeas se convirtieron permanentemente en despoblados; la población rural se vio reducida en un 40%,[61] y la urbana en un 33%, víctimas de los horrores del hambre, las epidemias y las acciones bélicas. Las reservas de semillas y de grano para pan fueron saqueadas repetidamente o destruidas por incendios provocados, los animales fueron arrebatados por los ejércitos de paso, los pozos envenenados con cadáveres de animales arrojados en ellos. Incluso hasta finales de siglo, 50 años después de la Paz de Westfalia de 1648, en muchos lugares reinaban las hambrunas. La Guerra de los Treinta Años quebró físicamente la columna vertebral de la cultura agraria tradicional de Europa Central. Mucha sabiduría popular se perdió, y solo con gran esfuerzo, a partir del saber empírico que quedó, pudo revivirse el principio del organismo en las aldeas y granjas individuales. El Dottenfelderhof, por ejemplo, a diez kilómetros del centro de Fráncfort del Meno, una granja lechera perteneciente al monasterio premonstratense de Ilbenstadt, fue completamente arrasado. No fue hasta 1707 que se reconstruyó el edificio principal con viviendas y granero, y en 1742, casi cien años después de la guerra, el complejo de edificios fue restaurado, ahora como una granja fortificada herméticamente cerrada.

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Tras las profundas crisis del siglo XVII, el siglo XVIII trajo con la Ilustración también un despertar en la agricultura. En su primera mitad floreció la llamada literatura de los «padres de familia» (Hausväter-Literatur), que, en una mirada retrospectiva a las sabidurías perdidas, todavía intentaba concebir la agricultura como un todo organísmico y de fundamento ético. En la segunda mitad del siglo XVIII, la economía experimental[62] pasó a primer plano. Se atendía a lo que, en el marco de la cerrazón organísmica, se demostraba empíricamente como racional y que luego prepararía el terreno para las ciencias agrarias emergentes en el siglo XIX. Tras la prolongada depresión que siguió a los estragos de la Guerra de los Treinta Años, la agricultura experimentó un auge a medida que avanzaba el siglo XVIII. Aparte del manejo de una práctica más racional y penetrada por el pensamiento, la mejora de las condiciones de vida se debió principalmente a la «siembra estival del barbecho». En el marco de la rotación trienal que se seguía practicando, las tierras en barbecho se cultivaban con plantas de escarda (patatas) y, sobre todo, con trébol. Gracias al cultivo de forraje en tierras de labor, aumentó la fertilidad del suelo, los rendimientos se incrementaron y la necesidad dio paso a una modesta prosperidad.

En la Ilustración del siglo XVIII, desde el ocultamiento del rosacrucismo y otras corrientes espirituales afines —valga como representante el teólogo y «teósofo» Friedrich Oetinger (1702-1782)[63]—, afloró a la conciencia social. El idealismo alemán bebió de estos sustratos espirituales en la filosofía, la poesía, la ciencia y las artes. De estos mismos sustratos surgieron los ideales que estuvieron en el origen de la Revolución Francesa, los clamores por la libertad, la igualdad y la fraternidad. Son, en forma transformada, los mismos que estaban dispuestos en la triformación de las comunidades aldeanas económicas libres de los siglos XV y XVI, los mismos que a principios del siglo XVII impulsaron los esfuerzos de los rosacruces por una «Reforma general»,[64] los mismos que Goethe (1749-1832) elaboró poéticamente en su Wilhelm Meister, en Hermann y Dorothea, entre otras obras. Estos clamores, que fluyeron a través de los siglos desde la corriente de un saber esotérico, también fracasaron ante las fuerzas retardatarias;

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también ellos se desvanecieron en luchas sangrientas y terminaron una vez más con la victoria de la Restauración.

¿Qué desarrollo tomó entonces la agricultura sobre el trasfondo de este acontecer histórico? Su fundamento, el principio del organismo, se mantuvo. Pero, sin una fuerza impulsora espiritual que siguiera actuando, se convirtió en tradición: los paisajes culturales surgidos del trabajo campesino tuvieron que ser conservados con tanto esfuerzo a lo largo de los siglos como las construcciones de las iglesias románicas y las catedrales góticas, que en su tiempo formaban una unidad con ellos. Primero, a cuentagotas, individuos valientes hicieron su hatillo y emigraron a las ciudades en auge. Pero luego, desde el siglo XVII, siguieron en oleadas migratorias la llamada de que «el aire de la ciudad te hace libre». Aceptaron la pérdida de la seguridad y la paz de la aldea; aspiraban a salir de la estrechez y la falta de libertad de la vida ligada a la naturaleza y buscaban, en la inseguridad existencial, la libre autodeterminación en profesiones emergentes. De manera ejemplar y conmovedora, describe este solitario camino hacia lo incierto el que más tarde sería oftalmólogo y poeta, Jung-Stilling (1740-1812),[65] a quien Goethe ayudó a salir de más de una penuria existencial con su decidida intervención. Cada vez más, las ciudades absorbieron a la gente del campo; floreció la vida académica, las ciencias naturales y, con ellas, la aplicación técnica de las leyes descubiertas de la naturaleza inorgánica. Frente a la orientación plenamente humana y universal del trabajo en la agricultura, las personas se sumergieron ahora en el mundo de la división del trabajo de la industria. Ellos, que aún estaban completamente arraigados en la conciencia popular, se vieron desafiados en su inseguridad existencial a tomar conciencia individual de sí mismos. El campesino se convirtió en el hombre moderno y emancipado; el proletario. Este no podía obtener del proceso de división del trabajo nada más que su salario: la educación humanista de su tiempo no podía darle respuesta a sus preguntas vitales, como tampoco las ciencias naturales, que, a la pregunta sobre su condición humana, lo hacían descender del mono. Con el avance de la Edad Moderna, el campesinado se sume en una tradición ligada a la herencia, de la que ya no surgen impulsos de renovación. Esta tragedia marca el curso del desarrollo en los siglos XIX y XX. Ya la siembra estival del barbecho con trébol en el siglo XVIII fue un impulso venido de fuera que encontró resistencia, no en último término debido al hecho de que la

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otrora flexible rotación trienal se había anquilosado por el orden de propiedad del derecho romano.

Un ejemplo de hasta qué punto la inercia era enemiga de toda innovación lo muestra, a principios del siglo XIX, el intento de introducir la sembradora en la altamente desarrollada cultura agraria de Flandes. Este intento fracasó inicialmente; los campesinos sintieron instintivamente esta pretensión como una irrupción en la autocomprensión espiritual-moral del agricultor, que confiaba la semilla a la tierra abierta con paso mesurado y un vaivén rítmico, y que al mismo tiempo, con su disposición anímica y espiritual, confería su bendición a este acto. Qué diferente el constructor de la sembradora, que, viniendo de fuera, de la ciudad, descompone el proceso de siembra en sus funciones mediante la abstracción mental. A partir de ello, construye una máquina que debe cumplir las siguientes funciones: depositar una cantidad determinada de semilla de un tamaño de grano específico en una unidad de tiempo concreta a una profundidad de suelo determinada y cubrirla con tierra.

En el siglo XIX, las ciencias naturales y la técnica asumieron poco a poco la dirección de una agricultura alienada de sus impulsos espirituales. Justo al principio, se fundó una facultad de agronomía tras otra. En primer plano estaba la cuestión de lo que se ha llamado la «antigua fuerza del suelo», y de ahí la cuestión del abonado. Se quería comprender qué había conferido a los suelos su fertilidad duradera a lo largo del tiempo. Se perdió de vista la totalidad del organismo de la agricultura y la interacción de sus miembros, y se buscaron factores aislados. Se reconoció la importancia del humus como portador de fertilidad. Para investigar experimentalmente esta cuestión de la fertilidad sostenible del suelo, en 1853 se estableció en Kent, Inglaterra, el ensayo de abonado de larga duración de Rothamsted. En una parcela con abonado de estiércol, este se suspendió después de un tiempo, y cincuenta años más tarde todavía se podían constatar los efectos residuales de aquel abonado de antaño.[66] Con esto, y también con ensayos a largo plazo realizados posteriormente en otros lugares,[67] se confirmó que la «antigua fuerza» se debe esencialmente a la cría de ganado vacuno dentro del organismo de la agricultura.

Gracias a las investigaciones del químico Justus von Liebig (1803-1870), la atención en la cuestión del abonado se dirigió a la importancia de las sustancias individuales. A partir de sus análisis del material cosechado, dedujo que los suelos

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de una finca pierden tantos nutrientes como los que contienen los productos de venta.[68] A partir de esta conclusión, fundamentó su teoría de los fertilizantes minerales, según la cual el nutriente que se encuentra en cantidad mínima limita el rendimiento. Liebig, que con un pie todavía estaba en el idealismo alemán y con el otro en el materialismo emergente de la segunda mitad del siglo XIX, estaba convencido de que la pérdida de los nutrientes esenciales ligados a la tierra —fósforo, potasio, etc.— debía ser restituida al suelo mediante el abonado. De manera diferente juzgaba, en contra de la opinión doctrinal dominante, sobre el nitrógeno. De este, la propia naturaleza debía encargarse. Frente a él se encontraban sus oponentes, los defensores del abonado nitrogenado, que en el período siguiente ganaron la partida. Una satisfacción póstuma para Liebig fue la aplicación y confirmación de sus tesis por parte del agricultor Schultz-Lupitz (1831-1899),[69] quien, tras décadas de esfuerzos, logró mejorar significativamente el nivel de rendimiento de los suelos arenosos extremadamente pobres de Lupitz mediante una profundización del perfil de humus.

El favorable efecto de precultivo de las leguminosas siguió siendo un enigma hasta finales del siglo XIX, hasta que en 1886 Hellriegel (1831-1895) publicó su descubrimiento de las bacterias nodulares fijadoras de nitrógeno, que viven en simbiosis con las raíces de las leguminosas. A pesar de estos conocimientos de la ciencia y la práctica sobre la fijación de nitrógeno del aire como un proceso en lo vivo, todo el afán se concentró en la cuestión de cómo el nitrógeno del aire podría ser transformado en forma de sal por medios técnicos, eludiendo lo vivo. Pues no se trataba solo de obtener esta, la más codiciada de todas las sustancias fertilizantes para la agricultura, sino también para la fabricación de explosivos. El único yacimiento mundial de sales de nitrógeno explotables en forma de salitre de sodio se encuentra en el desierto de Atacama en Chile, una fuente lejana y sumamente costosa para la creciente demanda en el siglo XIX.

Así, desde el siglo XIX, la ciencia natural y la técnica actuaron desde fuera sobre la agricultura y en el siglo XX se convirtieron en las precursoras de la alienación de la agricultura de sus propios impulsos de desarrollo y condiciones de producción, y finalmente en la causa de su hundimiento en el industrialismo agrario. El agente en este camino es

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el nitrógeno, al que más tarde, desde la década de 1960, siguieron los herbicidas sintéticos, pesticidas, reguladores del crecimiento, etc., así como la ingeniería genética.

A principios del siglo XX, en Noruega, se oxidaba nitrógeno atmosférico en un horno eléctrico según el método Birkeland-Eyde. Resultó ser demasiado caro. El químico Fritz Haber (1868-1934) elaboró, entre 1905 y 1910 en la BASF de Ludwigshafen am Rhein, las bases científicas de la síntesis de amoníaco a partir del nitrógeno del aire; su socio, el ingeniero Carl Bosch, creó para esta síntesis las instalaciones a gran escala para 1913. En este proceso, que lleva sus nombres, el método Haber-Bosch, el nitrógeno del aire se hace reaccionar con gas de hidrógeno en hornos de contacto a una presión de 200 bar y temperaturas de 500 a 600 °C en presencia de catalizadores. Se ve cómo el nitrógeno del aire, sumamente inerte, que las leguminosas activan de manera silenciosa y suave en los ritmos cósmico-terrestres del año solar para el proceso vital de la formación de proteínas, es aquí forzado violentamente, en el plano inorgánico-técnico, con un alto gasto de energía e independientemente del lugar y el tiempo, a formar un compuesto altamente reactivo. Esta invención, como más tarde la de la liberación de la energía nuclear, pone fuerzas de la subnaturaleza a disposición de la arbitrariedad humana, cuyo manejo deja desde entonces huellas de destrucción en la obra creadora de la naturaleza.

La síntesis del amoníaco estaba técnicamente madura para la producción justo antes del estallido de la Primera Guerra Mundial, lo que independizó a las Potencias Centrales de las importaciones de salitre de Chile y convirtió en obsoleto el bloqueo atlántico de los ingleses para impedir dichas importaciones. Solo gracias a la síntesis del amoníaco fue posible para las Potencias Centrales librar la Primera Guerra Mundial como una guerra de artillería y bombardeos en la devastadora magnitud y duración que tuvo. En el transcurso de la guerra, los Aliados occidentales también dispusieron de esta tecnología. Tras el fin de la guerra, la pregunta por parte de la industria del nitrógeno fue: si ya no hay más guerra, ¿a dónde va a parar el nitrógeno? Vencedores y vencidos se pusieron de acuerdo rápidamente; fundaron el Sindicato Europeo del Nitrógeno y declararon la agricultura como el nuevo mercado. Con una enorme publicidad y una investigación orientada a la práctica y lanzada por la industria, la producción de nitrógeno pasó sin solución de continuidad de la fabricación de explosivos para bombas y granadas a la producción de fertilizantes sintéticos para la agricultura. Una vez más se demostró la verdad de la afirmación de Heráclito de que la guerra es «el padre de todas las cosas».[70] Lo mismo ocurrió después

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de la Segunda Guerra Mundial en los EE. UU., donde el abonado nitrogenado solo se generalizó después de su finalización. En el período siguiente, el nitrógeno, en combinación con la tecnología de riego en zonas áridas, se convirtió a nivel mundial en el motor del industrialismo agrario que produce en monocultivos.

En Europa Central, el principio del organismo resistió durante mucho tiempo este impetuoso desarrollo. Friedrich Aereboe (1865-1942), el fundador de la moderna teoría de la gestión de explotaciones agrícolas,[71] describe alrededor de 1917 una explotación agrícola como un todo orgánico y coherente: «Yo [...] concibo la finca como un todo orgánico e inseparable y muestro cómo este todo, bajo la influencia cambiante de condiciones de vida externas e internas, adquiere y debe adquirir diferentes formas». Compara «la naturaleza orgánica de la economía de la finca» con respecto a la articulación en ramas de producción con el «cuerpo animal, que tiene corazón, pulmones, hígado y otros órganos». Así como estos —cada uno según sus funciones— se relacionan con un todo superior del animal, así las ramas individuales de la agricultura se relacionan con la totalidad del organismo de la finca. Aereboe capta por primera vez en pensamientos claros y luminosos el entramado de relaciones económicas de una finca, tal como este había surgido de sustratos de conciencia intuitivo-instintivos. La estructura de relaciones que encontró era para él un hecho irrefutable, que debía ser iluminado con el pensamiento y optimizado en consecuencia desde el punto de vista de la gestión empresarial. El hecho en sí, la esencia del todo, no lo puso en duda.

El principio del organismo de la explotación fue mantenido en alto por los representantes de la teoría de la gestión de explotaciones agrícolas en Alemania hasta la década de 1950 del siglo XX. Esto se hizo incluyendo todos los avances tecnológicos de la época, en particular la «fertilización mineral» y aquí con especial énfasis en el uso selectivo de las sales de nitrógeno producidas sintéticamente. Pero entonces, el hilo conductor de la agricultura cristiano-occidental se rompió definitivamente. Desde principios de los años 60, el concepto de organismo de la explotación se perdió, y en su lugar apareció el concepto de sistema. Este está abierto por todos lados y se concibe como un sistema de redes, sin referencia a una «naturaleza esencial», es decir, a una totalidad fundada en sí misma. Con ello, se abrieron todas las compuertas para la fragmentación de la agricultura en el industrialismo agrario. Un desencadenante esencial fue

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Abbildung 4: Die vierfache Zerstückelung des Betriebsorganismus in Monokultur und Massentierhaltung.

la aparición de los herbicidas sintéticos en los años 60. Son reguladores del crecimiento que, como «herbicidas totales», intervienen sistémicamente en los procesos vitales de las plantas de tal manera que estas crecen hasta morir o perecen por otras vías fisiológicas. El uso de herbicidas sistémicos, seguido de los fungicidas e insecticidas sintéticos, alteró de golpe la clásica diversidad de la organización de la explotación. De un año para otro, una explotación familiar podía duplicar o, si el mercado lo permitía, multiplicar sus superficies de cultivo de remolacha azucarera, patatas o hortalizas. Podía especializarse a voluntad en unos pocos o incluso en un solo cultivo y equiparse con maquinaria de forma más específica y económica. En la agricultura y la horticultura, se disolvió la relación de interdependencia de la tríada formada por el laboreo del suelo, la rotación de cultivos y el abonado. Los monocultivos se adueñaron de las tierras de labor. Lo que durante más de un milenio había crecido ecológica y socialmente en constante desarrollo como patrimonio cultural cristiano-occidental, el organismo de las comunidades aldeanas y de las granjas individuales, se desintegró en empresas individuales especializadas, cuya necesidad de capital para la compra de insumos forzó volúmenes de negocio cada vez mayores y, con ello, el modo de producción industrial con división del trabajo y formación de capital. (Figura 4).

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Ya durante las décadas anteriores, el centro, la Iglesia, había perdido cada vez más su papel de liderazgo espiritual-moral y social, en favor del despertar a la autodeterminación individual. Junto con la creciente industrialización de la agricultura desde los años 60 del siglo XX, fue este hecho el que desencadenó la última gran oleada migratoria. Si alrededor de 1800 el 62% de la población activa trabajaba en la agricultura, en 1875 el 49%, en 1950 el 25%, hoy en día es solo el 2%.[72] En lugar del campesino apareció el agrotécnico, cuyo punto de orientación ya no se encuentra en el centro del pueblo, sino periféricamente en los centros educativos de la ciudad, en las innovaciones agrotecnológicas y en los mercados suprarregionales. En el industrialismo agrario globalmente interconectado, se levanta alrededor de la agricultura una poderosa muralla, un aparato de inteligencia de un saber detallado y fragmentado en áreas de especialización. El agricultor se convierte en el «órgano ejecutivo» de una inteligencia que lo determina desde fuera. En el curso de esta progresiva incapacitación espiritual, la horticultura fue la primera en desprenderse de los términos de las aldeas y granjas individuales para especializarse en monocultivos bajo invernadero, un primer paso en el desmembramiento de la totalidad organísmica. También en la agricultura de campo, muy tempranamente en los EE. UU., el cultivo de cereales se independizó, seguido por la erosión del suelo por el viento y el agua. Hoy en día, un monótono patrón de monocultivos domina el paisaje a nivel mundial. En Europa Central, este segundo paso del desmembramiento de la totalidad, tras cierta inercia, no se completó hasta finales del siglo XX. Finalmente, en un tercer paso de desmembramiento, también la fruticultura perdió su función orgánica en el organismo agrícola. En los años 70 se pagaban primas por el arranque de cultivos de árboles de tronco alto; hoy se vuelve a valorar su importancia ecológica. La producción, sin embargo, se concentra en plantaciones intensivas en monocultivo en zonas climáticamente favorables. Por último, en un cuarto paso de desmembramiento, también se abandonó la cría de animales domésticos vinculada a la base forrajera de la explotación, con la consecuencia, por un lado, de la aparición de explotaciones sin ganado y, por otro, de la concentración en la ganadería intensiva. En lugar del término «animal doméstico» apareció el término «animal de producción». Comenzó con las aves de corral en estabulación o enjaulamiento durante todo el año, seguido de la cría de cerdos, concentrada en grandes cebaderos, y finalmente —quién

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lo hubiera creído posible para el ganado vacuno, animal de pasto y doméstico por excelencia— la masificación de animales desmochados en estabulación permanente con alimentación a base de ensilado o mezclas de piensos concentrados calculadas para el máximo rendimiento.

Lo que en tiempos de la Gnosis, lo que en épocas muy anteriores bajo la guía de los Misterios, ligado al estado de conciencia de determinados pueblos, se había configurado en una laxa coexistencia como las cuatro corrientes de la ganadería, la agricultura de campo, la horticultura y la fruticultura; lo que bajo la influencia del cristianismo se había fundido en una compenetración mutua para formar la unidad superior del organismo de la agricultura, ahora, en un desmembramiento agnóstico, ha vuelto a caer en los cuatro estados primordiales.

A pesar de todos los logros, ciertamente admirables, de la modernidad, no debemos cerrar los ojos ante el hecho: estamos sobre un cúmulo de escombros de la cultura agraria cristiano-occidental. La usurpación por parte de los métodos de producción industrial ha quebrado su fuerza portadora de cultura y, desde los años 60 del siglo XX, le ha cavado la tumba. Pero toda muerte alberga también el germen de un nuevo devenir. Esto puede ser aprehendido si uno toma conciencia de los impulsos de devenir más profundos del pasado. Una afirmación del «Doctor Angelicus», Tomás de Aquino (1225-1274), dice: el tiempo tiene pasado y futuro, pero no presente.[73] – Se puede explorar más a fondo esta afirmación con el pensamiento. En el presente, ambas corrientes temporales se encuentran y se anulan. La corriente del pasado muere en la forma, en el acontecimiento perceptible por los sentidos. Pero en esta forma, la corriente del tiempo que viene del futuro revive como germen. La semilla de la planta simboliza este acontecimiento. Lleva en sí, coagulado en la forma del genoma, el sello del pasado. Esta «forma acuñada que, viva, se desarrolla»,[74] contiene un germen que tiene la potencia de abrirse a la corriente del tiempo del futuro. Así se puede decir: en la objetivación de lo sensiblemente aparente yace el momento de la muerte, en el cual el tiempo del pasado se vuelve hacia el futuro. El futuro es pasado en transformación.

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Las nuevas semillas

La ciencia espiritual antroposófica de Rudolf Steiner aporta conocimientos en forma de ideas que en el pensar vigoroso de los amplios contextos relacionales espirituales garantizan su verdad, y en el obrar se muestran como gérmenes que en su crecer y fructificar hacen vivenciable precisamente esa verdad como fuerza motriz de un devenir siempre nuevo. Son dos gérmenes ideales de Rudolf Steiner los que, enlazando con lo pasado y transformándolo, señalan a la agricultura los caminos hacia una nueva portación de cultura:

El primero de estos gérmenes ideales se refiere a la significación de la agricultura con respecto a la cuestión social: La Primera Guerra Mundial provocó el derrumbe del antiguo orden mundial. En el caos social resultante, Rudolf Steiner inauguró la «Trimembración del organismo social». En este vasto nexo de ideas reapareció, en forma transformada, aquel impulso que desde la Edad Moderna venía empujando hacia la superficie en los siglos sucesivos, para chocar entonces contra las estructuras de poder retardatarias y hundirse de nuevo en el ocultamiento. Preparado a través de sus «Puntos Centrales de la Cuestión Social»,[75] Rudolf Steiner emprendió con personas activamente comprometidas en la vida pasos concretos para la reconfiguración de la vida social — en el sentido:

  • de una «Vida Espiritual Libre», que sea autónomamente creadora y portadora de iniciativa de todos los impulsos espirituales que atraviesan y fecundan la vida social,
  • de una vida jurídica, que sea autónomamente creadora y portadora de aquello que, en igualdad en la relación de persona a persona, es conforme a derecho y alcanza validez en forma de ley,
  • de una vida económica, que actúe autónomamente y, sobre la base de contratos, atienda «fraternalmente» en asociaciones económicas conscientemente configuradas a la cobertura de las necesidades de los seres humanos.

En cada uno de estos tres miembros de la vida social se encuentra cada persona, conscientemente o no. Cada uno de estos tres miembros recibe su propia realidad vital autónoma a través de lo que cada persona le imprime desde sus tres actividades del alma: mediante su querer, a la vida espiritual; mediante su sentir, a la vida jurídica; y mediante su pensar, a la vida económica. Del mismo modo que estas tres actividades del alma actúan, como miembros autónomos del alma, recíprocamente en el ser humano

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y resplandecen en el conciencia de sí, mantenidas juntas y en acción recíproca por la fuerza del Yo, así también actúan los tres miembros de lo social recíprocamente en la totalidad del organismo social a través del conciencia del Yo que despierta en cada persona individual. En esta relación recíproca del vivenciar interior consciente y del configurar-hacia-fuera surge el arte social. Así, la configuración del organismo social trimembrado es la piedra de toque para el despliegue y la revelación del alma consciente. Los esfuerzos casi sobrehumanos que Rudolf Steiner emprendió desde 1919 para dar vida al movimiento de la Trimembración del organismo social fracasaron en 1922.[76] Él mismo tomó la decisión de poner fin a este primer intento a gran escala. La ocasión externa para ello fue ante todo la galopante devaluación del dinero, así como el escaso número de personas que estaban a la altura de este gigantesco desafío. Rudolf Steiner había contado además con la comprensión de los proletarios, muchos de los cuales habían perecido en la guerra — y que habían sido apartados por la propaganda de los dirigentes obreros de orientación comunista. Pero el germen había sido depositado en el suelo del devenir histórico. A lo largo del siglo XX fue cultivado parcialmente en enfoques de acción concretos en constante transformación de un Morir y Devenir. Pero sobre todo, las exposiciones de Rudolf Steiner sobre la cuestión social fueron elaboradas desde una perspectiva epistemológica en el contexto de las exigencias de la época y puestas al alcance de un público más amplio. El impulso hacia la Trimembración social aguarda aún un nuevo intento de realización genuinamente renovador.

Este nuevo enfoque crece a partir de la segunda semilla de ideas depositada en el Curso de agricultura de Rudolf Steiner, en los «Fundamentos de ciencia espiritual para el progreso de la agricultura»[77]. Este curso para agricultores tuvo lugar en Pentecostés de 1924 en la finca Koberwitz, cerca de Breslau, en la actual Polonia, dos años después de la disolución del «Kommender Tag», el órgano del movimiento de la Trimembración en Alemania. En aquel tiempo, en la agricultura «la iglesia seguía en el pueblo», la práctica del principio del organismo permanecía todavía en gran medida intacta por tradición. El modo de producción agrícola constituía aún un contrapolo al modo de producción industrial basado en la división del trabajo. La cuestión ecológica y, unida inseparablemente a ella, la social

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no eran aún agudas en la agricultura. Pero señales amenazadoras — como los efectos de la fertilización con sales de nitrógeno de producción sintética, la pérdida de la estabilidad varietal y de la salud animal — fueron sensibilizando a agricultores y labradores aislados. Desde 1920 se acercaron a Rudolf Steiner con la petición de que les proporcionara, desde la ciencia espiritual antroposófica, fundamentos cognitivos e indicaciones prácticas para la renovación de la agricultura de cara al futuro. Lo que buscaban los preguntantes eran ideas, imágenes-verdad espirituales que devolvieran a la labor agrícola un sentido que fuera más allá de la mera técnica de procedimientos y que, si esas ideas eran asumidas, pudieran volver a tender un puente espiritual-moral hacia las cosas y los seres de la naturaleza y del cosmos. El Curso de agricultura contiene la siembra germinal para el desarrollo de una agricultura del futuro, en la cual la corriente oculta de los impulsos del cultivo de la tierra cristiano-occidental emerge en profunda metamorfosis a la superficie de la era de la conciencia. Rudolf Steiner se enlazó directamente con las preguntas de personas que se hallaban en la vieja cultura agraria consagrada a la muerte y buscaban caminos para su renovación. Se enlazó con un pasado que aún subsistía apenas, para transformarlo en algo futuro. Apeló para ello a la conciencia pensante del ser humano activo, arraigado en la práctica.

El punto de partida de la ciencia espiritual antroposófica de Rudolf Steiner es «el hombre». A su índole esencial en el contexto del mundo se refieren las preguntas: ¿cuál es el desarrollo desde su origen esencial en el espíritu, cuáles son los contextos de ideas que lo hacen capaz de actuar en todos los ámbitos de la vida conforme a su ser, cuáles los caminos hacia el autoconocimiento y el conocimiento del mundo de cara al futuro? Hubo un tiempo en que los seres humanos no eran tan «listos» como hoy, pero en cambio eran sabios. Se vivían como microcosmos que contiene en pequeño todo lo que en grande llena espiritualmente el macrocosmos en sentido entitativo. El intelectualismo científico de la época moderna se sitúa frente al mundo sensible, lo descompone en partes, las refleja en representaciones y excluye con ello a aquel que pregunta, piensa, siente y quiere: al ser humano. La mirada del investigador espiritual, en cambio, está dirigida al cognoscente, a la esencia del ser humano. Lo que se le revela ahí en el conocimiento suprasensible arroja una luz clara sobre aquello que, de manera macrocósmica, subyace en el sentido más amplio como principio esencialmente activo a la naturaleza sensible y al entorno cósmico. Los resultados de la investigación de ciencia espiritual expuestos en el Curso de agricultura se enlazan con los

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conceptos —por ejemplo en relación con el mundo inorgánico de las sustancias— y caracterizan sus elementos como portadores de fuerzas formativas específicas que, desde su naturaleza física, los elevan al acontecer procesual de la naturaleza vivificada y animada.

Así queda trazado el camino metodológico del Curso de agricultura con la afirmación central: «Se parte del ser humano; el ser humano es hecho fundamento.»[78] Desde este punto de vista, la mirada se concentra en la concepción y configuración del organismo agrícola con estas palabras: «Una agricultura cumple su ser, en el mejor sentido del término, cuando puede concebirse como una especie de individualidad en sí misma, una individualidad verdaderamente cerrada en sí, y toda agricultura debería en realidad acercarse —del todo no puede lograrse, pero debería acercarse— a este estado de ser una individualidad cerrada en sí misma.»[79] Se dice además: «Las cosas no pueden llevarse a cabo de manera tan estricta, pero hay que tener un concepto de la necesaria condición de cierre de una agricultura […].»[80]

Estas afirmaciones apelan a la capacidad de juicio individual. Desde una disposición interior investigadora, quien trabaja en la agricultura ha de esforzarse por elaborar conceptualmente una imagen pensada del ser del microcosmos humano. Esta imagen pensada se convierte en llave para comprender el macrocosmos y, en concreto, para comprender un recorte de él: el organismo agrícola. Aporta ideas según las cuales este recorte macrocósmico puede configurarse en un todo cerrado en sí mismo, en un organismo, en el cuerpo de «una especie de individualidad agrícola». La base de ideas para ello se forma cuando los hechos sensibles y científico-naturales son elevados pensadoramente al contexto significativo de los resultados de la investigación espiritual antroposófica suprasensible. De eso se trata: del aprehender pensante-imaginal de este contexto de sentido. En él reposa el germen de un nuevo devenir de la agricultura. Este devenir se despliega bajo el «sol de ideas» del espíritu humano que se hace consciente de sí mismo; es él quien guía la mano activa hacia el trabajo pleno de sentido.

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La Dreigliederung del ser humano y la individualidad agrícola

El organismo —con su centro y su periferia— como principio formativo fundamental en la agricultura fue creciendo desde el siglo VII de nuestra era a partir de los biotopes naturales dados, de los «organismos en el crecimiento natural», surgiendo de ellos. Llevaba de lugar en lugar un sello decididamente individual. Era un crecer instintivo-inspirado desde los pueblos cristianizados. Con el desvanecerse de estos, en el transcurso de la Era del alma consciente, se fue perdiendo también la fuerza de impulso espiritual. La doctrina empresarial agrícola del siglo XX reconoció ciertamente el juego conjunto lleno de sentido de las ramas del establecimiento agrícola en un todo, y lo llamó organismo agrícola. Pero la «índole esencial» de ese todo no fue interrogada. El concepto era demasiado falto de fuerza para poder detener la decadencia cultural de la agricultura. Tampoco el movimiento ecológico surgido desde los años setenta, ni con él la agricultura ecológica, pudieron despertar a nueva vida el concepto del organismo agrícola. La llave para la comprensión del organismo solo puede buscarse en el agens esencial que lo trae a la aparición en la corporalidad cerrada en sí misma y se vive manifestándose en ella. En el animal, ese agens es el alma animal; en el ser humano, el alma espiritual. El alma animal está atada al cuerpo; el alma espiritual del ser humano tiene el poder de, con las tres actividades del alma —el pensar, el sentir y el querer—, ir elevándose cada vez más fuera de esa atadura, de liberarse de ella. Con ello crece en ella la capacidad de hacerse consciente de sí misma, de aprehenderse en el autoconocimiento como ser espiritual creativamente activo, como el Yo que se realiza a sí mismo. En el Yo lleva el ser humano como microcosmos el germen espiritual en sí. Por ello puede no solo conocerse a sí mismo y la naturaleza esencial de su organismo corpóreo, sino saberse en ese conocimiento en conexión con lo esencial que obra suprasensiblemente en la naturaleza y en el cosmos.

Por el camino de la formación del alma espiritual puede ese germen desplegarse en órganos del alma. Así como los órganos sensoriales se abren al mundo dado sensiblemente, así también pueden esos órganos del alma abrir a la percepción la realidad espiritual-suprasensible. Desde el Yo que despierta en la conciencia de sí, el ser humano puede en la Era del alma consciente volver a hacerse consciente, ascendiendo, de su origen espiritual, del que descendiendo se ha desvinculado en el camino del hacerse autoconsciente. Lo que antaño desde los Misterios acompañó como enseñanzas de sabiduría el descenso, pero desde entonces

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ha ido extinguiéndose después del Cambio de los Tiempos, eso puede ahora ser conquistado de nuevo, ascendiendo en modo consciente, por medio de la ciencia espiritual antroposófica accesible a todo ser humano. La investigación espiritual de Rudolf Steiner aporta resultados que en todos los campos de la actividad humana —ya sea en el terreno científico, artístico, religioso, médico, pedagógico, social, etc.—, y así también en el campo de la agricultura, señalan de manera germinal al actuar nuevos caminos que transforman lo antiguo.

Si se quiere, pues, esclarecer los nexos de ideas que pueden ayudar a la agricultura a pasar de lo que ha llegado a ser a un nuevo devenir hacia el futuro, el camino está metodológicamente trazado con claridad: para llegar a una comprensión más profunda de la realidad esencial del pensamiento del organismo y de la individualidad, es necesario partir del ser humano, del microcosmos. De ello se desprende, desde la investigación espiritual, en lo corporal-físico y en lo espiritual-anímico, a grandes rasgos lo siguiente (Figura 5, pág. 90):[81]

En la contemplación intuitiva de la figura humana, lo que primero salta a la vista es la polaridad entre la cabeza y las extremidades: la cabeza como forma esférica en gran medida cerrada en sí misma, las extremidades irradiando de modo radiante y aprehendiendo el mundo. Morfológicamente domina el principio de la forma la región de la cabeza y, de manera polar a ello, fisiológicamente domina el principio de la sustancia: la región metabólica-de las extremidades.

La envoltura de la cabeza está formada predominantemente por los duros y fuertemente mineralizados huesos del cráneo. Estos encierran la cavidad craneal, que está ocupada por el líquido cefalorraquídeo —un líquido transparente como el agua, libre de células y de proteínas— y, flotando en él, por el cerebro. Además, en la cabeza se concentran los órganos sensoriales al servicio de la conciencia de vigilia. En ellos, como en la cabeza en su conjunto, la vida retrocede ampliamente frente al predominio de lo físico. Esto se muestra de manera impresionante en la estructura anatómica del ojo, con la lente refractora de la luz entre otros elementos, o del oído, con el tímpano, la cadena de huesecillos auditivos y el laberinto óseo. El polo cefálico está más próximo a lo puramente físico, a la muerte, que a la vida. Morfológicamente la cabeza es una imagen de procesos vitales petrificados. También el cerebro, en su actividad fisiológica como órgano que hace consciente, está levemente atravesado por procesos de muerte. El nervio y el cerebro, ante lesiones, pierden en poco tiempo la capacidad de regenerarse. El proceso que los rige es de índole catabólica. De ello habla la elevada actividad respiratoria del cerebro y la necesidad del intenso aporte de oxígeno a través de la sangre. La

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Abbildung 5: Die Wesensbeziehung von Mensch und landwirtschaftlicher Individualität. Die Dreigliederung beider in vertikaler Ausrichtung: Die Landwirtschaft ist der auf den Kopf gestellte Mensch.

actividad catabólica conduce físicamente hacia la sustancia inerte (CO2) y espiritualmente, como reflejo de un proceso vital —la actividad del pensar—, hacia el devenir consciente de los pensamientos. La cabeza es el polo de reposo y portador de la conciencia de vigilia, que conecta al ser humano espiritualmente con el mundo.

Hasta qué punto el ser humano lleva en su cabeza lo que ha caído fuera de la vida, lo mineral-muerto, lo muestra también la aparición de la arenilla cerebral, principalmente en la glándula pineal (*Epífisis*). Se trata de pequeñas piedras de color amarillo limón, constituidas por cristales de calcio y magnesio. Rudolf Steiner observa al respecto: «Todo ser humano debe tener en sí un poco de arenilla cerebral», pero no como depósito permanente, sino: «Esa arenilla cerebral debe formarse, y debe volver a disolverse una y otra vez.»[82] Este proceso de formación de los cristales y su nueva disolución lo describe Rudolf Steiner como el fundamento de la conciencia del Yo: «Si no pudiéramos disolvernos, no podríamos pensar, no podríamos llegar a la conciencia del Yo. En ese disolverse consiste lo que llamamos nuestra conciencia del Yo.»[83] En la cabeza se cumple la actividad del pensar.

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El cerebro no hace consciente para la conciencia cotidiana este proceso, sino, de manera refleja, su resultado: el pensamiento.

El polo de la forma de la cabeza, centrado en el cerebro, se diferencia a través de todo el organismo corpóreo en el sistema nervioso. En el ser humano superior sirve a la percepción consciente; en el inferior, transmite la actividad espiritual-anímica a los procesos vitales vegetativos.

El polo de la forma se contrapone polarmemente al polo de la sustancia. Este abarca, por debajo del diafragma, el mundo de los órganos del metabolismo y las extremidades. La actividad del alma interviene allí en los procesos vitales, dirige las transformaciones de las sustancias, moviliza las fuerzas de las que luego puede servirse el querer para poner en movimiento y mantener en movimiento las extremidades y la actividad corpórea en su conjunto. Todos los procesos orgánicos que subyacen al despliegue de la voluntad —todos los procesos de degradación, transformación y construcción— se desarrollan en una profunda inconsciencia, en una conciencia de sueño. Transcurren en parte de manera contracorriente y simultánea, en parte en una sucesión temporal fluyente y corriente. Frente al orden estricto, reposado en sí mismo, del sistema neurosensorial, en el polo metabólico reina un cambio y una transformación constantes; incluyendo las extremidades, todo está en movimiento; nada permanece idéntico a sí mismo ni por un instante. Así como el alma se vincula espiritualmente con el mundo en el polo cefálico a través de los sentidos, en sensaciones y en pensamientos, así entra en relación físicamente con su entorno a través de la alimentación y de la actividad de las extremidades.

La revelación esencial de la voluntad es el movimiento: ya sea aprehendiendo el espacio en las extremidades, ya procesual en el metabolismo, en el crecimiento y la regeneración, en la sangre que fluye, o bien ascendiendo silenciosamente hacia la conciencia en la respiración y, por último, en la actividad del pensar.

También los procesos que imperan en el polo metabólico-motor atraviesan, en la metamorfosis correspondiente, el cuerpo entero: en la cabeza, entre otros, en las secreciones de las glándulas salivales y las mucosas, o en la actividad masticatoria de la mandíbula inferior articulada.

La polaridad del sistema cefálico y del metabolismo-extremidades encuentra su equilibrio en el sistema de órganos que se intercala entre ambos: los dos lóbulos pulmonares que respiran rítmicamente, el corazón que late rítmicamente y el diafragma. En sus movimientos, este último sigue pasivamente el ritmo respiratorio; pero también puede apoyarlo de manera activa propia. Morfológicamente, el centro rítmico se expresa en la sucesión de las costillas, que cierran la caja torácica hacia arriba en dirección a la cabeza, pero la abren y ensanchan hacia abajo en dirección a la cavidad abdominal que abarca el diafragma. Fisiológicamente, la sangre fluye desde y hacia el corazón a través de todo el cuerpo y

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une ambos polos en una unidad superior. En el centro rítmico el ser humano se vive a sí mismo en el sentir; sintiendo-soñando desciende hacia la esfera de la inconsciencia, hacia el querer; sintiendo-despertando llega hasta la región del pensar. En el sentir, el ser humano se experimenta en el sentido más pronunciado como esta y solo esta determinada Geist-Seele. El ritmo es la caja de resonancia del sentir. Oscila de un lado a otro entre la quietud de la cabeza y el movimiento del cuerpo. Une quietud y movimiento y es ambos a la vez. En el centro rítmico desciende desde arriba la claridad del pensar hacia las profundidades, y desde abajo responde ascendiendo desde la oscuridad de la voluntad la fuerza de la iniciativa.

En su erecta y en su triple articulación corporal, el ser humano se presenta, pleno de su ser, como individualidad en el mundo. En la consonancia de su pensar y su querer en el sentir, se experimenta a sí mismo en el proceso de llegar a la conciencia de sí; se encuentra en el camino hacia la libre autodeterminación. Desde este vivenciar resplandece en él la realidad esencial del pensamiento evolutivo — lo cual se ha de explicar:

En otro tiempo el principio del desarrollo vivía instintivamente, soñando, oculto en las fuentes de la sabiduría primordial, como fuerza activa de la guía espiritual de la humanidad. En el avance del despertar hacia la autoconciencia, esta herencia se fue apagando. Muy joven aún, solo en la época del idealismo alemán, en las investigaciones de un Charles Darwin (1809–1882) y Ernst Haeckel (1834–1919) y de modo pleno y abarcador en la ciencia espiritual antroposófica, el principio del desarrollo reaparece de una nueva manera en el pensar. Referido a la triplicidad de las facultades anímicas del ser humano, lo vivimos hoy en el pensar ante todo como idea prospectiva, en el sentir como impulso gozoso y vivaz, y en el querer como fuerza de iniciativa portada por el espíritu. Por los caminos de esta triplicidad, el ser humano se aprehende — en la plena realización espiritual de su ser — como Yo, y se convierte en iniciador y portador del desarrollo hacia el futuro. En su impulso hacia la libertad, vive manifestando el principio del desarrollo.

A través del llegar a ser consciente del principio del desarrollo, el ser humano deja de ser criatura para convertirse en creador. Y así se plantea la pregunta: ¿Está llamado desde ahora, desde su libre querer, a trasplantar el pensamiento evolutivo a la creación devenida? ¿O solo puede referirse este ser creador a su propio desarrollo y al desarrollo humano? ¿Debe dejar atrás todo lo demás y condenarlo a mero aprovechamiento y explotación — a saber: las plantas, los animales, la tierra en su totalidad, que tan profunda parte tuvo y tiene en su propio desarrollo? El despertar hacia la conciencia ecológica alcanza las más de las veces solo hasta querer conservar la obra de la creación devenida, en sí consumada,

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incluso querer mantener al ser humano, como destructor de esta obra de la creación, fuera de la naturaleza. Pero esta limitación significa un estancamiento del desarrollo. Solo en conexión con el desarrollo progresivo del ser humano, y solo a través de él como iniciador, puede lo devenido del mundo ser transformado en un nuevo devenir. El ser humano actual, cuyo espíritu inventivo, con la fisión nuclear del átomo, tiene en sus manos todos los medios para provocar el múltiple «overkill» sobre la vida en la Tierra — ¿no debería ser capaz, a la inversa, de ampliar su ser para trasplantar el principio del desarrollo a la obra de la Tierra geronada en forma, a la naturaleza? ¿Cómo puede hacer fecunda la fuerza del devenir que lleva en sí para nuevos procesos de devenir que conduzcan a la naturaleza fuera de su ser-devenido? Esta última pregunta está al inicio de una cultura agraria del futuro. Se responde en primer lugar con la indicación metodológica de Rudolf Steiner:[84] «Partir del ser humano» y concebir un organismo agrícola, si ha de «cumplir su esencia», como «una especie de individualidad».

Tomemos una vez nuestro camino hasta un campo y tratemos de traernos ante la mirada, en quietud interior, todo el acontecer accesible a la contemplación intuitiva que percibe y piensa — lo que se despliega sobre la tierra en luz, aire y calor, y bajo la tierra en la oscuridad de las profundidades húmedas y cristalinas, y en el medio, en la piel del suelo vivo —, y lo que así se revela al sentir meditativo es la profunda afinidad con la triple articulación corporal del ser humano (Figura 5, p. 90).

Bajo la tierra encontramos el duro y sólido mundo de las rocas, caído fuera de la vida y por eso muerto, y de igual modo el elemento agua de las profundidades. Lo sólido-térreo reposa en quietud, guarda su estructura cristalina, que durante el verano se ve más expuesta hacia la superficie terrestre a los procesos de meteorización, mientras que en invierno, bajo las fuerzas formadoras de cristales del cosmos de las estrellas fijas — los griegos lo llamaban el «cielo cristalino» — se vive manifestando en su pura naturaleza cristalina.[85] Del mismo modo que el cerebro es el espejo que hace consciente la actividad pensante oculta, así lo es la naturaleza cristalina de las rocas afines a la sílice — cuarzos y silicatos —, que igual que órganos sensoriales reflejan indirectamente las fuerzas formadoras de cristales de la periferia cósmica más lejana, así como las fuerzas de los planetas alejados del Sol — Marte, Júpiter, Saturno. De manera polar vale esto para la cal y las rocas afines a la cal, que en su afinidad a lo planetario,

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en particular al obrar de los planetas cercanos al Sol (Luna, Venus, Mercurio), atraen hacia sí las fuerzas de estos.[86] Mediadoras en esta polaridad están las arcillas minerales, que con su dinamismo inusual para el reino mineral de la Tierra conducen ambas cualidades de fuerzas a través de las raíces hacia el crecimiento y la formación de la forma de la planta. Así contemplamos en lo que bajo el suelo se extiende hacia las profundidades el polo cefálico de esta «individualidad agrícola» que Rudolf Steiner así denominó.

Si intentamos pensar en conjunto las indicaciones de la ciencia espiritual con los hechos del sustrato mineral del suelo que la ciencia natural puede captar, un fenómeno ulterior apunta al hecho de que bajo la tierra se halla el polo cefálico de la «individualidad agrícola». De modo semejante a como en la glándula pineal aparece la formación y disolución de cristales como base física de la conciencia del Yo, así también en la zona de meteorización del suelo se forman finísimas laminillas hexagonales de cristal. Estas cristalizan a partir de los coloides amorfos del hidróxido de aluminio y de la sílice para formar los llamados «minerales de arcilla secundarios». Pero también pueden disolverse de nuevo en el estado coloidal.[87]

De manera polar al polo cefálico bajo la tierra se despliega sobre la tierra el «vientre»[88] de la individualidad agrícola. Aquí, bajo la acción directa del cosmos, surge la vida, en el sentido de una suerte de «digestión exterior» de luz, calor, aire y vapores de agua. Aquí todo lo que está en devenir sale a la aparición exterior en forma y color, y todo lo que perece retira la aparición de nuevo hacia la invisible Innenwelt. Todo está en movimiento: la planta que brota, el animal que se mueve libremente, el ser humano activo; las nubes pasan, los vapores ascienden, la lluvia cae, el viento mueve cada hoja por separado, ondula a través del cereal, el rayo centellea y hiende el roble, el trueno retumba, los planetas recorren sus órbitas y el Sol trae sobre la tierra el día y la noche. Aquí, en el polo metabólico de la individualidad agrícola, todo está sujeto a la transformación constante. Mientras que bajo la tierra lo espiritual-viviente, disuelto de lo material, recorre la tierra como actividad interior —como los pensamientos recorren la cabeza—,[89] sobre la tierra esta vida se configura en forma y color en lo material. Lo

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solo captable por lo suprasensible finalmente se extingue en la forma y en ese extinguirse se reproduce de nuevo en la semilla.

Entre los polos de Abajo y de Arriba se despliega horizontalmente una piel finísima, el suelo, que constituye el centro rítmico germinal. Éste no tiene en sus procesos ninguna autonomía, como el sistema rítmico del ser humano. Por eso tampoco se puede decir que el suelo tenga un pulmón, un corazón. En este contexto vale la pena mencionar que el suelo, igual que el agua, tiene sus mareas y se eleva y desciende diariamente en Europa Central en promedio unos 80 cm.[90] Y sin embargo, el suelo respira oxígeno hacia adentro y dióxido de carbono hacia afuera, igual que el animal y el ser humano. Solo que esta respiración no sucede por un impulso autónomo interno, sino que es el resultado de la acción conjunta exógena de las fuerzas de los polos de Abajo y de Arriba en el suelo. En la dinámica de los minerales arcillosos puede verse una especie de función cardíaca. Pero también ésta es estimulada desde fuera y sigue un ritmo impulsado por el Sol, que regula y armoniza estacionalmente los procesos de disolución y enlace de las sustancias en el suelo. De aquí puede hacerse comprensible por qué Rudolf Steiner apostrofó el suelo como el «diafragma» de la individualidad agrícola en cuestión.[91] Esta membrana-diafragma refleja en sus funciones la interacción de los elementos tierra, agua, aire y calor en los ritmos del año solar. El suelo cultivado se caracteriza entonces por haber recibido, a través de las medidas de cultivo y de fitotecnia llevadas a cabo durante siglos, en particular mediante el abonado con estiércol de vaca, más allá de la «dotación natural», la disposición para desarrollar un órgano rítmico propio, la disposición hacia el «centro» equilibrador y capaz de evolución.

En la estructura del perfil de este órgano-diafragma de la Mitte, el suelo, se repite en pequeño la verticalidad triarticulada de la individualidad agrícola. Encontramos en el horizonte superior, el llamado horizonte A, una capa húmica más oscura, de estructura aireada, atravesada por residuos vegetales, un sedimento de la actividad metabólica que tiene lugar sobre el suelo, que le insufla a éste mediante las transformaciones bacterianas y otras una especie de vida propia. De manera polar a esta capa viva, en el subsuelo se encuentra la roca madre no meteorizada, muerta, el polo cefálico que emerge hacia el suelo desde abajo, el horizonte C. En su límite, la roca se expone a los

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las fuerzas climáticas que descomponen y destruyen el entramado mineral cristalino. Entre el horizonte A y el C se articula el horizonte de meteorización o B, en el cual se cumple la formación de arcilla primaria (por meteorización) y secundaria (por neocristalización). El horizonte B, enriquecido en arcilla, constituye el verdadero miembro medio en el suelo. Su dinámica refleja los ritmos del curso del año: hacia abajo, hacia el lado cefálico, retiene contra la gravedad el agua atmosférica viva y con ella las sustancias en ella disueltas; hacia arriba, establece conexiones con el humus (complejo arcillo-húmico) y garantiza la continuidad procesual en la formación de la fertilidad del suelo.

El órgano-diafragma suelo parece, medido frente a las dimensiones de las alturas que se extienden sobre él y las profundidades que se sustraen a la mirada bajo él, ser una pura nada. ¡Y sin embargo es un todo! De él brota la naturaleza vegetal superior, que constituye la base vital para la existencia de animal y hombre en la Tierra. Es la raíz de la planta la que desciende verticalmente en dirección al centro de la Tierra, y es el brote el que, desde el punto de vegetación del embrión, asciende verticalmente en sucesión foliar rítmica hacia el sol y, abarcado por el acontecer metabólico en luz, aire y calor, prepara en floración, formación del fruto y de la semilla los alimentos para animal y hombre en viva composición. En la planta florida y en la naturaleza del árbol, la individualidad agrícola se crea para sí, de modo natural y aprehensible sólo en el espíritu, una imagen refleja. El bastón espiritual que une suprasensiblemente las profundidades de la tierra con las alturas del sol, que reúne en disposición triarticulada las fuerzas de la gravedad y la levedad en verticalidad, se encarna como imagen refleja cada año en el brotar y crecer de las plantas.

Las plantas, y junto a ellas la individualidad agrícola, se encuentran, en relación con la trimembración del hombre, patas arriba. Cuán profundo es aquí el parentesco con hombre y animal lo muestra lo siguiente: la raíz palpa, a la manera de un órgano sensorial de la planta, las sustancias de las profundidades terrestres. Cuando el proceso de fructificación de la planta se desplaza hacia abajo hasta la raíz, como ocurre por ejemplo en la zanahoria, la raíz se engrosa y se colorea en un rojo-amarillo luminoso, y su delicado tejido queda atravesado de dulzura y aromas. Surge un alimento que nutre de manera eminente la cabeza, la organización neurosensorial en su conjunto (Figura 5, p. 90). Cuando la planta fructifica, a la inversa, en conexión con la formación de la semilla, muy por encima de la tierra, como ocurre por ejemplo en los cereales, entonces surge como alimento

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una composición de sustancias y fuerzas que nutre la organización metabólico-motora en el ser humano y el animal. Todo lo que crece entre estos polos en el tallo y la hoja para convertirse en alimento, como por ejemplo el colirrábano (tallo), las coles de Bruselas (yema) o las hortalizas de hoja (lechuga, col, espinacas, etc.), nutre y fortalece el centro rítmico. En la agricultura biodinámica es práctica común seguir esta regla: para estimular la actividad sensorial en los terneros y darles un pelaje brillante, ayuda la zanahoria forrajera; en las vacas, la remolacha forrajera; a la inversa, para estimular su actividad metabólica, para hacer que disfruten del movimiento, se recomienda la alimentación con linaza; para el desarrollo de la fuerza en los caballos es «la avena que pincha». Todo lo que en lo vegetativo se forma como tallo y hoja, en hierbas, pasto, trébol, etc., es el forraje básico para la vaca lechera que vive en un ritmo estricto.[92]

La idea de la individualidad agrícola, aprehensible en el espíritu, espiritualmente real, abre al entendimiento perspicaz los portales hacia todos los ámbitos de la agricultura; los congrega como órganos de un todo esencial — esto habrá de ilustrarse de modo ejemplar en el capítulo sobre la cuestión del abonado. Ello exige, desde el fondo, un cambio de mentalidad. La relación dual entre hombre y mundo en las ciencias, que metodológicamente excluye lo espiritual-anímico del hombre cognoscente y moralmente actuante, puede ser superada. Lo es tanto más cuando se deja que este gran contexto de ideas, derivado del hombre, se convierta en acto mediante el pensar. En el hacer se manifiesta su fecundidad y, a través de ella, su verdad.

La cuádruple naturaleza del ser humano y la autosuficiencia del organismo agrícola

El organismo corpóreo del hombre abarca en sí, microcosmicamente, todo aquello que macrocosmicamente se despliega como el mundo de los reinos de la naturaleza. Existe ahí un estrecho nexo de parentesco que se revela cuando se pone en relación la triple escala de la naturaleza — el reino de lo anorgánico-físico, el de la belebada mundo vegetal y el del animado mundo animal — con la organización corporal del hombre. Así están activos en el cuerpo humano todos los materiales, fuerzas y leyes que rigen el reino mineral anorgánico-muerto

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Abbildung 6: Die Viergliederung des Menschen und der Organismus als Leib der Individualität.

que constituyen y que las ciencias de la física y la química tratan de desentrañar. La estructura trabecular en el interior del fémur, en el punto de transición hacia la articulación de la cadera angulada, es tal que con un mínimo de sustancia mineral — principalmente fosfato de calcio — se alcanza un máximo de sustentación estática. Algo análogo ocurre con los tejidos de sostén, con la construcción del esqueleto en su conjunto. El cuerpo entero está atravesado y entretejido, en la estructura y función de todos sus órganos, en sus tejidos sólidos de sostén y en el régimen de sus líquidos y su calor, por una legalidad puramente física y plena de sabiduría. Esta legalidad, circunscrita a la forma corporal, constituye el cuerpo físico — el miembro constitutivo evolutivamente más consumado del ser humano.[93] Halla su expresión más pregnante en la estructura y función del sistema sensorial. La esencia del cuerpo físico es suprasensible y se revela en todo lo visible (Abbildung 6).

Lo que en el reino mineral aparece por separado como naturaleza «muerta», en organización puramente física, se entreteje en la planta, el animal y el ser humano, funcionalmente, con los miembros constitutivos superiores. Uno de ellos es, en primer lugar, el cuerpo etérico, vital o temporal, que dota de vida al mundo vegetal mediante las fuerzas etéricas que actúan omnilateralmente desde el cosmos. Es vida que fluye en sí misma y que, según la especie vegetal, se delimita suprasensiblemente en un «cuerpo», asimilándose específicamente las sustancias de la tierra contra la gravedad, así como

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Las fuerzas de estas sustancias y, a partir de ellas, construye el cuerpo físico correspondiente. Como arquitecto de lo físico, el cuerpo vital no se manifiesta como tal, sino en las formas de la planta. Por eso fue para Goethe la forma y su metamorfosis — por ejemplo en la sucesión foliar — el punto de partida de su investigación sobre la esencia de lo viviente.

Todo lo que en el reino vegetal se despliega como índole esencial de lo viviente se encuentra reunido en grado superior en el cuerpo etérico del ser humano, y se revela en las corrientes de los líquidos corporales — la sangre, la linfa y las secreciones del sistema glandular que regulan todos los procesos vitales (Figura 6). El cuerpo etérico es la fuente de la salud. Las enfermedades tienen su origen en lo anímico. Para su curación, el cuerpo etérico halla sostén en aquello que es conforme a su ser de manera específica en cada caso, y eso es el mundo de las plantas medicinales. Paracelso dice, en sustancia: no existe enfermedad alguna que no pudiera ser curada por alguna «hierba» hallable en el reino vegetal.[94]

Así como el ser humano lleva en sí, en la constitución de su cuerpo, el reino mineral y vegetal transformados a un grado superior, así también en su tercer miembro constitutivo — el cuerpo anímico o astral — está emparentado con lo anímico que se despliega en el reino animal (Figura 6). La organización animal se completa con el alma animal, que penetra el cuerpo físico y el cuerpo etérico. Este miembro anímico se ha integrado en forma y función al cuerpo del animal. De este modo, cada especie animal se articula morfológica y fisiológicamente en un interior y un exterior altamente diferenciados, y dispone de un sistema de extremidades igualmente específico de la especie, mediante el cual el animal puede moverse libremente en los elementos que han determinado predominantemente su formación. Pero ante todo el alma animal se expresa en el «cómo y qué» de las actividades que el animal ejerce, ligado a su cuerpo, en su espacio vital: así el gusano en la tierra, el pez en el agua, el pájaro en el aire, el insecto en el calor. En virtud de este elemento anímico del animal, ligado a la actividad orgánica, pudo decir Goethe: «El animal es instruido por sus órganos. El ser humano instruye a los suyos y los domina.»[95] El cuerpo anímico o astral es la fuente de la conciencia; su fundamento físico es la organización nerviosa y sensorial.

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También en el ser humano vive una parte de lo anímico sumergida en los procesos vitales, como los instintos, las apetencias y las pasiones, los sentimientos de hambre y sed, etc. En su parte libre del cuerpo, el alma vive en sí misma y se hace consciente de su vivencia puramente anímica — de lo que siente como verdadero, bello y bueno, y también de lo que experimenta como el poder del extravío hacia el mal. Con este miembro anímico que se libera del cuerpo, el ser humano se eleva por encima de su vinculación a la naturaleza.

En la vida anímica consciente, el ser humano se siente penetrado por algo que solo se le revela en el camino de la autoconocimiento como su índole esencial más propia, como su Yo (Figura 6, p. 98). El fundamento físico del obrar del Yo en el cuerpo — la organización del Yo — es la sangre. «La sangre es el órgano central del organismo».[96] Es esta yoidad que reposa en sí misma la que tiene el poder y la fuerza de irradiar, transformar e individualizar los tres miembros constitutivos descritos. Imprime la organización del Yo en el cuerpo anímico, el cuerpo etérico y el cuerpo físico. En esta actividad yoica de transformación y asimilación de los miembros constitutivos hacia la altura de su ser espiritual reside el manantial de todo el desarrollo futuro del ser humano y de la Tierra.

Así como la triple articulación, también la cuádruple articulación conduce a la captación del concepto de individualidad. En la dotación yoica del ser humano se cumple este concepto. El concepto del organismo, en cambio — el del estar-cerrado-en-sí-mismo —, ya se cumple en el reino animal, pero no en la planta, que está dotada de vida solamente. Esta se presentaría como organismo completo solo si, al brote, se le añadiera en el pensamiento la tierra en la que arraiga, y a la hoja y la flor, el periferia cósmica en la que se despliega.

El concepto del organismo se cumple cuando se intenta pensar el obrar conjunto de los tres miembros constitutivos — cuerpo físico, cuerpo etérico o vital, cuerpo anímico o astral — como un todo. Lo que solo el conocimiento suprasensible le abre al pensar como realidad, la contemplación intuitiva del animal puede enseñarlo. Solo con la dotación de un cuerpo astral — es decir, de un elemento anímico que penetra la sustancia terrestre, como ocurre en toda animalidad — surge un exterior y un interior: «En el cuerpo astral la configuración animal emerge hacia afuera como forma entera y hacia adentro como configuración de los órganos [...] Cuando esta configuración se lleva hasta su término, se forma lo animal.»[97]

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Con esta caracterización queda dado el punto de acceso a una configuración más profunda, en imagen y pensamiento, del concepto de organismo, o bien de la «estar-cerrado-en-sí-mismo». Desde la perspectiva de la agricultura, este concepto abre la posibilidad de hacer surgir de nuevo un organismo agrícola desde la fuerza del alma consciente y en una metamorfosis consciente de lo pasado. Si uno se detuviera ahí, sería tan solo una —si bien consciente— repetición de lo que antaño fue la configuración periférica de granja y geomarca. Pero ¿cómo está la metamorfosis del antiguo punto espiritual central, la Iglesia? Este punto central se desplaza, en el curso de la toma de conciencia de sí mismo, hacia el interior del ser humano mismo. Él debe aprender, en el fortalecimiento interior de su individualidad yoica, a despertar creativamente los impulsos morales que lo guíen en su trabajo de tal manera que la ubicación estacional de la granja, dada macrocosmicamente, se desarrolle de manera esencial hacia la «individualidad agrícola». Así como la trimembración del ser humano orienta la mirada hacia la articulación vertical de la granja, hacia el eje Tierra-Sol, así lo hace la cuádruple articulación hacia la orientación horizontal y superficial de la geomarca, del cuerpo de esta individualidad. La primera abre la concepción espiritual de la individualidad agrícola, la segunda los caminos de la práctica, de su realización, de su cumplimiento esencial.

El cuadro de la cuádruple articulación de la individualidad agrícola

La organización física

Desde su origen en la alta Edad Media, la geomarca de una aldea o granja aislada en ubicación dispersa formaba una unidad superficial redondeada. Es el lugar en el que los efectos de las fuerzas y las sustancias del cosmos y de la Tierra actúan mutuamente de manera específica en cada caso y se manifiestan en el cuadro de la naturaleza cultivada.

La base física la forma el nexo relacional de los «elementos» —tierra, agua, aire y calor— que se transforma en los ritmos del curso del año (Figura 7, p. 102).

El fundamento cristalino y térreo-sólido de la geomarca se constituye a partir de las formaciones rocosas de la corteza terrestre. Estas emergen en el límite con la periferia aérea en un relieve de múltiples formas —valles y alturas, exposiciones

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Abbildung 7: Die physische Organisation oder der physische Leib des landwirtschaftlichen Organismus.

según los puntos cardinales, etc. —, que a su vez modifica el juego rítmico de los cuatro elementos. La forma superficial de cada geomarca cuenta así su historia terrestre y paisajística. Por meteorización —es decir, el obrar de los elementos agua, aire y calor sobre el elemento de lo térreo-sólido— surge el armazón mineral del suelo, que se compone, según la roca de origen, de una granulometría más fina o más gruesa de cuarzo-sílice y sus parientes silicatados, de cal y sus parientes cálcicos, así como de arcillas. Esta composición puramente mineral resulta tanto más significativa para la fertilidad del suelo cuanto más equilibrada y de mayor profundidad se halla constituida.

El elemento del agua impregna el suelo de maneras muy diversas. En parte aparece en estado coloidal, unido a los más finos minerales arcillosos; en parte como capas de hidratación de las partículas de suelo; en parte como agua de poros; en parte como agua de infiltración y como agua freática. Desligado del elemento tierra, revela su naturaleza coherente y movible en sí misma en la gota de lluvia, en las corrientes de agua, en los estanques y en los lagos. En el camino de la evaporación se vuelve finalmente uno con el

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elemento aire, se forma en la niebla en las más finas gotitas, en las nubes en gotitas más gruesas, y se libera por fin en la lluvia torrencial del entorno aéreo para unirse de nuevo con el elemento tierra. Toda granja puede considerarse afortunada si la geomarca linda con un curso de río o con un lago, o si la atraviesa un arroyo —alimentado tal vez por un manantial—, o si alberga un biotopo húmedo de nivel freático elevado o un estanque. Como el relieve, también el régimen hídrico —según la cantidad y distribución de las precipitaciones en el curso del año— otorga a la geomarca de la granja o de la aldea un carácter individual inconfundible.

El elemento del aire se posa a veces quieto sobre la geomarca, a veces la recorre suavemente, a veces con furia. Como las precipitaciones, así y aún más claramente las corrientes de aire en el viento y el tiempo atmosférico abarcan países y mares, pero en cada lugar de la tierra donde los obstáculos cortan el paso —sea una cadena montañosa, sean árboles, setos, etc.— son turbadas, atenuadas o incluso llevadas al reposo. Sobre todo la capa de aire cercana al suelo permanece bajo la cubierta vegetal de manera más duradera y se halla en constante intercambio con el aire del suelo, que reside en las grietas y los poros del horizonte superior ora más, ora menos tiempo. El carácter puramente físico, inorgánicamente muerto, del elemento aire se muestra en su composición sustancial. Los componentes principales —oxígeno y nitrógeno, sustancias altamente activas en lo viviente— forman en el aire exterior enlaces consigo mismos y son por ello, en el más alto grado, inertes a la reacción. Distinto se comporta el elemento del aire en el suelo. Allí entra en relación con los elementos tierra y agua, se vivifica hasta alcanzar su plena fuerza reactiva y forma nuevos enlaces. Otra manera de manifestarse el aire en movimiento es la presión que ejerce cuando, en el viento y en la tempestad, bate el agua en olas, hace ondular el cereal, temblar las hojas del álamo y derribar bosques enteros.

El calor se manifiesta como elemento en su forma más pura como calor radiante. En general, sin embargo, se revela de manera indirecta en y a través de los elementos tierra, agua y aire. Les confiere a cada uno su dinámica propia en el acontecer procesual. Solo por el calor se revelan sus propiedades físicas específicas. Su ausencia en invierno hace que el suelo se hiele y se torne rígido hasta convertirse en el elemento de lo térreo-sólido; en el calor del verano conquista la supremacía junto con el aire; en primavera penetra en sus elementos hermanos, despierta la dinámica recíproca entre ellos, vivifica los suelos y los hace receptivos para las semillas; en otoño también, pero entonces se va desprendiendo hacia el invierno de este conjunto, y cada uno de los elementos entra en su ser particular. Según la exposición

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del relieve con respecto al sol —ladera sur, ladera norte— resultan en la geomarca lugares más cálidos o más fríos; setos de árboles, frutales dispersos, islas de bosque, etc. procuran a pequeña escala un equilibrio térmico.

Por el calor surgen relaciones de fuerzas entre los elementos. Este entramado de relaciones físico-inorgánico varía de lugar en lugar. Pero cuanto más se hace valer el principio del organismo en la configuración de la granja en una aproximación artística, tanto más se cierra el acontecer elemental en un todo individual. Surge una composición —acorde con el tipo del lugar— de las leyes físicas, fuerzas y sustancias que actúan en los cuatro elementos. Esta composición puede llamarse la organización física de la «individualidad agrícola», a semejanza del «cuerpo físico» del ser humano. Esta organización física de la geomarca de la granja o de la aldea es de índole esencial suprasensible. Se presenta de manera sensible en el mundo sustancial de un lugar cuajado en la forma, y en cuanto tal es algo evolutivamente dado desde el pasado. Ella suministra los hechos que el agricultor debe conocer en lo que respecta a la estructura geológica, los tipos de suelo, las condiciones hidrogeológicas y las condiciones climáticas a pequeña y gran escala —más aún: con los que debe estar compenetrado en lo que respecta a una práctica idónea. Las posibilidades de optimizar, en este mundo de hechos predado, el juego conjunto de los cuatro elementos en favor del cultivo de las plantas cultivadas se limitan a intervenciones en la piel más externa de la corteza terrestre, en los suelos, el «órgano-diafragma» entre las «alturas» y las «profundidades» del paisaje. Se trata en ello del ejercicio del arte del laboreo del suelo, del riego y del drenaje, del saneamiento, de la construcción de terrazas, de la construcción de diques y de la protección contra el viento, etc.

La organización vital

Al igual que la planta, el animal y el ser humano, el organismo agrícola —que puede entenderse como el cuerpo de la «individualidad agrícola»— posee también una organización vital, un «cuerpo etérico o cuerpo de vida», que se articula en un «cuerpo físico» acorde con su naturaleza esencial (Figura 8, p. 106). Se está tentado de equiparar este cuerpo de vida con la suma de la vida que brota anualmente en el crecimiento vegetal. Pero ¿dónde queda esa vida que se manifiesta en las formas de las plantas cuando éstas arrojan sus hojas en otoño o mueren del todo? Podría responderse: la vida se retira a la semilla, al humus o al cámbium. Pero también éstos son sólo formas de manifestación de lo viviente

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en la corriente del surgir y perecer. La vida misma es suprasensible. La organización de las fuerzas etéricas formativas de la granja atraviesa, en el ritmo del año solar, estados alternos de su manifestación sensible. Desde el otoño a lo largo del invierno vive retirada en la tierra, en pura actividad espiritual, «en el polo cefálico de la individualidad agrícola». En el brotar y madurar de las plantas desde la primavera a lo largo del verano se eleva hacia el «vientre de la individualidad agrícola». Se imprime en la vida de cada forma vegetal que se configura y en sus composiciones sustanciales en raíz, tallo, hoja y flor, y se disuelve de nuevo cuando las plantas mueren hacia el otoño.

El cuerpo etérico o cuerpo de vida de la individualidad agrícola se revela en el año ascendente en la suma de las manifestaciones vitales; desaparece de nuevo en el año descendente y entonces sólo es perceptible para la mirada espiritual abierta. La discontinuidad es sólo aparente.

Todo lo viviente se halla esencialmente en relación con los elementos. Cuanto más equilibradamente se mantienen entre sí tierra, agua, aire y calor en su proporción mutua, tanto más multiforme puede la vida manifestarse. Este hecho se expresa con claridad en la oposición entre la selva tropical lluviosa y el desierto de arena. En el primer caso la diversidad de especies vegetales, concentrada en el espacio mínimo, alcanza un máximo —en la selva virgen tropical de Brasil, por ejemplo, hasta más de cien especies arbóreas por hectárea—; en el segundo caso se da un crecimiento vegetal escaso o directamente nulo.

A todo lo viviente subyace una organización vital compuesta de una multiplicidad de fuerzas formativas que irradian con la luz del sol. En ella, como en una integridad, se llevan a cabo en mutuo fomento recíproco los procesos vitales; éstos son los autores y portadores de la salud. La autorregulación y la sostenibilidad de un biotopo natural dan testimonio de ello. La organización vital de un organismo agrícola es tanto más sana cuanto más multifacéticamente se halla configurada según los factores propios del lugar. Crear este estado de salud perdurable es la tarea cultural continua del ser humano. De ella depende la constelación de las fuerzas formativas de lo viviente, según la cual la planta cultivada puede configurarse acorde con su tipo. En esta constelación de fuerzas formativas referida a la granja descansa el valor nutritivo de los frutos alimenticios y la fuerza curativa de las hierbas medicinales, así como la calidad del humus y de la fertilidad del suelo en su conjunto. Cada especie vegetal contribuye, pues, a que desde la plenitud de las fuerzas de la periferia cósmica pueda formarse una organización vital propia del organismo de la granja o de la aldea, que actúa frente a la organización física como su arquitecta configurante

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Abbildung 8: Die Lebensorganisation oder der Lebensleib des landwirtschaftlichen Organismus.

es superior. Ella es portadora del acontecer vital que en las formas de las plantas llega a ser imagen perceptible, pero que suprasensiblemente se vive manifestándose como un «cuerpo de tiempos o de fuerzas formativas» activo en el tiempo. En todo lo viviente es él el portador del desarrollo. A este acontecer del cuerpo temporal quiere apuntar el concepto «biodinámico».

La naturaleza se organiza en diversidad a su manera, siguiendo la necesidad de su legalidad; en el organismo agrícola, esta tarea recae en el arte del ser humano. En la consciente configuración de la organización etérica de una granja o demarcación aldeana, el agricultor se convierte —como ocurrió en el antiguo campesinado— de nueva manera en creador del paisaje cultural. Mediante el cultivo de las plantas cultivadas destruye ciertamente la naturaleza silvestre ya formada, pero la reconstruye como naturaleza cultivada. Mientras que en el plano físico su fuerza formativa tiene estrechos límites, en la configuración de la organización vital del organismo de la granja es desafiado hacia la más alta maestría artística. Debe buscar superar la contradicción entre la unilateralización en el cultivo y la multisidimensionalidad como principio de una

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vitalidad sana, por medio del arte. Debe tomar, desde la vivencia ideal del contexto total del organismo agrícola, las medidas que transformen el biotopo natural en biotopo cultural. En una recreación consciente, el organismo de la agricultura debe ser nuevamente plasmado desde los páramos devastados de la monocultura, como desde una célula originaria. Con vistas a la articulada configuración de la organización vital propia de cada granja, se consideran las siguientes medidas (Figura 8, pág. 106):

La rotación de cultivos en el campo y el huerto:

La tierra cultivable disponible se distribuye de manera que los distintos cereales, cultivos de escarda y plantas forrajeras —en el huerto, las distintas hortalizas— que en un año se encuentran uno junto al otro en diferentes parcelas, se cultiven sucesivamente en una misma parcela a lo largo de los años. El arte consiste en hacer que las distintas plantas de cultivo —según aumenten o consuman humus, según sean de raíz superficial o profunda, según sean exigentes o poco demandantes en cuanto al abono— se sucedan de tal manera que se eviten enfermedades, se fomente la alegría de crecer y la fructificación (valor nutritivo) y se conserve en conjunto la fertilidad del suelo, o mejor aún se eleve. De gran importancia es que la semilla se mantenga en la finca, es decir, que provenga del propio cultivo subsiguiente o del trabajo de mejora propio. La cultura del cultivo de la tierra trabaja sobre todo con las fuerzas del cosmos, que actúan a través de la tierra —sílice y cal, mediadas por la arcilla— indirectamente de abajo hacia arriba sobre el crecimiento vegetal. Esto se expresa particularmente en el cultivo de cereales, donde, en comparación con la hierba silvestre, toda la planta —en caña, hoja y semilla— está penetrada por el proceso de fructificación.[98]

La reintegración de la horticultura en el organismo de la granja y de la aldea:

Se lleva a cabo en parte mediante el enriquecimiento de la rotación de cultivos del campo con el cultivo de hortalizas en campo abierto, en parte mediante el cultivo de hortalizas finas, flores y hierbas en el recinto cercado, así como mediante el cultivo bajo vidrio. Aquí, en la proximidad de la granja, está también el emplazamiento para el colmenar. La integración de una horticultura diversificada asegura floración y fructificación desde principios de primavera hasta bien entrado el otoño. Complementada con franjas florales en el cultivo de campo, la diversidad de especies de la flora anual se enriquece así en gran medida hasta los confines de la demarcación de la finca.

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La reintegración del cultivo de frutales en el organismo de la granja y de la aldea:

Los árboles de tronco alto, con la mayor diversidad de especies posible, tienen su emplazamiento a lo largo de los caminos de campo, en los lindes de los cultivos, en las laderas aterrazadas o en los prados frutales próximos a la granja. El efecto benéfico de la cultura frutal —que enriquece la imagen del paisaje a lo largo de todas las estaciones del año— debería penetrar toda la demarcación de la granja y de la aldea. Los cultivos intensivos de frutales en semitronco y en bajo deberían guardar una proporción mesurada con los demás cultivos.

La integración y preservación de prados y pastos:

Tienen su emplazamiento en zonas de alta pluviosidad, en laderas expuestas a la erosión y en dehesas o zonas de secano aprovechables sólo extensivamente y de escaso perfil, pero sobre todo allí donde el agua freática aflora cerca de la superficie —por ejemplo, a ambos lados de arroyos y cursos fluviales, en vegas, en depresiones turbosas o en turberas bajas. El laboreo del suelo verde mediante drenajes o descensos del nivel freático debería evitarse en la medida de lo posible. El suelo verde resiste las inundaciones y actúa, como cultivo permanente, de modo purificador sobre el agua freática que afluye al cauce receptor —especialmente gracias a las largas raíces absorbentes de las gramíneas—, sustrayéndole el nitrato procedente de las áreas cerealistas más alejadas. El suelo verde permanente se halla, a consecuencia del pastoreo y de la siega del heno, en un estado constante de crecimiento vegetativo. Necesita por ello abundante agua —o con mayor exactitud: las fuerzas etéricas formativas que actúan a través del elemento del agua; agua, pues, que esté expuesta al obrar de las fuerzas del polo metabólico de la individualidad agrícola. Esto ocurre cuando el agua freática aflora cerca de la superficie (40 cm bajo el nivel del suelo), o en el caso de prados artificiales o en el cultivo de regadío en el «cultivo en ladera».

La forma consumada de los prados artificiales podía encontrarse todavía hasta mediados del siglo XX en las mesetas montañosas medias. El autor pudo contemplar en el Rhön, justo antes de la destrucción de estas construcciones tan ingeniosas, los últimos vestigios de los llamados Buckelwiesen —prados abombados—. Establecerlos, «abonarlos» con agua limpia, cuidarlos, segarlos para heno y acarrear el heno cargado sobre los hombros en grandes lonas era trabajo manual en su forma más exigente. Se recompensaba con hasta cinco siegas de heno al año. Desde un canal de molino situado más arriba en la ladera del valle, se construían ladera abajo una loma de tierra junto a otra con flancos laterales a modo de tejado. Por el caballete de estos lomos-tejado discurría, en ángulo recto desde el canal del molino, una zanja de captación de menos de un palillo de ancho y con pendiente cero. En época de riego, según las fases de la luna, el agua corría a ambos lados sobre el borde de la zanja en toda su anchura, goteaba

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rasch por la capa de hierba y se reunía de nuevo en la canaleta entre dos lomos. Esta continuaba y se convertía en la cresta de la siguiente hilera de techos abombados que descendían por el valle, y así descendía peldaño a peldaño hasta el fondo del valle.

En este arte del riego no se trataba principalmente de humedecer el subsuelo, sino del movimiento del agua —pobre en minerales y sobre todo en nitrógeno— que discurría rápidamente goteando a través de la capa de hierba. Cabe suponer que aquí el agua ejerce un efecto fertilizante. A través de la absorción de oxígeno por el agua en movimiento y flujo —el oxígeno como portador de la vida[99]— parece que el agua vitaliza el crecimiento de las gramíneas y las hierbas de tal manera que en estos suelos generalmente pobres en minerales se han logrado rendimientos máximos tanto en calidad como en cantidad.

Los prados artificiales como elemento modelador y vivificador del paisaje, en la forma de los llamados prados abombados, han sido víctimas de la era tecnológica. Esta rama de una antigua y elevada arte agrícola no tuvo continuidad.

La plantación de setos, bosquetes de campo e islas arbóreas:

Aquí se presenta la oportunidad de asignar un lugar en el término de la finca a todas las especies leñosas —arbustos y árboles— propias del entorno paisajístico, en setos e islas arboladas, y de crear de este modo en el espacio agrícola abierto zonas protegidas con su propio microclima, haciendo que el término mismo se convierta en un miembro que imprime carácter armonioso al paisaje cultural. Las plantaciones sirven en los paisajes abiertos como sustituto del bosque, por así decirlo. La mayor condensación florística y al mismo tiempo faunística del paisaje cultural se encuentra en los bordes del bosque, las zonas de transición y a la vez de compenetración entre el espacio abierto de campos y prados y el bosque. Aquí se van disponiendo en pisos superpuestos una flora rica en especies de gramíneas y hierbas, luego la maleza de porte bajo y alto y finalmente las copas de los árboles altos y de ramas extendidas. La misma estructura y la misma función ecológica tienen los setos. Son, hacia los dos lados de la demarcación del campo, dos bordes de bosque unidos entre sí, entrelazados el uno en el otro —igual que los bosquetes de campo y las islas arbóreas.

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El bosque:

Debe contemplarse junto con la agricultura como un todo. Es más: en sentido estricto, pertenece a la agricultura, igual que todos los demás miembros funcionales de la organización vital ya mencionados. El bosque rodea frecuentemente los términos de la granja y del pueblo, los conecta y los entrelaza. Cumple dentro de los paisajes culturales una función superior y vivificadora. Actúa además como regulador climático y preserva y moldea, a lo largo de los siglos, junto con los términos de la granja y del pueblo, el carácter del paisaje cultural en su conjunto.

El bosque no puede ser objeto de la mera silvicultura, pero tampoco de la mera protección de la naturaleza. Su aprovechamiento es, como el de cualquier término de campo, una tarea cultural que se cumple en la configuración hacia el «bosque permanente»,[100] cuya meta es la diversidad de especies arbóreas propia del lugar. El bosque permanente llega a ser bosque de cultura únicamente mediante el cuidado y el aprovechamiento continuos. El abandono a su estado natural en las reservas de protección de la naturaleza conduce de vuelta hacia una forma de abandono silvestre de origen antrópico.

Cada uno de los órganos de vida mencionados es ya por sí solo una creación artística que va más allá del biotopo natural. Aún más vale esto respecto a la composición de estos miembros de vida en el todo de la organización vital del organismo de la granja o del pueblo. Todas las acciones del cosmos de las estrellas fijas, de los planetas, del Sol, de la Luna y de la Tierra se han impreso en ella a lo largo del curso del año y confluyen en el «estado seminal» de lo «Vegetal-General», en el humus que preserva la vida. Los alquimistas rosacruces lo llamaron por eso la «semilla universal de la Tierra» (tierra madre),[101] en contraposición a la «semilla individual» que, formada por la planta singular, cae sobre la tierra madre. El humus lleva el pasado vital de los años anteriores, ya hecho terrestre, hasta el presente. Puede por ello ser designado también estructural y sustancialmente como la «memoria de la Tierra». Se puede decir: en él vive, cuajado en la forma térreo-material, el principio de lo Vegetal-General.

Es necesario distinguir las corrientes de fuerzas vivientes —las que constituyen la vida de las plantas y que en su totalidad forman su cuerpo etérico o cuerpo de vida— de aquellas que, como fuerzas de naturaleza superior, irradian desde el mundo astral del cosmos. Son fuerzas que en el animal se

Los procesos de vida que fluyen —los que constituyen la vida de las plantas y que en su totalidad forman su cuerpo etérico— los toma el animal, habiéndolos interiorizado en su cuerpo de sensación, para experimentar el hambre y la sed, el dolor y todo lo demás. Sobre los procesos de vida que fluyen en las plantas, estas fuerzas astrales actúan desde fuera, formando, plasmando, moldeando, represando. Forman y reparan la corriente de vida en la forma de la raíz de manera distinta a como lo hacen en las formas del tallo, de la hoja, de la flor. Las fuerzas formativas se unen con la vida que fluye y se crean un reflejo en cualquier forma de manifestación de una especie vegetal, modificado por la cooperación —diferente según el lugar— de las fuerzas de la tierra y del cosmos. Si uno contempla la diversidad de especies de los pastos y cereales, de la naturaleza herbácea, perenne, arbustiva y arbórea de una granja y su composición total, se revela en sus formas sensibles aquello que, en lo oculto, fluye con fuerza formativa como la organización etérica del organismo de la granja en su integridad.

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La organización anímica o el cuerpo astral del organismo agrícola

De la misma región suprasensible desde la que irradian las fuerzas que tocan a la planta, por así decir, solo desde fuera, que la forman en el crecimiento y la dejan extinguirse en la forma, proviene también el cuerpo anímico o astral de los animales, el cual se encarna en el cuerpo de los animales y lo irradia desde dentro como su alma. Este elemento anímico que revela su ser delimita al animal hacia fuera en su forma y lo articula hacia dentro en la serie de sus órganos. La organización anímica del animal es su cuerpo de vida, y este está supraordenado a su organización física (Figura 9, p. 115). Como ya se ha mencionado, en cada especie animal se encarna una determinada cualidad anímica: en el gusano una distinta a la del pez, o el pájaro, o el insecto, o que en la serie de los mamíferos. El alma animal se crea en la configuración del cuerpo un reflejo de sí misma, y se expresa en lo que el animal hace. Una multitud de animales puebla un lugar. Es tanto más numerosa cuanto más multifacética está organizada la organización vital de la geomarca de la granja o del pueblo. Articulada en especies, familias y géneros, forma en su conjunto la fauna del lugar y se encuentra con los cuatro elementos, con la naturaleza viva y entre sí en relaciones de la más variada sabiduría. Se puede concebir la vida animal de una granja en su aparición y comportamiento como órganos del «cuerpo anímico o astral» de la totalidad de la granja. Ello

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lo anímico que mora en los animales procede de estadios evolutivos pasados de la Tierra.[102]

El cuerpo anímico de la granja o de las tierras comunales del pueblo se constituye además mediante fuerzas astrales que irradian desde el cosmos presente con la luz del sol.[103] Son estas las que dan forma a las plantas desde fuera —compárese la finura o amplitud de las hojas de plantas crecidas a plena luz o a la sombra—, las que las dejan madurar, las que estructuran la composición sustancial, por ejemplo la proteína, y con ello condicionan el valor nutritivo de los frutos alimenticios. Así pues, depende esencialmente de la organización física y vital hasta qué grado de intensidad se configura la organización anímica y la geomarca de una granja o pueblo se delimita hacia afuera como un organismo cerrado en sí mismo y se articula hacia adentro en órganos.

Para comprender la contribución, tan diferenciada, de la fauna a la formación de la organización anímica del organismo agrícola o aldeano, es necesario detenerse con mayor amplitud en dos agrupaciones de índole esencial diversa: la fauna silvestre y los animales domésticos (Figura 9, p. 115).

Las especies silvestres — órganos del organismo de la granja y del paisaje

La aportación culturalmente creadora de la agricultura fue la transformación de la naturaleza silvestre en naturaleza cultivada; sigue siendo su tarea velar por el cuidado y el ulterior desarrollo de esta. Este paso de transformación significó, entre otras cosas, desterrar del todo de los paisajes a la gran fauna silvestre —como los depredadores: el lobo, el oso, el lince, y los ungulados como el uro, el alce, el bisonte, el jabalí, etc.— y reemplazarlos por los animales domésticos, o bien hacerse cargo de su custodia y cuidado, como ocurre con la caza mayor noble: el ciervo, el corzo y el reno, o con la caza menor, la liebre, el zorro, etc. Los mamíferos silvestres son huidizos ante el ser humano y predominantemente nocturnos. Sus excelentes cualidades sensoriales —olfato, oído y visión— apuntan a la vivacidad de una vida interior más consciente. Con sus sentidos se sumergen en el mundo exterior, olfateando, escuchando, otando —como por ejemplo la caza mayor noble cuando sale de la oscuridad del bosque hacia la campiña abierta para pacer. La vida instintiva del alma es estimulada por estas percepciones y al mismo tiempo se amplía

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lo anímico y se funde con lo percibido. Esta relación entre un interior y un exterior se revela a la contemplación intuitiva en la estética del comportamiento, p. ej. en el corzo que huye veloz, la liebre que zigzaguea o el orgulloso ciervo que eleva soberano su cornamenta hacia la periferia aérea. Con esta armazón ósea que crece desde el hueso frontal, el ciervo capta fuerzas cósmico-astrales que actúan formativamente sobre su mundo de órganos interior.[104]

En los animales que viven en estado silvestre, aquello que constituye su ser anímico ha quedado absorbido por entero en la formación del cuerpo. Lo anímico se vive a través de y dentro del cuerpo. Así pues, los animales, guiados por sus instintos —es decir, desde una necesidad interior—, imprimen su propio ser en su espacio vital; en prolongación de sí mismos lo vivifican y animan con su actividad y lo convierten en su territorio: «La planta da, el animal toma en la economía de la naturaleza.»[105] El animal satisface su naturaleza de deseo e impulso a través de lo que toma de su entorno. En esa satisfacción tiene su bienestar, que comunica al mundo con alegría en sus movimientos y sonidos.

A la fauna silvestre se le presta cada vez mayor atención respecto a sus condiciones de existencia entrelazadas. Se reconoce cómo el ciclo vital de los animales se inserta pleno de sabiduría en una totalidad mayor; más aún: cómo en su conjunto constituyen, con su actividad, los órganos ejecutivos en la configuración de totalidades orgánicas. Es tarea del agricultor, pues, prestar a la fauna silvestre en el sentido más amplio la misma atención en su cuidado y cultivo que a los animales domésticos. Con respecto a los mamíferos, esto ocurre entre otras cosas mediante la caza mayor noble, en la que con frecuencia desempeñan también un papel motivos egoístas, de modo similar a como ocurre con la lucha contra los llamados parásitos mediante biocidas. Las distintas especies animales aportan cada una su contribución al enriquecimiento y fortalecimiento interior de la organización anímica del organismo de la granja o del pueblo. Toda intervención irreflexiva en el complejo entramado de relaciones lo hace enfermar y debilita sus fuerzas autocurativas.[106]

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Cuatro grupos dentro de la fauna silvestre

Dejando a un lado los mamíferos y los reptiles, cuatro grandes grupos del reino animal revisten una importancia eminente, cuya existencia penetra las tierras comunales del pueblo con una animación anímica que actúa de manera más oculta. Muestran en su formación corporal, cada uno a su modo, una afinidad con la triple articulación funcional y morfológica del ser humano, es decir, con el sistema cefálico, torácico y metabólico-motor. Son los cuatro grupos de los gusanos, los peces, las aves y los insectos.

Esta trimembración corporal está desarrollada con mayor nitidez en los insectos. En los otros tres grupos, un ámbito funcional domina, con alta especialización, la existencia del animal: en los gusanos, el polo metabólico; en los peces, el centro rítmico; en las aves, el polo cefálico o neurosensorial. Cada uno de estos cuatro grupos revela en su diversidad de especies —con mayor intensidad los insectos— una gran amplitud en la conformación de sus sistemas orgánicos. En comparación con el ser humano, ya en fases anteriores de la evolución se han formado unilateralmente hasta tal grado de alta perfección, que puede decirse: una parte de lo anímico de estos animales ha quedado absorbida en gran medida por la respectiva formación corporal, mientras que la otra parte complementaria se vive manifestándose de manera suprasensible como el mundo de los llamados «seres elementales».[107] Los seres elementales son mensajeros que median entre el fundamento esencial de todo ser y sus formas de aparición en imagen en el mundo físico-material. Su naturaleza es de índole anímico-astral; su cuerpo se constituye, de manera específica en cada caso, a partir de las fuerzas de lo etérico-viviente. Los seres elementales son los mensajeros del espíritu que hacen aflorar en el tiempo y el espacio, en forma de imagen sensiblemente experimentable, los arquetipos del reino mineral, vegetal, animal y humano que tienen su hogar en el reino de los mundos espirituales superiores. Son seres de relación entre el mundo de lo sensible y lo espiritual-suprasensible, y como tales pueden ser vivenciados con sentimiento en una contemplación intuitiva ejercitada y pensante. Como portadores de proceso se encantan a sí mismos en todo lo que está en devenir y se liberan de ese encantamiento en el perecer de lo cuajado en la forma sensible.[108] Los seres elementales se especifican en cuatro grupos, según cuál de los cuatro elementos —tierra, agua, aire y calor— constituya principalmente su campo de acción.

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Forman, de manera suprasensible, el complemento de los cuatro grupos de animales que, en una Vereinseitigung[109], encuentran en estos elementos sus condiciones de vida físicas. El mundo de los seres elementales está presente en todo lo terrestre. Su eficacia, que alcanza desde lo inmanifiesto hasta lo manifiesto, no puede escapar a la contemplación intuitiva que siente artísticamente. Extiende sobre la naturaleza y, en particular, sobre el reino animal —que vivifica los cuatro elementos cada uno a su modo específico— un sutil velo de sensibilidad y alma plenos de sabiduría.

A continuación habremos de dirigir la mirada hacia la naturaleza esencial y la significación de los cuatro grupos del reino animal antes mencionados (figura 9):

1. El grupo de los invertebrados vermiformes, aquellos que están vinculados con el elemento de lo térreo-sólido, tomando como ejemplo la lombriz de tierra (Lumbricus terrestris):

Abbildung 9: Die Seelenorganisation oder der Seelenleib des landwirtschaftlichen Organismus.

A la lombriz de tierra le falta una cabeza desarrollada. Es, por así decir, un tubo intestinal segmentado que ha llegado a ser autónomo; un animal completamente metabólicamente activo, cuya organización sensorial orientada hacia el exterior

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queda reducida al sentido del tacto —sentidos puntuales distribuidos a lo largo del cuerpo—. La actividad de este delicado animal, mucoso y acuoso, es el laboreo del suelo. Es el escultor de lo sólido-terrestre. Vive en la oscuridad de las profundidades de la tierra, se abre paso en busca de alimento a través del suelo superficial suelto, busca restos de plantas muertas, y se excava hacia las capas del subsuelo mineral denso, formando sus galerías verticales que le sirven, por así decir, de esqueleto externo y le prestan la erección vertical en sus movimientos hacia arriba y hacia abajo. Transporta sus excrementos cargados de minerales, contra la gravedad, hacia arriba, hasta la superficie del suelo (hasta 100 t/ha/año), y así rejuvenece el suelo año tras año. Promueve activamente la respiración del suelo: al deslizarse hacia abajo por sus galerías, actúa como una bomba que arrastra tras de sí el aire exterior rico en oxígeno; al ascender de nuevo, expulsa hacia fuera el aire del suelo cargado de CO2. Su alimento es materia orgánica muerta en proceso de descomposición bacteriana, que incorpora a su interior junto con arcilla, limo y arena fina. Hacia el exterior segrega mucosidad; hacia el interior, su organización anímica «impregna de sentido» la corriente de alimento absorbido y dirige un ejército de simbiontes bacterianos que descomponen el alimento; y al hacerlo, en conexión con los componentes arcillosos minerales del alimento, inicia la formación de humus estable, la formación de los complejos arcillo-húmicos de estructura granular.

La lombriz de tierra es, por naturaleza, un ser de renuncia. Permítase la tesis: ha renunciado evolutivamente a la metamorfosis completa, a través de la pupación hasta la imago. Esta —como una mariposa, pongamos por caso— revelaría, en la belleza de forma y color, lo que permanece retenido en el gusano como su bienhechora capacidad de ser escultor del suelo.

La conciencia de la lombriz de tierra es durmiente-soñadora y, sin embargo, tiene el poder de crear un todo cargado de relaciones. En esta su obra aparece, como imagen refleja, lo que —en complemento de su naturaleza marcadamente metabólica— constituye su naturaleza superior sensorial e intelectual. Lo que a la lombriz de tierra, lo que en general al mundo animal vermiforme le falta, es la configuración polar de la cabeza en relación con el sistema metabólico. Lo que falta, el complemento de la cabeza, está sin embargo funcionalmente presente en todo lugar donde hay lombrices de tierra y demás, precisamente como algo espiritual-entitativo que está separado del cuerpo físico que aparece, pero que no por eso deja de estar anímicamente en relación con él. Se trata aquí de un grupo específico de seres elementales —los desde siempre llamados *Gnome*[110]—, cuya sustancia esencial es «sentido y entendimiento en un

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es».[111] Despliegan su eficacia en lo térreo-sólido y constituyen el eslabón anímico-astral hacia el mundo animal invertebrado.

Pertenece al arte de la agricultura crear espacio vital en abundancia para este grupo animal tan incansablemente activo y benéfico. Pues donde la lombriz de tierra despliega su actividad —en el campo arable, en la pradera y el pasto, así como en el montón de estiércol y compost— está también presente su correlato espiritual: los seres elementales de lo térreo-sólido. Sin la lombriz de tierra, el suelo se compactaría y endurecería poco a poco, llegando a una suerte de rigidez mortal. La lombriz de tierra vivifica el suelo.

2. El grupo de los animales vinculados con el elemento del agua: los peces. Así como la lombriz de tierra es un escultor de lo térreo-sólido, el pez lo es del elemento acuático. La cabeza del pez, con su diferenciada organización sensorial, está claramente desarrollada; pero va pasando sin transición al tronco y al miembro metabólico. Dominante sobre todo es la parte media, el tronco: un sistema esquelético fino, rítmicamente articulado con riqueza, cartilaginoso-óseo. La cadena vertebral recorre el cuerpo desde la aleta caudal hasta la cabeza y se metamorfosea en esta en los huesos del cráneo. Lateralmente se arquean los arcos costales, las espinas, que envuelven también los órganos abdominales. Por fuera están recubiertas de una capa muscular que, en conexión con las aletas, confiere al pez una extraordinaria agilidad y velocidad en el desplazamiento. La lombriz de tierra incorpora lo terrenal hasta su tracto digestivo; de otro modo el pez, que en el desplazamiento deja fluir el agua a través de sus branquias. El agua entra así, a través de la cabeza, en relación directa con el sistema rítmico del tronco; el pez se provee de oxígeno, que extrae del agua mediante las branquias. La piel exterior se condensa en un manto de escamas mediante el cual su forma se delimita frente al agua informe, y a través del cual manifiesta hacia afuera su ser interior anímico en múltiples coloraciones. El pez no se alimenta como la lombriz de tierra de vida moribunda, sino preferentemente de lo que en el agua se despliega como vida vegetal y animal. El pez extiende su ser anímico más allá de su forma corporal, hacia el agua circundante. Por un lado, palpa en su deslizamiento el agua que fluye a lo largo de su cuerpo, y por otro lado, genera mediante sus movimientos las más finas corrientes y remolinos. Así como el pez debe su forma hidrodinámica al elemento del agua,

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así él a su vez vivifica y anima este elemento mediante la actividad anímica que se prolonga en sus secuencias de movimiento. Estas son, en un lago tranquilo o un estanque, distintas de las de un arroyo o río que fluye con fuerza. La brema, por ejemplo —una especie de carpa—, es más compacta en la forma, más oscura en la coloración, pausada en el movimiento, y gusta de revolcarse ocasionalmente en el fango del fondo del estanque. En contraste pleno con esto, la esbelta trucha —una especie de salmón— se halla en el agua cristalina que fluye sobre piedras. Como una sombra se desliza velozmente a través del agua iluminada y en movimiento, sobre fondos pedregosos, buscando protección a orillas del arroyo o bien manteniéndose activamente quieta contra la corriente, sintiendo el calor suscitado por el movimiento del agua que fluye ante ella.

Así como el lago, el estanque, el curso de río o arroyo pertenecen al paisaje y a la granja, pertenece también a ellos la naturaleza piscícola que vive en sus aguas. «Anima» las masas de agua y las convierte en órganos de los organismos de la granja y de los pueblos. Está en manos del agricultor cuidar estos órganos del paisaje, enriquecerlos con arte mediante la creación de estanques, velar en la medida de lo posible por su pureza y por que los cursos de agua no sean perturbados en su curso natural.

En los peces alcanza una cierta plenitud sobre todo su parte media rítmica, el tronco, todavía no la cabeza con su sistema sensorial. Su conciencia ha quedado amortiguada hasta un soñar sordo. Lo que les falta corporalmente permanece como ser activo en lo suprasensible; teje y vive como un nuevo grupo de seres elementales que crean relaciones: las ondinas. Tienen el agua por elemento y transmiten los arquetipos espirituales a las formas corporales y orgánicas que se van formando en lo acuoso.[112]

3. El grupo del mundo de las aves que vive en el elemento del aire.

Las aves plasman, vivifican y animan el elemento del aire en el poderoso aleteo, en los magnos impulsos del vuelo o en el sublime deslizamiento a grandes alturas. Más que ningún otro animal capaz de elevarse al espacio aéreo, las aves son las soberanas de los aires. Así como el gusano de tierra es, como ser del metabolismo, un hijo de la tierra —que asimila la tierra en sí mismo—, y el pez es, como ser del ritmo, un hijo del agua —que se deja atravesar por el agua—, así el ave es un hijo del aire. Su cuerpo entero

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ha sido reconfigurado como una cabeza, como un gran órgano sensorial. No solo su cabeza está aireada desde afuera, y asimismo su plumaje, no solo es sostenido por el aire con las alas extendidas, sino que el elemento aire atraviesa todo su interior (véase más adelante).

Entre los grupos mencionados, en las aves se consuma la corriente evolutiva de la formación de la cabeza; esta abarca al animal entero, incluidos el pecho y el metabolismo. A ello se anuda la pregunta: ¿No está prefigurado, en una etapa evolutiva anterior, en los animales invertebrados de tipo vermiforme, en los peces y las aves, y en el cuarto grupo —los insectos—, algo que ha alcanzado una plenitud prematura, algo que en la evolución progresiva aparece en el Apocalipsis de Juan[113] como el «triple animal» del águila, el león, el toro y un cuarto ser que lleva un rostro humano? Rudolf Steiner caracteriza los tres animales —el águila (cabeza), el león (pecho) y el toro (metabolismo)— como representantes de tres corrientes de desarrollo nacidas del espíritu, que en el ser humano confluyen en una totalidad superior.[114] ¿Y no muestra la estricta trimembración morfológica y funcional de la figura del insecto una síntesis —cuajada prematuramente en la forma— de las corrientes evolutivas de los invertebrados, los peces y las aves, tal como esta síntesis aparece con una capacidad de desarrollo abierta al futuro en la confluencia de las corrientes del águila, el león y el toro en la figura del ser humano?

Las aves extraen el oxígeno del aire tanto al inhalar como al exhalar. Al inhalar, el aire llega en parte a los pulmones y, sin haber sido consumido, en parte a los sacos aéreos distribuidos por el cuerpo y a los huesos en parte huecos. Al exhalar, ese aire almacenado pasa por los pulmones —un sistema tubular abierto, no alvéolos pulmonares a modo de callejones sin salida— de adentro hacia afuera. La gravedad se convierte en el cuerpo del ave en ligereza: el cráneo, atravesado predominantemente de manera directa por el aire exterior; el cuerpo, aireado por los sacos aéreos; las cavidades llenas de aire que recorren grandes partes del esqueleto especialmente en las especies de mayor tamaño; y finalmente el plumaje móvil y aireado. La ligereza queda aún más subrayada por el hecho de que el alimento altamente concentrado —ya sea de origen vegetal o animal— está sujeto a una digestión rápida y es evacuado tras una breve permanencia.

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«El pájaro es … en su conjunto propiamente una cabeza.»[115] La imagen fenoménica de un herrerillo, un petirrojo o un reyezuelo etc. confirma esta afirmación de manera inmediata. El tracto digestivo y el pecho están acortados y aparecen como atraídos hacia el polo cefálico. La fisonomía está dominada por el pico y los ojos; pero se cierra, en forma, color y dibujo del plumaje, en la figura cefálica del pájaro como un todo. La rígida unión de los huesos del cráneo continúa con las vértebras cervicales medias articuladas en el esqueleto del tronco; las vértebras dorsales fusionadas forman con la escápula, la pelvis, las costillas y el esternón una unidad firmemente cerrada. A la inversa, la actividad principal de las extremidades se desplaza hacia las alas y más hacia adelante aún, hacia la movilidad del pico —en sacudidas picoteadoras (gallina, gorrión, etc.) o golpeadoras (pájaro carpintero)— y de la cabeza. Así se funde en la cabeza una actividad de las extremidades altamente especializada con una actividad sensorial en estado de hipervigilia. Cuando uno mira al ojo de un pájaro —sobre todo el de las aves rapaces— percibe una fuerza anímica que, como a través de un punto en reposo, aprisiona la propia mirada con un poder casi irresistible; una mirada como venida de tiempos antiquísimos. El ser anímico del pájaro se comunica con la periferia aérea en sonidos simples y también en series de tonos de rica resonancia pictórica. Brotan de la siringe (la llamada laringe inferior), impulsados por la corriente de aire en la espiración y en parte también en la inspiración. La alondra común, cuando en la temprana mañana iluminada por el sol se lanza al aire, es capaz de trinar su melodía durante tanto tiempo porque puede ejecutar los llamados microrespirones, con los que rellena permanentemente los sacos aéreos (comparable a un gaitero).[116] Lo mismo ocurre con el ruiseñor, que puede mantener su canto melódico de igual manera durante tan largo tiempo.

Única en el reino animal, la figura del pájaro está determinada por su plumaje. Tanto el cañón de la pluma como la barba crecen desde la piel. Pero lo que después se expresa en riqueza de colores y en las formas finamente cinceladas de las plumas individuales y del plumaje en conjunto aparece vuelto hacia afuera como una imagen abombada del mundo interior anímico del pájaro. Las plumas se le han convertido en órgano sensorial de los movimientos del aire.[117] Rudolf Steiner caracteriza la formación de las plumas del

Rudolf Steiner caracteriza la formación de las plumas del pájaro tomando el ejemplo del águila: en el plano físico, son producidas por las mismas fuerzas que, en el plano espiritual-anímico y sobre la base del cerebro, generan la formación de los pensamientos.[118]

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La naturaleza del pájaro se aboveda como una campana sobre las tierras de la granja y de la aldea. El punto de referencia hacia la tierra es el nido. Desde él, se despliega hacia el entorno terrestre y aéreo, y se expresa anímicamente en el territorio correspondiente. Dentro de sus límites, el pájaro busca su alimento y encuentra aquello que lo impulsa a dejar fluir su ser anímico hacia el entorno —en el vuelo o entre las ramas de árboles y setos—: ya sea como el ratonero que, girando en las alturas, se deja impregnar por la luz y el calor del sol y despierta en el observador, con esa imagen de alejamiento de lo terrestre, la sensación de un reposo sublime, semejante al reposo en los propios pensamientos; o la ruiseñora que en el crepúsculo vespertino hace resonar su canto en los linderos de su territorio; o la alondra que en las horas de la mañana, de repente, con su gorjeo jubiloso, eleva invisible en el sereno cielo el ánimo de quienes, inclinados hacia la tierra, arrancan las malas hierbas.

La naturaleza cefálica sinso-activa del pájaro sobrepasa de algún modo su función metabólico-motora. El pájaro engulle el alimento casi con la misma rapidez con que lo digiere, y lo excreta en una forma en gran medida mineralizada. Sus funciones fisiológicas metabólicas quedan muy en segundo plano y se desplazan hacia las secuencias de movimiento gobernadas por el sistema neurosensorial. El complemento de esta unilateralidad es de naturaleza suprasensible y actúa anímicamente como ser elemental del aire, llamado desde antiguo sílfide.[119] Su existencia está ligada al mundo de los pájaros. Un ser elemental de esta índole sigue al pájaro que vuela en los torbellinos de aire que este genera tras de sí. En esta comunidad, cada vuelo de pájaro es una fuente de animación del entorno aéreo. Basta con observar durante un buen rato las generosas y elegantes figuras de vuelo de las golondrinas o vencejos que pasan veloces. Así como el gusano de tierra modela el elemento sólido de la tierra, y el pez el agua, los pájaros moldean con las fuerzas de su ser anímico el elemento del aire.

Por ello es también tarea del agricultor velar por que el mundo de los pájaros autóctonos encuentre su espacio vital en la granja y en la geomarca. El espacio aéreo les es libre; el espacio terrestre, en cambio, exige, en cuanto a posibilidades de anidamiento, la más variada configuración del paisaje en campos,

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praderas, ribazos y taludes para las aves que anidan en el suelo, arbustos, setos, árboles dispersos por la campiña e islas de bosque para los pájaros cantores, entre otros. Se necesitan establos abiertos para las golondrinas comunes; para huéspedes raros como los mochuelos y las lechuzas campestres hacen falta oquedades en madera muerta dejada en pie, agujeros de vuelo en graneros, etcétera. Dondequiera que se encuentren lugares de anidamiento, surgen en el espacio circundante territorios visibles-invisibles, espacios anímica, que forman órganos invisibles en el organismo agrícola.

4. El grupo del mundo de los insectos que vive en el elemento del calor:

Los insectos conforman la clase con diferencia más rica en especies y formas en el reino animal. Bien es verdad que habitan en la tierra, en el agua y predominantemente en el aire, pero su reino elemental más propio es el calor. El insecto vive del obrar del calor. En el calor teje oculto su ser anímico, y mediante su actividad estructura procesos de calor, como ocurre por ejemplo en la visita a las flores, o más manifiestamente aún en el desarrollo del calor en el hormiguero o en la colmena. Así como el calor penetra cada uno de sus elementos hermanos y los pone en relación entre sí, así también el mundo de los insectos, con su pleno de sabiduría ser instintivo, penetra estos elementos y crea, sobre la base del calor, en un nivel superior, un tejido viviente de contextos relacionales.

En cuanto en primavera el sol ascendente despierta con su calor el ser natural del estado de reposo invernal, en brevísimo tiempo hormiguea en la capa superior del suelo toda suerte de carábidos, colémbolos y semejantes; en el estanque se agitan los ditíscidos, los gerris y demás; y en el aire danzan en los rayos cálidos del sol los mosquitos; las abejas visitan las flores; en una plenitud de formas inabarcable zumba, vibra, aletea, planea y danza con una afanosa diligencia siempre orientada un ejército de insectos por los aires.

Todo en la vida de los insectos transcurre en el calor. El desarrollo del huevo a la larva y la metamorfosis de esta a través del capullo hasta la imago, el insecto ya formado, necesita el calor de la primavera y el verano.

También la plenitud de formas de los insectos tiene que ver con el calor. Esta es mayor en los trópicos y mengua en las zonas frías.

Es la relación recíproca con el calor lo que compensa en la estructura corporal de los insectos las unilateralidades que se adhieren a los invertebrados, los peces y los pájaros. Los tres ámbitos funcionales de la cabeza, el tórax y el metabolismo están en el insecto, en lo que respecta a la forma, generalmente desarrollados de manera más equivalente, con especial énfasis en el miembro medio (Thorax), y con frecuencia quedan incluso netamente separados entre sí por incisiones (insecto del lat.

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Insectum = incidido). Como todos los artrópodos, el insecto carece de esqueleto óseo interior; en su lugar, su forma triarticulada es sostenida por un esqueleto exterior, el caparazón de quitina. La polaridad del polo cefálico (Caput) y el polo metabólico (Abdomen) es especialmente marcada. Sin embargo, la organización sensorial de la cabeza, con ojos compuestos y ojos simples, así como con palpos y antenas (sentido del olfato y del tacto), se extiende, mediada por el sistema ganglionar ventral, hacia las extremidades — por ejemplo, en determinadas especies, hacia las patas delanteras (sentido de la gravedad y de la vibración, audición, gusto).[120]

En el insecto, en cambio, la organización de las extremidades, que en el ser humano corresponde al polo metabólico, está ausente por completo en la región abdominal. Las extremidades alcanzan su mayor diferenciación en los tres pares de patas (en los arácnidos, cuatro) y los dos pares de alas en el tórax, y se prolongan hasta la organización cefálica, por ejemplo en las antenas móviles, orientadas hacia la periferia, y en los altamente diferenciados órganos de mordedura y succión. Lo que en los vertebrados, y en el más alto grado en el ser humano, constituye el sistema rítmico con la respiración pulmonar y la función cardíaca, está ausente por completo en el tórax de los insectos. El centro del sistema vascular, que discurre por el dorso, se encuentra en el abdomen. La respiración se realiza a través de aberturas en la piel, distribuidas por todo el cuerpo, a las que se conecta el sistema tubular de las tráqueas. El sistema rítmico queda reducido por completo al movimiento de las alas y las patas articuladas. En la región torácica misma no ha desarrollado sistemas de órganos rítmicos propios, como un pulmón «verdadero» o un corazón «verdadero».

Los insectos se alimentan —ya sea el pulgón, la avispa, la abeja o la mariposa— preferentemente de sustancias que son ellas mismas el resultado de procesos de calor en la planta: de los jugos de asimilados, del jugo azucarado —la miel lo es sólo después de pasar por el tracto digestivo de la abeja— procedente de los nectarios de hojas y flores, del polen y de las resinas. En la construcción de su cuerpo continúan el proceso de calor-floración en el que termina el crecimiento de la planta. El mismo tipo de fuerzas anímico-astrales que desde el cosmos fluyen hacia las plantas con la luz solar, tocándolas y conformándolas desde fuera en tallo, hoja y flor, es el que se ha interiorizado en los insectos que visitan las flores y se ha condensado en lo anímico de cada uno de ellos a su manera peculiar. ¿Cómo entender de otro modo que, por un lado, ciertas flores parecen formadas de cara a la visita y la polinización de determinadas especies de insectos —por ejemplo, la flor del trébol en relación con

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los abejorros; por otro lado, muchas especies de insectos están organizadas en la forma de su cuerpo, particularmente en las piezas bucales, para visitar flores de formas específicas. A la contemplación se ofrece una unidad orgánica de planta e insecto de orden superior. Obsérvense las flores de las orquídeas, por ejemplo las de la *Ophrys apifera*. Su flor actúa como un insecto que aún no ha llegado a la vida independiente. Con razón habla Rudolf Steiner de que la mariposa es la flor liberada y la flor la mariposa cautiva.[121]

Lo que en el reino de los insectos es experimentable de forma constante y en alto grado en sus representantes que forman estados, es la sabiduría que impera oculta en lo anímico, que se expresa en la conformación corporal altamente especializada, de tipo instrumental, pero sobre todo en la actividad de división del trabajo, creadora de relaciones, en un dar y recibir, como por ejemplo en la colmena o el hormiguero. En estos dos últimos casos no sólo dependen del calor exterior, sino que se crean el calor por sí mismos, por ejemplo las abejas mediante el movimiento intensivo en el racimo invernal de la colmena, o las termitas mediante el auto-calentamiento de hojas frescas comprimidas, hierbas, etc., para calentar los criaderos en sus construcciones subterráneas. Lo que en los animales de sangre caliente se vive manifestándose como vida anímica interior de carácter instintivo, en los insectos se invierte hacia fuera en una maestría consumada (por ejemplo, la araña y su red, la abeja y su panal, la avispa y su nido).

Así como para los grupos animales mencionados que viven en la tierra, el agua y el aire, el agricultor debe crear también en sus tierras un hogar para una vida insectil variada. Éste se encuentra en una naturaleza vegetal igualmente diversa. Ningún árbol, ningún arbusto, ninguna hierba ni planta que no constituya la base alimentaria de las larvas, ninfas u orugas de determinadas especies de insectos. Las orugas de las mariposas, por ejemplo, tienen cada una su huésped específico: la mariposa *Papilio Machaon* las umbelíferas, como el eneldo, el comino y la zanahoria; el pavo real diurno (*Vanessa Jo*), la vanesa de los cardos (*Vanessa Atlanta*) y la ortiguera (*Vanessa Urticae*), la ortiga; la mariposa de la col (*Pieris brassicae*), las variedades de col, etc. Muchas han tomado su nombre de su planta huésped, por ejemplo la mosquita del trigo (*Cecidomya tritici*), etc. Por mucho que en este estadio juvenil estén ligadas a una determinada planta huésped, otro tanto se les abre en cuanto

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imago desarrollada, que essaima y dispone de un amplio abanico de alimentos en las praderas en flor.

Con solo estos pocos ejemplos se ve cuánta atención y cuánto cuidado debe dedicar el agricultor, junto con sus plantas cultivadas, a la naturaleza de las plantas silvestres. Con ello vela por el equilibrio y la proporcionalidad de las especies de insectos de su granja. Ha de procurar que desde la primavera hasta el otoño lo que florece anime el paisaje, ya sea mediante el cuidado de los ribazos de prados y caminos, taludes, etc., ya sea mediante una rotación de cultivos bien articulada, mediante el establecimiento de franjas floridas en los cultivos de campo, etc.

Un enorme enriquecimiento de la vida insectil lo ofrece una rica variedad de formas de arbolado silvestre en setos, pero sobre todo en plantaciones de frutales de tronco alto. Un manzano de tronco alto de cincuenta a sesenta años alberga en el tronco, las ramas, el follaje y la flor más de mil especies de insectos.[122] Una copa tan amplia o un seto rico en especies constituye una acumulación de sustancia astral: «De lo que ahí penetra como riqueza astral a través de los árboles, vive y teje el insecto desarrollado.»[123] Es sobre todo el mundo de los insectos el que, con su ser anímico-astral, media hacia lo etérico-viviente del mundo vegetal. Toma de las plantas su alimento y como contrapartida las poliniza, o las protege del súbito ascenso masivo de insectos dañinos, por ejemplo mediante la parasitación de colonias de pulgones por parte de las avispas icneumónidas.

El ser de calor por excelencia entre los insectos es la colonia de abejas, cuyo cultivo está documentado desde el quinto milenio antes de Cristo.[124] Desde su colmena en el jardín y desde el borde frutícola de la granja sobrevuelan la geomarca del campo y traen a la granja su cosecha, igual que el agricultor la suya en frutos del campo.

Las especies de insectos tienen una formación corporal altamente específica, con frecuencia extremadamente especializada, según qué cualidad de un elemento anímico unilateralizado ha cuajado en ellas. Esta unilateralización halla su complementación en los seres elementales que obran suprasensiblemente en el elemento del calor, del «fuego», es decir, los *salamandros*.[125] Son ellos quienes crean en el reino de los insectos la perfección —que linda con el milagro— de la trabazón entre formación corporal y pautas de comportamiento instintivo-inteligentes. La

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Son los seres elementales del calor los que, como en el caso de las mariposas, realizan la metamorfosis completa a través de todos los «elementos», desde el huevo pasando por la oruga, el capullo hasta llegar a la imago. Penetran espiritualmente lo anímico de los insectos, cuajado en tan alto grado en la forma corporal triarticulada. Crean relaciones entre los reinos de la naturaleza y también con el ser humano, como por ejemplo en la relación del pastor con sus ovejas, del apicultor con sus abejas. En el zumbido y susurro de los insectos en el calor de los días soleados, en primavera en torno a setos en flor, frutales, tilos, se hacen perceptibles estados de ánimo que dejan intuir el obrar de estos seres elementales del fuego. Están presentes y son activos allí donde el agricultor crea espacios vitales para los insectos, el correlato físico de los seres elementales del calor.

Los animales domésticos — órganos en el organismo de la granja y del paisaje

Entre los animales domésticos se cuentan ante todo representantes del reino de los mamíferos: el perro, el gato, el cerdo, el caballo; del orden de los rumiantes: la oveja, la cabra, el bovino; del reino de las aves: la gallina, el pato, el ganso y la paloma; y del reino de los insectos: el gusano de seda, la abeja (Figura 9, pág. 115). Se distinguen de sus congéneres silvestres en relación con los cuatro niveles del ser:

    • 1. En lo que respecta a lo espiritual-entitativo:**

Los animales domésticos, como todos los animales, no tienen un Yo encarnado que les confiera, como al ser humano, una conciencia de sí y con ello el poder de la libre autodeterminación. Los animales están bajo la conducción de las almas de grupo.[126] De estas almas de grupo, los animales individuales son «escisiones» que han recibido impresas, en su modo de ser esencial, las propiedades del alma de grupo a la que pertenecen, y que son en lo físico-corporal una imagen refleja de esa alma de grupo. En la fauna silvestre, estas propiedades anímicas han cuajado evolutivamente como comportamiento en la formación corporal, y se manifiestan en lo físico como instinto, en lo etérico-viviente como impulso y en lo anímico como codicia. En el proceso de domesticación, el ser humano se puso en otro tiempo al lado del alma de grupo de los animales, que impera en lo suprasensible, y asumió en la tierra, en una relación sagrada entre el ser humano y el animal (la corriente de Abel), la responsabilidad y el cuidado.

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Como almas de grupo o de especie de los animales, Rudolf Steiner designa[127] seres espirituales comparables al Yo del ser humano, que dirigen a los animales individuales de las especies animales que les pertenecen, por así decirlo, desde fuera. El alma de grupo conduce y actúa a través de la sangre; el ser humano, en cambio, lo hace a través de su «modo de sostener», a través de la manera en que interior y exteriormente se relaciona con el animal: él «sostiene» al animal doméstico, de lo contrario caería. Lo extrajo en su momento de su condición de criatura natural, conducida por el alma de grupo, lo retuvo en el estadio de una plasticidad embrionaria todavía acrecentada y le conservó con ello, a través de todas las generaciones siguientes, una cierta medida de juvenilidad. Así la evolución de los animales domésticos tomó, por obra del ser humano, otra dirección. Se desvía, por así decirlo, prematuramente, antes de caer en la naturaleza silvestre. En la fauna silvestre, el desarrollo de las especies ha envejecido morfológica y fisiológicamente hasta un estadio final. El lobo, por ejemplo, que se considera antecesor de los perros, ha perdido desde el punto de vista evolutivo su juvenilidad. Es lobo, ya no es plásticamente moldeable, como lo era en los tiempos del apogeo de su evolución en el Terciario (Atlantis). Su comportamiento es pura proyección de su alma de grupo en la forma de existencia terrestre. El perro, en cambio, como las especies domésticas en general, se presenta de manera por así decirlo explosiva y con gran plasticidad en una multiplicidad de razas. Esta diversidad es la obra de una humanidad que, en los tiempos postatlánticos (Holoceno), fue liberándose más y más de la sujeción a su propia naturaleza de alma de grupo y se vinculó entonces ella misma, en la juvenilidad unida al espíritu del Yo-despertar, con las almas de grupo de determinadas especies animales. Los animales domésticos no han surgido, así vistos, por la vía de la mera selección genética a partir del producto evolutivo final de una forma filogenética; más bien resulta evidente suponer que deben su origen a la particular constitución anímico-espiritual de una humanidad temprana que aún se hallaba en relación de ensueño con las almas de las especies animales.

En el proceso de domesticación puede verse un paso hacia el equilibrio de aquella deuda que la humanidad contrajo inocentemente-culpable al dejar salir de sí misma al reino animal en su camino evolutivo y dejarlo atrás. El animal doméstico ha conservado, mediante la educación del ser humano, su plasticidad. Se ha puesto al servicio de la voluntad rectora del ser humano y ha emancipado de tal modo cuerpo y alma de la naturaleza silvestre, que para siempre en el futuro necesitará de esta conducción humana, de «la forma de sostenerlo»; no puede recaer en el mismo estado que

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ha adoptado el congénere silvestre. Sin el amparo del ser humano queda sin guía y solo puede regresar al estado salvaje, como los dingos (perros asilvestrados) en Australia. En el lugar de la crianza evolutiva de los animales, guiada por los Misterios en las antiguas grandes civilizaciones, ha entrado la zootecnia actual. Esta optimiza y aprovecha determinadas propiedades hereditarias y convierte al animal doméstico o de cultura en mero animal de renta, en objeto de la producción en masa. A este desarrollo, que ve en el animal tan solo un objeto inerte, material, manipulable a voluntad a través de sus genes, solo puede hacérsele frente cuando la contemplación intuitiva se esfuerza por alcanzar una verdadera comprensión esencial de las distintas especies de animales domésticos. ¿Qué sabiduría habla, por ejemplo, de la contemplación intuitiva y el trato activo con la vaca, el caballo, la abeja, etc.? El percatarse de su imagen fenoménica en el contexto de su espacio de vida y actividad y de sus interdependencias faunísticas, así como de las indicaciones procedentes de la investigación espiritual, despierta sensaciones e ideas que abren al obrar espiritual-moral nuevos caminos evolutivos de crianza y educación. Estos caminos del futuro son expresados por Christian Morgenstern (1871–1914) con la frase: «Edades enteras de amor son necesarias para retribuir a los animales sus servicios y méritos para con nosotros.»[128] A este fin debe anudarse a lo que en los tres siguientes planos del ser está dispuesto de manera evolutiva.

    • 2. En cuanto al plano del ser de lo anímico (cuerpo astral):**

El animal doméstico no huye del ser humano, sino que busca confiadamente su cercanía, se abre anímicamente ante él y aguarda, en el cumplimiento de esa apertura, la contraprestación de la protección y el cuidado. Cuán hondamente le imprime su sello el modo de esa atención, cuánto se le tiñe con las singularidades humanas, lo dice el refrán: «De tal amo, tal criado.» Esta apertura anímica, que llega hasta una suerte de comportamiento individualmente entregado — en comparación con la forma salvaje de origen —, impone hoy al ser humano una responsabilidad insospechadamente grande. Pues la expectativa del animal doméstico, abierta al alma, no se colma con la mera atención emotiva, sino solo cuando esta da ocasión a un conocimiento esencial, por incipiente que sea. El animal doméstico no espera de la conducción por el ser humano una atención emotiva ensimismada, en el sentido de una mentalidad de perrito de salón, y mucho menos una utilización sin alma, sino un conocimiento de su naturaleza esencial que, en actos de amor, le dé

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lo que la propia alma de grupo ya no puede darle ni podrá darlo en el futuro. Solo en este sentido se hace real la responsabilidad, se hace real un ideal de crianza futuro.

Un rasgo adicional de la impronta espiritual, que alcanza hasta el genoma, es la amplia variedad — en general muy grande — de razas domésticas, a cuya imagen esencial debería volver a anudarse la labor de cría. Una expresión particular de lo anímico es el multiforme jaspeado y colorido del pelaje o del plumaje. La diferenciación anímica del interior se crea en ello una imagen refleja en el exterior. Así se muestra cada raza de animal doméstico, inequívocamente, en su «vestido astral».

    • 3. En cuanto al nivel de ser de lo viviente (cuerpo etérico):**

En todos los animales domésticos, con excepción de perros y gatos, el polo neurosensorial se halla reducido en favor del polo metabólico o de las extremidades. Piénsese en las enormes prestaciones metabólicas del ganado lechero, de los cerdos, del caballo uncido al arado, etc. La apertura de lo anímico mantiene los procesos orgánicos del cuerpo etérico con especial acento en lo rítmico, de manera específica en cada caso, plástica y movible. Así se han emancipado los animales domésticos — tanto en su anterior madurez sexual y su mayor fertilidad como en su ciclo reproductivo y en la muda del pelaje, independientes ya del curso del año — de sus congéneres silvestres.

    • 4. En cuanto al nivel de ser de lo físico (cuerpo físico):**

La apertura anímica procura una plasticidad sostenida en los procesos vitales, y esta, a su vez, modela la organización física — expresándose de manera particularmente elocuente en la construcción del esqueleto, que conserva en la mayor variabilidad formas juveniles. El rasgo más llamativo es aquí el acortamiento del cráneo facial y la mayor lisura de los huesos del cráneo, también en los animales adultos. Esto es un rasgo esencial de los animales jóvenes. Las múltiples razas de rumiantes llevan cada una formas de cuernos específicas. El cerebro del vacuno y del cerdo es hasta un 30% menor en volumen que el de sus congéneres silvestres; en cambio, la médula espinal y el sistema nervioso simpático, que dirige el metabolismo, están tanto más desarrollados. La reducción del cerebro afecta sobre todo al cerebro anterior y supone con ello una disminución de las prestaciones sensoriales orientadas hacia el exterior. Para los animales domésticos vale en general la extraordinaria amplitud de la configuración corporal de las razas dentro de una misma especie — de grande o pequeño, robusto o alargado, grueso o esbelto, de patas largas o cortas, etc.

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Las especies de animales domésticos son un patrimonio cultural de la humanidad, legado de las altas culturas del período posglacial temprano. Con los modernos métodos de cría, la mirada sobre este patrimonio cultural se reduce puntualmente al genoma predeterminado y a la intercambiabilidad de sus genes entre las distintas especies domésticas. Los objetivos de cría se orientan arbitrariamente hacia incrementos unilaterales de rendimiento en detrimento del bienestar animal. Esta forma tecnológica de proceder obstruye la visión del impulso artístico que hizo del animal doméstico lo que es. A continuación se abordará el acceso artístico-criador que caracteriza la serie de animales domésticos, los ha hecho útiles al hombre y los ha convertido en órganos del organismo de la granja o del pueblo.

La abeja melífera

En general, nos encontramos con la abeja (*Apis mellifera*) como ser individual en la visita a la flor: allí donde sorbе el néctar, poliniza las flores y recoge el polen en sus corbículas, en las patas traseras. Esta actividad de tomar y dar se cumple en la periferia de su espacio vital. Polarmante a esto, ese ser individual halla su centro en la colmena, donde se une con miles de otras en la más animada actividad y se convierte en miembro de una vida interior que todo lo abarca: la vida del «Bien», un organismo que se organiza desde sí mismo, con actividades que se articulan con rigor de órgano. Lo que en las funciones de un organismo permanece habitualmente oculto a los ojos, aquí se abre a la mirada como un quehacer de división del trabajo: la reina ponedora de huevos, la masa de abejas obreras — que a su vez se reparte el trabajo de la construcción de panales, el cuidado de la cría, la alimentación de la reina, la auto-limpieza, la captación de alimento y el aprovisionamiento —, y los zánganos, que fecundan a la reina en su vuelo nupcial orientado hacia el sol. Cada una de estas actividades, finamente coordinadas en el espacio y en el tiempo, despierta la impresión de una entrega abnegada. En el calor que las abejas procuran mantener constante en la colmena mediante su propia actividad, en torno a los 35 °C, crean el medio de encarnación para el alma de grupo: el apicultor habla del «Bien», que de manera natural hace surgir un organismo social, anticipando un comportamiento desinteresado que los seres humanos, en la convivencia social, tendrán que adquirir aún en el futuro desde la fuerza del Yo.

La abeja melífera necesita del hombre, del «padre de las abejas». Él se pone al lado del «Bien», del alma de grupo. Cuida su morada, el

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colmena o la colmena-caja, en la que la colonia puede cerrarse al mundo.[129] La colmena-caja está dispuesta de manera que en ella pueda desarrollarse la vida en división del trabajo de las abejas bajo los ojos y la mano conductora del apicultor. Y cuando llega el momento del enjambrado, él se encarga de que la colonia de abejas no se pierda en la naturaleza silvestre y acabe pereciendo, sino que el enjambre sea capturado y se le asigne una nueva morada. Se ocupa además de que el colmenar o las colmenas individuales tengan su emplazamiento cerca de la granja, allí donde de primavera a otoño haya flores en los campos y donde durante el invierno pueda observarse con regularidad el bienestar del stock y realizarse los tratamientos correspondientes.

La colonia de abejas vive recogida en un espacio anímico en el que no quiere ser perturbada desde fuera. Solo *ese* hombre no la perturba que ha interiorizado el quehacer y el ser pleno de sabiduría de la colonia y que desde ese manantial, con reverencia, mesura y calma, realiza su trabajo sobre la colonia elevado al rango de artisticidad. Este espacio anímico se polariza en un centro de carácter cefálico, el stock, y en una periferia que hacia fuera queda delimitada por el mar de flores al que vuelan las abejas obreras y del que regresan al centro cargadas de miel y polen — un proceso comparable a la circulación de la sangre.[130] Lo que llevan al stock lo comparten con el hombre: la miel como alimento, la cera, el propóleo y el veneno para múltiples finalidades, entre ellas terapéuticas. Son, con un número correspondiente de colonias, órganos anímicos indispensables del organismo agrícola, que en su actividad entretejen lo espiritual activo en el calor en el término de la finca de una manera distinta a como lo hace el agricultor cuando, desde el Yo querido, incorpora sus pensamientos a través de su trabajo al conjunto de la granja.

Las aves de corral

Hasta los años cincuenta y sesenta del siglo XX, eran los pollos, los patos, los gansos y las palomas quienes daban al vivir de la granja una coloración particular y con su comportamiento un ritmo propio. En lo que respecta a los pollos, por ejemplo, el transcurso del día comenzaba al amanecer con el agudo canto de vigilia para

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hombre y animal, al canto del gallo. Él se adelantó el primero, el cuello y la cabeza erguidos verticalmente, el pico abierto de par en par, las plumas de la cola levantadas y desplegadas en abanico — una imagen como si quisiera cacarear hacia el día que amanecía todo su ser interior. La manada de gallinas lo siguió desde el descanso nocturno del gallinero al corral o, en libre pastoreo, al patio de la finca, la era abierta, el muladar; hurgando y picoteando se dispersaban en busca de alimento. Al poco rato se escuchaba el primer cacareo de una gallina desde el establo, con el que anunciaba la dicha de haber puesto un huevo. Por lo general por la tarde venía el baño de polvo con el arreglado del plumaje, y después el seguir hurgando, rascando y picoteando semillas, larvas, gusanos, insectos, hierbas y granos de arena. Al caer la oscuridad la manada volvía a congregarse en el gallinero y se acomodaban apretados unos con otros en las perchas. De manera similar transcurría naturalmente la vida de patos, gansos, pavos y palomas; su punto de referencia era la granja con el establo protegido y los seres humanos que cuidaban de ellos.

Las gallinas y los pavos están ligados a la tierra; los patos y los gansos aman la cercanía al agua y pastan preferentemente en las zonas de pradera próximas a la orilla. Así como estos últimos oscilan entre el agua y la tierra, las palomas lo hacen entre el aire y la tierra; su espacio de movimiento se extiende, en vuelos generalmente cortos de árbol en árbol, hasta la campiña abierta; para descansar vuelven a congregarse, alineadas en la cumbre más alta de los tejados de la finca. Su campo visual es así, junto con el de las abejas, el más amplio entre los animales domésticos; considerablemente más limitado es el de las aves acuáticas, y en las gallinas se reduce a apenas unos pocos metros. Las gallinas ven con nitidez solo a corta distancia — la gallina come con los ojos. La resolución de movimiento y la diferenciación de color de su ojo son muy superiores a las del ojo humano. Como todas las aves, también las aves de corral y así también la gallina tienen buen oído. Les falta el oído externo; la entrada al oído interno queda oculta bajo el fino plumaje de la cabeza. Expresiones anímicas como llamadas de reclamo, sonidos de comunicación mutua — el cacareo, el cloqueo, el graznar de patos y gansos o el arrullo de las palomas — se intercambian a mayores distancias. El sentido del gusto está, como en sus congéneres silvestres, escasamente desarrollado. Bien es cierto que las gallinas distinguen, por ejemplo, la cualidad de salado y dulce, ácido y amargo, pero estas sensaciones desempeñan un papel muy pequeño en la selección del alimento.[131] El sentido del olfato está desarrollado, al parecer, muy por encima de lo que hasta hace poco

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se había supuesto hasta los años 90 del siglo XX. En cambio, los órganos táctiles del pico, altamente desarrollados junto al ojo, son por lo general los que determinan la elección del alimento y su granulometría.

La digestión es tan rápida como en las aves silvestres. El alimento altamente concentrado pasa sin desmenuzar al buche; de allí al estómago glandular y luego al estómago muscular, donde es triturado. Tras una rápida travesía por el intestino y el intestino grueso con estancia en los dos ciegos, es excretado junto con la orina por la cloaca. Acorde con la naturaleza del alimento de partida y la rapidez de la digestión, se genera un abono altamente concentrado, rico en sustancia orgánica así como en sales de nitrógeno y fósforo, un valioso material organo-mineral de enriquecimiento para compostajes vegetales u otros abonos animales. El carácter salino de las excreciones del ave doméstica corresponde a su marcada naturaleza cefálica, es decir, neurosensorial, que se ve acentuada una vez más por la postura casi vertical de estas aves corredoras en el eje de cabeza, cuello estirado, pecho y patas. Las especiales prestaciones metabólicas no se transmiten, pues, como en los rumiantes, a la corriente digestiva, sino que se disuelven en crecimiento (carne) y reproducción (huevos).

Desde los años 50 y 60 del siglo XX, la avicultura, y ante todo la cría de gallinas, ha perdido su papel de enriquecedora de la organización anímica del organismo agrícola, eliminadora de residuos y alimañas. En su lugar ha irrumpido la avicultura masiva. Criados para la máxima eficiencia de su función metabólica, los animales viven hacinados en instalaciones de producción herméticamente cerradas, controladas electrónicamente, con climatización integral, y se los mantiene sanos durante el breve período de su vida productiva mediante el empleo de medios predominantemente abióticos. La avicultura se ha desglosado del conjunto del organismo agrícola. En la cría y tenencia modernas de aves, el ave doméstica y de corral vive su muerte cultural. De las más de 150 razas de gallinas[132] son hoy solo unas pocas las que se utilizan para la cría de líneas, cruzamientos e híbridos. Su rendimiento, llevado al límite máximo, se contrae en un período de puesta de apenas un año.

La reflexión sobre esta evolución errónea conduce cada vez más a una reintegración de lotes avícolas más pequeños en organismos agrícolas en proceso de nueva formación: los gallineros móviles con salida alterna a la campiña abierta son un primer paso. Esta forma de tenencia vuelve a establecer una relación con todos los procesos vitales

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del conjunto del organismo agrícola en el transcurso del año y permite a las gallinas expresar sin restricción su vida instintiva. Desgraciadamente, la presencia de animales salvajes depredadores impone límites a cualquier cambio de ubicación libre: ¡es imprescindible una valla a prueba de zorros! Un paso más para continuar el desarrollo conforme al haustier es el abandono de la cría híbrida uniforme, gestionada en todo el mundo por unos pocos grandes consorcios, en favor de una cría vinculada a la finca. Esta incluye la cooperación regional entre explotaciones de cría y recría, en lo que atañe a la elección de la raza y los objetivos de la cría, así como la disposición de los consumidores a sostener una aportación cultural tan exigente.

El ulterior desarrollo del ave doméstica es, en primer lugar, una cuestión genética: ¿A qué predisposición hereditaria del pasado hay que conectar? Pero es, sobre todo, una cuestión de epigenética, de una cría basada no únicamente en propiedades adquiridas, sino en propiedades por adquirir. ¿Qué condiciones deben crearse, con vistas a este último objetivo, en la configuración del organismo agrícola — en cuanto a la tenencia, a la base alimenticia propia de la finca, a la atención humana — para que la integridad orgánica del conjunto pueda imprimirse epigenéticamente en la organización vital y física de los animales?

El cerdo doméstico

Comparable únicamente a las razas de alto rendimiento de las gallinas, el cerdo ha sido transformado, mediante los métodos de la cría, la alimentación y la tenencia modernas, desde su modo de vida originario y la diversidad de tipos raciales hasta uniformes razas de utilización. Fue en su día predominantemente un animal de pastoreo que modelaba el paisaje, guardado por pastores, y que luego, mediante el cruzamiento en el siglo XVIII en Inglaterra con razas asiáticas y del sur de Europa, alcanzó mayor capacidad de crecimiento; integrado en el siglo XIX, como cerdo campesino mejorado, de manera general en las economías campesinas en régimen de estabulación con acceso al exterior; y hoy, a partir de la segunda mitad del siglo XX, es desgajado del nexo vital del conjunto de la finca y producido en una ganadería industrial de tipo fabril. El objetivo de la cría más reciente era y es: alejarse del tocino — aproximarse al híbrido uniforme, al cerdo cárnico de maduración precoz, cuya madurez para el sacrificio se alcanza ya a la mitad de la vida de las razas originarias. Como en la tenencia moderna de gallinas, también aquí queda suprimida la relación ser humano-animal, necesaria para lo anímico del ser haustier, así como la relación con la integridad del conjunto de la finca y su término. Cuando esta doble relación desaparece, el cerdo se marchita anímica y el paisaje

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se degrada a monótona monokultur[133] y en muchos lugares a zona de vertido de purín porcino, asociado a amplias molestias olfativas y emisiones con impacto climático. Sin ánimo y desfigurada yace la campiña abierta al descubierto, reflejo de lo que en términos de deshumanización padecen los animales en una estabulación vitalicia sobre solados de rejilla de hormigón. El ser humano tiene en su mano, respecto a los animales domésticos, o bien ver en ellos únicamente el mero beneficio económico, enajenándose así anímica­mente de sí mismo, o bien llevar a su despliegue los instintos que actúan desde lo anímico en beneficio de la integridad del conjunto de la granja. En el cerdo doméstico como omnívoro, estos instintos están orientados hacia un alimento extraordinariamente variado, que se selecciona con esmero según la necesidad: hierba, heno, cereales, fruta, verdura, raíces, lombrices, caracoles, plantas silvestres y medicinales, frutos silvestres, etc.[134] A fin de cuentas, el cerdo es el aprovechador ideal de los residuos en el organismo agrícola y, junto a las gallinas, un terapeuta en la eliminación de toda suerte de plagas. Con su muy desarrollado sentido del olfato, que se concentra en el disco de la jeta — la nariz como vuelta del revés, soldada al labio superior —, busca su alimento unas veces sobre la tierra, otras veces hozando bajo ella. El pastoreo estival-otoñal de los rastrojos de cereales, los campos de patata y verdura despejados o los cultivos intercalares los lleva a la campiña abierta, satisface su impulso de movimiento, su curiosidad insaciable y no pone límite alguno al amor por el hozar. Olfateando, su naturaleza de deseo se abre paso por la tierra. En el pastoreo, el trabajo de hozar puede convertirse rápidamente en un daño por lesión del tapiz vegetal. Este daño permanece dentro de límites si se dispone de superficie de pastoreo suficiente con rebrote fresco y rico en proteínas, siendo incluso posible que las leves roturas del tapiz redunden en ventaja respecto a la aireación y rejuvenecimiento de la cubierta vegetal. Además se produce la dispersión de semillas y con ello una mayor diversidad de especies.[135] En muchos lugares fracasa la ganadería extensiva en pastoreo por razones de coste o de economía del trabajo. En su lugar surgen, desde la práctica, sistemas de estabulación que, en la medida de lo posible, tienen en cuenta el desenvolvimiento de los instintos conductuales mediante un entorno variado: formación de grupos, diversidad alimentaria, residuos de cocina y de transformación, hierba cortada, restos de pienso del establo de vacas, etc., posibilidad de hozar, revolcarse, restregarse, superficie de movimiento para el ejercicio,

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Encuentro y exploración, pasillo de heces exterior techado, superficies de reposo con cama, dormitorios cerrados por todos sus lados y protegidos del frío y del viento, así como oportunidad de contacto intenso con el ser humano que los cuida, por ejemplo a través del habla.

Los cerdos tienen sentido familiar, son animales sociables e inteligentes, con los sentidos vivos: su sentido del olfato domina la percepción, imprime el carácter de su bienestar y malestar. Se comunican animadamente a través de un oído fino, y al alzar la cabeza miran al ser humano que se acerca con una mirada clara, casi comprensiva. Sin embargo, su rendimiento cerebral se encuentra reducido hasta un 30% en comparación con sus congéneres silvestres,[136] es decir, el sistema neurosensorial se ha desplazado más hacia la médula espinal y el simpático, situándose así al servicio de un rendimiento metabólico incrementado en lo que respecta a la fertilidad y al engrasamiento de carne y grasa.

La pregunta crítica de si, al perder sus prestaciones sensoriales, los animales se vuelven más torpes cuando el ser humano los convierte en animales domésticos, debe responderse con un «no» bajo el presupuesto de que él sea consciente de su plena responsabilidad frente al animal doméstico. Lo que el animal doméstico regala al ser humano a través de sus rendimientos metabólicos, él debe devolvérselo doblemente mediante su comportamiento inteligente en la cría, la alimentación, el cuidado, y mediante una selección — que alcance la naturaleza del animal.

La función de la dentadura hace del cerdo un omnívoro, comedor tanto de carne como de plantas. Muerde y mastica como el ser humano. También en el tracto digestivo se manifiesta esta doble función. El estómago de una sola cavidad es relativamente pequeño; por consiguiente, el cerdo debe tomar el alimento de manera continua en pequeñas porciones. En el largo trayecto por el intestino delgado y la degradación de los componentes alimenticios fácilmente accesibles por vía enzimática, así como su resorción, tiene lugar en el ciego y en el colon una digestión microbiana de los restos alimenticios ricos en celulosa. El cerdo digiere a fondo; sustrae al alimento, a diferencia de los rumiantes, fuerzas que consume para sí como ser senso-activo y al mismo tiempo metabólicamente activo. Eso reduce la fuerza fertilizante de sus excreciones, pero no el contenido de minerales de estas. Las heces dependen en cuanto a forma, color, consistencia y olor del tipo de alimento. Si no se mantiene el equilibrio entre la digestión glandular y la microbiana — por ejemplo en la alimentación de alto rendimiento y la estabulación de por vida en suelos enrejados — se produce purín porcino, en el que

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ningún hombre debería asombrarse del hedor repugnante ni del efecto fertilizante unilateral y pulsional del abono.

La adecuada armonización de la cría porcina con la base forrajera propia de la finca, con cama, patio y posibilidad de pastoreo, produce un abono de escaso olor, rico en contenido y de consistencia más bien sólida. Probablemente por razones ligadas a la sensación ante la índole esencial del cerdo como omnívoro en comparación con los herbívoros puros, el campesinado de antaño denominó al estiércol porcino «abono frío», adecuado menos para el «suelo arcilloso frío» que para el «suelo arenoso cálido». Mezclado con los demás abonos que se producen en el organismo agrícola, constituye un complemento valioso. Como abono lleva el cuño de la naturaleza anímica del cerdo, tanto en su composición sustancial como en sus fuerzas. Lo que el cerdo saborea con deleite al hozar la tierra en busca de alimento vegetal y animal, y vive anímicamente en el profundo bienestar del reposo — en ello ejecuta, al igual que los demás animales domésticos de la granja, un «análisis cósmico-cualitativo»[137]. El resultado de este análisis caracteriza el valor fertilizante. Es cada vez distinto según si el forraje es mercancía importada o si ha sido producido en la propia finca. Con el análisis del forraje producido por ella misma, la cerda prepara a su manera un abono que viene al encuentro de las necesidades propias del lugar para el acrecentamiento de la fertilidad del suelo.

El caballo y el asno

Por contrarios que sean en su natural a pesar del estrecho parentesco, ambos son — como animales de monta, carga y tiro — los más leales servidores del ser humano, rastreables hasta los tiempos de la cultura persa primigenia, hasta el cuarto o quinto milenio antes de Cristo. El caballo llevó al hombre en sus grandes expediciones de migración y conquista a través de países, fue medio de transporte de lugar a lugar, marchó con él a las grandes batallas; combatió bajo su conducción y mando y se sacrificó. Tiró del arado surco a surco y trajo la cosecha en el carro de escalas cargado hasta lo alto. Servicios sin cuento ha prestado el caballo al ser humano, y sacrificios indecibles ha traído consigo. Y lo mismo el asno, montura igualmente servicial como testaruda, y el animal de carga del campesino y del artesano hasta llegar a compañero del mendigo. Toda carga de la vida cotidiana se le ha impuesto a este pequeño asno de patas delgadas; con paso seguro

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los portó sobre terreno fragoso. ¿Cómo habría podido mantenerse la convivencia social entre los pueblos pastores, y en las comunidades aldeanas y entre ellas, sin el asno? Así portó sobre su lomo al más humilde y su carga pesada, y en la entrada a Jerusalén el Domingo de Ramos al ser más elevado, que venció toda gravedad terrestre.

Ambos, caballo y asno, son solípedos. Se sostienen y caminan sobre la punta del dedo medio del pie o de la mano. Estos se alojan en el casco, una herradura córnea impenetrable para las radiaciones de fuerzas externas, igual que las pezuñas de los artiodáctilos y los cuernos de los rumiantes. Por más pesados que sean corporalmente los caballos, se mueven con ligereza, sí, con un donaire casi danzarín. En belleza y elegancia los movimientos del caballo son insuperables, como quiera que su ser anímico se vive enteramente en el lenguaje corporal de la movilidad rítmica. Ya sea al paso o en un comedido trote danzarín, ambos con la cabeza erguida, o en el galope que vuela hacia su meta con la cabeza estirada y los ollares dilatados, ofrece siempre la imagen de la noble expresión de fuerzas y de la proporción armoniosa, que se eleva a una armonía más alta gracias al jinete. Solo en la unidad del corcel y el jinete revela su nobleza de porte y carácter. Otra cosa es cuando se aplica al «aparejo», al arreo, y tira del arado o del pesado carro, levantando y bajando la cabeza rítmicamente a cada paso; entonces evoca la imagen de la entrega total de su ser volitivo a la voz de mando y a la mano que guía las riendas del ser humano, y al servicio que realiza desinteresadamente en la tierra.

También al asno le son propias todas las marchas del caballo. Menos noble en apariencia y movimiento, se muestra más bien humilde con la cabeza inclinada, por lo general dócil y resignado ante todo lo que se le exige, y luego de nuevo terco por razones que las más de las veces son insondables. En sus regiones de origen del Oriente y África aparece tanto más noble cuanto más integrado está aún en formas más antiguas de conciencia cultural y de vida.

El caballo es aún más que el asno en alto grado dócil y necesita desde el nacimiento de una educación esmerada para el desarrollo de sus talentos, y a lo largo de toda la vida para su ejercicio bajo la conducción del ser humano. En el caso del noble caballo árabe, por ejemplo, el potro recién nacido fue mantenido durante un tiempo considerable bajo el techo de la tienda del pastor en el vínculo familiar. Eso fue válido hasta bien entrado el siglo XX.

La corporalidad del caballo y el asno es imagen de su ser anímico y al mismo tiempo imagen del paisaje, de las extensiones de la estepa de hierba, en las que ese ser anímico se experimenta a sí mismo en su alegría del movimiento. En consecuencia, se concentra

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La organización sensorial se concentra especialmente en los sentidos dirigidos hacia el exterior, los que captan la lejanía: el ojo, el oído y el olfato. Los expresivos ojos, llamativamente grandes, situados a los lados de la cabeza, abarcan un círculo visual casi completo. Solo hacia adelante —delante o por debajo de la cabeza— existe una franja ciega de aproximadamente dos metros que no puede ser abarcada con la vista, e igualmente hacia atrás, a ambos lados de la columna vertebral. En profundidad de campo —visión tridimensional— capta únicamente un ángulo visual relativamente estrecho, de 15 a 20 grados hacia adelante. En el resto del campo visual, la visión se aplana y se difumina hacia atrás. Justo en esa franja ciega posterior se sitúa el jinete, el cochero o el labrador que camina detrás del arado, y que con un suave tirón de la rienda guía o a través del bocado determina el paso y la dirección del desplazamiento. En el vivo juego de los pabellones auriculares se revela, con la más fina matización, la dirección de la atención anímica. Sonidos para nosotros inaudibles son filtrados del nivel general de ruido. El caballo recibe ante todo a través del oído el estado de ánimo anímico, por ejemplo cómo se le habla. La posición de las orejas, ya erguidas ya caídas, delata mucho sobre su sentir anímico.

El sentido del olfato está extraordinariamente desarrollado. La alargada cabeza alberga un extenso sistema de cavidades nasales cuyas superficies internas corresponden aproximadamente a la superficie total de la piel exterior del animal. Los caballos se olfatean mutuamente para saludarse o conocerse. Con su finísimo sentido del olfato analizan su entorno, eligiendo durante el pastoreo su alimento, toda emanación por sutil que sea, incluso a grandes distancias. ¿Son acaso estas tres capacidades sensoriales del ojo, el oído y el olfato, junto con la cualidad de llevar la cabeza erguida por encima de la columna vertebral, las que hacen al caballo tan capaz de aprender, las que lo hacen reaccionar con una diferenciación tan elevada que suscita la creencia de que puede pensar? En la mitología griega, la saga de Perseo narra cómo el pensar se liberó de la vinculación sanguínea del cuerpo, portador de la fuerza clarividente que obraba en tiempos antiguos: en la imagen mítica, Perseo decapita a la titánide Gorgo. Del torrente de sangre que mana de su tronco surge Pegaso, el caballo alado. Simboliza el pensar libre del cuerpo, cuyos alados pueden ahora elevarse libremente hacia el mundo del espíritu. Lo que en el comportamiento inteligente del cuerpo del caballo aparece ligado a la sangre, se desprende en el ser humano de esa atadura y se convierte en la libre actividad espíritu-anímica del pensar.

El caballo y el asno son herbívoros. Aunque con el máximo ahorro digieren un alimento aún más rico en fibra bruta que los rumiantes con su altamente diferenciado

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sistema de preestómagos, disponen únicamente de un estómago compuesto, unilocular y relativamente pequeño. A este se une el largo intestino delgado, que descompone los componentes fácilmente digeribles del alimento. La fibra bruta de más difícil digestión es procesada bacterialmente primero en el poderosamente desarrollado saco del ciego y luego en el colon y el recto. Esta forma de digestión corresponde a su comportamiento alimentario. Los caballos comen el doble de tiempo que las vacas: dieciséis horas al día. Son animales de día y de noche. Con su buen sentido de la vista incluso en la oscuridad, encuentran su alimento con paso seguro también de noche. Los caballos y el tan sobrio asno son excelentemente aptos para pastorear después del cambio de pasto las plantas que las vacas evitan.

La alegría del movimiento y la fuerza de caballos y asnos encuentran su reflejo en su excremento, todavía muy rico en fibra bruta y de forma muy marcada. Este es, en oposición polar al «frío estiércol de cerdo», un abono «ardiente». Por la continua descomposición bacteriana, acelerada por el contacto con el aire exterior, se calienta muy rápidamente, y debido a esta propiedad fue empleado como calefacción subterránea y al mismo tiempo como abono para los semilleros. El estiércol fresco de caballo contiene bastante amoníaco; su olor es por ello fuerte, agudo y penetrante, pero no desagradable.

El caballo y el asno se han despedido en gran medida de la agricultura a causa de la mecanización de los procesos de trabajo (¿provisionalmente?). Con ellos se ha perdido un elemento importante en la animación del organismo de la granja, tanto en lo que respecta al aprovechamiento del forraje y la paja, a la índole particular del abono y a la ritmización de los procesos de trabajo, como también en lo que se refiere a la animación del trabajo que llevaban a cabo en entrega a la conducción humana.

Perro y gato

Ambos pertenecen a la línea de desarrollo de los animales depredadores. Con su vida instintiva anímica enriquecen el cuerpo anímico del organismo agrícola de una manera decididamente opuesta. El perro es el más antiguo de los animales domésticos; el gato se cuenta entre los más recientes: en Europa no aparece hasta el primer milenio antes de Cristo.[138] El tipo del perro es afín al de sus congéneres salvajes, el lobo, como el del gato al del gato montés. Lo que en los perros llama particularmente la atención es la gran variabilidad de las formas. Ellos

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se encuentra ya desde los primeros tiempos de su domesticación, hacia finales del *Terciario* (Atlántida), en el *Pleistoceno* (glaciaciones), y sobre todo en el *Neolítico*, en las primeras épocas postatl ánticas. Ninguna de las especies de animales domésticos surgidas con posterioridad ha vuelto a alcanzar jamás esta diversidad de formas.[139] Parece evidente, como ya se insinuó antes, que el desarrollo de los animales domésticos fue un producto de la humanidad primitiva. Ella fue capaz, a partir de la vivencia del alma animal y de su origen espiritual, el alma de grupo, de retener a esta última en su formación corporal en un estadio más embrionario y de procurar así al tipo configurador-formal una abundancia de posibilidades de expresión muy diversas. Cuanto más recientes son las especies de animales domésticos, cuanto más fueron los seres humanos trocando su inmediatez espiritual instintiva por el despertar de la conciencia de sí, tanto más pobre en variaciones es la imagen fenoménica en los animales domésticos. Si en la época romano-antigua la diversidad de formas volvió a aumentar (razas de perros enanos), ello es ya consecuencia de una selección reproductiva deliberada, en el sentido de cruzamiento y selección. Cuán profundamente, desde los orígenes hasta la antigua cultura egipcia, la domesticación de perro y gato —y así también de las demás especies de animales domésticos— no fue primariamente una cuestión de utilidad práctica, sino que la utilidad estaba inseparablemente unida a un sentir instintivo, íntimo-sacral, se desprende por una parte de la cultura funeraria que unía a ser humano y perro, y por otra parte de la veneración que se tributaba a los gatos y al ser divino que los habitaba, un culto que culminó hacia el final de la antigua cultura egipcia.[140]

La disposición anímica-animal de perro y gato se halla muy distante. Más aún que el caballo, el perro ha sometido su ser instintivo anímico, la suma de sus capacidades, a la conducción del ser humano; no así el gato. Bien educado, el perro obedece a cualquier llamada o silbido. Con su impulso de movimiento se lanza expansivamente a lo lejos: así el perro de caza, siguiendo con su olfato el rastro, dando la señal al cobrar la pieza o aportándola, o como perro pastor arreando ovejas o reses o manteniendo unido el rebaño. Siempre, una vez cumplida la tarea, regresa, se sienta sobre los cuartos traseros, agita el rabo, alza la cabeza estirada hacia arriba, mira a su amo con leal entrega, a la espera de la próxima orden. Igualmente atento y entregado se comporta como perro guardián de casa y hacienda, como perro acompañante y guía —por ejemplo, el perro para invidentes—, como perro rastreador, olfateando infaliblemente los menores rastros de olor, o como

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perro de trineo, tirando de pesadas cargas a través de nieve y hielo. Cada una de estas capacidades se crea el cuerpo que le corresponde: grande y robusto, esbelto y veloz, pequeño y ágil, etc. Esta plasticidad corporal-anímica en casi cualquier forma corporal imaginable, con el comportamiento correspondiente a cada raza canina, cae ya desde tiempos romanos en manos de la emocionalidad humana y degenera en la cría de perros de lujo, enanos y falderos.

El ser que se expresa en el gato doméstico es enteramente otro. Parece haber caído evolutivamente más hondo en lo salvaje. Vive, por así decir, dos vidas. En una de ellas se despliega lejos del ser humano, nocturno, como sus congéneres silvestres. Con todos los sentidos en tensión sigue sus instintos de caza, se desliza por su camino, acecha a su presa y la atrapa de un poderoso salto. Los roedores —ratones y ratas— son su alimento predilecto; también, lamentablemente, las aves: las que anidan en el suelo, las que se instalan en las ramas bajas, o las golondrinas que de día pasan rasando el suelo demasiado cerca, a las que agarra despreocupadamente con la zarpa que se dispara hacia arriba. Su segunda vida la transcurre buscando en la casa humana su lugar de descanso, rondando ronroneante a los miembros de la familia, deleitando a los niños con sus juegos, recomendándose así para este otro tipo de aprovisionamiento. Y luego, de noche, vuelve a salir hacia la otra vida. De nuevo es la emocionalidad humana la que, extraviada, convierte al gato en mero animal de compañía y de mimos.

En el perro es el sentido del olfato —eminente, que diferencia cada matiz, que pone en actividad cuerpo y alma—, en el gato el sentido de la vista especializado en la visión nocturna, lo que imprime al organismo agrícola una cualidad particular, un principio ordenador: el perro que de noche monta guardia y da la voz de alerta, que acompañando al campesino lleva el hocico al suelo por campos y praderas y pastizales siguiendo un rastro, o que, a la señal del pastor, rodea al rebaño de ovejas y lo mantiene en el terreno de pasto que se le ha asignado —él es, dentro de los límites que se le han trazado, órgano ejecutor del ser humano. El gato no lo es en este sentido. Permanece sin vigilancia en sus correrías nocturnas por la granja y la geomarca, fija su propia medida en la eliminación de roedores dañinos y se basta a sí mismo.

No son las excreciones de perro y gato lo que resulta bienvenido al organismo agrícola —son malolientes, aunque no tienen mayor peso—, sino que su contribución es la función ordenadora de guardianes. Lamentablemente, perro y gato han perdido en gran medida esta función como cogestores animados de un todo natural penetrado de alma. Como animales de

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Gesellschafts- und Luxustiere haben sie sich weitgehend dem Seelenleib des landwirtschaftlichen Organismus entfremdet.

Oveja y cabra

Como los llamados «pequeños rumiantes», ovejas y cabras figuran tras los perros entre los más antiguos de nuestros animales domésticos. Aunque estrechamente emparentadas, difieren marcadamente en temperamento, movilidad y en grados de frugalidad. Como todos los rumiantes, aparecen como artiodáctilos portadores de cuernos sólo al final de la serie de los mamíferos en la historia de la estirpe. Y más: la variedad de formas de las estirpes silvestres ovinas y caprinas y de las formas de cultura posteriores se desarrolló apenas en el tránsito del Jungterciario a las glaciaciones (Pleistoceno) y en estas mismas hasta el presente (Holoceno)[141] — en tiempos, pues, en los que el ser humano se adentró entre los animales y desde su conciencia de cuño cósmico, instintivamente cercana al espíritu, fundó con ellos una relación mágico-cultual que encontró su expresión en el modo de cazar en función de alimento y vestimenta y en el sacrificio animal.

¿No es legítima entonces la pregunta de si el ser humano nómada, entretejido en el obrar de las fuerzas de la naturaleza, no participó en esta diferenciación de formas, que es bien joven? ¿No apuntan hacia esa posibilidad los mitos de los pueblos —el sacrificio animal de Abel, los petroglifos que remiten a las glaciaciones (Pleistoceno), entre otros los del Sáhara, y muchos más? ¿No son todos ellos expresión de una relación mágico-cultual humano-animal de los tiempos atlánticos, del Cenozoico tardío? ¿Y no se cumplió luego, en una suerte de repetición en escala superior, la domesticación de los animales —emergiendo de los misterios zaratustrianos, en la segunda época de la era posatlántica (Holoceno)?

Ovejas y cabras, dotadas de todos los rasgos de su condición de animales domésticos, aparecen desde finales del noveno milenio a. C. en las regiones montañosas del sur y oeste de Asia. En las ovejas, estos rasgos son los siguientes: menor tamaño que la forma silvestre, alta variabilidad del tamaño corporal, ausencia de cambio estacional del pelaje, cuya transformación en vellón de lana de crecimiento continuo, coloración y dibujo vivaces. Una variedad similar del imagen fenoménica muestran las cabras, hasta el pelaje convertido en lana en las cabras de Angora y Cachemira.[142]

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Las ovejas, y aún más las cabras, son extraordinariamente frugales. Su alimento son gramíneas, hierbas, hojas y brotes. Las cabras son especialmente adaptables a la oferta nutritiva aromática, rica en celulosa y salina de las zonas geográficas extremas —zonas montañosas y semidesiertos. El sobrepastoreo de estas últimas conduce rápidamente a una desertificación progresiva. Por sus múltiples dones —lana, carne, leche, pelo, piel, cueros y cuerno—, ambos pequeños rumiantes se convirtieron en los grandes compañeros de cultura del ser humano. Permanecían en rebaños cerrados bajo la tutela de los pueblos pastores, como fundamento de su existencia, y en muchos lugares llegaron a ser en los asentamientos aldeanos la «vaca del hombre sencillo». La estrecha relación de la oveja con su entorno y con el ser humano condujo en todo el mundo a una gran diversidad de razas, a partir de la Edad Media en Europa a la formación de las razas locales, y en la Edad Moderna a la cría selectiva de razas para carne, lana y leche. La cría hacia la oveja lanar blanca (Merino) tuvo lugar en España. Hoy en día ha encontrado la mayor difusión mundial, frecuentemente mediante cruzamiento con razas locales.

En Europa, la ganadería en rebaño bajo la guía del pastor trashumante subsiste en restos hasta el día de hoy. Solo puede mantenerse económicamente porque los rebaños de ovejas se emplean preferentemente en zonas protegidas para el cuidado del paisaje. La más pronunciada retracción afecta a la ganadería caprina. El 95% de todas las cabras domésticas está al servicio del autoabastecimiento en la agricultura de estructura minifundista del Tercer Mundo.

Las manifestaciones de la índole esencial de la oveja y la cabra son polares entre sí. Las prestaciones sensoriales de ambas son ciertamente semejantes —el sentido del olfato está desarrollado de modo preferente, seguido del sentido de la vista y, a cierta distancia, el oído—. Sin embargo, lo anímico se expresa de manera diferente en el lenguaje corporal y a través de los sentidos. Con la cabeza generalmente inclinada por debajo de la línea dorsal, con un cuerpo más macizo, más volcado hacia la tierra y hacia el interior de su propio metabolismo, más torpe en sus movimientos, el ser anímico de la oveja se expresa de modo más soñador y contenido. Diferente la cabra: con vivacidad salta, brinca de piedra en piedra, levanta la cabeza bien en alto, husmea curiosamente esto y aquello, trepa al punto más elevado que tiene a mano, mantiene la mirada atenta hacia la lejanía. En lugar de pastar desplazándose por vastas llanuras, prefiere pacer en laderas escarpadas a nivel de la cabeza, o se yergue verticalmente sobre sus patas traseras para alcanzar todavía la hoja más alta de arbustos y árboles.

Las ovejas y las cabras llevan cuernos. A diferencia de los bovinos, en los machos estos son más grandes y, según la raza, de forma helicoidal

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torcidos en espiral o doblados hacia atrás en forma de sable. Junto a los portadores de cuernos existen razas sin cuernos, entre las que se cuentan la mayoría de las razas actuales de ovinos de aptitud productiva.

Al reducirse la diversidad racial, la selección se concentra en la oveja de lana o de leche y, en las cabras, en animales de leche o de carne.

Los pequeños rumiantes son animales gregarios, las ovejas más aún que las cabras. En consecuencia, son por su propia índole esencial más bien modeladores del paisaje a gran escala, y menos un órgano configurador dentro del organismo agrícola individual. Mientras las comunidades aldeanas con sus tierras comunales existieron todavía como un todo en gran medida cerrado, fue oficio del pastor hacer de su rebaño el órgano de ese todo: ya fuera en el pastoreo del barbecho, de los terrenos comunales o baldíos, o en el arreamiento sobre las rastrojeras de las plantas de escarda ya cosechadas, sobre las siembras de invierno que brotaban demasiado vigorosas en hoja; ya fuera en el pastoreo de los linderos de caminos y campos ricos en hierbas durante el otoño, como régimen dietético para la estabulación invernal que se avecinaba; o ya fuera, en fin, en el aprisconar sobre los campos con fines de abonado. Todo ello era derecho consagrado y se hacía de acuerdo con la comunidad aldeana. Son escasos los márgenes para revitalizar el oficio del pastor. Las posibilidades se abren en el cuidado de zonas protegidas para la conservación de la naturaleza o en grandes explotaciones agrícolas con suelos de rendimiento límite.

Distinta es la situación de la cría de ovejas de leche y de cabras de leche. Ambas no están ligadas al rebaño y pueden contribuir de manera sustancial, en existencias más pequeñas o más grandes, a la animación anímica del organismo agrícola. Sobre todo, los pequeños rumiantes se recomiendan para el ulterior desarrollo de huertos orientados de manera unilateral hacia granjas-huerto. Representan allí al bovino en el aprovechamiento de los cultivos intercalares para el abono verde, así como de los desechos de una producción hortícola diversificada, y se encargan de su transformación en un abono de eficacia perdurable.

A través del sistema de cuatro estómagos de los rumiantes, el alimento vegetal queda sometido a una digestión de intensidad única en su género (véase el capítulo «Bovino», digestión en el rumen y rumia, páginas 150 y siguientes). Esta permite abrir la celulosa, es decir, los principios nutritivos ricos en fibra bruta, y hacerlos aprovechables para el crecimiento, el mantenimiento y la producción (leche, lana, carne). En el curso de este proceso digestivo, la corriente de alimento vegetal recibe la impronta de las fuerzas de la organización anímica del animal. Conforme a la índole esencial de la oveja y la cabra, esta impronta es diferente. La diferencia no puede inferirse suficientemente a partir de la composición cuantitativa de los llamados nutrientes del abono. No la proporción cuantitativa

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Los principios de la vida que en ella participan —no su proporción cuantitativa, sino su composición a través de las fuerzas del cuerpo sensible que actúan en los procesos vitales— son los que resultan determinantes. La índole esencial misma abona a través de las sustancias. Así, el estiércol de oveja actúa de manera más suave, armonizadora y estructurante sobre los procesos vitales que se condensan en lo vegetativo hacia el fruto nutritivo —por ejemplo, en las hortalizas de hoja. El abono de cabra, en cambio, actúa de manera más ardiente y, como cabe presumir a partir de la índole esencial de la cabra, más estimulante sobre el impulso de crecimiento en el eje raíz-tallo-flor.

La aportación de la oveja a la animación anímica del paisaje se hace perceptible cuando el pastor recorre en otoño con su rebaño la geomarca de la finca y, más allá de ella, la campiña cultivada circundante: el pastor adelante, avanzando a paso firme con su cayado, el rebaño agolpado siguiéndole; o él de pie en medio del campo, las ovejas buscando alimento a su alrededor. Esta escena despierta un estado de profunda paz que se extiende sobre el paisaje, una imagen de quietud y movimiento perfectos a la vez. Un rebaño de ovejas que recorre así los campos, de demarcación en demarcación, cuyo cada movimiento vital se resume en la conciencia del pastor y desde ella es conducido, teje relaciones que unen los organismos agrícolas individuales en la unidad superior del paisaje cultural. Frente a las ovejas, las cabras son menos animales de rebaño. Tienen más «carácter propio». Se crían en medida limitada para la producción de leche y carne y prestan, en parte como sustituto del bovino, en el canon de todos los animales domésticos, valiosos servicios en la configuración del cuerpo sensible del organismo agrícola.

La vaca

Origen y mito

Según la opinión predominante, el bovino (Bos taurus) desciende del uro o bisonte europeo primitivo (Bos primigenius).[143] «La moderna investigación zoológica de los animales domésticos considera hoy con certeza un solo bóvido salvaje, el uro o bisonte europeo primitivo, como la única forma ancestral de los bovinos domésticos.»[144]

Se parte del supuesto de que las razas bovinas europeas proceden del «creciente fértil», Asia central-anterior. Los hallazgos óseos más antiguos se remontan al octavo milenio a.C., a los comienzos

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de la cultura persa primigenia. Las razas bovinas más tempranas, así como todas las posteriores, presentan una constitución corporal más pequeña que la supuesta forma salvaje del uro y muestran desde el principio una alta variabilidad en la forma de su apariencia externa. Precisamente en el ejemplo de los animales de pastoreo —el bovino, la oveja y la cabra, los animales domésticos más antiguos después del perro— puede hacerse patente cómo la derivación a partir de sus formas salvajes permanece en la oscuridad. Si se dirige la mirada a los mitos de los pueblos, por ejemplo al sacrificio de Abel en el Antiguo Testamento —él era un pastor—, son ante todo la oveja y el bovino quienes se hallan en el centro de los actos religiosos de sacrificio. «Documentos histórico-culturales muestran que los bovinos en Mesopotamia, Egipto, Persia e India sirvieron en un principio únicamente con fines de culto.»[145] En el mito del antiguo Egipto se veneraba en el bovino, como imagen primordial, a la diosa celeste Hathor, representada como vaca que, encuadrada entre los cuernos, porta el disco solar. En la India actual, la vaca es considerada sagrada entre los hinduistas como en los tiempos primigenios. ¿No apunta esto más bien a que la vivencia espiritual-real de la esencia del bovino, de aquello que en lo suprasensible es el alma de grupo,[146] fue el padrino de su conversión en animal doméstico?

Posición en el organismo agrícola

En lo que respecta a la configuración del organismo agrícola como una totalidad cerrada en sí misma, el bovino, o el organismo de manada formado en unidad superior, es la «reina y el rey» entre todos los animales domésticos. Sin duda, cada uno de ellos, como se ha indicado en los capítulos precedentes, aporta su contribución conforme a lo anímico que se ha hundido en su formación corporal. Pero al ser esencial de la vaca le es propia una potencia universal. Por esta razón no puede prescindirse, en rigor, de la ganadería bovina. Su significado esencial reside sólo en segundo término en aquello que produce en alimentos y demás materias primas. Esa es la cara exterior. Esta representa la serie de frutos del campo que forman un pilar fundamental de la creación de valor primario en la vida económica. La aportación primaria reside en la cara interior: es la capacidad particular de poner en relación entre sí las funciones fisiológicas o, más aún, los miembros constitutivos del organismo agrícola, y de este modo conservar a éste como totalidad sano y capaz de desarrollo. La vaca —pensada siempre como miembro del organismo de manada vinculado a la granja— establece la medida plena de sabiduría

en su configuración corporal y en el juego concertado de sus sistemas de órganos, plasmándolo así, desde el lado de la naturaleza, como la medida, la economía interior del conjunto de la granja.

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De un verdadero organismo de manada sólo puede hablarse cuando la manada se renueva a sí misma a lo largo de generaciones mediante su propia cría y se ha vinculado a las condiciones del lugar hasta la base forrajera propia de la granja. Los toros de cubrición gozan de un estatuto especial: son sustituidos a intervalos regulares por padres procedentes de explotaciones de cría de la misma índole, a fin de refrescar la sangre de la manada. El organismo de manada está por encima de la suma de los animales individuales. Ello se expresa, entre otras cosas, en la simultaneidad de los comportamientos de ritmo diario de los animales. Por la mañana siguen a la vaca líder al pastizal en un orden cuasi jerárquico. Allí se distribuyen, pero no se dispersan sin concierto; pastan avanzando en una misma dirección, consumen forraje durante siete a ocho horas diarias, con interrupciones de fases comunes de rumia que ocupan asimismo unas ocho horas al día. También la ida al abrevadero, los períodos de descanso y la entrega de leche obedecen a un ritmo severo que gobierna al conjunto de la manada. Todas las medidas de estabulación, alimentación, cuidado y cría deberían estar al servicio del fortalecimiento de este acontecer rítmico de la manada. Cuanto más desarrollado esté éste, más sana la manada.

Los métodos que subyacen a la ganadería industrial hoy practicada en todo el mundo —la alimentación con ensilado y con concentrados fácilmente digeribles procedentes de todos los rincones del mundo, la estabulación permanente sobre suelos de rejilla de hormigón, la práctica del descorne y la selección orientada a la máxima producción, condensada en una vida útil drásticamente reducida, etc.— debilitan a las vacas. Significa la pérdida de la capacidad de conformar el propio cuerpo anímico[147] cerrado en sí mismo. Las vacas lecheras están agotadas ya en la juventud y, por regla general, son desechadas a los 4,5 años, es decir, tras dos lactaciones «forzadas».

El alcance de la ganadería bovina se rige por el tamaño de la granja, por su dotación natural en cuanto a las condiciones climáticas y edáficas y con ello por la necesidad de abonado, así como, en distintos grados, por la intensidad del aprovechamiento. Lo decisivo aquí es la base forrajera propia de la granja, que comprende los espacios de pradera y pastizal disponibles, así como el cultivo de forrajes en tierras de labor. El alcance de este último se desprende de la configuración de la rotación de cultivos en el cultivo de la tierra.

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Manifestación esencial y conocimiento esencial

Como rumiante del grado de desarrollo más alto, la vaca es un ser tan metabólicamente activo como rítmico. En cambio, su actividad neurosensorial —a excepción de las altamente diferenciadas prestaciones olfativas y gustativas— retrocede comparativamente frente al entorno. Sus prestaciones sensoriales están al servicio, ante todo, de su interioridad, de su actividad digestiva. Su ser inteligente se manifiesta hacia fuera de modo más bien flemático, soñoliento-sordo; hacia adentro, en cambio, en una intensa vida instintiva plena de sabiduría. Se experimenta a sí misma, profundamente introvertida, en una especie de visión interior.

Quien busca acercarse cognoscitivamente al ser del bovino debe dirigir la atención hacia su actividad principal: hacia los pasos procesuales en la interacción entre interior y exterior durante la ingesta del alimento, pasando por la elaboración de las masas forrajeras en la digestión, hasta los productos de excreción del estiércol y el purín.

Si uno sigue lo que resulta de los hechos científico-naturales aislados en torno al proceso digestivo, tropieza rápidamente con límites del conocimiento. Por lo general no se los advierte, porque no se presta suficiente atención al umbral de lo sensorialmente inobservable y, en consecuencia, no se le da el peso que merece. Uno se desliza inadvertidamente hacia representaciones abstractas, carentes de cualidad. Pero cuando se toma conciencia de ese límite del conocimiento —que se abre entre lo perceptible objetivamente y lo procesual del acontecer sustancial, por ejemplo en el tránsito de afuera hacia adentro a través de las paredes intestinales—, recién entonces se aprende a apreciar y valorar verdaderamente el alcance y la envergadura de los resultados de la investigación espiritual de Rudolf Steiner. Incorporando estos resultados de investigación, el conocimiento que se apoya en los sentidos externos se convierte en un proceso cognoscitivo que se amplía continuamente. Iluminan el agente eficaz, lo que actúa de manera esencial, que produce las manifestaciones en sus formas y colores. Los resultados de la investigación espiritual añaden al lado externo del mundo fenoménico el lado interior, esencialmente creador.

La digestión bucal

Ya en la ingesta del alimento —diariamente alrededor de un octavo del peso corporal; eso equivale a 60 o 70 kg de sustancia fresca— domina el sistema metabólico-motor la región cefálica. La cabeza se sumerge, palpando con el morro, profundamente en la masa forrajera; a modo de extremidad, la larga

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lengua larga, en forma de extremidad, agarra un manojo de pasto, hierbas o heno, lo introduce en el hocico y, en el caso de la hierba fresca, lo corta ejerciendo presión de la mandíbula inferior contra el borde de la placa desdentada del maxilar superior. Entre bocado y bocado, la lengua se desliza complacientemente sobre el morro y paladea las secreciones glandulares del mismo. Es probable que el bovino realice con ello una suerte de primer análisis de la calidad del forraje ingerido, probablemente también en función del tipo y la cantidad de salivación. En el morro, el labio superior está fusionado con las cavidades nasales. Con ello quedan estrechamente vinculados entre sí la ingestión del alimento y la respiración, así como el sentido del tacto, el del gusto y el del olfato.

Durante el breve tiempo que permanece el forraje en la alargada cavidad bucal, es de nuevo la lengua la que, en los pocos actos de masticación, mueve rítmicamente el alimento entre las filas de molares de uno a otro lado. Con ello se inicia un primer paso digestivo mediante trituración y salivación. Un número de glándulas de distintos tamaños secreta saliva —hasta 180 litros diarios con alimentación de heno— y procura la descomposición enzimática del almidón en azúcar.

La digestión ruminal y la rumia

La digestión bucal experimenta una potente elevación en el acto de la rumia. Este se desarrolla en sentido inverso a la ingestión del alimento. Lo que el bovino ha comido, saboreado y deglutido lo recupera por porciones desde una zona digestiva más profunda, los preestómagos, vuelve a masticarlo y saborearlo —y recién ahora a fondo. Según el tipo de forraje, si es verde fresco o roughage, realiza entre 30 y 80 golpes de rumia por porción.

Previo a este proceso tiene lugar un notable cambio. Poco triturado, manojo a manojo pasa de la cavidad bucal de la región cefálica a través del esófago y el diafragma que separa ambas zonas hacia la región abdominal, hacia los tres preestómagos carentes de glándulas: primero hacia la «redecilla» (*Reticulum*; denominada también retículo o estómago centrifugador), desde allí segundo hacia el rumen y tercero hacia el omaso u hoja del libro (*Omasum*). Si no se ha decidido ya antes en el rumen, es en el omaso donde se decide definitivamente si la papilla forrajera pasa a continuar la digestión en el cuajar o estómago glandular, o si —exprimida— emprende de nuevo el camino de regreso hacia la cavidad bucal para la rumia. La tarea singular de los preestómagos —y en especial la del rumen— es la descomposición microbiana del alimento vegetal rico en fibra bruta. El rumen, con su enorme capacidad de unos 150 litros, se extiende desde el diafragma hacia atrás hasta la cavidad pélvica.

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Junto con el retículo y el omaso, ocupa toda la mitad izquierda de la cavidad abdominal. En el gran espacio de fermentación del rumen se desarrollan intensos procesos fermentativos en las masas de forraje, mantenidas en continuo movimiento. Por caóticos que estos resulten, están bajo la estricta dirección del cuerpo astral del bovino. En estas conmociones que se cumplen rítmicamente, bacterias y ciliados —que pertenecen a los protozoos— descomponen los componentes más fácilmente degradables de la papilla forrajera; en parte ya aquí —son sobre todo ácidos grasos ricos en energía— pasan, en su tránsito a través de la metabolicamente activa mucosa del rumen, al torrente sanguíneo.[148] En cuanto el rumen está lleno —visible desde el exterior por la protuberancia del flanco izquierdo—, es decir, en cuanto sobreviene la saciedad, la vaca, o toda la manada, suele echarse y, al cabo de un tiempo, comienza a rumiar. El contenido del rumen se estratifica en tres capas: una inferior líquida, sobre ella una capa media de material todavía más grueso, y una capa superior de gases de fermentación. De la capa media del rumen y del material exprimido del omaso, el bovino traga ahora porción a porción hacia la boca, y por el mismo camino desprende los gases de fermentación. Estos ascienden con la corriente espiratoria hasta los senos frontales, sí, hasta la cavidad del núcleo del cuerno. Aquí se abre ante el bovino un amplio cuadro de percepción y de análisis cualitativo en relación con lo que hasta este momento del proceso digestivo se le ha revelado en términos de sustancias y fuerzas.

El rumiar, una percepción y escrutinio de sustancias y fuerzas

En la actividad del rumiar —ocho a nueve horas diarias— el modo de expresión esencial de la vaca se transforma radicalmente. Su actividad metabólica y locomotora llega en gran medida al reposo. Toda actividad interna y externa se desplaza hacia el polo cefálico. No solo la musculatura de las mejillas está en poderosa actividad rítmica, moliendo el bolo forrajero rico en fibra —dosificado en unos cien gramos— que ha sido deglutido hacia la boca, sino también la lengua y las glándulas salivales. En marcado contraste con esto se comportan los sentidos. En la concentración sobre el acto del rumiar, llegan en cierta manera al reposo, a la «recogimiento». Ahora es cuando la vaca, por primera vez en verdad, recorre con el pensar lo que ha absorbido desde el exterior, de este campo, de aquel prado o pastizal, en forma de sustancia viva y estructurada. Es cierto, lo ha hecho en el

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En el deambular paciente del pastoreo ya las había palpado, saboreado y olisqueado. Pero ahora, en el nuevo saboreo de la corriente de forraje ya predigerido, lo percibido se fusiona con todo su ser anímico. Lo que antes no era más que masa vegetal viva y estructurada, se eleva ahora, en el rumiar perceptivo, a sensación anímica. La vaca despierta en esta actividad a su conciencia, que soñando está toda entera sumergida en los procesos del cuerpo. Es la fuerza perceptiva del cuerpo anímico la que desde ahora impregna de alma el posterior acontecer digestivo hasta el producto final del estiércol y el purín. Lo que Rudolf Steiner denomina el «análisis cósmico-cualitativo»[149] que el animal realiza en la digestión, vale en el más alto grado para el bovino. En el rumiar toma comienzo este análisis. Esto se hace visible en los ojos; la mirada se transforma durante el rumiar. Mientras que en otras ocasiones uno mira dentro de los grandes ojos como en el azul de un pozo profundo, ahora, con la cabeza levemente alzada, ojos y rostro adquieren una expresión de concentración tensa. Da la impresión de que la vaca «meditara» todo aquello que en esta primera fase de la digestión ha interiorizado en forma de percepciones. Una mirada tan intensa, vuelta hacia adentro, difícilmente se encuentra en ningún otro lugar del reino animal. Es como si en la expresión de los ojos se reflejara el llegar-a-la-conciencia de las fuerzas formativas que quedan libres al desmenuzar los esqueletos de carbono y las estructuras proteicas de las masas vegetales. En el acto del rumiar, la vaca está enteramente consigo misma, cerca de una autopercepción que no puede tener, porque no tiene un Yo encarnado. Por la proximidad de su cuerpo anímico altamente concentrado a su yoidad —que se vive manifestándose como su «alma de grupo»[150] y se expresa como reflejo en el organismo del rebaño—, está habilitada en grado especial para elaborar interiormente la poderosa y ondulante masa de fuerzas formativas. En un primer paso, realiza el mencionado «análisis cósmico-cualitativo» en la descomposición del alimento vegetal, culminando en el acto del rumiar. Analiza en una oscuridad anímica las fuerzas formativas que desde el cosmos, en la luz del sol, han construido la forma vegetal, que se han cuajado en las formas individuales de esta y que al mismo tiempo se han convertido en portadoras del acontecer sustancial viviente en las plantas.

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La digestión en el intestino delgado y grueso

Al disolverse las formas vegetales en el tracto digestivo, las fuerzas formativas van quedando libres, paulatinamente, de su ligadura a la materia. Este es el resultado de un proceso de descomposición escalonada que se realiza en tres fases: una fase mecánica hasta microbiana, desde la masticación hasta la actividad del rumen y del omaso; una eminentemente enzimática, aunque también bacteriana, desde el abomaso a través del yeyuno (*Jejunum*) hasta el íleon (*Ileum*); y desde allí, una puramente microbiana, desde el ciego (*Caecum*) a través del colon (*Colon*) hasta el recto (*Rectum*). Mientras que en los preestómagos el proceso dominante es la digestión de la celulosa y, paralelamente, tiene lugar un metabolismo proteico de reconstrucción y edificación mediante la extraordinariamente activa actividad microbiana, en el abomaso (*Abomasum*) comienza, en medio ácido provocado por los jugos gástricos, la degradación de las proteínas. Esta continúa —incluyendo las masas de microbios muertos procedentes de los preestómagos— por vía enzimática y bacteriana a través de los tramos del intestino delgado (*Intestinum tenue*): primero mediante las secreciones del páncreas (*Pancreas*), que, al igual que la bilis emulsificadora de las grasas, desembocan en el duodeno (*Duodenum*); luego a través del yeyuno (*Jejunum*), recubierto de innumerables glándulas y vellosidades, y del breve íleon (*Ileum*). Este último forma una esclusa entre el yeyuno y el intestino grueso. Impide el reflujo desde el contenido bacteriano del colon y del recto hacia el yeyuno, de escasa presencia bacteriana.[151] En conjunto, el intestino delgado alcanza en la vaca adulta una longitud de hasta 48 metros. Cuelga, con sus abundantes circunvoluciones, del mesenterio (*Mesenterium*) —una doble lámina serosa de abundantes pliegues. El mesenterio y el intestino delgado circundan a modo de guirnalda la espiral que se enrolla y desenrolla del colon, el cual, unido y desembocando en el íleon y el ciego, forma el tercer tramo.[152] Lo que de la masa de forraje rica en fibra bruta ha pasado sin digerir por el rumen y el yeyuno, queda sometido ahora nuevamente a una intensa descomposición microbiana. Un residuo nada despreciable de fibra bruta sin digerir, atravesado por una masa microbiana que sigue activa, aparece finalmente como boñiga de vaca. La pregunta es si este residuo material, vivificado microbianamente, constituye por sí solo el valor fertilizante del estiércol vacuno.

El acontecer sustancial y procesual en el tracto digestivo pertenece, aunque esté bajo la dirección del ser del animal, de principio a fin a la

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Außenwelt an. Su tarea es superar la ajenidad del alimento. Esto ocurre mediante la descomposición completa, y de tal modo que la forma impresa, la configuración sustancial y de fuerzas del alimento —sea de gramíneas, hierbas o leguminosas— pierde enteramente su carácter de ser propio.

La frontera entre el mundo exterior y el mundo interior

La frontera entre el mundo exterior del tracto digestivo —trasladado al cuerpo del animal— y el poderoso mundo interior del ser propio la forman las paredes mucosas del rumen, el estómago glandular, el intestino delgado y, en tono decreciente, del colon y del recto. Estas membranas fronterizas son órganos que, comparados con la piel exterior del cuerpo, presentan una estructura invertida: las mucosas, poderosamente desarrolladas, están orientadas hacia fuera, hacia la corriente de forraje; son metabólicamente activas en el más alto grado en cuanto a la descomposición del alimento y a la absorción de las sustancias despojadas de su ajenidad. El lado de la pared intestinal orientado hacia el interior del cuerpo —la serosa— está inervado. Pertenece al peritoneo (*Peritoneum*), que reviste la cavidad abdominal a modo de un «cielo interior», representando así el polo sensorial-nervioso o perceptivo de las paredes intestinales. Entre ambos se articula, formando la zona media, una capa muscular circular que provee rítmicamente, entre otras funciones, los movimientos peristálticos. Es el alma propia del bovino la que actúa en los tres miembros de las membranas digestivas, percibe a la vez el acontecer y lo hace resonar en consonancia con el conjunto de las funciones corporales.

Así irradia desde el tracto digestivo hacia el espacio interior corporal una corriente de sustancia eterizada y animada: una corriente de fuerzas etéricas formativas liberadas de su vinculación en las formas vegetales; así como radiaciones de fuerzas sensitivas —es decir, anímicas—, que el bovino ha activado en sí mismo mediante su actividad sensorial, especialmente durante la rumia. Las primeras son absorbidas por la sangre y quedan a disposición de la construcción de sustancia propia del cuerpo, del crecimiento y de la reproducción. Las últimas irradian hacia el organismo en estrecha relación con la sangre. La sangre venosa, que retorna desde la gran circulación corporal, se carga con las sustancias y fuerzas cernidas en las paredes intestinales. Alcanza a través del hígado la pequeña circulación sanguínea del corazón y los pulmones, y allí se vivifica convirtiéndose en sangre arterial. Desde el corazón desemboca en la gran circulación sanguínea, derivándose una parte hacia adelante en el tronco de las arterias cefálicas, una de las cuales hasta

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en los conos óseos y sus membranas periósticas (periostio), así como en las pieles internas de ambos cuernos. La intensidad de la irrigación sanguínea de los conos óseos que crecen desde el hueso frontal se manifiesta claramente en el caso de una fractura de cuerno: la sangre brota como de un manantial, de manera casi incontenible.

La significación de los cuernos y las pezuñas

En los cuernos y las pezuñas, la sangre —y la radiación etérico-astral vinculada a ella— choca contra una pared impenetrable incluso para esa radiación: la envoltura córnea exterior. Es la piel exterior endurecida hasta convertirse en cuerno, la «forma» pura, el polo de muerte frente al polo de vida de la corriente de sustancia que pulsa desde las profundidades del cuerpo. Aquí, en este punto de estancamiento o de muerte, la sangre y la radiación son rechazadas hacia el interior del organismo.[153] En los cuernos y las pezuñas, el organismo del rumiante se cierra completamente frente a las influencias que irradian desde el cosmos y la tierra. El bovino es remitido a sí mismo; no en el sentido de una conciencia intensificada en la cabeza, sino de una fuerza formativa elevada en lo viviente del polo metabólico.

El curso del análisis cósmico-cualitativo se desarrolla en pasos procesuales en los que la función del sistema neurosensorial, en relación con la del sistema metabólico, se polariza de doble manera: la actividad perceptiva de la rumia y la del cernido a través de las paredes del rumen y del intestino delgado está en relación polar con la secuencia de los pasos digestivos, que comienzan en la boca con la insalivación y la masticación, continúan en los preestómagos con la digestión microbiana, alcanzan un punto culminante en la digestión gástrica e intestinal y concluyen en el intestino grueso. Aquí las composiciones de sustancias del alimento son descompuestas hasta tal punto que pierden su carácter propio. Van siendo llevadas paulatinamente a un estado físico-mineral, inorgánico, que desde el lado de la sustancia abre un campo extenso para el análisis cósmico-cualitativo. A este acontecer de aniquilación se contrapone polarlmente la corriente vital de la sangre, que transfiere estas sustancias llevadas al estado de lo inorgánico a los procesos constructivos propios del cuerpo y las conduce hasta los límites periféricos de los cuernos y las pezuñas.

La rumia es un proceso sensorial que se vuelve sordamente consciente a través del cerebro y se refleja en la expresión facial concentrada.

La vaca percibe la granja a través del alimento. En el proceso de trituración, se le hace consciente el carácter de composición sustancial y de fuerzas de ese alimento, así como su procedencia del término de la finca. Estas funciones sensoriales prosiguen hacia atrás en el rumen y el intestino, donde se hunden gradualmente en la inconsciencia.

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Lo que en cambio ocurre en cuernos y pezuñas es un percibir intensificado orientado hacia el fortalecimiento interior de la vida instintiva. La percepción desvela lo que la sangre porta desde la región digestiva hacia adelante, hacia la periferia del cuerpo, en cuanto vivacidad atravesada de alma. En el embate contra la envoltura córnea muerta no se enciende una conciencia ligada al cerebro, sino una fuerza espiritual que actúa en el subconsciente y se irradia de vuelta al organismo. Una comprensión de la naturaleza de esta fuerza puede alcanzarse si se dirige comparativamente la mirada hacia la fuerza del pensar que opera suprasensiblemente en el ser humano, cuyo producto son los pensamientos que luego, como sombra de su entidad espiritual, llegan a ser conscientes en el polo cefálico a través del cerebro. En el bovino, esta fuerza no se eleva hasta una autoconciencia sustentada por pensamientos. Permanece ligada al metabolismo como una fuerza que tiene el poder de actuar, de manera amortiguadora y ordenadora, abriendo potenciales de eficacia viviente, sobre las fuerzas etéricas formativas liberadas de la digestión. Estos potenciales son comparables a un mundo imaginativo de imágenes que un artista, por ejemplo, despierta en sí al crear su obra de arte. Lo que la vaca posee por disposición, el ser humano puede desarrollarlo mediante la autodisciplina a través del pensar libre del cuerpo. Por medio de éste aprende, en plena conciencia, a conocer en imágenes verídicas el mundo de fuerzas que impera y actúa en él y en torno a él. Es el paso hacia la Imaginación, el primero que va del conocimiento sensorial al conocimiento del espíritu.[154]

Análisis cósmico-cualitativo y disposición del Yo

De la visión de conjunto de la esencia del bovino resulta la imagen siguiente: si el comienzo del análisis cósmico-cualitativo lo señala la rumia, su culminación la señalan los procesos que tienen lugar en cuernos y pezuñas. Esta culminación consiste en el reflujo de la sangre y en el rechazo de las irradiaciones vinculadas a la sangre, de vuelta al organismo, desde las envolturas córneas que han muerto en la pura forma. Las irradiaciones de retorno contienen la suma de todo aquello que el cuerpo anímico del bovino se ha apropiado del acontecer digestivo

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en el seno de poderosas sensaciones vivificantes. El alimento del bovino son las plantas, preferentemente tallos y hojas. Son formaciones surgidas de las irradiaciones del cosmos hacia lo terrestre de lo material. Cuando comemos plantas, comemos el cosmos. El bovino, con su altamente desarrollada vida instintiva, analiza la parte cósmica de la formación física de la planta. El órgano que elabora el resultado de este análisis, de la irradiación de retorno, no es el cerebro que hace consciente. Hay que pensar, más bien, en que es, de manera antipódica, el sensible peritoneo que tapiza toda la cavidad abdominal y, en especial, el *Mesenterium*. Este se concentra en doble lóbulo, sobre todo en el mesenterio que sostiene el intestino delgado. Lo que allí se revela al bovino en una consciencia soñadora y dormida ya no es la forma, sino lo sustancial-vivificante, el lado esencial de la sustancia. Su propio ser-Yo no encarnado, «el alma de grupo», entra, en las profundidades del metabolismo, en relación con el fundamento esencial primordial de lo material.

Las reflexiones anteriores sobre esta relación esencial pueden tender un puente hacia una comprensión inicial de lo que Rudolf Steiner llama, con la mirada puesta en el bovino, la «disposición del Yo».[155] ¿No es acaso ésta la que incorpora en sí el resultado del «análisis cósmico-cualitativo» y así se imprime como fuente fertilizante de fuerzas en el estiércol de vaca? Entendido así, el estiércol de vaca lleva fuera «un elemento etérico-astral que legítimamente habita en el vientre del animal»[156] y con ello fecunda los suelos del término de la granja. Es la «disposición del Yo» — con la irradiación etérico-astral de retorno incorporada en ella, desde la periferia más extrema del bovino hacia el curso de la sustancia digestiva — la que confiere al estiércol de vaca su fuerza fertilizante vivificadora y configuradora de manera sostenida. El estiércol «tiene la fuerza de vencer lo inorgánico de lo terroso».[157]

Rendimientos excedentes

Lo que el bovino — y esto vale, con las variantes del caso, para todos los rumiantes entre los animales domésticos — absorbe en sustancias y fuerzas formativas de las masas de su alimento vegetal, lo necesita en mínima parte para sí mismo, para el despliegue de su consciencia, para su actividad locomotora, el mantenimiento de la vida y la reproducción. Queda un gran excedente que no necesita para

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para sí, porque carece de un Yo que quiera vivirse a sí mismo. El ser humano tiene un Yo y reclama su alimento para lo que necesita en el vivirse de su autoconciencia. El bovino entrega su fuerza excedente a los rendimientos vitales elevados, como la reproducción, el crecimiento, es decir, la generación de leche y carne, así como, en conexión con la «disposición del Yo», el estiércol y el purín, y a través de éstos, como abono vivificador y animador, a la tierra. La medida según la cual estas fuerzas excedentes se distribuyen, de un lado, hacia la generación y formación de valor de los alimentos y, de otro, hacia la formación de valor del abono, la determina en primer lugar de modo natural el cuerpo sensible del bovino. Cuando esta medida está en equilibrio, surgen la salud, la longevidad y una alta calidad del abono. El ser humano actual ha logrado desplazar por la fuerza esta medida plena de sabiduría en favor de un rendimiento cuantitativo máximo. De ello padece la salud de los animales, lo mismo que la calidad alimentaria y el valor del abono. En la ganadería industrial ya no se plantea la pregunta por la calidad del abono en el sentido de la perdurabilidad de su acción vivificadora y animadora. Lo que ocupa el primer plano es más bien la problemática de la eliminación del purín que se acumula en cantidades masivas. Al principio del organismo, en cambio, le es inmanente la medida justa.

La renuncia

El bovino es, como en diferentes grados todos los animales domésticos, un ser que renuncia. La vaca, en el grado más alto, renuncia a algo que le pertenece por naturaleza a su ser: precisamente a las fuerzas nutritivas y fertilizantes que entrega, en sentido literal, «desinteresadamente», al ser humano y a la tierra. Estas fuerzas vivifican, sanan y armonizan la fertilidad perdurable propia del lugar en los suelos. Fortalecen y sanan el nexo relacional entre suelo y planta. Se trata de un proceso que avanza en el tiempo y que tanto más se hace valer cuanto más exclusivamente proviene el abono del ganado de la propia granja, y del mismo modo el forraje con el que la manada de vacas lleva a cabo el análisis cósmico-cualitativo.

Manada bovina y organismo de la finca

Considerada desde la totalidad del cuerpo sensible del organismo de la finca, la manada bovina cumple en la corriente del tiempo una especie de función cardíaca pulsante. Extrae el forraje del entorno del término de la finca; devora cada año un

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Gran parte de lo que ha producido el cuerpo vital del organismo de la finca. Lo que en el curso del año proviene de prados, pastizales y cultivos forrajeros es el producto de la acción conjunta de la organización física y vital de la granja. Este producto, la riqueza en gramíneas y hierbas, no sirve a la alimentación humana, pero sí a la de los rumiantes y, a través de residuos vegetales así como de estiércol y purín, a la fertilidad de la tierra. El bovino devora y transforma masas vegetales ingentes como si las necesitara únicamente para sí. ¡Pero no es así en absoluto! Eleva lo que en esas masas ha cuajado como fuerza formativa animadora de carácter cósmico a la esfera de su cuerpo sensible, que analiza con sordos destellos de percepción; impregna con estas fuerzas de sensación las fuerzas etéricas formativas liberadas por la digestión, que colman todo el cuerpo, y genera finalmente un producto que restituye a la tierra como un valor añadido, ayudando así al suelo a una fertilidad perdurable de efecto continuado.

Este acontecer que se despliega en el ritmo del año y de los años es, como la sangre, solo en apariencia un circuito. Así como esta se refresca en el pulmón, se impregna en la periferia del cuerpo de impresiones que son percibidas en el corazón, y en el riñón se criba según sustancias aprovechables e inaprovechables, así también discurre en metamorfosis en el organismo agrícola el camino del crecimiento forrajero: este se renueva cada año bajo los influjos del cosmos y de la tierra, crece allá afuera en la periferia del término de la finca, es percibido y analizado por el conjunto del ganado bovino, cribado en la pared intestinal y transformado en abono, que conserva el rendimiento de lo que ha llegado a ser y lo conduce a un nuevo devenir. No se trata de una repetición de lo mismo, sino de un proceso de desarrollo progresivo.

Así se cumple por medio de la actividad del bovino, considerada desde el lado de la naturaleza, en el grado más alto la ley del «dar y tomar» que impera en toda la naturaleza, y al mismo tiempo la manada bovina en su conjunto, como ningún otro de los animales domésticos, vela por la máxima posible clausura del organismo de la finca. Es la prestación singular del bovino que, de manera natural, se cierran en primer lugar el centro y la periferia de la granja en una totalidad superior. «El estiércol hace más milagros que los santos.»[158]

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El ser humano y la organización del Yo del organismo agrícola

La organización física, vital y anímica esbozada de una explotación agrícola está dada macrocosmicamente a través de la interacción propia del lugar entre los reinos de la naturaleza en el campo de tensión polar de Tierra y Cosmos. La tarea del ser humano es elevar esta donación, conforme a los principios que subyacen a su forma corporal y esencial microcosmics, hacia una unidad superior. Novalis condensa este hecho en las palabras: «La humanidad está en una misión; hemos sido llamados a la formación de la Tierra.»[159] El cumplimiento de esta misión es la tarea que se ha fijado la agricultura biodinámica, como ampliación de la cultura agraria cristiano-occidental mediante la ciencia espiritual antroposófica. El punto de partida de este esfuerzo es el mencionado Curso para agricultores de Rudolf Steiner del año 1924.[160] La agricultura biodinámica aspira a un desarrollo ulterior de la práctica local todavía probada en aquella época, ante todo mediante la configuración de la explotación en un todo orgánico y, más allá de ello, entre otras cosas mediante medidas específicas de abonado para el fomento de la fertilidad del suelo y de la capacidad nutritiva de los productos. Una meta adicional de aspiración es la formación de comunidades de granja que se dan a sí mismas su orden social desde las condiciones de vida y trabajo de la agricultura misma y que, irradiando hacia afuera, implantan impulsos de configuración social en el entorno de la sociedad.

La investigación espiritual como mediadora entre ser y apariencia

Fundadores de cultura en el sentido futuro son las ideas y su realización en un trabajo autodeterminado. De ello surge una relación libre del ser humano consigo mismo y con el mundo. En la agricultura el ser humano encuentra en el trabajo cotidiano las manifestaciones de la naturaleza y del cielo, la infinitud del universo. Para la percepción sensorial esta se presenta como una suma finita de hechos particulares, que solo en el nivel de la manifestación físico-sensible dejan reconocer una coherencia aprehensible en leyes naturales[161][162]

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dejar ver. Pero bajo este ángulo de visión reduccionista no se cumple el concepto del universo de la totalidad, de la integridad; no da razón de lo que da vida a la planta entre el cielo y la tierra, de lo que anima al animal y de lo que hace preguntar al ser humano por su origen en el espíritu. Estas, sin embargo, son las preguntas por el lado esencial de las cosas. Permanecen cerradas al mero conocimiento por los sentidos. Este no revela lo que está llegando a ser, sino lo que ya ha llegado a ser, lo que se presenta a los sentidos como forma, como la imagen refleja muerta del espíritu que crea viviente desde lo suprasensible.

La pregunta que sobresale por encima de todas, ante la que en el presente se ve colocado todo ser humano que aspira, no es únicamente la pregunta por la manifestación, es decir por el lado formal de las cosas, sino la pregunta por el agens que crea esta forma. La forma la percibimos con los sentidos, que están ligados al cuerpo; el ser, con órganos del alma que solo podemos desarrollar en el camino de la disciplina espiritual individual, en aquella parte del alma que se eleva libremente por encima de la atadura al cuerpo.[163] De la investigación espiritual antroposófica existen resultados de investigación que han sido ganados por el investigador espiritual mediante un conocimiento libre del cuerpo sobre la base de tales órganos superiores del alma desarrollados, y que pueden ser captados por la conciencia pensante de todo ser humano. La factualidad esencial de los resultados de la investigación espiritual antroposófica se abre a la conciencia ordinaria por un lado a través de la lógica —en el pensar imparcial de los resultados de la ciencia espiritual estos se apoyan mutuamente y se unen en imágenes-pensamiento de realidad espiritual— y por otro lado a través del acto de obra —se muestran fecundos en el hacer cotidiano. Ambos caminos de conocimiento, profundizados por un tercero, la disciplina espiritual personal, se complementan y ayudan al alma a alcanzar una certeza espiritual en el Yo acerca de lo que el investigador espiritual describe sobre el mundo esencial que crea, forma y configura. La investigación espiritual antroposófica abre a la razón humana una comprensión profundizada del concepto de la integridad. El ser humano aprende a comprenderse como microcosmos que contiene todo lo que macrocosmicamente llena el universo. En autoconocimiento y apoyado por los resultados de la investigación espiritual puede alcanzar la capacidad de descubrir su parentesco espiritual con las cosas y los seres de la tierra y del cosmos. La naturaleza no le aparece ya como una suma de hechos particulares que son manipulables arbitrariamente y que, en negación de su propio valor, son intercambiables entre sí, tal como caracterizan los métodos del industrialismo agrario.

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Aspectos sobre la problemática social

Al contrario de la tendencia dominante de hacer prescindible al ser humano actuante en la agricultura orientada industrialmente, el desarrollo y la conducción de un organismo agrícola biodinámico exige la fuerza de conciencia y la alegría en el trabajo de cada vez más personas. Con esta contracorriente, que comenzó en los años sesenta del siglo XX, la «cuestión social» ha hecho su entrada en la agricultura, más de cien años después del surgimiento del proletariado urbano en el siglo XIX. Hoy se ha convertido en una cuestión candente en las explotaciones biodinámicas. Como se expuso en el capítulo introductorio, el capital en el proceso de producción industrial genera división del trabajo. El extraordinariamente múltiple acontecer vital entre tierra y cosmos en la agricultura, y la manera en que el ser humano, trabajando, entra en una relación personal con él, articula la integridad en ámbitos de trabajo. La estricta división del trabajo desgarra los miembros del organismo agrícola en partes y los independiza. Para hacer frente a este gran peligro, hay que aspirar desde el principio, dentro de la propia explotación, a un orden social orientado hacia la cooperación integral de todos los miembros del organismo de la granja. Esta nueva forma social se configura en comunidades de responsabilidad o comunidades de granja. En forma germinal están dispuestas en todas las explotaciones biodinámicas. Toda empresa familiar campesina de antaño se ha desarrollado paulatinamente, en la articulación de las múltiples tareas, hacia una comunidad de responsabilidad ligada a la familia.

Frente a pasos más amplios hacia la formación de comunidades se levantan, de improviso, obstáculos cada vez más altos. En un sentido más exterior, un primer obstáculo es la comprabilidad y vendibilidad de los derechos. El derecho de propiedad sobre tierra y capital se ha convertido en una mercancía negociable, en un objeto económico que tiene un precio en el mercado inmobiliario y de capitales. No de otra manera ocurre con el comercio de los llamados «puntos ecológicos». Por su propia esencia, los derechos no pueden ser jamás una mercancía. En la vida social pertenecen a la esfera del derecho, no a la económica. No pueden ser multiplicados o reducidos arbitrariamente según la demanda, como las mercancías. Los derechos se manifiestan en acuerdos y contratos mediante los cuales se regulan los nexos relacionales de persona a persona. ¿Pero cómo puede el derecho volver a su propio derecho, es decir, volverse justo? ¿Quién es aquel que como propietario puede disponer de derechos, quién el que puede administrarlos de manera adecuada a la cosa y a su esencia?

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¿el Estado, una persona jurídica o la mano privada? Hablando con rigor, ninguno de todos ellos, en tanto que la tierra y el capital son llevados al mercado, en tanto que se los concibe como capitalizables y se los comercia como mercancía. Mirando hacia el futuro: ¿quién puede entonces ser propietario? De nuevo solo personas en instituciones y organizaciones que administran este derecho de manera fiduciaria conforme a la determinación espiritual de la meta, y que ponen a disposición el objeto de derecho para su uso a quienes están capacitados para ello.

En una primera aproximación a esta meta de futuro, el Estado ofrece la forma jurídica de la portación de bien común. Está concebida para servir al bien común y, en consecuencia, está limitada a finalidades definidas que excluyen el beneficio propio. La agricultura no cae bajo esta categoría; se le atribuye a priori que trabaja orientada al lucro, es decir, de manera interesada. Esto no corresponde a la agricultura biodinámica, que toma en serio la realización del principio del organismo y sirve con ello en alto grado al bien común. No es el beneficio propio del éxito económico, de la maximización del lucro, lo que aquí actúa como fuerza motriz, sino la obra cultural de «la formación de la Tierra». La producción de alimentos, cuando se orienta estrictamente según el principio del organismo, es siempre una producción orientada al bien común.

Muchas explotaciones biodinámicas de mayor envergadura se han unido en diversas partes con instituciones de bien común, por ejemplo, con las de socioterapia y pedagogía curativa, así como con las de investigación y formación. Esto permite transferir la tierra, de manera parcial o total, a la condición de bien común. Pero los obstáculos para ello siguen siendo muy altos, y una nueva ordenación legal relativa a un manejo orientado al bien común sería urgentemente necesaria. Dondequiera que personas se unan con vistas a la gestión biodinámica de una explotación agrícola, surge la pregunta cardinal acerca de la extracción (liberación) de la tierra y del capital de sus antiguas vinculaciones jurídicas.

Donde tal extracción logra realizarse entera o parcialmente, se forman comunidades de granja autoresponsables, comprometidas con el bien común. Establecer una nueva forma jurídica de neutralización de la propiedad sobre la tierra y el capital, y practicarla de manera ejercitante, es el objetivo de las llamadas comunidades agrícolas (CA). En su base subyace la idea de que todo ser humano tiene desde el nacimiento un derecho sobre un trozo de tierra, cuyo tamaño se mide por el número de personas que en un determinado territorio

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viven. Eso valdría, según Rudolf Steiner, «ideal-real».[164] Este derecho garantiza a cada persona, por un lado, la existencia físico-corporal, y por otro la obliga a asumir, en calidad de fiduciaria, la responsabilidad del cuidado de ese trozo de tierra. En el mundo del trabajo comercial y la división de tareas, el individuo no puede realizar su derecho por sí solo. Puede, sin embargo, unirse con otras personas y grupos de agricultores en una CA que, en el caso ideal, rescata una explotación agrícola de sus antiguas vinculaciones jurídicas, la inventaría según las necesidades del cultivo biológico-dinámico y encarga a los agricultores que realicen las obligaciones de uso derivadas de los derechos agrupados de todos los miembros. A este intento — transferir la propiedad privada libremente disponible sobre la tierra y el suelo a un puro derecho de uso, que deje igual margen libre a la iniciativa individual que a la voluntad de configuración social de muchos — le opone el ordenamiento jurídico vigente, sobre todo con el derecho fiscal, grandes resistencias. Atreverse a dar semejante paso exige confianza, disposición al riesgo, valentía y fuerza de iniciativa, así como un alto grado de sentido de realidad y sentido comunitario, virtudes que se despliegan cuando se les abre un tal campo de ejercicio. Intentos afines, para volver a colocar a las personas en una relación activa y responsable con la tierra, se abren en la agricultura solidaria, que en América del Norte se ha difundido bajo la denominación Community-Supported-Agriculture (CSA).[165] Sobre una CA en Inglaterra informa Tom Petherick.[166] En variadas modalidades se encuentran CAs y los esfuerzos de la agricultura solidaria en distintos países de Europa. En el caso de la agricultura solidaria se trata ante todo de la configuración social de la relación entre productores y consumidores.

En un caso, una comunidad de consumidores arrienda un trozo de tierra, busca un hortelano que, según todas las reglas del arte del cultivo hortícola biológico-dinámico, produzca todo lo que la comunidad necesita en verduras frescas y de almacén. Los costes de explotación y de subsistencia se presupuestan con un año de antelación y se prefinancian en cuotas acordadas. Al término del ejercicio económico se hace balance: si quedan excedentes, estos se trasladan al presupuesto del año siguiente; las pérdidas se reparten proporcionalmente

ausgeglichen. A cada miembro le queda libre la posibilidad de poner mano a la obra, y cada cual puede abastecerse según su necesidad de lo que, según la estación, está disponible en productos de la cosecha. No existe un precio por unidad de mercancía y, por tanto, tampoco caja.

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En el otro caso, una comunidad de consumidores coopera —en condiciones similares— con explotaciones agrícolas biodinámicas ya existentes. O bien se establecen acuerdos en el sentido del sistema de cajas por suscripción: la puesta a disposición semanal de una gama de productos de temporada, suscritos a precios fijos, procedentes por regla general de la producción y elaboración propias de la finca.

De este modo nacen en muchos lugares puentes que preferentemente en el terreno económico fundan un comportamiento social entre personas orientado a la percepción de las necesidades recíprocas, y que crea una conciencia asociativa para la construcción de mercados regionales, los cuales a su vez ayudan a la agricultura a poder liberarse de la sujeción impuesta por el industrialismo agrario globalizado.

Sobre la formación y la capacidad de actuación de las comunidades de granja

El mayor desafío en relación con una respuesta de futuro a la ardiente cuestión social en la agricultura lo representa la formación de comunidades de granja. Estas deberán convertirse en el futuro en la forma social que ocupe el lugar de los antiguos lazos familiares y de la comunidad campesina. Las comunidades de granja agrícolas son lugares de formación en los cuales cada uno recorre un camino de ejercicio hacia una mayor certeza espiritual,

  • para querer la colaboración desde la libre iniciativa individual. El éxito depende del «crédito espiritual» que la comunidad debe mostrarse digna de merecer en su lucha común.
  • para atender a tiempo a todos los aspectos de la práctica biodinámica en cada área parcial, partiendo de la comprensión de la totalidad esencial de la granja.
  • para hacer por sí mismo, en trabajo incondicional, lo que se ha reconocido como propio, superando el trabajo asalariado sujeto a instrucciones.

La comunidad de granja se da a sí misma su propio orden social. Este se forma a partir de la consonancia de los pensamientos, las sensaciones y los impulsos de voluntad de quienes participan. Su vivo seguir obrando necesita de la constante

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cultivo del alma. La comunidad de granja actuará con éxito y con visión de futuro cuando cada participante atienda y cultive su vida anímica con el mismo cuidado con que la comunidad cuida la suya en orden al objetivo que persiguen en común.

El querer en libertad, el camino hacia la comunidad de iniciativa

El pensar activo que aspira a la claridad del pensamiento y el sentir que se sumerge en las percepciones se ponen enteramente al servicio del querer (Figura 10, pág. 172). El pensar lo enciende y le señala la dirección; el sentir lo vivifica y le confiere profundidad y amplitud. Los seres humanos se reúnen en una comunidad de granja por motivaciones individuales. Es el impulso de querer cultivar junto con otros una granja biodinámica. Las motivaciones son unas veces todavía bastante indeterminadas —un impulso más o menos oscuro, subjetivo, entretejido con el destino—, otras ya más luminosas en el pensar, más orientadas por el encuentro consciente con la realidad dada. Cuando entonces se arriesga juntos el salto hacia lo incierto, es y sigue siendo en un principio una comunidad de motivaciones heterogéneas. Se comprueba cuán poco sustenta la motivación personal, cuán gustosamente busca la colaboración todavía el apoyo de los vínculos de amistad. Pero estos son, como la propia motivación, determinados por el pasado, y pronto se instalan las decepciones, los conflictos, las extrañezas. Entonces solo cabe ser agradecido cuando la estrechez obliga, cuando la necesidad impone la razón y el humor domina. Tales tiempos de coacción hacia lo esencial, hacia desafíos jamás sospechados, iluminan el querer que en la motivación empuja oscuramente. La comprensión común comienza a tomar las riendas donde hasta entonces fue la necesidad quien empujó. De lo que se trata es de cultivar esta comprensión. Ella se despliega individualmente y en comunidad en distintos planos: individualmente, la comprensión se ensancha mediante el ejercicio del pensar y del sentir en la vivencia del cambio rítmico de los fenómenos de la naturaleza en el espejo de las transformaciones de la relación entre la Tierra, el Sol, la Luna y las estrellas en el curso del año; se ensancha también en la contemplación intuitiva del mundo pétreo en reposo en las formas del paisaje, así como en las transformaciones de los procesos vitales en suelos, plantas y animales —y en su conjunto como miembros de una totalidad superior. El interés despierta, como recién nacido; lo que se cree saber se vuelve de nuevo pregunta; de la oscuridad de la motivación despierta una actitud investigadora; a la contemplación intuitiva se le abren de un modo nuevo contextos relacionales, un

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Se desarrolla una relación personal con las cosas y los seres de la naturaleza; se afianza la seguridad en el juicio y con ello la presencia de ánimo y la determinación para querer hacer libremente lo que el tiempo exige.

Este camino personal de conocimiento genera imágenes pensadas con tantas facetas como hay personas dispuestas a recorrerlo. El intelecto sin imágenes intenta aprisionar estas metódicamente en una fórmula general que borra el contenido de imagen y con ello el vínculo con el alma consciente que conoce. Lo que queda es el concepto, el reflejo muerto de la vivencia concreta, y el saber así constituido se separa —igual que un desierto sin vida— de la realidad plena de vida ante la cual uno se halla como ser viviente. Puede experimentar esta sensación aquel cuyo motivo es precisamente hacer justicia al ser de lo viviente en la gestión de una granja. Se tropieza entonces con la contradicción de que el pensar ordinario, atado a los sentidos, no llega al misterio de la vida. Pero son precisamente estas formas conceptuales muertas y abstractas que se forman en el mundo sensorial las que constituyen los presupuestos para ascender al conocimiento de la vida. Este pensar conceptual desarrolla y afila el autoconocimiento. En este autoconocimiento que se enciende vive el Yo que se conoce a sí mismo, el núcleo esencial del ser humano. Este vincula las imágenes reflejas del mundo formal sensible —en la actividad anímica del pensar y el sentir— con la fuerza espiritual que brota de la naturaleza esencial del Yo. Este camino, en el que el conocimiento de la naturaleza dirigido hacia afuera se une con el autoconocimiento dirigido hacia adentro en el Yo, le abre al ser humano por primera vez la posibilidad de la libre autodeterminación, y al conocimiento de la naturaleza sus primeros pasos tentativos para acercarse al ser de lo viviente. El pensar en la cadena causal lógica de conceptos abstractos se ensancha hacia imágenes pensadas móviles. Estas buscan en la contemplación intuitiva los contextos relacionales a través de los cuales los hechos conceptuales individuales se vuelven vivenciables. Se entra en un camino de autoformación en el pensar y el sentir que fecunda y vivifica el camino científico del conocimiento a través del arte.

Detrás de cada acto de percepción está el ser humano entero. Lo que percibe se imprime en su vida pensante portada por la sensación; es la revelación del espíritu en una imagen que el alma pinta en pensamientos. El pensamiento vive en esta imagen. La formación en el conocimiento consiste en sostener el concepto con la fuerza del autoconocimiento en el contexto de imagen desde el cual uno lo ha captado. Se trata de no dejar caer la imagen —como parte subjetivamente sentida en el acto de conocimiento— en el camino de la

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abstracción, sino que, al contrario, purificarlo y elevarlo, de modo que lo espiritual oculto que le es inherente pueda revelarse vivamente en el pensamiento. Goethe superó la separación sujeto-objeto en el modo de su observación de la naturaleza. Se acercó así tanto a la realidad de la verdad que ilumina toda su obra, que en el pensar vivificado por la contemplación intuitiva percibía el mismo espíritu actuante que en la naturaleza se ha encantado en el fenómeno.

Se requiere un esfuerzo interior para separar, de la suma de sentimientos, aquellos que, por simpatía desbordante o antipatía negadora, falsean el fenómeno. Es la conciencia de sí la que aquí elige, la que separa lo esencial del contenido de imagen que determina el concepto de lo inesencial. La conciencia de sí abraza pensamiento e imagen en una unidad tanto mayor cuanto más el alma cognoscente se vuelve hacia el fenómeno con reverencia, fidelidad y amor. Se forma un juicio en el que lo espiritual resuena en consonancia —lo espiritual que en la percepción impera oculto—, por ejemplo, el nexo vital que se va manifestando en metamorfosis de huevo – oruga – capullo – mariposa. Lo que en la apariencia sensible se oculta como principio espiritualmente activo, eso se revela a la conciencia pensante por medio de una ciencia que tiene al espíritu mismo como objeto de percepción. Los resultados de esta investigación espiritual se encuentran en forma de ideas. Cuando se los estudia, lo espiritual-sentido de las imágenes pensadas sensoriales se aclara hasta convertirse en pensamientos del espíritu, en ideas que confieren a la actividad del alma del querer fuerza moral de obrar. Ahora el pensar y el sentir pueden sumergirse en el querer y hacerse uno con él. Solo ahora, en tales instantes estelares, puede surgir una iniciativa verdaderamente libre. En un grupo de personas que trabajan juntas se enciende el fuego del entusiasmo y las conduce, en la confluencia del querer individual y libre, a la comunidad de iniciativa (Figura 10, pág. 172).

Solo cuando el pensar-desde-el-Yo y el sentir-desde-el-Yo se hacen uno con el querer en una consciente fortalecimiento interior, puede el alma espiritual del ser humano elevarse hasta el nivel de conocimiento de la Intuición, el lugar de origen de la acción verdaderamente libre. Pero qué lejos estamos aún de esta alta capacidad para el conocimiento suprasensible. Quien la busca, debe entregarse en libre autodeterminación al ejercicio del alma. ¿De qué modo puede practicarse tal ejercicio —por ejemplo, en el trabajo fuera, en el campo—? Se ha trabajado corporalmente con dureza durante todo el día, completamente sumergido en el querer. Luego, terminado el trabajo, se sale otra vez, animado por las impresiones

del día, en serena recogimiento del ánimo sobre el campo; de repente, tan sin aviso como un rayo, lo asalta la Intuición, la certeza inconfundible de lo que ha de hacerse mañana en el conjunto de la granja. Uno está en imagen, vive con presencia de espíritu desde el futuro hacia el presente. Hacer del trabajo mismo, en este sentido, un camino de formación interior hacia la capacidad intuitiva de decisión oportuna en el tiempo, convierte la comunidad de iniciativa —aunque sea solo en instantes estelares— en comunidad de Intuición. Se experimenta cómo ideal y realidad espiritual se aproximan mutuamente.

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El sentir en igualdad, el camino hacia el vivo sentimiento del derecho

En el sentir, el ser humano se experimenta soñadoramente cercano al espíritu (Figura 10, pág. 172). Hacia arriba, en dirección al pensar de conciencia despierta, el sentir se aclara, pero pierde la cercanía al espíritu. Hacia abajo, en dirección al querer, se llena más de espíritu, pero se pierde finalmente en la inconsciencia. En el sentir, el ser humano vive completamente orientado al presente en los estados de ánimo cambiantes del acontecer temporal y de las relaciones de persona a persona. De la misma manera no se puede sentir ni el pasado ni el futuro. Ambos deben primero hacerse presentes: el pasado, al ser recreado en pensamientos; el futuro, al ser pre-sentido. Cada granja tiene su biografía, cada comunidad aldeana la suya. Está depositada en los anales, que transmiten solo una imagen sombría de la vida, el sufrimiento y el quehacer de las generaciones pasadas. Esta biografía se ha inscrito también en el paisaje, en los campos, prados y bosques, en el ganado, etc., en la periferia atmosférica. A estas señales debe el agricultor dirigir su atención con capacidad de resonancia, debe adquirir en pensamientos una comprensión histórica que alcance lo más atrás posible, que dé alimento a su sentir. Solo mediante tal percepción consciente de lo pasado puede volver a aprender a transformar en reverencia, amor y fidelidad lo que así llegó a ser, elevándolo hacia el presente. Esto se refiere a todo aquello que hoy se nos plantea como tarea necesaria en el tiempo: la reanimación del organismo agrícola con todos los órganos que lo constituyen, así como la implantación consciente de la idea del desarrollo mediante el trabajo portado por ideas. El pensar hila el hilo rojo de los logros culturales del pasado hasta el presente y fortalece la fuerza del sentir para lo que aquí y ahora la naturaleza nos pregunta esperando respuesta.

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De la misma manera se debe aspirar a adquirir una conciencia histórica sobre los desarrollos y transformaciones del sentimiento del derecho en las comunidades aldeanas y, de otra índole, en las ciudades en ascenso, así como sobre cómo el sentir jurídico —usurpado por el pensamiento abstrayente— ha cuajado en la pretensión de propiedad personal, y cómo por este camino surgió el profundo abismo entre derecho y justicia. En el sentir del carácter funesto de este abismo puede despertar el pensar y crear instituciones en las cuales, pura­mente desde la relación de persona a persona, el sentir pueda convertirse en portador de vivo sentimiento del derecho entre iguales. Tal institución quiere ser una comunidad de granja agrícola.

El cultivo de un sentir vigoroso se refiere, por un lado, a la relación que buscamos con las cosas y los seres de la naturaleza, y, por otro, a todo lo que se da de persona a persona. Todo esto empuja hacia la forma expresiva de lo artístico. Si, por ejemplo, se retiene conscientemente el pensar y se deja reposar la mirada sobre un campo de cereal madurante, atravesado por el sol, el ojo busca tanteando algo que todavía no satisface la contemplación intuitiva; busca, por ejemplo, el azul del cielo de un aciano que reluce aquí o allá desde el fondo dorado de las espigas de cereal ondulantes. O uno se traslada al estado de ánimo de cuando, quién sabe de dónde, un petirrojo se nos une en íntima cercanía mientras trabaja­mos en el jardín. Y así es con todo lo que nos acompaña de manera esencial a lo largo del curso del año. Cuando se le presta atención con interés, surgen estados de ánimo que despiertan el sentido de la belleza. Cuanto más crece este, no dejará reposar al hombre hasta que lo haga aflorar también en todo el trabajo, en la convivencia social, en todas las celebraciones.

La autocomprensión moderna del hombre empuja hacia la pregunta de cómo el sentir se profundiza más allá de las preocupaciones personales, cómo puede —apoyado por un pensar referido a la realidad y un querer purificado— convertirse en órgano de percepción para el imperar de lo anímico-espiritual en la naturaleza y en los seres humanos. Ante la naturaleza esto puede ocurrir, por ejemplo, permaneciendo en una noche de invierno en el campo al aire libre, sobre uno el fulgurante resplandor luminoso del cielo sembrado de estrellas, alrededor la periferia aérea inmóvil en la helada crepitante, debajo, reposando en sí mismo, las cristalinas profundidades. En quietud de pensamiento se siente la infinita sublimidad de la polaridad ampliamente extendida; se siente las alturas y las profundidades en el corazón, como contraídas en un punto, calentando lo incomprensible. Si uno emprende lo mismo en una noche de pleno verano, el corazón se siente dilatado en el entorno. Uno se siente del aire y del calor

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entretejido en lo que, brotando de la tierra desde la consonancia de las alturas y las profundidades, llena la periferia de vida. De igual manera puede uno adentrarse en el acontecer primaveral, cuando las fuerzas de las alturas y las profundidades comienzan a compenetrarse, y la tierra exhala en aire y calor lo que en ella estaba espiritualmente oculto, haciéndolo aparecer; o adentrarse en el acontecer otoñal, cuando estas fuerzas comienzan a disolverse y la tierra, en el morir exterior, inhala la fruta espiritual del curso del año.

Este vivenciar de los fenómenos naturales dirigido hacia afuera se individualiza con la mirada puesta en el conjunto de la granja. Solo en la intimidad del sentir cobra vida el concepto de la individualidad del organismo agrícola. Cuando el sentir mismo se convierte en órgano de un vivenciar más profundo de la naturaleza, se va por un camino solitario, pero por tramo ya desbrozado. Lo que se siente está dado de antemano, ha tomado forma sensible. Distinto es esto en la relación de hombre a hombre. Allí falta el sentido predado de la legalidad natural. En el convivir humano, el sentir individual del uno se encuentra con el sentir individual del otro. En el mismo plano anímico esta relación está marcada por todas las facetas de la simpatía y la antipatía, de la afirmación y la negación, de lo bello o lo feo, etc. Con toda esa riqueza de facetas, hay que reconocer que esta o aquella manera de sentir es un hecho objetivo, y que con fuerza de pensar y de querer hay que ayudar al sentir a que, al encontrar su posición de equilibrio, despierte el sentimiento de la verdad. Es este sentir del corazón el que reconoce en el otro al igual, el que crea la confianza de hombre a hombre y con ello el suelo para el sentimiento del derecho. El pensar adecuado a la realidad ilumina el sentimiento del derecho de hombre a hombre y lo condensa en acuerdos y leyes. En el querer purificado enciende la iniciativa, el amor a la acción. En la confianza vive el consenso social; ella transforma la desigualdad contradictoria en el vivenciar anímico en conciencia de la dignidad de la igualdad ante el derecho. La confianza se apoya en lo pasado y mira sin reservas hacia lo futuro.

En la ley queda escrito el entendimiento confiado que en su momento tuvo vigencia. Amenaza con convertirse en rehén social cuando se perpetúa sin transformarse, cuando se «hereda como una enfermedad eterna».[167] Una vida jurídica verdadera, fundada en la eticidad, solo puede surgir cuando la confianza en un grupo de personas que trabajan juntas siempre

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Abbildung 10: Das Wirken der Seelentätigkeiten der Betriebsgemeinschaft in die drei Wesenglieder des landwirtschaftlichen Organismus.

nace de nuevo desde el espíritu. La confianza nutre y sostiene el sentimiento del derecho. Cuando se quiebra, no hay red de seguridad, no hay satisfacción por el fallo del juez; se experimentan entonces decepciones que alcanzan lo ilimitado; el suelo jurídico sentido de la confianza, sobre el que uno creía estar tan seguramente, se ha disuelto en pura nada.

Para el prosperidad de una comunidad de granja pertenece por eso el cultivo y el fortalecimiento nunca decaídos de la confianza y con ello del sentimiento del derecho hasta en las cosas más pequeñas de la vida cotidiana. Las amistades no constituyen habitualmente una base segura para una confianza perdurable en la colaboración. Tienen su origen en pasados del destino, es decir, en circunstancias que eran otras que las actuales. Adquieren capacidad portante duradera solo cuando se elevan hasta convertirse en amistades del espíritu. Estas se encuentran en el ideal y en la iniciativa de hacer de lo captado en el espíritu una acción incondicionada. Solo sobre esta doble base experiencial del pensar y del querer puede crecer la confianza. Desde su sustancia de espíritu se aprende a pressentir lo venidero.

En la práctica de la comunidad de granja, la formación de la confianza descansa en que cada participante vive en la conciencia de su ser enraizado en el espíritu y de lo que es el objetivo de aspiración individual y común. Para ganar claridad al respecto, ayuda el estudio de la ciencia espiritual antroposófica en el sentido más amplio, el cultivo del pensar contemplativo y su profundización mediante la meditación, así como el trato meditativo con el acervo de sentencias esotéricas de Rudolf Steiner.[168] Además, la confianza se funda en el consenso sobre las preguntas que conciernen al aporte de cada individuo: qué capacidades puede aportar el individuo, cómo y dónde se está dispuesto a asumir, desde la conciencia del conjunto de la granja, una responsabilidad parcial, cómo lanzarse de manera hábil para la vida y con presencia de espíritu en cualquier momento y en cualquier lugar de forma desinteresada en la brecha, y cómo se está inclinado a dejar imperar en toda actividad una disposición interior estético-artística. Para que tales preguntas lleguen a ser conscientes y estimulen la formación de capacidades, deben crearse instituciones a las que se hace referencia en las páginas 177 y ss. (cap. «Sobre el desarrollo espiritual y la conducción de una comunidad agrícola»).

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El pensar en fraternidad: el camino hacia una economía solidaria

Cuando uno se trabaja desde la esfera del libre querer, de la iniciativa individual, hacia abajo hasta aquella en que, desde la creación de la confianza, impera el sentimiento del derecho de ser un igual entre iguales, surge para la conciencia pensante un nuevo campo de experiencia (Figura 10, p. 172). En la conciencia cotidiana, el pensar se apoya en la apariencia dada sensiblemente. En lo social debe elevarse desde esta hacia un mundo de fenómenos que surgen solo en la convivencia social. Son expresión de lo que mueve a los seres humanos de manera espiritual-moral. Los modos de acción son el fenómeno, y el pensar debe ahora procurar investigar caminos de cómo puede conducirse la multiplicidad de estas formas de comportamiento, predominantemente guiadas por el instinto, de la naturaleza humana por los cauces adecuados. Aquí, en la esfera de la vida social, el pensar no refleja ya meramente lo sensible, sino que se halla ante el desafío de producir activamente algo que todavía no es o que apenas está surgiendo. El[169]

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debe convertirse, desde la vivencia de lo espiritual-moral de los seres humanos, en un pensar configurador, en uno que, en un conocimiento libre del cuerpo, llega a juicios conformes con el mundo espiritual-moral. A la orden natural le es inmanente la necesidad, la ley; para la orden social, el espíritu debe condensarse primero, en un pensar libre de lo sensible, hasta convertirse en ley moral en el conocimiento. En el pensar configurador, el futuro ilumina el presente; la propia acción se orienta hacia el futuro. Hacerse consciente de este hecho en la colaboración práctica es lo que libera por primera vez la mirada hacia el camino en el que, paso a paso, una comunidad de granja agrícola aprende a capacitarse para la acción y la autoconducción. Se convierte así en lugar de iniciación de un economizar orientado hacia la naturaleza (en el sentido de la configuración del organismo de la granja) y hacia el lado de la vida social; se convierte en punto de partida de un economizar solidario-asociativo que se inserta como miembro autónomo en el organismo social (Figura 10, p. 172). El economizar se articula en tres funciones: producción, distribución y consumo. El economizar interno a la explotación tiene como objetivo satisfacer las necesidades de la tierra, la fertilización del suelo. Esto sucede, por ejemplo, mediante la producción de los abonos propios de la granja, su distribución sobre los campos y su consumo por las plantas.

El economizar externo a la explotación, que se añade a la producción agrícola, tiene como objetivo satisfacer las necesidades de los seres humanos en cuanto a la alimentación. En ambos casos, las necesidades son de naturaleza volitiva, es decir, espiritual.[170] Captarlas y satisfacerlas a través del ciclo del economizar es una tarea del pensar configurador. En el economizar, el fenómeno al que se enlaza es la necesidad. Dentro de la explotación, esta se articula en cada caso desde la integridad del organismo agrícola. Para satisfacer la necesidad, hay que sumergirse pensando en el vivo entramado de relaciones, ponderar pensando cada medida según si fomenta o inhibe, e incorporar pensando el resultado mediante la acción al organismo de la granja. La naturaleza satisface por sí misma, mediante la sabiduría que le es inherente, sus propias necesidades. En la agricultura, el ser humano imprime a la vez

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sus necesidades a la naturaleza, por ejemplo en el cultivo de las plantas cultivadas y en la cría de los animales domésticos. Para reconciliar ambas cosas, el agricultor debe aprender, mediante el pensar configurador, a formar el concepto de la integridad del organismo agrícola. Solo a partir de este pueden derivarse, en un nivel superior, todas las medidas que no solo satisfacen la necesidad humana de alimentación, sino que dan igualmente cuenta de las necesidades latentes de la naturaleza en cuanto a su desarrollo futuro.

El producto agrícola se convierte directa o mediante transformación en un artículo, en una mercancía, que posee un valor nutritivo o de uso determinado por las condiciones de producción. El precio debe medirse por ese valor. En la vida económica en general, esta determinación no puede ser fijada por el individuo, por el vendedor, por el empresario, sino únicamente mediante la compensación de todas las prestaciones que todos los demás han aportado en el ciclo económico, desde la producción del artículo hasta su consumo. Esta amplia trama de relaciones, de la que emerge la creación de valor de un producto, debe ser captada en su totalidad con el pensamiento y, al mismo tiempo, intentar, mediante el pensar configurador, aproximar el precio al valor objetivo. En lo que respecta a la formación del valor y del precio, la agricultura presenta la particularidad de la «dotación natural» standörtlich. Así como el ser humano aporta productivamente su talento a la vida económica, así lo hace la naturaleza con su fuerza de producción (talento) en lo que se refiere al clima, el suelo, la topografía, etc. Un talud sur empinado en regiones cálidas, por ejemplo, no es apto para el cultivo de cereales, pero sí muy adecuado para la viticultura; un suelo de loess profundo y llano de las tierras fértiles es, con igual esfuerzo de trabajo, incomparablemente más productivo que un suelo somero y pedregoso en ladera o en terreno ondulado.

La suma de todas las interacciones recíprocas que surgen de la colaboración en la vida social y que preceden a la satisfacción de las necesidades no puede ser captada, en su simultaneidad y sucesión, por el juicio individual. Hay que crear oportunidades para que, mediante un intercambio regular, la dinámica propia se funda en un juicio comunitario. De tal empeño surge un sentido común que orienta todo el trabajo, de manera ciervamente espiritual y oportuna en el tiempo, hacia el conjunto de la granja. Este sentido de la realidad común o social abre un campo de cultivo para la práctica cotidiana, tanto en el ámbito del trabajo práctico como en la relación entre persona y persona.

Lo que es objetivamente necesario, por ejemplo el equilibrio proporcionado de todos los miembros hacia el conjunto del organismo agrícola, debe ser concebido vivamente hasta en sus detalles como juicio comunitario y convertirse en guía para la acción de cada uno

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Solo el conocimiento amplio y fundado en la experiencia crea consenso. Este forma el fundamento de la colaboración, crea transparencia y despierta la alegría por el armónico ensamblaje —proporcionado, económico— de todos los miembros y órganos del organismo agrícola en un conjunto.

También la solidaridad humana en el quehacer económico surge de un juicio comunitario. Allí donde en cambio impera el juicio individual, se abre paso el egoísmo; surgen la competencia, el aprovechamiento mutuo, la competencia de desplazamiento, el industrialismo agrario. El juicio comunitario en la convivencia económica nace del interés por lo que hace el otro. La actitud interrogativa «¿Dónde hay necesidad, dónde hace falta ayuda?» debe estar viva en la comunidad frente a cada individuo. Los límites entre los ámbitos de tarea —tanto dentro de la explotación como hacia las empresas asociadas de transformación y la comercialización propia de la granja— deben volverse móviles y permeables a efectos de la ayuda mutua. La actitud de buscar el fundamento de la propia actividad económica en la necesidad del otro abre al conciencia pensante un nuevo campo de experiencia, uno que hace de los afanes del prójimo su propio contenido de imagen. Por este camino surge una visión asociativa conjunta de los campos de actividad; el pensar configurador señala al querer el camino hacia el actuar asociativo, es decir, un actuar en fraternidad. En estas nuevas orillas de una economía fundada en la solidaridad humana se realizan cada vez con más frecuencia intentos de desembarco, por ejemplo en el comercio ecológico mayorista y minorista, así como en la transformación. La orilla misma, sin embargo, es el umbral entre la producción primaria agrícola y el ciclo económico marcado por la división del trabajo. En este umbral —la linde de la granja— se valora la mercancía, el valor propio objetivo de la creación originaria de valor a partir de la naturaleza viva y animada, a través de la valoración subjetiva del comerciante y del consumidor. En la economía asociativa, esta valoración de cada participante puede, gracias a la transparencia generalmente aspirada, apoyarse en hechos concretos y contemplables, que en última instancia tienen su origen en la situación de necesidad corporal y espiritual-anímica de los semejantes. Concretamente esto significa: las explotaciones biodinámicas deben abrirse a la transformación, al comercio y a los consumidores, afrontar el diálogo en todas las cuestiones de hecho y de desarrollo, buscar conjuntamente soluciones, adoptar acuerdos, cerrar contratos.[171]

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Miradas más de cerca, las «nuevas orillas» forman los dos lados de la linde de la granja. Una orilla delimita con la naturaleza y constituye la piel exterior del organismo agrícola; la otra orilla delimita con la vida social emancipada. Esta última solo puede configurarse como organismo social trimembrado en la medida en que incluya la agricultura, en que los seres humanos reconozcan qué potencial alberga una agricultura nuevamente conformada en el sentido del principio del organismo. Las explotaciones biodinámicas comienzan, paso a paso, a practicar el principio de asociación en el marco local y regional, actuando de algún modo como precursoras. Con ello pueden impulsar cooperaciones más amplias y, en general, infundir a la vida económica una medida que la libere de la compulsión al crecimiento que es propia del capitalismo.

Cuanto más conscientemente busca una comunidad de granja configurar su finca como organismo, tanto más se articula la colaboración, como por sí sola, en un ámbito de actividad espiritual, jurídico y económico. Por mucho que estos miembros actúen unos sobre otros, se experimentan sin embargo como ámbitos separados entre sí. Y todas las fuerzas espirituales de la comunidad de la granja deben dirigirse a reunir lo separado —tanto idealmente en imagen como a través del trabajo— en una integridad superior. Aquí se abre, al margen del «mainstream» económico de hoy, un campo de ejercicio, una especie de escuela preparatoria para la verdadera práctica social, que deja arraigar el impulso de la trimembración del organismo social —mediante el pensar configurador— mucho más allá de los límites de la granja (Ilustración 11, p. 189).

Sobre el desarrollo espiritual y la conducción de una comunidad de granja

La primera fundamentación de una comunidad de granja en todo el mundo que tuvo permanencia se remonta al año 1968.[172] Desde entonces surgieron, alentadas por el espíritu del tiempo, en granjas más grandes, análogas empresas pioneras sociales. El motivo fue la necesidad de un canon de capacidades complementarias, así como de manos resueltas para afrontar la diversidad de tareas; además, la liberación del suelo y el capital de las ataduras de derechos heredados, y pasos hacia la superación del trabajo asalariado sujeto a instrucciones.

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La experiencia muestra: el objetivo concebido en ideas se tensa hacia el futuro a una distancia inalcanzable, y las capacidades para estar a la altura de ese objetivo —individualmente y en comunidad— llegan pronto a sus límites. El reconocimiento y la vivencia consciente de esta discrepancia generan un campo de tensión espiritual-anímico que no permite al que aspira con conciencia detenerse ni un instante, ni tampoco, frente a resistencias, fracasos y similares, resignarse a buscar salidas de emergencia. Si uno no se experimenta con toda la fuerza en esta polaridad entre el meta espiritual y el mundo fáctico sujeto a los sentidos, la fuerza del esfuerzo languidece, el querer común amenaza con caer en la banalidad, los asuntos cotidianos se agotan en la resolución rutinaria, y lo que habría podido convertirse en desarrollo se hunde en estancamiento y retroceso.

Para asegurarse como comunidad de granja, una y otra vez de nuevo, del camino hacia el objetivo, debe crearse instituciones que sirvan al ejercicio de técnicas socio-morales. Estas se refieren a la aprehensión cada vez más consciente de los dos polos del campo de tensión y al intento de su equilibrio trascendente.

La meta espiritual de aspiración

Vive como motivo —el querer cultivar la tierra bidinámicamente— de manera más o menos clara y ligada al destino en cada individuo. ¿Cómo puede este impulso individual no solo volverse más consciente, sino además elevarse a meta de aspiración de toda la comunidad? Ni el individuo ni la comunidad puede contentarse con haber concebido una vez la meta de aspiración. Requiere del cuidado continuo mediante el estudio de la ciencia espiritual antroposófica. Sus contenidos de investigación, puestos en movimiento en la conversación recíproca, estimulan pensamientos y sentimientos que alumbran el camino a recorrer juntos. Un círculo de estudio semanal de esta índole —si es que llega a lograrse— da alas de doble manera: por un lado, el flujo de trabajo interno de la finca se coordina de manera espacio-temporalmente adecuada como por sí solo; por otro, la comunidad pone en movimiento, en esa hora elevada por encima del quehacer cotidiano, pensamientos que se reflejan en el portador del motivo, es decir, en la conciencia de cada individuo. Pensamientos así ganados a partir del trabajo de conocimiento espiritual compartido entran en relación con las observaciones y experiencias de voluntad hechas a diario en el trabajo. Los dos extremos polares del campo de tensión mencionado se acercan el uno al otro —o, en momentos felices, llegan incluso a fundirse parcialmente entre sí.

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El trabajo de estudio antroposófico tiene lugar en un «campo objetivo».[173] Fortalece y objetiva la conciencia del propio motivo y la de la meta espiritual de aspiración de la comunidad.

La práctica de la colaboración

La integridad de la finca se articula en campos de trabajo que son atendidos con responsabilidad por uno o varios miembros según capacidad e inclinación. Esta articulación —por ejemplo en el campo del cultivo de la tierra y las plantas, de la horticultura o la fruticultura, del abonado, de los distintos ámbitos de la ganadería, de la economía de praderas y pastizales, del cuidado del paisaje, etc.— no puede degenerar en división del trabajo, ni en actitudes de exigencia, ni en el deslinde de reinos propios. Al contrario: desde la conciencia del todo se impone la máxima flexibilidad, transiciones fluidas, ayuda mutua, cubrirse el uno al otro allí y cuando sea necesario.

La reunión de trabajo matutina

Tiene lugar cada día de trabajo, tras las labores tempranas de la mañana, en gran círculo en la finca, y puede abrirse con una sentencia o un comentario humorístico. La alegría sazona el trabajo del día sin quitarle su seriedad. En cuanto al contenido, se trata del intercambio de percepciones actuales, de sucesos dignos de mención y de urgencias; a continuación, en conexión con el flujo de trabajo del día anterior, de la distribución concreta de tareas. Ha de tenerse en cuenta que en todos los trabajos en que participen aprendices, practicantes y ayudantes, los miembros de la comunidad de granja ejercen una función de modelo.

A través de la reunión de trabajo matutina debería convocarse una y otra vez a la conciencia la imagen del conjunto de la finca en el cambio de las estaciones, y cada uno debería saber lo que hace el otro. Con demasiada facilidad se instala la convicción de que todo está claro —¿no se está acaso en el flujo de trabajo de ayer a hoy?— y un silencio aburrido hace la ronda. No: lo que parece evidente debe ser elevado una vez más a la conciencia de todos. A ello se enlaza la previsión del día. Una reunión de trabajo bien lograda constituye ya una buena parte de una gestión eficiente de la finca. El resto es pericia, es ser modelo en todo trabajo.

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El círculo de estudio sobre contenidos de la investigación espiritual antroposófica

En la práctica, las ideas del objetivo común de esfuerzo descienden a la realidad vital del organismo agrícola. Por edificantes que sean estas ideas, por más nexos vitales que creen, uno debe reconocerse pronto en que en muchas expectativas se ve defraudado. No logra lo que se propone, choca con límites y es remitido de vuelta a sí mismo. El ideal se estremece, uno lo vive como un proceso de desvitalización, como una muerte parcial del alma. No se quiere admitirlo y se buscan razones externas: adversidades climatológicas, incapacidades propias o ajenas, decisiones o actuaciones erróneas, malentendidos, conflictos sociales y similares. Pero, como la vida, también la desvitalización, la muerte, se muestra en figura velada. ¿Cómo ha de reconocerse lo que el fracaso quiere decirnos? De esta incertidumbre se siguen experiencias dolorosas, pruebas para el individuo y para la comunidad. Si uno se enfrenta a estas experiencias, despierta la autoconocimiento y con ella, desde las profundidades del alma, una pregunta que permanece sin enunciar, y de pronto, inesperada e imprevistamente, llega la respuesta desde fuera. Para esta ocasión de llegar a nuevos conocimientos alentadores de manera inesperada sirven las reuniones semanales de trabajo cognitivo geisteswissenschaftlicher común. En la conversación pueden expresarse allí, sin ser solicitados y de modo imprevisto, pensamientos que dan una respuesta reconciliadora a la pregunta apremiante que se alberga en silencio en el interior, y que pueden conducir a una nueva visión de las cosas y convocar a nuevos esfuerzos. Se realiza el «despertar del ser humano ante lo espiritual-anímico del otro ser humano».[174] El trabajo de estudio antroposófico común actúa refrescando el espíritu, eleva y ensancha el motivo desde su estrechez subjetiva y despierta fuerzas que en la práctica ayudan a generar un impulso siempre renovado.

La conferencia de trabajo y administración

Una nueva reunión semanal, orientada hacia atrás y hacia delante —a corto y a largo plazo—, debe dedicarse a la continuidad espiritual en la gestión de la finca, en cuestiones de planificación, decisión y administración. En este círculo de conversación, la comunidad de granja delibera y decide

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de manera conjunta y unánime sobre todas las cuestiones de fondo que se plantean en los distintos ámbitos de trabajo.

En la retrospectiva debería abordarse con la mayor apertura posible lo logrado y lo fallido, así como lo notable en experiencias, observaciones, etc. El silencio, buscado o por descuido, engendra fantasmas y da pábulo a impulsos de poder. ¡Una documentación es deseable!

La prospectiva se concentra en los trabajos estacionalmente necesarios y en los asuntos sociales y culturales en relación con

  • medidas de agricultura y horticultura en lo concerniente al laboreo del suelo, la rotación de cultivos y el abonado, así como la producción de semillas, el cuidado de los cultivos, la cosecha, el almacenamiento y la comercialización;
  • elaboración de los preparados biodinámicos y su aplicación en el momento oportuno;
  • medidas de fruticultura y configuración del paisaje, como el cuidado de setos y arboledas;
  • conducción del rebaño, obtención de forraje y cuidado de los pastizales, así como la obtención de forraje de campo;
  • tenencia, alimentación, cuidado y cría de los animales domésticos, con especial atención al bovino;
  • cuidado y reparaciones de las máquinas, así como inversiones de reposición y nuevas inversiones;
  • cuidado y reparaciones de los edificios y los caminos, así como planificación y financiación de nuevas construcciones;
  • administración general, planificaciones presupuestarias y finanzas;
  • configuración de los ingresos de los miembros de la comunidad de granja;
  • cuestiones de personal e ingresos en lo referente a aprendices, estudiantes en prácticas, auxiliares y colaboradores temporales;
  • configuración de las fiestas anuales y otras celebraciones, así como otras actividades como visitas a la granja, prácticas de agricultura para clases escolares, cursos, etc.;
  • investigación propia de la granja, experimental y orientada a la práctica;
  • colaboración con empresas de transformación y comercio;
  • cuidado del círculo de personas vinculado a la granja;
  • trabajo con la opinión pública;

La comunidad de granja se administra a sí misma en todos los asuntos, es decir, todos los responsables están involucrados en tal medida que en cualquier momento tienen una visión de conjunto del todo. El mayor desafío es el flujo ininterrumpido de información y la transparencia diáfana. El primero solo es alcanzable

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durch un interés constante de cada uno en todo lo que acontece. De este interés nace la presencia de ánimo, así como un sentido de realidad que previene todo estancamiento en el juicio una vez formado, toda ideologización. La segunda, la transparencia, es una cuestión de fiabilidad hasta en las cosas más pequeñas de la vida cotidiana, de claridad en los acuerdos, de atención allí donde impera la necesidad objetiva o anímica, y de disponibilidad sin reservas para saltar a cualquier brecha.

En la conferencia de trabajo y administración se realizan los frutos de la formación a través de la vida. En estos frutos se une, en síntesis continua, la acción recíproca de los polos antes mencionados: el meta espiritual del esfuerzo y su arraigo en la práctica. De estos frutos, de lo que se ha conquistado individual y comunitariamente, fluye recién la sustancia que otorga a la comunidad de granja su ser propio; solo esto la hace digna de crédito en el sentido espiritual.

El organismo de la granja y el trabajo querido por el Yo del ser humano

El trabajo en la agricultura en general está determinado por las cosas y seres que actúan en la naturaleza. Lo que en tiempos más antiguos se sentía instintivamente como una sabiduría imperante que conducía y sostenía el trabajo, se ha emancipado, con el ascenso de la era de las ciencias naturales, a la abstracción conceptual de las leyes de la naturaleza. Esto fue, por un lado, un acto de libertad del autoconocimiento que despierta en el Yo, y por otro, una caída en las coacciones del materialismo como la cosmovisión desde entonces dominante. El fruto exterior de este acto de libertad es la agrotecnología, un extracto de la naturaleza físico-inorgánica reconfigurado por el espíritu del ser humano. La agrotecnología permite aligerar al ser humano de un trabajo pesado, pero se impone a la naturaleza con las consecuencias que se manifiestan en todo el mundo. Separa los contextos relacionales plenos de sabiduría entre la naturaleza física, viviente y animada.

El progreso técnico apunta a hacer superfluo al ser humano que trabaja en la agricultura. La agricultura biodinámica apunta en la dirección contraria. Aquí se aspira a reducir en la mayor medida posible el trabajo de las máquinas, de modo que puedan surgir espacios suficientes para una práctica artesanal creativo-ejercitante. Hasta qué punto esto puede lograrse depende de la superación de un exceso de restricciones sociales externas.

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Lo que significa trabajar en la naturaleza viva y animada tiene que ser redescubierto. Para ello, la contemplación intuitiva y el pensar deben volverse hacia su índole esencial particular: hacia lo que crece vivo hacia la forma exterior, y hacia lo que se cierra anímicamente en una forma corporal. Lo formado es aprensible en ideas; el agens formativo lo ilumina la investigación espiritual antroposófica, que en forma de ideas abre el mundo de los seres, haciéndolo así accesible al pensar. Solo el conocimiento esencial confiere a las ideas formadas en la contemplación sensorial —que sin embargo arraigan en el mundo de los seres— fuerza moral. Cuando estas ideas aprehenden la voluntad, se vuelven propias del ser. Con estas ideas, absorbidas en el propio ser del Yo, se encuentra una relación nueva y libre con el trabajo. Se aprende a trabajar desde el fundamento esencial propio, y en él se halla dirección y meta. La fuente moral es uno mismo, y desde ella uno se determina en libertad. Solo de este fundamento originario del Yo mana el verdadero entusiasmo. Nace de la idea que se ha vuelto espiritualmente real. Es ella la que precede al trabajo, lo calienta y lo llena de gozo anímico. El trabajo, por pesado que sea, por aparentemente bajo e insignificante, se ennoblece por el espíritu que lo impregna. Está espiritualmente pleno de principio a fin, y añade al organismo de la granja algo que lo eleva por encima de su mera naturalidad.

La máquina, en cambio, se introduce en la agricultura como una cuña entre el ser humano y la naturaleza que crea desde sus seres y sus fuerzas. Funciona conforme a lo que el ser humano ha construido en ella a partir de conocimientos de la naturaleza inanimada. El trabajo exclusivo de máquinas amenaza con secar la fuerza creadora espiritual del ser humano; el trabajo se yergue baldío en pura rutina, la voluntad queda sin guía y se agota.

Cuanto menos se agote el trabajo en la rutina, en la mera ejecución; cuanto más se haga con el gozo de la idea en el sentido mencionado, tanto más se despertará también el sentido de la belleza, que eleva lo hecho por el ser humano —que en el caso de la máquina suele hundirse en la monotonía y la banalidad— hasta convertirlo en la verdadera obra de arte.

En la agricultura es la sabiduría que obra en la naturaleza a cuyo servicio se pone el trabajo humano. Esta sabiduría, rectamente conocida, pervive dando sentido en el trabajo. Además, la capacidad de ideas del ser humano obra de manera superiormente significativa en la configuración de la granja como organismo corpóreo de la «Individualidad Agrícola».

Así de a fondo como debe aprenderse el oficio agrícola, así de a fondo es también un maestro de por vida. Fortalece la fuerza del conciencia de sí cuando lo percibido en el trabajo se lleva a la consciente

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conocimiento eleva; amplía y profundiza la visión del mundo cuando se experimenta cuán fructíferamente lo realizado sigue obrando de manera conformadora en la vida natural y social.

En esta doble vertiente reside la gran significación pedagógica del trabajo orientado hacia las cosas y los seres de la naturaleza. Se revela como benéfico en la enseñanza de horticultura escolar, en la práctica en granjas escolares, en los cursos de agricultura y silvicultura para alumnos de los cursos superiores, así como en la colaboración supervisada de personas con discapacidad. Por las razones mencionadas, muchos jóvenes nacidos en la ciudad buscan una formación profesional biodinámica, que cada vez más es llevada en «libre organización» y por iniciativa propia por las comunidades de trabajo biodinámicas. Más allá de esto, el trabajo biodinámico gana importancia creciente, sobre todo en establecimientos gestionados en comunidad o en instalaciones de carácter aldeano, p. ej. en la educación de adultos, la reorientación profesional, la búsqueda de sí mismo, etc. Lo que Goethe apuntó en anticipación poética en «Los años de peregrinaje de Wilhelm Meister» con la descripción de la «Provincia Pedagógica»,[175] y hacia lo que Rudolf Steiner señaló hace cien años cuando habla de que en el futuro surgirían centros de cultura en el campo,[176] eso aflora hoy aquí y allá en las más diversas iniciativas.

La disposición interior espiritual-anímica que señala camino y meta al trabajo en la naturaleza vivificada y animada ha de reconquistarse hoy conscientemente cada ser humano. Para ello conviene tomar como columna vertebral espiritual de toda forma de colaboración en el campo social la «Ley Social Fundamental» formulada por Rudolf Steiner en 1905:[177] Es la ley que cobra mayor vigencia cuanto más se erradica el egoísmo como resorte del obrar social. Inaugura un camino de formación interior hacia un convivir social fructífero. Esta ley conduce, entre otras cosas, a la comprensión de que «trabajar para el prójimo y obtener cierto ingreso

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dos cosas completamente separadas entre sí».[178] Una pertenece al ámbito de la vida espiritual; la otra, al de la vida jurídica. Como todo asunto del derecho, el trabajo no puede medirse con un precio de compra — un salario por hora, por ejemplo. El trabajo no es una mercancía. En las comunidades de granja agrícolas se ofrece la posibilidad de ejercitarse, al menos en sus inicios, en la separación entre trabajo e ingreso. Esa posibilidad se presenta cuando uno llega a ser consciente de la amplia dimensión espiritual de la articulación esencial del organismo agrícola. Así, la tarea más urgente del ser humano y de la comunidad humana en la granja consiste en formarse una imagen clara de ello y convertir esa imagen en el impulso vivo que orienta el trabajo. Es entonces el trabajo a través del cual la idea del organismo, aprehendida en el espíritu, se convierte en obra de arte en lo viviente — que hacia afuera se articula en una forma y hacia adentro se organiza en órganos.

Con la realización de esta idea plasmada en imagen, cada uno interviene, en trabajo querido por el Yo y en consonancia con todos los demás, en el organismo agrícola, irradiando su entramado de miembros constitutivos (Figura 10, p. 172). Lo que ahí trabaja es el Yo; él establece en todo la medida. Irradia hacia el interior del cuerpo anímico de la granja, determina el modo de la cría, la alimentación, el cuidado y la atención, así como el ulterior desarrollo genético de los animales domésticos, ofrece cobijo a la fauna silvestre y logra que el cuerpo anímico de la granja se individualice por completo y se viva como un ser cerrado en sí mismo.

Es una vez más el núcleo esencial del ser humano, el Yo, y la imagen que amanece en el alma espiritual, lo que irradia a través de la organización vital de la granja, la mantiene sana en toda su multiplicidad de formas y la eleva a una vitalidad superior, propia de la granja. Y finalmente, el Yo impregna con su fuerza en el trabajo la organización física, transforma e individualiza con carácter formativo las composiciones de sustancias, superando y elevando las condiciones naturales del lugar (véase el capítulo sobre la Düngung). Al mismo tiempo, esta triple compenetración e individualización ligada al lugar significa que los miembros constitutivos del organismo agrícola son llevados a una relación más íntima, que atraviesa de arriba abajo y se fomenta recíprocamente. El abono del conjunto de animales, por ejemplo, se encarga de la vivificación y animación anímica de la organización física, del juego conjunto portador de vida de los cuatro elementos en el suelo, así como de la formación del fruto y la capacidad nutritiva de los cultivos vegetales. Distinto es el caso de la organización vital: por un lado, ofrece a través de los residuos del crecimiento vegetal la base para la formación de humus en el suelo,

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la belebación de la organización física; por otro lado, ofrece la base forrajera para la fauna silvestre y los rebaños de animales domésticos, el fortalecimiento de la organización anímica.

A través del trabajo, la idea que lo guía adquiere por primera vez realidad esencial. Se puede contemplar lo que se ha hecho, e investigar lo que se ha logrado. Es una investigación que une al ser humano con el mundo, y cuya búsqueda de la verdad se mide por lo que se ha reconocido como fecundo.

En grado aún mucho más elevado vale esto para un trabajo cuya base ideativa radica únicamente en los resultados de la investigación espiritual antroposófica, y para cuyo conocimiento y manejo eficaz se ve desafiada como conjunto la comunidad de granja o de empresa. Se trata, entre otras cosas, de la elaboración y aplicación de los preparados biodinámicos. Su índole esencial se aborda en el capítulo dedicado a la cuestión del abonado. El trabajo con estas sustancias de abono, tanto en la preparación como en la aplicación, se extiende a lo largo de todo el año. Su aplicación en cantidades mínimas de sustancia tiene lugar, o bien en forma líquida directamente sobre el suelo y la planta desde la siembra hasta la fase de madurez, o bien —en el caso de la mayoría de los preparados— a través de los composts y abonos propios de la granja.

Con respecto al organismo agrícola, la eficacia fertilizante de los preparados consiste en una suerte de educación de sus miembros constitutivos hacia una integridad superior. En el contexto de los ritmos del año solar, no solo fortalecen y dinamizan el obrar específico de cada uno de estos miembros constitutivos, sino que fomentan sobre todo su compenetración recíproca, que es lo que confiere al organismo agrícola su carácter cerrado y su desarrollo acorde al lugar. Es en particular el trabajo con los preparados biodinámicos el que conduce a una relación personal con las sustancias y fuerzas que preparan al suelo un terreno vivo y fecundo para las plantas. Así puede unirse la naturaleza yoica del ser humano que trabaja con el obrar espiritual del interior de la naturaleza.

El trabajo humano lleva al mundo todas las facetas de los efectos morales del Yo inferior, del Yo ligado al cuerpo. Estos están además marcados por la naturaleza desiderativa del ser humano, por el arbitrio, los impulsos de poder, etc. El egoísmo que de ahí proviene puede ser superado en transformación cuando, por la fuerza espiritual del Yo superior, el alma conquista el señorío sobre el cuerpo. El trabajo se convierte en uno guiado por la disposición interior y las ideas, en uno que se realiza por amor a la cosa o al servicio del otro ser humano. Un acto desinteresado no se lleva a cabo por necesidad, sino que nace, antes bien, de una sabiduría que se autodetermina. La libre autodeterminación en el trabajo con

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la naturaleza vivificada y animada solo puede crecer cuando el sentido vital se ensancha hasta la geisterkenntnis. La verdad que así se abre paso se confirma en la fecundidad del obrar. A este estado de cosas apuntan las palabras joánicas: «… conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres».[179] Solo esta libertad así conquistada establece identidad entre interior y exterior. Al acto libre, cumplido en amor, le precede un sacrificio. Se sacrifica algo que pertenece enteramente a uno mismo, que se ha hecho propiedad de la yoidad superior, y se entrega. Cuando esto se convierte en disposición interior de una comunidad que colabora por amor a una tarea reconocida en común, sopla un viento de libertad en el querer.

Impulsos de la agricultura biodinámica para el desarrollo del organismo social

Todos los síntomas del tiempo actual señalan hacia la urgencia de un nuevo orden natural y de una nueva Sozialordnung que abarque toda la vida de los seres humanos. Así como el ser humano, en el desconocimiento de su ser espiritual y, en consecuencia, de sus tareas de desarrollo, tiende a crear desorden, es precisamente el conocimiento de sí mismo el que puede abrirle los ojos a un principio de orden que vale tanto para la naturaleza como para la configuración de la vida social. Es el descubrimiento antropológico de Rudolf Steiner: la trimembración del organismo humano según el sistema neurosensorial, el sistema rítmico y el polo metabólico-motor (véase pág. 88 y ss.). Todo lo expuesto hasta aquí y todo lo que sigue se construye sobre ello. Rudolf Steiner intentó, en el caos posterior a la Primera Guerra Mundial, articular mediante las correspondientes instituciones la vida social en la triplicidad funcional de vida espiritual, vida jurídica y vida económica, de modo que cada uno de estos miembros pudiera desarrollarse de manera autónoma y al mismo tiempo en viva acción recíproca con los demás, y reunirse en una unidad superior del organismo social.[180] Contaba entonces con la apertura de conciencia de la clase obrera, con el proletariado encadenado a la industria gobernada por el capital. Este amplio intento fracasó, como se expuso al comienzo, por muy diversas razones externas. Los seres humanos que entonces aún trabajaban en la agricultura (aprox. el 40%) no estaban concernidos de igual modo por la

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pregunta en el mismo grado; los pocos que hoy quedan (aprox. el 2%) lo están en el más alto grado. Es más: la agricultura se ha convertido globalmente en el caso social de toda la sociedad. Y ahora se evidencia: dondequiera que hoy se trabaja de manera biodinámica, crecen orgánicamente, como desde un punto, fuerzas socialmente activas hacia el entorno de la sociedad. Crecen y revelan su gran potencial; pero es necesario que sean reconocidas como tales en su dirección de acción, articuladas conscientemente y plasmadas con vigor. Eso solo puede lograrse mediante instituciones que alcancen más allá de los límites de la granja. Donde tales instituciones comienzan a formarse, se reconoce pronto que solo son fecundas cuando los implicados toman conciencia de en cuál de los tres ámbitos quieren y pueden aportar sus capacidades y actividades en relación con la agricultura, si en el campo espiritual, jurídico o/y económico. El principio de la trimembración del organismo agrícola, practicado conscientemente, puede a partir de entonces dar medida y dirección de meta a la vida social general (Figura 11).

Pues, visto con mayor precisión, la agricultura guarda relación con todos los ámbitos de la vida social. No solo se encuentra al inicio de la creación de valor a partir de la naturaleza vivificada y animada y provee de alimentos y materias primas, sino que moldea el rostro de la tierra y el espacio vital para la planta, el animal y el ser humano en los paisajes culturales. Además, proporciona a las ciencias abundante motivo para ampliar los límites, demasiado estrechos, de su metodología —con la consiguiente restricción de sus teorías— hacia una captación adecuada de los fenómenos de lo viviente. Crea espacios de contemplación intuitiva que satisfacen la mirada estética y da ocasión a nuevas formas de vivencia. Abre a la profundización del sentimiento religioso un amplio campo de práctica moral y, finalmente, una agricultura que se funda en el principio del organismo crea las condiciones previas para un reavivamiento de los oficios artesanales que le son subordinados y para su integración asociativa.

El querer en libertad

Cuanto más logra una comunidad de granja dar un impulso de iniciativa común a las capacidades y a la voluntad de trabajar, y elevarse a la libertad en el querer, tanto más se abre el organismo agrícola biodinámico hacia fuera y desarrolla una irradiación espiritual que despierta el interés del entorno social. Se formulan preguntas, surge la conversación, se buscan respuestas en círculos de estudio y jornadas en la granja

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Abbildung 11: Der biologisch-dynamische Betrieb als Initialort für die Entwicklung der Dreigliederung des sozialen Organismus.

así como en actos vinculados a las festividades del año, en encuentros de investigación o —de forma aún más concreta— en jornadas de puertas abiertas, en recorridos por la granja y los campos, en ocasiones de colaboración temporal o en la participación en el trabajo de los preparados que se renueva con regularidad. Paneles informativos dan cuenta, además, de temas de la práctica en la granja y a lo largo de los caminos más frecuentados. Qué deseable sería poder conducir esas conversaciones con aún mayor intensidad, dado el estado siempre tenso del trabajo en las granjas. En muchas cuestiones prácticas resultan de gran ayuda los círculos de amigos e interesados que se forman en torno a las granjas biodinámicas.

Junto a estas tareas de educación para adultos que recaen sobre el cultivo biodinámico de la tierra sin que nadie lo haya planeado, son sobre todo el trabajo pedagógico con los jóvenes y la formación y perfeccionamiento que crece de la práctica misma lo que hace que hilos anímicos se extiendan hacia el entorno. Las generaciones de aprendices que van creciendo son casi

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exclusivamente «hijos de la ciudad». Están lejos de la tradición campesina. Pero tampoco quieren ser meros receptores de un saber prefabricado sobre una agricultura cuyo pensar y actuar tecnológico los coloca del todo bajo el influjo de una concepción del mundo naturalista-reduccionista. Buscan un ideal formativo integral que abarque al ser humano y a la naturaleza y que sirva de fundamento, en el sentido más amplio, al cultivo biodinámico de la tierra. Esto ha llevado a que la formación práctica se haya desvinculado en gran medida de la oferta educativa estatal de las escuelas de formación profesional. Las llamadas «formaciones libres» siguen planes de estudio que los propios agricultores elaboran. Lo mismo vale para los centros de perfeccionamiento biodinámicos supraempresariales que se han fundado en distintos países.

En íntima vinculación con las iniciativas espiritual-culturales que irradian de las granjas biodinámicas se halla la investigación ligada a la práctica. Después de que la enseñanza y la investigación se han ido desvinculando de la agricultura a lo largo de doscientos años y se han academizado, esta se ha sometido al progreso científico-tecnológico que la dirige desde fuera, a costa de perder la madurez que la fundaba en una sabiduría instintivo-popular. En sentido contrario a eso, ha crecido desde el principio, desde la práctica del cultivo biodinámico, una actitud y disposición investigadora que retoma los procedimientos tradicionales, los transforma y los convierte en fundamento de sus objetivos espirituales más avanzados. Esta disposición no puede conformarse con la metodología causal-analítica, cuantitativo-reduccionista de la investigación académica. Los esfuerzos investigadores se amplían, al contrario, hacia el lado cualitativo del percibir y del pensar: hacia la pregunta de qué conocimientos más profundos pueden obtenerse cuando la mirada investigadora se dirige a la totalidad de la granja, sus miembros y todo lo que allí se desarrolla con vida propia y con vida anímica propia. Donde sea que se pose la mirada, nunca ve algo aislado, sino siempre un contexto en el que ese algo aislado aparece. Solo el entendimiento abstrae del contexto lo individual y lo presenta en forma de concepto. El contexto palidece o queda del todo fuera de consideración. Eso es lo que caracteriza el proceder causal-analítico.

Si en cambio se busca, por ejemplo, el contexto que se establece cuando en primavera las golondrinas aparecen en la granja, se puede empezar por describir todo lo que la golondrina vive manifestándose en sus actividades. Se distinguirán las diversas especies que en el lugar

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Primero hay que distinguir las diversas especies que se han establecido en el lugar, como la golondrina común y la golondrina dáurica, así como el vencejo, que ya no pertenece propiamente a las golondrinas. Uno se irá formando una imagen de sus hábitos alimentarios —insectos atrapados al vuelo—, de sus lugares de nidificación: las golondrinas comunes por lo general en el interior de los establos, las golondrinas dáuricas en el exterior bajo los aleros de los establos, los vencejos en las oquedades de viejas mamposteŕias o en las armaduras abiertas de los graneros. Uno aprenderá a conocer sus variados cantos, seguirá su ciclo reproductor y mucho más. Todo esto son actividades en las que el ser anímico corpóreo de estas aves se da a conocer a los sentidos. Pero su expresión esencial más característica es su vuelo persistente. Como seres cefálico-sensoriales emplumados se lanzan hacia adelante arrastrando torbellinos de aire tras de sí, modelando el espacio aéreo de la granja en su amplia periferia mediante arcos y líneas, para irrumpir de pronto, a velocidad de relámpago, con poderosos aleteos hacia arriba, hacia abajo o de lado, a fin de atrapar una presa. Su actividad se agota casi por completo en las más asombrosas artes del vuelo, y esto de la mañana a la noche a lo largo de todo el semestre de verano. En invierno han desaparecido hacia el sur.

Cuando la mirada reposa en estos fenómenos relacionales, despiertan preguntas por contextos que apuntan más allá de lo perceptible por los sentidos: ¿No se entreteje acaso el ser anímico de estas criaturas tan ricas en potencias sensoriales, en sus amplios y modeladores movimientos de vuelo, con el elemento del aire de toda la granja? ¿No se produce aquí una animación anímica de la envoltura aérea? Y además la pregunta: ¿Por qué sucede esto solo en el semestre de verano, de abril a septiembre? Una respuesta monocausal está a la mano: es la oferta alimentaria de los insectos voladores, que en invierno desaparece. Pero también esto es fenómeno. ¿No señala, como todos los mencionados, hacia un nexo fenoménico originario que apunta más allá de lo sensible? Este fue abordado como la polaridad del polo cefálico bajo la tierra y el polo metabólico sobre la tierra de la Individualidad Agrícola (véase el capítulo «La trimembración del ser humano y la individualidad agrícola», pág. 88 y ss.).

En el semestre de verano dominan en el calor y el aire las fuerzas etéricas vitalizantes del metabolismo, que reclaman las fuerzas ordenadoras y configuradoras de lo anímico-astral. El ser astral del pájaro se imprime en su vuelo en la envoltura aérea de la granja. Contemplando en particular los movimientos de vuelo de las golondrinas, la vivencia puede condensarse en esta imagen anímica. Uno se siente como entretejido en un acontecer sensible-suprasensible. Se puede decir que en esa vivencia de asombro se revelan los mismos

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fuerzas en el plano espiritual-anímico que aquellas que modelan físicamente en la envoltura aérea el calor, la luz y el aire en forma movida.

Con la mirada puesta en el «nexo fenoménico»[181] descrito, el pensar que abstrae puede vivificarse hasta convertirse en un pensar activo y sintético. En lugar de delimitar nítidamente el concepto individual y dejarlo aislado, se busca mantenerlo en conexión con el fenómeno total. Él se amplía hasta convertirse en una imagen pensada que conduce al investigador más profundamente hacia el nexo de sentido.

A este primer paso hacia el conocimiento esencial le sigue un segundo, más profundo, cuando uno se ejercita pensantemente en seguir la transformación, por ejemplo, del conjunto de la finca en el curso del año. Una forma fenoménica se transforma totalmente en otra. La misma planta de trigo de invierno, que tras la germinación oculta en la tierra aparece por primera vez en la primera hoja aún enrollada, se transforma en una que ahora echa nuevas hojas desde los nudos densamente apretados (ahijamiento), luego en una que en invierno aprieta su roseta de hojas en forma de estrella contra la tierra, después en una que en el calor de la primavera yergue sus hojas, luego en una que de repente se dispara verticalmente como tallo erecto hacia lo alto, de nuevo en una que empuja la espiga, otra vez en una que al desarrollar la espiga termina su crecimiento, y finalmente en una que florece discretamente, se autofecunda (o, como el centeno, entrega los granos de polen al viento en nubes amarillas). Siguen la etapa de transformación del agostamiento total y, en su transcurso, la madurez del grano o semilla y por último su separación del nexo vital de la planta madre, portando en sí el futuro. Así, en mudanza constante, el conjunto de todas las plantas y con ellas el conjunto de los animales imprimen su huella en el rostro del término de la finca. Entre cada uno de estos pasos de transformación existe una conexión evidente, pues es siempre una y la misma planta, uno y el mismo animal, que se vive manifestándose de una manera y de otra. Lo que se transforma deviene aparición perceptible; cómo se transforma permanece en la oscuridad. Las fuerzas mediante las cuales una forma fenoménica surge de la otra y que así producen el «nexo de transformación»[182] permanecen invisibles. El tránsito de lo uno a lo otro o bien no se convierte en pregunta, o bien uno se pierde en la teoría.

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«Lo que es, piénsalo; mas piensa más el cómo.»[183] El qué es objetual y por eso sinnenfällig; al cómo puede aproximarse la mirada investigadora cuando compara un fenómeno con el que surge de él, interioriza lo contemplado, la transformación de la forma, y reco­rre con fuerza imaginativa, en el pensar ejercitante, el tránsito mismo. Vivirse pensando e investigando en los nexos de transformación del «Muere y devén», también en lo social, crea una conciencia del flujo continuo del trabajo en el curso del año.

Un tercer paso de la investigación conduce finalmente a aprehender la composición de lo viviente animado, los «contextos vitales»[184], tal como se muestran en la naturaleza en general y en la finca biodinámica en particular. Toda planta superior forma un contexto vital con raíz, tallo, sucesión foliar, flor y semilla, igual que el entramado de relaciones casi infinito del «oikos», el hogar de la naturaleza, que se diferencia a su vez en una multiplicidad de comunidades de vida (biotopos), e igualmente en lo que la mano humana crea a partir de las disposiciones de la naturaleza como organismo agrícola. El contexto vital de este organismo lo forma la composición, mesurada y armoniosamente ajustada entre sí, de cultivo de la tierra, ganadería, horticultura, fruticultura y cultivo de setos, economía de praderas y pastizales, silvicultura y gestión de aguas. A esta composición subyacen, en lo fundamental, las fuerzas que actúan esencialmente en el cosmos y en la tierra, precisamente aquellas que producen el tránsito de una aparición a la otra. Las leyes de la naturaleza son abstracciones fragmentarias del espíritu humano extraídas de este mundo suprasensible de fuerzas, un saber aislado mediante el cual el agricultor, por su parte, coparticipa en la conformación de esta composición. Cuando este saber, sin esfuerzo cognoscitivo por los contextos vitales, se convierte en mero instrumento técnico aislado —pesticidas, herbicidas, etc.—, siembra en la economía de la naturaleza un daño incalculable. Son intervenciones arbitrarias en la naturaleza esencial de lo viviente. Conocer los contextos vitales significa, con la fuerza del pensar viviente, desgranar conceptualmente, desde la suma de las apariciones y sus transformaciones, totalidades internamente consistentes y plenas de contenido —como, por ejemplo, el concepto de organismo e individualidad como idea fundamental respecto a la configuración de las explotaciones agrícolas. Con esto queda señalada la tarea nuclear de la investigación en la agricultura biodinámica. Ella concierne:

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1. Estudio de los resultados (hechos) de la investigación de la ciencia espiritual, su penetración pensante y el vivir su realidad espiritual en la experiencia del pensar.

2. Estudio y observaciones propias de hechos correspondientes, sensibles, accesibles a la ciencia natural.

3. La confluencia del mundo fáctico sensible y suprasensible y el vivir su verdad y fecundidad en el trabajo incondicional.

Esta triple tarea investigadora se refiere a la formación de un pequeño universo, tal como el ser humano es uno en cuanto microcosmos. La edificación de este pequeño universo, el organismo corpóreo de la «Individualidad Agrícola» en devenir, toca en último término todos los campos de la vida y la actividad y con ello la vida social en su conjunto. Hasta hace no tanto tiempo, agricultura, artesanía, oficio y comercio formaban una forma de vida y economía regional cohesionada. En tiempos de Goethe, aproximadamente el 85% de la población activa trabajaba en la agricultura. Hoy los seres humanos, en busca de libre autodeterminación, se han orientado hacia otros campos de actividad hasta quedar en un 2%.

Cuanto más se reconozca la dimensión espiritual de la tarea de la agricultura para el desarrollo del organismo social, tanto más volverán los seres humanos a orientarse hacia la agricultura desde un querer libre, contribuyendo a dar forma consciente a la relación que cada ser humano mantiene con ella. De ahí brotan impulsos para una vida espiritual libre que, irradiando desde cada explotación biodinámica, ayuda a superar la cosmovisión estrecha y destructiva del materialismo.

El sentir en igualdad

Toda explotación agrícola está integrada en el ordenamiento jurídico general. Este crea mediante la ley igualdad ante el derecho. La igualdad es un bien elevado, pero la pregunta es: ¿cuán conscientemente vive el principio de igualdad en los seres humanos? ¿Vive este de manera coactiva desde fuera, por el dictado de la ley, apelando únicamente al entendimiento, o es el sentimiento de la razón el que despierta desde dentro el ideal de la igualdad a la vida? En el primer caso reina en la relación de persona a persona el anonimato; los derechos son exigibles, uno reclama su derecho. En el segundo caso uno siente, con fina diferenciación, lo que es conforme a derecho, y se atiene a ello. De la razón se nutre el sentimiento del derecho, el sentirse-en-igualdad. La razón

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Pero la razón misma se nutre del vivir activo en las conexiones espirituales reales de la naturaleza y la vida social. De ese vivir crece la confianza; y la confianza crea la más alta seguridad jurídica. Esto se hace evidente de inmediato cuando se contemplan los derechos que se refieren al suelo, al trabajo y al capital. Forma parte del sentido común colectivo que estos son sin duda derechos, pero al mismo tiempo objetos económicos comerciables; ¡los derechos tienen un precio! Y ahí empieza la desigualdad. Cuando la tierra, el trabajo y el capital pueden llevarse al mercado, el principio de igualdad queda socavado. El individuo se erige en señor sobre la tierra, se vende a sí mismo en el mercado laboral y mediante la acumulación de capital dirige el trabajo humano en beneficio propio. El sentimiento del derecho desaparece del derecho; el derecho se vuelve abstractamente inhumano; muere la muerte del derecho.

Esta problemática se vuelve sumamente virulenta cuando uno quiere desarrollar una explotación biodinámica; se necesita tierra, colaboradores y capital, es decir, un volumen financiero que desde el punto de vista pecuniario nunca da sus frutos; el puesto de trabajo en la agricultura es hoy, en las circunstancias dadas, más caro que en la industria química. ¿Qué cabe hacer? Hay que establecer un estado de derecho puro, es decir, uno que esté sostenido exclusivamente por el principio de igualdad. Tal estado no existe en el ordenamiento jurídico actual; los derechos se comercializan como patatas. Hay que inventar primero, en el propio acto de crearlo, ese estado del derecho sin adulteración. Para ello hace falta un marco jurídico en el que esto sea posible. Tal marco se ofrece en el ordenamiento jurídico vigente a través del derecho de asociaciones sin ánimo de lucro, del derecho mercantil y del derecho de fundaciones. Se trata de asegurar, mediante entidades sin ánimo de lucro, en la medida de lo posible la inalienabilidad de la tierra y del capital. Para ello es necesario, donde quiera que sea factible, un acto de donación, o bien, mediante una financiación única —à fonds perdue— una liberación de las fincas y del capital en ellas vinculado de las antiguas ataduras jurídicas (derecho hereditario, etc.). Garantizado esto, pueden abrirse nuevos caminos en la administración fiduciaria y en el derecho de uso, en el sentido de que el suelo y el capital, desde criterios puramente espirituales y con exclusión de todo derecho hereditario, se pongan a disposición de aquellos que se han capacitado para ello tanto desde el ideal de la ciencia espiritual como desde la habilidad práctica del oficio. La administración fiduciaria queda en manos de quienes están en condiciones de portar el impulso espiritual de la agricultura biodinámica, a través del cambio histórico del avance de la humanidad, de una generación de agricultores a la siguiente.

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Detrás del trabajo está el derecho fundamental al trabajo y las capacidades de los seres humanos. Cuando se intenta aprehender el organismo, y más allá de él el pensamiento de la individualidad, en la contemplación intuitiva inmediata y en el vivir activo, el sentimiento del derecho se va aclarando hasta una limpidez cada vez mayor. Le dice a uno sin posibilidad de equívoco: el suelo no es susceptible de propiedad, pero sí de posesión: se lo posee mientras se lo utiliza, o bien un sucesor capacitado asume el derecho de uso. No de otro modo sucede con el capital encarnado en los medios de producción (máquinas, etc.) y en las instalaciones constructivas.

Un desafío particular se presenta en lo que atañe a la configuración del derecho a los ingresos. En el marco de una comunidad de granja agrícola uno puede desvincularse a este respecto de la tutela de un convenio colectivo, por desgracia no en lo que se refiere a los trabajadores asalariados. El ideal de que todo colaborador estable fuera a la vez co-empresario y formara con todos los demás una comunidad de empresarios que determina por sí misma los ingresos según el estado de los rendimientos sería un objetivo digno de perseguir, pero bajo la legislación vigente sólo es realizable en medida muy limitada. Determinar los ingresos de antemano por la suma de las posibles necesidades de cada uno es algo abstracto y conduce necesariamente a desigualdades y con ello a conflictos. Igual sucede cuando se busca la solución en el «mismo salario para todos». La configuración de los ingresos se orienta en cada caso a las condiciones de vida concretas. En régimen comunitario depende en lo esencial de las circunstancias familiares. Una familia todavía joven necesita al mismo tiempo menos ingresos que una cuyos hijos van a la escuela y necesitan instrumentos musicales, o que una cuyos hijos cursan estudios universitarios. Cuando los hijos han abandonado el hogar, lo que se necesita realmente como ingreso puede reducirse de nuevo, y aún más en la vejez. Esto incluye, naturalmente, todas las vicisitudes de la vida a las que la comunidad ha de enfrentarse de caso en caso.

Hay que aprender a manejar la formación de los ingresos dentro de una comunidad de granja que se administra a sí misma como un proceso dinámico. Esto incluye, según la duración de la colaboración, también el derecho de habitación temporal o vitalicio. Los ingresos extragriculturas (como honorarios por conferencias, seminarios, asesorías u otras actividades) se integran al presupuesto comunitario.

La configuración comunitaria de los ingresos, atendiendo también a la regulación de la previsión para la vejez, de los derechos de habitación, etc., excluye una formación privada de capital. Esto significa el ejercicio de un alto grado

de entendimiento, empatía y una delicada sensibilidad para todo lo que vive sin ser expresado en los intersticios de las relaciones humanas como necesidades no dichas.

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El pensar en fraternidad o en convivencia humana

En el terreno de la vida económica, el pensar ya no se limita a situarse frente al mundo, sino que se sumerge en él y se convierte él mismo en proceso creador. Se sumerge sintiendo en el querer y está así enteramente al servicio del prójimo y del mundo. Pensando, el ser humano encuentra el fundamento de su actividad en las exigencias que el tiempo impone a la granja y en la satisfacción de las necesidades de sus semejantes. Estas últimas son sagradas para el pensar en la vida económica. Beber aguardiente, por ejemplo, puede ser una necesidad. El fabricante de aguardiente no escatimará esfuerzo pensante alguno para idear el procedimiento más adecuado que satisfaga esa necesidad — naturalmente le queda libre el camino de ilustrar a su consumidor, desde una comprensión espiritual, sobre las consecuencias perniciosas del consumo de alcohol —, y el comerciante mantiene el producto en el estante porque hay personas que lo quieren. La vida económica es autónoma, igual que la vida jurídica y la vida espiritual. Hablando con rigor, no es asunto del agente económico privar al consumidor de un producto porque considera que es perjudicial. Pronunciarse sobre eso corresponde, en el plano de la vida espiritual, a la comprensión de las razones de la nocividad, y en el plano de la vida jurídica, a la ley que suprime su disponibilidad. Todo ser humano está, responsabilizándose de sí mismo, inmerso en estos tres miembros y ha de aprender a orientar su conducta social según la validez de la autonomía de los tres miembros de la vida social.

La fraternidad y la sororidad en la vida económica reclaman una nueva forma de pensar. Esta ha de capturar con sentido de la realidad la cadena de creación de valor en su conjunto, panorámicamente, en una imagen de pensamiento. Ha de procurar tener a la vista, en cada fase, al ser humano que actúa económicamente en su esfuerzo espiritual y en las condiciones jurídicas vigentes, a fin de poder calibrar la propia contribución en relación a la de los demás socios económicos. Concretamente esto significa hacerse una imagen de las condiciones de vida y de producción allí donde todo tiene su origen, a saber, en la producción primaria de la agricultura. En la agricultura biodinámica, esta producción originaria procede de un impulso espiritual, del pensamiento del organismo y de la individualidad. Para trasplantar este pensamiento a la tierra de una granja como totalidad se necesitan las capacidades y las manos de muchas personas. Las personas imprimen a su colaboración una

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Rechtsgrundlage y producen mercancías — el pan de cada día —, que fluyen hacia afuera hacia la circulación de mercancías. El precio final al consumidor de estas mercancías debe ser tal que esa corriente de mercancías pueda fluir de manera continua desde el inicio de la siembra hasta el final del consumo. Esto exige un pensar que forma imaginativamente. De él se forma un juicio comunitario que es el único adecuado a la vida económica. El juicio individual no puede lograrlo. Desemboca necesariamente en el callejón sin salida del egoísmo. Solo en la formación de asociaciones, en el colaborar asociativo de los socios económicos, puede desarrollarse un pensar que tenga como punto de referencia las necesidades de los semejantes. Capta en imágenes los contextos relacionales de lo económico y produce de manera fluidamente viva un juicio comunitario, cuyo producto es, entre otras cosas, el precio. Solo este modo de pensar que se afianza y se vivifica en los hechos del vivir económico es capaz de extirpar el egoísmo aparentemente invencible, el mal canceroso de la economía.

El precio de la producción primaria agrícola se convierte en dinero. El dinero, tomado por sí solo, ya no es entonces ningún objeto económico, sino una contrapartida del valor de la mercancía. El dinero adquiere carácter jurídico; se convierte en un derecho de giro sobre la mercancía. Es un medio de flujo para facilitar el intercambio de mercancías. Pero como tal ha de desaparecer lo más rápidamente posible de nuevo en el proceso económico del que ha surgido. Garantiza así el flujo continuo de la producción primaria, con el que toda ulterior formación de valor y precio en el conjunto de la economía ha de medirse.

Si se contempla el organismo agrícola y sus tres miembros constitutivos, este es como una semilla que no solo germina y se despliega una vez, sino que, germinando y desplegándose de manera continuada, irradia más allá de sus límites hacia el entorno social y allí anima procesos sociales. Ahora y en adelante, una agricultura así renovada desde la idea del organismo y de la individualidad puede volver a convertirse en el lugar de nacimiento de la formación de valor en todo lo económico. En todas partes, irradiando desde puntos singulares, puede contribuir a desenredar los hilos confundidos en un ovillo de la vida social en los tres ámbitos de una vida espiritual, jurídica y económica autónomas, y configurarlos de manera transparentemente trimembre en el organismo social. Y es este el que, obrando de retorno, ayuda a que las fuerzas germinales de la semilla del organismo agrícola como cuerpo de la individualidad agrícola se renueven de manera continuada.

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Segunda Parte

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Página en blanco

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La individualidad agrícola y los tres pilares de la fertilidad del suelo

Como se mencionó en el capítulo «La trimembración del ser humano y la individualidad agrícola» (pág. 88 y ss.), el concepto de «individualidad agrícola» adquiere ser y significado cuando el agricultor se dispone a captarlo sobre la base del conocimiento esencial del ser humano. Lo que la ciencia espiritual antroposófica enuncia acerca de la triple naturaleza del ser humano en cuerpo, alma y espíritu puede ser reproducido en autoexperiencia y autoconocimiento. Puede uno dirigir la mirada hacia la organización del cuerpo y encontrar que esta forma el sustrato físico y vital para la actividad del alma y el obrar del espíritu. En los procesos fisiológicamente desintegradores de los nervios y los órganos sensoriales, el alma cobra conciencia, en estado de vigilia, del contenido de su actividad perceptiva y pensante; en los procesos fisiológicamente constructivos, despliega en estado de sueño su actividad volitiva; y, mediando entre ambos polos, en el ritmo del latido cardíaco y la respiración, cumple, en estado de ensoñación, la actividad anímica del sentir. El espíritu del ser humano, el núcleo esencial más propio de su ser, arraiga en el Yo. En la actividad del Yo, el espíritu irradia a través de estas tres actividades del alma y de los procesos corporales que les corresponden. El cuerpo, con sus órganos, composiciones sustanciales y procesos vitales, es el órgano terrestre del alma espiritual, una imagen de sí misma. El alma espiritual, junto con los seres espirituales jerárquicos superiores vinculados a ella,[185] vivifica y configura el cuerpo hasta conformar un organismo en gran medida cerrado. En él, como en un microcosmos, es activo todo cuanto llena el macrocosmos espiritual-anímica­mente. Por su alma espiritual, el ser humano está predispuesto a encontrar en sí mismo los medios y caminos mediante los cuales puede conocerse a sí mismo y conocer el obrar y el ser esenciales del macrocosmos.[186] Lo que en el macrocosmos fue en épocas primigenias todavía algo vivo y dotado de ser, se ha vertido en el curso de la evolución en el mundo, en la plenitud de formas de los reinos de la naturaleza. Se ha convertido en obra. En el Yo humano pervive, de manera germinal, el inicio originario como microcosmos. Del Yo le crece al ser humano la fuerza de desarrollarse, conociéndose a sí mismo, hasta la libre individualidad.

Estas indicaciones pueden refrendar una vez más la justificación y la profundidad de los enunciados de Rudolf Steiner: «El ser humano se convierte en fundamento», cuando se trata de cultivar la tierra de una manera acorde con el espíritu. La

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Los conceptos de individualidad y clausura de un todo orgánico (organismo) solo pueden derivarse, en el sentido más estricto, del ser humano. El ser humano, cada uno por sí mismo, es una individualidad en virtud de su Yo, de su alma espiritual, que hacia arriba se abre a los reinos del mundo espiritual y hacia abajo, con su organización corporal, integra los reinos de la naturaleza. El ser humano solo se vuelve comprensible cuando se aprende a verlo, en este sentido, como ciudadano de dos mundos.

Cuando se habla de una individualidad agrícola con la mayor clausura posible, el concepto de clausura se refiere a su organismo corporal, que en virtud de la idea y la voluntad del ser humano se conforma como recipiente de acogida de la individualidad agrícola. A ello se señaló detalladamente bajo el aspecto de la cuádruple articulación en el capítulo «La cuádruple articulación del ser humano y la clausura del organismo de la granja» (pág. 97 y ss.). Pero ¿qué da contenido al concepto de «individualidad agrícola»? ¿Qué llena de manera espiritual-entitativa el trozo de tierra de la granja? El contenido resulta, como se ha descrito, de la coordinación artística de todos los elementos culturales y paisajísticos de la granja en sentido planar-horizontal hasta sus límites. El punto central desde el cual se dirige este acontecer surge de nuevo desde el alma espiritual del ser humano que se eleva hacia el conocimiento del espíritu.

El cumplimiento entitativo es un acontecer macrocósmico y, al mismo tiempo, uno en cuya intervención — ya sea en sentido bueno y constructivo, o en sentido malo y destructivo — queda librada hoy y en adelante a la libertad del ser humano. Desde los estados de conciencia instintivos de épocas humanas más antiguas se produjeron intervenciones que llevaron al desarrollo del suelo cultivado, de las plantas cultivadas y de los animales domésticos (cf. cap. «La cultura persa primigenia», pág. 42 y ss.). El cuño que mediante estas realizaciones culturales fue impreso a las cosas y seres de la naturaleza porta ya un carácter «individualizado», específico del lugar. Este se intensifica con el despertar del Yo — un impulso del cristianismo que en la Edad Media condujo a la formación de las comunidades aldeanas con punto central y periferia. Hoy nos encontramos ante un giro fundamental: el desplazamiento del punto central de fuera hacia adentro. En la medida en que el alma espiritual, conociendo y actuando, se sitúa dentro de los nexos macrocósmicos y pone su obrar en consonancia con ellos, en esa misma medida se amplía la individualidad del ser humano y se imprime «llenando de ser» al conjunto de la granja. Con ello queda trazado un desarrollo hacia el lejano futuro: «Debemos tener en absoluto claro que el territorio agrícola, junto con aquello

que se extiende por debajo del suelo terrestre, constituye en verdad una individualidad que sigue viviendo también en el tiempo.»[187]

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Tal como se expone ampliamente en el capítulo «La trimembración del ser humano y la individualidad agrícola» (pág. 88 y ss.), la «individualidad agrícola» es trimembre como el ser humano y se ordena, al igual que este, verticalmente en el eje Tierra-Sol, con la diferencia de que las funciones de las profundidades de la tierra son comparables al sistema neurosensorial del ser humano, y las de las alturas sobre la tierra, al sistema metabólico. La zona media entre estos polos la constituye el suelo, comparable a las funciones del diafragma humano. El suelo se extiende como una piel horizontalmente sobre lo sólido de la tierra. En él se concentra y compenetra rítmicamente el obrar de las fuerzas de las alturas y de las profundidades, convirtiéndolo en el fundamento creador originario de toda vida superior sobre la tierra.

Hacia el miembro medio converge en última instancia también todo el trabajo en la agricultura. El agricultor busca orientar la colaboración de estas fuerzas de las alturas y las profundidades, y de las sustancias con las que cada una de ellas está en relación, de tal modo que la zona media rítmica pueda desarrollarse e individualizarse hacia una autonomía cada vez más elevada. Esto se refiere ante todo al crecimiento típico de la especie, así como a la formación del fruto y la capacidad nutritiva de las plantas cultivadas. Se trata en el fondo del desarrollo de la «función diafragmática» hacia una dinámica autónoma progresiva, y de dejar que las fuerzas de las alturas y de las profundidades suenen en consonancia en el ritmo del curso del año, de modo que el órgano de la zona media pueda convertirse en el órgano central del desarrollo de la individualidad agrícola. Este encuentra y encontrará cada vez más su expresión en la fertilidad del suelo propia de cada granja. En ella el obrar de la naturaleza y el obrar del ser humano se funden en un todo en devenir.

El concepto de fertilidad del suelo tiene a lo sumo todavía significado real para el practicante de la agricultura ecológica. Del uso científico ha desaparecido con la irrupción de la industrialización de la agricultura desde los años sesenta del siglo XX. No puede derivarse de parámetros cuantificables y por ello es metodológicamente inaprehensible para la ciencia. En su lugar ha tomado posición el concepto de la capacidad productiva del suelo, que expresa en medida, número y peso lo que el suelo ofrece en rendimiento, pero no cómo ese rendimiento ha surgido ni con qué medios. A través del empleo arbitrario de insumos según tipo y cantidad

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de los llamados nutrientes minerales, pesticidas, herbicidas, reguladores del crecimiento etc., se obtienen año tras año rendimientos máximos calculables incluso en suelos naturalmente poco «dotados», es decir, pobres. Con ello el aspecto cualitativo de la fertilidad del suelo —por ejemplo el valor específico del lugar o de la procedencia, o bien la calidad nutricionalmente fisiológica de los alimentos— ha quedado obsoleto. El concepto de capacidad productiva se refiere en lo fundamental únicamente a cuestiones de agrotecnología; el concepto de fertilidad del suelo, en cambio, a la pregunta por un arte de la agricultura que hay que desarrollar de nuevo. Este exige, como se ha insinuado más arriba, ampliar la mirada hacia el lado esencial del mundo, hacia las más íntimas acciones de las fuerzas en la economía de la naturaleza.

Tomando como punto de partida la derivación de los conceptos de «organismo agrícola» e «individualidad agrícola» (cf. pág. 88 y ss.), la dimensión en que el agricultor trabaja en realidad —en qué realidad esencial trabaja— se hace plenamente visible. Todas las medidas que adopta en el cultivo de tierras y huertos se aplican al miembro central de la «individualidad agrícola», el suelo, cuya función, vista macrocosmicamente, es comparable al diafragma humano (Figura 5, pág. 90). Así como este, en su dinámica rítmica, está en relación con el pulso del corazón y la respiración pulmonar, también los procesos del suelo responden a los ritmos que tienen su origen en las relaciones de movimiento entre la Tierra y el cosmos. Así como el ritmo del día y la noche se despliega microcosmicamente en los estados polares del velar y el dormir, también el mundo de los seres de la naturaleza que actúan en lo oculto experimenta estados polares: por un lado, el de quedar encantado en la plenitud de las formas como sueño de verano; por el otro, en el desvanecerse de esas formas, el de la liberación y la autonomización como despertar de invierno. Del mismo modo, los tránsitos de la primavera significan un adormecerse y los del otoño un despertar. En este perpetuo cambio en el curso del año interviene el agricultor; en consecuencia, ninguna medida es igual a la otra. El continuo en el cambio de las manifestaciones, al que se refieren todas las medidas de cultivo, es el suelo y su educación hacia la fertilidad perdurable.

Según la dotación natural propia del lugar, la fertilidad del suelo descansa sobre las tres columnas del laboreo del suelo, la rotación de cultivos y el abonado. El laboreo dirige, según las necesidades de las plantas que han de cultivarse, los procesos físicos del suelo; la rotación de cultivos contribuye a su vivificación; el abonado las vivifica y las anima. Estas tres columnas sustentantes de la producción primaria agrícola han de ser consideradas a continuación bajo puntos de vista ampliados.

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Primer pilar:

Sobre el ser del laboreo del suelo en relación con el desarrollo del suelo en el curso del año

El suelo

La ciencia de la edafología delimita, en las zonas climáticas templadas, el suelo a la capa de meteorización enraizada que reposa sobre la roca del subsuelo. Esta capa de meteorización es, en su potencia y estructura, expresión, por un lado, de la índole del material geológico de partida y de las fuerzas de las profundidades de la tierra, y por el otro, de la índole del obrar atmosférico y de las fuerzas cósmicas de las alturas. Como tercer elemento modificador se añade la geomorfología, la forma del paisaje (tectónica, erosión hídrica y eólica). Del juego conjunto de esta triplicidad de fuerzas y sustancias surge, en la vertical, un perfil del suelo rico en variantes y que se articula, a su vez, en tres miembros. Su zona superior, el horizonte A, está influida en alto grado por sustancias y fuerzas que actúan desde la atmósfera, desde el «vientre» de la individualidad agrícola. Aquí, en la capa más superior, se concentra la vida del suelo vegetal y animal y, surgido de ella, el humus como portador esencial de fertilidad. El humus procura la coloración oscura de este horizonte y una estructura granular rica en poros.

La capa intermedia, el horizonte B, es resultado de una meteorización progresiva. Se compone de una mezcla de arcilla, limo, arena fina y arena gruesa, que puede unilateralizarse hasta los extremos del suelo arcilloso pesado o el suelo arenoso ligero. El portador de fertilidad en esta zona es la proporción armónica de mezcla de los cuerpos minerales sílice, arcilla y cal, tal como se da en el suelo franco suave.

Bajo el horizonte de meteorización aparece la roca madre, el horizonte C. El límite entre ambos lo determina el frente de disolución del calcio. Mediante una progresiva desbasificación, este frente se profundiza en pasos apenas perceptibles año tras año.

La base física del suelo la forman los cuatro elementos clásicos tierra, agua, aire y calor. Los suelos minerales presentan un volumen total de poros de entre el 40 y el 50%. Este se compone de un complejo sistema de (1)

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poros más finos hasta macroporos, grietas de retracción, galerías biogénicas, etc. Se llenan de agua con la lluvia, de aire con la sequía y la infiltración. El calor, al que la física no ha reconocido desde el siglo XVI/XVII como estado propio de la materia en cuanto elemento (estado de agregación), penetra a sus tres hermanos, los pone en relación entre sí, cuida de su tránsito de un estado elemental al otro, o bien, en su ausencia (el frío), de su separación y de su permanecer en su ser particular.

En la ciencia del suelo se habla, a partir de estudios empíricos del perfil, de un desarrollo del suelo que ha tenido lugar desde el final de la última glaciación, hace entre 10 000 y 15 000 años. Según el aspecto de los distintos perfiles edáficos y su múltiple diferenciación como resultado de este desarrollo a largo plazo, se distingue una serie de tipos de suelo característicos. Según la intensidad de meteorización, los desplazamientos verticales de sustancias y la horizontación, se trata, por un lado, de tipos de suelo que presentan todavía estadios de desarrollo juveniles, como los suelos AC de las «Rendzinas» en estaciones calcáreas de ladera o secas. Polares a estos, también con perfil AC, se forman los «Rankers» sobre rocas silíceas ácidas en posiciones de erosión. Partiendo de estos estadios juveniles, pueden seguirse, por otro lado, tipos de suelo de edad creciente, como por ejemplo en estaciones calcáreas la serie de envejecimiento Rendzina → Tierra parda lixiviada → Pseudogley, o sobre cuarzo-sílice ácido la serie Ranker → Tierras pardas → Podzoles.

Cada granja tiene uno o con frecuencia varios de estos tipos de suelo. Su conocimiento dice mucho sobre la laborabilidad, la capacidad de retención de agua y demás factores determinantes del crecimiento, en suma sobre su dotación natural. Más allá de ese conocimiento, es todavía más importante para el agricultor dirigir la atención hacia el desarrollo del suelo que se realiza de año en año, y adentrarse en él, hacerlo propio. Participar en su conformación significa ante todo el arte del laboreo del suelo.

El curso del año se articula en las estaciones invierno, primavera, verano y otoño. A lo largo de estas características sucesiones temporales, el suelo atraviesa un desarrollo indisolublemente ligado a la vida y a la muerte de las plantas y de la fauna del suelo. Con el laboreo del suelo, el agricultor y el jardinero buscan, según las circunstancias, fomentar o frenar los procesos de la vida, y del mismo modo los de la muerte. La sintomatología del acontecer procesual se aclara mejor con el ejemplo del cultivo de cereales.

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El proceso invernal y el laboreo del suelo

En invierno, el mundo fenoménico queda reducido a lo meramente físico. La vida exterior se ha extinguido en gran medida; se ha retirado al estado de reposo de las esporas, semillas, yemas, así como al cámbium y a los órganos de reserva (tubérculos, nabos). El crecimiento de las hojas del cereal de invierno sembrado en otoño se detiene. Con la llegada del frío, las hojas se ciñen en roseta, estrelladas, a ras de tierra, como imagen refleja del cielo estrellado.[188] Solo las raíces siguen creciendo lentamente hacia las profundidades. La naturaleza se viste de claridad y oscuridad, de blanco y negro. Sobre el manto blanco de nieve se recorta contrastando la oscuridad del ramaje de árboles y arbustos. El suelo muestra desde noviembre una coloración más oscura que en el resto del año. Es consecuencia de la saturación de todos los poros del suelo con agua. Este fenómeno apunta al proceso invernal central: la separación en gran medida de los cuatro elementos entre sí. El calor, que en otras estaciones lo penetra todo, se retira y abandona a sus tres hermanos a su propio ser físico. En su lugar aparece, como su polo contrario, el frío. El aire es puro y claro y abre la vista hacia la lejanía o hacia arriba, al cielo estrellado. El agua deja de evaporarse; se vuelve más densa, más pesada, y se filtra hacia las profundidades. Lo térreo-sólido se contrae y se configura en su naturaleza cristalina rigurosamente geométrica.

El proceso invernal traslada a la tierra a un estado de entrega a sí misma, una suerte de despertar espiritual. «La Tierra es, pues, durante el pleno invierno, lo más tierra posible; su verdadera esencia es ella misma en ese momento.»[189] Se emancipa de las influencias planetarias y se abre a los efectos irradiantes del «cosmos más lejano», la esfera de las estrellas fijas, que los griegos llamaban con toda significación cielo cristalino.[190] El invierno es «el tiempo en que en la Tierra puede desarrollarse la mayor fuerza cristalizante, la mayor fuerza formativa para las sustancias minerales. En ese momento es propio del interior de la Tierra […] hallarse bajo la influencia de las fuerzas formadoras de cristales

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fuerzas que están en las extensiones del cosmos, a venir […] y cuanto más profundo se llega, tanto más tienen ese anhelo de llegar a ser cristalinas y puras en la economía de la naturaleza.»[191]

Las fuerzas formativas cristalizantes se apoderan en el frío del invierno también del elemento del agua. Este alcanza su mayor densidad a +4 °C y comienza —al volver a expandirse— a cristalizarse en hielo por debajo de 0 °C. Este proceso se cumple en la superficie de la tierra y de las aguas y en la humedad del aire, formando copos de cristales de nieve. Con grandes fríos caen cristales individuales en formas de las que ninguna es igual a otra; y sin embargo todos cristalizan en hermosura y pureza según el mismo principio, hexagonales, en estrella de seis puntas.

Estas fuerzas formativas y cristalizantes que durante el invierno irradian desde el «cosmos lejano» son significativas en un triple sentido para el desarrollo del suelo en el año siguiente.

La formación de la sazón del suelo por la helada

A consecuencia de la anomalía del agua —que al cristalizarse aumenta su volumen y se vuelve específicamente más ligera—, produce en los capilares saturados de agua, las grietas y los poros del suelo un efecto de fragmentación. Este efecto es particularmente beneficioso cuando, tras la tardía cosecha de cultivos de escarda en otoño y con el suelo encharcado, el arado deja una banda de tierra embadurnada, comprimida hasta la cohesión. Entonces se hace necesario el «Maestro Hielo», que devuelve al suelo ese estado desmenuzado que el agricultor no podría lograr con herramienta alguna. La helada fragmenta la masa cohesiva del suelo en una multitud de pequeños terrones angulosos y poligonales: la «sazón del suelo por la helada». Puesto que surge por vía puramente física, es inestable y puede enlodarse de nuevo fácilmente con lluvias intensas. Pero si la suerte acompaña al agricultor y la sazón por helada se conserva hasta bien entrada la primavera, se estabiliza por vía biológica y asegura —como se dice— la mitad de la cosecha, aun antes de que la semilla de primavera esté en la tierra.

Durante el invierno, con el «Maestro Hielo», es la naturaleza misma quien se encarga del laboreo del suelo. La mano del hombre descansa.

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La formación de los minerales de arcilla y su neoformación

La arcilla constituye una mezcla de diversos minerales de arcilla, así como de productos finales amorfos de la meteorización: los hidróxidos de silicio, aluminio, hierro, etc. Estos últimos son de naturaleza coloidal, sin forma —un estado entre lo sólido y lo líquido, el mismo que subyace a todo acontecer procesual en lo viviente. La plasticidad de la arcilla proviene de su afinidad con el agua, así como de la pequeñez en parte submicroscópica de las hojuelas cristalinas de los minerales de arcilla, de la capacidad de hinchamiento de determinadas especies de minerales de arcilla (Montmorillonita y otras) y de la elevada capacidad de absorción de agua de los coloides del suelo. El agua hace hincharse a la arcilla. La sustracción de agua por desecación genera las más finas grietas de contracción, hasta llegar a profundas fisuras en el suelo.

Si la dinámica de la arcilla está determinada esencialmente por la afinidad con el agua y las sales disueltas en ella, son el aire y el calor quienes contribuyen a ese rítmico vaivén entre la forma (costra sólida) y el intercambio procesual de sustancias. Este ritmo se manifiesta especialmente en la dinámica de las capas de hidratación de las partículas de arcilla. Se contraen en la sequedad (verano) y se aproximan en su densidad a lo térreo-sólido. Con la humedad (invierno) las capas de agua amplían su volumen. Así, la arcilla es el portador del rítmico juego conjunto de lo sólido, lo líquido, lo gaseoso y el calor, y con ello el representante del miembro constitutivo de la Mitte, del «diafragma», entre el polo metabólico por encima y el polo cefálico por debajo de la tierra (cf. Figura 5, p. 90).

Los que imprimen estructura en la arcilla son los minerales de arcilla; cristalizan en forma hexagonal, en hojuelas de finura impalpable, con una extensión superficial inferior a 0,002 mm. Se escinden hasta tal delgadez submicroscópica de las caras cristalinas que puede calificarse a estas como la idea materializada del «plano» que —según las fuerzas formativas cristalizantes del cosmos— desarrolla sustancialmente la red cristalina en extensión superficial y se delimita en la forma hexagonal. Los minerales de arcilla deben la elevada dinámica de ligar y disolver sustancias a las capas intermedias expansibles, pero sobre todo precisamente a esta doble cara de sus superficies, que en sucesión se extienden casi hasta lo ilimitado. La extensión superficial de 1 g de Montmorillonita hinchable asciende, por ejemplo, a 800 m².[192] En el rítmico vaivén entre la forma cristalina y la

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En la dinámica entre la forma cristalina y la dinámica son los minerales de arcilla los que hacen del **Ton** el portador de fertilidad en el ámbito de lo físico-mineral.

Los distintos tipos de minerales de arcilla se originan de tres maneras:

  • Por meteorización física de las micas. Se forman en este proceso, entre otros, minerales de arcilla primarios y, mediante una mayor disgregación química, transformaciones hacia minerales de arcilla secundarios.
  • Por meteorización química de magmatitas ricas en bases y rocas metamórficas surgen series de minerales de arcilla secundarios hasta la desintegración total de las redes cristalinas, con formación de los mencionados hidróxidos amorfos coloidales.
  • Neoformación de minerales de arcilla secundarios a partir de la síntesis de la masa coloidal de hidróxidos de silicio y aluminio.

Esta neoformación es un proceso originario de cristalización, un «devenir tierra» desde el estado primordial viviente de lo coloidal-acuoso, una sustancia semiviva.[193] La masa amorfa de los coloides del suelo se configura de nuevo. Las sustancias se ordenan, con incorporación de bases metálicas, hacia la estricta geometría de la red cristalina. Las fuerzas que producen este orden se buscan habitualmente en las propiedades de las sustancias. ¿Cómo es posible, sin embargo, que ciertos cristales, como el cuarzo por ejemplo, presenten un hábito dependiente de la geografía, mientras que otros, como la pirita, puedan adoptar modificaciones completamente distintas de la forma cristalina —con igual composición sustancial— ? Las fuerzas que producen esto provienen de fuera de lo físico-terrestre; son las mencionadas fuerzas formativas extraespaciales y extratemporales procedentes del cosmos extraplanetario, para cuya manifestación los elementos individuales de la sustancia, conforme a sus propiedades materialmente ligadas, tienen en el espacio y en el tiempo una relación específica en cada caso.

Sobre el hecho del origen cósmico de las fuerzas formativas y cristalogenéticas hace Rudolf Steiner la advertencia en las indicaciones citadas más arriba. Describe su acción como un acontecer invernal, como uno que pone a la tierra, hasta sus profundidades, en un estado cristalino más puro. Es próximo ver una conexión de este obrar de las fuerzas formativas con la transformación de los minerales de arcilla primarios en secundarios, y en especial su neoformación a partir de estados informes de los coloides del suelo. En la misma dirección apunta la indicación de Willi Laatsch (1905–1997),[194] según la cual las redes cristalinas de los minerales de arcilla en el suelo, a bajas temperaturas,

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se forman (invierno) y presentan, en comparación con las rocas cristalinas primigenias, un menor grado de orden de las redes cristalinas.

Así puede decirse en síntesis: también desde el punto de vista de la dinámica de los procesos de meteorización en la naturaleza inorgánica, hasta los estados coloidales amorfos, así como de la dinámica del surgimiento de nuevos minerales de arcilla silicatados, el invierno señala el comienzo del desarrollo del suelo en el curso del año.

En invierno, los suelos se renuevan en su constitución física mediante un auto-laboreo por las fuerzas invernales.

Portación y conservación de las fuerzas formativas cósmicas en el curso del año

Las fuerzas formativas que irradian en invierno actúan a través de lo sustancial de la tierra, y tanto más intensamente cuanto más riguroso es el invierno. Ante estas fuerzas formativas cristalogenéticas, creadoras de pureza estructural, la naturaleza físico-mineral —representada por la sílice (cuarzo, silicatos), la cal (rocas básicas) y la arcilla— guarda en cada caso una relación distinta. El cuarzo-sílice es, en las zonas templadas y polares, prácticamente resistente a la meteorización. Rechaza la fuerza disolvente de la forma que ejerce el agua; la cal, en cambio, la atrae. El cristal de roca (sílice) es por naturaleza «cristalino puro»; la cal desarrolla una dinámica propia de destrucción y construcción; aparece en formas múltiples, en el arco que va desde la calcita que cristaliza en pureza rómbica hasta la calcita sinterizada hidratada. La sílice y la cal forman polos opuestos en el suelo y en el mundo de las rocas. La cal tiene una elevada afinidad con el agua. Así como es «ávidamente» receptiva a las fuerzas formativas del cielo estrellado, lo es también para las fuerzas formadoras del entorno planetario próximo al sol —las que irradian de Mercurio, Venus y, sobre todo, de la Luna—, fuerzas que actúan a través del elemento del agua. Esto último ocurre en primavera, en conexión con la vida que se despliega. En invierno, en cambio, absorbe ávidamente las fuerzas de las estrellas fijas, mientras que la sílice, cristalino pura y reposada en sí misma, las refleja hacia afuera. «La cal lo reclama todo; lo silíceo no reclama en rigor nada ya […] Lo silíceo es el sentido exterior universal en lo terrestre; lo calcáreo es el deseo exterior universal en lo terrestre; y la arcilla media entre ambos.»[195] La arcilla se halla ante lo

La arcilla se aproxima más a lo silíceo que a la cal. Esto se muestra en la estructura en capas silicominerales cristalinas de los minerales de arcilla. Sin embargo, tiene la capacidad de reunir, en una síntesis superior por así decir, el polo silíceo y el polo cálcico. Su dinámica es doble: por un lado, la superficie de las partículas de arcilla está rodeada de una envoltura de hidratación; por otro, puede absorber agua entre sus capas cristalinas. Las sustancias disueltas en el agua —sobre todo las básicas— son a su vez adsorbidas por las superficies cristalinas límite, o pueden desligarse de esa vinculación en intercambio con otras. Cuando en ciencias del suelo se habla de adsorción o de capacidad de intercambio de los suelos, estos parámetros se refieren, junto al humus, ante todo a los minerales de arcilla. A la luz de lo dicho arriba, resulta próximo pensar que tanto el grado de ordenación cristalina de los minerales de arcilla como el de las sustancias ligadas a las superficies límite e intermedias son influenciados por las fuerzas estelares invernales.

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Por otra parte, la arcilla preserva las fuerzas formativas que la sílice refleja hacia afuera y que la cal quiere reclamar para sí, y las transmite a lo largo del período de crecimiento a las raíces de las plantas. La arcilla es, a través de las raíces y del brote que asciende en aire y calor, «el promotor de la corriente cósmica ascendente».[196]

Esta indicación apunta al flujo de sales y agua —Goethe lo llamó la savia terrestre— que en el eje del brote asciende por el xilema, dentro del cámbium periférico, dirigido hacia el follaje. Es este flujo portador de fuerzas formativas el que ayuda a la planta a la configuración física de sus sustancias —las proteínas, los carbohidratos estructurales, etc.— y así en conjunto a la forma sensible de su tipo.

El físico y el químico delimitan las sustancias unas de otras según sus propiedades. Estas propiedades se reconducen a un potencial de fuerzas —electricidad, magnetismo, fuerza nuclear— que sin embargo solo caracteriza el lado físico, ligado a la Tierra, de las sustancias. Rudolf Steiner tiene plena conciencia de este lado en su investigación espiritual, pero a ello añade el otro lado: el lado cósmico de las sustancias, a través del cual se revela por primera vez su ser activo en lo físico. La constitución físico-dinámica de un elemento sustancial —o de una composición de tales, como lo es el mineral de arcilla— se muestra como punto de referencia, mediador y portador de las fuerzas que irradian específicamente desde el cosmos, como por ejemplo las fuerzas formativas de la esfera de las estrellas fijas o las fuerzas formativas etéricas dadoras de vida.

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del Sol y de los planetas. La «vida cósmica» y el «quimismo cósmico»[197] se sirven, por así decir, de las sustancias y fuerzas terrestres tal como se encuentran en el suelo —en el sílice, la cal y la arcilla— para plasmar en las formas de las plantas su imagen primordial, su tipo.

Considerada desde el aspecto anterior, la naturaleza cristalina de los minerales de arcilla, junto con las sustancias que las fuerzas subterrestres-infrarreferentes les ligan, queda expuesta durante el invierno a las irradiaciones de fuerzas de naturaleza suprafísico-cósmica, que actúan en lo orgánico como portadoras y conformadoras de vida. Así se pueden entender las indicaciones de Rudolf Steiner sobre la arcilla en el sentido de que esta conserva dichas fuerzas formativas y las transmite a las raíces en la siguiente fase de crecimiento. Ellas ascienden en corriente, forman la forma vegetal como imagen de su tipo y componen las sustancias en los frutos en portadoras de la capacidad nutritiva.

El proceso primaveral y el laboreo del suelo

En el preprimer

Mucho antes de que el crecimiento aéreo despierte de su reposo invernal, ya a los pocos días de un sol vigorizante del preludio primaveral —a veces ya en febrero— se despierta una vida del suelo sorprendentemente viva. La superficie del suelo se ha aclarado levemente por la evaporación del agua, el aire y el calor penetran en los poros de la capa más superficial del suelo, y los cuatro elementos comienzan a compenetrarse de nuevo. Es el tiempo en que el agricultor toma las riendas sobre el desarrollo del suelo en el curso del año, y en que le asalta la impaciencia de labrar el campo demasiado pronto con los pesados tractores. Para preservarse de ello y hacerse una imagen clara del estado del suelo, baja del alto tractor, se arrodilla en el campo, aparta con mano y brazo la capa más superficial del suelo, y comprueba con asombro cuántas malas hierbas ya han germinado y se han desarrollado hasta el estadio de hilo, cómo ya pululan escarabajos, cuántos vermes anillados, larvas, etc., andan ya en busca de alimento, pero sobre todo cómo la actividad de los microbios comienza a estabilizar en una estructura granular la sazón del suelo dejada por el invierno. Se cumple el proceso de la «consolidación viva».[198]

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Las bacterias, unidas entre sí en colonias por las sustancias mucilaginosas de sus envolturas celulares, forman puentes entre las partículas del suelo. Se originan cavidades de mayor y menor tamaño, el volumen de poros aumenta, el intercambio de aire y calor en el ritmo del día y la noche se intensifica y el suelo se vuelve capaz de absorber lluvias torrenciales repentinas. Pero al mirar más de cerca, los valles de los surcos en la tierra rugosa aún aparecen oscuros, saturados de agua; o bien, cuando el subsuelo ha sido nivelado en otoño por el rastro del arado, resulta ser demasiado sensible a la presión. Un laboreo del suelo inoportuno, por regla general demasiado temprano, deja daños irreversibles por compresión en las huellas del tractor: el desarrollo del suelo queda estancado por el resto del año. Distinto es el caso con el trabajo a caballo. Las huellas puntuales de los cascos del caballo son revertidas pronto por la acción microbiana.

La máxima en el preludio primaveral reza: «Salir al campo tan pronto como sea posible.» Esto hace comprensible la impaciencia antes mencionada. Se trata de nivelar el campo, de favorecer el desmenuzamiento mediante el calentamiento y la aireación del suelo y de crear un primer lecho de germinación para las malas hierbas. A este fin sirve el primer pase de laboreo del año: el arrastre. En la agricultura quimiotécnica ha quedado superfluo por el empleo de herbicidas. Por razones de coste y debido al elevado peso de los tractores, los pases de preparación del lecho de siembra se combinan directamente con la siembra. En la agricultura biodinámica, en la medida en que lo permita el tiempo y siempre que sea posible, el arrastre y uno o dos pases de rastra deberían preceder a la siembra, para arrancar de raíz las malas hierbas que se encuentran en el tierno estadio de plántula y dejarlas secar. Al mismo tiempo se estimulan la formación de agregados y las transformaciones de sustancias, se interrumpe el ascenso capilar del agua y con ello se retiene en el suelo la humedad invernal.

Junto a la preparación del lecho de siembra para los cereales de verano, también el cultivo de invierno requiere el cuidado del suelo; ya sea mediante la rotura de la costra superficial con la rastra ligera o el rastrillo deshierbador, ya sea mediante el rodillado de las plantas para que el sistema radicular recupere el contacto con el suelo tras las heladas alternas.

En la primavera

Los procesos primaverales que ahora se presentan serán ilustrados con el ejemplo del cereal de verano. Tras los trabajos preparatorios del preludio primaveral, se realiza la siembra. La semilla se deposita a pocos centímetros de profundidad en la oscuridad de la tierra, sobre el lecho ligeramente compactado por la reja del sembrador. Esto facilita

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la hinchazón de la semilla por ascenso capilar del agua; lateralmente y desde arriba, la siembra queda rodeada de aire y calor en la fina cobertura terrosa y desmenuzada. La germinación de la semilla es un proceso que no presupone la presencia del elemento de lo Térreo-Sólido —la tierra—, sino tan solo los elementos de calor, aire y agua. Esto ya da fe del hecho de que el crecimiento de la plántula remite a un estado evolutivo en que la tierra no era aún tierra, y la planta era aún un ser nacido del agua. Ese estado se repite al comienzo de su devenir como planta terrestre. Este principio de repetición de estados anteriores lo formuló Ernst Haeckel (1834–1919) en 1866, como resultado de sus estudios sobre el desarrollo embrionario en plantas, animales y el ser humano, como la «Ley Biogenética Fundamental», que afirma: «La ontogenia es una repetición de la filogenia»[199], o bien: «El desarrollo individual es la repetición del desarrollo filogenético.» Rudolf Steiner no restringe este conocimiento tan solo al devenir de la Tierra y sus reinos de la naturaleza, sino que lo amplía a tres estados planetarios que precedieron al devenir terrestre. Se describen como el «Antiguo Saturno» (con el que surgió el elemento del calor puro), la «Antigua Sol» (con la condensación de una parte del calor al elemento del aire) y la «Antigua Luna» (con la condensación de una parte del aire al elemento del agua). Solo en un cuarto estado planetario surgió el elemento de lo Térreo-Sólido.[200] En el tercer nivel evolutivo, la «Antigua Luna», lo vegetal vivía —formándose desde el agua— como una masa viva apenas diferenciada. Al comienzo del devenir terrestre se repite en un nivel superior, en su conjunto, el estado de la Antigua Luna, al igual que los dos niveles evolutivos precedentes. Al ir diferenciándose el mundo vegetal como «nacido de la Tierra», al ir incorporando el elemento de lo Térreo en raíz, hoja, tallo y flor, está al comienzo del «desarrollo individual» de la planta el tierno germen acuático, en repetición de los tiempos de la Antigua Luna.

Los cereales pertenecen a las gramíneas y, como tales, a las monocotiledóneas. Las semillas se articulan en el germen (embrión) y el cuerpo harinoso (endospermo). Ambos están separados entre sí por el único cotiledón: el escudete. Al germinar, el cotiledón no sale a la luz —como sí es la regla en las dicotiledóneas—, ni se vuelve verde como estas, sino que permanece adherido en el suelo de la cubierta seminal. Lo que aparece es ya la primera hoja que apunta. La plántula es la concreción de lo que en

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ya está visiblemente dispuesto en órganos en el embrión.[201] En el embrión se revela «lo Cósmico [arquetipo espiritual; complemento del autor], que vive como forma de la planta en la semilla».[202] El tejido nutritivo del cuerpo harinoso, que en gran medida llena el volumen de la semilla, proviene de la planta madre y está constituido en tipo y cantidad de tal modo que la planta, en repetición del estado lunar vivo-acuático, solo puede desarrollarse hasta la plántula, no más allá hacia la planta cerealera terrestre altamente diferenciada. Para ello se requieren dos cosas: el enverdecimiento del tallo ascendente y las hojas bajo la luz del sol que irradia en el presente, y el entrelazamiento de la raíz con la tierra. Como en general en las plantas superiores, también en los cereales muestra el embrión en sección longitudinal una forma triarticulada ya prefigurada en su disposición: el polo de la raíz, el polo del brote con el punto de vegetación y, formando la mite, el nudo germinal, que encierra en sí la fuerza de la verticalidad.

Con el hinchado de la semilla, y con el calentamiento correspondiente del suelo, se inician en el tejido nutritivo procesos de descomposición. Lo primero que comienza es el crecimiento de las raíces germinales —tres en el trigo, cuatro en la avena—. En el estadio de plántula estas raíces aún no están recubiertas de pelos radicales; son prolongaciones de células de la piel de la raíz. Por eso las malas hierbas son más fáciles de arrancar con rastra y rastrillo deshierbador cuando todavía no se las ve. Solo con el enverdecimiento de las primeras hojas y con ello la estimulación del propio metabolismo establecen las raíces germinales a través de los pelos radicales una relación estrecha con el suelo. Se forman las vías conductoras del *Phloem* (asimilados) y del *Xylem* (agua, sales). Los pelos radicales, que ahora —apretadamente, hasta 100 por mm de longitud de raíz[203]— han crecido unidos a las partículas de arcilla y humus, cubren en el estadio juvenil, con cierta distancia desde la punta de la raíz, inicialmente toda la longitud de las raíces germinales. Si se extrae con cuidado del suelo una planta de avena, o en otoño una de centeno, en el estadio de una hoja, quedan adheridos a la raíz terrones de tierra como pequeñas salchichas. Solo con sus raíces que se adentran verticalmente en las profundidades y se ramifican, y con el brote que asciende verticalmente hacia el sol, abandona la planta su estadio germinal lunar-acuático y se convierte en imagen de la relación entre la tierra y el cosmos que actúa en el presente.

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El embrión crece a partir de sustancias terrestres y de fuerzas del cosmos que la planta madre depositó en el cuerpo feculento de la semilla. Esta fuente se agota con la conclusión de la plántula. ¿Qué fuente debe abrirse ahora de nuevo? ¿Qué tejido nutritivo ocupa el lugar del consumido? Tiene que ser, de modo similar a este, un producto de procesos vitales pasados. Es el humus, que surge de la transformación de todo cuanto las plantas han dejado como residuos, excepto lo que ha entrado en la formación de la semilla. ¿Cómo puede, sin embargo, la plántula ya desarrollada abrirse esta nueva fuente nutritiva —sea humus nutritivo o humus estable maduro? Aquí entra en consideración, ante todo, la formación de las raíces adventicias o coronales. Estas crecen en primavera a partir de los uno o dos nudos inferiores y se multiplican con el ahijamiento progresivo. Frente a las raíces germinales primarias, las raíces adventicias son formaciones secundarias. Crecen cerca de la superficie y forman una corona radicular que recorre la capa arable en ramificaciones finísimas. La apertura real del humus ocurre, sin embargo, a través de los pelos radicales mencionados, cuya presencia sobre raíces germinales y adventicias amplifica la superficie radicular en muchas veces. A través de los pelos radicales, la planta en crecimiento establece una conexión directa con el suelo circundante.

Los pelos radicales excretan una parte de los asimilados formados en las hojas —azúcares, mucílagos proteínicos, fermentos, ácidos orgánicos—, conducidos hacia las raíces hacia abajo por la corriente periférica del *Phloem*. En la corriente inversa absorben sales minerales y agua, que con su carga de sustancias es conducida contra la gravedad, a través del tejido conductor del *Xylem*, hasta los órganos asimiladores del brote aéreo de la planta.

Con sus excreciones radiculares la planta parece ser un cubo sin fondo: ¿una pérdida inútil? Lo contrario es el caso. En primavera amplía su «organización vital» hacia el espacio del suelo que ha penetrado con sus raíces y asume la dirección del ejército innumerable de los microbios. Las excreciones radiculares refutan la concepción unilateral de que el suelo nutre a las plantas y estas serían solo las receptoras pasivas. En primavera, por el contrario, las plantas nutren en medida considerable, por propia iniciativa, al suelo y desencadenan en él procesos mediante los cuales reclaman para sí la fertilidad del suelo. Es un acontecer tan sutil como inabarcablemente complejo, dominado por el cuerpo vital de las plantas, según las necesidades de sus estados de crecimiento progresivos.

Las excreciones radiculares nutren, activan y dirigen la actividad de los microbios, construyen en la zona radicular, según la especie de la planta huésped, una

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Abbildung 12: Winter- und Frühjahrsprozesse im Boden. Die Hautbearbeitung im Frühjahr.

cantidad de comunidades de vida específicas (simbiosis) con bacterias y hongos, y elevan mediante sustancias activas la tasa de multiplicación de las bacterias en el espacio de suelo próximo a las raíces, la rizosfera, hasta cincuenta o cien veces.[204] Además, las excrecciones ácidas (ácido carbónico, ácido málico) contribuyen a la apertura de los minerales.

Dirigido por la organización vital de la planta, que se extiende hacia la rizosfera, se pone en marcha el proceso primaveral propiamente dicho: la descomposición microbiana del humus hasta su mineralización completa (figura 12).

La vida conservada en la composición sustancial del humus maduro se transforma ahora en la vida de los organismos heterotróficos en la oscuridad de la tierra — la innumerable multitud de bacterias, protozoos y hongos que, comparable a la digestión intestinal, a su vez mueren y se descomponen en sus componentes sustanciales, los cuales pasan entonces a solución en forma de sales en el agua del suelo. Es el crecimiento vegetativo del cultivo de plantas en primavera el que dirige el proceso de «digestión de la fertilidad del suelo» y con él también la justa medida de las sales minerales liberadas, sobre todo el nitrógeno. Estas son adsorbidas por los pelos radicales en simultaneidad con la excreción de asimilados, en sentido contrario a esta.

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Si en invierno predominaba un acontecer puramente físico — la separación de los elementos, un extinguirse de la vida orgánica exterior, acompañado de procesos de condensación y cristalización —, en primavera es un acontecer de máximo despliegue vital exterior, bajo y sobre el suelo. Este devenir orientado hacia el futuro, sin embargo, consume fertilidad del suelo. Este consumo proviene de la descomposición del portador de la vida pasada: el humus. Así como el endosperma pertenece a la semilla y al germinar se extingue en la formación de la plántula, así el tejido nutritivo del humus es el suelo germinativo desde el cual, bajo las fuerzas que irradian del cosmos, la vida presente de la planta puede configurarse terrestremente hasta la formación del fruto.

Así, las siembras en crecimiento en primavera pueden operar tanto más activamente esta transformación de la vida extinguida en una nueva vida, cuanto más fértil sea el suelo y cuanto más se alternen entre sí sol y lluvia, así como la aireación y el calentamiento del suelo.

Formación de costra y labranza superficial

Bajo las influencias exógenas del polo metabólico sobre la tierra, la dinámica de los procesos del suelo en primavera está sujeta a fuertes oscilaciones, que exigen al agricultor observación precisa, pensamiento examinador y acción con presencia de ánimo. En lo que respecta al laboreo del suelo, se trata ahora de compensar, además de la supresión oportuna del crecimiento de malas hierbas, las unilateralidades debidas al tiempo meteorológico en favor del crecimiento conjunto de suelo y planta. Se trata de romper la costra. La formación de costra se produce tras cada lluvia intensa; debe ser rota una y otra vez, hasta el encañado del cereal. Este «laboreo de la piel del suelo» peculiar de la primavera, con rastra, striegel, azada, debe hacerse con la mayor eficacia posible: cada formación de costra cierra el suelo, reduce o incluso impide la respiración del suelo, la absorción de oxígeno — esencial para la vida edáfica aerobia, vegetal y animal — así como la emisión de ácido carbónico, que en parte es excretado por las raíces de las plantas, en parte liberado de la descomposición microbiana del humus. La formación de costra significa estancamiento de ácido carbónico en el suelo. Este actúa como veneno inhibidor sobre el sutil intercambio de excreciones radiculares y actividad microbiana, y con ello sobre la dinámica de la descomposición del humus. El laboreo de la piel del suelo significa pues, por un lado, descomponer activamente la fertilidad del suelo — ocasionalmente puede observarse cómo un campo sembrado con cereal de verano

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muestra un crecimiento más vigoroso en la parte rastrillada a tiempo que en la dejada sin trabajar —, por otro lado el rastrillado ayuda a que el dióxido de carbono, que es más pesado que el aire, pueda escapar por los poros abiertos, especialmente cuando el viento barre el campo y lo extrae del suelo por efecto de succión. Se acumula en la capa de aire cercana al suelo, allí precisamente donde las hojas lo absorben y lo convierten en el constructor del armazón de la forma vegetal.

En los cereales, el encañado pone fin al laboreo de la piel del suelo. En los cultivos de escarda y en los cultivos hortícolas de campo, este laboreo se prolonga hasta bien entrado el inicio del verano. Necesitan, como la patata por ejemplo, un continuo trabajo de rastrillado, aporcado y escarda, hasta que las hileras se cierran. Una intervención profunda en el suelo en primavera — con fresadora, cultivador o incluso con el arado — debe ser reflexionada con exactitud y sopesada frente a sus consecuencias. Significa por lo general, en primer lugar, una pérdida turbulenta de fertilidad del suelo que las plantas recién sembradas no pueden controlar ni aprovechar. La necesidad de una labor así de profunda existe en la agricultura de campo tras un cultivo intermedio de invierno, tras daños por helada tardía y tras la lucha forzada contra el agropiro. La consecuencia de esta intervención más profunda fuera de tiempo significa pérdida de humus y pérdida de la humedad invernal, que con frecuencia trae consigo la necesidad del riego por aspersión. En la horticultura rige a este respecto una situación especial. A causa del cambio de cultivos sucesivos, el suelo debe ser trabajado más profundamente para la nueva siembra independientemente de la estación del año, y, debido al rápido desarrollo de los cultivos que fructifican en lo vegetativo, ha de mantenerse durante el año en un estado más primaveral. Un mayor recambio de humus es por ello inevitablemente la consecuencia.

El proceso estival y el cultivo del suelo

Alzado de rastrojos, cultivo de acolchado, formación de humus y actividad de la fauna del suelo

En la floración del cereal, hacia mediados de junio, la formación de las raíces y con ella la sazón del suelo alcanzan su punto culminante. Hasta entonces, el suelo aún cede elásticamente bajo los pies. Tras la floración, mueren las primeras raíces, y asimismo, de forma paulatina y de abajo hacia arriba, las primeras hojas. Los rayos del sol penetran hasta el suelo y, cuanto más se acerca la madurez, tanto más duro y seco se vuelve este. Es el tiempo en que los cultivos de escarda

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cierran las hileras; bajo la sombra del dosel de hojas se mantiene la humedad del suelo y, con ella, también la vitalidad de su sazón.

Aunque en verano la cantidad de precipitaciones suele alcanzar un máximo anual debido a las lluvias torrenciales de las tormentas, estas se evaporan en su mayor parte con la misma rapidez o se pierden por escorrentía superficial, según el estado estructural de los suelos. Esto último suele ocurrir en los cultivos de maíz, incluso en laderas de pendiente suave. Si en invierno teníamos saturación de agua y frescor en los suelos, en verano los poros están llenos de aire y calor. Con el inicio de la sequía, se reduce la actividad descomponedora de los microbios en el suelo. En su lugar, la fauna edáfica domina ahora la escena. Si en invierno predominaba procesualmente lo físico, y en primavera lo etérico-vivificado, en verano es el turno de lo anímico-astral. A través de la actividad de los animales del suelo que viven en el aire y el calor, tienen lugar procesos de interiorización, de astralización. Si durante la primavera avanzada los animales del suelo, con su actividad de cavar y remover y con los excrementos que dejaban, participaban esencialmente en la construcción de una sazón de poros gruesos y de su sistema de galerías, su función se va modificando gradualmente del verano hacia el otoño. Ahora encuentran abundante alimento en la sustancia orgánica en descomposición, sobre todo en la capa superficial del suelo penetrada por las raíces, y se encargan de que este «humus nutritivo», al pasar por su tracto digestivo, se transforme en formas de humus estable. Lo que en primavera se había degradado de humus en favor del crecimiento vegetativo de las plantas, se restituye de manera excelente a partir de pleno verano gracias a la actividad formadora de humus de la fauna del suelo (Figura 13, p. 222). Este proceso de formación de humus transcurre polarmente opuesto al de la cristalización durante el invierno y se realiza en la oscuridad de la tierra. En consecuencia, todos los residuos vegetales del ciclo ascendente del año deben ser incorporados al suelo en el ciclo descendente. Esto se logra mediante una labor que mezcla los residuos orgánicos sobre el suelo —como rastrojos, restos de paja y de trilla, malas hierbas— en la capa de sazón. Este «laboreo de mulching» es más profundo que el laboreo de la piel del suelo en primavera, pero idealmente no más de lo que alcanza la capa de sazón preformada desde la primavera (aprox. 8-10 cm). Si esta ha madurado por completo, deja tras la labor una capa finamente desmenuzada que interrumpe el ascenso capilar del agua, protegiendo así de una mayor evaporación, absorbe las lluvias torrenciales y crea un lecho de germinación para el grano caído y las semillas de malas hierbas (Figura 13, p. 222).

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Abbildung 13: Sommer- und Herbstprozesse im Boden und deren Lenkung durch Mulch- und Tiefenbearbeitung.

El laboreo de mulching apoya el proceso estival de formación de humus al posibilitar, a pesar de la fuerte radiación solar, el calor y la sequía predominante, condiciones de vida adecuadas para los animales del suelo. Esto se ilustrará con el ejemplo de la rotura del rastrojo tras la cosecha del cereal y la actividad de las lombrices. Tras retirar la paja, es preciso romper (labrar) el rastrojo de inmediato. En los tiempos anteriores a la aparición de la cosechadora-trilladora (1950/60), el cereal se cosechaba en gavillas en su madurez cérea, se colocaba en hacinas para su posmaduración y secado, se almacenaba en el granero y, por regla general, se trillaba en invierno. La ventaja de este método de cosecha consistía en lo siguiente:

  • Una rotura del rastrojo aproximadamente 14 días antes que con la madurez completa necesaria para la cosechadora-trilladora.
  • Se conserva la sazón del suelo.
  • Protección contra la desecación y, en el caso ideal, una siembra adelantada de cultivo intermedio.
  • Recolección separada de la granza. Con aditivos de hierbas, es un alimento dietético adecuado para el ganado lechero en la alimentación de invierno.
  • Las semillas de malas hierbas no caídas llegan con la paja desde el campo y pueden utilizarse en la «incineración de semillas», un procedimiento
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que Rudolf Steiner[205] recomienda para inhibir la proliferación de malas hierbas.

  • La pérdida de cosecha era ciertamente algo mayor, pero beneficiaba a la fauna silvestre, sobre todo a las aves.

El gran arte del laboreo estival del rastrojo con tiro de caballos consistía en que el arado descortezador seguía directamente a la siega con la segadora-atadora, de modo que las gavillas ya caían sobre el rastrojo labrado. La cosecha con cosechadora-trilladora, como el método tecnológicamente más elegante y eficiente, no tardó en imponerse. Esta victoria se produjo a costa de un laboreo del suelo adelantado y cuidadoso con la sazón, y modificó fundamentalmente el curso de las operaciones en la finca.

El laboreo de mulching, si bien destruye la sazón estival desarrollada, mezcla los restos de rastrojo y malas hierbas con la masa de raíces del suelo suelto y desmenuzado. En ello, la fauna edáfica, y en primer lugar las lombrices, encuentra las condiciones ideales que necesita para el despliegue de su actividad. Estas son:

  • una oferta de alimento finamente distribuida a partir de restos vegetales muertos,
  • una capa suelta y finamente desmenuzada a través de la cual las lombrices pueden abrirse paso en todas direcciones por la tierra,
  • una intensa aireación del suelo y, con ello, un suministro de oxígeno,
  • oscuridad para los animales del suelo que rehúyen la luz,
  • una humedad suficiente: el agua que asciende por capilaridad desde el subsuelo no labrado se evapora en el límite inferior de la capa de mulching y se condensa allí como rocío durante el enfriamiento nocturno.

Si se garantizan estas condiciones, las lombrices de tierra (lumbrícidos) son atraídas desde las zonas más profundas del suelo, a través de sus galerías, hacia la capa de mulching, donde, mediante su benéfica actividad digestiva, transforman el humus nutritivo en humus estable. Si en primavera se trataba de una suerte de eversión, una exteriorización de la vida de la raíz y su fusión con la tierra, formando simbiosis exógenas, en el cuerpo de la lombriz, entre otros, se trata de una introversión de la vida, un proceso de interiorización. En el primer caso, el humus se degrada, es decir, la vida conservada en él se transforma mediante una actividad bacteriano-simbiótica en favor del crecimiento vegetativo. En el caso de la introversión, la vida presente se transforma, mediante una simbiosis endógena y bajo la regencia de la

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organización anímica o astral, en la vida conservadora de los complejos arcillo-húmicos en nueva formación; un proceso que tiene lugar principalmente en verano-otoño. Esta nueva formación de sustancia en la economía de la naturaleza suscita las siguientes preguntas: ¿Son capaces las lombrices de procesar en su tracto digestivo, de un modo aún más terreno, aquellas fuerzas formativas que irradian desde el «cosmos más lejano» a través del sílice, la cal y la arcilla, que las plantas que se conforman en su propia figura? ¿Son estas fuerzas formativas las que unen las sustancias terrenas polarmente opuestas, la arcilla cristalina y los residuos de lo vegetal-universal, en una unidad superior, el complejo arcillo-húmico? ¿Y es esta unión de sustancias minerales y vegetales, a través de la actividad animada de las lombrices, la que crea aquello que comúnmente se denomina tierra vegetal? Esta capacidad especial de la lombriz es ciertamente válida, en grados, también para otras especies de gusanos y para animales que viven en el suelo en su estadio larvario (Figura 13, p. 222).

Formación del fruto y maduración

Desde comienzos del verano, el acontecer del crecimiento vegetativo se desplaza hacia el engrosamiento, el llenado de sustancia y la conformación de los frutos. Al principio estos son todavía verdes y asimilan a la luz del sol. El fruto aumenta en volumen. Los asimilados, que hasta la floración servían en parte al crecimiento vegetativo y en parte, a través de la raíz, a la nutrición de la vida del suelo, se acumulan en el fruto que se llena a rebosar. El proceso de maduración se realiza tanto como un proceso de acción interior como de acción exterior.

La acción exterior se revela en el cambio del verde a una magnificencia de colores semejante a la de la flor, además en los perfumes que se esparcen y en el recubrimiento nacarado parecido al rocío, como si hubiera sido soplado desde fuera. Estas son formas de manifestación del efecto de la irradiación solar actual y de las radiaciones de los planetas que están más allá del Sol, entretejidas en ella. Así, Marte provoca la coloración roja, Júpiter la blanca y amarilla, y Saturno la azul.[206] En todos los órganos de la planta en que la corriente de jugos se acumule para la fructificación nutricia — es decir, donde el crecimiento vegetativo se detiene o llega enteramente a su fin —, actúa de arriba abajo el impulso floreal, la acción directa del sol, apoyada por los planetas más lejanos al sol. La coloración exterior del fruto se continúa, en el avance de la maduración, en otras tonalidades por lo general menos intensas

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en tonalidades que penetran hacia el interior. Lo que así envuelve a la planta como ser puramente viviente solo desde fuera — como un obrar de fuerzas superiores de lo anímico-astral que la roza con delicadeza —, en el fruto que madura penetra más profundamente en él. El efecto sanador de las plantas medicinales se basa precisamente en este proceso, y en ciertas plantas silvestres de índole particular, como la belladona, *Atropa belladonna*, puede llegar hasta la formación de venenos mortales. En el caso de las plantas alimenticias, los seres humanos lograron en la época temprana del cultivo vegetal, antes del tercer milenio precristiano, ennoblecer hacia la capacidad nutritiva este proceso de astralización que penetra más hondo en la vida de la planta.

En la formación de humus a partir de la multiplicidad de residuos orgánicos coloreados y conformados se realiza igualmente una maduración hacia una especie de fruto orgánico-mineral, el complejo arcillo-húmico mencionado. Este «fruto» es negro de parte a parte — imagen de lo que en tiempos de la cultura persa primigenia se contraponía como «oscuridad» (el polo terrestre) a la «luz» (el polo cósmico). En el humus está lo Allgemein-Pflanzliche, lo que se ha vuelto completamente «tierra»: el humus «es el producto final de lo terrestre con lo terrestre».[207] «La roca cósmica, lo silíceo, recibe la luz en la tierra y la lleva a su acción en lo terrestre»; el humus, no. Es un «obrar sin luz» lo que él «engendra».[208] Esta indicación apunta, entre otras cosas, a la descomposición y recomposición del humus que tiene lugar en la oscuridad del suelo a través de la vida heterótrofa bacteriano-vegetal.

La planta crece con raíz, tallo, hoja y flor hasta la maduración del fruto y la semilla sobre todo a partir de la «convivencia inmediata» con los elementos clásicos «tierra y agua».[209] Estos le transmiten una especie de acción interior que se manifiesta en la «savia terrestre» (*Xylem*) que asciende en la eje Tierra–Sol. En ella fluyen hacia arriba, captados por la organización etérica de la planta, las sustancias disueltas de la tierra y las «fuerzas formativas» de la esfera de las estrellas fijas, y se unen con las fuerzas de calor y luz del Sol y los planetas, formando las composiciones de sustancias propias de cada especie vegetal (proteínas, carbohidratos, grasas, aceites, aromas, vitaminas, etc.). Es un acontecer vivo orientado hacia una totalidad, gobernado por numerosas enzimas. Estas configuraciones de fuerzas conducen, en el camino hacia la plena madurez, a la formación de composiciones de sustancias siempre nuevas, que se estructuran de estadio en estadio con creciente complejidad. La inmadurez de un fruto se caracteriza por el hecho de que la actividad enzimática todavía no

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ha concluido aún y se siguen formando compuestos orgánicos característicos de un determinado estadio de desarrollo en el proceso de maduración. Así, en frutos de mercado que exteriormente aparecen maduros, se encuentran con frecuencia grupos de sustancias que indican una inmadurez fisiológica, como por ejemplo el ácido deshidroascórbico (una etapa fisiológica previa al ácido ascórbico, la vitamina C) o precursores de bajo peso molecular en la formación de proteínas (como nitratos, aminoácidos libres, amidas, etc.).[210][211]

Mirado con más precisión, el fenómeno de la inmadurez fisiológica se presenta en la producción masiva actual de modo prácticamente generalizado para todos los grupos de sustancias. Solo cuando los procesos fisiológicos se aquietan —es decir, cuando cesa la actividad enzimática— se alcanza el estadio de la plena madurez y con él el óptimo nutricional-fisiológico de la formación de calidad. Solo en la plena madurez fisiológica consumimos un fruto alimentario en que la «acción exterior» cósmico-terrestre y la «acción interior» cósmico-terrestre entran en una síntesis perfecta. Esta perfección no se alcanza por regla general. La «acción exterior» simula una plena madurez; la actividad de la «acción interior», en cambio, no encuentra fin. Este metabolismo así perturbado conduce a una capacidad de conservación deficiente[212] y da motivo para temer que en ello haya que ver una causa esencial de las enfermedades crónicas. Las razones del deterioro progresivo del valor nutritivo son:

  • Disponibilidad global: cosecha en estado inmaduro, refrigeración en las rutas de transporte mundiales, seguida de una maduración artificial inducida, como por ejemplo en los plátanos.
  • Fertilización nitrogenada (cf. cap. Abonado): metabolismo de las plantas perturbado desde la raíz o hipertrófico. Quieren seguir creciendo sin cesar.
  • Monocultivo: se posibilita a través de toda clase de ingeniería genética (OGM) —una intervención arbitraria en el genoma, sombra física del arquetipo de las plantas—, así como mediante el empleo a gran escala de pesticidas, herbicidas y otros reguladores del crecimiento hostiles a la vida.

La formación de conceptos en torno a la cuestión de la calidad alimentaria descansa sobre una concepción materialista de la vida. Al lado de la genética, se ha detenido en lo esencial en el análisis cuantitativo de sustancias y ha conducido al concepto de «equivalencia sustancial», que en lo viviente no existe. Un «más o menos» de un grupo de sustancias dice, en el mejor de los casos, apenas

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algo, cuando se toma en cuenta el factor tiempo. Para este fin, los estadios de maduración deben ser seguidos analíticamente. Si en el producto plenamente maduro se encuentran grupos de sustancias que son indicadores de estadios de inmadurez, el resultado debe clasificarse como negativo. De esta manera, también el análisis cuantitativo puede contribuir a una declaración sobre la calidad. Esto requiere, sin embargo, un esfuerzo analítico considerable y hace saltar el marco de costos para los análisis de rutina.

Una ampliación esencial de la formación del juicio en relación con la madurez plena y la calidad alimentaria la permiten los «Métodos de configuración de imágenes»[213][214][215] como la cristalización con cloruro de cobre, la imagen de ascenso capilar y el cromatograma de filtro circular. La verdad sobre el valor de un producto alimentario se acerca más al juicio de aquel por cuyo espíritu, corazón y manos surge. Espíritu ha de significar: el esfuerzo constante por el conocimiento de aquello que impera y vive en el cosmos y en la tierra, y que en este gran campo de tensión se forma, en términos de fuerzas y de sustancias, como imagen refleja física del arquetipo espiritual.

Los instrumentos para el laboreo de mulch estival

Si en primavera eran los instrumentos de rotura de costra como la rastra de púas flexibles, la rastra y el cultivador, en la poscosecha estival son aquellos que deben mullir superficialmente el suelo y mezclarlo con los restos vegetales. Según la potencia de la esponjosa capa en sazón, la profundidad de laboreo del suelo es de 8 a 12 cm (Figura 13, p. 222). La variedad de instrumentos da testimonio de que, al parecer, ninguno satisface en toda su extensión todas las exigencias deseadas del mulch. El instrumento clásico del laboreo del rastrojo era y podría seguir siendo por su función el arado descortezador: cortando plenamente la suela, volteando a poca profundidad y con corte estrecho, ha demostrado, en el cizallante desprendimiento y en el depósito desmenuzante y sacudiente de la sazón del suelo, un buen efecto de mezcla. Con las grandes anchuras de trabajo que hoy se exigen a los arados descortezadores y con las huellas de presión de las cosechadoras de grano que llegan habitualmente hasta la suela de la capa en sazón, una labor de descortezado limpia difícilmente

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resulta ejecutable.

En los años 50 y 60 del siglo XX, el arado descortezador fue sustituido brevemente por la fresadora. Iba a ser la gran redentora. Un eje provisto de cuchillas rotativas gira, accionado por la toma de fuerza, golpea el suelo, lo remueve y lo deposita con una mezcla excelente. Las graves consecuencias negativas — formación de suela de deslizamiento, taponamiento de los conductos de los gusanos de tierra, trituración de los gusanos de tierra, pérdida de sazón por encharcamiento en lluvias torrenciales, alto desgaste y consumo energético — motivaron su pronto abandono (salvo en horticultura). Otros aperos accionados por toma de fuerza, por ejemplo con rejas descompactadoras delanteras, tampoco cosecharon sino un éxito limitado. Los procedimientos habituales hoy forman una variada gama de aperos de laboreo de rastrojos que aflojan el suelo, con un efecto de mezcla predominantemente moderado. La que más se acerca al arado descortezador es la rastra de discos, con una profundidad de laboreo de unos 5 cm. Tiene el inconveniente de que corta y distribuye los rizomas de la grama y contribuye así a su proliferación. Este inconveniente lo compensa el cultivador de dientes múltiples y rejas estrechas, al arrancar y elevar los rizomas de modo que puedan rastrillarse con mayor facilidad. Su gran desventaja, sin embargo, es que mezcla insuficientemente y no socava del todo la capa en sazón. A los cardos y a la acedera apenas los perturba. Cultivadores con combinaciones de herramientas adecuadas pueden remediar aquí el problema.

La tesis frecuentemente formulada sobre el laboreo del rastrojo — «mezclar en superficie y aflojar en profundidad» — no puede sostenerse con tal generalidad. El aflojamiento más profundo de todo el paquete de capas interrumpe el ascenso capilar del agua, acelera el desecamiento y con él la actividad de los animales del suelo. El aflojamiento en profundidad puede obrar benéficamente en suelo compactado cuando se trabaja con rejas estrechas y mayor separación entre dientes (unos 50 cm).

En suma: todos los aperos del laboreo del suelo son herramientas como el martillo y el cincel en manos del escultor. No es por ellos mismos por lo que surge la obra de arte, sino por el espíritu humano que los conduce, que siente y que piensa.

El proceso otoñal y el laboreo del suelo

Maduración, transformación, muerte

En los días del pleno verano y bien entrado septiembre, el otoño se anuncia ya desde hace tiempo. En las noches que van enfriándose a finales de agosto

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la formación de rocío vuelve a aumentar, las nieblas matinales se alzan y llenan los valles. Se anuncia un nuevo acontecer estacional cuyos modos de manifestación se oponen de manera polar a los de la primavera. Mientras que en esta las fuerzas de la tierra fluyen hacia la periferia y llevan consigo, por así decirlo, las plantas que ascienden — de modo que la tierra exhala lo que guardó en sí durante el reposo invernal, y en el verano todo eso se ha vertido en la riqueza de formas y colores, en la formación de los frutos nutritivos —, en el otoño regresa a la tierra en una gran aspiración.[216] El estado de ánimo propiamente otoñal florece con plena vida alrededor de San Miguel a finales de septiembre y se prolonga con frecuencia en días cálidos y dorados hasta bien entrado octubre. Sobre el mullido de una siembra de otoño recién sembrada aparece de pronto el brillo plateado de una red de hilos de araña tejida sobre la anchura del campo; ¡el «veranillo de San Miguel» ha llegado! Es el tiempo en que los últimos frutos abandonan el campo: las remolachas forrajeras y azucareras, el repollo, las zanahorias y demás. Para estas tardías plantas de escarda, los dorados días de octubre bañados de sol suponen todavía un incremento considerable del rendimiento y, sobre todo, el grado más alto de formación de calidad en la plena madurez. Lo mismo vale para las especies frutales de maduración tardía y para la vid. Es además el tiempo en que la naturaleza leñosa de árboles y arbustos — ya sea en plantaciones frutales, setos y arboledas o en los bosques — «florece» una vez más en las hojas con un resplandor del color de la tierra, antes de que tras la primera helada, bajo el sol del día que amanece, aquí uno, allá otro vaya resbalando silenciosamente hacia la tierra, o de que con las tempestades de noviembre que se desencadenan el ramaje quede barrido de una vez.

El otoño es el tiempo de la consumación del madurar y del gran silencioso morir. Lo que poco antes hacía relucir árboles y arbustos en el verde del follaje yace ahora dispersado por el viento sobre la tierra, entregado a la putrefacción.

Un transformarse semejante — pasar a formas duraderas y morir — se apodera del reino animal. Cada año en otoño sorprende de nuevo: de repente han desaparecido las golondrinas y con ellas otras especies de aves en la gran migración hacia el sur; en las orillas de los caminos ya no levanta el vuelo ninguna mariposa, y ninguna aletea como una flor que se hubiera vuelto autónoma sobre las campiñas. El vivaz zumbar y susurrar de los insectos ha llegado a su fin. ¿Adónde han ido? Aquí una última visita a una flor, luego todavía la puesta de huevos en un lugar protegido bajo la corteza de un árbol, en grietas y oquedades,

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o el paso del invierno en estado de crisálida o incluso como imago en los insectos que forman colonias, como el pueblo de las abejas. En el suelo, la vida bacteriana unicelular pasa a formas de resistencia, la vida fúngica genera esporas. Árbol, arbusto, hierba y gramínea forman semillas, los insectos del suelo depositan sus huevos, las lombrices de tierra se retiran a las cavidades de los estratos más profundos del suelo. La riqueza de las manifestaciones del otoño temprano se empobrece visiblemente, y al final lo que imprime su sello al paisaje es el ramaje rígido, como mortecino, de árboles y arbustos. Lo único que en este morir ofrece todavía al mirar sensible alguna esperanza de un continuar obrando de la vida, es el áspero verdor perenne de las coníferas, el aún pleno verdor de prados y pastizales y el tierno verdor de las siembras de otoño.

Lo que en otoño perece son formas que en el transcurso ascendente del año han recibido su impronta específica del año a través del obrar conjunto cósmico-terrestre de las sustancias y las fuerzas. Ya en el marchitarse de la flor, lo etérico — la vida plástica — se desprende de lo que se ha configurado astralmente según la imagen primordial de la planta. En la formación de la semilla y del humus, este nexo surge de nuevo: una siembra de gérmenes en la corriente del tiempo. Pero lo que se desprende de la vinculación a la vida del mundo físico-sensible es suprasensible; se entreteje de tal manera con la luz y el calor que irradian en el otoño, que estos, en comparación con la primavera, aparecen al sentir mucho más plenos, saturados de espiritualidad y vida anímica — sí, más fuertemente separados entre sí en su índole esencial. Este que en el morir se va desprendiendo, separando, puede ser sentido como un despertar de espíritus que atraviesa toda la naturaleza. Si no se cierra uno a este acontecer exterior de muerte, puede uno cobrar conciencia de la fuerza que supera la muerte en la propia entidad del Yo. Libera fuerzas de valentía, un presentir michaélico y un pensar prospectivo que está tan abierto al futuro y al desarrollo como, a la inversa, lo está la planta, que en la corriente reproductiva de semilla en semilla mantiene y preserva su ser.

El cultivo del suelo en otoño

Los cereales, con excepción del maíz, tienen un crecimiento alterno; existen formas de verano y de invierno. Estas últimas se siembran a principios de otoño y, en siembras tardías, hasta noviembre/diciembre. Las siembras tardías fomentan la fuerza reproductiva de las semillas y, con ello, la capacidad de conservación de la variedad, mientras que las siembras de otoño cercanas al verano favorecen la «cualidad nutritiva».[217] Los cereales de invierno requieren

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como cultivo sucesor de otra especie de cereal, de un cultivo de escarda, de cultivos intermedios o forrajeros, un laboreo del suelo más profundo, que afloje, voltee y mezcle. En el caso de un cultivo intermedio para abono verde, este debe ser segado a tiempo, oreado y luego incorporado como mulching, antes de que se pueda trazar el surco de siembra, en su caso con rodillos posteriores que compacten la capa arable. Esperar demasiado con la esperanza de un mayor aumento de masa puede tener consecuencias nefastas: una fuerte caída de rocío en días que se acortan, niebla persistente o llovizna provocan podredumbre en la masa verde no completamente oreada. Esto conduce, sobre todo en suelos pesados, a trastornos duraderos del crecimiento por anaerobiosis. El surco de siembra más profundo despeja el camino para que las tiernas raíces germinales puedan dirigirse estrictamente hacia la profundidad. Es asombroso ver con qué rapidez, rectitud y profundidad se funden en una unidad con la tierra desmenuzada en otoño. Así como en primavera las plantas, con la creciente duración de los días, parecen brotar de la tierra con tallo, hoja y flor y tender hacia la luz, así en el otoño tardío, con las primeras heladas nocturnas y las noches cada vez más largas, adhieren sus hojas al suelo en una roseta compacta y hunden sus raíces verticalmente en la profundidad. La raíz tiende y crece hacia lo exteriormente carente de luz y, en la oscuridad de la tierra, encuentra, a través de la radiación cósmica que actúa en lo terrenal por medio del sílice, la cal y la arcilla, aquello que da forma a la imagen primordial de los géneros, familias de plantas, etc., hasta convertirla en una imagen refleja físico-sensible.

El laboreo del suelo adecuado al proceso otoñal de muerte natural ya no se refiere primordialmente al fomento y la conservación de los procesos vitales, como el laboreo de la piel del suelo en primavera para activar la descomposición del humus o el laboreo con mulching en verano para fomentar la formación de humus. La roturación de un abono verde o de un cultivo forrajero ciertamente aporta humus nutritivo al suelo, pero este, en su mayor parte, no se transforma y contribuye a la dinámica del suelo hasta la primavera del siguiente ciclo anual. El laboreo del suelo en otoño, en sentido estricto, no tiene en cuenta lo pasado, sino que prepara lo futuro, el proceso invernal. La atención no se dirige ahora al laboreo del polo metabólico, la capa de humus, sino a lo mineral de la tierra, a la arcilla, el limo y la arena fina. El otoño, sobre todo el otoño tardío, permite un laboreo en profundidad o de la arcilla, un surco de otoño/invierno (Figura 13, p. 222). Este provoca una destrucción —o mejor: una caotización— de todo aquello que, de manera tan maravillosa, se ha ido construyendo a lo largo del año como vida del suelo en estricto orden para formar la sazón. Esto es lo que ahora se debe caotizar —junto con los componentes minerales del suelo— en preparación para los

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procesos de cristalización del invierno inminente y para la siembra del germen de un nuevo desarrollo del suelo en el año siguiente. El viejo dicho es válido: «Arado antes del invierno, medio abonado».[218]

El instrumento clásico del laboreo en profundidad es el arado de vertedera (Figura 13, p. 222). En la agricultura ecológica ha caído en descrédito por varias razones, con la consecuencia de que en algunos lugares se ha optado por el «laboreo sin arado». Se le imputan al trabajo con arado fallos que no se fundamentan en el propio arado, sino que son consecuencia de construcciones orientadas principalmente a la eficiencia técnica y laboral. Los arados actuales, por lo general pesados arados reversibles completos de varios cuerpos, están diseñados para profundidades de 25 a 35 cm y más, así como para anchos de corte de 35 a 45 cm. «Según la forma del cuerpo del arado y la velocidad de arado, la tierra se transporta entre 20 y 70 cm hacia adelante y entre 40 y 70 cm hacia el lado».[219] Este alto desplazamiento exige un gasto de energía correspondientemente mayor. Con ello se voltea mucha más tierra mineral inerte hacia arriba y capa vegetal humífera hacia abajo, y forzosamente el surco debe abrirse ampliamente debido a las anchas ruedas del tractor. Se intenta hacer frente a este problema con arados de muchos cuerpos que sobrepasan el ancho del tractor, permitiendo circular fuera del surco, o se sustituye el arado por el cultivador pesado, el arado de discos, etc.

El arado desprende una banda de tierra en una proporción de anchura (a) a profundidad (p) de a:p = 1,2:1 a 1,4:1 —en suelos sueltos algo más estrecha, pero no más de 1:1—.[220] Con el «corte inferior» de la reja, socava el terrón, lo desprende del subsuelo, lo conduce sobre la vertedera curvada, por lo que la banda de tierra se rompe en fragmentos por efecto de cizallamiento y, desplazada por el ancho de corte, se apoya con una inclinación de aprox. 135° contra el terrón del surco anterior. La capa vegetal humífera se desmorona entonces, de arriba hacia abajo, en la grieta que se forma brevemente antes de depositar el terrón, o bien, en el caso de incorporar estiércol de establo o

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un cultivo forrajero principal de varios años, es arrojada hacia abajo en el surco por la raseta delantera. Con el arado de dos capas se busca contrarrestar el enterramiento de la capa vegetal rica en humus nutritivo. A través de la curvatura de la vertedera, el subsuelo rico en arcilla, limo y arena fina llega a la superficie y forma la cresta del surco. Sus componentes minerales quedan así expuestos directa e inmediatamente a las fuerzas formadoras de cristales del cosmos en invierno, así como a la gelifracción y, en el año siguiente, a las fuerzas de la meteorización. Al elevar con moderación material inorgánico, este queda bajo la influencia vivificante de las fuerzas del polo metabólico. El laboreo en profundidad o de la arcilla mezcla y caotiza en la vertical. Rejuvenece el suelo, saca de la profundidad lo que, por microerosión, ha sido desplazado hacia abajo por el agua de infiltración en forma de finísimas partículas de arcilla.

En la agricultura biodinámica, la profundidad del surco de arado para la siembra de otoño normalmente no debería superar los 16 a 18 cm, o 20 cm en el caso del surco de invierno. Esto significa, con una relación anchura-profundidad de 1,4:1 y un ancho de corte de aprox. 23 a 30 cm, un desplazamiento mucho más moderado. Sin embargo, el problema de la presión lateral de los neumáticos queda sin resolver.

El «surco de invierno basto» tenía la ventaja de que el suelo, con una superficie ampliada, se exponía a las «fuerzas formadoras de cristales del cosmos lejano», y la desventaja de tener que ser nivelado a principios de la primavera. Esta desventaja se soluciona con los accesorios posteriores del arado: con el compactador de subsuelo para las siembras de otoño, entre otras cosas para evitar que la helada levante la joven siembra, o, para el surco de invierno, con la grada niveladora y desmenuzadora, etc. En caso de compactaciones del subsuelo o de la suela de labor, se puede trabajar hacia una profundización gradual de la capa arable mediante un subsolador acoplado bajo la reja.

El arado tiene su lugar al final del desarrollo del suelo en el ciclo anual, cuando los procesos vitales en la economía de la naturaleza derivan en una muerte general. El arado caotiza aquello que en el suelo ha llegado a la madurez a partir de la diversidad de la vida. Conduce lo que ha muerto por completo al estado de lo físico y es, con ello, el precursor del proceso invernal, que en esta muerte de lo que ha llegado a ser físico deposita el germen espiritual para una nueva vida, para un nuevo ciclo de desarrollo del suelo y de las plantas en el año siguiente.

El cultivador pesado se ha convertido en un valioso complemento, e incluso en un sustituto parcial del arado. Se caracteriza por un equipamiento muy variado de herramientas de trabajo, desde rejas estrechas hasta rejas de corte completo con

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aletas, un ajuste preciso de la profundidad de trabajo, así como diversos tipos de rodillos posteriores desmenuzadores. Es adecuado tanto para la rotura superficial del rastrojo como para la rotura más profunda en otoño, por ejemplo, de una pradera de trébol y gramíneas. En muchos lugares, el cultivador pesado, al igual que el arado, se ha convertido en un apero de laboreo profundo que prepara los suelos para el invierno.

El agricultor biodinámico necesita para sus suelos y cultivos los aperos de laboreo adecuados. Tiene a su disposición una amplia oferta en el mercado. La toma de decisiones lo convierte en un experimentador; busca criterios de evaluación que solo puede encontrar él mismo, observando y pensando en el manejo activo. Reconoce que la tecnología de laboreo ofrecida a menudo no se corresponde con sus percepciones y deseos. Los procedimientos de laboreo, que por su función deberían sucederse en el tiempo, se concentran mediante aperos combinados pesados, p. ej., grada rotativa y sembradora, o están sobredimensionados a pesar de su alta eficiencia, p. ej., los arados. El arte del laboreo del suelo, que se realiza como un acontecer en el tiempo, se reduce a un mero trabajo de ejecución técnica.

Así pues, es inevitable que el agricultor biodinámico se vea desafiado en su espíritu inventivo también en el campo de la tecnología del laboreo del suelo. La comprensión de los cuatro procesos estacionales le indica la dirección.

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Segundo pilar:

Sobre la naturaleza de la rotación de cultivos

La rotación de cultivos y la organización vital del organismo agrícola

La segunda columna portante del cultivo de campos y jardines es la rotación de cultivos. Es un órgano de la organización vital de la granja o, expresado con la imagen del organismo agrícola y de la «individualidad agrícola en devenir» que le es inherente, de su cuerpo etérico. ¿En qué se manifiesta este? Está tejido de un mundo de fuerzas que actúa desde lo suprasensible. Rudolf Steiner las denomina «fuerzas universales», que contrapone a las «fuerzas centrales» del siguiente modo:

Para los fenómenos que transcurren en lo inanimado se podrá decir: «Se muestran dominados por fuerzas que irradian desde la esencia de la sustancia, desde el —relativo— centro hacia la periferia. Los fenómenos de la vida muestran la sustancia dominada por fuerzas que actúan desde fuera hacia adentro, en dirección al centro relativo. En la transición a la vida, la sustancia debe sustraerse a las fuerzas irradiantes y someterse a las fuerzas convergentes. [...] Queda incorporada a las fuerzas que irradian desde lo extraterrestre hacia la Tierra desde todos los lados [...] Actúan desde todos los lados, estas fuerzas, como aspirando hacia el centro de la Tierra.»

El cuerpo etérico corresponde, pues, a todas las criaturas vivas, pero no debe representarse como una estructura en el espacio. No son las leyes físicas que actúan en el espacio las que lo delimitan, sino que se constituye como un «cuerpo del tiempo» mediante fuerzas que irradian desde más allá del tiempo y el espacio, desde la esfera superior de lo anímico-astral. Las fuerzas de lo etérico son de naturaleza puramente funcional. Son omnipresentes y forman, en número inconmensurable, fluyendo desde la periferia, por así decir la sustancia fundamental del cosmos. Lo anímico-astral les transmite la dirección de su obrar; las convierte en fuerzas formativas y configuradoras de forma, que se cierran en una integridad, en un cuerpo etérico, y, en el ámbito sustancial de lo terrestre, encienden la vida y la hacen brotar en las formas físico-sensoriales. El

El cuerpo etérico de la planta se hace imagen contemplable en su forma (forma-tiempo). Es el medio del devenir, de la sucesión de relaciones en el tiempo, como por ejemplo el acontecer procesual de la planta que se despliega desde el germen a través del brote hasta la flor. Lo funcional formativo-formador del cuerpo etérico eleva hacia sí las sustancias dominadas por las fuerzas centrales de la Tierra y las sustrae a sus propiedades meramente físicas. Las compone en los compuestos orgánicos de sustancias, como proteínas, hidratos de carbono, etc., cuyos nexos funcionales específicos hacen aparecer la forma de la planta. La vida se hace aparición en las formas que crea con la ayuda de las sustancias terrestres.

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Las fuerzas universales son de naturaleza cuádruple: se diferencian en el éter de calor, el éter de luz, el éter químico (también éter del sonido o de los números) y el éter de vida.[221] Se unen bajo la acción del cuerpo anímico o astral para formar el cuerpo etérico, y éste se representa en imágenes en las formas a través de las sustancias que actúan en los elementos calor, aire, agua, tierra. Mediante las fuerzas centrales la planta se delimita en su forma terrestre; mediante las fuerzas universales está relacionalmente abierta en todas las direcciones. Así la haya crece relacionalmente, bajo las radiaciones que fluyen hacia ella desde el cosmos, hasta convertirse en árbol; la achicoria, en hierba; la poa de los prados, en gramínea. Pero al mismo tiempo, a través del obrar de las sustancias en los cuatro elementos, están ligadas a un determinado lugar de la Tierra. Lo universal de lo etérico sólo puede crearse en lo terrestre una imagen refleja en la multiplicidad de lo individual. La naturaleza crea, dondequiera que la vida puede desplegarse —ya sea en la selva virgen, en la sabana, en el prado, en el altiplano turboso, etc.— una multiplicidad adecuada al lugar, una diversidad de especies de formas vegetales. Están en una yuxtaposición espacial, en la que plantas de la misma especie se alternan por regla general con otras especies; por ejemplo, en la selva virgen intacta los árboles de la misma especie no crecen unos junto a otros. La multiplicidad de especies vegetales en un lugar es el principio que la naturaleza hace vivir delante de nosotros. Esta diversidad forma, junto con todos los organismos que viven en y sobre el suelo, un nexo de fuerzas etérico-astrales de orden superior; o —hablando ecológicamente— un espacio vital (biotopo) y una asociación de seres vivos característica de éste (biocenosis). Es esta diversidad la que mantiene la sostenibilidad, la salud y la fuerza reproductiva en la economía de la naturaleza. Lo meramente físico-mineral tiende a la disgregación — un fenómeno ejemplar

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para ello es la arena —, mientras que lo viviente-etérico se forma hacia totalidades superiores.

Este principio uroecolégico se rompe en determinados miembros del organismo agrícola, sobre todo en el cultivo de campo y de huerta, por el principio del monocultivo. El trigo, las patatas en el campo, la lechuga en el huerto están en general —dejando aparte los cultivos mezclados— como cualquier otro cultivo también en existencia pura. Esto condiciona una unilateralización que necesariamente tiene por consecuencia un debilitamiento de la organización vital de la granja. Actúa enfermando y conduce en el cultivo agroindustrial, donde las rotaciones de cultivos reguladas ya no juegan ningún papel, al empleo de un amplio espectro de medios de producción abióticos, con el efecto inevitable de efectos secundarios de largo alcance y hostiles a la vida. Toda unilateralización reduce las condiciones bajo las cuales las fuerzas universales del cosmos se manifiestan en lo terrestre. Pierden el dominio sobre las fuerzas centrales. Con ello queda a la vez aludido el núcleo de la pregunta por la calidad alimentaria.

El arte del cultivo de campo y de huerta consiste en compensar la falta de diversidad de especies o incluso en elevarla artísticamente a un nivel superior al dado por la naturaleza. Rotación de cultivos significa: la suma de las plantas alimenticias, forrajeras y de otro tipo que sirven al uso general se cultiva cada año por separado, distribuida sobre ackerschläge individuales y parcelas de huerto. Los mismos frutos se suceden en cada una de estas superficies según determinados criterios a lo largo de los años. Así todas las producciones del campo emigran en una sucesión acorde a leyes a través del término de la finca. El efecto compensador de la rotación de cultivos puede aumentarse esencialmente mediante el cultivo mezclado o en mezcla, por ejemplo avena con alubias o guisantes, mediante siembras de cobertura, trébol rojo, blanco o sueco, mediante la intercalación de cultivos intercalares así como mediante la multiplicación del cultivo conforme a las necesidades de un mercado regional.

Sobre el sistema de rotación de cultivos

Según el clima, el tipo de suelo (arena, limo, marga, arcilla), la forma del paisaje y la proximidad al mercado, las rotaciones de cultivos varían bajo el manejo biodinámico. Se fundan en último término en el sistema de la agricultura de tres campos que se remonta a tiempos céltico-germánicos: cultivo de invierno – cultivo de primavera – barbecho. Este sistema mantuvo los suelos durante siglos en el nivel de la fertilidad del suelo ligada al lugar. Un cambio se produjo en el

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siglo XVIII con la llamada «rotación mejorada», la siembra del barbecho con trébol y, en consecuencia, con plantas de escarda (patatas, remolachas, etc.). En el curso de la intensificación del cultivo en el siglo XX surgió el sistema de alternancia de cultivos con un 50 % de plantas de escarda y un 50 % de cereales. Con la técnica emergente y la posibilidad de controlar el crecimiento de las plantas de manera casi arbitraria mediante medios ajenos a la finca, surgió la «rotación de cultivos salvaje», sin sistema, orientada pura y exclusivamente al mercado.

Las rotaciones de cultivos en la agricultura biodinámica se han desarrollado, mediante la inclusión de al menos dos años de trébol y/o alfalfa, hacia sucesiones plurianuales, cuya estructura básica se apoya todavía por regla general en el sistema trienal.

Rotación de cultivos y régimen de humus

En la formación de humus se enlaza el cuerpo etérico o vital del organismo agrícola con su organización físico-terrestre. Las múltiples formas y composiciones sustanciales de los residuos de cosecha pasan, en el elemento de lo térreo, a un estado de lo Viviente-en-general: el humus. Su constitución da todavía testimonio de su procedencia. Esto es patente en las llamadas formas de humus «humus bruto» y «moder». El «humus mullido», en cambio, es un producto de transformación completa. El humus bruto se forma en el medio ácido, húmedo y fresco; el mull, en el suelo de base rica y activo del clima cálido-húmedo. El humus bruto y el moder muestran todavía estructuras vegetales. En el humus mullido éstas han desaparecido; él representa una neoformación. Y sin embargo está inscrita en su composición viviente-sustancial, por así decir, la constelación de fuerzas formativas que era propia del material orgánico de partida —raíces, tallos y hojas—. De la multiplicidad de formas de crecimiento y formaciones de sustancia surge lo «Germinalmente-fecundo-en-general» del humus mullido negro y desmenuzable.

Las diferentes especies de cultivos reclaman la fertilidad del suelo —esto es, el régimen de humus— de manera diferente en cada caso. En correspondencia con ello tienen para el fruto siguiente un efecto como cultivo predecesor específico en cada caso, que se determina en gran medida por la cantidad de residuos de cosecha, sobre todo la de la masa de raíces. El menor valor como cultivo predecesor lo tienen las plantas de escarda y, entre ellas, especialmente los cultivos que se aporchan como las patatas, entre otros. Se consideran consumidoras de humus y dejan para la rotación de cultivos la menor masa de residuos de cosecha formadores de humus: en las patatas 13 dt/ha, en la remolacha azucarera 8 dt/ha de masa seca de raíces. Distinto es el caso de los cereales,

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cuya masa seca de raíces es en el centeno de 30 dt/ha y en los demás cereales de un promedio de 23 dt/ha. Ocupan una posición intermedia en cuanto al valor como cultivo predecesor, especialmente si se tienen en cuenta las masas de paja que por regla general sirven de cama en el establo y retornan a la rotación de cultivos a través del estiércol de establo. El mayor valor como cultivo predecesor corresponde a las leguminosas y entre ellas a las principales plantas forrajeras: el trébol rojo con 42 dt/ha y la alfalfa con 52 dt/ha de masa seca de raíces. Además penetran en profundidad y amplitud un espacio radicular comparativamente mayor con las fibras radiculares individuales más largas.[222][223] Las leguminosas forrajeras, explotadas principalmente en cultivo bienal, se consideran incrementadoras de humus. La mesurada coordinación recíproca de cultivos de escarda, cereales y leguminosas forrajeras forma el marco básico de toda rotación de cultivos orientada a preservar el régimen de humus —o mejor aún, a elevarlo.

Rotación de cultivos y cultivo de plantas intercalares

Los cultivos intercalares enriquecen la diversidad de especies de la rotación de cultivos y aumentan el ciclo del humus. Mediante siembras bajo cubierta, siembras de rastrojo y cultivos intercalares de invierno puede la organización vital del organismo de la granja manifestarse con mayor vigor y mayor poder de equilibrio. Mientras el producto de la cosecha de los cultivos comerciales —el alimento para los seres humanos— abandona la granja, los cultivos intercalares, al igual que las principales plantas forrajeras de la rotación, permanecen en la explotación, como alimento viviente para el mantenimiento y la elevación de la fertilidad del suelo y, más aún, para el saneamiento y el prosperidad del organismo agrícola en su conjunto.

El cultivo de plantas intercalares se intercala en la rotación de cultivos allí donde entre la cosecha y la nueva siembra de los cultivos principales surgen lagunas temporales. Cuando éstas son cortas —por ejemplo, entre un cereal que libera el campo tarde en verano y la nueva siembra de un cultivo de invierno en otoño—, como siembras de rastrojo sólo pueden intercalarse crucíferas de rápido crecimiento como colza de primavera, mostaza o rábano forrajero. Éstas penetran con su raíz pivotante de rica ramificación lateral hacia las profundidades, procuran humus nutritivo y actividad de lombrices hasta el subsuelo, generan mediante el sombreado un microclima en el que los animales del suelo encuentran las condiciones ideales para su actividad constructora de humus

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y encuentran condiciones para su actividad, dejando tras de sí una sazón del suelo suelta y rica en raíces que, tras un acolchado, promete un semillero otoñal de textura finamente granulada.

Cuando entre la cosecha y la nueva siembra quedan intervalos de tiempo más prolongados —por ejemplo, tras la cosecha estival de cereales y la implantación de un cultivo de escarda en la primavera siguiente—, se presta un consorcio de leguminosas predominantemente con marcada formación de raíz pivotante, como la habas (Vicia faba) y el lupino (Medicago), así como la arveja de verano de abundante enraizamiento (Vicia angustifolia), el guisante (Pisum sativa), además del raigrás inglés (Lolium perenne), la facelea (Phacelia tanacetifolia) y, como cultivo tutor, el girasol (Helianthus annuus). Sembrado preferiblemente todavía en julio, este consorcio genera grandes masas forrajeras —en parte aprovechadas como pastoreo en campo—, un enraizamiento abundante así como, hacia el otoño, una oferta nectarífera variada para los insectos que visitan las flores. Tales consorcios pueden —sembrados también como franjas florales que subdividan, por ejemplo, grandes parcelas de cultivos de escarda, o como franjas de borde entre los cultivos— convertirse en un prado apícola y, en general, en un lugar de concentración de una vida insectil extraordinariamente rica. Las leguminosas forrajeras plurianuales, el trébol rojo y la alfalfa con adición de gramíneas y hierbas forrajeras, se incorporan por regla general como siembras bajo cubierta en primavera, preferiblemente en cereales de invierno de liberación temprana (centeno, cebada). Del mismo modo pueden intercalarse también cultivos intercalares tolerantes a la planta protectora, como trébol rojo, blanco y amarillo (especies de Trifolium) en consorcio con raigrás (especies de Lolium), así como seradela (Ornithopus sativus).

Los cultivos intercalares de invierno —sembrados a finales del verano como colza (Brassica napus), a principios del otoño como consorcio— cubren el suelo desde el otoño tardío a lo largo de todo el invierno, enraizan en profundidad, desarrollan en primavera en el menor tiempo posible una gran masa forrajera y dejan en el suelo, como excelente precultivo, una masa radical extraordinariamente abundante. Se trata de consorcios como el consorcio veza-centeno (veza vellosa y centeno) así como el consorcio de Landsberg (veza vellosa [Vicea villosa], centeno, trébol encarnado [Trifolium incarnatum]).

El cultivo de plantas intercalares debe gestionarse dentro de la rotación de cultivos con inevitables exigencias de flexibilidad. Las condiciones meteorológicas hacen que los intervalos entre cultivos sean extraordinariamente variables. Cumplir con la regla —un día de siembra en julio vale para el desarrollo de las leguminosas intercalares tanto como toda una semana en agosto— es con frecuencia cuestión de fortuna. Los períodos de humedad retrasan la siembra, los de sequía la nascencia. Cuando el cultivo intercalar sale bien, el suelo cobra vida y el ganado en el establo aprecia la oferta de forraje fresco; cuando fracasa, se pierde el buen efecto de precultivo.

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Rotación de cultivos y movilización mineral, fijación de nitrógeno

La composición de la rotación de cultivos sirve al objetivo de desarrollar un balance de humus estable o, mejor aún, positivo y, con ello, un balance de nitrógeno positivo. A este último contribuyen menos los cultivos de escarda y los cereales, pero tanto más las leguminosas. Estas viven en simbiosis con bacterias en la zona de las raíces, los llamados Rhizobium o bacterias nodulares, y en conexión con la planta madre tienen la capacidad de fijar el nitrógeno del aire. Lo mismo puede hacer, entre otras, el aliso (Alnus glutinosa), que vive en simbiosis en la zona radicular con los Actinomicetos, emparentados con los hongos, lo que se reconoce por el verde intenso de su follaje, similar al de las leguminosas. La capacidad de formar nitrógeno sin una relación directa con plantas superiores se encuentra en bacterias de vida libre, como el Azotobacter, que prefiere un medio edáfico rico en bases y con tendencia a lo alcalino, y el Amylobacter, que prefiere un medio más ácido.

Rudolf Steiner describe la capacidad de fijación de nitrógeno de las leguminosas como un proceso de «Einatmung» (inhalación), mientras que todas las demás plantas están «Ausatmung nahestehen» (próximas a la exhalación).[224] La inhalación de nitrógeno de las leguminosas es un proceso comparable a «was auf unseren Epithelzellen [der Lunge; Einfügung durch den Verfasser] geschieht» (lo que sucede en nuestras células epiteliales [del pulmón; añadido por el autor])[225]. La simbiosis con los rizobios es endógena; forman una unidad fisiológica con la leguminosa madre. Migran desde el suelo hacia la planta aún joven y se multiplican allí formando los nódulos radiculares. Son, por tanto, secundariamente un don de la tierra a la planta leguminosa, a través del cual esta es capacitada para vivificar el elemento inorgánico y muerto del nitrógeno atmosférico (N₂) y, con ello, conectar íntimamente lo anímico-astral, cuyo portador es el nitrógeno,[226] con el acontecer vital. Las formas fenoménicas de las leguminosas testimonian en múltiples características, hasta en la configuración de la flor, un grado más elevado de una interioridad entretejida en los procesos vitales que el que se da en las demás plantas con flor.

Además de la relación especial de las leguminosas con el nitrógeno, estas muestran una afinidad especial por la cal en el suelo. No solo se encuentran estas plantas preferentemente en emplazamientos ricos en cal —evitan los suelos ácidos,

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especialmente la alfalfa—, sino que son ellas las que movilizan la cal del subsuelo, la incorporan a sus procesos fisiológicos y la almacenan en sus tejidos y células. De este modo, a través de sus residuos, aportan cal a la capa vegetal. Esto ocurre en mayor medida en la alfalfa, la reina de las plantas forrajeras, que en el trébol, y tanto más en un cultivo de varios años. Un cultivo de este tipo no debería faltar en ninguna rotación de cultivos en la agricultura y horticultura biodinámicas.

Cada especie vegetal tiene una capacidad de asimilación de sustancias minerales que es general y, además, específica. General puede significar: todo el espectro de sustancias terrestres que la planta necesita para adoptar una forma fenoménica terrenal; específico, aquellas sustancias a través de las cuales la organización etérica de una especie vegetal, conforme a su imagen primordial espiritual, puede expresar propiedades particulares. Estas propiedades se configuran e individualizan en función de la relación cuantitativo-cualitativa de una determinada sustancia terrestre con una constelación cualitativo-cuantitativa de fuerzas formativas cósmico-etéricas. Rudolf Steiner caracteriza tales relaciones con respecto a las propiedades de las plantas para los preparados (cf. cap. «Los preparados de compost o de estiércol», p. 360 ss.).

Así, en el marco de la rotación de cultivos, cada cultivo principal, y también cada hierba o gramínea de la flora acompañante (malas hierbas y gramíneas adventicias), realiza una contribución específica a la liberación de minerales a través de la acción de los ácidos y las exudaciones radiculares, así como por los procesos de intercambio activos en la raíz y por el retorno de estos minerales al suelo a través de los residuos orgánicos. Además de la capacidad de fijar el nitrógeno del aire, a las leguminosas les corresponde otra: la de su elevada capacidad de liberación de minerales con respecto al calcio, magnesio, fósforo y boro. Según Paracelso, no hay planta que no tenga un efecto curativo. Este se basa en la capacidad del cuerpo etérico vegetal de concentrar sustancias de la tierra en las plantas y componerlas en compuestos orgánicos, a través de los cuales estas obtienen su valor para la fertilidad del suelo, su valor curativo y su valor nutritivo.

Rotación de cultivos y su flora acompañante, las malas hierbas

La respuesta de la naturaleza a la situación aislada de las plantas cultivadas en el campo y en el jardín son las llamadas «malas hierbas o plantas acompañantes» y las «gramíneas acompañantes». Estas procuran diversidad de especies, un equilibrio que refleja la configuración estacional, propia del lugar, de las fuerzas etéricas formativas. En un lugar húmedo dicha configuración es distinta que en uno seco, distinta

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sobre arcilla que sobre arena, y distinta en suelos de diferente grado de acidez, etc. Así, de las 292 especies de flora acompañante descritas para Europa central, se encuentran siempre, según el lugar, comunidades características, más o menos ricas en especies, de malas hierbas, plantas acompañantes y gramíneas acompañantes.[227] En esta mezcla que año tras año combina una flora silvestre con las plantas cultivadas interviene el agricultor y el jardinero. Busca minimizar el grado de invasión de malas hierbas y gramíneas acompañantes mediante medidas diversas e intensivas en trabajo. La más costosa y penosa es el uso de la azada de mano y el deshierbe manual. Qué alivio supuso, pues, cuando en los años sesenta aparecieron los herbicidas sintéticos. Desde entonces los hay de acción amplia y numerosos otros orientados selectivamente a la eliminación de determinadas malas hierbas y gramíneas problemáticas. En el curso de las modificaciones genéticas del genoma de las plantas objetivo a cultivar aparecieron también los herbicidas totales, como el «Roundup Ready», que con el principio activo Glifosato ha emprendido su marcha triunfal por el mundo. Los herbicidas son invenciones del espíritu humano. Están ahí para matar, para destruir la vida. Intervienen sistémicamente en el nexo vital de los procesos vitales y los conducen hacia la nada. Las fuerzas etéricas formativas que constituyen la organización vital de las plantas pierden el dominio sobre la organización del cuerpo físico. En lugar de las fuerzas astrales que, a través de las irradiaciones de las fuerzas periféricas cósmicas, y de aquellas que desde la tierra moldean y configuran la imagen fenoménica de la planta, actúan fuerzas que desgarran los hilos entre el arquetipo esencial y la forma fenoménica sensible-física. Son fuerzas astrales hostiles a la vida, procedentes de la sub-naturaleza, de lo sub-físico, que actúan en el plano de lo físico mediante composiciones sustanciales sintéticas. Los herbicidas, al igual que el conjunto de los pesticidas y demás medios sintéticos de tratamiento de plantas, son creaciones del ser humano ensambladas por vías de pensamiento puramente reduccionistas. Son sustancias portadoras de fuerzas hostiles a la vida que se hallan aisladas en el contexto del mundo. El procedimiento de la síntesis arbitraria de sustancias corresponde, a la inversa, a aquella tecnología que fuerza hacia la luz del día las fuerzas sub-físicas aprisionadas en la materia mediante la llamada fisión nuclear; ambas con consecuencias evolutivamente imprevisibles.

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El procedimiento de la incineración de semillas de malas hierbas

Décadas antes de que los procedimientos mencionados de destrucción de malas hierbas mediante la reorientación de sus procesos vitales se convirtieran en práctica mundial, Rudolf Steiner abrió, a partir de la investigación de la supranaturaleza del cosmos y de su colaboración en la formación de la semilla, el procedimiento de la incineración de semillas de malas hierbas, el «experimento de combustión».[228]Es un método de regulación de malas hierbas que contrarresta la germinación de las semillas. La recomendación es recoger semillas de malas hierbas, incinerarlas —«una llama de madera es lo mejor»— y esparcir la «pimienta» obtenida sobre campos y jardines.[229]Este proceder se fundamenta en el conocimiento de que el crecimiento y su intensificación hacia la reproducción en la formación de la semilla se halla en relación directa con el actuar de los planetas infrasolares de Mercurio, Venus, y sobre todo de la Luna. La Luna refleja de vuelta los rayos del Sol, de los planetas y del más amplio entorno cósmico. La intensidad de este reflejo hacia la Tierra se rige por las fases lunares y es máxima en luna llena. El efecto estimulante de la luna creciente hacia la luna llena sobre la germinación y el crecimiento ha sido experimentalmente constatado en múltiples ocasiones.[230][231]Las malas hierbas semilleras presentan por regla general una elevada fuerza reproductiva, que puede ascender, por ejemplo, en la manzanilla (Anthemis nobilis) a 10.000–20.000 por planta, y en el cardo de campo (Cirsium arvense) a unas 4.500.[232]Con una tasa de mortalidad de hasta el 50%, se encuentran, incluso en campos con escasa infestación, entre 10.000 y 300.000 semillas de malas hierbas germinables por metro cuadrado; en campos con infestación intensa, hasta 30.000 por metro cuadrado.[233]Cuando en la capa superficial del suelo imperan condiciones de germinación favorables —calor del suelo (> 9 °C) y humedad del suelo—, las fuerzas lunares se activan y aceleran la germinación y el crecimiento.

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La veraschung de las semillas se realiza durante el período de reposo germinativo, en ese estado en el que lo cósmico «vive como forma de la planta en la semilla».[234]Cuando la semilla es conducida a través del fuego, es consumida completamente por las llamas; lo que queda es la parte terrestre, la ceniza. El fuego como elemento se revela, por un lado, de manera sensible en los fenómenos del calor y de la luz. El otro lado del fuego, el lado operante e interior, es suprasensible. En la vivencia humana, este suprasensible puede hacerse perceptible como fenómeno en el plano anímico, por ejemplo cuando un impulso espiritual inflama el alma con el fuego del entusiasmo. Dondequiera que aparezca el fuego, consume lo que se ha hecho físico, que se convierte en ceniza. Desde el lado de lo espiritualmente activo, la ceniza atestigua un proceso de depuración, un proceso que implanta en el ser nuevos impulsos de devenir.

La tarea de la veraschung de semillas es crear en el suelo condiciones tales que, para la especie de mala hierba en cuestión, se anule el efecto estimulante de la germinación que ejercen las fuerzas lunares. La ceniza que surge de la destrucción de la semilla mediante el elemento fuego actúa en sentido contrario a las fuerzas lunares: «Ahora bien, de lo que se trata es de tratar el suelo de tal modo —pues no es posible desconectar la luna— que la tierra se vuelva indispuesta a recibir las acciones de la luna; y no solo la tierra puede volverse indispuesta a recibir las acciones de la luna, sino que también las plantas, estas malas hierbas, pueden adquirir cierta reticencia a crecer en una tierra tratada en cierto sentido.»[235]Esta última afirmación sugiere el pensamiento de que la incineración de estas semillas de malas hierbas, tan exuberantemente reproductivas, las libera en cierto modo del encadenamiento al ciclo terrestre de reproducción, de suerte que su aparición se mantiene en lo sucesivo dentro de límites.

La comprensión de las indicaciones de Rudolf Steiner, en tanto que ciencia espiritual, sobre la incineración de malas hierbas requiere un esfuerzo cognoscitivo que no cede, y, ligada a él, una disposición investigadora que acompaña, con atención consciente volcada hacia adentro y hacia afuera, cada paso de la aplicación práctica. Tanto más, cuanto que los esfuerzos realizados hasta ahora han obtenido logros parciales, pero todavía no han producido resultados decisivos. Esto se debe ante todo a lo siguiente:

  • La incineración de semillas de malas hierbas y el efecto de estas cenizas, como también las de insectos perjudiciales y las de la piel de animales perjudiciales y de alta capacidad reproductiva,
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  • como el ratón de campo, debe estar plenamente integrada en la práctica de la finca y cultivarse de manera continua.
  • Para ello hace falta la colaboración del entorno social de las fincas, personas que estén dispuestas y sean capaces de profundizar en el conocimiento de ciencia espiritual que subyace a la metodología de incineración y de ejercitarlo en práctica permanente.
  • Las técnicas ya muy perfeccionadas del control mecánico de malas hierbas han hecho retroceder algo tanto la investigación como la práctica de la incineración de semillas.

La regulación mecánica de las malas hierbas

Mientras los herbicidas actúan de manera sistémico-fisiológica, por así decir desde dentro — es decir, desvían la función constructiva superior del cuerpo etérico frente a la organización física —, los procedimientos mecánicos para la regulación del crecimiento de malas hierbas actúan desde fuera. Con la escarda, el pase de rastra deshierbadora, el rastrillado y el cultivo con azada se arrancan las plantas de raíz; con la siega se cortan del rizoma. Con estas medidas no se sale de la legalidad del devenir y el perecer. Esto vale también para el flameado, que alcanza a las malas hierbas de germinación y crecimiento rápido antes de que la semilla germinante del cultivo rompa la costra del suelo y verdee.

Cada cultivo de un eslabón de la rotación va acompañado de una flora de malas hierbas propia. Su composición está determinada ante todo por el estado del suelo, por el momento de la siembra, por las condiciones meteorológicas, y también por el crecimiento más rápido o más lento de los cultivos y, en consecuencia, por su grado de cobertura del suelo.

Muchas de las especies de malas hierbas son plantas indicadoras respecto a la estructura del suelo: por ejemplo, encharcamiento, compactaciones, sazón del suelo, balance de nitrógeno y acidez del suelo.[236] Los eslabones de la rotación pueden dividirse en tres grupos en cuanto a la aparición de malas hierbas y gramíneas específicas: cereales, cultivos de escarda, plantas forrajeras plurianuales. Las rotaciones hortícolas son en su mayor parte rotaciones de cultivos de escarda.

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Malas hierbas y gramíneas adventicias en los cereales

La flora acompañante del cultivo de invierno se articula en germinadoras de otoño y de primavera. Entre las malas hierbas y gramíneas que germinan en otoño resultan molestas las que son resistentes al invierno, como la cola de zorro (Alopecurus myosuroides) y el pasto del viento (Apera spica venti), así como malas hierbas como la manzanilla loca (Anthemis spec.), la verónica (Veronica spec.), etc. Por su escaso grado de cobertura en otoño e invierno, el trigo está más amenazado que el centeno y la cebada. Gracias a su macollamiento prevernal, estos últimos llevan ventaja a las gramíneas y malas hierbas adventicias en crecimiento y cobertura del suelo. Raras veces permite el estado otoñal del suelo intervenir reguladoramente con rastra deshierbadora o rastrillo. Esto puede recuperarse solo de forma parcial en la primera primavera. Solo el trigo soporta la azada con rejas de pata de ganso — él macolla apenas en primavera —, no así el centeno y la cebada; estos ya han desarrollado en gran medida sus raíces coronales de hábito rastrero. Para combatir las germinadoras de primavera en el cultivo de invierno, la rastra deshierbadora y la rastra ligera prestan buenos servicios.

Los cereales de primavera — cebada, trigo y avena — agradecen una siembra temprana; por eso, como toda siembra de primavera, están sometidos a una mayor presión de malas hierbas. Compiten con malas hierbas que ya germinan a temperaturas más bajas, como la neguilla (Agrostemma githago), la amapola (Papaver rhoeas), el amor de hortelano (Galium spec.), la correhuela (Polygonum convolvolus), y más tarde la pamplina (Stellaria media), la galinsoga (Galinsoga parviflora) y la cenicienta (Atriplex patula), así como, entre las gramíneas adventicias, la avena loca (Avena fatua). El intervalo de tiempo para un control antes de la siembra es corto, de modo que se requieren repetidos laboreos possiembra con rastra deshierbadora, rastra ligera y azada hasta el encañado. El netzstriegel permite un laboreo en preemergencia; tras la emergencia hay que esperar con medidas adicionales hasta la tercera hoja.

Con el encañado, el sombreado restringe el despliegue vegetativo de las malas hierbas semilleras, aunque no el de los cardos ni el de las gramíneas adventicias que encañan también. Los germinadores tardíos como la cenicienta (Atriplex), el rábano silvestre (Raphanus), el cenizo (Chenopodium) y la galinsoga (Galinsoga) aparecen, en cambio, con menor frecuencia.

Como las malas hierbas semilleras y las gramíneas que crecen entre el cereal alcanzan la madurez de la semilla antes que este o al mismo tiempo, son sobre todo los cereales de primavera — más que el cultivo de invierno — los que, en el marco de la rotación, reponen la reserva de semillas en el suelo. La rotura del rastrojo inmediatamente después de la cosecha debe

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procurar, mediante un lecho de tierra finamente desmenuzada, que la mayor parte posible de las semillas caídas llegue a germinar. En los cereales, una preocupación particular la dan la libre expansión de las gramíneas y hierbas de rizoma como el agrópiro (Agropyron repens) y el cardo (Cirsium arvense), así como la acedera de raíz pivotante. Hay que combatirlos tras la cosecha con gran inversión de trabajo y tiempo. Destacan en esto los cultivadores de corte total con seguepiezas, que lanzan las raíces y trozos de raíz a la superficie del suelo para que se sequen. El cardo (Cirsium arvense) y la acedera (Rumex obstusifolius) en el cultivo se debilitan notablemente extrayéndolos en profundidad antes de la floración.

Malas hierbas y gramíneas en los cultivos de escarda

Como el nombre ya indica, los cultivos de escarda requieren, además de una buena aireación de la capa labrada, una intensa contención del crecimiento de malas hierbas y gramíneas adventicias. En cuanto a diversidad de especies y presión competitiva, la infestación de malas hierbas es la mayor dentro de la rotación de cultivos. La siembra más tardía de los cultivos de escarda en comparación con los cereales de primavera permite en general tiempo suficiente para precederla con uno a tres pases de rastra, que arrancan de raíz las malas hierbas y gramíneas de germinación temprana y semitemprana. Donde sea posible — por ejemplo con remolacha (Beta vulgaris), col (Brassica) y otras — el transplante desde semillero puede ganar aún más tiempo para desterrar del campo incluso las malas hierbas de germinación tardía, como el franzosenkraut (Galinsoga), la ceniza (Atriplex), el cenizo (Chenopodium) y otras. Los cultivos de escarda tienen por lo general un período juvenil prolongado y permiten por eso continuar el control mecánico de malas hierbas con rastra, azada y aporcado hasta el cierre de filas. En caso necesario, hay que recorrer las filas una vez más a mano.

En el cultivo de remolacha azucarera y forrajera así como en el de hortalizas de campo están disponibles, además del flameado en preemergencia, métodos mecánicos refinados que dejan sin trabajar sólo una franja extremadamente estrecha junto a la línea de siembra. Pese a toda la buena labor preparatoria, sin embargo, un deshierbe residual a mano es inevitable. Esta labor es de las pocas que le han quedado al agricultor y al hortelano en las que puede entrar en contacto directo, en doble sentido, con el suelo y las plantas: por un lado está entregado a un quehacer de manos que es tanto más liviano y ágil cuanto más se olvida de sí mismo y dirige la mirada atenta hacia las plantas que

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han de quedar en libertad para que puedan desarrollarse sin obstáculos hasta la plena formación del fruto. Esta entrega obra de dos maneras: es utilitaria — en eso solo se orienta la máquina — y, de modo polar, despierta espiritualmente un interés y anímicamente una relación viva ante la intimidad del nexo vital entre la planta y la tierra. Uno se hace consciente del desafío de no caer en el vacío de la mera rutina, que convierte el trabajo en una carga. El deshierbe a mano puede ser, junto a otras labores semejantes, un campo de práctica que, tendiendo un puente, despierta un sentir moral ante las cosas y los seres de la naturaleza. Por otro lado, el pensar contemplativo reposa sobre el acontecer. Se observa una abundancia de fenómenos: por ejemplo, cómo las más diversas especies de hierbas se asocian con el cultivo que uno quiere conducir, cómo están configuradas de modo diferente en raíz, hoja y flor, y cómo dan noticia, en su imagen terrena, del arquetipo espiritual que mora en lo suprasensible. Uno identifica la mala hierba o gramínea como perteneciente a un género y familia determinados, y llega a percibir cuántas de ellas tienen una significativa acción curativa. Uno reconoce cómo esta acción curativa es pariente próxima de la acción nutritiva del fruto de la planta cultivada, que va desarrollándose poco a poco. En aras de esta acción nutritiva tiene que ceder, hasta cierto punto, el «caudal de hierbas curativas». Esto vale de modo muy especial para los cultivos de escarda que fructifican más en lo vegetativo. Así, en el marco de la rotación de cultivos, incumbe al tablón de escarda la función de ser un tablón de limpieza para el cultivo siguiente — por lo general cereal. Al mismo tiempo, es aquel que exige más intensamente la fertilidad del suelo.

Malas hierbas y gramíneas en el cultivo de plantas forrajeras

Las principales plantas forrajeras son leguminosas, trébol y alfalfa en mezcla con gramíneas forrajeras y, en pequeñas proporciones, hierbas de acción dietética como llantén lanceolado (Plantago lanceolata), pimpinela (Pimpinella agna), achicoria (Cichorium lupulina), meliloto amarillo (Medicago lupulina), cuernecillo (Lotus corniculatus) y meliloto blanco (Melilotus spp.). La mezcla permanece en la rotación de cultivos por lo general dos años de aprovechamiento. En consecuencia, ocupa dos eslabones de la rotación. El primer corte se realiza con suficiente antelación para que el segundo rebrote llegue a florecer en el meses de verano, de otro modo pobres en flor, y ofrezca a los insectos voladores una rica provisión de néctar. Fuentes adicionales de néctar las brindan las franjas florales en los tablones de cereal y de escarda.

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En tablones forrajeros bienales densos y de pleno desarrollo, las malas hierbas anuales de semilla no tienen posibilidad de desarrollarse; sí, en cambio, en rodales con claros. Con la siega repetida tampoco estas resultan amenazantes. El cultivo forrajero en campo es ante todo un medio probado para dominar las problemáticas malas hierbas perennes, de otro modo difíciles de combatir, como el cardo (Cirsium arvense) y la romaza rizada (Rumex crispus). El cardo (Cirsium arvense) ya se debilita con el primer corte, más aún con el segundo o incluso el tercero. Tras dos años de aprovechamiento de este tipo, se logra mantener el campo ampliamente libre de cardos para el cultivo siguiente — por lo general cereal de invierno. En cuanto a la romaza, que tras cada siega se debilita pero enseguida dispara hacia el estado de semilla, una reducción de la producción seminal generalmente no puede evitarse del todo. Respecto al agropiro rastrero (Agropyron repens), la siega repetida menoscaba la fuerza de los rizomas y con ello su ulterior propagación.

En el marco de la rotación de cultivos, el cultivo forrajero en campo rico en leguminosas y el de cultivos intercalares llevan a cabo un milagro ecológico. Devuelven al suelo la fertilidad perdida, crean armonía en lo viviente, atraen de nuevo la fauna silvestre al paisaje y ofrecen a ovejas y bovinos, tanto en verano como en invierno, un excelente forraje y en otoño una pastoreo en el campo.

Rotación de cultivos, enfermedades e infestación por plagas

La pregunta es si las plantas pueden en absoluto enfermar en el mismo sentido que el animal y el hombre. La dirección hacia una respuesta se abre cuando se contempla la estructura de los miembros constitutivos en los reinos de la naturaleza y en el ser humano: el mineral es unimembre, dotado de un cuerpo físico; a la doble membración de la planta con cuerpo físico y cuerpo etérico se añade en el animal, como tercer miembro, el cuerpo astral, y en el hombre, como cuarto, la organización del Yo. El causante de la enfermedad es el cuerpo astral.[237] Tal cuerpo no se encarna en la planta. Su cuerpo anímico permanece en lo suprasensible; irradia sus fuerzas desde la periferia hacia el interior del espacio y del tiempo, toca las plantas solo desde fuera y se crea una imagen refleja en su forma. En la pureza de la organización etérica de la planta, este cuerpo anímico se une con las sustancias terrestres, las vivifica y las compone en su organización física. En esta unión, la planta se convierte en sus formas en la

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forma sensiblemente visible. En estos sus procesos etérico-vivientes de formación, la planta es sana de parte a parte; es portadora de todas las fuerzas sanadoras; por la propia organización de sus fuerzas formativas no puede en rigor enfermar. Lo que modifica su imagen fenoménica como pura imagen de su tipo, la deforma o la destruye del todo, son influencias externas. Hoy se las engloba bajo el impreciso concepto de efectos del entorno. En cuanto estos se deslizan hacia extremos, se pierde la armonía de la relación entre los efectos cósmicos y los terrestres; surgen desequilibrios. Estos pueden darse de manera natural mediante incendios, tormentas, inundaciones y terremotos, o bien, de forma creciente, mediante acciones egoístas del hombre, mediante reivindicaciones de posesión y poder, explotación rigurosa, etc. Las influencias del hombre se manifiestan en el calentamiento de la Tierra, el cambio climático, la contaminación de la Tierra, de los mares y de la estratosfera. El electrosmog envuelve a las plantas por todas partes y las estrangula de los efectos cósmicos. En el cultivo de las plantas cultivadas, esta influencia extrema se ve aún agravada por tecnologías de todo tipo ajenas a la vida, como la fertilización excesiva con sales de nitrógeno sintetizadas del aire, la hidropónica (cultivo en soluciones de sales nutritivas), los pesticidas, los herbicidas, etc. Las plantas están envueltas en sustancias y radiaciones extrañas que debilitan su organización etérica. Esta ya no está en condiciones plenas de construir ni de mantener su organización corporal física de acuerdo con la disposición propia de su especie. La consecuencia fisiológica es que las plantas contienen un exceso de agua — células e intercelulares agrandadas — y de sales disueltas en ella, en mayor cantidad de la que pueden integrar en la construcción de sus tejidos configuradores de forma. Todo esto convoca un amplio espectro de organismos vegetales y animales — bacterias, hongos, ácaros, insectos — que en el seno de la economía de la naturaleza, en el lugar justo y en el momento justo, prestan servicios útiles, pero que, en el lugar equivocado y en el momento equivocado, se multiplican unilateralmente de manera vertiginosa y se convierten en organismos nocivos. Un caso singular dentro de este canon son las virosis. Los virus constituyen una suerte de sub-naturaleza del reino vegetal, como la radiactividad lo es del reino mineral. Los virus no tienen metabolismo propio. Se insertan en el metabolismo de organismos vivos — desde las bacterias hacia arriba — y solo a través de él pueden desarrollarse y multiplicarse. Mientras todo lo viviente se vive manifestándose en ritmos, el virus se comporta de manera arrítmica. Son los virus, sobre todo, los responsables de la degradación varietal cada vez más acelerada en el reino de las plantas cultivadas.

Las enfermedades bacterianas y fúngicas parasitarias son expresión de un exceso de los efectos de fuerzas lunares que, en el suelo, vehiculadas

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por el agua, una «vivacidad lunar». Esta actúa, en condiciones meteorológicas equilibradas, en las plantas hasta llegar a la formación de la semilla.[238] Pero cuando la luna actúa con demasiada fuerza — en un invierno suave con humedad prolongada hasta la primavera, reforzada además por el aporte de sales nutritivas fácilmente solubles —, la presión fúngica se incrementa. La vida lunar excedente entra en competencia, por así decirlo, con las fuerzas que desde el cosmos, a través de la sílice, la cal y la arcilla, fluyen hacia arriba hacia las plantas imprimiendo forma. Estas fuerzas se debilitan. Sobreviene una suerte de fructificación prematura en lo vegetativo, en el ámbito foliar. Por encima del nivel del suelo — en cuyo interior se encuentra propiamente la verdadera morada del ejército de bacterias y hongos — se forma en la zona del brote un segundo nivel de suelo para parásitos y hongos. Bajo el peso de fuerzas lunares demasiado intensas, la planta cae en una degradación a manos del mismo reino de seres vivos inferiores que en la oscuridad del suelo le presta servicios útiles.

El peligro de una acción lunar demasiado intensa puede prevenirse mediante las siguientes medidas:

  • Un abonado que fomente la salud vegetal — el fortalecimiento de su organización etérica — (véase cap. «De la esencia del abonado», p. 259 y ss.).
  • La construcción de un suelo de actividad terrestre, rico en formas de humus estable (arcillo-húmico).
  • Varios tratamientos a lo largo del curso del año con té de cola de caballo (efecto silícico).
  • Conservación y cuidado de los biotopos húmedos y del prado permanente próximo a las corrientes de drenaje o al nivel freático. Son estos los enclaves naturales donde las fuerzas lunares pueden «vivirse plenamente» en el despliegue de una rica vida fúngica y bacteriana — y ello con efecto sanador para el conjunto del organismo agrícola.

El laboreo del suelo ayuda a la planta, en un primer paso, a alcanzar la configuración típica de las fuerzas formativas de su cuerpo etérico. Recibe un fortalecimiento ulterior mediante la posición adecuada en la rotación de cultivos, y la mayor elevación del crecimiento sano y de la formación y maduración del fruto a través del abonado (véase cap. «De la esencia del abonado», p. 259 y ss.). Para la configuración de la rotación de cultivos entran en consideración tres momentos principales: la autotolerancia, el efecto del cultivo precedente y el mantenimiento de una elevada dinámica húmica. En el caso de siembras sucesivas repetidas, los cultivos con reproducción vegetativa son en mucho mayor grado autotolerantes que

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en la multiplicación generativa; a no ser que la generación parental sea portadora de virus, problema principal en el cultivo posterior de patatas, la multiplicación de árboles frutales, etc. La naturaleza misma da ejemplo de la alta autotolerancia de la multiplicación vegetativa: por ejemplo, la grama (Agropyron repens), la ortiga (Urtica dioica), el cardo (Cirsium arvense), la correhuela (Polygonum convolvulus), la cola de caballo (Equisetum arvense), etc.

En el cultivo posterior generativo de variedades de semilla fija es regla, en grados distintos, la degeneración varietal. En la base de la autointolerancia se encuentran la proliferación unilateral de organismos nocivos como bacterias, hongos, insectos y otros animales del suelo, así como excreciones radiculares patógenas de las propias plantas cultivadas (Alelopatía). A los organismos nocivos puede hacerse frente de la siguiente manera:

Mediante todas las medidas que fortalezcan la constitución, es decir, la organización de las fuerzas formativas de la planta. A ello pertenece la producción propia de semilla en la granja mediante el cultivo posterior selectivo: «Si [en la siembra; inserción del autor] se está cerca de los meses invernales, se conseguirá una fuerte capacidad reproductiva; si se está más lejos de los meses invernales, una fuerte capacidad nutritiva en las plantas de cereal.»[239]

Atención al momento de siembra según los ritmos cósmicos, en particular el ciclo sinódico o de fases lunares.

  • Un suelo activo y fértil, que digiera rápidamente toda clase de influencias unilateralizadoras provenientes del exterior y las haga inocuas para las plantas.
  • Distancia espacial respecto al cultivo del año anterior (por ejemplo, la col respecto a la hernia de la col [Plasmodiophora brassicae], la patata respecto al ataque del escarabajo de la patata) y asimismo distancia temporal, que según el grado de autotolerancia es de tres a seis años.

Enfermedades de los cereales relacionadas con la rotación de cultivos

En cualquier caso, el cultivo sucesivo de la misma especie provoca mermas de rendimiento por la acumulación de patógenos específicos. La autocompatibilidad es, por tanto, limitada, si bien el centeno es el que mejor la tolera. Debido a sus pocas exigencias, la avena y el centeno se siembran como cultivos extractivos después de los cultivos de invierno de cebada y trigo. En este contexto, la avena se considera un cultivo saneador. Su valor como cultivo precedente es escaso; no obstante, vistos en el conjunto de la rotación, los cereales aseguran un balance de humus equilibrado. En este sentido, el desarrollo radicular del trigo y la cebada es considerablemente

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menor que

el del centeno y la avena. Los primeros son consumidores medios de humus y, por tanto, tienen altas exigencias respecto al cultivo precedente: cultivos de escarda bien abonados. El trigo es incompatible con la cebada como cultivo precedente. En este caso, como ocurre en general en las rotaciones con alta proporción de cereales (>50 %) y con masas de paja mal descompuestas, aparecen enfermedades de pie, micosis en la base del tallo del trigo, como el pie negro (Ophilus graminis) o el mal del pie (Cercosporella herpotrichoides). La alternancia regular entre cultivos de hoja y gramíneas pone remedio a esta situación. El maíz, con su alto grado de autocompatibilidad, ocupa una posición especial entre las gramíneas. Las infecciones fúngicas pueden presentarse en el trigo y la cebada —y en menor medida en la avena, y menos aún en el centeno— en todo el tallo hasta la espiga. En el trigo se trata principalmente, en la zona de las hojas, de la roya (Puccinia) —roya amarilla, parda y negra— y las caries (Tilletia), y en la espiga (Helminthosporium gramineum) del carbón enano y el carbón fétido; en la cebada, de la enfermedad de las estrías (Ustilago avenae) así como del oídio (Erysiphe graminis), y en la espiga del carbón volador de la cebada; en la avena, del carbón volador de la avena; y en el centeno, en la zona de las hojas, del moho de la nieve (Fusarium nivale), y en las espigas, del cornezuelo (Claviceps purpurea). El maíz se integra sin problemas en rotaciones con alta proporción de cereales; las enfermedades de pie no le afectan.

Los daños condicionados por la rotación de cultivos y causados por insectos —como el ataque de la mosca de los cereales (Oscinis frit) y los nematodos (Ditylenchus dipsaci) en el centeno; el mosquito de las agallas, la mosca del trigo (Hylemya correlata), entre otros, en el trigo; la mosca de los cereales (Oscinis frit), los trips (Thrips lini) y los nematodos en la avena; o la mosca de los brotes (Chlorops taeniopus) en la cebada y el trigo— tienen menor peso en comparación con las infecciones fúngicas. En cambio, en el cultivo del maíz, el piral (Pyrausta nubilalis) es el que causa el daño predominante.

Enfermedades condicionadas por la rotación en los cultivos de escarda

Las numerosas especies de cultivos de escarda en el campo y en la huerta tienen cada una su propio patrón de ataques y daños. Son por regla general incompatibles consigo mismas y han de ser separadas convenientemente en la rotación. La patata constituye cierta excepción. La multiplicación vegetativa por tubérculos la convierte en la más autotolerable de todas las plantas cultivadas. En zonas de montaña puede ser cultivada consecutivamente durante décadas. En zonas cálidas y húmedas, toda clase de virosis transmitidas por el pulgón del melocotonero (Myzodes persicae) y propagadas además por heridas en los tubérculos, así como infecciones fúngicas —entre ellas la temida podredumbre tardía del tallo y del tubérculo (Phytophtora infestans)— y el ataque del escarabajo de la patata (Leptinotarsa decemlineata), el

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rendimiento ya desde el primer año de cultivo. Por regla general, el retrocultivo no es posible. En la rotación de cultivos se debe mantener un intervalo de cuatro años. Las propiedades de precultivo de la patata son excelentes para todos los cereales y cultivos de escarda.

Las betarragas (remolacha azucarera y forrajera, remolacha roja) tienen escasa tolerancia a sí mismas por efecto del ataque de nematodos en la zona radicular. Los nematodos (nematodo del tallo y la yema [Ditylenchus dipsaci]) se encuentran entre los principales causantes de enfermedades condicionadas por la rotación. Son plurirraciales, atacan a casi todas las plantas cultivadas y también a muchas especies de malas hierbas, son longevos, por lo cual en la rotación debe mantenerse un intervalo de cuatro a seis años hasta el retorno de una especie de betarraga. Las betarragas presentan un amplio espectro de agentes causantes de daños: virosis (entre ellas la enfermedad del amarillamiento [Beta-Virus 4]), hongos (entre ellos la podredumbre radicular, diversos hongos), así como nematodos, pulgones (Phytophagus), mosca de la remolacha (Pegomya hyoscyami), escarabajo de las criptógamas (Atomaria linearis) y otros. El ataque está condicionado en parte por la variedad y las condiciones meteorológicas, pero en su mayor parte es consecuencia de la higiene insuficiente del suelo y de una posición demasiado estrecha en la rotación.

Los precultivos adecuados para las betarragas son preferentemente la patata y las leguminosas fijadoras de nitrógeno, así como —con buen abonado orgánico propio del establecimiento— todos los cereales. Los postcultivos son por regla general formas invernales o estivales de trigo y cebada.

Las crucíferas (Cruciferae), entre ellas todas las variedades de col, la colza y representantes de los cultivos intercalares como los derivados de la colza, la mostaza blanca (Sinapis alba), el rábano oleífero (Raphanus sativus var. oleiformis) y otros, enriquecen extraordinariamente la rotación. La sobreabundante floración de la colza (Brassica napus) y de las crucíferas que llegan a florecer, de los cultivos intercalares y, sin buscarlo, de las malas hierbas mostaza y rábano silvestre (Raphanus raphanistrum), es una fuente de néctar que atrae una abundancia de insectos voladores.

Enfermedades de las plantas forrajeras relacionadas con la rotación de cultivos

Al mismo tiempo, las crucíferas atraen también una multitud de insectos masticadores, ante todo la pulga de la tierra (especies de Phyllotreta), la mosca de la col (Chortophila brassicae), el escarabajo del polen de la colza (Meligethes aeneus) y otros. Igualmente dañinas son una serie de enfermedades fúngicas, en primer lugar la hernia de la col (Plasmodiophora brassicae), que como enfermedad típica de la rotación determina en gran medida la incompatibilidad mutua de las brasicáceas, la colza, etc., pero también de las malas hierbas crucíferas entre sí. Además, la colza es planta huésped de numerosas

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Nematodenarten, que causan daños en los cultivos posteriores. La colza necesita precultivos de desocupación temprana, como la cebada y el centeno de invierno. Deja para el postcultivo un suelo de estructura excelente, en buena sazón y relativamente libre de malas hierbas. Por las razones indicadas, al igual que con las variedades de col, se impone una pausa de cultivo de tres a cuatro años. Si se intercalan en la rotación crucíferas en abonado verde intensivo, los intervalos deben ampliarse aún más.

En el centro de la rotación, junto a los cultivos comerciales, se encuentran las plantas forrajeras trébol (Trifolium) y alfalfa (Medicago), con la adición de una mezcla de gramíneas forrajeras y hierbas. El trébol y la alfalfa, por una parte, como plantas de raíz profunda vitalizan directamente, mediante la fijación de nitrógeno, la descomposición de minerales y la abundancia de masa radical, todo el volumen del perfil del suelo —tanto más cuanto más prolongado y vigoroso sea el cultivo—; por otra parte, cuentan en el plano vegetal, de manera indirecta, entre los grandes promotores de la fertilidad perdurable de los suelos. Esto ocurre a través de las masas forrajeras que, transformadas y refinadas por la digestión de los rumiantes, retornan a la tierra como abono. El cultivo de leguminosas forrajeras se complementa con leguminosas de grano, entre ellas la haba de campo (Vicia faba), el lupino (Lupinus) y el guisante (Pisum sativum). En la rotación se sitúan en monocultivo o en cultivo mixto con avena, preferiblemente antes de cultivos de escarda. La prioridad del trébol y la alfalfa en la rotación establece límites al cultivo de leguminosas de grano. La razón es el gorgojo del borde foliar (Sithonia lineata), que puede dañar considerablemente las leguminosas forrajeras en estadio juvenil temprano. El problema central del trébol rojo —menos del cultivo de alfalfa— es la podredumbre del trébol (Sclerotinia trifolium). Es una enfermedad típica de la rotación. Los esclerocios negros (cuerpos fructíferos del hongo) se adhieren al cuello de la raíz, destruyen los vasos conductores, y la planta de trébol se marchita al despuntar la primavera de un día para otro. Las formas persistentes del hongo pueden mantenerse en el suelo hasta ocho años. El retorno del trébol rojo y también de la alfalfa debería producirse, por ello, como mínimo cada cinco o seis años. Con un cultivo de al menos dos años, el problema de los cardos para el cultivo siguiente queda resuelto y la presencia de nematodos también se ha reducido considerablemente.

Otras plantas hoja que habitualmente forman parte de las rotaciones biodinámicas son las remolachas forrajeras (Beta vulgaris var. alba) como elemento dietético en la alimentación del ganado lechero, así como las zanahorias (Daucus carota) y el lino oleaginoso (Linum usitatissimum) en la cría de terneros. Estos cultivos, igual que el cultivo de hortalizas y de plantas medicinales para la salud animal, se trabajan en parte de manera hortícola, en parte integrados de modo agronómico en los cuadros de cultivos de escarda.

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La rotación de cultivos en relación con el abonado, el balance de humus y el laboreo con el arado

Con la rotación de cultivos, la explotación agrícola biodinámica se crea un marco de cultivo que garantiza una fertilidad perdurable correspondiente a las condiciones del lugar. Este marco espacio-temporal establece un tema que puede variar según el clima y las necesidades de forraje y mercado. El tema debe vivir como un nexo de ideas vivo en la conciencia de la comunidad de la granja e imprimirse progresivamente, año tras año, en el organismo agrícola. Cada año de nuevo, esta imagen de la rotación de cultivos se convierte en una obra de arte perceptible en la conformación del proceso natural. En el siguiente ejemplo (Dottenfelderhof) se presenta una rotación de doce cuadros, que se articula en dos de seis cuadros, los cuales dejan reconocer a su vez el principio originario de la agricultura de tres hojas:

Año Rotación de cultivos Cultivo intercalar Abonado Balance de humus Arado otoñal
1 Alfalfa - Hierba HF 100-200 dt Compost + -
2 Alfalfa - Hierba HF Formación de humus estable + pf
3 Trigo inv. - Cebada CF ~ pf
Crucíferas
4 Centeno inv. CF ~ pf
Leguminosas y otros
5 Escarda: Patatas, hortalizas

de campo, remolacha y otros

HF 300 dt Estiércol profundo de establo - pf
parcialmente Crucíferas +~
6 Avena, Escanda CF Siembra de trébol -
7 Trébol-Hierba HF 100-200 dt Compost + -
8 Trébol-Hierba HF Formación de humus estable + pf
9 Trigo inv. -

Multiplicación de semillas

CF ~ pf
Crucíferas
10 Centeno CF ~ pf
Leguminosas y otros
11 Escarda: como en el año 5 HF 300 dt Estiércol profundo de establo - pf
parcialmente Crucíferas +~
12 Avena, Escanda,

Multiplicación de semillas

CF Siembra de alfalfa ~ -
HF = Hoja frutada; CF = Caña frutada; + = aumento de humus; ~ = mantenimiento; - = consumo; pf = arar

La proporción de hojas frutadas corresponde, con el 50%, al sistema de la agricultura de alternancia. Los cultivos intercalares desplazan sin embargo la proporción de

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de los cereales hacia las hojas frutadas, en favor de estas últimas. Los cultivos de raíz profunda con la mayor masa radicular — la alfalfa seguida del trébol — superan la proporción de las plantas de escarda, en su mayoría de raíz superficial y escasa masa radicular. Los cereales ocupan la posición intermedia en ambos aspectos. Sin tomar en cuenta la contribución de los cultivos intercalares y del abonado orgánico, el balance de humus durante los doce años puede considerarse ligeramente positivo. El laboreo del suelo, principalmente en primavera y otoño, lo influye negativamente. La suspensión de dicho laboreo durante un cuarto de los doce años, gracias al cultivo de forraje, mitiga la pérdida de humus; y lo mismo sucede con el laboreo moderado en profundidad en otoño y preinvierno mediante arado, cultivador, arado de discos, etc. Compensar las pérdidas, o incluso encaminarse paso a paso hacia un nivel duradero más alto de los contenidos de humus, es entonces tarea de los cultivos intercalares donantes de humus — pero sobre todo del abonado con estiércol de establo y composts.

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Tercer pilar:

Sobre la naturaleza del abonado

Lo que fertilizar significa en realidad es una pregunta enigmática. Desde el punto de vista de las ciencias agrarias corrientes, parecería que ya no vale la pena seguir interrogándola; parecería estar descifrada de una vez para siempre. En ese sentido, fertilización significa: suministrar al sistema suelo-planta — pensado y calculado en la forma aislada de los elementos químicos individuales — las sustancias que permiten esperar rendimientos máximos, en aras de un balance nutritivo armónicamente ajustado, aproximándose hasta agotar el potencial genético de las variedades de plantas cultivadas correspondientes.

Esta forma de pensar puntual, basada en relaciones aisladas de causa y efecto externas, se opone de manera polar a lo que dice la investigación de ciencia espiritual, que se refiere a «los secretos de la fertilización» como «secretos extraordinariamente reales».[240] «Ciertamente, [la fertilización; nota del autor] se realiza instintivamente por tradición desde tiempos antiguos. Pero el ser de la fertilización — eso no lo comprende hoy ningún ser humano», «salvo aquellos que pueden saberlo a partir de lo espiritual».[241] Los tres capítulos siguientes son un intento de crear una base de comprensión para esta afirmación radical. En las exposiciones que siguen, acerca de los grados de la fertilización, el secreto del ser de la fertilización podrá llegar a ser algo más manifiesto.

Sobre la cuestión de las sustancias y las fuerzas

Practicar la agricultura significa mover grandes masas de sustancias, predominantemente de la naturaleza orgánica: el suelo vivificado en cada pasada de laboreo, las operaciones de recolección de forraje verde, heno y paja, etc., así como su almacenamiento y presentación diaria en el pesebre, el encamado en el establo, la retirada del estiércol y el almacenamiento del estiércol de establo y del purín, así como su distribución en los campos de cultivo y las praderas, la aplicación repetida de los preparados por aspersión en todo el término de la finca, las masas de cosecha de cereales y cultivos de escarda, su almacenamiento y, finalmente, la provisión

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de todos los productos de la cosecha que abandonan la finca como alimentos.

La agricultura es una empresa de transporte a su pesar. Esta es una cara de la moneda; la otra es que es un proceso integrado en los ritmos del ciclo anual y que perdura más allá de ellos. Esto es especialmente cierto para el abonado. Las sustancias fertilizantes producidas en la explotación son en sí mismas un resultado de procesos vitales y, al mismo tiempo, la causa de su conservación y potenciación.

¿Qué clase de sustancias son estas que se mueven de un lado a otro en diversas formas de manifestación? ¿Qué es una sustancia? Las sustancias aparecen en los cuatro elementos clásicos: en los estados de agregación de lo sólido (tierra), lo líquido (agua) y lo gaseoso (aire). Para el elemento del calor, la ciencia natural aún no ha encontrado un acceso conceptual que lo caracterice como un cuarto elemento independiente entre los elementos clásicos. Hasta hoy sigue vigente el principio metódico del desmembramiento de los fenómenos, que se remonta al fundador de la física experimental, Francis Bacon (1561-1626). Este método de buscar detrás de los fenómenos, en los procesos materiales, el principio existencial causante, domina todavía hoy la ciencia convencional.

Se busca detrás de la apariencia subjetivamente sentida el objeto, algo materialmente objetivo. No se encuentra esto en el calor mismo, sino secundariamente en los estados térmicos que se manifiestan de forma medible en los elementos de lo sólido, lo líquido y lo aéreo. Sin esta referencia a los tres elementos o estados de agregación, el calor permanecería imperceptible. Para Francis Bacon, que con medios jurídicos se erigió en juez del calor, esta fue probablemente la razón para negarle al calor la existencia propia como elemento. Hasta hoy, la inmaterialidad del calor, su naturaleza esencial, permanece conceptualmente en la oscuridad. No encarna un estado de agregación propio. En tiempos más recientes, los investigadores tienden a considerar el estado de plasma, de alta energía y extremadamente diluido, como un cuarto estado de agregación. Pero también en este complejo contexto de manifestación, el calor aparece en forma ligada a la materia. Su naturaleza pura como elemento calórico se revela en la percepción como el fenómeno de la sensación térmica en las gradaciones de frío a caliente, mediada por los elementos tierra, agua y aire. Además, su naturaleza pura e inmaterial se manifiesta en la propiedad de transformar los estados elementales o de agregación unos en otros mediante su presencia y ausencia.

La pregunta por la naturaleza de la sustancia, que desde el siglo XVII se fue convirtiendo gradualmente en la cuestión central del conocimiento en las ciencias naturales, parece estar resuelta en principio

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por la física y la química. Si se descomponen sustancias orgánicas o inorgánicas con los métodos del análisis —a excepción

de aquellas que por naturaleza se encuentran en estado elemental, como el oro, la plata, etc.—, aparece una suma de elementos físico-químicos que se distinguen por sus propiedades. Se concibe que están constituidos por átomos (átomo = indivisible).

En los siglos XIX y XX, también se desmembró el producto del análisis, el elemento como «átomo indivisible», en sus partículas elementales. Con ello, el carácter cualitativo de las propiedades de los elementos químicos perdió relevancia para el conocimiento de la esencia de las sustancias. Con este paso se cruzó un umbral desde la naturaleza hacia la «infranaturaleza»[242] y se llegó al ámbito subatómico de las partículas elementales (cuantos). En este ámbito se pierde el mundo de los sentidos y aparece otro, el de los efectos energéticos medibles.

Estos se diferencian de los efectos de fuerza que irradian desde el cosmos y que elevan el mundo de las sustancias terrenales a la constitución de los niveles superiores de existencia de la vida del mundo vegetal, de lo anímico del mundo animal y de lo espiritual del ser humano. En contraposición, las sustancias de la Tierra se revelan como irradiantes,[243] como estructuras de fuerza condensadas, por así decir, como procesos que han llegado a su fin y que están cautivos en ese estado.

Se ha visto en los átomos cuerpos que ocupan un espacio, la materia, que sería la única causa de toda existencia superior en la Tierra. Esta concepción ha proporcionado a la cosmovisión del materialismo un fundamento racional, aparentemente irrefutable. La materia, según esta visión, es el continuo que existía al principio y existirá al final. Todo ser que ha surgido entre este principio (Big Bang) y este final (entropía final, muerte térmica) y que aún tiene su existencia, se deriva de este fundamento material primigenio, y así también el ser humano, que como objeto material piensa todo esto. En negación de su propio sí-mismo como ser que siente anímicamente, que aspira espiritualmente y que quiere en amor, ha elevado este teorema a la categoría de axioma. El materialismo, debido a su fundamento aparentemente seguro, el desciframiento del secreto de la sustancia y la tecnología que de ello ha surgido, es la cosmovisión menos reflexionada. Oculta la visión del ser humano, que, empleando la máxima fuerza de su entendimiento, se construye un mundo en el que se pierde como

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un no-Yo en una nada. «El entendimiento nos aleja de la realidad, la razón nos devuelve a ella.

de nuevo.» [244]La cosmovisión del materialismo sufrió una cierta conmoción por los conocimientos de la física cuántica, que demuestra que la materia no puede ser diferenciada en una suma de partículas materiales atómicas, sino en cuantos de efecto energético. Pero, ¿quién es su autor? Aquí se plantea la pregunta por el espíritu, por un mundo de seres que crea desde lo suprasensible. «El entendimiento nos aleja de la realidad, la razón nos devuelve a ella de nuevo.»

Si el ser humano dirige toda la fuerza de la razón hacia sí mismo como ser pensante, encuentra en sí mismo los medios y caminos que lo sacan del estatismo de la cosmovisión materialista. Despierta a la conciencia de que él mismo, desde los orígenes espirituales primordiales, es el llamado a ser portador del desarrollo y a serlo cada vez más; de que, gracias a sus fuerzas anímicas del pensar, sentir y querer, puede desarrollar en sí los órganos superiores de conocimiento anímico y, con su ayuda, formarse para alcanzar intuiciones superiores. Estas le permiten tomar en sus propias manos, en libre autodeterminación, su futuro y el de su cocreación. Indicios de este tipo despuntan por doquier. Sin embargo, la pregunta por la esencia de la sustancia en todas sus formas de manifestación —en la naturaleza inanimada, en la vida de las plantas, en la condición anímica de los animales y en la organización espiritual o del Yo del ser humano— todavía no se plantea en este sentido.

Para obtener una introducción a este complejo de preguntas, es preciso retener: «La cosmovisión sensible es la suma de contenidos de percepción que se metamorfosean, sin una materia subyacente.»[245] Las percepciones que tenemos de un objeto sensible estimulan al pensar a formar conceptos que buscan aprehender las propiedades de dicho objeto. Así, los elementos sustanciales del sistema periódico se caracterizan por propiedades específicas, que son expresión de algo que no llega a manifestarse, es decir, que no pertenece al devenir y perecer en el tiempo y el espacio. La materia, sin embargo, es concebida como el continuo, lo permanente en el tiempo y el espacio, sin ser ella misma una manifestación sensible y sin estar sujeta a las fuerzas constructoras y destructoras que actúan en el tiempo y el espacio. Lo que se manifiesta son las propiedades conceptualmente aprehensibles. Son proyecciones de algo que está por encima del espacio-tiempo, de algo suprasensible, del ser de esta o aquella sustancia. Se constituyen

en la conciencia del ser humano, a través de la

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percepción y el concepto, en una suma de propiedades. Su delimitación y asignación a una u otra sustancia es objeto de investigación de la física. Su constelación es tal que cada elemento sustancial tiene una afinidad específica con otras sustancias. Pueden reaccionar entre sí. Cuando esto ocurre, las sustancias iniciales desaparecen del campo de visión y, como una síntesis, por así decir, surge una nueva sustancia con propiedades sorprendentemente nuevas. El principio y el fin están conectados por un acontecer discontinuo. Por ejemplo, el hidrógeno (H) y el oxígeno (O) son gases. Su afinidad mutua es tan enorme que reaccionan explosivamente. Desaparecen, y emerge el agua, la sustancia más rica en propiedades, la base de toda vida. Se produce un salto de un estado de agregación de baja densidad a uno de mayor densidad. Si el agua se somete a la electrólisis con un gasto de energía, vuelven a aparecer los elementos iniciales como gases. En la transición del estado gaseoso al líquido, como en cualquier reacción entre sustancias, entra en juego el factor tiempo. Se desarrolla un proceso. Este acontecer procesual en el mundo de las sustancias es, por excelencia, objeto de la química. Puede seguirse empíricamente en los fenómenos reactivos que lo acompañan, pero como tal se sustrae a la perceptibilidad. En el proceso químico actúan fuerzas que están fijadas en el ser de la sustancia y en sus propiedades. Las fuerzas que se mueven en el proceso permanecen en estado de reposo, de solidificación en la forma, antes del inicio y al final de la reacción. En la forma, la sustancia se vuelve sensible y calculable en sus propiedades físicas de medibilidad, contabilidad y pesabilidad.

En el transcurso de la actuación de fuerzas procesual-químicas, aparecen fenómenos, por ejemplo, manifestaciones de calor, luz, color y sonido, así como experiencias de olor y sabor, que no pueden derivarse de las propiedades de las sustancias que reaccionan. Permiten al espíritu investigador del ser humano adentrarse más profundamente en el acontecer procesual, e incluso, en la ejecución activa, desarrollar una relación personal con este, en la cual la actuación de fuerzas suprasensibles se refleja de una manera más cercana al espíritu en la vivencia personal. Al vivenciar conjuntamente los fenómenos químicos, las sustancias desvelan una rendija de su naturaleza de fuerzas y, con ello, de su naturaleza esencial.

Cuanto más avanzaba la física en su intento de descifrar, en el ámbito espacio-temporal, el secreto del elemento sustancial concebido como material, el átomo, tanto más se desvanecía el fenómeno del campo de visión del experimentador. Este continuó tejiendo el hilo rojo basándose en modelos imaginados con la ayuda de

la matemática.

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Sin darse cuenta, salió de la naturaleza para entrar en un reino de lo «infrasensible», en la infranaturaleza, en un reino de relaciones de fuerza estrictamente regidas por leyes, fijas, sin vida y sin alma, de masa, electricidad, magnetismo y energía de enlace nuclear. En esta infranaturaleza, todo lo objetivo del mundo sensible se disuelve en un sistema calculable de formas de energía coaguladas en sí mismas y, sin embargo, interactivas. Donde actúan de forma aislada, son en sumo grado hostiles a la vida. Las fuerzas infrasensibles actúan en el «espacio» y, por lo tanto, se conciben forzosamente como cuerpos en el espacio, como una mecánica de cuantos. Se distinguen, en delimitación espacial y —según su mecanismo de acción—, diversas partículas elementales o cuantos de energía.

En el desarrollo de la física cuántica se hizo evidente que estas representaciones, que se apoyan en la experiencia sensorial, no son sostenibles. Nils Bohr (1885-1962), el padre de la física cuántica, llegó a la conclusión: «No existe un mundo cuántico.»[246] Esta conclusión fue confirmada por sus colegas congéneres Werner Heisenberg (1901-1976), Wolfgang Pauli (1900-1958) y otros. Heisenberg escribe: «Las unidades más pequeñas de la materia no son en realidad objetos físicos en el sentido normal; son formas, ideas, que solo pueden expresarse sin ambigüedad en lenguaje matemático.»[247] — Por lo tanto, el átomo no es una cosa en el espacio. Y continúa escribiendo: «Cuando se intenta penetrar, más allá de esta realidad [se refiere a la sensible; nota del autor], en los detalles del acontecer atómico, los contornos de este mundo ‹objetivo-real› se disuelven —no en la niebla de una nueva y, sin embargo, confusa concepción de la realidad, sino en la diáfana claridad de una matemática que vincula lo posible, no lo fáctico, conforme a leyes.»[248] Pero esta «diáfana claridad» es una abstracción. Por muy correcta que sea en relación con el ser y el actuar de la infranaturaleza, choca con un límite en el que el ser humano cognoscente puede tomar conciencia de que de esta abstracción no puede brotar ni una chispa de un impulso ético-moral. La matemática trata con lo físico-devenido, que se manifiesta a la conciencia pensante en relaciones numéricas. Su coherencia es aprehensible en pensamientos, es decir, puramente en el espíritu. En ellos, lo objetivo coincide con lo subjetivo en una unidad. Son verdaderos en el caso restringido de

lo inorgánico-físico. En este sentido, la matemática es una ciencia

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del espíritu y no una ciencia natural. Se piensan pensamientos que son capaces de traducir leyes físicas en funciones tecnológicas. Si uno se atiene a estos pensamientos y busca, con un fortalecimiento espiritual, vivenciar su coherencia, sus relaciones lógicas, entonces la matemática no se coagula en una abstracción rígida y sin vida, sino que puede convertirse en una etapa preliminar del verdadero conocimiento espiritual.

Las relaciones numéricas son expresión de relaciones de energía o de fuerzas. Estas últimas son, por un lado, las portadoras de los procesos de las reacciones sustanciales y, por otro, están cautivas en la sustancia como «procesos retenidos».[249][250]

La sustancia está sujeta a la gravedad. Esta propiedad experimentable, sobre todo, la convierte en representante de lo terrenal. Es una suma de formas de energía o fuerzas cautivas en la forma sensible, que se manifiestan en las propiedades. Estas posibilitan procesos que transcurren según leyes naturales, reproducibles y que pueden ser abstraídos matemáticamente en fórmulas.

En la naturaleza viva, este acontecer procesual ya no puede derivarse únicamente de las propiedades de los elementos sustanciales físicos. Al contrario, los procesos vitales los enajenan en gran medida de su determinabilidad física. La proteína, por ejemplo, se compone de los cinco elementos: carbono, oxígeno, nitrógeno, hidrógeno y azufre. Estos, con sus propiedades, se convierten en portadores de fuerzas de origen cósmico.[251] Estas fuerzas cósmicas fluyen omnipresentes desde el entorno planetario y se configuran, según la naturaleza esencial de una planta o un animal, en un cuerpo etérico o vital. Este es, en su totalidad, creador de procesos. Se convierte en el arquitecto de la organización física, eleva las sustancias físicas de su cautiverio en lo terrenal, las pone al servicio de los procesos vitales y las mantiene en el flujo de la vida hasta que este se extingue en las formas de las estructuras orgánicas. El cuerpo etérico se disuelve entonces en el éter cósmico. En la descomposición bacteriana, la mineralización, los elementos sustanciales terrenales son liberados de las estructuras orgánicas; vuelven a caer en su propia legalidad física.

Lo que en la naturaleza orgánica se denomina componentes constitutivos como proteínas, carbohidratos, grasas, hormonas, vitaminas, etc., son

estructuras corporales, muertas, abstraídas de los contextos vitales en los que aparecen. En el contexto de los procesos vitales, son estructuras de fuerza que, en variantes e

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interacciones casi infinitas, elevan el mundo de las sustancias terrenales a composiciones vivificadas. ¿Quién compone estas fuerzas en esta sinfonía sonora, de modo que un roble en cada uno de sus órganos —en las raíces, el tronco, las ramas, los brotes, las hojas, las flores y los frutos— sea inconfundiblemente un roble, y una rosa, una rosa? En el reino vegetal se busca el tipo, el ser que se expresa formalmente en una especie vegetal determinada. Ni las fuerzas ni el ser más profundamente oculto que produce estas fuerzas a partir de sí mismo son perceptibles por los sentidos. Solo se revelan a la intuición suprasensible.

¿Qué se revela a este respecto en el animal? El ser, la fuente de toda formación, permanece oculto. No se manifiestan el alma y la fuerza formativa en sí, sino las manifestaciones anímicas y los efectos de fuerza. Un caballo, uncido al arado, se manifiesta anímicamente en sus movimientos, en la obediencia a la presión de las riendas para mantenerse en el surco, y en la forma en que se apoya con fuerza en los arneses al avanzar, etc. Todas las manifestaciones de fuerza tienen, sin duda, su origen en el ser del caballo. Las percibimos en la tensión de los músculos, de las sirgas, en el suelo que se abre, en el deslizamiento de la reja del arado sobre la vertedera hasta la deposición lateral de la tierra. La fuerza que emana del caballo se revela en la polaridad de reposo y movimiento, y ello en simultaneidad. Esto caracteriza el ritmo. El ritmo que el caballo muestra en todos sus movimientos —al paso, al trote y al galope, o en el balanceo ascendente y descendente de la cabeza al tirar de cargas pesadas— brota del ser anímico de este animal. El ritmo crea economía en la aplicación de la fuerza; ahorra fuerza. Uno toma conciencia de todo esto como espectador; el acontecer subyacente, cómo lo anímico se transforma en fuerza y esta en una acción externa, permanece oculto.

¿Cómo se configura, pues, esta relación entre el ser y la manifestación del ser humano en la agricultura? Él mismo es un actor resuelto y, al mismo tiempo, su propio espectador: cochero y caballo en uno. El ser, el objetivo espiritual y la acción están directamente vinculados en la autoconciencia: si tomo una pala y cavo, el efecto es similar al del arado. Sin embargo, en cada momento soy yo el dador de impulsos y partícipe consciente del acontecer. Mi ser espiritual es el autor de las ideas que me guían y, al mismo tiempo, la fuente de la fuerza para convertirlas en acción. Encuentro en mí mismo el ser que tiene el poder de determinarse a sí mismo en libertad para

esta acción. Al animal, en cambio, su ser le permanece inconsciente; se vive puramente en lo anímico a través de sus instintos. El ser y el alma de la

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planta actúan desde la «supranaturaleza» en los procesos vitales y se crean una imagen refleja sensible en las formas. El ser de lo mineral-sustancial se revela en una estructura de fuerzas espacialmente delimitada y fija, que en el cristal se ha coagulado en formas geométricamente establecidas.

Esta relación de los seres con sus modos de manifestación en los reinos de la naturaleza se expresa en la forma en que se imprimen las sustancias que constituyen el cuerpo. En el ser humano, la composición sustancial del cuerpo se individualiza de acuerdo con su alma-espíritu, su Yo. El ser eleva las sustancias por encima de su mera existencia física y las compone en estructuras de fuerza que corresponden al nivel de existencia en el que aparecen. En el primer y más bajo nivel de existencia, el de la naturaleza físico-inorgánica, la constitución de las sustancias sigue las leyes que allí imperan. Estas leyes son aprehensibles en términos químico-físicos y se manifiestan objetivamente en las creaciones de la técnica. En un segundo nivel de existencia, el del reino vegetal, las sustancias se componen según legalidades superiores, ya no aprehensibles conceptualmente, del cuerpo etérico de fuerzas formativas. A través de este, la acción de las fuerzas terrenales se integra en la cósmica. Un tercer nivel de existencia de composiciones sustanciales constituye el reino animal. El animal solo puede construir su cuerpo mediante la ingesta de alimentos del exterior. Por la vía de la digestión, destruye las sustancias alimenticias con la fuerza de su propio ser anímico y compone, a partir de esa misma fuerza anímica, su propia sustancialidad corporal. Esta está configurada de tal manera que es portadora de un elemento anímico que habita en el animal, cuyo fundamento esencial se encuentra más allá de la esfera solar, en el cosmos lejano, en lo que por ello se denomina zodíaco. El cuarto nivel de existencia de lo sustancial está encarnado en el cuerpo del ser humano. En él, la impronta física, etérica y ástrica de las sustancias es individualizada por el Yo. Solo por el hecho de que las sustancias en el cuerpo —por ejemplo, el ADN— están ordenadas según la fuente de fuerza del Yo, pueden habitar el cuerpo. Crean en el cuerpo una organización del Yo. A través de esta, el ser humano aparece como individualidad.

Los cuatro niveles de las formas de manifestación de lo sustancial constituyen la existencia terrenal y, por tanto, también la realidad del organismo agrícola. En el abonado, se trata de poner estos niveles de existencia en una relación tal entre sí que lo muerto, lo mineral, se abra a las fuerzas de lo viviente, de lo anímico y de lo espiritual: «Hay que vivificar la tierra directamente, y eso no se puede hacer si se

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procede de forma mineralizante;

eso solo se puede hacer si se procede con lo orgánico, que se pone en una situación adecuada para que pueda actuar de forma organizadora, vivificante, sobre lo sólido, lo terrenal mismo.»[252] El concepto de abonado, por lo tanto, no puede ser aprehendido en el nivel de lo inanimado, «lo muerto, lo terrenal», sino solo cuando se consideran los niveles ascendentes a partir de lo viviente.

Sobre la pregunta acerca del espíritu, el ser y la individualidad

Todo lo que aparece es forma, el vestido de lo sustancial. La forma saturada de sustancia se designa como un cuerpo en el espacio. Como deja claro la consideración precedente, esta materialidad cuajada en forma se muestra como una composición de fuerzas específicamente determinada que ha cristalizado de modo procesual — «el fin de los caminos de Dios».[253] Las fuerzas son invisibles; se manifiestan en sus efectos, por ejemplo en cambios de forma. En principio, no existe ninguna expresión de fuerza sin causa, sin autor. Estos están aún más ocultos a la percepción sensorial que la fuerza misma. El autor es, en el juego de las fuerzas, el gran desconocido: el espíritu. Este constituye, a través de todos los reinos de la naturaleza hasta el ser humano, la organización corporal física y se revela en su forma de manifestación más pura en las formas cristalinas del reino mineral. El espíritu es el motor en las fuerzas formativas que irradian desde las lejanías del cosmos. El autor de todas las manifestaciones de la naturaleza físico-anorgánica, muerta, es espíritu entitativo. Del mismo modo, es espíritu el que vive en las corrientes de fuerzas etéricas que afluyen desde las esferas del Sol y los planetas, y las conforma en cuerpos etéricos de las plantas, los animales y, más allá del ser humano, en cuerpos etéricos de entidades espirituales superiores.[254] El autor de toda vida es espíritu entitativo. Del mismo modo, es espíritu el que teje en las fuerzas astrales que irradian desde el cosmos y, conforme al ser de los animales, del ser humano y de entidades que le están por encima, conforma sus cuerpos astrales. En el animal y en el ser humano transmite a las fuerzas etéricas los impulsos formativos que construyen y sostienen los órganos corporales, así como los órganos superiores que sirven a la vivencia anímica, al despliegue de los impulsos morales y al obrar propio del ser. ¡Todo ser anímico es espíritu! Y finalmente es espíritu el que llena la entidad-Yo de los seres humanos y en

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él despierta el autoconocimiento. En él desarrolla la fuerza para aspirar al autoconocimiento, para aprehender el espíritu que actúa realmente en sí mismo, así como en la naturaleza y en el cosmos. En el autoconocimiento del ser humano el espíritu se ilumina: luminoso en el pensar, onírico en el sentir; en el querer vive dormido. La realidad del espíritu se le hace tanto más una verdad cuanto más él vive en el sentir las ideas aprehendidas en el pensar y las deja convertirse en acto en el querer. En este esfuerzo trabaja el Yo en la transformación de los miembros constitutivos: del cuerpo físico y del cuerpo etérico. Se hace partícipe de ellos; se colma con el producto de esta transformación, con el espíritu, y entra con él en una relación libre.

El Yo humano comprende que, en la ampliación de la ciencia de la naturaleza, necesita necesariamente una ciencia del espíritu, y la encuentra en la ciencia espiritual antroposófica. Sus resultados se comunican al pensante conscientemente en forma de ideas. Arrojan luz sobre el mundo sensorial. Los hechos sensoriales aprehendidos conceptualmente se amplían y resplandecen en la conciencia como hechos espirituales. Se aprende a conocerse como un ser espiritual fundamentado en sí mismo, como uno que puede determinarse libremente desde su propia entidad esencial reconocida por sí mismo. El ser humano aprende a reconocerse, en la autoexperiencia a través de la formación de sus actividades del alma del pensar, el sentir y el querer, como un Yo que, siendo un ser espiritual, enraíza en lo eterno, que en el espacio y en el tiempo se crea una corporalidad y en esta resplandece en el autoconocimiento como su sombra. A través de la ciencia del espíritu se puede aprender a hacerse consciente del propio origen en el espíritu.

A través del pensar ordinario ligado a los sentidos, el ser humano aprende a reconocer el mundo que le rodea como algo que ha devenido, consumado, y a reconocerse a sí mismo como algo que está deviniendo, inacabado. Encuentra en sí la fuerza y la orientación para elevar en transformación lo inacabado de sus miembros constitutivos — del cuerpo astral o anímico, del cuerpo etérico o de vida y del cuerpo físico — hacia una consumación superior. Esta fuerza para la autotransformación es propia de cada ser humano; constituye todo el ser-humano. Cuando uno se hace consciente de este hecho, la idea del desarrollo cobra vida; se convierte en realidad espiritualmente eficaz. Pone al ser humano que se abre paso hacia el autoconocimiento en condición de elevarse por encima del mero ser natural, que solo se da a conocer al ojo en formas extinguidas, y de vivenciar y configurar él mismo el proceso que deja devenir futuro, en el presente, de la transformación de lo pasado. Este proceso lo lleva a cabo el Yo del ser humano, y en él se percibe a sí mismo.

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La idea del desarrollo, vivida desde adentro, abre a la entidad del Yo un panorama espiritual ilimitado, del que extrae la substancia que da contenido a su propio ser y lo hace crecer. «El Yo recibe ser y significado de aquello con lo que está vinculado.»[255] El Yo vive en el alma y está, a través del cuerpo, abierto a los sentidos frente al mundo físico y abierto al espíritu frente al mundo de los seres espirituales que están por encima del ser humano.

En este campo de tensión el ser humano se vivencia como individualidad. Este concepto, así entendido, no puede aplicarse a las cosas y seres de la naturaleza. Estos están, en su existencia física, incorporados sin Yo a las fuerzas y al mundo de seres del cosmos. A través del autodespertar del Yo en el mundo físico-sensible, el ser humano se ha emancipado en gran medida de esta vinculación. Se encuentra, como ser en desarrollo, frente a un mundo de formas cuajado en obra.

Desde esta constitución de su conciencia, el ser humano amenaza con alienarse de la naturaleza del mismo modo en que se aliena de su propio ser enraizado en el espíritu. Se vivencia cada vez más como encapsulado en sí mismo, y se construye mecánica y electrónicamente un mundo exterior que ya no es naturaleza, ya no es espiritualidad vivamente activa, sino un artefacto de intelectualidad sin alma. Pero ¿qué ocurre cuando, desde el interior, desde el alma espiritual fortalecida, se dirige la mirada hacia la naturaleza que, desde la vida misma, crea formas? ¿Qué ocurre cuando desde las ideas del conocimiento del espíritu se revela el principio que inaugura el desarrollo y que crea estas formas? El ser humano que de este modo se aprehende esencialmente como individualidad desde el conocimiento del espíritu, encuentra en sí el espíritu que se transforma en fuerzas de voluntad portadas por ideas. Estas fuerzas de voluntad iluminadas por ideas intervienen conductoras en el mundo de fuerzas de la naturaleza. Preparando este camino, Goethe apunta hacia el arte: «Aquel a quien la naturaleza empieza a revelarle su secreto manifiesto, siente un anhelo irresistible hacia su intérprete más digna, el arte.»[256]

Estas fuerzas de voluntad humanas elevan el organismo agrícola como una integridad fuera del obrar natural general y procuran un flujo de fuerzas con sentido y medida en la interacción recíproca de sus órganos. Esto ocurre ante todo y con el mayor alcance a través del abonado con aquellas sustancias orgánicas que en la explotación agrícola son excretadas por los procesos vitales. Aquí, el obrar sustancial pasado, procesualmente transformado mediante conversiones, es convocado al presente.

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Eso caracteriza el un lado, el lado de la naturaleza. El otro lado es la actuación del espíritu humano. Ella indica desde el conocimiento del espíritu al querer los caminos para componer sustancias fertilizantes que abren el ser presente, devenido obra, para fuerzas que allanan los caminos a las posibilidades de desarrollo futuras.

La clave para una comprensión más profunda del ser y la dirección de eficacia de estas dos formas de abono, polares entre sí, es el concepto de la «Individualidad agrícola», que Rudolf Steiner deriva de la contemplación intuitiva esencial del ser humano.[257]

La cuestión del abonado y la individualidad agrícola

En el capítulo «La trimembración del ser humano y la individualidad agrícola» (pág. 88 ss.) se abordó el concepto de la «Individualidad agrícola» y su derivación a partir de la tricotomía del ser humano según cuerpo, alma y espíritu. El cuerpo se articula de tal manera que en la cabeza o sistema neurosensorial ayuda al espíritu humano a llegar a la conciencia de sí en el pensar, en el sistema rítmico de los órganos del pecho deja que el alma humana se experimente en el auto-sentirse, y en el sistema metabólico-motor puede actuar la voluntad humana. En el ser humano se concentra lo que en torno a él se despliega como naturaleza y lo que a través de los sentidos le sale al encuentro como objeto. Nos habémos pues en la agricultura en primer lugar con lo imaginal, cuyo ser generador se oculta en ello (p. ej. en la imagen fenoménica de la vaca, su ser). Al ser humano que conoce conscientemente se le abre empero la posibilidad de no quedarse en lo imaginal y, partiendo de ahí, postular en abstracción sin alma el fundamento primordial del ser en la materia, sino de encontrarlo en ideas que resplandecen en la conciencia contemplativa intuitiva y despiertan en el ser humano impulsos moral-espirituales. Las ideas no son ya abstracciones cuando el que conoce conscientemente las produce él mismo pensando, las vivifica él mismo en el vivenciar sintiente y las planta en la propia voluntad como impulsos morales. Las ideas, así comprendidas, fundan recién un libre crear que va más allá de la naturaleza. Esto construye desde intuiciones éticas un puente que salva el abismo entre el

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lo Moral-Espiritual del ser humano y lo Wesenhaft-creador en la naturaleza.

Las formas de ideas de la ciencia espiritual antroposófica tienen el carácter de que, al ser desplegadas en el pensar, liberan una vida que incita a la acción. Así puede comprenderse de manera inmediata, como se describe en el capítulo «La trimembración del ser humano y la individualidad agrícola» (p. 88 ss.), desde el nexo de ideas de la trimembración del ser humano y el activo estar-dentro de un organismo de la finca: cómo por un lado el elemento calor-aire sobre la tierra integra las sustancias terrestres en procesos vitales y las somete a una especie de digestión,[258] a un continuo cambio de sus formas de manifestación; y cómo por otro lado el elemento sustancial de la tierra y el agua en las profundidades, bajo el nivel del suelo, ha caído fuera de la vida y en el cristalizar se convierte enteramente en forma. Se abre una poderosa polaridad de las alturas y las profundidades, de los procesos sustanciales y el endurecerse en la forma, del movimiento y el reposo. Es justamente aquella polaridad que en el ser humano se condensa microcosmicamente como los polos de su sistema metabólico-motor y neurosensorial. Como esos polos encuentran su equilibrio rítmico en el corazón que pulsa y en la respiración pulmonar, así los de las alturas y las profundidades en la dinámica rítmica del suelo (Figura 14).

El milagro del suelo se oculta en su aparente insignificancia. Las sustancias y las fuerzas se hacen sensibles en las formas del suelo; su obrar y su ser permanecen ocultos y han de buscarse en todos los ámbitos de la sub-naturaleza, la naturaleza y la supranaturaleza. Son seres y fuerzas que producen degradación, descomposición y muerte (sub-naturaleza), los que actúan físico-mecánicamente y constituyen el cuerpo físico en la planta, el animal y el ser humano, además los que en los reinos de la naturaleza dotan de vida, y finalmente los que en el reino animal otorgan y sostienen el alma. El espíritu que en la autoconciencia del ser humano cobra vida como supranaturaleza está derramado sobre los reinos de la naturaleza y se crea en toda formación de la forma una imagen refleja.

En la producción de alimentos y su consumo fuera del organismo agrícola no solo se pierden sustancias, sino igualmente fuerzas. Son aquellas que irradian hacia abajo desde la supranaturaleza, las alturas cósmicas, y hacia arriba desde las profundidades de la tierra,

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Abbildung 14: Die landwirtschaftliche Individualität, die drei Stufen der Düngung aus interner Erzeugung und die zwei Stufen der Mineralanwendung externer Herkunft.

las fuerzas que nutren y sanan en sentido propio. La tarea del abonado consiste ahora en compensar la pérdida de sustancias de la tierra y poner al suelo y a la planta en condiciones de hacerse, de maneras siempre nuevas, sensibles y receptivos a las fuerzas y sustancias de la supranaturaleza. De ello se desprenden con plena consecuencia tres niveles en los que el concepto de «abonado» se colma de contenido:

Es el abonado

  1. con sustancias y fuerzas procedentes de la naturaleza vegetal vivificada,
  2. con sustancias y fuerzas procedentes de la naturaleza animal animada y
  3. con sustancias y fuerzas que son producto del espíritu humano. Frente a esto, ha de designarse como «nivel cero» la compensación de pérdidas de sustancias ligadas a la tierra. Con las sales solubles en agua, sintéticas o de apertura química, empleadas en la agricultura industrializada, se traspasa el nivel «-1», el umbral de la naturaleza hacia la sub-naturaleza (Figura 14).

A continuación se abordarán aspectos fundamentales de la utilidad y la problemática de la aplicación de minerales, y luego los tres niveles del abonado. El camino para descifrar el

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misterio del mismo es una suerte de síntesis de los esfuerzos de conocimiento de las ciencias naturales y espirituales sobre la base del acto de la acción. Se recorre aquí el camino de la ciencia al arte, un camino de investigación en el hacer, en el que el sentimiento de verdad —en lo pequeño como en lo grande— se mide por el prosperar natural y social de la granja como un todo, reconocible y vivenciable, no por el resultado cuantitativo.

Stufe 0: La aplicación de minerales

De la concepción de que a todos los fenómenos del mundo subyace la materia como única realidad, se ha desarrollado en la agricultura desde los siglos XIX y XX, con plena consecuencia, el concepto de «fertilización mineral», y con él la idea de una suma de «nutrientes» que la planta necesita para crecer. Detrás de esta teoría se oculta el supuesto de graves consecuencias de que a partir de una suma de elementos sustanciales inorgánicos y muertos puede surgir la vida, de que con ellos se podría generar y multiplicar vida. La vida, sin embargo, surge de la vida, de gérmenes vitales o semillas. En ningún lugar de la naturaleza, por minuciosa que sea la observación, se encontrará un punto de apoyo que indique que de lo mineral muerto surge vida, sino únicamente lo contrario: la vida cae en manos de la muerte. El concepto del abonado, en cambio, se refiere a que la vida como tal en los procesos de crecimiento de la planta, e igualmente el obrar anímico-astral desde fuera en la formación de la forma, sean promovidos de manera acorde con su índole esencial. No en vano se deriva desde antiguo el concepto de abono de los significativos efectos de las excreciones procedentes de la organización anímica y vital de los animales domésticos. Se hablaba de la «vieja fuerza» de los suelos así abonados. Desde la mentalidad materialista dominante, a los abonos orgánicos, más allá de su variada composición mineral y de su fomento de la vida microbiana del suelo, no se les atribuye ningún valor fertilizante específico.

¿Qué criterios cabe encontrar para juzgar las consecuencias que produce un concepto de abonado que concibe la interacción de suelo y planta únicamente como acontecer material? A continuación se perseguirá esta problemática tomando como ejemplo el motor de todo incremento de los rendimientos vegetales: el nitrógeno sintetizado en forma de sal.

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La aplicación de sales de nitrógeno

El nitrógeno (N) constituye con el 79% el verdadero portador del elemento aire. Circunda el follaje verde de la planta que asciende hacia la atmósfera, sin participar directamente en sus procesos de crecimiento. Como sustancia aérea, al igual que el oxígeno, está ligado consigo mismo (N2) y es por ello casi reactivamente muerto. Alcanza por vía natural los estados más densos del agua y la tierra únicamente de dos maneras: 1. a través de las descargas energéticas de los relámpagos, con aprox. 6 kg/ha/año,[259] y 2. por vía biológica, mediante la fijación de nitrógeno por parte de organismos vegetales capacitados para ello, en especial la rica en especies familia de las leguminosas. Romper esta barrera de la aportación natural de nitrógeno — que establece su propia medida — mediante procedimientos tecnológicos a gran escala fue el objetivo declarado desde finales del siglo XIX. El avance decisivo llegó con la síntesis de amoníaco según el procedimiento Haber-Bosch. Mediante un elevado aporte de energía, el nitrógeno atmosférico es transformado en solución acuosa en el compuesto de hidrógeno amoniaco (NH3). Por compresión ulterior surgen los compuestos sólidos con oxígeno, las sales de nitrato, y con hidrógeno, las sales de amonio, que igualmente se disuelven con facilidad — las primeras más rápidamente, las segundas más despacio. Ambos compuestos son en solución acuosa altamente reactivos, y los compuestos de nitrato en forma de sal sólida son altamente explosivos. Mediante el procedimiento de síntesis es posible producir, en cualquier punto de la Tierra, con independencia de los ritmos biológicos diarios o anuales, cualquier cantidad de sales de nitrógeno. Aparte de su uso civil o militar como explosivo, han desencadenado en el transcurso del siglo XX una revolución global en la producción vegetal. Constituyen el capital de producción para la producción masiva agrícola y son, junto con el empleo de herbicidas y pesticidas, la causa del desarrollo hacia el industrialismo agrario.

Ante la enorme elevación de los rendimientos en la agricultura, horticultura y fruticultura, así como en todos los demás cultivos especiales, habría que entonar un canto de alabanza a este lado luminoso del empleo de sales de nitrógeno fabricadas industrialmente, si no fuera por los oscuros lados de sombra. Los compuestos de nitrógeno, en la medida en que no se hallan ligados en forma de amonio (NH4) a minerales arcillosos, tienen la tendencia a desaparecer lo más rápidamente posible de la región media del «suelo-diafragma» — ya sea como nitrato (NO3) hacia abajo, en la región de aguas subterráneas del polo cefálico, ya sea como amoníaco (NH3), óxidos de nitrógeno

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(gas de la risa N2O) o nitrógeno elemental (N2) hacia arriba, en el polo metabólico. Estas pérdidas ascienden, a partes iguales, a aproximadamente un 25% de la aportación de sales de nitrógeno sintetizadas. Por un lado, contaminan las aguas subterráneas y de manantial, o bien eutrofizan las aguas superficiales. Por otro, contribuyen a través de las emisiones, en medida considerable, a la carga de óxidos de nitrógeno en la atmósfera y, con ello, al cambio climático. El otro 50% de la aportación de nitrógeno provoca una reducción o una unilateralización de la actividad biológica de los suelos[260], así como un forzamiento del crecimiento de las plantas con simultáneo debilitamiento de sus fuerzas de organización, de su acción nutritiva y curativa. Las sales de nitrógeno sintetizadas contribuyen además al empobrecimiento florístico y faunístico de especies en los paisajes. Son precisamente ellas las que hacen posible la restricción de las rotaciones de cultivos hasta llegar al monocultivo y, más allá aún, el cultivo en soluciones nutritivas (*Hidrocultura*).

En el cultivo vegetal, cada aportación de nitrógeno desde el exterior significa una especie de compulsión de crecimiento por sacudidas. En todos los casos, sea que se administre como compuesto de nitrato de acción rápida o como compuesto de amonio de acción más lenta, se eleva la concentración de nitrógeno en la solución del suelo, ante la cual la planta no puede defenderse. La compulsión a la absorción de un exceso de sales de nitrógeno debilita la organización etérica de la planta en todos sus órganos. En la raíz, que se orienta hacia el polo cefálico, esto se manifiesta como una parálisis descendente de sus funciones. Una de estas funciones es su predisposición hacia una especie de capacidad sensorial, no solo frente a las fuerzas formativas del cosmos y al elemento agua, sino en particular frente al elemento de lo térreo-sólido. La sutileza de estos procesos se revela en los siguientes fenómenos:

El «prado en estado natural» clásico ha desaparecido en gran medida de nuestra campiña. De él se obtenía, en varios cortes, el heno para la alimentación invernal. Era, según el lugar, extraordinariamente rico en especies de gramíneas superiores e inferiores, y sobre todo en leguminosas y plantas herbáceas.

Cuando se pasa a emplear continuamente aportaciones de sales de nitrógeno sintéticas con el fin de aumentar su vigor vegetativo, esto desencadena, en lo que respecta a la composición de especies, una reacción en cadena. Lo primero en desaparecer del rodal son las plantas herbáceas; con el paso de los años, las leguminosas como el trébol rojo, el cuernecillo corniculado y otras. El trébol blanco resiste más tiempo. Finalmente también las gramíneas inferiores ceden ante el poder de las gramíneas superiores,

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Abbildung 15: Die Funktionen der Wurzelhaare und deren Beeinträchtigung durch externe Zufuhr von Stickstoffsalzen.

que al final de esta secuencia producen cosechas masivas de tipo monocultural. Este ejemplo ilustra el fenómeno primordial de la aplicación externa de nitrógeno: el empobrecimiento de especies en las fitocenosis asociadas.

Examinado más de cerca, este efecto se manifiesta en múltiples detalles en la zona radicular. Por ejemplo, se puede observar en el trébol rojo cómo el número de nódulos en las raíces —que surgen por la simbiosis endógena del trébol con rizobios, bacterias fijadoras de nitrógeno— va disminuyendo con los aportes continuados de sales de nitrógeno. Como consecuencia de la elevada concentración de nitrógeno en la solución del suelo, la capacidad de fijación de nitrógeno de la raíz se reduce; ésta pierde gradualmente su aptitud simbiótica.

Lo que vale para las simbiosis endógenas de las leguminosas, rige también para las simbiosis exógenas con bacterias y hongos de otras plantas. En la figura 15 se muestra un corte longitudinal a través del extremo distal de una raíz.

La punta radicular está formada por un tejido vivo de células en división (meristemo), con la mucilaginosa cofia radicular (caliptra) antepuesta. Ambas constituyen el polo vital de la raíz, en permanente renovación. Un trecho más arriba, la raíz se extingue en su polo de forma o polo de muerte; se lignifica. Articulando la zona media, se intercala, como ya se ha descrito, un tercero, en el cual ambos polos —vida y muerte— se compenetran en las dos funciones

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de los pelos radicales (cf. cap. «El proceso primaveral y el laboreo del suelo», p. 213 ss.). Los pelos radicales se agrupan en disposición rítmica alrededor del cuerpo radicular. Son protuberancias de las células, ya no aptas para la división, de la piel de la raíz (epidermis). Como tales, son por una parte metabólicamente activos: a través de ellos, los asimilados procedentes de los órganos aéreos que verdean descienden por la corriente del floema hasta el suelo, donde activan la vida microbiana y fúngica de la rizosfera y la unen a sí simbiónticamente. Las secreciones radiculares (exudados) representan en promedio, para el conjunto de las especies cultivadas, aproximadamente el 30 % de su rendimiento asimilatorio.[261] De este modo, el cuerpo etérico de las plantas gobierna, conforme a sus ritmos y necesidades de crecimiento, la vida del suelo a través de la corriente asimilatoria (floema): proteínas de bajo peso molecular, hidratos de carbono, enzimas, vitaminas, ácidos, quelantes, cumarinas, fenoles, glucósidos, alcaloides, aceites esenciales, etileno.[262] Por otra parte, los pelos radicales son senso-activos. «La raíz de las plantas […]: es un ojo, pero un ojo deficiente.»[263] Los pelos radicales perciben, por así decirlo, las sales que se han disuelto en el húmedo entorno acuoso del suelo tanto por su propia actividad metabólica (procesos de intercambio) como por acción de sus simbiontes. En simultaneidad procesual de signo contrario —una propiedad del cuerpo vital— los pelos radicales segregan los asimilados hacia el entorno radicular, estimulan con ellos los procesos de degradación microbiana y absorben el producto final de éstos: la sal mineralizada, muerta. Ésta penetra, en contracorriente respecto de los asimilados, a través del tejido celular de las raíces y desemboca en la corriente ascendente del xilema. La primera corriente, mineral y muerta, que sube desde abajo, y la segunda, viva, que desciende desde arriba, quedan separadas entre sí por el cámbium.

Este sutil acontecer en torno y en el interior de los pelos radicales no es aprehensible mediante el pensamiento meramente objetual. Estos procesos vitales y sensoriales —mutuamente coordinados en simultaneidad, por así decir entretejidos unos con otros— son perturbados sensiblemente o bloqueados de manera gradual por el empleo de sales de nitrógeno sintetizadas. Las raíces de las plantas no disponen de capacidad de discriminación respecto al origen de las sales de nitrógeno disueltas. Cuando su concentración aumenta por aportaciones continuas desde el exterior, la actividad de los pelos radicales languidece. Las raíces se vuelven metabólicamente débiles y

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sensorialmente embotadas. Su capacidad de formar simbiosis se debilita, como ya se ilustró más arriba con el ejemplo de la raíz de trébol cargada de nódulos. La organización etérica de la planta, extendida hasta el espacio radicular, se repliega sobre la raíz; la *rizosfera* se empobrece. Carece de la fuerza formativa de lo Cósmico-Astral, cuyo «portador sustancial» es el nitrógeno.[264] El suelo y la planta forman una unidad vital. Del proceso de degradación de la sustancia orgánica que ambos llevan a cabo proviene el nitrógeno, que en su tránsito por la forma salina muerta pasa directamente a los procesos vitales de construcción. El cuerpo vital de la planta domina el momento de muerte de la forma salina. Con el aporte masivo de sales de nitrógeno sintetizadas, la planta queda sometida, por así decirlo, a una compulsión de absorberlas. En correspondencia con su origen, éstas son portadoras de fuerzas procedentes de la sub-naturaleza, que actúan en sentido contrario a las fuerzas formativas de la supranaturaleza.

La problemática antes señalada arroja luz también sobre la cuestión de la validez de la ley de la constancia de las sustancias y las fuerzas. ¿Es su comportamiento y su obrar en la naturaleza inanimada, comparado con el de la naturaleza viva, continuo o discontinuo? La observación enseña que la sustancia y el modo de su obrar de fuerzas adquieren ser y significado por el contexto en que ambos aparecen.

La aplicación de sales de nitrógeno sintetizadas a partir del aire tiene el poder de negar los contextos vitales en favor de su propio mecanismo de acción. Tienden a hacer valer en la organización vital de la planta el principio físico de la sucesión temporal de causa y efecto. De ello da cuenta también el hecho de que, para mantener los rendimientos, haya que emplear año tras año, de nuevo, cantidades aproximadamente iguales o incluso crecientes de sales de nitrógeno. Mediante el aporte externo de nitrógeno, los rendimientos se vuelven casi calculables.

Todo esto significa, sin embargo, que la raíz es alejada, mediante la llamada «fertilización mineral», de su función evolutivamente predispuesta. El centro, rítmicamente poblado de pelos radicales, entre el polo vital del ápice radicular y el polo de muerte de la raíz que se lignifica, pierde gradualmente su función metabólica y sensorial activa; se vuelve pasivo. La planta tiende a ser arrojada de vuelta a un estado evolutivo anterior, en el que era una pura «nacida del agua», flotando libremente como las algas en el agua salada de los océanos. Ahora bien, habiendo llegado —a través de largas etapas de desarrollo— a ser una «nacida de la tierra» con raíces, de porte erecto y

tallo, la sucesión foliar, la flor y elevándose hasta la semilla, precisa de un abonado que sirva a su ser como planta terrestre y sea capaz de mantener ese ser en desarrollo ulterior.

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Las sales de nitrógeno sintetizadas cumplen sólo en apariencia el concepto del abonado. No abonan, sino que empujan e hipertrofian la planta reproductivamente hacia una exuberancia acuosa de masa. El estudio de los fenómenos que aparecen en ello, en cuanto a fisiología y formación de la forma, es sobremanera instructivo y exige directamente refundar el concepto del abonado. «La planta vive [...] directamente con la tierra y el agua.»[265] En el medio meramente acuoso, la vida vegetal (y también la animal) se desarrolla hasta estadios evolutivos inferiores; en la tierra impregnada de humedad, despliega su actividad radicular. Crece activamente hacia el elemento de lo térreo-sólido y desarrolla en la región de los pelos radicales una actividad metabólica en la apertura de materiales minerales y en la descomposición de materiales orgánicos, así como una actividad sensorial frente a todo «lo que es tierra [sal; nota del autor] y agua».[266] Abonar significa, por tanto, vivificar la tierra directamente, «y eso no se puede hacer procediendo mineralizadoramente».[267] Un abonado que vivifique la tierra misma comprende un triple:

  1. El abastecimiento del suelo con residuos orgánicos procedentes de la naturaleza vivificada y animada.
  2. La activación del metabolismo vegetal en relación con los efectos de fuerzas de la periferia cósmica y con los existentes entre la raíz y el suelo.
  3. El desarrollo de la incipiente dotación sensorial de la planta frente a las sustancias y fuerzas de la tierra y del cosmos hacia una capacidad sensorial superior.

Determinante para el enjuiciamiento del abonado según su valor y su efecto es su procedencia. Los compuestos nitrogenados sintetizados con alto gasto energético (ca. 50 MJ/kg N) provienen del nitrógeno atmosférico inorgánico-muerto (N2). Se convierten forzosamente en portadores de una astralidad que ejerce su fuerza desde la sub-naturaleza hacia arriba y actúa en sentido contrario a la que irradia desde la supranaturaleza del cosmos. Las fuerzas lunares astrales, que actúan a través del agua, ganan la primacía sobre la astralidad solar, que actúa a través de lo térreo-sólido. Por esta razón, en el cuadro 14 (pág. 273) se designa la

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aplicación de sales de nitrógeno sintetizadas en la agricultura con el nivel de efecto «-1». Sólo al nitrógeno que surge de procesos vitales puede atribuírsele, en sentido propio, una acción fertilizante. Permanece en la organización etérica de la planta, recibe a través de ella las fuerzas formativas por las que imprime el arquetipo espiritual de modo reflejo en la forma sensible.

La aplicación de harinas de roca

Tan errado como el concepto de «fertilización nitrogenada» es el de «fertilización mineral», que subsume la aplicación de toda clase de sustancias minerales en la agricultura y la horticultura, con independencia de cuál sea su procedencia en la economía de la naturaleza o del proceso técnico mediante el que hayan sido elaboradas. Los elementos minerales posibilitan de manera altamente diferenciada los procesos vitales, pero no los generan. No abonan la vida como tal, sino que proveen su modo de manifestación físico-sensible. En la concepción corriente de la fertilización mineral no se establece diferencia alguna entre el nitrógeno del elemento aire y las sustancias nacidas de la tierra, como el fósforo y los metales alcalinos y alcalinotérreos, tales como el potasio, el calcio, el magnesio y otros. El nitrógeno está prácticamente muerto en cuanto a reactividad en el aire y reactivo-vivo en la tierra. Las sustancias de la tierra están muertas en cuanto a reactividad en sus profundidades y se vuelven activas en el contacto con el aire y el calor. Esta equiparación conceptual carente de toda cualidad tuvo consecuencias fatales. O bien se propagó la «fertilización mineral» como la última palabra de la sabiduría, como la única tecnología exitosa para asegurar e incrementar los rendimientos, o bien surgieron «herejes» que la rechazaban en conjunto. En la práctica, los espíritus se escindieron y un conocimiento más profundo del estado de la cuestión quedó en el camino. Hoy se juzga sobre estas cosas con mayor diferenciación. No ha sido la visión penetrante en el ser de las sustancias lo que ha producido este cambio, sino el tomarse en serio los contextos ecológicos en la práctica. En el momento en que se organiza la explotación agrícola en el sentido del principio del organismo de tal modo que la naturaleza misma se ocupe del balance de nitrógeno necesario —favorecido por un laboreo del suelo orientado al proceso, una rotación de cultivos rica en leguminosas y por abonos animales—, el balance mineral se regula por sí mismo, por regla general, a partir de los recursos del suelo. Esta capacidad del suelo para mantenerse sano en un nivel de producción más elevado se la debe a la mano hábil del ser humano.

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Ahora bien, los emplazamientos son, por regla general, muy desigualmente «dotados» en cuanto a su balance mineral dado por la naturaleza. En loess, tierras aluviales, morrenas glaciares de fondo y suelos arcillosos y de arcilla de origen geológico más antiguo, el balance mineral es bastante equilibrado, según el grado de erosión y de meteorización. En emplazamientos como arenas glaciares, areniscas silíceas (Buntsandstein inferior) o rocas calizas (Jurásico blanco), junto a la abundancia de un elemento puede darse a veces una carencia absoluta del otro. En los suelos arenosos más antiguos se trata casi siempre de un déficit de bases metálicas —calcio, magnesio y potasio— así como de los llamados oligoelementos. En los emplazamientos calcáreos de escasa profundidad extrema falta habitualmente el fósforo. El déficit que más peso tiene en los emplazamientos que la naturaleza no ha favorecido es el de calcio, magnesio, potasio y fósforo. Estas situaciones deficitarias se vuelven tanto más precarias con el aporte de sales de nitrógeno y llevan necesariamente a un lavado de sales minerales fácilmente solubles en cantidades más elevadas.

En la agricultura y horticultura biodinámica solo puede hablarse de una sustitución de los déficits minerales existentes. No se trata aquí de elevar el nivel de las sustancias hasta los valores de referencia científicamente recomendados —como tal valor de referencia para el encalado paulatino destinado a restablecer el equilibrio ácido-base puede valer pH > 6—, sino más bien de estimular, con ayuda de las harinas de roca, la «actividad sensorial» de la raíz mencionada más arriba, en conexión con la vida del suelo asociada a ella. Esta dualidad de actividad metabólica periférica y actividad sensorial de la raíz orienta la apertura de las harinas de roca y, a través de ella, la apertura biógena —que había llegado a detenerse— de las reservas minerales del suelo. En este sentido son de particular importancia las harinas de rocas silíceas primitivas. Contienen el espectro completo de todos aquellos elementos sustanciales que constituyen el punto de partida del desarrollo de los suelos más fértiles. En el proceso de molienda puramente mecánico se conserva la rigurosa composición geométrica de los silicatos. La meteorización del granulado fino tiene lugar en la capa vegetal vivificada aireada, húmica y metabólicamente activa, y es por ello un acontecer en gran medida biógeno. Conduce a la génesis de minerales de arcilla primarios y secundarios en la zona de las raíces finas de la *rizosfera*. Además, con ello quedan libres fuerzas del éter químico y del éter de vida que en tiempos primigenios habían quedado cuajadas en el tránsito del estado de lo Vivo-Acuoso al estado formal muerto de lo térreo-sólido.

Los suelos más fértiles del mundo deben su origen a las harinas de rocas silíceas. Son las dispersiones de polvo del «loess» de las

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dispersiones de polvo del «loess» procedentes de los glaciares de la última glaciación hacia el solar libre de hielo, así como los sedimentos anuales de arcilla y limo en las zonas de inundación de los ríos (por ejemplo, el Nilo antes de la construcción de la presa de Asuán) y la deposición de cenizas volcánicas. Estas últimas fueron empleadas en la Antigüedad en el Mediterráneo para mejorar suelos de rendimiento marginal. También el rejuvenecimiento de suelos envejecidos o de lugares naturalmente ácidos mediante la marga —es decir, mediante el aporte de rocas arcillosas sueltas, de fácil meteorización y ricas en cal— se ha convertido en práctica generalizada a más tardar desde el edicto de Carlos el Calvo (823–877) del año 864.[268] El alcance del transporte de masas tan pesadas era, naturalmente, limitado.

En oleadas sucesivas se intentó, durante los siglos XIX y XX, prestar mayor atención a las harinas de roca. Se toparon con una competencia sin salida frente a la rapidísima expansión de la llamada «economía de abonos artificiales», es decir, la aplicación de nitrógeno, fósforo y potasio esencialmente en forma altamente concentrada. Se esperaban resultados rápidos, que no llegaron —lo cual era lo único que cabía esperar. El uso de harinas de roca se orienta precisamente hacia una mejora a largo plazo, hacia un rejuvenecimiento paulatino de los suelos pobres en bases. La eficacia de estas harinas se acelera con su grado de finura y es aún mayor en combinación con materias orgánicas como el estiércol de establo, el purín y los composts.

Las harinas de roca se dividen en las procedentes de rocas sedimentarias y las procedentes de silicatos. En los sedimentos se encuentran —menos en las pizarras arcillosas que en los suelos sobre cal pura, como el Jurásico Superior, o sobre areniscas cuarzosas y cuarcitas— déficits sustanciales considerables. En ambos casos los suelos tienen una capacidad de desarrollo limitada. En el lado alcalino aparece déficit de fósforo; en el lado ácido faltan calcio, magnesio y potasio. Solo el equilibrio entre ambos extremos garantiza una humificación sana y un desarrollo del suelo en su conjunto. Cuando se trata de reducir el grado de acidez —es decir, de elevar el pH hacia 6 o 7—, las harinas de cal (CaCO3) como sustituto de la marla clásica son el medio adecuado. Finamente molidas actúan de manera inmediata. Para evitar pérdidas de potasio por procesos de intercambio, la cantidad necesaria debería distribuirse a lo largo de varios años en dosis moderadas. Para una eficacia duradera que construya el suelo, son útiles granulometrías más gruesas, hasta el cascajo de cal. Una forma especial la constituye el uso de cal viva (CaO). Es altamente activa, pero en contacto con la humedad del suelo se transforma paulatinamente

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en la cal apagada ya no agresiva —hidróxido de calcio, Ca(OH)2—. La cal viva se recomienda como aditivo para materiales de compost de descomposición rápida.[269] Amortigua «una vida demasiado exuberante en lo etérico» en favor de las fuerzas configuradoras de lo astral en el montón de compost.

Los suelos lixiviados de cal arrastran consigo, sobre todo en arenas pobres en arcilla, un déficit de magnesio. El harina de dolomita puede remediar esto. Los depósitos de cal contienen en general pequeñas proporciones de magnesio. En la dolomita (CaCo3 * MgCo3) estas se elevan al 50%. Otra harina de roca es el sulfato de magnesio, la kieserita (MgSo4 * H2O). La pregunta acerca de cómo remediar la deficiencia de potasio la responde Rudolf Steiner[270] con la kalimagnesita, la Patentkali (K2So4 * MgSo4), una combinación eficaz que fortalece el equilibrio de bases.

Una forma especial del encalado, y no solo de él —sobre todo en horticultura—, es el empleo de cal de algas. En ella se reúne, en toda su diversidad, el espectro completo de elementos sustanciales que la vida mineral-vegetal de los orígenes en los océanos del mundo mantiene dispuesta.

En suelos ácidos de edad avanzada puede ser necesario, en casos extremos, además de la mejora del equilibrio de bases, también una mejora de los fosfatos para activar la vida del suelo. Mientras que los componentes básicos del suelo —calcio, magnesio, sodio y potasio— están sujetos al lavado, en el caso del fósforo esto ocurre solo en escasa medida. En el medio ácido se combina con el aluminio; en el alcalino, con el calcio. Los fosfatos de aluminio y de calcio son difícilmente solubles y son movilizados principalmente por las exudaciones de las raíces, bacterias simbióticas y micorrizas (*hongos hifales*). En condiciones normales, el equilibrio fosfático se regula por sí solo en un suelo biológicamente activo.

Para medidas meliorativas entran en consideración fosfatos de calcio procedentes de los yacimientos óseos terciarios del norte de África, así como fosfatos ligados al silicio y al calcio de las escorias de alto horno. Su movilización se realiza en el sentido indicado, en última instancia, bajo la dirección de la organización etérica de las plantas que se extiende hacia el espacio del suelo atravesado por las raíces.

La movilización de las harinas de roca silicatadas —entre las que se cuentan también las cenizas volcánicas— se realiza igualmente de manera en gran medida biógena. Su significado para la mejora de suelos lixiviados debe evaluarse de manera aún distinta

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que la acción meliorativa dirigida de las rocas sedimentarias. Las harinas silicatadas se meteorizan lentamente, en función de su grado de finura. No cabe esperar un éxito reconocible a corto plazo, pero aquí vale la palabra: «El tiempo cura.» Un desarrollo toma su inicio; afecta tanto a la fuerza radicular de la planta como a la vida simbiótica del suelo que abre los nutrientes, así como a una formación de arcilla por así decir homeopática *in statu nascendi*. Tiene lugar un nuevo comienzo de una dinámica propia autóctona. Pero solo aportes repetidos de ca. 2 t/ha/año muestran efectos en la capacidad de sazón del suelo y en la ampliación del espacio radicular.

La multiplicidad de elementos que componen la composición sustancial de las rocas magmáticas plutónicas y efusivas son pedogenéticas y al mismo tiempo en gran número esenciales para el medro de las plantas. Tanto aquí, en los suelos y rocas de origen, como allá en las plantas y especies vegetales, varía la proporción de estos elementos. Así, por ejemplo, las rocas plutónicas de la serie granítica van desde el granito con ca. 80% SiO2 pasando por el *sienita* (60%), el *diorita* (55%) y el *gabro* (50-45%) con contenidos decrecientes de sílice. A la inversa, los contenidos en óxidos de hierro, magnesio y calcio se multiplican hasta varias veces. En la serie pórfida, desde el cuarzopórfido pasando por el pórfido, el porfirita hasta el diabasa o melafiro, rige lo mismo, al igual que para la serie de las rocas efusivas desde el *liparita* rico en cuarzo pasando por la *fonolita*, la *andesita* hasta el basalto. Sobre los mantos basálticos se encuentran suelos especialmente fértiles y ricos en minerales. Por la amplitud de su distribución y su composición mineral de carácter más bien básico con 45% SiO2, 10% FeO, 7% MgO, 10% CaO++[271] el basalto suministra la harina de roca de aplicación más frecuente. Aquí adquiere una gran importancia, en la amplia estructura elemental, la dominancia de la sílice y de la alúmina (óxido de aluminio, Al2O3), respectivamente el potencial de fuerzas que esta determinada composición ha generado. El riguroso estado formal del cristal se transforma en el estado coloidal, en el que la sustancia se mantiene en suspensión entre lo sólido y lo líquido.

Junto a la aplicación superficial, menos practicada, las harinas de roca se conducen preferentemente a través del proceso de compostaje. La apertura y la incorporación a los procesos vitales se realiza en un acontecer metabólico microbiano. El volumen de aplicación a través del compostaje se limita a un simple espolvoreo del material de compost durante el armado.

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Resumiendo, hay que insistir una vez más: la aplicación de harinas de roca de cualquier tipo no puede tratarse de un abonado, sino de una sustitución de déficits minerales dados en la naturaleza anorgánico-muerta, ya sea por la composición mineral unilateral de la roca originaria que dio lugar a la formación del suelo, ya sea como consecuencia de suelos profundamente lixiviados de edad avanzada. Son suelos enfermos que, con un esfuerzo sustitutivo comparativamente reducido y en combinación con las verdaderas medidas de abonado que se describirán a continuación, pueden ser tratados terapéuticamente y estimulados hacia una nueva dinámica de desarrollo. Las aportaciones externas de nitrógeno en forma de sal anulan en gran medida o del todo este acontecer sutil, sostenido por la vida de la planta y del suelo. La consecuencia es que también las sustancias vinculadas a la tierra, llevadas a una forma fácilmente soluble y dosificadas anualmente según las necesidades de cada cultivo, han de aplicarse en cantidades mayores.

Nivel 1: El abonado desde lo viviente de la naturaleza vegetal

La planta deja tras su marchitamiento dos cosas: la semilla y todo aquello que es común a las plantas superiores, a saber, raíz, tallo, hoja y flor. Frente a la semilla individual se puede llamar a esto lo Allgemein-Pflanzliche — lo universal-vegetal. Crece, desarrollando su forma, de semilla en semilla. Pero en la semilla que se forma de nuevo se imprime lo cósmico, «lo que vive como forma de la planta en la semilla»,[272] cada vez de nuevo. En la germinación se extingue en la forma la semilla, el embrión se despliega y queda ahora fuertemente sometido a la eficacia de las fuerzas terrestres. Pero la fuerza seminal sigue actuando sin cesar; irradia a través de la raíz que se adentra en la profundidad, de igual modo por el tallo que brota verticalmente hacia arriba y por los nervios foliares de las hojas que se afanan lateralmente hacia la forma; se revela finalmente en la forma y en la flor, en imagen, el ser que ha vivido espiritualmente como forma en la semilla. Oculto en la flor, el brote se represa hacia el ovario que, polar a la flor irradiante, se cierra como envoltura de los primordios seminales. Aquí, en el primordio seminal, la fuerza seminal se une con la «corona» de lo universal-vegetal, el polen. En el morir de la planta madura el doble germen seminal hasta convertirse en semilla. Contiene todo aquello que se ha desplegado en el espacio y en el tiempo como acontecer presente, terrestre-cósmico

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le ha sido impreso, colmado sustancialmente y conformado. Al mismo tiempo vive en la semilla algo eterno que en lo terrestre se actualiza una y otra vez de nuevo. Distinto es todo aquello que, del germen que brota y se extingue, ha llegado a ser imagen fenoménica de la planta. Todos sus órganos fueron irradiados por la fuerza seminal. Por ella se convirtió la aparición de la planta en imagen de su tipo. La fuerza seminal ha dejado sus huellas en todos sus órganos, en raíz, brote, sucesión foliar y flor. Estas huellas son tanto más marcadas cuanto más los tejidos, todavía impregnados de vida, cuajan en la forma de la armazón estructural o incluso llegan a lignificarse.

En los residuos de las plantas, en todo aquello que no se ha convertido en semilla sino que ha quedado rezagado, se hallan ante nosotros productos del acontecer natural espacio-temporal. Llevan todavía en sí, en la composición sustancial, huellas de la vida y de la fuerza seminal. Amenazan con caer del todo en la muerte, en la mineralización. Y eso ocurre también y tiene que ocurrir, porque la planta necesita de las sales minerales muertas para despertarlas a nueva vida mediante la fuerza de su organización etérica. Solo que ello debe suceder en el momento oportuno y en la justa medida. Ahora bien, la naturaleza tiene el poder de retardar este proceso de mineralización, o incluso de detenerlo y de reconducirlo hacia algo nuevo. Lo que entonces surge es el humus. Con los residuos vegetales y los desechos animales que regresan a la tierra y se transforman en humus, la tierra se abona a sí misma. Se abona conforme a la máxima «la vida abona a la vida». Con la formación de humus surge una composición sustancial que merece por primera vez el nombre de ser el abono más elemental en la economía de la naturaleza.

Sobre la naturaleza del compostaje

Lo que la naturaleza nos muestra, puede elevarse en manos del ser humano a verdadero arte del hacer. Compostar es un arte del trabajo en el que pensar, vivenciar y actuar se hallan en permanente diálogo recíproco. Se puede, según Rudolf Steiner, ganar «una relación personal con el abono y en particular con el trabajo con el abono...»[273] Eso solo puede lograrse cuando se conocen todas las circunstancias del tipo y la procedencia del material — por ejemplo, si se trata de verdor joven, si es voluminoso o incluso lignificado, rico en proteínas o en sílice, si predominan raíces, hojas, masas de paja, etc. Cada una de estas sustancias orgánicas tiene una determinada

composición sustancial específica. Por eso sería ideal que la pila de compost se construya como un todo a partir de la mayor diversidad posible de materiales de desecho. En la horticultura eso es más factible que en la agricultura. Aquí, condicionadas por las estaciones del año, pueden acumularse grandes masas de manera unilateral.

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Una cifra orientativa — tosca, pero útil en la práctica — sobre la mayor o menor velocidad de descomposición la ofrece la llamada relación C/N. Cuanto mayor el contenido de nitrógeno en relación con el carbono como estructurador, más rápida la descomposición. La serie desde los materiales de difícil a los de fácil descomposición es la siguiente:

Aserrín = 500 C:1 N
Astillas según composición = 250-400:1
Paja de trigo = 100:1
Paja de centeno = 65:1
Paja de avena = 50:1
Hojarasca de roble y haya = 40-60:1
Paja de leguminosas = 50-30:1
Estiércol de establo fresco = 20-25:1
Residuos de cocina = 25:1
Estiércol en descomposición = 50-20:1
Boñiga de vaca = 14-16:1
Compost maduro = 10-12:1[274]

Todo lo que el organismo agrícola excreta hacia adentro en el transcurso del año como sustancia orgánica puede considerarse humus nutritivo. En tierras de cultivo y de jardín se trata de los restos de rastrojo y el sistema radicular, que representa aproximadamente un tercio de la masa del crecimiento total, así como del estiércol procedente de la ganadería (incluida la paja de cama), del heno viejo, la paja, los residuos de forraje del establo, hojarasca, recortes de césped, residuos de cocina, material de excavación de zanjas, etc.[275] Aquí se quiere tratar ante todo el acontecer procesual desde el armado hasta la madurez. La pila de compost se coloca en un lugar lo más sombreado posible por encima del nivel del suelo, en el ámbito de acción del aire y del calor, del polo metabólico de la agricultura, sobre

suelo no pavimentado. Debe garantizarse la relación con las fuerzas de las profundidades y de las alturas. La exigencia legal de compostar sobre una base impermeable (losa de hormigón) corta el obrar de las fuerzas en la pila de compost de las fuerzas de las profundidades de la tierra que actúan desde abajo. La pila de compost es un trozo de tierra vuelta del revés,[276] comparable a un tronco de árbol lignificado que arraiga en la tierra y se eleva por encima de ella hacia la periferia aérea. La concepción de que durante el compostaje se filtran hacia el subsuelo cantidades apreciables de nitrato es pura teoría. A través de las sustancias mucilaginosas que se liberan en el curso de la descomposición, los poros del suelo se cierran. En los macroporos de los suelos arenosos se recomienda cubrir la superficie del suelo con una delgada capa de *bentonita* (arcilla expansiva). Un posible riesgo de lixiviación puntual y temporal de nitratos, como consecuencia del agua de percolación tras lluvias intensas, se debe por regla general a un armado inadecuado y a una cobertura deficiente. A este inconveniente se puede remediar con facilidad.

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En el lugar de compostaje debe haber suficiente compost madre disponible para la inoculación del material que se va a armar de nuevo, así como tierra arcillosa, marga o loess para esparcir entre las capas individuales y para cubrir la pila; además paja para la cobertura final. Para reducir la relación C/N pueden añadirse también estiércol de establo, harina de cuerno o harina de sangre. Como otros aditivos cabe considerar, en dosis reducidas, harinas de roca, fosfato natural, harina de huesos, cal de algas, entre otros. La adición de los preparados biodinámicos para el compost se tratará aún por separado. El armado y la mezcla de los materiales puede hacerse con el esparcidor de estiércol, pero lo mejor es hacerlo a mano. Y aquí está el punto doloroso. ¿Dónde están las muchas manos, las personas que hagan este trabajo, no del todo fácil, a tiempo, con comprensión y con alegría? Faltan, y por eso la preparación del compost se ha convertido o bien en la cenicienta de los procesos de la explotación o bien en una cuestión de rutina puramente técnica. Esta última se limita a los procesos meramente mecánicos de la mezcla —y eso muy limitadamente—, del armado y del volteo generalmente múltiple, para acelerar la maduración hasta obtener un abono utilizable a costa de grandes pérdidas. Aquí uno se despoja de nuevo de un rico campo de experiencia —precisamente este: ganar «una relación personal con el abono y con el trabajo con el abono». Como todo lo orgánico-viviente, el proceso de compostaje está sometido a la

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tiempo. Se desarrolla desde un metabolismo caótico, el humus nutritivo, hasta el estado maduro de la forma, el humus estable. Es un proceso que transcurre en ritmo, en el campo de tensión entre el movimiento acentuado al comienzo (alto recambio) y el reposo acentuado al final (formación de una nueva sustancia). Este acontecer espacio-temporal quiere ser acompañado perceptivamente en todas sus fases y meditado con espíritu de investigación. Esto exige que uno mismo se ponga activamente en movimiento y luego, en el curso posterior, se detenga en quietud, perciba los olores, la consistencia, etc., y permanezca contemplando y pensando en el acontecer.

En este sentido, la preparación del compost es un campo de trabajo de ejercitación consciente que exige y forma al ser humano entero. Uno toma el bieldo y la pala y construye la pila por capas sobre una anchura de aprox. 1,20 m, colocando en porciones material de descomposición fácil y difícil uno junto a otro y uno sobre otro, intercalando eventualmente capas de estiércol de establo así como capas delgadas de tierra arcillosa y en el borde algo de compost madre, y espolvorando cada capa según la valoración de la índole de la necesidad con los aditivos mencionados. En el caso de material voluminoso y seco rige la vieja regla: «Písamelo bien y mantenlo húmedo.» En el armado de la pila no se sigue ningún esquema, sino que a cada paso de la acción le precede una consideración.

La pila terminada de armar hasta aproximadamente un metro de altura se convierte en poco tiempo en un caos vivo y proliferante. Necesita una envoltura delimitadora, una piel protectora y respirante. Esta función la cumple mejor una fina cobertura de tierra y sobre ella una capa de paja, heno viejo o turba. En este estado, la pila de compost cumple todas las condiciones que caracterizan a un organismo cerrado en sí mismo. Con la ayuda del oxígeno, portador de las fuerzas etéricas, desarrolla una vida propia, y en conexión con el nitrógeno, portador de las fuerzas astrales, una vida interior. El vellón de plástico como única cobertura es cierto que repele la lluvia y es permeable al aire, pero no deja de ser un sucedáneo. La piel exterior tiene la función de retener las fuerzas que irradian hacia afuera y devolverlas hacia el interior de la pila. Desde el exterior, la pila está rodeada por las fuerzas y los ritmos del obrar elemental en el viento y el tiempo. Con independencia de este acontecer exterior, la pila de compost despliega una rítmica y una dinámica propias en el tránsito conforme a leyes por los estados de los cuatro elementos —calor, aire, agua y tierra— y las fuerzas etéricas creadoras de vida que actúan conjuntamente con ellos: el éter de calor, el éter de luz, el éter químico y el éter de vida.

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En sus extensos estudios sobre la vida de la pila de compost, Bockemühl[277] ha seguido en ensayos de compostaje (en adelante BKV) con una mezcla de estiércol de vaca y de caballo una serie de procesos vitales que se desarrollan en la pila desde el armado hasta la madurez. Estos confirman en detalle las cuatro fases del desarrollo del compost, bien conocidas por el practicante atento, mediante distintos datos de medición en sucesión temporal, pero sobre todo a través de la aparición y desaparición de distintos grupos de organismos a lo largo de esas cuatro fases. Como representante característico de los procesos de descomposición y transformación en la pila, Bockemühl eligió el grupo, rico en especies, de los colémbolos (*Collembola*), que, tras la lombriz de compost roja (*Eisenia foetida*), realizan el trabajo principal de conversión. En este contexto, sin embargo, hay que subrayar que tanto su actividad como la de los anélidos, nematodos, larvas de insectos y la cantidad prácticamente infinita de microbios son en cada caso síntomas de un entramado de relaciones que debe comprenderse como totalidad. Las condiciones para la formación de esta totalidad las crea la mano del ser humano. Que estas cuatro fases se integren de manera autónoma y esencial en un órgano dentro del organismo agrícola exige de manera continua atención y mano cuidadora.

1. La fase de calor

Se anuncia en el BKV al poco tiempo a través de un calentamiento que asciende de forma brusca (Figura 16, p. 292), pero que luego cae con igual rapidez. Con un almacenamiento suelto, es decir, con acceso irrestricto de oxígeno, la temperatura puede dispararse hasta 70 °C; con un almacenamiento más compacto y húmedo, la temperatura sube hasta el óptimo de 55 °C a 60 °C y cae luego muy gradualmente hasta 30 a 25 °C. El calentamiento es una función de la actividad microbiana aerobia, que libera el calor solar acumulado en el material orgánico de los años anteriores y crea con ello el ambiente elemental de vida para la activa vida microbiana relacional del montón. El desarrollo del calor requiere ser regulado mediante un apilamiento más compacto o más suelto según el caso, mediante el mantenimiento de la humedad y, si fuera necesario, mediante un pisado posterior. Con un almacenamiento demasiado compacto y húmedo el montón permanece frío; se produce putrefacción por descomposición anaerobia. En ese caso es inevitable remover el montón. Con un calentamiento intenso de hasta 65 a 70 °C, los pequeños animales presentes en el material de partida

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Abbildung 16: Die vier Phasen des Kompostierungsprozesses.

y los organismos nocivos, etc., mueren, y también las semillas de malas hierbas pierden su capacidad germinativa. En el BKV, la primera fase, solapándose con la segunda fase, duró unas dos semanas.

Con la aparición del elemento calor perceptible sensorialmente también queda libre el éter de calor ligado a la masa orgánica. Es el complemento espiritual-suprasensible del calor como elemento. Mantiene el proceso activo y lo conduce a su debido tiempo hacia la siguiente etapa del proceso. El calor exterior tiende a disiparse, mientras que el éter de calor establece relaciones — es, en verdad, el auténtico iniciador de todo acontecer procesual. Por ello hay que procurar que el calentamiento transcurra de manera más bien lenta y sostenida. El calor debe permanecer en el montón. El éter de calor a él vinculado inaugura entonces un desarrollo en el que el montón se cierra organismicamente como un todo.

2. La fase de respiración aérea y desgasificación

Paralelamente a la fase de calentamiento comienza una especie de proceso respiratorio. El oxígeno, como portador de la actividad etérica en lo físico, es inhalado por así decir; estimula la explosiva actividad bacteriana de

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descomposición. El dióxido de carbono (CO2) liberado en este proceso

se escapa como gas a través de la piel del montón hacia el aire exterior (Figura 16). En el BKV el máximo se alcanzó tras tres a cuatro semanas, para descender luego bruscamente a las siete semanas y después de manera uniforme hasta el final del experimento al cabo de un año. De distinta manera se comportó el desgasificado de amoniaco, que comenzó desde el primer momento, alcanzó su valor máximo en la segunda y tercera semana y cayó a casi cero tras seis semanas. Durante este período de emisión de amoniaco — en materiales ricos en proteínas como residuos vegetales, también de sulfuro de hidrógeno — emergen al exterior nubes de olor que deberían permanecer en la medida de lo posible dentro del montón: «ein Organisches ist umso gesünder, je mehr es im Innern und je weniger es nach außen riecht» (un organismo es tanto más sano cuanto más huele hacia adentro y cuanto menos hacia afuera).[278] La emanación de olor es signo de un acontecer todavía proliferante y sin forma. Indica pérdidas de sustancia irreparables. A éstas pone freno la proliferación de hongos (hongos de sombrero) que emerge en la segunda fase. Ésta, aunque ella misma proliferante y penetrando todo el montón, provoca una inhibición de la descomposición bacteriana dominante en la primera fase. Paralelamente a la proliferación fúngica, en adelante se forma nitrato en lugar de amoniaco, cuyo contenido aumenta de manera constante en los meses siguientes e ingresa en la formación de humus a través de estadios precursores similares a proteínas.

La imagen característica de los vapores de agua que ascienden de los montones en las frescas horas de la mañana da testimonio, en la segunda fase, de un paulatino secado y con ello de una aireación. Paralelamente a ello comienza a estrecharse la relación C/N, que en el BKV se estabilizó al final en 12:1. El desarrollo de los colémbolos (para una determinada especie de colémbolos en el BKV) aumenta bruscamente en la cuarta semana para descender igualmente rápido hasta la décima semana. Otras especies les siguen y desaparecen de nuevo. En el BKV la duración de la segunda fase, solapándose con la primera y la tercera, fue ya de casi cuatro semanas.

Con la liberación de los gases queda libre el éter de luz; es el complemento etérico-suprasensible del elemento del aire. Permite a los seres vivientes del montón de compost llevar una existencia en la oscuridad, pese a la ausencia de la radiación solar directa. Es un elemento lumínico-etérico conservado de una vida superior ya extinguida, que convoca a la existencia la vida vegetal y animal inferior que se remonta a los primeros estadios evolutivos de la Tierra. ¿Cuál es ahora la contribución del éter de luz al desarrollo del montón de compost? Al inicio el montón de compost es una mezcla más bien fortuita de residuos orgánicos. La descomposición microbiana de éstos no es un acontecer causal para

el hacerse eficaz del éter de

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luz, sino un acontecer simultáneo. El éter de luz actúa por un lado en el crecimiento de los organismos individuales; por otro, en el activarse de todos estos innumerables seres vivientes vegetales y animales, crea conexiones relacionales que orientan holísticamente la vida del montón de compost hacia la formación de humus estable. El éter de luz hace que el montón de compost crezca primero por así decir hacia adentro, y a través de la actividad de los pequeños animales espacializa el producto final en la coexistencia uniforme y grumosa del humus.

3. La fase acuosa o de transformación

Se hace patente en el súbito hundimiento del montón. Tras la fase seca precedente, éste se asienta ahora más densamente y se autohumedece al salir el líquido de las vacuolas celulares y los espacios intercelulares por la descomposición de las membranas celulares difícilmente degradables (Figura 16, pág. 292). El montón se cierra con mayor hermetismo frente al mundo exterior, ya no huele a cáustico, y en el medio húmedo-acuoso se producen múltiples transformaciones, reconversiones y nuevas formaciones de sustancias. Los pequeños animales, en primer lugar los colémbolos, toman las riendas; trituran el material, se alimentan de microbios y hongos y reducen así su población. El caos proliferante de las fases 1 y 2 comienza a ordenarse, por la multiplicación masiva de los pequeños animales, y a articularse en espacios interiores bien aireados. Las condiciones del medio se transforman y, en correspondencia, los colémbolos se metamorfosean de formas vermiformes poco diferenciadas a formas con formaciones orgánicas claramente destacadas. Del BCV se desprende cómo una especie sigue a la otra y vuelve a desaparecer. Así vive el mundo de los pequeños animales, en la oscuridad del montón, una existencia evolutivamente todavía inferior, un existir por así decir planta-animal. Esta existencia es atravesada, en parte desde dentro, en parte desde fuera, por fuerzas de un elemento anímico-astral que actúa de manera diferenciada. Esta vida sensible convierte el montón de compost en un organismo. En la tercera fase se cumple en él el tránsito desde el estado todavía informe de lo acuoso hacia el de lo terráqueo-sólido plenamente conformado, una única y gran transmutación de la sustancia.

En el BCV la tercera fase acuosa, solapándose con la segunda y la cuarta, se desarrolla a lo largo de siete semanas. En este período los colémbolos alcanzan durante dos semanas un máximo de su despliegue, es decir, entre mes y medio y dos meses después de la instalación.

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Con el tercer estadio, el húmedo-acuoso, entra en acción principalmente el éter químico o éter del sonido. Los tipos de éter contrastan funcionalmente con los elementos con los que son de igual origen evolutivo. Mientras en el estadio acuoso el montón adopta una consistencia más densa y homogénea, el éter del sonido o químico fragmenta la vida del montón en una innumerable multiplicidad de células individuales, pero no de manera fortuita, sino en un orden en constante transformación. Divide y conecta en variaciones siempre nuevas. Lo esencial no son las bacterias, protozoos, algas, hongos, gusanos, larvas, etc. individuales, sino lo que se desarrolla entre ellos: el intervalo. Trasladado a una imagen, el acontecer procesual en el montón de compost puede compararse con una sinfonía. En una sinfonía, los tonos y los intervalos que los separan y al mismo tiempo los conectan generan ritmo, melodía y armonía. Una sinfonía tiene por regla general cuatro movimientos, cada uno con su tema, que resuena en una corriente de movimiento de tonos, se repite y varía. En el mismo sentido actúa el éter del sonido o químico en el montón de compost, no en el elemento aéreo de los tonos, sino en el húmedo elemento terrestre de las sustancias. En estas últimas es el portador procesual de todos los ritmos, repeticiones y metamorfosis hasta el punto final donde aparece el humus maduro. Así puede contemplarse el humus, en las variaciones de sus composiciones numéricas de carbono (C), oxígeno (O), nitrógeno (N), hidrógeno (H) y azufre (S), como un espejo terrenal de las armonías esféricas.

4. La fase de terrificación

Tras las pérdidas de sustancia en la primera y segunda fase y la transformación de materia en la tercera, el volumen del montón disminuye paulatinamente. Pasa al estado de lo terrestre-sólido; se consolida y estructura de manera unitaria en una suerte de neoformación material, el humus estable (Figura 16, pág. 292). Este proceso no se manifiesta únicamente en el oscurecimiento y la estructura suelta y granulosa, sino también en cualidades de olor y sabor — percepciones, pues, que conducen más profundamente a la naturaleza esencial de lo material. El montón se llena interiormente de un olor suave y terroso. Lo cualitativo del sabor es inmanente al propio acontecer procesual: el montón de compost se encuentra ahora en un estado en el que un mundo de pequeños animales que se multiplica en masa determina el acontecer. Es de naturaleza evolutivamente inferior, vive en la oscuridad y en la humedad

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y actúa con elevada especialización de manera descomponedora y transformadora. Cada especie animal encuentra, preparada en la cadena alimentaria, el alimento hacia el que están orientados su sentido del gusto y su actividad digestiva. El último en aparecer es el gusano de compost emparentado con la lombriz de tierra (Eisenia foetida), que realiza con diferencia el grueso del verdadero trabajo de digestión y neoformación material. Actuando en dirección similar, aunque con menor peso en calidad y en masa, son activos los gusanos anillados (Annelida), los miriápodos (Myriapoda), las cochinillas (Isopoda), las larvas de insectos y otros.

Si se introduce la mano en un montón de compost que se encuentra al inicio de la fase de terrificación, se sostiene entre los dedos una sustancia de color pardo oscuro a negruzco, que contiene aún los últimos restos de raíces, tallos y hojas ocupados por microbios, y que con frecuencia está atravesada en forma de ovillo por una gran masa de los mencionados gusanos de compost. Los gusanos y demás pequeños animales mueren en cuanto también el último resto de residuos orgánicos ha sido digerido y, en simbiosis endógena con las bacterias intestinales, se convierte en deyecciones. Estas, como sustancia animada etéricamente, están por así decir impregnadas de fuerzas astrales que la masa digestiva ha absorbido en su paso a través del tracto intestinal animal. Por una parte, estas fuerzas provocan la transformación del humus nutritivo en humus estable y frenan la actividad descomponedora de los microbios, o incluso la reconducen hacia una actividad constructiva. Por otra parte, son las fuerzas astrales transmitidas por el animal las que posibilitan la unión con los minerales arcillosos para la formación de complejos arcillo-húmicos. En esta fase final se puede hablar con plena razón de una astralización, de una animación anímica del montículo de tierra. Todo se forma e individualiza de manera orgánica hacia un todo unitario.

Hasta la terrificación completa, la cuarta fase requiere el mayor tiempo de todas. Dura tanto más cuanto más rico en fibra bruta es el material de partida. En el BKV (estiércol de vaca y caballo) este estadio se alcanzó después de aproximadamente cuatro meses. La actividad de los gusanos comenzó en la semana 7 y terminó en la semana 13. La temperatura se mantuvo a unos 25 °C casi constante, con una media de aproximadamente 4 a 5 °C por encima de las oscilaciones de la temperatura exterior.

El cuarto y último estadio, la formación de humus o, con mayor precisión, la formación del complejo arcillo-húmico, es el más misterioso. Aquí despliega su acción principal el más joven, el más oculto, el más fino y el más poderoso de los cuatro tipos de éter: el éter de vida. El éter de vida es el polo opuesto al elemento de lo terrestre-sólido. El éter de vida «forma vida». Lo que en la Tierra aparece como piedra tiene su vida

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en lo suprasensible.[279] El éter de vida es en el montón de compost el formador de la vida de una gran multiplicidad de seres vivientes. Esta vida está al mismo tiempo plena de sentido. Cuando este sentido pleno muere en la forma, el éter de vida queda libre para volver a componer sustancias en un contexto vital, al final en el humus. Este, por una parte, sobre la base del oxígeno presente en el humus se convierte en conservador de vida; por otra parte, el humus contiene nitrógeno que, al igual que el oxígeno y otros elementos, está entretejido en una composición material variada y afín a la proteína. Materialmente, el nitrógeno forma el puente hacia lo astral-esencial, lo dador de sentido. De esto puede deducirse que el éter de vida en el humus es la verdadera fuerza formativa, a cuyo servicio se ponen sus tres parientes más antiguos, el éter del calor, el éter de la luz y el éter del sonido. ¿Y no se convierte en la verdadera fuerza formativa precisamente porque, por mediación del nitrógeno, tiene la capacidad de aproximar lo astral a lo etérico y a lo físico? ¿No se convierte por ello el compost (humus estable) en el abono más elemental de una fertilidad duradera autóctona del suelo? ¿Y no confiere este éter de vida, devenido así fuerza formativa, al contexto vital «suelo y planta» el poder de formarse en totalidades, de individualizarse y de convertirse en fiel imagen refleja de su ser enraizado en lo suprasensible? Dondequiera que reconozcamos en lo vivo conexiones recíprocamente activas, plenas de sentido y de sabiduría, seguimos las huellas del éter de vida.

Contemplado en su conjunto, puede decirse resumidamente: las sustancias de desecho orgánicas, muertas desde un contexto vital superior, están sometidas en el montón de compost, de manera descomponedora, a una nueva revitalización aunque de curso caótico, y luego, de manera constructiva, a una sucesiva transformación y a un nuevo morir en la forma terrificada del humus. Pero este porta en sí el germen de una nueva vida en la Tierra: la «semilla universal de lo vegetal en general». En este sentido, el humus es un abono surgido de la vida para el despliegue de la vida superior, es decir, para el desarrollo vegetativo de las plantas cultivadas. El abono de compost es — al igual que un fruto que madura y nutre a hombre y animal — un fruto nutricio para el suelo y la planta. A través de él, lo pasado se enlaza con lo presente y hace posible lo futuro.

En los cuatro estadios hasta la terrificación de la materialidad que en otro tiempo perteneció a una planta o a un animal, se refleja, de manera discreta en lo pequeño y en sucesión temporal, una suerte de repetición de la evolución de la Tierra y del

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cosmos. En el comienzo primordial, el puro calor (éter del calor — un acto de sacrificio de elevados seres espirituales) llenaba el «Antiguo Saturno». A este estado siguió, por el camino de la condensación de una parte del calor, el surgimiento del elemento del aire y con él el éter de la luz en el «Antiguo Sol»; luego, mediante la condensación de una parte del aire, el elemento del agua en la «Antigua Luna» y con él el éter del sonido o químico; y finalmente, con la condensación de una parte del elemento líquido, el estado del elemento de lo terrestre-sólido, la Tierra devenida obra, y con ella el éter de vida.[280]

Lo que en el montón de compost, elevado por encima del nivel del suelo, se despliega como proceso artificial-artístico — la terrificación de una vida antaño superior en humus estable — tiene lugar de manera más oculta en todos los suelos, enteramente de modo natural en los suelos forestales. En los suelos de labor y de jardín, este acontecer es llevado a un nivel más alto de fertilidad mediante el laboreo del suelo (véase pág. 205 ss.). A este objetivo sirve también el abono verde, un cultivo de gramíneas de rápido crecimiento, crucíferas, leguminosas y otras especies destinado específicamente al aporte de humus. Las masas de verde marchitadas de la cubierta del suelo aportan el humus nutritivo para los estadios de descomposición 1 y 2, mientras que la masa de raíces que permanece en el suelo sirve principalmente en los estadios de construcción 3 y 4 a la formación de humus estable.

El abono verde se incorpora por mulching y adquiere el carácter de una compostificación en superficie. Esta consiste en coberturas del suelo con materiales orgánicos, desde verdor tierno hasta astillas de madera, entre las plantaciones en horticultura. También aquí es conveniente una mezcla de materiales diversos. Debe evitarse la paja pura o las hojas puras: la primera es demasiado suelta y voluminosa, las segundas se depositan demasiado densamente, y ambas se descomponen por ello muy lentamente.[281] La cubierta del suelo protege frente a la evaporación, el apelmazamiento, la formación de costra, la erosión y el enmalezamiento; atrae la vida microbiana y de gusanos hacia la capa superficial del suelo y le crea una fuente de alimento en flujo constante; mantiene activa la respiración del suelo y vivifica la aptitud estructural del suelo.

La humificación de la cubierta orgánica del suelo la lleva a cabo un mundo de microbios y pequeños animales propio de las particularidades del lugar. Común a todos los suelos, pero en lugar del gusano de compost rojo, es la presencia de la lombriz de tierra (Lumbricus terrestris), el maestro de la fertilidad del suelo. Sin embargo, en los suelos arenosos pobres tanto en cal como en arcilla, su número de individuos

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y con ello su actividad bienhechora y estabilizadora del humus es muy limitada. En la agricultura arable, la compostificación en superficie se practica en la medida de lo posible en combinación con el abono verde de rastrojo; en el cultivo naciente se incorpora un velo de estiércol de establo fresco o parcialmente fermentado.

La aplicación del compost

El compost maduro es un producto vegeto-animal. No lo es únicamente porque se incorporen también excreciones animales y demás componentes de los animales domésticos, sino porque el proceso de humificación como tal no podría llevarse a cabo sin la actividad astral del mundo de los pequeños animales del montón de compost. Los componentes principales son de naturaleza vegetal; su transformación en humus está sometida esencialmente a la actividad y la fuerza organizadora de los animales. El compost no es por ello tampoco un abono de fuerza fermentativa que impulse el crecimiento vegetativo. Su efecto es uno que da forma y configura lo vegetativo. Eso lo convierte en el abono para todas aquellas plantas cultivadas que fructifican principalmente en lo vegetativo, ya sea hierba, hortaliza o árbol. Esto concierne a la economía de praderas y pastizales, al horticultura de huerta y campo y a la fruticultura. Formación de fruto, en un sentido ampliado, significa aquí una formación de sustancia que se acumula en determinados órganos de la planta y llena el espacio, cuya nutriosidad está orientada a la necesidad del ser humano y del animal. Esta capacidad nutritiva exige un abono que retenga la fuerza de crecimiento y reproducción que pugna hacia la formación de semilla y la deje transformar y conformar en sustancia nutritiva por las irradiaciones presentes del Sol y del cosmos planetario. Este abono se inserta ordenando y conformando en el juego de fuerzas de las plantas. Es el humus estable, negro y desmenuzable.

Abonado con compost de prados y pastizales

El prado permanente proporciona el forraje para los rumiantes y los caballos. Este consiste en las partes vegetativas del brote, en tallos y hojas. El rebrote es pastoreado repetidamente desde la primavera hasta el otoño, o segado como forraje verde o heno. En las praderas de pastoreo y más aún en las praderas ricas en hierbas, algunas de ellas florecen en primavera. Tras la floración se retiran al estadio de roseta, rico en hojas. La gramínea rebrota una y otra vez desde sus nudos de ahijamiento. La pradera y el pastizal permanecen verdes tanto en invierno como en verano. El rebrote se mantiene en gran medida en lo puramente

vegetativo, y lo mismo

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ocurre con los procesos del suelo, que son reactivados hacia nuevas transformaciones tras cada turno de pastoreo o cada corte. El suelo y la planta no llegan al reposo. La maduración generativa les queda vedada. Con un aprovechamiento intensivo, esto conduce al empobrecimiento de especies. Por eso la pradera y el pastizal reclaman un abono que compense esta carencia, y ese abono es el compost. En primavera, tras el primer turno de pastoreo o el primer corte de heno, o mejor aún en otoño, le transmite a la capa herbácea y al suelo una estructura de fuerzas madura y terrosa que configura la formación de sustancia en tallos y hojas tanto hacia el lado reproductivo como hacia el nutritivo.

El abonado regular con compost del prado permanente densifica la capa herbácea, hace el ramoneo más uniforme y corto, enriquece la composición de especies —sobre todo en hierbas— y eleva la calidad nutritiva del forraje.

Abonado con compost en horticultura

De modo semejante a lo que ocurre en el prado permanente, también en la horticultura falta el reposo madurativo del suelo; una cultura sigue a la otra sin pausa. El suelo debe mantenerse el mayor tiempo posible del año en un alto nivel de fertilidad, en ese estado de ánimo primaveral lleno de impulso de crecimiento. La formación hacia el fruto alimenticio o forrajero no se cumple en la fase generativa, sino en el período de crecimiento más intenso. Grandes masas de cosecha de sustancialidad fresca y llena de vida abandonan la tierra y la finca. Lo que queda —principalmente la masa de raíces— se convierte en humus nutritivo para la cultura siguiente. En cambio, la fuerza formativa etérico-biológica del humus estable, atravesado por lo astral, va quedando rezagada. Lo que en el campo sucede por sí solo durante los períodos de reposo del suelo —la transformación del humus nutritivo en humus estable— debe ser aportado al terreno de huerta desde afuera en forma de compost maduro. Actúa, según el tipo de cultivo, de manera específicamente aromatizante sobre el gusto y el olor, consolidando los tejidos, preservando la frescura y reforzando el brillo y la coloración.

Los materiales para el compost en la horticultura comprenden los restos de cosecha retirados, residuos orgánicos de toda clase, astillas de recortes verdes, cultivos intercalares marchitados, harinas de roca, virutas de cuerno y, siempre que sea posible, estiércol de establo. Basura urbana y lodos de depuradora quedan excluidos. Para composts especiales libres de semillas adventicias, destinados a semilleros y cultivos en invernadero, son

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adecuadas toda clase de mezclas de leguminosas, gramíneas, avena y otros. Un tratamiento con vapor caliente del compost, para destruir gérmenes perjudiciales y semillas de malas hierbas,

debería evitarse, salvo para tierras de semillero. El compost se convierte así en gran medida en un sustrato sin vida.

La aplicación del compost se realiza por regla general distribuyéndolo uniformemente sobre la superficie; se incorpora superficialmente. En emplazamientos arenosos, pedregosos y secos da buen resultado el laborioso procedimiento del abonado en hoyo de plantación.

Bajo condiciones climáticas tropicales predomina en los suelos la escasez de humus; la materia orgánica está sujeta a una mineralización acelerada. Lo mismo sucede allí también en el montón de compost, a consecuencia de las altas temperaturas y la humedad. Sin embargo, allí se prueba bien una compostación «bajo tierra» en grandes fosas, en las que se encierra durante la noche un número de cabras, ovejas o reses. Ellas apisonan el material habitualmente voluminoso, en su mayor parte leñoso, lo humedecen y lo enriquecen con sus deyecciones. Se obtiene una buena calidad de humus. Un puñado de ese humus depositado en un hoyo de plantación, la semilla embebida en el humus y cubierta ligeramente con tierra, obra un verdadero milagro: los rendimientos ascienden a alturas hasta entonces desconocidas y el bienestar de la población que vive en la pobreza crece.[282]

Un procedimiento similar es la construcción de anchos arriates en caballón sobre zanjas drenables rellenas de ramas y maleza. La descomposición fuertemente retardada y la transformación en humus en el subsuelo genera en el montículo de tierra tal grado de vitalización, que en el espacio más reducido una mezcla diversa de hortalizas puede abastecer continuamente a una o varias familias. También este procedimiento necesita muchas manos; actúa de manera socialmente integradora y asegura un bienestar modesto.

Vale para el mundo entero: una economía del humus llevada con arte libera del hambre y procura un nuevo florecimiento cultural.

Abonado con compost en fruticultura

El cultivo frutal se ha transformado desde el siglo XX: partiendo de un fruticultura extensiva de árboles de tallo alto, rica en variedades, pasó a plantaciones de semitallo y llegó finalmente —con una vida útil más corta— a la fruticultura intensiva de tallo bajo, pobre en variedades. En este proceso, la formación del fruto se desplazó desde las copas elevadas, bañadas de luz y aire, hacia las capas de aire próximas al suelo; y, paralelamente, la necesidad de abonado aumentó de manera enorme.

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El árbol frutal se lignifica y porta al mismo tiempo frutos tiernos y sabrosos. Domina la polaridad entre luz y oscuridad, entre vida y muerte, entre el obrar etérico y el astral. Esto se expresa de manera especialmente plena en el árbol de tallo alto. En él, la vitalidad etérica asciende desde el sistema radicular que se extiende en anchura y profundidad, sube por tronco y ramas hasta los brotes frondosos de la copa. Esta intensa animación en el aire y el calor atrae una rica vida de insectos: «Von demjenigen, was da als Astralreiches durch die Bäume hindurchgeht, lebt und webt das ausgebildete Insekt» (De aquello que como riqueza astral atraviesa los árboles, vive y teje el insecto formado).[283] Polar a esto, en todo lo que se lignifica —y sobre todo en el ámbito radicular— impera la «pobreza etérica». En este medio, más expuesto a las fuerzas de mineralización, se desarrollan las larvas de los insectos. El árbol de tallo alto, injertado sobre portainjerto de crecimiento lento, encarna por así decirlo esta polaridad; es sobrio y no necesita abonado, y menos aún uno que actúe estimulando el crecimiento vegetativo.

Distinto su polo opuesto: el árbol de tallo bajo, cultivado en plantaciones cerradas de modo casi monocultural sobre portainjerto de crecimiento rápido. Crece más bien como un brote débilmente lignificado y fructifica cerca del suelo, por así decirlo en plena juventud. El cámbium, que en el árbol de tallo alto actúa frenando un vigor excesivo, necesita en el árbol de tallo bajo una estimulación continua mediante un suelo rico en humus y bien enraizable. La fuerza formativa y la vitalidad del humus se prolongan, por así decirlo, en el propio cámbium. El árbol de tallo bajo necesita un abono que de ningún modo estimule el crecimiento vegetativo, sino que, por su fuerza formativa —animada astralmente por las larvas y los gusanos del montón de compost—, sea él mismo afín al cámbium. En el árbol de tallo alto, la tierra mineralizada se vuelca hacia arriba en el tronco y el ramaje de la copa. En el tallo bajo, vigoroso, ese vuelco está reducido en favor de una vitalidad igualmente alta tanto en el espacio radicular como en la copa. En el mismo sentido actúa también la intensa abonado en verde que se practica en la fruticultura de tallo bajo y semitallo.

La fruticultura intensiva tiene éxito cuando el contenido de humus del suelo supera el 3%; lo óptimo se sitúa en torno al 6%, con un suelo simultáneamente rico en minerales.

Como material de compost, junto a los aditivos ya mencionados, son especialmente indicadas todas las variedades de estiércol de establo. Por su origen animal, estas disponen de fuerzas formativas de orden superior que moderan el vigor de los tallos bajos hasta una medida armoniosa. Esta armonización se manifiesta a lo largo de todo el proceso de crecimiento en una reducción considerable

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de la presión de infecciones y plagas, así como en la calidad gustativa y la capacidad de conservación de los frutos.

En síntesis: el compost actúa de manera sanadora y armonizadora sobre el desarrollo de las plantas; crea en el suelo el fundamento de su fertilidad duradera. Conviene, en el diversamente articulado organismo de la finca, preparar los composts por separado según sus principales ámbitos de aplicación: para el compost de praderas y pastizales corresponden, con el estiércol de establo como eje, todos los residuos —también los cargados de semillas de malas hierbas—; en horticultura se generan esencialmente residuos vegetales que deberían estar en lo posible libres de semillas de malas hierbas; las fracciones de estiércol de establo son siempre beneficiosas. En las plantaciones frutales, junto al abonado en verde y por delante de todos los demás residuos, debe darse prioridad al estiércol de establo.

Esta recomendación interpela a toda la comunidad de granja: que aprenda mediante la compostación misma a ejercitar y elevar a maestría esa «relación personal con el trabajo con el abono» —enriquecida por el manejo de los preparados biodinámicos de compost (véase pág. 344 ss.)— y que, con las distintas tierras de compost, responda a las necesidades específicas de cada tipo de cultivo.

Nivel 2: El abonado a partir de la naturaleza anímica de los animales domésticos

Lo anímico-astral, que en la planta —ser puramente vital-etérico— solo la toca desde afuera, se ha convertido en el animal en interioridad. El animal se delimita como organismo corpóreo frente al mundo exterior y forma su cuerpo como instrumento de su propio despliegue esencial. A través de sus sentidos, el animal vive su mundo externo y despliega desde ese vivir su actividad en el calor, el aire, el agua y la tierra. En virtud de su ser anímico, las sustancias se componen en la obra maravillosa de sus órganos, que adoptan las configuraciones más asombrosas según sus funciones ejecutoras. En cada una de esas funciones se expresa una sabiduría consumada. Si se quiere, pues, acercarse cognoscitivamente al ser de un animal, hay que esforzarse por interiorizar lo percibido con todos los sentidos y formarlo como imagen-pensamiento vivida. La conexión plena de sabiduría que en ello se revela le entrega al conocer sensible la certeza infalible de que las fuerzas que componen las sustancias del cuerpo animal y por las cuales puede ponerse en actividad tienen su fundamento esencial en el cuerpo astral o cuerpo anímico del animal.

Lo que surge, pues, de la actividad

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digestiva de los animales recibe su fuerza fertilizante a través de la articulación particular del ser anímico. Respecto de las plantas se dijo: «Lo vivo fertiliza lo vivo»; así también vale más allá para los animales: «Lo anímico fertiliza lo anímico.» Este estado de cosas fue tratado con amplitud en el capítulo «La organización anímica o el cuerpo astral del organismo agrícola» (pág. 111 ss.). La naturaleza anímica de los rumiantes, y aquí en particular la del bovino, es la que alcanza la más alta fuerza fertilizante en el nivel del puro obrar de la naturaleza (véase cap. «El bovino»). Entender la fuerza fertilizante como efecto acumulado de determinados llamados nutrientes es fruto de una teoría que ya no se cuestiona. Buscar, en cambio, el valor fertilizante —como se ha subrayado en repetidas ocasiones— en el «compositor» (la cabra, la oveja o el bovino), cuya índole esencial hace que las sustancias se ordenen precisamente en esta y no en ninguna otra disposición, rompe las barreras del materialismo y libera la mirada para preguntas que se dirigen a la realidad de la vida, el alma y el espíritu. Si se sigue este camino, se comprueba que el valor fertilizante es tanto más alto cuanto más conforme a su naturaleza esencial se mantenga, se alimente, se cuide y se cría a los animales. Todo ello pone en marcha, desde el ser de los animales domésticos, fuerzas que fertilizan. La finca agrícola configurada como organismo cumple estas condiciones.

El número de animales domésticos de la finca está calculado de modo que, por un lado, pueda alimentarse desde la propia base forrajera de la finca y, por otro, mantenga a disposición suficiente abono para las superficies productivas. Cantidad y calidad las produce la naturaleza. La conservación e incluso el refinamiento del abono hasta su aplicación es asunto del ser humano.

La conservación de los abonos del ganado doméstico

En el pastoreo, el estiércol y los purines fertilizan de manera directa. La distribución regular de las boñigas evita los parches de crecimiento excesivo. El estiércol procedente de la estabulación, en cambio, debe almacenarse de forma provisional hasta su aplicación con las menores pérdidas posibles. El mejor procedimiento para conservar la fuerza fertilizante del estiércol de cuadra, incluidos los purines, es el que emplea cama de paja; el más cuestionable, aunque sin duda el más racional, el del estiércol líquido o purín de mezcla. En el purín de mezcla (purines + estiércol sólido) tienen lugar, bajo condiciones de amplio cierre al aire, procesos de fermentación anaerobia en los que los compuestos orgánicos de nitrógeno se mineralizan en amoníaco, que escapa al aire en forma de gas principalmente durante el esparcido (molestias por

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olor). Un sistema de agitación permite mitigar este efecto. El purín actúa sobre la animación de lo

acuoso-lunar y con ello, sorteando el elemento de lo terráqueo-sólido, directamente sobre la fuerza de brotación de la planta, moviéndose así tendencialmente en la dirección de un abonado mineral moderado. La cama de paja, en cambio, presenta una ventaja múltiple. La paja absorbe una parte de los purines, se mezcla completamente con el estiércol durante el desestabulado y, gracias a su esponjosidad, garantiza condiciones aerobias durante el almacenamiento. A ello se añade que la paja del cereal está penetrada y configurada por el mismo proceso de fructificación que forma el grano en la espiga. El tallo está engrosado y encierra en su tubo un mayor volumen de aire que el que presentan las gramíneas silvestres. En ello puede reconocerse la expresión de una más intensa acción interior y astral. Además, al desarrollar su cutícula de ácido silícico durante el proceso de maduración, resplandece y se tiñe de tonos amarillos, rojizos hasta dorados. Se rodea de una envoltura de ópalo. La paja es un fruto solar y convierte al estiércol de vaca en un abono solar-terrestre en el sentido más pleno, «el oro del campesino».

El estiércol de cama profunda

El sistema de almacenamiento más óptimo y con menores pérdidas es el establo de cama profunda. Los bovinos, las ovejas y las cabras mean y defecan sobre la capa fresca de paja; el purín queda completamente absorbido por la paja. Su contenido en nitrógeno acelera la apertura aerobia de la paja, pobre en nitrógeno. Los propios animales cumplen la exigencia de «mantenlo húmedo y pisotéalo firme».

El establo de cama profunda exige, sin embargo, el mayor consumo de paja, con hasta 15 kg por animal y día, frente al establo de cama pisada con 3 a 5 kg y al establo de cubículos con lecho con 0,5 a 1 kg.[284] En aras de la producción de estiércol sólido y con ello de la minimización del purín generado, las cantidades de material de cama en el establo de cama pisada y en el de cubículos pueden incrementarse en consecuencia. Una combinación de establo de atado —para la alimentación y el cuidado— con la permanencia nocturna en el establo de cama profunda reduce el consumo de paja. Las capas superiores del lecho en el establo de cama profunda, el colchón de descanso, se calientan hasta unos 30 °C y atraviesan, con una descomposición moderada de la materia, la primera fase, es decir, la fase de calor del montón de compost. Mediante el pisoteo de los animales se van compactando las capas inferiores del lecho; se enfrían y entran en procesos de fermentación; sometidas a una creciente exclusión del aire, comienzan a fermentar. En analogía con la fase 2 del montón de compost, la proliferación descontrolada de los microbios queda frenada por

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levaduras y hongos. Los *colémbolos* y otros pequeños animales no encuentran ya condiciones de vida en este medio. Fermentos generados autolíticamente o segregados por bacterias inician la fase final de la fermentación: el agua, las proteínas, los hidratos de carbono, las grasas, etc., se escinden. Los tejidos orgánicos se disuelven, dejando tan solo restos quebradizos de paja y partes lignificadas; se forman aromas, la masa se vuelve homogénea y adquiere una coloración parduzca. El estiércol huele ahora a pan —como suele decirse— cuando la fermentación ha resultado lograda. Tratado repetidas veces con los preparados biodinámicos y conservado sin perturbaciones durante el verano, el producto maduro es «incorporado» al campo. Para evitar el encharcamiento y con él la putrefacción en la capa de base del establo de cama profunda, el soporte adecuado sería arcilla pisada o barro. Aquí rige la misma regla del contacto directo con la tierra que para el montón de compost. Por desconocimiento de las sutiles acciones de las fuerzas, la ley prescribe también aquí, por desgracia, un suelo de hormigón que cierra el paso. Al peligro de acumulación de humedad que esto conlleva puede hacérsele frente con una capa de astillas de madera que se incorpora antes de la estabulación en otoño.

El establo de cama profunda para bovinos debe estar concebido constructivamente de tal manera que el colchón de estiércol —con diez metros cuadrados de espacio de movimiento y reposo por animal— pueda ir alcanzando su plena altura a lo largo de seis meses hasta la salida al pasto en primavera; los otros tres meses de verano sirven para la maduración. El vaciado intermedio y el almacenamiento temporal en estercoleros de campo provocan pérdidas considerables de sustancia. No hay ningún problema en mantener las vacas, con un peso de 500 a 600 kg, sobre el colchón de estiércol que va creciendo en altura a lo largo de la estación fría y fresca, sin que éste se hunda. Con el calentamiento de marzo y abril se acelera la descomposición de las capas superiores de paja, y ello puede dar lugar a que los senderos pisoteados se hundan y se formen abombamientos laterales. Este reblandecimiento puede retrasarse hasta la salida al pasto mediante una capa de cierre de arcilla, barro o astillas de madera aplicada con la debida antelación.

También las ovejas y las cabras se mantienen en invierno en el redil de cama profunda. El estiércol y el material de cama se compactan intensamente por la orina y el pisoteo, por lo que fermentan con rapidez y pueden aplicarse directamente como valioso abono, sin necesidad de almacenamiento intermedio con pérdidas.

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El estiércol profundo

En el establo de cubículos, de purín pisoteado y de atado, el vaciado se realiza diariamente o, con rascadores automáticos, varias veces al día. Una parte del purín líquido se recoge por separado. El resto llega como mezcla de estiércol, cama y purín a un depósito intermedio próximo al establo. En éste comienzan ya, tras un breve tiempo de permanencia, las fases 1 y 2 —calentamiento y ventilación—, y con ellas procesos de descomposición incontrolados con pérdidas de sustancia. Desde el depósito intermedio, el estiércol sólido se lleva a pilas de campo para su maduración ulterior o bien se composta. En ambos casos, las fases 1 y 2 se reinician con nuevas pérdidas de sustancia. Para minimizarlas, convendría reconsiderar y retomar el sistema de estiércol en pila estratificada, de probada eficacia. Son imprescindibles, eso sí, una solera impermeable con canaletas perimetrales para la recogida del purín y el agua de lluvia. El estiércol fresco que se acumula diariamente en una zona rebajada se recoge lo más pronto posible con cargadora frontal y pinza estercolera, y se va depositando en porciones contiguas a lo largo del ancho de la plataforma. Aquí se impone un trabajo preciso. Ante esa primera fila se añade una segunda, una tercera y así sucesivamente. Mientras tanto, la primera fila, la segunda, etc., van calentándose, de modo que en el mismo orden puede ir colocándose la segunda capa en porciones, y finalmente una tercera y una cuarta, hasta la altura máxima técnicamente alcanzable. Una vez que ésta se alcanza con la primera fila, puede comenzarse con la primera capa del tramo contiguo. Así se va construyendo la pila progresivamente en anchura y en toda su longitud. Por la presión de las capas superpuestas, las fases de calentamiento, desgasificación y humectación se recorren con rapidez e incompletamente, desembocando en la fermentación. En ese sentido, en el estiércol en pila correctamente apilado se desarrollan los mismos procesos que en el establo de cama profunda. Con todo, las pérdidas de sustancia —aproximadamente un 20%— son mayores que en el establo de cama profunda, debido a la exposición por todos lados al aire exterior. La descomposición avanza más rápido en las caras laterales casi verticales y en la superficie, lo que se aprecia, entre otras señales, por la aparición de setas con sombrero.

Compost de estiércol

En la agricultura biodinámica se distingue entre el «estiércol» que proviene de los animales y el compost, que es principalmente de origen vegetal. Son dos composiciones de fuerzas distintas las que fertilizan.

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En el compostaje del estiércol de establo se desarrollan los mismos procesos que los descritos para el compost vegetal. En su forma madura y refinada se forma un humus estable de índole particular. Su constelación de fuerzas conserva la astralidad de los animales domésticos conferida al estiércol. Son sus fuerzas del alma las que otorgan al abono esa extraordinaria acción a largo plazo. En grado especial esto es válido para el compost elaborado con estiércol de vaca puro o añadido en parte: transmite a la vida de la planta fuerzas que van más allá de lo astral-anímico y que en el capítulo «El ganado vacuno» fueron designadas como «disposición yoica». Con esta denominación se remite a una constelación de fuerzas de orden superior que no solo convierte a las plantas cultivadas en imagen de su ser suprasensible, sino que crea en ellas la disposición para que ese ser pueda volver a relacionarse con lo que en la evolución pasada se ha cuajado de él en el espacio y el tiempo —a saber, la forma vegetal que aparece ante los sentidos— e inaugurar nuevas posibilidades de desarrollo. Con esto queda claro que la verdadera fertilización procedente de la naturaleza viva y animada tiene y debe tener un valor de mejoramiento, un valor evolutivo, para las plantas cultivadas.

Conviene mezclar con el compost de estiércol, junto al estiércol de vaca, todos los demás tipos de estiércol de las ovejas, cabras, caballos, cerdos y aves de corral que se crían en la finca. Cada una de estas especies animales realiza, como resultado de su actividad digestiva, un «análisis cósmico-cualitativo» del pienso acorde con su ser (véase el cap. «El ganado vacuno – Análisis cósmico-cualitativo y disposición yoica», pág. 156 y ss.). El resultado de dicho análisis queda impreso, por así decirlo, como patrón en la composición de fuerzas del estiércol. Cuando varios de tales patrones se unen en el montón de compost, surge un abono universal que —tal como se ha descrito más arriba— estimula y atraviesa con su fuerza lo fructificante en la fase del crecimiento vegetativo, tal como se requiere de manera excelente en praderas y pastizales, en fruticultura intensiva y en horticultura.

No existe motivo para compostar la totalidad de la producción de abono animal. Es demasiado costoso en trabajo y ocasiona pérdidas de almacenamiento del 50% y más. La utilización en el cultivo de la tierra es viable cuando el estiércol sólido ha perdido la agudeza del olor —o, en el caso del estiércol de cerdo, el hedor—. Esto ocurre cuando ha atravesado, como en el estiércol en pila y en el establo de cama profunda, la fase de fermentación 1 y en parte la 2. El proceso de fermentación posterior continúa entonces en el suelo bajo la dirección principalmente de la lombriz de tierra, así como de la actividad vital y sensorial de las raíces en relación con los microorganismos. En el compostaje de estiércol de establo demasiado húmedo —consecuencia generalmente de una escasa

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cantidad de cama (estiércol de cerdo)— se produce la formación de núcleos húmedos que requieren un volteo oportuno.

La purín

La purín y el estiércol poseen, en virtud de los procesos fisiológicos de los que emergen, cualidades de abono polares. Como se explicó con el ejemplo del bovino (cap. «Das Rind», pág. 146 ss.), el estiércol procede del sistema digestivo, en el cual el alimento ajeno al cuerpo, absorbido desde el exterior, se descompone escalonadamente a través del acto de rumia, la actividad del rumen, los estómagos glandulares, el intestino delgado y el grueso, y es examinado en su paso por las paredes mucosas. Desde allí, las sustancias digestivas mineralizadas, despojadas ya de su ajenidad, pasan a la corriente sanguínea venosa y de ahí al hígado. La orina, en cambio, es una excreción del interior del cuerpo: discurre a través de la corriente sanguínea arterial hasta el riñón y, desde allí, a través de la vejiga, hacia el mundo exterior. El riñón examina las sustancias propias del organismo y separa en forma líquida, como orina, aquellas que se han vuelto inservibles. Un componente esencial de la orina es la urea, producto de degradación del metabolismo proteico. A esta combinación nitrogenada le adhiere todavía la actividad del alma y del cuerpo etérico de los animales. Con la orina llevan hacia el exterior las fuerzas de estos dos miembros constitutivos, y son esas fuerzas las que fertilizan. Distinto es el caso del estiércol bovino: este consiste en restos de forraje no digeridos, atravesados por sustancias mucosas de desecho de los órganos digestivos e impregnados con el resultado del «análisis cósmico-cualitativo» (véase cap. «Kosmisch-qualitative Analyse und Ichanlage», pág. 156 s.). Si las fuerzas fertilizantes del purín emanan de la astralidad lunar del bovino, que actúa desde el pasado, en el estiércol bovino se suman a ellas las fuerzas que irradia en el presente el Sol: son las fuerzas que el bovino, desde su particular relación sensorial con el forraje y en el cumplimiento del «análisis cósmico-cualitativo» —desde la rumia a través del tracto digestivo hasta la función retroirradiante de los cuernos como «Ich-Anlage»—, inocula en el abono.

El purín se almacena en fosas o depósitos abiertos elevados; en condiciones predominantemente anaerobias experimenta una fermentación. Conviene por ello disponer de al menos dos depósitos para el almacenamiento alternado, de modo que tras el llenado quede tiempo suficiente para la maduración posterior. El refinamiento del purín se lleva a cabo por vía mecánica mediante el removido y la aireación, y por vía

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biológica o bien

biodinámica mediante aditivos. Lo primero estimula los procesos aerobios de degradación y transformación; lo segundo actúa orientando el conjunto del proceso hasta su madurez. Aditivos contrastados que reincorporan biológicamente el amoníaco resultante de la descomposición de la urea son pequeñas cantidades de composta refinada de estiércol de establo, así como ortiga picada, serrín y virutas de madera. Los preparados biodinámicos de compost (véase cap. «Die Kompost- oder Düngerpräparate», pág. 360 ss.) se sumergen en el purín y en la purín diluido dentro de bolsas permeables, suspendidas de un flotador. Para evitar pérdidas de nitrógeno, en cámaras de fermentación abiertas pueden servir asimismo coberturas flotantes de paja, ortigas, etc., con fosfato bruto y harina de basalto esparcidos sobre ellas.[285]

En las estabulaciones sin cama, hoy habituales, para cerdos y bovinos se produce purín diluido, gülle. Esta mezcla de agua, purín y estiércol fermenta, si no se trata ulteriormente, hasta convertirse en un abono de efecto rápido y olor desagradable. La mineralización de las sustancias ha avanzado considerablemente. En la agricultura biodinámica debería aspirarse, en lugar de la producción de gülle —en la medida de lo posible—, a la elaboración de estiércol sólido. La falta de cama en las zonas exclusivamente pratenses deja frecuentemente sin otra opción. Tanto más importante es entonces adoptar todas las medidas de refinamiento de la gülle que rigen igualmente para el purín. Por regla general, la gülle bruta procedente de la ganadería intensiva se aplica a los campos sin tratamiento previo. Al margen de sus denominados contenidos en nutrientes, se la considera un residuo que debe eliminarse, con todas las consecuencias: molestias olfativas, desgasificación de óxidos de nitrógeno (óxido nitroso, N2O), carga de nitratos en el agua subterránea, obturación de los poros del suelo por sustancias mucosas, empobrecimiento de la flora y fauna edáficas, y disminución del valor nutritivo del forraje por compuestos proteicos de bajo peso molecular principalmente. La alta estima que otrora se tributaba al abono animal ha caído víctima del pensamiento en términos de nutrientes. Con un refinamiento cuidadoso —sobre todo mediante los preparados biodinámicos— y un almacenamiento suficientemente prolongado, puede lograrse gradualmente producir también a partir de la gülle un abono de efecto duradero, que se integra constructivamente en los procesos del suelo.

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La aplicación de los abonos animales propios de la finca

Para todos los cultivos, el abonado con estiércol sólido es un beneficio: como estiércol fresco para las solanáceas, patatas y tomates; en estado semicompostado para los cultivos de escarda y los cereales; y compostado para el cultivo forrajero plurianual, así como para praderas, horticultura y fruticultura. Dada su elevada y duradera potencia fertilizante, no es necesario abonar todos los cultivos cada año, sino que, en el marco de una fruchtfolge bien compuesta en el cultivo arable, basta aplicarlo cada tres años a los cultivos de escarda. Para una buena formación del rendimiento, la necesidad de los cultivos de escarda queda cubierta con unos 300 dt/ha. En cuanto al volumen total de abono de la explotación, una cantidad anual de una unidad de ganado mayor (UGM) por hectárea es ideal (1 UGM equivale a 500 kg de peso vivo). Por término medio, en un rebaño bovino incluida la recría puede contarse con una UGM por animal. Una UGM de ganado vacuno produce, según la cantidad de cama, entre 80 y 100 dt de estiércol sólido. Incluyendo los abonos de los demás animales domésticos, la densidad de una UGM por hectárea se alcanza en las explotaciones pequeñas y medianas, y con frecuencia incluso se supera; en el caso de las grandes explotaciones con predominio del cultivo arable, el número de UGM por hectárea desciende hasta valores límite de 0,4 a 0,3. El estiércol bovino constituye la masa principal, a la que se mezclan en la mayor medida posible los tipos de estiércol procedentes del resto del ganado doméstico, que se producen en cantidades menores. Los volúmenes de abono excedentes se destinan, en el marco de la fruchtfolge, a los cultivos de primavera productivos anteriores al cultivo forrajero principal, con unos 100 dt.

La aplicación del estiércol sólido para los cultivos de escarda se realiza por regla general en el año anterior, sobre el rastrojo del cultivo precedente. Tras una ligera incorporación, sigue un cultivo intermedio que, gracias al estiércol sólido, forma tanto una rica masa radicular como una abundante masa verde, y con ello un lecho de siembra en buenas condiciones para la siembra primaveral del cultivo de escarda.

El purín bien madurado y, en caso de necesidad, la gülle son abonos bienvenidos cuando se trata de dar un impulso de desarrollo a los cereales de invierno en primavera. Los daños de invernada y los rodales ralos, consecuencia de las heladas alternas en primavera, pueden estimularse hacia un macollamiento más intenso. A ello contribuye la urea. Este compuesto nitrogenado, mineralizado a partir del metabolismo proteico, obtiene su eficacia específica a través de las fuerzas astrales que emanan del cuerpo anímico de los animales y que configuran la composición material de la orina, en la que el nitrógeno queda integrado. Otro campo de aplicación es el abonado del rastrojo con vistas al desarrollo ágil de un cultivo intermedio de abono verde. En el pastizal, el

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el empleo del purín a principios de primavera resulta beneficioso, y eventualmente también en el pastoreo rotacional tras el turno. Sobre rodales en pleno crecimiento (especialmente cultivos de escarda) debe evitarse la aplicación de purín o gülle.

La aplicación de los abonos animales propios de la granja

En cada uno de los abonos hay que preguntar por el ser, por el potencial de fuerzas anímico-astrales que, a través del cuerpo etérico y del cuerpo físico, ordena las sustancias y las mantiene en flujo de tal manera que puedan manifestarse físico-sensorialmente como imagen refleja y actuar según su propio ser. A algunos rasgos esenciales de la fauna silvestre y de los animales domésticos se hizo referencia en el capítulo «La organización anímica o el cuerpo astral del organismo agrícola» (p. 111 y ss.). Allí se estableció que cada especie animal, mediante su actividad corpórea, realiza una contribución abonadora, por así decirlo, a la totalidad de la naturaleza. De la actividad del mundo animal animado surge una red de relaciones llena de sabiduría, que recorre toda la naturaleza confiriéndole sentido. Entre los mamíferos herbívoros son los rumiantes aquellos cuya actividad orgánica está organizada para preparar un abono capaz de vivificar y animar en grado más elevado el «órgano-diafragma», el suelo. Esto no puede deducirse de la mera composición cuantitativa de las sustancias. Es más bien una cuestión del coeficiente cualitativo de las sustancias entre sí. Este lleva el sello del ser de la vaca, de la oveja, de la cabra, etc. La perfección más elevada la alcanza el bovino. En el capítulo «El bovino» (p. 146 y ss.) se intentó caracterizar el proceso digestivo penetrado y vivido desde su ser, así como su actividad sensorial e inteligencia vinculadas al metabolismo. Si desde ahí se busca comprender el efecto prolongado y benéfico del estiércol bovino en particular sobre el suelo y las plantas, entonces quizá la siguiente reflexión pueda ser orientadora: La planta crece en el eje Tierra-Sol. La raíz se dirige hacia las profundidades en dirección al centro de la Tierra; el tallo, el raquis o el tronco se elevan verticalmente hacia la altura al encuentro del Sol. Desde este eje vertical crecen hojas y ramas hacia los lados y la amplitud. El follaje que se extiende superficialmente en la horizontal recibe en vía directa las acciones irradiantes del Sol y los planetas, y las elabora en sustancia viva, asistido por la «savia terrestre» (Xylem) que asciende por el tallo, dentro del cámbium. Esta transmite, por un lado, al crecimiento que se orienta hacia la horizontal la vitalidad del humus nutritivo y la fuerza formativa del

humus estable en conjunción con la

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cal, es decir, las fuerzas del abono que son propias del compost vegetal. Esto vale también para el sistema de raíces finas que se ramifica en la amplitud. Distinto es el caso de la raíz pivotante, el raquis, el tallo y el tronco. Su impulso vertical no tiene como fundamento sustancial el humus como abono, sino el cristalino del cuarzo, los silicatos y los minerales arcillosos (cf. cap. «La formación de los minerales arcillosos y su neoformación», p. 209 y ss.). Estos minerales silíceos transmiten de manera indirecta las fuerzas irradiantes del Sol, los planetas y las estrellas fijas. Estas se concentran, en virtud de la acción de las arcillas, en la «corriente cósmica ascendente» dentro de las plantas.[286] El Yo del ser humano, su ser espiritual, le otorga la fuerza de la erección vertical; el animal es animal precisamente porque no posee esta fuerza en su plenitud erecta; tiene, sin embargo, como el bovino de manera particular, «el Yo en disposición». La planta, firmemente enraizada en la tierra, se crea en «corriente cósmica ascendente» su forma vertical como imagen refleja de su ser espiritual suprasensible. El abono animal puede ahora —así cabe presumir— en virtud de la «disposición del Yo» entretejida en él a través del cuerpo astral y del cuerpo etérico del animal, hacer más independiente al ser de la planta respecto de su encuadramiento en las condiciones localmente dadas de las alturas y las profundidades. A través del estiércol se le transmite a la planta la disposición de individualizarse hasta en la configuración de su forma exterior, de vincularse con mayor autonomía esencial con las acciones de la Tierra y del cosmos. Visto así, hay que atribuir — como ya se ha apuntado — ante todo al estiércol bovino, en lo que concierne a la conexión vital entre suelo y plantas, una capacidad «educadora».

Los abonos de los animales domésticos (sobre todo los de los rumiantes) actúan sobre el acontecer sustancial y sobre la configuración formal típica de la planta. Fortalecen las fuerzas mediante las cuales el ser suprasensible de la planta se manifiesta en la apariencia. Esto se revela en su orientación vertical en el eje raíz-brote-flor y, condicionado por ello, en las transformaciones de forma de las hojas desde la base hasta la flor.

El experimento luz-sombra

En un ensayo de campo plurianual y de variantes múltiples se investigaron los efectos de un abonado con compost de estiércol estabulado en comparación con la aplicación de sales minerales, nitrógeno, ácido fosfórico, potasio (NPK), así como con un tratamiento mediante el llamado preparado biodinámico de sílice de cuerno

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(cfr. cap. «El preparado de sílice de cuerno», pág. 348 ss.) bajo plena luz solar, en semisombra y sombra profunda, en centeno, trigo, avena, patatas, espinacas y rábanos. El programa de investigación abarcaba fenómenos morfológicos, una serie de parámetros analíticos y valoraciones mediante la metodología de las imágenes creadoras de la cristalización de cloruro de cobre.[287]

Aquí cabe destacar únicamente la parte del ensayo que concierne al efecto del abonado con estiércol estabulado en comparación con la aplicación de NPK.

Evaluaciones mediante hallazgos morfológicos

El ensayo confirmó las experiencias relativas a los efectos positivos en todos los aspectos del abono animal en forma de estiércol de vaca compostado, que desde siempre son familiares al practicante que observa con atención:

  • La raíz se abre a un espacio de suelo mayor;
  • se desarrolla de manera idealtípica conforme a la disposición propia de la especie;
  • la raíz pivotante (tipo cósmico) de zanahoria, remolacha, rábano y espinaca muestra un fuerte crecimiento en profundidad y va acompañada lateralmente de una raicilla fina que se adelgaza piramidalmente hacia abajo (Figura 17).
  • En el rábano, los cuerpos fructíferos tienden al engrosamiento del hipocótilo —hacia la formación de una forma esférica perfecta, de la que la raíz se separa con nitidez. Con NPK, esta transición aparecía más pronunciada al modo de un nabo; la raíz pivotante se perdía y se dividía superficialmente.
  • También en el tipo de raíz que por naturaleza se desarrolla de forma esférica y fuertemente ramificada (tipo de raíz terrestre) —judía de mata, cebolla, cereales— el fenómeno de desorientación de la raíz respecto a la disposición de la especie se manifestó con mayor claridad con NPK.
  • En cuanto a la estructura del tallo (longitudes de los entrenudos), apenas se apreciaron diferencias; sin embargo, con abonado de estiércol compostado era llamativo de manera constante un alargamiento del entrenudo superior, portador de la espiga. Este impulso de vitalidad se hacía valer también en la base del tallo mediante un mayor grado de macollamiento, es decir, en un número más elevado de tallos portadores de espiga por planta individual.
  • En cuanto al desarrollo foliar, bajo plena luz diurna la apariencia de las hojas —en forma, color, dentado, pubescencia, articulación de la lámina foliar, firmeza de la cutícula— se aproxima espacialmente al idealtipo xeromorfo de la especie, así como temporalmente, en la sucesión de las hojas desde
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Abbildung 17: Wurzelbilder von Spinat bei Mistkompostdüngung und NPK-Anwendung im Licht-Schatten-Versuch.
  • ... las formas grandes y lobuladas, pinnadas, basales, hasta las pequeñas, próximas al tallo, apuntadas, en la transición hacia la flor. Esta forma de aparición fuertemente marcada por el ritmo se expresa de manera más pronunciada en las variantes de estiércol compostado que en las variantes de NPK (Figura 18, pág. 316). En los cereales monocotiledóneos se muestra la misma tendencia. Con abonado de estiércol compostado, las hojas son más estrechas, de estructura más firme y con mayor silicificación en los bordes y puntas foliares. Las plantas con NPK contrastan con la tendencia hacia la hidromorfía, al igual que las plantas de sombra.
  • Así como en las plantas monocotiledóneas (de un solo cotiledón) es característica la sucesión de entrenudos de nudo a nudo —que aumenta progresivamente en longitud hacia arriba—, así en las plantas con flor dicotiledóneas la...
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Abbildung 18: Blattfolgen von Radies bei Mistkompostdüngung im Vergleich zu NPK im Licht-Schatten-Versuch.

metamorfosis foliar.[288] Ella refleja espacialmente la dinámica del crecimiento que transcurre en el tiempo.

  • La metamorfosis foliar desde las hojas basales hasta las proximidades de la flor queda representada en la Figura 18 con el ejemplo del rábano.
  • Las formas basales muestran también en la parte inferior láminas pinnadas, y en la parte superior láminas redondeadas, poco articuladas y dentadas. En las hojas de los estratos siguientes, la lámina se reduce cada vez más a la parte superior. Aparece entonces fuertemente dentada y progresivamente lanceolada y apuntada. Esta conformación foliar polar entre las hojas primarias y las hojas de los estratos siguientes es la más agudamente marcada bajo la luz. Se pierde hacia la
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sombra profunda, en la que las hojas secundarias conservan durante más tiempo el hábito de las hojas primarias (menor dentado, lámina más redondeada).

  • La misma diferencia se obtiene al comparar el abonado de estiércol compostado con el NPK. El primero va en consonancia con la influencia de la luz; con el segundo, la transformación foliar queda inhibida de manera similar a como ocurre en las plantas bajo sombreado.

Evaluaciones sobre la base de los hallazgos analíticos

La valoración basada en comparaciones cuantitativas de componentes sustanciales solo es posible de manera limitada si no se tiene en cuenta el factor tiempo. ¿Qué dice un mucho de una sustancia, qué dice un poco? El punto de referencia para el juicio debe buscarse en el acontecer procesual de la planta con vistas a un punto final. Este punto final, en relación con el valor nutritivo-fisiológico, es la madurez. Hacia ella conducen, en constante transformación de los componentes sustanciales, los procesos de síntesis; de ella se alejan los procesos de degradación. Solo el seguimiento de ambos proporciona criterios para un enunciado de calidad medianamente seguro. Del análisis de los procesos de síntesis obtiene contenido el concepto de «fisiología de la madurez». Cuando los procesos vitales llegan al reposo en la madurez —las actividades enzimáticas se reducen a un mínimo—, se alcanza el grado óptimo de calidad y queda garantizada una capacidad de almacenamiento natural, dada por cierto tiempo. Pero si las enzimas continúan activas en la madurez plena, el fruto permanece fisiológicamente en un estado de inmadurez y queda expuesto a la descomposición en poco tiempo; su valor nutritivo debe clasificarse por consiguiente como inferior.

En el experimento de luz y sombra se determinó, mediante índices de proporción, la dinámica de la síntesis de sustancias: de precursores que señalan inmadurez a aquellos que caracterizan el estado de madurez plena. Se puso de manifiesto que en los frutos abonados con estiércol compostado aumenta el grado de transformación de las composiciones sustanciales características de la madurez plena:

  • El contenido relativo de ácido ascórbico, que resulta de la proporción entre ácido dehidroascórbico (precursor) y ácido ascórbico (vitamina C);
  • un mayor contenido de disacáridos frente a monosacáridos; estos últimos son señal de una actividad asimilatoria todavía en curso;
  • el mayor contenido proteico relativo; este caracteriza la proporción entre proteína total (proteína bruta) y proteína pura, altamente estructurada. La proteína bruta, que además de la proteína pura contiene compuestos proteicos de bajo peso molecular hasta aminoácidos y sales nitrogenadas como los nitratos, contiene
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muestra ascensos en parte bruscos —especialmente en las hortalizas foliares de crecimiento vigoroso— cuando se aplican sales NPK.

  • Las actividades enzimáticas muy reducidas de la deshidrasa oxidante y de la sacarasa que escinde la sacarosa en la cosecha de trigo, patatas y hortalizas. Con aplicaciones de NPK se elevaron, al igual que en las plantas bajo sombreado, de manera brusca a un nivel indicador de inmadurez.
  • Resultados similares favorables al abonado con estiércol compostado mostraron los contenidos de ácido silícico y de ceniza de la paja de cereal; en los granos no se pudieron constatar diferencias de contenido al respecto.

La analítica rutinaria convencional se refiere por lo general a la determinación de cantidades: análisis de residuos de contaminantes —que conduce a la fijación de valores límite dudosos que deben revisarse una y otra vez— o los llamados componentes de valor. Para la interpretación de los datos falta aquí el punto de referencia conceptual, como por ejemplo en el caso del experimento de luz y sombra la comparación bajo condiciones definidas, o el estado de reposo fisiológico relativo de la madurez, o la composición específica en la que aparece una sustancia y cumple una determinada función. Un enunciado fiable solo es posible —y eso no se logra sin un esfuerzo enorme— cuando los datos analíticos proporcionan una confirmación para conceptos que se han obtenido de la contemplación pensante de los fenómenos vitales.

Evaluación mediante el método cristalodiagnóstico de la cristalización de cloruro de cobre

A diferencia de la analítica causal, que se limita a la investigación de las partes de un sistema vivo, la «cristalización sensible de cloruro de cobre» según Ehrenfried Pfeiffer[289] permite obtener por vía morfológico-diagnóstica un juicio sobre el «organismo vivo de la planta» como una integridad que se representa en el plano inorgánico como un sistema físico-químico definido. La cristalización de cloruro de cobre es por tanto apropiada para

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hacer sensible la organización de fuerzas formativas de la planta en la imagen muerta de su reflejo. El principio se basa en el cambio de textura de las agujas de cloruro de cobre en proceso de cristalización al añadir diversos extractos vegetales como compañeros de solución. Por esta razón, al cristalizar sobre placas de vidrio planas en cámaras climáticas se producen estructuras de agujas y complejos de estructuras (textura o hábito) reproducibles y característicos del aditivo, que pueden evaluarse comparativamente.

El método de Pfeiffer fue desarrollado por numerosos experimentadores, sobre todo con vistas a la diagnóstica cristalina: en el campo de la medicina humana por Selawry,[290] en el campo de los alimentos por v. Hahn,[291] en el campo de las plantas por Krüger,[292] en el campo de la calidad de los productos vegetales por Enquist,[293] Petterson[294] y, en cuanto al estado actual, por Doesburg.[295]

La diagnóstica de la textura cristalina de las imágenes de cloruro de cobre se basa en la comparación de la imagen cristalina del extracto fresco con las de los estadios de envejecimiento del mismo. Este procedimiento descansa en la consideración de que la velocidad con que el jugo fresco se descompone (envejece) bajo condiciones definidas es una función del valor de dicho extracto de jugo fresco. Se comprueba que los extractos vegetales en proceso de envejecimiento —es decir, sometidos a descomposición autolítica y microbiana— se imprimen en la imagen cristalina en una secuencia de tipos de imagen cristalina reproducibles, los llamados estadios de envejecimiento (Figura 19, p. 320).

Estos se distinguen en que el extracto vegetal fresco genera una textura cristalina específica de la planta, mientras que el que se desintegra provoca en medida creciente elementos texturales atípicos que en el resultado final se asemejan a los del cloruro de cobre que cristaliza de manera puramente inorgánica. De ello se obtiene como criterio para

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Abbildung 19: Kristallbilder einer Alterungsreihe von Kartoffeln im Licht-Schatten-Versuch (Var. 9).

la evaluación de la calidad la velocidad con que la sustancia a examinar, cuando se la somete a la descomposición, recorre al cristalizar los estadios sucesivos de la serie de degradación. Una descomposición rápida es el signo característico de una calidad inferior. Lo mismo vale cuando un extracto fresco de una muestra muestra ya rasgos de una imagen de envejecimiento de la serie de referencia.

En el experimento de luz y sombra se añadió otro punto de referencia para la evaluación de la calidad: la variación de luz plena, semisombra y sombra profunda. La pregunta era, entre otras: ¿Es posible diferenciar cualitativamente, sobre el fondo de la polaridad entre plantas cultivadas bajo pleno sol y plantas cultivadas a la sombra, la acción de fuerzas del estiércol compostado y del NPK mediante las imágenes de cristalización? Cada especie vegetal deja en la imagen cristalina una

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Abbildung 20: Typische Kristalltexturen von Kartoffeln im Licht-Schatten-Versuch.

impronta característica de su organización de fuerzas formativas. Cuando esta puede desplegarse sin obstáculos, sin influencias perturbadoras, surge una imagen cristalina correspondientemente detallada y reproducible. En todos los cultivos examinados (centeno, trigo, avena y algunas especies de hortalizas) los hallazgos cristalomorfológicos muestran en conjunto una concordancia llamativa. Las diferencias entre el abonado con estiércol compostado y la aplicación de NPK se manifiestan con una intensidad aproximadamente tan marcada como las existentes entre luz y sombra.

Las texturas cristalinas típicas con el ejemplo de las patatas en el experimento de luz y sombra las ilustra la Figura 20.

Respecto al estiércol compostado en comparación con el NPK, hay que comparar «en plena luz» las variantes 9 y 12 frente a 10 y 11, y «en sombra profunda» las variantes 1 y 4 frente a 2 y 3. Bajo «W.Z.» se indican «valores numéricos de cristalización» relativos. Estos abstraen la comparación visual. Siguiendo una clave, la suma de los fenómenos texturales cristalinos individuales queda recogida en un número: óptimo = 100, pésimo = 0. A la mirada adiestrada, la imagen cristalina misma le proporciona el texto para la evidencia conceptual.

En todas las plantas examinadas, así también en las patatas (Figura 20), la imagen cristalina se aproxima bajo irradiación solar directa al óptimo textural correspondiente. Cada especie vegetal imprime de manera figurativa la imagen cristalina acorde a su organización etérica. En las «plantas de luz» esta muestra una buena coordinación de los elementos estructurales individuales, transiciones graduales entre los troncos de agujas y las ramificaciones finas, así como agujas finas y contorneadas.

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En la sombra profunda se va perdiendo progresivamente el orden específico de las estructuras de agujas en favor de una orientación radial general. Las ramas de agujas se ensanchan por acumulación de la ramificación fina; se insertan de manera irregular y en zonas de acumulación de los troncos de agujas. El mismo aspecto muestra el estadio 2 y, de forma intensificada, el estadio 3 de la serie de envejecimiento de la variante 9 en Figura 19 (p. 320).

El tipo de las imágenes cristalinas en Figura 20 (p. 321) corresponde con el abonado de estiércol compostado a las variantes de luz, y con las aplicaciones de NPK tendencialmente a las variantes de sombra. En estas últimas son especialmente llamativos los siguientes rasgos texturales: formación de centros de nucleación secundarios durante la cristalización, ramificaciones en zonas de acumulación, troncos de agujas anchos, radialmente orientados, irregulares y menos ramificados, ramificaciones finas de longitud desigual y en abanico. La coordinación de las estructuras de agujas obedece en menor medida a un principio unitario de configuración (cf. Var. 11). En la mayoría de los casos los valores numéricos de cristalización de las «plantas de luz» de las parcelas NPK no se distinguen de los de las «plantas de sombra» de los miembros del ensayo con abonado orgánico. La concordancia especialmente llamativa de las imágenes cristalinas NPK de las variantes de luz con las de los miembros del ensayo en sombra habla en favor de un grado de vitalización y valor nutritivo esencialmente disminuido (Figura 19, Var. 2 y 11, p. 320).

En conjunto, el antiguo saber campesino, todas las experiencias prácticas, los experimentos de abonado continuo[296] así como el experimento de luz y sombra aquí reproducido en extracto apuntan todos hacia la significación singular del abonado por los animales domésticos, en especial los rumiantes. Ellos coronan la obra de la naturaleza al dispensar una triple bendición: mediante su mera presencia y su estiércol contribuyen

  • al centro entre las «alturas y las profundidades», al «diafragma suelo», para alcanzar la fertilidad duradera autóctona del suelo,
  • a las plantas para alcanzar su forma de aparición cercana a la imagen primordial y su fructificación sustancialmente conformada,
  • a través de la base forrajera propia de la finca, a sí mismos para edificar una corporalidad que en el excedente —igual que una ofrenda— rinde servicios de la más diversa índole al servicio y en beneficio del ser humano.
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Nivel 3: El abonado desde el espíritu del ser humano

Las excreciones metabólicas

En las rocas se manifiesta el elemento de «lo Sólido-Terroso». Surgieron de un acontecer vital de carácter metabólico, ocurrido en tiempos primordiales en el desarrollo de la Tierra, y se convirtieron en «obra» en las formas de los cristales. Solo a través de los procesos de meteorización, de la descomposición de las formas cristalinas, pueden las sustancias volver a ser elevadas hacia los procesos de la naturaleza viva. Como tales no poseen ningún valor como abono. Las plantas no se reproducen únicamente por la semilla, sino a la vez a través de los residuos de «lo General-Vegetal», que desencadenan en el suelo procesos metabólicos. La vida pasada se transforma en el «semilla universal» humus, que abona la vida futura. Los animales, finalmente, abonan desde las fuerzas de su vitalidad y su animación anímica. Esto se revela hacia afuera en la variedad casi inagotable de sus actividades de ser, y hacia adentro en la actividad de la digestión y la elaboración de un abono vivo y animado.

De la secuencia de grados antes mencionada podría concluirse sin dificultad que las excreciones del ser humano producirían una elevación ulterior de la fuerza abonadora. ¡Pero ocurre lo contrario! Una mirada a la estructura de los miembros constitutivos del ser humano y a la actividad digestiva que de ella resulta aclara este punto. El núcleo esencial del ser humano, que reposa en el espíritu puro, irradia a través de los miembros constitutivos corporales y se afianza en ellos en la organización del Yo. Trabaja en estos miembros constitutivos y los reconfigura hacia estadios superiores de su desarrollo. En esto consiste el ulterior desarrollo del ser humano —uno que él mismo habrá de conquistar por sus propias fuerzas a lo largo de todo el futuro. Con mayor intensidad trabaja hoy la Geistseele del ser humano en la transformación del cuerpo astral, aún en parte atado al cuerpo, hacia el llamado «yo espiritual» que actúa libre del cuerpo.[297] Este trabajo del Yo sobre los miembros constitutivos —es decir, también del cuerpo vital o etérico y del cuerpo físico— exige fuerzas. El Yo las recibe a través de la organización del Yo: anímicamente, mediante las percepciones a través de los sentidos, y corporalmente, mediante la alimentación. Las sustancias y fuerzas de la Tierra nutren el cuerpo para que la Geistseele del ser humano pueda vivir y actuar en este cuerpo en el despliegue

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de las actividades anímicas

del pensar, sentir y querer. En el caso del ser humano, el acontecer digestivo de los alimentos está exclusivamente a su servicio, no simultáneamente al de la Tierra. Extrae de los alimentos ingeridos todas las fuerzas para sí mismo. Es, en comparación con el animal y la planta, un egoísta. Lo que el ser humano excreta a través del proceso renal-vesical en forma líquida, y a través de la digestión intestinal en forma de sustancias más sólidas, está despojado de toda fuerza nutritiva: es escoria inerte, sin alma, sin espíritu. Sus sustancias han sido completamente «descompuestas» del nexo vital y anímico; han sido retroarrojadas como N, P, K, Si, Ca, etc. al estado de lo puramente mineral, y solo como tal pueden actuar.

Así pues, las excreciones humanas —por ejemplo en forma de lodos de depuradora como abono— son inadecuadas para la producción de alimentos humanos. Empleadas de manera dirigida, son un «antiabono», comparable al nitrógeno sintetizado a partir del aire.

En virtud de la concepción materialista —la sustancia es, con independencia de su origen, una y la misma sustancia— se tiende a buscar una y otra vez procedimientos para aprovechar de algún modo los «valiosos nutrientes» N, P, K de las heces humanas en beneficio del cultivo vegetal. De la producción de hortalizas en los llamados «campos de irrigación residual» en las cercanías de las grandes ciudades se ha ido abandonando. El secado y el compostaje de lodos de depuradora se practica con éxito. El producto resultante debería emplearse, sin embargo, exclusivamente fuera de la agricultura, con fines de renaturalización, en la construcción de vías y en el ordenamiento del paisaje.

Lo que el ser humano deja tras de sí corporalmente bajo la dirección de la Geistseele ha sido vaciado de fuerzas por esta; no devuelve nada a la naturaleza. ¿Dónde actúa entonces el espíritu del ser humano de manera abonadora? Es la parte libre del cuerpo de su ser, la Geistseele, la que en el pensar, sentir y querer se vuelve hacia las cosas y los seres de la naturaleza.

La actividad espiritual en el trabajo

El animal expande su ser hacia el entorno vital en el que actúa. En esa actividad impera una vida instintiva llena de sabiduría que teje una red de conexiones. En este sentido, abona a través de su hacer en el hogar de la naturaleza. Lo que sucede está sometido a una necesidad inexorable. Gracias a su autoconciencia en despertar, al ser humano le es innata la capacidad de libertad en el obrar. Puede decidirse por esto o aquello, por el bien o el mal, por la verdad o la mentira.

Lo que decide sobre todo ello es la conciencia

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moral, en la que en última instancia confluyen todos los pensamientos, sentimientos e impulsos de voluntad, y de la que todas las acciones reciben su particular impronta moral y ética. En el antiguo campesinado regía la sentencia: «El paso del labrador abona». Se andaba detrás del arado llevando las riendas, o como sembrador por el campo, o en la ronda dominical por los sembrados. Tan verdadera como fue antes esta sentencia, tan verdadera es hoy en metamorfosis. Antes, de la vivencia popular surgía aún de manera directa e instintiva lo que la tierra le dice al que camina sobre ella, lo que habla desde los estados de ánimo del entorno, lo que el suelo inspira y lo que espira. Uno sabía entonces qué era lo que correspondía hacer a continuación. Hoy, la seguridad de «hacer lo correcto correctamente en el momento justo» ha de adquirirse de nuevo desde la fuerza del alma consciente. Al caminar por la tierra de labor, después de la jornada de trabajo —colmado uno de las múltiples impresiones del día—, se siente una certeza que aflora desde profundidades desconocidas del alma y que no nace del pensar ligado a los sentidos. Desde la percepción de la integridad de la finca y de todos sus vínculos vitales actuales, uno sabe de pronto qué es lo que hay que hacer al día siguiente —ya sea dirigir la atención hacia ámbitos de la finca que se habían escapado de la vista, ya sea que tal o cual cultivo requiere con urgencia un cuidado, como un pase de rastra deshierbadora o una aspersión de preparados. Se presentan intuiciones que, desde la esfera del querer, suben oscuramente presintiendo hasta la conciencia. Uno se sabe en pie en una corriente espiritualmente viva que va del ayer al hoy y del hoy al mañana. Dejar fluir las ideas en el trabajo de tal modo que, en el trabajo mismo, alcancen sintiendo la voluntad: eso es lo que abre el camino a las intuiciones que conducen a un nuevo arte de la fertilización desde el espíritu, a un arte de la vivificación de la materia, de lo «Firme, Terrenal en sí mismo».[298]

La individualidad agrícola y los preparados biodinámicos

De su investigación espiritual sobre el ser de las sustancias y las fuerzas, así como sobre el ser de la fertilización, Rudolf Steiner desarrolló

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una especie de tecnología en el ámbito de lo viviente. Dio indicaciones para la elaboración y aplicación de los preparados biodinámicos. Se trata de los dos preparados de aspersión o de campo, así como de los seis preparados de estiércol o de compost. Se elaboran según determinados principios —sobre los que se tratará más adelante—, generalmente en las propias fincas, y se aplican en dosis muy reducidas.[299] Para la práctica de elaboración y aplicación se remite a la bibliografía especializada.[300][301][302] Aquí se intentará mostrar, a partir de una visión de conjunto de los resultados de la investigación espiritual antroposófica, de las experiencias de la práctica vivida y de hechos accesibles a las ciencias naturales, caminos metódicos de conocimiento y bases de juicio para comprender un modo de fertilización que a la corriente visión de mundo materialista tiene necesariamente que resultarle incomprensible.

El trasfondo que hace reconocible y vivenciable el significado más hondo de la ronda de los preparados biodinámicos es la idea-núcleo omniabarcante de la «individualidad agrícola», su organismo corpóreo y los nexos de ideas que constituyen una finca biodinámica como una totalidad en sí misma en gran medida cerrada. Así como el trabajo con los preparados crea, por así decir desde abajo, desde la esfera del querer, una base de experiencia, así también, edificándose sobre ello, el trabajo de conocimiento sobre la realidad esencial suprasensible es el complemento necesario desde arriba. Conocimiento del espíritu y conocimiento de la naturaleza deben confluir en el hacer; solo en el trato concreto generan imágenes verdaderas mediante las cuales cada particularidad se inserta en un todo superior. Lo que así resplandece en el alma como imagen verdadera del espíritu toma forma exterior y material en cada uno de los preparados, y se prolonga en el nexo natural como una eficacia específica de fuerzas.

En el organismo de una finca agrícola se individualizan las fuerzas de las alturas o universales que irradian desde el entorno de las estrellas fijas, las esferas de los planetas y el Sol, y las fuerzas de las profundidades o centrales que irradian desde la Tierra.

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Abbildung 21: Die Präparate als Mittler der Höhen- und Tiefenkräfte im Organismus der landwirtschaftlichen Individualität.

Esta individuación se cumple en el suelo, en el centro rítmico de las alturas y las profundidades, en el sentido de una especie de función cardíaca y pulmonar. Se manifiesta en la forma de la planta: en el brote que se eleva verticalmente y en la raíz pivotante que crece hacia la profundidad, así como en el follaje y la red de raíces finas que se extienden horizontalmente. En el camino de la individuación, cada emplazamiento terrestre se desarrolla primeramente hacia el «organismo en el crecimiento natural». También en este está dispuesta la triple articulación del polo cefálico bajo la tierra, el polo metabólico sobre la tierra y el suelo que se articula entre ambos. Por idea y voluntad —es decir, por la mano artesana del ser humano— esta individuación avanza hacia la configuración de la «individualidad agrícola». El ser humano, él mismo un ser en devenir, la hace a ella también un ser en devenir. Esta meta —plantar el principio del desarrollo en el suelo, en el centro de la individualidad agrícola— será en adelante la tarea de la agricultura. El medio para ello es la fertilización, y precisamente aquella que tiene su origen en el espíritu del ser humano. Se trata de los preparados biodinámicos, como si fueran

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«portadores materiales del desarrollo». Reúnen las fuerzas de lo Alto y lo Bajo en el diafragma del suelo, espiritualizan, animan y vivifican este centro rítmico y procuran una transubstanciación de lo Físico-Mineral. A excepción del preparado de sílice, que en el polo metabólico —a través del aire y el calor en el vientre del organismo agrícola— estimula los procesos vitales, de formación de frutos y de maduración de las plantas, el preparado de cuerno y estiércol y los preparados de compost despliegan su eficacia a través del polo cefálico y a través del centro rítmico. Fomentan y concentran todos aquellos procesos del suelo que hacen crecer a la planta desde el polo cefálico —en el sentido de la mencionada «corriente cósmica ascendente» de una corriente de sales, agua y fuerzas— verticalmente hacia la profundidad y la altura. La forma de la planta adulta es imagen de esta acción de fuerzas (Figura 21, S. 327).

Los preparados biodinámicos son invenciones del espíritu humano, una eficaz maestría artesana que tiene su origen en la investigación del mundo de lo esencial-suprasensible. Solo son accesibles espiritual-suprasensiblemente, es decir, por un camino en el que el alma-espíritu del ser humano se capacita, mediante una larga y rigurosa disciplina espiritual, para el conocimiento libre del cuerpo. Libre del cuerpo significa que el cognoscente ya no precisa de los sentidos corporales para tener pensamientos, sino que el mundo de los seres se refleja por sí mismo, en el primer peldaño superior del conocimiento, en imágenes de pensamiento: en Imaginaciones. Estas son imágenes reflejas de la realidad espiritual creadora de vida, mientras que los pensamientos ligados a los sentidos y al entendimiento se apoyan en el mundo de los fenómenos; en este caso, la forma exterior es el fenómeno. En la contemplación libre del cuerpo, el investigador espiritual conoce lo Espiritual-Esencial que, en el ser terrestre, crea estas formas. Conoce cómo estas formas, que constituyen nuestro mundo fenoménico, son puntos finales extinguidos de un desarrollo previo a lo largo de largos tiempos, salido del espíritu. Contempla en cada aparición de forma en el nexo natural —por ejemplo, una rosa, un lirio o un cristal— un «logro evolutivo», una obra de arte extinguida en la forma. Contempla el final, pero sabiendo de su comienzo. Y así se plantea bien al investigador espiritual la pregunta: ¿encierra el final, la obra de la Creación, el germen de un nuevo devenir omniabarcante? ¿Puede, sí, debe este logro evolutivo oculto ser reconocido y asido por el espíritu, el corazón y la mano del ser humano que va tomando conciencia de sus tareas de futuro, y ser traído a despliegue? ¿No reside en este germen la chispa encendedora buscada para una nueva cultura agraria? ¿Y no son los contenidos de ideas del «Curso de agricultura», y aquí el artistico-espiritual golpe de genio de la invención de los

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preparados biodinámicos, la respuesta a la pregunta planteada más arriba? Rudolf Steiner investigó en el conocimiento esencial libre del cuerpo lo germinal que está oculto en el mundo mineral, vegetal y animal, y creó, a partir de estos conocimientos, un principio metódico mediante el cual los logros evolutivos en el campo de tensión entre cosmos y Tierra pueden ser puestos en una relación nueva. Los frutos de las líneas evolutivas del pasado entran, por mano humana, en relaciones de índole completamente nueva, que inauguran un nuevo devenir que transforma lo devenido. Este proceso de transformación es distinto para cada uno de los preparados; pero el procedimiento metódico que subyace a la elaboración de los preparados es en principio igual o similar en todos ellos: es un tema con variaciones. Para llegar a una comprensión más profunda de este tema, deben transitarse tres caminos de investigación.

El camino de investigación de la ciencia espiritual

Así como la investigación de la naturaleza tiene por objeto las apariencias sensoriales, la ciencia espiritual tiene por objeto las revelaciones de un mundo de seres espirituales. Los resultados de esta última se presentan a la conciencia pensante en formas de ideas. Aparecen revestidos en un determinado tenor de palabras adecuado a la idea. Este tenor es el fenómeno. Cuanto más exacta e imparcialmente se estudia este tenor, tanto más luminosamente resplandece en el pensar el contenido espiritual de la idea. El primer paso hacia la comprensión de los resultados de la ciencia espiritual en las ocho conferencias del «Curso de agricultura» es pues el estudio del tenor exacto del texto. En una lectura superficial se yerra fácilmente y se encuentran, en lugar del águila, tan solo plumas sueltas. En el Curso se consideran, ante un auditorio familiarizado principalmente con la agricultura, los más elevados conocimientos del espíritu que penetran los reinos de la naturaleza —extraídos de la ciencia espiritual antroposófica— en conexión con la práctica agrícola concreta. Si en el estudio del texto uno se esfuerza por alcanzar la mayor imparcialidad posible, entonces el tenor en que los resultados suprasensibles son descritos de este modo y no de otro es, en igual medida que cualquier fenómeno sensorial, un hecho dado.

Las exposiciones de Rudolf Steiner acerca de los preparados remiten a relaciones que en parte están dadas naturalmente (por ejemplo, en las plantas medicinales, el contexto relacional entre determinadas sustancias terrestres y sus efectos curativos), y en parte a relaciones que solo son creadas originariamente por el espíritu y la mano del

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ser humano (por ejemplo, el establecimiento de una relación entre sustancias vegetales y órganos-envoltura provenientes del reino animal).

Aquí se cumple un segundo paso de investigación: hay que llevar a la propia experiencia el contexto relacional creado por uno mismo, es decir, hay que ejecutarlo uno mismo. En el hacer, uno mismo se convierte en parte del acontecer. Para iluminar más este segundo paso, conviene —a manera de puente— ampliar el estudio a otros ámbitos de la investigación espiritual, de modo muy central a las obras fundamentales de Rudolf Steiner[303] [304][305] así como a los ciclos de conferencias sobre pedagogía, medicina, ciencias naturales, arte, la cuestión social, etc. Por lejos que estos temas parezcan estar de la agricultura, en un estudio a fondo amplían, sostienen y profundizan de manera insospechada la comprensión de los contenidos del «Curso de agricultura».

Como tercer paso de profundización investigadora propia se añade el ejercicio meditativo. Hay que intentar interiorizar pensando los contenidos del «Curso de agricultura», tenerlos siempre presentes en todo trabajo y dejar que se conviertan en la sustancia activa del alma consciente. Esta sustancia de ideas tiene el poder de impulsar directamente hacia el trabajo. Su verdadero ser se revela solo en el cumplimiento y en sus consecuencias. Los preparados biodinámicos adquieren su significación solo en el hacer incondicional. Pues solo en el hacer se vuelven esencialmente reales. Todavía no lo son en la forma de idea; esta se cumple —como desde el futuro— con ser solo cuando se convierte en acto libre. El camino hacia allí abre la vista hacia los grados superiores del conocimiento de la Imaginación, la Inspiración y la Intuición, que como meta de futuro aguardan a ser conquistados por la humanidad. El investigador espiritual ha recorrido este camino de antemano. Nosotros nos encontramos con humildad al comienzo. Pero en virtud de los resultados de la investigación espiritual podemos alcanzar, desde la fuerza del alma consciente, la certeza espiritual de que estamos en el camino recto. En este camino ejercitamos un nuevo arte que «transforma lo interior de la naturaleza».[306]

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El camino de investigación geisteswissenschaftlich

Los medios para la elaboración de los preparados se toman del reino mineral, vegetal y animal, y se exponen a los estados físicos del mundo —los elementos de la tierra, el agua, el aire y el calor— y a los ritmos estacionales que en ellos cobran eficacia. La investigación espiritual antroposófica dirige así la mirada hacia el Qué y el Cómo del mundo sensible: hacia el Qué, por ejemplo ciertas plantas medicinales y envolturas orgánicas animales; hacia el Cómo, por ejemplo la exposición a las fuerzas del verano sobre la tierra, en el aire y el calor, y a las fuerzas del invierno bajo la tierra, en el ámbito de lo acuoso-terreo. Con ello, bajo la perspectiva de la investigación espiritual, la naturaleza sensible misma se convierte en la mayor medida en objeto de planteamientos científico-naturales, por ejemplo: qué indicación ofrece el diente de león (Taraxacum officinalis) en el aspecto morfológico y fisiológico sobre su relación con el potasio de la tierra y con el ácido silícico en finísima distribución en el entorno de la Tierra, y qué particularidades y funciones del peritoneo del bovino son las que hacen precisamente a este órgano apto para envolver las flores de diente de león en el proceso de la preparación. Se entiende por sí solo que el enfoque científico-natural aquí aludido no puede ser uno cuantificador, sino uno que, mediante la percepción de los hechos sensibles, forma conceptos que en el conocimiento ordinario pueden servir de apoyo a la comprensión de la intuición suprasensible.

El camino de investigación científico-natural agudiza la mirada para la aparición sensible singular y busca la conexión con aquella integridad hacia la cual apunta la ciencia espiritual como resultado de su investigación. La ciencia natural de orientación goetheanística y la ciencia espiritual antroposófica entran en un diálogo que se ilumina mutuamente.

En la respuesta a preguntas de una conferencia en la Technische Hochschule de Stuttgart el 17 de junio de 1920, Rudolf Steiner dice: «Deshalb ist dasjenige, was Geisteswissenschaft im Grunde genommen sein will, nichts anderes als Phänomenologie; aber Phänomenologie, welche nicht dabei stehen bleibt, die einzelnen Phänomene zu betrachten, sondern zu lesen im Zusammenhang der Phänomene. […] Aber man versteht dann auch, wenn jemand so die Phänomenologie auffasst wie Goethe – und Geisteswissenschaft ist nur fortgeschrittener Goetheanismus.» (Por eso lo que la ciencia espiritual quiere ser en el fondo no es otra cosa que fenomenología; pero una fenomenología que no se detiene en contemplar los fenómenos singulares, sino en leer en el conjunto de los fenómenos. […] Pero se comprende también, cuando alguien concibe la fenomenología como Goethe —y la ciencia espiritual no es más que goeteanismo avanzado.»)[307]

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El camino de investigación científico-natural goetheanista

Por los dos caminos de investigación antes mencionados, se comienza a representarse imaginativamente la conexión de cada uno de los preparados. Pero este nexo de ideas sólo queda plenamente saturado de experiencia cuando uno mismo lo deja hacerse acto en la repetición ejercitativa. En la vivencia del poder instaurador de realidad que tiene la idea en la elaboración de los preparados se abren capas cada vez más profundas de comprensión. Uno se vive a sí mismo —como el artista— como el mediador que planta en la materia algo que, como resultado de la investigación espiritual, despierta en el sentir anímico. El contenido espiritual de la idea, que así se va iluminando cada vez más en el propio ser, es la garantía de que la acción que de él emana no es un mero acto arbitrario. Pues la acción en el proceso de elaboración de los preparados crea relaciones entre objetos naturales —por ejemplo, flores de diente de león y el peritoneo envolvente de la res— que no son emanación de una ley natural actuante. No está fundada en la naturaleza, en ninguna fuerza (voluntad) que le sea inherente, sino en el conocimiento del espíritu, que a través de la voluntad del ser humano se planta en el acontecer natural como agente eficaz.

Así, en el trabajo con los preparados, la voluntad portada por ideas se convierte en el fundamento-vivencial originario; uno mismo se crea los fenómenos, que de entrada permanecen en gran medida inconscientes, o bien emergen desde estratos anímicos más profundos como sentimientos, estados de ánimo, hacia la conciencia pensante. A estos hay que dirigir la atención en cada paso de la preparación, así como en la aplicación de los preparados. La mirada —vista desde el que investiga— se orienta entonces en dos direcciones: una conduce de fuera hacia adentro, la otra de adentro hacia afuera.

En el caso de la dirección de mirada de fuera hacia adentro, nos sumergimos en la actividad volitiva —en el trabajo, pues— en la realidad espiritual del mundo. Lo que allí se cumple en el interior queda en gran medida inconsciente; como cuando, en el caso de la elaboración del preparado de milenrama, introducimos a presión flores de milenrama en una vejiga de ciervo. No lo haríamos si la voluntad no fuera impulsada por el espíritu que habita en aquella idea, a la que por los dos caminos de investigación antes mencionados nos hemos acercado en la comprensión. Así, en el hacer —que de entrada sólo se vive como proceso exterior— se pone a prueba el contenido de ideas que amanece en la conciencia pensante. Se pone a prueba como proceso interior ante la realidad espiritual oculta, en la cual ese contenido de ideas funda creativamente en el hacer una nueva relación. Este camino de fuera hacia adentro es un camino de ejercicio, es decir, del hacer repetido año tras año

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a lo largo de los años. Por este camino de ejercicio conscientemente elegido no se llega, sin embargo, a un conocimiento abstracto que pudiera formularse como una ley natural. Pero lo que sí puede surgir de ese esfuerzo cognoscitivo es una progresiva profundización de la disposición interior. Esta se convierte en el fundamento espiritual objetivo en el que puede formarse una relación personal —por ejemplo con los pasos de preparación—. La idea científico-espiritual, aprehendida primero en el pensar, transforma la voluntad interiormente hacia la fuerza de la entrega, del amor, que convierte este trabajo en un acto libre.

La dirección de mirada de adentro hacia afuera orienta la atención hacia el nexo natural en el que penetramos con las ideas de la investigación espiritual en la elaboración y aplicación de los preparados. Allí obramos una transformación en el propio interior, en el sentido de una profundización de la comprensión, y asimismo una transformación del «interior de la naturaleza».[308] Ambas transformaciones se hallan en relación real-espiritual entre sí a través de la voluntad guiada por ideas, es decir, a través del puente del trabajo. Así se puede acompañar cada paso de preparación con la pregunta de qué proceso de transformación se está cumpliendo; por ejemplo, en el caso del preparado de manzanilla, cuando las flores de manzanilla, envueltas por el intestino delgado de la res, se entierran durante el invierno. En el proceso de elaboración de todos los preparados se cumplen pasos de transformación que conducen a nuevas creaciones de sustancia con nuevas propiedades. Cada una de estas nuevas composiciones de sustancia tiene un potencial de propiedades que, como efecto fertilizante, obra transformaciones específicas en lo viviente. La dirección de nuestra atención investigadora respecto de estos efectos fertilizantes nos la señala el propio Rudolf Steiner. Él señala que como efecto de los preparados se cumplen determinadas transformaciones de sustancia en lo viviente, y caracteriza sus efectos sobre el suelo y las plantas, por ejemplo, como «vivificantes», «sanantes», «racionalizantes», «sensibilizantes».[309]

Estas cualidades así designadas —resultados de nuevas creaciones de sustancia fertilizante desde la investigación espiritual en el nivel de lo viviente y lo anímico— pueden llegar a convertirse gradualmente en experiencia interior, cuando a través del fundamento-vivencial originario del acto se intenta, sintiendo, seguir las fuerzas de la transformación hacia el interior de la naturaleza.

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Elaboración, aplicación y eficacia de los preparados en el transcurso del año

Los caminos de investigación mencionados abren tres niveles de experiencia de la realidad en el trato con los preparados. Estos se condicionan mutuamente. En la búsqueda seria de comprensión, ninguno puede ser soslayado. Hay dos puntos de culminación en el curso del año en los que esto puede elevarse de manera especial a la conciencia y adquirir un carácter festivo. Son, en el tiempo de la primavera, los días después de Pascua, y en el otoño, los días en torno a San Miguel. En ambas épocas se sacan del suelo determinados preparados y se guardan con cuidado, y otros se elaboran y se exponen a las fuerzas que actúan en el ritmo anual del verano —sobre o bajo la tierra— y del invierno —bajo la tierra—. En algunos lugares se intenta configurar ambos momentos como días festivos destacados en el curso del año —sobre todo el día de San Miguel, el 29 de septiembre—, en los que no solo pueden participar todas las personas que trabajan en la finca, sino también personas interesadas del entorno social. En el sentido de los tres caminos de investigación, un día así puede configurarse de manera que primero se lean los pasajes del *Curso de agricultura* que se refieren a los preparados que en ese momento se van a elaborar; a continuación puede seguir una contemplación que procure caracterizar en sus propiedades particulares una u otra planta de preparado o envoltura orgánica animal; por último, el transcurso ulterior del día queda consagrado a la actividad de la elaboración misma y a las observaciones y experiencias que en ella pueden hacerse.

Todos los esfuerzos deberían orientarse a no garantizar el carácter festivo principalmente mediante «añadidos externos», sino a dejar crecer el clima adecuado desde la seriedad de las contemplaciones y desde la alegría de la actividad en común. Si esto se logra, en tales días no es difícil advertir que en el trabajo con los preparados —tanto individualmente como en comunidad— habita un elemento de libre creatividad.

Entre estos dos puntos de culminación en el curso del año, son los pasos individuales de elaboración de los preparados los que crean, dentro del ritmo laboral de la explotación, horas destacadas a lo largo de grandes partes del año: en primavera y verano, la recolección de las plantas de preparado; en primavera y otoño, la obtención de las envolturas orgánicas animales; y en invierno y a comienzos de la primavera, la elaboración de la harina de sílice. Fortalecer la vivencia consciente del curso del año significa

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tener presentes en el ánimo los pasos individuales

dentro del proceso de elaboración del conjunto de los preparados, hacer las cosas a su debido tiempo y permanecer vinculado con lo que acontece a través de una atención interior, incluso cuando los preparados están expuestos —sobre o bajo la tierra— a las fuerzas de la tierra y del cosmos. La lógica laboral de lo cotidiano no ofrece para ello ningún acicate. Hay que arrancárselo a uno mismo, o quererlo en común.

Cuando extraemos algo de la naturaleza en el proceso de elaboración de los preparados, le añadimos, mediante su aplicación, algo nuevo. Como con un tejido de «medidas individualizadoras» impregnamos, en la aplicación de los preparados, el organismo agrícola —articulado en el espacio, viviente en ritmos temporales y avanzando de año en año—. Procúrese uno hacerse presente cómo, dentro de este organismo, cada cultivo —según especie y tiempo de crecimiento, esto es: los frutos del campo en la agricultura arable y en el cultivo hortícola, las praderas y los pastizales, los árboles frutales— llega al disfrute de los efectos de los preparados: ya sean los preparados de campo, desde la siembra hasta la madurez, ya sean los demás preparados que, a través del compost o del estiércol, sintonizan la fertilidad del suelo en la justa proporción cósmica y terrestre que corresponde a la planta. Vivenciamos directamente cómo cada medida de aplicación está orientada de manera puntual a este campo o a aquel cultivo, pero cómo desde ahí se actúa sobre el conjunto del organismo de la explotación. Cada planta, cada cultivo se abre al entorno cósmico-terrestre y se convierte, hasta en su configuración sustancial, en imagen de ese entorno.

En la vivencia participante podemos advertir cómo una agricultura solo a través de este tejido de actividades y de sus efectos se cierra hacia el todo de un organismo —y tanto más cuanto más se diferencia la explotación hacia su interior en una multiplicidad de funciones orgánicas que se relacionan entre sí—. Podemos hacernos una imagen de cómo la coexistencia espacial de los frutos del campo se entreteje de manera tan llena de relaciones como su sucesión en la rotación de cultivos.

Con la mirada puesta en el alcance total de la acción de los preparados en el curso del año, podemos advertir cómo ideas extraídas de la investigación espiritual, que de otro modo solo viven así en nosotros, se vuelven activas hacia el exterior —a través de nuestra actividad— en el contexto natural de la explotación, y la elevan a lo que Rudolf Steiner llama «una individualidad verdaderamente cerrada en sí misma».[310]

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Aspectos fundamentales sobre la metodología de elaboración y aplicación de los preparados

Al introducir los preparados para el abono, Rudolf Steiner señala el hecho de que la agricultura practica necesariamente el «Raubbau» («expolio del suelo»). Con el flujo de mercancías de la producción primaria que abandona la explotación, el polo cefálico y el polo metabólico de la individualidad agrícola se empobrecen en sustancias y fuerzas.[311] La tarea del abonado consiste aquí, en primer lugar, en crear un equilibrio. En lo que respecta a las sustancias y fuerzas, esto lo logran los abonos de primer grado provenientes de la naturaleza viva de las plantas, y los de segundo grado provenientes de la naturaleza animada de los animales. Para aquellas sustancias y fuerzas que vivifican la tierra en sentido superior y que el ser humano necesita como alimento en el curso de su desarrollo espiritual-anímico, han de volverse activas fuerzas del cosmos para las cuales la tierra debe ser primero receptiva. Para ello se necesitan nuevas composiciones de sustancias que no existen en la naturaleza, capaces de vivificar el ser inerte de la materia y de abrirla de nuevo a su origen espiritual. «La materia» —así el resultado de la investigación espiritual de Rudolf Steiner— «está construida en el sentido en que el Cristo la ha ido ordenando poco a poco.»[312] Este ordenamiento de la materia, rigurosamente regido por leyes, lo encontramos como resultado de la evolución. Es objeto por excelencia de la química en las ciencias naturales. En el tercer grado del abonado se trata, pues, de crear composiciones de sustancias y fuerzas que tomen de la obra devenida de los reinos de la naturaleza determinados frutos evolutivos y los pongan en nuevas relaciones entre sí. Para ello señala el camino la ciencia espiritual antroposófica, un camino en el que queda en libertad del ser humano enlazar con el obrar crístico evolutivo. En ello puede verse el sentido y la significación de los preparados biodinámicos. El esqueleto metodológico fundamental de su modo de elaboración se deriva de la tricotomía del ser humano —cuerpo, alma y espíritu— y, mirado hacia la naturaleza, de los «Tria Principia» de Paracelso: Sal, Mercur y Sulfur, el modo de contemplación de los alquimistas medievales que se enlaza con el antiguo saber de los Misterios. Esta trinidad en la unidad aparece en la época moderna entre los rosacruces, filosóficamente en Hegel como «tesis, antítesis y síntesis» y en la concepción de la naturaleza de Goethe

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en el principio de «polaridad, metamorfosis y elevación». La trinidad en la unidad, o la Triformación, es inmanente a todo ser —en pasado, presente y futuro, o expresado trinitariamente: «Padre, Hijo y Espíritu Santo».

El pensar en polaridades es una llave para la comprensión de la evolución. Constituye formalmente el modo de contemplación de la naturaleza de Goethe; de manera ejemplar lo desarrolla en su «Metamorfosis de las plantas».[313] Como hombre de la vista, Goethe enlazó en su investigación con lo que de la planta es visible como forma supraerránea, mientras su parte subterránea —la raíz— quedaba fuera de su campo visual. Si se la incluye —hay que hacer visible lo invisible mediante un acto de abstracción, liberando la raíz de la tierra—, se vuelve contemplable la polaridad raíz-flor. Lo uno primordial de la planta se escinde en lo terrenal en dos polos. Lo que los une de manera mercurial es la sucesión foliar llevada hacia arriba por el tallo. La hoja hace sensible el centro entre los polos. En la elevación de esta trinidad, la forma de la planta aparece como una totalidad que en la flor llega con mayor pureza a ser imagen de su ser.

La trinidad está dispuesta en el germen de la semilla de manera delicada y en íntima pertenencia mutua. Partiendo del centro —el brote germinal—, la raíz se diferencia y se separa hacia abajo, el brote hacia arriba. En todas partes, en la obra de la creación de la naturaleza, se encontrará un centro entre dos polos, que sin embargo está determinado en sus funciones mercuriales. En la trinidad de raíz, flor y hoja que forma la mitte, la planta es una obra consumada. Lo mismo vale para lo que en el ser humano es naturaleza: su cuerpo y sus órganos. El órgano cutáneo, por ejemplo, que se articula en la epidermis inervada y activa sensorialmente, la dermis vascularizada (Corium) y la hipodermis metabólicamente activa (Subcutis). Lo mismo rige para el organismo agrícola: la función sensorial de las rocas en las profundidades, la actividad digestiva en el viento y el tiempo atmosférico en las alturas y, como miembro del centro, el suelo.

Distinto se vuelve para el ser humano en cuanto comienza a asumir, en libre autodeterminación, la regencia sobre el alma. Entonces aprende, como lo expresa Goethe, a «instruir sus órganos».[314] Aprende a educar su alma —que media rítmicamente entre espíritu y cuerpo— hacia grados cada vez más elevados

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de autonomía. En la medida en que aspira a ello, para lo cual está predestinado, sale paso a paso de su atadura al cuerpo y, al mismo tiempo, de la atadura sensorial al ser natural. Se eleva sobre la naturaleza y a la vez enraíza en ella. ¿No debe sentirse entonces llamado a regalarle al ser natural de la tierra algo que esta no puede tener por sí misma, de lo que tendría que carecer eternamente? Ciertamente, toda forma de dedicación sostenida por el amor es aquí necesaria. Pero ¿puede esta limitarse únicamente a la mera protección, a la conservación de lo existente, o debe ser implantado en la tierra hecha obra y con ella en el cosmos un nuevo principio evolutivo —en el sentido de una «creación desde la nada» que no es causada por ninguna necesidad exterior, sino que brota como acto libre de lo espiritual-anímico del ser humano?[315] En respuesta a esta pregunta, cabe suponer, Rudolf Steiner concibió los preparados biodinámicos desde el conocimiento de la corriente de los tiempos que viene del futuro —como una especie de «abono» para la corriente de los tiempos que viene del pasado y que se ha convertido en la obra de arte de la creación. Puede parecer esto pensado con demasiada grandeza. Pero quien cultiva en conocimiento del corazón el trato práctico con los preparados puede ganar, en un sentir más profundo, una seguridad de juicio de que su manejo marca un primerísimo comienzo en la dirección apuntada. Su modo de elaboración sigue estrictamente el principio de la trinidad —mas de una manera nueva; no se articula conforme a la unidad primordial dada, sino que se construye a partir de los productos de líneas evolutivas pasadas. Estos productos —lo físico-mineral (sílice) de la tierra, lo viviente del reino vegetal (flores) y lo animado del reino animal (órganos)— forman los polos de una polaridad que no está dada por la naturaleza. Lo que relaciona entre sí estos productos finales de la evolución, haciendo surgir así una nueva polaridad, y lo que los eleva a síntesis de una nueva trinidad, es la voluntad guiada por ideas del ser humano. Idea y voluntad son formadores de un nuevo centro (véase figuras 23, 24, 25), de nuevas composiciones de sustancias que son portadoras de fuerzas de naturaleza física, etérico-viviente, astral-animada y espiritual. Por el camino de la investigación espiritual, un bien de sabiduría —ideas— ha sido depositado en los corazones y las manos de los seres humanos, que en su transformación pueden proseguir libremente la «obra» del ordenamiento de la materia por el «Cristo». Las nuevas composiciones de sustancias de los preparados son invenciones de la investigación espiritual surgidas desde la supranaturaleza, tal como la síntesis del amoníaco es un resultado de la investigación de la

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naturaleza físico-anorgánica y la tecnología atómica una de la subnaturaleza. En el primer caso se trata de un manejo elevado a arte de composiciones de sustancias de la esfera de la vida, de lo anímico y de lo espiritual, para vivificar la materia entregada a la muerte —lo «sólido-terroso». En los dos últimos casos, amenaza con atrofiarse la fuerza generadora de vida de la naturaleza vegetal o con ser aniquilado el ser de toda criatura en la tierra.

Aproximación a la comprensión de las materias primas para la preparación

Como representante del reino mineral, encontramos el cristal de cuarzo y también el ortoclasa (feldespato potásico); del reino vegetal, la milenrama (Achillea millefolium), la manzanilla (Matricaria recutita), la ortiga (Urtica dioica), la corteza de roble (Quercus robur), el diente de león (Taraxacum officinalis) y la valeriana (Valeriana officinalis); del reino animal entran en consideración el estiércol de vaca así como determinados órganos —predominantemente de la vaca, en un caso de ciervo noble. Todas estas materias de partida son productos finales de la evolución con propiedades que no pueden derivarse de los elementos singulares y sus propiedades que participan en la composición de dichas materias. Como ya se ha indicado repetidas veces, el cristal de roca (SiO2) cumple en la economía de la naturaleza una suerte de función sensorial frente a las fuerzas que irradian como fuerzas formativas desde el cosmos más lejano y que cada año, repitiéndose, ayudan a las plantas a alcanzar la forma que han asumido evolutivamente. ¿Puede esta función sensorial del cuarzo —que actúa bajo tierra en el espacio radicular— invertirse de tal modo que, en la parte aérea, entre el follaje, capte de manera metabólicamente activa las influencias planetarias?

A la inversa: ¿puede la vida que se extingue en la planta someterse a un proceso de transformación tal que estimule, bajo tierra, procesos sensoriales en la raíz frente a lo meramente mineral en lo sólido-fluido? A estas preguntas se les da seguimiento por separado en el capítulo siguiente.

En la preparación de los preparados de compost o de abono, la pregunta de partida es: ¿cómo puede lo «sólido-terroso» —es decir, lo anorgánico-muerto, lo que ha quedado reducido al mero elemento desintegrado (K, Ca, Fe, Si, P)— ser vivificado de un modo nuevo? Las materias de partida para ello las aportan las plantas para preparados mencionadas más arriba, así como determinados animales (envolturas de órganos). Lo que es propio de todas las plantas —la capacidad de vivificar lo mineral mediante su organización vital— se presenta

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en las plantas para preparados como un poder específico en cada caso. Vivificación significa aquí que las sustancias físico-terrestres son elevadas al fluir vivo de la planta y con ello alejadas de sus propiedades físicas. El potasio, por ejemplo, que desde el punto de vista físico tiene propiedades bien delimitadas, manifiesta ahora una fuerza que se hace visible y operante por el obrar «superior» y viviente de la planta —una fuerza que lo «inferior» no puede llevar a manifestación por sí solo. Cuando el potasio se convierte de este modo en proceso vivo, aparecen otras propiedades: como el mantenimiento de la presión de los jugos (turgor), la estabilización de los tejidos o, en el caso del calcio, las nuevas propiedades de la multiplicación y extensión celular, del crecimiento radicular y de la formación de tejidos. Esta liberación de las sustancias respecto de su sujeción a las propiedades meramente físicas avanza en la medida en que la organización vital suprasensible de la planta se sensibiliza en la forma exterior, es decir, a la vez muere en ella. En el ámbito de la raíz, las propiedades salinas son aún las dominantes. Estas se disuelven en los procesos de crecimiento de las hojas que verdean, y progresivamente en la sucesión foliar de abajo hacia la flor. Este proceso oculto, que se desarrolla inicialmente en el ámbito de lo acuoso, se manifiesta de manera ascendente en los ámbitos de acción del aire y el calor —en la creciente conformación de las hojas, en la elaboración de la flor y, sustancialmente, en la formación de proteínas, aromas y perfumes de alta complejidad. Las propiedades que las sustancias han asumido en el ámbito del crecimiento vegetativo de las hojas se pierden de nuevo hacia la formación de la flor. En la flor emerge la imagen primordial de la planta. En ella, en el ámbito de la acción calorífica, el alejamiento de la sustancia respecto de sus propiedades físicas —y con ello el grado de su apertura frente a las fuerzas configuradoras de la organización vital de la planta— alcanza su cima. La signatura exterior de este acontecer son la flor irradiante, el polen que se esparce y las fragancias que se difunden. Por el camino de la vivificación y el refinamiento graduales, el proceso de sustancia terrestre se abre en la flor a las influencias del entorno cósmico. Esto puede abrirse a la contemplación cuando uno se adentra en el gesto de la flor que asciende sin voluntad propia, abriéndose hacia el cosmos. Este refinamiento de los jugos[316] —cabe hablar también, en el sentido de Goethe, de una purificación ascendente del jugo terrestre, de la corriente ascendente de sal y agua del xilema— o bien el alejamiento de la corriente de sustancia

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de su naturaleza meramente física alcanza su cima y su término en la flor, en el ámbito de la imagen primordial que se revela de la planta. Más allá de la flor, la planta ya no puede elevarse. Pero la flor se marchita apenas ha florecido. La planta regresa a la tierra, ya sea como semilla, ya sea en forma de sus formaciones orgánicas, que se transforman en humus en la tierra.

En sus procesos orgánicos, la organización vital de la planta mantiene en flujo la sustancia inanimada tomada del entorno: «Lo inanimado se transforma en lo viviente.»[317] Pero esto muere en la forma de los órganos vegetales, p. ej. de la hoja, de la flor. Se plantea la pregunta de si la corriente de sustancia que ha sido mantenida en flujo hasta la flor —pero que allí ha llegado a su término, abierta al cosmos— puede ser preservada, incluso vivificada de nuevo en un nivel superior. Cabe suponer que esta fue la pregunta de partida de Rudolf Steiner en su búsqueda de sustancias abonantes que puedan «vivificar por sí mismas lo terroso, lo sólido». La respuesta desde la investigación espiritual sólo podía ser: elevar la corriente de sustancia terrestre vivificada por la planta a una esfera propia de la naturaleza superior del animal. Pues en el animal la sustancia viviente permanece en flujo a través de su organización astral, que inserta los órganos dentro del fluir vivo.[318]

En la actividad orgánica del animal, la vida que en la planta muere en la forma es mantenida en corriente; la sustancia meramente viva de la planta se convierte en el animal en sustancia sensible. ¿Existe entonces —preguntando de nuevo— un camino para elevar la sustancia terrestre vivificada por la planta, por encima del abismo que existe entre el reino vegetal y el animal, y llevarla al ámbito de las fuerzas interiorizadoras de lo anímico? Que este abismo no es absoluto lo muestran los efectos curativos de ciertas plantas sobre órganos enfermos en el ser humano y el animal: así, por ejemplo, el efecto curativo de la manzanilla respecto de las enfermedades intestinales, el de la milenrama respecto del fortalecimiento de la fuerza purificadora de la sangre en el proceso riñón-vejiga. El efecto curativo descansa en el modo de la vivificación de sustancias terrestres específicas por parte de la organización vital de la planta medicinal en cuestión. Esta vivificación específica de los procesos de sustancia terrestre es lo que Rudolf Steiner tiene ante sí cuando se trata de preparar una sustancia abonante en la que este proceso de sustancia pueda mantenerse permanentemente en flujo. La consideración precedente muestra que para ello se abre un camino cuando se logra establecer una relación directa con el

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órgano correspondiente y con ello con la organización astral de una determinada especie animal. Tales relaciones las ha abierto Rudolf Steiner por el camino de la investigación espiritual. Se trata de envolturas de órganos que, junto con las sustancias vegetales y el obrar de las fuerzas de la tierra y del cosmos, constituyen el fundamento de la preparación.

El rango de este invento surgido de la investigación espiritual puede aclararse, sobre el trasfondo del desarrollo tecnológico-científico contemporáneo, mediante la siguiente consideración: como ya se ha indicado repetidas veces, en el curso de la evolución, por el camino de la hominización, los reinos de la naturaleza se han desglosado de un estado originario —espiritual en su naturaleza— que abarcaba al ser humano y a la tierra.[319] Este devenir ha cristalizado en la obra de la creación perceptible a los sentidos: lo mineral inanimado se encuentra separado del mundo vegetal vivificado, y este del reino animal ensoulado. En la contemplación de la naturaleza puede hablarse, ante cada fenómeno sensible, de un estado final llegado a la perfección, un estado que ha llegado a ser. El cristal es uno de ellos; también la planta en flor, así como el animal que vive plenamente su especie. ¿Puede el cristal de roca ser más perfecto de lo que es, ni tampoco un diente de león, o un gusano, un pez, un pájaro, un insecto o un mamífero? Lo que en los reinos de la naturaleza nos sale al encuentro de manera sensible es la obra de la creación de la evolución cristalizada en la perfección.

Esta obra de la creación es hoy el punto de partida de toda tecnología. Esto vale de manera especial para la naturaleza inanimada, estrictamente aprehensible en leyes naturales. Se busca desentrañar el secreto de la sustancia física y de ahí se crea, por ejemplo, una tecnología orientada a liberar la energía aprisionada en la sustancia pensada como átomo —es decir, en un estado final evolutivo— mediante su demolición intencionada. Esta energía liberada de la sustancia inanimada se revela, sin embargo, en el más alto grado como hostil a la vida. Tiene el poder de borrar la evolución cristalizada en la obra.

El proceso de desintegración atómica provocado arbitrariamente representa el polo opuesto al enfoque que subyace a la elaboración de los preparados de aspersión y de abono. En su elaboración no se divide ulteriormente lo que en la naturaleza ya se encuentra separado, sino que el estado final evolutivo —por ejemplo, la flor de la planta, el órgano animal— es puesto en una relación para la que la mera observación de la naturaleza no ofrece indicación alguna. La naturaleza pone a disposición, como «logro» espacio-temporal, el material: plantas medicinales, órganos animales y las condiciones del suelo en los ritmos de las estaciones; la relación concreta

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de estos entre sí, sin embargo, la abre la investigación espiritual y se hace realidad mediante el acto del ser humano.

La nueva composición de los tres reinos de la naturaleza significa una reconfiguración artística. Pero lo esencialmente nuevo y viviente acontece desde la actividad del espíritu, desde el Yo humano, que se convierte en receptáculo para la conciencia divina creadora, la «fuerza del Cristo».[320] Este es, en conexión con el desarrollo anímico humano guiado por el espíritu, el camino que desde impulsos de libertad estimula el obrar artístico en la tierra —el camino por el cual la creación puede ser continuada, dado que lo divino-paterno ya no actúa directamente desde fuera en la naturaleza.

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Elaboración y manejo de los preparados biodinámicos

Los preparados de cuerno de estiércol y cuerno de sílice – elaboración, aplicación y eficacia

El preparado de cuerno de estiércol[321]

En el arco ascendente y descendente del semestre de verano, el tiempo de la exhalación de la tierra, la planta que crece se convierte en imagen de las fuerzas que actúan en el entorno de luz, aire y calor. Este crecimiento proporciona el alimento para el ser humano y el animal. Es ante todo el rumiante, el bovino, quien absorbe el crecimiento de praderas, pastizales y parcelas de forraje. Este alimento es elevado, en el acto de la rumia y la digestión en los preestómagos, al nivel de la vivencia anímica. En la descomposición material de la sustancia vegetal, la vaca degusta las fuerzas cósmicamente constitutivas de la sustancia vegetal. Realiza un «kosmisch-qualitative Analyse» (análisis cualitativo-cósmico) (cfr. cap. «Das Rind», p. 146 ss.). En esta actividad sensorial gustativa y analítica durante la elaboración del forraje, la vaca experimenta la naturaleza del entorno del que proviene el alimento, la particularidad, por ejemplo, de las condiciones estacionales del suelo y del clima. Rumiando percibe todo esto como poderosas configuraciones de fuerza. En este estado, concentrado hacia dentro en vigilia y soñador hacia fuera, su alma o cuerpo astral se une plenamente con el cuerpo etérico, y este le refleja los procesos digestivos físico-químicos. Con infinito bienestar, el alma de la vaca participa en lo que acontece en el cuerpo: «Das ist eine ganze Welt, welche die Kuh sieht.» (Es un mundo entero el que la vaca contempla.)[322] No puede retener este vivir-animado-como-fuerza ni reclamarlo para sí, pues carece de ser propio, carece de Yo. Debe excretar esta actividad de fuerza que ha compenetrado con su ser anímico. Esto es lo que confiere al estiércol de vaca la fuerza fertilizante singular —la más elevada y armoniosa a la que llega la naturaleza.

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A lo largo del verano, bajo la irradiación solar directa, se intensifica la composición sustancial del crecimiento forrajero. La manada que pasta lo percibe progresivamente en el proceso digestivo. En otoño alcanza su punto culminante este proceso de maduración del forraje y su análisis cualitativo-cósmico a través de la vaca. Podemos hacernos presentes en ello mediante una vivencia observadora participante. De ahí surge una comprensión para la indicación de Rudolf Steiner de recolectar en otoño las boñigas de los pastizales, que se necesitan para la preparación siguiente. En este estiércol de vaca tenemos ante nosotros una masa en gran medida amorfa, un producto final del metabolismo que contiene algo que pertenece esencialmente a la vaca, porque si bien fue compenetrado por su ser anímico, no fue reclamado por este. Con la excreción realiza ella, por así decir, una renuncia. El estiércol bovino, abandonado a sí mismo, se disolvería en el proceso natural general de formación del humus. En cambio, nosotros invertimos el curso normal del acontecer natural con el primer paso de preparación que sigue a continuación (véase figura 23, p. 347):

Nos procuramos cuernos de vaca —los cuernos de toro son inadecuados para ello—, en la medida de lo posible de la propia manada, y rellenamos el estiércol en su cavidad. El cuerno de vaca es una formación polar al estiércol de vaca. Se asienta sobre la cabeza, el polo neurosensorial del animal, y es una formación cutánea altamente condensada que ha cristalizado en la pura forma. El cuerno se superpone sobre una protuberancia ósea que crece lateralmente desde el hueso frontal y, con su cavidad llena de aire, comunica con el seno frontal. La protuberancia ósea está atravesada por una fina red de venas que abastece de sangre la dermis y la epidermis encargada del crecimiento del cuerno. Por la intensa irrigación sanguínea, el cuerno se siente llamativamente cálido. En el cuerno así pulsado de vida se concentran los cuatro elementos físicos de lo sólido, lo líquido, el aire y el calor en una especie de órgano sensorial que, en lugar de abrirse hacia fuera, se abre hacia dentro; es un órgano de retención y concentración (figura 22, p. 346).

Como densa envoltura de forma, irradia de regreso hacia el organismo digestivo lo que desde este asciende a través del torrente sanguíneo hacia la cabeza. Se puede decir que el bovino necesita la función de irradiación retroactiva de los cuernos para configurar las formaciones de fuerza procedentes del acontecer digestivo —¿son acaso Imaginaciones inconscientes?— hacia la adecuada fuerza fertilizante.[323]

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Abbildung 22: Der physische Bau des Kuhhorns und das Zusammenwirken der vier Elemente zur Funktion eines nach innen gerichteten Sinnesorgans.

Con el relleno de los cuernos se efectúa el primer paso de preparación y con él el primer paso de emancipación del curso natural del acontecer natural (figura 23).

Representa una inversión del proceso natural. Lo que fue excretado hacia fuera llena ahora un espacio interior. El cuerno condensado en la pura forma da envoltura a la sustancia amorfa. Nosotros mismos nos situamos entre el polo neurosensorial y el polo metabólico-motor del bovino y creamos, guiados por el resultado de la investigación espiritual, una nueva relación entre los productos finales de ambos polos, el cuerno y el estiércol. Lo que evolutivamente en la vida del bovino ha llegado a su término en dos direcciones constituye, en su unión, el punto de partida de un nuevo camino de desarrollo. Si se quiere ponderar el alcance de este proceso, así como el de los pasos de preparación siguientes, hay que dirigir la atención hacia los tres caminos de investigación mencionados: hacia el contexto de ideas orientador, hacia la experiencia de voluntad en la actividad misma y, mediando entre ambos, hacia los hechos observables que nos ilustran, en el conocimiento de las manifestaciones vitales del bovino, sobre el significado del estiércol de vaca y de los cuernos.

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Abbildung 23: Umstülpungs- und Emanzipationsschritte bei der Präparation des Hornmistes.

En el segundo paso de preparación, los cuernos, inmediatamente después de ser rellenados, se entierran en la tierra y reposan en ella a lo largo del invierno. La vegetación se ha retirado a estados germinales, la tierra vive espiritualmente en estado de vigilia sensorial en la inhalación y está expuesta, en los elementos de lo acuoso y lo sólido, con mayor intensidad a las fuerzas cristalizantes de la esfera de las estrellas fijas.[324] Una vez más invertimos el proceso natural —un segundo paso de emancipación del curso natural—, de modo que la sustancia amorfa del estiércol, que en condiciones naturales se disuelve en los procesos de formación del humus del verano, queda ahora expuesta a las fuerzas formadoras de cristales del invierno. A la inversión espacial sigue una inversión en el tiempo. El estiércol de vaca se convierte en matriz receptiva para las fuerzas que, transmitidas a través de los estados elementales físicos de lo sólido y lo líquido, irradian en la tierra hacia el interior de la cavidad del cuerno y, retenidas en su retorno, se concentran en la masa del estiércol como fuerza fertilizante configurante.

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Preparación en el ritmo del año

Abbildung 24: Umstülpungs- und Emanzipationsschritte bei der Präparation des Hornkiesels.

En primavera sacamos los cuernos de la tierra —un tercer paso de emancipación—, golpeamos para extraer el contenido y tenemos en las manos una nueva sustancia con nuevas propiedades. Esta nueva creación sustancial recibe su significado y su eficacia a través del proceso de devenir descrito, que ella atraviesa. El preparado terminado es, por obra de las fuerzas activas durante el invierno bajo la tierra, una nueva sustancia «penetrada y entretejida de espíritu»[325] (Figura 23, S. 347).

El preparado de cuerno de sílice

El proceso de elaboración del preparado de sílice de cuerno transcurre de manera polar respecto a los dos primeros pasos de la preparación del estiércol de cuerno (Figura 24).

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A diferencia del estiércol como producto metabólico del verano, el cuarzo cristalino es un representante del acontecer invernal de la Tierra: el «Kiesel» (cuarzo, cristal de roca) es el «sentido externo universal en lo terrestre».[326] Es el que con mayor fuerza resiste las fuerzas de la meteorización. En el primer paso emancipamos el cuarzo de su ser cristalino natural, quebramos su estructura cristalina, lo molemos tan fino como el polvo es posible, lo hacemos amorfo. Luego amasamos la harina de sílice con un poco de agua y la introducimos en cuernos de vaca. También en este primer paso de la preparación se cumple una inversión: un exterior se convierte en interior (Figura 24). Y lo mismo ocurre en el segundo paso, un segundo grado de emancipación. El cuarzo, afín a las fuerzas invernales, se convierte en sustancia estival al ser enterrados los cuernos rellenos en primavera, donde reposan durante el verano en la tierra. El cuarzo llevado al estado amorfo se convierte ahora en una matriz receptiva para las fuerzas metabólicas predominantes en el tiempo estival, activas en el calor y el aire. Captadas y reflejadas por la cavidad interior del cuerno de vaca, estas fuerzas se concentran en la harina de sílice hecha receptiva para ello. Esta queda así en condiciones de retener y conservar las fuerzas del obrar estival, del mismo modo que el estiércol de cuerno retiene las del obrar invernal.

Surge naturalmente la pregunta de por qué los cuernos de sílice se entierran durante el verano y no se exponen directamente sobre la tierra a las fuerzas que actúan en el calor, la luz y el aire. Mi consideración al respecto es que no se trata de concentrar las fuerzas en el cuerno de vaca tal como actúan directamente sobre la tierra, sino más bien de esas mismas fuerzas en la medida en que son absorbidas por la cal bajo la tierra y, de ese modo, actúan indirectamente en el crecimiento vegetal a través de la raíz, mediadas por la arcilla.[327]

Cuando en otoño, en San Miguel, volvemos a desenterrar los cuernos —un tercer paso de emancipación—, obtenemos con su contenido una vez más una nueva sustancia con nuevas propiedades: la sílice de cuerno. Su ser y su significado se desprenden de los tres pasos de emancipación descritos —desde el mero acontecer natural, a través de la idea y la voluntad del ser humano. El preparado terminado está marcado por el obrar de la sustancia en

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Abbildung 25: Fortsetzung von Abbildung 23 und 24: Der Rührvorgang, die Anwendung und die Bereiche der Wirksamkeit des Hornmist- und Hornkieselpräparates.

la tierra durante el verano; es un concentrado de «espíritu entretejido de materia».[328]

Ambos —el estiércol de cuerno y la sílice de cuerno— surgen como composiciones de sustancia no como prolongación de la legalidad que reside en la naturaleza. Esta se agota en lo que la naturaleza produce como formaciones en el acontecer estacional: suelo, estiércol, cuarzo, cuerno. Ambos surgen mediante una triple inversión desde el espacio hacia el tiempo y de regreso al espacio. Si intentamos revivir reflexivamente este proceso en nuestro propio acto, en el sentido de los tres caminos de investigación

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puede ir revelándose cada vez más el sentido oculto de este proceso.

El proceso de agitación

Inmediatamente antes de la aplicación sigue, del mismo modo para ambos preparados —cada uno por separado—, el cuarto paso de la preparación, y con él el cuarto peldaño de la emancipación: el proceso de dinamización, es decir, la transferencia del estado sólido-terroso de los preparados al estado líquido (Figura 25).

Una pequeña cantidad de sustancia de cada preparado (estiércol de cuerno, un máximo de cuatro contenidos de cuerno por hectárea; sílice de cuerno, la punta de un cuchillo = 3 a 4 g/ha) se dinamiza durante una hora en agua a temperatura de mano, en alternancia rítmica. Lo mejor es hacerlo con una vara de mezcla sujeta de manera móvil al techo o a una viga transversal, que sumerge el batidor en un barril lleno de agua. Se comienza poniendo lentamente en movimiento la masa de agua mediante un giro circular en la periferia. A medida que se acelera continuamente, el batidor migra hacia el eje central en dirección al embudo de torbellino que va formándose. En él, la velocidad del agua en rotación alcanza un máximo; hacia la pared del barril se ralentiza. En un torbellino existe la tendencia a una velocidad ilimitada hacia el centro —de ahí la fuerza de succión—; hacia la periferia la velocidad tiende a cero. Entre ambos polos surgen, por diferencias de velocidad, capas de torbellino enrolladas que se aproximan a la bidimensionalidad, a la idea de la superficie. El cuerpo homogéneo del agua se estructura en superficies que se deslizan unas junto a otras, tanto en relación espacial entre centro y periferia como temporalmente, elevándose desde el estado de reposo del agua hasta el despliegue máximo del embudo de rotación.[329] Al alcanzar su máxima conformación —cuando se llega al límite de las propias fuerzas para seguir acelerando la masa de agua—, una resistencia abrupta del batidor destruye el embudo; la masa de agua estructurada se derrumba, cae en el estado de un caos informe y se aproxima por un instante al estado de reposo homogéneo, para ser acelerada a continuación en dirección contraria hacia una nueva formación de torbellino. El líquido se mantiene así, en alternancia rítmica, en las polaridades de reposo y movimiento, homogeneidad y articulación en superficies durante la construcción del embudo de torbellino.

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Esta masa de agua que se disuelve una y otra vez en superficies por diferencias de velocidad se convierte simultáneamente en matriz receptiva para una triple impresión:

  • del potencial concentrado de fuerzas de la sustancia del preparado,
  • de las constelaciones de fuerzas cósmicas actualmente operantes,
  • del espíritu-alma individual del ser humano que, actuando a través de la voluntad, inaugura el proceso, lo conduce y lo mantiene.

El proceso de dinamización dura una hora. ¿Es esta medida de tiempo elegida arbitrariamente —para asegurarse, por ejemplo, de que la acción del preparado se ha unido al agua— o dónde reside el sentido? La respuesta no puede buscarse en el acontecer natural, sino en los ritmos cósmicos que son esencialmente activos en el ser humano y han conservado en él su origen. Macrocósmicamente es el ritmo día-noche de 24 horas. En este ritmo Tierra-Sol vive el Yo, el espíritu-alma del ser humano, en los estados del dormir y el despertar. A través de la organización del Yo del sistema neurosensorial, del sistema rítmico y del sistema metabólico-motor, este individualiza los ritmos macrocósmicos y los imprime en el cuerpo físico, por ejemplo como los ritmos de la respiración y del pulso cardíaco. Las longitudes de onda de estos ritmos se mueven en el ámbito de los segundos y los minutos. En los procesos neurosensoriales las frecuencias se acortan a fracciones de segundo, mientras que en su polo opuesto —las actividades del metabolismo— se amplían hasta la medida temporal de la hora o las horas.[330] En el polo metabólico-motor vive la voluntad, cuya activación y desactivación se cumple en el ámbito de la hora —de ahí, por ejemplo, la «hora de clase»—. Esto, junto con la propia experiencia, autoriza la certeza de que la medida temporal del dinamizar durante una hora se relaciona con el ritmo de la voluntad del ser humano metabólico-motor. Y es precisamente él quien pone en marcha y mantiene el proceso de dinamización.

En los estratos inconscientes de la voluntad vive a su vez el Yo; actúa a través de la voluntad en el mundo, aquí en el agua que ha de ponerse en movimiento. Todo el que está familiarizado con la dinamización de los preparados sabe que se puede sostener la medida temporal de una hora con una actividad de voluntad constante. Todo ser humano llena este lapso de tiempo en un ritmo que le es propio, conforme a su Yo que vive en la voluntad. Todo ser humano imprime a través de su voluntad su ritmo al agua dinamizada en las capas de torbellino en movimiento. Este

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ritmo de la voluntad humana es, frente a todos los ritmos de la naturaleza que son de origen macrocósmico, el único y primero ritmo que el ser humano como microcosmos imprime al acontecer natural en el curso de este tercer paso de la preparación.

Vale la pena considerar también lo siguiente: en el proceso de dinamización se puede ver microcosmicamente una transposición tecnológica de un acontecer macrocósmico. Cada uno de los planetas tiene una inclinación axial propia en relación con el Sol y una velocidad de rotación propia. En ello se expresa la signatura individual de los planetas en particular, el actuar de los «espíritus planetarios». Una anotación en cuaderno de Rudolf Steiner dice: «En la esfera se disuelve el universo / En el eje se forma / Con el Sol.»[331] De esto puede concluirse, en relación con el proceso de dinamización: el «espíritu humano» fija la velocidad de rotación y también el «eje», a saber, la inclinación respecto a la vertical en la que se conduce la vara de mezcla.

Sobre este trasfondo puede crecer la comprensión de que Rudolf Steiner, en el modo de su exposición científico-espiritual, pone valor en la dinamización a mano. No solo se imprime con ello algo del ser espiritual individual del ser humano al líquido dinamizado a través de la voluntad, sino que, de manera retroactiva, este recibe de este proceso —que él mismo produce— algo que se une a él de manera esencial. Por eso la dinamización a mano ofrece la oportunidad, como en ningún otro lugar del conjunto del acontecer de la preparación, de penetrar cognoscitivamente en los procesos según los tres caminos de investigación mencionados.

A esta oportunidad de sumergirse con conciencia despierta en el acontecer procesual de la dinamización se sustrae quien delega el proceso a una máquina. Se sustrae así a la propia labor de conocimiento el suelo de la experiencia vivida. La pregunta de por qué se dinamiza durante una hora pierde, por la exclusión de la voluntad humana, su punto de referencia y se vuelve sin sentido. Si se tratara únicamente de una mezcla óptima, esto podría alcanzarse con máquinas apropiadamente construidas —como por ejemplo la Turbula de Paul Schatz,[332] que trabaja según el ciclo de movimiento del cubo invertido— en una fracción de hora. Pero de eso no se trata. Si se dinamiza con máquinas, sea cual sea su construcción, o

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también con cascadas de cuencos de torbellino según John Wilkes (flow forms),[333] entra en consideración la indicación de Rudolf Steiner de que «también puede uno decidirse a ir deslizándose poco a poco hacia algo que es de sustituto».[334] El problema no es que con una máquina se pudiera imitar la dinamización a mano y producir embudos de torbellino tanto en giro a la derecha como a la izquierda; el sustituto consiste en que, en lugar de una voluntad guiada por el espíritu que genera un ritmo individual, un proceso de regulación técnica conduce el acontecer desde fuera en un compás de tiempo. El ritmo abre recíprocamente el cosmos, la Tierra y el ser humano; el compás los enajena entre sí.

La dinamización de los preparados crea, en el mejor sentido de la palabra, horas destacadas dentro de los ritmos de trabajo predeterminados del día. Estas horas deben ser configuradas. Esto puede lograrse dinamizando en lo posible de a dos, de a tres o en grupo, e invitando a personas del círculo de amigos de la finca a participar. De este hacer conjunto activo en la configuración individual de un proceso rítmico puede surgir el ánimo de distensión, serenidad y sentido de libertad en la actividad autodeterminada, que abarca la seriedad en la que las capas más profundas del propio ser de la voluntad se unen al acontecer de la dinamización.

La singularidad de la dinamización de los preparados abre a los tres caminos de investigación nuevas dimensiones, una vez más, hacia una comprensión que se va profundizando. Al margen de las indicaciones científico-espirituales de Rudolf Steiner sobre el modo de dinamizar, así como del amplio campo de hechos observables en relación con la formación y disolución del torbellino, etc., puede cobrar especial importancia la propia experiencia en las actividades anímicas del pensar, sentir y querer. Cabe advertir en ello la siguiente experiencia: la autoobservación muestra que el acontecer rítmico del proceso de dinamización se refleja en las proporciones en que las actividades anímicas del pensar, sentir y querer se relacionan entre sí en las distintas fases. Antes de decidirme a poner en movimiento la masa de agua, estas tres fuerzas anímicas forman en mí una unidad indivisa. Soy enteramente yo mismo y estoy frente a un afuera. En el momento en que, en una actividad pensante consciente, me decido a mover el batidor, el querer comienza a exteriorizarse en la actividad. Esta exteriorización se acrecienta más y más; mi voluntad debe adelantarse continuamente, sin ceder un instante,

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al agua que ha de ponerse en movimiento, hasta que mi fuerza de voluntad alcanza sus límites, es decir, ya no puedo acrecentar el impulso de movimiento para la formación del embudo. Paralelamente, en mí mi conciencia pensante se desprende cada vez más de la actividad de la voluntad y se interioriza hasta el grado en que contempla en perfecta quietud y con una autoconciencia elevada la propia actividad volitiva. Mi vivencia anímica se despliega en quietud del pensamiento y movilidad de la voluntad. En este campo de tensión que se construye con la progresiva formación del torbellino, mi sentir puede desplegarse independientemente del pensar y del querer, en pureza anímica y apertura al espíritu. Pueden entonces presentarse momentos de presencia espiritual acrecentada. Puedo entonces sentirme, entre quietud y movimiento, como uno con el acontecer exterior. Estoy en medio de ello. Aquí, en este sentir libre de sensorialidad que uno mismo ha suscitado mediante la propia actividad, se halla probablemente el manantial más profundo del que puedo extraer una certeza inspirativa acerca de la verdad del camino emprendido.

Cuando la voluntad de seguir acelerando el agua pierde la fuerza, la conciencia pensante vuelve a intervenir y mueve a la voluntad, mediante una contra-dinamización abrupta, a hacer derrumbarse el torbellino embudo. El agua forma entonces de nuevo, en el instante del punto de inversión, una unidad homogénea, y del mismo modo el pensar, el sentir y el querer, que en este acto «se derrumban» juntos desde la separación hacia la unidad, se reúnen. De este hacerse uno madura entonces la decisión de una nueva formación de torbellino en dirección contraria, y de nuevo las fuerzas anímicas se separan entre sí. Así teje el alma durante una hora en el proceso de dinamización, rítmicamente, entre la referencia a sí misma y la referencia al mundo. A través de esta puerta el Yo se imprime rítmicamente en el mundo, y en el mismo ritmo el mundo se recoge de manera esencial en el Yo.

«El embudo se convierte aquí en la dinamización en imagen real de las conexiones entre el mundo y el Yo. En la fuerza de succión del embudo (producida, o mejor dicho traída a la manifestación, por la voluntad humana) el sustrato (y el ser humano) recibe en el punto final, a través de lo infinito, la conexión con el entorno, desde el cual las fuerzas cósmicas —que tienen su conexión con el material que se ha vuelto obra— pueden irradiar desde fuera y unirse con el sustrato en el proceso de remolino.»[335]

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La aplicación

Una vez que los dos preparados han sido llevados del estado sólido al líquido, se pulverizan inmediatamente después en el aire —el preparado de cuerno y estiércol en gotas más gruesas sobre el suelo, el preparado de sílice de cuerno como niebla de gotas más finas sobre las plantas (Figura 25, pág. 350). Para ello se emplean los dispositivos correspondientes, que trabajan con poca presión y poco caudal (40 a 60 litros por hectárea o incluso menos). Es tentador ver en este proceso únicamente el aspecto de la distribución necesaria. Lo que sin embargo ocurre realmente y es accesible a la contemplación es la disolución del líquido movido rítmicamente en alternancia hacia un estado que se abre al elemento del aire —es decir, hacia una superficie que se extiende hacia lo ilimitado en la forma de la gota. La constelación de fuerzas que en el momento de la aplicación —por la mañana distinta a la de la tarde, por ejemplo— impera sobre campo labrado, pradera, jardín y huerta frutal en el aire, en el calor y en la luz, y que puede ser percibida como atmósfera, se imprime en aquella constelación de fuerzas que en la corriente del tiempo de los pasos de preparación precedentes se ha concentrado en cada gotita. A través de la disolución del agua removida en gotitas finísimas surge una multiplicidad de centros y, hacia el lado del aire, de superficies periféricas limítrofes que en su conjunto se agrandan hasta lo inconmensurable. La membrana cutánea de cada gotita centellea en la luz que la irradia con todos los colores y está —polar a la fuerza de succión del torbellino de remoción— en las superficies limítrofes de su forma esférica abierta por todos lados a las fuerzas del entorno que actúan en el elemento del aire.

La aplicación del preparado de cuerno y estiércol tiene lugar en la siembra sobre el suelo trabajado, preferiblemente de forma simultánea en combinación directa con el sembrar, y en su caso una segunda vez en relación con el laboreo de la piel del suelo en primavera. En el pradizal los momentos adecuados se dan en otoño y primavera, respectivamente después del pastoreo y del corte del heno; en el fruticultura, antes del brote de las yemas y tras la cosecha. En el transcurso del día, siguiendo el ritmo de la inhalación de la tierra, se prefieren las horas del último tramo de la tarde para remover y pulverizar, especialmente cuando el cielo está nublado.

Polar al preparado de cuerno y estiércol, el preparado de sílice de cuerno se aplica por regla general dos o más veces durante el período de crecimiento y maduración. Los momentos apropiados resultan de adentrarse en los ritmos de crecimiento de los cultivos individuales. Como regla básica para la elección del momento puede valer que el preparado de sílice de cuerno apoya armonizando la fase de crecimiento y maduración en la que se encuentra el cultivo respectivo en ese momento. En el transcurso del día

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se removerá, siguiendo el proceso de la exhalación de la tierra y con ello la corriente de savia ascendente, en las primeras horas de la mañana, y se pulverizará sobre los cultivos todavía húmedos de rocío. En cambio, en la fase de maduración de los cultivos que fructifican en lo vegetativo —como los cultivos de escarda, etc.—, sería preferible una pulverización que actúe sobre la corriente de savia descendente, al final de la tarde hasta cerca de la noche. Los momentos de aplicación de ambos preparados no están sujetos a ninguna regla general, sino a la relación personal que uno mantiene con sus cultivos en relación con el conjunto de la explotación agrícola. Resultan —y con frecuencia con gran determinación— de la fuerza de la Intuición, cuando uno se detiene en el trabajo, sea por la noche, sea en el recorrido por los campos, y, permaneciendo en la observación, reflexiona sobre lo experimentado.

Die Wirksamkeit

Ambos preparados han recorrido hacia atrás, en el camino hasta aquí transitado, los estados elementales de lo Sólido-Terrestre, del Agua y del Aire, y se disuelven en el Calor en el momento y el lugar en que llegan en forma de gotitas (Figura 25, p. 350). En el lapso más breve, lo sustancialmente aprehensible, lo ponderable, ha sido absorbido por el suelo o evaporado. A través del estado del Calor se vuelve eficaz lo que es pura acción de fuerza de algo espiritual, lo que en el transcurso de la preparación se ha concentrado en la cavidad del cuerno —en el estiércol o en el sílice respectivamente—. Hay que acompañar en contemplación exterior e interior este camino de cuatro etapas para traer la comprensión adecuada a la forma de expresarse del investigador espiritual respecto a la eficacia: «como el estiércol del cuerno de vaca empuja desde abajo, el otro (el sílice de cuerno) atrae desde arriba».[336] Se habla de puras acciones de fuerza en lo viviente, surgidas en el tránsito a través de un acontecer espacio-temporal. Actúan ahora de vuelta sobre las condiciones terrestres de espacio y tiempo de tal manera que la planta, desde el germen a través del crecimiento del brote hasta la madurez del fruto y la semilla, puede integrarse conforme a su tipo y a las condiciones del lugar en el eje vertical Tierra-Sol. Lo esencial vive en el Calor y se manifiesta a través del Calor.

El preparado de cuerno y estiércol despliega su acción bajo la tierra —hablando en imagen, en la cabeza de la individualidad agrícola—, en el espacio de las raíces. Es en este sentido un «abono de cabeza». Abona los procesos que tienen lugar bajo la tierra,

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que son afines a los procesos neurosensoriales en la cabeza humana (Figura 25, p. 350). Ha absorbido estas fuerzas abonantes durante el reposo de los cuernos en la tierra invernal, en el tiempo en que estas fuerzas actúan naturalmente con mayor intensidad en el interior de la tierra. Disponemos por ello en el cuerno y estiércol de un «abono de fuerzas invernales» que, de manera polar a la estación invernal, puede emplearse libremente según los tiempos de siembra de las plantas cultivadas desde la primavera a través del verano hasta el otoño. El estiércol de vaca —activo metabólicamente— se ha transformado en un abono activo sensorialmente, que fortalece la actividad propia de la raíz frente a lo meramente mineral del suelo. «Educa» la capacidad sensorial de la raíz, que se expresa, por ejemplo, en la capacidad de apertura de los minerales —«la raíz de las plantas [...]: Es un ojo, pero un ojo deficiente».[337] Este hecho lo reflejan investigaciones experimentales que muestran que la raíz crece de manera más característica de la especie, se ramifica más finamente, penetra verticalmente más en profundidad en el suelo y con ello se abre un mayor volumen de suelo.

El preparado de sílice de cuerno despliega su eficacia sobre la tierra, en la zona del brote y de las hojas. Aquí, en el «vientre» de la individualidad agrícola, reina una intensa actividad metabólica en intercambio con el aire, el calor y la luz (Figura 25, p. 350). En esta relación recíproca de las fuerzas periféricas por un lado y de las savias vegetales ascendentes y descendentes por el otro, actúa el preparado de sílice de cuerno armonizando. Es en este sentido un «abono metabólico» para la planta. Ha absorbido esta fuerza abonante durante el reposo de los cuernos en la tierra estival, en el tiempo en que estas fuerzas metabólicas estivales actúan con mayor intensidad. El cuarzo cristalino, activo sensorialmente —representante de la tierra invernal— se ha transformado, en el curso de los pasos de emancipación descritos, en un abono de fuerzas estivales activo metabólicamente. Con su ayuda podemos de nuevo individualizar libremente el gran ritmo macrocósmico del curso del año en relación con el cultivo que estamos produciendo en cada caso. Abre la planta frente a su entorno e igualmente frente a su tipo, frente a su imagen primordial espiritual. Esta se manifiesta tanto más claramente en la apariencia de la planta —por ejemplo en la configuración de las hojas, en la metamorfosis foliar—, como también en la composición de las sustancias en todos los estadios de la vitalización, el crecimiento y la desvitalización, la floración, la madurez y la formación de semilla. En interacción con el preparado de cuerno y estiércol, armoniza los procesos de formación del fruto, procura, como muestran investigaciones experimentales,

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reposo fisiológico en la maduración y con ello —en consistencia, color, aroma y sabor— cualidades que, apuntando más allá del umbral de lo meramente vegetal, constituyen el valor nutritivo para el animal y el ser humano.[338][339][340]

El cuerno y estiércol y el sílice de cuerno se condicionan mutuamente. Actúan en el eje Tierra-Sol, que se hace sensible en la verticalidad de la raíz y el brote. Abren además la planta a las fuerzas periféricas, lo que se manifiesta en la intensa ramificación de la raíz y la configuración del follaje. Con el uno abonamos con fuerzas invernales, con el otro con fuerzas estivales. Abonamos la vida con aquello que sostiene toda vida. Son sustancias mantenidas en lo viviente que liberan fuerzas que individualizan de manera estacional la relación creadora de ritmo entre la Tierra y el cosmos.

Existen numerosas investigaciones experimentales sobre los preparados de aspersión.[341] Aportan en una u otra dirección una confirmación de su eficacia. Para quien pregunta por su ser y su significado, la comprensión crecerá en la medida en que se logre —a través de los tres caminos de investigación mencionados— abrirse al fundamento ideal de la ciencia espiritual, hacerse presente de manera cognoscitiva la conexión natural referida a él en el conjunto del organismo agrícola y dejarse instruir por la experiencia de voluntad en el hacer.

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Los preparados de compost o estiércol

La confluencia de los dos grados de abonado mencionados —provenientes de la naturaleza viva y animada— bajo la conducción del tercero, el trabajo humano portador de ideas, es la herencia de la cultura agraria cristiano-occidental. Ahora, perdidos los instintos plenos de sabiduría de esa herencia, los impulsos morales en la práctica del abonado han de obtenerse desde una contemplación pensante de la sabiduría que actúa oculta en la naturaleza. Esta es expresión del macrocosmos que actúa desde el pasado. La naturaleza misma se ocupa de la ordenación de las sustancias en el estiércol de vaca, en el compost vegetal y en los cristales de la tierra. Esta ordenación se repite según las leyes de sabiduría del pasado cósmico. Cuando un cristal de sal se disuelve en agua, al evaporar se forman de nuevo cristales de sal de la misma especie. De la semilla de la manzanilla surge de nuevo una manzanilla. ¿Puede esta ordenación de sustancias cuajada en «obra»[342] ser vivificada de tal manera que se abra a las fuerzas de un cosmos en devenir? ¿Ha de verse lo cristiano de una futura agricultura en que la ordenación de sustancias consumada en el desarrollo macrocósmico pueda transformarse en el futuro mediante el acto libre del ser humano? El tema fundamental del Curso de agricultura de Rudolf Steiner es la vivificación de la Tierra misma. A este fin sirven los dos preparados de aspersión o de campo ya descritos, «cuerno y estiércol y sílice de cuerno». Le sigue la ronda de los seis preparados de compost o para el abonado, que se aplican igualmente en dosis homeopática como adiciones a los abonos vegetales y animales. Rudolf Steiner abre esta ronda con la descripción del preparado de milenrama, en el que el tema metodológico-compositivo resuena por así decirlo en su plenitud. Por eso habrá que describir este con mayor detalle tomando como ejemplo el preparado de milenrama. Las desviaciones del tema fundamental en la elaboración de los demás preparados hacen aflorar tanto más claramente el carácter propio de cada uno.

El principio de la elaboración repite el de la manera de proceder y la confluencia de los tipos de abonado que emergen de la naturaleza, pero ahora en un grado que se eleva por encima de la condicionadez de la naturaleza. El abonado ordenado por la naturaleza permanece ligado a la «obra» que llegó a ser. El punto de partida de la preparación de los preparados son ordenaciones de sustancias de esta obra, «materiales de obra» de los tres reinos de la naturaleza, que por la mano

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del ser humano son reunidos, pero ahora desde ideas del conocimiento del espíritu. Estas ideas contienen la relación de la obra llegada a ser con su fundamento esencial; en su aplicación práctica inician un nuevo desarrollo.

Descripciones detalladas sobre los materiales de partida de la preparación y sobre esta misma han sido presentadas por los siguientes autores, concretamente sobre:

  • las plantas de los preparados de Jochen Bockemühl y Kari Järvinen,[343] una contemplación que guía a avanzar desde la observación hasta el conocimiento esencial.
  • «Un entendimiento más profundo del ser de los preparados biodinámicos desde una perspectiva goetheánica, cristológica y de ciencia espiritual» de Erdmuth-M. W. Hoerner.[344]
  • El manejo práctico en la elaboración y aplicación de los preparados biodinámicos, una visión de conjunto exhaustiva de Walter Stappung.[345]

La composición del preparado de milenrama

Rudolf Steiner caracteriza la milenrama como «ein ganz besonderes Wunderwerk» («una obra maravillosa del todo particular»).[346] «Diese Schafgarbe stellt sich in der Natur so dar, als wenn irgendwelcher Pflanzenschöpfer bei dieser Schafgarbe ein Modell gehabt hätte, um den Schwefel in der richtigen Weise zu den anderen Pflanzensubstanzen in ein richtiges Verhältnis zu bringen.» («La milenrama se presenta en la naturaleza como si algún creador de plantas hubiera tenido en ella un modelo para poner el azufre en la justa proporción respecto de las demás sustancias vegetales.»)[347] Y además: «Die Schafgarbe entwickelt vorzugsweise im Kalibildungsprozess ihre Schwefelkraft. Daher hat sie den Schwefel genau in der Menge, die notwendig ist, um Kali zu verarbeiten.» («La milenrama desarrolla su fuerza de azufre preferentemente en el proceso de formación del potasio. Por eso contiene el azufre exactamente en la cantidad necesaria para elaborar el potasio.»)[348] «In der Schafgarbe verarbeitet der Schwefel den Kaliumgehalt so» («En la milenrama el azufre elabora el

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contenido de potasio de modo»), «dass er in der richtigen Weise sich verhält im organischen Prozess gegenüber dem, was nun den eigentlichen Leib, das Eiweißartige der Pflanze ausmacht.» («que se comporta de la manera justa en el proceso orgánico frente a aquello que constituye el cuerpo propiamente dicho, lo albuminoide de la planta.»)[349]

El azufre media lo espiritual-cósmico a las sustancias terrestres. Estas se ordenan según las fuerzas de la imagen primordial espiritual —la de la milenrama, por ejemplo— y la hacen aparecer en la forma o *Gestalt* de esta planta. En el ámbito de lo viviente, el azufre puede ser reconocido como portador del principio que crea desde el espíritu y que se expresa en la forma, en el configurar la *Gestalt*. El potasio, como formador de sales, es portador del principio de la sustancia y representa con ello lo terrestre. En la acción conjunta de ambos principios polares se cumple, en un proceso de ascenso, la formación de la albúmina en la planta. En cada estadio de su aparición, desde la semilla hasta la flor, la planta —y la milenrama en particular— es imagen de esta polaridad. De manera puramente objetiva se nos presenta ante los ojos cuando ponemos una semilla en la tierra. En la semilla se concentra la imagen primordial de la planta. En ella vive lo cósmico «como forma de la planta».[350] La semilla está rodeada de humus, el configurador en lo terrestre[351], y de los componentes minerales del suelo: sílice, cal, arcilla y las sales disueltas en el agua. La rodea, pues, una materialidad terrestre que, sin embargo, va perdiendo su carácter en la medida en que los componentes minerales cristalizan más completamente y con ello se vuelven insolubles en agua —como la sílice, por ejemplo. En el cristal aparece la imagen primordial cósmica del mineral como forma. En la materialidad disuelta imperan las leyes físico-terrestres.

Al hincharse la semilla, esta absorbe del suelo agua y las sales en ella disueltas. La forma cósmica de la planta entra en relación con la sustancia terrestre. El embrión se desarrolla de manera mercurial a partir de esta relación. Lo que en la semilla vive cósmicamente como forma de la planta se transforma en la forma terrestre de la planta que aparece sensible y físicamente. En el momento en que se absorbe la sustancia terrestre —el potasio, por ejemplo— esta se enajena ya en un primer paso de su legalidad físico-terrestre. En el campo de tensión entre el devenir-terrestre de la forma de la planta y el potasio que, por su parte, se va enajenando progresivamente de su naturaleza terrestre en el acontecer orgánico, se forma la albúmina. En la sustancia primordial de toda vida, la forma cósmica y la sustancia terrestre se compenetran. En la formación de la albúmina —en el punto de vegetación, por ejemplo— el proceso del potasio empuja y se dilata de abajo hacia arriba, y desde la

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albúmina el espíritu, sirviéndose del azufre como su mediador, edifica la *Gestalt* de la planta. En la formación de la albúmina vegetal cabe reconocer el punto de inflexión en el cual la forma cósmica de la planta se circunscribe a la terrestre y el representante de lo terrestre, el potasio, se abre a su ser-originario cósmico.

Abbildung 26: Metamorphosen der Stoffanordnung in den drei Schritten der Präparation der Schafgarbe.

Cuanto más hace aparecer la milenrama su forma terrestre exterior, tanto más se desprende el potasio de la condición de sus propiedades físicas. En cada estadio de esta cambiante relación recíproca entre forma y sustancia, entre devenir-terrestre y devenir-cósmico, la albúmina presenta una disposición sustancia-forma diferente. En la planta joven y hacia la raíz, está más emparentada con el potasio, es decir, con la sal (nitratos, aminoácidos libres); en la planta adulta y hacia la flor y el fruto maduro, se estructura de manera cada vez más compleja. Se vuelve afín al azufre, es decir, a la forma (Figura 26, p. 363).

En la flor aparece en consumada forma terrestre lo que en la semilla vivía cósmicamente como forma. Todo lo que en la semilla estaba dispuesto como posibilidad de llegar a ser forma se ha vertido en esta forma determinada. El ser de la planta no puede revelarse más allá de lo que se ha revelado en imagen hasta la flor. Por otra parte, la sustancia terrestre potasio está en la flor

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más enajenada de su carácter terrestre que en ningún otro momento. En la flor se disuelve en la formación de sustancia más delicada y refinada cósmicamente —en el pétalo coloreado, en el néctar, en el perfume que se difunde—. Lo uno, la forma,

se vierte completamente en la aparición terrestre. En su forma reconocemos sin lugar a dudas la milenrama: en la robustez de su tallo, en la disolución del limbo foliar en una ordenada multiplicidad de divisiones pinnadas que se ramifican como lanzas, y en los corimbos florales que irradian en blanco y rosa, en torno a los cuales se congregan sobre el receptáculo levemente convexo las flores individuales, secas, concentradas y compactas, propias de la compuesta. Lo otro, la sustancia que en la tierra aparece como potasio con propiedades físicamente determinables con exactitud, desaparece en el proceso orgánico, imprime en él ciertas propiedades y, ascendiendo de hoja en hoja, aproximada al cosmos en la flor, pasa a una especie de estado germinal. Que se contemple la inflorescencia de la milenrama: se ve en ella un alto grado de diferenciación morfológica físico-terrestre y al mismo tiempo este gesto de apertura al cosmos, tan falto de voluntad propia. Por encima de todo este gesto delicado y lleno de entrega —pero también el color, el perfume y el sabor— puede valer como indicación de que en la flor el proceso de la sustancia se aproxima, en una sutilización etérica, a estados cósmicos.

Así se refleja en la flor la relación de lo cósmico con lo terrestre en forma y sustancia, de manera polar a la semilla que germina en la tierra. La planta revela su ser en que en la flor muere en la forma, y en que simultáneamente el proceso de sustancia marcado por su ser desemboca en la flor en una especie de estado germinal cósmico. Por cerrada y perfecta que pueda parecer la flor, igualmente abierta y germinal es al mismo tiempo. Este estado de entrega abierta al cosmos dura solo un instante. Luego se produce, por un lado, el impacto que conduce a la formación de la semilla individual y, por otro, la forma vegetal se marchita hasta llegar a la flor y cae en la humificación, en la formación del humus como «semilla universal». ¿Cómo conservar este *status nascendi* de la revelación de la forma y de la sustancia etérica mantenida en flujo en la flor? ¿Cómo conducir el logro de la formación vegetal en la flor más allá del umbral inamovible puesto por la naturaleza, pasando por así decirlo entre la formación de la semilla y la formación del humus? ¿Cómo otorgarle permanencia al instante de la flor?

Puede imaginarse que Rudolf Steiner, investigando espiritualmente y dirigiendo la mirada hacia la milenrama, se encontraba ante tales preguntas. La mera contemplación de la milenrama no puede dar respuesta a estas preguntas. Se avanza cuando se sigue el efecto de la milenrama en el organismo animal y humano. Allí se revela como

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un importante remedio capaz de corregir «was an einer Schwäche

des astralischen Leibes liegt» («lo que se debe a una debilidad del cuerpo astral»).[352] El proceso floral de la milenrama se prolonga en su uso como remedio en el reino superior del animal de sangre caliente y en el reino del ser humano, y despliega allí, más allá de su campo de aparición exterior, un efecto benéfico y sanador. El investigador espiritual llama la atención sobre esta relación de la milenrama con algo que, como realidad anímica y espiritual, se encuentra más allá del umbral de su aparición. Pero esto tampoco da aún respuesta a la pregunta de cómo conservar como tal el proceso de forma y sustancia de la flor. Para lograrlo, Rudolf Steiner dirige la mirada investigadora hacia el reino animal, que en su mundo orgánico otorga permanencia al instante mediante la fuerza anímica ligada al cuerpo. El organismo animal encierra un mundo interior que en la planta florida aparece en imagen vuelta hacia afuera. Desde el nivel de la animalidad el investigador espiritual vuelve la mirada hacia la milenrama con la pregunta de qué proceso orgánico puede conservar «was in der Schafgarbe ist» («lo que hay en la milenrama»).[353] Este poder lo tiene «der zwischen der Niere und der Blase sich abspielende Prozess, und dieser Prozess ist wiederum von der substanziellen Beschaffenheit der Blase abhängig» («el proceso que se desarrolla entre el riñón y la vejiga, y este proceso depende a su vez de la constitución sustancial de la vejiga»).[354] Estas condiciones las cumple la vejiga del cérvido macho —es decir, el portador de cornamenta—. Se usa habitualmente la vejiga del ciervo.

El metabolismo de los fluidos termina en la vejiga. Esta absorbe, concentra y excreta hacia el mundo exterior lo que el riñón, en su percepción del organismo líquido animado, expulsa del interior como inutilizable. La actividad del riñón y la vejiga guarda una notable relación con su polo opuesto: la actividad del sistema neurosensorial orientada hacia afuera. Esto vale sobre todo para el ojo y, en el ciervo, para la cornamenta, que tras el proceso de muerte, durante algunos meses hasta su caída, se convierte en una especie de órgano sensorial táctil. El ojo aparece, en su constitución dominada casi exclusivamente por leyes físicas, como un trozo de mundo exterior que se «adentra en golfos» en el organismo.[355] La cornamenta crece como hueso de las extremidades más allá de la cabeza y muere por así decirlo hasta convertirse en un objeto del mundo exterior.

Así

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vive el cérvido con su cornamenta erguida y su mirada vigilante en una constante y silenciosa nerviosidad, percibiendo su entorno. El

ojo se comporta de manera polar respecto a la vejiga. Del mismo modo que esta capta y concentra un flujo de sustancia material del ser interior animado, el ojo, a la inversa, capta lo espiritual del mundo exterior y lo concentra en la imagen perceptiva. Y del mismo modo que la vejiga, al excretar, se abre al mundo exterior, el ojo transmite el contenido de la imagen al ser interior irradiándolo hacia adentro. Cuán estrechamente ligados están la percepción y la excreción lo experimenta quien entra de manera llamativa —y quizás a destiempo— en el establo de las vacas. Las vacas reparan brevemente en ello y ya el metabolismo se activa; empieza a resonar. En el cérvido esta relación está polarizada más hacia el lado del sistema neurosensorial. Viviendo en apertura sensorial ligada al cuerpo, coparticipa de lo cósmico de su entorno, y esto imprime su sello en su organización corporal. A esta impronta debe la vejiga del cérvido su particular «constitución sustancial».[356] Lo que el ciervo experimenta como presencia cósmica imprime su sello en la disposición material de la finísima membrana de la vejiga. En su configuración sustancial, marcada por las fuerzas del cosmos, es «casi una imagen del cosmos».[357] Por otra parte, la vejiga del cérvido tiene una forma casi esférica. Como órgano envolvente encierra un espacio interior y preserva, con esta forma-fuerza de la envoltura transformadora, el curso continuo de los procesos que se desarrollan en su interior. Como todos los órganos, la vejiga porta en sí misma —en su forma y en su función conservadora— la herencia del macrocosmos pasado. Lo que hace a la vejiga del cérvido tan destacada en comparación con la de otros rumiantes, por ejemplo, y tan apropiada para la preparación de la milenrama, es la dualidad de su función. En su constitución sustancial se relaciona, en el portador de cornamenta, con las fuerzas del macrocosmos que actúan en el presente; en su forma, en cambio, con las fuerzas conservadoras del macrocosmos que actúan desde el pasado.

Lo que en la naturaleza se despliega en dos líneas evolutivas completamente separadas —por un lado el proceso azufre-potasio, culminando en la flor de la milenrama, y por otro el proceso vejiga-riñón, culminando en el cérvido— son puntos finales de la evolución. El investigador espiritual contempla el final de un camino de desarrollo en la forma y en la disposición material, y contempla los poderes creadores del comienzo y su ulterior desenvolvimiento. De la visión conjunta de ambos mundos se abre el primer paso de

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la preparación: las flores de milenrama se llenan, ligeramente comprimidas, en la vejiga del ciervo, de modo que quedan envueltas por esta por todos los lados (Figura 26, I, p. 363).

Lo que antes, en las flores de milenrama orientadas hacia afuera, se abría al cosmos en una entrega falta de voluntad, llena ahora un espacio interior. Lo que antes era vejiga al pleno servicio de un organismo interior —en su forma una creación del cosmos pasado, en su sustancia una imagen del cosmos presente— es ahora objeto del mundo exterior. La vejiga es una formación del cuerpo astral del ciervo. Sustraída al ciervo, le falta el cuerpo astral. En su lugar actúan, en la exposición del preparado frente al entorno, las irradiaciones del «cuerpo astral del mundo» (cosmos). Con este primer paso de la preparación se cumple una primera inversión de la función de la vejiga. De manera natural la vejiga es un órgano del acontecer metabólico; ahora, como objeto en el espacio y en el tiempo, se convierte en su constitución sustancial en una especie de órgano sensorial frente al cosmos. Por su parte, las flores, que de manera natural se abren hacia afuera sin voluntad propia, penetran en la esfera interior de un órgano que el organismo animal ha configurado de tal modo que impregna su contenido con fuerzas conservadoras de manera volitiva.

En el segundo paso de la preparación comienza a cumplirse lo que fue dispuesto por la inversión del primer paso (Figura 26, II, p. 363). La vejiga del ciervo con el contenido floral se cuelga «en un lugar expuesto en lo posible al sol».[358] Allí queda expuesta a las fuerzas del cuerpo físico de la Tierra en los elementos aire y calor, y a aquello que actúa esencialmente de manera vertical en el eje centro de la Tierra-Sol. Podemos suponer que es ahora su constitución sustancial —la que le fue concedida por la vivencia cósmica del ciervo— a través de la cual la membrana de la vejiga se vuelve sensorialmente receptiva a lo que la rodea espacialmente en su actuación de fuerzas físicas. Esta signatura de fuerzas del espacio bañado de sol en aire y calor, mediada a través de la sustancia de la vejiga, se comunica a la sustancia floral encerrada. Y es la envoltura formal de la vejiga a través de la cual lo recibido queda retenido y conservado en las flores de milenrama. En los procesos de inversión de este primer y segundo paso de la preparación, la acción del entorno se imprime en el obrar del potasio elevado a lo etérico en las flores de milenrama. Mantiene en flujo —así cabe comprenderlo— el proceso de potasio eterizado y lo transforma, mediante las fuerzas superiores de lo astral, en una «fuerza formativa».

En el tercer paso de

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la preparación enterramos las esferas de milenrama «no muy profundamente en la tierra»,[359] de modo que allí queden expuestas a las fuerzas del cuerpo físico

de la Tierra en los elementos de lo líquido y lo sólido, y a aquello que actúa esencialmente en dirección vertical (Figura 26, III, p. 363). De nuevo es la constitución sustancial de la vejiga la que media sensorialmente a la masa de milenrama lo que vive físicamente en el espacio, en la oscuridad, en la tierra y el agua, y es la envoltura formal la que lo imprime de manera duradera en el estado germinal de la sustancia de las flores.

En el segundo y tercer paso de la preparación, la masa floral de la milenrama queda expuesta a las fuerzas del cuerpo físico de la Tierra. Este tiene su fundamento en los cuatro elementos que en la naturaleza se mezclan y se separan de múltiples maneras, pero que en lo grande se despliegan en aire y calor sobre la tierra, y en líquido y sólido bajo la tierra. En ambas cualidades espaciales de lo «superior» y lo «inferior», de la luz y la oscuridad, las esferas de milenrama se sumergen como gérmenes de semilla. En ellas estas cualidades espaciales de lo «terrestre» se conservan. Lo «superior», conservándose, compenetra a lo «inferior» y viceversa. Como condensado en un punto, la polaridad mundial de las alturas y las profundidades —la yuxtaposición en el espacio y la objetivación del cuerpo físico de la Tierra— se suprime.

El segundo paso de la preparación ha sido considerado hasta aquí únicamente bajo el aspecto físico-espacial. Se añade el aspecto temporal. Las esferas de milenrama permanecen colgadas sobre la tierra, expuestas allí a las fuerzas del calor y del aire así como a la luz del sol, desde la primavera sobre el verano hasta el otoño (Figura 26, II, p. 363). En este tiempo —sobre todo en el verano— el aire, el calor y la envoltura húmeda de la Tierra están penetrados por fuerzas etéricas y astrales que irradian directamente del sol y del entorno planetario, especialmente el de los planetas inferiores al sol. Lo que vive espiritualmente en estas fuerzas hace crecer las plantas; estas se configuran en su inagotable plenitud de formas. Esta actuación de fuerzas que impera por así decirlo horizontalmente en el calor, el aire y la humedad la recibe la masa floral en el interior de la envoltura. De nuevo será la constitución sustancial de la vejiga la que media lo que vive en la sucesión del tiempo, y será su forma orgánica la que conserva la impronta de cada instante.

En el tercer paso de la preparación, las esferas de milenrama permanecen en la tierra desde el otoño sobre el invierno hasta la primavera (Figura 26, III, p. 363). Allí la tierra humedecida está impregnada de fuerzas etéricas y astrales que actúan sobre el crecimiento vegetal de manera indirecta, desde el sol y desde el entorno planetario —sobre todo el de los planetas superiores al sol. Lo que vive espiritualmente en estas fuerzas

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entra en relación con

los representantes de la naturaleza mineral-cristalina de la Tierra: cuarzo (sílice), cal y la sustancia arcillosa. Como actuación indirecta es mediada en «corriente cósmica ascendente»[360] a través de la arcilla al mundo vegetal, y se configura en este —por ejemplo en los colores de hojas y flores y en la sutilización de los frutos que maduran. Sumergidas en esta actuación de fuerzas, las esferas de milenrama reposan en la tierra durante el semestre de invierno. De nuevo será la sustancia de la envoltura orgánica la que, en una especie de actividad sensorial, media lo que avanza en el tiempo a lo germinal de la masa floral, y será la forma la que lo conserva en ese estado germinal.

En el segundo y tercer paso de la preparación, la masa de milenrama queda embebida en relación espacial vertical en el cuerpo físico de la Tierra, y horizontalmente —en la relación con el curso del año, con la rítmica alternancia del surgir y perecer— en el cuerpo etérico y astral de la Tierra. Estos últimos se diferencian en una multiplicidad de seres que producen los fenómenos del curso del año y la sucesión rítmica de las estaciones. Se enfrentan polares el invierno y el verano, y las transiciones primavera y otoño. Para un lugar terrestre no puede ser invierno y verano al mismo tiempo: se suceden en la corriente del tiempo. En la exposición de las esferas de milenrama a los procesos del semestre estival en aire y calor y subsiguientemente a los del semestre invernal en agua y tierra, lo germinal de la sustancia floral —mediado y conservado por la vejiga del ciervo— ha recibido la impronta de un año completo. En el contenido floral se compenetran en simultaneidad todas las cualidades de la sucesión temporal en el curso del año. El semestre estival, conservándose, compenetra el semestre invernal y viceversa. En la milenrama así preparada, la actuación del entorno de un año completo se condensa en un punto en la simultaneidad y con ello en potencia de nuevas posibilidades de desarrollo.

En el curso de la preparación de la milenrama, el flujo de sustancia que en la flor termina en estado germinal es conducido más allá del umbral de la sujeción en el espacio y en el tiempo. Lo que en la flor de la milenrama se vivió por un instante en gesto falto de voluntad, como mera potencia, se abre al sobrepasar este umbral a una naturaleza de fuerzas superior. Lo germinalmente sustancial no recae en el acontecer natural de la formación de la semilla y del humus, sino que germina hacia afuera, fecundado por las fuerzas del cuerpo físico, etérico y astral de la Tierra.

Contemplemos de manera resumida el

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triple paso de la preparación de la milenrama desde el punto de vista del ser humano que lo lleva a cabo. En la milenrama, así como en la vejiga del cérvido, un desarrollo macrocósmico llega a su fin. Allí reina la consumación; allí no hay más avance posible. Pero el espíritu del ser humano, al fortalecer su capacidad de conocimiento, es capaz de penetrar en los fundamentos espirituales del ser y del devenir. Estos están abiertos a la conciencia del presente en los resultados de la ciencia espiritual antroposófica. Tales resultados se encuentran en el Curso de agricultura de Rudolf Steiner y guían a reunir en el primer paso de la preparación lo que en la naturaleza está separado pero que, desde el origen, guarda sin embargo una relación. Así se cumple en el acontecer sustancial exterior, desde el espíritu del ser humano, en los tres pasos de la preparación, una especie de triple tránsito de umbral. Allí donde la naturaleza, en el avance de la preparación y en la consumación de sí misma, llega a un umbral, podemos guiarla creativamente más allá desde los conocimientos de la investigación espiritual.

Niveles de eficacia

El preparado terminado es, medido por la masa de los abonos naturales de la finca, una cantidad que parece casi desdeñable. En él, la disposición de las sustancias no es obra, sino germen. Exteriormente aparece emparentado con el humus y sin embargo es, en ser y eficacia, exactamente lo contrario. El humus «produce un actuar sin luz».[361] «Configura lo inferior a través de la tierra».[362] El sentido del preparado de milenrama, así como también, en forma modulada, el de los demás preparados de compost, es precisamente transmitir a los abonos orgánicos de la finca entregados a la descomposición un «actuar luminoso», transferirles a los abonos naturales la capacidad de volverse receptivos para las imágenes primordiales del cosmos que moran fuera del espacio y del tiempo.

El ser y la significación del preparado de milenrama se hallan en relación con el ser y la significación del potasio en el equilibrio de la naturaleza. En su naturaleza física, el potasio se revela en sus propiedades determinadas. Con ellas cuenta el químico como con lo único real. En el proceso vital de la planta, y de manera arquetípica en la milenrama, el potasio se enajena

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de esta determinidad coagulada en obra y es acercado, en un primer grado, a su ser de origen cósmico por el particular contenido en azufre de la milenrama en el proceso del florecer. A esto se le puede llamar el grado de la «eficacia»,[363] el de lo viviente eficaz. En el campo de tensión con el azufre, el potasio despliega en lo viviente su eficacia, que desde el polo terrestre conduce a la formación de proteínas en la zona foliar. En la flor, la formación de proteínas retrocede casi por completo. Continúa proyectándose hacia la formación de la semilla. Así, en la flor, el proceso del potasio queda por así decir liberado de su eficacia en lo viviente. Se refina hasta el estado de lo germinal, hasta aquello que en imagen se puede sentir como el gesto de la flor que se abre falta de voluntad. Este estado dura un instante, e inmediatamente lo germinal de este proceso sustancial cae, con la muerte de la planta, en la mineralización, retrocede al estado de la determinidad de las propiedades físicas. Pero en el instante del florecer se inicia la preparación. Mediante la envoltura en la vejiga del cérvido y los pasos ulteriores de la preparación, el potasio, que en la flor ha alcanzado el grado más alto de su transformación en lo viviente, es desligado de la planta portadora y mantenido en eficacia. Esto apunta a que el potasio, ahora en el flujo de su vivificación, se vuelve receptivo para una esfera superior, para la de la revelación de su ser. Con ello, la sustancia terrestre potasio no es elevada únicamente a la esfera de la vida, sino a la de la vida portadora de sensación. Se convierte en portador de una vida penetrada de interioridad.

Esta vivificación y astralizacion de la sustancia se cumple también en el animal a través de su ser anímico o astral. Esto se expresa en la extraordinaria fuerza abonadora de las excreciones de los rumiantes, y ante todo del bovino.

El estiércol de vaca es un ejemplo elocuente de ello. En el ser humano, la sustancia se espiritualiza más allá de los grados mencionados, bajo el señorío del Yo, y se convierte en su portador. Lo extraordinario de la preparación consiste en que aquí las sustancias son puestas en una disposición por la cual pueden volverse, fuera del organismo corpóreo cerrado del ser humano y del animal, portadoras en el suelo de la vida cósmica y de la astralidad cósmica.

El preparado de milenrama terminado, una creación desde el espíritu del ser humano, representa el tercer grado de la fertilización. Despliega su acción al ser añadido en cantidades homeopáticamente ínfimas a aquello que

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en el curso del año aflora en la explotación agrícola como masas orgánicas del mundo vegetal y animal. Se disuelve en el despliegue de su acción dentro del compost y del montón de estiércol. A su debido tiempo, estos abonos salen al suelo. Pero el suelo no es más que una piel sutilísima. Forma como un «diafragma»[364] el centro entre lo «alto» y lo «bajo», las alturas y las profundidades, la luz y las tinieblas. Si incorporamos el abono a este «centro» parecido a una piel, esta queda fecundada por esta nueva disposición de sustancias, que es la esencia de una consonancia de la naturaleza mineral, vegetal y animal, de los ritmos del año solar y de la fuerza creadora-espiritual del ser humano. Este abono ennoblece y eleva las formas de acción de los tres reinos de la naturaleza: las de la naturaleza sensorial cristalina de la tierra, las del compost vegetal y las del abono animal. No solo equilibra lo que al suelo le fue arrebatado por la explotación abusiva, sino que da a la tierra, a la «obra», la capacidad de que lo inanimado se anime, lo animado se vuelva portador de sensación y este, a su vez, se individualice por el espíritu que irradia desde el futuro.

La significación del tercer grado de la fertilización puede verse en que conducimos, en amplia perspectiva hacia el futuro, la existencia natural allí donde se trabaja así, más allá del umbral del espacio y del tiempo, y la conectamos de nuevo con el desarrollo progresivo del alma consciente del ser humano y, con ella, del cosmos.

La composición del preparado de manzanilla

La preparación sigue los mismos pasos que el preparado de milenrama, con una incertidumbre: en el texto del Curso el segundo paso, el colgado de los intestinos rellenos, queda sin mencionar; en cambio, en las notas del Curso se encuentra al respecto una indicación correspondiente. Esta problemática se abordará más adelante.

En su aspecto exterior, la manzanilla (Matricaria recutita o Chamomilla officinalis) es polar a la milenrama, aunque como compuesta (asterácea) está muy estrechamente emparentada con ella. Sin embargo, muestra una proximidad de parentesco en el campo funcional de tensión de la polaridad entre raíz y flor. Su cercanía y a la vez su distancia fundamentan su posición como segunda en la ronda de los preparados biodinámicos.

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La ciencia espiritual enseña que el preparado de manzanilla tiene la capacidad de «hacer al abono apto para absorber tanta vida en sí mismo y transferir esa vida a la tierra», de modo que el abono quede en condición de «ligar todavía más estrechamente las sustancias necesarias para el crecimiento vegetal, además del potasio también el calcio, los compuestos cálcicos». En la milenrama tenemos que ver ante todo con las acciones del potasio. «Si queremos capturar también las acciones del calcio, necesitamos de nuevo una planta, [...] que, [...] distribuida en dosis homeopática, contenga azufre, y desde el azufre atraiga hacia sí las demás sustancias necesarias para la planta.» «La manzanilla elabora [además del potasio; nota del autor] el calcio para ello.» Contribuye a «excluir de la planta aquellas nocivas acciones de fructificación, a mantener la planta sana».[365]

Estas indicaciones de Rudolf Steiner arrojan al mismo tiempo luz sobre el aspecto tan característico de la manzanilla en comparación con la milenrama. Esta última, en virtud de su actividad sulfúrica en el ámbito del calor-aire, está en acción recíproca con la sal terrestre-potásica, en progresiva refinación del proceso potásico desde la raíz hacia arriba a través del tallo, la sucesión foliar hasta la flor, siendo toda ella expresión del dominio de lo terrestre y lo acuoso. Todo en ella muestra la tendencia hacia la forma estricta y la contención de los procesos vitales, como por ejemplo la fuerte suculencia del pinnatisecto finamente articulado y a la vez denso, y las flores tubulares ocultas como tras los muros de los involucros. La manzanilla, en cambio, aparece como elevada de lo terrestre. Su relación con el potasio se manifiesta aún en una leve suculencia de las hojas.[366] Su actividad sulfúrica parece concentrarse, sin embargo, sobre todo en la elaboración y sublimación de la sustancia terrestre calcio. Todo en ella pugna hacia una articulación suelta y enérgica de sus órganos vegetativos. De la pronunciada raíz pivotante, que se engrosa levemente hacia arriba como una pequeña nabo, irradian en parte horizontalmente y en sucesión densa las raíces laterales hacia lo ancho y lo profundo. El brote primario se eleva verticalmente en altura, pero enseguida se divide en la base en un número de ramas laterales que, ramificándose poco, irradian hacia lo ancho y lo alto y tienden en conjunto a dar a la planta una especie de forma esférica. Las hojas se articulan en un pinnatisecto suelto y poco ordenado; los folíolos son

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Abbildung 27: Metamorphosen der Stoffanordnung in den drei Schritten der Präparation der Kamille.

estructuras estrechas y filiformes que se ramifican muy poco por su parte (Figura 27). Estos gestos de lo radiante y lo redondeante apuntan a rasgos característicos de la riqueza de formas de aparición de la cal mineral (CaCo3), como por ejemplo lo radiante del aragonito o las formas esféricas o redondeadas de las calizas cristalinas, nódulos de loess, estalactitas, etc.

La forma del brote de la manzanilla despierta la impresión de una división radiante y una disolución en luz, calor y aire. Que no se disuelva del todo lo garantizan las flores terminales, en las cuales el gesto configurador de toda la planta se repite una vez más en un nivel superior y se vuelve hacia adentro. El tallo se represa y se ensancha en el receptáculo floral, sobre el que aparecen discretamente las flores tubulares, delimitadas en la periferia por las blancas flores liguladas. En la apertura de la flor, el receptáculo se aboveda hacia un cono redondeado y resplandece en el dorado cálido de las flores tubulares. Bajo el abombamiento del receptáculo surge una cavidad llena de aire, señal inequívoca de que se trata de la manzanilla auténtica. Un signo particular de la movilidad de la manzanilla

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en contraste con la milenrama es el alzamiento de las flores blancas periféricas al amanecer y su descenso al atardecer.[367]

En las flores que envuelven y cierran la forma esférica de la manzanilla cuando crece libremente, su ser iluminado, calentado y aireado aparece una vez más en nivel superior. El proceso sulfúrico impregna, en comparación con la milenrama, de otra manera toda la planta hasta abajo en la raíz. Y en lugar de mantener el potasio vivo en lo terrestre-acuoso como hace aquella, la manzanilla eteriza el potasio-calcio ascendente en el ámbito de acción del calor y el aire, culminando en la flor, que exhala un intenso aroma. Lo que en la flor llega procesualmente a su término forma en la preparación de la manzanilla el comienzo de algo nuevo. Esta inversión es introducida mediante el relleno de las cabezuelas florales recolectadas en una envoltura animal, en un trozo del intestino delgado de la vaca (Figura 27). El intestino delgado (Intestinum tenue) se une al duodeno (Duodenum) que viene del estómago, pasa al íleon (Ilium), que desemboca en el ciego (Caecum). El largo tramo intermedio lo forma el yeyuno (Jejunum), que rodea en forma de guirnalda o corona la espiral del colon (Colon). Este forma el tramo medio del intestino grueso entre el ciego (Caecum) y el recto (Rectum). Para la preparación entra en cuestión el yeyuno. En él tiene lugar, iniciado por secreciones que desembocan en el duodeno (hígado, bilis, páncreas) y por las glándulas propias del intestino, el acontecer digestivo principal. La pared intestinal del yeyuno está multiplicada muchas veces por las vellosidades intestinales que se suceden estrechamente. Protegidos por la poderosa mucosa (Mucosa), los vasos sanguíneos y linfáticos penetran en las vellosidades hasta muy adentro del canal intestinal. En este tiene lugar, por secreciones glandulares y degradación bacteriana, la mineralización casi completa del alimento ingerido. Es un intenso acontecer metabólico, acompañado de movimientos rítmicos de relajación y reerguimiento de las vellosidades intestinales, así como de la peristalsis de las paredes intestinales a través de una capa muscular, que por su parte, mediante una piel casi transparente fuertemente impregnada de tejido nervioso, la serosa, delimita la pared intestinal frente al interior de la cavidad abdominal. Esta articulación en tres membranas y el triple acorde de sus funciones lo muestra también la vejiga de ciervo. Y sin embargo ambos sistemas orgánicos se hallan en relación polar entre sí. La vejiga centra y almacena el líquido segregado por el riñón

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y lo entrega al mundo exterior; el intestino delgado, en cambio, mueve lo sólido-líquido del alimento tomado del exterior, lo descompone, lo criba en el tránsito por la pared intestinal y entrega lo cribado al mundo interior del cuerpo. La vejiga y el riñón son órganos del cuerpo astral en el organismo de los líquidos; la vejiga excreta del interior del cuerpo lo que el riñón ha cribado, lo que se ha vuelto inservible. El intestino delgado es un órgano que filtra de lo sólido del alimento lo aprovechable y lo inscribe en el cuerpo. En lo profundo del subconsciente, en el ser humano participa en este proceso la organización del Yo. Ella interviene profundamente en el acontecer digestivo y procura la destrucción de la sustancialidad extraña hasta el nivel de lo físico-anorgánico.

El primer paso de la preparación es uno de inversión y emancipación del curso natural. La pregunta es: ¿Cómo puede el proceso potasio-calcio, que en el crecimiento de la manzanilla se mantuvo en flujo y en la flor alcanzó el nivel más alto de la plasticidad etérica, ser elevado más allá del marchitamiento de la flor fuera de la limitación de lo espacio-temporal, de modo que lo contenido en germen en la flor pueda mantenerse en flujo en un nivel superior? Esta tarea la cumple el intestino delgado o yeyuno de la vaca. Nos procuramos uno de tal tipo idealmente de una vaca que durante toda su vida haya llevado a cabo el «análisis cualitativo cósmico» en su sistema digestivo con el alimento propio de la finca. Cortamos el yeyuno en secciones de aprox. 25 a 50 cm, atamos estas por un extremo y con la ayuda de un embudo rellenamos las cabezuelas de manzanilla en la envoltura intestinal, atamos esta en la abertura de relleno y obtenemos así unas rollizas y vistosas salchichas (Figura 27, p. 374).

Lo que antes, como flor de manzanilla, estaba vuelto hacia las lejanías del cosmos, hacia el sol, llena ahora apretadamente el espacio interior del intestino delgado o yeyuno de una vaca. Esta inversión de fuera hacia adentro vale también para la nueva función del intestino delgado en sí. Tiene un contenido que ya no digiere, no abre enzimáticamente ni mueve, sino que al contrario conserva en su consistencia y lo hace receptivo a fuerzas que irradian desde el entorno planetario a través de la luz solar. La función ordinaria del intestino y de la pared intestinal consiste en transmitir el contenido intestinal elaborado del alimento terrestre al interior del cuerpo de la vaca, físicamente a través de las vías linfáticas y sanguíneas y espiritualmente a través de la piel neurosensorial de la serosa. Polar a esto, la piel exterior del intestino (Serosa) está ahora vuelta hacia las fuerzas del cosmos y de la tierra. Separada del organismo de la vaca, la sustancia impregnada de sensación de la pared intestinal transmite

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a las flores de manzanilla las fuerzas de la tierra y del sol. La pregunta es: ¿No son acaso estas las que mantienen en flujo el potasio y el calcio eterizados de las flores más allá del umbral fijado por la naturaleza? Pues de eso se trata en definitiva en todos los preparados biodinámicos. Con el primer paso de la preparación, la inversión de procesos polares, se lleva a cabo una elevación que, así cabe comprenderlo, tiene la potencia de abrir la «obra» de lo devenido a un nuevo nivel de desarrollo de la eficacia. Esta potencia finalmente se realiza en un segundo y, sobre todo, en un tercer paso de inversión y emancipación (Figura 27, p. 374).

En lo que respecta al segundo paso surge la incertidumbre mencionada al comienzo, entre la indicación de Rudolf Steiner en el Curso de agricultura y la que figura en las notas que él tomó en preparación del mismo. Estas están impresas como apéndice en el Curso de agricultura. En la hoja 30 de estas notas se encuentra la anotación: «Intestinos – colgar». De eso no se habla en la quinta conferencia del Curso, es decir en la presentación pública de este contenido. Se subraya más bien con decisión el tercer paso, la exposición en la tierra frente a las fuerzas invernales: que «la acción de la naturaleza [...] haga actuar allí algo vivo lo más afín posible a lo terrestre». Se describe además con más precisión la condición del lugar donde ha de enterrarse el preparado de manzanilla: «Exponer estas preciosas [...] salchichas durante todo el invierno a poca profundidad en una tierra lo más rica posible en humus, y buscar también tales lugares [...] donde la nieve permanece largo tiempo, y el sol ilumina bien esa nieve, de modo que las acciones cósmico-astrales puedan actuar allí lo más posible.»[368]

A este tercer paso de la preparación, en comparación con la milenrama, parece corresponder la significación propiamente dicha. El segundo paso de la exposición frente a las irradiaciones del cosmos a través del aire y el calor queda sin mencionar. Recientemente se practica, en analogía con la preparación de la milenrama, cada vez más el colgado de los intestinos durante el verano. Las cabezuelas florales de la manzanilla que florece de finales de mayo hasta junio se recolectan, se rellenan ligeramente secas en los intestinos y antes de San Juan o del solsticio de verano se exponen a las fuerzas estivales en el aire y el calor.[369]

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Si se busca ponderar, desde el espíritu del propio Curso de agricultura, las declaraciones de distinto tenor sobre el actuar del verano y el invierno en el caso de la manzanilla, puede ser de ayuda la siguiente consideración: Como muestra el procedimiento con las plantas preparadas siguientes, este está ajustado a la particularidad característica de cada una en su modo de tratar las fuerzas cósmicas y las sustancias terrenas. Como se ha descrito, el crecimiento de la manzanilla es expresión del predominio de una intensa astralidad en la luz, el calor y el aire. Esta se intensifica de nuevo en la flor y llega a expresión en la cavidad llena de aire bajo el receptáculo que se aboveda —esta cavidad puede entenderse simultáneamente sin contradicción como expresión de la formación de un espacio interior (anímico) propio, todavía no colmado por el ser—, en la ritmicidad del movimiento de las flores liguladas, el aroma cálido-aéreo y en su elevado poder curativo. Todo esto apunta a que la manzanilla ya en su acontecer de crecimiento está expuesta a una acción astral tan intensa de signo estival-cósmico que el segundo paso de la preparación parece superfluo; lo anticipa por así decirlo. Con todo, un colgado de las salchichas intestinales durante el verano ciertamente no puede perjudicar.

Tras la invernada en la tierra —es necesaria una protección contra el mordisco de zorros y perros— sigue como paso ulterior de la preparación y emancipación el desenterrado en primavera alrededor de Pascua. Ha surgido una nueva sustancia con nuevas propiedades que, en virtud de su fuerza astral formativa, «es más estable en nitrógeno que otros abonos, pero que además tiene la particularidad de animar la tierra de manera que puede actuar de modo extraordinariamente estimulante sobre el crecimiento vegetal. Y se obtendrán ante todo plantas más sanas [...]».[370]

La «fuerza refrescante y vivificante» del preparado de manzanilla puede atribuirse al potasio eterizado, y la fuerza sanadora al calcio eterizado. Este último se vuelve receptivo a las fuerzas astrales ordenadoras que emanan del ser suprasensible de la manzanilla. En el «ligar» de estas sustancias terrenas, potasio y calcio, el cuerpo etérico o de vida de las plantas se vuelve más activo en sus fuerzas formativas; puede así «excluir las nocivas acciones de fructificación».[371] «Fructificación» puede entenderse aquí como el proceso correcto en el lugar equivocado: en el suelo fructifican bacterias, hongos, etc. y procuran procesos de degradación hasta la mineralización, pero también en conexión con los animales del suelo procesos de transformación y

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de construcción. Allí, en el suelo, es el lugar correcto; el equivocado es cuando este acontecer comienza a proliferar un piso más arriba, en el brote sobre la tierra, por ejemplo en forma de virosis o enfermedades bacterianas y fúngicas. A este destructivo ascenso activo de lo terrestre del suelo hacia el tallo y las hojas se opone el abono orgánico tratado con el preparado de manzanilla.

Como también los demás preparados biodinámicos, el preparado de manzanilla se conserva en una habitación de temperatura uniforme y más bien en penumbra, en recipientes de barro rodeados por todas partes de turba. La turba aísla contra la irradiación. La aplicación se hace en porciones del orden de grandeza de una pizca de tres dedos, dos a tres gramos por 2 m3 en el ámbito hortícola, en el agrícola 10 a 12 m3 de estiércol o material de compost, es decir según el tamaño del montón. La relación personal que uno construye en el trabajo con el abono establece la medida justa.

La composición del preparado de ortiga

Como tercera en la alianza con la milenrama y la manzanilla, la ortiga muestra en su fisonómica característica apenas rasgos de parentesco con ellas, pero sí en el modo en que trata el potasio, el calcio y además el hierro. El proceso del azufre penetra poderosamente desde arriba toda la planta. Le confiere a la ortiga la capacidad de elevar estas sustancias desde su naturaleza terrestre-inorgánica e incorporarlas a sus procesos vitales. Rudolf Steiner la designa como «la mayor bienhechor del crecimiento vegetal [...] La ortiga es realmente un tipo universal, puede hacer enormemente mucho [...] además de que la ortiga lleva el potasio y el calcio en sus irradiaciones y corrientes, la ortiga tiene además una especie de irradiaciones de hierro que son casi tan favorables para el curso de la naturaleza como nuestras propias irradiaciones de hierro en la sangre. La ortiga no merece en realidad por su bondad que crezca ahí afuera tan frecuentemente despreciada en la naturaleza. Debería crecer en verdad alrededor del corazón del hombre, pues es realmente en la naturaleza allá afuera en su grandiosa acción interior, en su organización interior, similar a lo que el corazón es en el organismo humano»[372] (Abbildung 28, S. 383).

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Todo el porte de la ortiga, su tendencia a crecer humildemente allí donde por mano humana algo ha caído en desorden — por ejemplo en lugares donde reina la putrefacción o donde yacen escombros, o en pastizales descuidados y allí donde viejas máquinas se oxidan entre matorrales, o bien en suelos con nivel freático ferroso próximo a la superficie y además donde en el paisaje se han creado zonas de transición, como en bordes de caminos, taludes de cursos de agua, lindes de setos y bosques —, todo esto, así como el verde intenso de las hojas — que es un efecto del nitrógeno, pero sobre todo del hierro, sin el cual la clorofila con magnesio no podría formarse — y del mismo modo el orden severo de su figura erguida y defensiva, indican que domina el proceso del hierro, expresión de una fuerza yoica elevada. Donde crece, crea en virtud de su «grandiosa acción interior» orden en la zona media entre lo «alto y lo bajo». Crea un equilibrio armónico de los procesos edáficos unilateralizados, formando un humus mull estable y desmenuzable de extraordinaria solidez.

Llama la atención que a la ortiga le falta el énfasis agudo de la polaridad entre raíz y flor que es característico de las compuestas milenrama y manzanilla; la ortiga pertenece al orden de las Urticales. Con sus insignificantes inflorescencias se sumerge en el follaje del tercio superior del tallo. Las flores crecen desde las axilas de las hojas estrictamente opuestas en cruz y dispuestas en pisos superpuestos (Abbildung 28, S. 383). Las plantas portadoras de polen presentan una lámina foliar más alargada y una denticulación redondeada del borde de la hoja, mientras que las que portan frutos tienen en cambio una lámina foliar más compacta de forma acorazonada y una denticulación agudamente puntiaguda. La metamorfosis foliar se insinúa apenas débilmente: ya en la hoja más baja se revela el tipo de la planta con una denticulación pronunciada todavía algo redondeada y una cubierta de pelos urticantes; sí, incluso los cotiledones los portan ya. Hacia arriba, en dirección a la mitad del brote, la lámina foliar se ensancha hasta una acentuada forma de corazón, y hacia el ápice del tallo se estrecha de nuevo hacia formas lanceoladas finamente dentadas y puntiagudas.

Lo coronante de las plantas con flor, su revelación esencial en la flor, queda completamente en segundo plano. Las flores no llevan pétalos. Las flores masculinas portadoras de polen se desarrollan en panojas más largas y cuelgan dentro del follaje superior; las flores femeninas son blanco-verdosas y se mantienen más densamente apretadas en la proximidad del tallo.

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Todo el follaje, el tallo cuadrangular y hueco por dentro, así como la flor, están cubiertos de pelos urticantes. Estos son evaginaciones unicelulares de la epidermis, reforzadas en la base por depósitos de calcio. Llevan en el ápice una cabecita silicificada que se rompe al contacto. El pelo urticante pica como una aguja de inyección en la piel y libera un jugo celular venenoso causante del ardor, la urticina. Esta contiene entre otras sustancias (histamina, serotonina, acetilcolina) que normalmente solo se encuentran en el hombre y el animal.[373] En los pelos urticantes muere hacia la periferia de la planta un proceso fisiológico, tal como es precisamente característico de la flor. Se puede decir con pleno derecho: no solo las flores de la ortiga están atraídas hacia abajo al follaje, sino que su brote aéreo está revestido desde la más temprana juventud por una especie de proceso de floración mediante los pelos urticantes.

Las ortigas crecen a través de estolones subterráneos (rizomas) formando colonias de uno a dos metros de altura. Los brotes estoloníferos son de color amarillento, discurren planos bajo tierra y más raramente sobre ella, y envían desde sus nudos tenaces haces radiculares también amarillentos hacia las profundidades, desde los cuales la fina raicilla blanquecina, ricamente ramificada, atraviesa el horizonte superior del suelo. Desde los nudos del rizoma crecen hacia arriba dos plantitas respectivamente. Se lanzan con decidida fuerza de erección vertical y severo orden armónico y geométrico hacia lo alto. En forma de islotes se agrupan los brotes y se delimitan hacia el exterior en un envoltorio defensivo que, en el follaje que sombrea intensamente, encierra un espacio interior. A la ortiga le es propia una «acción interior» que se concentra en este espacio interno, se prolonga hacia el espacio radicular y armoniza así la vida desordenada del suelo, transformándola en humus mull permanente y fértil.

En la ortiga se realiza el milagro de que eleva en sí misma la polaridad de raíz y flor a una unidad superior. El proceso del azufre de arriba hacia abajo y el proceso salino-material de abajo hacia arriba permanecen en mayor grado en flujo; ambos se compenetran en elevación mercurial en la hoja. Este acontecer es comparable, en un grado de desarrollo superior, a la circulación sanguínea. En su centro, el corazón, que es al mismo tiempo la zona media entre lo alto y lo bajo, se encuentran la corriente sanguínea venosa y la arterial. Se encuentran el pasado y el futuro en el presente: la sangre que por un lado sacrifica fuerzas en la actividad física del cuerpo hacia la periferia, pero que por otro se carga con la

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corriente vivencial de las acciones realizadas, llega como torrente sanguíneo venoso al centro. Allí se realiza una síntesis, un sentir del corazón que asciende desde lo subconsciente hasta la conciencia. La sangre venosa se transforma y se renueva en el corazón — a través de la respiración pulmonar — en torrente sanguíneo arterial, que al fluir hacia fuera impulsa a nueva actividad. Así también en el nivel de lo vegetal la ortiga: «florece» desde su centro, la hoja, hasta la periferia de toda la planta. Las sustancias ligadas a la tierra, potasio, calcio y hierro, experimentan su «elevación purificadora», su eterización, no ya en el estado final del pleno florecimiento, del extinguirse en la forma, sino que las fuerzas astrales actúan a través del azufre de tal modo que imprimen el proceso de floración a todo el acontecer del crecimiento y lo mantienen en flujo. Con ello cumple la ortiga «su grandiosa acción interior», que la hace «similar a lo que el corazón es en el organismo humano».[374]

En ello reside probablemente el fundamento de por qué Rudolf Steiner no nombra para la ortiga ningún órgano animal que sirva para garantizar el mantenimiento en flujo de lo etérico más allá de la flor. El órgano que vendría en consideración para ello sería el corazón. Pero el corazón no es un órgano cutáneo, sino un órgano musculoso de actividad propia. En él se unen en el ritmo del pulso el proceso metabólico y el proceso sensorial; se vuelven uno. El corazón encarna la síntesis a partir de la polaridad de ambos procesos. Es interior activo y envoltura orgánica a la vez. La ortiga cumple una función similar en el nivel de la naturaleza meramente viviente. Su cuerpo de fuerzas formativas enteramente astralizados la capacita para elevar y transformar la naturaleza de fuerzas encadenada en lo sólido-terrestre de las sustancias terrestres potasio, calcio y hierro en irradiaciones sanadoras que ordenan lo viviente.

En lo que concierne a la preparación, se trata de la pregunta: ¿Cómo puede esta capacidad única elevarse a un Winterkräftedünger que transmita al suelo y a las plantas que se quieren cultivar la capacidad que es propia de la ortiga? ¿Cómo pueden los abonos orgánicos de la finca, mediante la adición de este preparado potenciador, sí, cómo puede finalmente el suelo mismo «volverse internamente sensible», de modo que los procesos de construcción y descomposición transcurran «razonablemente» en este sentido superior, que el suelo se individualice hacia las plantas que uno quiere cultivar precisamente? «Es realmente algo como una ‹racionalización› del suelo lo que se podrá lograr con esta adición de Urtica dioica[375]

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Abbildung 28: Die Stoffkomposition des Brennnesselpräparates im Durchgang eines Jahreslaufes.

Esto puede lograrse cuando se expone el brote aéreo de la ortiga — tiefamente verde en tallo y hoja, llegada a la floración — a una polaridad que la eleva más allá del acontecer propio ligado a la naturaleza de su formación tipológica. Con ello se produce una elevación adicional, la síntesis de una nueva sustancia en lo viviente: el preparado de ortiga. Se siegan ortigas, se doblan juntas o mejor se pican groseramente y «se las deja marchitar levemente» (Abbildung 28).

Se cava en el horizonte superior fértil del suelo, no demasiado profundo, una fosa, se deposita la masa en ella, se la rodea con algo de turba y se la cubre nuevamente con tierra. En ese lugar permanece un año entero y queda expuesta allí tanto a las fuerzas invernales como a las estivales. Después de un año se extrae la masa, muy encogida por la descomposición y la humificación avanzada, y se tiene en las manos el preparado terminado: una nueva sustancia que irradia astralmente. El manejo práctico exige gran atención respecto al estado correcto de marchitez; también debería evitarse la irradiación directa del sol durante el secado. Si la masa de ortiga está todavía demasiado húmeda, se producen fácilmente fermentaciones indeseables, y bajo iluminación demasiado intensa se oscurece hasta el negro. Debe secarse a la sombra,

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preferiblemente con aporte de aire caliente. Para poder recuperarla en el suelo después de un año, se emplean frecuentemente sacos viejos de lino, cajitas planas de madera de paredes delgadas para verduras o tubos de drenaje de terracota, dentro de los cuales se la introduce a presión. En este último caso se obtiene una masa negra ampliamente humificada.

Lo que vale también para los demás preparados que deben enterrarse, se aplica con particular fuerza a la ortiga: el juicio sobre si un preparado ha resultado mejor o peor no depende del grado de humificación, sino de la estructura suelta del preparado, del olor agradable y sobre todo de que el suelo circundante se encuentre en un estado bien aireado, vivo y desmenuzable. Lo decisivo es que las fuerzas del entorno transmitidas a través de la tierra puedan entrar en relación y ser preservadas con las sustancias elevadas a lo etérico de las plantas preparadas.

Todos los preparados biodinámicos, con excepción del preparado de valeriana, se introducen por separado en los montones de compost y de estiércol en agujeros de 30 a 50 cm de profundidad, con una distancia de 50 cm a 3 m, según el tamaño o la longitud de los montones. El preparado de ortiga, tan próximo a la función del corazón, se introduce habitualmente en el centro sobre el lomo del montón; los cuatro hermanos tienen, escalonados entre sí, su lugar en los flancos. Su eficacia es de irradiación astral, es decir, una que se califica en la manifestación sensorial, pero que no se cuantifica de manera mensurable.

Sobre la cuestión de la transformación de la sustancia

Se presentan tres cualidades diferentes de la transformación de las sustancias:

1 Cuando se quema una sustancia orgánica, como el carbón o la madera, se observa cómo su composición material desaparece y como productos de transformación aparecen una serie de otras composiciones, como por ejemplo gases y cenizas. A la inversa, una serie de sustancias que reaccionan entre sí se transforman en una nueva composición (compuesto), por ejemplo carbono, oxígeno, nitrógeno, hidrógeno y azufre en proteína. El acontecer natural entero revela en todas sus manifestaciones una incesante transformación de las sustancias.

2 Ciertos elementos inorgánicos, como el uranio, el torio y otros, así como las sales naturales de potasio — el ⁴⁰K radiactivo está contenido en el potasio en algo más de un 0,12 % —, emiten en secuencia arrítmica radiaciones mensurables; en una serie de desintegración surgen productos de transformación

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(isótopos y elementos con menor peso atómico). Estos procesos de radiación se sustraen a la percepción inmediata; actúan, por así decir, desde abajo, desde la subnaturaleza, hacia el acontecer natural. Desencadenan enfermedades y en última instancia actúan de manera letal.

3 Desde la semilla hasta la plena configuración de las formas de las plantas, desde el embrión hasta la conformación corpórea del animal y del hombre, tienen lugar en constante transformación de sustancias procesos de construcción, deconstrucción y reestructuración. Aquí actúa un principio creador de vida, algo suprasensible y esencialmente real, que se crea en el ser natural una imagen refleja sensible. Aquí irrumpe en la naturaleza la realidad esencial de una supranaturaleza.

Los preparados biodinámicos son composiciones de sustancias que, cada uno a su manera, «abonan» la relación indicada bajo el punto 3 entre supranaturaleza (cosmos) y naturaleza (tierra). En este contexto corresponde a la triad del preparado de milenrama, del preparado de manzanilla y del preparado de ortiga una significación particular. Producen una transformación de sustancias de carácter especial: los elementos ligados a la tierra, el potasio y el calcio, no solo son eterizados en el contexto vital de las plantas, sino que adquieren propiedades que los aproximan al modo de actuar del nitrógeno. Se convierten en portadores de fuerzas astrales o se transforman finalmente del todo en nitrógeno. Rudolf Steiner da al respecto las siguientes indicaciones: «porque en el proceso orgánico hay una alquimia secreta que, por ejemplo, transforma el potasio realmente en nitrógeno cuando trabaja de la manera correcta en su interior, e incluso transforma realmente el calcio en nitrógeno cuando este trabaja de la manera correcta».[376] Y además: «existe una relación cualitativa recíproca entre el calcio y el hidrógeno que es análoga a la relación cualitativa entre el oxígeno y el nitrógeno en el aire. […] Bajo la influencia del hidrógeno, el calcio y el potasio son transformados continuamente en algo nitrogenado y finalmente en nitrógeno real. […] ese es precisamente tan enormemente útil para el crecimiento vegetal, pero uno debe hacérselo producir a través de métodos como los que he descrito»[377]; es decir, a través de una configuración artística de los procesos de devenir sustancial en el organismo de la explotación agrícola. Así como para el pintor el lienzo, el color y el pincel son los medios de su creación artística, así lo son para el agricultor la tierra y su vivificación mediante la elaboración y aplicación de los preparados.

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En las citas anteriores se aborda, desde la investigación espiritual, el enigma de la transubstanciación. ¿Cómo puede uno aproximarse a la solución de este problema? Ciertamente no con la misma manera de pensar con la que se intenta descifrar los enigmas de la naturaleza inorgánica. Las dos relaciones cualitativas citadas más arriba son polares entre sí. Aquella del oxígeno con el nitrógeno en el aire es determinante para la respiración en el animal y el hombre. Ambas sustancias constituyen en gran medida el elemento del aire, ambas se encuentran en el aire en un estado gaseoso, inorgánico-inactivo. Rodean el vástago vegetal desde el exterior. Distinto es el caso de las sustancias terrestres potasio y calcio. Son elevadas por la organización vital de la planta desde su aprisionamiento en la forma física material, el «material de trabajo», a la esfera de la eficacia viviente. Puede comprenderse así: determinadas plantas, plantas medicinales, como precisamente la milenrama, la manzanilla y la ortiga, tienen la capacidad, en virtud de su cuerpo etérico, de poner en movimiento la organización coagulada en lo físico de las sustancias potasio y calcio, liberándolas de su aprisionamiento en la forma. En su forma de aparición y en sus propiedades son una impronta de su estado, aún pleno de vida, en estadios tempranos de la evolución. Al integrarse la forma mineral en el proceso vital de estas plantas, se impone el pensamiento de que el potasio y el calcio se vuelven receptivos, de una manera nueva, a la acción del miembro constitutivo inmediatamente superior, al cuerpo etérico de estas sustancias. La realidad esencial de este miembro la encuentra el investigador espiritual en el mundo suprasensible del espíritu, que como región más baja colinda con lo físico-sensible. Nuevos impulsos de desarrollo astrales-anímicos, que actúan desde el futuro, pueden entonces capacitar a estas sustancias, dotadas de su propio cuerpo etérico, para abrirse a los miembros constitutivos que tienen su morada en una región del espíritu aún más elevada. Las sustancias terrestres potasio y calcio se vuelven de esta manera «nitrogenadas», al convertirse ellas mismas en portadoras de fuerzas astrales-anímicas. Asumen propiedades del nitrógeno, que es por naturaleza portador en todos los procesos vitales de la mundo astral reveladora del tipo. «El nitrógeno es en verdad aquel que es portador de la sensación.»[378] Hace presentes en la naturaleza viva, a través de la formación de proteínas, procesos vitales que proceden de un pasado remoto de la Tierra, que han recorrido estadios de desarrollo y que ahora se han convertido en «obra» de la creación.

Del retorno del potasio y el calcio a su estado etérico se ocupa su particular relación cualitativa con el hidrógeno. Así como estos

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como formadores de sal han descendido más profundamente en el estado de lo puramente terrestre, el hidrógeno es aquel que «tan cerca como solo es posible está emparentado con lo físico y al mismo tiempo, tan cerca como solo es posible, está emparentado con lo espiritual».[379] En su eficacia constructiva en lo orgánico se sirve del azufre, e igualmente en su eficacia destructiva. «Lleva todo aquello que de alguna manera es algo astral configurado y vivificado, de vuelta hacia las lejanías del universo […] El hidrógeno disuelve en realidad todo.»[380]

Pues bien, es precisamente esta relación cualitativa mencionada en la milenrama, la manzanilla y la ortiga mediante la cual el hidrógeno disuelve el aprisionamiento en la forma del potasio y del calcio y conduce lo astral, que ha coagulado en esa forma, hacia lo «indeterminado, caótico del universo».[381] De este modo puede ponerse en flujo de nuevo, en estas plantas, lo etérico del potasio y del calcio de tal manera que, mediado por el azufre, pueda convertirse en portador de un nuevo mundo de fuerzas que irradia desde el futuro. El potasio y el calcio se transforman en nitrógeno en tanto que en este sentido se convierten en portadores de esta nueva astralidad. Puede entonces decirse que el nitrógeno del aire repite en el presente lo pasado. En cambio, las sustancias terrestres potasio y calcio, transformadas igualmente en portadoras de fuerzas astrales, hacen posible lo futuro en el presente.

Pero ¿cómo puede atribuirse a una sola y misma sustancia, el nitrógeno, dos cualidades de acción tan polares? Según la concepción científica actual solo existe una, aquella que se deriva de sus propiedades inorgánicas físico-químicas. Si se deja valer únicamente la manera de pensar que subyace a esta concepción, la pregunta es legítima: ¿por qué producir de esta manera tan complicada cantidades tan ínfimas de nitrógeno, cuando este se halla disponible en abundancia en el aire? Bastaría con organizar la rotación de cultivos en la agricultura de manera suficientemente rica en leguminosas, y contar asimismo con suficiente abono orgánico, para asegurar la demanda de nitrógeno para el crecimiento reproductivo. Esta es una visión que solo abre a la experiencia del pensar una sección parcial de la realidad. Cuando las fuerzas aprisionadas en lo físico son vivificadas en la planta a través de su organización etérica, y animadas en el animal a través de su cuerpo astral, se ponen en flujo; ya

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no están sujetas a sus leyes puramente físicas, sino a las más elevadas de lo etérico vivificante y de lo astral configurador.

La transformación de la materialidad inorgánica muerta que así se produce hace posible que planta, animal y hombre puedan encarnarse en la tierra. Las encarnaciones son repeticiones de un desarrollo procedente de un pasado originario remoto; son procesos de una necesidad inexorable. Solo el hombre puede, en virtud de su alma-espíritu encarnada, determinar libremente su actuar como un desarrollo hacia el futuro. Pero esto significa que en virtud de su Yo espiritualiza continuamente las fuerzas y las sustancias que construyen el cuerpo, las transubstancia. Eso caracteriza la verdadera evolución del futuro humano.

Desde la investigación espiritual, el «Curso de agricultura» de Rudolf Steiner ofrece una descripción del camino de cómo, en acción libre — en la elaboración de los preparados biodinámicos —, pueden producirse sustancias fertilizantes que hacen permeables los muros de la necesidad inexorable del macrocosmos coagulado en obra para los impulsos de desarrollo, es decir, que hacen valer en el presente fuerzas procedentes del futuro.

El hecho de que, en el caso de la triad de los preparados de milenrama, manzanilla y ortiga, la triad de las sustancias terrestres o sálicas — los metales terrestres potasio, calcio y hierro — sea sometida a una preparación mediante la cual, ellos mismos, con la participación del hidrógeno y del nitrógeno, se convierten en portadores de fuerzas astrales, es un proceso de transubstanciación. Con ello se traspasa el límite que establece la naturaleza. La cualidad de acción de este tipo de nitrógeno debe entenderse, desde esta perspectiva, como polar a aquella que es la fuerza formativa evolutivamente determinante del nitrógeno ordinario en la economía de la naturaleza. El nitrógeno producido mediante la preparación de milenrama, manzanilla y ortiga es uno «que es precisamente tan enormemente útil para el crecimiento vegetal».[382] Los preparados de milenrama, manzanilla y ortiga apuntan, como abono, a instaurar — en conexión con el desarrollo anímico del hombre, en la world convertida en «obra» — un nuevo potencial de desarrollo. El manejo de los preparados es una respuesta a la observación de Rudolf Steiner: «Nos encontramos [desde comienzos del siglo XX; nota del autor] ante una gran transformación del interior de la naturaleza.»[383] Esta solo puede volverse hacia el bien si va acompañada de una gran transformación de la formación anímica de los seres humanos. Donde esta no tiene lugar, surge la destrucción.

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La composición del preparado de ortiga

El roble, su corteza y su corcho

Entre las plantas de los preparados, el roble, el roble pedunculado (*Quercus robur*), es la planta leñosa perenne más representativa de nuestras latitudes. De él se utiliza la corteza o súber para la preparación. Esto llama tanto más la atención cuanto que en todas las demás plantas de los preparados son los capítulos florales — o, como en el caso de la ortiga, por su carácter de floración, el brote entero — los que se emplean para la preparación. La flor del roble es monoica y aún más discreta que la de la ortiga. Solo en la forma de sus hojas y en su fructificación, la bellota, asentada en una cúpula, se revela de manera inconfundible el tipo de este árbol. Si se quiere aproximarse, a través de la intuición imaginativa, a la singularidad de la naturaleza arbórea del roble, hay que dirigir la mirada al devenir lento, gradual, de su poderosa gestalt fornida y nudosa que se afirma a sí misma, y, sobre ese fondo, al proceso de las sustancias que se manifiesta, por un lado, en la formación de la corteza y el súber y, por otro, en la dura y resistente madera de corazón. Este proceso sustancial parte de la zona viva del cámbium hacia el interior y hacia el exterior, y se aproxima en cada caso, como producto final del devenir vegetal, nuevamente a lo mineral. La investigación espiritual señala la importancia del proceso del calcio en la corteza del roble y cómo este mantiene sanas a las plantas: «crea orden cuando el cuerpo etérico actúa con demasiada fuerza».[384] En la zona vital, el líber de la corteza, se forma, junto a los taninos y otras sustancias aromáticas, en células individuales, un compuesto orgánico de calcio, el oxalato de calcio, que cristaliza en las vacuolas celulares y en el súber se conforma en drusas cristalinas que, al ser poco solubles en agua, se conservan allí durante largo tiempo.

Tras la germinación, el roble hunde su raíz pivotante en la profundidad, seguida de raíces laterales o cardiacas que penetran igualmente a grandes profundidades.[385] A estas se unen raíces laterales que se extienden horizontalmente con gran potencia en anchura, las cuales a su vez impulsan hacia las profundidades las llamadas raíces de anclaje en la periferia. El roble adulto forma, como imagen especular de la amplia copa del árbol, una especie de igualmente poderosa «corona de raíces» en las profundidades de la tierra. Su

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todo el porte, y con él sus procesos sustanciales, proclaman esta ligazón con la tierra.

El brote del roble joven crece verticalmente en altura con ramificación en verticilos, y en este tipo de crecimiento se asemeja al de otros árboles de hoja caduca. Pero el arquetipo del roble se revela de manera inconfundible desde la más temprana edad en el follaje tan característico, con la lámina sinuada y lobulada. Solo hacia los 20 años de su juventud cambia la imagen del roble pedunculado hacia la forma de crecimiento que le es propia: una copa ampliamente extendida, irregular, más laxa y traslúcida (Figura 29, pág. 401). Lo que en la forma de las hojas se había insinuado desde el principio, apodera con fuerza en las décadas siguientes a todo el árbol. La gigantesca fuerza de crecimiento, que puede perdurar aún en un roble de mil años, actúa en todos sus miembros como retenida, visible en el hecho de que los brotes guía del año anterior se quedan atrás y son sobrepasados por los brotes laterales, de donde surge el curso irregular de las ramas laterales que se desarrollan como troncos. De igual modo se aglomeran las hojas en la punta del brote formando racimos; el tronco se «retiene» hacia el interior convirtiéndose en madera de gran dureza, y hacia el exterior en el súber compacto y adherido de manera duradera.

Con el avance del engrosamiento, hacia los 20 años desaparece la llamada corteza especular — así denominada por su lisura y brillo — y en su lugar aparece el súber fisurado característico.

Refiriéndose a la estructura de calcio particularmente ideal,[386] Rudolf Steiner habla de la corteza del roble; el concepto botánico de súber, que en botánica se distingue de aquella, queda sin mencionar. Esto ha dado lugar a pareceres divergentes sobre cuál de las dos — la corteza especular o el súber — debe emplearse para la preparación. Hoerner aboga decididamente, en su rigurosa y exhaustiva exposición, por la corteza especular del árbol joven, aquella que antaño se usaba como curtiente de pieles bajo el nombre de corteza para tanino.[387]

En sentido botánico es la corteza, el tejido vivo del líber encerrado por la epidermis. En el presente libro, sin embargo, se dará la palabra al súber. Esto se fundamentará con mayor detalle a continuación. La corteza desaparece a la vista en cuanto el roble alcanza la gestalt que le es propia. Se amplía convirtiéndose en súber, a medida que el tejido del líber, que se renueva anualmente, muere hacia la periferia. La transición al súber la forma desde entonces

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un tejido meristemático secundario, el felógeno, cuyas células protegen la corteza interior frente a las influencias externas y suberifican el tejido del líber que va muriendo, transformándolo en súber. El súber se construye de dentro hacia fuera a partir de las capas anuales suberificadas y muertas del tejido cortical, las cuales permanecen adheridas entre sí.[388]

A consecuencia del engrosamiento del tronco y de las ramas extendidas, el súber se agrieta en fisuras profundas. Las células del corcho protegen el tejido del líber muerto del deterioro y con él el oxalato de calcio y una parte de los aceites esenciales menos volátiles y los compuestos aromáticos y sus derivados que se han formado en la corteza. Los compuestos aromáticos son hidrocarburos cuyo producto final es la resina altamente polimerizada. Cuando Rudolf Steiner habla de que «la resina del roble debería ser todavía bastante activa»[389] — pues como tal secreción no existe en el roble —, se refiere ciertamente a los intermediarios poco polimerizados en el camino hacia la resina. Son, entre otras cosas, las sustancias aromáticas fácilmente volátiles, afines a las secreciones florales, o bien los hidrocarburos aromáticos contenidos en los aceites vegetales. Estos se forman durante la fase de desvitalización de la planta en el camino hacia la flor. Se «evaporan» — en parte gracias al hidrógeno convertido en «soberano único» del proceso — en la indistinción del cosmos;[390] o bien son, como en el caso del súber, menos volátiles y se conservan durante más tiempo gracias al recubrimiento del corcho. Estas sustancias «próximas a la flor» deben su composición a las fuerzas formativas de la corteza y a su desvitalización hacia la forma astralizada del súber. Del súber se ha retirado la vida, como ocurre también en el proceso hacia la flor. Las fuerzas de lo astral permanecen unidas a la «estructura» orgánica del súber del roble, que encierra tanto las formaciones de sustancias aromáticas afines a la flor como el oxalato de calcio cristalizado. El roble crea así, solo en el súber, la estructura que confiere al calcio el poder de actuar sanando a las plantas, y que puede hacerse aprovechable para el suelo y las plantas a través de los pasos de preparación subsiguientes.

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Los robles florecen solo cuando la copa está plenamente desarrollada.[391] Esto ocurre hacia los 60 años de edad. La floración apenas se nota; solo cuando en esta edad avanzada, en septiembre-octubre, caen las bellotas, se repara en la profunda transformación en la biografía del árbol. Enlazando con la consideración precedente, surge la pregunta: ¿No florece el roble y da frutos mucho antes de que florezca y fructifique de manera visible? En toda la naturaleza arbórea, y de manera especialmente representativa en el roble, la tierra se evierte.[392] ¿No tiene lugar en este proceso de eversión ya una especie de proceso de floración y fructificación, solo que retenido en el tronco y las ramas, detenido, por así decir, a mitad de camino? Si se observa un tronco de roble en sección transversal, se pueden encontrar, en orientación horizontal, los *Tria Principia* de Paracelso en la formación del tronco. En la zona marginal del tronco aparece, apenas perceptible a simple vista, la capa vital del cámbium que, oculta bajo la corteza, envuelve al árbol como una hoja verde. Desde esta capa crece hacia el interior el tejido conductor del *Xilema*, que conduce el agua y las sales, y que — visto horizontalmente — «radica» por así decir en la viva madera de albura. En esta se almacenan y movilizan de nuevo los asimilados, como en el complejo de sorción del suelo. Es la zona del proceso «Sal». Hacia el corazón del tronco, la madera de albura muere; se mineraliza en cierta medida convirtiéndose en madera de corazón mediante la deposición de sustancias lignosas, como ligninas y derivados de los taninos, para protección contra la putrefacción.

Hacia el exterior, del cámbium surge el tejido celular de los tubos cribosos (*Floema*). Conduce los asimilados a todas las partes no verdes del árbol. A este se une el tejido cortical o líber. La epidermis, finalmente, ofrece protección frente al viento y la intemperie. Lleva a la manifestación la forma de la planta. La corteza alberga diversos tejidos celulares, que en parte contienen clorofila, es decir, absorben luz, así como células individuales que en sus vacuolas forman cristales de oxalato de calcio. En conjunto domina en la corteza una intensa actividad metabólica retenida y orientada hacia la forma. Se forman sustancias afines a las flores, compuestos aromáticos, como taninos y sus derivados. Con la imagen de la trinidad de Sal, Mercurio y Sulfur, se puede reconocer en la sección transversal del tronco, en la delgada y sumamente viva envoltura de la corteza, un crecimiento del brote mercurial condensado y retenido, que no se diferencia en brote y

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hoja. Este carácter de hoja-brote de la corteza está respaldado por el hecho de que las yemas foliares crecen hacia fuera desde la corteza, y las yemas de brote están en conexión con el cámbium a través de la corteza. Las inclusiones minerales y la formación de hidrocarburos — una sulfurización — apuntan a un proceso de floración aún dominado por las fuerzas de crecimiento y retenido. La corteza está en conexión con el cuerpo leñoso a través del cámbium y los mercuriales radios medulares.

Así como el tallo y la hoja de la planta se transforman en flor, así también la corteza se continúa en metamorfosis, por así decir, en el súber. Esta transformación se produce a medida que, en lugar de la epidermis, se forma un cámbium secundario, el felógeno. El tejido de células de corcho resultante une y envuelve la capa externa de la corteza que muere año a año, y con ella las inclusiones minerales contenidas en esta, así como los compuestos aromáticos menos fácilmente volátiles.

Así como la flor plenamente desarrollada muere en la forma y la coloración y en las sustancias odoríferas que se volatilizan, así también el crecimiento de hoja-brote del roble muere en el súber. En este, todo lo que antes fue vivido se convierte en forma rígida y muerta, lo que era verde se vuelve pardo terroso y rojizo, y lo que estaba ligado a sustancias aromáticas fácilmente volátiles se ha evaporado. Visto así, en el súber se completa un proceso de floración o sulfurización aún próximo a la tierra e incompleto. Las sustancias no están todavía plenamente sustraídas a su legalidad física. Pero el calcio, elevado a la vida de la planta, establece una conexión con el ácido oxálico sulfúrico surgido de esa vida. Cristaliza en oxalato de calcio en diversas formas cristalinas: romboédrica, en barra o aguja, u octaédrica en dobles pirámides. Se distinguen arena cristalina, cristales individuales, maclas, drusas y esfaeritas.[393] El oxalato cálcico (oxalato de calcio) se forma en el plasma celular. Los cristales están siempre rodeados en su estadio juvenil por una envoltura plasmática que, al madurar en el súber, muere. Lo que del conjunto de composiciones sustanciales de la corteza permanece en el súber son los hidrocarburos poco volátiles y los cristales de oxalato de calcio. En estos últimos el calcio se encuentra en una estructura que ha recibido su impronta del contexto vital del roble. Del súber se ha retirado la vida; lo astral, sin embargo, que ha creado esta estructura (forma), permanece unido a lo físico-material, también con los

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hidrocarburos menos altamente polimerizados, así como con los oxalatos de calcio embebidos en este contexto vital. El súber permanece firmemente unido a la corteza. El proceso que llega a su término en el súber puede compararse con el efecto abonador del compost: comunica al suelo algo «que tiene la tendencia a compenetrar lo astral con lo terrestre de manera muy intensa, sin el rodeo de lo etérico».[394] Este proceso se realiza en su grado más alto en la flor. Bajo el predominio del proceso de sulfurización, equivalente a la acción astral, esta florece, revelando así su ser en imagen, al tiempo que muere en esa imagen de forma y color. En la flor se realiza una transformación completa de lo físico, de la materia terrestre. En el súber se realiza igualmente una especie de proceso de floración, que sin embargo se detiene a mitad de camino en un nivel más profundo. No se llega a una transformación de las sustancias, sino a una conservación sulfúrico-astral de la composición organo-mineral de las sustancias que ha salido de la vida de la corteza y ha sido impresa en una determinada «estructura» orgánica.

Si se dirige la mirada a los árboles formadores de súber, como el roble, se puede decir: El súber es expresión de un proceso de floración próximo a la tierra que perdura a lo largo de las estaciones del año y que — simultáneamente con la corteza, el cámbium, la albura y la madera de corazón — confiere al árbol permanencia en el cambio de las estaciones. Visto así, el material de partida para el preparado de corteza de roble es igualmente una materialidad surgida de un proceso parecido al de la flor. Esto lo corrobora la respuesta de Rudolf Steiner a la pregunta de un oyente: «¿Se toma en consideración toda la corteza?» «Solo en realidad la capa cortical exterior, que se deshace cuando se desprende.»[395]

Lo que es propio de la naturaleza arbórea en general — una fuerte condensación de la astralidad en la copa del árbol — caracteriza al roble de manera muy particular. Está emparentado en ello con la ortiga, aunque en sentido inverso. En esta última es característica su extraordinaria «acción hacia el interior». En el roble, en cambio, una especie de acción hacia el exterior, una fuerte fuerza de atracción sobre el mundo de los insectos, que es como si fuera una cuna para muchas de sus especies. En la zona de las raíces son las larvas de un sinnúmero de especies de escarabajos sobre todo, en el mantillo del tronco viejo y hueco, entre otras, la larva del ciervo volante, y en la zona foliar las avispas agalleras. La agalla, morada de estas, es sintomática del actuar de lo astral del animal. La avispa agallera provoca que mediante

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acción hormonal la bidimensionalidad de la hoja de roble crezca desde el punto de puesta de los huevos hacia una agalla medular, es decir, en la tridimensionalidad. En la agalla que alberga a la larva, la hoja se forma como una especie de órgano cutáneo esférico, un interior rico en tejido nutritivo que se cierra frente a un exterior. Las formaciones de agallas aparecen también en otras plantas leñosas. El roble, sin embargo, es capaz de producir, como planta huésped individual, más de 100 tipos distintos de agallas.[396] Destaca el elevado contenido de las agallas en taninos y colorantes, lo que apunta de nuevo a una sulfurización prematura en la zona foliar, de manera similar a lo que ocurre en la corteza y el súber.

Solo con la mirada dirigida a la imagen del roble pedunculado, a sus procesos sustanciales particulares, a su relación con el mundo de los insectos y con las fuerzas del entorno, se acercará uno a comprender la afirmación del investigador espiritual de que «la estructura de calcio presente en la corteza del roble es la más ideal de todas», para producir, mediante una preparación que da un paso más, un abono capaz de «combatir profilácticamente las enfermedades de las plantas».[397]

El cráneo del animal doméstico

Tan singular como el roble entre las plantas de los preparados, así de aparentemente solitario se presenta también el órgano-envoltura del reino animal que sirve para la preparación de la corteza-súber del roble, el cráneo de un animal doméstico: «Es casi indiferente de cuál de los animales domésticos.»[398] Esta afirmación de la investigación espiritual encierra nuevamente grandes enigmas. En los demás preparados, el órgano-envoltura está estrictamente asignado a una determinada familia animal, como la caza mayor, o a una especie animal concreta, el bovino como animal doméstico; aquí, en cambio, en el caso de la preparación de la corteza del roble, la especie animal no desempeña ningún papel, sino únicamente el hecho de que cumpla con la cualidad esencial del ser-animal-doméstico. Las particularidades singulares de la constitución corporal y de los comportamientos anímicos fueron abordadas en el capítulo «Los animales domésticos — órganos en el organismo de la finca y del paisaje» (pág. 126 y ss.). Estas son altamente variables y se diferencian en su configuración y orientación de manera esencial de sus congéneres que viven en estado salvaje. Pero, ¿qué es lo que hace de un animal un animal doméstico más allá de los límites de especie, familia y orden? Desde que fue degradado a mero animal de aprovechamiento en la ganadería intensiva, el concepto de animal doméstico ha quedado vacío de contenido. Solo recupera su peso

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cuando se considera que en los animales domésticos su surgimiento, su apertura anímica hacia el ser humano, su capacidad de prestarle servicios, son creaciones del hombre. La domesticidad debe su existencia y tendrá su futuro gracias a la entrega y al amor del ser humano. Son estos los que dan continuamente al animal algo que por naturaleza no posee. Y es este don el que se ha inscrito en la formación corporal del animal doméstico hasta en la configuración física del sistema óseo. Así como el roble confiere al calcio en la corteza-súber una estructura ideal, así el calcio y sus compuestos en el hueso craneal casi muerto a través del animal doméstico. A esto se anuda la pregunta: ¿Qué ocurre en este sentido con los animales de aprovechamiento hibridados o manipulados genéticamente y mantenidos en condiciones digitales? ¿Puede atribuírsele aún a semejante cráneo de animal de aprovechamiento la cualidad de un cráneo de animal doméstico? El animal doméstico debe ser reconocido de nuevo según su unicidad esencial. Por la mano y el espíritu del ser humano debe ser elevado continuamente, aunque sea en una pequeña medida, por encima de su mero ser-animal. No se trata únicamente de una cuestión de cría en el sentido en que hoy se entiende, sino de una cuestión de educación. El animal doméstico requiere de una educación para llegar a ser animal doméstico, así como el ser humano necesita una para llegar a ser hombre. Practicar esta educación del animal hacia la domesticidad de manera consciente y acorde a su esencia es un arte que eleva al animal por encima de los instintos heredados de la naturaleza. El animal doméstico renuncia, en cierto modo, a los sabios instintos de su forma salvaje. Es responsabilidad del ser humano compensar más que suficientemente esta pérdida. Porque el animal no tiene un Yo, necesita de la conducción educativa del Yo por parte del hombre. Esto exige hoy, una vez que las prácticas tradicionales de la relación campesina entre hombre y animal han desaparecido, un conocimiento de la esencia del animal mediante el cual el aprovechamiento mismo recupere nuevamente un valor educativo. La ganadería biodinámica se funda en este enfoque. Donde se trabaja en este sentido de una comprensión profundizada sobre el ser y el llegar-a-ser del animal doméstico, cabe esperar encontrar cráneos que cumplan la tarea que les está destinada para la preparación del preparado de corteza de roble. La identidad entre aprovechamiento y educación fue antaño tangiblemente visible en la cría del caballo, por ejemplo en los caballos de trabajo uncidos al carro o al arado. Después de que hubiesen cumplido su labor bajo la rienda durante toda su vida de caballos, se utilizaban con gusto en la agricultura biodinámica sus cráneos para la preparación. El caballo de trabajo ha quedado (¿provisionalmente?) fuera de uso. Lo que hoy se emplea generalmente es el cráneo de la vaca, que también aporta, con un sacrificio oportuno en otoño, las envolturas orgánicas para

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el preparado de manzanilla y de diente de león. En su caso se utilizan también cráneos de oveja o de cabra.

El cráneo se articula en cráneo facial y cráneo cerebral. En los animales recién nacidos, ambos forman todavía una forma unitaria, aproximadamente redondeada, tal como la conserva el ser humano durante toda su vida. El cráneo facial se alarga entonces en el breve tiempo de juventud del animal y domina desde entonces la forma de la cabeza. La cabeza amenaza con ser, por así decir, invadida por las fuerzas metabólicas. Este fenómeno y su dominio se manifiesta de manera particularmente impresionante en los portadores de cornamenta y, de modo distinto, en los bovinos. El ciervo macho, por ejemplo, realiza cada año de nuevo una formidable prestación metabólica al hacer crecer desde el cráneo cerebral la cuerna, intensamente irrigada y recubierta de una piel aterciopelada. Esto ocurre en la primera mitad del año. Al comienzo del segundo semestre, el poder de las fuerzas metabólicas que irrumpen en la cabeza es desterrado de la cuerna, esta se extingue en la forma ósea que encierra un espacio interior, en la forma de las ramas ramificadas, y se convierte en un poderoso órgano sensorial que palpa el entorno de calor-luz-aire. En invierno es desprendida. No de manera diferente, y sin embargo de forma polar, ocurre con las prolongaciones cefálicas del bovino, los cuernos que crecen año tras año y al mismo tiempo se extinguen en la envoltura córnea. A través de estos, un órgano sensorial orientado hacia el interior, el acontecer metabólico que avanza poderosamente hacia la organización nerviosa-sensorial es rechazado hacia el interior del cuerpo por la envoltura córnea extinguida. Así preserva el bovino, de manera distinta al ciervo, las fuerzas nerviosas-sensoriales de la cabeza del poder avanzante de las fuerzas metabólicas.[399]

La estructura anatómica de la formación corporal y del cráneo no es diferente en los animales domésticos que en las formas salvajes. Y sin embargo existe una diferencia significativa en el tipo de configuración: esta es altamente variable; el cráneo facial permanece algo acortado, las prestaciones sensoriales son menores, las prestaciones metabólicas mayores, el volumen de la cavidad cerebral está en parte considerablemente reducido (véase el capítulo «Los animales domésticos — órganos en el organismo de la finca y del paisaje», pág. 126 y ss.). Pero estos son síntomas de un desarrollo retenido en los animales domésticos, de una preservación de su juventud, de un estatus en cierta medida más embrionario. Esta preservada

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juventud es la que caracteriza la esencia del animal doméstico. En términos evolutivos, debe su ser más juvenil al ser humano. Este hecho le impone la obligación de orientar, en conocimiento de la esencia y con amor, la educación en la cría, la alimentación y el cuidado hacia esa dirección.

Como órgano-envoltura animal para la corteza-súber del roble desmenuzada sirve la cavidad cerebral en el cráneo de uno de los animales domésticos más grandes. Esta queda rodeada por un mosaico de huesos del cráneo superior, que en parte están preformados desde tejido conjuntivo, como la bóveda craneal (con el hueso frontal, el temporal y el parietal), y en parte desde cartílago, como los huesos de la base del cráneo y parcialmente el occipital, así como los huesos que delimitan la cavidad cerebral frente al cráneo facial. La osificación surge a través de células óseas que irradian en tejidos conjuntivos y cartílagos desde centros individuales y que, mediante la incorporación de fosfatos de calcio y magnesio, carbonatos de calcio y fluoruro de calcio, hacen solidificar la movilidad del tejido básico. De ello surgen los huesos planos de cubierta, que están unidos por puentes de tejido conjuntivo o cartilaginoso. Al envejecer se osifican finalmente, en el caso de los cartílagos, en los huesos más fuertemente conformados, que en parte se fusionan entre sí y que delimitan la cavidad cerebral hacia el cráneo facial. La osificación (Ossifikación) es una muerte progresiva en la forma. De manera comparable, la corteza se extingue en la forma del súber. Y sin embargo, por tratarse de un animal, este proceso de extinción es retenido por el cuerpo de las fuerzas formativas. Los procesos vitales permanecen en flujo de manera gradual; una continua degradación, transformación y construcción de las sustancias óseas sigue teniendo lugar. Cuán profundamente penetrados están aún los huesos por los procesos vitales lo ilumina el hecho de que un tercio de los huesos consiste en sustancia orgánica básica, el Ossein, y dos tercios en las sales minerales antes mencionadas (P, Ca, Mg y F).[400] Las fuerzas formativas vivifican e irradian los huesos desde el periostio, la membrana ósea inervada y vascularizada que reposa en el exterior.

De las consideraciones anteriores, tampoco de las particularidades morfológicas mencionadas, no se encontrará ninguna indicación concluyente que acerque al entendimiento la afirmación del investigador espiritual de que para la preparación de la corteza del roble entra en consideración un cráneo: «Casi indiferente de cuál de nuestros animales domésticos.»[401] Una respuesta solo podrá encontrarse probablemente si se toma en consideración la relación hombre-animal desde las épocas glaciales

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y las grandes civilizaciones antiguas que las siguieron. La humanidad vivía entonces todavía en una conciencia onírica. También puede llamársele una conciencia mitológica. De ella emanaron los mitos de los pueblos, inspiraciones desde un mundo percibido como geistreal suprasensible. Se hallaba bajo la conducción del sacerdocio inspirado de los Misterios. En estos trasfondos espirituales debe buscarse el origen de la domesticación (cf. cap. «Los animales domésticos — órganos en el organismo de la finca y del paisaje», pág. 126 y ss.). Esta consistió en que la vida instintiva evolutivamente predispuesta de los animales fue gradualmente sustituida por la conducción del ser humano. Este paso de transformación desde la constitución anímica-espiritual de conciencia de la humanidad de aquel entonces se imprimió en el cuerpo etérico de los animales y a través de este en el cuerpo físico y así también en la corriente hereditaria. Ello contribuyó a que el animal doméstico preservara su juventud, a que mantuviera variable su constitución corporal. En última consecuencia, cabe asumir que el secreto de la domesticación ha encontrado su sedimento en el cuerpo físico, en la disposición específica de las sustancias, en su «estructura», allí donde la vida cuaja completamente en la forma. Una vez creada la forma, la vida se retira de ella, esta cae presa de la muerte. Esta disposición de las sustancias, creada por las fuerzas formativas del animal doméstico, es en cada caso diferente en los huesos tubulares de las extremidades, en los huesos de la pelvis, de la columna vertebral, y nuevamente diferente en los huesos craneales que envuelven el centro del sistema neurosensorial. La sustancia predominante que construye estos últimos es el calcio; se presenta en diversas composiciones con fósforo, carbono, oxígeno y flúor. Sus fuerzas dirigidas, por así decir, hacia un punto central confieren al cráneo cerebral su forma que se aproxima a la esférica. La disposición composicional del calcio en los huesos del cráneo cerebral es, así cabe concluir, expresión del juego de fuerzas anímicas mantenido en estado juvenil del animal doméstico, estimulado por el ser humano. Es, en el nivel animal, una manera superior de disposición de las sustancias del calcio en comparación con aquella que, en el nivel vegetal, se presenta por ejemplo en la corteza-súber del roble. Desde esta perspectiva, el cráneo del animal doméstico preserva en sus composiciones cálcicas fuerzas astrales que han afluido al animal doméstico a través de la entrega activa del ser humano y que han ocupado el lugar de los instintos perdidos. Estas poseen en un sentido superior la capacidad de actuar de manera purificadora, depuradora y sanadora sobre los procesos vitales que proliferan descontroladamente.

Este intento de aproximación conceptual a la comprensión de los materiales de partida del preparado de corteza de roble y del cráneo del animal doméstico debe seguir profundizándose. Pero con ello no queda aún resuelto el enigma de la

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preparación como tal. Esta debe ser realizada por manos humanas — ¡un acto artístico!

El roble crece en nuestros paisajes, del mismo modo se encuentran en ellos todas las plantas de los preparados y también los animales domésticos; pero ¿bajo qué condiciones de vida y de entorno? Todo lo que esté en nuestra mano debemos hacer para promover su desarrollo acorde a su esencia en la configuración del organismo de la finca y del paisaje. Esto incluye, siempre que sea posible, la fertilización con los preparados. Esta es, en su surgimiento, una síntesis de las sustancias y fuerzas que componen el paisaje y, en su aplicación, en su conjunto un remedio para su armonización.

La preparación de la corteza-corcho del roble

En septiembre nos procuramos la corteza de una encina crecida en la demarcación de la finca — en lo posible — y un cráneo, en lo posible de un animal criado en ella (Imagen 29). En el caso de encinas más antiguas con corteza profundamente agrietada, conviene raspar con un escarpador la capa más exterior, a menudo ligeramente musgosa, y utilizar únicamente las capas de corteza más jóvenes que hay debajo. La masa que al arrancarla ya se deshace un poco se tritura hasta obtener una estructura del todo granulada. Al cráneo del animal doméstico se le extrae, tras el sacrificio, el cerebro a través del agujero occipital, así como los restos de carne y piel que aún le adhieren por fuera. Se utiliza entonces la parte superior del cráneo y por esa misma abertura del hueso occipital — por donde el cordón nervioso de la médula espinal pasa al cerebelo — se rellena la cavidad craneal con la masa de corteza. La abertura se cierra con una esquirla de hueso craneal y se sella con arcilla.

En este primer paso de la preparación se lleva a cabo una primera inversión: algo exterior, la corteza, se convierte en algo interior, envuelto por una cubierta ósea que ya en la vida del animal doméstico estaba más próxima a la muerte que a la vida. Junto al cerebro, servía al hacerse conscientes las percepciones sensoriales guiadas por el instinto (Imagen 29).

En el segundo paso de la preparación se lleva a cabo una segunda inversión de un proceso natural, conducida por el espíritu y la mano del ser humano. Los cráneos, inmediatamente después de haber sido rellenados con la sustancia vegetal, se entierran a poca profundidad en un lugar donde haya mucho fango vegetal y adonde afluya agua atmosférica — de lluvia y de deshielo. En ese medio terroso y húmedo de carácter lunar reposan, expuestos allí a las fuerzas del otoño y

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Abbildung 29: Die Stoffkomposition des Eichenrindenpräparates im Durchgang durch das Winterhalbjahr.

del invierno. La dificultad de satisfacer estas condiciones de manera óptima ha dado lugar a las más diversas soluciones prácticas.[402] Una manera flexible de proceder queda facilitada por la siguiente indicación de Rudolf Steiner: «sumergimos ahora [el cráneo; nota del autor] en la tierra y ponemos encima [...] turba molida e intentamos, haciendo llegar de algún modo una canalización, traer al lugar la mayor cantidad posible de agua de lluvia. Incluso se podría hacer [...] en un tonel al que entrase continuamente agua de lluvia y de él pudiese salir también [...] poner allí esa sustancia vegetal que actúa intensamente para que siempre haya fango vegetal.»[403] Ambos métodos se practican.

En primavera se lleva a cabo el tercer paso de la preparación: los cráneos son extraídos de su medio terroso-acuoso. Se produce nuevamente una inversión: lo interior, el relleno de corteza, ha recibido y concentrado el actuar de las fuerzas desde fuera. Lo que aparece es una nueva sustancia, de coloración algo más oscura en su exterior y de consistencia levemente terrizada, aunque todavía granulada. Es una nueva sustancia,

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en cuanto está dotada de la nueva propiedad de una acción astral radiante, que «confiere realmente al compost y al estiércol las fuerzas para combatir profil ácticamente, para detener, las enfermedades perjudiciales de las plantas».[404]

¿Cómo podemos seguir conceptualmente el proceso que se desarrolla durante el semestre invernal en lo terrestre, entre el fango vegetal, la cubierta de hueso craneal y la corteza de la encima? Lo que sigue es un intento de interpretación. Se trata de la pregunta: ¿cómo puede hacerse aprovechable la propiedad del calcio de contraer las fuerzas de lo etérico? Con demasiada frecuencia, tras un invierno y una primavera húmedos y un período cálido y soleado que irrumpe de repente, aparecen masivamente organismos extraños perjudiciales como los pulgones en colonias. Son un signo de crecimiento etérico proliferante. Las fuerzas cósmico-astrales son demasiado débiles para encauzar en la forma el exceso de fuerza de crecimiento. Aquí puede ayudar la fuerza contráctil del calcio — pero no el compuesto calcáreo ordinario, ligado al residuo ácido del ácido carbónico (CaCO3), sino que para ello se necesita un calcio con una «estructura» como la que se encuentra en la corteza de la encina. Este oxalato de calcio, elevado por los procesos vitales de la encina y excretado por ella en la corteza, debe ser llevado, a través de los pasos de la preparación, a un estado en que, como adición a los abonos orgánicos, mantenga el equilibrio sano entre el nexo vital suelo-planta y las fuerzas astrales que irradian desde los planetas subyacentes al sol — Venus, Mercurio, Luna. Esto puede lograrse generando un estado de eteridad caótica y proliferante. En el fango vegetal se da ese estado. Debe mantenerse continuamente mediante el aflujo de agua de lluvia y de nieve. El agua atmosférica contiene oxígeno, que cuida de que los procesos de descomposición que transcurren anaeróbicamente no se transformen en putrefacción. Polar a la humedad del fango vegetal es la naturaleza del agua de lluvia y de nieve que afluye, impregnada de fuerzas cósmicas. Esta se condensa en la atmósfera invernal desde el estado gaseoso del aire hasta la forma de gota, o cristaliza hasta el copo de nieve. En ambos estados el agua tiene su propio centro. Las fuerzas del macrocosmos entran en relación con ese centro, se concentran en la envoltura acuosa y la delimitan hasta la forma de gota o de copo de nieve. Cuando estas gotas de agua se unen para formar una masa de agua homogénea en lo terrestre, entregan su propio centro al centro del punto medio de la Tierra.

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Las fuerzas cósmicas concentradas en las gotas se disuelven en lo terrestre y, en el caso que nos ocupa, en el caos primordial del fango vegetal. En una especie de síntesis se produce el equilibrio: el proceso de descomposición microbiana de carácter lunar es llevado a un equilibrio por las fuerzas del cosmos actuante en el presente. Cabe suponer que este equilibrio consiste en la conjunción del actuar planetario subyacente y el suprayacente al sol.

En este medio de fango vegetal caóticamente informe y del agua de lluvia o de nieve que fluye por encima se sumergen los cráneos de animales domésticos rellenos de corteza de encina en la cavidad craneal. Ininterrumpidamente, las fuerzas etéricas que se van uniendo envuelven el cráneo y penetran la bóveda ósea. Esta presenta una estructura cálcica formada por las fuerzas astrales superiores de los animales domésticos que están al servicio del ser humano. Desde el corazón, que está en relación con el Sol, actúan en el animal hacia la cabeza las fuerzas de los planetas suprayacentes al sol, Marte y Júpiter, mientras que en la cabeza misma dominan las fuerzas formativas y estructurantes de Saturno.[405] Es decir, las fuerzas etéricas caotizadas en el fango vegetal, traídas a una especie de equilibrio por el agua de lluvia, se transforman en fuerzas formativas al pasar a través de la bóveda craneal gracias a las fuerzas astrales menos ligadas al instinto de los animales domésticos. El calcio de la bóveda craneal, estructurado por el cuerpo astral de los animales domésticos, contrae las fuerzas etéricas y las dota de poder de acción constructivo y ordenador. En la corteza, preparada de tal modo por la encina, el calcio se halla por un lado en una composición material tal que se vuelve receptivo a las corrientes etéricas del fango vegetal, transformadas en fuerzas formativas por mediación del cráneo del animal doméstico. Por otro lado, está en la naturaleza del calcio el concentrar y conservar, en el contexto de acción de la corteza de la encina, las fuerzas formativas así recibidas.

Los cráneos de animales domésticos con su relleno permanecen durante todo el semestre invernal expuestos a las fuerzas terrestre-cósmicas que irradian en lo terroso-acuoso. Esta manera de proceder puede interpretarse así: por un lado, en ese período el actuar planetario subyacente al sol — y en especial el de la Luna — es de todos modos el más intenso en lo acuoso del fango vegetal; por otro lado, las fuerzas formativas del entorno más lejano de las estrellas fijas, que actúan a través de lo sólido-terroso, despliegan su mayor eficacia en el duro cráneo de animal doméstico cuajado en esa forma.

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El preparado terminado se incorpora, al igual que los ya descritos, al compost y a los montones de estiércol en la cantidad de un pellizco de tres dedos por 1 a 2 m3 en el ámbito hortícola, y en el agrícola por cada 8 a 15 m3. No importa la sustancia, sino la radiación de fuerzas. También aquí el juicio debería formarse a partir de lo que enseñan la observación y la experiencia personales.

En contraste con el cuarzo-sílice, Rudolf Steiner describe al calcio como aquel que quiere «atraer todo hacia sí». «Lo que el calcio quiere, vive en lo vegetal.» «Lo calcáreo es el deseo exterior general en lo terrestre.»[406] En esta propiedad de lo «apetitivo» se expresa naturalmente el calcio anorgánico muerto. A través de los procesos vitales de las plantas — y de manera especial de la encina — va siendo liberado gradualmente de esta sujeción a lo terrestre. Desde ese estado vitalizado es excretado en la corteza en un estado que, si bien se aproxima a lo mineral, imprime sin embargo en su «estructura» al oxalato de calcio incrustado en el tejido de la corteza el sello de la organización de fuerzas formativas de la encina. ¿No puede verse en ello el sentido de los tres pasos de inversión descritos en la preparación — que la «naturaleza de deseo» del calcio muerto se invierte en su contrario? Se transforma en su configuración de fuerzas en un estado en que ya no quiere nada para sí, sino que transmite a las plantas fuerzas con las que ellas pueden defenderse de las influencias nocivas y dañinas que vienen de fuera. El calcio en la cal es elevado, mediante los pasos procesales de la preparación, fuera de sus estados evolutivamente fijados; de ser un tomador se convierte en un dador, en un sanador en la vida de las plantas.

Resumiendo, puede decirse: como en todos los preparados, los pasos individuales de composición no actúan de manera aditiva, sino multiplicativa. Surgen sustancias que no son variaciones de propiedades que, fijadas por las leyes naturales, provienen del pasado, sino propiedades que en nexos vitales hacen posible el desarrollo. En el caso del preparado de corteza de encina es la propiedad recién ganada de fortalecer la configuración de miembros constitutivos de la planta y, con ello, de contrarrestar profil ácticamente las enfermedades de las plantas.

Las sustancias y fuerzas naturales que en una composición novedosa generan una sustancia abonadora con tal propiedad son las siguientes:

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4. La corteza de encina: la encina lleva el proceso de floración como un gesto que se abre hacia el cosmos — a través de su ser más «terrestre», lo que luego en la corteza se expresa sustancialmente en el oxalato de Ca.

5. El cráneo del animal doméstico: está metamorfoseado por la conducción del ser humano. En el animal salvaje, el espíritu del alma de grupo da la forma; en el animal doméstico, a este se suma el espíritu del ser humano.

6. La cavidad craneal, que alberga el cerebro y está rodeada por el líquido cefalorraquídeo, es un espacio elevado del contacto inmediato con lo terrestre — un reflejo microcosmico del macrocosmos.

7. En invierno, la Tierra, despierta espiritualmente, está entregada a sí misma.

En estas cuatro cualidades se expresa una tendencia de acción centrípeta, dirigida hacia la Tierra. Se presentan separadas en la naturaleza. Cuando se las pone en relación entre sí — tanto espacial como temporalmente — sobre la base del fango vegetal y del agua atmosférica que afluy durante el semestre invernal, el proceso del calcio queda dotado de la nueva propiedad de compensar terapéuticamente las unilateralidades en lo terrestre.

La composición del preparado de diente de león

En la búsqueda de una planta que, por sus propios procesos vitales, sea capaz de hacer surgir en sí misma «la correcta acción recíproca entre el ácido silícico y el potasio, no el calcio», la investigación espiritual encuentra el diente de león (Taraxacum officinale).[407] «El inocente diente de león amarillo, allí donde crece en una región, es un bien extraordinario. Pues es el mediador entre el ácido silícico distribuido finamente de manera homeopática en el cosmos y aquello que se necesita como ácido silícico por toda la región. Es verdaderamente una especie de mensajero celestial.»[408] El diente de león está dotado evolutivamente para atraer «de la manera correcta el ácido silícico» «de todo el entorno cósmico». «Pues el ácido silícico tenemos que tenerlo dentro de la planta. Y precisamente en lo que respecta a la absorción del ácido silícico, la Tierra pierde con el tiempo su poder. Lo pierde lentamente, por eso no se lo advierte.»[409] Este ácido silícico «tiene la mayor significación para el crecimiento de las

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plantas».[410] El «silicio contenido en él, a su vez, es transformado en el organismo en una sustancia de extraordinaria importancia, que actualmente no figura entre los elementos químicos».[411] Aquí el investigador espiritual señala de nuevo un enigma para cuya solución la observación sensorial aporta fenómenos aislados que apuntan a una conexión superior, al «vínculo espiritual» (Goethe), que como tal solo se abre a la experiencia espiritual pensante.

El aspecto del diente de león

El diente de león revela en todos sus miembros una abundancia de fenómenos que asombran y señalan un carácter singular que lo distingue incluso dentro de la peculiaridad de la familia de las Compuestas (Asteráceas). Es una planta de floración primaveral — unos pocos puntos de color amarillo aparecen de nuevo hacia el inicio del otoño. — Siguiendo el suave velo blanco-violáceo de la cardamina de los prados (Cardamine pratensis), en abril los prados, pastizales y bordes de camino se cubren con un manto dorado del diente de león en flor. Esto ocurre precisamente en el momento en que la Tierra exhala de nuevo hacia el entorno su ser anímico-espiritual, saliendo de su recogimiento invernal. El mar de flores de diente de león aparece como imagen de esta reconexión entre la Tierra y el cosmos. Tan rápido como apareció a finales de marzo, tan rápido desaparece a finales de abril de la vista, oculto por las hierbas y plantas vecinas que crecen ahora con rapidez. Durante todo el año que sigue a la floración, concentra y preserva las fuerzas del cosmos y de la Tierra, que luego, bajo los rayos del sol primaveral ascendente del año siguiente, de pronto, de la noche a la mañana, ola tras ola, hacen dispararse hacia lo alto los escapos florales. Estos elevan los capullos, que se abren sobre el amplio receptáculo floral y vuelven hacia el sol la cabezuela repleta de flores liguladas.

La forma de crecimiento del diente de león es pronunciadamente triarticulada en raíz, tallo, hoja y flor (figura 32, pág. 423). Esto apunta a una poderosa acción de fuerzas astrales que prestan al cuerpo etérico de este «mensajero celestial» sus asombrosas funciones formativas. Cada uno de sus miembros se manifiesta como una polaridad de retención (reposo) y movimiento. Son fuerzas astrales las que imprimen esta contradicción en la organización etérica del diente de león. Esto vale naturalmente, de manera muy diversamente modulada y menos

pronunciada, para todas

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las plantas con flor. El cuerpo astral de la planta, que la irradia desde el mundo suprasensible hacia el exterior, configura, mediante una especie de acción interior, las fuerzas etéricas en constante movimiento, transformándolas en fuerzas formativas. De acuerdo con la imagen esencial de la planta, estas frenan o retienen los procesos vitales, o bien los activan hacia un crecimiento vigoroso. En el cereal, por ejemplo, el tallo crece de una retención del crecimiento, el nudo, hasta la siguiente. Desde esta zona de retención se desarrolla, por un impulso de movimiento, el siguiente entrenudo (internodium) y la hoja correspondiente, que envuelve el tallo hasta el siguiente nudo como vaina foliar. A esta acción interior que se extingue rápidamente en la forma se opone polármente una acción astral exterior. Esta se manifiesta en el elemento del aire, que es puesto en movimiento por el calor. El componente principal del aire es el nitrógeno mineral-muerto (79%), el portador físico de la acción de las fuerzas astrales. Puede decirse que en cada soplo de aire que acaricia las hojas, en cada ráfaga de viento que las hace oscilar de un lado a otro, que hace balancear ramas y ramas, o que hace fluir un campo de centeno en «ondas de plata que se mecen»[412] — en todo ello actúa un impulso de movimiento: expresión de una acción astral exterior.

De manera completamente distinta se comporta el diente de león como planta herbácea perenne (con una vida de unos ocho años). Está dominado de parte a parte por la acción astral interior que configura la vida, comparable a la ortiga, aunque polármente opuesto a ella. Mientras la ortiga, afirmándose a sí misma y presentándose hacia el exterior de manera defensiva, da a su magnífica acción interior una envoltura protectora propia, la imagen que ofrece el diente de león muestra cuán completamente está entregado tanto a la Tierra como al cosmos. Aunque la organización astral del diente de león pone las fuerzas etéricas poderosamente a su servicio, su imagen exterior es el modelo de una voluntad entregada, no de una voluntad propia: «El inocente diente de león amarillo», tal como lo apostrofa el investigador espiritual.[413] Una acción exterior en el sentido mencionado apenas llega a alcanzarlo.

Die Wurzel

La polaridad entre fuerza vital represada y fuerza vital en movimiento imprime ya su sello poderosamente en la raíz. Esto se manifiesta, por un lado, en la fuerte fuerza de penetración en profundidad de la raíz pivotante, que en la zona del

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humus del suelo superficial se ramifica una o varias veces. Las ramificaciones radiculares penetran profundamente en el subsuelo mineral y sólo allí se despliegan con la fina red de raicillas. Incluso trozos de la parte superior de la raíz pivotante pueden desarrollarse de nuevo en ambos extremos de corte hasta convertirse en una planta completamente formada.[414] Por otro lado, las partes superiores de la raíz primaria ramificada se engrosan en el suelo superficial de manera similar a un nabo, constituyendo una raíz rizomatosa. Está colmada de una masa celular laxa que es atravesada por un sistema de tubos interconectados en red. Estos canales conducen un jugo lácteo blanco y viscoso que se encuentra bajo presión. Aquí se hace valer un efecto de represamiento que puede seguirse hacia arriba hasta los pedúnculos florales. Si se corta la raíz, el nervio de la hoja o el pedúnculo floral, el jugo lácteo brota de inmediato; toda la planta del diente de león se encuentra de manera constante bajo una presión elevada de jugos (turgencia). Puede decirse también que el cuerpo etérico de esta planta se halla bajo una permanente «presión formativa» ejercida por lo astral.

Tallo y hoja

En comparación con el «polo sal» de la raíz pivotante, al transitar hacia el rizoma superior de la raíz, la zona mercurial de tallo y hoja del diente de león se represa en una pronunciada roseta foliar (figura 32, pág. 423). El tallo permanece embutido en el cuello de la raíz, represado de por vida, mientras las fuerzas formativas vitales irrumpen con potencia en las hojas dispuestas en espiral, apretadamente agrupadas. Las hojas yacen pegadas al suelo, en invierno por completo; en primavera se yerguen. Las hojas jóvenes que brotan del corazón de la roseta se ponen verticales y, al envejecer, van hundiéndose gradualmente hasta el plano de la roseta, acercándose a la tierra. Mientras así se forman nuevas hojas desde la primavera hasta el otoño —alrededor de cien—, las más viejas van muriendo en la cara inferior de la roseta.

La alta fuerza propulsora de las hojas parte de la nervadura central, que sobresale plásticamente y conduce también jugo lácteo. A ella se une la lámina foliar, que acompaña al largo peciolo haciéndose progresivamente más estrecha de arriba abajo. En la sucesión foliar, esta lámina es, desde los cotiledones, alargada y redondeada en su parte superior. Pero pronto la fuerza propulsora que se lanza con ímpetu hacia la lámina se encuentra con la fuerza represante o formativa que actúa en sentido contrario desde el exterior. En poderosas puntas agudas —los dientes de león— irrumpe hacia afuera y sufre, como contragolpe, profundas escotaduras hacia adentro. Surge así la imagen de una

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Abbildung 30: Stadien des Aufblühens, Welkens und der Bildung der Schirmchensphäre in der Samenreife (aus: Bockemühl, Järvinen, 2005, S. 96).

forma marginal poderosa, parcialmente bizarra y disonante en ambos lados, de las hojas alargadas. Solo en la punta foliar, en la forma triangular equilátera a modo de yelmo, se logra un equilibrio armonioso entre fuerza propulsora y fuerza formativa.

Die Blüte

La polaridad entre estancamiento y movimiento convierte ya la raíz pivotante —engrosada hacia arriba por la acumulación de jugos— en un miembro del diente de león que se vive manifestándose con vida propia. No menos autónoma, y en nochmalige Steigerung, se despliega la roseta foliar. Y plenamente, como separada de ella, irrumpe la flor sin transición en consumada maestría sobre esta polaridad, como si estuviera sustraída de lo terrenal.

En las axilas foliares, en el corazón de la roseta, aparecen hacia el otoño los botones florales. Invernan «bajo tierra», pues en otoño el cuello de la raíz, al contraerse, los hunde hacia el interior del suelo. Es un último impulso de movimiento antes del reposo invernal. Pero en primavera, en las noches de abril, el diente de león desarrolla aún una suerte de tallo que dispara verticalmente hacia arriba. Con las fuerzas reunidas y acumuladas a lo largo del avanzado mes de mayo del año anterior, a través del verano, el otoño y el invierno, los botones florales se lanzan hacia lo alto en la punta del tallo hueco, lleno de aire, que también conduce látex. El botón floral es una cabezuela verde y redonda, rodeada de varias capas de pequeñas brácteas escamosas. Bajo los cálidos rayos del sol del día naciente, se abren en fila y se doblan hacia abajo. Solo unas pocas siguen envolviendo las flores liguladas que se despliegan desde

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el receptáculo floral (Figura 30).

Al irse abatiendo también las últimas brácteas, se despliegan apretadamente, sobre el receptáculo ensanchado, entre 100 y 200 flores individuales en un amarillo dorado radiante —una segunda roseta en nivel superior, vuelta hacia el cielo. Florecen desde el borde hacia el centro del capítulo de manera sucesiva. El capítulo se mueve siguiendo el curso del sol. Al final de la tarde, una parte de las brácteas se vuelve a erguir; al mismo tiempo, el receptáculo desciende, de modo que todas las flores liguladas quedan reunidas en un haz dirigido hacia arriba y vuelven a ser envueltas en forma de botón por las brácteas. Con tiempo despejado, el rítmico abrirse y cerrarse puede repetirse varios días; con la grisura lluviosa, los capítulos permanecen cerrados. Tras la floración, una parte de las brácteas se levanta por última vez. Mantienen firmemente abrazado, durante la formación de la semilla que sigue, el pleno conjunto de las flores. Mientras tanto, el tallo hueco sigue creciendo hacia arriba, adelantándose a las hierbas y gramíneas que brotan a su alrededor. En este último envoltorio se produce sobre el receptáculo, en lo que respecta a la formación de la semilla, una inversión de la siguiente manera: la semilla queda con su cabezuela hundida en el receptáculo, mientras que su polo opuesto —del que parten los finos sépalos filiformes— se yergue hacia lo alto, hacia el cielo. Durante la maduración de la semilla se reanima un nuevo impulso de movimiento: del polo sepalino de la semilla crece un delgado pedúnculo que lleva en su punta los sépalos filiformes, el papus. Al crecer hacia arriba, estos empujan los pétalos marchitos hacia fuera, por encima de la envoltura de brácteas. Tras esta larga preparación, las brácteas se abaten entonces por última vez hacia abajo, el receptáculo se abomba y se redondea en una esfera, sobre la que aparece, largamente pedunculada, la filigrana «bola de soplar» (Figura 30, pág. 409). Está siempre completamente formada en cada uno de sus pequeños parasoles individuales, ya que todos los frutos-semilla se han desarrollado en el receptáculo. Una vez maduros, los aquenios se desprenden del receptáculo y parten a la deriva, uno a uno, con la siguiente ráfaga de viento.

El abrirse y cerrarse repetido del capítulo enmarcado por brácteas, el movimiento del receptáculo y el irradiar de la colonia floral hacia el entorno son gestos elocuentes que apuntan, de manera imaginativa, a la proximidad de la actividad del cuerpo astral de esta compuesta especialmente evolucionada. Pero no basta con eso; de nuevo irradia durante la formación de la semilla, transforma las cotiledones capilares en pequeños parasoles de plateado brillo que, como estrellas, se ordenan en imagen de la forma esférica del cosmos. Los cotiledones, que de ordinario se despliegan en lo acuoso-terrestre, se invierten y se vuelven hacia el aire,

el calor y la

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luz, hacia el cosmos. En una Steigerung más de todo lo anterior, surge por instantes, en el envoltorio translúcido de los pequeños parasoles, un espacio interior lleno de aire y de luz. Cabe preguntarse si este espacio interior delicadamente delineado no es el fiel reflejo físico-sensible del poder del diente de león para atraer hacia sí el ácido silícico desde el cosmos —es decir, para ser «realmente una especie de mensajero del cielo».

El látex

Junto al diente de león, otras especies de compuestas, como la achicoria (Cichorium intybus), la lechuga silvestre (Lactuca serriola), el cerraja (Sonchus arvensis), así como las euforbiáceas (Euphorbiaceae), contienen látex en sus tejidos. Este es una emulsión blanca lechosa que, en el caso del diente de león —y esto lo hace único— recorre la planta entera de manera uniforme a través de canales tubulares. Desde la raíz engrosada en forma de nabo, se extienden a través del tallo comprimido en el cuello de la raíz, pasan por la nervadura central de las hojas y ascienden finalmente a través del escapo floral lleno de aire hasta alcanzar el receptáculo. El látex une en un todo los miembros del diente de león, que aparecen tan netamente separados entre sí. ¡Uno se encuentra ante un enigma! ¿No habría que atribuir a este látex una naturaleza tan sálica como sulfúrica, y con cuánta mayor razón aún una naturaleza mercurial? ¿No reúne en sí las tres cualidades? ¿Existe aquí siquiera el principio fundamental de la planta con flor, la depuración ascendente de lo mineral y su eterización en el proceso del florecer?

El látex es una secreción proveniente de las células marginales fusionadas de los canales lácteos interconectados entre sí. Es una masa de sustancias compuesta por la organización etérica de esta planta, que contiene en proporciones determinadas todo aquello que luego se configura en las formas altamente especializadas de la raíz fusiforme, la roseta foliar y la cabezuela. El análisis revela una diversidad tan grande de sustancias disueltas y en suspensión que parece justificado decir: aquí se presenta un estado primordial de la vida en una forma de manifestación proveniente de los tiempos evolutivos tempranos del desarrollo de la Tierra, en la que los reinos del ser mineral, vegetal y animal aún no se han separado entre sí —una composición de sustancias de vida omnipotente. Determinados grupos de sustancias están sujetos, según el lugar de crecimiento, a fuertes variaciones estacionales; así, por ejemplo, la inulina, un polisacárido construido a partir de fructosa, que hacia la primavera queda casi consumida con el crecimiento y se va acumulando hasta

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alcanzar contenidos elevados hacia el otoño.

La raíz de primavera presenta la mayor cantidad de sustancia amarga; la raíz de agosto, la mayor cantidad de inulina; la raíz de septiembre, la mayor cantidad de taraxina; la raíz de octubre, la mayor cantidad de levulina.[415] El látex está compuesto por una sustancia base semejante al agua —el licor de Taraxacum—, en el que se hallan disueltas numerosas sustancias minerales, como entre otras el potasio y el silicio, así como compuestos orgánicos tales como proteínas, taninos, alcaloides y vitaminas.[416] Las sustancias suspendidas en esta solución en forma de finas gotículas son resinas y principalmente caucho con una cubierta protectora coloidal de proteína. En la ceniza de la planta entera se encuentran un 7% de ácido silícico, un 40% de óxido de potasio, un 8% de óxido de magnesio, un 28,6% de óxido de sodio, así como trazas de zinc, cobre, manganeso y azufre.[417] Los valores de contenido de las sustancias analíticamente demostrables ofrecen, más allá de constatar su presencia, escasos puntos de apoyo que permitan reconocer una relación con el ser formador. Se obtiene más información cuando se examinan determinadas composiciones de sustancias, por ejemplo los principios activos y sus efectos curativos. Pero también estos no dicen nada sobre la totalidad del diente de león que produce esos efectos. Mientras se aceptaba esta totalidad como un hecho natural dado, el diente de león era considerado una planta medicinal oficinal. Ahora que los principios activos tenidos por curativos han sido aislados, sintetizados o pueden ser reemplazados por otras sustancias sintéticas, el diente de león ha perdido su condición honorífica de planta medicinal. Recuperará ese rango —y así todas las demás plantas medicinales— solo cuando se busque reconocer la relación entre las sustancias entre sí como una trama de fuerzas cuyo arquitecto, bajo la dirección de las fuerzas astrales que actúan desde afuera, es el cuerpo etérico o vital de la planta medicinal en cuestión. Los compuestos orgánicos individuales han recibido ciertamente su impronta a través de la totalidad de la organización etérica, pero no la representan de manera plena y suficiente.

Para ello habría que conocer al compositor que en la imagen exterior del diente de león se ha creado un autorretrato en esta determinada disposición de sustancias. Este compositor como el gran artista solo puede ser hallado mediante el conocimiento del espíritu. Solo la investigación espiritual desvela el «vínculo espiritual» («geistige Band»),[418] que une dotándolas de sentido las realidades particulares halladas empíricamente. Una fundamentación de sentido geisteswissenschaftliche así muestra que

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en el diente de león no existe, como en la milenrama, la manzanilla y la ortiga,

una relación entre el azufre y las sustancias ligadas a la tierra como el potasio, el calcio y el hierro, sino una relación del sílice con el potasio. En lo viviente, el potasio tiene la función de vincular el cuerpo etérico con el cuerpo físico; en el polo opuesto se sitúa el sílice. A diferencia del azufre, el sílice establece una especie de relación sensorial entre estos dos miembros constitutivos y las fuerzas cósmico-astrales que actúan penetrando desde el polo metabólico, la «individualidad agrícola». Esta particular acción recíproca del potasio desde abajo y del ácido silícico desde arriba se realiza, cabe suponer, en el látex que recorre toda la planta. ¿No habría que ver en él —en el contexto del diente de león que se va configurando en su forma exterior triarticulada— al «mediador [ver; nota del autor] entre el ácido silícico finamente distribuido de manera homeopática en el cosmos y aquello que es realmente necesario como ácido silícico en toda la comarca»?[419] Aquí se plantea la misma pregunta que respecto al nitrógeno del aire: el ácido silícico está disponible en el suelo en forma sólida, coloidal y disuelta en abundancia —¿por qué entonces atraer ácido silícico del cosmos de modo tan complicado y encima en cantidades tan pequeñas? Se trata evidentemente de dos estados de actividad polares entre sí del ácido silícico, o más exactamente del silicio que determina su acción en él. Un estado de ser del ácido silícico son el cuarzo y los silicatos. Son el resultado del devenir y perecer de pasados estados de la Tierra. Como rocas y como producto de su meteorización conforman la estructura mineral básica de los suelos. Con este ácido silícico ligado a la tierra se relaciona la raíz de la planta. El otro estado de actividad del ácido silícico se hace valer en el polo metabólico por encima de la tierra, como un «ácido silícico finamente distribuido de manera homeopática en el cosmos».[420] Uno piensa de inmediato en el polvo de meteoritos que cae en el campo gravitacional de la Tierra. Pero este se precipita por sí solo hacia la tierra. Esta terrestrización mineral ciertamente no puede ser lo que se quiere decir. La afirmación de Rudolf Steiner es que «la justa acción recíproca del potasio y el ácido silícico en la planta debe estar presente para atraer lo cósmico».[421] Es un proceso activo que parte de la planta y que es preciso vivificar con la ayuda de un abono convenientemente preparado.

Lo que aquí se designa, entre otras

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cosas, como «ácido silícico cósmico» nombra un estado inmaterial, etérico-astral. «Podríamos, al abonar sin plan a lo largo del tiempo, impedir que la tierra absorba lo que actúa como ácido silícico, plomo, mercurio», «lo que [...] llega desde el entorno del mundo y debe ser tomado en el crecimiento de las plantas».[422] La tierra pierde la capacidad de absorber estas sustancias cósmicas. Para contrarrestar esta pérdida se necesita, de nuevo, la preparación especial de un abono: el preparado de diente de león. Este transmite al suelo y a la planta la capacidad que es propia del diente de león de manera especial: poner al potasio y al ácido silícico en los procesos vitales de las plantas en tal relación recíproca que adquieran la capacidad de «atraer el ácido silícico cósmico». En el diente de león esta relación recíproca surge precisamente porque él eleva las dos sustancias terrestres absorbidas a través de la raíz —potasio y ácido silícico— del estado anorgánico-físico al estado eterizado. El látex, en su omnipotencia, está ciertamente más cerca de su imagen primordial; con todo, en esta forma de manifestación es igualmente imagen refleja de ella, como lo es su ritmo en retención y movimiento y la Steigerung de este desde la raíz, pasando por la roseta foliar, hasta culminar en las cabezuelas florales. El diente de león es «una especie de mensajero del cielo»; su imagen exterior lo anuncia.

El ácido silícico así irradiado desde el cosmos y absorbido por los procesos vitales de la planta entra en relación con el ácido silícico absorbido de la tierra, que se halla en relación recíproca con el potasio. Solo en esta especie de síntesis encontrará uno probablemente un punto de partida para la comprensión de este enigmático estado de cosas descrito por el investigador espiritual. El ácido silícico contiene el silicio. «El silicio, a su vez, es transformado en el organismo en una sustancia de una importancia extraordinaria, que actualmente [es decir en 1924; nota del autor] no es contada en absoluto entre los elementos químicos.»[423] ¿Es esta sustancia transformada aquella por la cual las sustancialidades del cosmos mencionadas se vuelven accesibles de una manera nueva al crecimiento de las plantas?

El diente de león reúne en sí, como una de las formas de existencia evolutivamente más tempranas de la vida, el látex, con una fuerza configuradora cósmico-terrestre consumada en el presente. De ello habla su imagen exterior. ¿Es esta síntesis la que confiere al diente de león, sobre todo en su destacado proceso de floración, la propiedad única de reunir en uno la

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fuerza silícica que irradia terrealmente

y la que irradia cósmicamente, transformando a la vez el «silicio contenido en el ácido silícico» en lo viviente en una «nueva sustancia»? Una respuesta afirmativa la sugieren el procedimiento de la ulterior preparación del diente de león y la eficacia del preparado terminado.

En el punto de partida de la preparación se plantea la pregunta: ¿Puede capturarse el potencial de fuerzas del diente de león, concentrarse, conservarse el concentrado y emplearse en forma de abono de tal manera que se comunique al suelo y a las plantas en crecimiento? Con el marchitarse del diente de león se extingue este potencial. El último signo de vida es la transformación de los cotiledones en el vilano pedunculado que porta la semilla bajo su parasol. Antes de que llegue a este artístico desenlace, hay que mantener en flujo el proceso vital del diente de león que alcanza su punto culminante en las cabezuelas florales. Esto, a su vez, solo puede ocurrir a través de un órgano envolvente que procede del reino de la naturaleza inmediatamente superior, el reino animal. El animal pone sus procesos vitales al servicio de su ser anímico interior y los mantiene en flujo a través de este. Según la investigación espiritual de Rudolf Steiner, el peritoneo —o más exactamente el mesenterio— del bovino cumple esta función en relación con las cabezuelas florales del diente de león.

El peritoneo o mesenterio del bovino

Sirve como órgano envolvente procedente del reino animal en la preparación de las cabezuelas florales del diente de león. El peritoneo (Serosa, Peritoneum) recubre la cavidad abdominal y todos los órganos que en ella se encuentran, así como la cavidad pelviana. En la cavidad abdominal y pelviana forma la membrana límite del polo metabólico en sentido estricto. También la cavidad torácica, centro del sistema rítmico con el corazón y el pulmón, está revestida por un Peritoneum, la pleura. Esta, sin embargo, está estrictamente separada del peritoneo por el diafragma (Diaphragma). El Peritoneum es un órgano cutáneo invertido, vuelto hacia el mundo interior del cuerpo. Su superficie orientada hacia el interior la forman células planas embebidas en una membrana basal. Esta descansa sobre el tejido conjuntivo y muscular de las paredes de las cubiertas orgánicas o de las cavidades corporales. Si se la desprende, se tiene en las manos una piel membranosa, translúcida y brillante. Está recorrida por una fina red de fibras nerviosas que se centralizan en ganglios individuales y confluyen finalmente en el gran centro ganglionar del plexo solar (Plexus solare), que en el bovino se encuentra bajo la columna vertebral en la zona limítrofe

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entre la columna dorsal y la lumbar. Estos plexos nerviosos pertenecen al sistema nervioso vegetativo, que se articula en el Sympathicus y el Parasympathicus, polar a aquel. Su eficacia reguladora transcurre en las profundidades del subconsciente.

La consideración meramente anatómico-funcional del peritoneo esclarece poco acerca de su significado más profundo. Se constata una intensa inervación, una película de humedad que hace posible la deslizabilidad de los órganos de la cavidad abdominal y pelviana —en particular del ovillo del intestino delgado— y la asombrosamente elevada capacidad de resorción del líquido corporal; en conexión con la linfa y los nódulos linfáticos, procura la desintoxicación —en el sentido de una suerte de digestión— de sustancias extrañas al cuerpo. Este modo de consideración, limitado a hechos más exteriores, se amplía de inmediato en cuanto se pregunta por el significado de la intensa inervación. El peritoneo da la respuesta. Es un órgano sensorial que se orienta hacia lo que se cumple con alta especificidad en las actividades de cada uno de los órganos de este espacio interior, captando simultáneamente la suma de esas actividades como un todo en la oscuridad de la inconsciencia y coordinando y armonizando desde ese todo las actividades orgánicas.

Así como la piel exterior y los cuatro sentidos medios en ella embebidos —el sentido del calor, el de la vista, el del gusto y el del olfato—[424][425] transmiten a la conciencia de vigilia una imagen refleja sensorial de la realidad del ser, así la piel interior del peritoneo transmite la revelación de esa realidad esencial misma; esto último en conexión principalmente con el sentido vital. Este anuncia sordamente los estados corporales. Junto con el sentido del equilibrio, el sentido del movimiento propio y el sentido del tacto, pertenece a los sentidos inferiores, los sentidos de la voluntad.[426] Por su proximidad a la voluntad, su actividad reposa en el estrato más profundo del subconsciente, el del sueño profundo; está en relación inmediata con la realidad espiritual del ser. El órgano sensorial del peritoneo no percibe, pues, un objeto contrapuesto, sino que se sumerge en las revelaciones esenciales que se expresan en la actividad de los órganos de las cavidades corporales. Así, la actividad de la vejiga, como órgano de concentración y excreción, es distinta a la del intestino delgado como órgano de recepción de los jugos digestivos. Distintas son a su vez las actividades del hígado, el páncreas, el bazo, etc. El peritoneo es

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por un lado entretejido con el ser esencial y la actividad (eficacia, función) de cada uno de los órganos de la cavidad abdominal; por otro lado transmite simultáneamente la suma de esas actividades al centro ganglionar principal del plexo solar. Por eso puede llamarse también al peritoneo, junto con los nódulos ganglionares menores y el gran centro ganglionar, el cielo interior. También otras denominaciones ganglionares de la cavidad abdominal, elegidas evidentemente de modo intuitivo, como el «ganglio estrellado» (Ganglion stellatum) y el Ganglion coeliacum (Coelum = cielo), apuntan al parentesco con el macrocosmos. «La cavidad corporal es un cielo, una enclave cósmica.»[427] Aquí, en el reino animal y especialmente en los rumiantes y entre estos ante todo en el bovino, esta relación celeste alcanza su configuración más elevada. En el acto de rumia, la vaca no percibe imágenes de un mundo exterior dado sensorialmente, sino, en forma de imágenes cargadas de fuerzas, una revelación de la realidad esencial que subyace a ese mundo.

Ante la relación del peritoneo con las múltiples actividades autónomas de los órganos de la cavidad abdominal, a cada uno de los cuales envuelve individualmente, surge la pregunta de qué zona del mismo es la pertinente para la preparación. En su Curso de agricultura, Rudolf Steiner menciona el mesenterio bovino: «Que se recojan las cabezuelas amarillas del diente de león, se dejen marchitar un poco, se presionen juntas, se cosan en mesenterio de bovino.»[428] A la pregunta de qué ha de entenderse por mesenterio bovino, sigue la respuesta: «Se entiende el peritoneo. Por mesenterio se entiende, a mi saber, el peritoneo.»[429]

Estas afirmaciones han dado lugar hasta el día de hoy, en la práctica, a la siguiente duda: ¿importa primariamente el peritoneo o específicamente el mesenterio, que constituye una parte del peritoneo? Si fuera lo primero, para la preparación se ofrece con mucho mayor facilidad el epiplón mayor (Omentum majus), menos el epiplón menor (Omentum minus), que une en una doble laminilla el hígado y el estómago. El epiplón mayor, también una doble laminilla del peritoneo, se tiende a modo de delantal entre la pared abdominal del estómago y el ovillo intestinal. Cuelga del estómago hacia abajo hasta la cara inferior de la cavidad abdominal, forma allí un gran pliegue, se vuelve hacia atrás nuevamente hacia arriba y cubre el intestino a modo de escudo protector que da calor.[430] Distinto es el caso del mesenterio (Mesenterium).

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Abbildung 31: Querschnitt durch die Bauchhöhle des Rindes. Die Bauchfell-Serosadoppellamelle in Beziehung zur Dünndarmverdauung.

Adherido a la pared de la cavidad abdominal, directamente bajo la columna vertebral, sostiene todo el ovillo intestinal. Desde ambos lados de la cavidad abdominal, el peritoneo unilaminar de la cavidad abdominal se pliega en una doble hoja serosa, el mesenterio, de tal modo que sus lados sensóricamente activos apuntan hacia fuera, hacia la cavidad abdominal (Figura 31). Las dobles laminillas serosas se dividen en el intestino delgado (Jejunum) y lo envuelven como laminilla individual. El mesenterio forma así una corona de pliegues que sigue a lo largo de buena parte de la cavidad abdominal las asas del intestino delgado dispuestas unas junto a otras. Entre las dos hojas serosas del mesenterio se encuentran los haces nerviosos (que se ramifican en ambas hojas y están en conexión con el proceso digestivo en el intestino delgado), así como vías sanguíneas arteriales y venosas (que mantienen los intensos procesos vitales en el intestino), conductos linfáticos (que absorben a través de la mucosa intestinal [Mucosa] los jugos digestivos [Chylus]), nódulos linfáticos (que actúan desintoxicando), y finalmente tejido conjuntivo y acúmulos de grasa. De este modo, la constitución del mesenterio como parte del peritoneo es tal que resulta simultáneamente órgano sensorial y órgano de actividad. Media la actividad digestiva (mundo exterior) ante el organismo total (mundo interior) y viceversa.

Si se tiene en la mira esta referencia a la actividad, se aclara la diferencia entre el mesenterio y los epiplones (Omentum majus y minus). El concepto «peritoneo», que Rudolf Steiner menciona en la ronda de preguntas del Curso en relación con el mesenterio, designa algo general,

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por así decir la idea de un órgano sensorial abarcador, sumergido en la oscuridad sensorial del metabolismo, sustraído a la conciencia. El concepto «mesenterio», que aparece mencionado en la quinta conferencia del Curso de agricultura, designa algo específico, un campo funcional en el que lo general se transforma en una actividad altamente específica, precisamente en una tal como solo se encuentra de manera tan consumada en el tracto digestivo. Su singularidad resulta de la íntima conexión con la «disposición yoica» tratada en el capítulo «El bovino» (p. 146 ss.). Dicha disposición en el bovino está prefigurada en el largo camino de intensa actividad digestiva que culmina en la rumia. El resultado de esta apertura digestiva de la sustancia es percibido por la serosa peritoneal del mesenterio. Irradia como fuerza astral hacia el interior del cuerpo y hacia el torrente sanguíneo, que la eleva hasta el polo neurosensorial de la cabeza y los cuernos que sobre él se asientan, donde queda represada. Esto desencadena en un nivel superior un nuevo impulso de conciencia, cuyo resultado irradia de regreso a la cavidad corporal y se comunica al contenido intestinal a través de las dos laminillas serosas del mesenterio. Este está ahora impregnado de fuerzas que, desde la actividad vital actual del bovino, han encontrado su camino hacia la realidad esencial suprasensible del mismo. Con la excreción, este potencial de fuerzas —la «disposición yoica»— llega al mundo exterior. Confiere al estiércol bovino su fuerza fertilizante única y duradera. Este acontecer, que emerge del ser más elevado del bovino, puede valer como un indicio más de que el peritoneo representa algo «general», mientras que el peritoneo mesentérico de doble laminilla representa algo específico. Este último cumple en el «cielo interior», en el cosmos introvertido, la tarea central: mediar el proceso digestivo del rumiante ante el organismo y de este nuevamente al sistema digestivo, que luego deviene estiércol.

Este acontecer, que abarca todo el ser del bovino, no lo cumplen ni el epiplón mayor ni el menor. Ambos tienen funciones específicas fuera del proceso digestivo y de los pasos de transformación vinculados a este hacia un obrar de fuerzas superior. Ambos presentan ciertamente una estructura anatómica similar con doble laminilla serosa y, entre ellas, vías nerviosas, sanguíneas y linfáticas, nódulos linfáticos y tejido conjuntivo, siendo este último, empero, fuertemente reducido. Característico del epiplón mayor es la distribución en red del tejido adiposo incorporado. Pero ¿qué dice este parentesco anatómico? La función sensorial es fundamentalmente distinta. Es una que —así cabe suponer— se orienta hacia la percepción y regulación de la armonía de las interacciones de los

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órganos de la cavidad abdominal, ante todo hacia la actividad del intestino delgado y el grueso en relación con la actividad precedente del estómago y los preestómagos. Lo que ocurre en el rumen debe estar coordinado, en recíproca correspondencia simultánea, con lo que sucede en la digestión intestinal, y viceversa. Además, el epiplón mayor está perceptivamente sumergido en el equilibrio líquido de la cavidad abdominal y lo regula mediante secreción y resorción. Asimismo procura la defensa contra sustancias extrañas al cuerpo. Por ello y por su gran movilidad, al epiplón mayor se lo ha designado también como «el gran paño limpiador de la cavidad abdominal».[431]

Lo que habla inequívocamente en favor del mesenterio bovino como órgano envolvente para las cabezuelas florales del diente de león puede verse en lo siguiente: Como compuesta de alto desarrollo, el diente de león tiene el poder de atraer desde el cosmos lo sustancialmente esencial del ácido silícico. El mesenterio bovino tiene a su vez el poder de —gracias a su actividad sensorial orientada hacia adentro, hacia el obrar sustancial de la digestión en el intestino delgado— dotar al ácido silícico todavía inmaterial de una suerte de interioridad sensiente. Para hacer aprovechable para el crecimiento vegetal este potencial —depositado como resultado de un devenir evolutivo en la flor del diente de león y en el mesenterio bovino—, se necesita a su vez una preparación que brota del conocimiento espiritual del ser humano y que en el ritmo del transcurso del tiempo tiende puentes entre los reinos de la naturaleza.

Los pasos de la preparación

El momento adecuado para la recolección —válido para Europa Central— es un día soleado de abril. Las cabezuelas florales se han abierto en las primeras horas de la mañana, florecen fila tras fila desde el borde hacia el centro y despliegan radialmente sus flores liguladas. Hacia las diez de la mañana se alcanza por lo general un estadio en que en el centro del capítulo queda aún un pequeño grupo de flores todavía cerradas. En el breve lapso de aproximadamente una hora antes de que se alcance la plena floración, las flores deben ser arrancadas de los pedúnculos huecos y extendidas para secar o bien pre-secadas con aire caliente. Debe evitarse la recolección por la tarde, en plena floración o durante la temporada de floración avanzada, por el riesgo de una transición prematura a la formación de vilano o semilla.

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En el primer paso de la preparación, las cabezuelas florales se humedecen ligeramente, según el grado de secado, con un extracto de hojas de diente de león, se compactan algo, se envuelven por todas partes en láminas de mesenterio y se atan con un cordel de cáñamo —no de plástico— formando un pequeño paquete. Como «alternativa» al mesenterio se prefiere con frecuencia, por su manejo más sencillo, el epiplón mayor (*Omentum majus*); tiene mayor superficie y suele estar menos infiltrado de grasa. Se inserta en el estómago y no guarda por lo demás ninguna relación directa con el ovillo intestinal.

El envolvimiento con la membrana del mesenterio produce una primera inversión del proceso natural y con ello un primer paso de emancipación respecto al mismo: el gesto irradiante, orientado hacia el cosmos, de las flores del diente de león queda ahora vuelto hacia adentro, llenando un espacio interior. Distinto es el caso del peritoneo, que cual «bóveda celeste» revestía la cavidad abdominal, envolvía con maestría todas las vísceras abdominales y también los lazos del intestino delgado, y se hallaba en relación sensorial con la oculta actividad digestiva; ahora está vuelto hacia afuera. La doble lámina o doble serosa del mesenterio que se ha descrito despliega ahora de nueva manera una actividad sensorial dirigida hacia afuera y hacia adentro. Hacia adentro, esta actividad está orientada, a través de la *serosa* de la lámina vuelta hacia el interior, hacia un acontecer vital que en las cabezuelas del diente de león ha alcanzado una cima evolutiva, mientras que la *serosa* de la lámina vuelta hacia afuera se abre a las fuerzas que irradian desde el cosmos y la tierra. Vista así, la función sensorial unitaria del mesenterio bovino se escinde en una doble función polar. Las caras de tejido conjuntivo de ambas láminas permanecen sin ser afectadas por ello; siguen adheridas entre sí y constituyen, por así decir, el eslabón de unión entre las esferas polares de percepción.

La organización física y vital del diente de león está evolutivamente orientada a configurar una relación entre potasio y ácido silícico, que culmina en la flor. A ello se anuda la pregunta de si precisamente en ese eslabón de unión mencionado —como síntesis de esta nueva relación interior-exterior— no puede mantenerse en flujo esta relación más allá del límite que evolutivamente le ha sido puesto al desarrollo de la planta. ¿No reside precisamente en ello la significación del mesenterio: que por un lado, en su unidad funcional con la digestión del intestino delgado, y por otro, en virtud de la función de su doble lámina en el primer paso de la preparación, pone en relación dos mundos de fuerzas polares? ¿No se crean con ello, por primera vez en lo terrestre, las condiciones para que la singular propiedad del diente de león —la de «atraer el ácido silícico desde el cosmos»—

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pueda transferirse, por la vía del abonado, a la vida del suelo y de las plantas? Estas preguntas solo podrán responderse desde la relación personal que uno construye, en el hacer y en el pensar, con las cosas y los seres. Se plantean ante la práctica que en algunos lugares se sigue de separar ambas láminas serosas —por lo general del epiplón mayor— de tal manera que se forma una especie de bolsa en la que se introducen las cabezuelas florales y cuyos extremos abiertos se cosen a continuación. Esto implica que el envolvimiento es de una sola capa, es decir, actúa la virtud del peritoneo como algo general —revestimiento de la cavidad abdominal— y no la del mesenterio como algo particular.

El segundo paso de la preparación no recibió mayor atención en la práctica hasta que, con la quinta edición del Curso de agricultura (Dornach, 1975), se publicaron también las notas de Rudolf Steiner a las conferencias del curso. En ellas anota respecto al preparado de diente de león: «Colgar el mesenterio en el aire.»[432] En la quinta conferencia del curso esto no se menciona con estas palabras, sino que se remite directamente al tercer paso: «Es necesario exponerlo [las flores de diente de león envueltas en el mesenterio; nota del autor] naturalmente a la acción de la tierra, a la acción de la tierra en invierno.»[433] Así se practicó también ampliamente en las décadas siguientes. Pero siempre quedó abierta la pregunta de si con ello se da por suprimido el segundo paso, o cómo ha de entenderse la frase inmediatamente siguiente: «Pero se trata ahora de ganar las fuerzas circundantes tratándolo de la misma manera que lo demás.» El enigma se resuelve con la cita anterior de las notas: «colgar en el aire». Esta interpreta «las fuerzas circundantes» que actúan durante el verano en el aire y el calor sobre la tierra. La observación de que «se lo trabaja de la misma manera que lo demás» debe pues interpretarse en el mismo sentido que en el caso del preparado de milenrama, donde se describió con detalle la exposición del preparado a las fuerzas del verano y del invierno.

En el segundo paso de la preparación tiene lugar un segundo acto de inversión y con ello igualmente uno de emancipación respecto al acontecer natural (Figura 32). Lo que antes pertenecía al ser interior de la vaca, más aún, le debe toda su existencia al servicio de ese ser interior, es ahora un órgano del mundo exterior, al servicio de las fuerzas que irradian desde el entorno cósmico.

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Abbildung 32: Metamorphosen der Stoffanordnung in den drei Schritten der Präparation des Löwenzahnpräparates.

A la inversa, las flores del diente de león, que en el mundo exterior se orientaban hacia el cosmos y le deben su existencia, están ahora envueltas por una envoltura orgánica animal, en la cual el concentrado de fuerzas de las flores del diente de león se une con las fuerzas del macrocosmos que le son mediadas a ese concentrado a través de la envoltura orgánica del mesenterio bovino.

Ahora se trata de secar suficientemente las cabezuelas recolectadas en abril, envolverlas de inmediato con las láminas de mesenterio de una vaca de mediana edad —a ser posible de la propia manada de la finca— y colgar el paquete esférico atado, protegido del ataque de las aves, en el aire. Durante el semestre de verano, hasta cerca de San Miguel, permanece así sobre la tierra expuesto a las fuerzas del sol y de los planetas en el calor y el aire. Estas entran en acción recíproca con las sustancias terrenales potasio y ácido silícico, elevadas en la flor al estado etérico. En este nivel de lo etérico, cabe suponer, es donde puede surgir por primera vez la «relación entre potasio y ácido silícico» a la que apunta la investigación espiritual, que confiere al diente de león la capacidad de atraer, como «mensajero celeste», el ácido silícico cósmico. Sea este el intento de mostrar el nexo relacional según el cual necesariamente al primer

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paso debe seguir el segundo: la exposición del paquete de mesenterio a las fuerzas atmosféricas.

En el tercer paso de la preparación se cumple un tercer proceso de inversión y emancipación (Figura 32, pág. 423). Lo que durante el semestre de verano estuvo sobre la tierra, en el «vientre de la individualidad agrícola», expuesto a las fuerzas periféricas del cosmos planetario, queda ahora expuesto a las fuerzas que actúan desde el entorno de las estrellas fijas a través de la tierra, en lo terroso-acuoso. Mientras que en verano son ante todo fuerzas astrales las que irradian desde la esfera solar y las esferas planetarias y se imprimen en la sustancia de las flores del diente de león mediante las envolturas orgánicas animales, en invierno, dentro de la tierra, son sobre todo fuerzas yoicas activas procedentes del mundo espiritual superior las que se configuran en la sustancia floral.

El procedimiento en el tercer paso de la preparación es el siguiente: Tras el inicio del otoño, cerca de San Miguel, se retiran los paquetes esféricos y se entierran en la tierra, a una profundidad de transición del horizonte superficial húmico al subsuelo más rico en arcilla y arena fina. La fosa se rellena de nuevo y, cerca de la superficie del suelo, se protege con una malla de alambre contra el ataque de perros y zorros. Hasta que el olor del mesenterio se haya disipado hacia el invierno, puede ser también de ayuda una cubierta de madera o piedra.

En primavera, hacia el tiempo de Pascua, se extrae el preparado —cuya envoltura de mesenterio está en general fuertemente descompuesta— y se guarda en recipientes de arcilla envueltos por todas partes en turba molida. Con el preparado terminado, cuyas cabezuelas florales han conservado en gran medida su estructura, ha surgido de nuevo una nueva materialidad —o mejor: una nueva disposición de la sustancia—, como punto de referencia de un potencial de fuerzas de una índole completamente nueva. En el camino de su formación, guiado por el espíritu y la mano del ser humano, ha sido mantenido en lo viviente y despliega su eficacia en lo viviente.

Aplicación y eficacia

El preparado de diente de león es, como los demás preparados, un Kräftedünger —un abono de fuerzas—. Actúa como estos sobre el «Zusammenklang des schaffenden, bildenden und gestaltenden Weltenwortes» (la consonancia de la Palabra cósmica creadora, formadora y configuradora)[434], es decir, referido a los preparados, sobre las fuerzas vitales, astrales o anímicas, así como sobre las fuerzas esenciales o del Yo —formativas—, que estas últimas otorgan a las plantas, desde las profundidades de la tierra, la fuerza de erección vertical.

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[435] Crean, forman y configuran el suelo fértil así como las plantas que llevan fruto —aquello que se articula como «centro-diafragma» entre la «cabeza y el vientre» de la individualidad agrícola—. De manera singular, eso vale para el preparado de diente de león. ¿Cuántas condiciones llenas de relaciones deben converger en consonancia para otorgar a la flor del diente de león la capacidad de una suerte de fuerza sensorial, capaz de atraer ácido silícico del entorno cósmico? ¿Qué grandioso nexo de relaciones debe imperar en el metabolismo de la vaca para crear, con el mesenterio, un órgano que por un lado mantiene una relación sensorial con las sustancias del flujo nutritivo que llegan desde fuera, y por otro transmite el resultado de esta percepción al ser astral de la vaca? La unión de ambos —la flor y el mesenterio peritoneal— crea una síntesis de orden superior, una sustancia abonadora cuya acción representa una potenciación de las dos cualidades polares.

Surge una nueva composición de sustancia en lo viviente, un abono que se encarga de manera aún más íntima de que la organización astral-suprasensible de las plantas cultivadas se imprima en su organización etérica y, a través de esta, en su organización física. Las plantas adquieren mayor capacidad sensorial y con ello mayor sensibilidad hacia las sustancias que necesitan para su crecimiento: «wird die Pflanze auf diese Weise, in der feinsten Weise mit Kieselsäure durchzogen, durchlebt, dann ist es so, dass sie empfindsam wird gegen alles und alles heranzieht» (cuando la planta es atravesada y vivificada de esta manera, de la manera más sutil, por el ácido silícico, entonces se vuelve sensible a todo y atrae todo hacia sí).[436] Se expone además que este radio no se refiere evidentemente solo al espacio de suelo explorado por las raíces de la planta individual, sino que se extiende hasta el campo vecino, el bosque y la pradera colindante.[437] Esta afirmación, en un primer momento enigmática, puede hoy interpretarse perfectamente, a la luz del conocimiento científico actual, a través del fenómeno de la simbiosis de las raíces vegetales con hongos del suelo (Mykorrhiza), cuyos micelios —una red de filamentos celulares (Hyphen)— interconectan los sistemas radiculares de las plantas a grandes distancias. Los filamentos por un lado abastecen a las plantas de agua (árboles forestales) y sobre todo de sales minerales; por otro se benefician de su economía energética. El fenómeno de la convivencia mutuamente favorecedora (Symbiose) de organismos superiores con inferiores puede muy bien entenderse, en el sentido de

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que aquí reinan grados sordos de sensibilidad, como por ejemplo en las leguminosas, cuyo rendimiento en fijación de nitrógeno puede incrementarse notablemente mediante abonos orgánicos. Es de esperar que también aquí el preparado de diente de león realice una contribución significativa. Pero ¿se agota en eso —en la continuación de un proceso natural— el ser y la eficacia de esta nueva creación sustancial surgida de la investigación espiritual? Sensación significa en el presente caso, bien es cierto, hacer que la organización astral que actúa sobre las plantas desde fuera se convierta en mayor grado en «formadora y configuradora» de las fuerzas etéricas o vitales, y mantener estas en movimiento como «creadoras». Un estadio previo a ello tiene lugar en la flor del diente de león. Por su arraigo en la tierra (savia láctea ascendente) y al mismo tiempo por su inclinación y apertura hacia el sol, está dotada de la capacidad de atraer ácido silícico del cosmos. Mediante la preparación descrita, que se realiza en lo terrestre, el preparado de diente de león queda en condiciones de transmitir, a través de los abonos orgánicos, a otras plantas que se van a cultivar, la capacidad de atraer a su vez desde los suelos cultivados circundantes las sustancias terrestres que necesitan para un crecimiento sano.

Con los conceptos epistemológicos habituales, semejante migración de sustancias es impensable. Se vuelve más comprensible cuando se aprende a entender el suelo mismo —el órgano-diafragma de la «individualidad agrícola»— como un nexo vital atravesado por fuerzas astrales, en el cual la raíz se sumerge como si fuera un órgano sensorial. Se puede embotar por completo este órgano sensorial todavía débilmente desarrollado mediante sales minerales (cf. cap. «Die Anwendung von Stickstoffsalzen», S. 275 ss.); se puede también educar este órgano sensorial hacia una actividad cada vez más elevada mediante el efecto acumulado de todos los preparados mencionados. Y de eso se trata. Cada uno de ellos aporta un aspecto de acción al desarrollo de la organización sensorial y con ello a la «sensibilidad» frente a sustancias y fuerzas: «Bearbeitet man den Erdboden so […], dann wird die Pflanze bereit, im weiten Umkreis die Dinge heranzuziehen» (cuando se trabaja el suelo así, la planta se vuelve capaz de atraer las cosas en un amplio radio).[438]

El preparado de diente de león abona el suelo con fuerzas astrales. Estas hacen que la vida pujante del suelo sea tan poderosamente eficaz que el suelo mismo adquiere carácter vegetal. En este medio de fertilidad del suelo potenciada debe buscarse, seguramente, la respuesta a la pregunta: ¿de qué índole es la «sensibilidad» suscitada por el preparado de diente de león? Es una

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acción interior que no procede de un interior anímico propio —tal interior no lo tiene la planta— sino una que, desde lo suprasensible, a través de la disposición de las sustancias de la planta, tiene el poder de atraer selectivamente sustancias de la tierra. ¿Pero cómo se ponen en movimiento estas sustancias? ¿No deben ser llevadas primero al flujo correspondiente por la organización vital de las plantas que crecen en el campo vecino, en la pradera y en el bosque? Es decir, ¿no deben las sustancias terrestres ser elevadas primero desde el estado físico-material al de las fuerzas formativas? ¡Esta pregunta enigmática permanece abierta!

La aplicación del preparado de diente de león se realiza, junto con los cuatro preparados descritos anteriormente, como adición en una especie de dosificación homeopática a los compost, estiércoles de establo, purines y lodos. La medida es un pellizco de tres dedos por ca. 1 m² de una celda de compost de jardín, hasta 10 a 15 m² en pilas de estiércol y compost o establos de cama profunda y abonos líquidos. La preparación debería realizarse inmediatamente después de montar el montón; en el caso de los abonos líquidos, inmediatamente después de comenzar el llenado del recipiente. En lugar de colgarlos en bolsas de tela, las porciones de preparado pueden también amasarse con arcilla formando bolas y añadirse en esta forma a los abonos sólidos y líquidos. Se recomienda repetir la aplicación después de cada volteo de los montones o después de remover y airear los abonos líquidos. Los preparados amortiguan las transformaciones que vuelven a iniciarse de inmediato y con ello el calentamiento excesivo o la intensidad de los olores. El nitrógeno y el carbono permanecen «sedentarios» en combinaciones orgánicas. El preparado de diente de león es además componente del «preparado colectivo», un concentrado intensamente preparado a base de estiércol de establo sin paja de cama. Se esparce en pequeñas cantidades sobre el estiércol fresco antes del desestercole diario, o se deposita en los lugares de reposo de los establos de boxes de libre movimiento.

Como cada uno de los preparados, también el del diente de león llama a un actuar con presencia de espíritu. Solo este —en el contexto de la totalidad de la finca— despierta preguntas, y con estas una disposición interior investigadora. Se abre un camino de conocimiento que anima el actuar hasta entonces meramente ejecutivo y lo transforma en acción artística.

La composición del preparado de valeriana

El último en el ciclo de los seis preparados biodinámicos es el preparado de valeriana. Ocupa un lugar especial y conclusivo tanto en su aplicación como en su función. Con muy pocas palabras, Rudolf Steiner caracteriza del siguiente modo el ser y la eficacia de este preparado: «so kann man, wenn man dem Dung in

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einer ganz feinen Weise beibringt diesen verdünnten Saft der Baldrianblüte, in ihm dasjenige hervorrufen, was ihn anregt dazu, sich gegenüber demjenigen, was man Phosphorsubstanz nennt, in der richtigen Weise zu verhalten».[439] En esta frase ya está insinuado que el jugo extraído por presión de la flor de valeriana no es sometido a ningún paso ulterior de preparación, con la única excepción de que la tintura madre debe diluirse en agua tibia antes de su aplicación. El enigma de qué es lo que aquí está en juego ha de develarse, por un lado, a través de lo que la forma de aparición de la planta de valeriana (*Valeriana officinalis*) revela al respecto, y por otro, a través de los conocimientos que cabe obtener de la investigación espiritual.

El aspecto de la valeriana

Se encuentra la valeriana en las zonas de margen y transición de las tierras cultivadas, sobre suelos arcilloso-húmicos, con preferencia en lugares más húmedos y algo umbrosos: en los linderos del bosque, en prados húmedos, en las franjas ribereñas de arroyos y ríos, y al pie de taludes con agua de presión procedente del subsuelo. En los valles de montaña aparece hasta alturas considerables. También puede cultivarse en jardín. Allí donde el diente de león, fuera de su breve época de floración, permanece oculto entre gramíneas y hierbas, la valeriana se eleva desde el estadio inicial de roseta en orgullosa erecta muy por encima de su entorno, culminando en la cima del corimbo —blanco a rosa pálido— que va abriéndose en flor. Este corimbo está formado por diminutas florecillas individuales, densamente apiñadas y delicadas, que parecen disolverse en el intenso perfume que emanan. El principio del tallo domina la planta entera. Con una altura de crecimiento de hasta dos metros, el tallo desciende hasta el espacio radicular formando rizomas, y asciende hasta el espacio aéreo, disolviéndose en la inflorescencia. Hacia arriba como hacia abajo se ramifica: por un lado en los delicados pedúnculos florales, por otro en los robustos rizomas. En el tallo se compenetran de manera singular lo terreno con el obrar del aire y del calor. Las hojas pinnadas impares se despliegan en disposición decusada. En el primer año tras la siembra, la metamorfosis foliar se manifiesta con mayor claridad. Desde la roseta foliar, la secuencia de hojas se eleva con intervalos cada vez mayores. El peciolo va acortándose progresivamente, y en la transición hacia la inflorescencia las hojas se repliegan finalmente del todo hacia el

tallo. En el año siguiente, la metamorfosis de las hojas es

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menos pronunciada (Figura 33, p. 431).

Con igual énfasis que en la forma de las hojas, se manifiesta una metamorfosis del acontecer sustancial en la transformación de las sustancias aromáticas desde el rizoma, a través del tallo, hasta la flor, cuya intensidad de perfume emanado alcanza su máximo al marchitarse la flor. Así como la forma y el color interpelan la sensación a través del sentido de la vista, el sentido del olfato abre a la sensación capas más profundas del obrar de las sustancias. En el sentir más sordo, el olfato conduce más cerca de la cualidad de las fuerzas que actúan como astrales en lo viviente. En la valeriana y la ortiga se comportan de manera polar entre sí.

La imagen de aparición de la ortiga despierta la impresión de que en su organización vital actúan ante todo el éter químico o éter del sonido así como el éter de vida. Estos se convierten en fuerzas formativas a través de una espiritualidad elemental-astral superior, y están en virtud de ella en condición de producir la particular composición sustancial de esta planta medicinal. La ortiga se convierte en imagen de esta fuerza anímica compositiva y excedente, dirigida hacia adentro. Esta configura con rigor, por un lado hasta la periferia, las combinaciones sustanciales —como por ejemplo la urticina en los pelos urticantes—; por otro lado, permanece un potencial de fuerzas astrales retenidas que, a través de la preparación, tienen la capacidad de poner nuevamente en flujo las sustancias terreno-materiales, de animarlas y transformarlas.

Distinta la valeriana: ella emana hacia afuera, al aire y al calor, lo que bajo la acción astral se ha formado en sus procesos vitales —en hoja, rizoma y tallo— como composiciones sustanciales. En la ortiga, pobre en aromas, estas fuerzas formativas configuran las sustancias para que soporten la «großartige Innenwirkung» (la magnífica acción interior). La ortiga preserva esa cualidad de fuerzas tras el muro protector de su forma que, hacia afuera, aparece como cerrada sobre sí misma. Distinta, de nuevo, la valeriana: ella emana todo aquello que su organización astral ha compuesto en sustancias mediante el obrar de las fuerzas formativas. La aparición de la ortiga, en su afirmación de sí misma y su firmeza convertidas en imagen, apunta ante todo a la fuerza creadora del éter de vida; la del umbralmente abierto baldián, a la del éter de calor y de luz. La valeriana es dadora de calor y de luz.

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La raíz

La plántula de la valeriana forma primero una raíz pivotante que pronto muere. El tallo permanece al principio comprimido y de él se desarrolla una roseta foliar laxa. En el interior de la tierra, en la transición hacia la raíz, se divide en varios rizomas cortos y cilíndricos —una suerte de fructificación vegetativa en la zona radicular—, desde los cuales las raíces se extienden en haces curvados hacia afuera y hacia la profundidad. Estas encierran esféricamente un espacio interior abierto hacia abajo, se ramifican en una fina red de raicillas y representan con ello el tipo de la «irdischen Wurzel» (raíz terrestre)[440] (Figura 33). Los rizomas presentan, como prolongación del tallo lleno de aire, cavidades internas. En el tránsito hacia los haces radiculares levemente engrosados —que también contienen sustancias aromáticas— se forman hacia el otoño yemas que crecen hasta convertirse en nuevos brotes. A esta forma de multiplicación vegetativa se añade además la formación de brotes estoloníferos que se enraízan de nuevo en sus nudos.

El rasgo más llamativo de la valeriana es el fuerte olor —pesado y terroso hasta el aturdimiento, un hedor casi— que permanece retenido en el rizoma y que al dañar la planta emana de él con fuerza. El análisis químico señala en los grupos sustanciales de hidratos de carbono, proteínas, aceites, alcaloides, resinas, etc., así como en los ácidos orgánicos y las sales minerales, un amplio espectro de combinaciones que coincide plenamente con la variedad de indicaciones medicinales en las cuales los preparados de valeriana actúan con efecto atenuante y sanador. Sin embargo, Simonis subraya que «bisher ungenügend einleuchtende für das Wesen der Pflanze charakteristische Ergebnisse erzielt wurden» (hasta ahora se han obtenido resultados insuficientemente esclarecedores para lo que es característico de la esencia de la planta).[441]

El rizoma de la valeriana se asemeja a una cocina química en lo viviente. Todo lo que crea vida —aquello que los Tria principia de Paracelso reúnen en una síntesis— actúa aquí en la más estrecha colaboración. En términos de la ciencia espiritual son los cuatro tipos de éter —éter vital y éter químico, éter de luz y éter de calor— los que animan el mundo de las sustancias inorgánicas bajo la dirección principalmente del éter químico y el éter vital, los constructores de la organización física de las plantas. El arquitecto empero, el que proporciona los planos, es la organización astral que actúa desde lo suprasensible en el tiempo y el espacio. En una etapa previa —podría decirse: aún sin depurar— se concentra en la raíz y el rizoma la plenitud de las composiciones sustanciales que luego, en progresiva metamorfosis, dan forma a la configuración físico-sensible de la valeriana. Incluso el elemento sulfúrico-imponderable

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Abbildung 33: Das Baldrianpräparat in Herstellung und Anwendung.

del éter de calor y de luz que opera en el proceso de floración desciende hacia la zona radicular y procura, en la pesadez terrestre del proceso sálico, la «Leichte» (levedad) de los aceites esenciales combustibles y con ellos el fuerte despliegue aromático. En rizoma y haces radiculares se concentra todo cuanto la valeriana tiene que ofrecer en composiciones sustanciales. Son por ello estos —el rizoma y las raíces— los que encuentran aplicación medicinal en afecciones principalmente del sistema nervioso vegetativo, en trastornos del sueño, estados de excitación nerviosa y similares.[442]

El tallo

El tallo de la valeriana puede y debe ser contemplado como un miembro con vida propia dentro de esta planta (Figura 33). Mientras el diente de león no abandona nunca su estadio en roseta y florece cerca de la tierra como una cesta llena de flores sobre su propio escapo floral, el tallo de la valeriana se lanza en primavera desde

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su roseta laxa verticalmente hacia lo alto. Es como si quisiera elevar su inflorescencia, en la mayor distancia posible de su rizoma, hacia la esfera del calor, la luz y el aire. El tallo determina el gesto de esta planta: como miembro dominante, conecta el sistema radicular, apto para la tierra, con la inflorescencia vuelta hacia el cosmos; igual que aquél se ramifica hacia abajo, éste lo hace hacia arriba en las finas ramillas de la cima escorpioide. El tejido de sostén y vital del tallo encierra un tubo lleno de aire; hacia afuera está profusamente surcado. En ello se manifiesta una vez más la dualidad polar del obrar astral: desde fuera, imprimiendo las fuerzas de crecimiento en la forma; desde dentro, creando espacio y —gracias al nitrógeno contenido en el aire encerrado del tubo del tallo— ordenando, reordenando y purificando las sustancias a lo largo del curso temporal de los procesos vitales. La astralidad que domina toda la planta de valeriana refina el acontecer sustancial en el ascenso del tallo de un par de hojas al siguiente. También el tallo, ya refinado a la manera de la flor, desprende el aroma típico del aceite de valeriana, en el cual los aromas de diversos aceites esenciales se funden en una unidad.

Es posible percibir como un fenómeno de índole particular la manera en que están constituidas las corrientes de savia de una planta vivaz como la valeriana. En primer lugar, la corriente de asimilación (*Phloem*) alimenta desde la roseta foliar el crecimiento de los *rizomas* y las raíces, así como sus composiciones sustanciales, en las cuales está ya presente la estructura material de la planta entera. En cuanto el tallo comienza a dispararse hacia lo alto, estas sustancias preformadas desembocan en la corriente ascendente del *xilema* y son refinadas composicionalmente de nuevo, en aire, luz y calor, por las fuerzas formativas de la región foliar en metamorfosis. A través de ellas, la imagen primordial esencial de la valeriana se configura, en tallo, sucesión foliar e inflorescencia, en la forma fenoménica sensible exterior. La pesantez terrestre de las sustancias en el rizoma pasa, en el follaje y la flor, hacia la «Leichte» (levedad) y se desvanece en aroma.

La sucesión foliar

Como plántula, la valeriana recorre todos los estadios de una planta vivaz. La primera hoja tras la germinación es de largo pecíolo con lámina foliar redondeada y oval. Las hojas siguientes se van alargando y la lámina foliar comienza a articularse en folíolos impares, todavía redondeados, ligeramente dentados en el margen. Al estirarse el pecíolo, los folíolos se desarrollan en formas más oblongo-apuntadas. En esta fase se presentan los

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folíolos erguidos y se reúnen en una roseta a modo de ramo. Con la elongación del tallo, los pares de hojas se suceden en disposición decusada a intervalos llamativamente amplios (Figura 33, p. 431). Los folíolos se van haciendo progresivamente más estrechos, más apuntados, y se ordenan en pares. Hacia el otoño, las hojas se acortan, la pinnación se vuelve más densa, abrazando el tallo. Finalmente, las hojas se retraen hacia el tallo al abrirse la flor, y solo las brácteas se mantienen hasta que también estas desaparecen en la plena floración. En emplazamientos sombreados y algo pantanosos, la valeriana tiende a un crecimiento exuberante.

Así como la diversidad sustancial de la corteza radical forma una unidad vital con la roseta foliar, así la sucesión foliar del vástago la forma con la inflorescencia. La metamorfosis de las hojas a lo largo del tallo hasta la flor —la metamorfosis foliar— es la expresión plasmada en imagen de los procesos de formación y transformación sustancial que se cumplen invisiblemente en lo viviente. Al crecer hacia arriba, el vástago pasa del ámbito de lo terreamente-acuoso al de la calidez y el aire luminoso. Aquí irradian directa y actualmente las fuerzas del Sol y de las esferas planetarias. Solo aquí se imprime imagínicamente la imagen primordial esencial de la valeriana, en su plenitud, sobre el acontecer sustancial preformado en el rizoma. Así como en el rizoma predominan las fuerzas que actúan en lo terreamente-acuoso, así en el vástago que se eleva predominan las fuerzas de la luz y del calor, mediadas por el aire. ¿Será acaso esta la razón por la que el olor sordo que enturbia la conciencia y el sabor áspero-amargo del rizoma prácticamente no aparecen en las hojas, pero sí en el tallo, aunque con menor intensidad? En la raíz estas cualidades se condensan y concentran; en la sucesión de las hojas, en cambio, entran en constante transformación y fluyen.

La contemplación pensante de la metamorfosis en la sucesión foliar ilumina la opacidad de la percepción olfativa y gustativa. Para el pensar, la forma de la hoja es el punto de apoyo: algo que en principio está dado objetivamente por sí mismo. Pero se hace patente que la hoja observada en este momento presupone en su configuración la forma de la hoja precedente y la continúa. La transición de una forma a la otra la constituye un entrenudo del tallo en el cual una forma desaparece y emerge la siguiente. Existe, pues, una conexión en la metamorfosis de la sucesión foliar que se sustrae a la contemplación sensible. La llave para reconocer esta transición oculta es la contemplación pensante que se ejercita en el cambio de las formas. El pensar que en un principio constata punto a punto comienza a fluir; genera creadoramente imágenes conceptuales sobre

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la base de una contemplación infalible. Las mismas fuerzas formativas del «Verbo cósmico que crea, forma y configura» actúan en la naturaleza y, asimismo, en un plano superior, en el ser humano. Quien intenta, pensando, habituarse a vivir en estas imágenes conceptuales sustentadas en el fenómeno, recorre un camino de conocimiento en el que el eslabón oculto en el tallo, de hoja en hoja, puede ir revelándose poco a poco como el «vínculo espiritual». Es la imagen primordial esencial de lo vegetal, que irradia desde las profundidades terrestres en el eje Tierra-Sol y se une con las fuerzas formativas etérico-astrales que irradian desde el entorno cósmico.

Así es el habituarse a vivir en el principio de la metamorfosis, omnipresente y activo en la naturaleza, que puede convertirse en una llave cognoscitiva precisamente para aquello que conduce a una comprensión progresiva de las plantas de los preparados y a la capacidad de vivificar, por la vía de la preparación, la conexión entre suelo y planta. Las metamorfosis se cumplen en el eslabón mercurial entre el acontecer sustancial de la raíz (polo Sal o terrestre) y aquel de la flor (polo Sulfur o cósmico). Desde el punto de vista de la forma ocurre lo inverso: la flor muere en formas altamente diferenciadas de sus órganos bajo el efecto de fuerzas terrestres. La raíz, en cambio, continúa creciendo bajo el influjo de fuerzas cósmicas en la punta radicular y muestra —especialmente en la raíz pivotante— una forma más unitaria (véase también el cap. «Die Komposition des Schafgarbenpräparats», p. 361 y ss.). El agente de la metamorfosis es el entre-medias mercurial; habituarse a él con mirada meditativa ilumina y vivifica el pensar.

La flor

A diferencia de la raíz de la valeriana —cuya eminente y poderosa astralidad se deposita en la composición de los más variados compuestos, sobre todo aceites etéricos, cuya fragancia sorda y en parte desagradable queda retenida por la corteza radicular—, las flores vierten esta fragancia en forma refinada y depurada. La valeriana tiene un largo período de floración que va desde finales de mayo (con plena floración en junio/julio) hasta septiembre. Comienza con la ramificación opuesta del brote principal en las inserciones foliares más altas. Esta ramificación bilateral se repite varias veces más, de modo que el brote principal supera en altura a las ramas laterales. Con ello, la inflorescencia adquiere una forma convexa hasta semiesférica. A la base de las ramas laterales se adosan las últimas hojas pinnadas y aguzadas de la sucesión foliar. La ramificación opuesta del brote principal y de las ramas laterales

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continúa, acompañada finalmente por brácteas estrechas y agudas. En la inflorescencia la ramificación se reduce a las dos ramas laterales. El brote central se detiene en un botón floral terminal. Las ramas laterales lo superan y terminan en un segundo nivel nuevamente en un botón floral, que a su vez es superado por dos ramas laterales, y así se repite este proceso en un tercer nivel. Las florcillas individuales —que pueden llegar a ser hasta 2000— se reúnen y forman, estrechamente agrupadas, la cima o panícula umbela. Todos los procesos que en la valeriana se desarrollan entre los polos Tierra-Cosmos en metamorfosis sucesivamente edificadas terminan en la flor: por un lado extendiéndose en el elemento del aire a través de la fragancia, por otro condensándose para la formación de la semilla.

La semilla se mantiene erguida en la horquilla de las ramas laterales. El ovario es ínfero, razón por la cual los cotiledones se hallan en el extremo superior de la semilla. Permanecen sésiles y despliegan en la madurez sus delicadas hojuelas pinnadas en forma de ala, formando un vilano que, de manera similar al diente de león, transporta la semilla con el viento.

La flor individual es discreta y hace valer plenamente su coloración rosado pálido sólo en el conjunto de la inflorescencia como totalidad. Mientras las flores florecen en el nivel superior de la cima, se marchitan en los inferiores y pasan al estadio de semillas. Esto explica el llamativamente largo período de floración. La flor muestra, con sus cinco pétalos —de tamaño desigual y soldados en la base formando un tubo— y sus tres anteras, una fuerte asimetría. Hoerner[443] la interpreta como «ein Zeichen einer sehr starken Individualisierung, verursacht durch ein tief in die Pflanze eingreifendes Astralisches» (un signo de una muy fuerte individualización, causada por un elemento astral que penetra profundamente en la planta). Este señalamiento se ve apoyado también por el hecho de que el tallo, o el principio vertical, domina la configuración morfológica de la valeriana —un rasgo indicativo de que la imagen primordial espiritual de esta planta, su ser mismo, se sensorializa en el eje vertical Tierra-Sol. Este hecho atestigua además la fuerte relación de la valeriana con la luz e igualmente con el calor, patente en el alto contenido de sustancias combustibles. El calor es el elemento primordial y el portador esencial en todo ser y devenir.[444]

La flor de la valeriana es, sobre todo en el marchitamiento y plenamente en el estado seco, un potente dispensador de fragancia. En todos los órganos florales se encuentran nectarios que contienen sustancias diversas de consistencia variada. En forma líquida son distintos azúcares que se hallan en la

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base floral, cerca del pistilo. Otros están entretejidos en los tejidos del pistilo, el estigma y los carpelos, pero sobre todo en los pétalos. Sus sustancias aromáticas se subliman desde el estado sólido-líquido o coloidal hacia el estado gaseoso. Son aceites etéricos que, desde la región radicular ya fuertemente sulfurizada pero vinculada a la tierra, han ido refinándose gradualmente a través de la sucesión foliar para, conducidos por el tallo, derramarse en la más suave fragancia de la flor.

La fuerte astralidad que actúa a lo largo de todo el proceso formativo de la valeriana muestra una afinidad esencial con aquella que en el animal se interioriza como lo anímico, ligada al cuerpo. De ello da testimonio, entre otras cosas, la poderosa atracción que ejerce sobre toda clase de insectos voladores, escarabajos, etc. Cabe decir en general: la fragancia floral que se vierte es la manifestación más pura de la revelación esencial y la eficacia de las fuerzas formativas. En ellas, lo terrenal-sustancial está desmaterializado en el más alto grado. No sólo ha sido eterizado en el transcurso del proceso de floración, sino impregnado de tal manera por fuerzas astrales que es capaz tanto de atraer desde lejos a las más diversas especies animales hacia su fuente de alimento como de tocar las profundidades del alma humana más que aquello que el ojo ve.

Las sustancias florales son en gran medida composiciones altamente complejas de carbono e hidrógeno. El oxígeno, que conduce hacia lo terrenal, retrocede por completo. Por ello las sustancias son altamente combustibles sin dejar cenizas ponderables: el carbono se transforma en el estado gaseoso del dióxido de carbono. El fenómeno de la combustibilidad señala que el hidrógeno es portador del elemento del calor, o de su correlato suprasensible, el éter de calor. El químico Rudolf Hauschka (1891–1969) alude a esta circunstancia: «Wenn man den Wasserstoff nach seinem inneren Charakter taufen würde, er müsste Feuerstoff heißen.» (Si se bautizara al hidrógeno según su carácter interno, tendría que llamarse materia de fuego.)[445] Rudolf Steiner caracteriza al hidrógeno como aquello «Stoffliche, das so nahe ist dem Geistigen auf der einen Seite, so nahe dem Stofflichen auf der anderen Seite» (sustancial que está tan próximo a lo espiritual por un lado, tan próximo a lo material por el otro). «Er trägt alles dasjenige was irgendwie gestaltetes, belebtes Astralisches ist, wiederum in die Weiten des Weltenalls hinauf.» (Lleva de regreso a las vastas extensiones del universo todo aquello que es algo así como lo astral configurado y viviente.) «Der Wasserstoff löst eigentlich alles auf.» (El hidrógeno en realidad lo disuelve todo.)[446] En una conferencia para obreros[447] habla Rudolf Steiner sobre el ser suprasensible del hidrógeno: «Gewiss, in der Chemie ist

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der Wasserstoff ein ganz anderer Stoff als der Phosphor […] Was ist denn der Wasserstoff, der überall in der Welt ausgebreitet ist? – Der Wasserstoff, der im Umkreis der Welt ausgebreitet ist, das ist der Weltenphosphor.» (el hidrógeno es en la química una sustancia completamente distinta del fósforo [...] ¿Qué es entonces el hidrógeno, que se halla extendido por doquier en el mundo? — El hidrógeno, extendido en la periferia del mundo, es el fósforo cósmico.) Gunter Gebhard observa al respecto: «Aus dem heutigen Wissen und den Phänomenen zeigt der Wasserstoff eigentlich nur Beziehung zur Wärme. Der Phosphor hat aber seine hauptsächliche Beziehung zum Licht. Betrachten wir den Phosphor als den physischen Ausdruck des Wärmeäthers (der ja gleichzeitig auch das Feuer-Element ist), dann ist das die alte Saturnwärme, die noch das Licht in sich trägt. Im ‹Absturz› in die Materie erscheinen dann heute im Irdischen der Phosphor und der Schwefel.»[448]

La capacidad disolvente del hidrógeno, en el sentido más elevado, se manifiesta morfológicamente cuando, hacia la flor, el follaje desaparece como si se internara en el tallo, y fisiológicamente cuando la fase de formación de proteínas es relevada por la de enervitalización, la formación de hidratos de carbono ricos en hidrógeno, como la fructosa, los aceites etéricos, etc. Lo asombroso es que la valeriana pone en juego esta tendencia fructificadora de lo sulfúrico con gran intensidad en su polo opuesto, la raíz, y precisamente allí de la manera más intensa. En ella, lo aromático queda represado en la corteza. Si se corta la raíz, extiende un olor penetrante, obtusamente terrígeno. En la flor, en cambio, sobre todo al marchitarse, se vuelve volátil-terrestre, huele más floral y envuelve el entorno próximo en una nube de fragancia. Hablando en imágenes: el proceso del hidrógeno disuelve toda determinación formal de las composiciones sustanciales en el caos de la indistinción del cosmos, en el estado primordial del calor. Dominado por el principio del tallo, el acontecer sustancial de la valeriana —en formación y disolución de arriba abajo y a la inversa— es impregnado de fuerzas por una fuerte astralidad. Este estado de cosas y la especial relación con el calor pueden despertar la comprensión de por qué la flor de la valeriana no necesita de preparación ulterior mediante un órgano animal ni de exposición a las fuerzas del cosmos y de la Tierra en el curso del año. Probablemente tampoco se podría encontrar un órgano animal adecuado a esta planta. La naturaleza esencial de la valeriana es en este sentido polar a la de la ortiga. Así como ésta, en virtud de su «acción astral hacia adentro», se crea a sí misma una envoltura dentro de la cual surgen nuevas sustancias por la vía del proceso encarnante del hidrógeno, así de polar es el proceso excarnante del hidrógeno en las flores de la valeriana. Éste disuelve toda configuración en el estado primordial del calor, cuya naturaleza propia es para todo ser

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envoltura y sustancia a la vez. La valeriana despliega una «acción astral hacia afuera» que en su irradiación actúa formando envolturas. A esto añade Gunter Gebhard: «In der Brennnessel sind es Schwefel und Eisen, die wirksam werden. Beide haben eine innenzentrierte Qualität. Die ‹durchvernünftigende› Brennnessel zeigt einen Bezug zum Mikrokosmischen, die Ich-Qualität der Vernunft. Das Irdische kommt ganz besonders auch in den Rhizomen der Brennnessel zum Ausdruck. In der Blüte des Baldrians löst sich der Substanzprozess in den Kosmos auf; er strebt dem kosmischen Licht entgegen. Ganz so sind auch die Wurzeln des Baldrians, die wie das Licht geradlinig, lange ohne Verzweigungen und nahezu ohne sekundäres Dickenwachstum sich in die Erde ‹einstrahlen›. In der Blüte die Wasserstoffwirkung, in der Wurzel die Lichtqualität, die sich im Phosphor zeigt. Im Gegensatz zur Brennnessel, die mit dem mikrokosmischen Ich in Beziehung steht, zeigt der Baldrian eine Beziehung zum makrokosmischen Ich.»[449]

Herstellung und Anwendung

Desde el punto de vista medicinal son las raíces rizomatosas de la valeriana las que se utilizan; en el canon de los demás preparados de compost, en cambio, son las flores o los procesos afines a la flor, como en la ortiga y la corteza de roble. En la flor la planta muere por un lado —sensibiliza su imagen primordial en forma, color y fragancia—, por el otro se vivifica en el proceso floral la corriente de sustancia terrestre.

Las flores de valeriana se recolectan en junio/julio, cuando la umbela alcanza su mayor plenitud floral, y se trituran de inmediato mediante el dispositivo adecuado (un desintegrador). Con ello el jugo celular, incluidos los aceites esenciales, sale del plasma celular y de las vacuolas. Se separa del bagazo restante mediante una prensa de frutas. A este último se le añade aproximadamente la misma cantidad de agua que la obtenida en jugo floral en el primer prensado. Este mosto reposa un día y se prensa de nuevo. Mediante el doble prensado se obtiene aproximadamente 1 l de jugo prensado a partir de 2 a 3 kg de flores. Se embotella y queda sujeto a una fermentación láctica. Los gases que se generan durante este proceso deben poder escapar. Tras un período de fermentación de aproximadamente 6 semanas, las botellas se cierran con corchos o abrazaderas de goma. Un

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exceso de entrada de oxígeno conduce a fermentaciones defectuosas, por las que el

preparado se vuelve inutilizable. Las botellas se almacenan en un local oscuro de temperatura uniforme, la bodega de los preparados. El jugo se conserva durante años.

En cuanto a la aplicación del jugo floral, Rudolf Steiner señala que debe diluirse «muy fuertemente» en agua tibia.[450] Las indicaciones que el investigador del espíritu da como pauta para la acción concreta no pueden tomarse con suficiente precisión; valen palabra por palabra. Son resultados de la investigación espiritual suprasensible llevados a formas de ideas, y son indicaciones que alumbran el camino de la acción de la voluntad sin fijarlo en reglas. Hay que preservar la libertad de pensar estas formas de ideas una y otra vez, en sus grandes contextos. Y cuanto más uno se esfuerza en ello, con mayor libertad podrá también ejecutar en la práctica, de manera apropiada, lo captado en el espíritu. Las ideas de la ciencia espiritual fundan un nuevo arte del experimentar en la práctica; de éste surge la tan necesaria «relación personal» que conduce el camino de la voluntad guiado por ideas más profundamente hacia la realidad del espíritu de lo que pueden hacerlo los logros científico-tecnológicos que hoy dirigen desde afuera la práctica agrícola.

Cuán individualmente y en el espectro más amplio son interpretadas en la práctica las realidades de la ciencia espiritual —en parte de manera bastante aventurada— lo muestra la gran disposición a experimentar. Ésta queda documentada en la práctica mundial en la meritoria obra de Stappung.[451] Los resultados de la investigación espiritual despliegan su verdadero valor cognoscitivo solo en la práctica ejercitante.

Previo a la aplicación del extracto de flores de valeriana, se trata de lograr la «fuerte dilución» de la tintura madre. Ésta se alcanza cuando en una cantidad dada de agua a temperatura de mano se van añadiendo gotas de jugo floral hasta que el líquido, tras cinco a diez minutos de agitación, huela a valeriana y deje percibir algo del color pardusco del jugo. Un punto de referencia para la cantidad a aplicar se determina, de manera análoga a la pizca de tres dedos de los preparados sólidos, como sigue: 1 a 3 g = 1 a 2 cm3 por 5 a 8 l de agua por cada aproximadamente 8 m3 de material de abono. El líquido se pulveriza sobre los montones y las pilas tras su formación, o bien —repartido en porciones—

se vierte en orificios en la

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parte superior. En el caso de abonos líquidos (purín, estiércol líquido) conviene añadir la cantidad de jugo diluido al remover. Conviene subrayar de nuevo que los mejores consejeros son la participación pensante y el propio espíritu experimentador.

La relación de la valeriana con el elemento del calor y su correlato suprasensible de fuerzas, el éter de calor, ha encontrado también —más allá de su función como preparado para el abono— cabida en la práctica biodinámica; así ante el peligro de heladas tardías en mayo. Inmediatamente antes de que estas se produzcan, mediante una nebulización fina del extracto de valeriana en una dilución de 1 ml por 1 l de agua, puede tenderse una envoltura calorífica sobre la flor de los frutales y sobre las siembras de hortalizas amenazadas; previene daños por helada hasta dos o tres grados bajo cero.[452] También para el fortalecimiento general de las plantas en el cultivo hortícola se recomienda en una dilución de 10 a 30 gotas de preparado de valeriana en 3 l de agua. En viticultura el preparado de valeriana ha ganado un aprecio particular.[453]

Observaciones previas sobre la eficacia

El extracto floral de valeriana, cuando se lo diluye fuertemente en agua tibia y «se lo incorpora al abono de manera muy fina [...] ha de suscitar en él, en particular, aquello que lo estimula a comportarse de manera adecuada respecto a lo que se llama la sustancia del fósforo».[454] Esta afirmación tan escueta, tan enigmática, que cierra la ronda de los seis preparados para el abono, apunta —tras la mención del azufre al comienzo con la milenrama, la manzanilla y la ortiga— ahora, en la valeriana, a la sustancia del fósforo. Ambos, azufre y fósforo, están muy emparentados entre sí. Ambos son, por así decirlo, corporificaciones de luz y calor. Y sin embargo son dos sustancias distintas. Figuran juntos en el lado de los formadores de ácido en el sistema periódico de los elementos, pero en lo orgánico se comportan de manera decididamente polar. El azufre se presenta en la naturaleza inorgánica en los muy diversos sulfuros, las sales metálicas del ácido sulfúrico, así como como azufre elemental en los depósitos volcánicos. Como tal, se inflama a unos 250 °C y arde en llama azulada formando dióxido de azufre. Distinto el fósforo: es extraordinariamente reactivo y por ello

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no se presenta en estado elemental. La obtención del fósforo elemental revela el asombroso fenómeno de que, según la temperatura, presenta cinco modificaciones de su modo de aparición. La primera modificación es el fósforo blanco; es tóxico, luminiscente en la oscuridad y solo se conserva bajo el agua. En contacto con el aire se inflama espontáneamente a 44 °C y arde con llama brillante y caliente formando pentóxido de fósforo (P2O5). En ausencia de aire y a temperatura elevada, o bajo la acción de la luz, surge una segunda modificación: el fósforo rojo; es estable, no emite luz y es no tóxico. A este se añaden otras tres modificaciones con propiedades esencialmente distintas: un fósforo rojo claro, uno negro y uno negro amorfo.

Los fosfatos se encuentran en las rocas sedimentarias, pero sobre todo en finísima distribución en las rocas cristalinas primitivas en forma de apatito de difícil solubilidad, un fosfato cálcico con trazas de flúor y cloro. Los yacimientos mayores de apatito se explotan en la península de Kola, Kirov. El apatito se meteoriza bajo la acción de los ácidos y regenera así el ciclo del fósforo en los suelos. En los yacimientos sedimentarios, sobre todo del norte de África, se encuentran las fosforitas. Son huesos de animales acumulados por arrastre del Terciario. Molidas, pueden emplearse como fosfato crudo o fosfato blando de difícil solubilidad con fines meliorativos en emplazamientos pobres en fósforo.

Dentro del perfil edáfico, el contenido en fósforo disminuye desde el horizonte superficial húmico, activo en transformaciones, hacia el subsuelo. Este fenómeno ya muestra que las pérdidas por lixiviación son muy escasas, en general menos de 0,3 kg por hectárea. Muy superiores a ellas son las pérdidas por erosión superficial (denudación).

La estabilidad del fósforo (HPO4)2– puesto en solución por la meteorización mineral y la descomposición del material orgánico es consecuencia de su elevada reactividad. Establece nuevas combinaciones, sobre todo con el calcio formando fosfatos cálcicos secundarios; además es absorbido por hidróxidos de aluminio y hierro, que a su vez forman complejos con ácidos húmicos y fúlvicos. En suspensión se encuentra en coloides del suelo, así como adsorbido en minerales arcillosos y en sustancias húmicas. Hasta el 80 % de los compuestos orgánicos de fósforo se presentan en forma de fitatos (sales cálcicas y magnésicas del ácido inositolhexafosfórico); otro 5 a 10 % se encuentra en los ácidos nucleicos de los núcleos celulares de plantas y microorganismos.[455]

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Llama la atención que el fósforo, en finísima distribución y con el más estricto orden composicional, recorre todos los reinos de la naturaleza y con ellos también la organización física del ser humano. Si uno limita la mirada a su modo de aparición físico-material, poco se revela sobre su ser y su función en el metabolismo de la naturaleza. Distinto es cuando se amplía el campo de visión al reino vegetal y más arriba aún. Allí el fósforo, eterizado en proceso fosfórico, aparece en metamorfosis allí donde domina una tendencia a la desvitalización. Esta se revela a la contemplación de manera inmediata en el proceso de floración de las plantas, que es esencialmente una acción del fósforo. Donde esta desvitalización alcanza su punto culminante —en el marchitamiento de la flor y en la formación de la semilla— la acción del fósforo se manifiesta con particular intensidad.

Desvitalización significa dejar de vivir y pasar a la forma pura. Fisiológicamente eso lo realiza el fósforo. Transmite en el proceso hereditario la cualidad formal a través de los ácidos nucleicos. También la luz ligada en glucosa mediante la fotosíntesis, y su transferencia a través de la respiración celular al proceso del ácido fosfórico del adenosintrifosfato (ATP), vincula definitivamente la luz a la forma duradera de raíz, tallo, hoja, flor y fruto. Igualmente desvitalizan los fosfolípidos de la mielina en el cerebro y crean conciencia; o el fósforo del apatito, la forma duradera del hueso.[456]

En lo más oculto del proceso de crecimiento se encuentran, en igual número que las células que tiene la planta, otras tantas zonas puntuales de desvitalización. Son los núcleos celulares que contienen fósforo. Albergan en forma de la proteína nuclear, los nucleótidos, los cromosomas, los mediadores de la corriente hereditaria de generación en generación. El núcleo, envuelto por la membrana nuclear, representa en relación con el plasma celular el polo de reposo de la célula. Sobre la base del fósforo impera en él un principio más elevado que aquel que en la planta, el animal y el ser humano contribuye a la configuración de su respectiva imagen de aparición. Es el principio que, en permanente estado germinal, conduce todos los logros del desarrollo desde el pasado hacia el presente y desde este hacia el futuro. Está sobreordenado a este curso evolutivo; es el ser espiritual de la propia planta que irradia desde una región suprasensible más elevada, aquello que en la conciencia humana amanece como ser-Yo. Así está la mielina —son fosfolípidos que envuelven las fibras nerviosas en el cerebro— en íntima relación con

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¡la (auto)conciencia del ser humano! La planta, como ser puramente viviente, no tiene alma ni ser propio encarnados, y por ello tampoco sistema nervioso, que ha de considerarse como el fundamento terrenal del cuerpo astral. Sin embargo, al contemplar el núcleo de la célula vegetal, se plantea la pregunta de si no puede este considerarse como una etapa evolutiva previa a la formación de tal sistema. Los ácidos nucleicos ARN y ADN presentan un elevado contenido en fósforo en los residuos de ácido fosfórico de los nucleótidos. Del mismo modo que en el animal y en el ser humano el sistema nervioso, ramificándose finamente, se extiende hasta el tejido vivo, también en la célula individual, fuera del núcleo celular, en el citoplasma, se encuentran orgánulos como los ribosomas[457] y las mitocondrias, que como diminutos cuerpos formados se relacionan con el plasma y el núcleo. Las mitocondrias contienen, al igual que el núcleo, estructuras cromosomales de las que puede suponerse que tienen funciones epigenéticas. Esto significa que son portadoras y mediadoras de improntas que el citoplasma ha recibido de las influencias actuales de la Tierra, del Sol y de los planetas, así como de las medidas de cuidado, abonado y cría por el espíritu y la mano del ser humano. Son propiedades nuevamente adquiridas desde el ser presente. Hay que partir de que tales improntas epigenéticas se realizan en las plantas cada año de vegetación. Para conservar el fruto de esta «actualización» de las influencias terrenal-cósmicas en el curso del año —por ejemplo las de la fertilización con los preparados— se recomienda la multiplicación propia, llegando incluso a la cría de variedades propias de la finca.

El eje Tierra-Sol, en el que se integran las plantas con flores, se manifiesta en el tallo, el pedúnculo, el cañizo, el brote, la rama y el tronco. En esta Erecta impera, en el reflejo de lo espiritual-esencial, la misma fuerza que en el ser humano, en un plano más elevado, vive como actividad del Yo en la voluntad y amanece en el despertar del autoconocimiento. El punto de aplicación físico para el despliegue de las fuerzas del Yo en el ser humano, y de otro modo en los seres de la naturaleza, es el fósforo —no solo como tal, sino siempre integrado en las composiciones sustanciales correspondientes, por ejemplo los ya mencionados nucleótidos del núcleo celular. En relación con el ser humano, Rudolf Steiner desarrolla: «Es algo muy peculiar cómo el Yo humano, cuando lo

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consideramos ahora como actuando en el ser humano de manera espiritual, anímica, orgánica y también mineralizante, es una especie de, me atrevería a decir, portador de fósforo.» «El fosfatizar el organismo humano es una actividad del Yo.»[458] Así dirige el proceso fosfórico en su forma de estado más lábil, el adenosintrifosfato (ATP), principalmente el metabolismo de los hidratos de carbono; los ácidos nucleicos asociados a las nucleoproteínas, el metabolismo proteico; en la forma de los fosfátidos, el metabolismo lipídico, para culminar finalmente, en relación con la cal fosfórica (apatito), en el proceso de mineralización de la formación ósea.[459] Son en cada caso compuestos de fósforo distintos los que impulsan la actividad de los tipos de éter en relación con los miembros constitutivos: el Yo vive en el éter de calor en relación con el fósforo; mediado por el éter de calor, se imprime, sobre la base del fosfato sódico, al cuerpo astral; a través del fosfato de magnesio y el éter de luz, así como el fosfato potásico y el éter químico, actúa en el cuerpo etérico, y sobre la base del fosfato cálcico y la eficacia del éter vital, coagula en la forma sólida del sistema óseo, la «imagen física de la organización del Yo».[460] En su relación directa con el núcleo esencial del ser espiritual, el Yo, el fósforo ayuda a superar unilateralidades en los procesos fisiológicos y a equilibrar los contrastes.

En el centro de la célula el proceso fosfórico se concentra en los nucleótidos, los portadores de la herencia. Estos llevan el pasado, el logro de la evolución, hacia el presente. En esta obra de la creación se recoge todo el devenir pretérito desde el espíritu y al mismo tiempo contiene algo germinal desde lo cual esta creación se renueva constantemente en el presente y recibe impulsos que llevan estas fuerzas germinales hacia el devenir más lejano del futuro. Estos impulsos los recibe el plasma de la célula vegetal en el ritmo día-noche desde la luz irradiante del Sol, cuyas fuerzas son modificadas por el obrar de los planetas. El lugar de esta actualización de lo germinal es el citoplasma celular o protoplasma que rodea al núcleo. Contiene, flotando en él por así decir y en fina distribución, los ya mencionados orgánulos —los ribosomas y las mitocondrias— así como los cloroplastos con contenido en magnesio (no en fósforo), en

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los cuales a través de la clorofila se absorbe la luz y se vivifica la materialidad terrenal. La sustancia fundamental del protoplasma la forma el citoplasma: una masa proteica líquido-coloidal, transparente como el agua, diáfana y en gran medida homogénea.

El citoplasma es el polo de movimiento de la célula. Fluye, rota alrededor de las vacuolas celulares —o, en casos especiales, circula incluso alrededor del núcleo celular. La intensidad de la corriente depende del oxígeno, el portador de las fuerzas etéricas. Es sensible a los estímulos externos; regula, según las condiciones meteorológicas —mediante la tumescencia y el encogimiento de los tejidos celulares—, por ejemplo el cierre y la apertura de los estomas, el movimiento de las inflorescencias de las compuestas siguiendo el curso del Sol, etc. Además reacciona al tipo de abonado y a la mano cuidadora del ser humano. Como el sello imprime la lacre, así las fuerzas astrales que presionan desde el exterior se imprimen en el citoplasma de la célula. En la ciencia de la botánica se le atribuye al plasma celular «una capacidad de sensación».[461] Pero no se nombra su peculiaridad vegetal, el umbral delimitador frente a la sensación animal. En el núcleo celular impera el fósforo y determina sus estrictas estructuras. La proteína a él asociada, la nucleoproteína, no contiene fósforo, como tampoco lo contiene en principio ninguna proteína. La proteína está asociada al azufre; debe su movilidad compositora de sustancias al azufre, tan emparentado con el fósforo y sin embargo tan polar en sus propiedades. Este es el mediador entre las fuerzas astrales que irradian desde la periferia y las sustancias que forman la proteína (C, O, N, H). Ambos, azufre y fósforo, producen una armonización de los miembros constitutivos. Si, por ejemplo, el cuerpo astral y con él el Yo sumergen demasiado profundamente en la organización etérica y física, entonces «el azufre produce más el cuerpo astral, el fósforo más el Yo» liberándolos de esta vinculación.[462] Ambos son Mercurios entre los mundos espirituales superiores y su imagen terrenal, entre lo espiritual-germinal y aquello que se configura hacia la forma de aparición física, hacia la obra. Ambos aparecen en máxima dilución en todo acontecer vivo, de manera unitaria y sin embargo con acción polar, repitiendo el pasado en el presente y abriéndolo al futuro. Ambos están, en alta dilución, entretejidos en el núcleo (fósforo) y en el plasma (azufre) de la célula. Su

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eficacia es, por así decirlo, un modelo dado por la naturaleza de la verdadera homeopatía, de la eficacia de las entidades más pequeñas.

Sobre el ser del hidrógeno en relación con el fósforo y el azufre puede resumirse lo siguiente: el hidrógeno fue caracterizado como representante del elemento Fuego o del éter de calor. Al hidrógeno le están todavía entretejidos el calor y la luz. En el camino a través de las etapas de la evolución hacia la Tierra[463] y la materialización finalmente en lo «Sólido-Terreo», lo cálido se ha condensado en azufre y lo luminoso en fósforo. El azufre posibilita con el calor la movilidad y el crecimiento en lo sustancial —sin azufre no hay metabolismo—, mientras que el fósforo crea formas y, en el plano de la conciencia humana, deja que lo sustancialmente formado se convierta en el pensamiento a través de la imagen. La luz se experimenta en el proceso anímico como pensamiento. Cuando este accede a la conciencia, se forma en el lenguaje como palabra, como gramática.

Azufre y calor/movimiento, fósforo y luz/forma: esas son las relaciones dominantes en cada caso. Pero también el azufre muestra en su llama de un amarillo radiante su proximidad a la luz, y el fósforo en su fácil inflamabilidad su proximidad al calor. En lo vivo, el azufre domina el metabolismo; el fósforo, a través de los ácidos nucleicos ADN y ARN, la herencia.[464]

En la flor de valeriana el proceso de lo fosfórico se ha refinado de tal modo que este, según cabe suponer, a través de los fosfonucleótidos de los ribosomas y las mitocondrias del plasma, está dotado de la potencia de una fuerza formativa espiritual-yoica que, desde las fuerzas excedentes de lo espiritual-germinal en lo terrenal, abre nuevas posibilidades evolutivas del devenir vegetal.

La eficacia

Se yerra con seguridad cuando se ve en el preparado de valeriana un abono fosfórico orgánico. La valeriana no contiene en su ceniza más fósforo que otras plantas. Lo que decide sobre su eficacia es que en la flor de valeriana se concentran fuerzas formativas capaces de configurar las relaciones vitales de tal modo que en ellas el fósforo pueda transmitir fuerzas que, desde el mundo de lo puramente espiritual de la planta, contribuyen a la Erecta, a un ser propio organísmico;

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o en palabras de Rudolf Steiner: que el «Saft der Baldrianblüte» («jugo de la flor de valeriana») estimula el estiércol «dazu, sich gegenüber demjenigen, was man Phosphorsubstanz nennt, in der richtigen Weise zu verhalten» («a comportarse de manera correcta respecto de lo que se llama sustancia fosfórica»).[465] Este estímulo es necesario allí donde materias orgánicas entran en descomposición, y eso ocurre en toda preparación de estiércol. En la desintegración autolítica y la descomposición microbiana de los residuos vegetales y animales que se acumulan, se deshace el orden composicional al que estaba al servicio la sustancia fosfórica. El caos resultante de las materias despojadas de su portador tiende a que estas caigan desde la vida de regreso al estado de lo inorgánico. Este proceso de muerte lo intercepta la naturaleza hasta cierto grado por sí misma mediante la formación de formas estables de humus. Ese proceso se desarrolla en lo húmedo-acuoso y está dominado sobre todo por las fuerzas lunares. En la compacta acumulación de material orgánico en el montón de estiércol y compost, así como en el almacenamiento de purines y efluentes, requiere las medidas de regulación mencionadas a través de la mano del hombre.

Pero la eficacia del preparado de valeriana va más allá de eso. No se agota en reincorporar de inmediato el fósforo liberado de los compuestos orgánicos a las proteínas nucleares de los microbios, fijándolo así provisionalmente hasta su absorción por las plantas cultivadas. El acontecer microbiano se desarrolla en lo húmedo-acuoso, y en lo menos posible, en principio, en lo sólido-terroso. Esto último solo ocurre mediante la actividad especializada de los animales del suelo, conducida por un cuerpo astral. La eficacia del jugo floral de la valeriana aparece en cambio como una general, que abarca y unifica todos los procesos parciales — como una que clausura el proliferante acontecer metabólico del montón de estiércol en un todo cerrado en sí mismo. Bajo la influencia de este preparado, el montón de estiércol se desarrolla en una especie de organismo en el cual las fuerzas astrales que irradian desde la periferia penetran el caos de la descomposición. Estas fuerzas forman la organización astral del montón de estiércol que, en virtud de las fuerzas que le son inherentes del ser-Yo superior puramente espiritual, convierte de nuevo en portador el fósforo que se ha liberado de todas sus ligaduras. Mediante la adición del preparado de valeriana se realiza una suerte de nueva dotación del fósforo, después de que este, en su tránsito a través del caos de la descomposición, ha despojado su anterior portación espiritual.

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Visto así, el preparado de valeriana abona, a través de los abonos orgánicos, de la manera más íntima los procesos vitales formativos que se despliegan en lo horizontal en el órgano-diafragma del suelo y en las hojas de las plantas, así como en lo vertical aquello que, como lo espiritual-esencial de las alturas y las profundidades, se expresa en la fuerza del tallo de las plantas. Sobre el fondo de esta cruz del mundo deben buscarse los elementos de observación mediante los cuales puede encontrarse una confirmación de aquello que, en lo investigado sobre el terreno espiritual, es conclusivo por sí mismo. De manera específica en cada caso, esto vale para todos los preparados descritos.

Para los resultados de la ciencia espiritual antroposófica es preciso crear primero, en un pensar y un obrar continuos, los fenómenos a través de los cuales se acredita la verdad de lo conocido en el espíritu.

El preparado de cola de caballo

No pertenece a la serie de los preparados de compost; ocupa un lugar propio y es descrito por Rudolf Steiner en relación con la defensa frente a enfermedades fúngicas en la sexta conferencia.[466] Para la preparación se considera la cola de caballo de los campos (Equisetum arvense). Esta planta representa, junto con otros equisetos, hasta el presente —al lado de los licopodios y los helechos— formas primordiales del reino vegetal. Formas precursoras, como las psilofitas, remiten hasta el final del Silúrico y el comienzo del Devónico, es decir, hasta aproximadamente la mitad del Paleozoico (Palaeozoicum). Es la época de la «Lemuria», la repetición de la etapa planetaria precedente de la «Antigua Luna» en la evolución terrestre.[467] Estas formas primordiales son criaturas nacidas del agua que conquistan la tierra firme. La proximidad al elemento del agua la manifiesta, de entre la abundante flora emparentada de aquella época, el género Equisetum, que persiste hasta hoy. Esto se expresa tanto en el entorno de los lugares donde prefiere aparecer como en el complejo proceso germinativo. Se encuentra la cola de caballo en suelos arcillosos a pesados con encharcamiento estático u horizontes de estancamiento.

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Abbildung 34: Der Ackerschachtelhalm mit Spross und unterirdisch bewurzeltem Rhizomsystem.

La forma de aparición

La apariencia exterior sorprende en el conjunto de la flora circundante. El tallo se eleva perfectamente erguido, articulado en elementos individuales (internodios) que encajan unos dentro de otros como las piezas de una caja (Figura 34).

Las ramas laterales que brotan en verticilos, sin ramificaciones, muestran la misma estructura. Irradian hacia arriba ligeramente inclinadas desde la horizontal. Tallo y ramas laterales son uniformemente verdes y reemplazan la función de las

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hojas. Lo que sorprende es precisamente la ausencia de hojas y, del mismo modo, la de flores. Como consecuencia, tampoco se percibe metamorfosis de forma alguna, salvo que las ramas laterales son más cortas en la base del tallo, se despliegan luego hacia afuera y se acortan piramidalmente hacia el ápice del brote. El desarrollo foliar se reduce a pequeñas brácteas alargadas, aguzadas hacia arriba, que se adhieren estrechamente a la base de los nudos del tallo. En su disposición hexagonal, de tipo caja, se manifiesta el principio cuarzo-sílice que atraviesa toda la planta; igualmente en los escudetes hexagonales que cubren las anteras de las espigas fértiles. Toda la planta está dominada por el principio del tallo —mientras que los helechos, de origen temporal idéntico, están dominados por el principio de la hoja—. Los licopodios ocupan una posición intermedia. Lo que tan profundamente asombra es la contradicción que el equiseto vive manifestándose. Por un lado, su proximidad a lo húmedo-acuoso en el subsuelo y, por otro, su forma fuertemente perfilada, silicificada, que se inscribe rigurosamente en el eje vertical Tierra-Sol. La cola de caballo de los campos domina esta contradicción.

Si se busca el polo generativo de esta planta, se lo encuentra —en pocos ejemplares, separado de su parte vegetativa— en forma de espigas fusiformes de color pardo rojizo, que se asientan cada una sobre un brote con una sucesión densamente apretada de nudos del tallo; en su base están envueltas por una corona de puntas foliares de color pardo-negro. Las espigas ofrecen una imagen semejante a la de los hongos que brotan desde la oscuridad de la tierra. Esto hace única a la cola de caballo de los campos dentro de la familia de los equisetos, y de ahí que su acción contra lo fúngico resulte comprensible: al separar el portador fértil de esporangios del brote verde estéril, se distancia en cierto modo del gesto del hongo. Los demás equisetos llevan la espiga de esporangios en el ápice de la planta verde.[468]

La esfera del rizoma-raíz, la reproducción vegetativa y generativa

El brote vegetativo vertical se prolonga a la misma profundidad de la tierra en igual sucesión de entrenudos del tallo (Figura 34, p. 449). Cuando topa con un horizonte de agua estancada —por ejemplo, en el límite del horizonte A (capa vegetal vivificada) con el horizonte B más arcilloso (subsuelo)— o con el nivel freático, se desprende un brote lateral que sigue la frontera del agua de capa y crece horizontalmente.

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Los brotes del rizoma son conductores de aire. Desde los nudos del rizoma —en parte también desde los brotes verticales primarios— crecen brotes secundarios hacia arriba en busca de la luz y aseguran la multiplicación del estrato vegetativo. Los rizomas verticales atraviesan con gran dinamismo la zona de compactación para ramificarse de nuevo horizontalmente sobre un estrato acuífero más profundo. Incluso desde profundidades de tres a cuatro metros envían desde allí sus brotes de rizoma de color pardo-negro hacia arriba (Figura 34, p. 449).

La cola de caballo no tiene raíces primarias. Sus raíces finas y filiformes, orientadas hacia la profundidad, son de origen caulinar; emergen de los entrenudos (internodios) de los brotes del rizoma. Hacia finales del otoño se forman en los rizomas horizontales próximos a la superficie unas tumefacciones ovoides —fuentes de nutrición para el brote primaveral—, ante todo para los portadores de esporas de color rojizo-pardo que son los primeros en brotar. Uno de ellos porta en disposición fusiforme los esporangios hexagonales. Tras la maduración de las esporas, el brote fértil muere rápidamente. Las esporas finísimas como polvo son llevadas por el viento y germinan en cuanto alcanzan lo húmedo-acuoso. De las esporas en germinación emerge primero una punta de aspecto radicular; se desarrolla entonces un pre-germen verdescente de tipo algáceo (Prothallium). «Bis zu diesem Stadium ist der Schachtelhalm eine grüne Wasserpflanze.» (Hasta este estadio, la cola de caballo es una planta acuática verde.) Los pre-gérmenes se presentan en dos formas. Un tipo de Prothallium forma espermatidios redondeados que pueden desplazarse libremente en el agua con ayuda de dos flagelos. El otro tipo de pre-germen forma primordios de óvulo que son fecundados por los espermatozoides nadantes. Tras la fecundación, el brote de la cola de caballo —que crece verticalmente hacia arriba y hacia abajo— abandona la fase acuosa y se une a lo sólido-terrestre y a las fuerzas del Sol. Ambos, tanto los brotes fértiles como los vegetativos, se desarrollan a partir de los rizomas que se adentran hasta las zonas más profundas del suelo y allí se arraigan.

El brote aéreo y el proceso de sílice

El brote estéril de la cola de caballo, que se lanza hacia arriba en el aire, el calor y la luz, es tallo de parte a parte. Faltan hojas foliares propiamente dichas; solo rudimentarias formaciones foliares en forma de vainas protectoras a modo de cuello, dispuestas en verticilo, se adosan a la base de los entrenudos. Los entrenudos estriados del brote central y la rica ramificación en las ramas laterales dispuestas en verticilo presentan, en lo que respecta a la captación

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de la luz solar y a la cesión de vapor de agua, una superficie suficientemente amplia. Esta última está conformada de tal modo que queda garantizado el elevado flujo hídrico de la cola de caballo. Su estrecha relación con el elemento del agua se manifiesta también en que extrae del agua que asciende por las vías conductoras del xilema el ácido silícico procedente de la meteorización mineral del suelo. Su naturaleza inorgánica se vivifica en la planta a través de la acción solar que infunde vida. Cabe decir: el agua, que media las fuerzas de la Luna, hace en esta planta —que remite a tiempos antiquísimos de la evolución vegetal— al ácido silícico de nuevo receptivo para la acción solar presente. Se lo dota de fuerzas que instauran un equilibrio armonioso entre el obrar lunar del pasado y el solar-terrestre del presente. Con ello la cola de caballo se halla en una contraposición polar respecto al diente de león. Si el diente de león, como compuesta, pertenece a las plantas de mayor desarrollo, la cola de caballo pertenece a aquellas que se encuentran en los comienzos de la evolución de las plantas terrestres. En la cola de caballo, el ácido silícico enlaza estadios evolutivos del pasado con el presente; en el diente de león, lo que la evolución ha alcanzado en el presente con el futuro.

El proceso vital de la cola de caballo es un proceso silícico metabólicamente activo, nacido del elemento del agua. Se mueve desde el interior hacia la periferia de los tejidos vivos. Al evaporarse el agua por el calor exterior, el ácido silícico se precipita y rodea toda la planta-tallo con un manto de ácido silícico amorfo rico en agua. Se lo encuentra en las células epidérmicas así como depositado entre las membranas celulares de las mismas. Se atraviesan todos los estados: desde el de la solución, pasando por el gel plástico, hasta el ópalo endurecido, amorfo, vítreo —un dióxido de silicio hidratado (SiO2 + H2O)—. Si se incinera el tallo herbáceo de la cola de caballo, tras la combustión del negro esqueleto de carbono queda por último un blanco esqueleto silícico. Este muestra protuberancias lenticulares que, en el estado vivo, conducen la luz solar hacia la clorofila dispuesta en hileras.[469]

El elevado contenido de ácido silícico —70% en las cenizas— imprime el rígido y radiante aspecto de la cola de caballo. La hace áspera y quebradiza. El sílice «vive» en la cola de caballo de tal modo «que se atrinchera en ella como en una fortaleza». [470]

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Elaboración y aplicación

De la cola de caballo se recolecta el brote verde en torno a San Juan —época de su máxima expansión vegetativa— en un día soleado y se seca extendido en capa fina a la sombra aireada.[471] Respecto al tratamiento posterior, Rudolf Steiner expone: «que se hace de Equisetum arvense una especie de té, un té bastante concentrado, que se diluye y se emplea entonces como purín para los campos […] [en los que; completado por el autor] se quiera combatir el carbón y enfermedades fúngicas similares».[472] Stappung ha documentado en todo el mundo las múltiples prácticas de preparación del té a partir de la hierba de cola de caballo —la duración de la cocción y la posterior fermentación en purín, así como la fermentación en frío de la hierba fresca, los momentos, cantidades y frecuencias de aplicación, y si el preparado actúa únicamente de manera preventiva o promete eficacia también ante un ataque fúngico agudo—.[473] De la suma de experiencias en la preparación del té ha resultado la siguiente receta: «En diez a veinte litros de agua se hierven a fuego suave de 200 a 300 gramos de droga durante aproximadamente una hora. En caso de usar hierba fresca, unos 1,5 kg para la misma cantidad de agua.»[474] El tiempo prolongado de cocción es necesario, por un lado, para abrir el tejido celular periférico fuertemente silicificado y, por otro, para mantener este proceso en el elemento primordial universal del calor.

En cuanto a la forma de aplicación, Rudolf Steiner emplea el término «Jauche» (purín). Esto señala que el té de cola de caballo, tras la fase de maceración, debe ser sometido a una fermentación, con lo cual puede tener lugar una apertura gradual de las sustancias orgánicas de descomposición más difícil. Mediante la formación de ácidos, el té se convierte en purín y, de este modo, resulta conservable y utilizable durante más tiempo. Solo cuando entra en putrefacción y comienza a apestar (sulfuro de hidrógeno, H2S) debe prescindirse de su uso ulterior. También debe evitarse la fermentación en frío del material fresco de cola de caballo que se practica aquí y allá. Con tiempos de fermentación prolongados son inevitables las fermentaciones defectuosas prematuras así como una apertura insuficiente del ácido

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silícico amorfo. El efecto del calor en el proceso de cocción parece ser de importancia esencial para que el ácido silícico llegue a ser activo.[475]

Los momentos de aplicación se rigen por si el purín de té ha de aplicarse de manera preventiva o en un caso agudo. Según la indicación de Rudolf Steiner se trata primariamente de una medida profiláctica. El purín de té actúa a través del suelo y reduce, en condiciones excesivamente húmedas y persistentemente acuosas, la presión fúngica sobre las plantas. Desde este punto de vista se recomienda aplicar el purín de té en lo posible en turno anual sobre la totalidad de la superficie agrícola y hortícola con 100 l/ha. Lo ideal sería que esto ocurriese tres o cuatro veces al año: en el final del invierno hasta la primavera (marzo), en verano y en otoño hasta el comienzo del invierno (noviembre). En todo caso, en el marco de la rotación de cultivos, los cultivos especialmente vulnerables a los hongos —como los cereales y ciertos cultivos de escarda— deben recibir el tratamiento preventivo. Las pulverizaciones directas sobre los cultivos en caso agudo, frecuentemente en combinación con purín de ortiga, pueden reducir considerablemente el ataque. Es una medida que combate el ataque ya declarado. El tratamiento preventivo a través del suelo se ocupa de atajar el mal en sus comienzos.

La eficacia del preparado de cola de caballo

Aplicado de manera preventiva, el preparado de cola de caballo despliega su eficacia a través del suelo. Cuando este llega a la primavera tras un otoño ya húmedo y un invierno lluvioso y templado, la totalidad del espacio radicular queda expuesta de manera especialmente intensa a las irradiaciones de fuerzas de la Luna —y esto sobre todo en luna llena y en proximidad lunar (Perigeo). Son transmitidas por el agua y despiertan en el suelo una vida lunar que es pariente de aquella vitalidad acuática en la que, en tiempos primordiales, se desarrollaron los estadios inferiores de la vida vegetal y animal. Con un desfase temporal, esta vitalidad actúa hoy en los océanos, y de manera distinta en ríos, lagos y estanques. Esta vida, todavía próxima a sus orígenes y escasamente diferenciada, proviene de la era terrestre de la Lemuria temprana y media, la repetición del desarrollo del «Antigua Luna» que precedió a la evolución de la Tierra.[476] Expresado en términos geológicos, son las épocas

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del Proterozoico y el Paleozoico. En aquel tiempo de predominio de las fuerzas lunares no existían todavía plantas con flor. Era el tiempo de las plantas portadoras de esporas, entre las que se cuentan, además de las ya mencionadas, también los hongos. En el suelo que va formándose a partir de lo acuoso, las fuerzas lunares y las solares entran en relación mutua en estados alternantes. En la era siguiente del Cenozoico o Terciario (Atlántida) las fuerzas solares ganan la supremacía; las plantas con flor se desarrollan con sus raíces primarias. En el Neozoico, la era nueva de la Tierra, los suelos se desarrollan hasta convertirse en suelos minerales húmicos y, bajo la mano del hombre, en suelos de cultivo.

Cuando en condiciones de humedad persistente prevalecen las fuerzas lunares, el suelo de cultivo queda penetrado unilateralmente por una vitalidad lunar. Con ello se estimula precisamente la vida vegetal y animal inferior de aquellos estadios evolutivos anteriores y, de manera especialmente acentuada, el crecimiento de hongos. Esto no ocurre solo en el suelo, sino también un piso más arriba, en los órganos aéreos de la planta y sobre ellos. Lo que en la oscuridad del suelo tiene su lugar propio se crea ilegítimamente un segundo suelo en el espacio aéreo sobre la tierra; la vida microbiana parasita los tejidos vivos de la planta. Incluso la acción solar presente solo puede poner límite con condiciones a esta vida extraña que prolifera. Hay que buscar una planta que sea capaz de concentrar en sí tanta fuerza solar y elaborarla de tal modo que haga inocua la vida lunar excedente en lo acuoso —más aún, que sea capaz de crear, en el sentido de una síntesis, una relación sana entre las polaridades de la astralidad lunar que actúa desde el pasado y la astralidad solar que irradia desde el cosmos presente. Esta capacidad la posee la cola de caballo como representante sobresaliente de la transición de una planta nacida del agua a una planta nacida de la tierra. Actuando como purín de té, obra de tal manera que se descarga la tierra del exceso de fuerza lunar, que el té de cola de caballo «sustrae al agua su fuerza mediadora y da a la tierra mayor terreidad, para que no absorba la mayor acción lunar a través del agua presente».[477] Con esta descripción se señala inequívocamente al tratamiento profiláctico de los suelos con el preparado de cola de caballo. El hecho de vivenciar junto con el curso meteorológico en el transcurso del año educa la conciencia para actuar con sabia previsión. Si la profilaxis se realiza regularmente de año en año, se previene el caso agudo. Sin embargo, son muchas las experiencias descritas, sobre todo

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desde el cultivo hortícola, en cuanto a la contención del ataque fúngico agudo y otras calamidades mediante el purín de té de cola de caballo.[478] No existen ensayos experimentales de larga duración sobre el efecto preventivo del preparado de cola de caballo. Los ensayos de precisión superan los límites de lo realizable. La certeza de la eficacia —y esto vale para todos los preparados mencionados— es la penetración pensante de los resultados de la investigación científico-espiritual, así como la experiencia confirmadora que enseña la práctica.

El canon de los seis preparados de estiércol, su interacción en la formación de un nuevo centro – una visión de conjunto

Surge naturalmente la pregunta de si la sucesión de los seis preparados biodinámicos, tal como Rudolf Steiner la expone en el Curso de agricultura, es casual o consecuente. Todo apunta a que rige lo segundo, cuando se toman en consideración tanto las propiedades particulares de los materiales de partida para la preparación como la eficacia de los preparados mismos en la edificación sucesiva del órgano-diafragma del suelo hacia una integridad viva, animada anímicamente y penetrada de espíritu, entre las alturas cósmicas y las profundidades de la tierra.

La serie de las plantas para los preparados

Las seis plantas de los preparados se caracterizan porque entre el polo sulfúrico de la flor y el polo salino de la raíz rigen relaciones específicas de sustancia cósmica y terrestre; llama la atención que las tres primeras plantas, milenrama, manzanilla y ortiga, forman un grupo ternario, y otro grupo ternario forman igualmente la corteza de roble, el diente de león y la valeriana (Figura 35).

Entre ambos se sitúa un umbral oculto y a la vez objetivado del tránsito recíproco hacia una Mitte, el suelo. Ambas tríadas forman una polaridad. La primera representa el polo más básico-alcalino, el polo terrestre. En este lado impera el azufre. En lo inorgánico es formador de ácidos; en lo orgánico despliega su naturaleza cósmica, ya que «por la vía del azufre el espíritu obra hacia dentro de lo físico de la naturaleza

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Abbildung 34: Die Reihe der Präparatepflanzen und Organhüllen in Beziehung zum Stoffwechsel- und Nerven-Sinnes-System des Tieres sowie die Mittebildung zwischen den Höhen- und Tiefenkräften.

y el azufre es precisamente el portador de lo espiritual».[479] Desmaterializa, por así decir, en el proceso vital de las plantas las sustancias terrestres de los álcalis (K, Na) y alcalinotérreos (Ca, Mg), así como el hierro como base de metal pesado. En la secuencia de la primera tríada es la milenrama la que, con su particular fuerza sulfúrica, elabora el metal alcalino potasio. En la ampliación de este proceso se suma con la manzanilla el alcalinotérreo calcio, y es de nuevo la ortiga la que, con su fuerza sulfúrica, junto al potasio y al calcio, elabora el hierro en irradiaciones de hierro. Con estas últimas conduce hacia el centro oculto. El hierro es en la naturaleza, hasta el hombre, el metal de la encarnación; afirma en la organización corpórea

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las fuerzas actuantes de lo espiritual-esencial. En el hombre el hierro se concentra en la sangre, que circulando conecta el corazón con la periferia, con las funciones del cuerpo. En la corriente sanguínea que va hacia el corazón y que, «apaciguada» por este, regresa al cuerpo, el alma-espíritu del hombre vive su estar-encarnado en el cuerpo.

El corazón recoge y unifica lo que la sangre ha impreso en los órganos corporales hasta la periferia del cuerpo. En el corazón encuentra la sangre que entra y sale una envoltura propia-activa que, pulsando rítmicamente, mantiene la sangre en condiciones de vida. El otro polo son los riñones, que de otra manera polar devuelven a la sangre su aptitud para la vida. Forman un espacio en el que la sangre como corriente arterial emerge del sistema vascular y, relevada de los procesos materiales terrestres, es examinada y refrescada por la actividad renal, donde se crea un equilibrio armonioso entre lo terrestre-material y lo cósmico-espiritual. Solo tras la «prueba del corazón y los riñones» permanece la sangre en condiciones de vida.

Distinto es el caso de las plantas superiores. Crecen de manera específicamente propia, como muestran precisamente las plantas de los preparados, desde el suelo fértil, el «centro» entre las alturas y las profundidades, hacia arriba. Este centro está aún dispuesto solo germinalmente; actúa en sus funciones respecto al sílice, la cal, la arcilla y el humus todavía sin autonomía propia; necesita de educación. Esto concierne ante todo a las funciones de la arcilla, que en su ritmicidad estacional tienen una disposición hacia una suerte de función cardíaca, y a las del humus, que en su dinámica se acerca más a la función renal. Las medidas para esta educación constituyen el verdadero arte de la agricultura.

Entre las múltiples medidas que han sido caracterizadas, es el abonado desde el espíritu del hombre el que abre la puerta al futuro. Esta educación mediante el abono se refiere a la vivificación de las sustancias terrestres de las profundidades. A su servicio está el primer grupo ternario —milenrama, manzanilla, ortiga—, que ayuda al centro, al órgano-diafragma, a alcanzar progresivamente grados de autonomía funcional. Estas tres plantas medicinales tienen el poder, en sus procesos vitales, de transformar las sustancias terrestres potasio y cal en nitrógeno; es decir, de dotarlas de la propiedad de ser portadoras de fuerzas astrales.

Acerca del primer grupo ternario observa Gunter Gebhard: «El azufre, como el elemento que directamente desde el elemento Fuego ‹cayó› al elemento Tierra, es la sustancia que conduce lo espiritual hacia lo terrestre; dicho en forma abreviada: el azufre es un ser que puede condensar materialmente el calor, es decir, allí donde

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actúa este ser, aparece azufre de modo sustancial. Con ello los tres primeros preparados son aquellos que promueven la encarnación de algo espiritual (la vida vegetal). En la milenrama es el potasio el que porta completamente en sí lo líquido, el que establece en especial la relación con lo etérico (cuerpo etérico individual): el calcio con la manzanilla atrae hacia dentro lo astral en el cuerpo físico penetrado por el cuerpo etérico (trae desde el cosmos lo que da forma a la planta); y con la ortiga finalmente el hierro, que tiene su estrecha relación con la encarnación del Yo en el hombre y que aquí, impulsado por el azufre, conduce el imagen primordial espiritual de la planta a la manifestación física y mantiene el ‹contacto› con la planta originaria en la esfera más allá del cosmos (el ‹impregnar de razón›). Con los tres primeros preparados se desarrolla el suelo de tal modo que se promueven para la planta todos los miembros constitutivos vinculados con la manifestación física en lo terrestre».[480]

En el segundo grupo ternario —roble, diente de león, valeriana— está más acentuado el lado cósmico, el lado ácido. El azufre ya no es nombrado aquí de forma explícita, aunque es precisamente uno de los formadores de ácidos más poderosos. Esta contradicción se resuelve cuando se considera que en el caso del primer grupo ternario el azufre es nombrado como elemento que media lo espiritual a lo físico-viviente. En la forma del ácido sulfúrico ha salido de esta función y se ha vuelto terrestre. En el segundo grupo ternario se trata de la acción ácida que ha descendido hacia lo físico.

En el caso de la corteza de roble, el calcio como alcalinotérreo ocupa ciertamente el primer plano. Pero determinante para su función es la estructura en que el calcio se halla presente en la corteza del roble en forma de oxalato cálcico. En el transcurso de los procesos vitales del roble se forma como producto de un proceso de floración que ha sido excretado prematuramente a la corteza y ha llegado a su término. El oxalato cálcico recibe su «estructura» (forma) en conjunto a través de la naturaleza esencial del roble y en particular a través de la acción sulfúrica del ácido oxálico. A esto añade Gunter Gebhard: «El roble, como ser de Marte/Hierro, tiene su relación más profunda con el Yo, con la esfera detrás del cosmos, allí donde también los imágenes primordiales espirituales se revelan al investigador suprasensible. El calcio absorbe en sí todo lo astral; que la forma en lo físico sea posible en absoluto tiene su fundamento en lo astral; cómo la forma se muestra se fundamenta en el Yo (en la idea), que actúa a través de lo astral. El oxalato cálcico del roble absorbe

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lo macrocósmico hacia el microcosmos; y mediante la fuerza de hierro del roble establece la conexión con el imagen primordial espiritual. Cuando micro y macrocosmos están en armonía entre sí, el organismo está sano. El preparado de corteza de roble mantiene esta armonía entre estos polos y promueve con ello profilácticamente, a través del suelo, la salud de la planta.»[481]

En la corteza del roble, pues, el calcio es tomado por así decir desde arriba, desde el polo cósmico que se vive manifestándose en el proceso del ácido oxálico. En el diente de león se intensifica este proceso, ya que con la flor desarrollada hasta la más alta perfección atrae hacia dentro la «ácido silícico finamente distribuido en el cosmos» y lo pone en relación con el potasio vivificado en el jugo lácteo. De nuevo es la acción ácida a través de la cual las fuerzas del cosmos se imprimen desde arriba al diente de león y, a través de este, al suelo.

La valeriana domina de la manera caracterizada el proceso del fósforo.

Así las propiedades esenciales polares de las seis plantas de los preparados están dispuestas, en su acción conjunta, para crear una síntesis que lo abarca todo: la formación de un preparado de la Mitte que deviene, solar, entre las alturas y las profundidades. En el fortalecimiento de esta Mitte puede el suelo, el órgano-diafragma, desarrollarse hacia una autonomía cada vez mayor. En el lado básico la tríada de milenrama, manzanilla y ortiga abre desde abajo las fuerzas de la sustancia al suelo-órgano-diafragma; en el lado ácido la tríada de corteza de roble, diente de león y valeriana abre las fuerzas de la sustancia desde arriba. A la valeriana le corresponde en ello una posición singular en la medida en que, mediante la portación del fósforo, abre la esfera extracósmica del espíritu, el mundo de los imágenes primordiales esenciales (Figura 36, pág. 462).

Gunter Gebhard añade a esto: «En su comportamiento químico las bases (lejías) son sustancias que en su carácter son ‹luciféricas›, mientras que los ácidos llevan en sí algo esencialmente ‹ahrimánico›. Del mismo modo el azufre es una imagen esencial de Lucifer y el fósforo representa fuerzas ahrimánicas. En el centro entre estas dos potencias adversarias polares se encuentra el Cristo como representante de la humanidad, que, manteniendo el equilibrio entre estas potencias esenciales, señala a la humanidad los caminos hacia el futuro. En la ‹individualidad agrícola› este centro está dispuesto como el suelo-órgano-diafragma. Queda a partir de ahora en manos del hombre llevar este germen vital del centro al desarrollo.»[482]

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La serie de los órganos envoltorio animales

También estos se articulan consecuentemente en una primera tríada, vista desde el polo metabólico del animal hacia el corazón, y en una segunda tríada, desde el polo sensorial anterior del animal hacia la Mitte. En este contexto Rudolf Steiner caracteriza el actuar planetario en el animal en relación con el Sol (Figura 36, pág. 462). Part e enteramente de la observación, de la «forma y configuración de color, también con respecto a la estructura y consistencia de su sustancia de adelante hacia atrás, es decir, desde el hocico hacia el corazón, que tiene los efectos de Saturno, Júpiter, Marte, en el corazón el efecto del Sol y detrás del corazón, hacia la cola, los efectos de Venus, Mercurio, la Luna».[483] El animal superior, pues, se articula en la horizontal de la columna vertebral en la polaridad del actuar de los planetas suprasolares en el polo neurosensorial y de los infrasolares en el polo metabólico. Ambos están orientados desde direcciones opuestas hacia el corazón.

Con respecto al orden de los planetas infrasolares — Luna, Mercurio y Venus — Rudolf Steiner enlaza desde su investigación espiritual con la antigua sabiduría de los Misterios. Así ocurre también en lo que se refiere a la caracterización de sus esferas de acción macrocósmicas en la orientación vertical de la «individualidad agrícola». Aquí la secuencia desde la Tierra hacia abajo, en las profundidades, es Marte, Júpiter, Saturno, y hacia arriba, en las alturas, Luna, Mercurio, Venus, Sol.[484] Esta sabiduría primordial cultivada en los Misterios, unida a restos de una clarividencia instintiva en los seres humanos, se extinguió en la imagen del mundo de Ptolomeo. En esta, al igual que en la hoy dominante, que se remonta a Copérnico, se refleja el desarrollo de la conciencia de la humanidad. En las épocas culturales postatlánticas de los pueblos indios y persas originarios vivía en los seres humanos, como residuo, una «conciencia celeste». Se ha apagado y, con el despertar hacia la autoconciencia en el presente, se ha convertido en una conciencia terrestre fijada en los objetos. Los seres humanos de esos tiempos tempranos vivían aún las esferas planetarias llenas de los actos de las jerarquías espirituales que habían hecho de los planetas su morada.

Con el declive de esta vivencia — que perduró de manera imaginal en las mitologías — surgió a comienzos de la tercera época cultural, en el tercer milenio, la astronomía de los sumerios, babilonios y egipcios. En el cuarto período cultural esta se emancipó aún más y desembocó en la imagen del mundo ptolemaica

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Abbildung 36: Die polare Beziehung des unter- und obersonnigen Planetenwirkens zu den tierischen Organhüllen im Hinblick auf die Entwicklung der Wesensglieder der «Landwirtschaftlichen Individualität» und ihre Dreigliederung nach Leib (von unten), Geist (von oben) und Seele (rhythmische Mitte).

surgió. En la era que se anuncia del alma consciente, la imagen del mundo se contrae a lo que perciben los sentidos externos. Para Copérnico y sus sucesores se desvaneció la conciencia de una esfera planetaria llena de esencia, y lo que quedó fue la esfera redonda llena de materia que se desplaza por el espacio en trayectorias calculables.[485]

Cada una de estas imágenes del mundo es, por así decir, una instantánea, una creación del ser humano sobre el modo en que a través de las épocas se relaciona con el mundo

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con él. Cada una es en sí y por sí legítima y correcta. La imagen del mundo actual, fundada en Copérnico, toma en cuenta únicamente el aspecto cuantitativo de lo corpóreo, no el de la esfera de acción cualitativa, penetrada de esencia. El cosmos aparece a la mirada actual sin ser ni actos.[486]

Aquí conviene señalar el hecho de que la secuencia de las envolturas orgánicas animales está orientada desde la periferia de lo terrestre y desde la del cosmos más lejano hacia un centro (Figura 36).

Enlazando con la cita anterior sobre el actuar planetario en el organismo del animal, el actuar planetario infrasolar de Luna, Mercurio y Venus se concentra en los órganos abdominales desde atrás hacia el corazón, y en ello sobre el sistema renal en el sentido más amplio. El riñón recibe las fuerzas que irradia Venus.[487] Estrechamente ligado a estas se encuentra el actuar de fuerzas de Mercurio y, en el sistema renal-vesical, el de la Luna. La esencia de lo mercurial se manifiesta en las funciones fuertemente marcadas por el ritmo de los órganos abdominales. En el riñón son los procesos de excreción e incorporación. Mercurialmente, el riñón excreta del flujo arterial sanguíneo la orina primaria, la examina, la regula de nuevo en cuanto a sustancia y reincorpora lo armonizado, como lo aprovechable examinado, a la sangre.[488] Este proceso de una especie de respiración líquida se unilateraliza en la función de la vejiga hasta convertirse en un proceso de pura excreción de las sustancias que han devenido inútiles para el organismo. Aquí las fuerzas lunares modifican el actuar de Venus.

Distinto es el caso del alimento ingerido; este es examinado en la digestión intestinal. Lo que no es aprovechable para el organismo se excreta en consistencia más sólida; también este acontecer orgánico puede considerarse expresión de un actuar lunar. Lo que en cambio se excreta como jugos digestivos líquidos hacia la vía linfática y sanguínea

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se hace valer en procesos en los que cabe suponer que el actuar de Venus es modificado por el de Mercurio. Lo que en los órganos abdominales del ser humano y del animal acontece como proceso Venus-renal, modificado por Mercurio y Luna, se encuentra de nuevo en la eficacia del preparado de ortiga. Aquí, puede decirse, puede realizarse en lo orgánico de la ortiga en la conexión de potasio, calcio, hidrógeno y radiación de hierro la transformación de la sustancia mencionada en el capítulo «Zur Frage der Stoffumwandlung» («Sobre la cuestión de la transformación de la sustancia», pág. 384 y ss.) — la astralización de la materialidad viviente hacia la neoformación de un nitrógeno desde la vida de la planta.

Si se sigue la serie de los órganos-envoltura que, con una excepción, se toman de animales domésticos para la preparación, al comienzo se encuentra la vejiga de ciervo (Figura 26, pág. 363). En la vejiga se completa el proceso renal, en tanto que concentra lo examinado en el riñón y lo excreta hacia fuera. En la forma esférica de la vejiga se reproduce el elemento líquido como intermediario de las fuerzas lunares. En el proceso de preparación recibe lo solar de las flores de milenrama, en las que lo terrestre de la sal de potasio se ha sublimado hacia lo viviente.

Más hacia el interior abdominal sigue el intestino. Su extremo, el intestino grueso, transforma microbiológicamente una parte de los restos de alimento que aún quedan y excreta lo que no puede seguir aprovechándose. Este es igualmente un proceso que se halla bajo la influencia de la Luna. El comienzo del intestino lo forma el intestino delgado, un largo tubo dispuesto en asas con una superficie interior prácticamente ilimitada. Aquí el actuar de Venus se ocupa de examinar los nutrientes — excreción hacia el intestino grueso e incorporación de los jugos digestivos a la vía linfática y sanguínea. Es apoyado y modificado por el actuar de Mercurio. Esto se hace valer en los procesos de movimiento rítmico de la peristalsis, de las vellosidades intestinales hasta la dinámica de las secreciones glandulares y de las corrientes de sustancia que atraviesan las paredes intestinales. Las fuerzas de Mercurio se colocan como mediadoras entre el actuar de Luna y Venus. Se adaptan por un lado a las condiciones cambiantes; por otro lado, el actuar de Mercurio traspasa límites que separan un interior de un exterior.

En el intestino delgado se embujan las flores de manzanilla. Su carácter solar ha puesto el calcio y el potasio de lo terrestre en un estado que — ampliando la eficacia refrescante y vivificante del preparado de milenrama — contribuye a un crecimiento sano. Esto debe entenderse en el sentido de que la imagen primordial esencial de las plantas puede expresarse sin adulteración en la imagen reflejada terrestre en cada fase del crecimiento.

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El preparado de ortiga como tercero en la alianza alcanza ya con su eficacia cerca de la Mitte dominada por las fuerzas solares, es decir, cerca de la función cardíaca oculta del suelo. La «acción interior» astral de la ortiga está tan penetrada de fuerza de razón y del Yo que puede prescindir de una envoltura orgánica animal. También ella es capaz de transformar los formadores de sales terrestres potasio y calcio en sus procesos orgánicos y, más allá de eso, de convertir el hierro en benéfica radiación de hierro. Parece expresarse en ello una eficacia venusina. En conexión con milenrama y manzanilla cuida de que las sales terrestres potasio y calcio se transformen hacia niveles superiores de eficacia y, adicionalmente, convoca el carácter marcial del hierro a una eficacia radiante. El actuar de Venus, entendido interiormente, crea en lo viviente espacios libres para nuevas posibilidades del devenir; renuncia. Puede decirse: no alimenta, sino que hace posible la alimentación. En este sentido pueden entenderse las radiaciones de hierro del preparado de ortiga. El actuar de la esfera de Venus no las produce por sí mismo, sino que posibilita a la ortiga como preparado actuar en el sentido de que en el suelo-diafragma regula el equilibrio del hierro hacia una medida saludable, tal como esa medida también se mantiene en el sistema cardiovascular.

La «tríada alcalina» hace el suelo apto para la tierra al servicio de las fuerzas solares; abre las fuerzas terrestres al crecimiento vegetal. Construye desde abajo el cuerpo físico del diafragma. Distinto es el caso de la tríada de corteza de roble, diente de león y el preparado de valeriana. A través de ellos llega a hacerse valer el acontecer cósmico de la sustancia que está en relación con las esferas de los planetas suprasolares.

La imagen exterior del roble, su poderosa contención en el crecimiento, la dureza de su madera, etc., lleva el sello del actuar de Marte. Crece lentamente, con persistencia, así como también la órbita de Marte alrededor del Sol con casi dos años (la órbita sidérea es de 687 días) requiere más tiempo que la de los planetas infrasolares Venus (225 días) y Mercurio (88 días). Igualmente, el cráneo del animal doméstico es una poderosa expresión formal del actuar de Marte. La cavidad craneal, sin embargo, está llena de una sustancia conformada por fuerzas lunares: el cerebro. En la preparación, en su lugar entra el oxalato de calcio de la corteza/corteza exterior estructurado por las fuerzas marciales del roble. Las mismas fuerzas que han formado el cráneo y que irradiaban a través de la naturaleza lunar del cerebro se imprimen ahora en el calcio de la corteza del roble. Como preparado de corteza de roble actúa, a diferencia del preparado de manzanilla, de manera preventiva frente a infecciones provenientes del exterior.

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A la envoltura de la corteza de roble con un cráneo de animal doméstico se enlaza la pregunta: ¿Puede existir más allá de este, en absoluto, una envoltura orgánica más a través de la cual pueda proseguirse la preparación de las flores de diente de león? La cabeza, con sus formas estrictamente delimitadas y su organización sensorial orientada hacia el exterior, no encuentra continuación — con excepción, al menos en cierta medida, de los portadores de cornamenta, no de los portadores de cuernos. La cabeza se enfrenta al mundo con los sentidos. La continuación de la actividad neurosensorial debe buscarse en un nivel superior. Se encuentra desarrollada de manera singular en los rumiantes: la organización sensorial de la vaca se vuelve desde la cabeza hacia atrás, más allá del corazón, y continúa de algún modo en un nivel superior en la actividad sensorial-suprasensible del peritoneo (Figura 35, pág. 457). La vaca se vuelve hacia el mundo exterior con sus órganos sensoriales cefálicos de manera comparativamente sorda, pero hacia su mundo interior, con sus sentidos inferiores — en particular el sentido vital del peritoneo — de manera comparativamente luminosa. A través de sus cuernos retrocedentes en la cabeza proyecta su ser inteligente hacia el interior de la envoltura corporal. La actividad sensorial en la cabeza y la del cuerpo están en interacción. Si la primera hace consciente sensorialmente, la segunda opera suprasensiblemente con fuerza.

Es así el mesenterio-peritoneo el que en el proceso digestivo del bovino percibe las fuerzas activas desde el espíritu. Esta actividad sensorial del peritoneo, que en el bovino está dirigida hacia lo sustancial hacia adentro, se dirige — con la envoltura de las flores de diente de león — hacia fuera, hacia el «ácido silícico finamente distribuido» en el entorno cósmico. Hay que suponer que aquí se alude al estado etérico superior del ácido silícico. La envoltura de peritoneo atrae sensorialmente activa esta sustancia silícea y la une con el potasio del jugo lechoso sublimado en las flores. El acontecer de la sustancia en el diente de león desde abajo y de la envoltura de peritoneo desde arriba apuntan a una eficacia jupiterina de amplio alcance. Así como todos los planetas son moradas de entidades jerárquicas,[489] en Júpiter lo son seres de sabiduría. En Júpiter la sabiduría es sustancial.[490] Si uno se representa la imagen exterior y los procesos de sustancia del diente de león (cf. pág. 406 y ss.), en esta planta altamente desarrollada el actuar jupiterino lleno de sabiduría se hace observable desde la raíz, pasando por la roseta de hojas, la flor y su

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amarillo radiante hasta el blanco del «reloj de viento». En las plantas con flor, los colores amarillo y blanco se atribuyen al actuar jupiterino: «pues la fuerza de Júpiter, que apoya la fuerza solar cósmica, produce en las flores el color blanco y el amarillo».[491] La sabiduría jupiterina que se refleja hacia fuera en el diente de león se vuelve — abarcada por el «cielo» interior del peritoneo — hacia adentro, hacia la conformación y función sabia de los órganos abdominales. El preparado de diente de león forma la síntesis de este actuar jupiterino que ha asumido forma y función en lo terrestre. El poder activo de esta síntesis puede verse en aquello por lo cual «la planta se vuelve sensible a todo y lo atrae todo hacia sí».[492] Puede decirse, pues: el preparado de diente de león transmite al abono orgánico, a través de la sílice cósmica, sustancia de sabiduría esencial de Júpiter, que se vive manifestándose en las plantas como fuerza de sensación en devenir.

Si ahora se envuelven las flores del diente de león, fuertemente marcadas por el actuar jupiterino, con las membranas del mesenterio peritonal, la capacidad de recepción para el «ácido silícico finamente distribuido» en el entorno cósmico se mantiene en flujo. A través del preparado y los abonos orgánicos el fruto de esta capacitación llega a las plantas, pero actúa ahora en dirección inversa; hace a las plantas «sensibles» hacia las sustancias de la tierra que necesitan para crecer. Lo que ya se anunció como efecto del preparado de corteza de roble aparece en el preparado de diente de león en un nivel superior. La conexión vital suelo-diafragma-planta queda por así decir animada. Así como la eficacia de la primera tríada de preparados abre las sustancias y fuerzas terrestres al polo radical de la planta, así la segunda tríada abre las sustancias y fuerzas del cosmos extraterrestre al polo floral.

En el nivel más alto, finalmente — puede decirse — el preparado de valeriana estimula a través de los abonos orgánicos y del fósforo liberado en los procesos de descomposición de tal manera que este puede convertirse de nuevo en lo viviente en portador físico de algo espiritual-esencial en lo terrestre.

Por razones distintas a las de la ortiga, la valeriana no necesita envoltura de un órgano animal. Tiene la capacidad de purificar el fósforo desde el acontecer dinámico, vinculado a la tierra, viviente de la sustancia en los rizomas radicales, a través del tallo que se eleva verticalmente, hasta llegar a la flor, elevándolo hacia un estado de pura receptividad para revelaciones que

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desde el mundo de los arquetipos espirituales encuentran en el fósforo como fuerzas su portador físico-etérico.

La valeriana es de tal naturaleza que tiene una fuerte relación con la luz y el calor. Las composiciones de sustancias que se han formado en el transcurso del crecimiento de la planta bajo el actuar del Sol y el de los planetas infra y suprasolares se descomponen en el morir de las plantas. En cada uno de los procesos de descomposición se libera calor. Finalmente, todo lo que ha surgido del espíritu se reconfigura en el elemento del calor, el origen de todo ser. Lo que había surgido desaparece físicamente; como logro espiritual queda inscrito en el calor interior, en el éter de calor, a modo de memoria, en todo el sistema planetario viviente.[493] Aquí entra en vigencia el principio saturnino; a modo de memoria cósmica es el guardián del pasado, del gran nexo evolutivo entre el origen del devenir del ser humano y la Tierra[494] y el ser del presente. Exteriormente esto se expresa en que la esfera de Saturno rodea y delimita el sistema solar en todos sus lados como una envoltura de calor. ¿No se ha creado en la valeriana el principio saturnino una imagen refleja? Donde quiera que se aplique el preparado de valeriana, crea una envoltura saturnina de calor que delimita un exterior frente a un interior.

Si se pulveriza el preparado de valeriana sobre un montón de estiércol o compost, actúa para este de manera igualmente formadora de envoltura que los mencionados órganos-envoltura animales de los otros preparados. Cabe suponer que no solo proporciona al acontecer de la descomposición una envoltura delimitadora, sino también a las radiaciones que puntualmente emanan de las otras sustancias preparadas introducidas en el montón, reteniéndolas así dentro de él. La envoltura de calor generada por el preparado de valeriana está tejida de calor exterior (elemento calor) e interior (éter de calor). Puede concebirse como un órgano que recibe las irradiaciones del cosmos estelar y encuentra en el fósforo, que surge de los procesos de descomposición saturninos, una portación física receptiva.

Así como la ronda de los preparados se abre en consecuencia espiritual con el preparado de milenrama, así se cierra con el preparado de valeriana. Esta consideración puede despertar una comprensión de que el canon de los seis preparados biodinámicos, que están al servicio de una totalidad en devenir, no necesita ampliación ni completamiento. Este canon está

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compuesto de tal manera que crea una consonancia armónica. La totalidad es la Mitte entre las alturas y las profundidades; su devenir significa la «vivificación de lo Fijo-Terrestre mismo». La consonancia «suena» a través del trabajo guiado por el espíritu del ser humano, a través del querer incondicional.

Los preparados de estiércol en su eficacia global

Cada uno de los seis preparados biodinámicos aporta un potencial de desarrollo a la configuración de un «séptimo»: el de la Mitte en devenir, el del órgano-diafragma que se halla bajo el influjo del Sol. El suelo es lo que hace posible en primer lugar la existencia de toda vida sobre la Tierra. En él se unen las irradiaciones planetarias y estelares que están bajo el dominio del Sol con las fuerzas de las profundidades que irradian desde abajo. Este mutuo actuar recíproco es el resultado, hecho obra, de épocas terrestres pasadas. Continúa actuando en el sabio entretejerse de los reinos de la naturaleza. Reconocer esta herencia, ilimitada en sus relaciones, constituye la base para la configuración de la finca en la agricultura biodinámica.

De este conocimiento se deriva el principio metódico de trasladar ahora, desde el espíritu del ser humano, la obra encontrada en un lugar determinado (finca) según las leyes que la naturaleza vuelta física prescribe y que actúan en el reino mineral, vegetal y animal, a un trabajo guiado por el espíritu. De ello surge, elaborado como arte en lo pequeño, lo que la Tierra es en lo grande: un organismo cerrado en sí mismo. Este principio — repetir el pasado desde la fuerza del alma consciente del ser humano que despierta, en el presente — es el primer paso. El segundo paso abre la puerta hacia un camino de desarrollo hacia el futuro. Retoma, en repetición de lo pasado, el principio metódico que se le ha escapado en la agricultura quimicotécnica. Este segundo paso eleva la agricultura, fecundada por el acervo de ideas de la investigación espiritual, a un nivel superior. Pone al ser humano del presente ante un enorme desafío: el del actuar libre y autodeterminado desde el fortalecimiento del alma consciente. Ante este desafío se ve todo aquel que intenta cultivar un trato despierto espiritualmente con los preparados biodinámicos. En su elaboración y aplicación, el fin — lo que ha llegado a ser — se convierte en comienzo de un devenir hacia el futuro. El fin son productos del reino mineral, vegetal y animal, además del actuar de los ritmos actualmente dados del año solar y, finalmente, de los estados de

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los cuatro elementos: tierra, agua, aire

y calor. Este fin evolutivo es puesto, a través de los conocimientos de la investigación espiritual, en relaciones de ideas que no se encuentran en la naturaleza llegada a ser, que solo en la aplicación van asumiendo paulatinamente carácter de ley. Estas ideas introducen una inversión de lo pasado en lo futuro. De ello surge la pregunta de en qué medida los fenómenos de esta inversión son siquiera aprehensibles científico-naturalmente. Los conceptos que se tienen se refieren siempre solo a lo que puede medirse, contarse y pesarse, a lo pasado, no a lo que está en devenir. Aquí se abre, en el conocimiento de la naturaleza, un abismo profundísimo entre lo inanimado, la cantidad y las manifestaciones cualitativas de la naturaleza animada, ensalmada y «espiritualizada».

Todo lo cualitativo se vive manifestándose en polaridades: en los opuestos de ser y apariencia, espíritu y materia, luz y tinieblas, etc. La síntesis de estas polaridades no puede encontrarse en la contemplación objetual, sino que se realiza en la intuición pensante y sintiente, que señala al querer la dirección. La síntesis acontece en el interior, en el conocimiento del espíritu del ser humano. ¡Esa es la gran tarea! El modo de pensar analítico, dirigido únicamente a lo inanimado, elude este desafío. Le faltan los conceptos que den al concepto de cualidad un contenido objetivo y valorativo. Los conceptos valorativos incluyen el factor «tiempo»; ponen el pensar en movimiento, lo vuelven plástico y con ello vivenciable. Con ello se entra en un sendero en el que la fuerza del pensamiento puede volverse mediadora entre lo sensorialmente dado y aquello que ha sido investigado desde el espíritu, libre de sensorialidad. Solo en la medida en que uno se esfuerza por dejar que ambos campos fenoménicos — el sensorial y el espiritual-suprasensible — se iluminen mutuamente en el pensar vigoroso, puede el juzgar valorativo alcanzar fuerza enunciativa objetiva.

De esta observación preliminar se derivan posibilidades ilimitadas para una formación segura del juicio en la aprehensión de lo esencial que se expresa en las cualidades. En cada caso individual, este juicio tiene que ser conquistado individualmente. Lo conquistado como verdad individual pronto se incorporará, en el intercambio y la corrección, como algo real y activo en la cultura espiritual general de la humanidad.

El canon de los seis preparados biodinámicos, que se añaden a los materiales orgánicos frescos que surgen en la finca, actúa, avalado por múltiples experiencias y resultados experimentales, progresando en el tiempo; actúan de manera evolutivamente estimulante sobre el nexo vital suelo-planta. Pueden caracterizarse tres pasos evolutivos que se funden entre sí:

1. Los preparados biodinámicos se imprimen — cada uno según el modo específico de actuación de sus radiaciones — en conjunto

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a las masas orgánicas en descomposición de los montones de compost y estiércol. Transmiten a la degradación, que prolifera de manera más o menos desordenada, un principio organizador superior. Este encauza los complejos procesos de degradación y construcción de sustancias hacia los causes correctos y ayuda al montón de compost o estiércol a cerrarse como un organismo con vida propia. La experiencia enseña que los procesos de descomposición transcurren de manera más armónica. Esto se constata especialmente en la comparativamente rápida transformación del olor corrosivo en un olor suave. Investigaciones comparativas experimentales confirman el asentamiento de los procesos fisiológicos y biológicos (por ejemplo, temperatura, capacidad de sorción, presencia de lombrices de tierra) en un estado de equilibrio sano.[495][496]

2. Los efectos de los preparados biodinámicos, tras el tiempo de almacenamiento correspondiente de los montones de abono, se han absorbido en su totalidad en estos. Los abonos preparados se han desplegado hacia una omnipotencia de su eficacia en lo viviente que supera su modo de acción meramente natural. Con su aplicación al suelo, ordenan y estabilizan progresivamente la totalidad de todos los procesos del suelo hacia un nivel superior de fertilidad, en convergencia con los ritmos del año solar. Esto es llamativo y ha sido experimentalmente demostrado en muchos parámetros, de manera más convincente en el mantenimiento de un nivel de humus comparativamente superior con simultáneamente mayor actividad microbiológica, en una profundización del perfil del suelo enriquecido en humus,[497][498][499] así como en la presencia de lombrices de tierra y otros animales del suelo.

3. Así como las acciones de fuerza de los preparados biodinámicos confieren en su conjunto a los abonos orgánicos un grado de animación superior, no meramente natural, así estos al suelo, y a través del suelo a las plantas en crecimiento.

En última consecuencia, es tarea de los preparados biodinámicos individualizar las condiciones cósmico-terrestres del crecimiento y de la formación de frutos, según el lugar,

en el transcurso del año, hacia las plantas que están siendo cultivadas

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en cada momento. Su modo de acción apunta a aproximar el grado de animación del suelo al de lo viviente de la planta. Ambos forman, como síntesis, la Mitte del actuar polar de las fuerzas de la Tierra y el Cosmos. La importancia sobreeminente de la fertilización del suelo cobra aquí plena vigencia. Ella determina, en desarrollo progresivo, cómo las plantas cultivadas se articulan verticalmente y horizontalmente — con raíz, tallo, hoja, flor y fruto — en esta Trinidad de las alturas y las profundidades y de la Mitte en devenir. Las plantas son aprehendidas por una fuerza organizadora a través de la cual se abren a las condiciones de crecimiento de su entorno.

El reflejo de todo ello se encuentra confirmado de múltiples maneras en las experiencias prácticas y en las investigaciones científicas:

  • La planta tiende a desarrollarse de manera idealtípica conforme a la disposición de su especie.
  • La raíz se abre a un volumen del suelo más profundo, se ramifica de manera más fina y uniforme.[500]
  • El crecimiento del brote atraviesa de manera más pronunciada los estadios de la metamorfosis foliar y, con ello, los de la refinación en la construcción de la sustancia.
  • Los procesos fisiológicos en la formación de los frutos alimenticios — ya sea en el ámbito de la raíz, el tallo, la hoja, la flor o la semilla, así como en los frutos de los árboles frutales — llegan al reposo en la madurez. Los frutos alimenticios maduran plenamente y se conservan por más tiempo.
  • Las composiciones de sustancias se estructuran y refinan desde la base hacia la flor; esto especialmente en el ámbito de las proteínas — por ejemplo, la proporción de proteína pura respecto a la proteína bruta —, de los aceites esenciales, etc.
  • La formación del rendimiento tiende, compensando los extremos, hacia un óptimo de rendimiento.[501]

Directamente accesibles a la percepción son el sabor y el aroma más pronunciados, propios del respectivo fruto alimenticio, la matización en la coloración, la consistencia, así como la mayor digestibilidad y la conservación más prolongada. Es además reveladora la afirmación que se escucha frecuentemente de los consumidores: «Necesitamos menos para quedar saciados.» Todo ello en conjunto caracteriza

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un valor nutritivo ampliado que actúa de manera sanadora sobre el desarrollo corporal, anímico y espiritual del ser humano. En

este sentido, la fertilización con preparados está al servicio de un desarrollo progresivo de la Tierra y del ser humano. Confiere al trabajo agrícola-hortícola un sentido nuevo, un sentido más elevado. Su manejo conduce realmente a una nueva disposición en el trabajo y en la investigación, a un nuevo arte. El impulso hacia esta fertilización no nace de una ocasión exterior ni, menos aún, del cumplimiento de una norma, sino de un impulso que se ha convertido en un asunto del corazón. Cuanto más sea este el caso, tanto más libre y con ello individualmente más artística será el acto de su manejo. La significación de los preparados biodinámicos para la Tierra y el ser humano solo puede abrirse por la vía del conocimiento del espíritu; este desafío le parecerá a más de uno demasiado exigente. Pero si uno se entrega a él sin prejuicios, pronto se percatará de que la fuente que convoca al hacer no hay que buscarla fuera, en el mundo, sino pura en uno mismo. Los resultados (formas de ideas) de la investigación espiritual son este manantial. Él extiende luz sobre lo que uno hace todavía tanteando en la oscuridad. Pero la seguridad interior crece poco a poco en el pensar y hacer alternos de estas ideas. En ello «no importa el éxito del momento, sino el trabajar incondicional».[502] «Pues ningún fracaso es nunca determinante para la verdad de un impulso espiritual cuya acción ha sido comprendida y asida interiormente.»[503]

La práctica del arte del cultivo de la tierra en tres pasos

El tema de concebir la agricultura como un arte no vive en el presente. Y sin embargo, desde la época del gran Zaratustra —inaugurador de la cultura urpersiana y fundador del cultivo de la tierra en el 5.º/6.º milenio a. C.— el arte estuvo profundamente immanente en el desarrollo de la agricultura. Solo en el curso de la era científico-materialista a partir de mediados del siglo XIX, y de su criatura predilecta, el agroindustrialismo de los siglos XX y XXI, todo elemento aún subsistente de disposición artística ha caído sacrificado a la ratio científico-tecnológica. En los albores prehistóricos de las altas culturas urindiana y urpersiana, la religión, el arte y lo que más tarde se convirtió en ciencia

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permanecían aún inseparados, ocultos en una experiencia atávico-clarividente y sorda. Estas altas culturas estaban, como se expuso al comienzo, bajo la guía del Misterio, en el que las enseñanzas de sabiduría del pasado vivían con igual intensidad que un despertar de la conciencia hacia impulsos prometéicos del futuro. De este sacramentalismo abarcador, orientado aún por entero hacia el mundo espiritual, se desprendió el arte sacral, que en el curso del desarrollo de la conciencia humana se emancipó por metamorfosis graduales, en cada una de las culturas siguientes, hasta llegar a puras creaciones artísticas. El arte se estableció progresivamente como factor cultural autónomo junto a la religión. En estas épocas, hasta la Modernidad, la agricultura era el fundamento cultural del que brotaban las creaciones artísticas. Valía esto por entero para los comienzos del arte sacral con la crianza de los animales domésticos y las plantas cultivadas. Pasos ulteriores de emancipación son entonces la construcción de las pirámides egipcias —que descienden por así decir desde el mundo espiritual y se invierten en lo terrestre—, el arte griego que dio forma humana a lo divino, y en el período postcristiano el arte de la Edad Media, con las catedrales que se elevan desde abajo y la mirada del hombre devotamente interiorizada en escultura y pintura.

Un paso de emancipación formidable se consumó desde la Modernidad en el desarrollo del alma consciente que aspira a la individuación, y como rasgo distintivo suyo, a través del surgimiento de las ciencias naturales. Estas se emancipan de la religión y del arte sacral aún próximo a ella. El Uno-Todo originario se diferencia en la trinidad de religión, arte y, por último, ciencia. El camino científico del conocimiento asumió el liderazgo; arte y religión ya no tenían lugar en él. Quedaron reducidos a acompañamiento cultural. En la agricultura este proceso se consumó muy lentamente y al final de manera precipitada. Con ello se cegaron las fuentes de la acción moral. Los conceptos que la ciencia introduce desde fuera en la agricultura en forma de tecnologías son conceptos de factibilidad; son abstractos, fríos, muertos, y las huellas que dejan son una tierra devastada, vaciada, entregada a la fealdad. A medida que se extinguen las tradiciones, la gente «abonará los campos con ciencia».[504]

¿Pero qué sucedería si estos conceptos —en tanto no provienen de teorías, sino que simplemente reflejan, sin prejuicio, hechos dados sensiblemente— pudieran ser calentados y cargados de peso gracias a que, en el alma espiritual

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del cognoscente, son despertados a una vida propia? Esta sería la tarea de una nueva concepción científica conforme a la realidad, si esta ampliara el principio establecido y cuantificador hacia las fuentes del arte que residen en lo espiritual-anímico del ser humano. Estas fuentes no son otra cosa que lo que el espíritu, estimulado por lo percibido sensiblemente, habla al alma como idea. En la vivencia de esta idea se revela algo moral, en lo que experiencia espiritual y experiencia sensorial se funden en una unidad. Esta fuente primordial de la acción moral ha de abrirse a sí mismo el ser humano que aspira a la libertad, es decir, al desarrollo del alma consciente.[505] El camino de unir ciencia y arte, desde la fuerza del Yo humano que aspira al autoconocimiento, en un todo superior, es el que Goethe recorrió a lo largo de una lucha de toda una vida. Rudolf Steiner lo ha hecho accesible, como camino de formación interior del alma, a todo ser humano que quiera recorrerlo.[506]

En la vivencia de la idea, el pensamiento de la cabeza se convierte en pensamiento del corazón; uno vive en una imagen de pensamiento que continúa creciendo y es una oferta a la voluntad de asirla en libertad y dejarla convertirse en acto hacia fuera. En esta voluntad hacia el acto, el espíritu que habita en la idea cobra vida como fuerza moral orientada hacia un fin. En ello habrá que buscar la tarea de la ciencia hacia el futuro: que el alma pensante tome conciencia de su meta espiritual. Christian Morgenstern lo pone en palabras: «quien no sabe adónde va, no puede tener el camino».[507] El camino hacia esta meta es un camino artístico. La meta yace en el futuro. Habrá que desarrollar una ciencia que haga capaz de ver hacia el futuro, que señale al ser humano las metas espirituales hacia un crear artístico. Si permanece fiel a estas metas a través de todas las resistencias, se desatan fuerzas morales mediante las cuales puede enfrentarse con visera abierta al poder del Mal que entorpece el desarrollo, y dedicar todo su esfuerzo a las potencias del Bien, al progreso de la humanidad. El camino hacia la meta es el arte que se forma a partir de una ciencia rectamente entendida, es decir, fiel a los fenómenos. Si uno se limita en la ciencia a un pensar en conceptos abstractos y muertos, surgen tecnologías que tienen sin duda su significación referida al presente, aunque restringida a lo puramente físico-sensorial

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El arte, en cambio, necesita imágenes de ideas que llenen el alma de modo vivo y puedan crecer en ella. Cuando se configura hacia fuera estas imágenes de pensamiento vividas, surge la obra de arte que se coloca junto a la naturaleza pero no la copia, sino que intenta recrearla artísticamente en la imagen, desde la captación y vivencia espiritual de la idea de la imagen primordial, del tipo o del ser. Goethe buscó, a partir de los fenómenos que el reino vegetal ofrece a la vista, el fenómeno primordial que subyace espiritualmente a todas las configuraciones vegetales. Lo aprehendió en la idea de la «Urpflanze» («planta primordial») de manera tan espiritualmente imaginativa y concreta que pudo decir: «con este modelo [de la planta primordial; nota del autor] y con su clave, puede uno entonces seguir inventando plantas al infinito, que han de ser consecuentes, es decir, que aunque no existan, podrían existir, y no son sombras ni apariencias pictóricas o poéticas, sino que tienen una verdad interior y una necesidad. La misma ley podrá extenderse a todo lo viviente.»[508]

La clave para «inventar al infinito» desde el espíritu del fenómeno primordial y configurar lo inventado como obra de arte puede hallarse, en conexión con Goethe, en las formas de ideas de la ciencia espiritual antroposófica. Estas formas de ideas son, vistas así, ellas mismas creaciones artísticas nacidas de un conocimiento suprasensible. Tienen la particularidad de animarse en el pensar, de convertirse en vivencia anímica en el sentir y de transformar la materia a través de la voluntad. La obra de arte que de ello surge ya no se coloca meramente junto a la naturaleza, sino que estas ideas animadas tienen el poder de reconfigurar artísticamente la realidad de la naturaleza, en el espejo del desarrollo anímico del ser humano. La voluntad inspirada de este modo se prolonga hacia el interior de la naturaleza y comienza a poner nuevamente en movimiento lo que se ha solidificado en calculabilidad. En la agricultura biodinámica esto sucede en tres etapas, partiendo de un modo aún más determinado por la naturaleza hacia uno que emana pura y exclusivamente del espíritu.

1.er nivel: La creación artística en el sentido del renacimiento de lo artesanal

Evóquese la actividad del escultor. Sus utensilios, los que necesita para plasmar en piedra la imagen de la obra de arte que va a crear, son la piedra, el cincel y el martillo. La idea que conduce a la meta vive

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en él. No de otro modo ocurre con el agricultor, hacia cualquier meta que en cada momento dirija su actividad. Si persigue la meta de labrar el campo, necesita arado, cultivador y rastra para preparar el lecho de siembra; lo mismo sucede con el cuidado de los cultivos en lo que respecta a la rastra deshierbadora y el escardador, y más adelante en la cosecha, donde se trata de una recolección rápida, segura y respetuosa con el suelo. La imagen de ideas que guía al agricultor en todas estas actividades vive en él, y el campo, las plantas, el tiempo atmosférico, etc., le dicen lo que está por hacer, así como la piedra le dice al escultor cómo y dónde debe aplicar el cincel y con qué fuerza ha de ser el golpe. Pero dado que el agricultor trata con la naturaleza viva y animada —es decir, con lo que es esencial y que se da a sí mismo la forma y se convierte en obra de arte—, ella es para el agricultor, en el plano del oficio, la gran maestra. Lo que el agricultor necesita es una ciencia de las fuentes de las que su maestra bebe y crea, ya sea en el cultivo de la tierra y la horticultura, en la ganadería y la economía de praderas y pastizales, en la fruticultura y la silvicultura y en la configuración del paisaje. Ha de ser una ciencia de lo que está en perpetuo devenir y perecer, que determine necesariamente la meta del agricultor. Y su arte consiste entonces en crear, desde la sabiduría vivida, desde la verdad sentida-y-conocida, a través de su trabajo artesanal, las interrelaciones llenas de sentido mediante las cuales, en toda su diversidad, las plantas cultivadas, los animales domésticos y los suelos cultivados puedan desplegarse de manera ideal. El arte del oficio se pone en el ámbito de la agricultura al servicio de la naturaleza de la manera más amplia posible. Es una emulación de lo que la naturaleza, como la gran artista de su obra creadora, marca como pauta. Se trata de

  • gozar interiormente los procesos de trabajo, desde la vivencia de la idea, y dejar que se articulen fluidamente unos en otros;
  • penetrar con plena conciencia la finca hasta en el último rincón;
  • que en todo el trabajar viva una atención sensible que reconozca lo descuidado, lo feo, lo malogrado, lo defectuoso, y lo deje convertirse en acicate para dirigir con tanto mayor vigor el sentido de la belleza y el amor por la acción hacia lo que sirve a la realización de la meta espiritual;
  • que todo y cada cosa estén en proporciones armónicas entre sí y el resplandor de la belleza refleje la disposición interior de las personas que allí trabajan;
  • no dejar que el crear artesanal-artístico degenere en mero trabajo de despacho.

Todo esto debe ser reaprendido desde los cimientos. En este sentido se está completamente al principio. Se trata precisamente de forjar, sin condiciones ni reservas, con el fuego

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del espíritu una espada de ideas, cavar con ella la tierra y esperar con paciencia los frutos de la transformación: los que maduran en mí, y los que maduran en la tierra.[509] Esta disposición anímica ante el trabajo solo puede adquirirse de nuevo individualmente, a partir de una formación espiritual-moral. Cada uno debe aprender a ser el modelo del otro. Si esto sucede aunque sea en sus inicios, se crea el fundamento para una colaboración fecunda, para el arte social de la verdadera formación de comunidad.

2.º nivel: La creación artística desde la totalidad hacia los miembros

En este nivel, la naturaleza ya no es sino muy condicionalmente la maestra. Lo que ella enseña son nexos relacionales entre las cosas y los seres de la naturaleza: por ejemplo, la coexistencia de flores e insectos, la relación entre la actividad de los gusanos de tierra y la fertilidad del suelo, la asociación de animales y plantas en biotopos, etc. En estas redes de relaciones impera la razón, vive invisiblemente un todo superior que se despliega en el mundo sensible en una suma de fenómenos individuales. Esta integridad no aparece sensorialmente en ningún lugar de la naturaleza, sino únicamente en el ser humano, que lleva en sí este todo esencial como su Yo. El ser humano tiene la posibilidad, por el camino de un autoconocimiento que avanza, de conocerse como ser espiritual y, con esta misma facultad, de penetrar también cognitivamente en el ser de la integridad —inmanifiesto por su naturaleza— que se manifiesta en el reino animal, vegetal y mineral a través de la sabiduriosa riqueza de sus relaciones.

Respecto a la rica red relacional de una explotación agrícola sana, esta integridad creadora fue caracterizada, derivada del ser humano, como organismo, como cuerpo de la individualidad agrícola. La naturaleza pone a disposición de este organismo, como el «Was» («qué»), toda la riqueza de su creación plena de relaciones; pero el «Wie» («cómo»), cómo esta creación ha de componerse hacia el todo superior del organismo agrícola, eso no lo dice la naturaleza. Eso tiene que iluminarse intuitivamente en el ser humano como idea viva. La síntesis del «qué» y del «cómo» es un acto artístico. Se despliega, por un lado, en la vivencia interior de la relación personal que uno construye con las cosas y los seres del todo de la finca. Por otro lado, el acto artístico se encuentra en el modo en que —a partir de las ideas concebidas en el espíritu— la individualidad agrícola, o bien su cuerpo, el organismo de la finca, se articula en

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órganos y en proporciones relacionales mesuradas y racionales.

La articulación en órganos —ganadería, pastizales, campos de cultivo, huerta, fruticultura, silvicultura y setos vivos— y sus múltiples subdivisiones sirven, por un lado, a la utilidad del abastecimiento alimentario; por otro lado, ennoblecen el paisaje cultural: cuidan la estética del espacio vital humano. El ser humano configura la agricultura corporal-físicamente y anímico-espiritualmente a su imagen. Puede reconocerse a sí mismo en la obra de arte que ha creado.

Aun con este segundo paso del crear artístico subsiste todavía un gran abismo entre la idea y la realidad. Se sigue tendiendo a apoyarse en el gran modelo de la naturaleza y a contentarse con cultivar de manera «próxima a la naturaleza» o «biológica». Esto se asemeja a quien ya se cree artista con solo copiar lo sensible-objetual de la naturaleza. Cierto, la naturaleza ofrece el instrumento y da las instrucciones de cómo emplearlo racionalmente según sus leyes; pero lo que la idea de organismo o de individualidad —derivada del ser humano— forma a través de las manos humanas a partir de ello, es algo nuevo: es una obra de arte que trasciende y eleva lo que la naturaleza ofrece.

Esta obra de arte no está terminada, sino que continúa formándose en consonancia con el desarrollo de una verdadera comprensión del espíritu. Si en tiempos pasados esta comprensión había sido acercada al ánimo de los seres humanos, por así decirlo desde afuera, por las instituciones religiosas, las iglesias y los monasterios, como contenidos de fe, ahora y en el futuro puede ser captada desde adentro en el tomar conciencia de la realidad del espíritu y encontrar expresión artística hacia afuera. Lo que antaño fue iglesia y monasterio debe vivir en adelante como impulso espiritual portado por el Yo, elevándose activamente en el alma. El arte de la agricultura —captada desde el espíritu, que se configura de nuevo— no se emancipa de la ciencia. Al contrario, crecerá con ella hacia una nueva unidad. El arte vivificará a las ciencias y, por ello, se volverá más consciente de su meta espiritual.

3.er nivel: La creación artística como acto creador puramente desde el espíritu

El rasgo esencial medular de la agricultura biodinámica, también y precisamente en lo que respecta a la práctica de un nuevo acceso artístico a las cosas y seres de la naturaleza, solo se vuelve tangible a través de la ciencia espiritual antroposófica y, en particular, a través del Curso de agricultura de Rudolf Steiner. Aquí, la naturaleza y la ciencia se ponen enteramente al servicio del conocimiento del espíritu. Esto atañe sobre todo a la cuestión del abonado y a la elaboración y aplicación de los preparados biodinámicos.

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Estos deben su origen a un proceso artístico que se enciende en la vivencia de las formas-idea de la ciencia espiritual antroposófica. Lo singularmente especial de este proceso es que aquí la ordenación de las sustancias que se encuentran en la naturaleza —y que, como expone Rudolf Steiner, están estructuradas «en el sentido en que el Cristo las ha ido ordenando paulatinamente»[510]— queda ahora, en un principio, puesta en manos del ser humano. Se deja a su libertad el llevar a cabo esta ordenación por sí mismo desde esa misma fuente espiritual. Si bien al principio no son más que indicaciones del investigador espiritual, uno es guiado de tal modo que llega a presentir en estos objetivos cuán profundamente arraigan en fundamentos espirituales. El presentimiento de una meta espiritual que apunta al futuro puede, precisamente en la ejecución artística, esclarecerse hasta convertirse en certeza espiritual. Para ello, sin embargo, se requiere que en cada uno de los pasos que se dan en la elaboración y aplicación, se dirija simultáneamente la atención a los grandes contextos dentro de los cuales se desarrolla el acontecer de la preparación. La vivencia compartida de tales contextos en el aquí y ahora de las realidades terrenales crea, por así decirlo, una envoltura para los sucesivos pasos de la preparación. Así, por ejemplo, cuando uno reflexiona sobre la vaca, cuya importancia en el contexto cósmico, como donante de la mayoría de las envolturas orgánicas, crece hasta lo inconmensurable; o en las hierbas cuyas flores se utilizan; o en las estaciones del año y en el lugar donde se entierran o se exponen a la acción elemental; o finalmente en la acción del sol, los planetas y las estrellas, que envuelve el acontecer por todos lados. Todo el entorno apadrina cada uno de los pasos de la preparación. El intento de sentir esto en el hacer despierta un nuevo arte, una nueva forma de creación artística que no solo se sitúa junto a la naturaleza como la escultura o la pintura —trascendiendo a esta desde la propia vivencia de imágenes primordiales, pero que no obstante siguen siendo apariencia—, sino una creación artística que se sumerge en la naturaleza y despierta en ella nuevos impulsos de devenir.

De manera artística surge en las preparaciones descritas una conexión entre materia y espíritu que señala un camino de desarrollo desde la naturaleza hacia una supranaturaleza, mientras que las sales supuestamente fertilizantes, extraídas de la naturaleza inerte, abren las puertas a la infranturaleza, a las fuerzas hostiles a la vida de lo infrasensible.

El abonado en la agricultura biodinámica tiene como objetivo abrir el obrar de la naturaleza a las fuerzas de una supranaturaleza. Se puede pensar el

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concepto de estas últimas, desde la perspectiva de la agricultura, en unidad con la idea de la «individualidad agrícola». Así como esta «cumple su ser» cuando es «concebida» como tal,[511] así la individualidad del ser humano, el Yo, se colma de sustancia esencial en la medida en que, por la fuerza del Yo, espiritualiza sus miembros constitutivos —cuerpo físico, cuerpo etérico y cuerpo astral—, es decir, los libera de su atadura a la naturaleza. El cumplimiento esencial del Yo constituye el camino evolutivo del ser humano a lo largo de las encarnaciones. Cuanto más progresa el Yo que vive en el cuerpo en la conciencia de su naturaleza espiritual, tanto más puede expandirse, desde la fuerza excedente de su ser, por encima de la naturaleza extrahumana y, en la transformación de esta, mediante una actividad orientada a un fin, «aprender a concebir» una explotación agrícola como «una especie de individualidad». Este concebir significa verdaderamente una inauguración hacia el futuro, a saber, la de implantar ahora la idea de la evolución en el ser devenido de la naturaleza, partiendo del ser humano que despierta a su humanidad superior. Significa al mismo tiempo, desde la fuerza del Yo superior, renunciar a aquello que el Yo egoísta y ligado al cuerpo quiere para sí. Con ello queda señalado el camino de cómo el cristianismo puede, de una nueva manera, volver a echar raíces en el trabajo con la tierra. Esta visión de futuro fundamenta la disposición interior desde la cual el agricultor puede dar a la naturaleza, con amor, aquello que ella no tiene, un don mediante el cual el obrar de los seres de la naturaleza en un lugar determinado puede individualizarse hasta formar una totalidad superior.

En este sentido, los preparados y los abonos orgánicos, en los que aquellos alcanzan su eficacia, pueden ser considerados como medios de educación o de evolución, mediante los cuales una agricultura puede colmarse de ser y convertirse en una verdadera individualidad. En esta se individualizan las fuerzas de las alturas y las profundidades para conformar la obra de arte del centro: el suelo fértil.

Pero es también esta misma disposición interior aquí mencionada la que permite al ser humano reconocer el ser y el significado de la colaboración con vistas a una formación de comunidad creativa y orientada al futuro. El organismo agrícola en devenir como cuerpo de la individualidad agrícola, y el organismo social como cuerpo de una comunidad humana que se siente unida en la entidad de Cristo, son las dos mitades de una

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misma realidad. Solo esta unión constituye la obra de arte total. La disposición para tal obra se halla presente en germen en cada finca del mundo donde se trabaje desde una disposición interior semejante; es reconocible y vivenciable.

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Agradecimientos

Lo que me ha movido desde las profundidades ocultas de mi destino tomó forma a través del encuentro con muchísimas personas. Todas ellas aportaron, grano a grano, su contribución a que en mí se fuera formando una imagen del mundo que, desde la comprensión de lo pasado, en metamorfosis de lo mismo, me señalaba el camino hacia el futuro. A todas ellas vaya mi agradecimiento. Más de uno se convirtió para mí en guía, animándome a cruzar con valentía el portal del conocimiento de la ciencia espiritual antroposófica y a reconocer en ese camino, en sus contornos, la sobreabundancia de tareas que el futuro plantea al ser humano terrenal. El poder asir, siquiera en sus comienzos, una tarea semejante de futuro, se lo debo a la obra omniabarcante de Rudolf Steiner.

Debo también mi agradecimiento a todos aquellos que me ayudaron a dar mis primeros pasos, aún inseguros, hacia semejantes metas de futuro. En el ámbito agrícola fueron Joseph Blockhuys, Ernst Becker, Hans Jörg Graf von Bothmer y Wolfgang Schaumann; en el campo de las ciencias naturales, Herbert Koepf, Jochen Bockemühl y Georg Maier; y en el ámbito de la configuración social, Wilhelm Ernst Barkhoff, Rolf Kerler y Albert Fink. Un amigo y consejero de toda la vida fue para mí Georg Glöckler, a quien debo muchas comprensiones sobre el ser humano y el mundo. Finalmente, quiero agradecer a Gunter Gebhard su lectura del manuscrito, tan llena de comprensión, y sus propuestas complementarias. En el mismo sentido va mi agradecimiento a Hans-Christian Zehnter, quien con fino instinto se encargó de la edición. Un gran agradecimiento corresponde a las colaboradoras del Dottenfelderhof, que con dedicación abnegada se ocuparon de la versión mecanografiada, así como a los grafistas Ivana Supan y Mathias Buess.

Un agradecimiento especialmente grande va dirigido a Lieselotte Klett, mi esposa, quien durante décadas ha coparticipado en la configuración de aquello de lo que trata este libro, quien ha seguido su gestación con una mirada a la vez amorosa y crítica, y quien me ha guardado las espaldas para las horas de quietud en el siempre laborioso acontecer de la finca.

Por último, quiero expresar un gran agradecimiento al Dr. Peter Schnell y a la Software AG Stiftung por el apoyo financiero que hizo posible, en primer lugar, la publicación de este escrito.

Manfred Klett

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Manfred Klett am Dottenfelderhof, Ostersonntag 2021. Foto: François Hagdorn, CC BY-SA 4.0.
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Biografía de Manfred Klett

Manfred Klett nació en 1933 en Tangañica, la actual Tanzania, al pie del Kilimanjaro. Su época escolar transcurrió, entre otros lugares, en el internado Schloss Salem y, tras la Segunda Guerra Mundial, en la escuela Waldorf de Stuttgart, con un año de intercambio en Inglaterra. Sus estudios en la Technische Hochschule Stuttgart quedaron interrumpidos prematuramente por un accidente. Durante una estancia de trabajo de un año en el noreste de Siria tomó la decisión de hacerse agricultor. Tras el aprendizaje vino el estudio de la agricultura en la Universidad de Stuttgart-Hohenheim, con doctorado en edafología. Otros cuatro años fueron consagrados a la investigación en el Instituto para la Gestión Biológico-Dinámica sobre el tema «Düngung und Nahrungsqualität» (Fertilización y calidad alimentaria). En 1968 se fundó la Betriebsgemeinschaft Dottenfelderhof (cinco familias) y poco después la Escuela de Agricultura del Dottenfelderhof. Tras veinte años de trabajo de construcción biodinámica junto a su esposa y cinco hijos, asumió la dirección de la «Sección Agrícola de la Sección de Ciencias Naturales del Goetheanum» en Dornach, Suiza. Tras catorce años de actividad y ocho más como colaborador independiente en la entretanto refundada «Sección de Agricultura», regresó al Dottenfelderhof y retomó la enseñanza en la Escuela de Agricultura allí radicada. Junto a ello, desde hace 21 años acompaña el proyecto aldeano de Juchowo en Polonia: el intento de crear en la Europa oriental un semillero en el que «la formación de la Tierra» (Novalis) se muestre como una tarea social y «la cuestión social» encuentre en la formación de la Tierra una respuesta.

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Índice temático

+++ Estado al 27 de abril de 2026: ¡Este índice de materias NO forma parte de la versión impresa! Se encuentra en proceso continuo de desarrollo / ampliación / revisión. Si lo deseas, puedes participar aquí +++

A B C D E F G H I J K L M N O P Q R S T U V W X Y Z | 0-9 | Gesamtglossar A

A

  • Cultivo de la tierra 45, 53, 65, 66, 107
  • Cola de caballo (Equisetum) 253
  • Cola de caballo (véase preparado de cola de caballo) 448
  • Agroindustrialismo 29, 30, 71, 79, 81, 82, 176, 190
  • Lo etérico-astral en el montón de compost 293, 296
  • Lo etérico-viviente en nivel elevado 116
  • Lo etérico-proliferante 284
  • Pobreza etérica en la zona de raíces del árbol 302
  • Cuerpo etérico (organización vital) 41, 98, 100, 104, 235, 268
  • Cal cáustica en el montón de compost (cal viva) 283, 284
  • Manzano 125
  • Cuerpo astral (organización anímica) 44, 49, 99, 111, 268, 303
  • Astralidad
    • Cuerpo astral y enfermedad 99, 250
    • Lo astral y la planta 111, 225, 250, 362
    • Riqueza astral en la zona de la copa del árbol 125, 302
    • Astralización del aire 221
  • Atmósfera 22, 102, 276
  • Atmósfera (periferia aérea) 102, 103, 118, 121
  • Respiración
    • del ser humano 91, 241
    • de los animales 116, 119
    • y meditación 152 (como «Durchsinnen» (pensar-a-través) en el acto de rumia)
    • y metabolismo 91
    • y leguminosas 241
    • Respiración (fase de respiración aérea en el compost) 292
  • Siembra / época de siembra 214, 230, 240, 241
    • Fuerza nutritiva, fuerza reproductiva 230, 253
    • Lluvia, luna llena 244
    • Fases lunares 244, 253
  • Excreción
    • en la planta 217
    • de la sustancia alimenticia en el cerebro 89, 90
  • Excreciones (humanas) 323, 324
  • Excreciones (animales) 133, 142, 145, 149, 157, 287, 303
  • Pulverización de los preparados líquidos 356

A B C D E F G H I J K L M N O P Q R S T U V W X Y Z | 0-9 | Gesamtglossar B

B


A B C D E F G H I J K L M N O P Q R S T U V W X Y Z | 0-9 | Gesamtglossar C

C

  • Chamomilla off. (manzanilla) 339, 360, 372
  • Caos en la semilla y en su entorno 290
  • Caos (en el proceso de compostaje) 290, 294, 351
  • Lo químico-activo en el suelo 263

A B C D E F G H I J K L M N O P Q R S T U V W X Y Z | 0-9 | Gesamtglossar D

D

E


A B C D E F G H I J K L M N O P Q R S T U V W X Y Z | 0-9 | Gesamtglossar E

E

  • Ciervo noble 112
  • Vejiga de ciervo noble (vejiga de ciervo) 332, 339
  • Roble, corteza de roble 339, 389
  • Preparado de corteza de roble 389
  • Roble y período de Marte 211, 224
  • Enterrado de los preparados 347, 349
  • Planta anual 44
  • Ensilado (alimentación con silo) 148
  • Contenido de hierro en el suelo y desferrificación 285
  • Hierro, radiación de la ortiga (desarrollado solo en capítulos posteriores del libro)
  • Proteína
    • Estructura molecular 265, 362
    • y formación de la semilla 362
    • en el organismo animal y vegetal 362
  • Seres elementales 114, 116, 121, 125
  • Elementos
    • sobre y bajo la tierra 93, 101
    • Relaciones cualitativas 103
  • Electricidad 264
  • Conservación eléctrica del forraje (no mencionado)
  • Vida embrionaria 44, 215
  • Entidades, efecto de las más pequeñas 326, 348
  • Equisetum arvense (cola de caballo) 253
  • Suelo como órgano 95
  • Olor de plantas terrestres y olor de árboles (no mencionado)
  • Alimentación 36, 153
  • Condiciones de producción (industria/agricultura) 30, 32, 38
  • Esparceta
  • Asno 137, 138, 139

A B C D E F G H I J K L M N O P Q R S T U V W X Y Z | 0-9 | Gesamtglossar F

F


A B C D E F G H I J K L M N O P Q R S T U V W X Y Z | 0-9 | Gesamtglossar G

G

  • Cerebro (fuerzas y materialidad) 89, 90, 129
  • Aves de corral (aves domésticas) 131, 132, 133
  • Espíritu y materia 268
  • Investigación espiritual 160, 329
  • Mesenterio de vacuno 154, 331, 415
  • Base geológica del suelo 205
  • Harinas de roca 281, 282, 283, 284, 285
  • Constelaciones astrales 207
  • Formación de la cornamenta y formación del cuerno 113, 155
  • Abono verde 231, 298, 302

A B C D E F G H I J K L M N O P Q R S T U V W X Y Z | 0-9 | Gesamtglossar H

H

  • Cultivos de escarda 248, 254
  • Cereales de paja 247, 253
  • Trabajo manual y su importancia 108, 109, 248
  • Animales domésticos 126, 127, 128
  • Control del rábano silvestre 247, 255
  • Sanación de la naturaleza vegetal 250
  • Remedios 341
  • Heno, importancia como forraje 67
  • Formación del cuerno 155, 345
  • Preparado de sílice de cuerno 348, 350
  • Preparado de cuerno y estiércol 344, 350
  • Leguminosas (leguminosas) 241, 256
  • Humus / Formación de humus 221, 223, 238, 287, 295
  • Humus, efecto de la oscuridad 225
  • Formación de humus en la economía de la naturaleza 223, 297
  • Perro 140, 141

A B C D E F G H I J K L M N O P Q R S T U V W X Y Z | 0-9 | Gesamtglossar I

I

  • Disposición del Yo (vacuno) 156, 157
  • Organización del Yo 160
  • Fuerza de la organización del Yo
  • Ensayos de inoculación en suelos
  • Individualidad agrícola 88, 97, 101, 201, 271
  • Industria (polaridad con la agricultura) 27, 30
  • Insectos 122, 123
  • Control de insectos 250
  • Insectos y planta 123, 124
  • Fuerzas y sustancias terrestres en el organismo 235, 236
  • Eficacia terrestre en la planta 225

A B C D E F G H I J K L M N O P Q R S T U V W X Y Z | 0-9 | Gesamtglossar J

J


A B C D E F G H I J K L M N O P Q R S T U V W X Y Z | 0-9 | Gesamtglossar K

K

  • Cal como elemento apetitivo 211
  • Cal como sanador
  • Contenido de cal del suelo 211, 283
  • Cal en el compost 284
  • Tipo calcáreo
    • Cal y sílice
    • Fuerza formativa, cooperación 211, 212
    • y planetas cercanos 211
    • Eficacia en la planta 212
  • Capa de cámbium en el árbol 302
  • Manzanilla (Chamomilla off.) 339, 360, 372
  • Preparado de manzanilla 372
  • Proceso de la manzanilla en el organismo 341
  • Patata, consumo de patata 248, 254
  • Gato 140, 141
  • Sílice (cuarzo) 211, 348
  • Sílice en el suelo 211
  • Sustancia silícea, ácido silícico 209, 318
    • Preparado de sílice en cuerno de vaca 348
    • y calor 349
    • y lo radicular 357
  • Trituración de la sílice 349
  • Trébol 238, 241, 249, 256
  • Sistema óseo de los animales 117
  • Cocción de los alimentos
  • Carbono como portador de procesos formativos naturales 288
  • Pila de compost 287, 289, 290
    • Volteo 291
    • para el abonado de praderas 299
  • Compostaje / Compost 287, 299, 360
  • Conservación por electricidad
  • Conservación por acidificación 148
  • Análisis cósmico-cualitativo 156
  • Influencia cósmica favorecida por la lluvia
  • Lo cósmico en lo silíceo 211
    • en la planta 216, 224, 362
    • y lo terrestre, la arcilla como mediadora 212
  • Fuerzas vivas en el fertilizante 312, 313
  • Corrientes de fuerza en lo orgánico 265
  • Fuerza de cristalización de la Tierra en invierno 207, 208, 231
  • Vaca / Vacuno 146, 149
  • Cuerno de vaca 155, 345
    • Edad, tamaño, sexo 345
    • Uso de estiércol de caballo 307
    • Tiempo de uso 347
  • Preparado de sílice 348
    • Conservación 349
    • Tiempo de uso, distribución, enterrado 347, 349, 356

A B C D E F G H I J K L M N O P Q R S T U V W X Y Z | 0-9 | Gesamtglossar L

L


A B C D E F G H I J K L M N O P Q R S T U V W X Y Z | 0-9 | Gesamtglossar M

M


A B C D E F G H I J K L M N O P Q R S T U V W X Y Z | 0-9 | Gesamtglossar N

N

  • Ingesta de alimento en el animal 149
  • Fuerza nutritiva y época de siembra 230
  • Sección de Ciencias Naturales y Círculo de Ensayos
  • Tomar y dar en la naturaleza 19, 113, 124, 159
  • Nematodos 247, 255
  • Luna nueva

A B C D E F G H I J K L M N O P Q R S T U V W X Y Z | 0-9 | Gesamtglossar O

O


A B C D E F G H I J K L M N O P Q R S T U V W X Y Z | 0-9 | Gesamtglossar P

P

  • Digestión ruminal 150, 151
  • Parásitos 251, 252
  • Relación personal con el abono 287, 303
  • Caballo 137, 138, 139, 140
  • Preparación de "pimienta" 244
    • Ratón de campo 245
    • Insectos 245
    • Malas hierbas 244
  • Estiércol de caballo para cuernos de vaca
  • Planta, eficacia terrestre y cósmica 225, 250, 262
  • Planta, fuerza de reproducción y nutritiva 230, 253, 299
  • Alimentación vegetal
  • Enfermedades de las plantas 250, 251, 253
  • Naturaleza vegetal 286
  • Épocas de siembra y ciclo planetario
  • Ciruela
  • Arado / Arar 45, 64, 231, 232, 233
  • Planetas 211, 224, 358
    • lejanos y plantas perennes 211
    • lejanos y sílice 93, 211
    • cercanos y plantas anuales 211
    • cercanos y cal 211
    • Ciclo y épocas de siembra
    • Efecto y aroma de los frutos 224, 225
  • Efecto planetario y color 224
  • Efecto planetario en hoja y flor 224
  • Efecto planetario en el animal 143, 244, 309
  • Efecto planetario en la raíz 211, 212
  • Vida planetaria en conexión con lo terrestre 211, 224, 358

A B C D E F G H I J K L M N O P Q R S T U V W X Y Z | 0-9 | Gesamtglossar Q

Q


A B C D E F G H I J K L M N O P Q R S T U V W X Y Z | 0-9 | Gesamtglossar R

R

  • Explotación esquilmadora en la agricultura 336
  • Filoxera
  • Lluvia como promotora de la influencia cósmica
  • Lombriz de tierra 115, 116, 223, 296
  • Lombriz de tierra, lombrices 115, 116, 117, 223, 224, 230
  • Regulación del bosque *Valor estimulante y nutritivo de las sustancias en el suelo
  • Fuerza de reproducción y época de siembra 230, 253
  • Ritmo / centro rítmico (suelo) 91, 92, 95, 203, 328
  • Alimentos crudos
  • Erisipela porcina
  • Proceso de agitación (preparados) 351, 352, 353, 354, 355
  • Nematodo de la remolacha 255
  • Agitación, estiércol de cuerno de vaca 351

A B C D E F G H I J K L M N O P Q R S T U V W X Y Z | 0-9 | Gesamtglossar S

S

  • Cultivos de grano y leguminosas 256
  • Sal en la alimentación
  • Sal para la conservación
  • Formación de la semilla, fuerza de la semilla 286, 287
  • Saturno, período de Saturno 224
  • Fuerzas de Saturno y estado térmico 224
  • Oxígeno como portador de vida 109, 292
  • Control de plagas 250, 251
    • por concentración
    • desde el punto de vista moral
  • Preparado de cola de caballo 448, 453, 454
  • Oveja 143, 144, 145, 306
  • Milenrama 361, 362, 364
  • Preparado de milenrama 361
  • Azufre 361, 362
    • de la milenrama 361, 362
    • como mediador entre lo espiritual y lo físico 362
  • Cerdo (cerdo doméstico) 134, 135, 136
  • Cerdo y alimentación 136
  • Triformación social 73, 84, 85, 187, 188
  • Girasol 240
  • Efecto solar en la planta 224, 225
    • en el animal
    • diferenciado por el zodíaco
  • Aparato pulverizador 356
  • Abono de establo 304, 305, 307
  • Alimentación en establo 148, 305
  • Estiércol apilado 307
  • Astronomía y efectos estelares 207, 211
  • Nitrógeno 78, 79, 275
    • Importancia e influencia 78, 241, 275
    • Estabilidad
    • en la pila de estiércol 305, 309
    • Sensibilidad
    • Origen en la planta 241
  • Nitrógeno / Sales de nitrógeno 79, 275, 276, 278
  • Contenido de nitrógeno del abono 305, 309
  • Nitrógeno como portador físico de la astralidad 279, 292, 297
  • Fijadores de nitrógeno 241
  • Metabolismo, sustancias y fuerzas 91, 265, 272
  • Arbustos y mamíferos
  • Condensación de la sustancia 261, 263
  • Transformación de la sustancia 294, 341
  • Transformación de la sustancia en el organismo 154, 294

A B C D E F G H I J K L M N O P Q R S T U V W X Y Z | 0-9 | Gesamtglossar T

T

  • Fuerzas terrestres 205
  • Animal 99, 111, 113
    • Sistema óseo 117
    • Efecto lunar y solar 143, 309
    • Sistema muscular 117, 266
    • Ingesta de alimento 149
    • Organismo en su estructura 99, 100
    • y planta dentro de la agricultura 65, 67, 303
  • Alimentación animal 148, 150, 305
  • Zodíaco 267
  • Fauna (fauna salvaje) 112, 113
  • Estiércol de cama profunda 305, 306
  • Tomate 311
    • Efecto de la helada 208
    • Cultivo
  • Arcilla 209
    • Añadido en el suelo 205
    • Mediador entre cal y sílice 94, 211
    • Mediador entre lo cósmico y lo terrestre 212
  • Minerales de arcilla 94, 209, 210
  • Turba en el suelo
  • Polvo de turba en la pila de compost 290
  • Pulpa seca

A B C D E F G H I J K L M N O P Q R S T U V W X Y Z | 0-9 | Gesamtglossar U

U

  • Sobre y bajo la tierra en su interacción 93, 95
  • Maduración estival (preparados) 349
  • Maduración invernal (preparados) 347
  • Transmutación de elementos 263
  • Control de alimañas 135
  • Malas hierbas 214, 242, 246
  • Regulación de malas hierbas (mecánica) 246
  • Incineración de semillas de malas hierbas (preparación de "pimienta") 222, 244
  • Enseñanza agrícola 184
  • Urtica dioica (ortiga) 253, 339

A B C D E F G H I J K L M N O P Q R S T U V W X Y Z | 0-9 | Gesamtglossar V

V

  • Valeriana officinalis (valeriana) 339
  • Alimentación vegetariana
  • Venus 211
  • Venus en Escorpio
  • Digestión (vacuno) 150, 153
  • Combustión en el organismo
  • Condensación de la sustancia 261, 265
  • Dilución (estiércol de cuerno de vaca) 351
  • Herencia
  • Vivificación de la tierra 280, 360
  • Hacer razonable el abono 333
  • Ensayos, sugerencias 313
  • Parcelas de ensayo, tamaño
  • Plantas de ensayo (trigo y esparceta) 314
  • Parentesco entre el mundo de los insectos y la planta 123, 124
  • Descomposición ("pimienta" de insectos)
  • Vitalidad en el suelo 314
  • Aves (avifauna) 118, 121
  • Avifauna 118, 121
  • Avicultura y cría de insectos
  • Luna llena 244
    • y lluvia

A B C D E F G H I J K L M N O P Q R S T U V W X Y Z | 0-9 | Gesamtglossar W

W

  • Bosque 110
  • Calor 103, 260
    • y sílice
  • Transformación del calor en el organismo (resfriado)
  • Estado térmico y Saturno 224
  • Agua 102, 208
    • como distribuidor de las fuerzas lunares 252
    • sobre y bajo la tierra 102
  • Hidrógeno y su acción 275, 295
  • Contenido de hidrógeno en el fertilizante
  • Achicoria 249
  • Viticultura 53, 175
  • Trigo (tendencia a la formación de semilla) 314
  • Rumia 150, 151
  • Abonado de praderas con compost 299
  • Cereal de invierno 207, 230
  • Mundo de gusanos y larvas en el suelo 115, 116
  • Raíz en el árbol 302
  • Formas de la raíz como expresión de efectos cósmicos y terrestres 96, 314
  • Alimento de la raíz 217
  • Crecimiento de la raíz 216, 314
  • Calor radicular para las plantas

A B C D E F G H I J K L M N O P Q R S T U V W X Y Z | 0-9 | Gesamtglossar X

X


A B C D E F G H I J K L M N O P Q R S T U V W X Y Z | 0-9 | Gesamtglossar Y

Y


A B C D E F G H I J K L M N O P Q R S T U V W X Y Z | 0-9 | Gesamtglossar Z

Z

  • Cabras 143, 144
  • Mejora genética de las plantas cultivadas 45
  • Mejora genética de las plantas para preparados
  • Órgano-diafragma (suelo) 95, 203
  • Bimembración del organismo animal

A B C D E F G H I J K L M N O P Q R S T U V W X Y Z | 0-9 | Gesamtglossar 0-9

0-9


Contribuciones cinematográficas

Celebración de la publicación del libro de Manfred Klett

Manfred Klett el 18 de julio de 2021 en el Dottenfelderhof

En honor a Manfred, el 18 de julio de 2021, en el marco de una pequeña celebración, se reunieron algunos de sus compañeros de camino, que hoy pertenecen también a las personas más conocidas del movimiento biodinámico. Con alegría y alivio se celebró que Manfred Klett había terminado y publicado su nuevo libro "Von der Agrartechnologie zur Landbaukunst".

Aquí encontrará la conferencia

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Presentación del libro «Von der Agrartechnologie zur Landbaukunst» por el coeditor Ueli Hurter

Aquí vemos al director de la Sección de Agricultura en el Goetheanum de Dornach, Ueli Hurter. Ueli fue también coeditor.

"Pues bien, que aquello que se pone en manos de la joven generación pueda ser entregado en un nivel al menos igual de bueno, si no es que más desarrollado, que aquel que uno mismo recibió de la generación anterior. Y esto, expresado en términos económicos —tanto de la economía de empresa como de la economía nacional—, es precisamente algo sobre lo que el autor llama la atención: que aquí subyace en el fondo algo que en realidad busca toda la economía, a saber, una economía regenerativa.

Hoy nos encontramos, con nuestro planeta Tierra, en una situación general en la que necesitamos, de forma imperiosa, rápida y en muchos lugares, planteamientos e iniciativas hacia una economía que no solo consume, que no solo es una carga, que no solo deja un impacto negativo, sino que es regenerativa; y la agricultura, naturalmente por su proximidad a los procesos vitales, pero entendida entonces como la agricultura biodinámica. Si esta lo comprende, entonces puede convertirse en un impulsor, un inspirador para toda la economía.

Esto se desarrolla en este libro, y es un llamado para que las futuras generaciones lo desarrollen con mayor claridad, trabajen con ello y, con ello, no se limiten a permanecer en los contextos agrícolas, sino que lo aporten al diálogo económico y social general."

aquí se accede a la conferencia transcrita

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Referencias

  1. Reproducción de las palabras de Rudolf Steiner en la colocación de la primera piedra del templo rosacruz de la Logia Malsch «Franz von Assisi», según el recuerdo de Hilde Stockmeyer; en: Rudolf Steiner: Bilder okkulter Siegel und Säulen, GA 284, Dornach 1993, S. 113.
  2. Die folgende Darstellung ist eine überarbeitete Fassung von Beiträgen des Verfassers in Markus Hurter (Hrsg.): Zur Vertiefung der biologisch-dynamischen Landwirtschaft– Gedanken, Erfahrungen, Forschungsergebnisse, eine Werkstattarbeit, Dornach 2007, S. 93–107.
  3. Véase al respecto, p. ej.: Mathias Forster, Christopher Schümann: Das Gift und wir, Frankfurt a.M. 2020, 448 S.
  4. BSE: Abkürzung für «Bovine spongiforme Enzephalopathie», auch als «Rinderwahn» bekannte Tierseuche, die vor allem auf eine Fehlfütterung von Rindern mit tierischen Eiweißen zurückzuführen ist.
  5. «Estamos en una misión: estamos llamados a la formación de la Tierra», Novalis (1772–1801, poeta del Romanticismo alemán), Blüthenstaub, § 32.
  6. Rudolf Steiner: Geisteswissenschaftliche Grundlagen zum Gedeihen der Landwirtscht, GA 327, Dornach 1999.
  7. El castillo Koberwitz existe todavía hoy y desde 1997 es sede de la administración municipal polaca de Kobierzyce.
  8. Rudolf Steiner: Kunst und Kunsterkens, GA 271, Dornach 1985, siehe insbesondere die Vorträge vom 15. und 17. Februar sowie 5. und 6. Mai 1918.
  9. Ebd., Vortrag vom 28. Oktober 1909, S. 76.
  10. Das Verhältnis von Ideenerleben und Bodenfruchtbarkeit wird ausführlich im zweiten Teil des Buches behandelt.
  11. Max Weber: Wirtschaft und Gesellschaft, Tübingen 1980, S. 834 ff.
  12. Rudolf Steiner: Nationalökomischer Kurs, GA 340, Vortrag vom 25. Juli 1922, Dornach 2002, S. 33.
  13. Así se expresó Rudolf Steiner en el llamado primer curso universitario el 10 de octubre de 1920. Citado de Roman Boos: Landwirtschaft und Industrie, Darmstadt 1957, S. 110/111.
  14. CSA, abreviatura de Community supported Agriculture. Véase al respecto, entre otros: Trauger Groh, Steven Mc Fadden: Höfe der Zukunft, gemeinschaftsgetragene/solidarische Landwirtschaft (CSA), Darmstadt 2013, 276 S.
  15. Rudolf Steiner acuñó para esta orientación de precios en sus Puntos centrales de la cuestión social el siguiente pensamiento: El precio debe establecerse de tal manera «que cada trabajador reciba por un producto tanto en contravalor como sea necesario para la satisfacción de todas sus necesidades y las de las personas que le pertenecen, hasta que haya vuelto a producir un producto del mismo trabajo. Tal relación de precios no puede establecerse por decreto oficial, sino que debe resultar de la cooperación viva de las asociaciones activas en el organismo social» (GA 23, Dornach 1976, p. 132)
  16. Rudolf Steiner: Die Geheimwissenschaft im Umriss, GA 13, Dornach 1989; Ders.: Aus der Akasha-Chronik, GA 11, Dornach 2018.
  17. Ebd.
  18. Rudolf Steiner: Das Johannes-Evangelium, GA 103, Dornach 1995, Vortrag vom 30. Mai 1908.
  19. Rudolf Steiner: Die Geheimwissenschaft im Umriss, GA 13, Dornach 1989, S. 273 ff. – Una datación de las épocas culturales postatlantes o postglaciales se hace tanto más posible cuanto más van ganando contornos en documentos históricos. Pero estos no son más que la expresión externa de una constitución de la conciencia predominante en los seres humanos de su tiempo. El ser humano tiene su origen en el cosmos espiritual: desarrolla su conciencia en el encuentro con el mundo físico-sensible. Pero en este mundo de tiempo y espacio actúan fuerzas que proceden igualmente del cosmos espiritual y que tienen sus fuentes específicas en las doce regiones del zodíaco. Desde estas doce regiones irradian, a través del Sol, los impulsos que ayudan a la humanidad a alcanzar siempre nuevos niveles en la toma de conciencia del ser humano y del ser del mundo. Son estos impulsos los que, a través de la creatividad de los seres humanos, imprimen su sello a una época cultural. El Sol, en su órbita eclíptica en movimiento retrógrado (precesión), necesita 25.920 años para un recorrido completo a través del zodíaco (año platónico). En cada doceava parte de este tiempo de traslación, es decir, en 2.160 años, recibe las influencias de las fuerzas de una región zodiacal. De esta medida de tiempo se deriva la duración de una época cultural (cf. Elisabeth Vreede: Astronomie und Anthroposophie, Dornach 1980, p. 100 ss.). Cada una de las doce regiones del zodíaco lleva un signo, una constelación, que tiene un nombre que se remonta a antiquísimas enseñanzas de sabiduría. Así, la antigua cultura india, la primera del septenario de las culturas postatlantes, se encuentra bajo el «signo de Cáncer», indicando que la era atlante que termina (Neozoico) se involuciona y una nueva, la postatlante (Cuaternario), se evoluciona. La siguiente cultura, la proto-persa, está bajo el signo de «Géminis», en alusión a la polaridad de luz y tinieblas, etc. En las múltiples consideraciones que Rudolf Steiner dedica a las épocas culturales en su obra escrita y en sus conferencias, caracteriza los niveles de conciencia que la humanidad conquista en su progresiva apropiación de las condiciones terrenales. Las transiciones de una de estas épocas a la siguiente son fluidas. Se producen por el surgimiento y declive de los impulsos espirituales dominantes en cada caso, procedentes de las regiones del zodíaco. Esto también es válido para el cuarto período postatlante. Pero para este, Rudolf Steiner da al mismo tiempo una datación de su inicio y su fin, que tiene una referencia astronómica, datada con el año exacto, a la región zodiacal de Aries. El comienzo de la época cultural greco-romana cae, según esto, en el año 747 a.C. y su fin, tras el transcurso de 2160 años, en el año 1413 (Rudolf Steiner: Die tieferen Entwicklungsimpulse der Menschheit, 12 de junio de 1917, publicación en preparación). A partir de estas cifras, referidas a un ritmo cósmico, se pueden calcular las fechas de las altas culturas precedentes, así como de las que siguen y que comenzaron en 1413 d.C. con la actual era del alma consciente.
  20. Rudolf Steiner: Geistige Hierarchien und ihre Widerspiegelung in der physischen Welt, GA 110, Dornach 1991, S. 120.eit.
  21. Rudolf Steiner: Geisteswissenschaftliche Grundlagen zum Gedeihen der Landwirtschaft, GA 327, Vortrag vom 10. Juni 1924, Dornach, 1999 S. 44: «dass der Erdboden eine Art Organ ist in dem Organismus, der sich im Naturwachstum überall zeigt, wo eben ein solches Naturwachstum ist.» (que el suelo es una especie de órgano dentro del organismo que se manifiesta en el crecimiento natural, allí dondequiera que tal crecimiento natural exista.)
  22. Rudolf Steiner: Das Johannes-Evangelium, GA 103, Dornach 1995, Vortrag vom 29. Mai 1908.
  23. En el original alemán: «Dschemschid». Se trata de Yima Xšaēta (avéstico), figura mítica del Avesta y de la tradición irania antigua, también conocida como Jamshid en el persa medio. [N. del T.]
  24. Rudolf Steiner: Das Matthäus-Evangelium,GA 123, Vortrag vom 1. September 1910, Dornach 1988, S. 27.
  25. Ebd., S. 28f.
  26. Walther Hinz: Zarathustra, Stuttgart 1961, 271 S.
  27. Markus Osterrieder, Peter Guttenhöfer:Die Durchlichtung der Welt: Altiranische Geschichte, Bildungswerk Beruf und Umwelt, Kassel 2008, 60 S.
  28. Karl Heyer:Von der Atlantis bis Rom, Beiträge zur Geschichte des Abendlandes, Band I, Stuttgart 1997, 254 S.
  29. Manfred Klett: «Die Entstehung der Kulturpflanzen und das Saatgut als das Kulturerbe der Menschheit», in: Manfred Christ (Hrsg.): Bedrohte Saat, Basel 2010, 328 S.
  30. Rudolf Steiner: Theosophie, GA 9, Kap. IV. «Leib, Seele und Geist», Dornach 2003, S. 57 f.
  31. Norbert Benecke: Der Mensch und seine Haustiere, Stuttgart 1994, S. 68.
  32. Rudolf Steiner: Okkulte Geschichte, GA 126, Vortrag vom 28. Dezember 1910, Dornach 1992.
  33. Rudolf Steiner: Die Geheimwissenschaft im Umriss, GA 13, Dornach 1989, S. 280f.
  34. Rudolf Steiner: Okkulte Geschichte, GA 126, Vortrag vom 28. Dezember 1910, Dornach 1975, S. 42.
  35. Emil Bock: Urgeschichte. Das Alte Testament und die Geistesgeschichte der Menschheit I, Stuttgart 1951, S. 151.
  36. Ebd., S. 160.
  37. Rudolf Steiner: Der Orient im Lichte des Okzidents, GA 113, Vortrag vom 28. August 1909, Dornach 1982.
  38. Rudolf Steiner:Das Johannes-Evangelium, GA 103, Vortrag vom 30. Mai 1908, Dornach 1995, S. 172f.
  39. Näheres siehe: Rudolf Steiner:Die Mission einzelner Volksseelen im Zusammenhange mit der germanisch-nordischen Mythologie, GA 121, Vortrag vom 15. Juni 1910, Dornach 2017.
  40. Frank Teichmann:Der Mensch und sein Tempel: Griechenland, Stuttgart 1980, S. 79. – Zum Organismus-Gedanken siehe auch: Renatus Derbidge (Hrsg):Rudolf Steiner: Organisches Denken, Basel 2020, 256 S.
  41. Eos (antiguo griego Ἠώς, Ēōs), diosa del amanecer en la mitología griega; corresponde a la Aurora en la mitología romana.
  42. Rudolf Steiner:Vor dem Tore der Theosophie, GA 95, Vortrag vom 1. September 1906, Dornach 1990, S. 107.
  43. Rudolf Steiner:Die Theosophie des Rosenkreuzers. GA 99, Vortrag vom 4. Juni 1907, Dornach 1985, S. 135.
  44. Vergil:Sämtliche Werke, Heimeran 1975.
  45. Rudolf Steiner: Das Johannes-Evangelium, GA 103, Vortrag vom 30. Mai 1908, Dornach 1995, S. 172f.
  46. Las dos figuras de Prometeo y Epimeteo representan en la mitología griega el pensar autónomo, activo y previsor (prometeico) y el pensar retrospectivo, más bien pasivo y receptivo (epimetéico).
  47. Will Richter (Hrsg.): Lucius Iunius Moderatus Columella: De res rustica, 5. Buch. 10. Kapitel: Über den Obstbau, S. 605–630, München und Zürich 1981.
  48. Rudolf Steiner: Aus der Akasha-Forschung. Das fünfte Evangelium, GA 148, Vortrag vom 5. Oktober 1913, Dornach 1992, S. 63.
  49. Rudolf Steiner: Die geistigen Wesenheiten in den Himmelskörpern und Naturreichen, GA 136, Vortrag vom 13. April 1912, Dornach 1996, S. 178f.
  50. Rudolf Steiner: Die Apokalypse des Johannes, GA 104, Vortrag vom 17. Juni 1908, Dornach 1985, S. 25.
  51. Ebd., S. 26. En Ex 3,13-15 el pasaje reza en la traducción unitaria como sigue: «Moisés dijo a Dios: ‹Si me presento ante los israelitas y les digo: 'El Dios de vuestros padres me ha enviado a vosotros', y ellos me preguntan: '¿Cuál es su nombre?', ¿qué les responderé?› Dios dijo a Moisés: ‹Yo soy el que soy›, y añadió: ‹Di a los israelitas: 'El-que-es me ha enviado a vosotros: el Señor. Él es el Dios de vuestros padres, el Dios de Abrahán, de Isaac y de Jacob.' Ese es mi nombre para siempre; con ese nombre me invocarán todas las generaciones venideras.»
  52. Rudolf Steiner: Die Apokalypse des Johannes, GA 104, Vortrag vom 17. Juni 1908, Dornach 1985, S. 31.
  53. Rudolf Steiner: Das Markus-Evangelium, GA 139, Vortrag vom 21. September 1912, Dornach 1985, S. 146.
  54. Rudolf Steiner: Von Jesus zu Christus, GA 131, Vortrag vom 8. Oktober 1911, Dornach 1988, S. 100.
  55. Rudolf Steiner: Das Johannes-Evangelium, GA 103, Vortrag vom 22. Mai 1908, Dornach 1995.
  56. Alfred W. Crosby: Die Früchte des weißen Mannes – Ökologischer Imperialismus 900–1900,Frankfurt, New York 1991, 280 S.
  57. Rudolf Steiner: Anthroposophie, soziale Dreigliederung und Redekunst, GA 339, Vortrag vom 12. Oktober 1921, Dornach 1984, S. 29.
  58. Ebd., Vortrag vom 15. Oktober 1921, S. 86.
  59. Rudolf Steiner: Die Kernpunkte der Sozialen Frage in den Lebensnotwendigkeiten der Gegenwart und Zukunft, GA 23, Dornach 1976.
  60. Walter Weber (Hrsg.): Johann Valentin Andreae: Die chymische Hochzeit des Christian Rosenkreuz Anno 1459, mit Beiträgen von Rudolf Steiner und Walter Weber, Basel 1987, 224 S.
  61. Aus: Wilhelm Abel: Geschichte der deutschen Landwirtschaft, Stuttgart 1967, S. 265.
  62. Ebd., S. 202.
  63. Vgl. Rudolf Steiner: Von Jesus zu Christus, GA 131, Vortrag vom 13. Oktober 1911, Dornach 1988, S. 194 ff.; sowie Emil Bock: Die Boten des Geistes , Stuttgart 1967, S. 55.
  64. Johann Valentin Andreae: Allgemeine und Generalreformation der ganzen weiten Welt – beneben der Fama Fraternitatis, des löblichen Ordens des Rosenkreuzes, an alle Gelehrte und Häupter Europa geschrieben, Kassel 1614.
  65. Johann Heinrich Jung-Stilling: Lebensgeschichte, München 1968.
  66. Edward John Russel, John August Voelker: Fifty years of field experiments at the Woburn Experimental Station, Rothamoted Monographs on Agricultural Science, London 1936.
  67. Ernst Klapp: Lehrbuch des Acker- und Pflanzenbaus. Berlin, Hamburg 1967, 611 S.
  68. Justus von Liebig: Die organische Chemie in ihrer Anwendung auf Agrikulturchemie und Physiologie, Braunschweig 1840.
  69. Asmus Petersen: Schultz-Lupitz und sein Vermächtnis, Stiftung Ökologischer Landbau (SÖL), Sonderausgabe Nr. 38, 2. Aufl. 1992, 66 S. Mit Vorworten von Gerhardt Preuschen und Wolfgang Schaumann.
  70. Heraklit (vorsokratischer Philosoph, etwa 520–460 v.Chr), Fragment DK B 53: «Krieg ist aller Dinge Vater, aller Dinge König. Die einen macht er zu Göttern, die anderen zu Menschen,
  71. Friedrich Aereboe: Allgemeine landwirtschaftliche Betriebslehre, Berlin 1920.
  72. Laut Auskunft der Gesellschaft für Agrargeschichte e.V. Ffm.
  73. Vgl. Thomas von Aquin: Summa Theologica, Questia 10, Proemium.
  74. Johann Wolfgang von Goethe: Goethes Werke, «Urworte Orphisch», Hamburger Ausgabe, Bd. 1, München 1978, S. 359.
  75. Rudolf Steiner: Die Kernpunkte der sozialen Frage in den Lebensnotwendigkeiten der Gegenwart und Zukunft, GA 23, Dornach 1976.
  76. Siehe hierzu insbesondere: Rudolf Steiner: Die großen Fragen der Zeit und die anthroposophische Geisterkenntnis, GA 336, Basel 2019; sowie ders.: Zu sozialen und wirtschaftlichen Fragen, GA 332b, Dornach, Basel 2020.
  77. Rudolf Steiner: Geisteswissenschaftliche Grundlagen zum Gedeihen der Landwirtschaft, GA 327, Dornach 1999.
  78. Rudolf Steiner: Geisteswissenschaftliche Grundlagen zum Gedeihen der Landwirtschaft, GA 327, Vortrag vom 12. Juni 1924, Dornach 1999, S.103.
  79. Ebd., Vortrag vom 10. Juni 1924, S. 42.
  80. Ebd., S. 43.
  81. Véase al respecto especialmente: Andreas Suchantke: Metamorphose: Kunstgriff der Evolution, Stuttgart 2002, 332 págs.
  82. Rudolf Steiner: Die Erkenntnis des Menschenwesens nach Leib, Seele und Geist. Über frühe Erdenzustände, GA 347, Vortrag vom 9. August 1922, Dornach 1995, S. 53.
  83. Ebd., S. 61.
  84. Rudolf Steiner: Geisteswissenschaftliche Grundlagen zum Gedeihen der Landwirtschaft, Dornach 1995, Vorträge vom 10. und 12. Juni 1924.
  85. Ebd., Vortrag vom 10. Juni 1924.
  86. Ebd.
  87. Die Vermutung ist, dass die Bildung vorzüglich ein Winter- und die Auflösung (Verwitterung) ein Sommerprozess ist.
  88. Rudolf Steiner: Geisteswissenschaftliche Grundlagen zum Gedeihen der Landwirtschaft, Dornach 1995, Vorträge vom 10. und 12. Juni 1924.
  89. Ebd.
  90. Siehe hierzu die Forschungen von Gerhard Jentzsch am Lehrstuhl für Angewandte Geophysik an der Universität Jena.
  91. Rudolf Steiner: Geisteswissenschaftliche Grundlagen zum Gedeihen der Landwirtschaft, Dornach 1995, Vorträge vom 10. und 12. Juni 1924.
  92. Sobre este concepto de nutrición y alimentación, véase: Rudolf Steiner: Fundamentos científico-espirituales para el progreso de la agricultura, GA 327, en particular la conferencia del 16 de junio de 1924.
  93. Rudolf Steiner: Geheimwissenschaft im Umriss, GA 13, Kap. «Die Wesensglieder des Menschen», Dornach 1989.
  94. Siehe z.B. Astronomia magna oder die ganze Philosophia saga der Großen und Kleinen Welt (1537/38): «Denn alle creata seind buchstaben und bücher, des menschen herkomen zu beschreiben.» – Aus: Theophrast von Hohenheim gen. Paracelsus, Sämtliche Werke, 1. Abteilung, hrsg. von Karl Sudhoff, München-Berlin 1929, Bd. XII, S. 32.
  95. Johann Wolfgang von Goethe: Maximen und Reflexionen, Hamburger Ausgabe, Bd. 12, München 1987.
  96. Lothar Vogel: Der dreigliedrige Mensch, Dornach 1979, S. 147.
  97. Rudolf Steiner, Ita Wegman: Grundlegendes für eine Erweiterung der Heilkunst, GA 27, Dornach 1991, S. 35.
  98. Vgl. hierzu Rudolf Steiner: Geisteswissenschaftliche Grundlagen zum Gedeihen der Landwirtschaft, Dornach 1999, GA 327, insbesondere die Vorträge vom 7., 10. und 14. Juni 1924.
  99. Rudolf Steiner: Geisteswissenschaftliche Grundlagen zum Gedeihen der Landwirtschaft, Vortrag vom 11. Juni 1924, GA 327, Dornach 1999, S. 68f.
  100. Leonard Jentgens: Vom Altersklassen-Einheitsforst zum naturgemäßen Dauerwald, Borchen 2015, 60 S.
  101. Walther Cloos: Werdende Natur, Dornach 1966, 141 S.
  102. Rudolf Steiner: Die Geheimwissenschaft im Umriss, GA 13, Dornach 1989.
  103. Rudolf Steiner: Anthroposophische Leitsätze, GA 26, Dornach 2020, darin der Brief «Der Mensch in seiner makrokosmischen Wesenheit».
  104. Rudolf Steiner: Geisteswissenschaftliche Grundlagen zum Gedeihen der Landwirtschaft, GA 327, Vortrag vom 12. Juni 1924, Dornach 1999, S. 97.
  105. Ebd., Vortrag vom 14. Juni 1924, S. 193.
  106. Ebd., Vortrag vom 15. Juni 1924.
  107. Rudolf Steiner: Die Welt der Elementarwesen, ausgewählte Texte herausgegeben von Almut Bockemühl, Dornach 2005.
  108. Rudolf Steiner: Der Mensch als Zusammenklang des schaffenden, bildenden und gestaltenden Weltenwortes, GA 230, Dornach 1993, Vorträge vom 2., 3. und 4. November 1923.
  109. N. del T.: *Vereinseitigung*: reducción a lo unilateral; especialización unilateral que sacrifica la totalidad.
  110. N. del T.: *Gnome*: gnomos.
  111. Ibíd., conferencias del 2, 3 y 4 de noviembre de 1923.
  112. Rudolf Steiner: Ebd.
  113. Rudolf Steiner: Die Apokalypse des Johannes, GA 104, Dornach 1985.
  114. Rudolf Steiner: Der Mensch als Zusammenklang des schaffenden, bildenden und gestaltenden Weltenwortes, GA 230, Dornach 1993, Vortrag vom 19. Oktober 1923.
  115. Rudolf Steiner: Der Mensch als Zusammenklang des schaffenden, bildenden und gestaltenden Weltenwortes, GA 230, Dornach 1993, Vortrag vom 27. Oktober 1923.
  116. Siehe z.B.: Einhard Bezzel und Roland Prinzinger: Ornithologie, Stuttgart 1990, S. 269.
  117. Ernst-Michael Kranich: Wesensbilder der Tiere. Einführung in goetheanistische Zoologie, Stuttgart 2004, 386 S. – Siehe auch die Aussagen Rudolf Steiners in: Die Welt der Vögel, herausgegeben und kommentiert von Hans-Christian Zehnter, Basel 2015, 288 S. sowie in: Die Welt der Tiere. Herausgegeben und kommentiert von Hans-Christian Zehnter, Basel 2007, 182 S.
  118. Rudolf Steiner: Der Mensch als Zusammenklang des schaffenden, bildenden und gestaltenden Weltenwortes, GA 230, Dornach 1993, Vortrag vom 19. Oktober 1923.
  119. Ebd., Vortrag vom 3. November 1923.
  120. Wolfgang Schad (Hrsg.): Goetheanistische Naturwissenschaft, Band 3: Zoologie, Stuttgart 1983, Seite 31. Siehe auch ders.: Säugetiere und Mensch, Stuttgart 2012, 1255 S.
  121. Véase Rudolf Steiner: Der Mensch als Zusammenklang des schaffenden, bildenden und gestaltenden Weltenwortes, Vortrag vom 26. Oktober 1923, GA 230, Dornach 1993, S. 73. Véase también: Hans-Christian Zehnter (Hrsg.) Warum singen Vögel?, Zürich 2018, 240 S.
  122. Hans Steiner: «Die Lebensgemeinschaft des Apfelbaums», Der Obstbau Nr. 3–5, 1958.
  123. Rudolf Steiner: Geisteswissenschaftliche Grundlagen zum Gedeihen der Landwirtschaft, GA 327, Dornach 1999, S. 183/84.
  124. Norbert Bennecke: Der Mensch und seine Haustiere , Stuttgart 2000, 470 S.
  125. Rudolf Steiner: Der Mensch als Zusammenklang des schaffenden, bildenden und gestaltenden Weltenwortes, GA 230, Dornach 1993, Vortrag vom 3. November 1923.
  126. Rudolf Steiner: Natur- und Geistwesen – ihr Wirken in unserer sichtbaren Welt, Vortrag vom 2. Februar 1908, vormittags, GA 98, Dornach 1996.
  127. Rudolf Steiner: Das Hereinwirken geistiger Wesenheiten in den Menschen, GA 102, Dornach 2001, Vorträge vom 16. Mai 1908, 1. Juni 1908, 4. Juni 1908.
  128. Christian Morgenstern: Wer vom Ziel nichts weiß, Aphorismen, Piper, München 1964, S. 89.
  129. Rudolf Steiner: Mensch und Welt. Das Wirken des Geistes in der Natur. Über das Wesen der Bienen, Dornach 1999, Vortrag vom 28. November 1923. – Siehe auch: Rudolf Steiner: Die Welt der Bienen, herausgegeben und kommentiert von Martin Dettli.
  130. Rudolf Steiner: Mensch und Welt. Das Wirken des Geistes in der Natur. Über das Wesen der Bienen, Dornach 1999, Vortrag vom 28. November 1923.
  131. Beate und Leopold Peitz: Hühnerhalten, Stuttgart 1995, 187 S.
  132. Ebd.
  133. Vgl. hierzu: Rudolf Steiner: Geisteswissenschaftliche Grundlagen zum Gedeihen der Landwirtschaft, GA 327, Vortrag vom 15. Juni 1924.
  134. Peter Steffen, Karl Schardax, Gernot Kürzel: Schweineglück, Bibel der Schweine, Graz 2008, 392 S.
  135. Ebd.
  136. Norbert Benecke: Der Mensch und seine Haustiere, Stuttgart 1994, 470 S.
  137. Rudolf Steiner: Geisteswissenschaftliche Grundlagen zum Gedeihen der Landwirtschaft, GA 327, Vortrag vom 10. Juni 1924, Dornach 1999, S. 59.
  138. Norbert Benecke: Der Mensch und seine Haustiere, Stuttgart 1994, 470 S.
  139. Íbid., p. 226.
  140. Íbid., p. 348.
  141. Bernhard Grzimek: Grzimeks Tierleben, Enzyklopädie des Tierreichs, Band 13, Säugetiere 4, München 1971, S. 470.
  142. Norbert Benecke: Der Mensch und seine Haustiere, Stuttgart 1994, S. 247.
  143. Norbert Benecke: Der Mensch und seine Haustiere, Stuttgart 1994, 470 S.
  144. Bernhard Grzimek: Grzimeks Tierleben, Enzyklopädie des Tierreichs, Band 13, Säugetiere 4, Augsburg 2000, S. 375.
  145. Ebd., S. 377.
  146. Véase p.ej.: Rudolf Steiner: Natur- und Geistwesen – ihr Wirken in unserer sichtbaren Welt, GA 98, Vortrag vom 7. Juni 1908, Dornach 1996, S. 96–97.
  147. Véase p.ej.: Rudolf Steiner: Natur- und Geistwesen – ihr Wirken in unserer sichtbaren Welt, GA 98, Vortrag vom 7. Juni 1908, Dornach 1996, S. 96–97.
  148. Anita Idel: Die Kuh ist kein Klimakiller, Marburg 2012, 210 S.
  149. Rudolf Steiner: Geisteswissenschaftliche Grundlagen zum Gedeihen der Landwirtschaft, GA 327, Vortrag vom 10. Juni 1924, Dornach 1999, Seite 59.
  150. Siehe z.B.: Rudolf Steiner: Die geistigen Wesenheiten in den Himmelskörpern und Naturreichen, GA 136, Vortrag vom 6. April 1912.
  151. Klaus Löffler, Gotthold Gäbel, Helga Pfannkuche: Anatomie und Physiologie der Haustiere, Stuttgart 2018, 375 S.
  152. Rolf Krahmer, Lothar Schröder: Anatomie der Haustiere, Leipzig 1985, S. 201ff.
  153. Rudolf Steiner: Geisteswissenschaftliche Grundlagen zum Gedeihen der Landwirtschaft, GA 327, Vortrag vom 12. Juni 1924, Dornach 1999, S. 96 ff.
  154. Rudolf Steiner: Die Stufen der höheren Erkenntnis, GA 12, Dornach 1993.
  155. Rudolf Steiner: Geisteswissenschaftliche Grundlagen zum Gedeihen der Landwirtschaft, GA 327, Vortrag vom 16. Juni 1924, Dornach 1999, S. 201.
  156. Ebd., Vortrag vom 12. Juni 1924, S. 98.
  157. Ebd., S. 99.
  158. Johann Wolfgang von Goethe: Italienische Reise, Hamburger Ausgabe, Bd. 11, München 1978, S. 269; Ausspruch von Bauern auf Sizilien, 19. April 1787.
  159. Novalis (Friedrich von Hardenberg): Fragmente 1, Bd. 1, Heidelberg 1957, S. 35.
  160. Rudolf Steiner: Geisteswissenschaftliche Grundlagen zum Gedeihen der Landwirtschaft, GA 327, Dornach 1979.
  161. Novalis (Friedrich von Hardenberg): Fragmente 1, Bd. 1, Heidelberg 1957, S. 35.
  162. Rudolf Steiner: Geisteswissenschaftliche Grundlagen zum Gedeihen der Landwirtschaft, GA 327, Dornach 1979.
  163. Rudolf Steiner: Wie erlangt man Erkenntnisse der höheren Welten?, GA 10, Dornach 1992.
  164. Siehe Rudolf Steiner: Soziale Ideen, soziale Wirklichkeit, soziale Praxis, GA 337a, Studienabend vom 16. Juni 1920, Dornach 1999, S. 220f.
  165. Trauger Groh, Steven Mc Fadden: Farms of Tomorrow Revisited, Community Supported Farms – Farm Supported Communities, Kimberton 1997, 312 S.
  166. Tom Petherick: Biodynamics in Practice, Life on a Community owned Farm, Sophia Books, The Square, Forest Row 2010, 128 S.
  167. Johann Wolfgang von Goethe: Faust I, Vers 1973, Hamburger Ausgabe, Dramatische Dichtungen, Bd. 1, München 1976.
  168. Siehe z.B. Rudolf Steiner: Wahrspruchworte, GA 40, Dornach 1998.
  169. Siehe z.B. Rudolf Steiner: Wahrspruchworte, GA 40, Dornach 1998.
  170. Die Bedürfnisse leben aus den Tiefen des Unbewussten des Leibes und aus den lichtvolleren Untergründen des seelisch-geistigen Erlebens auf. Sie wurzeln im Willen, in welchem der geistige Urgrund des Menschen, das Ich lebt. Im leiblichen Bedürfnis, z.B. Hunger und Durst, regt sich der Impuls, ein Ungleichgewicht in den leiblichen Organtätigkeiten auszugleichen. Das seelisch-geistige Bedürfnis strebt danach, sich aus der Bindung an die leiblichen Vorgänge zu lösen und sich frei in den Dienst ethisch-moralischer Ideale zu stellen. So ist seinem Inhalt nach das Bedürfnis ein Geistiges, sind die Mittel zu seiner Befriedigung eine Aufgabe des Wirtschaftens.
  171. Véase al respecto, por ejemplo: Rudolf Isler, Ueli Hurter: Assoziatives Wirtschaften. Was verstand Rudolf Steiner unter einer wirtschaftlichen Assoziation?, Dornach 2019, 96 S.; así como: Stefan Leber (Hrsg.): Die wirtschaftlichen Assoziationen, Beiträge zur Brüderlichkeit im Wirtschaftsleben, Band 2, Stuttgart 1987, 352 S.
  172. Betriebsgemeinschaft Dottenfelderhof, Bad Vilbel, Deutschland.
  173. Sobre este término véase Rudolf Steiner: Die Weihnachtstagung zur Begründung der Allgemeinen Anthroposophischen Gesellschaft 1923/24, GA 260, Dornach 1994, Nr. 11 der Statuten, S. 53.
  174. Rudolf Steiner: Anthroposophische Gemeinschaftsbildung, GA 257, Vortrag vom 27. Februar 1923, Dornach 1989, S. 116.
  175. Johann Wolfgang von Goethe: Wilhelm Meisters Wanderjahre, Hamburger Ausgabe, Bd. 8, München 1972, «Zweites Buch».
  176. Adalbert Graf von Keyserlingk: Koberwitz 1924, Stuttgart 1974, S. 70.
  177. Rudolf Steiner: Geisteswissenschaft und soziale Frage, in: Luzifer – Gnosis 1903–1908, GA 34, Dornach 1987, S. 213: «Das Heil einer Gesamtheit von zusammenarbeitenden Menschen ist um so größer, je weniger der einzelne die Erträgnisse seiner Leistungen für sich beansprucht, das heißt, je mehr er von diesen Erträgnissen an seine Mitarbeiter abgibt, und je mehr seine eigenen Bedürfnisse nicht aus seinen Leistungen, sondern aus den Leistungen der anderen befriedigt werden.»
  178. Rudolf Steiner: Ebd. – Siehe auch: Stefan Leber (Hrsg.): Das soziale Hauptgesetz, Beiträge zum Verhältnis von Arbeit und Einkommen, Stuttgart 1986, 280 S.
  179. Joh 8,32.
  180. Siehe hierzu u.a.: Rudolf Steiner: Die Kernpunkte der sozialen Frage, GA 23, Dornach 1976; sowie ders.: Zu sozialen und wirtschaftlichen Fragen der Gegenwart, GA 332b, Dornach 2020.
  181. Jochen Bockemühl: «Elemente und Äther – Betrachtungsweisen der Welt», in: Ders. (Hrsg.): Erscheinungsformen des Ätherischen. Wege zum Erfahren des Lebendigen in Natur und Mensch, Stuttgart 1985, S. 11–56.
  182. Jochen Bockemühl: Ebd.
  183. J.W. Goethe: Faust, Zweiter Teil, Vers 6922, Hamburger Ausgabe, Bd. 3, München 1976.
  184. Jochen Bockemühl: Ebd.
  185. Véase, por ejemplo, Rudolf Steiner: Die Geheimwissenschaft im Umriss, GA 13, Dornach 1989.
  186. Véase, por ejemplo, Rudolf Steiner: Wie erlangt man Erkenntnisse der höheren Welten?, GA 10, Dornach 1992.
  187. Rudolf Steiner: Geisteswissenschaftliche Grundlagen zum Gedeihen der Landwirtschaft, GA 327, Vortrag vom 10. Juni 1924, Dornach 1999, S. 50.
  188. Un fenómeno que apenas puede observarse ya en las variedades modernas, criadas para soportar altas dosis de nitrógeno.
  189. Rudolf Steiner: Das Miterleben des Jahreslaufes in vier kosmischen Imaginationen, GA 229, Vortrag vom 6. Oktober 1923, Dornach 1999, S. 23.
  190. Los griegos llamaban al cielo cristalino Uranos (gr. Οὐρανός, Ouranos; lat. Uranus, Coelus o Caelum, bóveda celeste). El cielo cristalino aparece en la Divina Comedia de Dante. En la tradición esotérico-ocultista conserva los frutos de una serie evolutiva anterior. Abarca la bóveda celeste y el firmamento de las estrellas fijas.
  191. Rudolf Steiner: Geisteswissenschaftliche Grundlagen zum Gedeihen der Landwirtschaft, GA 327, Vortrag vom 10. Juni 1924, Dornach 1999, S. 49.
  192. Willi Laatsch: Dynamik der Mitteleuropäischen Mineralböden, Dresden und Leipzig 1957, 280 S.
  193. Rudolf Steiner: Die Geheimwissenschaft im Umriss, GA 13, Dornach 1989, Kap. «Die Weltentwicklung und der Mensch», S. 193.
  194. Willi Laatsch: Ebd., S. 47.
  195. Rudolf Steiner: Geisteswissenschaftliche Grundlagen zum Gedeihen der Landwirtschaft, GA 327, Vortrag vom 11. Juni 1924, Dornach 1999, S. 82f.
  196. Rudolf Steiner: Ebd., Vortrag vom 10. Juni 1924, S. 47.
  197. Rudolf Steiner: Ebd., S. 46.
  198. Günter Trolldenier: Bodenbiologie. Die Bodenorganismen im Haushalt der Natur, Stuttgart 1982, 152 S.
  199. Ernst Haeckel: Generelle Morphologie, Band II: Allgemeine Entwicklungsgeschichte der Organismen, 1866/1906.
  200. Rudolf Steiner: Die Geheimwissenschaft im Umriss, GA 13, Dornach 1989.
  201. Wilhelm Troll, Karl Höhn: Allgemeine Botanik, Stuttgart 1972, 994 S.
  202. Rudolf Steiner: Geisteswissenschaftliche Grundlagen zum Gedeihen der Landwirtschaft, GA 327, Vortrag vom 10. Juni 1924, Dornach 1999, S. 53.
  203. Gerhard Geisler: Pflanzenbau, Berlin-Hamburg 1988, 2. Aufl., S. 132.
  204. Wilhelm Troll, Karl Höhn: Allgemeine Botanik, Stuttgart 1972, S. 499.
  205. Rudolf Steiner: Geisteswissenschaftliche Grundlagen zum Gedeihen der Landwirtschaft, GA 327, conferencia del 14 de junio de 1924, Dornach 1999, p. 155.
  206. Rudolf Steiner: Geisteswissenschaftliche Grundlagen zum Gedeihen der Landwirtschaft, GA 327, Vortrag vom 10. Juni 1924, Dornach 1999, S. 55.
  207. Rudolf Steiner: Ebd., Notizen im Anhang, S. 274.
  208. Rudolf Steiner: Ebd., Vortrag vom 10. Juni 1924, S. 59.
  209. Rudolf Steiner: Ebd., Vortrag vom 15. Juni 1924, S. 192.
  210. Manfred Klett: Untersuchungen über Licht- und Schattenqualität in Relation zum Anbau und Test von Kieselpräparaten zur Qualitätshebung, Inst. f. Biol.-Dyn. Forschung, Darmstadt 1968.
  211. Johannes Klein: Der Einfluss verschiedener Düngearten in gestaffelter Dosierung auf Qualität und Haltbarkeit pflanzlicher Produkte, Inst. f. Biol.-Dyn. Forschung, Darmstadt 1968.
  212. Ilias Samaras: Nachernteverhalten unterschiedlich gedüngter Gemüsearten mit besonderer Berücksichtigung physiologischer und mikrobieller Parameter, Dissertation, Gießen 1977.
  213. Herbert Koepf, Bo D. Petterson, Wolfgang Schaumann: Biologische Landwirtschaft, Stuttgart 1980, 303 S.
  214. Wilfried Kamphausen: «Qualität im biologisch-dynamischen Obstbau», in: Markus Hurter (Hrsg.): Zur Vertiefung der biologisch-dynamischen Landwirtschaft, Dornach 2007, 377 S.
  215. Paul Doesburg et al.: «Standardisation and performance of a visual Gestalt evaluation of biocrystallisation patterns reflecting ripening and decomposition processes in food samples». Biological Agriculture & Horticulture: An International Journal for sustainable Production Systems, 2014, S. 1–18.
  216. Siehe z.B. Rudolf Steiner: Der Jahreskreislauf als Atmungsvorgang der Erde und die vier großen Festeszeiten, GA 223, Dornach 1990.
  217. Rudolf Steiner: Geisteswissenschaftliche Grundlagen zum Gedeihen der Landwirtschaft, GA 327, Preguntas y respuestas del 12 de junio de 1924, Dornach 1999, p. 109.
  218. Caotización significa la transformación del estado formado al estado informe. En el caso presente, esto implica romper mecánicamente la estructura del suelo que había crecido a través de complejos procesos vitales en el transcurso del año anterior (la sazón del suelo), aflojarla y mezclarla, removerla, desplazar las partículas del suelo vertical y horizontalmente. La capa vegetal, formada por la vida, se aproxima gradualmente al estado inorgánico de una mera yuxtaposición espacial. Esta caotización mecánica prepara al suelo para recibir las fuerzas formativas irradiantes del invierno y las nuevas fuerzas vivificantes planetarias y solares de la primavera venidera.
  219. Walter Feuerlein: Geräte zur Bodenbearbeitung, Stuttgart 1971, p. 40.
  220. Ibíd., p. 39.
  221. Ernst Marti: Die vier Äther – zu Rudolf Steiners Ätherlehre, Stuttgart 2016, 60 S.
  222. Gerhard Geisler: Pflanzenbau. Ein Lehrbuch – Biologische Grundlagen und Technik der Pflanzenproduktion, Berlin-Hamburg, 1988, S. 506.
  223. Eduard von Boguslawski: Ackerbau, Grundlagen der Pflanzenproduktion, Frankfurt 1981, S. 237 f.
  224. Rudolf Steiner: Geisteswissenschaftliche Grundlagen zum Gedeihen der Landwirtschaft, GA 327, Vortrag vom 11. Juni 1924, Dornach 1999, S. 80.
  225. Ebd., S. 80.
  226. Ebd., S. 71.
  227. Wolfgang Holzner, Johann Glauninger: Ackerunkräuter: Bestimmung, Biologie, Landwirtschaftliche Bedeutung, Graz 2005, 264 S.
  228. Rudolf Steiner: Geisteswissenschaftliche Grundlagen zum Gedeihen der Landwirtschaft, Dornach 1999, Vortrag vom 14. Juni 1924, S. 155 f.
  229. Ebd., S. 156.
  230. Lilly Kolisko: «Der Mond und das Pflanzenwachstum», in Gäa Sophia, Bd. II, Dornach 1927, S. 349–357.
  231. Hartmut Spieß: «Chronobiologische Untersuchungen mit besonderer Berücksichtigung lunarer Rhythmen im biologisch-dynamischen Pflanzenbau», Schriftreihe Institut für Biologisch-Dynamische Forschung, Bd. 3, Darmstadt 1994, 272 S.
  232. Jürgen Appel: «Unkrautregulierung ohne Herbizide. Erfahrungen auf Betrieben der biologisch-dynamischen und organisch-biologischen Wirtschaftsweisen», Schriftreihe Lebendige Erde, Darmstadt 1982, 113 S.
  233. Ebd.
  234. Rudolf Steiner: Geisteswissenschaftliche Grundlagen zum Gedeihen der Landwirtschaft, GA 327, Vortrag vom 10. Juni 1924, Dornach 1999, S. 53.
  235. Ebd., S. 155.
  236. Helmut Voitl, Elisabeth Guggenberger, Josef Willi: Das große Buch vom biologischen Land- und Gartenbau, Wien 1992, 367 S.
  237. Siehe z.B. Rudolf Steiner: Meditative Betrachtungen und Anleitungen zur Vertiefung der Heilkunst, GA 316, Dornach 2003, Vortrag vom 3. Januar 1924, S. 33 f.
  238. Vgl. Rudolf Steiner: Geisteswissenschaftliche Grundlagen zum Gedeihen der Landwirtschaft, GA 327, Vortrag vom 14. Juni 1924, Dornach 1999, S.166/67.
  239. Rudolf Steiner: Geisteswissenschaftliche Grundlagen zum Gedeihen der Landwirtschaft, GA 327, Fragenbeantwortung vom 12. Juni 1924, Dornach 1999, S. 109.
  240. Rudolf Steiner: Geisteswissenschaftliche Grundlagen zum Gedeihen der Landwirtschaft, GA 327, Vortrag vom 20. Juni 1924, Dornach 1999, S. 11.
  241. Ebd., S. 20.
  242. Rudolf Steiner: Anthroposophische Leitsätze, GA 26, «Von der Natur zur Unternatur», Dornach 1998, S. 255 ff.
  243. Rudolf Steiner: Grundlegendes für eine Erweiterung der Heilkunst nach geisteswissenschaftlichen Erkenntnissen, GA27, Dornach 1991, S. 20).
  244. Rudolf Steiner: Einleitungen zu Goethes Naturwissenschaftlichen Schriften, Kap. X. «Wissen und Handeln im Lichte der Goetheschen Denkweise», GA 1, Dornach 1987, S. 171.
  245. Rudolf Steiner: Einleitungen zu Goethes Naturwissenschaftlichen Schriften, Kap XVI. «Goethe als Denker und Forscher», GA 1, Dornach 1987, S. 274.
  246. Zitiert nach Jos Verhulst: Der Glanz von Kopenhagen, geistige Perspektiven der modernen Physik, Stuttgart 1994, S. 15.
  247. Ebd., S. 17.
  248. Ebd., S. 173.
  249. Rudolf Steiner: Konferenzen mit den Lehrern der freien Waldorfschule Stuttgart,2. Bd., GA 300b, Konferenz vom 21. Juni 1922, Dornach 2019, S. 152.
  250. Martin Rozumek, Peter Buck (Hrsg.): Das Chemische und die Stoffe, Zugänge zur Chemie, Dornach 2008, Kap.: «Einleitung», S. 7.
  251. Rudolf Steiner: Geisteswissenschaftliche Grundlagen zum Gedeihen der Landwirtschaft, GA 327, Vortrag vom 20. Juni 1924, Dornach 1999, S. 64f.
  252. Rudolf Steiner: Geisteswissenschaftliche Grundlagen zum Gedeihen der Landwirtschaft, GA 327, Vortrag vom 13. Juni 1924, Dornach 1999, S. 122.
  253. Das Zitat lautet im Original: «Leiblichkeit ist das Ende der Werke Gottes»; aus: Biblisches und Emblematisches Wörterbuch des deutschen Theologen Friedrich Christoph Oetinger (1702– 1782).
  254. Siehe z.B. Rudolf Steiner: Die Geheimwissenschaft im Umriss, GA 13, Dornach 1989.
  255. Rudolf Steiner: Theosophie, GA 9, Dornach 2003, S. 50.
  256. Johann Wolfgang von Goethe: Maximen und Reflektionen, Nr. 720, Hamburger Ausgabe, Bd. 12, München 1987.
  257. Rudolf Steiner: Geisteswissenschaftliche Grundlagen zum Gedeihen der Landwirtschaft, GA 327, Vortrag vom 10. Juni 1924, Dornach 1999, S. 42.
  258. Rudolf Steiner: Geisteswissenschaftliche Grundlagen zum Gedeihen der Landwirtschaft, GA 327, Vortrag vom 10. Juni 1924, Dornach 1999, S. 47.
  259. Manfred Klett: Die boden- und gesteinsbürtige Stofffracht von Oberflächengewässern, Arbeiten der Landwirtschaftlichen Hochschule Hohenheim, Bd. 35, 1965, S. 42.
  260. Martin Hartmann et al. (2015): Distinct soil microbial diversity under long-term organic and conventional farming, ISME Journal, 9, S. 1177–1194.
  261. Christoph Felgentreu, Kirsten Engelke: Konzepte zur Erhaltung der Bodenfruchtbarkeit, Deutsche Saatveredelung AG, Lippstadt.
  262. Lexikon der Biologie, https: www.spektrum.de.
  263. Rudolf Steiner: Die Schöpfung der Welt und des Menschen, Erdenleben und Sternenwirken, GA 354, Vortrag vom 9. August 1924, Dornach 2000, S. 154.
  264. Rudolf Steiner: Geisteswissenschaftliche Grundlagen zum Gedeihen der Landwirtschaft, GA 327, Vortrag vom 11. Juni 1924, Dornach 1999, S. 73.
  265. Rudolf Steiner: Geisteswissenschaftliche Grundlagen zum Gedeihen der Landwirtschaft, GA 327, Vortrag vom 15. Juni 1924, Dornach 1999, S. 192.
  266. Ebd., S. 192.
  267. Ebd., Vortrag vom 13. Juni 1924, S. 122.
  268. Helmut Snoek, Horst Wülfrath: Das Buch vom Steinmehl, Entstehung, Verwendung und Bedeutung im Land- und Gartenbau, Hamburg 2000, 144 S.
  269. Rudolf Steiner: Geisteswissenschaftliche Grundlagen zum Gedeihen der Landwirtschaft, GA 327, Vortrag vom 12. Juni 1924, Dornach 1999, S. 94.
  270. Ebd., Fragenbeantwortung vom 12. Juni 1924, S. 117.
  271. Georg Wagner: Einführung in die Erd- und Landschaftsgeschichte, Öhringen 1960, 694+208 S.
  272. Rudolf Steiner: Geisteswissenschaftliche Grundlagen zum Gedeihen der Landwirtschaft, GA 327, Vortrag vom 10. Juni 1924, Dornach 1999, S. 53.
  273. Ebd., Vortrag vom 12. Juni 1924, S. 91.
  274. Krafft von Heynitz, Georg Merckens: Das biologische Gartenbuch, Stuttgart 1994, 351 S.
  275. En lo que respecta al manejo práctico de la preparación del compost, se remite a las publicaciones pertinentes de los autores mencionados anteriormente; así como a Friedrich Sattler, Eckard von Wistinghausen: Der landwirtschaftliche Betrieb, Biologisch-Dynamisch, Stuttgart 1989, 333 S.; así como a Herbert Koepf, Wolfgang Schaumann, Manon Hacius: Biologisch-dynamische Landwirtschaft: Eine Einführung, Stuttgart 1996, 368 S.
  276. Rudolf Steiner: Geisteswissenschaftliche Grundlagen zum Gedeihen der Landwirtschaft, GA 327, Vortrag vom 12. Juni 1924, Dornach 1999, S. 90.
  277. Jochen Bockemühl: Vom Leben des Komposthaufens, Dornach 1981, 67 S.
  278. Rudolf Steiner: Geisteswissenschaftliche Grundlagen zum Gedeihen der Landwirtschaft, GA 327, Vortrag vom 12. Juni 1924, Dornach 1999, S. 92.
  279. Rudolf Steiner: Grundelemente der Esoterik, GA 93a, 30. September 1905, Dornach 1987, S. 44 f.
  280. Siehe hierzu Rudolf Steiner: Die Geheimwissenschaft im Umriss, Kap. «Die Weltentwicklung und der Mensch», GA 13, Dornach 1989.
  281. Krafft von Heynitz: Kompost im Garten, Stuttgart 1999, 127 S.
  282. Comunicación oral de Matthias Guépin, docente en el Emerson College (GB) y asesor en Kenia.
  283. Rudolf Steiner: Geisteswissenschaftliche Grundlagen zum Gedeihen der Landwirtschaft, GA 327, Vortrag vom 15. Juni 1924, Dornach 1999, S. 184.
  284. KTBL: Faustzahlen für den ökologischen Landbau, Darmstadt 2015, 760 S.
  285. Herbert Koepf, Bo D. Petterson, Wolfgang Schaumann: Biologische Landwirtschaft, Stuttgart 1980, 303 S.
  286. Rudolf Steiner: Geisteswissenschaftliche Grundlagen zum Gedeihen der Landwirtschaft, GA 327, Vortrag vom 10. Juni 1924, Dornach 1999, S. 47.
  287. Manfred Klett: Untersuchungen über Licht- und Schattenqualität in Relation zum Anbau und Test von Kieselpräparaten zur Qualitätshebung, Darmstadt 1968, 117 S.
  288. Wilhelm Troll: Allgemeine Botanik, Stuttgart 1959, 927 S.; Gerbert Grohmann: Die Pflanze, Berlin 2013, 448 S.; Jochen Bockemühl: «Bildebewegungen im Laubblattbereich höherer Pflanzen» («Movimientos formativos en el ámbito foliar de plantas superiores»), Elemente der Naturwissenschaft Nr. 4: 7–23, 1966.
  289. Ehrenfried Pfeiffer: 1899–1961, pionero de la investigación antroposófica aplicada, desarrolló a partir de los impulsos de Rudolf Steiner para la investigación de las fuerzas formativas el método de la cristalización sensible de cloruro de cobre, elaboró junto con Guenther Wachsmuth (1893–1963) bajo la dirección de Rudolf Steiner en 1922/23 por primera vez el preparado de cuerno y estiércol. Hasta finales de los años 1930 codirigió junto con Guenther Wachsmuth el laboratorio de investigación en el Goetheanum. A partir de finales de los años 1930, agricultor y asesor agrícola en los EE.UU.
  290. Alla Selawry, Olleg Selawry: Die Kupferchloridkristallisation in Naturwissenschaft und Medizin, Stuttgart 1957, 232 S.
  291. Friedrich Vincenz von Hahn: Thesigraphie, Wiesbaden 1962, 244 S.
  292. H. Krüger: Kupferchloridkristallisationen, ein Reagenz auf Gestaltungskräfte des Lebendigen, Weleda – Schriftenreihe 1/1950.
  293. Magda Enquist: Strukturveränderungen im Kupferchloridkristallisationsbild von Pflanzen durch Alterung und Düngung, Lebendige Erde 3, 1961.
  294. Bo D. Petterson (1967): Beiträge zur Entwicklung der Kristallisationsmethode mit Kupferchlorid nach Pfeiffer, Lebendige Erde 18 (1): S. 15–31.
  295. Paul Doesburg, Machteld Huber, Jens-Otto Andersen, Miriam Athmann, Guus van der Bie, Jürgen Fritz, Uwe Geier, Joop Hoekman, Johannes Kahl, Gaby Mergardt & Nicolaas Busscher (2014): «Standardization and performance of a visual Gestalt evaluation of biocrystallization patterns reflecting ripening and decomposition processes in food samples», Biological Agriculture & Horticulture: An International Journal for Sustainable Production Systems, DOI: 10.1080/01448765.2014.993705.
  296. Ernst Klapp: Lehrbuch des Acker- und Pflanzenbaus, Berlin-Hamburg 1958, 503 S.; Edward John Russel: The World of the Soil, London 1957, 242 S.
  297. Rudolf Steiner: Theosophie, Einführung in übersinnliche Welterkenntnis und Menschenbestimmung, GA 9, Dornach 2003.
  298. Rudolf Steiner: Geisteswissenschaftliche Grundlagen zum Gedeihen der Landwirtschaft, GA 327, Vortrag vom 13. Juni 1924, Dornach 1999, S.122: «Man muss die Erde direkt beleben, und das kann man nicht, wenn man mineralisierend vorgeht, das kann man nur, wenn man mit Organischem vorgeht, das man in eine entsprechende Lage bringt, sodass es organisierend, belebend auf das Feste, Erdige selber wirken kann.» (Hay que vivificar la tierra directamente, y eso no se puede hacer procediendo de manera mineralizante, solo se puede hacer procediendo con lo orgánico, llevándolo a una disposición adecuada para que pueda actuar de manera organizante y vivificante sobre lo Firme, lo Terrenal en sí mismo.)
  299. Rudolf Steiner: Ebd., Vorträge vom 12. und 13. Juni 1924.
  300. Christian von Wistinghausen et al.: Anleitung zur Anwendung der biologisch-dynamischen Feldspritz- und Düngerpräparate, Arbeitsheft 2, Darmstadt 2005, 92 S.
  301. Walter Stappung: Die Düngerpräparate Rudolf Steiners – Herstellung und Anwendung, Rüfenacht 2017, Bd. I + II: 748 S.
  302. Ueli Hurter et al. (2018): Biodynamische Präparate-Praxis weltweit – Die Fallbeispiele, Darmstadt, 364 S.
  303. Rudolf Steiner: Wie erlangt man Erkenntnisse der höheren Welten?, GA 10, Dornach 1992.
  304. Rudolf Steiner: Die Geheimwissenschaft im Umriss, GA 13, Dornach 1989.
  305. Rudolf Steiner: Theosophie – Einführung in übersinnliche Welterkenntnis und Menschenbestimmung, GA 9, Dornach 2003.
  306. Rudolf Steiner: Geisteswissenschaftliche Grundlagen zum Gedeihen der Landwirtschaft, GA 327, Vortrag vom 10. Juni 1924, Dornach 1999, S. 58: «Wir stehen auch vor einer großen Umwandlung des Innern der Natur.» (Nos encontramos también ante una gran transformación de lo interior de la naturaleza.)
  307. Rudolf Steiner: Das Verhältnis der Anthroposophie zur Naturwissenschaft. Grundlagen und Methoden, GA 75, Vortrag vom 17. Juni 1920, Dornach 2010.
  308. Rudolf Steiner: Geisteswissenschaftliche Grundlagen zum Gedeihen der Landwirtschaft, GA 327, Vortrag vom 10. Juni 1924, Dornach 1999, S. 58: «Wir stehen auch vor einer großen Umwandlung des Innern der Natur.» (Nos hallamos también ante una gran transformación del interior de la naturaleza.)
  309. Rudolf Steiner: Geisteswissenschaftliche Grundlagen zum Gedeihen der Landwirtschaft, GA 327, Dornach 1999, Vortrag vom 13. Juni 1924.
  310. Rudolf Steiner: Geisteswissenschaftliche Grundlage zum Gedeihen der Landwirtschaft, GA 327, Vortrag vom 10. Juni 1924, Dornach 1979, S. 42.
  311. Rudolf Steiner: Geisteswissenschaftliche Grundlage zum Gedeihen der Landwirtschaft, GA 327, Vortrag vom 15. Juni 1924, Dornach 1999, S. 120.
  312. Rudolf Steiner: Die geistige Führung des Menschen und der Menschheit, GA 15, Dornach 1987, S. 66.
  313. Johann Wolfgang von Goethe: Die Metamorphose der Pflanzen, in: Goethes Werke. Naturwissenschaftliche Schriften, hrsg. v. Rudolf Steiner, Band 1, in: Kürschners Deutsche National-Litteratur, Berlin und Stuttgart 1887 (Reprint Dornach 1975).
  314. «El animal es instruido por sus órganos; el ser humano instruye los suyos y los domina», Johann Wolfgang von Goethe: Maximen und Reflexionen, «Aus dem Nachlass – Über Natur und Naturwissenschaft».
  315. Rudolf Steiner: Geisteswissenschaftliche Menschenkunde, GA 107, Dornach 1988, Vortrag «Evolution, Involution und Schöpfung aus dem Nichts», 17. Juni 1909.
  316. Johann Wolfgang von Goethe: Die Metamorphose der Pflanze, Stuttgart 1985, S. 39.
  317. Rudolf Steiner, Ita Wegman: Grundlegendes für eine Erweiterung der Heilkunst nach geisteswissenschaftlichen Erkenntnissen, GA 27, Kap. V. «Pflanze, Tier, Mensch», Dornach 1991, S. 35.
  318. Ebd.
  319. Rudolf Steiner: Die Geheimwissenschaft im Umriss, GA 13, Dornach 1989.
  320. Rudolf Steiner: Die geistige Führung des Menschen und der Menschheit, GA 15, Dornach 1987, S. 66.
  321. Die folgende Darstellung ist eine überarbeitete Fassung von Beiträgen des Verfassers in Markus Hurter (Hrsg.): Zur Vertiefung der biologisch-dynamischen Landwirtschaft– Gedanken, Erfahrungen, Forschungsergebnisse, eine Werkstattarbeit, Dornach 2007, S. 93–107.
  322. Rudolf Steiner: Das Faust-Problem. Die romantische und die klassische Walpurgisnacht, GA 273, Geisteswissenschaftliche Erläuterungen zu Goethes Faust, Bd. II, Vortrag vom 27. Januar 1917, Dornach 1981, S. 75.
  323. Rudolf Steiner: Geisteswissenschaftliche Grundlagen zum Gedeihen der Landwirtschaft, A 327, Vortrag vom 12. Juni 1924, Dornach 1999, S. 99.
  324. Rudolf Steiner: Geisteswissenschaftliche Grundlagen zum Gedeihen der Landwirtschaft, GA 327, Vortrag vom 10. Juni 1924, Dornach 1999, S. 49.
  325. Rudolf Steiner: Das Miterleben des Jahreslaufes in vier kosmischen Imaginationen, GA 229, Vortrag vom 5. Oktober 1923, Dornach 1999, S. 62: «So sehen Sie, dass wir durchaus jetzt, wo wir in die Zeit des sprießenden, sprossenden Lebens kommen, nicht sprechen können von geistdurchwobener Materie wie im Winter für die Erde, sondern wie wir sprechen müssen von materiedurchwobenem […] Geist.» («Ven ustedes así que ahora, al entrar en el tiempo de la vida que brota y crece, no podemos hablar de materia entretejida de espíritu como en invierno para la tierra, sino que debemos hablar de espíritu entretejido de materia [...]»)
  326. Rudolf Steiner: Geisteswissenschaftliche Grundlagen zum Gedeihen der Landwirtschaft, GA 327, Vortrag vom 11. Juni 1924, Dornach 1999, S. 82: «Das Kieselige ist der allgemeine äußere Sinn im Irdischen.» («Lo silíceo es el sentido externo universal en lo terrestre.»)
  327. Rudolf Steiner: Geisteswissenschaftliche Grundlagen zum Gedeihen der Landwirtschaft, GA 327, Vortrag vom 10. Juni 1924, Dornach 1999, S. 47/48.
  328. Rudolf Steiner: Das Miterleben des Jahreslaufes in vier kosmischen Imaginationen, GA 229, Vortrag vom 12. Oktober 1923, Dornach 1999, S. 62.
  329. Vgl. Theodor Schwenk: Das sensible Chaos, Stuttgart 2010, 216 S.
  330. Bernd Roßlenbroich: Die rhythmische Organisation des Menschen: Aus der chrono-biologischen Forschung, Stuttgart 1994, 163 S.
  331. Notizbuch Nr. 52, 1921; siehe auch Beiträge zur Rudolf Steiner Gesamtausgabe Nr. 104, S. 63.
  332. Paul Schatz (1898–1979): Anthroposophisch orientierter Mathematiker, Techniker und Erfinder.
  333. A. John Wilkes: Das Flowform-Phänomen: Die verborgene rhythmische Energie des Wassers, Stuttgart 2008, 239 S.
  334. Rudolf Steiner: Geisteswissenschaftliche Grundlagen zum Gedeihen der Landwirtschaft, GA 327, Fragenbeantwortung vom 12. Juni 1924, Dornach 1999, S. 104.
  335. Gunter Gebhard: Persönliche Mitteilung. – Gunter Gebhard: Geologe und Biologe, langjähriger Oberstufenlehrer an der Waldorfschule Überlingen; jetzt Dozent für goetheanistische Naturwissenschaft und Waldorfpädagogik in Russland und in landwirtschaftlichen Ausbildungsstätten in Deutschland.
  336. Rudolf Steiner: Geisteswissenschaftliche Grundlagen zum Gedeihen der Landwirtschaft, GA 327, Vortrag vom 12. Juni 1924, Dornach 1999, S. 102.
  337. Rudolf Steiner: Die Schöpfung der Welt und des Menschen. Erdenleben und Sternenwirken. Über die Gerüche, GA 354, Vortrag vom 24. August 1924, Dornach 2000, S. 154.
  338. Ilias Samares: Nachernteverhalten unterschiedlich gedüngter Gemüsesorten mit besonderer Berücksichtigung physiologischer und mikrobiologischer Parameter. Forschungsring für biologisch-dynamische Wirtschaftsweise, Darmstadt 1980, 153 S.
  339. Manfred Klett: Untersuchungen über Licht- und Schattenqualität in Relation zum Anbau und Test von Kieselpräparaten zur Qualitätshebung, Darmstadt 1968, 117 S.
  340. Johannes Klein: Der Einfluss verschiedener Düngungsarten in gestaffelter Dosierung auf Qualität und Haltbarkeit pflanzlicher Produkte. Institut für biologisch-dynamische Forschung, Darmstadt 1968.
  341. Uli Johannes König: «Wissenschaftliche Untersuchungsergebnisse zum Nachweis der Präparatewirksamkeit» in: Markus Hurter (Hrsg.): Zur Vertiefung der biologisch-dynamischen Landwirtschaft, Dornach 2007, S. 157 f.
  342. Rudolf Steiner: Anthroposophische Leitsätze, «Michaelzukunft und Michaeltätigkeit», GA 26, Dornach 1998, S. 94 und 96.
  343. Jochen Bockemühl und Kari Järvinen: Auf den Spuren der Präparatepflanzen, Dornach 2005, 153 S.
  344. Erdmuth-M. W. Hoerner: Die biologisch-dynamischen Präparate, Stuttgart 2019, 512 S.
  345. Walter Stappung: Die Düngerpräparate Rudolf Steiners, Herstellung und Anwendung, Rüfenach 2017, 2 Bd. (Bd. 1: 632 S.; Bd. 2: 116 S.).
  346. Rudolf Steiner: Geisteswissenschaftliche Grundlagen zum Gedeihen der Landwirtschaft, GA 327, Vortrag vom 13. Juni 1924, Dornach 1999, S. 126: «Diese Schafgarbe ist – eigentlich ist es ja jede Pflanze – ein Wunderwerk, aber wenn man wieder eine andere Blume anschaut, dann kommt einem das ganz besonders zu Herzen, was für ein Wunderwerk diese Schafgarbe ist; sie ist ein ganz besonderes Wunderwerk.»
  347. Rudolf Steiner: Geisteswissenschaftliche Grundlagen zum Gedeihen der Landwirtschaft, GA 327, Dornach 1999, S. 126.
  348. Ebd., S. 129.
  349. Ebd., S. 126.
  350. Ebd., Vortrag vom 10. Juni 1924, Dornach 1999, S. 53.
  351. Ebd., Notizblatt Nr. 9 im Anhang, S. 271: «Der Humus gestaltet das Untere durch die Erde.» («El humus configura lo inferior a través de la tierra.»)
  352. Rudolf Steiner: Geisteswissenschaftliche Grundlagen zum Gedeihen der Landwirtschaft, GA 327, Vortrag vom 13. Juni 1924, Dornach 1999, S. 126.
  353. Ebd., S. 128.
  354. Ebd., S. 128.
  355. Vgl. Rudolf Steiner: Von Seelenrätseln, GA 21, Kap. «6. Die physischen und die geistigen Abhängigkeiten der Menschen-Wesenheit», Dornach 1983, S. 158: «In die Sinne erstreckt sich die Außenwelt wie in Golfen hinein in das Wesen des Organismus.» («El mundo exterior se extiende hacia los sentidos penetrando en el organismo como en golfos.»)
  356. Rudolf Steiner: Geisteswissenschaftliche Grundlagen zum Gedeihen der Landwirtschaft, GA 327, Vortrag vom 13. Juni 1924, Dornach 1999, S. 128.
  357. Ebd., S. 129.
  358. Ebd., S. 127.
  359. Ebd., S. 127.
  360. Rudolf Steiner: Geisteswissenschaftliche Grundlagen zum Gedeihen der Landwirtschaft, GA 327, Vortrag vom 10. Juni 1924, Dornach 1999, S. 47.
  361. Ebd., S. 59.
  362. Rudolf Steiner: Geisteswissenschaftliche Grundlagen zum Gedeihen der Landwirtschaft, GA 327, Notizblatt Nr. 9 im Anhang, S. 271: «Der Humus gestaltet das Untere durch die Erde.» ("Configura lo inferior a través de la tierra.")
  363. Rudolf Steiner: Anthroposophische Leitsätze, GA 26, «Menschheitszukunft und Michaeltätigkeit», Dornach 1998, S. 94f.
  364. Rudolf Steiner: Geisteswissenschaftliche Grundlagen zum Gedeihen der Landwirtschaft, GA 327, Vortrag vom 10. Juni 1924, Dornach 1999, S. 44.
  365. Rudolf Steiner: Geisteswissenschaftliche Grundlagen zum Gedeihen der Landwirtschaft, GA 327, Vortrag vom 13. Juni 1924, Dornach 1999, S. 129.
  366. Jochen Bockemühl und Kari Järvinen: Auf den Spuren der biologisch-dynamischen Präparatepflanzen, Dornach 2005, 154 S.
  367. Ebd., S. 82.
  368. Rudolf Steiner: Geisteswissenschaftliche Grundlagen zum Gedeihen der Landwirtschaft, GA 327, Vortrag vom 13. Juni 1924, Dornach 1999, S. 130.
  369. Matthias König, mündliche Mitteilung.
  370. Ebd., S. 130.
  371. Ebd., S. 129.
  372. Ebd., S. 131.
  373. Erdmut-M. W. Hoerner: Die biologisch-dynamischen Präparate, Stuttgart 2019, S. 320.
  374. Ebd., S. 131–132.
  375. Ebd., S. 133.
  376. Rudolf Steiner: Geisteswissenschaftliche Grundlagen zum Gedeihen der Landwirtschaft, GA 327, Vortrag vom 13. Juni 1924, Dornach 1999, S. 136.
  377. Ebd.
  378. Rudolf Steiner: Geisteswissenschaftliche Grundlagen zum Gedeihen der Landwirtschaft, GA 327, Vortrag vom 11. Juni 1924, Dornach 1999, S. 74.
  379. Ebd., S. 75.
  380. Ebd., S. 76.
  381. Ebd., S. 76.
  382. Ebd., Vortrag vom 13. Juni 1924, S. 137.
  383. Ebd., Vortrag vom 10. Juni 1924, S. 58.
  384. Rudolf Steiner: Geisteswissenschaftliche Grundlagen zum Gedeihen der Landwirtschaft, GA 327, Vortrag vom 13. Juni 1924, Dornach 1999, S. 134.
  385. Jochen Bockemühl, Kari Järvinen: Auf den Spuren der biologisch-dynamischen Präparatepflanzen, Dornach 2005, 154 S.
  386. Rudolf Steiner: Ebd., S. 134: «In Bezug auf dasjenige, was dann als Kalzium zutage tritt, ist dasjenige, was an Kalziumstruktur in der Eichenrinde vorhanden ist, das alleridealste.» (En lo que respecta a lo que se manifiesta como calcio, la estructura de calcio presente en la corteza del roble es la más ideal de todas.)
  387. Erdmut-M. W. Hoerner: Die biologisch-dynamischen Präparate, Stuttgart 2019, 512 S.
  388. Es liegt eine gediegene Arbeit von Jan Albert Rispens vor, die ein ganzes Kapitel der Rindenund Borkenfrage widmet. Er resümiert: Bast und assimilierendes Korkparenchym stellen das eigentlich Blättrige dar, die absterbende Korkrinde und Borke das Blüten- und Fruchtorgan des Stamms. (El líber y el parénquima corchoso asimilador representan lo propiamente foliáceo; la corteza corchosa que muere y el súber, el órgano de flor y fruto del tronco.) – Jan Albert Rispens: Bäume verstehen lernen, Stuttgart 2018, S. 157.
  389. Vgl. Rudolf Steiner: Geisteswissenschaftliche Grundlagen zum Gedeihen der Landwirtschaft, GA 327, Fragenbeantwortung vom 13. Juni 1924, Dornach 1999, S. 147.
  390. Vgl. ebd., Vortrag vom 11. Juni 1924, S. 75: «in das Ununterscheidbare des Weltenalls».
  391. Jochen Bockemühl, Kari Järvinen: Auf den Spuren der biologisch-dynamischen Präparatepflanzen, Dornach 2005, 154 S.
  392. Siehe hierzu: Rudolf Steiner: Ebd., Vortrag vom 12. Juni 1924, S. 90.
  393. Hermann von Guttenberg: Lehrbuch der allgemeinen Botanik, Berlin 1952, 641 S.
  394. Rudolf Steiner: Geisteswissenschaftliche Grundlagen zum Gedeihen der Landwirtschaft, GA 327, Vortrag vom 12. Juni 1924, Dornach 1999, S. 94.
  395. Ebd., Fragenbeantwortung vom 13. Juni 1924, S. 147.
  396. Eduard Strasburger: Lehrbuch der Botanik, Stuttgart 1978, S. 422.
  397. Rudolf Steiner: Ebd., Vortrag vom 13. Juni 1924, S. 134.
  398. Ebd., S. 135.
  399. Über die organischen Bildungen, die im höheren Tierreich dem Ausgleich eines ungleichgewichtigen Verhältnisses der polaren Systeme dienen, siehe u.a.: Friedrich A. Kipp: «Bezahnung und Bildungsidee des Organismus», in: Wolfgang Schad (Hrsg.): Goetheanistische Naturwissenschaft, Band 3: Zoologie, Stuttgart 1983, S. 167 f.; sowie Andreas Suchantke: «Polarität und Dreigliederung im Tierreich», in: ders.: Metamorphose – Kunstgriff der Evolution, Stuttgart 2002, S. 137 f.
  400. Rolf Krahmer, Lothar Schröder: Anatomie der Haustiere, Leipzig 1985, 368 S.
  401. Rudolf Steiner: Geisteswissenschaftliche Grundlagen zum Gedeihen der Landwirtschaft, GA 327, Vortrag vom 13. Juni 1924, Dornach 1999, S. 133.
  402. Walter Stappung: Die Düngerpräparate Rudolf Steiners, Herstellung und Anwendung, Rüfenach 2017, 2 Bd. (Bd. 1: 632 S.; Bd. 2: 116 S.).
  403. Rudolf Steiner: Ebd., S. 135.
  404. Ebd., S. 135.
  405. Rudolf Steiner: Ebd., Vortrag vom 10. Juni 1924, S. 60.
  406. Rudolf Steiner: Ebd., Vortrag vom 11. Juni 1924, S. 82/83.
  407. Rudolf Steiner: Geisteswissenschaftliche Grundlagen zum Gedeihen der Landwirtschaft, GA 327, Dornach 1999, Vortrag vom 13. Juni 1924, S. 137.
  408. Ebd., S. 137.
  409. Ebd., S. 135.
  410. Ebd., S. 136.
  411. Ebd., S. 137.
  412. Johann Wolfgang von Goethe: Faust II, Vers 4656.
  413. Ebd., S. 137.
  414. Jochen Bockemühl, Kari Järvinen: Auf der Spurensuche der biologisch-dynamischen Präparatepflanzen, Dornach 2005, S. 97.
  415. Werner Christian Simonis: Heilpflanzen und Mysterienpflanzen, Wiesbaden 1991, S. 280.
  416. Ebd., S. 282.
  417. Erdmuth-M. W. Hoerner: Die biologisch-dynamischen Präparate, Stuttgart 2019, 512 S.
  418. Johann Wolfgang von Goethe: Faust I, Vers 1939.
  419. Rudolf Steiner: Geisteswissenschaftliche Grundlagen zum Gedeihen der Landwirtschaft, GA 327, Vortrag vom 13. Juni, Dornach 1999, S. 137.
  420. Ebd., S. 137.
  421. Ebd., S. 137.
  422. Ebd., S. 123–24.
  423. Ebd., S. 137.
  424. Willi Aeppli: Sinnesorganismus, Sinnesverlust, Sinnespflege; Stuttgart 1967; así como
    Dietrich Rapp, Hans-Christian Zehnter: Die zwölf Sinne in der seelischen Beobachtung – Eine Exkursion, Münchenstein 2019, 253 S.
  425. Rudolf Steiner: Anthroposophie ein Fragment, GA 45, Dornach 2002.
  426. Willi Aeppli: Ebd.; así como: Dietrich Rapp, Hans-Christian Zehnter: Ebd.
  427. Lothar Vogel: Der dreigliedrige Mensch, Dornach 1979, S. 105.
  428. Rudolf Steiner: Geisteswissenschaftliche Grundlagen zum Gedeihen der Landwirtschaft, GA 327, Vortrag vom 13. Juni 1924, Dornach 1999, S. 137.
  429. Ebd., Fragenbeantwortung vom 14. Juni 1924, S. 175.
  430. Ulrike Remer-Bielitz: Dokumentation zum Rindgekröse; Forschungsring, Materialien Nr. 8, Darmstadt 2001.
  431. Johannes W. Rohen: Funktionelle Anatomie des Menschen, Stuttgart-New York 1993, S. 287.
  432. Rudolf Steiner: Ebd., Anhang, S. 293.
  433. Rudolf Steiner: Ebd., S. 137.
  434. Rudolf Steiner: Der Mensch als Zusammenklang des schaffenden, bildenden und gestaltenden Weltenwortes, GA 230, Dornach 1993.
  435. Rudolf Steiner: Anthroposophische Leitsätze, GA 26, «Der Mensch in seiner makrokosmischen Wesenheit», Dornach 1998.
  436. Rudolf Steiner: Geisteswissenschaftliche Grundlagen zum Gedeihen der Landwirtschaft, GA 327, Vortrag vom 13. Juni 1924, Dornach 1999, S. 138.
  437. Ebd., S. 138.
  438. Ebd., S. 138.
  439. Rudolf Steiner: Geisteswissenschaftliche Grundlagen zum Gedeihen der Landwirtschaft , GA 327, Vortrag vom 13. Juni 1924, Dornach 1999, S. 138.
  440. Rudolf Steiner: Ebd., Vortrag vom 10. Juni 1924, S. 56.
  441. Werner Christian Simonis: Heilpflanzen und Mysterienpflanzen, Wiesbaden 1981, S. 696.
  442. Ebd., S. 593.
  443. Erdmut-M. W. Hoerner: Die biologisch-dynamischen Präparate, Stuttgart 2019, S. 340.
  444. Rudolf Steiner: Die Geheimwissenschaft im Umriss, GA 13, Kap. «Die Weltentwicklung und der Mensch», Dornach 1989, S. 157 ff.
  445. Rudolf Hauschka: Substanzlehre, Frankfurt/Main 1966, S. 51.
  446. Rudolf Steiner: Geisteswissenschaftliche Grundlagen zum Gedeihen der Landwirtschaft, GA 327, Vortrag vom 11. Juni 1924, Dornach 1999, S. 75/76.
  447. Rudolf Steiner: Mensch und Welt. Das Wirken des Geistes in der Natur. Über das Wesen der Bienen, GA 351, Vortrag vom 20. Oktober 1923, Dornach 1999, S. 72.
  448. Gunter Gebhard: Persönliche Mitteilung.
  449. Gunter Gebhard: Persönliche Mitteilung.
  450. Rudolf Steiner: Geisteswissenschaftliche Grundlagen zum Gedeihen der Landwirtschaft, GA 327, Vortrag vom 13. Juni 1924, Dornach 1999, S. 139.
  451. Walter Stappung: Die Düngerpräparate Rudolf Steiners – Herstellung und Anwendung, Rüfenacht 2017, Bd. I + II: 748 S. Siehe auch: Ueli Hurter et al. (2018): Biodynamische Präparate-Praxis weltweit – Die Fallbeispiele, Darmstadt, 364 S.
  452. Krafft von Heynitz, Georg Merckens: Das biologische Gartenbuch, Stuttgart 1994, 351 S.
  453. Pierre Masson: Gartenbau und Landwirtschaft biodynamisch, Aarau 2015, 224 S.
  454. Rudolf Steiner: Geisteswissenschaftliche Grundlagen zum Gedeihen der Landwirtschaft, GA 327, Vortrag vom 13. Juni 1924, Dornach 1999, S. 139.
  455. Friedrich Scheffer, Paul Schachtschabel: Lehrbuch der Bodenkunde, Berlin 2018, 772 S.
  456. Gunter Gebhard: Persönliche Mitteilung.
  457. Los ribosomas están construidos a partir de ARN ribosomal. Proceden del nucléolo del núcleo celular y forman en el plasma los orgánulos para la síntesis proteica (cosmológicamente, el nucléolo es un equivalente de la Tierra en el microcosmos de la célula). El núcleo celular corresponde a la esfera lunar y la membrana celular a la esfera de Saturno. Las mitocondrias disponen de su propio ADN desnudo, se multiplican en su propio ritmo y tienen sobre todo la tarea de la respiración celular con los citocromos que contienen hierro. Cosmológicamente, las mitocondrias guardan relación con Marte.
  458. Rudolf Steiner: Geisteswissenschaftliche Gesichtspunkte zur Therapie, GA 313, Vortrag vom 15. April 1921, Dornach 2001, S. 91.
  459. Friedrich Husemann, Otto Wolff: Das Bild des Menschen als Grundlage der Heilkunst, Band II: Zur allgemeinen Pathologie und Therapie, Stuttgart 1991, S. 394.
  460. Ebd., S. 395.
  461. Hermann von Guttenberg: Lehrbuch der allgemeinen Botanik, Berlin 1955, S. 15.
  462. Rudolf Steiner: Geisteswissenschaftliche Gesichtspunkte zur Therapie, GA 313, Vortrag vom 12. April 1924, Dornach 2001, S. 44.
  463. Rudolf Steiner: Die Geheimwissenschaft im Umriss, GA 13, Dornach 1989.
  464. Gunter Gebhard: Persönliche Mitteilung.
  465. Rudolf Steiner: Geisteswissenschaftliche Grundlagen zum Gedeihen der Landwirtschaft, GA 327, Vortrag vom 13. Juni 1924, Dornach 1999, S. 139.
  466. Rudolf Steiner: Geisteswissenschaftliche Grundlagen zum Gedeihen der Landwirtschaft, GA 327, Vortrag vom 14. Juni 1924, Dornach 1999, S. 167.
  467. Rudolf Steiner: Die Geheimwissenschaft im Umriss, GA 13, Dornach 1989.
  468. Vgl. auch: Jean-Michel Florin (Hrsg.): Biologisch-dynamischer Weinbau, Dornach 2020, S. 154 f.
  469. Ebd., S. 107.
  470. Rudolf Steiner: Geisteswissenschaftliche Grundlagen zum Gedeihen der Landwirtschaft, GA 327, Vortrag vom 11. Juni 1924, Dornach 1999, S. 83.
  471. Christian von Wistinghausen, Wolfgang Scheibe, Eckhard von Wistinghausen: Anleitung zur Herstellung der biologisch-dynamischen Präparate, Arbeitsheft Nr. 1, Stuttgart 1998, 96 S.
  472. Rudolf Steiner: Geisteswissenschaftliche Grundlagen zum Gedeihen der Landwirtschaft, GA 327, Vortrag vom 14. Juni 1924, Dornach, 1999, S. 167.
  473. Walter Stappung: Die Düngerpräparate Rudolf Steiners – Herstellung und Anwendung, Rüfenacht 2017, Bd. I + II: 748 S.
  474. Christian von Wistinghausen, Wolfgang Scheibe, Eckhard von Wistinghausen: Anleitung zur Herstellung der biologisch-dynamischen Präparate, Arbeitsheft Nr. 1, Stuttgart 1998, S. 71.
  475. Siehe hierzu: Ulrich Meyer: «Optimierung der Kieselsäure-Extraktion aus Equisetum arvense – Ergebnisse für die alltägliche Praxis», in: Ulrich Meyer, Peter Alsted Pedersen (Hrsg.): Anthroposophische Pharmazie, Berlin 2016, 807 S.
  476. Rudolf Steiner: Die Geheimwissenschaft im Umriss, GA 13, Dornach 1989.
  477. Rudolf Steiner: Geisteswissenschaftliche Grundlagen zum Gedeihen der Landwirtschaft, GA 327, Vortrag vom 14. Juni 1924, Dornach 1999, S.167.
  478. Walter Stappung: Die Düngerpräparate Rudolf Steiners – Herstellung und Anwendung, Rüfenacht 2017, Bd. I + II: 748 S.
  479. Rudolf Steiner: Geisteswissenschaftliche Grundlagen zum Gedeihen der Landwirtschaft, GA 327, Vortrag vom 11. Juni 1924, Dornach, 1999, S. 64.
  480. Gunter Gebhard: Persönliche Mitteilung.
  481. Gunter Gebhard: Persönliche Mitteilung.
  482. Gunter Gebhard: Persönliche Mitteilung.
  483. Rudolf Steiner: Geisteswissenschaftliche Grundlagen zum Gedeihen der Landwirtschaft, GA 327, Vortrag vom 10. Juni 1924, Dornach 1999, S. 60.
  484. Ebd., S. 44.
  485. Vgl. Elisabeth Vreede: Astronomie und Anthroposophie, Dornach 1980, S. 75; dieselbe: Über den Planeten Merkur, in: Kalender Ostern 1942–1943, Arlesheim; sowie dieselbe: Texte über Planetensphären in den Rundschreiben 1927–1930 (Bearbeitung durch Liesbeth Bisterbosch und Frauke Roloff, Oktober 2020). – Im Zuge dieser Emanzipation des menschlichen Bewusstseins hin zum erwachenden, der Erde zugewandten Selbstbewusstsein kann es verständlich werden, dass eine Verwechselung von den Venus- und Merkursphären stattgefunden hat. Diese Verwechselung betrifft nicht den Planetenkörper als solchen, sondern ihre übersinnlich kraftenden Wirkenssphären, dasjenige, für was seit Urbeginn diese beiden Himmelskörper, Venus und Merkur, als geistig-seelisch wirksame Entitäten standen.
  486. Lievegoed hat der polarischen Dreiheit der Dungpräparate in ihrer Beziehung zum Planetenwirken und den Lebensprozessen in Pflanze und Tier eine eingehende Studie gewidmet (Bernhard C.J. Lievegoed: Planetenwirken und Lebensprozesse in Mensch und Erde, Stuttgart 2002, 82 S.). Darin wird geschildert, wie in den Lebensprozessen der Präparatepflanzen je spezifisch ein Vertreter der obersonnigen Planeten mit einem der untersonnigen in einem polaren Wirkensverhältnis steht, so Saturn zum Mond, Jupiter zum Merkur und Mars zur Venus, mit jeweils der Sonne im Mittelpunkt; ferner, wie die Kräfte dieses polarischen Wirkens mit der Umhüllung durch die tierischen Organe, exponiert den Winter- und Sonnenkräften, verstärkt in Wechselwirkung treten und bewahrt werden, und wie daraus die von Rudolf Steiner so beschriebenen, erfrischend belebenden, gesundenden, sich aufeinander abstimmenden, empfindsam machenden Prozesse in Boden und Pflanzen verstehbar werden.
  487. Siehe hierzu: Lothar Vogel: Der dreigliedrige Mensch, Dornach 1979, S. 239.
  488. Siehe dazu: Michaela Glöckler: «Das Nieren-Blasen-System und das Schafgarbenpräparat»; in: Manfred Klett und Markus Hurter (Hrsg.): Zur Frage der Düngung im biologisch-dynamischen Landbau, Dornach 1994.
  489. Siehe hierzu z.B.: Rudolf Steiner: Geistige Hierarchien und ihre Widerspiegelung in der physischen Welt, GA 110, Dornach 1991; sowie: Die geistigen Wesen in den Himmelskörpern und Naturreichen, GA 136, Dornach 1996.
  490. Rudolf Steiner: Esoterische Betrachtungen karmischer Zusammenhänge, Bd. V, GA 239, Vortrag vom 9. Juni 1924, Dornach 1985, S. 166.
  491. Rudolf Steiner: Geisteswissenschaftliche Grundlagen zum Gedeihen der Landwirtschaft, GA 327, Vortrag vom 10. Juni 1924, Dornach 1999, S. 55.
  492. Ebd., Vortrag vom 13. Juni 1924, S. 138.
  493. Rudolf Steiner: Esoterische Betrachtungen karmischer Zusammenhänge, GA 239, Vortrag vom 10. Juni 1924, Dornach 1985, S. 172.
  494. Rudolf Steiner: Die Geheimwissenschaft im Umriss, GA 13, Dornach 1989.
  495. Jochen Bockemühl: Vom Leben des Komposthaufens, Sonderdruck Elemente der Naturwissenschaft Nr. 29: S. 1–67, Dornach 1978.
  496. Herbert Koepf: Landbau, natur-und menschengemäß. Methoden und Praxen der biologisch-dynamischen Landwirtschaft, Stuttgart 1984, 270 S.
  497. Ebd., 1980.
  498. Uli Johannes König: Ergebnisse aus der Präparateforschung, Schriftenreihe Band 12, Institut für biologisch-dynamische Forschung, Darmstadt 1999, Loseblattsammlung.
  499. Paul Mäder et al.: Erkenntnisse aus 21 Jahren DOK-Versuch. FiBL Dossier: Bio fördert Bodenfruchtbarkeit und Artenvielfalt, Frick 2000, 16 S.
  500. Uli Johannes König: Ergebnisse aus der Präparateforschung, Schriftenreihe Band 12, Institut für biologisch-dynamische Forschung, Darmstadt 1999, Loseblattsammlung.
  501. Ebd., siehe die dortige Literaturzusammenstellung.
  502. Rudolf Steiner: Geisteswissenschaftliche Grundlagen zum Gedeihen der Landwirtschaft, GA 327, Ansprache vom 11. Juni 1924, Dornach 1999, S. 234.
  503. Rudolf Steiner: Der Jahreskreislauf als Atmungsvorgang der Erde und die vier großen Festeszeiten. Die Anthroposophie und das menschliche Gemüt , GA 229, Vortrag vom 28. September 1923, Dornach 1923, S. 117.
  504. Rudolf Steiner: Geisteswissenschaftliche Grundlagen zum Gedeihen der Landwirtschaft, GA 327, Vortrag vom 20. Juni 1924, Dornach 1999, S. 21.
  505. Siehe hierzu Rudolf Steiner: Die Philosophie der Freiheit, GA 4, Dornach 1995.
  506. Siehe hierzu Rudolf Steiner: Wie erlangt man Erkenntnisse der höheren Welten?, GA 10, Dornach 1992.
  507. Christian Morgenstern: Werke und Briefe. Stuttgarter Ausgabe, Band II, Lyrik 1906–14, Stuttgart 1992, S. 213 f.
  508. Johann Wolfgang von Goethe: Goethes Werke. Naturwissenschaftliche Schriften, hrsg. v. Rudolf Steiner, Band 1, in: Kürschners Deutsche National-Litteratur, Berlin und Stuttgart 1887 (Reprint Dornach 1975): «Einleitung zum ersten Band», S. XXXI.
  509. Vgl. Rudolf Steiner: Geistige Wirkenskräfte im Zusammenleben von alter und junger Generation; Pädagogischer Jugendkurs, GA 217, Dornach 1988.
  510. Steiner Rudolf: Die geistige Führung des Menschen und der Menschheit, GA 15, Dornach 1987, S. 66.
  511. Rudolf Steiner: Geisteswissenschaftliche Grundlagen zum Gedeihen der Landwirtschaft, GA 327, Vortrag vom 10. Juni 1924, Dornach 1999, S. 42: «Nun, eine Landwirtschaft erfüllt eigentlich ihr Wesen im besten Sinne des Wortes, wenn sie aufgefasst werden kann als eine Art Individualität für sich, eine wirklich in sich geschlossene Individualität.»

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